¿Sabrá alguien darme razón del sentido de los “tramos” en los tiempos en que andamos? ¿No son una aberración?
Pago por ganar cuarenta, y me quedan treinta y cinco; y doy en la silla un brinco al ver que me quedan treinta sin la extra de Navidad, y al caer fuera del tramo de beca-universidad.
!Qué sueldo tan puñetero!: Si ganara treinta y ocho dispondría de más dinero.
Se cuestionan los recortes y la ley electoral; y hasta puede acabar mal el ministro de transportes.
Que si el paro, que si el rey: ¡todo está mal en España! Pero nadie mete caña a la Tributaria Ley,
pese a cuya injusticia, el legislador -parece- quiere seguir en sus trece por torpeza… o por nequicia.
Y es que idear una ecuación que la haga más progresiva, ni precisa de inventiva ni de cara educación.
Congresistas, yo os invoco: ganaos lo que os pagamos. Eliminand esos tramos y mejorad esto un poco. ¡No os quedaréis sin subsidio por cometer tramicidio!
El Dr. Snaut (Jüri Järvet) durante su monólogo en la biblioteca de la estación orbital
Esta entrada la escribí hace años, pero como es una reseña atemporal, y como recientemente he releído el libro de Lem en que se basa la película, la publico otra vez, ampliada con nuevos comentarios.
“¿La ciencia? ¡Bobadas! En nuestras circunstancias, la mediocridad y el genio son igualmente inservibles. No estamos interesados en conquistar cosmos alguno: lo que queremos es extender la Tierra hasta los límites del cosmos. No sabemos qué hacer con otros mundos. No necesitamos otros mundos: lo que necesitamos es un espejo. Nos esforzamos por establecer contacto, pero nunca vamos a encontrarlo. Nos hallamos en el insensato dilema de buscar una meta a la que, sin embargo, tememos, y de la que no tenemos necesidad alguna. El hombre necesita al hombre.”
Esta es probablemente la mejor alocución en la película Solaris, de Andrei Tarkovsky (producción soviética que ganó el Gran Premio del Festival de Cannes en 1972), una adaptación libre de la novela homónima de Stanisław Lem (1961).
Aunque más larga y lenta de lo necesario, esta inolvidable película postula lo esencialmente insatisfactorio de cualquier comunicación entre la especie humana y una posible -que no probable- inteligencia exterior. Sus brillantes diálogos y el cautivador tema musical, el carácter de sus personajes y la excelente interpretación de sus actores (entre los que destaca Jüri Järvet, en el papel del doctor Snaut) me llamaron mucho la atención, y quedé hipnotizado no sólo por su elegante puesta en escena, sino por la riqueza de temas sobre los que nos propone meditar.
La trama se desarrolla a bordo de una estación espacial en órbita estacionaria sobre el lejano planeta Solaris, cubierto en su totalidad por un océano que parece ser un organismo pensante. En tanto observan y estudian esta superficie oceánica, los científicos de la estación son a su vez observados y estudiados por el océano, que parece poder sondear sus pensamientos y conciencia, y tiene además la facultad de recrearlos y materializarlos. Tras años de investigación, la misión se encuentra estancada porque todos los miembros de la tripulación han sufrido crisis emocionales. Por eso desde la Tierra envían a un psicólogo para que evalúe la situación; pero no hará sino darse de bruces con los mismos fenómenos misteriosos que el resto de científicos que allí habitan.
Pero la película, aunque magistral, es solo un reflejo pálido —y necesariamente distorsionado— de la novela. Para entender por qué, hay que sumergirse en el texto original.
La novela en que se basa es un sesudo ensayo filosófico sobre las limitaciones antropomórficas del ser humano, que apunta a la futilidad de intentar una comunicación con cualquier vida extraterrestre. No obstante, el libro de Lem es algo más que eso. Aunque seguramente, si pudiera leer esta breve reseña, el escritor Polaco torcería el gesto, creo que Solaris, la novela, es muy en el fondo, pero principalmente, un drama romántico. Una primera lectura sugiere que se trata de una obra de ciencia ficción que incluye una historia de amor como anzuelo para el lector débil; pero yo pienso que es al revés, y que el autor utiliza la filosofía y la ciencia ficción para justificar ante sí mismo escribir sobre el amor. Si bien se mira, la obra tiene todos los ingredientes de la tragedia romántica: un hombre, Kelvin, al que atormenta la culpa por la muerte de su amada, Harey, allá en la Tierra; una amada que regresa en Solaris de manera imposible, “proyectada” por el Océano, y que no es ella en realidad; el amante que intenta redimirse, protegerla, amarla de nuevo; y el sacrificio final que hace Harey para liberar a Kelvin. Si esto no es romanticismo clásico, ¿qué lo es? Pero Lem era un autor pudoroso que, seguramente, sentía vergüenza de su propio romanticismo, y construye toda una estructura filosófica para esconder ese ante sus propios ojos.
En su novela, el deseo humano de amar choca contra la indiferencia del cosmos. El romanticismo decía: “El universo responde al anhelo humano”. Lem dice: “El universo no sabe que existes, y si por azar te responde, lo hará de un modo que te destruirá o te volverá ridículo.” De algún modo, Lem parece esforzarse en desnudar, en despojar de sentido al amor de Kevin por Harey, pero el lector atento puede aprehender lo que hay debajo de esa máscara escéptica. Kevin sabe que su amor es absurdo, y aun así ama. Ese es el más puro romanticismo trágico. Quizá, incluso, esta sea una de las historias de amor más crueles que se hayan escrito: la de un hombre que, consciente de la imposibilidad de un “final feliz”, insiste en amar a un fantasma corpóreo. Y el amor condenado, ¿no es, acaso, el más “auténtico” de todos? El amor romántico por excelencia no es el que triunfa, sino el que fracasa gloriosamente. Kelvin encaja en esa tradición: ama lo que ya perdió, lo que nunca podrá retener, lo que sabe irreal. Esa es la condición misma del amor romántico. Si tuviera esperanza real, sería amor burgués con final feliz.
Aparte, los últimos párrafos de la novela están dedicados a la memoria de Harey, que Kelvin no puede apartar de su cabeza, hasta el punto de que se nos da a entender que decide quedarse para siempre en la estación no por razones científicas o de conocimiento, sino por si acaso algún día su amada “vuelve” contra todo pronóstico. Él sabe que es irracional, y sin embargo espera. Aquí es, acaso, donde mejor se ve el subconsciente de Lem: tras poner toda su artillería científica y filosófica para parecer que está escribiendo una novela sobre el fracaso del conocimiento y los límites de la ciencia, resulta que el motor profundo de la novela, lo que al final la sostiene es el amor imposible de Kelvin por Harey, sin el cual Solaris sería “sólo” un tratado de epistemología con un inquietante trasfondo. Esos últimos párrafos son un homenaje a ese amor que, en una primera lectura, nos pareció ser únicamente la herramienta literaria para facilitar la lectura de una obra de ciencia ficción. Cierto es que un lector inteligente sabe apreciar la filosofía que Solaris contiene, porque es buena y profunda; sin ella, la obra sería un folletín mediocre; pero también aprecia el desesperado y trágico amor de Kelvin, tan trágico que casi duele. ¿Trascendía esto a las intenciones de Lem? No lo sé; un efecto así no se consigue por casualidad, y menos aún contra la voluntad del autor. Quizá, en el fondo, a Lem no le interesaba el lector incapaz de percibir la sutileza de su doble argumento. Él era un elitista. De hecho, un lector que sólo vaya al folletín, a la novela rosa, seguramente no se “tragará” el libro entero: al ver lo complicado que es, lo abandonará a la mitad. Tal vez tenga más sentido que Lem, tan racionalista y desconfiado él, por reparo de escribir una tragedia romántica, la envolviese, como digo, en capas de ciencia ficción y filosofía para esconder la verdadera historia que nos está contando, para hablar del amor sin tener que llamarlo por su nombre. Tal vez hizo una operación de distanciamiento intelectual para no ahogarse en la emoción. Quizá él prefería que lo acusaran de abstruso antes que de sensible.
Volviendo a la película, bien es cierto que Tarkovsky no ayuda a comprender las intenciones que yo atribuyo a Lem: en la película no queda muy claro el papel que corresponde a la filosofía y el que corresponde a la historia de amor, y al espectador que no haya leído la novela le resulta difícil saber cuál de los dos argumentos sostiene al otro. No es esto, quizá, culpa del director ni del guionista: no es posible trasladar a la pantalla el contenido del libro en toda su profundidad y con todos sus detalles; pero hace que la historia se sienta un poco inconexa y que el espectador se pregunte qué nos está contando en realidad el film: ¿filosofía con un hilo conductor amoroso, o romanticismo con un transfondo de ciencia ficción? Aun así, el resultado es impactante. Para mí, esta película es una obra imprescindible; una de tantas, ¡ay!, que el oligopolio de las distribuidoras occidentales rara vez trae hasta nuestras pantallas.
Hoy he avanzado aún menos que ayer: sólo 126 millas. Pero puedo considerarme afortunado, teniendo en cuenta que cuanto más cerca esté de Tejas más difíciles se ponen los jalones, y que he tenido que cruzar de estado por una carretera menor, cosa siempre complicada porque esas carreteras son, en las cercanías del límite estatal, muy poco transitadas.
¡Aaaaa-chisss! Al tocar cualquier objeto de esta casa, el polvo de ocho años que sobre él reposa se levanta sutil, queda en parte adherido a la yema de los dedos, en parte suspendido en el aire, sensible a cualquier vaivén molecular y presto a mudar de sitio, incluyendo mis fosas nasales.
Nota: Este artículo lo escribí y publiqué hace más de una década, a principios de los años 10, tras un viaje por las provincias chinas de Si Chuan y el Tíbet. Con el tiempo se desconfiguró y ha quedado muy … Sigue leyendo →
La abundante luz diurna que se colaba expedita por el ventanal me sacó de la cama bien temprano. Selín ya estaba levantada y, para mi sorpresa, se cebaba unos mates: resulta que su madre era chilena, aunque apenas le había enseñado el español. Le pedí que me convidara, y entonces fue ella la sorprendida: ¿cómo es que me gustaba esa yerba? Allí estuvimos más de una hora mateando y charlando. Su físico me recordaba mucho al de Álvaro Barro Ordovás [un nadador profesional del que me hice amigo en mis tiempos del CIEF, y que estudió conmigo 1º de Náutica en el CHAS], no sólo por su asombroso parecido facial, sino por sus anchos hombros y fuertes manos y antebrazos. Era Álvaro en mujer.
Cuando Laila se marchó ya casi se ponía el sol, y aún me faltaba recorrer media milla por las dunas hasta el lugar de acampada que me asignaron. No fue fácil encontrarlo: la senda no estaba muy bien señalizada y andar por las dunas era difícil. Desde lo alto de una de ellas me paré unos minutos a ver la puesta de sol y disfrutar de los bonitos colores con que se matizaba el paisaje: rosas hacia levante, azules hacia poniente. Tras el ocaso llegó el famoso brusco descenso de temperatura en el desierto, doble o triplemente intenso aquí a causa de la blancura de la arena. De hecho, cuando acabé de poner la tienda hacía ya un frío importante. Me preparé para una larga y gélida noche, como así fue. No eran aún las ocho cuando acabé de organizarlo todo y cenar algo, y entonces me encontré, como otras veces, sin nada que hacer pero sin sueño. Me di un corto paseo por las dunas más próximas, desde cuyas crestas el desierto ofrecía, iluminado por una luna casi llena, un aspecto fantasmal, resplandeciendo con un peculiar tono blanco azulado, como si fuera una imagen proyectada de esa misma luna. Cuando me acosté, el cansancio me ayudó a quedarme dormido; pero a eso de las cuatro me despertaron el frío y las ganas de orinar. Salí de la tienda: el doble techo estaba empapado de rocío y la temperatura era ya muy baja. Eché una meada rápida y me recogí enseguida, pero ya no fui capaz de conciliar de nuevo el sueño: estaba arrecío; así que a eso de las cinco y media empecé a meter todas mis cosas en la mochila, preparándome para la marcha. El cielo empezaba a teñirse con las primeras luces del alba cuando volví a salir para desmontar y plegar la tienda, y el rocío del doble techo se había congelado. Muerto de frío como estaba, no podía quedarme a esperar a que saliera el sol y derritiera el hielo, así que lo enrollé malamente (y con bastante dificultad, pues las ateridas manos apenas me respondían). Me eché la mochila al hombro y me puse en marcha. Aquello había sido, literalmente, como dormir en la superficie lunar.
¡Guau! Cinco días han pasado desde las últimas notas. No pensé que tantos. Yo habría dicho que eran tres. Pero también es cierto que no hay mucho que destacar en estas últimas jornadas.
El día de mi llegada a El Paso, por la noche, trabé conversación con el recepcionista de tarde del hotel, el que quiso ligarse a la guapita. Era el tejano típico, como el resto del país los pinta: fanfarrón, muy orgulloso de su state y con una acento ininteligible. A partir de preguntarle si habría tráfico por la ruta 52 a Alamogordo (“sí, lo hay”) se enrolló contándome las maravillas de El Paso: “La mayoría de la gente se pierde lo mejor de esta ciudad porque no preguntan.” (Oiga, a mí que me registren.) Y se extendió sobre la de cosas que ocurrían allí, conciertos a cargo de artistas de 1ª B, el peazo museo de arte (a mí no me pareció para tanto), lo cerca que quedaban las principales atracciones del país (p.ej. el Grand Canyon a sólo 3 horas), lo barata que era la vida y otros prodigios varios, como por ejemplo un eclipse total de luna dentro de dos o tres días, circunstancia que, por sí sola, haría nacer en el más escéptico un compulsivo deseo de mudarse a El Paso. “En resumen, es el segundo mejor sitio para vivir en EEUU”; afirmación obviamente pensada para provocar en mí la pregunta que no le hice, así que se quedó con las ganas de decirme cuál era el primero, y yo con la curiosidad de saberlo. También me habló de lo mucho que ligaba de joven y de las mujeres mejicanas que se conseguía, preferibles a las nacionales. El tío estaba encantado de haberse conocido y no escuchaba a lo que le decía.
Al final me quedé allí un día más, que transcurrió sin pena ni gloria: leí, recorrí la segunda mejor ciudad de EE.UU., pregunté por autobuses para salir de ella (mi duda era qué ruta tomar para ir a Alamogordo), vi la bonita colección de cuadros del museo de arte y pasé a Méjico una segunda vez, para cenar. La guapita del albergue se había ido aquella misma mañana, junto con los otros dos pollos que habían llegado el mismo día que ella (por cierto, no se quedaron, como yo suponía, en la misma habitación que yo. Supongo que alquilaron una privada). Ese día me bastó para hacerme con downtown El Paso. Tras mi visita al museo (donde las pésimas traducciones al español de las notas explicativas me escandalizaron), compré algo de comida y estuve paseando otra vez por el barrio mejicano. Me llamó la atención que las llamadas locales, desde cabina telefónica (había decenas de ellas), costaban exactamente la mitad que en cualquier otro lugar del estado. Supuse que se debía al menor poder adquisitivo de los chicanos y a su falta de cell phones. Pero la conclusión más importante es que, incluso a 25 ¢, la compañía telefónica gana dinero, así que al resto del país lo están estafando.
La excursión que hice para cenar en Ciudad Juárez fue algo más productiva que la de la víspera. Primero compré unos pesos, a 11 por dólar, en una de las muchas casas de cambio que hay allí, y luego paseé durante un buen rato por las oscuras y bulliciosas calles de downtown Juárez hasta decidirme por uno de los abundantes cutri-locales donde, por el ridículo precio de 23 pesos, me zampé medio pollo y una ensalada de lechuga y tomate, mediocre tirando a mala. Me atendió una sonriente mejicana de invitadora mirada e indiferente conducta. Como el margen entre la compra y la venta de moneda es mínima, al acabar allí volví a cambiar los pesos sobrantes. En total me había dejado cerca de 5 $. Lo que me subió el gasto fueron las dos cervezas que me tomé, más caras que la comida. Se ve que estos mejicatas se aprovechan de que en EE.UU. el alcohol está muy gravado y, como a Juárez van muchos yanquis, suben el precio de la bebida. Al volver a pasar la frontera, la suspicaz funcionaria comprobó mis datos en el ordenador; pero le falló la intuición, pues no había nada ilegal en torno a mi personita, y no tuvo otra que tragarse mi condescendiente sonrisa. Por cierto: al cruzar el mísero río Bravo del Norte vi que ni siquiera fluía: el agua estaba estancada.
Al día siguiente me fui de mañanita a la estación de Limousines de Méjico para coger el bus de las ocho a Las Cruces (o sear, volviendo un trecho por la carretera ya recorrida dos días antes y alejándome de Méjico). Y acerté, ya que ese autobús era más barato y bastante mejor que los de Greyhound. Desde Las Cruces me propuse hacer autostop a White Sands, un desierto (clasificado National Monument) de arena blanca, con sus dunas y todo. Desde donde me apeé del bus hasta donde empecé a hacer dedo tuve que andar tres millas, y todavía continué (con el pulgar extendido) otras tres millas largas hasta las “afueras” de la ciudad. En total, cerca de dos horas de caminata para darme cuenta, casi al final, de que había un bus urbano que por 1 $ me habría llevado desde la terminal hasta allí en diez minutos.
Hacía calor, estaba cansado, me dolía la espalda de cargar las mochilas y tenía sed. Pero pasaban las horas y los coches sin que nadie me diese jalón. En una gasolinera pregunté si se podía ir en bus a Alamogordo. Me dijeron que sólo volviendo a Las Cruces (¡!) y cogiendo el Greyhound de la tarde, a las seis. Eso no me solucionaba nada, y ya me veía pasando otra fría noche en la cuneta. Casi cuatro horas tardó en recogerme un tejano de fuerte acento que apenas me llevó dos o tres millas, haciendo ya casi inviable el posible retorno a Las Cruces; lo cual, por otra parte, despejaba cualquier duda que me quedase al respecto: ya no había marcha atrás. Ese tejano, además, me asustó diciéndome que tuviese cuidado porque los animales que merodeaban por allí eran bastante peligrosos. Seguí, pues, caminando. (Durante estos meses me ha parecido comprobar que es más probable que te den un lift si te ven andando que si estás parado.) Al cabo de largo rato una vieja en un Jeep me dio otro jalón hasta más allá de la base militar de White Sands, pasado Organ y una pequeña sierra desde cuyo collado se divisaba un magnífico paisaje que, ¡ay!, mostraba a las claras la inmensa llanura que aún tenía que recorrer, tan bonita como desmoralizante. La vieja era alemana, de profesión camionera, empleada ahora en la base militar. Decía no gustarle nada España por la discriminación sexista (¡ahí no hay camioneras!) y porque, según ella, casi nadie sabía conducir; en lo cual estuve más o menos de acuerdo. Además me informó de por qué en EE.UU. los camioneros no cogen autoestopistas: “normas de las compañías”; razón poco verosímil que no explica, por ejemplo, por qué sí cogen a las autoestopistas, ni por qué los camioneros propietarios, que no tienen que obedecer esas normas, hacen exactamente lo mismo. Hablaba con una media lengua, silbando eses y ces, y en un volumen tan bajo que apenas la oía. Me cayó fatal. Parecía saberlo todo y creerse superior a los demás, siendo evidente que no lo era, así que me inventé para ella una historia de soltería y amargura. También me recomendó, como el tejano, tener cuidado con los animales, que eran muy peligrosos. ¡Vaya ánimos!
Después de ese jalón continué andando, y al cabo de unos veinte minutos me recogió Laila, una jipi que desde hacía dos meses viajaba en su Jeep lleno de comida, libros, buen karma y un colchón para ser independiente, vivir una aventura y demostrarse a sí misma su propio jipismo; pero confesó haberse dado cuenta de que estaba más sola que la una, que gastaba 40 $ diarios en gasolina sin hacer nada interesante a cambio, y que no estaba disfrutando del viaje; así que se volvía a casa cuando aún tenía más de la mitad de las provisiones intactas. Bajita, gordita y nada guapa, su buen corazón se había apiadado de mí. Iba hasta Tularosa, que se encontraba en mi ruta planeada, pero como yo estaba bastante interesado en pasar la noche en White Sands no tenía mucho sentido aprovechar el ride hasta el final; de lo cual, más adelante, me arrepentiría, visto cómo está de difícil aquí el autostop. Pues bien, la tierna, humanitaria y solidaria Laila me llevó hasta el desierto blanco y, aunque a la pobre debían de estársele haciendo eternos los dos o tres días que le faltaban para llegar a Massachussets y tenía prisa por continuar, pasó allí una hora conmigo. Primero nos adentramos siete millas en el desierto, hasta el final de la carretera interior, para ver las albas dunas. Allí nos bajamos y dimos un paseo.
De El Paso a White Sands en bus, con el tejano y con Laila
White Sands es una llanura blanca con un tono algo harinoso –a causa, al parecer, de un mineral llamado gypsium– y sobre la cual se elevan unas dunas de un blanco inmaculado y no muy altas, de entre 3 y 10 metros como mucho. En el suelo de la llanura la arena es mucho más compacta, no cede al pisar, y en ella crece alguna vegetación escasa y muy espinosa. Lo que más me llamó la atención -aparte del blanco imperante- fue que, tras todo un día con un sol de justicia, la arena de las dunas estaba fría. Tiene lógica, pero era chocante. Desde las más altas se veía un paisaje formidable, y a esa hora del día (sobre las 15:30) la ausencia de sombras y contrastes hacía que la mirada se extraviase, engañando a la vista respecto a forma, tamaño, pendiente y límites de cada duna, que no se percibían bien hasta estar ya casi encima de ellas. La ausencia de referencias en ese océano de blancura me desorientaba y me provocaba cierta pérdida sensorial, como un desequilibrio. Sólo las montañas rojizas, más allá del desierto, me ayudaban a “fijarme” al terreno. Vista la total soledad y silencio reinantes y la facilidad de esconder la tienda tras cualquier duna decidí pagar la tarifa por acampar y pasar allí la noche. Le propuse a Laila que se quedara también, y le ofrecí pagar su estancia (eso me permitiría continuar viaje al día siguiente con ella), pero tenía prisa por seguir y declinó. Bueno, tampoco perdí gran cosa, porque nuestras rutas se bifurcaban apenas treinta millas más allá.
De vuelta en la entrada del parque, tras inscribirme en el visitor center para pernoctar, nos pegamos una merendilla a costa de su gran provisión de víveres. La pobre se deshacía por ayudarme, estaba necesitada de compañía y quería desprenderse de sus toneladas de comida. Me dio dos latas de sardinas, grandes y pesadas, ¡ay! Estos yanquis, que van en coche a todas partes, no ven que un mochilero no puede cargar mucho. Quiso que me llevase un galón de agua, nada menos, pero sólo le acepté una pequeña botella (que luego, cuando se hubo ido, vacié en el suelo tras darle un par de tragos). Era una de esas ingenuas, algo supersticiosas, que creen en la armonía universal, la solidaridad, la mala suerte de los peniques boca abajo, el karma y preservar la vida de las mariposas. Pensé que debía de haberse llevado más de un palo en la vida. Acusaba que su familia la tachara de vagabunda y fracasada, y llevaba un bonito y vistoso tatuaje en el brazo: un ideograma chino que -me dijo- significa “paz”. ¡Como si por tatuarlo en chino fuese a tener más contenido! Eso sí, coincidí con ella en que por Tejas y alrededores había muchos más gilipollas que en el resto del país, y sólo menos que en el deep south. Acabada la merienda, otra vez me llevó al interior del desierto, hasta el arranque de las sendas que van a los puntos de acampada. Allí nos despedimos. Me dio un abrazo al modo estadounidense y se fue, deseándome buen karma Me dio algo de pena, recorriendo el mundo sin disfrutarlo. Añoraba a sus amigos y quizá, aunque no lo dijo, a su komuna.
El viaje a El Paso fue bastante frustrante. Aunque había tres pares de asientos vacíos en el bus (y las plazas no estaban numeradas), tuve que sentarme junto a otro viajero porque toda la primera fila estaba “reservada para discapacitados” (no iba ninguno en ese viaje) y un par de asientos en la segunda fila se los había reservado el copiloto, por toda la cara, para su reposo exclusivo. ¡Pero no los ocupó en ningún momento! Vamos, un auténtico perro del hortelano, que ni descansaba ni dejaba descansar. Tanto el conductor como el copiloto eran negratas; de esos negratas que probablemente se pasan la vida lamentándose del racismo de los blancos y de la opresión a que se ven sometidos los pobres negros. Pues bien: no sólo se reservaron unos asientos que no usaron para nada (eso, en el fondo, fue lo de menos), sino que se pasaron todito el viaje hablando, sin la menor consideración a los pasajeros, con ese volumen, ese tono y esa voz tan inconfundiblemente negrata: sonora, abierta, algo dulzona. Unas voces que, para colmo, traspasaban con tanta facilidad el filtro de mis tapones que era mejor no ponérmelos, ya que sin ellos al menos el resto de los soniddos interferían y ofuscaban en parte esas voces, facilitando un poco el dejar de prestarles atención, pero con ellos únicamente oía la conversación de los dos tipos, clara, limpia y nítida, y no había manera de desconectar mentalmente de ella. Sigue leyendo →
Lo que sigue a continuación es mi traducción de este artículo publicado por Cloven Kingdom en su blog de Substack. A menudo traduzco textos cuyo contenido me parece de especial relevancia o interés; pero en esta ocasión es un poco distinto, pues sobre haber despertado mi interés se añade que yo mismo, si hubiese tenido el talento necesario, podría haber sido el autor de este artículo, ya que no sólo suscribo por completo su contenido, sino que antes de leerlo ya se me habían ocurrido idénticas ideas a las que Cloven Kingdom expone.
Foto: Glengesh Pass, Ireland, by David Noble.
Irlanda proyecta construir unas 300.000 viviendas para el año 2030 con objeto de paliar la grave escasez de oferta inmobiliaria que ha puesto los precios por las nubes. Semejante proyecto significa, inevitablemente, que una mayor porción del bucólico campo irlandés será devorada por el desarrollo. Esta perspectiva, sin embargo, no parece molestar al Partido Verde de ese país, que ambiciona una “Irlanda próspera gracias a la vivienda asequible para cualquier comunidad”.
Por “cualquier comunidad” debemos entender “cualquier sujeto que aparezca por Irlanda con intención de quedarse a vivir.” Rara vez alguien pone el foco en cuánto contribuye la inmigración a la crisis de vivienda. En Irlanda, la tasa neta migratoria se ha doblado desde el 2022 y ahora está en una media de 72.000 nuevos habitantes por año. No obstante, los Verdes irlandeses no tienen intención de protestar contra este obvio factor de la escasez inmobiliaria, ni de hablar sobre el mayor impacto medioambiental que supone el aumento de la población y, por consiguiente, del urbanismo. Sigue leyendo →