Domingo, 7 de diciembre. Washington, D.C.
New Orleans is over. Pero, antes de nada, voy a registrar, con algo de perspectiva espacial, mis principales sensaciones sobre la población eminentemente negra de esa ciudad, y en general sobre los negros estadounidenses.
1. Para empezar, son unos racistas. En mi trato con ellos me he visto a menudo discriminado por ser blanco. Donde un negro obtiene de otro una sonrisa y una detallada explicación, un blanco apenas recibe un gesto con la cabeza. Quizá sólo sean racistas con los chicanos, a quienes consideran “los nuevos intrusos”, no lo sé; pero si los negros, habiendo sido despreciados durante siglos por los anglos, desprecian ahora a los hispanos, eso habla aún menos en su favor.
2. Son unos déspotas; salvo que esta característica sea exclusiva de los conductores de autobús. Y es que no he visto trato más despótico que el que los chóferes de la Greyhound, negros en su 95%, deparan a los pasajeros. Ese despotismo, originado quizá tras una secular opresión racial y favorecido por el hecho de que la mayoría de tales empleados son de la más baja extracción social, sale a relucir con especial virulencia entre los conductores, que parecen creerse sargentos de instrucción. No descarto la posibilidad de que me hayan tomado por mejicano (muchos de los cuales son bastante blancos), lo cual me habría expuesto a una mayor desconsideración. Alguien me señaló a este respecto que, con relación a los chicanos, los negros se miran al mismo nivel que los güeros porque, a causa de la esclavitud, sienten que se han hecho un sitio en el país y “ganado el derecho” a la igualdad, mientras que los hispanos, ¿qué han sufrido -sería la pregunta implícita- para merecerse un trato igualitario?
3. Son escandalosos. Les encanta hacer ruido, hablar a voces de un lado a otro de la calle, poner la música a todo volumen, pegar acelerones al coche, pelearse o insultarse a grito pelado, etcétera. Hasta vi un pirado que, llevando por gorro un pequeño paraguas “sin manos”, se paseaba por Nueva Orleáns discurseando con un megáfono.
4. Les gusta llamar la atención y son excéntricos hasta la ridiculez, con sus trenzados en “piel de sandía”, sus enormes gorros de lana, sus vistosas hirientes ropas multicolor y sus patéticos pantalones de cintura baja y culera en el corvejón; pantalones que, para no impedir la locomoción, deben ser de una anchura tan desmesurada que a menudo obligan a quien los viste a sujetárselos todo el rato con la mano para que no se le caigan.
En resumen, no me gustan los negros de EEUU, con su eterna actitud de descontento y desprecio hacia todo, y un victimismo que parece que fueran los únicos con derecho a quejarse. La pretensión, cada vez más infundada, de ser víctimas de una discriminación endémica por parte del sistema les vale como pretexto para hacer otro tanto con los demás y rebelarse contra todo. Pero son verdaderos rebeldes sin causa, y unos gilipollas en su mayoría. Las negras, ya ni te cuento. Ni que decir tiene que las relaciones de pareja negro/blanco son asimétricas: un negro puede emparejarse con una blanca porque se presume que ella acepta “descender” de categoría o “compensar” la injusticia histórica (si es que no intenta simplemente demostrarse a sí mismas su progresismo y falta de prejuicios). Una negra y un blanco, en cambio, es inviable, porque refuerza el complejo de esclavitud; así que las negras ni miran a los blancos.
Nueva Orleáns me decepcionó. Mucho ruido y pocas nueces. Su fama de “ciudad del pecado” en EE.UU. no es más que un mito. En su famosa calle Bourbon (curioso: por la noche la cortan al tráfico y se convierte en peatonal) no hay más que tíos, en su mayoría turistas, en busca de unas inexistentes mujeres que supuestamente se acostarán con ellos por su cara bonita. También hay, claro, mujeres emparejadas, y algunas solas que vienen atraídas por la abundante oferta masculina. Todo a lo largo de Bourbon Street y otras calles aledañas del French quarter no hay más que bares, pubs, bistros, topless, bottomless y otros negocios cuyo reclamo es una indefinida promesa de sexo fácil: mujeres en ropa interior a la puerta de los locales, mujeres supuestamente desnudas tras unas pantallas translúcidas que revelan sus siluetas al viandante, tableros llenos de fotografías eróticas, and so on. En muchos de los bares hay grupos tocando en vivo; y en todos se pasean constantemente por entre el público unas chicas, escasamente vestidas de negro, que portan una gradilla llena de tubos de ensayo con líquidos de diferentes colores: son los llamados shots, mínimos chupitos de color. La gracia consiste en que la chica te sirve el chupito sujetando con la boca el tubo de ensayo por el fondo y, con un despliegue “artístico” muy cutre de sensuales contoneos, vacía su contenido en tu garganta mientras restriega su cuerpo contra el tuyo. Lamentable y vulgar.
Yo me presenté allí en la happy hour, única hora asequible para un pobre; me pedí tres Coronas y me las bebí con parsimonia mientras observaba con atención el ambiente a mi alrededor. Aparte de varias ofertas de shot, que decliné, la única persona desinteresada que se me acercó fue un tipo de Nueva York, tan colgado como yo, y cuyos dos intentos de abordar a mujeres, según hablábamos, sufrieron sendos estrepitosos fracasos.
La zona más conocida, turística e interesante de la ciudad es el French quarter: unas cincuenta manzanas de casas antiguas con bonitas balconadas que hacen pórtico sobre la acera. Ahí se concentra la mayor parte de la vida diurna y nocturna, que suele alargarse hasta la madrugada. Hay en ese barrio una atmósfera pseudocultural de librerías de viejo, cafés (quizá el más famoso, el Café du Monde), galerías de arte, talleres de fotografía y vida musical, todo ello mezclado con el oscurantismo de la magia y el vudú. Pero es una atmósfera flagrantemente turística e impostada. En uno de los portales, un cartel rezaba “vudú auténtica”; y digo yo: si generalmente se acepta que el vudú es una farsa, ¿cómo puede haber vudú auténtico? Hasta la música y el jazz, que son la sangre de N’awlins, han cobrado tintes turísticos. No me cabe duda de que habrá locales en los que pueda escucharse buen y auténtico jazz, pero la mayor parte de los grupos que vi en bares y calles me parecieron muy mediocres. Probablemente se trate de oportunistas. De todas formas, en cualquier esquina de la ciudad puede verse un músico tratando de sacar unas perras, y es cierto que la población es muy aficionada al trombón y al saxo: por doquier se ven chavales cargando con estos instrumentos. Cómo no, hordas de jipis y piojosos, de esos que se apuntan a un bombardeo, infestan las calles del barrio francés, ensuciando con su mugrosa presencia el paisaje urbano: a ellos les da igual lo fuera de lugar que estén, y se contentan, presumiendo ser bienvenidos, con acudir allá donde la movida huela a irreverencia y a canuto. El único criterio político de esos parásitos es oponerse a todo poder formal o norma escrita. Una de las pocas actividades turísticas que me permití fue la de cruzar el Misisipi en el ferry, pero me resultó muy poco excitante. No vale la pena, a no ser que tengas que ir a Algiers para algo.
Como el hostal donde me quedé la primera noche era pésimo, la segunda la pasé en otro, algo más céntrico y en mejor zona, aunque bastante más caro. Pero, tras decidir que no valía la pena quedarse más tiempo en N. O. sin tener alguien con quien salir por la noche, el jueves di mi visita por concluida y cogí un bus con destino a Washington. El viaje fue pesadísimo, con decenas de paradas y varios cambios de autobús. La mayor parte lo hice junto a un salvadoreño que iba desde Houston (donde le había “salido un trabajo”) hasta Maryland para reunirse con su familia. Al final, tras el último transbordo, me tocó junto a un simpático negro (la excepción que confirma la regla) que volvía a casa tras servir un año de prisión por trapicheo. En algún momento del recorrido el conductor tuvo que llamar a la policía porque una pasajera no quería bajarse al término de su billete. Era una negra protestona, aunque acaso no le faltara razón en sus quejas, pues la Greyhound había hecho algunos desajustes respecto a los itinerarios previstos, y los pasajeros no tienen culpa de eso. Ahí llegaron dos coches de policía para echarla y al final se bajó; pero si ya veníamos con retraso, este incidente nos demoró otra hora más. Por lo demás, a medio camino había empezado una lluvia torrencial que, cerca de Washington D.C., se convirtió en nieve, de modo que la capital presentaba un aspecto navideño. Santiago estaba esperándome. Pasaré aquí unos días con su familia antes de irme a Nueva York para concluir.

Por cierto que, con tanto transbordo, me extraviaron la mochila, y sólo he podido recuperarla ayer. Negros y chicanos son casi los únicos que viajan en autobús en este país. Incómodos autobuses, además sin televisor, e impertinentes conductores. No me extraña que la gente los evite. De todas formas, desde que dejé de hacer autostop mi viaje ha perdido gran parte de su gracia: el factor que lo complicaba y convertía en desafío era, al mismo tiempo, el que lo hacía apasionante.

