Episodio 4 (2ª parte): Jökulsarlón, una visita a la aurora del tiempo

Posted by on 05/04/2011
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jokulsarlon

Desde Egilsstadir hasta Jokulsarlon

Cuando un viajero que conduzca hacia el sur desde Egilsstadir por la famosa Hring Vegur llega al solitario puerto de montaña que divide las vertientes norte y sur, una majestuosa vista, sin parangón, aparece ante sus ojos; pero es también un poco espeluznante: durante los dos primeros quilómetros desde el puerto hacia el impresionante valle glacial, la carretera tiene una pendiente de vértigo que, por si eso no bastara a erizarle a uno el vello– se vuelve en extremo resbaladiza con el hielo. Y si, para colmo, se conduce un coche muy poco de fiar, resulta imposible esquivar el miedo a caer cuneta abajo.

Tras el problema del ventilador, durante un rato que se nos antojó largo avanzamos cuesta abajo con extrema cautela, frenando con el motor y aguantando la respiración, por miedo a que el cochambroso Polo decidiese que era el momento adecuado para una avería en los frenos o en la dirección. Pero nada se rompió (como puede bien deducirse del hecho de estar ahora escribiendo esto); la pendiente fue poco a poco suavizándose hasta que pudimos nuevamente prestar nuestra atención a las espléndidas vistas.

Discurriendo por un valle glacial en el este de Islandia

Al cabo de un rato llegamos al ancho y plano lecho de valle, por el que la carretera continúa, ya casi sin pendiente alguna, hasta alcanzar el océano en Breiddalsvik; y a partir de ahí discurriría a nivel del mar, bordeando el litoral, hasta prácticament el final de nuestro viaje.

Un Montserrat islandés cerca de Eiddalsvik

El agua congelada en témpanos en las pequeñas cascadas

Sin embargo, de la mano de unas temperaturas más amables que implican la ausencia de montículos de nieve en la calzada, vendría el segundo peor enemigo del conductor islandés: la nieve húmeda; una irritante capa de hielo medio derretido, un semisólido que, como al conducir sobre arena, estorba con eficacia y, peor aún, irregularmente el giro de las ruedas sobre el piso, lo que no sólo disminuye la autonomía de viaje sino que hace difícil el manejo de la dirección, y por tanto peligrosa la conducción. De hecho, dependiendo de la consistencia de la moeve húmeda y de la pendiente de la carretera, pueden los neumáticos perder agarre por completo y quedarse uno atascado.

Pues bien, me temo que tuvimos una medida bien colmada de esa guarrería que es la nieve húmeda desde el momento en que llegamos junto al mar hasta que, durante los largos quilómetros que es necesario hacer para rodear el profundo fiordo, alcanzamos nuestra primera parada planificada de ese día: el encantador y pacífico pueblecillo pesquero de Djúpivogur. Pero, pese a nuestro lento progreso, por suerte no tuvimos ningún percance ni dejamos de disfrutar de los hermosos y extraños paisajes lunares que nos encontramos a lo largo del Berufjordur…

Los caballos se agrupan para minimizar la pérdida de calor

Berufjordur y los enormes y macizos picos glaciares en la distancia

…junto con una de las cosas más pintorescas que habíamos visto hasta entonces: un tradicional secadero de pescado, que consistía en varias series de entramados horizontales de madera a dos metros de altura, donde, una vez descabezado, cuelgan el pescado por la cola.

Secadero de pescado y sus trabajadores

Secadero de pescado al aire libre

El pescado se cuelga a secar descabezado

Justo al extremo de un pequeño cabo, al abrigo del áspero oleaje del suroeste y los gélidos vientos del nordeste, el pueblo pesquero de Djúpivogur goza de una ubicación privilegiada, con su bien protegido puertecillo, pequeño y romántico, y mirando hacia las nevadas cumbres y las laderas rocosas en la vertiente opuesta del fiordo.

El pequeño puerto pesquero de Djúpivogur

A espaldas del puerto y de las pocas casas dispersas que conforman el pueblo, la desolada montaña piramidal de Búlandstindur lo vela y vigila eternamente.

Búlandstindur, la pirámide natural de Islandia

Era ya hora de almorzar, y no podríamos hallar mejor lugar para ello que aquel pueblo pesquero, en el que había dos sitios donde servían comidas: el hotel y la tienda; y dando por sentado que el primero quedaría más bien fuera de nuestro presupuesto, escogimos el segundo. Era un local que combinaba una tienda de abarrotes con un modesto pero acogedor restaurante, apenas cuatro o cinco mesas junto a unos enormes ventanales que daban hacia el puerto, ofreciendo una vista magnífica. Ni que decir tiene que pedimos pescado, que estaba delicioso; y junto con el bonito día y la relajante vista tras los cristales resultó un almuerzo en extremo agradable: las montañas, vestidas de blanco bajo el sol, hacían un soberbio contraste con el azul oscuro del mar y, entre medias, unos pocos barquitos pesqueros que dormitaban flotando sobre las aguas encalmadas del puerto.

Antes de seguir viaje, consultamos la información más actualizada del pronóstico meteorológico para el resto del día, que vino a confirmar el de la mañana: a partir del ocaso tendríamos nieve. Es decir, que aún nos quedaban unas pocas horas de buen tiempo, aunque quizá no suficientes para llegar con buena luz a uno de los lugares más destacados de Islandia: Jökulsarlon, la laguna donde muere un glaciar. Entonces, ¿debíamos apresurarnos para intentar llegar esa misma tarde, o más bien tomárnoslo con calma, conducir despacio, pasar la noche en Höfn (a 80 km de Djúpivogur) y visitar Jökulsarlon a la mañana siguiente? Como es tan difícil hacer proyectos de viaje en Islandia, con esa climatología extrema y caprichosa y el impredecible estado de las carreteras, más en nuestro caso un coche que podía dejarnos tirados en cualquier momento, optamos simplemente por no proyectar nada: seguir conduciendo a nuestro aire y decidir sobre la marcha. Por suerte había varias alternativas para pasar la noche a lo largo de la ruta, y malo sería que ninguna de ellas nos cuadrase.

¡Y vaya si cambian, en Islandia, el clima y el paisaje!: en cuanto dejamos atrás el aletargado Djúpivogur, tras sobrepasar la primera curva amplia de la carretera, de repente pareció que estábamos en otro planeta… o, mejor dicho, de regreso a nuestro planeta: el aire templado, la tarde soleada y el campo un poco verdoso y sin un parche de nieve, pertenecían sin duda a la Tierra.

Sueños de primavera en el suroeste

Ya es primavera junto al mar, pero aún duro invierno en la sierra

Por cierto que muchas de las montañas a lo largo de esta parte del Hring vegur están flanqueadas (cuando no formadas) por desnudos y altísimos taludes de piedra suelta; ingentes masas de cascotes vertidos desde cráteres o derramados desde prehistóricas alturas, al ser rotas y desmenuzadas las rocas por la erosión y los hielos. Y dichos taludes se forman naturalmente según la máxima pendiente para sólidos granulados, próxima al 90%; una pendiente vertiginosa que, al mirarla desde su base, produce un cosquilleo en el estómago semejante al de las alturas, y tiene uno la sensación de que podría caerse hacia arriba, suponiendo que tal cosa tenga sentido; una pendiente, además, muy poco estable, por lo cual hay constantes desprendimientos de roca en esa zona y es impepinable encontrarse con cascotes en mitad de la calzada; otra razón más para hacer de la conducción por Islandia casi un deporte de riesgo.

A cierta distancia, esas laderas semejan la pezuña de un colosal ungulado.

Taludes que parecen pezuñas gigantes

Llevábamos, después de todo, un ritmo aceptable y cuando pasamos por Höfn, una de las alternativas de hospedaje que barajábamos, decidimos dejarla pasar confiando en que podríamos llegar hasta Jökulsarlon aún con luz. Y fue una suerte que así lo hiciéramos, porque a partir de Höfn comienza un tramo que es la mejor pasarela de Islandia para observar los glaciares desde la carretera. ¡Qué maravilla tan sobrecogedora, los glaciares! ¡Yo os canto, colosales masas de nieve acumulada y compacta, durante siglos, hasta convertiros en pétreo hielo de inquietante y extraño color blanquiazul, derramándoos desde las altas cuencas por valles que erosionáis con majestuosa lentitud!

Uno de los muchos brazos del glaciar Vatnajökull

Gracias al sol poniente y a un cielo sin nubes, no anduvimos escasos de extraordinarias vistas…

Las montañas donde nacen los glaciares, al atardecer

Las sombras del ocaso se ciernen sobre los valles

…hasta que por fin llegamos al magnífico Jökullsarlón, la laguna donde el brazo más importante del glaciar Vatnajökull viene a morir, derretido por el mar.

Vista desde un satélite de la lengua glaciar que muere en Jökulsarlon

Cuando dejamos el coche y caminamos hasta la orilla del mar, nos quedamos asombrados: habíamos llegado a la hora precisa en que tiene lugar uno de los fenómenos más asombrosos que contemplarse puedan: la marea creciente entrando y fluyendo, con la fuerza de una torrentera, entre los dos brazos de tierra que encierran la laguna, y elevando con su empuje a los enormes bloques de hielo, pequeños icebergs desgajados del glaciar.

La marea entrante llena la laguna y derrite el hielo

Este es el breve vídeo que, a toda prisa, pudimos grabar en aquel momento:

Así que sin proponérnoslo y ni tan siquiera saber de su existencia, habíamos llegado a una de las dos citas diarias que se da el glaciar con el océano. Frente a esa belleza todo se nos iba en exclamaciones de admiración mientras contemplábamos boquiabiertos el espectáculo: la agonía y muerte de un hielo formado, quizá, hace diez milenios.

Jökulsarlón, una visita a la aurora de los tiempos

Para quien tenga curiosidad, el proceso es como sigue: al subir la marea, el agua del océano entra en la laguna y empapa el hielo del extremo del glaciar, arrancándole enormes bloques que, con el paso de los días, van derritiéndose, desmenuzándose y menguando. Cuando las mareas son grandes, la entrada de agua por el estrecho es tan fuerte y rápida que parece un río que fluye hacia tierra. Benito yo pudimos ver cómo el agua provinientes del océano, de un bello azul marino, empujaba los grandes témpanos de hielo, se deslizaba bajo ellos formando pequeños vórtices y los alzaba en su flujo, humedeciéndolos y tornando su opacidad en transparencia.

Bloques de hielo del glaciar en el ocaso de sus días

Esta es otra toma que pudimos realizar antes de que la marea dejase de subir:

Horas después, al descender la marea, el agua que ha entrado en la laguna se retira, fluyendo de nuevo hacia el mar y arrastrando consigo los témpanos que han menguado lo bastante como para caber por el canal. Muchos de ellos se pierden mar adentro a la deriva, donde acabarán de fundirse con relativa rapidez, pero otros quedan depositados sobre la negra arena volcánica de la playa durante días, adquiriendo formas extraordinariamente caprichosas.

Los trozos del glaciar yacen sobre la arena en un contraste sublime

Así año tras año, durante siglos y siglos, dos veces cada día el mar se cobra un pequeño mordisco del glaciar y lo incorpora a sí mismo, reclamando lo que es suyo, devolviendo, tras un ciclo de diez mil años, el agua congelada al lugar de donde salió: el océano eterno. Los restos de aquello que durante toda una era fue un orgulloso glaciar yacen ahora en la playa, exhalando su último aliento; una belleza natural sin parangón hasta el postrer minuto, que adorna con sus aristas de joya las negras arenas volcánicas, creando un paisaje tan insólito que no parece de este mundo.

Lo que otrora fue un glaciar imita al diamante en sus últimos días de vida…

…y el mar lametea estos diamantes hasta convertirlos en mar

Estando allí, no pude evitar el impulso de morder y comerme un pedacito de ese hielo, haciéndome la ilusión de que, al incorporar a mi organismo aquellas moléculas desprendidas de las nubes diez mil años antes, me convertía con ellas también en prehistoria.

Benito sosteniendo un hielo de diez milenios de antigüedad

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