Sevettijärvi, donde da la vuelta el aire

Posted by on 12/01/2015
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etapaNaatamo

Inari no sólo ha sido fundirme en añoranzas y autocompasión, ni mucho menos. De hecho, y en lo que se refiere a nuevos contactos y coincidencias, ha resultado una de las etapas más animadas que he tenido por ahora en este viaje. Para empezar está la joven pareja de españoles que trabaja “de gratis” en Villa Lanca, cuya presencia en Inari me ha sorprendido no poco. ¿Quién iba a pensar que a siete mil quilómetros de España y –sobre todo– en lugar tan minúsculo y remoto iba a encontrarme con dos compatriotas? Chavales de lo más simpático, además, que se han portado conmigo muy amablemente, excediéndose en sus obligaciones como huéspedes, y con quienes he compartido algunos buenos ratos de charla.

Aparte de éstos, resulta que había tres españoles más alojados en el mismo albergue: un tipo un poco raro que dice ser motero, su mujer y su hijo, viajando en un coche de alquiler hacia Cabo Norte. Y no suficiente, al parecer, con los dichos seis paisanos, a última hora llegaron ayer Guillermo y Olatz, dos vascos simpatiquísimos que vienen desde España conduciendo la clásicca T3 de Volkswagen, con quienes he hecho buenas migas esta mañana, poco antes de separarnos todos, ¡lástima! Una pareja positiva y muy alegre que, ¡cómo no!, se dirige también a Cabo Norte y de la que, confieso, me he encariñado un poco porque me han parecido gente sencilla y campechana, de ésos con los que da gusto compartir el tiempo. Por cierto que, al despedirnos, no dudaron en invitarme a visitarlos en Bilbao, suponiendo que Rosaura me lleve a entrar por ese lado de España a mi regreso.

Así que ¡ahí es nada!: ocho españoles hemos coincidido por pura casualidad el mismo día en un lejano pueblecillo lapón. Y para remate me he cruzado también con la familia alemana que conocí anteayer en Savukoski, que viajaba en una moto con sidecar y que se dirigía –adivina, adivinanza– a Cabo Norte.

Pero esta serie de coincidencias, que podrían parecer extremadamente casuales, no lo son tanto si se considera, como ya tengo dicho, que Nordkapp es un destino turístico de primer orden (de hecho, una verdadera tourist trap, según me viene diciendo ya más de uno) y que, salvo carreteras muy secundarias, son muy pocas las rutas que hay para llegar a él: una por Noruega y otra por Finlandia; y ésta, que pasa forzosamente por Sodankylä e Inari, es la preferida para hacer “la subida”, dejando la mayor parte de los conductores la otra, la del litoral noruego, para “la bajada”. De modo que Inari es un estrecho cuello de botella por el que casi todo viajero hacia Cabo Norte ha de pasar antes o después.

Pero, una vez pasado, aquí es precisamente donde Rosaura y yo nos desviamos del arroyo de turistas y, en lugar de continuar directo hacia el norte, tomamos por la 971, tal vez una de las carreteras menos transitadas de Finlandia, que lleva hacia una de sus fronteras más desconocidas con Noruega: Näätamö. Antes, no obstante, de aventurarme por ahí me he informado de la existencia de, al menos, un lugar para pasar la última noche en Finlandia, dado que los precios del país vecino son sensiblemente más altos; y para esta averiguación he echado mano de un matrimonio conocido de mi amigo Pascal (el hombre que hacie diez años me encaminó por primera vez a Inari), que llevan un pequeño taller –y tienda– de joyería artesana lapona llamado Inarin Hopea. Preguntados por algún hospedaje a lo largo de la 971 me recomiendan quizá el único existente: la granja de renos Toini Sanila; y ya con esta información, emprendo la nueva jornada motera.

La mañana ha amanecido nublada, gris y algo ventosa, viniendo así a rematar el notable cambio de tiempo que ha tenido lugar durante las últimas cuarenta y ocho horas, con una bajada de temperaturas de más de quince grados; y ya veremos si no llueve hoy. El caso es que, según los lugareños, ni era  normal el calor que estaba haciendo para estas fechas, con máximas rondando los treinta, ni es normal el fresco que se ha venido hoy, 9 de agosto, en que no alcanzaremos los catorce. Cosas del cambio climático.

Salgo, pues,  de Inari por la carretera del ártico y al cabo de pocos quilómetros adelanto a la furgoneta de Guillermo y Olatz, que llevan un crucero más tranquilo aún que el mío. Nos hacemos gestos de despedida y los veo hacerse pequeños en los retrovisores de Rosaura; pero cuando llego a la bifurcación con la 92 (que lleva a Nordkapp) me doy cuenta de que se me ha pasado el desvío que quería coger; tan insignificante es la 971 y tan poco transitada que resulta fácil despistarse. Mientras estudio el mapa, la joven pareja vascuence vuelve a pasarme, enviándome alegres saludos tras el parabrisas de su Volkswagen roja. Ya no me encontraré con ellos a lo largo de este viaje. Mi camino se bifurca del suyo –en realidad del de todos– cuando vuelvo grupas y, ahora ya sí, cojo la desviación hacia Sevettijärvi.

Vale la pena señalar que, después de mil quinientos quilómetros atravesando uninformes –aunque impecablemente hermosos– paisajes finlandeses, en esta zona del país el entorno ha cambiado hacia algo sensiblemente distinto: el terreno es muy pedregoso, con predomino de la roca suelta; la vegetación menos frondosa o abundante, perdiendo las coníferas su hegemonía; y además una curiosa peculiaridad: ¡las aguas de ríos y lagos son claras!; ya no tienen esa intensa tonalidad café tan predominante en este país, sino que son incoloras y transparentes; lo cual significa, presumo, que esta esquina de Laponia tiene un sustrato geológico diferente al resto de Finlandia.

* * *

Desde hace rato tengo ganas de picar algo y beberme una buena cerveza, pero por esta ruta no parece que viva nadie. Por fin, tras dos horas largas de moto, llego a una localidad llamada Sevettijärvi; y nótese que uso el eufemismo “localidad” en lugar de decir “pueblo” o “aldea”. Esto es porque Sevettijärvi diminuto, incluso más pequeño que muchos de los cortijos de mi Extremadura natal, y hasta su nombre tiene más entidad que el propio lugar: consiste en media docena de casas dispersas, un restaurante y una iglesia ortodoxa, comunicados entre sí por caminos de tierra.

Ese grupo de casas en medio del bosque es Sevettijärvi

Ese grupo de casas en medio del bosque es Sevettijärvi

Pero, en fin, un restaurante significa cerveza, y a mí me gusta este tipo de lugares; de hecho, estoy encantado de haber dado con él.

Detengo la moto junto a la terraza de madera, desnuda, que mira sobre el lago, descabalgo y me dirijo a la puerta. La tablazón otorga a mis pasos una severidad imponente, excesiva. Al entrar, me hallo en una primera estancia con una barra –sin nadie detrás– y unas mesas donde algunas personas conversan sin que parezcan advertir mi presencia. En el extremo opuesto hay otra puerta, de la que sale animado ruido de conversaciones y el tintineo de cubiertos sobre la loza; al franquearla, me encuentro en una habitación mayor que la primera, donde tres o cuatro docenas de personas, sentadas a dos largas mesas, están celebrando algo. Entonces alguien que anda por ahí de pie, quizá una empleada, se fija en mí y se me acerca, pero antes de que pueda interpelarme ya me he adelantado yo preguntándole si estoy en una fiesta privada. Así es, celebran una boda –me dice– y el local está cerrado al público, lo siento. Una boda rusa, colijo, a juzgar por el idioma en que hablan los comensales. Tiene sentido, pienso enlazando mentalmente la iglesia ortodoxa con la cercanía de Rusia. ¡Lástima no estar invitado! La cerveza tendrá que esperar.

Mientras me calo los guantes y el casco, tres o cuatro de los comensales han salido a la terraza para curiosear.  Supongo que ven a un extranjero de tez morena, vestido con pantalón beige muy desteñido y chaquetón de moto blanco, pañuelo oro viejo al cuello, colocarse un casco jet blanco y unos guantes negros, subirse a una desaliñada motocicleta color ladrillo, poner el motor en marcha y marcharse despacio sobre la grava del camino. Entonces verán la matrícula y alguno preguntará si es de Estonia. Sabiéndose no entendidos, no se cuidan de hablar bajo; y por esto, según voy alejándome, distingo que alquien dice: Ispaniya.

Quince quilómetros más adelante he llegado ya a mi destino.

Renos pastando entre los pinos cerca de Toini Sanila

Renos pastando entre los pinos cerca de Toini Sanila

Porotila Toini Sanila es una granja de renos (tal es el significado de porotila), restaurante y hospedería situada en el istmo entre los lagos Sevettijärvi y Kirakkajärvi, a quince quilómetros de la frontera con Noruega. La propiedad la describe como punto de confluencia de las culturas finesa, sami y noruega; hospedaje y lugar de encuentro versátil para grupos así como viajeros solitarios. O sea, que ni pintada para mí. En este tipo de sitios el trato entre anfitriones y huéspedes es poco convencional; me refiero, por ejmplo, a que no parece haber espacio ni razón para desconfianzas ni para formalidades: quien ha llegado hasta aquí no lo ha hecho con la idea de engañar a nadie, y otro tanto ocurre con quien regenta un establecimiento como éste. Sólo una cálida y sincera hospitalidad, casi una familiaridad, tienen sentido. Y así es, ni más ni menos, como la señora me ha acogido, haciéndome sentir como en casa.

Pese a lo apartado del lugar, una serie de huéspedes tienen ocupadas todas las habitaciones, pero le quedan algunas cabañas. Junto con una jarra de agua muy fría a la que le añade unos cuantos hielos (¡no hacía falta!), me alarga la llave de la caseta más cercana al edificio principal y me hace la advertencia de que puedo usar cualquiera de los aseos (inclusive los del personal) y por supuesto también la sauna, que estará libre dentro de media hora, sin cargo adicional. Acepto encantado, porque en un día desapacible y frío como éste la sauna se agradece. La cabaña es pequeña pero suficiente, con el equipamiento sencillo habitual: un par de camas con gruesos cobertores nórdicos, un potente radiador y una mesita. No hace falta más para pasar la noche.

La sauna, como siempre, me deja como nuevo: tonificado, relajado y limpito. El contraste de temperaturas es lo que cuenta, no me canso de decirlo; y hoy lo he tenido garantizado porque el agua fría de las duchas salía casi helada. Y como aún me queda un rato hasta la hora de cenar, me adentro en el bosque para dar un paseo.

Apenas he caminado cinco minutos cuando me hallo en un paraje sobrecogedor, aunque las fotos que le hago, lamentablemente, no captan nada bien su alma. Habré de limitarme a las palabras.

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Bosque junto a Toini Sanila

Es un bosque ralo, de coníferas pequeñas y torturadas en cuyas copas sopla el viento con un murmullo cargado de misteriosos susurros que parecen venir del ultramundo. El suelo no se ve, todo cubierto como está por una gruesa capa de musgos y humus en la que mis pies se hunden como en un colchón, sin dejar huella alguna, y que amortigua también el sonido de mis pasos. Cuando me detengo y aguzo el oído, el aire se acalla, haciéndose a mi alrededor un silencio inquietante, casi lúgubre, como si los ojos de cien invisibles trasgos me espiasen; pero al reanudar la marcha vuelve el viento a vibrar en el ramaje medio reseco de los árboles. Todo tiene una nota fantasmagórica y a la vez fantástica, irreal. Por doquiera yacen los cadáveres medio podridos de las ramas desgajadas; ¡y qué soledad la de este pinar olvidado en la esquina más retirada de Finlandia! Pareciera que no se puede venir más lejos y que sólo los espíritus habitasen aquí, como en el cementerio indio de Jeremías Johnson. Debe de ser escalofriante –pienso– encontrarse en un lugar así en medio de una copiosa nevada invernal.

Al cabo de un rato llego a un pequeño lago de aguas cristalinas cuya superficie presenta apenas unos leves rizos que vienen a morir en minúsculas olitas a mis pies, golpeando con un chapoteo hueco las piedras de la orilla; y esta calma del agua, en un día ventoso como hoy, sólo viene a hacer del lugar un sitio aún más siniestro.

Cuando quiero volver sobre mis pasos me asalta el momentáneo temor, irracional, de haberme perdido; pero un hueco se abre entre las nubes dejando pasar un haz de sol que orienta mi regreso; y a esta rojiza luz del atardecer parece que de pronto el bosque perdiese todo acento de misterio, siendo ya sólo un pinar como otro cualquiera, bajo un cielo plomizo.

Un rayo de sol escapa de las nubes

Un rayo de sol escapa de las nubes

Al regresar a la granja me siento a cenar en el comedor, dejándome aconsejar por la amable mujer, de entre las limitadas entradas del menú, la carne de reno (¡cómo no!) con jarabe de bayas silvestres. Comidas naturales y sabrosas como ésta muy pocas veces se catan. Luego, mientras disfruto de un té, miro con detenimiento las estupendas fotografías que, en exposición, adornan las paredes; y, de todas ellas, una me cautiva por su fuerza: es el rostro en blanco y negro, extraordinariamente expresivo, de un viejo indígena lapón. Quiere la casualidad que el autor de la foto esté aquí mismo, sentado a otra mesa, tomando café con la dueña y otros vecinos, y no puedo menos que felicitarlo por su arte.

Ya va bien avanzada la tarde cuando me retiro a mi cabañita para leer un rato antes de acostarme. Fuera, la luz disminuye con extremada lentitud, y cuando apago la bombilla para dormir aún no ha oscurecido; ni lo hará: tras los vidrios de la ventana sin tapaluz, la tenue claridad grisácea de la noche velará mi sueño hasta la madrugada.

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