Norteamérica 68. San Cristóbal, nido de zapatistas, jipis y etarras

Miércoles, 19 de noviembre. Mismo lugar.

No tiene mucho sentido hacer un relato cronológico de mis movimientos en San Cristóbal. Desde que llegué, mis actividades se han limitado a una serie de paseos por las calles más céntricas y a frecuentes visitas al mercado, mercadillo y ciberlocales. También a una búsqueda continua de alojamiento. La primera noche me quedé en un hostal bien ubicado y de precio imbatible (35 pesos), pero con poco ambiente viajero y mínimo equipamiento; nada que ver con el resto de albergues durante este viaje. No había un espacio común agradable, y la cocina carecía de frigorífico y útiles. Aun así, lo que me decidió a irme fue (aparte la ausencia de mujeres ligables) que los servicios se quedaban sin agua desde las 22:00 hasta las 7:30. Ni para la cisterna había. Además en un local cercano ponían por la noche música bastante alta y se oía desde la habitación. La segunda noche la pasé, atraído por el agradable y soleado aspecto de su patio interior al mediodía, en un lugar llamado –no te lo pierdas– “LOS CAMELLOS”, así con mayúsculas. El logotipo consistía en un camello fumándose un porro, y en todas y cada una de las oes de todos y cada uno de los letreros y avisos habían encajado la A del símbolo ácrata. Sin comentarios. Sigue leyendo

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Norteamérica 67. Granujas de estación; 2000 km por Méjico en autocar

Lunes, 17 de noviembre. San Cristóbal de las Casas (Chiapas, Méjico).

Por la mañana seguía lloviznando. Cuando acabé de recoger y me marché, ya habían abierto el parque y el guarda estaba en la caseta; pero tuve suerte de que no vio desde dónde me aproximaba, y para que no sospechase al verme alejarme, simulé que venía de la carretera a preguntarle cómo ir hasta el centro de Laredo. La maniobra funcionó, y el hombre me explicó dónde coger un bus al downtown. La parada quedaba a una milla, y aún me tocó esperar en ella un buen rato. Por cierto, la conductora de ese autobús hablaba el más perfecto spanglish que he escuchado hasta ahora, y estuvo todo el recorrido de charla con amigas y amantes por el manos libres del móvil.

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Norteamérica 66. Thomas Chavez, con destino a Houston, para servirte

Viernes, 14 de octubre. Nuevo Laredo (Méjico)

No han pasado cuarenta y ocho horas desde que escribí lo último y me parece que han sido el doble. ¿Qué ha sucedido? Nada especial, pero algunas jornadas de viaje pueden hacerse especialmente largas, y así están siendo las dos últimas.

La noche del miércoles fue también bastante buena. Ese viento que se levantó de pronto no me impidió dormir a gusto. Y demasiado a gusto dormí, porque me levanté algo tarde para lo que conviene a un autostopista en estos días que ya son cortos. Por cierto, soñé con Pachi. He olvidado ya la historia, pero como me desperté con lágrimas en los ojos supongo que se trataría de lo de siempre: estamos juntos y la pierdo. Creo que había un tercero por medio, y ella (como en la novela de John Irving que estoy leyendo) no se decidía entre los dos: decía querer a ambos. Pero, bueno, lo importante es que recordar los sueños por la mañana es señal de que estoy durmiendo bien.

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Tramicidio en la Ley General Tributaria

¿Sabrá alguien darme razón
del sentido de los “tramos”
en los tiempos en que andamos?
¿No son una aberración?

Pago por ganar cuarenta,
y me quedan treinta y cinco;
y doy en la silla un brinco
al ver que me quedan treinta
sin la extra de Navidad,
y al caer fuera del tramo
de beca-universidad.

!Qué sueldo tan puñetero!:
Si ganara treinta y ocho
dispondría de más dinero.

Se cuestionan los recortes
y la ley electoral;
y hasta puede acabar mal
el ministro de transportes.

Que si el paro, que si el rey:
¡todo está mal en España!
Pero nadie mete caña
a la Tributaria Ley,

pese a cuya injusticia,
el legislador -parece-
quiere seguir en sus trece
por torpeza… o por nequicia.

Y es que idear una ecuación
que la haga más progresiva,
ni precisa de inventiva
ni de cara educación.

Congresistas, yo os invoco:
ganaos lo que os pagamos.
Eliminand esos tramos
y mejorad esto un poco.
¡No os quedaréis sin subsidio
por cometer tramicidio!

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Solaris, un apunte sobre Lem y Tarkovsky

El Dr. Snaut (Jüri Järvet) durante su monólogo en la biblioteca de la estación orbital

Esta entrada la escribí hace años, pero como es una reseña atemporal, y como recientemente he releído el libro de Lem en que se basa la película, la publico otra vez, ampliada con nuevos comentarios.


“¿La ciencia? ¡Bobadas! En nuestras circunstancias, la mediocridad y el genio son igualmente inservibles. No estamos interesados en conquistar cosmos alguno: lo que queremos es extender la Tierra hasta los límites del cosmos. No sabemos qué hacer con otros mundos. No necesitamos otros mundos: lo que necesitamos es un espejo. Nos esforzamos por establecer contacto, pero nunca vamos a encontrarlo. Nos hallamos en el insensato dilema de buscar una meta a la que, sin embargo, tememos, y de la que no tenemos necesidad alguna. El hombre necesita al hombre.”

Esta es probablemente la mejor alocución en la película Solaris, de Andrei Tarkovsky (producción soviética que ganó el Gran Premio del Festival de Cannes en 1972), una adaptación libre de la novela homónima de Stanisław Lem (1961).

Aunque más larga y lenta de lo necesario, esta inolvidable película postula lo esencialmente insatisfactorio de cualquier comunicación entre la especie humana y una posible -que no probable- inteligencia exterior. Sus brillantes diálogos y el cautivador tema musical, el carácter de sus personajes y la excelente interpretación de sus actores (entre los que destaca Jüri Järvet, en el papel del doctor Snaut) me llamaron mucho la atención, y quedé hipnotizado no sólo por su elegante puesta en escena, sino por la riqueza de temas sobre los que nos propone meditar.

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Norteamérica 65. Smokey, un tipo curtido en una tierra de serpientes y coyotes

Miércoles 12 (continuación).

Hoy he avanzado aún menos que ayer: sólo 126 millas. Pero puedo considerarme afortunado, teniendo en cuenta que cuanto más cerca esté de Tejas más difíciles se ponen los jalones, y que he tenido que cruzar de estado por una carretera menor, cosa siempre complicada porque esas carreteras son, en las cercanías del límite estatal, muy poco transitadas.

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Norteamérica 64. Rola el viento en Oscuro; una proposición indecente

Mismo día y lugar, horas más tarde.

¡Aaaaa-chisss! Al tocar cualquier objeto de esta casa, el polvo de ocho años que sobre él reposa se levanta sutil, queda en parte adherido a la yema de los dedos, en parte suspendido en el aire, sensible a cualquier vaivén molecular y presto a mudar de sitio, incluyendo mis fosas nasales.

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Si Chuan y el Tíbet: una ventana a la China real

Esta galería contiene 104 fotos.

Nota: Este artículo lo escribí y publiqué hace más de una década, a principios de los años 10, tras un viaje por las provincias chinas de Si Chuan y el Tíbet. Con el tiempo se desconfiguró y ha quedado muy … Sigue leyendo

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Norteamérica 63. Dos judías visitan el rancho; Dirk el huraño; un sueño extemporal

Domingo, 9 de noviembre (última parte).

La abundante luz diurna que se colaba expedita por el ventanal me sacó de la cama bien temprano. Selín ya estaba levantada y, para mi sorpresa, se cebaba unos mates: resulta que su madre era chilena, aunque apenas le había enseñado el español. Le pedí que me convidara, y entonces fue ella la sorprendida: ¿cómo es que me gustaba esa yerba? Allí estuvimos más de una hora mateando y charlando. Su físico me recordaba mucho al de Álvaro Barro Ordovás [un nadador profesional del que me hice amigo en mis tiempos del CIEF, y que estudió conmigo 1º de Náutica en el CHAS], no sólo por su asombroso parecido facial, sino por sus anchos hombros y fuertes manos y antebrazos. Era Álvaro en mujer.

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Norteamérica 62. Una helada en el desierto y un rancho llamado Oscuro

Domingo, 9 de noviembre (continuación).

Cuando Laila se marchó ya casi se ponía el sol, y aún me faltaba recorrer media milla por las dunas hasta el lugar de acampada que me asignaron. No fue fácil encontrarlo: la senda no estaba muy bien señalizada y andar por las dunas era difícil. Desde lo alto de una de ellas me paré unos minutos a ver la puesta de sol y disfrutar de los bonitos colores con que se matizaba el paisaje: rosas hacia levante, azules hacia poniente. Tras el ocaso llegó el famoso brusco descenso de temperatura en el desierto, doble o triplemente intenso aquí a causa de la blancura de la arena. De hecho, cuando acabé de poner la tienda hacía ya un frío importante. Me preparé para una larga y gélida noche, como así fue. No eran aún las ocho cuando acabé de organizarlo todo y cenar algo, y entonces me encontré, como otras veces, sin nada que hacer pero sin sueño. Me di un corto paseo por las dunas más próximas, desde cuyas crestas el desierto ofrecía, iluminado por una luna casi llena, un aspecto fantasmal, resplandeciendo con un peculiar tono blanco azulado, como si fuera una imagen proyectada de esa misma luna. Cuando me acosté, el cansancio me ayudó a quedarme dormido; pero a eso de las cuatro me despertaron el frío y las ganas de orinar. Salí de la tienda: el doble techo estaba empapado de rocío y la temperatura era ya muy baja. Eché una meada rápida y me recogí enseguida, pero ya no fui capaz de conciliar de nuevo el sueño: estaba arrecío; así que a eso de las cinco y media empecé a meter todas mis cosas en la mochila, preparándome para la marcha. El cielo empezaba a teñirse con las primeras luces del alba cuando volví a salir para desmontar y plegar la tienda, y el rocío del doble techo se había congelado. Muerto de frío como estaba, no podía quedarme a esperar a que saliera el sol y derritiera el hielo, así que lo enrollé malamente (y con bastante dificultad, pues las ateridas manos apenas me respondían). Me eché la mochila al hombro y me puse en marcha. Aquello había sido, literalmente, como dormir en la superficie lunar.

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