VI. Comillas y un exclave cántabro en Vizcaya

Desde Cos hasta el litoral sólo hay, como quien dice, un paseo. El cielo está encapotado y de vez en cuando chispea; cosas del Cantábrico. De todas formas, la jornada motera de hoy va a ser así de corta: desde Cos hasta Comillas, la “villa de los arzobispos”, donde me quedo un par de días alojado en un hotel bastante agradable y tranquilo, estilo clásico, a cinco minutos caminando desde el centro.

Este antiguo pueblo pesquero, aparte de ser famoso en la Edad Moderna por sus hábiles arponeros y la industria ballenera (aún abundaban los cetáceos en el Cantábrico), no tenía más mérito que lo hiciera particularmente acreedor a la distinción de que gozó durante la Edad Contemporánea, y que se derivó tan sólo de la merced que le hizo Alfonso XII al visitarlo con su familia un par de veces, lo cual, de algún modo, lo puso de moda entre la aristocracia y, con el tiempo, devino en una localidad destacada por sus ensayos arquitectónicos.

Es un pueblo bonito y muy turístico, que se deja recorrer bien a pie incluso hasta los barrios más retirados, aunque resulta sumamente difícil orientarse en él, por el peculiar trazado de sus calles, casi laberíntico, que no parece obedecer a lógica alguna. Destaca, por supuesto, dominando sobre el pueblo en lo alto de un otero, con su inconfundible arquitectura, el soberbio y emblemático edificio de la Universidad Pontificia (actualmente un campus de la de Cantabria). Continue »

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El villancico del Tiempo pasado

villancicosAl pasar junto al salón de actos del Instituto Ortodoxo, el hombre escucha un coro de voces infantiles, y, curioso, se asoma tras los vidrios de la puerta cristalera. Ve un grupo de niños ensayando villancicos bajo la dirección de una joven profesora; no tan joven, en realidad -dice el hombre para sus adentros-, pero hace ya tiempo que todo el mundo se lo parece, y eso sólo puede significar una cosa…

Con un gesto inconsciente desecha este inoportuno pensamiento, y procurando no hacer ruido abre la puerta y se cuela a hurtadillas en la amplia estancia, toma asiento en una de las últimas sillas y se queda a escuchar el ensayo. La atmósfera es cálida, acogedora y envolvente como un seno materno. Fuera, tras las ventanas, unos tímidos copos de nieve descienden en silencio y ponen en la noche una blanca pincelada navideña.

Cuando, tras otras melodías, brotan de las bocas vírgenes y puras de los niños (¡ellos sí son jóvenes!) las notas algo tristonas del Noche de Paz, al hombre se le escapan dos lágrimas que ruedan mejillas abajo. Pero no es la tristeza del villancico, por sí misma, lo que las hace brotar, Continue »

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Tres ermitas

De la ermita vieja, la auténtica ermita vieja, construida en granito, hace mucho que no quedan ni las ruinas… y apenas la memoria: algunos de mis coetáneos no llegaron a conocerla, mientras que otros la han olvidado; y confieso que yo también, un poco: con mis años, ese recuerdo se remonta a una infancia tan lejana que ni el mayor esfuerzo de la memoria me permite evocarla con nitidez, y si tengo la certeza de que existió es porque durante lustros tuve conciencia de ella como parte del nutrido conjunto de mis recuerdos de niñez.

Y si de aquella vieja ermita no queda un sólo resto fue porque justo sobre ella se edificó una nueva: también de piedra, pizarrosa y pardusca como la tierra de la que parecía haber brotado; una ermita artesanal, recia y duradera que, no obstante, habría de jugar un papel muy breve en la vida social y la tradición religiosa del pueblo: como aquellos terrenos no eran comunales, sino que formaban parte de El Álamo, el cortijo de una familia local acomodada, cuando apenas un lustro tras su erección llegó la modernidad de la mano del cambio político y el ayuntamiento adquirió la finca El Quinto para emanciparse de un caciquismo que sólo fue reemplazado otro peor, en el recién adquirido terreno se construyó otra nueva ermita, esta vez de obra, con las paredes enlucidas y encaladas, sin gracia ninguna… ¡pero del pueblo!

Y dado que a ésta, como es natural, se la llamó la ermita nueva, muy pronto la otra pasó a ser la vieja -aunque ni por su edad ni por su uso lo fuera-; y no es improbable que este capricho de los nombres -aparte el cambio de ubicación, claro está- contribuyera decisivamente a que, con el paso de los años, en la memoria popular se difuminara hasta desaparecer todo recuerdo de que alguna vez existió una construcción anterior, una verdadera ermita vieja que, si hubiésemos dado en llamar la antigua para evitar confusiones, acaso no hubiéramos olvidado. Aunque, en realidad, ¿qué confusión puede haber?

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El luchador (The wrestler)

wrestler1Si hace diez años alguien me hubiese dicho, a la vista de Sin City y otras joyitas por el estilo, que Mickey Rourke llegaría a conmoverme en la pantalla, no me lo habría creído. Pero sea bienvenida la novedad: a estas edades (la suya, pero también la mía) reconforta un poco comprobar que el otoño de la vida puede aún ser muy productivo, e incluso brillante.

 

 

Pero no siempre es así, claro; como por desgracia le ocurre al protagonista de El luchador, Randy ‘The Ram’ Robinson, un decadente profesional del wrestling (ese espectáculo norteamericano de “falsa lucha”) ya algo entrado en años que, en el ocaso de su carrera, recorre los cuadriláteros del estado participando en combates de segunda categoría. Cuando los muchos golpes recibidos durante quizá demasiado tiempo ejerciendo el oficio empiezan a pasarle seria factura, intenta darle un cambio de rumbo a su vida; pero comprobará que no es tan fácil compensar por lo que hasta entonces no ha hecho, o ha hecho mal. Continue »

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V. De Burgos a Santander, entre montañas y canciones serranas

A lomos de mi fiel cabalgadura me dirijo hacia el norte, en busca del mar, junto al que discurrirá este viaje la mayor parte del tiempo. Siempre por carreteras locales, dejo Covarrubias atrás, rodeo Burgos y tomo la paisajística N623, por aquí llamada “la carretera de Santander”, que en su variado curso atraviesa desolados páramos y pintorescos cañones, bordea pantanos y salva cordilleras. Apenas a cincuenta quilómetros de Burgos, un pueblecito me inspira una parada y algunas fotos: es Tubilla del Agua, pequeña localidad sobre el estrecho valle del río Homillo, cuyas rápidas aguas se despeñan por entre las rocas en llamativos saltos de una altura regular.

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Tubilla del Agua

Feudo de la orden de Santiago y lugar solariego de los Villalobos, que andando el tiempo emigrarían a América, destaca hoy en Tubilla del agua la existencia de tres parroquias. Muchas son, para pueblo tan pequeño, que ni en sus mejores tiempos pasó de trescientos y pico habitantes. Ahora, apenas sesenta almas quedan en él, al haber ido desapareciendo poco a poco –y sobre todo a finales del siglo XX– lo que mantenía la vida de estos lugares, que eran la agricultura y la ganadería de pequeños propietarios.

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Único resto de la muralla que otrora tuvo este pueblo

Una cerveza y una tapa en El Rincón, cuya terraza da sobre una apacible acequia, me sirven de tentenpié hasta la hora de la cena.

Carretera adelante, pasados unos baldíos altozanos que el viento barre inmisericorde, Continue »

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El ciudadano ilustre. Un boludo cargado de razón.

ilustriousCitizen

Es raro que una película argentina me deje indiferente… y no siempre en el buen sentido. Por algo son los argentinos unos virtuosos de la retórica y, sobre todo, unos maestros de la provocación. Tienen esa franqueza, esa crudeza expositiva tan llamativa y en cierto modo atractiva, que me recuerda mucho a los franceses. Pero esta película que me propongo comentar aquí, Un ciudadano ilustre, de los hermanos Duprat, me ha dado que pensar más que otras argentinas… o quizá es sólo que hoy estoy de humor para escribir sobre ella. Da igual. Sea como fuere, puedo recomendarla con la cuasi certeza de que al espectador tampoco le resultará indiferente.

[ADVERTENCIA: lo que sigue contiene información sobre buena parte del argumento, aunque he tenido especial cuidado en no desvelar el desenlace.]

La trama es sencilla: tras cuarenta años de labor literaria, Daniel Mantovani, un escritor argentino afincado en Barcelona (un primer tópico, esto de Barcelona; pero quizá aquí tenga un pase), es galardonado con el premio Nobel de Literatura; y en su discurso de la ceremonia, con cierto aire provocador -que, según nos dan a entender, envuelve toda su obra y también su persona- hace un dudoso elogio del significado de dicho premio, sugiriendo que representa la muerte artística de quien lo recibe; puesto que -argumenta, poniendo en entredicho la “valentía” del jurado para apostar por una literatura más pujante e incierta- casi indefectiblemente le es concedido a escritores ya consagrados y que se hallan poco menos que al final de sus carreras literarias. “Ustedes -les dice- me han otorgado el premio porque soy el candidato que les resultaba más cómodo”. Un punto de vista original, atrevido y quizá acertado, que ya desde la primera escena capta la atención del espectador. (Por cierto: la película está rodada con anterioridad al deplorable desprestigio perpetrado por la Academia Sueca al concederle a Bob Dylan ese mismo galardón. Curiosa coincidencia.) Continue »

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Ya no te quiero más

De entre todas las escenas memorables que he visto en el cine, esta es una de las que más me gustan: directa, realista y certera, resulta muy reveladora de cierto aspecto de la naturaleza femenina…

Pertenece a la película Closer (Mike Nichols, 2004. Muy recomendable). Dan y Alice han estado discutiendo y él sale enfadado de la habitación donde ella se hospeda; pero aún no ha llegado a coger el ascensor cuando se arrepiente y vuelve a Alice. Lo malo es que… ya es demasiado tarde. ¡Pobre Dan! Simplemente, es demasiado tarde:

— Ya no te quiero más –le dice ella, al verlo regresar, con una indescrirptible tristeza reflejada en los ojos pero resuelta y segura del cambio en sus sentimientos.
— ¿Desde cuándo? –pregunta Dan. Pese a ser tan guapo, es todavía algo inexperto y no ha pasado antes por esto. Aún no se da cuenta de lo que ha pasado.
— Desde ahora –responde la chica–. Se acabó. Puedes marcharte.

Así, sin más. Y Alice ha hablado muy en serio, sin una pizca de dramatismo, porque en el lapso del último minuto ha pasado del amor al desamor. Y no hay nada en absoluto que él pueda hacer o decir, por el resto de su vida, para recuperar el amor de ella. Así el joven Dan aprenderá hoy esta curiosa habilidad de las mujeres y le quedará una herida de la que, así pasen décadas, nunca se recuperará del todo. Alice, en cambio, seguirá su camino sin volver a dedicarle un pensamiento a Dan; alegre y sonriente, confiada, sin echar la vista atrás ni una sola vez…

Así es la vida; y así son ellas. Porque, ¿qué hombre maduro no ha pasado alguna vez por algún que otro ya no te quiero más? Hay demasiadas Alices por ahí sueltas dispuestas a hacer ese divertido truco, y su insistente amor de hace un segundo, Continue »

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La visita

En mi sueño, observaba a un niño que asentía, callado y obediente, a cada advertencia de su madre, cuyas palabras, como en una película muda, a mí no me llegaban. Ajenos a mi presencia, o tal vez sólo indiferentes a ella, sentábanse uno frente al otro a una mesa de cocina; y yo, de pie junto a él, como un espectador invisible lo contemplaba. Era un niño de tez pálida, lacio cabello castaño y unos ojos oscuros que miraban con atención a su madre; y aunque tras cada una de las frases inclinaba la cabeza en señal de comprensión, tenían aquellos ojos un algo vago en la mirada, como la del que está inmerso en sus propios pensamientos, o un algo inquietante, como de quien vive en otro mundo. Yo lo contemplaba con gran ternura, con inmensa lástima y con el amor que nunca he profesado por otro niño alguno: su inocente rostro infantil, tan familiar y ajeno a un tiempo, su paradójica expresión, atenta y ausente a la vez, que parecía morada de misteriosos pensamientos, aunque quizá sólo reflejaba una candidez superlativa. Mirándolo, sentía por él una enorme piedad; piedad por cuanto aún habría de sufrir y envejecer su alma, ahora ingenua y pura.

Entonces me incliné y, asiendo su cabeza suavemente entre mis manos, lo besé en la tersa mejilla, con calor, cariño y el sentimiento de quien se despide para una eternidad; como mis tías del pueblo me besaban cuando, al final de cada verano, mis padres y yo regresábamos a la ciudad. Así el niño de mi sueño, sin dejar de escuchar con atención a su madre, se dejó hacer sin dedicarme una mirada; aceptó mi beso sin una muestra de afecto ni de disgusto, sino más bien como si no lo hubiera recibido.

Pues aquel niño que tenía ante mí, al que podía ver y tocar gracias a la magia de los sueños, no era otro que yo mismo. Y cuando, al despertarme, el hechizo onírico se disipó, me sorprendí tratando desesperadamente de recordar si alguna vez, durante mi infancia, hube sentido el calor de un beso fantasmal en la mejilla. Durante un rato no dejé de preguntarme: ¿tuve algún día, siendo niño, el pálpito de estar recibiendo una caricia invisible? ¿Me estremecí alguna vez con la impresión de ser visitado desde el porvenir?

¡Ah, qué encuentro más triste y melancólico el de ese sueño! Pero cuando esto escribo, aún me embarga la emoción de haber podido verme y tocarme, de manera tan real, cuando no era más que un niño; aquel niño puro y silencioso de los ojos ausentes bajo el cabello lacio.

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