Los Óscar de Hollywood: requisitos para el galardón de mejor película

Full list of Oscars 2026 winners at 98th Academy Awards - Pakistan Observer

La Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de los EE.UU. —o sea, Hollywood— que convoca el famoso concurso anual para otorgar los Óscar establece una serie de criterios de eligibilidad para que una producción cinematográfica pueda aspirar al galardón de Mejor Película. Se trata de requisitos sine qua non, de modo que la Academia no tomará en consideración ningún filme que no los satisfaga. La finalidad declarada es “incentivar la representación equitativa, en pantalla y fuera de ella, para reflejar mejor la variada población global.”

Esos criterios (llamados RAISE, siglas de Representation and Inclusion Standards for Eligibility) se anunciaron en 2020, fueron voluntarios durante 2022-2023 y se convirtieron en requisito a partir de 2024. Están compuestos por cuatro estándares (A, B, C y D), y es indispensable que las películas aspirantes cumplan al menos DOS de ellos. Para ilustrarlos, me centraré en el Estándar A: intérpretes, temas y relatos. Dicho estándar establece que los filmes deben satisfacer como mínimo UNA de las siguientes condiciones:

A1. Al menos uno de los protagonistas o personajes principales debe estar interpretado por un actor que pertenezca un grupo racial o étnico minoritario en el país de producción. Esto incluye (aunque no está limitado a):

• Negros o caribeños
• Asiáticos del este (China, Japón, Corea y Mongolia inclusive)
• Hispanoamericanos
• Pueblos indígenas (incluidos indios y esquimales)
• Norteafricanos, gentes de Oriente Próximo y Medio
• Isleños del Pacífico
• Asiáticos del sur (Bangladesh, Bután, India, Nepal, Pakistán y Ceilán)
• Asiáticos del sudeste (Burma, Camboya, Filipinas, Indonesia, Laos, Malasia, Singapur, Tailandia y Vietnam)

Este listado revela sin tapujos un criterio racial. Teóricamente, aspira a incentivar la presencia en la pantalla de actores que pertenezcan a minorías étnicas dentro de su propio país. Así, por ejemplo, ninguna película producida en Occidente verificará este criterio si sus personajes principales son todos blancos, como tampoco los verificaría, teóricamente, una producción peruana cuyos personajes principales fuesen todos mestizos (mayoría étnica en Perú). Dejo como ejercicio al lector estimar la probabilidad de que la Academia validase este criterio para una hipotética película peruana cuyos protagonistas fuesen blancos, que constituyen minoría étnica en Perú.

A2. Al menos el 30% del resto del reparto pertenece como mínimo a dos grupos subrepresentados. Aquí (y en el A3) varía algo el criterio: se trata de “colectivos” (por así decir) con menor presencia en pantalla dentro o fuera del país de producción. Esto incluye:

• Mujeres
• Grupos raciales o étnicos (los del criterio A1)
• Invertidos o desviados sexuales de cualquier tipo
• Inválidos físicos o mentales

A3. El guión, tema o relato de la película se centra en un grupo subrepresentado.

• Mujeres
• Grupos raciales o étnicos (los del criterio A1)
• Invertidos o desviados sexuales de cualquier tipo
• Inválidos físicos o mentales

Los otros tres estándares (B, C y D) establecen exigencias prácticamente idénticas a las anteriores, si bien referidas al equipo de producción (B), al acceso a profesiones relacionadas con el cine (C) y a la promoción y desarrollo de audiencias (D).

Independientemente de lo que cada uno pueda opinar sobre los criterios RAISE, no parece que con ellos, y pese a su presunta finalidad, la Academia tenga especial voluntad de incentivar una representación equitativa de la “variada población global”, pues lo equitativo hace referencia a lo justo e imparcial, en tanto que los estándares van encaminados a una sobrerrepresentación de lo subrepresentado. Para aspirar a la declarada finalidad mediante la imposición de requisitos lo justo e imparcial sería, más bien, exigir una representación proporcional de los distintos colectivos o grupos étnicos en la sociedad. Si, por ejemplo, en la sociedad estadounidense hay una mayoría blanca, tres minorías étnicas (básicamente negros, hispanos y asiáticos), una pequeña minoría de invertidos, e igual número de mujeres y hombres, lo equitativo sería reflejar esa realidad en pantalla con similares proporciones; pero al exigir una proporción de esas minorías nítidamente superior a la real, lo que en verdad hace la Academia no es reflejar la variada población global, sino hacer que parezca otra, compensando el carácter minoritario de los grupos favorecidos por los RAISE y otorgándoles una relevancia superior a la que socialmente tienen.

Que una academia autodenominada como “de las Artes y Ciencias Cinematográficas” se dedique prioritariamente (el Óscar a la Mejor Película es su buque insignia) a contrarrestar realidades sociales es algo llamativo, pues la relación de dicho objetivo con el arte y la ciencia no es tan directa como para constituirlo en requisito. Por supuesto, cualquier artista (incluidos los cineastas) es libre de hacer destacar en sus obras, como le venga en gana, cualquier aspecto más o menos visible de una sociedad; pero esa es una decisión que —a mi entender— debería dejarse a su libre albedrío, no una que deba estipularse como cláusula para acceder a un galardón de índole artística, en especial al más famoso del mundo del cine. Al instaurar los RAISE, la Academia se pone de perfil al arte y la ciencia para constituirse en herramienta política y de ingeniería social, un rol autoasignado que en cierto modo niega la dedicación original, gracias a la cual —por cierto— está exenta de pagar impuestos; y dado que no tributar es una forma de subvención, quizá convendría preguntarles a los contribuyentes estadounidenses si están de acuerdo en subvencionar una entidad privada que persigue unos fines distintos de aquellos que la hicieron merecedora del privilegio de exención fiscal y con los que, sin duda, muchos ciudadanos no están alineados.

Por otra parte, dado que la Academia fue fundada, y está financiada y controlada por la industria cinematográfica de Hollywood, cuyo cuasimonopolio universal sobre la distribución audiovisual le otorga un papel preponderante a nivel mundial, cuando se mete a “incentivar la representación equitativa para reflejar mejor la variada población global” está en realidad aspirando a conformar el mundo según las preferencias de dicha industria, que son en última instancia las de sus propietarios. Esta priorizada función de la Academia parece tener menos que ver con las artes y las ciencias cinematográficas que con objetivos ideológicos o de transformación social. “¡De justicia social!”, exclamará alguno. Bueno, veamos si tal es el caso.

Si la Academia, desbordando los límites de su finalidad artístico-científica, quisiera hacer Justicia Social, así con mayúsculas, no intentaría incentivar sólo un mejor reflejo “de la variada población”, donde además por variada —diverse en el texto original— entiende, básicamente, tres tipos de minorías (étnicas, heterodoxia sexual y minusválidos), más —caso curioso— las mujeres. Omite incluir otros “colectivos” que también sufren, a veces con mucha más intensidad, alguna forma de injusticia social: marginados, “sin techo”, drogadictos, alcohólicos, campesinos depauperados, condenados injustamente, víctimas de delitos, deshauciados… (la lista es interminable). Al poner el foco en los grupos del estándar A, nos revela Hollywood que su preocupación por la justicia social, o su concepto de ella, son muy limitados, y que lo que de veras le interesa es modificar las sociedades según unas líneas ideologicas muy concretas: fomentar el feminismo, normalizar la homosexualidad y alcanzar la homogeneidad racial, étnica y cultural. He escrito “homogeneidad” adrede, en lugar de “pluralidad”, porque la referida mezcla, dentro de una misma sociedad, conduce tarde o temprano a una monorraza marrón claro y a una monocultura que es crisol de todos sus componentes originales; de modo que esa diversity que parece querer fomentarse es, como mucho, una etapa intermedia hacia la homogeneity. Si realmente es variedad lo que la Academia quería, habrá hecho un pan como unas hostias.

Nótese que he procurado no meterme a considerar si nada de eso es bueno o malo, cuestión que dejo al juicio y opinión de cada uno. Lo que me interesa destacar es la finalidad principalmente ideológica —o incluso política— de los RAISE; y además a costa del tesoro público, que se ve privado de los ingresos que obtendría sin la exención tributaria de la industria de Hollywood; unos ingresos que, de haber existido, quizá podrían haber contribuido a corregir injusticias sociales según criterios algo menos unilaterales. Interesante paradoja.

Llegados a este punto, cabe hacerse una última pregunta: dado que Hollywood está en manos de un limitado número de billonarios (hebreos en su mayoría, por cierto), ¿qué interés tienen ellos en esa transformación social? Obviamente no conozco la respuesta y tengo que contentarme con imperfectas conclusiones, meras conjeturas, a partir de los resultados reales o previsibles de las líneas ideológicas mencionadas.

Por un lado, el feminismo y la inversión sexual (por muchas virtudes que tengan, si las tienen) entorpecen la formación de familias y conducen a una menor natalidad. Esto es un hecho innegable. Así, la institución familiar —núcleo esencial, primario, con profundas raíces antropológicas, ordenador de toda sociedad— pierde peso, fuerza e importancia en las nuevas sociedades. El ciudadano sustituye a su familia por un Estado impersonal: es éste quien lo educa (al capricho de los gobernantes), quien lo “protege” y quien lo “apoya”, pero siempre desde la distancia, de una forma anónima y sin el menor asomo de cariño o de calor; de modo que cuando las cosas vienen mal dadas, o cuando uno envejece sin haber tenido descendencia, o cuando sufre la propia injusticia del Estado, se encuentra indefenso y sin nadie que lo ampare con verdadero interés y afecto. Su dependencia de las instituciones públicas se vuelve total, tornándolo mucho más manipulable.

Por otro, la multiculturalidad y la mezcla étnica producen primero inestabiliad y choques, a menudo violentos, que debilitan a las sociedades. Otro hecho innegable. Cada uno de los grupos, el mayoritario y los minoritarios, luchan por conservar su identidad e imponer su cultura y valores, características a menudo incompatibles entre distintos colectivos y etnias. Los musulmanes, por ejemplo, son más tolerantes con la poligamia y menos con la homosexualidad; los occidentales, al revés. Para unos la religión es existencial, para otros una superstición superada y desdeñable. Y así con todo. A la larga, no obstante, esas mezclas derivan en una pérdida de identidad por parte de todos ellos. Las costumbres, los valores seculares, se abandonan para dar paso a otros nuevos, espurios, ajenos a las raíces de unos y otros. El individuo desconecta de “lo suyo” y se diluye en la “sociedad global”. Las fronteras (el caso de Europa es paradigmático) se difuminan, los distintos países se homogeneizan gradualmente, el sentimiento de nación desaparece y de nuevo el Estado, cada vez más poderoso y reforzado, llena ese vacío. Al final queda una masa uniforme, semialienada, mermada su capacidad de defensa o resistencia y sometida, en un grado mayor que antes, a quienes manejan los hilos del poder.

Si este es el panorama buscado por la Academia, es decir por Hollywood, es decir por sus propietarios, ¿no será porque son ellos quienes manejan también dichos hilos? Esto, como digo, es una conjetura. Dejo su valoración a criterio del lector.

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El rosario

Cuando murió mi abuelo — es decir, abuelo por antonomasia, el único al que conocimos mis hermanos y yo; porque el otro, el materno, había fallecido años atrás, antes de que naciésemos, y siempre fue para nosotros tan imaginario como pueda serlo un personaje de ficción: imaginario no por inventado o irreal, claro está, sino porque, para hacerme una idea de su carácter y apariencia, no tuve más remedio que imaginarlo a partir de viejas fotos y lo que de él me contaran, que son los recuerdos bondadosos –y por fuerza parciales, poco objetivos– de mi madre y su familia.

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Norteamérica 74. Epílogo y valoración retrospectiva

Lunes, 15 de diciembre. Aeropuerto de Newark (New Jersey).

A Susan, la inglesa que tenía miedo de vivir la vida, la conocí el penúltimo día, en el tour del sábado. Era delgada, más o menos bonita y en edad aún núbil. Tenía esa idea, tan arraigada entre la mayoría de la población femenina (y buena parte de la masculina), y casi siempre tan errónea, de que se arreglaba y se vestía sólo para gustarse a sí misma, no a los demás. Como al final nos quedamos cuatro gatos acabando la gira, tuvimos ocasión de hablar un poco. Y aunque al día siguiente cada uno nos dedicamos a nuestras cosas, a la noche coincidimos en la cocina y hablamos otro rato. Vive en el condado de Essex y, con algunas ideas muy claras y algotras bastante confusas, ha hecho un viaje de tres meses para tratar de olvidar a su ex, con quien estuvo doce años. Me temo que difícilmente lo habrá logrado. También para ella el domingo era su último día en la ciudad: ambos volábamos hoy a Europa casi a la misma hora, si bien desde distintos aeropuertos. Vuelve a casa con sus gatos (beware of women with cats!) a replantearse la vida. Según me dijo, trabaja en cuestiones de oficina, de donde supongo que no debe de tener muchos estudios.

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Norteamérica 73. De nuevo con los Walter y una fascinante gira por Nueva York

Domingo, 14 de diciembre. Nueva York.

Apenas faltan doce horas para que salga mi avión con destino Madrid, así que estas serán las últimas impresiones del viaje. Un viaje que ha durado lo justo; y si los últimos días se me han hecho un poco pesados ha sido porque no he estado acertado al planificarlos y no he distribuido las estancias en proporción al interés de los lugares. Supongo que las últimas etapas de un viaje con fecha de caducidad son necesariamente así. Como permanecí bastante menos de lo previsto en Nueva Orleáns, y como Nueva York es demasiado cara para quedarme todo lo que me gustaría, mi estancia en casa de los Walter se ha alargado por ambos extremos, y me he quedado una semana con ellos, más de lo necesario e incluso de lo conveniente.

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Norteamérica 72. Nueva Orleáns, el mito desmentido y los negros en la picota

Domingo, 7 de diciembre. Washington, D.C.

New Orleans is over. Pero, antes de nada, voy a registrar, con algo de perspectiva espacial, mis principales sensaciones sobre la población eminentemente negra de esa ciudad, y en general sobre los negros estadounidenses.

1. Para empezar, son unos racistas. En mi trato con ellos me he visto a menudo discriminado por ser blanco. Donde un negro obtiene de otro una sonrisa y una detallada explicación, un blanco apenas recibe un gesto con la cabeza. Quizá sólo sean racistas con los chicanos, a quienes consideran “los nuevos intrusos”, no lo sé; pero si los negros, habiendo sido despreciados durante siglos por los anglos, desprecian ahora a los hispanos, eso habla aún menos en su favor.

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Norteamérica 71. De nuevo en EE.UU., quemando en bus las últimas etapas

Domingo, 30 de octubre. Matamoros (Méjico).

La noche anterior a mi marcha de Altamirano dormí poco porque, tras proyectarse Frida en casa de Juan Manuel, los médicos que acudieron se fueron tarde; y ayer mañana yo empecé temprano, camino de la frontera estadounidense, el más peregrino rosario de trayectos que haya hecho antes, ya que viajé en autobuses económicos, de segunda, que suelen hacer recorridos más bien cortos y obligan a un mayor número de transbordos. Con esto no ahorré mucho dinero, pero me divertía la experiencia y, de todas formas, no quería llegar por la noche a la frontera, que es cuando llegaba el bus de larga distancia. Ahora mismo estoy esperando para hacer el último trayecto, pero en las 36 horas precedentes he hecho las siguientes etapas desde Altamirano: 1. Ocosingo (35′), 2. Palenque (2½ h), 3. Dos bocas (20′), 4. Villahermosa (2 h), 5. Coatzacoalcos (3½ h), 6. Veracruz (7 h), 7. Poza Rica (5½ h), 8. Tampico (6 h), 9. Matamoros (7 h). A ese ahorro, de unos 150 pesos (menos de 15 $), hay que añadir el de una noche de alojamiento (pues la he pasado en un bus). Por cierto que Dos Bocas, lugar casi inhabitado, no es sino el punto donde la carretera de Palenque se une a la de Villahermosa, típico cruce ruidoso e inhospitalario, sucio y embarrado, parada informal de buses, donde mucha gente hace transbordos varios.

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Norteamérica 70. Altamirano, la dulce Pati y la conmovedora humildad campesina

Martes, 25 de noviembre. Altamirano (Chiapas, Méjico).

Hace unas 48 horas que llegué a Altamirano. El viaje desde San Cristóbal fue bueno, no demasiado largo: dos horas y media a Ocosingo y otra media hasta aquí. Cuando pregunté en el hospital por Eladio (que en Méjico usa su verdadero nombre, Juan Manuel), no había llegado aún de su capacitación, pero las monjas me acogieron bien y, mientras lo esperaba, me alimentaron (estaba famélico) y estuvieron enseñándome aquello. Me atendió la mismísima sor Mayte, que debe de ser la superiora. Alguien, en determinado momento, me condujo hasta la casa de Juanma, pero estaba cerrada. Llegó al hospital rato después, ya oscurecido. Lo encontré más canoso de como yo lo conociera, y más hermosote, o sea con tripa. Fuimos a cenar unos tacos con Hermenegildo, un chaval que vive con él, y Will, un médico yanqui. En cuestión de media hora ya me había presentado a una docena de personas: monjas, médicos, empleados, amigos…

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Norteamérica 69. Exhibicionismo en los hostales; historia de Kate y Jane

Viernes, 21 de noviembre. Mismo lugar.

Teniendo en cuenta el importante papel -unas veces de mi agrado y otras no- que los youth hostels están teniendo en mi viaje, hago aquí una breve digresión sobre ellos. Aunque su denominador común es el de estar enfocados a huéspedes de bajo presupuesto, esto no es condición necesaria para alojarse en ellos: hay quien los prefiere simplemente por su ambiente viajero. Aparte, no deja de ser significativo que los hostales más populares (al menos en mi experiencia) sean aquellos cuyos lugares comunes (living, cocina, terraza..) son de paso obligado para llegar a los dormitorios. Por otra parte, y deejando a un lado a las parejitas jóvenes que buscan un nido de amor barato y a las parejotas mayores que aspiran a rejuvenecerse por proximidad (en física, a este fenómeno se lo llama simpatía), los albergues cumplen una función muy importante para el viajero: la de escaparate. Sigue leyendo →

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Norteamérica 68. San Cristóbal, nido de zapatistas, jipis y etarras

Miércoles, 19 de noviembre. Mismo lugar.

No tiene mucho sentido hacer un relato cronológico de mis movimientos en San Cristóbal. Desde que llegué, mis actividades se han limitado a una serie de paseos por las calles más céntricas y a frecuentes visitas al mercado, mercadillo y ciberlocales. También a una búsqueda continua de alojamiento. La primera noche me quedé en un hostal bien ubicado y de precio imbatible (35 pesos), pero con poco ambiente viajero y mínimo equipamiento; nada que ver con el resto de albergues durante este viaje. No había un espacio común agradable, y la cocina carecía de frigorífico y útiles. Aun así, lo que me decidió a irme fue (aparte la ausencia de mujeres ligables) que los servicios se quedaban sin agua desde las 22:00 hasta las 7:30. Ni para la cisterna había. Además en un local cercano ponían por la noche música bastante alta y se oía desde la habitación. La segunda noche la pasé, atraído por el agradable y soleado aspecto de su patio interior al mediodía, en un lugar llamado –no te lo pierdas– “LOS CAMELLOS”, así con mayúsculas. El logotipo consistía en un camello fumándose un porro, y en todas y cada una de las oes de todos y cada uno de los letreros y avisos habían encajado la A del símbolo ácrata. Sin comentarios. Sigue leyendo →

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Norteamérica 67. Granujas de estación; 2000 km por Méjico en autocar

Lunes, 17 de noviembre. San Cristóbal de las Casas (Chiapas, Méjico).

Por la mañana seguía lloviznando. Cuando acabé de recoger y me marché, ya habían abierto el parque y el guarda estaba en la caseta; pero tuve suerte de que no vio desde dónde me aproximaba, y para que no sospechase al verme alejarme, simulé que venía de la carretera a preguntarle cómo ir hasta el centro de Laredo. La maniobra funcionó, y el hombre me explicó dónde coger un bus al downtown. La parada quedaba a una milla, y aún me tocó esperar en ella un buen rato. Por cierto, la conductora de ese autobús hablaba el más perfecto spanglish que he escuchado hasta ahora, y estuvo todo el recorrido de charla con amigas y amantes por el manos libres del móvil.

Ya en el centro, fui a la terminal para preguntar por autocares a Méjico, D.F. La Greyhound vendía el billete a 67 $, pero como intermediaria: sólo te llevaba, cruzando la frontera, a la terminal de Nuevo Laredo, de donde sale el autocar mejicano que va a la capital. Así que me dije: “si cruzo la frontera por mi cuenta y compro el pasaje directamente en Nuevo Laredo, me ahorro la comisión o el sobreprecio de Greyhound.” Y eso hice. Pasé el puesto fronterizo (una vez más sin que nadie, al salir de EE.UU. o al entrar en Méjico, me controlase o pidiese un documento), cambié a pesos los dólares que me quedaban y cogí un bus urbano hasta la terminal, a nada menos que 8-10 km de distancia. Pero, una vez allí, resultó que el billete al D.F. costaba, al cambio, 68 $. O sea que por ir de listillo había incurrido en varias molestias adicionales y, al final, había pagado más.

Como el viaje a Méjico City es largo, escogí un servicio que salía a las 18:00 y llegaba de mañanita: así, al menos, me ahorraba el alojamiento de esa noche. No obstante, faltaban aún varias horas hasta la salida, y para matar el tiempo di una vuelta por aquel suburbio, estuve comprando algunas provisiones, intenté llamar a Toño (sin conseguirlo: maldito si sé cómo funcionan aquí los teléfonos) y busqué una casa de baño para ducharme; pero no me convenció la limpieza de las dos que encontré y tuve que quedarme sin ducha. De regreso a la terminal, estando en la sala de espera, mientras escribía el diario, un par de chavales con tatuajes de protodelincuente se sentaron junto a mí.

Martes, 18 de noviembre. Mismo lugar.

–¿A dónde vas?, me pregunta el más charlatán. –¿Y a dónde vas tú?, le digo. –A Méjico, contesta. –Pues yo también voy a Méjico, replico. De querer atracarme no tenían pinta, pero de nada bueno tampoco. Decidí hacerme el marchoso para intentar sondear de qué iban. Me contaron que acababan de ser deportados de EE.UU: y volvían a sus casas, en sendos pueblos no lejos de la capital. El charlatán se iba en un autocar a las cinco; el otro, más aindiado, a la una de la madrugada. El charlatán apestaba a alcohol. El indio, cada vez que pasaba una chica guapa, me decía: “mira esa; te la regalo”. Una gracia que no veas. Tan pronto se quedaban sentados junto a mí o me pedían ver mi mapa de carreteras, como se levantaban y evolucionaban por la estación ociosamente. Cuando me entró el hambre saqué las provisiones, me preparé un sánduche y les ofrecí uno a cada uno. El charlatán me dio las gracias, pero el moreno no: lo cogió como si se lo debiese. Más adelante le pregunté: –¿Y ya tienes el boleto para tu autobús? –Aún no. Tal vez mañana. –¡Ah! Creí que te ibas a la una. –Sí, me voy a la una. ¡Menudo imbécil! Cansado de ellos, me di por allí un rulo, y al volver ya no estaban; pero no me los había quitado de encima: regresaron al cabo de un rato. En un banco frente a nosotros había una nínfula guapa que nos miraba constantemente, pero como con indiferencia, y en cuanto percibía que alguna de nuestras miradas se dirigía hacia ella, desviaba enseguida la suya. El charlatán intentó ligársela, sin éxito. Ella dijo tener dieciocho añitos (aunque aparentaba trece) y estar casada. Probablemente ambas cosas eran mentira. Por fin se marchó el moreno, sin decirme adiós ni hacer gesto alguno que reconociese mi existencia. Repito: ¡menudo imbécil! El charlatán se quedó todavía un rato hablando conmigo, pero al fin me cansé de su incoherente cháchara y, con una disculpa cualquiera, me despedí. Estuve vagando por el barrio (que era de lo más guarro que pueda uno imaginar) hasta la salida del autocar.

De Laredo a Méjico City en autocar

Casi catorce horas de tranquilo viaje me dejaron a las siete de la mañana del sábado en Méjico, D.F. (o Ciudad de Méjico, aunque no sea lo mismo: la ciudad es, paradójicamente, más grande que el distrito federal). Como era aún demasiado temprano para llamar a Toño, hice algo de tiempo preguntando por los autocares a San Cristóbal y consiguiendo en información un plano de la ciudad. Seguía siendo demasiado temprano cuando finalmente lo llamé, y lo saqué de la cama. Me dio su dirección, que no era muy lejos, y me indicó que cogiera un taxi. No obstante, en parte para darle tiempo a despertarse y ponerse en orden de marcha, y en parte porque no me fío de los taxistas, y menos aún de los mejicanos, famosos por atracar a los clientes, decidí ir en transporte público.

Nada más salir de la estación, lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de “bochitos” (como llaman en Méjico al VW “escarabajo”) que hay por todas partes. Un gran número de taxis son bochitos. Según me enteré después, han estado fabricándolos hasta que, hace muy poco, sacaron una última serie y cerraron la factoría. Mi primera intentona de usar el transporte público fue fallida: cogí uno de esos minibuses o furgonetas privadas (y piratas) que, por un peso –de ahí que los llamen peseros–, te llevan (o no te llevan, como fue mi caso) a cualquier lugar por el que les preguntes; pero encima de no pasar por donde me dijo que pasaba, en lugar de un peso me cobró dos, por mi cara de tonto. A la segunda, cogí el metro, que es fiable, más o menos limpio, rápido y eficiente.

Toño me llevó a almorzar, con Sandra y su familia, a un restaurante bueno y barato; y por la noche a la zona del Zócalo. El domingo comimos, en un restaurante bueno y caro, con Eugenio -que casualmente andaba por allí esos días en viaje oficial- y otros funcionarios españoles, entre ellos el agregado policial del consulado, un tío que iba de cabecilla y que, de hecho, pagó toda la cuenta; aunque apuesto a que luego le giró la factura al Ministerio. Por cierto, los precios en el D.F. están casi al nivel de EE.UU., pero la ciudad es totalmente tercermundista, sucia, muy oscura por la noche (apagan la mitad de las farolas, dizque para ahorrar) y, por lo visto, extremadamente peligrosa. Además, salvo el centro histórico, ni siquiera es bonita; y eso que me llevaron por la mejor zona.

El domingo a las seis de la tarde me encaminé a la TAPO, de cuya terminal salía el bus a San Cristóbal. En este punto, hago una breve digresión: no sé qué tipo de sociedad me gusta menos, si la distante, hipócrita pero civilizada cultura anglo, en que los conductores se paran para que cruces la calle aunque tengas el muñeco en rojo, o la cálida pero incívica hispana, en que, aunque lo tengas en verde, te arrollan si te descuidas. Si los unos son fríos y guardan más las distancias en el trato, a cambio también son más respetuosos. Si la cordialidad de los otros acarrea el derecho a pasarte el coche por encima, que se la lleve el diablo, ¿no? ¿Quién es más individualista, el anglo que no quiere intromisiones en su vida, o el “latino” que, por rascar cuatro pesos, no repara en avasallar a quien sea? Si me gusta poco una sociedad de distantes y desdeñosos burgueses, una de espabilaos muertos de hambre acaso me guste menos. Si me fastidia el típico yanqui ricacho y antojadizo, carente de empatía por no haber conocido nunca tiempos difíciles, igual me fastidia el buscavidas hispano que arrolla a quien haga falta por un poco más de plata. En EE.UU. no temo hacer autostop porque allí es difícil que alguien vaya a atracar a un mochilero; pero aquí, no sé yo, no sé.

El viaje hasta San Cristóbal fue larguísimo: casi diecinueve horas; pero se me hizo entretenido y no me resultó incómodo (salvo al principio, que pasé frío porque el conductor no sabía desempañar el parabrisas y, para evitar la condensación, bajó la temperatura del habitáculo). La última etapa, pasado Tuxtla Gutiérrez, fue muy bonita: la altitud aumenta de manera constante, quizá hasta en 1000 m, y a medida que se asciende, el paisaje es cada vez más imponente. Algunos de los pueblitos del camino son encantadores, pequeñas comunidades indígenas donde la gente viste a lo maya. Uno de ellos, no recuerdo cuál, a la orilla de una laguna entre altas montañas, es el punto más elevado del trayecto. A partir de ahí la carretera desciende un poco.

De Ciudad de Méjico a San Cristóbal de las Casas en autocar

Cuando llegué no vi ni rastro de Eladio, y en un ciberlocal comprobé que no tenía ningún correo suyo. Quizá no recibió los míos, o algo le impidió venir, o anda por la selva. Pero no me importó, porque me pareció que valía la pena quedarme un par de días en esta ciudad. Así que busqué un alojamiento barato y fui a comer. En una “Cocina Económica” de las infinitas que hay me sirvieron un caldo de lentejas y un miserable plato de carne guisada, pero como aquí todo se acompaña con una cesta de tortillas y un plato de arroz, que es lo que te llena, no me quedé con hambre. Y, la verdad, por 15 pesos (1’20 €) no se puede pedir mucho.

San Cristóbal de las Casas es una bonita ciudad de corte colonial y trazado cartesiano, con al menos una docena de iglesias (quizá alguna sea catedral), varias plazas, calzadas de adoquines o piedras, y aceras muy altas, supongo que por las fuertes tormentas. Abunda en pictóricos rincones y gratas vistas, sobre todo desde lo alto de los cerros sobre los que se extiende. Las casas, de una sola planta, son de piedra, ladrillo o adobe, tejado árabe y coloridas fachadas, con predominio del azul portugués, rosas y terracotas. Gracias a su altitud (2100 m), tiene un clima muy agradable incluso para esta latitud tropical. Su vida es bulliciosa y su población, folclórica. Un continuo enjambre de gente fluye por sus calles, de las cuales yo eliminaría a los coches y a los turistas, ambos en exceso. A los coches porque, viejos en su mayoría, usan nauseabundo butano (o GLP), surcan la calzada a velocidad temeraria, sin el menor respeto por los peatones, y atronan la ciudad, contaminándola también acústicamente. Esa eterna prisa de los conductores mejicanos (que van… ¿adónde?) y esa prioridad del auto sobre el peatón dicen muy poco de la fraternidad de este pueblo. Y a los turistas, porque son la gangrena de la hospitalidad: por su causa, el lucro se torna avaricia y cualquier actitud desinteresada se pervierte. Ningún extranjero es visto aquí de otro modo que como una fuente de ingresos. Toda amabilidad, toda curiosidad, se vuelven adulación o empalagosa zalamería.

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