Tramicidio en la Ley General Tributaria

¿Sabrá alguien darme razón
del sentido de los “tramos”
en los tiempos en que andamos?
¿No son una aberración?

Pago por ganar cuarenta,
y me quedan treinta y cinco;
y doy en la silla un brinco
al ver que me quedan treinta
sin la extra de Navidad,
y al caer fuera del tramo
de beca-universidad.

!Qué sueldo tan puñetero!:
Si ganara treinta y ocho
dispondría de más dinero.

Se cuestionan los recortes
y la ley electoral;
y hasta puede acabar mal
el ministro de transportes.

Que si el paro, que si el rey:
¡todo está mal en España!
Pero nadie mete caña
a la Tributaria Ley,

pese a cuya injusticia,
el legislador -parece-
quiere seguir en sus trece
por torpeza… o por nequicia.

Y es que idear una ecuación
que la haga más progresiva,
ni precisa de inventiva
ni de cara educación.

Congresistas, yo os invoco:
ganaos lo que os pagamos.
Eliminand esos tramos
y mejorad esto un poco.
¡No os quedaréis sin subsidio
por cometer tramicidio!

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Solaris, un apunte sobre Lem y Tarkovsky

El Dr. Snaut (Jüri Järvet) durante su monólogo en la biblioteca de la estación orbital

Esta entrada la escribí hace años, pero como es una reseña atemporal, y como recientemente he releído el libro de Lem en que se basa la película, la publico otra vez, ampliada con nuevos comentarios.


“¿La ciencia? ¡Bobadas! En nuestras circunstancias, la mediocridad y el genio son igualmente inservibles. No estamos interesados en conquistar cosmos alguno: lo que queremos es extender la Tierra hasta los límites del cosmos. No sabemos qué hacer con otros mundos. No necesitamos otros mundos: lo que necesitamos es un espejo. Nos esforzamos por establecer contacto, pero nunca vamos a encontrarlo. Nos hallamos en el insensato dilema de buscar una meta a la que, sin embargo, tememos, y de la que no tenemos necesidad alguna. El hombre necesita al hombre.”

Esta es probablemente la mejor alocución en la película Solaris, de Andrei Tarkovsky (producción soviética que ganó el Gran Premio del Festival de Cannes en 1972), una adaptación libre de la novela homónima de Stanisław Lem (1961).

Aunque más larga y lenta de lo necesario, esta inolvidable película postula lo esencialmente insatisfactorio de cualquier comunicación entre la especie humana y una posible -que no probable- inteligencia exterior. Sus brillantes diálogos y el cautivador tema musical, el carácter de sus personajes y la excelente interpretación de sus actores (entre los que destaca Jüri Järvet, en el papel del doctor Snaut) me llamaron mucho la atención, y quedé hipnotizado no sólo por su elegante puesta en escena, sino por la riqueza de temas sobre los que nos propone meditar.

La trama se desarrolla a bordo de una estación espacial en órbita estacionaria sobre el lejano planeta Solaris, cubierto en su totalidad por un océano que parece ser un organismo pensante. En tanto observan y estudian esta superficie oceánica, los científicos de la estación son a su vez observados y estudiados por el océano, que parece poder sondear sus pensamientos y conciencia, y tiene además la facultad de recrearlos y materializarlos. Tras años de investigación, la misión se encuentra estancada porque todos los miembros de la tripulación han sufrido crisis emocionales. Por eso desde la Tierra envían a un psicólogo para que evalúe la situación; pero no hará sino darse de bruces con los mismos fenómenos misteriosos que el resto de científicos que allí habitan.

Pero la película, aunque magistral, es solo un reflejo pálido —y necesariamente distorsionado— de la novela. Para entender por qué, hay que sumergirse en el texto original.

La novela en que se basa es un sesudo ensayo filosófico sobre las limitaciones antropomórficas del ser humano, que apunta a la futilidad de intentar una comunicación con cualquier vida extraterrestre. No obstante, el libro de Lem es algo más que eso. Aunque seguramente, si pudiera leer esta breve reseña, el escritor Polaco torcería el gesto, creo que Solaris, la novela, es muy en el fondo, pero principalmente, un drama romántico. Una primera lectura sugiere que se trata de una obra de ciencia ficción que incluye una historia de amor como anzuelo para el lector débil; pero yo pienso que es al revés, y que el autor utiliza la filosofía y la ciencia ficción para justificar ante sí mismo escribir sobre el amor. Si bien se mira, la obra tiene todos los ingredientes de la tragedia romántica: un hombre, Kelvin, al que atormenta la culpa por la muerte de su amada, Harey, allá en la Tierra; una amada que regresa en Solaris de manera imposible, “proyectada” por el Océano, y que no es ella en realidad; el amante que intenta redimirse, protegerla, amarla de nuevo; y el sacrificio final que hace Harey para liberar a Kelvin. Si esto no es romanticismo clásico, ¿qué lo es? Pero Lem era un autor pudoroso que, seguramente, sentía vergüenza de su propio romanticismo, y construye toda una estructura filosófica para esconder ese ante sus propios ojos.

En su novela, el deseo humano de amar choca contra la indiferencia del cosmos. El romanticismo decía: “El universo responde al anhelo humano”. Lem dice: “El universo no sabe que existes, y si por azar te responde, lo hará de un modo que te destruirá o te volverá ridículo.” De algún modo, Lem parece esforzarse en desnudar, en despojar de sentido al amor de Kevin por Harey, pero el lector atento puede aprehender lo que hay debajo de esa máscara escéptica. Kevin sabe que su amor es absurdo, y aun así ama. Ese es el más puro romanticismo trágico. Quizá, incluso, esta sea una de las historias de amor más crueles que se hayan escrito: la de un hombre que, consciente de la imposibilidad de un “final feliz”, insiste en amar a un fantasma corpóreo. Y el amor condenado, ¿no es, acaso, el más “auténtico” de todos? El amor romántico por excelencia no es el que triunfa, sino el que fracasa gloriosamente. Kelvin encaja en esa tradición: ama lo que ya perdió, lo que nunca podrá retener, lo que sabe irreal. Esa es la condición misma del amor romántico. Si tuviera esperanza real, sería amor burgués con final feliz.

Aparte, los últimos párrafos de la novela están dedicados a la memoria de Harey, que Kelvin no puede apartar de su cabeza, hasta el punto de que se nos da a entender que decide quedarse para siempre en la estación no por razones científicas o de conocimiento, sino por si acaso algún día su amada “vuelve” contra todo pronóstico. Él sabe que es irracional, y sin embargo espera. Aquí es, acaso, donde mejor se ve el subconsciente de Lem: tras poner toda su artillería científica y filosófica para parecer que está escribiendo una novela sobre el fracaso del conocimiento y los límites de la ciencia, resulta que el motor profundo de la novela, lo que al final la sostiene es el amor imposible de Kelvin por Harey, sin el cual Solaris sería “sólo” un tratado de epistemología con un inquietante trasfondo. Esos últimos párrafos son un homenaje a ese amor que, en una primera lectura, nos pareció ser únicamente la herramienta literaria para facilitar la lectura de una obra de ciencia ficción. Cierto es que un lector inteligente sabe apreciar la filosofía que Solaris contiene, porque es buena y profunda; sin ella, la obra sería un folletín mediocre; pero también aprecia el desesperado y trágico amor de Kelvin, tan trágico que casi duele. ¿Trascendía esto a las intenciones de Lem? No lo sé; un efecto así no se consigue por casualidad, y menos aún contra la voluntad del autor. Quizá, en el fondo, a Lem no le interesaba el lector incapaz de percibir la sutileza de su doble argumento. Él era un elitista. De hecho, un lector que sólo vaya al folletín, a la novela rosa, seguramente no se “tragará” el libro entero: al ver lo complicado que es, lo abandonará a la mitad. Tal vez tenga más sentido que Lem, tan racionalista y desconfiado él, por reparo de escribir una tragedia romántica, la envolviese, como digo, en capas de ciencia ficción y filosofía para esconder la verdadera historia que nos está contando, para hablar del amor sin tener que llamarlo por su nombre. Tal vez hizo una operación de distanciamiento intelectual para no ahogarse en la emoción. Quizá él prefería que lo acusaran de abstruso antes que de sensible.

Volviendo a la película, bien es cierto que Tarkovsky no ayuda a comprender las intenciones que yo atribuyo a Lem: en la película no queda muy claro el papel que corresponde a la filosofía y el que corresponde a la historia de amor, y al espectador que no haya leído la novela le resulta difícil saber cuál de los dos argumentos sostiene al otro. No es esto, quizá, culpa del director ni del guionista: no es posible trasladar a la pantalla el contenido del libro en toda su profundidad y con todos sus detalles; pero hace que la historia se sienta un poco inconexa y que el espectador se pregunte qué nos está contando en realidad el film: ¿filosofía con un hilo conductor amoroso, o romanticismo con un transfondo de ciencia ficción? Aun así, el resultado es impactante. Para mí, esta película es una obra imprescindible; una de tantas, ¡ay!, que el oligopolio de las distribuidoras occidentales rara vez trae hasta nuestras pantallas.

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Norteamérica 65. Smokey, un tipo curtido en una tierra de serpientes y coyotes

Miércoles 12 (continuación).

Hoy he avanzado aún menos que ayer: sólo 126 millas. Pero puedo considerarme afortunado, teniendo en cuenta que cuanto más cerca esté de Tejas más difíciles se ponen los jalones, y que he tenido que cruzar de estado por una carretera menor, cosa siempre complicada porque esas carreteras son, en las cercanías del límite estatal, muy poco transitadas.

La noche de ayer no pudo ser más cálida y agradable. Esta mañana me levanté prontito, y a eso de las ocho menos cuarto ya estaba en la carretera. Por suerte, esta vez el lugar idóneo para hacer dedo estaba cerca del hospedaje, y en poco más de media hora -creo- me pilló uno que me llevó de un tirón a Carlsbad. Era camionero de profesión, bastante gilipollas y un guarro (lo siento, amigo): tiraba todo el rato basuras por la ventana, se las daba de follador (decía tener tres novias) y de amigo de los autostopistas. Si quieres conseguir jalón en Tejas -me dijo- usa un sombrero vaquero como éste; y sacó del asiento trasero un sombrero precioso, de fieltro negro, el interior de la copa forrado en satén rojo. ¿Y cuánto puede costarme un sombrero como ese, especial para conseguir jalón en Tejas? ¡Oh! Este cuesta unos trescientos dólares. ¡Tócate los cojones! 300 $ por un sombrero; ni que fuera de visón. Me sale más barato viajar en autobús. El caso es que aquí un sombrero “barato” no cuesta menos de 30 $, que ya está bien.

Este gilipollas me hizo un recorrido turístico al llegar a Carlsbad. Es una bonita ciudad, a orillas del río Pecos, eminentemente turística, con mucha zona arbolada, césped y parques en cantidad. De haber tenido tiempo y un albergue donde quedarme, habría pasado al menos un día. Cerca hay ciertas famosas cuevas de varias millas de longitud y una o dos de profundidad (esto último me cuesta creerlo) que me habría encantado ver, pero no quedaban en mi camino ni me apetecía perder una jornada sólo para visitarlas. Pero después he tenido ocasión de arrepentirme, porque un día no es mucho y seguramente valían la pena. En fin, lo mío es arrepentirme de todo. El hombre me dejó sobre la 285, advirtiéndome de que iba a ser jodido conseguir un lift: muy poco tráfico por esa ruta; de modo que me hice una banquetilla con dos bloques de cemento y me dispuse a una larga espera. Me dio tiempo a escribir parte de lo que llevo contado hoy en el diario.

El guarro tenía razón: casi dos horas se hizo esperar el segundo ride del día, y fue muy breve: hasta Loving. Allí me tomé un corn-dog y me puse a andar hacia un pueblo llamado Malaga (sin acento), cinco millas al sur. Salvé a pie esa distancia sin que nadie me recogiera. Malaga apenas tenía quince o veinte casas, y además ahí empezaba lo complicado, porque el siguiente pueblo, más pequeño aún estaba ya en Tejas, al otro lado de la frontera estatal. El tráfico era muy escaso, y casi todos los vehículos que pasaban eran camiones. Más de una hora pasé allí hasta que llegó el tercer y último ride de hoy: un viejo gordo, boquiabierto, desdentado y lengüifuera que no advirtió mi presencia hasta que ya hubo pasado, y que dio marcha atrás para recogerme. Su acento y expresiones no podían ser más tejanos. Su nombre, o apodo, Smokey. Era un veterano ranchero que había tenido una vida dura y difícil, trabajando aquí y allá durante la Gran Depresión, haciendo dedo y riding the freight trains (o sea, de polizón en trenes de carga). Criado en Santa Rosa (Nuevo Méjico), era ahora vecino de Orla (Tejas), una tierra sólo buena, según él, para las serpientes y los coyotes. Al principio, antes de subirme al coche, su lengua fuera me hizo pensar que tal vez fuese subnormal, o algo lelo; pero nada de eso. El buen hombre vivía en un rancho ubicado antes de Orla, pero me llevó hasta el pueblo y me dijo que volvería en un par de horas para ver si seguía allí, en cuyo caso me llevaría hasta Pecos. Respaldado por tal promesa, me permití el lujo de comprar una coca-cola en la tienda de Orla (vale decir: en Orla, pues “Orla” y “la tienda de Orla” son una y la misma cosa, única construcción del pueblo -aparte de un taller- y residencia de sus tres habitantes) y, mientras levantaba el pulgar a los pocos coches que pasaban, me preparé unos sánduches con las sardinas en lata que días atrás me había regalado Laila, la jipi. Unos marchosos se pararon junto a mí en son de burla (iban cinco en el coche y no cabía nadie ḿas), pero no parecían mala gente: me preguntaron a dónde iba y me desearon suerte. Luego se paró otro que me ofreció un ride a Odessa, pero lo desprecié porque no estaba en mi planeado itinerario. No sé si hice bien, pues era una muy buena alternativa que me habría llevado unas cien millas hacia el este. El tercero que se detuvo fue el amigo Smokey, que fiel a su promesa vino a mi rescate y me llevó a Pecos. “Yo he hecho mucho autostop y sé lo que es quedarse tirado. No quiero que eso te pase a ti en esta tierra de serpientes y coyotes.” No sabía cómo agradecérselo, pero él no parecía darle ninguna importancia a su generosidad. You bet, fue su respuesta a mis efusivas gracias; take care. ¡Mira que hay gente maja por el mundo!

De Artesia a Pecos con el guarro, Smokey y dos más

Pecos, ciudad sin ley, sede del mítico juez Roy Bean. Tiene un museo y una réplica del despacho del juez, aunque no los he visitado; no tenía tiempo para eso, pues aún hube de caminar casi una hora para llegar al camping, al otro extremo de la ciudad. Me ha costado 10 $. No es una ganga, pero es un precio razonable. En cualquier caso, se ha resuelto felizmente esta jornada que prometía ser difícil. Ahora estoy bien instalado, limpito, cómodo y bien alimentado. Hace un rato se ha levantado un desapacible viento vespertino que espero no me dé la lata esta noche ni la haga más fría de lo necesario. Por suerte, el camping tiene un lugar (club house) donde los sin hogar como yo podemos venir a leer, escribir, comer o relajarnos. Por cierto, hoy he visto el pick-up más descomunal que imaginar se pueda: un F-650 halando de un RV colosal. Ya me habían dicho que estos tejanos son unos exagerados; si bien el colmo de las casas sobre ruedas son precisamente las mobile homes, concepto que sólo en EEUU podía existir: casas diseñadas para que puedan transportarse en un camión. Algunos camping, como este, tienen espacios para ellas, y hay gente que vive así, de un lado para otro con la casa a cuestas.

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Norteamérica 64. Rola el viento en Oscuro; una proposición indecente

Mismo día y lugar, horas más tarde.

¡Aaaaa-chisss! Al tocar cualquier objeto de esta casa, el polvo de ocho años que sobre él reposa se levanta sutil, queda en parte adherido a la yema de los dedos, en parte suspendido en el aire, sensible a cualquier vaivén molecular y presto a mudar de sitio, incluyendo mis fosas nasales.

El tiempo está cambiando, aunque no sé si a mejor o a peor. El viento ha rolado de sur a suroeste, una nube lenticular ha aparecido sobre un cerro de las montañas cercanas, y otras nubes viajeras han adornado el cielo todo el día. El olor a paja mojada de esta mañana denunciaba también más humedad. La temperatura, se me antoja que ha subido un poco. Dice Dirk que, según el pronóstico, el miércoles viene lluvioso y aún más ventoso que hoy, que a su vez lo es más que ayer: la cancela de madera del proyectado jardín golpea su batiente de manera constante y desacompasada. Un par de sillas de plástico, desatendidas y olvidadas, han rodado por tierra. Y el propio movimiento de las ramas, el flamear de trapos, el batir de esa puerta y las ocasionales polvaredas acentúan más, si cabe, el abandono y el olvido de este lugar. Frente a mí, al otro lado del ventanal de este salón (que antaño fue porche de la casa), tostándose al sol del mediodía hay una mesa de fibra sobre la que reposan unas piedras y una lata, otra mesa de madera con su correspondiente lata, una estufa de fundición, una bañera, un sofá naufragado y una valla de tela metálica rota por mil sitios, con una puerta de cuyo dintel cuelga un objeto no identificado de chapa y alambre. Este lugar es perfecto para el ensueño. No tan seco ni tan bonito como Tecopa (¡ah!, debí haber pasado más tiempo allí), pero más desolado y mucho más aislado. Casi nadie pasa por aquí. Ayer llegó un tipo preguntando si había caza y cuánto le costaría quedarse.

Por la noche estuve leyendo algunos artículos que tiene Dick en un álbum con fotocopias de viejas fotos y artículos de periódicos referidos a Oscuro. Breves noticias muy locales, con los cuatro eventos de una comunidad que incluso en su apogeo ferroviario-minero-petrolífero no tuvo más de doscientos habitantes. Ahora no quedan ni las ruinas: al parecer, alguien compró todas las casas viejas para llevarse sus ladrillos a otra parte. El pueblo “grande” de la zona es Carrizozo, con unas mil almas, adonde esta mañana fui con el patrón para enviar por correo algunas cosas a España, entre ellas el primer cuaderno de este diario (así me quitaba peso de encima) y comprar provisiones. Una cosa curiosa: aquí no hay tantas construcciones en madera como he visto en otras regiones del país. Quizá sea muy caro traer ese material hasta tan lejos.

He decidido que mañana me voy. No porque no esté a gusto, sino porque esta estancia no está reportándome mucho en términos de conocer a la gente o al país. Lo que hago aquí, igual podría hacerlo en la casilla de El Duco. Aunque, por otro lado, me da pereza ponerme de nuevo en la carretera al capricho de los conductores. Me daré cuatro horas de margen: si en ese tiempo no consigolift hacia el este, a Roswell, cogeré en Carrizozo el bus de las 12:05 hacia El Paso, e iré desde allí derechito a Ciudad de Méjico en uno de esos abarrotados autobuses mejicanos.

Miércoles, 12 de noviembre. Pecos (Tejas).

Me da la sensación de que la única libertad efectiva que la gente tiene en este país es la de elegir la forma en la que quiere hacerse rica o sacar pasta. Por lo demás, no sé si hay tal libertad. Es decir, la hay, pero se espera de ti que no hagas uso de ella. Por ejemplo eres libre de hacer dedo, pero todos cuentan con que lo lo hagas; y de hecho en casa, en el colegio, en el instituto, a los chavales se les enseña un lema, never pick up hitchhikers, como parte del paquete de normas sociales, junto tal vez al don’t litter, o el don’t step on your neighbour’s frontyard; una más de las cantinelas que conforman el credo de DOs & DON’Ts de los norteamericanos.

Ayer martes, tras levantarme bien temprano y recoger mis cosas, Dirk me llevó a Carrizozo y me dejó en el cruce, donde estuve -infructuosamente- levantando el pulgar un rato, hasta que decidí cambiar de ubicación; y no había llegado aún al siguiente cruce cuando por él asoma un coche conducido por una mujer blanca y con un copiloto hispano, que sin haberles hecho aún gesto alguno me ofrecen un lift. Iban sólo a Capitan, 20 millas al este, pero como me había propuesto que el azar decidiría, subí. Llevaban a castrar un gato al veterinario. Eran bastante agradables, pero hablaban bajo, con fuente acento del sur, y tenían la música alta, así que apenas los entendía. Me dejaron a la entrada de Capitan y hube de cruzar a pie todo el pueblo; muy bonito por cierto, en medio de unas bajas montañas que tenían algo más de vegetación que el semiárido terreno circundante, la carretera flanqueada por árboles que estaban cambiando el color, las casas de estilo colonial u oeste americano, bastante dispersas, con porticadas aceras de madera, y un ambiente muy de pueblo. Mientras hacía autostop a la salida, un conductor se me arrimó y me pasó una coca-cola. Se lo agradecí, pero cuando se perdió en la distancia tiré la lata a una papelera: estaba del tiempo.

Aquí la gente alberga las ideas más dispares -y equivocadas- sobre los autostopistas. Unos nos toman por mendigos; otros asumen que somos delincuentes; otros nos confunden con los homeless; muchos piensan -y a veces aciertan- que estamos siempre hambrientos o sedientos; algunos ni siquiera saben qué hacemos parados en el arcén junto a una mochila; y no faltan gilipollas que actúan como si el Gobierno o la Cámara de Comercio nos pagase por estar ahí para diversión de los conductores, o incluso -y tal vez sean estos los que más me molestan, los que más me ofenden- como si lo hiciéramos por pura filantropía, como si nos gustara dedicar varias horas diarias de nuestra vida a cargar con una mochila y permanecer en la cuneta sólo para saludar a quien pasa. A éstos se los reconoce porque saludan al pasar de largo. No sé si hay mayor burla a un autoestopista que saludarlo y no recogerlo. Pues bien: de estos últimos está llena la amistosa localidad de Carlsbad, sobre la orilla oeste del río Pecos, en la que ahora me hallo intentando llegar a la ciudad del mismo nombre.

Ocho jalones para ir de Oscuro a Artesia

Tras recibir aquella coca-cola, y dado que a los conductores parece gustarles vernos caminar para ofrecernos un ride, me puse a andar hacia Lincoln, que “sólo” quedaba a once millas de Carlsbad. Llevaba ya parte de esa distancia recorrida cuando me recogió una pareja de vaqueros en un pick-up. No había sitio en la cabina y me subí a la paila. El jalón fue de apenas tres millas. Seguí andando, observando de paso lo guarros que son los yanquis. Quien se queje del estado de las cunetas en España tiene que venir aquí para ver el “reciclaje” que los ciudadanos del “país de las oportunidades” hacen con la inconmensurable cantidad de desperdicios que esta sociedad genera: latas, botellas, papeles, vasos y todo tipo de basuras alfombran las cunetas de manera casi uniforme. No hay desecho que no arrojen por la ventanilla del coche.

Iba por mitad de este idílico paisaje cuando otro ranchero me llevó hasta Lincoln, la ciudad donde el mítico Billy the kid fue arrestado y encarcelado, y de donde escapó tras matar a dos guardias. Parece ser que entonces fue cuando enviaron tras él a Pat Garret, uno de los tipos más duros al oeste del Pecos, según la leyenda. Hoy Lincoln se conserva, por ordenanza municipal, casi en el mismo estado que hace un siglo: está prohibido hacer renovaciones que cambien su aspecto. Imagino que eso impide que el pueblo crezca. Por cierto, es bastante bonito: arbolado y con antiguas casas de madera, ladrillo o adobe, con las típicas fachadas falsas y los letreros al estilo far west.

Dado que Hondo, el siguiente pueblo, tampoco estaba muy lejos, continué caminando y disfrutando de la belleza de las latas y botellas de cerveza. A mitad de camino hice un alto para descansar, y ahí estaba parado cuando un cochazo que había pasado de largo, un Mercury o un Lincoln, dio la vuelta cien metros más adelante y se paró a mi lado. El conductor, un tipo encorbatado, en sus cincuenta, me preguntó a dónde iba y si era alemán. “A Roswell, y soy español”. Muy bien, pues allá nos fuimos a Roswell. Es la primera vez que me llevan en uno de esos lujosos autos, con espaciosos asientos de cuero, todo confort, música clásica… El tipo era un ejecutivo, hombre de negocios o agente de ventas que iba a una cita empresarial a Roswell, y aún me pregunto qué milagro le inspiró llevarme. Me dejó en el sur de la ciudad, pero no en el extremo, así que hacia allí encaminé mis pasos. Al cabo de un rato me subió un vejete a su deslucido coche. Se dirigía a Dexter, que está sobre la highway 2, la antigua carretera hacia Artesia (mi siguiente destino) que se bifurca de la 285 a ocho millas de Roswell. Le dije que me dejase en la bifurcación, pero con el conque de que más adelante, junto a la 285, había un penal y nadie me recogería en esos alrededores, me convenció para seguir con él a Dexter y continuar haciendo dedo sobre la 2. Este vejete, que no se cortaba ni un pelo, me preguntó primero si me había cogido (en autostop) alguna mujer. “Muy pocas”, le contesté. Pues a él -me dijo con un acento que apenas entendí- las mujeres, cuando hacía dedo, solían llevarlo a cambio de invitarlas a comer o pagarles la gasolina. Ya. Luego me preguntó si últimamente me había cogido (en el otro sentido) a alguna mujer. Aunque la pregunta era impertinente, no tuve inconveniente en contestar; pero aún no había concluido mi respuesta cuando va y me propone “una chupadita”. Creí, de nuevo, no haberle entendido. -Pardon me?, le pregunté. -A suck to me. I pay you. Pues sí: el puto baboso me quería pagar por darle un repaso. Rechacé, pero como quien rechaza un favor o un honor. El hombre insistió en que me pagaría, y no pude evitar imaginar mi cartera llena de billetes de a cien; pero seguía sin compensarme. “No, no. Lo siento. No me dedico a eso.” Supuse que, ipso facto, me haría bajar del coche, pero no pareció tomárselo mal y se puso a hablarme, como si nada, del lago al que iba hoy a pescar. Antes de llegar Dexter hizo un último intento para tentarme: “como es tarde, si quieres puedes acompañarme a pescar; luego nos volvemos a Roswell, pasas la noche en mi casa, conmigo, y mañana te traigo otra vez a Dexter.” Por mucho que me hubiese apetecido ir de pesca, habría sido irresponsable aceptar. “No, gracias. Trataré de avanzar hoy un poco más.” Tampoco se tomó a mal esta negativa, y al despedirse me regaló una suculenta pera que me zampé con deleite tras lavarla cuidadosamente. Estaba riquísima. El viejo verde de la pera amarilla.

No llevaba diez minutos en Dexter cuando un fulano con un pick-up me llevó en la paila hasta Hagerman, el siguiente pueblo. Me recomendó, por la cercanía de la prisión, que tratase de alcanzar a pie el siguiente pueblo, Lake Arthur. Le hice caso y me puse a andar. ¿Cuántas millas llevaba ya caminadas ayer? No menos de quince. Atardecía y mis chances menguaban geométricamente con la luz. Casi una hora después, una mujer con su hija que pasaron de largo en un pequeño deportivo verde se pararon a cien metros y me esperaron. -¿Cómo tiene el valor de recogerme? -He visto algo en ti. Pareces decente y tu mirada lo dice todo. Pues vale; Dios bendiga mi mirada, porque la buena señora me salvó la jornada. Me llevó a Artesia y me dejó sano y salvo en un camping bien ubicado, donde por 10 $ pude poner la tienda y darme una merecida y ansiada ducha. La señora del camping también era muy agradable. ¡Y aún me quedaba luz solar! El día, después de todo, no podía haberse resuelto más favorablemente; y aunque en total no avancé más que 136 millas ni llegué a Carlsbad, haber encontrado un lugar decente donde quedarme compensaba lo demás. Además, en Artesia me dio tiempo de ir a la biblioteca pública y comprobar el correo. Cené una hamburguesa de a dólar, compré en un súper leche y galletas, con las que me atiborré en el camping, y me acosté totalmente reconfortado.

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Si Chuan y el Tíbet: una ventana a la China real

Esta galería contiene 106 fotos.

Nota: Este artículo lo escribí y publiqué hace más de una década, a principios de los años 10, tras un viaje por las provincias chinas de Si Chuan y el Tíbet. Con el tiempo se desconfiguró y ha quedado muy … Sigue leyendo →

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Norteamérica 63. Dos judías visitan el rancho; Dirk el huraño; un sueño extemporal

Domingo, 9 de noviembre (última parte).

La abundante luz diurna que se colaba expedita por el ventanal me sacó de la cama bien temprano. Selín ya estaba levantada y, para mi sorpresa, se cebaba unos mates: resulta que su madre era chilena, aunque apenas le había enseñado el español. Le pedí que me convidara, y entonces fue ella la sorprendida: ¿cómo es que me gustaba esa yerba? Allí estuvimos más de una hora mateando y charlando. Su físico me recordaba mucho al de Álvaro Barro Ordovás [un nadador profesional del que me hice amigo en mis tiempos del CIEF, y que estudió conmigo 1º de Náutica en el CHAS], no sólo por su asombroso parecido facial, sino por sus anchos hombros y fuertes manos y antebrazos. Era Álvaro en mujer.

Después de desayunar y hacer nuestros deberes domésticos, preparamos una tortilla de patatas para aportar como almuerzo a la excursión que haríamos ese día: venían una amiga suya y su madre a pasar un día en el desierto, y habíamos de encontrarlas en Carrizozo. Celine había quedado con ellas en un lugar llamado Valley of Fires, una interesante cuenca que, inundada por negra lavan en tiempos geológicamente remotos, alberga una flora y fauna peculiares. Reunidos los cuatro, hicimos el consabido tour botánico y volvimos al albergue para almorzar. La tortilla me había quedado muy salada y no gustó mucho a las visitantes, pero sí a Celeine. Después volvimos a salir para hacer una caminata vespertina por unas montañas cercanas al rancho, en dirección sur. La tarde fue bastante entretenida, el paseo muy bonito y la conversación incesante. Me hicieron todo tipo de preguntas, una de las cuales, tocante a un tema sobre la guerra civil española, me pilló desprevenido: “Y durante Franco, ¿fueron perseguidos los judíos?” Pues ni idea, oiga. Creo que más bien no. Pero la verdad es que hay muy pocos judíos en España: son alérgicos al catolicismo. Más tarde me informaron de que ellas eran judías. A estos malditos no se les va de la cabeza la paranoia de la persecución. La madre, por cierto, hablaba español más o menos bien, y la hija, más o menos mal. De regreso al albergue estuvimos casi una hora fuera, observando el eclipse de luna (ese que hacía de El Paso la 2ª mejor ciudad de EE.UU. para vivir) con ayuda de un pequeño telescopio que tenía Dirk. La cena corrió a cargo de las mujeres, y fue una birria: de primero, ensalada sin aliñar, con mucha lechuga y poco de lo demás; de segundo, verduras cocidas y salteadas en aceite de oliva (menos mal), aunque más sosas que el carajo; y además llegaron ya frías al plato. Yo seguía con hambre y me comí lo que sobró de la tortilla del almuerzo. Resulta que las judías eran vegetarianas, lo cual explicaba la pobre cena. Aportaron una botella de vino californiano, barato y no muy bueno. A mí me tocó fregar la loza. ¡Lo que hay que hacer para caer simpático! Por último, un poco de TV antes de irnos tempranito a la cama. Pero me vino bien, porque estaba cansado. Durante un buen rato mis vecinas de habitación fueron ruidosas como colegialas, pero al final se callaron. Dirk me prestó un radiador para no pasar frío, y el aparato cumplió su función.

Esta mañana también me levanté temprano y de nuevo estuve mateando con Selín. Se marchó después de desayunar. Las judías se fueron un par de horas más tarde, no sin antes pedirme mi email y amenazar con visitarme en España. Así que ahora me he quedado como único guest. He pasado la mañana entera escribiendo, y solo, porque Dirk el ermitaño fue a hacer recados a Carrizozo y ha vuelto hace poco. Estoy sentado a una soleada mesa frente a un amplio ventanal por donde veo el vasto y abierto paisaje de la llanura barrida por el viento, con unas montañas cercanas a la izquierda y otras, más lejanas y azuladas, a la derecha. Dirk se ha puesto a almorzar (no me ha ofrecido) viendo una peli; y yo voy a hacer la colada. Es una pena que no queden más inquilinos, porque con las chicas estuve muy entretenido. También es lástima que viajasen hacia el nordeste, siendo que yo me dirijo al sudeste. Dirk, aunque majo, es un poco hosco. Tengo la impresión de que por aquí vienen muy pocos viajeros y tanta soledad le ha afectado; o quizá es eso lo que busca.

Lunes, 10 de noviembre. Mismo lugar.

Aquí, en este desierto, el polvo es el protagonista indiscutible. Eso no justifica que Dirk no limpie casi nunca el que hay por toda la casa, pero se comprende que sea una batalla perdida. Por cierto, creo que ya sé qué es lo que le desagrada de mí: que no me gusten los perros (o no intente disimularlo); los perros en general, incluyendo los suyos, a los que él concede, sin embargo, un protagonismo casi humano. They have the run of the place, es lo primero que le suelta a cada huésped que llega, como quien dice: aquí son más que cualquier huésped, pueden hacer lo que les plazca, meterse donde quieran y curiosearlo todo, incluso tu equipaje, intruso. Y a continuación te los nombra uno a uno. A mí nunca me habían presentado a un perro, y ahora Dirk me presenta a tres. Pero si ya me cuesta quedarme con los nombres de las personas, excuso decir de los perros. Maldito lo que me interesa a mí cómo se llaman, si total, para decirles: quita de ahí, pulgoso, no hace falta saberlo. Por suerte, pasado el momento de la presentación, están portándose bien, no me lametean ni babosean, ni me echan en lo alto sus sucias patazas. Cada día que paso aquí me doy más cuenta de lo huraño que es Dirk, pese a su apariencia casi humana, su look sociable y juvenil. Diríase que transfiere su humanidad a los canes y, a cambio, adquiere lo canino de ellos. Hay que ser todo un hurón para vivir en esta soledad desde que abrió el albergue, ocho años ha. Y tampoco me parece que aproveche muy bien el tiempo: se pasa la “jornada laboral” en su cuchitril, por lo visto haciendo no sé qué cosas informáticas, y el resto del día (que son muchas horas) viendo la tele. En fin, ya he escrito demasiado sobre este personaje.

Anoche soñé con Pilar García Fuentes, compañera de la academia de Ávila. Yo llegaba a un edificio que podía ser algún tipo de centro de enseñanza. Podía ser esa academia, pero no lo era; o la Escuela Naval Militar, pero tampoco lo era; tal vez sólo un Instituto cualquiera, genérico, anónimo. Entré por una puerta que no era la principal, sino una lateral secundaria, creo que de vidrio. Las paredes interiores eran color claro, como el albergue donde estoy. Había allí cierto movimiento de gente de mi edad: alumnos, profesores o trabajadores, no lo sé. Ni mucha gente ni poca. Junto a la primera puerta que se abría a la derecha del ancho pasillo estaba Pilar. Podía ser una alumna esperando la llegada del profesor para la próxima clase, o una profesora esperando a que entrasen los alumnos, o acaso una funcionaria que ha salido de un despacho y se toma un descanso. No recuerdo quién de los dos vio primero al otro, o si nos vimos a la vez. Tampoco puedo decir si ella me esperaba, o si yo la buscaba, o si sabíamos que íbamos a encontrarnos. Sólo sé que, al verla, me dirigí a ella como si fuera la razón de mi presencia allí, y que ninguno de los dos manifestó sorpresa, aunque no se trataba de una cita. ¿O tal vez sí? En cualquier caso, no una cita romántica. Ella era Pilar, sin duda: pelirroja y más delgada, pero Pilar. Estaba tan guapa y tan joven como yo la conocí, diez años atrás. Sus grandes y bonitos ojos habían perdido la saltarina oscilación de entonces, y ese pelo rojo y esa delgadez de caderas le sentaban de maravilla. Me dirigí a ella y, como si fuese cosa hecha, cosa natural; como si algo en nuestras miradas nos hubiese hecho ponernos de acuerdo antes de hablarnos; o más bien como  si se tratase de una rutina, nos abrazamos y nos besamos. Y así, abrazados, cada uno mirando al vacío detrás del otro, me dijo “te quiero” casi al mismo tiempo, pero con un ligero adelanto -de modo que nuestras frases se solaparon-, que yo le decía lo mismo. Entonces los dos suspiramos aliviados. Luego ella preguntó, o tal vez sólo lo pensó -aunque yo, por esa magia de los sueños, pude escucharlo-, algo así como “¿por qué?” o “¿desde cuándo?” Creo que te he querido desde siempre -le contesté-, desde que nos conocimos. “¿Por qué no me lo habías dicho antes?” Porque no me había dado cuenta; porque no lo sabía; pero tú, ¿desde cuándo me quieres a mí? “Tú lo sabes: siempre te he querido.” (Esto de “tú lo sabes” quizá no lo dijo y se lo haya inventado mi vanidad.) Volvimos a abrazarnos y nos besamos largamente, mientras otras personas (cada vez menos, como si hubiesen tocado a clase) pasaban a nuestro lado, unos curiosos, otros indiferentes. Alguien hizo un comentario (¿sería otro compañero de la academia?) Pero todavía estamos a tiempo, ¿no?, dije yo; o tal vez fue ella. –Sí, claro; todavía estamos a tiempo; somos jóvenes. (En ese sueño teníamos la edad de entonces, no la de ahora.) –¿Pero tú eres de verdad? ¿No te desvanecerás como un sueño cuando me despierte? ¿En realidad estás aquí, y me quieres?, le pregunté. –Ya lo ves que sí. Ya ves que soy de verdad. La prueba es que nos estamos viendo y tocando. –Sí, claro. Pero casi no puedo creerme esta repentina buenaventura. –De todas formas, no te preocupes: si estás soñando, cuando despiertes sabrás que te quiero. –Sí; pero sobre todo sabré que yo te quiero a ti. No recuerdo cómo acabó el sueño; quizá se desvaneció cuando mis manos trataron de explorar las partes ignotas del cuerpo de Pilar; ni me desperté justo después. De hecho, esta mañana no me he acordado de él hasta pasada una hora de haberme levantado. Pero lo más sorprendente es haber soñado con ella después de años de no dedicarle ni un pensamiento. A lo mejor es porque ayer hablé con Toño (otro compañero de Ávila) por teléfono para prevenirle de mi eventual llegada a Méjico.

Hoy el aire huele exactamente igual que cuando, en Malcocinado, íbamos por las mañanas con abuelo a la huerta: ese olor tan añorado a pasto seco humedecido por el rocío. Será que ha cambiado el viento, porque aqui normalmente la sequedad es extrema. Creo que por eso me sangra de vez en cuando la nariz y que a cada rato tengo que estar limpiando la mucosidad seca. Por lo demás, el frío aumenta día a día. Aún no sé cómo voy a salir de aquí, ni en qué dirección. (Por cierto, mi pobre y vieja mochila está empezando a dar señales de fatiga: se ha roto alguna costura, y otras están aflojándose. Espero que aguante hasta el final.) Pienso que me iré mañana, porque apenas caen viajeros por aquí y es mínima la probabilidad de que se me presente un ride en bandeja. Pero tengo decidir si intentaré llegar a Laredo o si me convendrá  más volver a El Paso y coger allí un autobús a Ciudad de Méjico.

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Norteamérica 62. Una helada en el desierto y un rancho llamado Oscuro

Domingo, 9 de noviembre (continuación).

Cuando Laila se marchó ya casi se ponía el sol, y aún me faltaba recorrer media milla por las dunas hasta el lugar de acampada que me asignaron. No fue fácil encontrarlo: la senda no estaba muy bien señalizada y andar por las dunas era difícil. Desde lo alto de una de ellas me paré unos minutos a ver la puesta de sol y disfrutar de los bonitos colores con que se matizaba el paisaje: rosas hacia levante, azules hacia poniente. Tras el ocaso llegó el famoso brusco descenso de temperatura en el desierto, doble o triplemente intenso aquí a causa de la blancura de la arena. De hecho, cuando acabé de poner la tienda hacía ya un frío importante. Me preparé para una larga y gélida noche, como así fue. No eran aún las ocho cuando acabé de organizarlo todo y cenar algo, y entonces me encontré, como otras veces, sin nada que hacer pero sin sueño. Me di un corto paseo por las dunas más próximas, desde cuyas crestas el desierto ofrecía, iluminado por una luna casi llena, un aspecto fantasmal, resplandeciendo con un peculiar tono blanco azulado, como si fuera una imagen proyectada de esa misma luna. Cuando me acosté, el cansancio me ayudó a quedarme dormido; pero a eso de las cuatro me despertaron el frío y las ganas de orinar. Salí de la tienda: el doble techo estaba empapado de rocío y la temperatura era ya muy baja. Eché una meada rápida y me recogí enseguida, pero ya no fui capaz de conciliar de nuevo el sueño: estaba arrecío; así que a eso de las cinco y media empecé a meter todas mis cosas en la mochila, preparándome para la marcha. El cielo empezaba a teñirse con las primeras luces del alba cuando volví a salir para desmontar y plegar la tienda, y el rocío del doble techo se había congelado. Muerto de frío como estaba, no podía quedarme a esperar a que saliera el sol y derritiera el hielo, así que lo enrollé malamente (y con bastante dificultad, pues las ateridas manos apenas me respondían). Me eché la mochila al hombro y me puse en marcha. Aquello había sido, literalmente, como dormir en la superficie lunar.

Durante mi regreso hacia el arranque de la senda (que me resultó más sencillo que a la ida), me encaramé a una duna elevada para contemplar, en todo su detalle y durante su rápida evolución, la salida del sol, más bonita incluso que la puesta. Primero, del lado de poniente, las distantes sierras se iluminaron con un tinte rojizo, en llamativo contraste con las dunas, que permanecían en la sombra azulada que proyectaba la sierra de levante, más cercana. Luego, en apenas dos minutos, los rayos solares empezaron a teñir de rosa y amarillo sólo las crestas de las dunas, confiriendo instantáneos relieves al desierto. Dos minutos después, esos relieves se manifestaron en su máxima intensidad, haciendo perceptible cada montículo, cada hondonada, cada borde, cada surco y matorral, y hasta cada pequeña ondulación formada en la arena por el fuerte viento que sopla allí a determinadas horas. En las laderas de las dunas estaban, visibles con toda nitidez, las huellas que mis botas habían dejado el día anterior, e incluso se apreciaban los detalles de la suela. En las crestas, en cambio, mis pisadas habían sido totalmente borradas por una brisa que estuvo soplando alrededor de la medianoche.

Llegado al arranque de las sendas me quedaban aún siete millas, por la carretera interior, hasta el visitor center, pero ninguno de los ocho o diez coches que pasaron durante esa caminata me recogió. Cuando por fin alcancé la oficina extendí el doble techo en el suelo para que se secara al sol y, mientras tanto, desayuné parte de mis provisiones: unas lonchas de jamón y una manzana. Así, además, aligeraba un poco mi carga. Eran ya las nueve y media cuando, seco y recogido el doble techo, me puse en la carretera. Pese al abundante tráfico -que además pasaba despacio porque 200 metros más atrás había un control migratorio- no me recogió nadie en dos horas. Ahí fue cuando me arrepentí de no haber seguido con Laila hasta Tularosa (pero no: en el fondo, aquella noche en White Sands valió la pena). Quien sí se dirigió a mí, cómo no, fue uno de los policías del control, que se destacó hasta donde yo estaba para pedirme los papeles. A lo mejor era novato, porque le temblaba la mano al abrir mi pasaporte; pero, viendo que tenía el visado en regla, me dejó en paz deseándome suerte. A todo esto, yo me planteaba un dilema: por un lado, mi pacífica permanencia cerca del control policial podía sugerir a los conductores que era un tipo decente, y moverlos a darme un lift. Por otro, quizá despertase mas confianza en ellos si me ponía a caminar (como tenía observado), pero también podían pensar que era un ilegal tratando de alejarse de los agentes. Tras mucho dudar, y en vista del poco éxito, finalmente me puse a andar: al menos así podría llegar a Alamogordo.

No debí de equivocarme mucho en la decisión, pues al cabo de media hora me recogió un tipo de pocas palabras, que me preguntaba cosas cuya respuesta le traía sin cuidado y que, no obstante, se ofreció a llevarme hasta Tularosa aunque él sólo iba a Alamogordo. -Muy agradecido. -¡Oh!, nada, estoy encantado de dar un ride a un español. No sé, quizá era medio chicano, a juzgar por su tez morena. Al llegar a Tularosa quise invitarlo a algo, pero no aceptó. Como tenía hambre, compré leche y galletas y me pegué un hartón, pues ya andaba con síndrome de abstinencia. Mi objetivo para ese día era el albergue de Oscuro, y como no estaba dispuesto a depender de los reaccionarios rednecks de Nuevo Méjico para llegar allí, pregunté por la estación de autobuses. No había tal. Tan sólo una parada, no señalizada, en el cruce; y si subías al bus sin haber comprado antes el billete era potestativo del conductor dejarte en Oscuro o llevarte hasta Carrizozo. Un sistema un poco tonto. ¿Y dónde compro ese billete mágico que me garantiza parada en Oscuro? Tienes que volver a Alamogordo, pero el próximo bus sale de allí dentro de quince minutos, así que ya no te da tiempo. ¿Y cuándo pasa el siguiente? A las siete de la tarde. Pues tendría que esperar al primero y confiar en que alguien se bajase en Tularosa para poder yo abordar el bus, y en que el conductor tuviese la buena voluntad de dejarme bajar en Oscuro. Mientras tanto, me puse a hacer autostop, con la muy oportuna suerte de que, al cuarto de hora, me recogió un tipo que, además, me acercó hasta el propio albergue aunque no le quedaba de paso, pues estaba a una milla de la carretera por un camino de tierra. Por cierto que, pese a figurar en el mapa como una localidad, Oscuro no es más que una casa y un granero.

Dos breves jalones para ir de White Sands a Oscuro

El albergue, con el rimbombante nombre de Oscuro High Desert Youth Hostel, es un viejo rancho en un desierto semiárido que me recordó -una vez más- a algunas zonas de Extremadura. Dirk vino a mi encuentro, advertido de mi presencia por los ladridos de los perros, y me tendió la mano. Gerente y copropietario, vive aquí solo, con la única compañía de sus tres perros despeluchados y la de los ocasionales huéspedes. ¿Cuántos? Únicamente yo, for the time being, aunque esperaba otro a la tarde. El lugar es ideal para una cura de reposo: aislado en mitad de la llanura, no lejos de unas montañas, alejado de todo ajetreo, a todas horas azotado por el viento, silencioso, profundo. Demasiado tentador, diría; aquí es fácil quedarse una semana sin darse uno cuenta. Además es barato, y ofrece pensión completa si estás dispuesto a hacer diariamente algún pequeño trabajo en la casa, como limpiar el polvo, pasar la aspiradora u otra faena doméstica semejante. El único inconveniente es que Dirk parece alérgico a la limpieza y tiene demasiado cariño a los perros, los cuales, según sus propias palabras, “son los señores del lugar”. ¡Y tanto que lo son!: cuando tomé posesión de mi cama, me di cuenta de que los perros la habían usado a su antojo. Antes de prepararla, pues, limpié el colchón con un cepillo, y a continuación cerré bien la puerta. Por lo demás, se está perfectamente bien aquí. Hace ya dos días que llegué, y aún me quedaré otro más, como mínimo, confiando en que la providencia me envíe un rescate y aprovechando para decidir mi próxima etapa.

Horas después de mi llegada, para alegría y animación del lugar, llegó Selín, o quizá Celine, una chica simpática y sencilla que trabaja en otro albergue que los mismos dueños tienen en Albuquerque (no Alburquerque). Vino para relajarse durante el fin de semana. Los tres nos dimos un paseo por el rancho y luego preparamos una cena conjunta mientras manteníamos una charla variada y fácil. Cada uno contó, a grandes rasgos, su particular historia y preguntó a los otros lo que le pareció oportuno. Para sobremesa tomamos té con chocolate, y por último vimos un rato la tele antes de acostarnos. Celine es de esas personas que, en virtud de una irreprimible empatía, cuando escuchan acompañan o corean cada una de tus frases con una exclamación de solidaridad, comprensión o simpatía. Al principio pensé que era algo afectado, pero luego me di cuenta de que no: sus exclamaciones eran muy sentidas y ponía toda la atención en lo que le decías.

La luna llena, o casi, de esa noche veló mi sueño con su deslumbrante intensidad, colándose por los enormes e indiscretos ventanales, sin persianas ni cortinas, de mi habitación. Es noviembre, estamos a 1500 metros de altitud, y en cuanto se pone el sol refresca mucho; tanto que no me bastó con la ligera manta y de madrugada tuve que meterme en el saco.

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Norteamérica 61. Las dunas de arenas albas; comida, libros y mucho karma

Domingo, 9 de noviembre. Oscuro (Nuevo Méjico).

¡Guau! Cinco días han pasado desde las últimas notas. No pensé que tantos. Yo habría dicho que eran tres. Pero también es cierto que no hay mucho que destacar en estas últimas jornadas.

El día de mi llegada a El Paso, por la noche, trabé conversación con el recepcionista de tarde del hotel, el que quiso ligarse a la guapita. Era el tejano típico, como el resto del país los pinta: fanfarrón, muy orgulloso de su state y con una acento ininteligible. A partir de preguntarle si habría tráfico por la ruta 52 a Alamogordo (“sí, lo hay”) se enrolló contándome las maravillas de El Paso: “La mayoría de la gente se pierde lo mejor de esta ciudad porque no preguntan.” (Oiga, a mí que me registren.) Y se extendió sobre la de cosas que ocurrían allí, conciertos a cargo de artistas de 1ª B, el peazo museo de arte (a mí no me pareció para tanto), lo cerca que quedaban las principales atracciones del país (p.ej. el Grand Canyon a sólo 3 horas), lo barata que era la vida y otros prodigios varios, como por ejemplo un eclipse total de luna dentro de dos o tres días, circunstancia que, por sí sola, haría nacer en el más escéptico un compulsivo deseo de mudarse a El Paso. “En resumen, es el segundo mejor sitio para vivir en EEUU”; afirmación obviamente pensada para provocar en mí la pregunta que no le hice, así que se quedó con las ganas de decirme cuál era el primero, y yo con la curiosidad de saberlo. También me habló de lo mucho que ligaba de joven y de las mujeres mejicanas que se conseguía, preferibles a las nacionales. El tío estaba encantado de haberse conocido y no escuchaba a lo que le decía.

Al final me quedé allí un día más, que transcurrió sin pena ni gloria: leí, recorrí la segunda mejor ciudad de EE.UU., pregunté por autobuses para salir de ella (mi duda era qué ruta tomar para ir a Alamogordo), vi la bonita colección de cuadros del museo de arte y pasé a Méjico una segunda vez, para cenar. La guapita del albergue se había ido aquella misma mañana, junto con los otros dos pollos que habían llegado el mismo día que ella (por cierto, no se quedaron, como yo suponía, en la misma habitación que yo. Supongo que alquilaron una privada). Ese día me bastó  para hacerme con downtown El Paso. Tras mi visita al museo (donde las pésimas traducciones al español de las notas explicativas me escandalizaron), compré algo de comida y estuve paseando otra vez por el barrio mejicano. Me llamó la atención que las llamadas locales, desde cabina telefónica (había decenas de ellas), costaban exactamente la mitad que en cualquier otro lugar del estado. Supuse que se debía al menor poder adquisitivo de los chicanos y a su falta de cell phones. Pero la conclusión más importante es que, incluso a 25 ¢, la compañía telefónica gana dinero, así que al resto del país lo están estafando.

La excursión que hice para cenar en Ciudad Juárez fue algo más productiva que la de la víspera. Primero compré unos pesos, a 11 por dólar, en una de las muchas casas de cambio que hay allí, y luego paseé durante un buen rato por las oscuras y bulliciosas calles de downtown Juárez hasta decidirme por uno de los abundantes cutri-locales donde, por el ridículo precio de 23 pesos, me zampé medio pollo y una ensalada de lechuga y tomate, mediocre tirando a mala. Me atendió una sonriente mejicana de invitadora mirada e indiferente conducta. Como el margen entre la compra y la venta de moneda es mínima, al acabar allí volví a cambiar los pesos sobrantes. En total me había dejado cerca de 5 $. Lo que me subió el gasto fueron las dos cervezas que me tomé, más caras que la comida. Se ve que estos mejicatas se aprovechan de que en EE.UU. el alcohol está muy gravado y, como a Juárez van muchos yanquis, suben el precio de la bebida. Al volver a pasar la frontera, la suspicaz funcionaria comprobó mis datos en el ordenador; pero le falló la intuición, pues no había nada ilegal en torno a mi personita, y no tuvo otra que tragarse mi condescendiente sonrisa. Por cierto: al cruzar el mísero río Bravo del Norte vi que ni siquiera fluía: el agua estaba estancada.

Al día siguiente me fui de mañanita a la estación de Limousines de Méjico para coger el bus de las ocho a Las Cruces (o sear, volviendo un trecho por la carretera ya recorrida dos días antes y alejándome de Méjico). Y acerté, ya que ese autobús era más barato y bastante mejor que los de Greyhound. Desde Las Cruces me propuse hacer autostop a White Sands, un desierto (clasificado National Monument) de arena blanca, con sus dunas y todo. Desde donde me apeé del bus hasta donde empecé a hacer dedo tuve que andar tres millas, y todavía continué (con el pulgar extendido) otras tres millas largas hasta las “afueras” de la ciudad. En total, cerca de dos horas de caminata para darme cuenta, casi al final, de que había un bus urbano que por 1 $ me habría llevado desde la terminal hasta allí en diez minutos.

Hacía calor, estaba cansado, me dolía la espalda de cargar las mochilas y tenía sed. Pero pasaban las horas y los coches sin que nadie me diese jalón. En una gasolinera pregunté si se podía ir en bus a Alamogordo. Me dijeron que sólo volviendo a Las Cruces (¡!) y cogiendo el Greyhound de la tarde, a las seis. Eso no me solucionaba nada, y ya me veía pasando otra fría noche en la cuneta. Casi cuatro horas tardó en recogerme un tejano de fuerte acento que apenas me llevó dos o tres millas, haciendo ya casi inviable el posible retorno a Las Cruces; lo cual, por otra parte, despejaba cualquier duda que me quedase al respecto: ya no había marcha atrás. Ese tejano, además, me asustó diciéndome que tuviese cuidado porque los animales que merodeaban por allí eran bastante peligrosos. Seguí, pues, caminando. (Durante estos meses me ha parecido comprobar que es más probable que te den un lift si te ven andando que si estás parado.) Al cabo de largo rato una vieja en un Jeep me dio otro jalón hasta más allá de la base militar de White Sands, pasado Organ y una pequeña sierra desde cuyo collado se divisaba un magnífico paisaje que, ¡ay!, mostraba a las claras la inmensa llanura que aún tenía que recorrer, tan bonita como desmoralizante. La vieja era alemana, de profesión camionera, empleada ahora en la base militar. Decía no gustarle nada España por la discriminación sexista (¡ahí no hay camioneras!) y porque, según ella, casi nadie sabía conducir; en lo cual estuve más o menos de acuerdo. Además me informó de por qué en EE.UU. los camioneros no cogen autoestopistas: “normas de las compañías”; razón poco verosímil que no explica, por ejemplo, por qué sí cogen a las autoestopistas, ni por qué los camioneros propietarios, que no tienen que obedecer esas normas, hacen exactamente lo mismo. Hablaba con una media lengua, silbando eses y ces, y en un volumen tan bajo que apenas la oía. Me cayó fatal. Parecía saberlo todo y creerse superior a los demás, siendo evidente que no lo era, así que me inventé para ella una historia de soltería y amargura. También me recomendó, como el tejano, tener cuidado con los animales, que eran muy peligrosos. ¡Vaya ánimos!

Después de ese jalón continué andando, y al cabo de unos veinte minutos me recogió Laila, una jipi que desde hacía dos meses viajaba en su Jeep lleno de comida, libros, buen karma y un colchón para ser independiente, vivir una aventura y demostrarse a sí misma su propio jipismo; pero confesó haberse dado cuenta de que estaba más sola que la una, que gastaba 40 $ diarios en gasolina sin hacer nada interesante a cambio, y que no estaba disfrutando del viaje; así que se volvía a casa cuando aún tenía más de la mitad de las provisiones intactas. Bajita, gordita y nada guapa, su buen corazón se había apiadado de mí. Iba hasta Tularosa, que se encontraba en mi ruta planeada, pero como yo estaba bastante interesado en pasar la noche en White Sands no tenía mucho sentido aprovechar el ride hasta el final; de lo cual, más adelante, me arrepentiría, visto cómo está de difícil aquí el autostop. Pues bien, la tierna, humanitaria y solidaria Laila me llevó hasta el desierto blanco y, aunque a la pobre debían de estársele haciendo eternos los dos o tres días que le faltaban para llegar a Massachussets y tenía prisa por continuar, pasó allí una hora conmigo. Primero nos adentramos siete millas en el desierto, hasta el final de la carretera interior, para ver las albas dunas. Allí nos bajamos y dimos un paseo.

De El Paso a White Sands en bus, con el tejano y con Laila

White Sands es una llanura blanca con un tono algo harinoso –a causa, al parecer, de un mineral llamado gypsium– y sobre la cual se elevan unas dunas de un blanco inmaculado y no muy altas, de entre 3 y 10 metros como mucho. En el suelo de la llanura la arena es mucho más compacta, no cede al pisar, y en ella crece alguna vegetación escasa y muy espinosa. Lo que más me llamó la atención -aparte del blanco imperante- fue que, tras todo un día con un sol de justicia, la arena de las dunas estaba fría. Tiene lógica, pero era chocante. Desde las más altas se veía un paisaje formidable, y a esa hora del día (sobre las 15:30) la ausencia de sombras y contrastes hacía que la mirada se extraviase, engañando a la vista respecto a forma, tamaño, pendiente y límites de cada duna, que no se percibían bien hasta estar ya casi encima de ellas. La ausencia de referencias en ese océano de blancura me desorientaba y me provocaba cierta pérdida sensorial, como un desequilibrio. Sólo las montañas rojizas, más allá del desierto, me ayudaban a “fijarme” al terreno. Vista la total soledad y silencio reinantes y la facilidad de esconder la tienda tras cualquier duna decidí pagar la tarifa por acampar y pasar allí la noche. Le propuse a Laila que se quedara también, y le ofrecí pagar su estancia (eso me permitiría continuar viaje al día siguiente con ella), pero tenía prisa por seguir y declinó. Bueno, tampoco perdí gran cosa, porque nuestras rutas se bifurcaban apenas treinta millas más allá.

De vuelta en la entrada del parque, tras inscribirme en el visitor center para pernoctar, nos pegamos una merendilla a costa de su gran provisión de víveres. La pobre se deshacía por ayudarme, estaba necesitada de compañía y quería desprenderse de sus toneladas de comida. Me dio dos latas de sardinas, grandes y pesadas, ¡ay! Estos yanquis, que van en coche a todas partes, no ven que un mochilero no puede cargar mucho. Quiso que me llevase un galón de agua, nada menos, pero sólo le acepté una pequeña botella (que luego, cuando se hubo ido, vacié en el suelo tras darle un par de tragos). Era una de esas ingenuas, algo supersticiosas, que creen en la armonía universal, la solidaridad, la mala suerte de los peniques boca abajo, el karma y preservar la vida de las mariposas. Pensé que debía de haberse llevado más de un palo en la vida. Acusaba que su familia la tachara de vagabunda y fracasada, y llevaba un bonito y vistoso tatuaje en el brazo: un ideograma chino que -me dijo- significa “paz”. ¡Como si por tatuarlo en chino fuese a tener más contenido! Eso sí, coincidí con ella en que por Tejas y alrededores había muchos más gilipollas que en el resto del país, y sólo menos que en el deep south. Acabada la merienda, otra vez me llevó al interior del desierto, hasta el arranque de las sendas que van a los puntos de acampada. Allí nos despedimos. Me dio un abrazo al modo estadounidense y se fue, deseándome buen karma Me dio algo de pena, recorriendo el mundo sin disfrutarlo. Añoraba a sus amigos y quizá, aunque no lo dijo, a su komuna.

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Norteamérica 60. El Paso y Ciudad Juárez: donde EE.UU. y Méjico se contagian mutuamente

Martes, 4 de noviembre. El Paso (Tejas).

El viaje a El Paso fue bastante frustrante. Aunque había tres pares de asientos vacíos en el bus (y las plazas no estaban numeradas), tuve que sentarme junto a otro viajero porque toda la primera fila estaba “reservada para discapacitados” (no iba ninguno en ese viaje) y un par de asientos en la segunda fila se los había reservado el copiloto, por toda la cara, para su reposo exclusivo. ¡Pero no los ocupó en ningún momento! Vamos, un auténtico perro del hortelano, que ni descansaba ni dejaba descansar. Tanto el conductor como el copiloto eran negratas; de esos negratas que probablemente se pasan la vida lamentándose del racismo de los blancos y de la opresión a que se ven sometidos los pobres negros. Pues bien: no sólo se reservaron unos asientos que no usaron para nada (eso, en el fondo, fue lo de menos), sino que se pasaron todito el viaje hablando, sin la menor consideración a los pasajeros, con ese volumen, ese tono y esa voz tan inconfundiblemente negrata: sonora, abierta, algo dulzona. Unas voces que, para colmo, traspasaban con tanta facilidad el filtro de mis tapones que era mejor no ponérmelos, ya que sin ellos al menos el resto de los soniddos interferían y ofuscaban en parte esas voces, facilitando un poco el dejar de prestarles atención, pero con ellos únicamente oía la conversación de los dos tipos, clara, limpia y nítida, y no había manera de desconectar mentalmente de ella.

Al cabo de un rato me decidí a pedirle al copiloto -el que más hablaba de los dos, y con la voz más penetrante- que bajara el tono. Se limitó a decirme, con total desdén, que volviera a mi asiento y que si la conversación me molestaba me cambiase a otro asiento más alejado. Fue inútil tratar de hacerle comprender que era cuestión de respeto. Al contrario: se quedó renegando con el conductor de la ridícula pretensión, por parte de un pasajero, de aspirar a descansar -de dormir ya ni te cuento- en un un viaje de autobús. ¡Menudo tío imbécil! Supongo que no servirá para nada la queja escrita que, al llegar a la estación de El Paso, presenté contra esos dos empleados.

De Tucson (Arizona) a El Paso (Tejas) en autobús

Una llegada, por cierto, a intempestiva hora de la madrugada. Para hacer un poco de tiempo, en la propia cafetería de la estación desayuné un café bastante malo y un bollo aún peor. Ahí estuve charlando con una pareja de jovencísimos mejicanos, recién casados, que tenían ganas de conversación. Se dirigían a no sé qué ciudad del nordeste, en Wisconsin, o quizá en Indiana, con la habitual e ingenua creencia -¡pobres diablos!- de que en EE.UU. atan los perros con longaniza. No quise contagiarles mi pesimismo, y allí subieron tan alegres en su autobús al paraíso. A todo esto ya había amanecido, así que pregunté por el hostal (en esta ciudad casi todo el mundo habla español) y me dirigí a él. Por suerte estaba abierto, y el empleado no tuvo inconveniente en admitirme a tan temprana hora. Igual que donde pernocté en Tucson, este también es un hotel normal que dedica tres o cuatro habitaciones a los mochileros; pero, a diferencia de aquél, aquí el personal es menos clasista e interesado. En cuanto me asignaron habitación, me instalé en ella y me acosté. Pude dormir un par de horas, hasta que me despertó una llamada al móvil que recibió el otro huésped, con quien luego estuve charlando. Era un holandés (¡ay, mucho te viajan estos holandeses!) que estaba dando la vuelta al mundo en 90 días. Muy poco tiempo para un mundo tan grande. Pero viajaba con un billete de avión múltiple, haciendo escalas acá y allá. Esta misma mañana volaba a Méjico, al Pacífico. Así que salimos juntos del hotel y nos despedimos en la calle. Fue bonito mientras duró. Su marcha me convirtió en el único huésped de la sección albergue, aparte de una misántropa amargada que vive ahí y no hace más que ver la tele, sin hablar con nadie.

He pasado el resto del día atendiendo mi correo, recorriendo esta cuidad (más mejicana que useña) y cruzando, por curiosidad, a Ciudad Juárez, justo al otro lado de la frontera. No me he sentido muy seguro ahí, pero la experiencia ha sido de lo más interesante. Me ha resultado curioso observar el choque o, si se prefiere, el punto de encuentro de las dos culturas: en El Paso, Estados Unidos se mejicaniza hasta el punto de desfigurarse y resultar casi irreconocible: es una ciudad fea, deteriorada y sucia. El centro está dividido en dos partes claramente diferenciadas a ambos lados de la calle principal: el barrio yanqui tiene gran influencia mejicana, mientras que el mejicano sólo tiene cierta influencia estadounidense, aunque conserva los elementos distintivos de este país: las señales, los policías, el orden, el relativo respeto a las normas de tráfico, la ausencia de gente bebiendo cerveza por las calles y, sobre todo, la seguridad que se respira. Por su parte, en Ciudad Juárez ocurre a la inversa: ahí Méjico se usifica, pero en una medida mucho menor de lo que EE.UU. se mejicaniza en El Paso. Abunda el uso de palabras en inglés, el dólar circula como moneda de cambio junto con el peso, y la ciudad en general adquiere, por mimetismo o simpatía, un matiz un poco yanqui en las costumbres, comidas, medidas, así como en las prisas y la avidez por el dinero rápido. Curiosamente, aunque Méjico quiere ser como EEUU, apenas lo consigue en Ciudad Juárez, mientras que EEUU, que no quiere ser como Méjico, se se le parece mucho en El Paso. Me ha parecido que la cultura mejicana es más pujante, más voraz.

En cuanto al río que separa ambos países (que los yanquis llaman Río Grande del Norte -así como suena, sin traducción- y los mejicanos Río Bravo), pues bueno… no sé cómo sería años o décadas atrás, pero ahora, a juzgar por lo que pude ver desde el puente, ni es Grande, ni mucho menos es Bravo. Constreñido por un canal de hormigón, mermado por las sedientas ciudades que de él beben, mancillado por los residuos, en buena medida desecado, obstaculizado por basuras y escombros, el grande río bravo y del norte es una birria, una piltrafa, un indigno, humillado y vencido arroyo. ¡Qué lástima!

Otra curiosidad es que el cruce de la frontera, al menos por este punto, es irrisorio. Para empezar, todo quisque tiene que pagar, en concepto de peaje, una cantidad que, aunque ridícula (25 centavos), no es poco para quien tenga que ir y venir cada día (sobre todo si es mejicano), y desde luego no es moco de pavo para las arcas públicas, que se embolsan un buen dineral gracias a los miles y miles de personas que cruzan cada día en un sentido u otro. Para continuar, el paso hacia Méjico es inmediato y totalmente franco: cualquier persona que quiera desaparecer administrativamente del mundo no tiene más que cruzar esta frontera hacia el sur y vivir en Méjico happy ever after: no hay control alguno de personas y pasaportes: ni las autoridades de un país saben que has salido, ni las del otro que has entrado. El cruce opuesto, en cambio, tiene cierto control somero para los peatones (una rápida comprobación de tu documento) y un poco más estricto para los vehículos, supongo que principalmente para vigilar el tráfico de drogas, ya que varios policías con perros adiestrados se pasean constantemente por entre los humeantes coches que esperan. Creo que si yo fuera un sudaca no intentaría pasar “de mojado” por el campo, que está vigilado las 24 horas, desde torretas con dispositivos de visión infrarroja, por policías armados con rifles, sino amañando un documento y cruzando el puente con desenfado.

Por cierto, hoy he sido testigo y partícipe de una imagen aleccionadora. En una esquina de la calle, iluminada por el sesgado y rojizo sol del atardecer, un hombre cantaba. Delgado, escurrido, tostado por los soles y el viento, con abundante barba y pelo blanco que ya amarilleaban, un único y avejentado incisivo en sus encías, cantaba con voz profunda y sonora, aunque desafinaba un poco. En su mano izquierda sostenía no sé si la letra de su canción o una partitura, y con la derecha gesticulaba, ora llevándosela al pecho, ora elevándola por sobre su cabeza, mientras cimbreaba el cuerpo como quien dirige una orquesta, hacia delante y hacia atrás, pero sin mover los pies. Su canto no era triste ni alegre, pero había algo de solemne en él. Lo triste era la vieja figura, su presencia en una pobre esquina de un pobre barrio de una ciudad fronteriza, ignorado por los pocos viandantes que pasaban. Yo también había pasado de largo, pero tras quedarme un momento mirándolo y escuchándolo me decidí, creo que por vez primera en mi vida, a darle una limosna. Saqué un billete de a dólar del bolsillo y, con él en la mano, me acerqué y se lo puse delante de las narices; pero el hombre pareció no verlo. Insistí en mi gesto agitando el billete. Entonces levantó la vista y, sin dejar de cantar, me dirigió una breve mirada de desprecio. Guardé el billete y me alejé. Al parecer, no era un mendigo, un pedigüeño ni un farsante; no era un aprovechado que arrastrase su miseria para mover a los demás a compasión. Era mucho más que eso: un loco, un espíritu libre, más allá del dinero y del yugo social. Me fui corrido por mi pretensión, abochornado por haberlo confundido y seguro de haberlo ofendido.

Y esto ha sido todo. A última hora han llegado al hostal tres viajeros más: una guapa solitaria con la predecible tendencia a darse demasiada importancia, y a la que el conserje, sin resultado para él pero no para la vanidad de ella, ha intentado ligarse; y dos británicos de los que nada puedo decir hasta ahora porque sólo los he visto de espaldas, pero de los que seguro podré decir algo mañana, ya que recalarán, sin duda, en la misma habitación que yo.

A estas alturas del día, como es normal, todavía no sé lo que voy a hacer mañana. Por un lado me apetece descansar de tanta carretera, pero por otro es una pena perder un día más en esta ciudad de la que creo haberlo visto ya todo.

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Los próximos ecologistas serán nacionalistas

Lo que sigue a continuación es mi traducción de este artículo publicado por Cloven Kingdom en su blog de Substack. A menudo traduzco textos cuyo contenido me parece de especial relevancia o interés; pero en esta ocasión es un poco distinto, pues sobre haber despertado mi interés se añade que yo mismo, si hubiese tenido el talento necesario, podría haber sido el autor de este artículo, ya que no sólo suscribo por completo su contenido, sino que antes de leerlo ya se me habían ocurrido idénticas ideas a las que Cloven Kingdom expone.


Irlanda proyecta construir unas 300.000 viviendas para el año 2030 con objeto de paliar la grave escasez de oferta inmobiliaria que ha puesto los precios por las nubes. Semejante proyecto significa, inevitablemente, que una mayor porción del bucólico campo irlandés será devorada por el desarrollo. Esta perspectiva, sin embargo, no parece molestar al Partido Verde de ese país, que ambiciona una “Irlanda próspera gracias a la vivienda asequible para cualquier comunidad”.

Por “cualquier comunidad” debemos entender “cualquier sujeto que aparezca por Irlanda con intención de quedarse a vivir.” Rara vez alguien pone el foco en cuánto contribuye la inmigración a la crisis de vivienda. En Irlanda, la tasa neta migratoria se ha doblado desde el 2022 y ahora está en una media de 72.000 nuevos habitantes por año. No obstante, los Verdes irlandeses no tienen intención de protestar contra este obvio factor de la escasez inmobiliaria, ni de hablar sobre el mayor impacto medioambiental que supone el aumento de la población y, por consiguiente, del urbanismo.

Aunque la idea de preservar un pueblo y su cultura les traiga sin cuidado, los ecologistas deberían oponerse a la inmigración por razones puramente empíricas. El uso de energía primaria en Irlanda, por ejemplo, asciende a unos 28.600 kWh por persona y año. En comparación, el valor de esa variable en Somalia es de sólo 220; y en India, origen de muchos de los inmigrantes que llegan a Irlanda, de 1.460. Dadas semejantes diferencias en consumo energético, la inmigración masiva de países pobres a otros más ricos sólo puede justificarse por motivos morales. La periodista y activista ecológica useña Michelle Nijhuis articuló en cierta ocasión dichos motivos: “No puedo decir que merezca más que quienes están en la cola los muchos beneficios de vivir aquí.” Pero su intención no es cambiarse por uno de los que hacen cola, sino acogerlos a todos para que disfruten de los mismos beneficios que ella y consuman en igual medida. Bajo esa actitud subyace la idea de que la tarta siempre crece y todas las sociedades siempre prosperan.

Pero ¿no era, precisamente, esta tarta cada vez mayor el problema original? Claro que lo era. El movimiento ecologista, tal como lo conocemos, se remonta a los años 60 y 70 del pasado siglo, cuando la tarta creciente comenzó a provocar serias alarmas. William Vogt, en su manifiesto de 1948 Camino a la supervivencia, ya expuso el argumento central de que las sociedades humanas estaban sobrepasando la “capacidad de carga” de la Tierra y, a menos que se corrigiese tal desequilibrio, el colapso sería inevitable. En su opinión, la degradación ecológica dejaría de ser sólo un problema técnico y pasaría a condicionar la geopolítica, los conflictos y el destino de las naciones.

En torno al año 1970 este punto de vista empezó a acaparar el discurso. Los límites del crecimiento, del Club de Roma, La bomba poblacional, de Paul Ehrlich, y La tragedia de los bienes comunes, de Garrett Hardin formulaban variaciones sobre la misma afirmación inquietante: el crecimiento exponencial se da de bruces contra un sistema limitado y finito. En Europa, la obra Un planeta saqueado, de Herbert Gruhl, expresaba preocupaciones similares. Volveremos sobre Gruhl más adelante.

La ecología se había convertido en un poderoso marco explicador, pero sin un propietario político claro. Era un conjunto de ataduras y observaciones que podía interpretarse desde distintas perspectivas, incluso intolerantes. Durante un breve momento histórico la noción de los límites naturales estuvo casi en el centro del discurso público sin que ningún interés político la acaparase ni el tecno-optimismo la suavizase. Había una voluntad de hacer frente a los sacrificios. Hoy nos resulta difícil imaginar la amplitud intelectual de miras de esa era. ¡Ay!, aquel momento no estaba llamado a durar.

Ocurrieron dos cosas. Primero, el ecologismo se introdujo en la política dominante y tuvo que ajustarse a las exigencias de la democracia capitalista, un sistema estructuralmente inflexible. Segundo, el movimiento ambientalista acabó desprendiéndose de sus raíces que predicaban austeridad, y acoplándose al progresismo. Ironías de la historia: lo que empezó como un movimiento para abordar el problema de unos límites naturales inmutables acabó alineado con una ideología que no admite la existencia de ningún límite natural; ni siquiera en la distinción biológica entre el hombre y la mujer.

Empecemos por la inflexibilidad estructural. Ejemplo patente y actual de este proceso es el Partido Verde alemán, que en menos de dos décadas pasó de ser un outsider dinámico —cofundado por el citado Gruhl— a un engranaje de la clase dirigente (Gruhl rompió con él para fundar el nuevo Partido Democrático Ecologista). En las elecciones al parlamento federal alemán de 1983, los recién fundados Verdes (con sólo 3 años de existencia) obtuvieron 27 escaños. Fue una gran victoria, pero también el principio de su fin como partido ecologista. Saral Sarkar, un académico indoalemán y veterano activista por el medio ambiente, testigo de aquellos eventos, lo describió así:

“La alianza oportunista de grupos dispares con programas dispares que hizo posible su repentino ascenso también atrajo a miles de oportunistas que sólo buscaban obtener cargos políticos con rapidez, sin tener que trabajarse el ascenso por la vía dura en los partidos ya establecidos.”

Los oportunistas olfatearon un camino fácil al poder y se lanzaron a él de cabeza. Como cuenta Sakar, no contentos con un lugar en los márgenes de la política, aspiraron a convertirse en partido de gobierno aliándose con uno de los grandes consolidados. Y por ese camino los Verdes elaboraron en 1987 un nuevo programa en el que dejaban de oponerse a la sociedad industrial y pasaban simplemente a querer “reestructurarla”. Una década después tomaban las riendas del poder en coalición con los socialdemócratas, y de inmediato apoyaron la participación de Alemania en la guerra de la OTAN contra Yugoslavia.

Hoy, esos mismos Verdes no han dicho ni pío contra la inmigración masiva porque —según uno de sus portavoces— Alemania tiene mucha necesidad de inmigrantes cualificados para “mantener la fuerte posición económica del país”; un comentario que hace suya la misma ideología del crecimiento que el Partido Verde desafiaba cuando se fundó.

Del mismo modo, su homónimo británico tiró por la borda sus raíces ambientalistas para convertirse en soporte de la causa progresista del momento, y —por improbable que pueda parecer— en las últimas elecciones locales incluso cortejó el voto musulmán, que es socialmente conservador e indiferente a la ecología; una cínica estrategia que ha resultado muy exitosa.

El camino desde el activismo ecologista radical al progresismo dominante que han recorrido los partidos verdes europeos puede verse como una captación política y una traición; o, siendo caritativos, como el resultado natural de “montárselo bien” en un sistema que está reñido con nuestra propia razón de ser. En realidad, es ambas cosas: sin haber avanzado apenas nada en el problema que se propusieron resolver, lograron crear para sí mismos decenas de miles de sinecuras en los gobiernos y en las crecientes redes de ONGs.

Para ser justos, era inevitable que capitulasen de un modo u otro. La democracia de masas no tiene ningún mecanismo para imponer, de forma realista, el tipo de limitaciones que habría sido necesario para hacer frente a los desafíos planteados en los años 70. La democracia y la política parlamentaria son fenómenos superficiales incapaces de controlar las fuerzas tecnológicas y civilizatorias más profundas. La democracia moderna está totalmente moldeada por —y en deuda con— la anomalía histórica que supone el excedente energético del siglo XX.

Pero esto no significa que todo esté perdido. Es posible preservar más, y no menos, del campo irlandés y del mítico Bosque Negro alemán. Lo cual nos trae de vuelta a Herbert Gruhl.

Gruhl advertía sobre una catástrofe ecológica y, para abordar el problema, ofrecía una “plantilla” no basada en políticas de izquierdas. Empezó por el dilema central: los recursos del planeta son finitos, en tanto que la sociedad industrial se basa en la expansión continua; por consiguiente, es imprescindible plantear algún tipo de autolimitación. Pero creía que unas restricciones sólo a nivel legislativo, o como problema técnico o económico, eran algo superficial. Lo que hace falta no es sólo un cambio en las políticas sino una modificación de las expectativas: la voluntad de aceptar restricciones, sacrificios y objetivos a largo plazo. En sus últimos trabajos, Gruhl llevaba la cuestión más allá: ¿qué clase de sociedad es capaz de mantener esas limitaciones? Únicamente una cohesionada —se respondía—, con normas colectivas profundamente arraigadas y con un sentido compartido de reverencia hacia el entorno medioambiental, más el compromiso de preservarlo en el futuro incluso a costa de sacrificios en el presente. Por tanto, el peso de esas limitaciones no debería hacerse descansar sobre medidas tecnocráticas, sino sobre una visión más profunda de la cultura y la continuidad, conformada por la conexión con un lugar.

Este tipo de sentimiento no se puede crear por la mera voluntad. Es un tejido hecho lentamente, a lo largo de generaciones, por personas con una historia compartida. La inmigración a gran escala, a la que Gruhl se oponía, lleva a la fragmentación social y debilita ese tejido, haciendo que las necesarias restricciones colectivas sean más difícil de coordinar; por no hablar del problema que supone el incorporar a un lugar un gran número de gente que no tiene una conexión ancestral con él ni un fuerte sentimiento innato respecto a su futuro (del lugar). Por otra parte, conservar una sociedad homogénea y con profundas raíces tampoco es una solución que lo abarque todo: sólo hace que sea posible algo parecido a preservar el medio ambiente dentro de un sistema que tira en la dirección opuesta.

Pero los proponentes del ecologismo han hecho todo lo que han podido para destruir precisamente ese tipo de sociedad; y esto nos trae al segundo asunto: la convergencia con el progresismo.

Los años 1980 vieron un cambio: de poner el foco en el decrecimiento y el excedente poblacional, a centrarse en la “optimización dentro del sistema”. Como los pronósticos más apocalípticos de la era del Club de Roma no estaban cumpliéndose, el exceso de confianza se asentó. El conflicto entre unos recursos ecológicos finitos y la necesidad de proporcionar niveles de vida cada vez mayores fue ignorado, o sorteado mediante la fe nebulosa en que una tecnología futura reconciliaría lo irreconciliable. Y sigue siendo así. El deslocalizado y abstracto enfoque en las emisiones de CO2, que están en todas partes y en ninguna, es el ídolo actual perfecto para la tecnoutopía.

Al mismo tiempo, cuando el centro de gravedad del movimiento ecologista se desplazó hacia el habitual marco progre de redistribuir y dar prioridad a las sociedades o grupos víctima, cualquier idea de poner coto a la inmigración quedó estrictamente prohibida.

De este modo se abandonaron los retos más difíciles, y las consideraciones ambientales quedaron subordinadas a los compromisos igualitarios. Incluso se acuñó un nuevo término, justicia medioambiental, que tiene muy poco que ver con abordar el problema de los límites ecológicos: significa distribución igualitaria de beneficios y cargas ambientales; así que todo quedó en tomar decisiones compatibles con la justicia, lo cual suaviza o elude enfrentarse directamente con las propias limitaciones al crecimiento. El Club Sierra escribe que “reconoce que el antiracismo es clave para crear un mundo vivible y sostenible.” Esto, en términos ecológicos, es por supuesto una estupidez; pero da eco al sentimiento expresado en 1854 por Henry David Thoreau en su discurso “Esclavitud en Massachusetts”, cuando dijo que incluso sus amados estanques no le producían placer ante la idea de la injusticia humana: “¿Qué significa la hermosura de la naturaleza si el hombre es mezquino? […] El recuerdo de mi tierra me estropea el paseo.” En efecto, ¿qué importancia tiene hoy en día preservar la naturaleza, cuando hay por ahí racistas sueltos?

Pero entre nosotros ya ni siquiera hay un Thoreau. Los imperativos morales progresistas de nuestro tiempo se escriben con pomposa jerga populista en misivas ecologistas tan elegantes como huecas. Tonterías como ”redoblar la apuesta en nuestra fuerza principal” o “conectar comunidades diversas” están lejísimos de cualquier enfoque ecologista profundo o biocéntrico, no digamos ya de la espantosa perspectiva malthusiana.

Donde ahora pueden escucharse ecos del viejo tono austero es en las funestas advertencias respecto al cambio climático desbocado. Pero unos avisos que hace medio se nos presentaron como tragedia, acabaron devolviéndonos una farsa como resultado. Según el Green Deal europeo, la mejor forma de abordar la “amenaza existencial para Europa y el mundo” que supone “el cambio climático y la degradación ambiental” es “una nueva estrategia” en la que el crecimiento económico está “desacoplado del uso de los recursos” y donde “no se deja atrás a nadie” (sin importar cuántos seamos). Allá donde se permita que aparezca el débil contorno de una espantosa perspectiva, podemos estar seguros de que las empresas de capital riesgo y las ONGs nos protegerán de las consecuencias.

Todo eso, claro está, no es más que el patio de recreo para la clase gerencial acomodada. Nada de ello fomenta o alberga esa idea sagrada de la naturaleza que convendría a una nación o pueblo con una larga historia compartida y con un futuro común. Ni siquiera tiene nada que ver con el medio ambiente. Esa clase que digo ha abdicado. Los ecologistas del futuro serán nacionalistas: una vez que nos hayamos quitado las orejeras del tiempo actual, la relación aparecerá como obvia. De nosotros depende hacer algo para preservar lo que queda de las maravillas naturales que nos rodean y prepararnos para el turbulento camino que nos queda por delante.

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