Hacia la luz de la tarde

Posted by on 11/06/2018
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Era de noche. Yo volvía de haber estado con alguien en algún sitio (¡lástima no recordar con quién ni en dónde!: era una parte interesante de la historia, que ya no se podrá recuperar) y, para regresar a casa, cogía el metro.

El metro de Madrid (si es que aquello era Madrid) ya no tiene taquillas, pero éste del sueño sí: había dos muy anticuadas, a pie de calle, antes de embocar unas escaleras que, en lugar de bajar, subían hacia el andén, como en algunas estaciones del metro de Kiev. Una de las taquillas no tenía cola, pero sobre el arco de la ventanilla había una extraña luz piloto, de leds, como la trasera de una moto; un piloto apagado; y la taquillera, al verme dudar, me miró con cara de pocos amigos, como diciendo: “no te acerques aquí”, lo cual me hizo pensar que, si desobedecía aquella silenciosa orden, al final tardaría más en conseguir mi billete que si esperaba la cola de la otra taquilla, como suele ocurrirme en las cajas de los supermercados. Así que me fui para esa otra, que carecía del sospechoso piloto de leds y cuya taquillera, además, no tenía la mirada aviesa.

El billete que me vendió parecía más bien una entrada de cine: de papel, con dos mitades separables por una línea de puntos perforados; y, de hecho, más allá de las taquillas y antes de pasar por los tornos había un revisor que comprobaba la entrada, también como en las salas de los cines. Más exactamente, una revisora: una chica joven que, al verme, sonrió como si me conociera y me dijo: “date prisa o pierdes el próximo tren, que está ya entrando”.

Contagiado por las prisas de la urbe, arrastrado por el resto de viajeros, apenas tuve tiempo de darle las gracias con un gesto, y, desconociendo el sistema de aquellos tornos, ni siquiera acerté a validar mi billete, cuyas dos mitades, aún íntegras en mi mano, miraba con perplejidad mientras me dejaba llevar por la corriente humana.

Entonces hice algo inesperado; no en el sentido en que suelen serlo las cosas que suceden en los sueños, sino desde el punto de vista de mi carácter, pues se trataba de algo que no había hecho nunca antes, algo que no iba con mi Yo real ni con el onírico, aunque lleve años intentando aprender a hacerlo: me detuve en mitad de las escaleras y me pregunté: “¿pero qué prisa tengo yo por llegar a casa?, ¿qué necesidad de correr para coger este metro, cuando lo que me apetece es pararme a saludar a la revisora? ¡A paseo con las premuras y el tiempo!”, e inopinadamente di media vuelta, bajé los escalones que había subido y me dirijí hacia la joven, que había visto mi maniobra y me miraba con la alegría pintada en el rostro.

Lo que ocurrió a continuación -bien lo comprendí después- lo copió el tunante de mi Yo onírico, con alguna variación, del final de La semilla del tamarindo, una encantadora película que mi Yo vigilia había visto la noche anterior: al llegar junto a la chica, a quien aún no lograba identificar pese a que su cara me resultase muy familiar, nos abrazamos sin decir una palabra, como si llevásemos años esperándolo; nos besamos también, y luego, cogidos del brazo, nos alejamos de allí charlando del modo más natural del mundo, como viejos amigos; si bien yo, para mis adentros, no dejaba de preguntarme: “¿pero quién es?, ¿de qué la conozco?” Tenía que averiguarlo.

Tenía que averiguarlo aunque para ello, y aun a riesgo de no volverla a ver nunca, no hubiese más remedio que salir del sueño -temporalmente, si era posible- con objeto de rebuscar en los archivos de mi memoria verdadera, ésa del Yo vigilia. De modo que, como Alicia que sale del espejo, quedé en un duermevela durante el cual, por un lado, me esforzaba en encontrar el rastro de aquel rostro mientras que, por otro, procuraba a toda costa mantenerme dentro del sueño con objeto de poder regresar luego a él junto a mi enigmática enamorada y evitar así que se me escapase para siempre. Pero ambos eran, ¡ay!, afanes contrapuestos: cuanto más quisiera acercarme al buscado recuerdo más despierto tenía que estar y, por consiguiente, mayor el riesgo de no poder volver a la segura felicidad junto a ella; felicidad que, por mucho que fuese soñada, resultaba siempre mejor que la cruda realidad. El desenlace fue inevitable: cuando por fin conseguí acordarme de dónde había visto a aquella chica (resultó ser una cajera del supermercado), ya no había vuelta atrás: el sueño se había desvanecido y yo estaba irremisiblemente despierto.

Pero quizá… ¿quién sabe..? quizá si me acerco al supermercado y le hablo… quizá ella también me reconozca como el compañero del sueño y podamos, cogidos del brazo, continuar nuestra charla mientras nos alejamos, juntos, hacia la luz de la tarde.

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