El rosario

Cuando murió mi abuelo — es decir, abuelo por antonomasia, el único al que conocimos mis hermanos y yo; porque el otro, el materno, había fallecido años atrás, antes de que naciésemos, y siempre fue para nosotros tan imaginario como pueda serlo un personaje de ficción: imaginario no por inventado o irreal, claro está, sino porque, para hacerme una idea de su carácter y apariencia, no tuve más remedio que imaginarlo a partir de viejas fotos y lo que de él me contaran, que son los recuerdos bondadosos –y por fuerza parciales, poco objetivos– de mi madre y su familia.

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Norteamérica 74. Epílogo y valoración retrospectiva

Lunes, 15 de diciembre. Aeropuerto de Newark (New Jersey).

A Susan, la inglesa que tenía miedo de vivir la vida, la conocí el penúltimo día, en el tour del sábado. Era delgada, más o menos bonita y en edad aún núbil. Tenía esa idea, tan arraigada entre la mayoría de la población femenina (y buena parte de la masculina), y casi siempre tan errónea, de que se arreglaba y se vestía sólo para gustarse a sí misma, no a los demás. Como al final nos quedamos cuatro gatos acabando la gira, tuvimos ocasión de hablar un poco. Y aunque al día siguiente cada uno nos dedicamos a nuestras cosas, a la noche coincidimos en la cocina y hablamos otro rato. Vive en el condado de Essex y, con algunas ideas muy claras y algotras bastante confusas, ha hecho un viaje de tres meses para tratar de olvidar a su ex, con quien estuvo doce años. Me temo que difícilmente lo habrá logrado. También para ella el domingo era su último día en la ciudad: ambos volábamos hoy a Europa casi a la misma hora, si bien desde distintos aeropuertos. Vuelve a casa con sus gatos (beware of women with cats!) a replantearse la vida. Según me dijo, trabaja en cuestiones de oficina, de donde supongo que no debe de tener muchos estudios.

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Norteamérica 73. De nuevo con los Walter y una fascinante gira por Nueva York

Domingo, 14 de diciembre. Nueva York.

Apenas faltan doce horas para que salga mi avión con destino Madrid, así que estas serán las últimas impresiones del viaje. Un viaje que ha durado lo justo; y si los últimos días se me han hecho un poco pesados ha sido porque no he estado acertado al planificarlos y no he distribuido las estancias en proporción al interés de los lugares. Supongo que las últimas etapas de un viaje con fecha de caducidad son necesariamente así. Como permanecí bastante menos de lo previsto en Nueva Orleáns, y como Nueva York es demasiado cara para quedarme todo lo que me gustaría, mi estancia en casa de los Walter se ha alargado por ambos extremos, y me he quedado una semana con ellos, más de lo necesario e incluso de lo conveniente.

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Norteamérica 72. Nueva Orleáns, el mito desmentido y los negros en la picota

Domingo, 7 de diciembre. Washington, D.C.

New Orleans is over. Pero, antes de nada, voy a registrar, con algo de perspectiva espacial, mis principales sensaciones sobre la población eminentemente negra de esa ciudad, y en general sobre los negros estadounidenses.

1. Para empezar, son unos racistas. En mi trato con ellos me he visto a menudo discriminado por ser blanco. Donde un negro obtiene de otro una sonrisa y una detallada explicación, un blanco apenas recibe un gesto con la cabeza. Quizá sólo sean racistas con los chicanos, a quienes consideran “los nuevos intrusos”, no lo sé; pero si los negros, habiendo sido despreciados durante siglos por los anglos, desprecian ahora a los hispanos, eso habla aún menos en su favor.

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Norteamérica 71. De nuevo en EE.UU., quemando en bus las últimas etapas

Domingo, 30 de octubre. Matamoros (Méjico).

La noche anterior a mi marcha de Altamirano dormí poco porque, tras proyectarse Frida en casa de Juan Manuel, los médicos que acudieron se fueron tarde; y ayer mañana yo empecé temprano, camino de la frontera estadounidense, el más peregrino rosario de trayectos que haya hecho antes, ya que viajé en autobuses económicos, de segunda, que suelen hacer recorridos más bien cortos y obligan a un mayor número de transbordos. Con esto no ahorré mucho dinero, pero me divertía la experiencia y, de todas formas, no quería llegar por la noche a la frontera, que es cuando llegaba el bus de larga distancia. Ahora mismo estoy esperando para hacer el último trayecto, pero en las 36 horas precedentes he hecho las siguientes etapas desde Altamirano: 1. Ocosingo (35′), 2. Palenque (2½ h), 3. Dos bocas (20′), 4. Villahermosa (2 h), 5. Coatzacoalcos (3½ h), 6. Veracruz (7 h), 7. Poza Rica (5½ h), 8. Tampico (6 h), 9. Matamoros (7 h). A ese ahorro, de unos 150 pesos (menos de 15 $), hay que añadir el de una noche de alojamiento (pues la he pasado en un bus). Por cierto que Dos Bocas, lugar casi inhabitado, no es sino el punto donde la carretera de Palenque se une a la de Villahermosa, típico cruce ruidoso e inhospitalario, sucio y embarrado, parada informal de buses, donde mucha gente hace transbordos varios.

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Norteamérica 70. Altamirano, la dulce Pati y la conmovedora humildad campesina

Martes, 25 de noviembre. Altamirano (Chiapas, Méjico).

Hace unas 48 horas que llegué a Altamirano. El viaje desde San Cristóbal fue bueno, no demasiado largo: dos horas y media a Ocosingo y otra media hasta aquí. Cuando pregunté en el hospital por Eladio (que en Méjico usa su verdadero nombre, Juan Manuel), no había llegado aún de su capacitación, pero las monjas me acogieron bien y, mientras lo esperaba, me alimentaron (estaba famélico) y estuvieron enseñándome aquello. Me atendió la mismísima sor Mayte, que debe de ser la superiora. Alguien, en determinado momento, me condujo hasta la casa de Juanma, pero estaba cerrada. Llegó al hospital rato después, ya oscurecido. Lo encontré más canoso de como yo lo conociera, y más hermosote, o sea con tripa. Fuimos a cenar unos tacos con Hermenegildo, un chaval que vive con él, y Will, un médico yanqui. En cuestión de media hora ya me había presentado a una docena de personas: monjas, médicos, empleados, amigos…

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Norteamérica 69. Exhibicionismo en los hostales; historia de Kate y Jane

Viernes, 21 de noviembre. Mismo lugar.

Teniendo en cuenta el importante papel -unas veces de mi agrado y otras no- que los youth hostels están teniendo en mi viaje, hago aquí una breve digresión sobre ellos. Aunque su denominador común es el de estar enfocados a huéspedes de bajo presupuesto, esto no es condición necesaria para alojarse en ellos: hay quien los prefiere simplemente por su ambiente viajero. Aparte, no deja de ser significativo que los hostales más populares (al menos en mi experiencia) sean aquellos cuyos lugares comunes (living, cocina, terraza..) son de paso obligado para llegar a los dormitorios. Por otra parte, y deejando a un lado a las parejitas jóvenes que buscan un nido de amor barato y a las parejotas mayores que aspiran a rejuvenecerse por proximidad (en física, a este fenómeno se lo llama simpatía), los albergues cumplen una función muy importante para el viajero: la de escaparate. Sigue leyendo →

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Norteamérica 68. San Cristóbal, nido de zapatistas, jipis y etarras

Miércoles, 19 de noviembre. Mismo lugar.

No tiene mucho sentido hacer un relato cronológico de mis movimientos en San Cristóbal. Desde que llegué, mis actividades se han limitado a una serie de paseos por las calles más céntricas y a frecuentes visitas al mercado, mercadillo y ciberlocales. También a una búsqueda continua de alojamiento. La primera noche me quedé en un hostal bien ubicado y de precio imbatible (35 pesos), pero con poco ambiente viajero y mínimo equipamiento; nada que ver con el resto de albergues durante este viaje. No había un espacio común agradable, y la cocina carecía de frigorífico y útiles. Aun así, lo que me decidió a irme fue (aparte la ausencia de mujeres ligables) que los servicios se quedaban sin agua desde las 22:00 hasta las 7:30. Ni para la cisterna había. Además en un local cercano ponían por la noche música bastante alta y se oía desde la habitación. La segunda noche la pasé, atraído por el agradable y soleado aspecto de su patio interior al mediodía, en un lugar llamado –no te lo pierdas– “LOS CAMELLOS”, así con mayúsculas. El logotipo consistía en un camello fumándose un porro, y en todas y cada una de las oes de todos y cada uno de los letreros y avisos habían encajado la A del símbolo ácrata. Sin comentarios. Sigue leyendo →

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Norteamérica 67. Granujas de estación; 2000 km por Méjico en autocar

Lunes, 17 de noviembre. San Cristóbal de las Casas (Chiapas, Méjico).

Por la mañana seguía lloviznando. Cuando acabé de recoger y me marché, ya habían abierto el parque y el guarda estaba en la caseta; pero tuve suerte de que no vio desde dónde me aproximaba, y para que no sospechase al verme alejarme, simulé que venía de la carretera a preguntarle cómo ir hasta el centro de Laredo. La maniobra funcionó, y el hombre me explicó dónde coger un bus al downtown. La parada quedaba a una milla, y aún me tocó esperar en ella un buen rato. Por cierto, la conductora de ese autobús hablaba el más perfecto spanglish que he escuchado hasta ahora, y estuvo todo el recorrido de charla con amigas y amantes por el manos libres del móvil.

Ya en el centro, fui a la terminal para preguntar por autocares a Méjico, D.F. La Greyhound vendía el billete a 67 $, pero como intermediaria: sólo te llevaba, cruzando la frontera, a la terminal de Nuevo Laredo, de donde sale el autocar mejicano que va a la capital. Así que me dije: “si cruzo la frontera por mi cuenta y compro el pasaje directamente en Nuevo Laredo, me ahorro la comisión o el sobreprecio de Greyhound.” Y eso hice. Pasé el puesto fronterizo (una vez más sin que nadie, al salir de EE.UU. o al entrar en Méjico, me controlase o pidiese un documento), cambié a pesos los dólares que me quedaban y cogí un bus urbano hasta la terminal, a nada menos que 8-10 km de distancia. Pero, una vez allí, resultó que el billete al D.F. costaba, al cambio, 68 $. O sea que por ir de listillo había incurrido en varias molestias adicionales y, al final, había pagado más.

Como el viaje a Méjico City es largo, escogí un servicio que salía a las 18:00 y llegaba de mañanita: así, al menos, me ahorraba el alojamiento de esa noche. No obstante, faltaban aún varias horas hasta la salida, y para matar el tiempo di una vuelta por aquel suburbio, estuve comprando algunas provisiones, intenté llamar a Toño (sin conseguirlo: maldito si sé cómo funcionan aquí los teléfonos) y busqué una casa de baño para ducharme; pero no me convenció la limpieza de las dos que encontré y tuve que quedarme sin ducha. De regreso a la terminal, estando en la sala de espera, mientras escribía el diario, un par de chavales con tatuajes de protodelincuente se sentaron junto a mí.

Martes, 18 de noviembre. Mismo lugar.

–¿A dónde vas?, me pregunta el más charlatán. –¿Y a dónde vas tú?, le digo. –A Méjico, contesta. –Pues yo también voy a Méjico, replico. De querer atracarme no tenían pinta, pero de nada bueno tampoco. Decidí hacerme el marchoso para intentar sondear de qué iban. Me contaron que acababan de ser deportados de EE.UU: y volvían a sus casas, en sendos pueblos no lejos de la capital. El charlatán se iba en un autocar a las cinco; el otro, más aindiado, a la una de la madrugada. El charlatán apestaba a alcohol. El indio, cada vez que pasaba una chica guapa, me decía: “mira esa; te la regalo”. Una gracia que no veas. Tan pronto se quedaban sentados junto a mí o me pedían ver mi mapa de carreteras, como se levantaban y evolucionaban por la estación ociosamente. Cuando me entró el hambre saqué las provisiones, me preparé un sánduche y les ofrecí uno a cada uno. El charlatán me dio las gracias, pero el moreno no: lo cogió como si se lo debiese. Más adelante le pregunté: –¿Y ya tienes el boleto para tu autobús? –Aún no. Tal vez mañana. –¡Ah! Creí que te ibas a la una. –Sí, me voy a la una. ¡Menudo imbécil! Cansado de ellos, me di por allí un rulo, y al volver ya no estaban; pero no me los había quitado de encima: regresaron al cabo de un rato. En un banco frente a nosotros había una nínfula guapa que nos miraba constantemente, pero como con indiferencia, y en cuanto percibía que alguna de nuestras miradas se dirigía hacia ella, desviaba enseguida la suya. El charlatán intentó ligársela, sin éxito. Ella dijo tener dieciocho añitos (aunque aparentaba trece) y estar casada. Probablemente ambas cosas eran mentira. Por fin se marchó el moreno, sin decirme adiós ni hacer gesto alguno que reconociese mi existencia. Repito: ¡menudo imbécil! El charlatán se quedó todavía un rato hablando conmigo, pero al fin me cansé de su incoherente cháchara y, con una disculpa cualquiera, me despedí. Estuve vagando por el barrio (que era de lo más guarro que pueda uno imaginar) hasta la salida del autocar.

De Laredo a Méjico City en autocar

Casi catorce horas de tranquilo viaje me dejaron a las siete de la mañana del sábado en Méjico, D.F. (o Ciudad de Méjico, aunque no sea lo mismo: la ciudad es, paradójicamente, más grande que el distrito federal). Como era aún demasiado temprano para llamar a Toño, hice algo de tiempo preguntando por los autocares a San Cristóbal y consiguiendo en información un plano de la ciudad. Seguía siendo demasiado temprano cuando finalmente lo llamé, y lo saqué de la cama. Me dio su dirección, que no era muy lejos, y me indicó que cogiera un taxi. No obstante, en parte para darle tiempo a despertarse y ponerse en orden de marcha, y en parte porque no me fío de los taxistas, y menos aún de los mejicanos, famosos por atracar a los clientes, decidí ir en transporte público.

Nada más salir de la estación, lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de “bochitos” (como llaman en Méjico al VW “escarabajo”) que hay por todas partes. Un gran número de taxis son bochitos. Según me enteré después, han estado fabricándolos hasta que, hace muy poco, sacaron una última serie y cerraron la factoría. Mi primera intentona de usar el transporte público fue fallida: cogí uno de esos minibuses o furgonetas privadas (y piratas) que, por un peso –de ahí que los llamen peseros–, te llevan (o no te llevan, como fue mi caso) a cualquier lugar por el que les preguntes; pero encima de no pasar por donde me dijo que pasaba, en lugar de un peso me cobró dos, por mi cara de tonto. A la segunda, cogí el metro, que es fiable, más o menos limpio, rápido y eficiente.

Toño me llevó a almorzar, con Sandra y su familia, a un restaurante bueno y barato; y por la noche a la zona del Zócalo. El domingo comimos, en un restaurante bueno y caro, con Eugenio -que casualmente andaba por allí esos días en viaje oficial- y otros funcionarios españoles, entre ellos el agregado policial del consulado, un tío que iba de cabecilla y que, de hecho, pagó toda la cuenta; aunque apuesto a que luego le giró la factura al Ministerio. Por cierto, los precios en el D.F. están casi al nivel de EE.UU., pero la ciudad es totalmente tercermundista, sucia, muy oscura por la noche (apagan la mitad de las farolas, dizque para ahorrar) y, por lo visto, extremadamente peligrosa. Además, salvo el centro histórico, ni siquiera es bonita; y eso que me llevaron por la mejor zona.

El domingo a las seis de la tarde me encaminé a la TAPO, de cuya terminal salía el bus a San Cristóbal. En este punto, hago una breve digresión: no sé qué tipo de sociedad me gusta menos, si la distante, hipócrita pero civilizada cultura anglo, en que los conductores se paran para que cruces la calle aunque tengas el muñeco en rojo, o la cálida pero incívica hispana, en que, aunque lo tengas en verde, te arrollan si te descuidas. Si los unos son fríos y guardan más las distancias en el trato, a cambio también son más respetuosos. Si la cordialidad de los otros acarrea el derecho a pasarte el coche por encima, que se la lleve el diablo, ¿no? ¿Quién es más individualista, el anglo que no quiere intromisiones en su vida, o el “latino” que, por rascar cuatro pesos, no repara en avasallar a quien sea? Si me gusta poco una sociedad de distantes y desdeñosos burgueses, una de espabilaos muertos de hambre acaso me guste menos. Si me fastidia el típico yanqui ricacho y antojadizo, carente de empatía por no haber conocido nunca tiempos difíciles, igual me fastidia el buscavidas hispano que arrolla a quien haga falta por un poco más de plata. En EE.UU. no temo hacer autostop porque allí es difícil que alguien vaya a atracar a un mochilero; pero aquí, no sé yo, no sé.

El viaje hasta San Cristóbal fue larguísimo: casi diecinueve horas; pero se me hizo entretenido y no me resultó incómodo (salvo al principio, que pasé frío porque el conductor no sabía desempañar el parabrisas y, para evitar la condensación, bajó la temperatura del habitáculo). La última etapa, pasado Tuxtla Gutiérrez, fue muy bonita: la altitud aumenta de manera constante, quizá hasta en 1000 m, y a medida que se asciende, el paisaje es cada vez más imponente. Algunos de los pueblitos del camino son encantadores, pequeñas comunidades indígenas donde la gente viste a lo maya. Uno de ellos, no recuerdo cuál, a la orilla de una laguna entre altas montañas, es el punto más elevado del trayecto. A partir de ahí la carretera desciende un poco.

De Ciudad de Méjico a San Cristóbal de las Casas en autocar

Cuando llegué no vi ni rastro de Eladio, y en un ciberlocal comprobé que no tenía ningún correo suyo. Quizá no recibió los míos, o algo le impidió venir, o anda por la selva. Pero no me importó, porque me pareció que valía la pena quedarme un par de días en esta ciudad. Así que busqué un alojamiento barato y fui a comer. En una “Cocina Económica” de las infinitas que hay me sirvieron un caldo de lentejas y un miserable plato de carne guisada, pero como aquí todo se acompaña con una cesta de tortillas y un plato de arroz, que es lo que te llena, no me quedé con hambre. Y, la verdad, por 15 pesos (1’20 €) no se puede pedir mucho.

San Cristóbal de las Casas es una bonita ciudad de corte colonial y trazado cartesiano, con al menos una docena de iglesias (quizá alguna sea catedral), varias plazas, calzadas de adoquines o piedras, y aceras muy altas, supongo que por las fuertes tormentas. Abunda en pictóricos rincones y gratas vistas, sobre todo desde lo alto de los cerros sobre los que se extiende. Las casas, de una sola planta, son de piedra, ladrillo o adobe, tejado árabe y coloridas fachadas, con predominio del azul portugués, rosas y terracotas. Gracias a su altitud (2100 m), tiene un clima muy agradable incluso para esta latitud tropical. Su vida es bulliciosa y su población, folclórica. Un continuo enjambre de gente fluye por sus calles, de las cuales yo eliminaría a los coches y a los turistas, ambos en exceso. A los coches porque, viejos en su mayoría, usan nauseabundo butano (o GLP), surcan la calzada a velocidad temeraria, sin el menor respeto por los peatones, y atronan la ciudad, contaminándola también acústicamente. Esa eterna prisa de los conductores mejicanos (que van… ¿adónde?) y esa prioridad del auto sobre el peatón dicen muy poco de la fraternidad de este pueblo. Y a los turistas, porque son la gangrena de la hospitalidad: por su causa, el lucro se torna avaricia y cualquier actitud desinteresada se pervierte. Ningún extranjero es visto aquí de otro modo que como una fuente de ingresos. Toda amabilidad, toda curiosidad, se vuelven adulación o empalagosa zalamería.

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Norteamérica 66. Thomas Chavez, con destino a Houston, para servirte

Viernes, 14 de octubre. Nuevo Laredo (Méjico)

No han pasado cuarenta y ocho horas desde que escribí lo último y me parece que han sido el doble. ¿Qué ha sucedido? Nada especial, pero algunas jornadas de viaje pueden hacerse especialmente largas, y así están siendo las dos últimas.

La noche del miércoles fue también bastante buena. Ese viento que se levantó de pronto no me impidió dormir a gusto. Y demasiado a gusto dormí, porque me levanté algo tarde para lo que conviene a un autostopista en estos días que ya son cortos. Por cierto, soñé con Pachi. He olvidado ya la historia, pero como me desperté con lágrimas en los ojos supongo que se trataría de lo de siempre: estamos juntos y la pierdo. Creo que había un tercero por medio, y ella (como en la novela de John Irving que estoy leyendo) no se decidía entre los dos: decía querer a ambos. Pero, bueno, lo importante es que recordar los sueños por la mañana es señal de que estoy durmiendo bien.

Cuando acabé de recoger, me encaminé a la carretera, y tuve suerte: me recogió el segundo coche que pasó. Lo conducía un mejicano sencillo, naturalizado en EE.UU., que tenía una empresa de potabilización de aguas. Me llevó hasta Fort Stockton porque le caí bien, ya que él no iba exactamente allí. Ya lo digo yo siempre: no hay como ser simpático y buena gente para que le vayan a uno bien las cosas. Me soltó el rollo creyente (no todo puede ser perfecto), pero no en plan sermón, sino explicándome su fe. Aparte, ya muy escarmentado, esta vez no caí en el error de expresar mi descreimiento y le seguí la corriente, lo cual puso pronto fin al tema. Hablaba en spanglish, ese cambio constante entre español e inglés tan común en Nuevo Méjico y Tejas, sobre todo entre gente joven o algo snob. Me pareció un buen hombre. Se lamentaba de que hoy día ya nadie quería trabajar porque las nuevas generaciones habían tenido la vida muy fácil. Decía no temer coger a autostopistas porque había combatido en Vietnam, y si Dios no se lo llevó entonces, ¿por qué iba a llevárselo ahora? Creía que no podía pasarle nada peor que aquello. En ese momento, saqué la pistola y le pegué dos tiros.

Llegados a Fort Stockton, me dejó en el extremo opuesto al que me convenía, y hube de cruzar la ciudad entera. Fue un día desesperante. Me di cuenta de que, poco a poco, he ido aumentando mi tolerancia a no conseguir jalón hasta límites inaceptables: una cosa es pasarse la jornada haciendo dedo para avanzar apenas 150 millas con ocho rides, y otra cosa es hacerlo para no avanzar nada de nada. Éste fue el caso ayer. Primero me puse en una carretera estatal, la 285 dirección Sanderson, sin ningún éxito. El tráfico, quizá por ser día 13, era escasísimo. Luego me puse en un carril de acceso a la autopista (Interestate 10) en dirección Sonora, pero en los 15 minutos que estuve allí no pasó ni un coche, así que volví al punto anterior en la 285. Otra larga e infructuosa espera acabó con mi paciencia, y cambié por tercera vez de lugar, poniéndome en esta ocasión donde me había dejado horas atrás el mejicano, para lo cual hube de recorrer de nuevo las dos millas largas que medía la ciudad. Tenía la esperanza de que este otro acceso a la I-10 tuviese más tráfico, pero fue una caminata en vano, ya que no pasaba ni Cristo. De hecho, la propia I-10 apenas tenía tráfico; sólo se veían camiones. Sin saber ya qué hacer, me puse a andar a lo largo de la autopista, aunque está prohibido, con la vaga idea de alcanzar el más oriental de los accesos y recoger así todo el tráfico posible. Llevaba cerca de seis horas haciendo dedo y otras tantas millas caminadas cuando, de pronto, sucedió lo inaudito: sin siquiera levantarle el pulgar, un camionero se paró. Era Thomas Chavez, con destino a Houston, para servirme. ¿A dónde iba yo? A Sonora. Pues vámonos.

Este tipo también hablaba en spanglish, aunque el spa le costaba más que el nglish, y poco a poco, a medida que se olvidaba del primero, su acento se tornaba más incomprensible; sobre todo porque no tenía dientes. Gordo como una foca, diabético y ex cocainómano, sus genes eran una mezcla de indio, mejicano y anglo que había dado como resultado un ser deplorable en lo físico, pero no en lo moral. Como es habitual, aunque los conductores son casi todos unos gilipollas, los que te recogen se deshacen en amabilidades. El amigo Thomas estaba encantado -¡lo que son las cosas, madre mía!- de que el Señor le hubiese enviado un autostopista. Aburrido y cansado, desde hacía una hora rezaba por un hitchhiker, y mira por dónde aparecí yo. ¿No probaba eso la existencia de Dios más allá de cualquier duda razonable? Yo me preguntaba por qué no habría más conductores como él, y también por qué a estos creyentes les cuesta tanto concebir las casualidades. Pero, bueno, me salvó el día. Mira tú por dónde, iba a llegar a Sonora cuando ya no lo esperaba. Y más allá incluso, pues en vista de cómo estaba el percal de los rides, y escarmentado del que había rechazado a Odessa anteayer, decidí sobre la marcha seguir hasta San Antonio con Thomas; lo cual, como se verá, resultó providencial. Este desdentado era dicharachero, comilón y algo excéntrico. Prefería hablar a escuchar (lo cual me hizo preguntarme para qué pedía a Dios un hitchhiker, si un muñeco de cartón le habría servido igual), le encantaba utilizar la emisora de CB, ponía la música a todo volumen, adoraba a Eric Clapton y se tiraba unos pedos asfixiantes y vomitivos. En casi todo el viaje -más de cinco horas- no dejó de parlotear. Me habló de sus nueve hermanos, de su padre el pichabrava, que a los 72 había vuelto a casarse y engendrado dos hijos más, de sus amigos cerveceros, que al salir de gira dejaban el campo lleno de latas y botellas, de su novia (¡cómo!, ¿había una novia para ese adefesio?), del nuevo camión que iban a entregarle en un mes, del tipo aquel al que se le había jodido el coche en una truck stop y que, sin dinero para arreglarlo, se empleó allí y se quedó varios meses, de cómo no lo admitieron para combatir en Vietnam aunque todos sus hermanos habían ido… y regresado vivos, de lo buen presidente que era Bush padre (la primera persona a quien oigo hablar bien de Bush sin avergonzarse), de cómo había perdido la dentadura por tomar coca para conducir más horas, de sus irreprimibles ganas de comer, y de mil cosas más. Era una persona positiva, alegre, optimista y muy respetuosa para con los demás. Huelga decir que me invitó a cenar. ¡Y cómo disfrutó ese platazo! Durante la cena, compró varios boletos de lotería instantánea y, todo ilusionado, me regaló otros tantos. No tengo ninguna duda de que si me hubiese tocado un premio él habría respetado mi titularidad. Le dio una generosa propina a la camarera y, para concluir, me obsequió una cámara de fotos de usar y tirar que tenía por ahí. Así que fue un viaje bastante entretenido. Me dejó, adelantándose a mi preocupación, en una truck stop al sur del gigantesco San Antonio —sobre la autopista que va hacia el sur, a Laredo—, donde había unos cien camiones repostando, o descansando sus conductores antes de encaminarse a la frontera mejicana. Él seguía hasta Houston. Antes de despedirnos me dio algunos consejos para conseguir jalón y expresó su agradecimiento por mi compañía, pues —decía— en otro caso habría hecho una parada ya bastante atrás.

De Pecos a Laredo en tres rides, principalmente Thomas Chavez

Yo di unas vueltas por aquel lugar en busca de algún rincón donde poner la tienda, pero no encontré ninguno lo bastante escondido. Luego le pregunté a un empleado si había problema en acampar allí, y ya estaba el tío torciéndome el morro, diciéndome que no los autorizaban a que “ande gente por aquí” (tócate los huevos, en una parada de camioneros, ochenta de ellos durmiendo y otros veinte llegando o saliendo, repostando, paseando o comprando, el único que “anda por aquí” era yo), cuando un hombre que escuchó la conversación me preguntó si iba a Laredo y si quería ir ahora. Sí, quiero. Y a Laredo nos fuimos. Era un tipo joven que iba allá por negocios, tenía sueño y yo le venía bien para no dormirse. La simbiosis perfecta. El viaje fue normal; hablamos de temas varios, ni muy interesantes ni muy aburridos. Lo jodido fue al llegar: lloviznaba, era muy tarde y el camping —que como vi después, más que un camping en condiciones era un pequeño parque con una zona de acampada— estaba cerrado: no había nadie en la entrada, una barrera impedía el paso de vehículos y la zona de acampada quedaba dos kilómetros hacia dentro. Como no me apetecía andar esa distancia -y poner la tienda- bajo la lluvia, y como además era algo carito, decidí pasar la noche bajo un galpón con mesas que había cerca de la entrada y largarme antes de que abriesen el parque. Y pese a circunstancias tan precarias, habría sido una buena noche de no ser por los mosquitos: no me los esperaba a estas alturas del otoño y me cogieron desprevenido; en cinco minutos me pusieron a caldo, y me dieron la tabarra el resto de la noche. Con todo, acostado sobre una de las grandes mesas de pícnic, pude dormir algo.

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