In-migrantes

inmigrantesSi hay algo por lo que se caracteriza el discurso social contemporáneo -liderado por periodistas y políticos de todo pelaje, impregnados a su vez del pensamiento único global- es, más que por su falta de carácter o su populismo, por el edulcorado lenguaje en que nos envuelven las ideas: se trata de ese lenificado vocabulario de eufemismos y disimulos que rehuye a toda costa el llamar a las cosas por su nombre, no vaya a ser que la realidad irrite la fina piel de nuestra mojigatería.

Entre los incontables, casi infinitos ejemplos, destaca estos días por su fulminante propagación la palabra migrantes, con la que, desde los talleres donde se gesta la ingeniería de la comunicación, han decidido que debemos ahora llamar a los inmigrantes. Migrantes, ¡qué inofensivo suena! El término que parece lavarlos, como agua bautismal, de su condición de ilegales, parece avalar su candor, desmentir su intención de radicarse en Europa y, en fin, desproveer al fenómeno de todo aspecto lesivo u oneroso para nuestro propio bienestar. Y, claro está, nuestra exquisita sensibilidad -en el fondo, un complejo de culpa del que no sabemos curarnos, y quizá ni siquiea queremos- se ha tragado el cambiazo de un bocado, sin pestañear, y en el tiempo record de un día -¡nada más que en un día, lector!- la palabra inmigrante ya ha quedado erradicada -por no decir censurada- de nuestro vocabulario.

Como siempre, la magia semántica ha funcionado; y es que en esta domesticada Europa, donde el verdadero espíritu crítico está en coma terminal, no somos capaces de advertir cómo nos cuelan los goles ni cómo, con cada uno de ellos, modelan -por no decir manipulan- un poco más nuestra opinión, alejándonos cada vez más del pensamiento libre.

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Hacia la luz de la tarde

Era de noche. Yo volvía de haber estado con alguien en algún sitio (¡lástima no recordar con quién ni en dónde!: era una parte interesante de la historia, que ya no se podrá recuperar) y, para regresar a casa, cogía el metro.

El metro de Madrid (si es que aquello era Madrid) ya no tiene taquillas, pero éste del sueño sí: había dos muy anticuadas, a pie de calle, antes de embocar unas escaleras que, en lugar de bajar, subían hacia el andén, como en algunas estaciones del metro de Kiev. Una de las taquillas no tenía cola, pero sobre el arco de la ventanilla había una extraña luz piloto, de leds, como la trasera de una moto; un piloto apagado; y la taquillera, al verme dudar, me miró con cara de pocos amigos, como diciendo: “no te acerques aquí”, lo cual me hizo pensar que, si desobedecía aquella silenciosa orden, al final tardaría más en conseguir mi billete que si esperaba la cola de la otra taquilla, como suele ocurrirme en las cajas de los supermercados. Así que me fui para esa otra, que carecía del sospechoso piloto de leds y cuya taquillera, además, no tenía la mirada aviesa.

El billete que me vendió parecía más bien una entrada de cine: de papel, con dos mitades separables por una línea de puntos perforados; y, de hecho, más allá de las taquillas y antes de pasar por los tornos había un revisor que comprobaba la entrada, también como en las salas de los cines. Más exactamente, una revisora: una chica joven que, al verme, sonrió como si me conociera y me dijo: “date prisa o pierdes el próximo tren, que está ya entrando”.

Contagiado por las prisas de la urbe, arrastrado por el resto de viajeros, apenas tuve tiempo de darle las gracias con un gesto, y, desconociendo el sistema de aquellos tornos, ni siquiera acerté a validar mi billete, cuyas dos mitades, aún íntegras en mi mano, miraba con perplejidad mientras me dejaba llevar por la corriente humana.

Entonces hice algo inesperado; Continue »

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La insaciable hambre de datos de Facebook

hungryfacebookAlgunos de mis amigos me dicen que soy muy rebuscado. Puede que tengan razón. Pero cuando se trata de grandes corporaciones, gobiernos y demás, me temo que ningún grado de desconfianza es lo bastante grande.

Porque, sabes, estaba yo pensando: ¿Y cómo hago para desactivar esta molesta y no solicitada traducción automática, en mi muro de Facebook, de los posts que escriben mis contactos? No quiero que me los traduzcan. Ya lo haré yo si lo considero necesario.

De modo que fui allí, sabes, a esa esquinita donde pone Ajustes–>Idioma, y ¡cáspita!, no hay un ajuste para desactivar las traducciones automáticas. No, señor. ¿Y eso?, Continue »

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Is Finnair violating EU legislation on tax refunds?

Disculpa, pero esta entrada está disponible sólo en inglés.

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Encuentros en la segunda fase

El hombre me cayó bien al primer golpe de vista. Era un tipo alto y un poco desgarbado, de facciones más bien toscas -como si fuera un rostro inacabado por el escultor- y poco usuales, que sugerían un sólido pero mudo carácter. Lo había conocido en un restaurante. De hecho, era el cocinero y, aunque parco en palabras, entabló conmigo una lenta pero sentida conversación a cuento de no recuerdo qué. Por lo poco que pude bucear en su personalidad durante aquel encuentro, me pareció, sobre todo, un ser humano decente.

No debía el hombre de tener mucho trabajo a esa hora, porque, acabado que hube mi cena, me dijo de salir un momento a la calle para seguir conversando mientras se fumaba un pitillo. Nada más franquear la puerta, durante un breve instante, creí haberlo perdido de vista como si se lo hubiese tragado la tierra; pero no: allí estaba, sin hacerle apenas caso al pitillo, mirando hacia el gris y húmedo adoquinado mojado por la reciente lluvia, o hacia el inconfundible azul del cielo septentrional sobre los bajos tejados de las casas vecinas. Era la suya una compañía agradable y cercana, una compañía que yo habría podido disfrutar más de no ser por aquel ruido, aquel enojoso e insistente ruido que parecía manar desde dentro de mi cabeza y sonaba con creciente fuerza… ¡Oh, ese endiablado ruido!

Era el despertador. Abrí los ojos a una desconocida habitación de hotel, Continue »

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Omotenashi

La verdad es que la anécdota no pudo ser más simple; y si tuviera que atribuirla a algún factor ajeno a sus protagonistas más inmediatos buscaría tal vez la causa en la disparidad entre mis hábitos de comida y los de los japoneses: allí los restaurantes son más bien cosa de la cena, y la mayoría no abren hasta las cinco o las seis de la tarde; pero aquéllos donde también sirven almuerzos suelen hacer, de todos modos, una larga pausa a partir del mediodía, que es sobre poco más o menos cuando yo vengo levantándome; de modo que, para cuando me entra el hambre, cosa de las tres o las cuatro, ya no encuentro dónde me den de comer. Por eso aquella tarde tuve que vencer mi escrúpulo respecto a los pequeños locales y superar el embarazo de sentirme un ignorante extranjero entre a una concurrencia que, seguro, va a estar mirándome como quien ha visto un marciano, para meterme en el único bar (así los llaman: bar) que encontré abierto, al reclamo de su polvoriento y descuidado escaparate, donde se aburrían -me atrevo a decir que desde hace años- las réplicas en plástico, tan habituales en Japón, de tres o cuatro platos marcados con sus precios respectivos.

Nada más entrar, me recibió el típico olor a humo rancio y cenicero, una de las cosas que más pueden desagradarme a la hora de comer, salvo quizá el típico olor a cigarrillo encendido, que también estaba presente. Esta aversión mía al tabaco es un verdadero fastidio cuando se trata de disfrutar de muchos momentos que, de otro modo, podrían ser muy agradables; especialmente en Japón, donde el índice de tabaquismo es bastante elevado y donde, aunque esté prohibido fumar en la calle, resulta que es legal hacerlo en bares y restaurantes (salvo en los pocos que optan por ser non-smoking, una moda importada de Occidente que, de momento, allí apenas ha tenido eco). De ahí el escrúpulo al que me refiero más arriba; y es una lástima, porque en estos núcleos urbanos de segunda importancia es donde puede uno, y de hecho suele, experimentar las costumbres más genuinas y encima a precios más económicos; pero en esos sitios, como digo, hay que contar con el humo, lo cual estando de viaje resulta el doble de inconveniente, porque encima tiene uno luego que fregar, en el lavabo del hotel, las prendas malolientes, cosa que, se mire como se mire, es un engorro.

Decía, pues -o me disponía a decir- que Continue »

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Corazón de agua, corazón de hielo

Así que allí estaba yo, de regreso en mi pueblo natal, recibiendo un espontáneo homenaje que la gente me rendía por haber vuelto de mis inmumerables viajes por esos mundos de Dios. Era un encuentro informal, en mitad de la calle; y en una atmósfera de fraternal armonía todos se me acercaban para darme la bienvenida, estrecharme la mano, palmearme la espalda, o para decirme alguna palabra calurosa, de reconocimiento o de elogio; todos querían hablar conmigo, saludar al hijo pródigo, lo mismo mis pocos amigos los demás conocidos, e incluso aquellos a quienes nunca les fui simpático, que eran mayoría; pero, lejos de sonar hipócritas o fingidas, sus muestras de afecto parecían reales; es decir, todo lo real que aquel curioso encuentro podía ser. Y entre la concurrencia estaban también algunos amigos que hice en otros países, personas que jamás visitaron mi pueblo ni es probable que lo hagan nunca, si bien tales detalles no me pareciesen inverosímiles en ese momento: ni la presencia de estos amigos ni la sinceridad de mis paisanos.

Y allí estaba yo también, simultáneamente (advierte, lector: simultáneamente), sentado en la silla del director -por así decirlo- y dirigiendo la escena, comentando su desarrollo con un ayudante invisible, introduciendo pequeños cambios, mejoras que se nos ocurrían sobre la marcha: Continue »

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IX. Pueblos que sestean sobre el litoral

Continuando hacia el norte junto al Atlántico francés, al cabo de una larga y pesada etapa lluviosa, llego por fin, tras varios intentos fallidos de buscar alojamiento, a un agradable pueblecito llamado La-Faute-sur-Mer, pequeño y tranquilo –no por abandono, sino por aislamiento–, que ofrece tres o cuatro hotelillos y media docena de restaurantes. Junto con L’Aiguillon-sur-Mer, forman prácticamente un único pueblo, separado en dos mitades sólo por un puente sobre una estrecha ensenada donde, con la marea baja, apenas quedan unos charcos de agua. Hay un bonito paseo entre ambos núcleos urbanos, y sospecho que voy a frecuentarlo durante los días que voy a quedarme por aquí.

L'Aiguillon-sur-mer

L’Aiguillon-sur-mer

Parece que, a falta de playa propia, en L’Aiguillon se han ubicado las pequeñas tiendas de la vida local, pescaderías, panaderías y otro comercio por el estilo, más o menos necesario, mientras que en La Faute, más cerca de la playa, están los restaurantes, bistros, heladerías y las tiendas de artículos playeros; pero tanto en un lado como en otro se respira paz y esa lentitud soñollienta de los pueblos que sestean, donde la prisa no encuentra cabida. Continue »

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