Domingo, 30 de octubre. Matamoros (Méjico).
La noche anterior a mi marcha de Altamirano dormí poco porque, tras proyectarse Frida en casa de Juan Manuel, los médicos que acudieron se fueron tarde; y ayer mañana yo empecé temprano, camino de la frontera estadounidense, el más peregrino rosario de trayectos que haya hecho antes, ya que viajé en autobuses económicos, de segunda, que suelen hacer recorridos más bien cortos y obligan a un mayor número de transbordos. Con esto no ahorré mucho dinero, pero me divertía la experiencia y, de todas formas, no quería llegar por la noche a la frontera, que es cuando llegaba el bus de larga distancia. Ahora mismo estoy esperando para hacer el último trayecto, pero en las 36 horas precedentes he hecho las siguientes etapas desde Altamirano: 1. Ocosingo (35′), 2. Palenque (2½ h), 3. Dos bocas (20′), 4. Villahermosa (2 h), 5. Coatzacoalcos (3½ h), 6. Veracruz (7 h), 7. Poza Rica (5½ h), 8. Tampico (6 h), 9. Matamoros (7 h). A ese ahorro, de unos 150 pesos (menos de 15 $), hay que añadir el de una noche de alojamiento (pues la he pasado en un bus). Por cierto que Dos Bocas, lugar casi inhabitado, no es sino el punto donde la carretera de Palenque se une a la de Villahermosa, típico cruce ruidoso e inhospitalario, sucio y embarrado, parada informal de buses, donde mucha gente hace transbordos varios.
No me salió del todo bien la carambola y he llegado a Matamoros de madrugada, antes de lo previsto. Tres o cuatro horas más tarde habría sido ideal. En el último bus, una señora me convidó a patatas fritas y pepacola, pero estaba dormido cuando se bajó y no pude despedirme. Le había prestado mi abrigo para que se arropara del aire acondicionado y me lo devolvió sin darme cuenta.
Así pues, día y medio hasta la frontera por malas carreteras, para colmo saturadas de “topes”, esa coacción ejercida por el poder, ese atentado contra la libertad, esa aberración vial que suponen los resaltos en el pavimento concebidos para que el tráfico disminuya su velocidad. Siempre los he considerado la más incongruente medida vial, pues su objeto es anular el objeto de la mejora de las carreteras, que es facilitar el transporte. Los había visto en Centroamérica y los vi en Argentina, pero nunca tantos como aquí, donde proliferan como setas y, además, en los lugares más ilógicos y absurdos. Jamás podría vivir en un país con topes en las carreteras, afirmo. [¡Qué ingenuo! Andando el tiempo, España se llenó de ellos y yo he tenido que comerme mi afirmación.] También pasé por dos “controles” militares, en uno de los cuales hicieron bajar a todo el pasaje y estuvieron registrando equipajes al azar. Vamos, un país en estado de excepción. Se me antoja que, desde el río Bravo del Norte hasta la Tierra del Fuego, no debe de haber un kilómetro cuadrado que no esté en estado de excepción. Por cierto, en uno de los pueblos por donde pasé, Nautlan, bonita localidad caribeña con lindas casas de colores y paradisíacas playas, me bajé a mear y ¡los servicios no eran de pago! Caso único en Méjico. Jamás podría vivir en un país en el que haya que pagar por orinar en váteres públicos. Otra curiosidad de esta etapa es que en Chiapas, cerca del “triángulo rojo” formado por San Cristóbal, Comitán y Ocosingo, vi dos carteles con esta frase: Está usted en territorio zapatista rebelde. Aquí el pueblo MANDA y el gobierno OBEDECE. Bonito, si fuera verdad; pero es cierto que esa zona es ingobernable y hay una fuerte presencia militar.
Acabo de regalarle a una mendiga, que hablaba perfecto inglés, la tarjeta SIM de 30 pesos que compré hace dos semanas y no llegué a usar. En EE.UU. no me sirve. Dinero perdido. Ahora no me queda sino esperar al alba para poder adentrarme sin peligro por las calles de Matamoros, ir a pie a la frontera y pasar a Brownsville, donde me consideraré, extrañamente, “como en casa”. Y es que Méjico es de esos países (al igual que toda la Hispanoamérica que conozco) en que uno siente todo el rato que puede sucederle cualquier cosa en cualquier momento, que la seguridad nunca es completa y que los peligros son muchos, variados e inpredecibles.
Martes, 2 de diciembre. Nueva Orleáns (Louisiana).
Una espera de seis horas en Matamoros (y suerte que no intenté cruzar la frontera por mi cuenta, porque Brownsville queda lejos) y un bien planificado viaje vía Houston me dejaron esta madrugada en N’awlins (Nueva Orleáns), una sucia y peligrosa ciudad, llena de negros. La primera mala noticia fue que el hostal que había elegido, de entre los que aconsejaba mi guía, para alojarme aquí había cambiado de categoría y duplicado sus precios; la segunda, que el hostal (cercano) que me fijé como alternativo había aumentado también sus precios en consecuencia (un 35%); la tercera, que el lejanísimo hostal último recurso, único con precios razonables, es una mierda; el más trapero y sucio de todo este viaje; una cosa al estilo de aquel de Victoria, pero peor, y con la importante diferencia de que aquél costaba 12 CAD y éste cuesta 15 USD. Esto va a hacer que modifique mis planes de estancia aquí, reduciéndola de 5-6 días a 2-3, pues ese precio es mucho más de lo que este hostal se merece, y el otro albergue, más limpio y céntrico, cuesta 20 USD, que es más de lo que esta ciudad se merece.



