Norteamérica 68. San Cristóbal, nido de zapatistas, jipis y etarras

Miércoles, 19 de noviembre. Mismo lugar.

No tiene mucho sentido hacer un relato cronológico de mis movimientos en San Cristóbal. Desde que llegué, mis actividades se han limitado a una serie de paseos por las calles más céntricas y a frecuentes visitas al mercado, mercadillo y ciberlocales. También a una búsqueda continua de alojamiento. La primera noche me quedé en un hostal bien ubicado y de precio imbatible (35 pesos), pero con poco ambiente viajero y mínimo equipamiento; nada que ver con el resto de albergues durante este viaje. No había un espacio común agradable, y la cocina carecía de frigorífico y útiles. Aun así, lo que me decidió a irme fue (aparte la ausencia de mujeres ligables) que los servicios se quedaban sin agua desde las 22:00 hasta las 7:30. Ni para la cisterna había. Además en un local cercano ponían por la noche música bastante alta y se oía desde la habitación. La segunda noche la pasé, atraído por el agradable y soleado aspecto de su patio interior al mediodía, en un lugar llamado –no te lo pierdas– “LOS CAMELLOS”, así con mayúsculas. El logotipo consistía en un camello fumándose un porro, y en todas y cada una de las oes de todos y cada uno de los letreros y avisos habían encajado la A del símbolo ácrata. Sin comentarios. Lo regentaba una pareja de jipis extranjeros que hacían el amor y no la guerra (ella estaba embarazada y, como prescribe el manual del buen jipi, no usaba sujetador), y lo atendía un italiano alto, delgado y con perilla. Dibujos psicodélicos, pósters del Che (que, como todo el mundo sabe, también era jipi) y frases, poesías o pensamientos de corte revolussionario y pésima calidad, aportación espontánea de huéspedes que habían pasado por allí, adornaban las paredes. El caso es que el lugar, gracias a la encomiable labor de dos sirvientes mejicanas, estaba impecablemente limpio, y la cocina, ddlqc, no estaba mal. De allí me fui por dos cosas: las incómodas duchas, no aptas para sibaritas, y el “hilo musical” que el italiano ponía por la tarde, con música psicodélica a un volumen incompatible con la tranquilidad. Una mujer y yo, únicos huéspedes con capacidad auditiva (el tercero tenía la suerte de ser sordo), tuvimos que pedirle que apagara esa mierda porque queríamos dormir. Además, según me dijo ella, la noche anterior habían organizado una fiesta y no pudo conciliar el sueño hasta pasada la una. Justo cuando me largaba esta mañana, llegaba -¡ay!- una nueva viajerita al dormitorio. Hoy me he alojado en una pensión que me atrajo por la reseña que leí en una guía de viajes, por la aparente amigabilidad (que era sólo aparente lo he comprobado después) de su gerente o dueño y porque el precio incluye desayuno. Pero en cuanto me he mudado y pagado, ya estaba lamentándolo, pues resulta que no hay espacios comunes, la cocina no tiene útiles y en los servicios, bastante precarios, no hay lavabo (sólo una pileta en el patio interior) ni tienen tapa los váteres. Ni siquiera es un albergue propiamente dicho, sino una pensión: en lugar de dormitorios hay habitaciones individuales, que maldito de lo que me sirven. Si mañana no me voy de San Cristóbal, volveré a mudarme, esta vez a un hostal, algo mejor, que he visto y examinado detenidamente esta mañana.

Esta ciudad es un nido de insurgentes. El ambiente revolussionario y zapatista se hace patente en las calles, los nombres de las tiendas, las pintadas, las actividades e incluso en los colegios. Pobres chavales; menudo lavado de cerebro. Atraídos como moscas por la miel(da), algunos vascos han venido aquí a adornar las calles con pintadas de una causa que a esta gente ni le va ni le viene: “Libertad presos políticos del País Basco”, así con be. Supongo que creerán que el terrorismo es aquí visto con simpatía, y que su presencia refuerza y legitima el movimiento zapatista; o a lo mejor al revés. No es imposible que los zapatistas, en su ignorancia de lo que es ETA, o su conocimiento sesgado y monofoco, así lo crean también. Pero entre etarras y zapatistas, me quedo con los segundos. Al menos su ignorancia es involuntaria, inevitable, casi conmovedora. En una pequeña y alegre fiestecilla que vi ayer mañana en el cerro Guadalupe, al pie de una escalinata al cabo de la cual está la iglesia del mismo nombre, y desde donde se goza de una extraordinaria vista de la ciudad, unos párvulos (“alumnos y alumnas” del colegio de…) disfrazados de ejército Pancho Villa bailaban y representaban pequeñas escenas. No deja de ser significativo que el “traje regional” de esta gente sea el uniforme de revolucionario. ¡Vaya un folclore! Como tal nido de insurgentes, y en virtud de una asociación de ideas que aún no me he parado a analizar (aunque sería interesante hacerlo), esta zona atrae un buen número de piojosos, a.k.a. hippies; gente que no distingue la revolución de la anarquía -ya hay que ser zote- y a la que le parece bien todo lo que vaya en contra del poder establecido, a.k.a. “sistema”.

Otra cosa que, en Méjico, me ha llamado la atención desde el primer momento es la preferencia por los colores oscuros en el vestir. Predominan el gris, el azul oscuro y el negro (¿existe el negro oscuro?). Incluso entre los indígenas el negro es color (¿color?) dominante. También me ha llamado la atención lo morenos que son algunos de estos indios, tanto que en ocasiones parecen negros. Me temo que cualquier intento de “camuflarse” aquí, de pasar desapercibido, es inútil, ya que nosotros los “gringos”, con nuestra piel blanca y cara de europeo, destacamos como mosca en la leche. A lo más que puede uno aspirar es a no destacar más aún: obviar sandalias, pantalones cortos, bombachos y gorros de explorador. Claro es que la mayoría de turistas no están interesados, como yo, en disimular que lo son, lo cual me parece perfecto. Otros, por el contrario, lo intentan patéticamente: ya he visto a más de un rubio, alto, con coleta, ojos azules, cara de vikingo y pantalones blancos de colono en la India, llevar por encima un poncho maya. Por cierto, sería interesante analizar mi aversión a lo puramente turístico. Seguro que mi tacañería tiene algo que ver.

Durante mis paseos no tardé en encontrar la zona del mercado, que es enorme y tiene tres sectores. Uno es un mercado como nosotros lo entendemos (pero mucho más sucio): un edificio con puestos de obra donde principalmente se venden productos cárnicos. Ahí los olores (y la oscuridad) son tan fuertes que pocos turistas los resisten. Alrededor de este edificio hay un extenso barrio de puestecillos al aire libre, en disposición tan compacta que resulta difícil circular por los inacabables laberintos, y cuyos bajísimos toldos superpuestos impiden ver el cielo. Ahí se vende fruta, verduras, legumbres, gallinas, ropa, música y todo tipo de cosas. En alguno de sus puntos el olor es nauseabundo. Por este “barrio” se ven muchos extranjeros, sobre todo franceses, que es lo que más abunda. Me pregunto qué se les habrá perdido a los gabachos en Chiapas. Por último, ocupando manzana aparte, está el mercado de comedores, el de sabor local más auténtico y donde, por lo que veo, no hay más extranjero que yo. Es un pequeño laberinto de locales de madera o simples techados de zinc, las llamadas “cocinas económicas”, donde un plato de cualquier cosa (no muy nutritivo por cierto) cuesta sólo 15 pesos. La falta de higiene es flagrante. Ahí he comido varias veces, atraído no sólo por los precios sino por lo verdaderamente exótico del lugar; aunque a la primera estuve a punto de rendirme, porque servían la cocina unas indias que apenas hablaban español (cosa muy común aquí) y no lograban entender mis preguntas sobre cómo funcionaba eso. “¿Cuánto cuesta comer?

–Quince pesos.

–Y por quince pesos, ¿qué obtengo?

–Hay caldo de pollo, sopa de pasta, pollo mole, carne de res… (aquí, toda la retahíla de platos disponibles).

–Sí, pero el precio, ¿qué incluye?

–¿Incluye?

–Sí; por los quince pesos, ¿qué me das? ¿Cuántos platos, bebida, postre..?

–Hay caldo de pollo, sopa de pasta, pollo mole, carne de res…”

Si no es porque otro cliente me explicó la cosa, me habría ido sin enterarme… y sin comer. De todas formas, en estas cocinas la comida es tan aguada, tan poco consistente, que al poco de terminar ya tengo hambre; así que no son tan “económicas” como parecen. Una comida, además, que una vez asimilada genera muchos “residuos orgánicos”, por decirlo finamente; es decir, que en proporción a su volumen tiene poca sustancia limenticia. Por cierto, cuando estaba allí cayó una tormenta que inundó los pasadizos, ya que los canalones desaguan hacia dentro y, además, el entramado de tejados tiene infinitas goteras. Pues bien: me resultó muy curioso ver que esta gente aprovecha las tormentas para, en una actividad frenética, baldear todo el mercadillo: esa es, sin duda, la única limpieza que se efectúa en él.

Cercano a todo esto está otro mercadillo: el de artesanías, este sí atestado de turistas -aunque también paisanos- que acuden a comprar ropa, adornos, textiles y objetos de cuero, sobre todo; artículos, por cierto, no necesariamente más baratos allí que en las tiendas normales, sin duda porque la masiva afluencia de compradores (asumiendo erróneamente que las tiendas son más caras) desequilibra la balanza de oferta y demanda.

Estos días se está celebrando algo aquí. No sé si el 475º aniversario de la existencia del país, o algo similar. [Después he sabido que se trataba del aniversario de la revolución zapatista.] Todos los días hay actividades. Primero, la mencionada fiestecilla en el cerro Guadalupe. Luego, unos desfiles de niños con una banda musical. Anoche, una actuación -bastante mediocre- a cargo de cantantes populares, de la que lo más destacable fue la interpretación de la canción Divinas mujeres a cargo de un pseudomariachi, con lecturas intercaladas sobre la historia de la revolución de Zapata. Había un ambiente de baile bastante agradable, salvo que nadie bailaba. Hoy hay una especie de fiesta, un jubileo en el zócalo con puestos de churros y helados, banda de música y cohetes. Lástima que me he pillado el tercer resfriado del viaje, que va a retenerme aquí más tiempo del previsto porque no me apetece viajar constipado. Aparte, no tengo prisa, y además en este último albergue hay, por fin, chicas con las que charlar.

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Norteamérica 67. Granujas de estación; 2000 km por Méjico en autocar

Lunes, 17 de noviembre. San Cristóbal de las Casas (Chiapas, Méjico).

Por la mañana seguía lloviznando. Cuando acabé de recoger y me marché, ya habían abierto el parque y el guarda estaba en la caseta; pero tuve suerte de que no vio desde dónde me aproximaba, y para que no sospechase al verme alejarme, simulé que venía de la carretera a preguntarle cómo ir hasta el centro de Laredo. La maniobra funcionó, y el hombre me explicó dónde coger un bus al downtown. La parada quedaba a una milla, y aún me tocó esperar en ella un buen rato. Por cierto, la conductora de ese autobús hablaba el más perfecto spanglish que he escuchado hasta ahora, y estuvo todo el recorrido de charla con amigas y amantes por el manos libres del móvil.

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Norteamérica 66. Thomas Chavez, con destino a Houston, para servirte

Viernes, 14 de octubre. Nuevo Laredo (Méjico)

No han pasado cuarenta y ocho horas desde que escribí lo último y me parece que han sido el doble. ¿Qué ha sucedido? Nada especial, pero algunas jornadas de viaje pueden hacerse especialmente largas, y así están siendo las dos últimas.

La noche del miércoles fue también bastante buena. Ese viento que se levantó de pronto no me impidió dormir a gusto. Y demasiado a gusto dormí, porque me levanté algo tarde para lo que conviene a un autostopista en estos días que ya son cortos. Por cierto, soñé con Pachi. He olvidado ya la historia, pero como me desperté con lágrimas en los ojos supongo que se trataría de lo de siempre: estamos juntos y la pierdo. Creo que había un tercero por medio, y ella (como en la novela de John Irving que estoy leyendo) no se decidía entre los dos: decía querer a ambos. Pero, bueno, lo importante es que recordar los sueños por la mañana es señal de que estoy durmiendo bien.

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Tramicidio en la Ley General Tributaria

¿Sabrá alguien darme razón
del sentido de los “tramos”
en los tiempos en que andamos?
¿No son una aberración?

Pago por ganar cuarenta,
y me quedan treinta y cinco;
y doy en la silla un brinco
al ver que me quedan treinta
sin la extra de Navidad,
y al caer fuera del tramo
de beca-universidad.

!Qué sueldo tan puñetero!:
Si ganara treinta y ocho
dispondría de más dinero.

Se cuestionan los recortes
y la ley electoral;
y hasta puede acabar mal
el ministro de transportes.

Que si el paro, que si el rey:
¡todo está mal en España!
Pero nadie mete caña
a la Tributaria Ley,

pese a cuya injusticia,
el legislador -parece-
quiere seguir en sus trece
por torpeza… o por nequicia.

Y es que idear una ecuación
que la haga más progresiva,
ni precisa de inventiva
ni de cara educación.

Congresistas, yo os invoco:
ganaos lo que os pagamos.
Eliminand esos tramos
y mejorad esto un poco.
¡No os quedaréis sin subsidio
por cometer tramicidio!

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Solaris, un apunte sobre Lem y Tarkovsky

El Dr. Snaut (Jüri Järvet) durante su monólogo en la biblioteca de la estación orbital

Esta entrada la escribí hace años, pero como es una reseña atemporal, y como recientemente he releído el libro de Lem en que se basa la película, la publico otra vez, ampliada con nuevos comentarios.


“¿La ciencia? ¡Bobadas! En nuestras circunstancias, la mediocridad y el genio son igualmente inservibles. No estamos interesados en conquistar cosmos alguno: lo que queremos es extender la Tierra hasta los límites del cosmos. No sabemos qué hacer con otros mundos. No necesitamos otros mundos: lo que necesitamos es un espejo. Nos esforzamos por establecer contacto, pero nunca vamos a encontrarlo. Nos hallamos en el insensato dilema de buscar una meta a la que, sin embargo, tememos, y de la que no tenemos necesidad alguna. El hombre necesita al hombre.”

Esta es probablemente la mejor alocución en la película Solaris, de Andrei Tarkovsky (producción soviética que ganó el Gran Premio del Festival de Cannes en 1972), una adaptación libre de la novela homónima de Stanisław Lem (1961).

Aunque más larga y lenta de lo necesario, esta inolvidable película postula lo esencialmente insatisfactorio de cualquier comunicación entre la especie humana y una posible -que no probable- inteligencia exterior. Sus brillantes diálogos y el cautivador tema musical, el carácter de sus personajes y la excelente interpretación de sus actores (entre los que destaca Jüri Järvet, en el papel del doctor Snaut) me llamaron mucho la atención, y quedé hipnotizado no sólo por su elegante puesta en escena, sino por la riqueza de temas sobre los que nos propone meditar.

La trama se desarrolla a bordo de una estación espacial en órbita estacionaria sobre el lejano planeta Solaris, cubierto en su totalidad por un océano que parece ser un organismo pensante. En tanto observan y estudian esta superficie oceánica, los científicos de la estación son a su vez observados y estudiados por el océano, que parece poder sondear sus pensamientos y conciencia, y tiene además la facultad de recrearlos y materializarlos. Tras años de investigación, la misión se encuentra estancada porque todos los miembros de la tripulación han sufrido crisis emocionales. Por eso desde la Tierra envían a un psicólogo para que evalúe la situación; pero no hará sino darse de bruces con los mismos fenómenos misteriosos que el resto de científicos que allí habitan.

Pero la película, aunque magistral, es solo un reflejo pálido —y necesariamente distorsionado— de la novela. Para entender por qué, hay que sumergirse en el texto original.

La novela en que se basa es un sesudo ensayo filosófico sobre las limitaciones antropomórficas del ser humano, que apunta a la futilidad de intentar una comunicación con cualquier vida extraterrestre. No obstante, el libro de Lem es algo más que eso. Aunque seguramente, si pudiera leer esta breve reseña, el escritor Polaco torcería el gesto, creo que Solaris, la novela, es muy en el fondo, pero principalmente, un drama romántico. Una primera lectura sugiere que se trata de una obra de ciencia ficción que incluye una historia de amor como anzuelo para el lector débil; pero yo pienso que es al revés, y que el autor utiliza la filosofía y la ciencia ficción para justificar ante sí mismo escribir sobre el amor. Si bien se mira, la obra tiene todos los ingredientes de la tragedia romántica: un hombre, Kelvin, al que atormenta la culpa por la muerte de su amada, Harey, allá en la Tierra; una amada que regresa en Solaris de manera imposible, “proyectada” por el Océano, y que no es ella en realidad; el amante que intenta redimirse, protegerla, amarla de nuevo; y el sacrificio final que hace Harey para liberar a Kelvin. Si esto no es romanticismo clásico, ¿qué lo es? Pero Lem era un autor pudoroso que, seguramente, sentía vergüenza de su propio romanticismo, y construye toda una estructura filosófica para esconder ese ante sus propios ojos.

En su novela, el deseo humano de amar choca contra la indiferencia del cosmos. El romanticismo decía: “El universo responde al anhelo humano”. Lem dice: “El universo no sabe que existes, y si por azar te responde, lo hará de un modo que te destruirá o te volverá ridículo.” De algún modo, Lem parece esforzarse en desnudar, en despojar de sentido al amor de Kevin por Harey, pero el lector atento puede aprehender lo que hay debajo de esa máscara escéptica. Kevin sabe que su amor es absurdo, y aun así ama. Ese es el más puro romanticismo trágico. Quizá, incluso, esta sea una de las historias de amor más crueles que se hayan escrito: la de un hombre que, consciente de la imposibilidad de un “final feliz”, insiste en amar a un fantasma corpóreo. Y el amor condenado, ¿no es, acaso, el más “auténtico” de todos? El amor romántico por excelencia no es el que triunfa, sino el que fracasa gloriosamente. Kelvin encaja en esa tradición: ama lo que ya perdió, lo que nunca podrá retener, lo que sabe irreal. Esa es la condición misma del amor romántico. Si tuviera esperanza real, sería amor burgués con final feliz.

Aparte, los últimos párrafos de la novela están dedicados a la memoria de Harey, que Kelvin no puede apartar de su cabeza, hasta el punto de que se nos da a entender que decide quedarse para siempre en la estación no por razones científicas o de conocimiento, sino por si acaso algún día su amada “vuelve” contra todo pronóstico. Él sabe que es irracional, y sin embargo espera. Aquí es, acaso, donde mejor se ve el subconsciente de Lem: tras poner toda su artillería científica y filosófica para parecer que está escribiendo una novela sobre el fracaso del conocimiento y los límites de la ciencia, resulta que el motor profundo de la novela, lo que al final la sostiene es el amor imposible de Kelvin por Harey, sin el cual Solaris sería “sólo” un tratado de epistemología con un inquietante trasfondo. Esos últimos párrafos son un homenaje a ese amor que, en una primera lectura, nos pareció ser únicamente la herramienta literaria para facilitar la lectura de una obra de ciencia ficción. Cierto es que un lector inteligente sabe apreciar la filosofía que Solaris contiene, porque es buena y profunda; sin ella, la obra sería un folletín mediocre; pero también aprecia el desesperado y trágico amor de Kelvin, tan trágico que casi duele. ¿Trascendía esto a las intenciones de Lem? No lo sé; un efecto así no se consigue por casualidad, y menos aún contra la voluntad del autor. Quizá, en el fondo, a Lem no le interesaba el lector incapaz de percibir la sutileza de su doble argumento. Él era un elitista. De hecho, un lector que sólo vaya al folletín, a la novela rosa, seguramente no se “tragará” el libro entero: al ver lo complicado que es, lo abandonará a la mitad. Tal vez tenga más sentido que Lem, tan racionalista y desconfiado él, por reparo de escribir una tragedia romántica, la envolviese, como digo, en capas de ciencia ficción y filosofía para esconder la verdadera historia que nos está contando, para hablar del amor sin tener que llamarlo por su nombre. Tal vez hizo una operación de distanciamiento intelectual para no ahogarse en la emoción. Quizá él prefería que lo acusaran de abstruso antes que de sensible.

Volviendo a la película, bien es cierto que Tarkovsky no ayuda a comprender las intenciones que yo atribuyo a Lem: en la película no queda muy claro el papel que corresponde a la filosofía y el que corresponde a la historia de amor, y al espectador que no haya leído la novela le resulta difícil saber cuál de los dos argumentos sostiene al otro. No es esto, quizá, culpa del director ni del guionista: no es posible trasladar a la pantalla el contenido del libro en toda su profundidad y con todos sus detalles; pero hace que la historia se sienta un poco inconexa y que el espectador se pregunte qué nos está contando en realidad el film: ¿filosofía con un hilo conductor amoroso, o romanticismo con un transfondo de ciencia ficción? Aun así, el resultado es impactante. Para mí, esta película es una obra imprescindible; una de tantas, ¡ay!, que el oligopolio de las distribuidoras occidentales rara vez trae hasta nuestras pantallas.

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Norteamérica 65. Smokey, un tipo curtido en una tierra de serpientes y coyotes

Miércoles 12 (continuación).

Hoy he avanzado aún menos que ayer: sólo 126 millas. Pero puedo considerarme afortunado, teniendo en cuenta que cuanto más cerca esté de Tejas más difíciles se ponen los jalones, y que he tenido que cruzar de estado por una carretera menor, cosa siempre complicada porque esas carreteras son, en las cercanías del límite estatal, muy poco transitadas.

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Norteamérica 64. Rola el viento en Oscuro; una proposición indecente

Mismo día y lugar, horas más tarde.

¡Aaaaa-chisss! Al tocar cualquier objeto de esta casa, el polvo de ocho años que sobre él reposa se levanta sutil, queda en parte adherido a la yema de los dedos, en parte suspendido en el aire, sensible a cualquier vaivén molecular y presto a mudar de sitio, incluyendo mis fosas nasales.

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Si Chuan y el Tíbet: una ventana a la China real

Esta galería contiene 104 fotos.

Nota: Este artículo lo escribí y publiqué hace más de una década, a principios de los años 10, tras un viaje por las provincias chinas de Si Chuan y el Tíbet. Con el tiempo se desconfiguró y ha quedado muy … Sigue leyendo

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Norteamérica 63. Dos judías visitan el rancho; Dirk el huraño; un sueño extemporal

Domingo, 9 de noviembre (última parte).

La abundante luz diurna que se colaba expedita por el ventanal me sacó de la cama bien temprano. Selín ya estaba levantada y, para mi sorpresa, se cebaba unos mates: resulta que su madre era chilena, aunque apenas le había enseñado el español. Le pedí que me convidara, y entonces fue ella la sorprendida: ¿cómo es que me gustaba esa yerba? Allí estuvimos más de una hora mateando y charlando. Su físico me recordaba mucho al de Álvaro Barro Ordovás [un nadador profesional del que me hice amigo en mis tiempos del CIEF, y que estudió conmigo 1º de Náutica en el CHAS], no sólo por su asombroso parecido facial, sino por sus anchos hombros y fuertes manos y antebrazos. Era Álvaro en mujer.

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Norteamérica 62. Una helada en el desierto y un rancho llamado Oscuro

Domingo, 9 de noviembre (continuación).

Cuando Laila se marchó ya casi se ponía el sol, y aún me faltaba recorrer media milla por las dunas hasta el lugar de acampada que me asignaron. No fue fácil encontrarlo: la senda no estaba muy bien señalizada y andar por las dunas era difícil. Desde lo alto de una de ellas me paré unos minutos a ver la puesta de sol y disfrutar de los bonitos colores con que se matizaba el paisaje: rosas hacia levante, azules hacia poniente. Tras el ocaso llegó el famoso brusco descenso de temperatura en el desierto, doble o triplemente intenso aquí a causa de la blancura de la arena. De hecho, cuando acabé de poner la tienda hacía ya un frío importante. Me preparé para una larga y gélida noche, como así fue. No eran aún las ocho cuando acabé de organizarlo todo y cenar algo, y entonces me encontré, como otras veces, sin nada que hacer pero sin sueño. Me di un corto paseo por las dunas más próximas, desde cuyas crestas el desierto ofrecía, iluminado por una luna casi llena, un aspecto fantasmal, resplandeciendo con un peculiar tono blanco azulado, como si fuera una imagen proyectada de esa misma luna. Cuando me acosté, el cansancio me ayudó a quedarme dormido; pero a eso de las cuatro me despertaron el frío y las ganas de orinar. Salí de la tienda: el doble techo estaba empapado de rocío y la temperatura era ya muy baja. Eché una meada rápida y me recogí enseguida, pero ya no fui capaz de conciliar de nuevo el sueño: estaba arrecío; así que a eso de las cinco y media empecé a meter todas mis cosas en la mochila, preparándome para la marcha. El cielo empezaba a teñirse con las primeras luces del alba cuando volví a salir para desmontar y plegar la tienda, y el rocío del doble techo se había congelado. Muerto de frío como estaba, no podía quedarme a esperar a que saliera el sol y derritiera el hielo, así que lo enrollé malamente (y con bastante dificultad, pues las ateridas manos apenas me respondían). Me eché la mochila al hombro y me puse en marcha. Aquello había sido, literalmente, como dormir en la superficie lunar.

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