Norteamérica 64. Rola el viento en Oscuro; una proposición indecente

Mismo día y lugar, horas más tarde.

¡Aaaaa-chisss! Al tocar cualquier objeto de esta casa, el polvo de ocho años que sobre él reposa se levanta sutil, queda en parte adherido a la yema de los dedos, en parte suspendido en el aire, sensible a cualquier vaivén molecular y presto a mudar de sitio, incluyendo mis fosas nasales.

El tiempo está cambiando, aunque no sé si a mejor o a peor. El viento ha rolado de sur a suroeste, una nube lenticular ha aparecido sobre un cerro de las montañas cercanas, y otras nubes viajeras han adornado el cielo todo el día. El olor a paja mojada de esta mañana denunciaba también más humedad. La temperatura, se me antoja que ha subido un poco. Dice Dirk que, según el pronóstico, el miércoles viene lluvioso y aún más ventoso que hoy, que a su vez lo es más que ayer: la cancela de madera del proyectado jardín golpea su batiente de manera constante y desacompasada. Un par de sillas de plástico, desatendidas y olvidadas, han rodado por tierra. Y el propio movimiento de las ramas, el flamear de trapos, el batir de esa puerta y las ocasionales polvaredas acentúan más, si cabe, el abandono y el olvido de este lugar. Frente a mí, al otro lado del ventanal de este salón (que antaño fue porche de la casa), tostándose al sol del mediodía hay una mesa de fibra sobre la que reposan unas piedras y una lata, otra mesa de madera con su correspondiente lata, una estufa de fundición, una bañera, un sofá naufragado y una valla de tela metálica rota por mil sitios, con una puerta de cuyo dintel cuelga un objeto no identificado de chapa y alambre. Este lugar es perfecto para el ensueño. No tan seco ni tan bonito como Tecopa (¡ah!, debí haber pasado más tiempo allí), pero más desolado y mucho más aislado. Casi nadie pasa por aquí. Ayer llegó un tipo preguntando si había caza y cuánto le costaría quedarse.

Por la noche estuve leyendo algunos artículos que tiene Dick en un álbum con fotocopias de viejas fotos y artículos de periódicos referidos a Oscuro. Breves noticias muy locales, con los cuatro eventos de una comunidad que incluso en su apogeo ferroviario-minero-petrolífero no tuvo más de doscientos habitantes. Ahora no quedan ni las ruinas: al parecer, alguien compró todas las casas viejas para llevarse sus ladrillos a otra parte. El pueblo “grande” de la zona es Carrizozo, con unas mil almas, adonde esta mañana fui con el patrón para enviar por correo algunas cosas a España, entre ellas el primer cuaderno de este diario (así me quitaba peso de encima) y comprar provisiones. Una cosa curiosa: aquí no hay tantas construcciones en madera como he visto en otras regiones del país. Quizá sea muy caro traer ese material hasta tan lejos.

He decidido que mañana me voy. No porque no esté a gusto, sino porque esta estancia no está reportándome mucho en términos de conocer a la gente o al país. Lo que hago aquí, igual podría hacerlo en la casilla de El Duco. Aunque, por otro lado, me da pereza ponerme de nuevo en la carretera al capricho de los conductores. Me daré cuatro horas de margen: si en ese tiempo no consigolift hacia el este, a Roswell, cogeré en Carrizozo el bus de las 12:05 hacia El Paso, e iré desde allí derechito a Ciudad de Méjico en uno de esos abarrotados autobuses mejicanos.

Miércoles, 12 de noviembre. Pecos (Tejas).

Me da la sensación de que la única libertad efectiva que la gente tiene en este país es la de elegir la forma en la que quiere hacerse rica o sacar pasta. Por lo demás, no sé si hay tal libertad. Es decir, la hay, pero se espera de ti que no hagas uso de ella. Por ejemplo eres libre de hacer dedo, pero todos cuentan con que lo lo hagas; y de hecho en casa, en el colegio, en el instituto, a los chavales se les enseña un lema, never pick up hitchhikers, como parte del paquete de normas sociales, junto tal vez al don’t litter, o el don’t step on your neighbour’s frontyard; una más de las cantinelas que conforman el credo de DOs & DON’Ts de los norteamericanos.

Ayer martes, tras levantarme bien temprano y recoger mis cosas, Dirk me llevó a Carrizozo y me dejó en el cruce, donde estuve -infructuosamente- levantando el pulgar un rato, hasta que decidí cambiar de ubicación; y no había llegado aún al siguiente cruce cuando por él asoma un coche conducido por una mujer blanca y con un copiloto hispano, que sin haberles hecho aún gesto alguno me ofrecen un lift. Iban sólo a Capitan, 20 millas al este, pero como me había propuesto que el azar decidiría, subí. Llevaban a castrar un gato al veterinario. Eran bastante agradables, pero hablaban bajo, con fuente acento del sur, y tenían la música alta, así que apenas los entendía. Me dejaron a la entrada de Capitan y hube de cruzar a pie todo el pueblo; muy bonito por cierto, en medio de unas bajas montañas que tenían algo más de vegetación que el semiárido terreno circundante, la carretera flanqueada por árboles que estaban cambiando el color, las casas de estilo colonial u oeste americano, bastante dispersas, con porticadas aceras de madera, y un ambiente muy de pueblo. Mientras hacía autostop a la salida, un conductor se me arrimó y me pasó una coca-cola. Se lo agradecí, pero cuando se perdió en la distancia tiré la lata a una papelera: estaba del tiempo.

Aquí la gente alberga las ideas más dispares -y equivocadas- sobre los autostopistas. Unos nos toman por mendigos; otros asumen que somos delincuentes; otros nos confunden con los homeless; muchos piensan -y a veces aciertan- que estamos siempre hambrientos o sedientos; algunos ni siquiera saben qué hacemos parados en el arcén junto a una mochila; y no faltan gilipollas que actúan como si el Gobierno o la Cámara de Comercio nos pagase por estar ahí para diversión de los conductores, o incluso -y tal vez sean estos los que más me molestan, los que más me ofenden- como si lo hiciéramos por pura filantropía, como si nos gustara dedicar varias horas diarias de nuestra vida a cargar con una mochila y permanecer en la cuneta sólo para saludar a quien pasa. A éstos se los reconoce porque saludan al pasar de largo. No sé si hay mayor burla a un autoestopista que saludarlo y no recogerlo. Pues bien: de estos últimos está llena la amistosa localidad de Carlsbad, sobre la orilla oeste del río Pecos, en la que ahora me hallo intentando llegar a la ciudad del mismo nombre.

Ocho jalones para ir de Oscuro a Artesia

Tras recibir aquella coca-cola, y dado que a los conductores parece gustarles vernos caminar para ofrecernos un ride, me puse a andar hacia Lincoln, que “sólo” quedaba a once millas de Carlsbad. Llevaba ya parte de esa distancia recorrida cuando me recogió una pareja de vaqueros en un pick-up. No había sitio en la cabina y me subí a la paila. El jalón fue de apenas tres millas. Seguí andando, observando de paso lo guarros que son los yanquis. Quien se queje del estado de las cunetas en España tiene que venir aquí para ver el “reciclaje” que los ciudadanos del “país de las oportunidades” hacen con la inconmensurable cantidad de desperdicios que esta sociedad genera: latas, botellas, papeles, vasos y todo tipo de basuras alfombran las cunetas de manera casi uniforme. No hay desecho que no arrojen por la ventanilla del coche.

Iba por mitad de este idílico paisaje cuando otro ranchero me llevó hasta Lincoln, la ciudad donde el mítico Billy the kid fue arrestado y encarcelado, y de donde escapó tras matar a dos guardias. Parece ser que entonces fue cuando enviaron tras él a Pat Garret, uno de los tipos más duros al oeste del Pecos, según la leyenda. Hoy Lincoln se conserva, por ordenanza municipal, casi en el mismo estado que hace un siglo: está prohibido hacer renovaciones que cambien su aspecto. Imagino que eso impide que el pueblo crezca. Por cierto, es bastante bonito: arbolado y con antiguas casas de madera, ladrillo o adobe, con las típicas fachadas falsas y los letreros al estilo far west.

Dado que Hondo, el siguiente pueblo, tampoco estaba muy lejos, continué caminando y disfrutando de la belleza de las latas y botellas de cerveza. A mitad de camino hice un alto para descansar, y ahí estaba parado cuando un cochazo que había pasado de largo, un Mercury o un Lincoln, dio la vuelta cien metros más adelante y se paró a mi lado. El conductor, un tipo encorbatado, en sus cincuenta, me preguntó a dónde iba y si era alemán. “A Roswell, y soy español”. Muy bien, pues allá nos fuimos a Roswell. Es la primera vez que me llevan en uno de esos lujosos autos, con espaciosos asientos de cuero, todo confort, música clásica… El tipo era un ejecutivo, hombre de negocios o agente de ventas que iba a una cita empresarial a Roswell, y aún me pregunto qué milagro le inspiró llevarme. Me dejó en el sur de la ciudad, pero no en el extremo, así que hacia allí encaminé mis pasos. Al cabo de un rato me subió un vejete a su deslucido coche. Se dirigía a Dexter, que está sobre la highway 2, la antigua carretera hacia Artesia (mi siguiente destino) que se bifurca de la 285 a ocho millas de Roswell. Le dije que me dejase en la bifurcación, pero con el conque de que más adelante, junto a la 285, había un penal y nadie me recogería en esos alrededores, me convenció para seguir con él a Dexter y continuar haciendo dedo sobre la 2. Este vejete, que no se cortaba ni un pelo, me preguntó primero si me había cogido (en autostop) alguna mujer. “Muy pocas”, le contesté. Pues a él -me dijo con un acento que apenas entendí- las mujeres, cuando hacía dedo, solían llevarlo a cambio de invitarlas a comer o pagarles la gasolina. Ya. Luego me preguntó si últimamente me había cogido (en el otro sentido) a alguna mujer. Aunque la pregunta era impertinente, no tuve inconveniente en contestar; pero aún no había concluido mi respuesta cuando va y me propone “una chupadita”. Creí, de nuevo, no haberle entendido. -Pardon me?, le pregunté. -A suck to me. I pay you. Pues sí: el puto baboso me quería pagar por darle un repaso. Rechacé, pero como quien rechaza un favor o un honor. El hombre insistió en que me pagaría, y no pude evitar imaginar mi cartera llena de billetes de a cien; pero seguía sin compensarme. “No, no. Lo siento. No me dedico a eso.” Supuse que, ipso facto, me haría bajar del coche, pero no pareció tomárselo mal y se puso a hablarme, como si nada, del lago al que iba hoy a pescar. Antes de llegar Dexter hizo un último intento para tentarme: “como es tarde, si quieres puedes acompañarme a pescar; luego nos volvemos a Roswell, pasas la noche en mi casa, conmigo, y mañana te traigo otra vez a Dexter.” Por mucho que me hubiese apetecido ir de pesca, habría sido irresponsable aceptar. “No, gracias. Trataré de avanzar hoy un poco más.” Tampoco se tomó a mal esta negativa, y al despedirse me regaló una suculenta pera que me zampé con deleite tras lavarla cuidadosamente. Estaba riquísima. El viejo verde de la pera amarilla.

No llevaba diez minutos en Dexter cuando un fulano con un pick-up me llevó en la paila hasta Hagerman, el siguiente pueblo. Me recomendó, por la cercanía de la prisión, que tratase de alcanzar a pie el siguiente pueblo, Lake Arthur. Le hice caso y me puse a andar. ¿Cuántas millas llevaba ya caminadas ayer? No menos de quince. Atardecía y mis chances menguaban geométricamente con la luz. Casi una hora después, una mujer con su hija que pasaron de largo en un pequeño deportivo verde se pararon a cien metros y me esperaron. -¿Cómo tiene el valor de recogerme? -He visto algo en ti. Pareces decente y tu mirada lo dice todo. Pues vale; Dios bendiga mi mirada, porque la buena señora me salvó la jornada. Me llevó a Artesia y me dejó sano y salvo en un camping bien ubicado, donde por 10 $ pude poner la tienda y darme una merecida y ansiada ducha. La señora del camping también era muy agradable. ¡Y aún me quedaba luz solar! El día, después de todo, no podía haberse resuelto más favorablemente; y aunque en total no avancé más que 136 millas ni llegué a Carlsbad, haber encontrado un lugar decente donde quedarme compensaba lo demás. Además, en Artesia me dio tiempo de ir a la biblioteca pública y comprobar el correo. Cené una hamburguesa de a dólar, compré en un súper leche y galletas, con las que me atiborré en el camping, y me acosté totalmente reconfortado.

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