Norteamérica 47. Bob el devoto y la sensacional garganta del río Columbia

Sábado, 11 de octubre. Corvallis (Oregón).

No puedo decir que descansara muy bien en aquel sofá, la verdad. Por una parte, había dormido bastante la noche anterior; por otra, aquel ilocalizable sonido de agua fluyendo me dificultaba el sueño; pero, sobre todo, los madrugadores habitantes de la casa me despertaron a deshora: el marido se levantó a las cuatro menos cuarto, nada menos; el viejo, a eso de las cinco, y estuvo haciendo no sé qué en una mesa cercana al sofá; ella, sobre las seis y pico. Así que desde las cuatro no pegué ojo y, al final, no tuve más remedio que desperezarme. Por cierto que soñé -no sé si por aquel sonidito del agua o porque llovió durante la noche- que estaba en una casa donde, si te asomabas a una ventana, llovía, y si te asomabas a otra, no. Cuando me levanté, el marido había salido ya, sabe Dios a dónde, tal vez a cazar, y me uní a la conversación que mantenían tío y sobrina. Charlamos más de una hora hasta que ella dijo tener que marchrse. Luego nos fuimos Bob y yo.

La mañana estaba algo nublada (digamos, BKN020, en argot aeronáutico), y hacía frío. Bob puso el motor en marcha y, con la misma torpeza que informaba casi todos sus actos, activó la fría calefacción, que me helaba los pies mientras que por su puerta abierta (no sé qué enredo de última hora estaba haciendo y la mantuvo así unos momentos) entraba un aire que me enfriaba el cogote y el resto del cuerpo. Por fin la cerró y nos pusimos en marcha. Al cabo de unas cuantas millas nos paramos a desayunar, y en tanto él esperaba su pedido (yo no tenía hambre) intenté hacer unas llamadas. Bob atacó su desayuno con tanta fruición que olvidó sus oraciones; o quizá las obvió, si es que el desayuno es pitanza de tan poca monta que no exige fervorosos agradecimientos. Superada la timidez, o acaso la cauta reserva, del primer día, mi amigo se reveló como un magnífico charlatán, hablador incansable y pobre escuchador; de modo que durante el resto del viaje se empeñó en estropearme el disfrute de los maravillosos paisajes con su inacabable y soporífera charla. Como apenas prestaba atención a lo que yo le decía, o no le interesaba, reduje primero mis comentarios a monosílabos de afirmación, y luego dejé de escucharlo. Aparte, como abría la ventanilla cada cuarto de hora para fumar un cigarro y luego se olvidaba de cerrarla, el ruido del aire se combinaba con su bajo volumen de voz y con el nulo esfuerzo que hacía para articular bien las palabras, resultando todo en que apenas le entendía lo que hablaba. Aun así, pude enterarme de toda la historia de su matrimonio: casado con una mujer divorciada, algo mayor que él, no había tenido hijos. Muerta ella, pocos meses después se amancebó con la hermana, que acababa de perder al marido; y cuando ésta pasó también a mejor vida (quizá a ambas, esposa y cuñada, las mató él de aburrimiento), su sobrina política (en cuya casa habíamos pasado la noche) vino a constituir su único consuelo y un gran apoyo tras la reciente muerte de su anciano padre, a cuyo entierro -o ceremonia de despedida- precisamente acudía ahora. Me enseñó las fotos de cada uno de ellos y me contó cuán contento estaba de que, con su padre, todo hubiese sucedido como sucedió: resulta que llamaba a su viejo por teléfono todos los días, y la última vez que hablaron, contra su costumbre, antes de colgar le dijo “I love you, dad”, a lo cual el padre respondió “I love you, son”. No dudaba de que Dios le había inspirado esa amorosa frase, y estaba muy contento de que fuera lo último que ambos se habían dicho en vida, y de que todo hubiese quedado perfectamente en orden entre ellos. Bob era un hombre profundamente creyente.

El paisaje, a lo largo de nuestro viaje, fue asombroso. Primero, a las lluviosas montañas de Cle Elum sucedió el vistoso desierto del Okanogan, con sus peladas lomas de amarillento pasto entre pedregales; después, grandes campos de rastrojos, que a su vez dieron paso a una zona semiárida, montes de roja tierra y ralos pinares moteados de un arbusto verdirrojo y de otros árboles que ya amarilleaban; tonos cálidos que le daban al paisaje un aspecto agradable, dramático y con carácter. Por último, tras coronar un collado, unos 200 metros bajo nuestros pies apareció una enorme extensión de bajas lomas doradas que se veía partida en dos, a media distancia del horizonte, por una marcada cicatriz, larga y quebrada: the Columbia gorge, el impresionante cañón del río Columbia, que a lo largo de casi 500 km hace frontera entre el estado de Washington y el de Oregón. Según bajábamos, lo que en un principio parecía estrecha garganta fue revelando ser una anchísima depresión (tal vez un cuarto de milla), por cuyo fondo fluían, rizadas de pequeñas olas, las aguas pardoverdosas del río. Desde el borde norte de aquel abismo, la carretera en el lado de Oregón aparecía como apenas una delgada línea que serpeaba por el fondo de la garganta, sólo delatada por los vehículos, diminutos como hormigas, que por ella circulaban. Pero, al acercarnos, aquella carretera resultó ser una ancha autopista (la Interestatal 54) con dos calzadas muy distanciadas y varios carriles por sentido, flanqueada al sur por la rojiza pared rocosa del cañón que semejaba una colosal obra de mampostería, y al norte por el río, atravesado por varios puentes de gran longitud. Paralela a esa autopista, en el lado de Washington pero por el borde superior del talud, serpentea la antigua carretera. Durante nuestro tránsito por esta garganta el paisaje cambió varias veces, siempre magnífico. Primero, el ancho, rojizo y ventoso cañón se estrechó, pasando entre cumbres más elevadas donde las frecuentes nubes que allí se acumulan proporcionan una precipitación abundante que, en ocasiones, da lugar a otra muy distinta: la de los arroyos precipitándose pared abajo en asombrosas cascadas. Nos paramos un momento en un mirador (donde había todo un complejo turístico) a ver una que tenía más de 150 metros de altura. Después, la garganta volvió a abrirse, el río se ensanchó, una isla apareció en el centro y el viento se calmó. Allí las montañas eran menos altas y la vegetación cambió a los clásicos tonos otoñales. Ya cerca de Portland (donde dejamos la 54 y cogimos la Interestatal 5 hacia el sur), todo esa maravilla se desdibuja y se pierde en un mar de urbanizaciones. A partir de esa ciudad, el paisaje fue mucho menos espectacular.

Y ahí me cayó el sermón religioso. ¡Qué peste de norteamericanos! ¿Cuántos tipos ya, a lo largo de este viaje, han creído ser los llamados a evangelizarme? Y todos con el mismo, idéntico rollo sobre que es imposible, al mirar a nuestro alrededor, no concluir que el mundo tiene un creador y que las cosas no suceden por casualidad. No fue casualidad que yo estuviese haciendo dedo cuando pasó Bob, ni que él me viese cuando se paró a comprar cigarrillos, ni que yo siguiese aún en el arcén cuando salió de la tienda, bla, bla, bla. Menos mal que tuvo, al menos, el detalle de no insistir en la cuestión al percatarse de mi total desinterés: yes, sure, of course.

De Cle Elum a Albany con Bob el devoto

Cuando finalmente llegamos a Albany, a sugerencia mía nos metimos en un Wendy’s a comer algo y a charlar un rato, pues él tenía tiempo antes de su cita con el médico, a las 16:30. Por fin encontré las famosas hamburguesas por un dólar que, según alguien me había dicho, existían en EE.UU., así que me pedí dos. Por cierto que, al volver de los aseos, según me acercaba a la mesa vi que mi benefactor oraba silenciosa y píamente ante sus alitas de pollo rebozadas, y cuando ya iba a erguirse, viendo por el rabillo del ojo que me acercaba, prolongó su oración lo suficiente para cerciorarse de que me percataba de su devoción y a lo mejor, con suerte, tomaba ejemplo. Allí pasamos la última media hora juntos, diciéndonos lo agradable que había sido nuestro encuentro. Con anterioridad yo le había soltado un par de indirectas acerca de mi desamparo en esa ciudad, pero no las pilló o prefirió no pillarlas, así que me tocaba seguir haciendo dedo como poco hasta Corvallis, pues en Albany no había hostal ni camping. Lástima que Bob, en vez de emplear los últimos diez minutos en sacarme del centro para poder hacer autostop, los pasó congratulándose por haberme recogido, diciéndome lo contento que estaba e intercambiando direcciones para que le enviase una postal desde España. Le agradecí infinito, para mis adentros, que en la despedida final no me transmitiera las bendiciones divinas.

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