Martes, 30 (continuación)
De regreso al hostal, me acosté un rato para refugiarme, en el sueño, de la pasajera tristeza de ver partir a Mariko. Después llamé a Jette. Quedamos donde sus clases de pintura, un instituto de arte ubicado en Granville Island, que no es isla sino península, ya que está unida a la orilla sur del río por una lengua de tierra, si bien desde la orilla norte se accede mediante una lancha (2 $ por pasajero, nada menos). Gracias, precisamente, a ese instituto -y pese a la fábrica de cemento vecina-, Granville es muy frecuentada por artistas, bohemios y turistas. Con abundancia de pequeños y encantadores restaurantes junto a sus muelles, más un mercado a la española, es un pintoresco lugar que lo reconcilia a uno con Vancouver. El ambiente en el instituto me pareció variado, informal y muy atractivo. Al verlo, pensé que si yo fuese alumno allí, no me importaría serlo toda la vida.
Me encontré con Jette en la cafetería y me llevó a donde estaba “trabajando”: esto hago, esto uso, esto pinto… Según retocaba un lienzo de arpillera, vertical y sin marco, que colgaba de la pared y en el que se distinguían unas figuras de barcos en blanco y negro, me decía que no le gustaba ajustarse a las reglas. “Pero ese no ajustarse a las reglas, ¿no es ya un tipo de regla?”, objeté. “Bueno, puedes ajustarte a ellas si quieres -respondió con agilidad-. Eso es lo bueno del arte: que no tiene reglas.” Se me ocurrió que aquello era algo contradictorio, pues si no había reglas ¿a cuáles no quería ella ajustarse? Le formulé una pregunta: “¿Pero quién dicta las reglas?” “¡Oh!, tú mismo; cada uno dicta las suyas.” Sin parar de hablar, daba ágiles brochazos sobre el lienzo. “¡Ah! Voy a enseñarte también mis dibujos.” Y cumplió su amenaza: eran desnudos bastante aceptables. A los modelos -me contó- les pagaba el instituto por posar. Al cabo de un rato fuimos a dar una vuelta y, luego, a tomar un café. Para llenar uno de esos repentinos “apagones” de su verborrea, me preguntó por mis planes para el resto de la tarde. “Ninguno. Como me voy mañana, me la tomaré de relax y prepararé las cosas.” En ese instante -el único desde que nos habíamos conocido- su autocontrol la traicionó: “¡Ah, sí? -dijo, dejando entrever una sorpresa genuina; pero en seguida corrigió esa momentánea debilidad-. Claro, es normal; continúas tu viaje.” A partir de ese punto, no obstante, me pareció notar un ligero cambio en su actitud. Cuando acabamos de tomar el café, balbució dos o tres cosas en un inglés tan rápido que apenas pude entenderla: algo como que me invitaría gustosa a salir si no fuese porque nunca salía, no conocía sitios y, de todas formas, “tú tendrás cosas que hacer”. Y sin darme tiempo a entender su frase o pedirle que la repitiera, estaba ya despidiéndose de mí. Cosa extraña: me pareció que, a la vez, tenía la expectativa de que le pidiese pasar juntos el resto de la tarde, pues dijo que ya no pensaba hacer nada más hoy. No sé si esperaba una reacción que no tuve o si, por el contrario, tenía prisa por deshacerse de mí. Tras un abrazo de despedida (¡vaya diferencia con la frialdad de Mariko!), aún insistió en darme su dirección por si quería contactar con ella. Yo, a mi vez, le ofrecí mi email para que me tuviese al corriente de cambios en su domicilio o teléfono; pero lo rechazó. Como a Jaime, que cuando partí de España no me pidió mi correo sino que me puso el suyo en la mano, a Jette no le interesaba ningún medio de contactar conmigo: sólo que yo pudiera hacerlo con ella. Y esa fue toda la historia. Ninguna tristeza me causó esa despedida: sólo echaba de menos a Mariko.
[Según transcribo esto, se me ocurren una serie de ideas sobre Jette. En aquel tiempo yo no había desarrollado aún una conciencia política, pero hoy comprendo que esa mujer era el epítome de la chica progre: vegetariana, feminista, ecológica, independiente, artista y supuestamente libre (gracias al dinero de mamá). Había comprado todos los tempranos postulados (hoy casi obligatorios) del “progresismo Siglo XXI” y se había construido con ellos una imagen propia en torno a la cual vivía; pero de aquella personalidad manufacturada disfrutaba no como realidad, sino precisamente como imagen; es decir, observándola ella misma desde fuera y en cuanto quedara expuesta a la vista y aprobación -si no admiración- de los demás; lo cual resulta algo patético. Por eso se esforzaba tanto en exhibir esa imagen: no sólo por egocentrismo sino por necesitar la validación popular; y canalizaba su inteligencia a perfeccionar ese personaje de ficción, así como a idear plausibles explicaciones a los aspectos menos lisonjeros de su vida. P. ej.: si no sabía hacer muebles, se justificaba con que “prefería no tenerlos”; si nadie la aguantaba como compañera, se decía que “le gustaba vivir sola”. Este autoengaño en que vivía, unido a que desdeñó en todo momento mis datos de contacto mientras insistía en que yo pudiera contactar con ella, me hablan de una persona que tasa su propio valor, o basa su autoestima, en la necesidad que otros puedan tener de ella, el número de llamadas o correos que recibe, o la insistencia que muestren los demás en buscar su compañía. En su día no me formulé estas consideraciones (que darían para un breve ensayo psicológico), pero por algo será que, en veintitrés años, no me haya vuelto a acordar de ella; y, de hecho, sigo sin recordarla: no conservo en la memoria imagen alguna de su persona y apenas he logrado, al transcribir este capítulo, evocar una vaguísima escena: la del lienzo de arpillera. En cambio, a menudo he pensado en Mariko, y aún recuerdo más o menos su cara.]
Volví al hostal a pie, dando todo el rodeo por el puente para ahorrarme la lancha y pasando por el centro para cambiar dinero. Veo en el mapa que se presenta difícil salir de Vancouver en autostop. A ver cómo me las ingenio mañana para iniciar la última fase de mi periplo por Canadá: las montañas Rocosas. Mi idea es ir por la ruta 7, antigua carretera hasta Hope, ya que la 1, más directa, es autovía, y hacer dedo no resulta.
Jueves, 2 de octubre. Jasper (Alberta)
Nada que contar de mis últimas horas en Vancouver, salvo que un compañero de dormitorio, coreano, se sentía hablador y nos enrollamos un rato. Había ido a Canadá para aprender inglés, conocimiento muy importante en Corea -por lo visto- para encontrar trabajo.
Ayer, miércoles, partí temprano, pero cometí varias torpezas que resultaron en un parvo avance en mi itinerario. Primera, mantener mi plan de la ruta 7 en vez de coger un bus directo hasta Hope y empezar a hacer dedo allí. Segunda, no haber cogido tampoco, al menos, el urban express hasta Mission, donde me habría sido más fácil conseguir jalón. Tercera, al tomar un bus urbano, no preguntarle al conductor qué parada me dejaba más cerca de dicha ruta. En lugar de hacer alguna de esas tres cosas, confié en mi orientación y en mi suerte (¡qué insensatez!) y cogí la combinación de buses urbanos que mejor me pareció. Consecuencia: acabé bastante lejos de donde quería ir y tuve que volver grupas un buen trecho; así que me puse a caminar a la vez que hacía dedo. Ya llevaba un par de kilómetros andando cuando un hombre me recogió. Iba hasta Chilliwack pasando por Mission, donde yo quería bajarme. Perl el tipo tenía ganas de compañía y me hizo un flaco favor: me convenció para seguir con él y dejarme en el cruce de Chilliwack, donde “tendrás más suerte y seguro que no tardas en conseguir otro ride“.

Aquí se ven bien las ubicaciones de las rutas 1 y 7, así como el trayecto que hice con el primer tipo. El punto de partida es aproximado.
Nada más lejos de la realidad, pues me dejó en un carril de acceso a la autovía que estaba en obras, apenas tenía tráfico y donde, para colmo, una señal decía: No hitchhiking. Picking up hitchhikers borbidden. No tuve más remedio que abandonar la 1 (por algo no quería yo salir de Vancouver por ahí) y cruzar a pie todo el puñetero Chilliwack -lo cual me llevó hora y cuarto- para ponerme a hacer dedo en el extremo este, dirección Agassiz, e intentar retomar allí la ruta 7. Tras esa larga caminata y un buen rato de espera en el arcén, me recogió un tipo que me dejó a la entrada de dicho pueblo, todavía a tomar por culo de la 7, así que me tocó andar otros 4-5 km por una circunvalación. Cuando por fin llegué, resultó que el tráfico, amén de escaso, pasaba demasiado deprisa por aquel punto para que los conductores se tomaran la molestia de parar. Pero Hope quedaba a 30 km y no había localidades intermedias, de modo que no tenía mucho sentido ponerme a caminar: podría acabar teniendo que dormir en descampado.
Finalmente, al cabo de ¡tres horas! me recogió un hombre que me llevó hasta Hope y me dejó junto al camping. Eran ya las 16:30, pero pensé que no perdía nada con seguir probando suerte (en el peor caso, podría dormir en el camping, que tenía muy buen aspecto). E hice bien, pues al cuarto de hora me cogió uno que viajaba a Prince George y que me llevó hasta Cache Creek, nada menos. Allí podría yo continuar hacia el este, a las Rocosas.

Dos caminatas y tres jalones más: el primero hasta Agassiz, el segundo hasta Hope y el tercero hasta Cache Creek.
A esa parte de la ruta 1 la llaman Fraser Canyon highway porque… ¡sí!, discurre a lo largo del cañón del río Fraser. El paisaje que ese tramo ofrece al viajero es extraño, feote, con algunas granjas estilo rancho y algunos ralos pinares en las cimas de los montes. El angosto cañón presenta un aspecto desolado y desértico: el terreno (consecuencia, quizá, de una prolongada deforestación) está erosionado y suelto, prácticamente yermo, escabroso y pedregoso; y es muy desconcertante porque el río, cuyo caudal es bastante más impetuoso de lo que hace esperar la pendiente del cauce, parece discurrir cuenca arriba, ya que la percepción visual de la pendiente es engañosa por completo. [No es un caso único: en otros lugares también he tenido ocasión de percibir este curioso efecto óptico].
El conductor que me dio ese ride era un jubilado. Me contó que había sido soldador especializado en tuberías de alta presión, ganado dinero a espuertas durante su vida laboral, conquistado mujeres en la misma medida (dos divorcios a sus espaldas), viajado por todas partes y dádose todos los caprichos del mundo. Por su cumpleaños, su esposa actual le regaló un curso de 10.000 $ para sacarse una licencia de piloto que luego no le sirvió de nada porque se dio cuenta de que no tenía pasta suficiente para comprar y mantener una avioneta. Eso sí: tenía varios coches, y en aquel momento conducía un Ford pick up doble cabina con una cilindrada del demonio y un aspecto reluciente, aunque algo pasado de moda.
Cache Creek (que más bien debería llamarse Garbage Creek, ya que allí se vertía toda la basura de Vancouver) era un pueblo tan desértico e inhóspito como el paisaje circundante. El jubilado me llevó hasta el camping, que estaba en las afueras: pequeño pero bonito, todo arbolado y con el suelo lleno de hojas recién caídas. La transacción con la encargada fue rápida: aquí está su sitio, aquí está su dinero. Oscurecía cuando puse la tienda, de modo que apenas veía nada mientras me tomaba una leche con galletas. Luego me preparé bien, y esa noche no pasé frío.
