Miércoles 12 (continuación).
Hoy he avanzado aún menos que ayer: sólo 126 millas. Pero puedo considerarme afortunado, teniendo en cuenta que cuanto más cerca esté de Tejas más difíciles se ponen los jalones, y que he tenido que cruzar de estado por una carretera menor, cosa siempre complicada porque esas carreteras son, en las cercanías del límite estatal, muy poco transitadas.
La noche de ayer no pudo ser más cálida y agradable. Esta mañana me levanté prontito, y a eso de las ocho menos cuarto ya estaba en la carretera. Por suerte, esta vez el lugar idóneo para hacer dedo estaba cerca del hospedaje, y en poco más de media hora -creo- me pilló uno que me llevó de un tirón a Carlsbad. Era camionero de profesión, bastante gilipollas y un guarro (lo siento, amigo): tiraba todo el rato basuras por la ventana, se las daba de follador (decía tener tres novias) y de amigo de los autostopistas. Si quieres conseguir jalón en Tejas -me dijo- usa un sombrero vaquero como éste; y sacó del asiento trasero un sombrero precioso, de fieltro negro, el interior de la copa forrado en satén rojo. ¿Y cuánto puede costarme un sombrero como ese, especial para conseguir jalón en Tejas? ¡Oh! Este cuesta unos trescientos dólares. ¡Tócate los cojones! 300 $ por un sombrero; ni que fuera de visón. Me sale más barato viajar en autobús. El caso es que aquí un sombrero “barato” no cuesta menos de 30 $, que ya está bien.
Este gilipollas me hizo un recorrido turístico al llegar a Carlsbad. Es una bonita ciudad, a orillas del río Pecos, eminentemente turística, con mucha zona arbolada, césped y parques en cantidad. De haber tenido tiempo y un albergue donde quedarme, habría pasado al menos un día. Cerca hay ciertas famosas cuevas de varias millas de longitud y una o dos de profundidad (esto último me cuesta creerlo) que me habría encantado ver, pero no quedaban en mi camino ni me apetecía perder una jornada sólo para visitarlas. Pero después he tenido ocasión de arrepentirme, porque un día no es mucho y seguramente valían la pena. En fin, lo mío es arrepentirme de todo. El hombre me dejó sobre la 285, advirtiéndome de que iba a ser jodido conseguir un lift: muy poco tráfico por esa ruta; de modo que me hice una banquetilla con dos bloques de cemento y me dispuse a una larga espera. Me dio tiempo a escribir parte de lo que llevo contado hoy en el diario.
El guarro tenía razón: casi dos horas se hizo esperar el segundo ride del día, y fue muy breve: hasta Loving. Allí me tomé un corn-dog y me puse a andar hacia un pueblo llamado Malaga (sin acento), cinco millas al sur. Salvé a pie esa distancia sin que nadie me recogiera. Malaga apenas tenía quince o veinte casas, y además ahí empezaba lo complicado, porque el siguiente pueblo, más pequeño aún estaba ya en Tejas, al otro lado de la frontera estatal. El tráfico era muy escaso, y casi todos los vehículos que pasaban eran camiones. Más de una hora pasé allí hasta que llegó el tercer y último ride de hoy: un viejo gordo, boquiabierto, desdentado y lengüifuera que no advirtió mi presencia hasta que ya hubo pasado, y que dio marcha atrás para recogerme. Su acento y expresiones no podían ser más tejanos. Su nombre, o apodo, Smokey. Era un veterano ranchero que había tenido una vida dura y difícil, trabajando aquí y allá durante la Gran Depresión, haciendo dedo y riding the freight trains (o sea, de polizón en trenes de carga). Criado en Santa Rosa (Nuevo Méjico), era ahora vecino de Orla (Tejas), una tierra sólo buena, según él, para las serpientes y los coyotes. Al principio, antes de subirme al coche, su lengua fuera me hizo pensar que tal vez fuese subnormal, o algo lelo; pero nada de eso. El buen hombre vivía en un rancho ubicado antes de Orla, pero me llevó hasta el pueblo y me dijo que volvería en un par de horas para ver si seguía allí, en cuyo caso me llevaría hasta Pecos. Respaldado por tal promesa, me permití el lujo de comprar una coca-cola en la tienda de Orla (vale decir: en Orla, pues “Orla” y “la tienda de Orla” son una y la misma cosa, única construcción del pueblo -aparte de un taller- y residencia de sus tres habitantes) y, mientras levantaba el pulgar a los pocos coches que pasaban, me preparé unos sánduches con las sardinas en lata que días atrás me había regalado Laila, la jipi. Unos marchosos se pararon junto a mí en son de burla (iban cinco en el coche y no cabía nadie ḿas), pero no parecían mala gente: me preguntaron a dónde iba y me desearon suerte. Luego se paró otro que me ofreció un ride a Odessa, pero lo desprecié porque no estaba en mi planeado itinerario. No sé si hice bien, pues era una muy buena alternativa que me habría llevado unas cien millas hacia el este. El tercero que se detuvo fue el amigo Smokey, que fiel a su promesa vino a mi rescate y me llevó a Pecos. “Yo he hecho mucho autostop y sé lo que es quedarse tirado. No quiero que eso te pase a ti en esta tierra de serpientes y coyotes.” No sabía cómo agradecérselo, pero él no parecía darle ninguna importancia a su generosidad. You bet, fue su respuesta a mis efusivas gracias; take care. ¡Mira que hay gente maja por el mundo!
Pecos, ciudad sin ley, sede del mítico juez Roy Bean. Tiene un museo y una réplica del despacho del juez, aunque no los he visitado; no tenía tiempo para eso, pues aún hube de caminar casi una hora para llegar al camping, al otro extremo de la ciudad. Me ha costado 10 $. No es una ganga, pero es un precio razonable. En cualquier caso, se ha resuelto felizmente esta jornada que prometía ser difícil. Ahora estoy bien instalado, limpito, cómodo y bien alimentado. Hace un rato se ha levantado un desapacible viento vespertino que espero no me dé la lata esta noche ni la haga más fría de lo necesario. Por suerte, el camping tiene un lugar (club house) donde los sin hogar como yo podemos venir a leer, escribir, comer o relajarnos. Por cierto, hoy he visto el pick-up más descomunal que imaginar se pueda: un F-650 halando de un RV colosal. Ya me habían dicho que estos tejanos son unos exagerados; si bien el colmo de las casas sobre ruedas son precisamente las mobile homes, concepto que sólo en EEUU podía existir: casas diseñadas para que puedan transportarse en un camión. Algunos camping, como este, tienen espacios para ellas, y hay gente que vive así, de un lado para otro con la casa a cuestas.





