El silencioso sacrificio del socialismo responsable

Y supongo que, enseguida, algún lector se preguntará: “¡ah!, ¿pero es que un hay socialismo responsable?” Pues, al parecer, haylo. Y me explico:

Si en las elecciones autonómicas en Andalucía se pudo desplazar al PSOE de su hegemonía regional fue gracias a la acción, tal vez sinérgica -aunque esto último no me atrevería a darlo por seguro-, de dos factores simultáneos, concomitantes y creo que también interrelacionados.

El primero, como todo el mundo sabe, fue la inesperada y enérgica eclosión de Vox, que a su vez tuvo un efecto doble: por un lado, galvanizó a muchos votantes del centro y la derecha que se quedaban en casa, bien por carecer de oferta política que los representara (desafectos a un PP que tiempo ha abandonó sus valores para comprar casi todo el discurso progre, o escépticos hacia un Ciudadanos mudable y huero que ni siquiera sabe lo que es aunque sepa lo que no es), bien por haber perdido la esperanza y confianza en sus líderes (pues si el Partido Popular había tirado la toalla lustros atrás y ya descreía de su propia victoria, el llamado centro tenía -y sigue teniendo- más ganas de pactar con el PSOE que de luchar contra él); por otro lado, originó un potente campo gravitatorio en la derecha ideológica que obligó al resto de partidos a desplazar “hacia el verde” sus posicionamientos y discursos e hizo, por una suerte de ósmosis electoral, tal “succión” de votos desde el resto del espectro (salvo el inamovible PSOE, claro) que incluso un porcentaje no desdeñable de radicales de izquierda se mudó al extremo opuesto.

No obstante, la perturbación que el partido de Abascal introdujo en el panorama político andaluz no habría bastado a desbancar al PSOE sin el concurso coadyuvante de un segundo factor, al que -creo- no se ha dado la debida importancia ni se ha ponderado lo suficiente: la abstención de esos a quienes he llamado socialistas responsables. Y es que las cuentas -y el recuento- de esos comicios no me salen de ninguna manera si no introduzco dicho efecto, dado que, pese a los muchos votos que movilizó Vox, el descenso neto en la participación -respecto a anteriores ocasiones- sólo se explica por una enorme desmovilización del electorado tradicional del PSOE.

Ahora bien, ¿por qué tanta abstención entre los votantes socialistas? Mi tesis es que muchos de ellos, conscientes de la deplorable y ruinosa gestión que su partido ha hecho en Andalucía durante cuatro décadas ininterrumpidas, y acaso convencidos, por fin, de la absoluta necesidad de un cambio, decidieron, por cierto sentido de la responsabilidad, no oponerse a él; que ya es mucho, teniendo en cuenta que un sociata de pro jamás meterá en el sobre electoral una papeleta que no sea del PSOE. Pero es que aquí no se trató de sociatas sensu stricto, sino de la existencia, hasta ahora insospechada, de una casta de socialistas responsables que han contribuido a posibilitar dicho cambio del único modo que su religión les permite hacerlo, que es la abstención. Quizá hayan seguido un proceso mental semejante a este: “yo no puedo, activa y conscientemente, intentar destronar a mi partido; pero sí puedo no votar, y si la oposición echa de Andalucía al PSOE, no habrá sido mi responsabilidad directa.”

Llegados a este punto, no es descabellado dar un paso más allá y suponer que una parte de quienes así procedieron corrían -conscientemente- cierto riesgo de ver perjudicado su interés personal en caso de que tal cosa sucediera. Pienso, por ejemplo, en las muchas personas o familias enteras que viven de ese chollo llamado PER (Plan de Empleo Rural), y al que podría meter la tijera un eventual cambio de gobierno; o en los que viven de los cursos de formación, o de los diez mil chiringuitos clientelistas que el PSOE ha creado durante todos estos años.

Y son estos socialistas con quienes me quedo: esos cuya propia estabilidad económica va aparejada al destino del PSOE y que, no obstante, decidieron no votarlo. A ellos creo justo agradecerles el sacrificio de su abstención; un sacrificio intrínsecamente silencioso, invisible y no reconocido que, en algunos casos, podría hasta calificarse de heroico.

Lástima que en las generales del 28 de abril no vaya a suceder lo mismo. No me pregunten por qué; es un pálpito que tengo.

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Los renglones torcidos del juez Marchena

Desde el comienzo mismo de la vista oral por el “procés”, la actuación del presidente del tribunal, Manuel Marchena, ha dejado, a mi entender, bastante que desear.

Para empezar, por permitir -contradiciéndose a sí mismo- que se luzcan lazos amarillos, esos mensajes inequívocamente políticos que desafían su manifestación -en clara pero innecesaria prevención hacia los letrados de Vox- de no consentir que los interrogatorios se conviertan en debates ideológicos; lazos que simbolizan, además, la no autoridad de una Justicia que él mismo representa. Y para tal permiso ha tirado de una jurisprudencia europea de dudosa aplicación en este caso, más por denegar -tengo para mí- la petición del letrado Javier Ortega Smith que por garantizar un cuestionable derecho de los imputados.

Igualmente, un día después se opuso a la pretensión del mismo letrado de formular preguntas a Junqueras, impidiendo así toda oportunidad de valorar los concretos silencios de éste y, por tanto, en posible menoscabo del esclarecimiento de los hechos. Adujo Marchena que el silencio no tiene ningún valor probatorio, pero eso no es rigurosamente cierto y contradice, de hecho, la propia doctrina y jurisprudencia del TS. Pero quizá la derivada más perniciosa de dicha oposición sea que, no habiendo rehusado los “golpistas” contestar a otros letrados sino sólo a los de Vox, y esto con el peregrino argumento de que es un partido político racista, franquista o fascista, al desautorizar acto seguido el interrogatorio, implícitamente el juez da carta de naturaleza a tales infundios y respalda el consiguiente descrédito y ninguneo de la acusación particular; grave error, desafuero donde los haya.

Aparte, y pese a sus advertencias en contrario, ha consentido no sólo a los acusados despacharse a gusto con discursos ideológicos y usar el Supremo como púlpito para difundir al mundo entero la letanía victimista y falaz del separatismo catalán, sino además a algunos testigos largar soflamas y consignas políticas, creciéndose éstos hasta el desacato y negándose uno a su obligación de contestar también las preguntas del señor Ortega. Y si patético fue prestarse a hacer de intérprete para que los testigos no se contaminen al contacto verbal con el letrado de Vox, permitir que, encima, lo difamen y descalifiquen me parece ya una innegable dejación de funciones.

Así, pues, esta desusada laxitud hacia unos, en franco contraste con la firmeza hacia otros -al menos la acusación particular-, me hace dudar de la idoneidad de Marchena para la responsabilidad que tiene encomendada. Admito lo difícil de llevar a cabo ejemplarmente su cometido en este proceso, pero no se llega al puesto que él ocupa siendo un incompetente, y no es verosímil que carezca de la experiencia y el temple suficientes para cumplir su papel con eficacia, respetando todas las garantías sin restringir la acción de los acusadores, y haciéndose respetar por todos sin caer en la parcialidad o el prejuicio. Por eso sospecho que la causa de sus errores reside en que sus preocupaciones sean acaso otras: por un lado, el firme propósito -a mi parecer infundado- de evitar el más mínimo desliz de corte ideológico por parte de la acusación particular o incluso de impedir que Vox saque rédito político alguno del juicio, aunque sea fuera de Sala; por otro, la egoísta aspiración de salvaguardar a ultranza su honrilla profesional cuando el caso llegue a Estrasburgo.

Es, en efecto, vox populi -valga el albur- que Marchena, con los ojos puestos en la apelación a ese Tribunal, se emplea a fondo para no dejar resquicio por donde los jueces europeos, esa raza superior, puedan enmendarle la plana. Pero esto no justifica ni el desautorizar a los letrados de Vox ni, mucho menos, el consentir que los descalifiquen en la Sala. Conviene recordar que, de no ser por ellos, hoy no se estaría celebrando este juicio. Ignoro, por supuesto, si en su fuero interno siente el magistrado antipatía por ese partido político o si, por el contrario, le muestra mano firme para evitar que puedan acusarlo por un crimen de lesa simpatía hacia la “extrema extrema derecha”, pero para el caso es igual, porque la credibilidad de la acusación particular queda mermada y se debilita su posición, en detrimento de la justicia y del amparo a la sociedad española frente al ilícito penal cometido.

Por último, interesa apuntar que con sus heterodoxas concesiones el señor Marchena deteriora aún más el ya maltrecho principio de igualdad universal ante la justicia, pues a cualquiera de nosotros que se presente en una Audiencia y le vacile a un juez como estos separatistas hacen, se entera bien enterado. ¿Qué privilegio tienen unos del que no gozamos los demás? ¿Por qué se les tolera lo que no se consiente a otros? Está claro: por la presencia de los medios y la presión de la opinión pública. Estamos en el siglo XXI y aún no hemos asumido la igualdad verdadera, empezando por Sus Señorías, tan arbitrarios, parciales y cobardicas como el que más.

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Mossos y mossas

Habida cuenta los tiempos y vientos de ultrafeminismo que corren, me parece totalmente indefendible que Cataluña no le haya cambiado aún la denominación a su cuerpo policial autonómico: Mossos d’Esquadra. ¿Mossos? Y entonces, ¿dónde quedan ellas?

Veamos, porque aquí hay dos cuestiones. Primero está el tema del término a utilizar para referirnos a las mujeres de dicho cuerpo. En catalán, mosso es –a juzgar por el número de acepciones– una palabra fundamentalmente masculina, que describe varios conceptos: un niño grandullón, un soltero, un criado, un dependiente, etc. O sea, más o menos igual que el castellano mozo. La mossa catalana, en cambio, es básicamente una sirvienta. Mossa también significa “muesca”.

De modo que hay una clara asimetría de género en las acepciones, entre las cuales también figura, claro está, mosso d’esquadra, que se define, históricamente, como un miembro de las fuerzas policiales de Cataluña, y hoy día como un miembro de la policía autonómica de esa región. Es de notar que esta última acepción, según el propio diccionario catalán, no existe en su versión femenina: mossa d’esquadra; lo cual, por lo demás, parece bastante natural, porque antaño las mujeres se dedicaban a otros menesteres y no se metían en cosas de hombres. De modo que cabe legítimamente preguntarse: a ellas, a las mujeres que pertenecen a ese cuerpo, ¿cómo nos referimos? ¿Cómo las llamamos? Decirles “oiga, moza” suena algo burlón, pero decirles “oiga, mozo” no parece tolerable desde un punto de vista feminista.

Pues bien, la segunda cuestión se refiere precisamente Continue »

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Personas, el gol definitivo de la semántica inclusiva

En los primeros tiempos de esta deriva gramatical, o quizá debería decir lingüística, que la ideología de género lleva lustros trabajando por imponernos en el frente del idioma, algún espabilado diseñador del pensamiento único (aunque, por aquel entonces, tal vez fuese simplemente un influencer solitario), inspirado probablemente por el pujante auge que entonces experimentaba la internet y, en concreto, el correo electrónico, nos coló el primer golazo con la bobada ésa de la arroba “inclusiva”, el símbolo @ que, en el lenguaje informático, significa at: para, en; la nefasta arroba que, si bien todos sabemos cómo se escribe, nadie sabe aún cómo se pronuncia, y sigo esperando a que esos lumbreras ideológicos me lo expliquen. Claro es que ellos tampoco lo saben.

Y aunque la idea germinó con fuerza y se propagó como mala yerba entre la gente guay, sus heraldos no tardaron en comprender que precisamente lo impronunciable de esa desinencia -@, más las dificultades derivadas de su incorporación a la ortografía y su inclusión en el diccionario, aunque no insalvables (pues pocas instituciones tenemos en España más tibias y menos comprometidas con el español que la Real Academia), le negaban la fuerza necesaria para llevar a buen término la feroz ofensiva hembrista que entonces emprendían. Así que, sin renunciar a su uso suplementario (un uso al que, hoy en día, ya no se oponen ni los más puristas del castellano), se hizo evidente la necesidad de otras armas más poderosas y eficaces para el deseado adoctrinamiento.

Fue entonces cuando los abanderados del par cromosómico XX nos colaron el segundo gol, un golazo esta vez, que a su vez tenía dos vertientes: de una parte, la forzada introducción en el vocabulario de una variante acabada en -a para el femenino de toda palabra que nombre o califique a una persona: joven/jóvena, miembro/miembra; y, de otra, la cacofónica mención expresa de ambos géneros, así construidos, allá donde proceda (léase: donde en realidad no procede): o sea, el redundante “todos y todas los niños y las niñas”, ese atentado a la estética, a la lógica y al oído que tan profundo ha calado en nuestra domesticada y meliflua sociedad. No sólo la entusiasta progresía adoptó este vicio de inmediato, queriendo convertirlo en virtud, sino que –y he aquí lo patético– los sectores que maś remisos fueron en principio a tales imposiciones lingüísticas han acabado claudicando, rehenes de su maricomplejo y ansiosos, por tanto, de hacerse perdonar por las izquierdas. Ejemplo de esto último es lo mucho que hemos escuchado durante las pasadas semanas, con ocasión de las primarias en el Partido Popular, Continue »

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Similitudes

albertoYpablo

No exagero al decir que, últimamente, a veces me confundo con estos dos políticos, Albert Casado y Pablo Rivera. Y los confundo no sólo porque, físicamente, se den un aire –al cual su adecentado aspecto y envidiable juventud vienen a acentuar–, ni porque sus timbres de voz sean lo bastante anodinos como para que resulte difícil distinguirlos al escucharlos por la radio, sino principalmente –y cada vez más– porque sus discursos políticos son tan semejantes, tan llenos de los mismos buenos pero mudables propósitos –demagogia ni más ni menos–, los mismos atractivos pero inverosímiles programas; tan escrupulosos ambos con la corrección politica: candidato o candidata, ganador o ganadora, presidente o presidenta; tanto, en fin, se me antojan parecidos e intercambiables, que nada perderíamos los españoles si fundieran en una sus dos personas y, también en uno, fusionaran sus dos partidos –cosa que, por cierto, quizás ocurra si el PP continúa su descenso hacia la irrelevancia política.

Pero aún hallo una última y determinante similitud entre Pablo Albert y Rivera Casado, y es que ambos son igualmente prescindibles como alternativa electoral para cualquier votante que aspire a una España donde vuelvan a imperar el cumplimiento de la Ley, la igualdad efectiva y la libertad. Libertad no sólo de acción sino también de pensamiento.

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El impuestazo al gasóleo

So capa de una preocupación, a todas luces insincera, por las dizque nocivas emisiones de óxidos nítricos (NOx), se nos dice en España que la Unión Europea impulsa una lucha contra el gasóleo que nosotros vamos a secundar subiéndole los impuestos; lucha cuya principal beneficiaria, no obstante, no será la atmósfera ni la salud de la ciudadanía, sino la industria del automóvil y, claro está, la Hacienda pública. ¿Por qué?

Primero porque eso de que el gasóleo es más contaminante o nocivo que la gasolina está muy lejos de ser una cuestión zanjada, y menos aún definitiva: si bien la combustión del gasoil, por un lado, emite más NOx (potencialmente nocivos para la salud), por el otro produce menos COx (responsables del efecto invernadero); y, en cualquier caso, las emisiones de motores que cumplan la última normativa Euro 6 son muy similares para ambos tipos de combustible. Si la salud fuese el problema, las autoridades tomarían más bien medidas para jubilar los coches más antiguos, que contaminan hasta cinco veces más sean de un tipo u otro, y no subir el precio del gasoil, que impacta lo mismo a coches nuevos que a viejos. Segundo porque, al acribillar con impuestos y trabas a todos los diésel, entonces todos sus propietarios se verán más empujados a cambiarlos por versiones menos penalizadas, y estaríamos hablando de más de cien millones de turismos que los gobiernos europeos nos urgirán a sustituir. Una cifra espectacular, demasiado golosa como para dejar fuera de sospecha a los fabricantes.

Y lo curioso de este panorama es que sea precisamente Pedro Sánchez, un socialista, quien muestre tanta premura por establecer una subida impositiva que, miren ustedes por dónde, perjudicará más a las personas con menos recursos, que son quienes, por economía, se compraron un diésel (y ahí están las estadísticas para verificarlo). Los más pudientes suelen preferir el gasolina. Todo lo cual sugiere poderosamente que, como se afirma, Continue »

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Paradoja de las tarjetas sanitarias

Resulta increíble que la tarjeta sanitaria de un ciudadano español no surta plenos efectos más que en su comunidad autónoma de residencia, y que no podamos disfrutar de asistencia médica en el resto del territorio nacional sin formalizar antes un absurdo papeleo: el volante de desplazamiento, cuya función real no es otra que levantar fronteras internas y obstaculizar el constitucional derecho al libre movimiento dentro del país.

Mejor dicho: resultaría increíble, en condicional. Lo resultaría si no fuera porque hasta el peor descarrío es posible en esta España desmembrada y apóstata de sí misma, en este engendro de artificiosos regionalismos que hemos creado y, peor aún, que nos hemos creído. Pero como aquí todo vale, así están las cosas. Tanto los reyezuelos de las taifas autonómicas como el gobierno central, en el summum de su inepcia política y ceguera autonomista, son totalmente incapaces de acordar una asistencia sanitaria coordinada y ágil. Por un lado, porque esos reyezuelos se apresuran a colgarle a cualquier medida unificadora el anatema de recentralización, en virtud de una evidente confusión semática, fruto de la ignorancia o la demagogia, entre “centralizar” y “unificar”. Curiosamente –dicho sea de paso– no les importa ceder los datos más personales a Facebook para que Mark Zuckerberg los centralice en sus servidores, pero sí les molesta que las distintas autonomías coordinen y unifiquen sus ficheros y servicios para eliminar trabas al ciudadano. Y por otro lado, porque los sucesivos inquilinos de La Moncloa tienen miedo a que los llamen franquistas centralizadores y, como les importamos un bledo los ciudadanos, se ponen de perfil para no enfrentarse a las taifas.

Pero el colmo del despropósito es Continue »

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De manadas, jaurías y la presunción de inocencia

Hace apenas unos meses, con ocasión de las manifestaciones populares contra el independentismo catalán, la opinión pública en general estuvo de acuerdo en alabar a Yusap Burrai (que es como quienes se las dan de guays pronuncian el nombre de Josep Borrell) por el reproche que le hizo a su auditorio cuando éste pedía, al grito de “Puigdemont a prisión”, que se enviase a la cárcel al acusado de golpismo. En aquella ocasión el orador calló a los manifestantes, arengándoles: “¡No!, no gritéis como las turbas en el circo romano. Sólo los jueces pueden decidir quién va a prisión y quién no”. Muy bien, muy bien –elogiaba el personal los días siguientes–, ¡qué mesurado y sensato, este Borrell!

Desde luego, estoy muy de acuerdo con él en que supondría –y de hecho supone– un serio deterioro para el Estado de Derecho, por no decir una inquietante amenaza, esa transferencia de la justicia, de facto, desde los tribunales al populacho; es decir: la jauría humana; el patíbulo callejero. Pocas cosas ofenden más al espíritu justo que el ver cómo en España se pretende linchar –y cada vez más a menudo se lincha– a los justiciables desde la calle, las redes sociales o los medios de comunicación. Ejemplos hay a docenas. Bien conocido de todos, ahora de nuevo en primera página, es el archi-famoso caso de La Manada: por lo que sabemos, la supuesta violación de una mujer, en un portal, a manos de un grupo de hombres durante unas fiestas locales; un caso del cual, empero su popularidad, ni a los medios ni al resto de la población nos consta apenas nada de lo crucial, excepto que hubo sexo, y esto porque así lo admiten las partes; pero de lo que en realidad ocurrió aquel día no sólo estamos ignorantes, sino que es del todo imposible saberlo con certeza: sólo denunciante y denunciados lo saben, pero sus declaraciones son, naturalmente, contrapuestas.

Existe, al parecer, quizá como único indicio objetivo para el esclarecimiento del asunto, un breve vídeo que, durante aquel episodio, los participantes grabaron en un teléfono móvil; pero ninguno de los que tan ligeramente opinamos sobre el caso conocemos tampoco las escenas que contiene, ya que nadie las ha visto salvo quienes estuvieron presentes en el juicio, que se celebró a puerta cerrada. Lo que sí puede razonablemente colegirse –o, al menos, eso me parece a mí– sobre dicho vídeo es Continue »

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