Norteamérica 74. Epílogo y valoración retrospectiva

Lunes, 15 de diciembre. Aeropuerto de Newark (New Jersey).

A Susan, la inglesa que tenía miedo de vivir la vida, la conocí el penúltimo día, en el tour del sábado. Era delgada, más o menos bonita y en edad aún núbil. Tenía esa idea, tan arraigada entre la mayoría de la población femenina (y buena parte de la masculina), y casi siempre tan errónea, de que se arreglaba y se vestía sólo para gustarse a sí misma, no a los demás. Como al final nos quedamos cuatro gatos acabando la gira, tuvimos ocasión de hablar un poco. Y aunque al día siguiente cada uno nos dedicamos a nuestras cosas, a la noche coincidimos en la cocina y hablamos otro rato. Vive en el condado de Essex y, con algunas ideas muy claras y algotras bastante confusas, ha hecho un viaje de tres meses para tratar de olvidar a su ex, con quien estuvo doce años. Me temo que difícilmente lo habrá logrado. También para ella el domingo era su último día en la ciudad: ambos volábamos hoy a Europa casi a la misma hora, si bien desde distintos aeropuertos. Vuelve a casa con sus gatos (beware of women with cats!) a replantearse la vida. Según me dijo, trabaja en cuestiones de oficina, de donde supongo que no debe de tener muchos estudios.

Permitió -al más conservador estilo- que yo tomase todas las iniciativas el rato que pasamos juntos: la de darnos un paseo por el parque central, la de tomarnos un café de despedida, la de intercambiarnos direcciones email y la de darle dos besos separarnos. A todo accedió pasivamente. (Por cierto, esos dos cafés, más un sanguche, le costaron a Sue poco más de tres dólares; lo que cobran en Starbucks sólo por un café.) Me preguntó varias cosas sobre mi vida privada y la deslumbré con mi original pero repetido y vacío discurso. Como casi todas ellas, se acobardó. Una más a quien mi encantadora sonrisa y apariencia de corderito engañan. Tal vez pensó que, en el fondo, a mí ella me daba igual; lo cual no era del todo cierto, puesto que se me ocurrió la atractiva y vengativa idea de que follarse a Susan sería un poco como una victoria nacional, como si España se follase al Imperio Británico, máxime cuando, aunque no lo dijo claramente, ella desprecia a España y a los españoles; desprecio que, en mi presencia, le causaba una evidente disonancia cognitiva. Me ha invitado a visitarla en una casa que no tiene. Quiere casarse y ser madre, pero no quiere que los embarazos le estropeen su lindo cuerpecito. Le gustaría que el amor fuese eterno, pero se teme que tengo razón: que no lo es. La verdad, no sé muy bien lo que quiere, pero ella tampoco. Cuando vuelva a casa va a plantearse qué hacer con su vida. No creo que emprenda otro viaje; más bien pienso que elegirá un mal novio y se casará para que no se le pase el arroz. En fin, fue bonito el paseo que nos dimos esta mañana, y me vino fenomenal para ayudarme a pasar la larga espera. Al acabar, se quedó todavía un rato rondando por el hotel, y como no quise ser perrillo faldero le dije adiós en el vestíbulo.

Durante mi trayecto al aeropuerto una venezolana muy simpática me orientó en el cercanías y, durante media hora, me entretuvo con su linda charla: tenía cinco hijos, todos en EE.UU., varones y casados. Sus papás viven en Venezuela, que está muy mal y hay mucha delincuencia. Ella vive en Ellis (Elizabeth Town) y había ido de compras a Nueva York.

Este es el final del viaje. He acortado un poco el relato de las últimas etapas para no empezar un tercer cuaderno. Ahora estoy en el aeropuerto esperando para embarcar, pues aún falta una hora. El tráfico aéreo está retrasado a causa del viento, y el país está entusiasmado por la reciente captura de Saddam Hussein. La venezolana sentía pena por Saddam; dijo que se lo veía humillado. Me gustó esa sinceridad. Sue opinaba que los neoyorquinos son secos en el trato, pero honestos, y que no hay hipocresía en su comportamiento. Ella sabrá.


De ese modo, bastante abrupto, finaliza mi segundo cuaderno de bitácora. Suele ocurrirme que, una vez acabado cualquiera de mis viajes, ya en casa, pierdo la motivación de completar el diario, siquiera sea para recoger las últimas impresiones. Creo que el hecho de “cambiar el chip” hace que varíe sustancialmente mi estado de ánimo; o tal vez sea que, al sumergirme en los quehaceres de la vida cotidiana -que además se acumulan debido a mi ausencia- ya no encuentre el momento adecuado para esos últimos renglones, en tanto que, mientras estoy viajando, suelo tener montones de tiempo libre para extenderme a voluntad sobre cualquier pequeño detalle, e incluso para filosofar. Por otra parte, desde la distancia también pierdo la perspectiva adecuada. De algún modo, me siento “ajeno” a las vicisitudes vividas y, además, me invade la sensación de que, si continuara escribiendo, sería algo impostado, falto de autenticidad: los cuadernos de bitácora (los de verdad, los que se llevan en los barcos) se escriben precisamente desde la bitácora o el cuarto de derrota, a bordo de la nave, no desde casa o la oficina del consignatario.

No obstante, finalizada esta transcripción, realizada dos largas décadas después, me quedan varias impresiones generales muy positivas, la más importante de las cuales es que aquello fue una odisea increíble; el viaje más fascinante y constructivo, desde el punto de vista de la personalidad y el carácter, que he hecho nunca; también el más desafiante. Seguramente -como digo en la introducción- si hubiera sido consciente de su dificultad no me habría sentido con fuerzas para hacerlo; y, sin embargo, las tuve. Creo que demostré un tesón y una entereza de ánimo que no sabía que poseía; o a lo mejor es que la adversidad hace que afloren en nosotros cualidades de las que no somos conscientes; lo cual no significa que siempre vayan a estar ahí a nuestra disposición: hoy soy casi un cuarto de siglo mayor y, objetivamente, me sé incapaz de repetir una aventura semejante. Si bien me alegro de corroborar aquella fortaleza que tuve, no puedo menos que lamentar haberla perdido en gran parte.

Otra de las impresiones, que me hace sonreír para mis adentros, se deriva de la rotundidad de mis opiniones de entonces, algunas de las cuales podrían granjearme hoy día, con las leyes progres en la mano, una condena penal; aunque de esto no debe deducirse que reniegue de esas opiniones ni que estuviesen equivocadas en lo esencial (no todas, al menos), sino sólo que tal vez las moderaría y, en algún caso, las corregiría. Sea como fuere, aquí queda este relato para “la posteridad”; para la poca posteridad que a mí pueda caberme.

Por último, unos datos: a lo largo del viaje, que duró exactamente 6 meses, me recogieron en autostop 192 conductores, con los que recorrí unos 22460 km (algo más de la mitad del perímetro de la Tierra), caminé con las mochilas a cuestas unos 220 km (que no son tantos, si bien se mira, pero cada uno de ellos lo sudé bien) e hice en autobús unos 10900 km, sobre todo durante el último tercio del recorrido total y a causa de dos factores principales: la premura de tiempo y, más que nada, la dificultad de hacer dedo en el sudeste useño.

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Norteamérica 73. De nuevo con los Walter y una fascinante gira por Nueva York

Domingo, 14 de diciembre. Nueva York.

Apenas faltan doce horas para que salga mi avión con destino Madrid, así que estas serán las últimas impresiones del viaje. Un viaje que ha durado lo justo; y si los últimos días se me han hecho un poco pesados ha sido porque no he estado acertado al planificarlos y no he distribuido las estancias en proporción al interés de los lugares. Supongo que las últimas etapas de un viaje con fecha de caducidad son necesariamente así. Como permanecí bastante menos de lo previsto en Nueva Orleáns, y como Nueva York es demasiado cara para quedarme todo lo que me gustaría, mi estancia en casa de los Walter se ha alargado por ambos extremos, y me he quedado una semana con ellos, más de lo necesario e incluso de lo conveniente.

Del matrimonio Walter poco más tengo que comentar que no dijese ya al inicio de este diario. Sólo confirmar el mal futuro que les vaticino [en esto me equivoqué por completo: casi un cuarto de siglo después, siguen juntos] y señalar que he encontrado a Alice menos llorona pero más malhumorada, enfadada casi siempre, ejerciendo su despótico poder sobre la tolerante madre y el pusilánime padre. En cuanto a mis actividades durante esa semana, tampoco hay mucho que decir, pues apenas he hecho más que descansar y pasar el rato leyendo o chateando. Un día fuimos a comer a un mall unas 40 millas al noroeste, todo nevado. Hacía mucho frío y, expuesto a la trapacera descoordinación entre Santiago y Celine, me quedé arrecido. Otro día fuimos a cenar con la esquiva Jennifer (la reportera del Washington Post, madre soltera y sin valor para vivir la vida) y su encantadora, alegre y seráfica hija Ryan. Los Walter compraron el emblemático árbol de navidad, natural, que lucía encantador, de película.

Una noche vinieron a cenar la ejemplar pareja Gregg-Pam, de una perfección empalagosa, y el carismático soltero Roger, que desde nuestro primer encuentro, cinco meses atrás, ya me había invitado a conocer su casa a mi vuelta, y que ahora reiteró la invitación. Acudí uno de los últimos días. Diletante como yo, se autodefine escritor, es aficionado a las artes, toca el piano y vive en un modesto apartamento ubicado en Georgetown -una de las zonas más caras de Washington D.C.- repleto de libros y discos. Llegué sobre las once de la mañana. Un té de bienvenida dio paso al plan para el almuerzo: ¿comeríamos en un restaurante indio, o en su casa, donde tenía preparada una sopa de verduras? Para que no se viera obligado a invitarme fuera, opté por la comida casera, que no estuvo mal. Después dimos un paseo por la orilla del Potomac y, por último, hicimos una sesión de cine, también casera: vimos la película danesa Babette’s feast, que tampoco estuvo mal. Tenía el hombre el DVD sobre la mesa, como al descuido, quizá para alardear de sus gustos europeos. Estuvimos hablando de todo un poco y tuvimos un acalorado debate sobre la incoherencia de las actitudes solidarias que no van acompañadas de una conducta solidaria. Se mostró algo afligido por haberse definido como escritor cuando toda su obra se reducía a unas decenas de cuadernos mal rellenos; me elogió hasta la saciedad, puso gran atención a mis palabras y manifestó llevar esperando desde hacía tiempo nuestro encuentro. No obstante, toda esa calidez contrastó con el nerviosismo y urgencia con que me despidió por la tarde, claramente impaciente por mi marcha, no fuera que perdiese mi último autobús (que no era sino el coche de Celine) y él se viera obligado a llevarme a casa de Santiago. Al final no supe si todo había sido apariencia o si es que esperaba de mí algo que no hice o dije. [Siempre me quedó la duda de si ese tío era maricón.] En opinión de Santiago, esta sociedad estadounidense (o, al menos, la que frecuenta Celine) es así: una fachada muy cálida pero puro convencionalismo social, aparentar, cubrir el expediente de amistad y buena vecindad.

Más sincera y sentida fue mi despedida de los Walter. Santiago me acompañó a la estación y, como nos sobró mucho tiempo, nos metimos en un pub cercano a tomar unas birras que, generosamente, me permitió pagar. Había buen ambiente allí, y nos echamos unas risas a costa de una rubia que, pese a estar con su macizo, vino a pedirme fuego a mí, supongo que atraída su curiosidad por mi exótico y algo extemporal sombrero mejicano. Fue una pena tener que marcharnos, porque se estaba bien ahí.

De Washington D.C. a Nueva York en bus

Mi viaje a Nueva York no fue ninguna maravilla, e incluyó, para variar, una discusión con uno de los empleados de la Greyhound. Llegamos a la terminal a las cinco de la madrugada y allí estuve en un banco hasta las siete, intentando recuperar las horas de sueño que me faltaban. Luego me fui a un hostal en que había apalabrado una reserva por 28 $, pero el gilipollas de recepción me dijo, con muy malos modos, que el check-in no era hasta las once, y ese detalle me disuadió de quedarme. Fui entonces hasta Harlem, donde había otro albergue que costaba 20 $, pero no recordaba la dirección precisa y, después de buscarlo durante dos horas, no logré encontrarlo, así que por último acudí al de Hosteling International, que por 29 $ era una apuesta segura, con idea era quedarme sólo una noche y mudarme al día siguiente al barato, el de Harlem, para las dos noches restantes. Logré averiguar su dirección por Internet y a la tarde le hice una visita de inspección, pero no me convenció: era una casa sin más rótulo que un folio en la puerta donde ponía que, para que te abriesen, había que llamar por teléfono; de modo que acabé pagando los tres días en el de H.I., asumiendo el gasto extraordinaro de 18 $. Y me alegro, porque al final ha valido la pena.

Como el día de mi llegada, viernes, anduve pateando Harlem, encontré que, aunque es un vecindario de tercera clase lleno de negratas, no merece la fama de peligroso que se le atribuye. Los negros que allí viven son de muy distinto talante que los de Luisiana, menos escandalosos, más conscientes de que la calle -y con más razón la ciudad- no es suya por derecho propio, que hay que compartirla con los demás habitantes. Al parecer, el barrio ha cambiado mucho de diez años a esta parte: los negros ya no son tan pobres, han subido de categoría y ahora “la escoria” son los chicanos. De hecho, Harlem está repoblándose de blancos. También di un paseo por el midtown, desde Union Square hasta la famosa 42nd Street, pasando por la Fifth Avenue, Broadway y otros lugares conocidos por las películas. Aunque no llevaba más guía que mi travel book, esa caminata me sirvió para una primera toma de contacto con la famosa ciudad de los rascacielos, incluyendo el Empire State Building, Central Station y la fabulosa, lujosa y elegante biblioteca pública (abierta a todo el mundo: toma nota, Madrid), más el extremo norte de Central Park, con sus patos, ardillas y demás.

Pero sin duda alguna lo mejor fue el tour de ayer, gratis, de diecisiete horas, organizado por el hostal y a cargo de un entusiasta neoyorquino, muy simpático aunque patriota en exceso, que desde las 8:30 de la mañana hasta la 1:30 de la madrugada nos condujo a lo largo de un completo e interesante recorrido de 32 km que nos sirvió para hacernos una idea cabal de Nueva York, incluyendo la historia de sus inicios. Desde Brooklyn hasta South Central Park pateamos todo lo más típico y característico: el puente de Brooklyn, Battery Park, el ferry a Staten Island (desde el que se disfrutan bonitas y relativamente cercanas vistas a la estatua de la libertad), Wall Street, Broad Street, el financial district, el Ground Zero (donde estaban las torres gemelas del WTC), Broadway, la 5ª Avenida, el Palace, el Marriot (con su futurista imagen de los ascensores subiendo y bajando por el núcleo central), Times Square, Chinatown (donde paramos a cenar) y un montón de lugares que no recuerdo. Nos indicó las tiendas más de moda y las más baratas para comprar, los restaurantes más en boga y los más interesantes, lugares para perderse, galerías de arte, museos, parques, monumentos, dónde los neoyorquinos almuerzan, dónde tomarse un café junto a los millonarios, dónde va el dinero, sitios residenciales, etc. Toneladas de información utilísima para quedarse luego una semana más y completar el conocimiento de la ciudad explorándola en detalle. El único inconveniente fue el frío, tan hiriente que la última media hora resultó casi insoportable: ya no prestábamos atención a las indicaciones del guía y sólo pensábamos en volver al albergue. De hecho, a causa de las continuas deserciones, sólo seis de los quince o veinte que iniciamos el tour lo finalizamos. La temperatura había bajado ya hasta –6 °C. Lástima que una inglesa que también aguantó hasta el final, medio atractiva, en sus treinta y tantos, fuese (como Jennifer) de las que tienen miedo de vivir la vida.

Enumero lo más destacable de la gira: la vista del downtown desde Brooklyn; la que hay, fabulosa, desde el ferry hacia la ciudad; los rascacielos, cual fichas de dominó en batería, de la 6ª Avenida; la Estación Central, todo mármol, madera y bóvedas; el centro de Times Square con sus luminosos de neón; el Marriot, el puente de Brooklyn, otros rascacielos cuyo nombre no recuerdo, el Rockefeller Center con su árbol de navidad y pista de patinaje, una calle en el SoHo llena de antiguos cafés y restaurantes estilo europeo, con mucho ambiente, más una plétora de tiendas de todo tipo (dicen que en Nueva York puede comprarse cualquier cosa; no sé si tanto, pero es cierto que la variedad es sorprendente). La visita fue tan interesante que, al acabar, le entran a uno ganas de quedarse a vivir en Nueva York. Según nos aseguró el guía, “es una ciudad tan fascinante que cuanto más se la conoce, más atrae”. Puede ser; pero el alojamiento es demasiado caro y el transporte también: dos dólares cuesta un billete de autobús o de metro.

Hoy, para mi dicha, amaneció nevando y siguió hasta pasado el mediodía. Cinco pulgadas de nieve adornaron un Central Park navideño, y por él estuve dándome un paseo de casi cuatro horas, de norte a sur y vuelta, estrenando en muchos lugares el blanco e inmaculado manto y disfrutando con la visión de albas arboledas, lagos semihelados, lejanos rascacielos cuyas cimas se perdían entre los copos, silentes avenidas, vetustas escalinatas, chorreantes columnas, dinteles, peanas, pedestales y doseles; puentes, pasadizos, una boscosa colina meditando en la blancura, lentos quitanieves trabajando, mascotas paseando a sus amos, excéntricos turistas en calesas de caballos, sacrificados deportistas engullendo millas… La nieve me acompañó con su sedante crujido bajo los pies, con su suave toque sobre los hombros, apacible, pura, solitaria, solemne, grave, triste, adusta, amable, discreta, elegante, silenciosa. Una ardilla gris, de eléctricos movimientos, rompía a saltos la muelle alfombra recién tendida, dejando un ilógico rastro de pisadas. “No podría despedirme mejor la ciudad –le decía yo ayer a la inglesa– que con una buena nevada.” Y mira por dónde, cayó. Así que, gracias, Nueva York; no puedo pedir más. Mis expectativas se han visto sobrepasadas, y no me queda sino esperar en este albergue de 600 plazas, tan impersonal y bullicioso como una estación de tren, a que llegue mañana la hora de marcharme.

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Norteamérica 72. Nueva Orleáns, el mito desmentido y los negros en la picota

Domingo, 7 de diciembre. Washington, D.C.

New Orleans is over. Pero, antes de nada, voy a registrar, con algo de perspectiva espacial, mis principales sensaciones sobre la población eminentemente negra de esa ciudad, y en general sobre los negros estadounidenses.

1. Para empezar, son unos racistas. En mi trato con ellos me he visto a menudo discriminado por ser blanco. Donde un negro obtiene de otro una sonrisa y una detallada explicación, un blanco apenas recibe un gesto con la cabeza. Quizá sólo sean racistas con los chicanos, a quienes consideran “los nuevos intrusos”, no lo sé; pero si los negros, habiendo sido despreciados durante siglos por los anglos, desprecian ahora a los hispanos, eso habla aún menos en su favor.

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Norteamérica 71. De nuevo en EE.UU., quemando en bus las últimas etapas

Domingo, 30 de octubre. Matamoros (Méjico).

La noche anterior a mi marcha de Altamirano dormí poco porque, tras proyectarse Frida en casa de Juan Manuel, los médicos que acudieron se fueron tarde; y ayer mañana yo empecé temprano, camino de la frontera estadounidense, el más peregrino rosario de trayectos que haya hecho antes, ya que viajé en autobuses económicos, de segunda, que suelen hacer recorridos más bien cortos y obligan a un mayor número de transbordos. Con esto no ahorré mucho dinero, pero me divertía la experiencia y, de todas formas, no quería llegar por la noche a la frontera, que es cuando llegaba el bus de larga distancia. Ahora mismo estoy esperando para hacer el último trayecto, pero en las 36 horas precedentes he hecho las siguientes etapas desde Altamirano: 1. Ocosingo (35′), 2. Palenque (2½ h), 3. Dos bocas (20′), 4. Villahermosa (2 h), 5. Coatzacoalcos (3½ h), 6. Veracruz (7 h), 7. Poza Rica (5½ h), 8. Tampico (6 h), 9. Matamoros (7 h). A ese ahorro, de unos 150 pesos (menos de 15 $), hay que añadir el de una noche de alojamiento (pues la he pasado en un bus). Por cierto que Dos Bocas, lugar casi inhabitado, no es sino el punto donde la carretera de Palenque se une a la de Villahermosa, típico cruce ruidoso e inhospitalario, sucio y embarrado, parada informal de buses, donde mucha gente hace transbordos varios.

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Norteamérica 70. Altamirano, la dulce Pati y la conmovedora humildad campesina

Martes, 25 de noviembre. Altamirano (Chiapas, Méjico).

Hace unas 48 horas que llegué a Altamirano. El viaje desde San Cristóbal fue bueno, no demasiado largo: dos horas y media a Ocosingo y otra media hasta aquí. Cuando pregunté en el hospital por Eladio (que en Méjico usa su verdadero nombre, Juan Manuel), no había llegado aún de su capacitación, pero las monjas me acogieron bien y, mientras lo esperaba, me alimentaron (estaba famélico) y estuvieron enseñándome aquello. Me atendió la mismísima sor Mayte, que debe de ser la superiora. Alguien, en determinado momento, me condujo hasta la casa de Juanma, pero estaba cerrada. Llegó al hospital rato después, ya oscurecido. Lo encontré más canoso de como yo lo conociera, y más hermosote, o sea con tripa. Fuimos a cenar unos tacos con Hermenegildo, un chaval que vive con él, y Will, un médico yanqui. En cuestión de media hora ya me había presentado a una docena de personas: monjas, médicos, empleados, amigos…

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Norteamérica 69. Exhibicionismo en los hostales; historia de Kate y Jane

Viernes, 21 de noviembre. Mismo lugar.

Teniendo en cuenta el importante papel -unas veces de mi agrado y otras no- que los youth hostels están teniendo en mi viaje, hago aquí una breve digresión sobre ellos. Aunque su denominador común es el de estar enfocados a huéspedes de bajo presupuesto, esto no es condición necesaria para alojarse en ellos: hay quien los prefiere simplemente por su ambiente viajero. Aparte, no deja de ser significativo que los hostales más populares (al menos en mi experiencia) sean aquellos cuyos lugares comunes (living, cocina, terraza..) son de paso obligado para llegar a los dormitorios. Por otra parte, y deejando a un lado a las parejitas jóvenes que buscan un nido de amor barato y a las parejotas mayores que aspiran a rejuvenecerse por proximidad (en física, a este fenómeno se lo llama simpatía), los albergues cumplen una función muy importante para el viajero: la de escaparate. Sigue leyendo

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Norteamérica 68. San Cristóbal, nido de zapatistas, jipis y etarras

Miércoles, 19 de noviembre. Mismo lugar.

No tiene mucho sentido hacer un relato cronológico de mis movimientos en San Cristóbal. Desde que llegué, mis actividades se han limitado a una serie de paseos por las calles más céntricas y a frecuentes visitas al mercado, mercadillo y ciberlocales. También a una búsqueda continua de alojamiento. La primera noche me quedé en un hostal bien ubicado y de precio imbatible (35 pesos), pero con poco ambiente viajero y mínimo equipamiento; nada que ver con el resto de albergues durante este viaje. No había un espacio común agradable, y la cocina carecía de frigorífico y útiles. Aun así, lo que me decidió a irme fue (aparte la ausencia de mujeres ligables) que los servicios se quedaban sin agua desde las 22:00 hasta las 7:30. Ni para la cisterna había. Además en un local cercano ponían por la noche música bastante alta y se oía desde la habitación. La segunda noche la pasé, atraído por el agradable y soleado aspecto de su patio interior al mediodía, en un lugar llamado –no te lo pierdas– “LOS CAMELLOS”, así con mayúsculas. El logotipo consistía en un camello fumándose un porro, y en todas y cada una de las oes de todos y cada uno de los letreros y avisos habían encajado la A del símbolo ácrata. Sin comentarios. Sigue leyendo

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Norteamérica 67. Granujas de estación; 2000 km por Méjico en autocar

Lunes, 17 de noviembre. San Cristóbal de las Casas (Chiapas, Méjico).

Por la mañana seguía lloviznando. Cuando acabé de recoger y me marché, ya habían abierto el parque y el guarda estaba en la caseta; pero tuve suerte de que no vio desde dónde me aproximaba, y para que no sospechase al verme alejarme, simulé que venía de la carretera a preguntarle cómo ir hasta el centro de Laredo. La maniobra funcionó, y el hombre me explicó dónde coger un bus al downtown. La parada quedaba a una milla, y aún me tocó esperar en ella un buen rato. Por cierto, la conductora de ese autobús hablaba el más perfecto spanglish que he escuchado hasta ahora, y estuvo todo el recorrido de charla con amigas y amantes por el manos libres del móvil.

Ya en el centro, fui a la terminal para preguntar por autocares a Méjico, D.F. La Greyhound vendía el billete a 67 $, pero como intermediaria: sólo te llevaba, cruzando la frontera, a la terminal de Nuevo Laredo, de donde sale el autocar mejicano que va a la capital. Así que me dije: “si cruzo la frontera por mi cuenta y compro el pasaje directamente en Nuevo Laredo, me ahorro la comisión o el sobreprecio de Greyhound.” Y eso hice. Pasé el puesto fronterizo (una vez más sin que nadie, al salir de EE.UU. o al entrar en Méjico, me controlase o pidiese un documento), cambié a pesos los dólares que me quedaban y cogí un bus urbano hasta la terminal, a nada menos que 8-10 km de distancia. Pero, una vez allí, resultó que el billete al D.F. costaba, al cambio, 68 $. O sea que por ir de listillo había incurrido en varias molestias adicionales y, al final, había pagado más.

Como el viaje a Méjico City es largo, escogí un servicio que salía a las 18:00 y llegaba de mañanita: así, al menos, me ahorraba el alojamiento de esa noche. No obstante, faltaban aún varias horas hasta la salida, y para matar el tiempo di una vuelta por aquel suburbio, estuve comprando algunas provisiones, intenté llamar a Toño (sin conseguirlo: maldito si sé cómo funcionan aquí los teléfonos) y busqué una casa de baño para ducharme; pero no me convenció la limpieza de las dos que encontré y tuve que quedarme sin ducha. De regreso a la terminal, estando en la sala de espera, mientras escribía el diario, un par de chavales con tatuajes de protodelincuente se sentaron junto a mí.

Martes, 18 de noviembre. Mismo lugar.

–¿A dónde vas?, me pregunta el más charlatán. –¿Y a dónde vas tú?, le digo. –A Méjico, contesta. –Pues yo también voy a Méjico, replico. De querer atracarme no tenían pinta, pero de nada bueno tampoco. Decidí hacerme el marchoso para intentar sondear de qué iban. Me contaron que acababan de ser deportados de EE.UU: y volvían a sus casas, en sendos pueblos no lejos de la capital. El charlatán se iba en un autocar a las cinco; el otro, más aindiado, a la una de la madrugada. El charlatán apestaba a alcohol. El indio, cada vez que pasaba una chica guapa, me decía: “mira esa; te la regalo”. Una gracia que no veas. Tan pronto se quedaban sentados junto a mí o me pedían ver mi mapa de carreteras, como se levantaban y evolucionaban por la estación ociosamente. Cuando me entró el hambre saqué las provisiones, me preparé un sánduche y les ofrecí uno a cada uno. El charlatán me dio las gracias, pero el moreno no: lo cogió como si se lo debiese. Más adelante le pregunté: –¿Y ya tienes el boleto para tu autobús? –Aún no. Tal vez mañana. –¡Ah! Creí que te ibas a la una. –Sí, me voy a la una. ¡Menudo imbécil! Cansado de ellos, me di por allí un rulo, y al volver ya no estaban; pero no me los había quitado de encima: regresaron al cabo de un rato. En un banco frente a nosotros había una nínfula guapa que nos miraba constantemente, pero como con indiferencia, y en cuanto percibía que alguna de nuestras miradas se dirigía hacia ella, desviaba enseguida la suya. El charlatán intentó ligársela, sin éxito. Ella dijo tener dieciocho añitos (aunque aparentaba trece) y estar casada. Probablemente ambas cosas eran mentira. Por fin se marchó el moreno, sin decirme adiós ni hacer gesto alguno que reconociese mi existencia. Repito: ¡menudo imbécil! El charlatán se quedó todavía un rato hablando conmigo, pero al fin me cansé de su incoherente cháchara y, con una disculpa cualquiera, me despedí. Estuve vagando por el barrio (que era de lo más guarro que pueda uno imaginar) hasta la salida del autocar.

De Laredo a Méjico City en autocar

Casi catorce horas de tranquilo viaje me dejaron a las siete de la mañana del sábado en Méjico, D.F. (o Ciudad de Méjico, aunque no sea lo mismo: la ciudad es, paradójicamente, más grande que el distrito federal). Como era aún demasiado temprano para llamar a Toño, hice algo de tiempo preguntando por los autocares a San Cristóbal y consiguiendo en información un plano de la ciudad. Seguía siendo demasiado temprano cuando finalmente lo llamé, y lo saqué de la cama. Me dio su dirección, que no era muy lejos, y me indicó que cogiera un taxi. No obstante, en parte para darle tiempo a despertarse y ponerse en orden de marcha, y en parte porque no me fío de los taxistas, y menos aún de los mejicanos, famosos por atracar a los clientes, decidí ir en transporte público.

Nada más salir de la estación, lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de “bochitos” (como llaman en Méjico al VW “escarabajo”) que hay por todas partes. Un gran número de taxis son bochitos. Según me enteré después, han estado fabricándolos hasta que, hace muy poco, sacaron una última serie y cerraron la factoría. Mi primera intentona de usar el transporte público fue fallida: cogí uno de esos minibuses o furgonetas privadas (y piratas) que, por un peso –de ahí que los llamen peseros–, te llevan (o no te llevan, como fue mi caso) a cualquier lugar por el que les preguntes; pero encima de no pasar por donde me dijo que pasaba, en lugar de un peso me cobró dos, por mi cara de tonto. A la segunda, cogí el metro, que es fiable, más o menos limpio, rápido y eficiente.

Toño me llevó a almorzar, con Sandra y su familia, a un restaurante bueno y barato; y por la noche a la zona del Zócalo. El domingo comimos, en un restaurante bueno y caro, con Eugenio -que casualmente andaba por allí esos días en viaje oficial- y otros funcionarios españoles, entre ellos el agregado policial del consulado, un tío que iba de cabecilla y que, de hecho, pagó toda la cuenta; aunque apuesto a que luego le giró la factura al Ministerio. Por cierto, los precios en el D.F. están casi al nivel de EE.UU., pero la ciudad es totalmente tercermundista, sucia, muy oscura por la noche (apagan la mitad de las farolas, dizque para ahorrar) y, por lo visto, extremadamente peligrosa. Además, salvo el centro histórico, ni siquiera es bonita; y eso que me llevaron por la mejor zona.

El domingo a las seis de la tarde me encaminé a la TAPO, de cuya terminal salía el bus a San Cristóbal. En este punto, hago una breve digresión: no sé qué tipo de sociedad me gusta menos, si la distante, hipócrita pero civilizada cultura anglo, en que los conductores se paran para que cruces la calle aunque tengas el muñeco en rojo, o la cálida pero incívica hispana, en que, aunque lo tengas en verde, te arrollan si te descuidas. Si los unos son fríos y guardan más las distancias en el trato, a cambio también son más respetuosos. Si la cordialidad de los otros acarrea el derecho a pasarte el coche por encima, que se la lleve el diablo, ¿no? ¿Quién es más individualista, el anglo que no quiere intromisiones en su vida, o el “latino” que, por rascar cuatro pesos, no repara en avasallar a quien sea? Si me gusta poco una sociedad de distantes y desdeñosos burgueses, una de espabilaos muertos de hambre acaso me guste menos. Si me fastidia el típico yanqui ricacho y antojadizo, carente de empatía por no haber conocido nunca tiempos difíciles, igual me fastidia el buscavidas hispano que arrolla a quien haga falta por un poco más de plata. En EE.UU. no temo hacer autostop porque allí es difícil que alguien vaya a atracar a un mochilero; pero aquí, no sé yo, no sé.

El viaje hasta San Cristóbal fue larguísimo: casi diecinueve horas; pero se me hizo entretenido y no me resultó incómodo (salvo al principio, que pasé frío porque el conductor no sabía desempañar el parabrisas y, para evitar la condensación, bajó la temperatura del habitáculo). La última etapa, pasado Tuxtla Gutiérrez, fue muy bonita: la altitud aumenta de manera constante, quizá hasta en 1000 m, y a medida que se asciende, el paisaje es cada vez más imponente. Algunos de los pueblitos del camino son encantadores, pequeñas comunidades indígenas donde la gente viste a lo maya. Uno de ellos, no recuerdo cuál, a la orilla de una laguna entre altas montañas, es el punto más elevado del trayecto. A partir de ahí la carretera desciende un poco.

De Ciudad de Méjico a San Cristóbal de las Casas en autocar

Cuando llegué no vi ni rastro de Eladio, y en un ciberlocal comprobé que no tenía ningún correo suyo. Quizá no recibió los míos, o algo le impidió venir, o anda por la selva. Pero no me importó, porque me pareció que valía la pena quedarme un par de días en esta ciudad. Así que busqué un alojamiento barato y fui a comer. En una “Cocina Económica” de las infinitas que hay me sirvieron un caldo de lentejas y un miserable plato de carne guisada, pero como aquí todo se acompaña con una cesta de tortillas y un plato de arroz, que es lo que te llena, no me quedé con hambre. Y, la verdad, por 15 pesos (1’20 €) no se puede pedir mucho.

San Cristóbal de las Casas es una bonita ciudad de corte colonial y trazado cartesiano, con al menos una docena de iglesias (quizá alguna sea catedral), varias plazas, calzadas de adoquines o piedras, y aceras muy altas, supongo que por las fuertes tormentas. Abunda en pictóricos rincones y gratas vistas, sobre todo desde lo alto de los cerros sobre los que se extiende. Las casas, de una sola planta, son de piedra, ladrillo o adobe, tejado árabe y coloridas fachadas, con predominio del azul portugués, rosas y terracotas. Gracias a su altitud (2100 m), tiene un clima muy agradable incluso para esta latitud tropical. Su vida es bulliciosa y su población, folclórica. Un continuo enjambre de gente fluye por sus calles, de las cuales yo eliminaría a los coches y a los turistas, ambos en exceso. A los coches porque, viejos en su mayoría, usan nauseabundo butano (o GLP), surcan la calzada a velocidad temeraria, sin el menor respeto por los peatones, y atronan la ciudad, contaminándola también acústicamente. Esa eterna prisa de los conductores mejicanos (que van… ¿adónde?) y esa prioridad del auto sobre el peatón dicen muy poco de la fraternidad de este pueblo. Y a los turistas, porque son la gangrena de la hospitalidad: por su causa, el lucro se torna avaricia y cualquier actitud desinteresada se pervierte. Ningún extranjero es visto aquí de otro modo que como una fuente de ingresos. Toda amabilidad, toda curiosidad, se vuelven adulación o empalagosa zalamería.

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Norteamérica 66. Thomas Chavez, con destino a Houston, para servirte

Viernes, 14 de octubre. Nuevo Laredo (Méjico)

No han pasado cuarenta y ocho horas desde que escribí lo último y me parece que han sido el doble. ¿Qué ha sucedido? Nada especial, pero algunas jornadas de viaje pueden hacerse especialmente largas, y así están siendo las dos últimas.

La noche del miércoles fue también bastante buena. Ese viento que se levantó de pronto no me impidió dormir a gusto. Y demasiado a gusto dormí, porque me levanté algo tarde para lo que conviene a un autostopista en estos días que ya son cortos. Por cierto, soñé con Pachi. He olvidado ya la historia, pero como me desperté con lágrimas en los ojos supongo que se trataría de lo de siempre: estamos juntos y la pierdo. Creo que había un tercero por medio, y ella (como en la novela de John Irving que estoy leyendo) no se decidía entre los dos: decía querer a ambos. Pero, bueno, lo importante es que recordar los sueños por la mañana es señal de que estoy durmiendo bien.

Cuando acabé de recoger, me encaminé a la carretera, y tuve suerte: me recogió el segundo coche que pasó. Lo conducía un mejicano sencillo, naturalizado en EE.UU., que tenía una empresa de potabilización de aguas. Me llevó hasta Fort Stockton porque le caí bien, ya que él no iba exactamente allí. Ya lo digo yo siempre: no hay como ser simpático y buena gente para que le vayan a uno bien las cosas. Me soltó el rollo creyente (no todo puede ser perfecto), pero no en plan sermón, sino explicándome su fe. Aparte, ya muy escarmentado, esta vez no caí en el error de expresar mi descreimiento y le seguí la corriente, lo cual puso pronto fin al tema. Hablaba en spanglish, ese cambio constante entre español e inglés tan común en Nuevo Méjico y Tejas, sobre todo entre gente joven o algo snob. Me pareció un buen hombre. Se lamentaba de que hoy día ya nadie quería trabajar porque las nuevas generaciones habían tenido la vida muy fácil. Decía no temer coger a autostopistas porque había combatido en Vietnam, y si Dios no se lo llevó entonces, ¿por qué iba a llevárselo ahora? Creía que no podía pasarle nada peor que aquello. En ese momento, saqué la pistola y le pegué dos tiros.

Llegados a Fort Stockton, me dejó en el extremo opuesto al que me convenía, y hube de cruzar la ciudad entera. Fue un día desesperante. Me di cuenta de que, poco a poco, he ido aumentando mi tolerancia a no conseguir jalón hasta límites inaceptables: una cosa es pasarse la jornada haciendo dedo para avanzar apenas 150 millas con ocho rides, y otra cosa es hacerlo para no avanzar nada de nada. Éste fue el caso ayer. Primero me puse en una carretera estatal, la 285 dirección Sanderson, sin ningún éxito. El tráfico, quizá por ser día 13, era escasísimo. Luego me puse en un carril de acceso a la autopista (Interestate 10) en dirección Sonora, pero en los 15 minutos que estuve allí no pasó ni un coche, así que volví al punto anterior en la 285. Otra larga e infructuosa espera acabó con mi paciencia, y cambié por tercera vez de lugar, poniéndome en esta ocasión donde me había dejado horas atrás el mejicano, para lo cual hube de recorrer de nuevo las dos millas largas que medía la ciudad. Tenía la esperanza de que este otro acceso a la I-10 tuviese más tráfico, pero fue una caminata en vano, ya que no pasaba ni Cristo. De hecho, la propia I-10 apenas tenía tráfico; sólo se veían camiones. Sin saber ya qué hacer, me puse a andar a lo largo de la autopista, aunque está prohibido, con la vaga idea de alcanzar el más oriental de los accesos y recoger así todo el tráfico posible. Llevaba cerca de seis horas haciendo dedo y otras tantas millas caminadas cuando, de pronto, sucedió lo inaudito: sin siquiera levantarle el pulgar, un camionero se paró. Era Thomas Chavez, con destino a Houston, para servirme. ¿A dónde iba yo? A Sonora. Pues vámonos.

Este tipo también hablaba en spanglish, aunque el spa le costaba más que el nglish, y poco a poco, a medida que se olvidaba del primero, su acento se tornaba más incomprensible; sobre todo porque no tenía dientes. Gordo como una foca, diabético y ex cocainómano, sus genes eran una mezcla de indio, mejicano y anglo que había dado como resultado un ser deplorable en lo físico, pero no en lo moral. Como es habitual, aunque los conductores son casi todos unos gilipollas, los que te recogen se deshacen en amabilidades. El amigo Thomas estaba encantado -¡lo que son las cosas, madre mía!- de que el Señor le hubiese enviado un autostopista. Aburrido y cansado, desde hacía una hora rezaba por un hitchhiker, y mira por dónde aparecí yo. ¿No probaba eso la existencia de Dios más allá de cualquier duda razonable? Yo me preguntaba por qué no habría más conductores como él, y también por qué a estos creyentes les cuesta tanto concebir las casualidades. Pero, bueno, me salvó el día. Mira tú por dónde, iba a llegar a Sonora cuando ya no lo esperaba. Y más allá incluso, pues en vista de cómo estaba el percal de los rides, y escarmentado del que había rechazado a Odessa anteayer, decidí sobre la marcha seguir hasta San Antonio con Thomas; lo cual, como se verá, resultó providencial. Este desdentado era dicharachero, comilón y algo excéntrico. Prefería hablar a escuchar (lo cual me hizo preguntarme para qué pedía a Dios un hitchhiker, si un muñeco de cartón le habría servido igual), le encantaba utilizar la emisora de CB, ponía la música a todo volumen, adoraba a Eric Clapton y se tiraba unos pedos asfixiantes y vomitivos. En casi todo el viaje -más de cinco horas- no dejó de parlotear. Me habló de sus nueve hermanos, de su padre el pichabrava, que a los 72 había vuelto a casarse y engendrado dos hijos más, de sus amigos cerveceros, que al salir de gira dejaban el campo lleno de latas y botellas, de su novia (¡cómo!, ¿había una novia para ese adefesio?), del nuevo camión que iban a entregarle en un mes, del tipo aquel al que se le había jodido el coche en una truck stop y que, sin dinero para arreglarlo, se empleó allí y se quedó varios meses, de cómo no lo admitieron para combatir en Vietnam aunque todos sus hermanos habían ido… y regresado vivos, de lo buen presidente que era Bush padre (la primera persona a quien oigo hablar bien de Bush sin avergonzarse), de cómo había perdido la dentadura por tomar coca para conducir más horas, de sus irreprimibles ganas de comer, y de mil cosas más. Era una persona positiva, alegre, optimista y muy respetuosa para con los demás. Huelga decir que me invitó a cenar. ¡Y cómo disfrutó ese platazo! Durante la cena, compró varios boletos de lotería instantánea y, todo ilusionado, me regaló otros tantos. No tengo ninguna duda de que si me hubiese tocado un premio él habría respetado mi titularidad. Le dio una generosa propina a la camarera y, para concluir, me obsequió una cámara de fotos de usar y tirar que tenía por ahí. Así que fue un viaje bastante entretenido. Me dejó, adelantándose a mi preocupación, en una truck stop al sur del gigantesco San Antonio —sobre la autopista que va hacia el sur, a Laredo—, donde había unos cien camiones repostando, o descansando sus conductores antes de encaminarse a la frontera mejicana. Él seguía hasta Houston. Antes de despedirnos me dio algunos consejos para conseguir jalón y expresó su agradecimiento por mi compañía, pues —decía— en otro caso habría hecho una parada ya bastante atrás.

De Pecos a Laredo en tres rides, principalmente Thomas Chavez

Yo di unas vueltas por aquel lugar en busca de algún rincón donde poner la tienda, pero no encontré ninguno lo bastante escondido. Luego le pregunté a un empleado si había problema en acampar allí, y ya estaba el tío torciéndome el morro, diciéndome que no los autorizaban a que “ande gente por aquí” (tócate los huevos, en una parada de camioneros, ochenta de ellos durmiendo y otros veinte llegando o saliendo, repostando, paseando o comprando, el único que “anda por aquí” era yo), cuando un hombre que escuchó la conversación me preguntó si iba a Laredo y si quería ir ahora. Sí, quiero. Y a Laredo nos fuimos. Era un tipo joven que iba allá por negocios, tenía sueño y yo le venía bien para no dormirse. La simbiosis perfecta. El viaje fue normal; hablamos de temas varios, ni muy interesantes ni muy aburridos. Lo jodido fue al llegar: lloviznaba, era muy tarde y el camping —que como vi después, más que un camping en condiciones era un pequeño parque con una zona de acampada— estaba cerrado: no había nadie en la entrada, una barrera impedía el paso de vehículos y la zona de acampada quedaba dos kilómetros hacia dentro. Como no me apetecía andar esa distancia -y poner la tienda- bajo la lluvia, y como además era algo carito, decidí pasar la noche bajo un galpón con mesas que había cerca de la entrada y largarme antes de que abriesen el parque. Y pese a circunstancias tan precarias, habría sido una buena noche de no ser por los mosquitos: no me los esperaba a estas alturas del otoño y me cogieron desprevenido; en cinco minutos me pusieron a caldo, y me dieron la tabarra el resto de la noche. Con todo, acostado sobre una de las grandes mesas de pícnic, pude dormir algo.

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Tramicidio en la Ley General Tributaria

¿Sabrá alguien darme razón
del sentido de los “tramos”
en los tiempos en que andamos?
¿No son una aberración?

Pago por ganar cuarenta,
y me quedan treinta y cinco;
y doy en la silla un brinco
al ver que me quedan treinta
sin la extra de Navidad,
y al caer fuera del tramo
de beca-universidad.

!Qué sueldo tan puñetero!:
Si ganara treinta y ocho
dispondría de más dinero.

Se cuestionan los recortes
y la ley electoral;
y hasta puede acabar mal
el ministro de transportes.

Que si el paro, que si el rey:
¡todo está mal en España!
Pero nadie mete caña
a la Tributaria Ley,

pese a cuya injusticia,
el legislador -parece-
quiere seguir en sus trece
por torpeza… o por nequicia.

Y es que idear una ecuación
que la haga más progresiva,
ni precisa de inventiva
ni de cara educación.

Congresistas, yo os invoco:
ganaos lo que os pagamos.
Eliminand esos tramos
y mejorad esto un poco.
¡No os quedaréis sin subsidio
por cometer tramicidio!

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