No estamos cabreados, Cayetana

Dice Cayetana Álvarez de Toledo y Peralta-Ramos, ahí es nada, con esa suficiencia dialéctica, acaso soberbia intelectual que la caracterizan, que los partidarios de Vox votaremos este partido porque estamos cabreados; es de suponer que con el partido Popular. Según la número uno de Pablo Casado por Barcelona, venimos a ser algo así como peperos echados al monte, sin más razón para votar a Vox que el puro cabreo; y parece querer transmitir una imagen nuestra como de unos cimarrones temperamentales, dominados por las emociones y los instintos básicos, con intelecto quizá inferior, introduciendo en las urnas nuestras papeletas del partido verde mientras hacemos cortes de manga a los interventores populares, o vaya usted a saber. Estamos enfadados -dice-, pero cuando nos hayamos desahogado -se entiende- volveremos al rebaño. Será por mí, tan cabreado que mi temperatura ha subido desde -0 ºC a +0 ºC.

Y en esta idea que la marquesa esboza, soslaya -no por ignorancia, sino acaso por malicia o picardía- el hecho de que entre PP y Vox se han abierto ya brechas ideológicas y programáticas casi insalvables. Que Abascal y conmilitones creasen su partido como una escisión del Popular no significa, en absoluto, que hayan de refundirse nuevamente en él (errónea tesis ésta, en la que muchos periodistas porfían) como pelota que, lanzada al aire, ha de volver a tierra. Al contrario: usando un símil darwiniano, Vox es como una nueva especie que muta a partir de otra y que divergirá de ella, como una rama de árbol, merced a las leyes evolutivas; aunque me temo que “evolución” sería lo último que mi admirada hispano-porteña nos concedería, pues su rechazo a la verdadera derecha se lo impide y, además, la estrategia electoral se lo desaconseja.

Cierto es que hay similitudes entre ambos partidos. Escucho con frecuencia -y con mezcla de agrado y enojo, confieso- a esta brillante periodista y me parece imposible que cualquier persona sensata no esté de acuerdo con ella en la mayoría de temas. Pero también es cierto que las divergencias en bastantes aspectos fundamentales (organización territorial, inmigración, hembrismo, aborto, adoctrinamiento “gay”, memoria-revancha histórica, inmersiones lingüísticas, ETA, actitud frente al franquismo, posicionamiento hacia Europa, legítima defensa, etc.) son demasiado grandes como para que pueda preverse una convergencia ni a corto ni a medio plazo; y, si se produjera, antes sería por acercamiento del PP a Vox que no a la inversa, creo.

A la señora Álvarez no se le puede escapar -le sobran conocimientos e inteligencia- que, lejos de ser electores cabreados, los seguidores de Vox, algo más cultos y mejor informados que el elector medio, vienen en general no de un enfado con la formación donde ella milita y que ahora intenta salvar mi tocayo Casado, sino de una prolongada abstención tras años de carecer de opción política que los represente, o bien decepcionados de otros partidos. Mas decepción no debe ser confundida con cabreo, aunque este término sirva mucho mejor a efectos de crear la desdeñosa caricatura que la ex diputada popular ha concebido para los voxeros. ¡Claro que no faltan enfadados en nuestras filas!, pero de ésos los hay en todos los credos; y, contra lo que ella dice opinar -aunque quizá en su fuero interno no lo opine-, lo cierto es que quienes vamos a votar a Vox no sólo no estamos cabreados sino que, más bien, bastante ilusionados, relativamente optimistas e incluso -dentro de lo que cabe y el desastre que se nos avecina- alegres.

¿De dónde, pues, esta indisimulable animosidad hacia Vox que lleva a la preclara franco-argentina al punto de distorsionar la realidad? Pues me parece que, aparte la comprensible -e incluso exigible por la campaña- rivalidad entre dos partidos contiguos del espectro político que pugnan por una zona común del gran caladero electoral moderado, dicha antipatía se reduce esencialmente a dos causas o, al menos, puede resumirse en ellas: por un lado, la frontal oposición de Vox hacia esa progrez feminista a cuyo influjo no han podido escapar, del todo, ni siquiera muchas de las mujeres más lúcidas de nuestro tiempo, Álvarez de Toledo incluida; por el otro -y ahí es donde más le duele-, una frase de Santi Abascal en que abogaba por retirar el pasaporte español a advenedizos como mi otro tocayo, el rosarino Echenique, por intentar destruir España desde dentro pese a beneficiarse de una cobertura sanitaria que ni en sueños podría disfrutar en su país natal… si es que no vino aquí ex profeso para tal cosa.

¡Ah, amigo! En este escollo varan la racionalidad y templanza de doña Cayetana, aun con su disciplinada e imperturbable serenidad: porque ella también es medio extranjera, medio argentina, y aunque se halle en las antípodas políticas del impedido podemita se siente igualmente alcanzada por la supuesta afrenta y amenazada por el correspondiente juicio subjetivo. Entre reos y paisanos -pensará- tenemos que defendernos.

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Yo también quiero

De entre los cuatro valores superiores del ordenamiento jurídico que propugna nuestra Constitución, el más importante es la igualdad, pues de ella se derivan los demás y sin ella no pueden existir. Por su virtud, basta con que haya un ciudadano libre para que todos lo sean, que alguien tenga un derecho para que lo tengan todos o que exista una opción política para que otras puedan existir. La igualdad es el meollo, la condición necesaria y suficiente para toda justicia, libertad y pluralismo.

Por eso a la hora de abordar cualquiera de las cien cuestiones sociales que nos salen al paso cada día no hay como hacerlo desde el punto de vista de la igualdad para darse cabal cuenta de cuáles son las raíces de cada problema en particular, pues si, frente a los mil desafueros que se perpetran en España impunemente a cada hora, en lugar de exigir el cumplimiento de la ley exigimos igualdad, salta a la vista la autodestrucción a que nos llevaría. Véase, si no:

Yo también quiero asesinar no a veinte, sino a un sólo policía nacional a sangre fría, y que al cabo me salga el crimen prácticamente gratis y, encima, por pueblos y ciudades me hagan homenajes, otorguen cargos públicos, elogien y ensalcen como gran demócrata.

Yo también quiero pitorrearme de la Junta Electoral cuando me toque conformar una mesa y que, en lugar de mandarme al juzgado más cercano, me concedan plazos, prórrogas, penultimátums, ultimátums y toda clase de avisos por si me digno a obedecer y sin que, al final, un funcionario mueva un papel para sancionarme.

Yo también quiero destrozar los coches patrulla de la Guardia Civil, bailar en lo alto un zapateado y hacerles un corte de manga a los agentes sin que ninguno de ellos me ponga la mano encima para llevarme ipso facto al cuartelillo.

Yo también quiero vacilarle al presidente de un tribunal, hacer soflamas políticas en su cara, lucir símbolos ofensivos para la judicatura e insultar a fiscales y abogados sin que ninguno ose reprenderme ni, mucho menos, procesarme por desacato.

Yo también quiero quemar contenedores en la vía pública, destrozar el mobiliario urbano, romper escaparates, arrastrar vallas, patear a policías y meter fuego a Troya sin que nadie me detenga o, mejor aún, con los agentes de mi lado defendiendo mis derechos y libertades.

Yo también quiero asaltar violentamente la frontera, agredir a los guardias y romper lo que es de todos, y que luego me recompensen con una residencia, sanidad y paga vitalicia.

Yo también quiero acosar en su domicilio a quien se me antoje sin que la autoridad competente mueva un dedo para evitarlo.

Yo también quiero profanar una Iglesia subiéndome en pelotas al crucifijo sin que nadie se atreva a ponerme la mano encima, o entrar en La Almudena con el gorro puesto sin que venga el segurata de turno a chulearme con que los hombres no pueden ir tocados pero las mujeres sí.

Yo también quiero colapsar y secuestrar Madrid y Barcelona durante dos semanas, bloqueando el tráfico y quemando neumáticos en la calzada, y fastidiar a cinco millones de personas con desórdenes, daños, obstrucciones y cien infracciones administrativas o penales más, sin que vengan las fuerzas del orden a llevarme o me pongan siquiera una tímida multa.

Yo también quiero dar un golpe de Estado y que, en lugar de caerme la perpetua, vengan los políticos a hablar y negociar conmigo.

Yo también quiero defraudar todo lo que pueda a Hacienda, o malversar fondos públicos, y que el ministro mire para otro lado o me condone la deuda con una amnistía.

Yo también quiero vender mercancía falsificada por las calles de toda España sin pagar tasa alguna y con la complicidad de los alcaldes; y fundar un sindicato legal de vendedores ilegales.

Yo también quiero quemar no ya diez mil hectáreas de bosque para que me den trabajo de bombero, sino simplemente la maleza de mi huerto, sin que venga el Seprona a los cinco minutos y me multen con cinco mil euros.

Yo también quiero falsificar mi doctorado y que, en recompensa, me den el empleo de Presidente del Gobierno, o que me nombren vicepresidente o ministro porque tengo la combinación ganadora en mis cromosomas sexuales.

Yo también quiero, en fin, por el principio de igualdad, tener todos los privilegios o infringir todas las normas que solo a algunos se les permite, sin que nuestros cobardes políticos y funcionarios, muertos de miedo ante la opinión pública, hagan nada para impedirlo ni sancionarme.

¿Qué pasaría si todos exigiéramos esa igualdad real y efectiva y a cualquiera se consintiesen esas mismas conductas? Bien se comprende que ninguna sociedad aguantaría dos asaltos sin colapsar. Así que, si de verdad creemos los españoles en la igualdad, alcémonos y luchemos por una de dos: o jugamos todos al juego de las prebendas, o rompemos la baraja y aplicamos siempre la ley.

 

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Sobre vuestras conciencias caerá

Comprendo que la parte más harinosa –por así decirlo– de la masa ciudadana que vota PSOE se sienta especialmente llamada a las urnas este próximo 28 de abril, habida cuenta el pasado abstencionismo socialista en Andalucía y temerosos del impetuoso avance de Vox en toda la nación. Convencidos seguramente de que a sus conmilitones andaluces se les fue la mano en generosidad cuando se quedaron en casa para dar al Destino, encarnado en oposición, la oportunidad de efectuar el muy necesario cambio en esa comunidad autónoma, muchos de ellos creerán ahora su obligación contrarrestar dicho error y, por tanto, no faltarán a votar.

 

Comprendo asimismo que los sociatas, e incluso los socialistas de bien, que los hay, entren en pánico ante el riesgo de que un partido como Vox, que no se rinde al groupthink, a la corrección política o al revisionismo histórico –por poner sólo algunos ejemplos–, pueda ejercer una considerable influencia en la sociedad española de la próxima década, en el sentido de defender –o incluso impulsar– a ese peligroso enemigo del socialismo cultural que es el pensamiento crítico.

 

¡Y cómo no voy a comprender al millón de potenciales opositores que ahora mismo se frotan las manos esperando fiar su futuro laboral a alguna de esas treinta mil nuevas plazas funcionariales que el irresponsable chuleta de La Moncloa, cual magnánimo Rey Mago arrojando caramelos a la chiquillada, nos ha regalado -con nuestros impuestos- para que lo votemos! ¿Quién no desea hacer realidad ese sueño tan español, esa aspiración tan siglo XX –curiosamente, tan franquista– que es vivir con el mínimo esfuerzo hasta jubilarse por el único mérito de haber aprobado un examen un día, varias décadas atrás? Claro que sí: yo también soy funcionario.

 

Del mismo modo comprendo que a los dos millones y medio de trabajadores a quienes beneficia el desmedido incremento del salario mínimo en 2019 les entre el canguis sólo de pensar que “las derechas” puedan revertir tal medida, y se apresuren a votar a “la PSOE” el 28-A para apuntalar ese inesperado maná cortesía de Narciso Sánchez Bello; a costa, eso sí, del descalabro económico de miles de empresas y del deterioro en las cifras de empleo; pero el que venga detrás que arree.

 

Finalmente, comprendo a esa incontable copia de personas que viven en España de la sopa boba clientelar izquierdista, sopa cocinada con generosas e injustificadas subvenciones públicas y diez mil observatorios, oenegés, talleres y demás inventos, cuyos ingresos podrían verse mermados o cercenados si Sánchez perdiese el cetro.

 

Todo eso comprendo y más porque muy humano es el egoísmo y nada de lo humano me es ajeno, como dijo aquél.

 

Pero en verdad, en verdad os digo que cuando el imponderable daño económico que nos acarreará ese falsario malgastador de fondos ajenos empiece no ya a destruir empresas, sino a fustigar y sofocar, más pronto que tarde, a base de paro e impuestos, a las economías domésticas españolas, incluyendo –nadie lo dude– ésas beneficiadas por el desparrame presupuestario sanchista: los del salario mínimo incrementado, los treinta mil nuevos funcionarios, el millón restante de opositores que no aprobaron y ahora se lamentan; cuando la desbocada deuda pública hipoteque el futuro de nuestros descendientes y éstos nos maldigan hasta la quinta generación; cuando indulten a los rebeldes del 1-O y campen por el territorio nacional los secesionismos más montaraces e insolidarios que quepa imaginar y alcancen nuevos máximos de intolerancia, odio y agresividad; cuando Cataluña se anexione sus “paísos” y Vasconia se anexione Navarra por la Transitoria Cuarta; cuando el hembrismo rampante e histérico haya permeado todos los hogares y castrado, física o mentalmente, hasta el último de los varones; cuando el paisaje intelectual haya sido dallado por la guadaña del marxismo cultural –que no es sino fascismo– y, bajo pena de cárcel, se prohíba expresar e incluso pensar libremente nada que no sean los dogmas de su catecismo totalitario; cuando pueda impunemente cualquier fulano abrirnos la cabeza no ya por usar tirantes con la bandera rojigualda, sino tal vez por no lucir una ikurriña o una estelada; cuando la irrelevancia internacional de España haya alcanzado mínimos históricos y tengamos, por vergüenza, que callar nuestra nacionalidad al viajar al extranjero para que no se nos rían en las barbas…

 

Cuando todo este apoteósico estropicio que digo, más el que me callo, nos sea inflijido por el gobernante más fatuo, frívolo y dañino de nuestra reciente historia, entonces, votantes del PSOE, entonces sobre vuestras conciencias caerá el no haberlo evitado cuando pudísteis. Amén.

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El silencioso sacrificio del socialismo responsable

Y supongo que, enseguida, algún lector se preguntará: “¡ah!, ¿pero es que un hay socialismo responsable?” Pues, al parecer, haylo. Y me explico:

Si en las elecciones autonómicas en Andalucía se pudo desplazar al PSOE de su hegemonía regional fue gracias a la acción, tal vez sinérgica -aunque esto último no me atrevería a darlo por seguro-, de dos factores simultáneos, concomitantes y creo que también interrelacionados.

El primero, como todo el mundo sabe, fue la inesperada y enérgica eclosión de Vox, que a su vez tuvo un efecto doble: por un lado, galvanizó a muchos votantes del centro y la derecha que se quedaban en casa, bien por carecer de oferta política que los representara (desafectos a un PP que tiempo ha abandonó sus valores para comprar casi todo el discurso progre, o escépticos hacia un Ciudadanos mudable y huero que ni siquiera sabe lo que es aunque sepa lo que no es), bien por haber perdido la esperanza y confianza en sus líderes (pues si el Partido Popular había tirado la toalla lustros atrás y ya descreía de su propia victoria, el llamado centro tenía -y sigue teniendo- más ganas de pactar con el PSOE que de luchar contra él); por otro lado, originó un potente campo gravitatorio en la derecha ideológica que obligó al resto de partidos a desplazar “hacia el verde” sus posicionamientos y discursos e hizo, por una suerte de ósmosis electoral, tal “succión” de votos desde el resto del espectro (salvo el inamovible PSOE, claro) que incluso un porcentaje no desdeñable de radicales de izquierda se mudó al extremo opuesto.

No obstante, la perturbación que el partido de Abascal introdujo en el panorama político andaluz no habría bastado a desbancar al PSOE sin el concurso coadyuvante de un segundo factor, al que -creo- no se ha dado la debida importancia ni se ha ponderado lo suficiente: la abstención de esos a quienes he llamado socialistas responsables. Y es que las cuentas -y el recuento- de esos comicios no me salen de ninguna manera si no introduzco dicho efecto, dado que, pese a los muchos votos que movilizó Vox, el descenso neto en la participación -respecto a anteriores ocasiones- sólo se explica por una enorme desmovilización del electorado tradicional del PSOE.

Ahora bien, ¿por qué tanta abstención entre los votantes socialistas? Mi tesis es que muchos de ellos, conscientes de la deplorable y ruinosa gestión que su partido ha hecho en Andalucía durante cuatro décadas ininterrumpidas, y acaso convencidos, por fin, de la absoluta necesidad de un cambio, decidieron, por cierto sentido de la responsabilidad, no oponerse a él; que ya es mucho, teniendo en cuenta que un sociata de pro jamás meterá en el sobre electoral una papeleta que no sea del PSOE. Pero es que aquí no se trató de sociatas sensu stricto, sino de la existencia, hasta ahora insospechada, de una casta de socialistas responsables que han contribuido a posibilitar dicho cambio del único modo que su religión les permite hacerlo, que es la abstención. Quizá hayan seguido un proceso mental semejante a este: “yo no puedo, activa y conscientemente, intentar destronar a mi partido; pero sí puedo no votar, y si la oposición echa de Andalucía al PSOE, no habrá sido mi responsabilidad directa.”

Llegados a este punto, no es descabellado dar un paso más allá y suponer que una parte de quienes así procedieron corrían -conscientemente- cierto riesgo de ver perjudicado su interés personal en caso de que tal cosa sucediera. Pienso, por ejemplo, en las muchas personas o familias enteras que viven de ese chollo llamado PER (Plan de Empleo Rural), y al que podría meter la tijera un eventual cambio de gobierno; o en los que viven de los cursos de formación, o de los diez mil chiringuitos clientelistas que el PSOE ha creado durante todos estos años.

Y son estos socialistas con quienes me quedo: esos cuya propia estabilidad económica va aparejada al destino del PSOE y que, no obstante, decidieron no votarlo. A ellos creo justo agradecerles el sacrificio de su abstención; un sacrificio intrínsecamente silencioso, invisible y no reconocido que, en algunos casos, podría hasta calificarse de heroico.

Lástima que en las generales del 28 de abril no vaya a suceder lo mismo. No me pregunten por qué; es un pálpito que tengo.

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Los renglones torcidos del juez Marchena

Desde el comienzo mismo de la vista oral por el “procés”, la actuación del presidente del tribunal, Manuel Marchena, ha dejado, a mi entender, bastante que desear.

Para empezar, por permitir -contradiciéndose a sí mismo- que se luzcan lazos amarillos, esos mensajes inequívocamente políticos que desafían su manifestación -en clara pero innecesaria prevención hacia los letrados de Vox- de no consentir que los interrogatorios se conviertan en debates ideológicos; lazos que simbolizan, además, la no autoridad de una Justicia que él mismo representa. Y para tal permiso ha tirado de una jurisprudencia europea de dudosa aplicación en este caso, más por denegar -tengo para mí- la petición del letrado Javier Ortega Smith que por garantizar un cuestionable derecho de los imputados.

Igualmente, un día después se opuso a la pretensión del mismo letrado de formular preguntas a Junqueras, impidiendo así toda oportunidad de valorar los concretos silencios de éste y, por tanto, en posible menoscabo del esclarecimiento de los hechos. Adujo Marchena que el silencio no tiene ningún valor probatorio, pero eso no es rigurosamente cierto y contradice, de hecho, la propia doctrina y jurisprudencia del TS. Pero quizá la derivada más perniciosa de dicha oposición sea que, no habiendo rehusado los “golpistas” contestar a otros letrados sino sólo a los de Vox, y esto con el peregrino argumento de que es un partido político racista, franquista o fascista, al desautorizar acto seguido el interrogatorio, implícitamente el juez da carta de naturaleza a tales infundios y respalda el consiguiente descrédito y ninguneo de la acusación particular; grave error, desafuero donde los haya.

Aparte, y pese a sus advertencias en contrario, ha consentido no sólo a los acusados despacharse a gusto con discursos ideológicos y usar el Supremo como púlpito para difundir al mundo entero la letanía victimista y falaz del separatismo catalán, sino además a algunos testigos largar soflamas y consignas políticas, creciéndose éstos hasta el desacato y negándose uno a su obligación de contestar también las preguntas del señor Ortega. Y si patético fue prestarse a hacer de intérprete para que los testigos no se contaminen al contacto verbal con el letrado de Vox, permitir que, encima, lo difamen y descalifiquen me parece ya una innegable dejación de funciones.

Así, pues, esta desusada laxitud hacia unos, en franco contraste con la firmeza hacia otros -al menos la acusación particular-, me hace dudar de la idoneidad de Marchena para la responsabilidad que tiene encomendada. Admito lo difícil de llevar a cabo ejemplarmente su cometido en este proceso, pero no se llega al puesto que él ocupa siendo un incompetente, y no es verosímil que carezca de la experiencia y el temple suficientes para cumplir su papel con eficacia, respetando todas las garantías sin restringir la acción de los acusadores, y haciéndose respetar por todos sin caer en la parcialidad o el prejuicio. Por eso sospecho que la causa de sus errores reside en que sus preocupaciones sean acaso otras: por un lado, el firme propósito -a mi parecer infundado- de evitar el más mínimo desliz de corte ideológico por parte de la acusación particular o incluso de impedir que Vox saque rédito político alguno del juicio, aunque sea fuera de Sala; por otro, la egoísta aspiración de salvaguardar a ultranza su honrilla profesional cuando el caso llegue a Estrasburgo.

Es, en efecto, vox populi -valga el albur- que Marchena, con los ojos puestos en la apelación a ese Tribunal, se emplea a fondo para no dejar resquicio por donde los jueces europeos, esa raza superior, puedan enmendarle la plana. Pero esto no justifica ni el desautorizar a los letrados de Vox ni, mucho menos, el consentir que los descalifiquen en la Sala. Conviene recordar que, de no ser por ellos, hoy no se estaría celebrando este juicio. Ignoro, por supuesto, si en su fuero interno siente el magistrado antipatía por ese partido político o si, por el contrario, le muestra mano firme para evitar que puedan acusarlo por un crimen de lesa simpatía hacia la “extrema extrema derecha”, pero para el caso es igual, porque la credibilidad de la acusación particular queda mermada y se debilita su posición, en detrimento de la justicia y del amparo a la sociedad española frente al ilícito penal cometido.

Por último, interesa apuntar que con sus heterodoxas concesiones el señor Marchena deteriora aún más el ya maltrecho principio de igualdad universal ante la justicia, pues a cualquiera de nosotros que se presente en una Audiencia y le vacile a un juez como estos separatistas hacen, se entera bien enterado. ¿Qué privilegio tienen unos del que no gozamos los demás? ¿Por qué se les tolera lo que no se consiente a otros? Está claro: por la presencia de los medios y la presión de la opinión pública. Estamos en el siglo XXI y aún no hemos asumido la igualdad verdadera, empezando por Sus Señorías, tan arbitrarios, parciales y cobardicas como el que más.

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Mossos y mossas

Habida cuenta los tiempos y vientos de ultrafeminismo que corren, me parece totalmente indefendible que Cataluña no le haya cambiado aún la denominación a su cuerpo policial autonómico: Mossos d’Esquadra. ¿Mossos? Y entonces, ¿dónde quedan ellas?

Veamos, porque aquí hay dos cuestiones. Primero está el tema del término a utilizar para referirnos a las mujeres de dicho cuerpo. En catalán, mosso es –a juzgar por el número de acepciones– una palabra fundamentalmente masculina, que describe varios conceptos: un niño grandullón, un soltero, un criado, un dependiente, etc. O sea, más o menos igual que el castellano mozo. La mossa catalana, en cambio, es básicamente una sirvienta. Mossa también significa “muesca”.

De modo que hay una clara asimetría de género en las acepciones, entre las cuales también figura, claro está, mosso d’esquadra, que se define, históricamente, como un miembro de las fuerzas policiales de Cataluña, y hoy día como un miembro de la policía autonómica de esa región. Es de notar que esta última acepción, según el propio diccionario catalán, no existe en su versión femenina: mossa d’esquadra; lo cual, por lo demás, parece bastante natural, porque antaño las mujeres se dedicaban a otros menesteres y no se metían en cosas de hombres. De modo que cabe legítimamente preguntarse: a ellas, a las mujeres que pertenecen a ese cuerpo, ¿cómo nos referimos? ¿Cómo las llamamos? Decirles “oiga, moza” suena algo burlón, pero decirles “oiga, mozo” no parece tolerable desde un punto de vista feminista.

Pues bien, la segunda cuestión se refiere precisamente Continue »

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Personas, el gol definitivo de la semántica inclusiva

En los primeros tiempos de esta deriva gramatical, o quizá debería decir lingüística, que la ideología de género lleva lustros trabajando por imponernos en el frente del idioma, algún espabilado diseñador del pensamiento único (aunque, por aquel entonces, tal vez fuese simplemente un influencer solitario), inspirado probablemente por el pujante auge que entonces experimentaba la internet y, en concreto, el correo electrónico, nos coló el primer golazo con la bobada ésa de la arroba “inclusiva”, el símbolo @ que, en el lenguaje informático, significa at: para, en; la nefasta arroba que, si bien todos sabemos cómo se escribe, nadie sabe aún cómo se pronuncia, y sigo esperando a que esos lumbreras ideológicos me lo expliquen. Claro es que ellos tampoco lo saben.

Y aunque la idea germinó con fuerza y se propagó como mala yerba entre la gente guay, sus heraldos no tardaron en comprender que precisamente lo impronunciable de esa desinencia -@, más las dificultades derivadas de su incorporación a la ortografía y su inclusión en el diccionario, aunque no insalvables (pues pocas instituciones tenemos en España más tibias y menos comprometidas con el español que la Real Academia), le negaban la fuerza necesaria para llevar a buen término la feroz ofensiva hembrista que entonces emprendían. Así que, sin renunciar a su uso suplementario (un uso al que, hoy en día, ya no se oponen ni los más puristas del castellano), se hizo evidente la necesidad de otras armas más poderosas y eficaces para el deseado adoctrinamiento.

Fue entonces cuando los abanderados del par cromosómico XX nos colaron el segundo gol, un golazo esta vez, que a su vez tenía dos vertientes: de una parte, la forzada introducción en el vocabulario de una variante acabada en -a para el femenino de toda palabra que nombre o califique a una persona: joven/jóvena, miembro/miembra; y, de otra, la cacofónica mención expresa de ambos géneros, así construidos, allá donde proceda (léase: donde en realidad no procede): o sea, el redundante “todos y todas los niños y las niñas”, ese atentado a la estética, a la lógica y al oído que tan profundo ha calado en nuestra domesticada y meliflua sociedad. No sólo la entusiasta progresía adoptó este vicio de inmediato, queriendo convertirlo en virtud, sino que –y he aquí lo patético– los sectores que maś remisos fueron en principio a tales imposiciones lingüísticas han acabado claudicando, rehenes de su maricomplejo y ansiosos, por tanto, de hacerse perdonar por las izquierdas. Ejemplo de esto último es lo mucho que hemos escuchado durante las pasadas semanas, con ocasión de las primarias en el Partido Popular, Continue »

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Similitudes

albertoYpablo

No exagero al decir que, últimamente, a veces me confundo con estos dos políticos, Albert Casado y Pablo Rivera. Y los confundo no sólo porque, físicamente, se den un aire –al cual su adecentado aspecto y envidiable juventud vienen a acentuar–, ni porque sus timbres de voz sean lo bastante anodinos como para que resulte difícil distinguirlos al escucharlos por la radio, sino principalmente –y cada vez más– porque sus discursos políticos son tan semejantes, tan llenos de los mismos buenos pero mudables propósitos –demagogia ni más ni menos–, los mismos atractivos pero inverosímiles programas; tan escrupulosos ambos con la corrección politica: candidato o candidata, ganador o ganadora, presidente o presidenta; tanto, en fin, se me antojan parecidos e intercambiables, que nada perderíamos los españoles si fundieran en una sus dos personas y, también en uno, fusionaran sus dos partidos –cosa que, por cierto, quizás ocurra si el PP continúa su descenso hacia la irrelevancia política.

Pero aún hallo una última y determinante similitud entre Pablo Albert y Rivera Casado, y es que ambos son igualmente prescindibles como alternativa electoral para cualquier votante que aspire a una España donde vuelvan a imperar el cumplimiento de la Ley, la igualdad efectiva y la libertad. Libertad no sólo de acción sino también de pensamiento.

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