Episodio 4 (3ª parte): Hvoll, un albergue inhóspito

Posted by on 07/04/2011
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Si alguna vez has visto las aguas del océano apresurándose corriente arriba para expoliar, como criaturas vivientes, como soldados al pillaje de una ciudad vencida, como saqueadores tras el naufragio de un barco, para rapiñar los restos del extremo de un glaciar, no habrá ya muchas maravillas de la madre Naturaleza que puedan dejarte atónito.

Cuando pudimos recobrarnos de las impresionantes escenas que acabábmos de contemplar, retomamos la marcha, excitados por la experiencia pero conscientes ya de que nada de lo que fuéramos a encontrar en el resto del viaje podría compararse a esto. Y en cualquier caso las atracciones para ese día se habían acabado, porque en cuanto nos marchamos de Jökulsarlón empezó a nevar y pronto a oscurecer.

Enseguida se hizo de noche, y aunque la nevada al principio no era muy densa teníamos que conducir con mucho cuidado, pues había momentos en que no veíamos más allá de unos pocos metros en la carretera. Los paisajes se habían acabado ya para esa jornada; ahora nos limitábamos a conducir hacia el albergue más cercano, Hvoll, cuya situación no estaba demasiado clara. Habíamos telefoneado previamente para pedir indicaciones de cómo llegar, pero el hombre que nos cogió la llamada era un poco huevón, parecía que no le importaba tener clientes o no, y sus explicaciones no fueron ni detalladas ni claras: cuarenta y cuatro quilómetros después de Skaftafell (un parque nacional) habíamos de coger la carretera 204 a la izquierda; pero con la nevada los carteles apenas podían leerse, de hecho casi ni se veían, y eso nos obligaba a una marcha incluso más lenta, y a ir por completo pendientes de la señalización.

hvoll

Último tramo de la cuarta etapa: de Jokulsarlon al albergue Hvoll

Hay que decir, en elogio del servicio meteorológico islandés, que el tiempo se comportó según lo pronosticado: primero una nevada ligera, luego un rato sin meteoros y después una segunda, más intensa. Por eso tuvimos suerte de ver el letrero de la 204, que estaba más o menos donde esperábamos encontrarlo. Pero lo que no esperábamos, ni el hombre nos había dicho, era que fuese un camino sin pavimentar; de hecho, un camino rural para tractores o todo terrenos, lleno de nieve y en muy mal estado; en cualquier caso, pésimo para un pequeño utilitario como el nuestro. Bien podían habernos advertido esto. Además, nada podía verse en la noche bajo la nevada: no había el menor signo que delatara una población; sólo dos débiles lucecitas, aisladas y bastante separadas, se vislumbraban en la distancia, como de sendas granjas en mitad del campo. ¿A dónde llevaba ese camino? El mar no podía quedar muy lejos. ¿Estábamos sobre la pista correcta?

Telefoneamos otra vez al hotel para que nos lo confirmasen. Sí, tienen que recorrer unos tres quilómetros de camino. Verán alguna luz, fue su lacónica respuesta. Así que continuamos aproximadamente otro quilómetro, hasta que llegamos a una bifurcación. ¿Y ahora adónde? Ya podía haber sido el hombre un poco más explícito, decirnos que había que coger a la derecha o a la izquierda llegados a este punto… Tuvimos que llamar una tercera vez para que nos dijera: en la bifurcación a la derecha. No era un conversador, desde luego. El camino tenía un montón de baches, y como estaba cubierto de nieve no podíamos saber su profundidad. Rezamos para no quedarnos atascados. Incluso en un par de ocasiones pensamos en volver grupas y tratar de llegar al siguiente albergue, en Vik, antes de que cerrase recepción. Yo conocía aquel sitio por haber estado años atrás, y me constaba que era bastante agradable y no había dificultad para encontrarlo. Pero estábamos cansados y no nos apetecía conducir otra hora o dos más aquella noche. De modo que continuamos.

Por último vimos un letrero: Hvoll, y un poco más allá estaba la casa. Tocamos el timbre y, cuando se abrió la puerta, nos recibió una señora con la sonrisa más arisca y fría que me han dirigido nunca en Islandia, y enseguida nos espetó, con la misma sonrisa hostil, que nos descalzáramos las botas. Desde ese mismo instante nos disgustó. Luego, al registrarnos, se limitó a pasarnos un papel con el total a pagar, y como era bastante más de lo que habíamos esperado le pedimos que nos hiciera una factura desglosada. Intentó hacerse la sueca un par de veces, pretendiendo no comprender el inglés, mientras su marido, que lo hablaba medianamente bien, como nos constaba por las conversaciones telefónicas, se hacía también el loco fingiendo como que veía un partido en la tele. Pero como insistí, a regañadientes cedió y extendió la factura, donde pudimos ver que lo que tanto hacía subir el importe era el alquiler de la ropa de cama: 900 coronas por cabeza, o sea un tercio del precio de cada cama; y ni siquiera iba incluida una toalla. Nos pareció comparativamente muy caro, aunque días después supimos que era un precio normal en Islandia.

Pagado que hubimos –que era su única preocupación– nos enseñó el albergue: estaba en otro edificio a unos cien metros, bastante feo, que parecía un hangar o un granero. Por dentro, en cambio, estaba muy limpio y ordenado. Demasiado limpio y ordenado –pensé para mí–; tanto, que resultaba extremadamente inhóspito: nada más franquear la entrada había un amplio comedor como el de un colegio, amueblado con tres largas filas de mesas juntas, cada una con cuatro banquetas encima, boca abajo. En la pared opuesta había una larga encimera con toda clase de pequeños electrodomésticos y abundancia de cajas de plástico en las que los huéspedes debían etiquetar su comida; y a través de otra puerta junto a la encimera había dos cocinas, llenas de utensilios, vajilla y cubertería. A mano izquierda del comedor, otra puerta daba acceso a las habitaciones, cada una con dos literas y un radiador eléctrico ridículo, por supuesto apagado. Nuestra habitación estaba helada y no se calentó hasta cuatro o cinco horas más tarde. Por último, había cuatro aseos, tres de los cuales estaban cerrados con llave y no podían usarse.

Así que todo estaba tan ordenado como era poco acogedor: la disposición de estancias y mobiliario era fría e inconveniente (claramente diseñada por alguien que no sabía una palabra sobre albergues), la mayoría de aseos cerrados, pero lo peor era que estaba todo lleno de impertinentes letreritos imponiendo a los huéspedes todo tipo de obligaciones, estableciendo un montón de prohibiciones y relacionando largas listas de reglas a obedecer; la más inaceptable de las cuales era la prohibición de permanecer en el albergue entre 10 am y 4 pm. ¡Qué ridículo! Se exigía a los huéspedes que se ausentaran del albergue durante seis horas seguidas, supuestamente para que pudiera hacerse la limpieza; una limpieza que, de hecho, se encomendaba en otro letrero a los propios huéspedes. Increíble.

De todas formas, el más grave inconveniente que encontramos en el albergue Hvoll fue que no había internet. No es que no funcionase: es que no existía el menor medio para conectarse online. En mis muchos años como viajer después de la popularización de internet nunca me había encontrado con un albergue que no lo tuviese; ni siquiera en países dudosamente civilizados. Por eso nos pareció absolutamente inaceptable, y desde luego muy inconveniente, porque nos impedía consultar el pronóstico del tiempo para el día siguiente, un elemento esencial en una gira de invierno por Islandia.

Aparte de nosotros sólo había otro grupo de huéspedes: una excursión de asiáticos que viajaban en un todo terreno de alquiler y que no se mostraron muy sociables. De este modo, totalmente privados de cualquier posible entretenimiento físico o virtual, lo único que pudimos hacer esa noche fue comernos el resto de nuestros víveres e irnos pronto a la cama, con idea de levantarnos temprano a la mañana siguiente y prepararnos para la última etapa de nuestro viaje: el círculo de oro. Nos acostamos persuadidos de que ese decepcionante albergue estaba fuera de los estándares de Hostelling International, y preguntándonos cómo era posible que la organización lo hubieran aceptado como socio.

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