Un insólito privilegio: el derecho al doble voto

En octubre del 2018, a unos cien mil españoles se les otorgó un privilegio hasta ahora insólito: el derecho al doble voto en comicios y referendos; prerrogativa exclusiva para aquellos ciudadanos que tengan un discapacitado intelectual a su cargo.

¿Cómo así? Por supuesto, tal iniciativa no se plasmó legalmente como acabo de expresarla, sino que se nos vendió como un logro social: la concesión a esos discapacitados del derecho de sufragio, que hasta entonces no tenían; pero obviamente el único resultado, a la hora de la verdad, es el haber habilitado a sus tutores para que voten dos veces, pues serán éstos quienes decidan, en la inmensa mayoría de los casos, qué papeleta introducen aquéllos en la urna; así que, a efectos prácticos, es como autorizar a cien mil personas a que voten dos veces.

Aunque en su día se debatió este tema, hay tres aspectos en los que -creo- se incidió poco pese a su decisiva influencia en la decisión política finalmente adoptada.

Por una parte está el agravio comparativo: si se permite votar a los deficientes mentales, se está discriminando a todos los millones de adolescentes que tienen igual o mayor uso de razón que aquéllos y a quienes, en cambio, se les escamotea tal derecho. No olvidemos que esos deficientes padecen, en su mayoría, un significativo retraso mental que limita su capacidad cognitiva, en el mejor caso, a la de un preadolescente; o sea, que cualquier chaval de doce años los supera en edad mental y en aptitud para votar, sea ésta cualquiera que decidamos. Es rigurosamente lógico -e impecablemente justo- que si a un colectivo de personas con aptitudes psíquicas significativamente por debajo del umbral mínimo se les permite votar, debería entonces permitírsele también a cualquiera que iguale o supere dichas aptitudes, ya que las mismas razones que avalan un supuesto sirven para avalar el otro. De modo que, por pura coherencia e igualdad, habría que reconocer el derecho al sufragio, como mínimo, a los mayores de doce años; y no hacerlo así constituye, como digo, una injusticia y una insostenible contradicción.

Pero quizá más llamativo aún es el hecho de que los defensores de este voto doble hayan opuesto, frente al poderoso razonamiento contrario (según el cual los discapacitados intelectuales tienen escaso o nulo criterio político y son excesivamente influenciables y manipulables por sus tutores), el débil argumento de que «cualquiera de nosotros está sujeto a manipulación». ¡Hombre! También cualquiera de nosotros puede tener un accidente al volante y no por eso se expide el carné a quien no supere el examen médico. Cierto es que muchísimas personas en plenas facultades son, también, fácilmente influenciables, pero este argumento de la «manipulación universal» encierra una falacia evidente: mientras que unos, aun siendo influenciables, poseemos las armas cognitivas necesarias para defendernos de la manipulación si así lo queremos, los retrasados, en cambio, no. Piense el lector en un deficiente mental y respóndase si cree que podría rechazar por sí mismo frente la inevitable -y necesariamente poderosa- influencia de sus tutores o educadores a la hora de votar. Evidentemente no. Y otorgarles el derecho al sufragio activo ni palía su indefensión ni mejora en modo alguno la calidad de una democracia. Sólo -repito- proporciona al tutor la posibilidad de votar dos veces.

También se adujo en favor del privilegio al doble voto que muchas personas mayores -principalmente ancianos- han perdido ya su discernimiento y, no obstante, conservan el derecho al voto (si no los han incapacitado judicialmente). Cierto. Pero este argumento, tan falaz como el anterior, se desenmascara de igual modo con un ejemplo similar: si una persona mayor ha perdido las aptitudes psicofísicas para conducir, lo ortodoxo sería retirarle el carné; no igualar por lo absurdo permitiendo que se le expida a cualquier otro que tampoco sea apto. El hecho de que muchas abuelitas seniles conserven y ejerzan (probablemente bajo influencia o manipulación de familiares) su derecho a votar es una anomalía democrática que se debería corregir incapacitándolas para ello, y no hacerla extensiva a todo el que carezca, igualmente, de la necesaria capacidad mental.

Es comprensible y laudable, por supuesto, el esfuerzo de los poderes públicos en procurar que los subnormales tengan la mejor calidad de vida y participen al máximo en actividades sociales, pero a ese efecto existen muchas otras herramientas, instituciones y medidas específicas. Los comicios no son, no deberían ser un juguete para poder mostrar en la tele la conmovedora sonrisa de un deficiente mental votando, ni muchísimo menos como forma de compensar (o, digamos, de indemnizar) electoralmente a sus tutores. Al contrario: se trata de que quienes sí están capacitados decidan con la mayor responsabilidad posible, y sin que nadie vote dos veces, qué rumbo ha de tomar nuestra sociedad para, entre otras cosas, proteger como mejor podamos precisamente a ésos que no pueden decidir ni defenderse por sí mismos, sean niños, discapacitados o abueletes seniles.

Categories: Opinión | Leave a comment

El disputado voto rural

Salvando las distancias, este repentino interés que los principales partidos muestran por el medio rural me recuerda a la genial y célebre novela de Miguel Delibes, aún actual, en que un grupo de militantes políticos llega de la ciudad a un pueblo casi abandonado para recabar el voto de sus tres habitantes.

Corren hoy, por supuesto, tiempos muy distintos y las condiciones de vida han cambiado enormemente tanto en las ciudades como en el campo; ya no vienen los activistas en un Renault 8 con megáfonos en la baca sino que nos colocan la propaganda y los mítines en el corazón de nuestros hogares a través de la tele o el móvil; pero el marco general de la historia sigue siendo válido: unos políticos de la ciudad haciéndonos la pelota e intentando convencernos de que piensan mucho en nosotros y de que, en cuanto ganen las próximas elecciones, van a adoptar serias y urgentes medidas para mejorar nuestras vidas.

¡Pamplinas! Como pueblerino, me resulta patética -e incluso directamente ofensiva- la cantidad de tópicos y simplezas que se manejan sobre nosotros, así como la sarta de mayúsculas bobadas con que se nos elogia, desde nuestro «verdadero ecologismo» hasta nuestro «duro sacrificio y trabajo», pasando por toda la gama intermedia de alabanzas. Me pregunto si es que nos toman por bobos, o si es que el discursito rural va en realidad encaminado a que los urbanitas se crean lo mucho que los políticos se preocupan por los pueblos de nuestra piel de toro.

¿Ecologismo? No hay bicho más dañino para la naturaleza que un campurrio: si se lo permites, no dejará una encina en pie, para que no le estorben las labores con el tractor, ni un palmo de tierra sin achicharrar con herbicida, para que la mala hierba no le quite un sólo nutriente a sus cultivos, ni un corzo u otro bicho silvestre sin envenenar, para que no le coman la cosecha, ni un acuífero sin agotar por el riego para sus sembrados, ni una hectárea sin cercar o un camino sin cortar, para que nadie pise sus predios, ni una parcela donde no se haya erigido una horripilante nave, tolva o silo… Y así una larga lista de atentados ecológicos con la que no aburriré al lector. No, hombre, no me fastidien: el campesinado, sea agricultor o ganadero, es la casta más ansia viva que hay, y, salvo excepciones, a la que menos le importa la ecología. Ya son muchos años viviendo entre ellos.

¿Los más trabajadores? No más que otros cualesquiera y, con frecuencia, bastante menos. Quizá mi región, Extremadura, junto con Andalucía, sean en esto poco representativas a causa de las subvenciones y el maná agrario, pero aquí hay mucha gente que trabaja porque y cuando le apetece, más para entretenerse o sacar unas perras extra que por necesidad, pues en sus hogares entran por la cara bonita dos o tres sueldos del PER -dudosamente legales-, más alguna que otra ayuda de la PAC y, dado el bajo coste de la vida, tienen de sobra para un pasar muy holgado. ¿Los más madrugadores? Pues igual que en las ciudades. Y, si se madruga, es a menudo sólo por costumbre, para que el vecino no nos critique o, si acaso, para no quedarnos sin el mejor pan de la tahona, que suele acabarse a media mañana.

¿Peor calidad de vida? Ábranse las puertas de las cocheras y se verá la enorme cantidad de coches de alta gama; éntrese en las casas y se verán no pocas renovaciones recientes, a menudo lujosas, con mármol en los suelos y los últimos electrodomésticos en las cocinas…

En fin, ¿qué cosas me están contando? Incluso a los de Vox, única formación que lleva en su ADN el genuino interés por el mundo rural, les he escuchado deplorables panegíricos de esa índole. Dejen, por favor, de hacernos la pelota y vayan a otro perro con ese hueso, porque en el campo no ignoramos que, si los principales partidos nacionales se pelean ahora por el disputado voto del señor Cayo, precisamente en vísperas de estas elecciones y no de otras anteriores, no es porque de pronto les preocupen los problemas de la vida rural -que los hay, pero no son los apuntados-, sino porque hoy, por la particular coyuntura política, los escaños de las provincias menos pobladas han cobrado una especial relevancia y hay que arañar, uno a uno, tantos diputados como se pueda. Ésa es la verdad.

Categories: Opinión | Leave a comment

Derogar la Ley Protección de Datos y desmantelar la Agencia

Como tantos millones de españoles, he recibido estos días la clásica correspondencia de propaganda electoral para las elecciones: el mismo despilfarro presupuestario de siempre, aunque con un importantísimo agravante: esta vez las cartas, en lugar de ser simple buzoneo, van dirigidas a mi nombre y domicilio. O sea, un atropello más de la Ley de Protección de Datos (LPD); atropello especialmente intolerable y escandaloso, porque en esta ocasión cuenta con el beneplácito de las autoridades gubernamentales o judiciales, si no de ambas.

La verdad es que llega uno a hartarse de que aquí, en España, todo el que le da la gana, si tiene poder político o influencia económica, se salta la LPD por el arco del triunfo e impunemente. La última tomadura de pelo, vergonzosa, fue el presunto blindaje de nuestro «derecho a la privacidad», adoptado por iniciativa europea, respecto a los datos personales que almacenan los sitios web; blindaje cuya medida estrella de cara a nuestra protección era la taxativa e inapelable prohibición de enviar spam -o cualquier tipo de correo electrónico no deseado- sin el previo consentimiento consciente y expreso del destinatario. Con anterioridad, se nos podía enviar correo comercial sin más requisito que incluir en él un enlace para desuscribirse; pero ahora, en teoría, nadie debería enviarnos tales mensajes sin que antes lo hayamos solicitado intencionadamente. Y lo mismo cabe decir de las cookies.

Pues bien: no sé a mis lectores, pero a un servidor le llegan ahora ¡entre cinco y diez veces más mensajes de spam! que antes de esa «nueva protección». O sea, que sesudos equipos de técnicos (a quienes sin duda pagamos un sueldazo) deliberan durante semanas o meses para parir una normativa que nos proteja del incesante bombardeo de spam, y lo que resulta es que dicho bombardeo se quintuplica. Vamos: para ponerse a mear y no echar ni gota. Por cierto que la burla más descarada que he sufrido al respecto es el caso de Yahoo, donde, para configurar el rechazo a las cookies, se redirige al usuario a sucesivas páginas de terceros, a cual más engorrosa y pesada de leer, para llegar finalmente a una inacabable lista de «socios comerciales» cuyas respectivas páginas de rechazo deberemos abrir y configurar una a una si no queremos que esos pequeños duendecillos espías llamados cookies se almacenen en nuestro navegador para vigilar cada uno de nuestros clics. En fin: la más descarada y abusiva inocentada cibernética que he tenido ocasión de ver.

Pero, a todo esto, ¿dónde está la Agencia de Protección de Datos? ¿Qué hace, aparte de chupar de los presupuestos del Estado? Mucho me temo que la LPD se ha convertido en papel mojado y que la Agencia sólo sirve ya para sancionar a algún pobre diablo que no sabe ni cómo configurar su blog conforme a la nueva normativa, o para estorbar a la Policía y Guardia Civil la agilidad de sus investigaciones, mientras que las empresas de venta online -excuso decir, los grandes dominios de Internet- y los partidos políticos con su propaganda electoral se descojonan de las prohibiciones y de nuestra privacidad.

En concreto estos últimos, los partidos, porque una vez en sus manos las bases de datos con nuestros nombres y domicilios -que teóricamente sólo pueden usar para la bazofia propagandística electoral- ¿qué les impide hacer uso ilegal de esa información? Apañados vamos si tenemos que esperar a que la Agencia vaya a hacer investigación alguna al respecto, no ya de oficio, sino ni siquiera a raíz de una denuncia particular. Y así las cosas, ¿para qué quiere la ciudadanía esas herramientas de supuesta protección legal que a nadie protegen sino a los poderosos? Si es para que le metan mano al pringao de turno o para entorpecer la acción de la justicia mientras que la política y el mercantilismo hacen de su capa un sayo, entonces propongo derogar la Ley de Protección de Datos y cerrar Agencia Española del mismo nombre, pues al menos así nos ahorraremos el sueldo que les pagamos a sus empleados.

Categories: Opinión | Leave a comment

El centro como equívoco espacial

El principal inconveniente de trabajar con metáforas espaciales es que conducen demasiado fácilmente a deducciones sin fundamento ni rigor lógico y a equívocos que son, a la larga, difíciles de identificar y más aún de corregir.

Y es que cuando a uno lo bombardean por todos los flancos, desde que tiene uso de razón, con la idea de que el repertorio de opciones políticas se distribuye a lo largo de una línea que va de izquierda a derecha -o viceversa-, resulta que la existencia de un centro aparenta ser no sólo la cosa más natural del mundo, sino una exigencia del principio de continuidad del espacio euclídeo.

Pero lo cierto es que, cuando hablamos de política, la denominación «izquierda» y «derecha» es totalmente figurada y, por ende, muy poco afortunada.

A mí -que nunca estudié ciencias políticas- me ha llevado muchos años, hasta bien entrados los cincuenta, darme cuenta de esa trampa semántica; y esto por pura casualidad, el día en que escuché a un polémico periodista decir: Pero, vamos a ver, eso del centro, ¿qué es? El centro no es nada. Y gracias a estas palabras me planteé la pregunta, en cuya respuesta, tras pensarlo detenidamente, no pude sino coincidir con él.

Para quien algo recuerde de las matemáticas, la situación puede visualizarse así: dados dos conjuntos distintos, A y B, compuestos por algunos elementos comunes y otros disímiles, nada obliga a postular la existencia de un tercer conjunto C que, sin ser la mera intersección algebraica de los anteriores, sea «intermedio» entre ellos. Resulta hasta difícil imaginar en qué podría consistir dicho C.

Pues bien: yo creo que la política se asemeja más a esta comparación que no a ese hipotético espectro izquierda-derecha que, no obstante, casi todos damos por sentado porque nos lo enseñan desde jovencitos y nos lo remachan cada día. Según mi ejemplo, A podría ser el modelo económico-cultural socialistoide que hoy sostiene un partido como el PSOE, y B sería el liberaloide que propugna el PP; sendos representantes de esos dos sistemas políticos en que se basan la mayoría de países actualmente. De modo que, en este esquema, ¿qué predica Ciudadanos de original que no esté ya en los programas de alguno de los otros? ¿Cuáles son los elementos, las ideas, los valores, principios o propuestas que identifiquen de manera unívoca y den personalidad propia a ese partido? Si Ciudadanos es el conjunto C, ¿qué de nuevo aporta?, ¿qué tiene que no tengan los demás?

Porque si la respuesta a esta pregunta es «nada», entonces nada es también Ciudadanos: tan sólo una caprichosa intersección entre A y B. Pero si la respuesta es «algo: tal y cual cosa», entonces ¿por qué habríamos de suponer que ese algo está entre medias de los otros dos? ¿Por qué no imaginar, en lugar de tres puntos en una línea, tres vértices de un triángulo escaleno sin centro ni forma concretos? De no ser por la distorsión que, en nuestra percepción, introduce la actual nomenclatura lineal, en principio no tendríamos por qué suponer que un tercer partido hubiera por fuerza de ubicarse en un lugar intermedio, céntrico y más o menos equidistante entre los otros dos.

Advierta el lector que, en lo anterior, no se niega la posible existencia de tres o más modelos distintos de sociedad: lo que se dice es que, de haberlos, no tendrían por qué distribuirse -salvo improbable azar- como segmentos a lo largo de una línea imaginaria izquierda-derecha, sino más bien como distintos conjuntos que ocupan posiciones arbitrarias en el espacio, que pueden -o no- intersecarse parcialmente, pero ninguno de los cuales podría reclamar para sí el centro ni, menos aún, pretender heredar por derecho propio las subjetivas connotaciones positivas, e incluso virtuosas, que a tal término acompañan.

Todo esto, claro, dentro de la más pura abstracción. Pero es que aún se puede ir un paso más allá: cuando estudia uno las opciones políticas verosímiles y viables que pueden adoptarse hoy día en el mundo occidental, concretamente en Europa, pronto se comprende que las posibilidades se reducen prácticamente a dos: ésas que -engañosamente- llamamos izquierda y derecha, aunque yo, puestos a adoptar una terminología errónea, preferiría llamar rojo y azul, por aquello de que los colores no exigen la existencia de un «centro»; y dado que ambas opciones tienen ya, de por sí, bastantes elementos comunes (en el fondo, casi ningún gobierno se sale de las ideas y metas de la globalización), lo único que justifica la taxonomía es precisamente aquéllo en que difieren, y que son los elementos que les confieren personalidad. Pero entonces vuelvo a preguntar: ¿qué es lo distintivo del autodenominado centro? Parece claro que nada. Dicha supuesta alternativa política, escurridiza e imaginaria, no es más que la intersección de las otros dos: un conjunto sin entidad ni carácter propio, sin principios ni valores peculiares y -por supuesto- sin historia; o sea: una ilusión semántica, un equívoco espacial, un mero pragmatismo insulso, un diluirse en la borrosa y difusa aldea global

Así que no me queda, en fin, más que glosar al polémico periodista y decir, con él: ¿qué es eso del centro? El centro no existe, no es nada.

Pero, a cuento de esa nada, una buena legión de espabilados se saca un sueldo con nuestros impuestos.

Categories: Opinión | Leave a comment

No estamos cabreados, Cayetana

Dice Cayetana Álvarez de Toledo y Peralta-Ramos, ahí es nada, con esa suficiencia dialéctica -o acaso soberbia intelectual- que la caracteriza, que los partidarios de Vox votaremos este partido porque estamos cabreados; es de suponer que con el partido Popular. Según la número uno de Pablo Casado por Barcelona, venimos a ser algo así como peperos echados al monte, sin más razón para votar a Vox que el puro cabreo; y parece querer transmitir una imagen nuestra como de unos cimarrones temperamentales, dominados por las emociones y los instintos básicos, con intelecto quizá inferior, introduciendo en las urnas nuestras papeletas del partido verde mientras hacemos cortes de manga a los interventores populares, o vaya usted a saber. Estamos enfadados -dice-, pero cuando nos hayamos desahogado -se entiende- volveremos al rebaño. Será por mí, tan cabreado que mi temperatura ha subido desde -0 ºC a +0 ºC.

Y en esta idea que la marquesa esboza, soslaya -no por ignorancia, sino acaso por malicia o picardía- el hecho de que entre PP y Vox se han abierto ya brechas ideológicas y programáticas casi insalvables. Que Abascal y conmilitones creasen su partido como una escisión del Popular no significa, en absoluto, que hayan de refundirse nuevamente en él (errónea tesis ésta, en la que muchos periodistas porfían) como pelota que, lanzada al aire, ha de volver a tierra. Al contrario: usando un símil darwiniano, Vox es como una nueva especie que muta a partir de otra y que divergirá de ella, como una rama de árbol, merced a las leyes evolutivas; aunque me temo que «evolución» sería lo último que mi admirada hispano-porteña nos concedería, pues su rechazo a la verdadera derecha se lo impide y, además, la estrategia electoral se lo desaconseja.

Cierto es que hay similitudes entre ambos partidos. Escucho con frecuencia -y con mezcla de agrado y enojo, confieso- a esta brillante periodista y me parece imposible que cualquier persona sensata no esté de acuerdo con ella en la mayoría de temas. Pero también es cierto que las divergencias en bastantes aspectos fundamentales (organización territorial, inmigración, hembrismo, aborto, adoctrinamiento «gay», memoria-revancha histórica, inmersiones lingüísticas, ETA, actitud frente al franquismo, posicionamiento hacia Europa, legítima defensa, etc.) son demasiado grandes como para que pueda preverse una convergencia ni a corto ni a medio plazo; y, si se produjera, antes sería por acercamiento del PP a Vox que no a la inversa, creo.

A la señora Álvarez no se le puede escapar -le sobran conocimientos e inteligencia- que, lejos de ser electores cabreados, los seguidores de Vox, algo más cultos y mejor informados que el elector medio, vienen en general no de un enfado con la formación donde ella milita y que ahora intenta salvar mi tocayo Casado, sino de una prolongada abstención tras años de carecer de opción política que los represente, o bien decepcionados de otros partidos. Mas decepción no debe ser confundida con cabreo, aunque este término sirva mucho mejor a efectos de crear la desdeñosa caricatura que la ex diputada popular ha concebido para los voxeros. ¡Claro que no faltan enfadados en nuestras filas!, pero de ésos los hay en todos los credos; y, contra lo que ella dice opinar -aunque quizá en su fuero interno no lo opine-, lo cierto es que quienes vamos a votar a Vox no sólo no estamos cabreados sino que, más bien, bastante ilusionados, relativamente optimistas e incluso -dentro de lo que cabe y el desastre que se nos avecina- alegres.

¿De dónde, pues, esta indisimulable animosidad hacia Vox que lleva a la preclara franco-argentina al punto de distorsionar la realidad? Pues me parece que, aparte la comprensible -e incluso exigible por la campaña- rivalidad entre dos partidos contiguos del espectro político que pugnan por una zona común del gran caladero electoral moderado, dicha antipatía se reduce esencialmente a dos causas o, al menos, puede resumirse en ellas: por un lado, la frontal oposición de Vox hacia esa progrez feminista a cuyo influjo no han podido escapar, del todo, ni siquiera muchas de las mujeres más lúcidas de nuestro tiempo, Álvarez de Toledo incluida; por el otro -y ahí es donde más le duele-, una frase de Santi Abascal en que abogaba por retirar el pasaporte español a advenedizos como mi otro tocayo, el rosarino Echenique, por intentar destruir España desde dentro pese a beneficiarse de una cobertura sanitaria que ni en sueños podría disfrutar en su país natal… si es que no vino aquí ex profeso para tal cosa.

¡Ah, amigo! En este escollo varan la racionalidad y templanza de doña Cayetana, aun con su disciplinada e imperturbable serenidad: porque ella también es medio extranjera, medio argentina, y aunque se halle en las antípodas políticas del impedido podemita se siente igualmente alcanzada por la supuesta afrenta y amenazada por el correspondiente juicio subjetivo. Entre reos y paisanos -pensará- tenemos que defendernos.

Categories: Opinión | Leave a comment

Yo también quiero

De entre los cuatro valores superiores del ordenamiento jurídico que propugna nuestra Constitución, el más importante es la igualdad, pues de ella se derivan los demás y sin ella no pueden existir. Por su virtud, basta con que haya un ciudadano libre para que todos lo sean, que alguien tenga un derecho para que lo tengan todos o que exista una opción política para que otras puedan existir. La igualdad es el meollo, la condición necesaria y suficiente para toda justicia, libertad y pluralismo.

Por eso a la hora de abordar cualquiera de las cien cuestiones sociales que nos salen al paso cada día no hay como hacerlo desde el punto de vista de la igualdad para darse cabal cuenta de cuáles son las raíces de cada problema en particular, pues si, frente a los mil desafueros que se perpetran en España impunemente a cada hora, en lugar de exigir el cumplimiento de la ley exigimos igualdad, salta a la vista la autodestrucción a que nos llevaría. Véase, si no:

Yo también quiero asesinar no a veinte, sino a un sólo policía nacional a sangre fría, y que al cabo me salga el crimen prácticamente gratis y, encima, por pueblos y ciudades me hagan homenajes, otorguen cargos públicos, elogien y ensalcen como gran demócrata.

Yo también quiero pitorrearme de la Junta Electoral cuando me toque conformar una mesa y que, en lugar de mandarme al juzgado más cercano, me concedan plazos, prórrogas, penultimátums, ultimátums y toda clase de avisos por si me digno a obedecer y sin que, al final, un funcionario mueva un papel para sancionarme.

Yo también quiero destrozar los coches patrulla de la Guardia Civil, bailar en lo alto un zapateado y hacerles un corte de manga a los agentes sin que ninguno de ellos me ponga la mano encima para llevarme ipso facto al cuartelillo.

Yo también quiero vacilarle al presidente de un tribunal, hacer soflamas políticas en su cara, lucir símbolos ofensivos para la judicatura e insultar a fiscales y abogados sin que ninguno ose reprenderme ni, mucho menos, procesarme por desacato.

Yo también quiero quemar contenedores en la vía pública, destrozar el mobiliario urbano, romper escaparates, arrastrar vallas, patear a policías y meter fuego a Troya sin que nadie me detenga o, mejor aún, con los agentes de mi lado defendiendo mis derechos y libertades.

Yo también quiero asaltar violentamente la frontera, agredir a los guardias y romper lo que es de todos, y que luego me recompensen con una residencia, sanidad y paga vitalicia.

Yo también quiero acosar en su domicilio a quien se me antoje sin que la autoridad competente mueva un dedo para evitarlo.

Yo también quiero profanar una Iglesia subiéndome en pelotas al crucifijo sin que nadie se atreva a ponerme la mano encima, o entrar en La Almudena con el gorro puesto sin que venga el segurata de turno a chulearme con que los hombres no pueden ir tocados pero las mujeres sí.

Yo también quiero colapsar y secuestrar Madrid y Barcelona durante dos semanas, bloqueando el tráfico y quemando neumáticos en la calzada, y fastidiar a cinco millones de personas con desórdenes, daños, obstrucciones y cien infracciones administrativas o penales más, sin que vengan las fuerzas del orden a llevarme o me pongan siquiera una tímida multa.

Yo también quiero dar un golpe de Estado y que, en lugar de caerme la perpetua, vengan los políticos a hablar y negociar conmigo.

Yo también quiero defraudar todo lo que pueda a Hacienda, o malversar fondos públicos, y que el ministro mire para otro lado o me condone la deuda con una amnistía.

Yo también quiero vender mercancía falsificada por las calles de toda España sin pagar tasa alguna y con la complicidad de los alcaldes; y fundar un sindicato legal de vendedores ilegales.

Yo también quiero quemar no ya diez mil hectáreas de bosque para que me den trabajo de bombero, sino simplemente la maleza de mi huerto, sin que venga el Seprona a los cinco minutos y me multen con cinco mil euros.

Yo también quiero falsificar mi doctorado y que, en recompensa, me den el empleo de Presidente del Gobierno, o que me nombren vicepresidente o ministro porque tengo la combinación ganadora en mis cromosomas sexuales.

Yo también quiero, en fin, por el principio de igualdad, tener todos los privilegios o infringir todas las normas que solo a algunos se les permite, sin que nuestros cobardes políticos y funcionarios, muertos de miedo ante la opinión pública, hagan nada para impedirlo ni sancionarme.

¿Qué pasaría si todos exigiéramos esa igualdad real y efectiva y a cualquiera se consintiesen esas mismas conductas? Bien se comprende que ninguna sociedad aguantaría dos asaltos sin colapsar. Así que, si de verdad creemos los españoles en la igualdad, alcémonos y luchemos por una de dos: o jugamos todos al juego de las prebendas, o rompemos la baraja y aplicamos siempre la ley.

 

Categories: Opinión | Leave a comment

Sobre vuestras conciencias caerá

Comprendo que la parte más harinosa –por así decirlo– de la masa ciudadana que vota PSOE se sienta especialmente llamada a las urnas este próximo 28 de abril, habida cuenta el pasado abstencionismo socialista en Andalucía y temerosos del impetuoso avance de Vox en toda la nación. Convencidos seguramente de que a sus conmilitones andaluces se les fue la mano en generosidad cuando se quedaron en casa para dar al Destino, encarnado en oposición, la oportunidad de efectuar el muy necesario cambio en esa comunidad autónoma, muchos de ellos creerán ahora su obligación contrarrestar dicho error y, por tanto, no faltarán a votar.

 

Comprendo asimismo que los sociatas, e incluso los socialistas de bien, que los hay, entren en pánico ante el riesgo de que un partido como Vox, que no se rinde al groupthink, a la corrección política o al revisionismo histórico –por poner sólo algunos ejemplos–, pueda ejercer una considerable influencia en la sociedad española de la próxima década, en el sentido de defender –o incluso impulsar– a ese peligroso enemigo del socialismo cultural que es el pensamiento crítico.

 

¡Y cómo no voy a comprender al millón de potenciales opositores que ahora mismo se frotan las manos esperando fiar su futuro laboral a alguna de esas treinta mil nuevas plazas funcionariales que el irresponsable chuleta de La Moncloa, cual magnánimo Rey Mago arrojando caramelos a la chiquillada, nos ha regalado -con nuestros impuestos- para que lo votemos! ¿Quién no desea hacer realidad ese sueño tan español, esa aspiración tan siglo XX –curiosamente, tan franquista– que es vivir con el mínimo esfuerzo hasta jubilarse por el único mérito de haber aprobado un examen un día, varias décadas atrás? Claro que sí: yo también soy funcionario.

 

Del mismo modo comprendo que a los dos millones y medio de trabajadores a quienes beneficia el desmedido incremento del salario mínimo en 2019 les entre el canguis sólo de pensar que «las derechas» puedan revertir tal medida, y se apresuren a votar a «la PSOE» el 28-A para apuntalar ese inesperado maná cortesía de Narciso Sánchez Bello; a costa, eso sí, del descalabro económico de miles de empresas y del deterioro en las cifras de empleo; pero el que venga detrás que arree.

 

Finalmente, comprendo a esa incontable copia de personas que viven en España de la sopa boba clientelar izquierdista, sopa cocinada con generosas e injustificadas subvenciones públicas y diez mil observatorios, oenegés, talleres y demás inventos, cuyos ingresos podrían verse mermados o cercenados si Sánchez perdiese el cetro.

 

Todo eso comprendo y más porque muy humano es el egoísmo y nada de lo humano me es ajeno, como dijo aquél.

 

Pero en verdad, en verdad os digo que cuando el imponderable daño económico que nos acarreará ese falsario malgastador de fondos ajenos empiece no ya a destruir empresas, sino a fustigar y sofocar, más pronto que tarde, a base de paro e impuestos, a las economías domésticas españolas, incluyendo –nadie lo dude– ésas beneficiadas por el desparrame presupuestario sanchista: los del salario mínimo incrementado, los treinta mil nuevos funcionarios, el millón restante de opositores que no aprobaron y ahora se lamentan; cuando la desbocada deuda pública hipoteque el futuro de nuestros descendientes y éstos nos maldigan hasta la quinta generación; cuando indulten a los rebeldes del 1-O y campen por el territorio nacional los secesionismos más montaraces e insolidarios que quepa imaginar y alcancen nuevos máximos de intolerancia, odio y agresividad; cuando Cataluña se anexione sus «paísos» y Vasconia se anexione Navarra por la Transitoria Cuarta; cuando el hembrismo rampante e histérico haya permeado todos los hogares y castrado, física o mentalmente, hasta el último de los varones; cuando el paisaje intelectual haya sido dallado por la guadaña del marxismo cultural –que no es sino fascismo– y, bajo pena de cárcel, se prohíba expresar e incluso pensar libremente nada que no sean los dogmas de su catecismo totalitario; cuando pueda impunemente cualquier fulano abrirnos la cabeza no ya por usar tirantes con la bandera rojigualda, sino tal vez por no lucir una ikurriña o una estelada; cuando la irrelevancia internacional de España haya alcanzado mínimos históricos y tengamos, por vergüenza, que callar nuestra nacionalidad al viajar al extranjero para que no se nos rían en las barbas…

 

Cuando todo este apoteósico estropicio que digo, más el que me callo, nos sea inflijido por el gobernante más fatuo, frívolo y dañino de nuestra reciente historia, entonces, votantes del PSOE, entonces sobre vuestras conciencias caerá el no haberlo evitado cuando pudísteis. Amén.

Categories: Opinión | Leave a comment

El silencioso sacrificio del socialismo responsable

Y supongo que, enseguida, algún lector se preguntará: «¡ah!, ¿pero es que un hay socialismo responsable?» Pues, al parecer, haylo. Y me explico:

Si en las elecciones autonómicas en Andalucía se pudo desplazar al PSOE de su hegemonía regional fue gracias a la acción, tal vez sinérgica -aunque esto último no me atrevería a darlo por seguro-, de dos factores simultáneos, concomitantes y creo que también interrelacionados.

El primero, como todo el mundo sabe, fue la inesperada y enérgica eclosión de Vox, que a su vez tuvo un efecto doble: por un lado, galvanizó a muchos votantes del centro y la derecha que se quedaban en casa, bien por carecer de oferta política que los representara (desafectos a un PP que tiempo ha abandonó sus valores para comprar casi todo el discurso progre, o escépticos hacia un Ciudadanos mudable y huero que ni siquiera sabe lo que es aunque sepa lo que no es), bien por haber perdido la esperanza y confianza en sus líderes (pues si el Partido Popular había tirado la toalla lustros atrás y ya descreía de su propia victoria, el llamado centro tenía -y sigue teniendo- más ganas de pactar con el PSOE que de luchar contra él); por otro lado, originó un potente campo gravitatorio en la derecha ideológica que obligó al resto de partidos a desplazar «hacia el verde» sus posicionamientos y discursos e hizo, por una suerte de ósmosis electoral, tal «succión» de votos desde el resto del espectro (salvo el inamovible PSOE, claro) que incluso un porcentaje no desdeñable de radicales de izquierda se mudó al extremo opuesto.

No obstante, la perturbación que el partido de Abascal introdujo en el panorama político andaluz no habría bastado a desbancar al PSOE sin el concurso coadyuvante de un segundo factor, al que -creo- no se ha dado la debida importancia ni se ha ponderado lo suficiente: la abstención de esos a quienes he llamado socialistas responsables. Y es que las cuentas -y el recuento- de esos comicios no me salen de ninguna manera si no introduzco dicho efecto, dado que, pese a los muchos votos que movilizó Vox, el descenso neto en la participación -respecto a anteriores ocasiones- sólo se explica por una enorme desmovilización del electorado tradicional del PSOE.

Ahora bien, ¿por qué tanta abstención entre los votantes socialistas? Mi tesis es que muchos de ellos, conscientes de la deplorable y ruinosa gestión que su partido ha hecho en Andalucía durante cuatro décadas ininterrumpidas, y acaso convencidos, por fin, de la absoluta necesidad de un cambio, decidieron, por cierto sentido de la responsabilidad, no oponerse a él; que ya es mucho, teniendo en cuenta que un sociata de pro jamás meterá en el sobre electoral una papeleta que no sea del PSOE. Pero es que aquí no se trató de sociatas sensu stricto, sino de la existencia, hasta ahora insospechada, de una casta de socialistas responsables que han contribuido a posibilitar dicho cambio del único modo que su religión les permite hacerlo, que es la abstención. Quizá hayan seguido un proceso mental semejante a este: «yo no puedo, activa y conscientemente, intentar destronar a mi partido; pero sí puedo no votar, y si la oposición echa de Andalucía al PSOE, no habrá sido mi responsabilidad directa.»

Llegados a este punto, no es descabellado dar un paso más allá y suponer que una parte de quienes así procedieron corrían -conscientemente- cierto riesgo de ver perjudicado su interés personal en caso de que tal cosa sucediera. Pienso, por ejemplo, en las muchas personas o familias enteras que viven de ese chollo llamado PER (Plan de Empleo Rural), y al que podría meter la tijera un eventual cambio de gobierno; o en los que viven de los cursos de formación, o de los diez mil chiringuitos clientelistas que el PSOE ha creado durante todos estos años.

Y son estos socialistas con quienes me quedo: esos cuya propia estabilidad económica va aparejada al destino del PSOE y que, no obstante, decidieron no votarlo. A ellos creo justo agradecerles el sacrificio de su abstención; un sacrificio intrínsecamente silencioso, invisible y no reconocido que, en algunos casos, podría hasta calificarse de heroico.

Lástima que en las generales del 28 de abril no vaya a suceder lo mismo. No me pregunten por qué; es un pálpito que tengo.

Categories: Opinión | Leave a comment