Antoñana

Posted by on 29/08/2013
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El sol ya domesticado de finales de agosto, unas pocas nubes veraniegas y un vientecillo del noroeste invitan a coger la moto para una ruta local. No sé dónde me llevarán las dos ruedas: me basta escoger una carretera y dejarme guiar por Rosaura. A horcajadas sobre su asiento, recorro la calzada que cubre, con su negra cinta de asfalto, lo que fuera un camino real que buscaba Campezo y Estella por el collado de Azaceta.

Los rápidos giros del puerto me elevan la adrenalina mientras busco, a riesgo de un resbalón, el límite de adherencia de los neumáticos Continental. Si estoy escribiendo esto es porque aún me quedaba margen en la tumbada.

Ya en la vertiente sur, tras unas curvas enlazadas y al final de una breve pendiente se llena mi vista de un paisaje renacentista: a la izquierda de la carretera, reflejando al cielo el oblicuo sol del mediodía, destacan, contra el fondo verde de los prados y la arboleda, los centenarios tejados y las seculares murallas de Antoñana. Enseguida comprendo que este era mi destino para hoy.

El perfil guerrero de Antoñana

El perfil guerrero de Antoñana

Al otro lado de la vía, alguna Administración ha dedicado un museo al viejo ferrocarril vasco-navarro; pero me ofrece poco interés, así que dirigo el manillar de la BMW a la cuesta que remonta hasta el otero donde se asienta la villa: en un enclave estratégico de la región alavesa fronteriza con Castilla, confluencia de los caminos que comunicaban Logroño con el Cantábrico y la Llanada alavesa con Pamplona, fundóse Antoñana en el corazón del medievo, como villa fortificada, sobre una primitiva fortaleza cuyos antecedentes pueden apenas inferirse por su nombre, Antoñana: durante la romanización, debió existir allí la finca de algún Antonius.

Dejo la montura a la sombra de la historia.

Dejo la montura a la sombra de la historia.

Aparco la moto al pie de un muro, traspaso la puerta de arco apuntado y empiezo a recorrer el arcaico trazado de esta villa. Hay hoy, en ella, ambiente de fin de semana: el club social lleno de gente, unos niños jugando a la pelota junto al frontón y otros persiguiéndose por las callejas, pasadizos y oscuros vericuetos, que ofrecen a sus correrías un sinfín de escondites. Una fragoneta vocifera, a paso de peatón, melocotones de Calanda.

Desde el s XI, debido a las pugnas entre ambos reinos, estas tierras venían pasando de una a otra corona. En el año de 1182, perteneciendo a Navarra, Sancho el sabio fortifica la plaza y le otorga la “Carta puebla” o fuero de población; y tan sólo veinte años más tarde pasa de nuevo, esta vez definitivamente, a la corona de Castilla, siendo rey Alfonso VIII; y castellana permaneció hasta nuestra era.

Por aquella época y hasta que, en el s XIV y bajo el reinado de Alfonso XI, el linaje navarro de los Mendoza pasara al servicio de Castilla, Álava fue un campo de batalla donde, superponiéndose a las luchas entre ambos reinos, las familias señoriales dirimieron sus contiendas durante generaciones: Ayalas, Orozcos y Velascos derramaron sangre y perdieron vidas en escabechinas que podían ser simples emboscadas nocturnas o verdaderas batallas campales. Como en la leyenda hicieran Capuletos y Montescos, los Mendoza y los Guevara batallaron entre sí durante más de un siglo. En esa atmósfera de luchas intestinas, Antoñana permaneció de carácter realengo hasta que en 1367 pasó, por merced de Enrique II de Trastámara, a Ruy Díaz de Rojas; y un siglo más tarde pasaría al linaje de los Hurtado de Mendoza (herederos del afamado almirante de Castilla), cuya jurisdicción sobre la villa fue pleiteada durante largas décadas por sus habitantes, hasta que en 1635 compraron a la Corona el fin de su vasallaje.

Puerta principal, en el extremo sur, defendida por un matacán. El lateral derecho es la iglesia, que originalmente fue también fortaleza.

Nada más cruzar bajo el arco de su puerta sur, me encuentro con su iglesia, dedicada a San Vicente Mártir. Está edificada sobre la que había sido iglesia-fortaleza, y contrastan sus sillares con la mampostería de la muralla, a la que está adosada. Las niñas juegan, ajenas a la historia, entre los barrotes de la cancela, bajo los arcos del recogido y umbrío pórtico del s XVIII, llenando de ecos infantiles, alegres y eternos, los muros del ámbito.

Luego exploro con fascinación, casi con reverencia, las vetustas calles de la villa, de inigualable y genuino sabor medieval que comparte con otras localidades de la zona, como Salvatierra; sus rasgos de aquella época permanecen presentes, dotándola del clásico aspecto guerrero; y de no ser por las inevitables manifestaciones de la vida contemporánea creería haber retrocedido nueve siglos: sus tres calles principales, paralelas, comunicadas por callejones, pasadizos y cantones; sus casas-fortaleza, como la casa-torre del s XIII que, se cree, habitaron los Hurtado de Mendoza, o la torre-fortaleza del s XVI erigida por los Elorza; sus otras casas, blasonadas o populares, pero casi todas de piedra…

Mas también hay hogaño, en bello contraste con la adusta y fiera mampostería de sus antiguos muros, algunos detalles de color. ¿Y quién sabe si diez siglos atrás las mujeres también adornaban, cuando podían, sus casas con flores y macetas?

Mientras tanto, el mediodía solar da paso a la tarde, las gentes buscan sus hogares y los niños desaparecen tras las misteriosas esquinas de los pasadizos o bajo las sombras de los soportales. Regreso a la plaza principal. Varios vehículos se han marchado y las mesas del club social están ya vacías. El camarero recoge. El sol ilumina con luz dorada la ladera del monte vecino, a cuyo pie se ubican el cementerio y la ermita. Rosaura me espera al pie del muro; ya no hay sombra que la proteja.

Hacia levante, junto al cementerio, la ermita de Nuestra Señora del Campo, edificada sobre ruinas románicas.

Antes de despedirme de Antoñana llevo a cabo el ritual de mis rutas turísticas: un trago y un pincho en cada pueblo. El camarero del club social me recibe con la característica sobriedad vascuence. Me pone un zurito bien frío y un pincho de tortilla casera hecha con patatas de la huerta y huevos del campo. La disfruto como si la comiese por primera vez en mi vida. El precio me sorprende por lo barato.

Es hora de partir. Cazadora, casco y guantes. Bajo a motor parado hasta el puente sobre el arroyo y echo un último vistazo a la villa medieval. Ahora el sol calienta ya su muralla oeste, que las casas han hecho útil y pintoresca. Arranco y, en unos segundos, el rumor del escape y el silbido del aire en el casco me devuelven al siglo XXI. La carretera es mía.

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