Norteamérica 65. Smokey, un tipo curtido en una tierra de serpientes y coyotes

Miércoles 12 (continuación).

Hoy he avanzado aún menos que ayer: sólo 126 millas. Pero puedo considerarme afortunado, teniendo en cuenta que cuanto más cerca esté de Tejas más difíciles se ponen los jalones, y que he tenido que cruzar de estado por una carretera menor, cosa siempre complicada porque esas carreteras son, en las cercanías del límite estatal, muy poco transitadas.

La noche de ayer no pudo ser más cálida y agradable. Esta mañana me levanté prontito, y a eso de las ocho menos cuarto ya estaba en la carretera. Por suerte, esta vez el lugar idóneo para hacer dedo estaba cerca del hospedaje, y en poco más de media hora -creo- me pilló uno que me llevó de un tirón a Carlsbad. Era camionero de profesión, bastante gilipollas y un guarro (lo siento, amigo): tiraba todo el rato basuras por la ventana, se las daba de follador (decía tener tres novias) y de amigo de los autostopistas. Si quieres conseguir jalón en Tejas -me dijo- usa un sombrero vaquero como éste; y sacó del asiento trasero un sombrero precioso, de fieltro negro, el interior de la copa forrado en satén rojo. ¿Y cuánto puede costarme un sombrero como ese, especial para conseguir jalón en Tejas? ¡Oh! Este cuesta unos trescientos dólares. ¡Tócate los cojones! 300 $ por un sombrero; ni que fuera de visón. Me sale más barato viajar en autobús. El caso es que aquí un sombrero “barato” no cuesta menos de 30 $, que ya está bien.

Este gilipollas me hizo un recorrido turístico al llegar a Carlsbad. Es una bonita ciudad, a orillas del río Pecos, eminentemente turística, con mucha zona arbolada, césped y parques en cantidad. De haber tenido tiempo y un albergue donde quedarme, habría pasado al menos un día. Cerca hay ciertas famosas cuevas de varias millas de longitud y una o dos de profundidad (esto último me cuesta creerlo) que me habría encantado ver, pero no quedaban en mi camino ni me apetecía perder una jornada sólo para visitarlas. Pero después he tenido ocasión de arrepentirme, porque un día no es mucho y seguramente valían la pena. En fin, lo mío es arrepentirme de todo. El hombre me dejó sobre la 285, advirtiéndome de que iba a ser jodido conseguir un lift: muy poco tráfico por esa ruta; de modo que me hice una banquetilla con dos bloques de cemento y me dispuse a una larga espera. Me dio tiempo a escribir parte de lo que llevo contado hoy en el diario.

El guarro tenía razón: casi dos horas se hizo esperar el segundo ride del día, y fue muy breve: hasta Loving. Allí me tomé un corn-dog y me puse a andar hacia un pueblo llamado Malaga (sin acento), cinco millas al sur. Salvé a pie esa distancia sin que nadie me recogiera. Malaga apenas tenía quince o veinte casas, y además ahí empezaba lo complicado, porque el siguiente pueblo, más pequeño aún estaba ya en Tejas, al otro lado de la frontera estatal. El tráfico era muy escaso, y casi todos los vehículos que pasaban eran camiones. Más de una hora pasé allí hasta que llegó el tercer y último ride de hoy: un viejo gordo, boquiabierto, desdentado y lengüifuera que no advirtió mi presencia hasta que ya hubo pasado, y que dio marcha atrás para recogerme. Su acento y expresiones no podían ser más tejanos. Su nombre, o apodo, Smokey. Era un veterano ranchero que había tenido una vida dura y difícil, trabajando aquí y allá durante la Gran Depresión, haciendo dedo y riding the freight trains (o sea, de polizón en trenes de carga). Criado en Santa Rosa (Nuevo Méjico), era ahora vecino de Orla (Tejas), una tierra sólo buena, según él, para las serpientes y los coyotes. Al principio, antes de subirme al coche, su lengua fuera me hizo pensar que tal vez fuese subnormal, o algo lelo; pero nada de eso. El buen hombre vivía en un rancho ubicado antes de Orla, pero me llevó hasta el pueblo y me dijo que volvería en un par de horas para ver si seguía allí, en cuyo caso me llevaría hasta Pecos. Respaldado por tal promesa, me permití el lujo de comprar una coca-cola en la tienda de Orla (vale decir: en Orla, pues “Orla” y “la tienda de Orla” son una y la misma cosa, única construcción del pueblo -aparte de un taller- y residencia de sus tres habitantes) y, mientras levantaba el pulgar a los pocos coches que pasaban, me preparé unos sánduches con las sardinas en lata que días atrás me había regalado Laila, la jipi. Unos marchosos se pararon junto a mí en son de burla (iban cinco en el coche y no cabía nadie ḿas), pero no parecían mala gente: me preguntaron a dónde iba y me desearon suerte. Luego se paró otro que me ofreció un ride a Odessa, pero lo desprecié porque no estaba en mi planeado itinerario. No sé si hice bien, pues era una muy buena alternativa que me habría llevado unas cien millas hacia el este. El tercero que se detuvo fue el amigo Smokey, que fiel a su promesa vino a mi rescate y me llevó a Pecos. “Yo he hecho mucho autostop y sé lo que es quedarse tirado. No quiero que eso te pase a ti en esta tierra de serpientes y coyotes.” No sabía cómo agradecérselo, pero él no parecía darle ninguna importancia a su generosidad. You bet, fue su respuesta a mis efusivas gracias; take care. ¡Mira que hay gente maja por el mundo!

De Artesia a Pecos con el guarro, Smokey y dos más

Pecos, ciudad sin ley, sede del mítico juez Roy Bean. Tiene un museo y una réplica del despacho del juez, aunque no los he visitado; no tenía tiempo para eso, pues aún hube de caminar casi una hora para llegar al camping, al otro extremo de la ciudad. Me ha costado 10 $. No es una ganga, pero es un precio razonable. En cualquier caso, se ha resuelto felizmente esta jornada que prometía ser difícil. Ahora estoy bien instalado, limpito, cómodo y bien alimentado. Hace un rato se ha levantado un desapacible viento vespertino que espero no me dé la lata esta noche ni la haga más fría de lo necesario. Por suerte, el camping tiene un lugar (club house) donde los sin hogar como yo podemos venir a leer, escribir, comer o relajarnos. Por cierto, hoy he visto el pick-up más descomunal que imaginar se pueda: un F-650 halando de un RV colosal. Ya me habían dicho que estos tejanos son unos exagerados; si bien el colmo de las casas sobre ruedas son precisamente las mobile homes, concepto que sólo en EEUU podía existir: casas diseñadas para que puedan transportarse en un camión. Algunos camping, como este, tienen espacios para ellas, y hay gente que vive así, de un lado para otro con la casa a cuestas.

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Norteamérica 64. Rola el viento en Oscuro; una proposición indecente

Mismo día y lugar, horas más tarde.

¡Aaaaa-chisss! Al tocar cualquier objeto de esta casa, el polvo de ocho años que sobre él reposa se levanta sutil, queda en parte adherido a la yema de los dedos, en parte suspendido en el aire, sensible a cualquier vaivén molecular y presto a mudar de sitio, incluyendo mis fosas nasales.

El tiempo está cambiando, aunque no sé si a mejor o a peor. El viento ha rolado de sur a suroeste, una nube lenticular ha aparecido sobre un cerro de las montañas cercanas, y otras nubes viajeras han adornado el cielo todo el día. El olor a paja mojada de esta mañana denunciaba también más humedad. La temperatura, se me antoja que ha subido un poco. Dice Dirk que, según el pronóstico, el miércoles viene lluvioso y aún más ventoso que hoy, que a su vez lo es más que ayer: la cancela de madera del proyectado jardín golpea su batiente de manera constante y desacompasada. Un par de sillas de plástico, desatendidas y olvidadas, han rodado por tierra. Y el propio movimiento de las ramas, el flamear de trapos, el batir de esa puerta y las ocasionales polvaredas acentúan más, si cabe, el abandono y el olvido de este lugar. Frente a mí, al otro lado del ventanal de este salón (que antaño fue porche de la casa), tostándose al sol del mediodía hay una mesa de fibra sobre la que reposan unas piedras y una lata, otra mesa de madera con su correspondiente lata, una estufa de fundición, una bañera, un sofá naufragado y una valla de tela metálica rota por mil sitios, con una puerta de cuyo dintel cuelga un objeto no identificado de chapa y alambre. Este lugar es perfecto para el ensueño. No tan seco ni tan bonito como Tecopa (¡ah!, debí haber pasado más tiempo allí), pero más desolado y mucho más aislado. Casi nadie pasa por aquí. Ayer llegó un tipo preguntando si había caza y cuánto le costaría quedarse.

Por la noche estuve leyendo algunos artículos que tiene Dick en un álbum con fotocopias de viejas fotos y artículos de periódicos referidos a Oscuro. Breves noticias muy locales, con los cuatro eventos de una comunidad que incluso en su apogeo ferroviario-minero-petrolífero no tuvo más de doscientos habitantes. Ahora no quedan ni las ruinas: al parecer, alguien compró todas las casas viejas para llevarse sus ladrillos a otra parte. El pueblo “grande” de la zona es Carrizozo, con unas mil almas, adonde esta mañana fui con el patrón para enviar por correo algunas cosas a España, entre ellas el primer cuaderno de este diario (así me quitaba peso de encima) y comprar provisiones. Una cosa curiosa: aquí no hay tantas construcciones en madera como he visto en otras regiones del país. Quizá sea muy caro traer ese material hasta tan lejos.

He decidido que mañana me voy. No porque no esté a gusto, sino porque esta estancia no está reportándome mucho en términos de conocer a la gente o al país. Lo que hago aquí, igual podría hacerlo en la casilla de El Duco. Aunque, por otro lado, me da pereza ponerme de nuevo en la carretera al capricho de los conductores. Me daré cuatro horas de margen: si en ese tiempo no consigolift hacia el este, a Roswell, cogeré en Carrizozo el bus de las 12:05 hacia El Paso, e iré desde allí derechito a Ciudad de Méjico en uno de esos abarrotados autobuses mejicanos.

Miércoles, 12 de noviembre. Pecos (Tejas).

Me da la sensación de que la única libertad efectiva que la gente tiene en este país es la de elegir la forma en la que quiere hacerse rica o sacar pasta. Por lo demás, no sé si hay tal libertad. Es decir, la hay, pero se espera de ti que no hagas uso de ella. Por ejemplo eres libre de hacer dedo, pero todos cuentan con que lo lo hagas; y de hecho en casa, en el colegio, en el instituto, a los chavales se les enseña un lema, never pick up hitchhikers, como parte del paquete de normas sociales, junto tal vez al don’t litter, o el don’t step on your neighbour’s frontyard; una más de las cantinelas que conforman el credo de DOs & DON’Ts de los norteamericanos.

Ayer martes, tras levantarme bien temprano y recoger mis cosas, Dirk me llevó a Carrizozo y me dejó en el cruce, donde estuve -infructuosamente- levantando el pulgar un rato, hasta que decidí cambiar de ubicación; y no había llegado aún al siguiente cruce cuando por él asoma un coche conducido por una mujer blanca y con un copiloto hispano, que sin haberles hecho aún gesto alguno me ofrecen un lift. Iban sólo a Capitan, 20 millas al este, pero como me había propuesto que el azar decidiría, subí. Llevaban a castrar un gato al veterinario. Eran bastante agradables, pero hablaban bajo, con fuente acento del sur, y tenían la música alta, así que apenas los entendía. Me dejaron a la entrada de Capitan y hube de cruzar a pie todo el pueblo; muy bonito por cierto, en medio de unas bajas montañas que tenían algo más de vegetación que el semiárido terreno circundante, la carretera flanqueada por árboles que estaban cambiando el color, las casas de estilo colonial u oeste americano, bastante dispersas, con porticadas aceras de madera, y un ambiente muy de pueblo. Mientras hacía autostop a la salida, un conductor se me arrimó y me pasó una coca-cola. Se lo agradecí, pero cuando se perdió en la distancia tiré la lata a una papelera: estaba del tiempo.

Aquí la gente alberga las ideas más dispares -y equivocadas- sobre los autostopistas. Unos nos toman por mendigos; otros asumen que somos delincuentes; otros nos confunden con los homeless; muchos piensan -y a veces aciertan- que estamos siempre hambrientos o sedientos; algunos ni siquiera saben qué hacemos parados en el arcén junto a una mochila; y no faltan gilipollas que actúan como si el Gobierno o la Cámara de Comercio nos pagase por estar ahí para diversión de los conductores, o incluso -y tal vez sean estos los que más me molestan, los que más me ofenden- como si lo hiciéramos por pura filantropía, como si nos gustara dedicar varias horas diarias de nuestra vida a cargar con una mochila y permanecer en la cuneta sólo para saludar a quien pasa. A éstos se los reconoce porque saludan al pasar de largo. No sé si hay mayor burla a un autoestopista que saludarlo y no recogerlo. Pues bien: de estos últimos está llena la amistosa localidad de Carlsbad, sobre la orilla oeste del río Pecos, en la que ahora me hallo intentando llegar a la ciudad del mismo nombre.

Ocho jalones para ir de Oscuro a Artesia

Tras recibir aquella coca-cola, y dado que a los conductores parece gustarles vernos caminar para ofrecernos un ride, me puse a andar hacia Lincoln, que “sólo” quedaba a once millas de Carlsbad. Llevaba ya parte de esa distancia recorrida cuando me recogió una pareja de vaqueros en un pick-up. No había sitio en la cabina y me subí a la paila. El jalón fue de apenas tres millas. Seguí andando, observando de paso lo guarros que son los yanquis. Quien se queje del estado de las cunetas en España tiene que venir aquí para ver el “reciclaje” que los ciudadanos del “país de las oportunidades” hacen con la inconmensurable cantidad de desperdicios que esta sociedad genera: latas, botellas, papeles, vasos y todo tipo de basuras alfombran las cunetas de manera casi uniforme. No hay desecho que no arrojen por la ventanilla del coche.

Iba por mitad de este idílico paisaje cuando otro ranchero me llevó hasta Lincoln, la ciudad donde el mítico Billy the kid fue arrestado y encarcelado, y de donde escapó tras matar a dos guardias. Parece ser que entonces fue cuando enviaron tras él a Pat Garret, uno de los tipos más duros al oeste del Pecos, según la leyenda. Hoy Lincoln se conserva, por ordenanza municipal, casi en el mismo estado que hace un siglo: está prohibido hacer renovaciones que cambien su aspecto. Imagino que eso impide que el pueblo crezca. Por cierto, es bastante bonito: arbolado y con antiguas casas de madera, ladrillo o adobe, con las típicas fachadas falsas y los letreros al estilo far west.

Dado que Hondo, el siguiente pueblo, tampoco estaba muy lejos, continué caminando y disfrutando de la belleza de las latas y botellas de cerveza. A mitad de camino hice un alto para descansar, y ahí estaba parado cuando un cochazo que había pasado de largo, un Mercury o un Lincoln, dio la vuelta cien metros más adelante y se paró a mi lado. El conductor, un tipo encorbatado, en sus cincuenta, me preguntó a dónde iba y si era alemán. “A Roswell, y soy español”. Muy bien, pues allá nos fuimos a Roswell. Es la primera vez que me llevan en uno de esos lujosos autos, con espaciosos asientos de cuero, todo confort, música clásica… El tipo era un ejecutivo, hombre de negocios o agente de ventas que iba a una cita empresarial a Roswell, y aún me pregunto qué milagro le inspiró llevarme. Me dejó en el sur de la ciudad, pero no en el extremo, así que hacia allí encaminé mis pasos. Al cabo de un rato me subió un vejete a su deslucido coche. Se dirigía a Dexter, que está sobre la highway 2, la antigua carretera hacia Artesia (mi siguiente destino) que se bifurca de la 285 a ocho millas de Roswell. Le dije que me dejase en la bifurcación, pero con el conque de que más adelante, junto a la 285, había un penal y nadie me recogería en esos alrededores, me convenció para seguir con él a Dexter y continuar haciendo dedo sobre la 2. Este vejete, que no se cortaba ni un pelo, me preguntó primero si me había cogido (en autostop) alguna mujer. “Muy pocas”, le contesté. Pues a él -me dijo con un acento que apenas entendí- las mujeres, cuando hacía dedo, solían llevarlo a cambio de invitarlas a comer o pagarles la gasolina. Ya. Luego me preguntó si últimamente me había cogido (en el otro sentido) a alguna mujer. Aunque la pregunta era impertinente, no tuve inconveniente en contestar; pero aún no había concluido mi respuesta cuando va y me propone “una chupadita”. Creí, de nuevo, no haberle entendido. -Pardon me?, le pregunté. -A suck to me. I pay you. Pues sí: el puto baboso me quería pagar por darle un repaso. Rechacé, pero como quien rechaza un favor o un honor. El hombre insistió en que me pagaría, y no pude evitar imaginar mi cartera llena de billetes de a cien; pero seguía sin compensarme. “No, no. Lo siento. No me dedico a eso.” Supuse que, ipso facto, me haría bajar del coche, pero no pareció tomárselo mal y se puso a hablarme, como si nada, del lago al que iba hoy a pescar. Antes de llegar Dexter hizo un último intento para tentarme: “como es tarde, si quieres puedes acompañarme a pescar; luego nos volvemos a Roswell, pasas la noche en mi casa, conmigo, y mañana te traigo otra vez a Dexter.” Por mucho que me hubiese apetecido ir de pesca, habría sido irresponsable aceptar. “No, gracias. Trataré de avanzar hoy un poco más.” Tampoco se tomó a mal esta negativa, y al despedirse me regaló una suculenta pera que me zampé con deleite tras lavarla cuidadosamente. Estaba riquísima. El viejo verde de la pera amarilla.

No llevaba diez minutos en Dexter cuando un fulano con un pick-up me llevó en la paila hasta Hagerman, el siguiente pueblo. Me recomendó, por la cercanía de la prisión, que tratase de alcanzar a pie el siguiente pueblo, Lake Arthur. Le hice caso y me puse a andar. ¿Cuántas millas llevaba ya caminadas ayer? No menos de quince. Atardecía y mis chances menguaban geométricamente con la luz. Casi una hora después, una mujer con su hija que pasaron de largo en un pequeño deportivo verde se pararon a cien metros y me esperaron. -¿Cómo tiene el valor de recogerme? -He visto algo en ti. Pareces decente y tu mirada lo dice todo. Pues vale; Dios bendiga mi mirada, porque la buena señora me salvó la jornada. Me llevó a Artesia y me dejó sano y salvo en un camping bien ubicado, donde por 10 $ pude poner la tienda y darme una merecida y ansiada ducha. La señora del camping también era muy agradable. ¡Y aún me quedaba luz solar! El día, después de todo, no podía haberse resuelto más favorablemente; y aunque en total no avancé más que 136 millas ni llegué a Carlsbad, haber encontrado un lugar decente donde quedarme compensaba lo demás. Además, en Artesia me dio tiempo de ir a la biblioteca pública y comprobar el correo. Cené una hamburguesa de a dólar, compré en un súper leche y galletas, con las que me atiborré en el camping, y me acosté totalmente reconfortado.

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Si Chuan y el Tíbet: una ventana a la China real

Esta galería contiene 104 fotos.

Nota: Este artículo lo escribí y publiqué hace más de una década, a principios de los años 10, tras un viaje por las provincias chinas de Si Chuan y el Tíbet. Con el tiempo se desconfiguró y ha quedado muy … Sigue leyendo

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Norteamérica 63. Dos judías visitan el rancho; Dirk el huraño; un sueño extemporal

Domingo, 9 de noviembre (última parte).

La abundante luz diurna que se colaba expedita por el ventanal me sacó de la cama bien temprano. Selín ya estaba levantada y, para mi sorpresa, se cebaba unos mates: resulta que su madre era chilena, aunque apenas le había enseñado el español. Le pedí que me convidara, y entonces fue ella la sorprendida: ¿cómo es que me gustaba esa yerba? Allí estuvimos más de una hora mateando y charlando. Su físico me recordaba mucho al de Álvaro Barro Ordovás [un nadador profesional del que me hice amigo en mis tiempos del CIEF, y que estudió conmigo 1º de Náutica en el CHAS], no sólo por su asombroso parecido facial, sino por sus anchos hombros y fuertes manos y antebrazos. Era Álvaro en mujer.

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Norteamérica 62. Una helada en el desierto y un rancho llamado Oscuro

Domingo, 9 de noviembre (continuación).

Cuando Laila se marchó ya casi se ponía el sol, y aún me faltaba recorrer media milla por las dunas hasta el lugar de acampada que me asignaron. No fue fácil encontrarlo: la senda no estaba muy bien señalizada y andar por las dunas era difícil. Desde lo alto de una de ellas me paré unos minutos a ver la puesta de sol y disfrutar de los bonitos colores con que se matizaba el paisaje: rosas hacia levante, azules hacia poniente. Tras el ocaso llegó el famoso brusco descenso de temperatura en el desierto, doble o triplemente intenso aquí a causa de la blancura de la arena. De hecho, cuando acabé de poner la tienda hacía ya un frío importante. Me preparé para una larga y gélida noche, como así fue. No eran aún las ocho cuando acabé de organizarlo todo y cenar algo, y entonces me encontré, como otras veces, sin nada que hacer pero sin sueño. Me di un corto paseo por las dunas más próximas, desde cuyas crestas el desierto ofrecía, iluminado por una luna casi llena, un aspecto fantasmal, resplandeciendo con un peculiar tono blanco azulado, como si fuera una imagen proyectada de esa misma luna. Cuando me acosté, el cansancio me ayudó a quedarme dormido; pero a eso de las cuatro me despertaron el frío y las ganas de orinar. Salí de la tienda: el doble techo estaba empapado de rocío y la temperatura era ya muy baja. Eché una meada rápida y me recogí enseguida, pero ya no fui capaz de conciliar de nuevo el sueño: estaba arrecío; así que a eso de las cinco y media empecé a meter todas mis cosas en la mochila, preparándome para la marcha. El cielo empezaba a teñirse con las primeras luces del alba cuando volví a salir para desmontar y plegar la tienda, y el rocío del doble techo se había congelado. Muerto de frío como estaba, no podía quedarme a esperar a que saliera el sol y derritiera el hielo, así que lo enrollé malamente (y con bastante dificultad, pues las ateridas manos apenas me respondían). Me eché la mochila al hombro y me puse en marcha. Aquello había sido, literalmente, como dormir en la superficie lunar.

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Norteamérica 61. Las dunas de arenas albas; comida, libros y mucho karma

Domingo, 9 de noviembre. Oscuro (Nuevo Méjico).

¡Guau! Cinco días han pasado desde las últimas notas. No pensé que tantos. Yo habría dicho que eran tres. Pero también es cierto que no hay mucho que destacar en estas últimas jornadas.

El día de mi llegada a El Paso, por la noche, trabé conversación con el recepcionista de tarde del hotel, el que quiso ligarse a la guapita. Era el tejano típico, como el resto del país los pinta: fanfarrón, muy orgulloso de su state y con una acento ininteligible. A partir de preguntarle si habría tráfico por la ruta 52 a Alamogordo (“sí, lo hay”) se enrolló contándome las maravillas de El Paso: “La mayoría de la gente se pierde lo mejor de esta ciudad porque no preguntan.” (Oiga, a mí que me registren.) Y se extendió sobre la de cosas que ocurrían allí, conciertos a cargo de artistas de 1ª B, el peazo museo de arte (a mí no me pareció para tanto), lo cerca que quedaban las principales atracciones del país (p.ej. el Grand Canyon a sólo 3 horas), lo barata que era la vida y otros prodigios varios, como por ejemplo un eclipse total de luna dentro de dos o tres días, circunstancia que, por sí sola, haría nacer en el más escéptico un compulsivo deseo de mudarse a El Paso. “En resumen, es el segundo mejor sitio para vivir en EEUU”; afirmación obviamente pensada para provocar en mí la pregunta que no le hice, así que se quedó con las ganas de decirme cuál era el primero, y yo con la curiosidad de saberlo. También me habló de lo mucho que ligaba de joven y de las mujeres mejicanas que se conseguía, preferibles a las nacionales. El tío estaba encantado de haberse conocido y no escuchaba a lo que le decía.

Al final me quedé allí un día más, que transcurrió sin pena ni gloria: leí, recorrí la segunda mejor ciudad de EE.UU., pregunté por autobuses para salir de ella (mi duda era qué ruta tomar para ir a Alamogordo), vi la bonita colección de cuadros del museo de arte y pasé a Méjico una segunda vez, para cenar. La guapita del albergue se había ido aquella misma mañana, junto con los otros dos pollos que habían llegado el mismo día que ella (por cierto, no se quedaron, como yo suponía, en la misma habitación que yo. Supongo que alquilaron una privada). Ese día me bastó  para hacerme con downtown El Paso. Tras mi visita al museo (donde las pésimas traducciones al español de las notas explicativas me escandalizaron), compré algo de comida y estuve paseando otra vez por el barrio mejicano. Me llamó la atención que las llamadas locales, desde cabina telefónica (había decenas de ellas), costaban exactamente la mitad que en cualquier otro lugar del estado. Supuse que se debía al menor poder adquisitivo de los chicanos y a su falta de cell phones. Pero la conclusión más importante es que, incluso a 25 ¢, la compañía telefónica gana dinero, así que al resto del país lo están estafando.

La excursión que hice para cenar en Ciudad Juárez fue algo más productiva que la de la víspera. Primero compré unos pesos, a 11 por dólar, en una de las muchas casas de cambio que hay allí, y luego paseé durante un buen rato por las oscuras y bulliciosas calles de downtown Juárez hasta decidirme por uno de los abundantes cutri-locales donde, por el ridículo precio de 23 pesos, me zampé medio pollo y una ensalada de lechuga y tomate, mediocre tirando a mala. Me atendió una sonriente mejicana de invitadora mirada e indiferente conducta. Como el margen entre la compra y la venta de moneda es mínima, al acabar allí volví a cambiar los pesos sobrantes. En total me había dejado cerca de 5 $. Lo que me subió el gasto fueron las dos cervezas que me tomé, más caras que la comida. Se ve que estos mejicatas se aprovechan de que en EE.UU. el alcohol está muy gravado y, como a Juárez van muchos yanquis, suben el precio de la bebida. Al volver a pasar la frontera, la suspicaz funcionaria comprobó mis datos en el ordenador; pero le falló la intuición, pues no había nada ilegal en torno a mi personita, y no tuvo otra que tragarse mi condescendiente sonrisa. Por cierto: al cruzar el mísero río Bravo del Norte vi que ni siquiera fluía: el agua estaba estancada.

Al día siguiente me fui de mañanita a la estación de Limousines de Méjico para coger el bus de las ocho a Las Cruces (o sear, volviendo un trecho por la carretera ya recorrida dos días antes y alejándome de Méjico). Y acerté, ya que ese autobús era más barato y bastante mejor que los de Greyhound. Desde Las Cruces me propuse hacer autostop a White Sands, un desierto (clasificado National Monument) de arena blanca, con sus dunas y todo. Desde donde me apeé del bus hasta donde empecé a hacer dedo tuve que andar tres millas, y todavía continué (con el pulgar extendido) otras tres millas largas hasta las “afueras” de la ciudad. En total, cerca de dos horas de caminata para darme cuenta, casi al final, de que había un bus urbano que por 1 $ me habría llevado desde la terminal hasta allí en diez minutos.

Hacía calor, estaba cansado, me dolía la espalda de cargar las mochilas y tenía sed. Pero pasaban las horas y los coches sin que nadie me diese jalón. En una gasolinera pregunté si se podía ir en bus a Alamogordo. Me dijeron que sólo volviendo a Las Cruces (¡!) y cogiendo el Greyhound de la tarde, a las seis. Eso no me solucionaba nada, y ya me veía pasando otra fría noche en la cuneta. Casi cuatro horas tardó en recogerme un tejano de fuerte acento que apenas me llevó dos o tres millas, haciendo ya casi inviable el posible retorno a Las Cruces; lo cual, por otra parte, despejaba cualquier duda que me quedase al respecto: ya no había marcha atrás. Ese tejano, además, me asustó diciéndome que tuviese cuidado porque los animales que merodeaban por allí eran bastante peligrosos. Seguí, pues, caminando. (Durante estos meses me ha parecido comprobar que es más probable que te den un lift si te ven andando que si estás parado.) Al cabo de largo rato una vieja en un Jeep me dio otro jalón hasta más allá de la base militar de White Sands, pasado Organ y una pequeña sierra desde cuyo collado se divisaba un magnífico paisaje que, ¡ay!, mostraba a las claras la inmensa llanura que aún tenía que recorrer, tan bonita como desmoralizante. La vieja era alemana, de profesión camionera, empleada ahora en la base militar. Decía no gustarle nada España por la discriminación sexista (¡ahí no hay camioneras!) y porque, según ella, casi nadie sabía conducir; en lo cual estuve más o menos de acuerdo. Además me informó de por qué en EE.UU. los camioneros no cogen autoestopistas: “normas de las compañías”; razón poco verosímil que no explica, por ejemplo, por qué sí cogen a las autoestopistas, ni por qué los camioneros propietarios, que no tienen que obedecer esas normas, hacen exactamente lo mismo. Hablaba con una media lengua, silbando eses y ces, y en un volumen tan bajo que apenas la oía. Me cayó fatal. Parecía saberlo todo y creerse superior a los demás, siendo evidente que no lo era, así que me inventé para ella una historia de soltería y amargura. También me recomendó, como el tejano, tener cuidado con los animales, que eran muy peligrosos. ¡Vaya ánimos!

Después de ese jalón continué andando, y al cabo de unos veinte minutos me recogió Laila, una jipi que desde hacía dos meses viajaba en su Jeep lleno de comida, libros, buen karma y un colchón para ser independiente, vivir una aventura y demostrarse a sí misma su propio jipismo; pero confesó haberse dado cuenta de que estaba más sola que la una, que gastaba 40 $ diarios en gasolina sin hacer nada interesante a cambio, y que no estaba disfrutando del viaje; así que se volvía a casa cuando aún tenía más de la mitad de las provisiones intactas. Bajita, gordita y nada guapa, su buen corazón se había apiadado de mí. Iba hasta Tularosa, que se encontraba en mi ruta planeada, pero como yo estaba bastante interesado en pasar la noche en White Sands no tenía mucho sentido aprovechar el ride hasta el final; de lo cual, más adelante, me arrepentiría, visto cómo está de difícil aquí el autostop. Pues bien, la tierna, humanitaria y solidaria Laila me llevó hasta el desierto blanco y, aunque a la pobre debían de estársele haciendo eternos los dos o tres días que le faltaban para llegar a Massachussets y tenía prisa por continuar, pasó allí una hora conmigo. Primero nos adentramos siete millas en el desierto, hasta el final de la carretera interior, para ver las albas dunas. Allí nos bajamos y dimos un paseo.

De El Paso a White Sands en bus, con el tejano y con Laila

White Sands es una llanura blanca con un tono algo harinoso –a causa, al parecer, de un mineral llamado gypsium– y sobre la cual se elevan unas dunas de un blanco inmaculado y no muy altas, de entre 3 y 10 metros como mucho. En el suelo de la llanura la arena es mucho más compacta, no cede al pisar, y en ella crece alguna vegetación escasa y muy espinosa. Lo que más me llamó la atención -aparte del blanco imperante- fue que, tras todo un día con un sol de justicia, la arena de las dunas estaba fría. Tiene lógica, pero era chocante. Desde las más altas se veía un paisaje formidable, y a esa hora del día (sobre las 15:30) la ausencia de sombras y contrastes hacía que la mirada se extraviase, engañando a la vista respecto a forma, tamaño, pendiente y límites de cada duna, que no se percibían bien hasta estar ya casi encima de ellas. La ausencia de referencias en ese océano de blancura me desorientaba y me provocaba cierta pérdida sensorial, como un desequilibrio. Sólo las montañas rojizas, más allá del desierto, me ayudaban a “fijarme” al terreno. Vista la total soledad y silencio reinantes y la facilidad de esconder la tienda tras cualquier duna decidí pagar la tarifa por acampar y pasar allí la noche. Le propuse a Laila que se quedara también, y le ofrecí pagar su estancia (eso me permitiría continuar viaje al día siguiente con ella), pero tenía prisa por seguir y declinó. Bueno, tampoco perdí gran cosa, porque nuestras rutas se bifurcaban apenas treinta millas más allá.

De vuelta en la entrada del parque, tras inscribirme en el visitor center para pernoctar, nos pegamos una merendilla a costa de su gran provisión de víveres. La pobre se deshacía por ayudarme, estaba necesitada de compañía y quería desprenderse de sus toneladas de comida. Me dio dos latas de sardinas, grandes y pesadas, ¡ay! Estos yanquis, que van en coche a todas partes, no ven que un mochilero no puede cargar mucho. Quiso que me llevase un galón de agua, nada menos, pero sólo le acepté una pequeña botella (que luego, cuando se hubo ido, vacié en el suelo tras darle un par de tragos). Era una de esas ingenuas, algo supersticiosas, que creen en la armonía universal, la solidaridad, la mala suerte de los peniques boca abajo, el karma y preservar la vida de las mariposas. Pensé que debía de haberse llevado más de un palo en la vida. Acusaba que su familia la tachara de vagabunda y fracasada, y llevaba un bonito y vistoso tatuaje en el brazo: un ideograma chino que -me dijo- significa “paz”. ¡Como si por tatuarlo en chino fuese a tener más contenido! Eso sí, coincidí con ella en que por Tejas y alrededores había muchos más gilipollas que en el resto del país, y sólo menos que en el deep south. Acabada la merienda, otra vez me llevó al interior del desierto, hasta el arranque de las sendas que van a los puntos de acampada. Allí nos despedimos. Me dio un abrazo al modo estadounidense y se fue, deseándome buen karma Me dio algo de pena, recorriendo el mundo sin disfrutarlo. Añoraba a sus amigos y quizá, aunque no lo dijo, a su komuna.

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Norteamérica 60. El Paso y Ciudad Juárez: donde EE.UU. y Méjico se contagian mutuamente

Martes, 4 de noviembre. El Paso (Tejas).

El viaje a El Paso fue bastante frustrante. Aunque había tres pares de asientos vacíos en el bus (y las plazas no estaban numeradas), tuve que sentarme junto a otro viajero porque toda la primera fila estaba “reservada para discapacitados” (no iba ninguno en ese viaje) y un par de asientos en la segunda fila se los había reservado el copiloto, por toda la cara, para su reposo exclusivo. ¡Pero no los ocupó en ningún momento! Vamos, un auténtico perro del hortelano, que ni descansaba ni dejaba descansar. Tanto el conductor como el copiloto eran negratas; de esos negratas que probablemente se pasan la vida lamentándose del racismo de los blancos y de la opresión a que se ven sometidos los pobres negros. Pues bien: no sólo se reservaron unos asientos que no usaron para nada (eso, en el fondo, fue lo de menos), sino que se pasaron todito el viaje hablando, sin la menor consideración a los pasajeros, con ese volumen, ese tono y esa voz tan inconfundiblemente negrata: sonora, abierta, algo dulzona. Unas voces que, para colmo, traspasaban con tanta facilidad el filtro de mis tapones que era mejor no ponérmelos, ya que sin ellos al menos el resto de los soniddos interferían y ofuscaban en parte esas voces, facilitando un poco el dejar de prestarles atención, pero con ellos únicamente oía la conversación de los dos tipos, clara, limpia y nítida, y no había manera de desconectar mentalmente de ella.
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Los próximos ecologistas serán nacionalistas

Lo que sigue a continuación es mi traducción de este artículo publicado por Cloven Kingdom en su blog de Substack. A menudo traduzco textos cuyo contenido me parece de especial relevancia o interés; pero en esta ocasión es un poco distinto, pues sobre haber despertado mi interés se añade que yo mismo, si hubiese tenido el talento necesario, podría haber sido el autor de este artículo, ya que no sólo suscribo por completo su contenido, sino que antes de leerlo ya se me habían ocurrido idénticas ideas a las que Cloven Kingdom expone.


Foto: Glengesh Pass, Ireland, by David Noble.

Irlanda proyecta construir unas 300.000 viviendas para el año 2030 con objeto de paliar la grave escasez de oferta inmobiliaria que ha puesto los precios por las nubes. Semejante proyecto significa, inevitablemente, que una mayor porción del bucólico campo irlandés será devorada por el desarrollo. Esta perspectiva, sin embargo, no parece molestar al Partido Verde de ese país, que ambiciona una “Irlanda próspera gracias a la vivienda asequible para cualquier comunidad”.

Por “cualquier comunidad” debemos entender “cualquier sujeto que aparezca por Irlanda con intención de quedarse a vivir.” Rara vez alguien pone el foco en cuánto contribuye la inmigración a la crisis de vivienda. En Irlanda, la tasa neta migratoria se ha doblado desde el 2022 y ahora está en una media de 72.000 nuevos habitantes por año. No obstante, los Verdes irlandeses no tienen intención de protestar contra este obvio factor de la escasez inmobiliaria, ni de hablar sobre el mayor impacto medioambiental que supone el aumento de la población y, por consiguiente, del urbanismo. Sigue leyendo

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Norteamérica 59. Un pueblo que no lo es; el BLM; la hostilidad de Arizona

Domingo, 2 de noviembre (continuación).

Tan bien dormí que, al despertar esta mañana, ya había salido el sol; o sea, casi diez horas de sueño. Levanté el campamento y me aposté en el arcén. Un exmarine recién divorciado que iba a Yuma me dio jalón hasta Gila Bend (pronunciado hilabend) y de ahí una pareja mejicana me llevó hasta Ajo. Este último ride, como tantos otros, no fue gratis: me costó tener que escuchar el sermón religioso, el tedioso discurso cuyo plato principal es Quién ha creado todo esto sino Dios, con guarnición de El cielo y el infierno, aderezado con un insistente Recibe a Cristo en tu corazón. Tal como lo escribo. No me invento ni una coma. Pero por fin he aprendido la lección –¡mira que soy torpe!–: la próxima vez, lo único que tengo que hacer para que me dejen en paz es decir, cuando saquen el tema, que soy católico devoto, o budista. Sigue leyendo

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Norteamérica 58. Viento y humo en el cañón del Colorado; la Arizona mejicana

Viernes, 31 de octubre. Flagstaff (Arizona).

Los últimos días han abundado en fiascos y cambios de plan. La noche del martes, aunque la pasé a la intemperie, no fue mala. Salvo un sobresalto que  un conductor perdido me dio al recalar un rato en el visitor center, y una fuerte brisa que se levantó de madrugada y me obligó a ponerme al socaire, dormí con relativa comodidad. Me levanté bastante temprano y, tras recoger mis cosas y aprovechar la diferencia horaria para llamar a España, me puse a hacer dedo frente a un casino cercano. Casi dos horas después me recogió un vaquero auténtico en su vieja camioneta. Tenía un acento de mil diablos e iba vestido al estilo cowboy, con sus botas, su zamarra sin mangas, su pañuelo al cuelo y su sombrero pajizo de ala ancha. Buena gente, rudo y sencillo. De camino, en mitad de una vasta meseta muy plana y una recta de 50 km de largo, nos pasamos un momento por su rancho: un par de construcciones de madera y unos corrales con caballos y vacas. Llegados a Kingman, me dejó sobre el cruce de la carretera hacia Peach Springs. Con ese único ride del día se agotó mi suerte para el miércoles: tras zamparme en un fast-food cercano dos hamburguesas de a dólar, estuve la friolera de seis horas en el arcén, primero en dirección Peach Springs, luego en la autopista que va hacia el este (Interestatal 40), sin conseguir un mal jalón. ¿Y por qué aguanté seis horas? Sigue leyendo

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