Norteamérica 54. Al borde del colapso; el inenarrable Yosemite Park y el impactante Mono Lake

Viernes, 24 de octubre. Lee Vining (California)

La noche del miércoles, Phil llegó tarde y con ganas de acostarse, así que apenas hablamos. Aunque en mi habitación había una estupenda cama de matrimonio, preferí acostarme sobre la mullida moqueta que cubría el suelo para no usar las sábanas sólo por una noche. Y dormí perfectamente. Por la mañana me levanté pronto para charlar unos minutos con Phil, que era madrugador. Me acercó en coche hasta la carretera y, al despedirnos, me dijo: All the best, probably we’ll meet again in this life. Bueno, lo probable es que no volvamos a vernos, pero me gustó la frase. Le dije que mucha gente mencionaba con ligereza la idea, o incluso la promesa, de visitarme algún día en España, pero luego ni siquiera contestaban mis correos. I am different, fue lo último que me dijo. Ya lo veremos.
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Norteamérica 53. Descubriendo el sushi; your money is no good here

Martes, 21 de octubre. Mismo lugar.

El paseo de ayer también fue interesante. Empezando por Mission, el barrio hispano, con centenares de taquerías y alguna que otra iglesia (entre ellas la soberbia Mission Dolores, que no visité por vergüenza de no pagar la “donación sugerida” de 3 $), subiendo luego hacia el ayuntamiento con su enorme cúpula, y desviándome después hacia la limpia y pequeña Japantown, donde se me antojó almorzar en un caro pero original restaurante en el que los clientes se sentaban a una barra circular provista de un canal también circular por el que navegaba un carrusel de barquitas que transportaban unos platitos con algo así como nuestros pinchos. Al nomás tomar sitio, te ponen delante unos palillos, un té y tres complementos esenciales de la comida japonesa: una jarrita de salsa marrón, una bolita de una pasta verdosa extremadamente amarga y un cuenquito con unas hojitas de una verdura rosa que sabe talmente a colonia. Los dos primeros son para condimentar la comida (principalmente sushi) y el tercero para eliminar del paladar el sabor de los anteriores bocados. El cliente va eligiendo los que se le antojan de entre los pinchos que pasan frente a él, y al acabar le cobran en función de los platos que haya acumulado, cuyo precio depende del color. El sushi es, básicamente, un corte de pescado crudo sobre un taco de arroz y sujeto a él por una hojita de alga. Curioso. [Me hace gracia esta detallada descripción y esa genuina sorpresa por mi primer encuentro con el sushi, el wasabi, el gengibre y ese estilo de restaurante japo que ahora, en cambio, me resulta tan familiar.] Después seguí camino a través de las bonitas lomas de Russian Hill y de Pacific Heights, hasta llegar a The Marina, un parquecillo junto a la bahía en la parte norte de la ciudad –a unas dos millas de la Golden Gate y su puente– donde se congregaban deportistas, pescadores, solitarios y otros espíritus que aprecian la quietud, la belleza de la bahía, la luz del atardecer y el graznido de las gaviotas. El regreso lo hice por Columbus Street, que, discurriendo en diagonal a la cuadrícula principal N-S / E-O que forman las calles, atraviesa –entre las colinas Nob y Telegraph– por tol medio del animado y variado barrio “latino”, también llamado Little Italy o North Beach. Así llegué al financial district, pasando al pie mismo del rascacielos piramidal que se llama, cosa extraña, The Pyramid, hasta desembocar en el distrito comercial, donde están todas las tiendas. De allí, a la estación y a “casa”.
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Norteamérica 52. Un bonito día para morir; la legandaria San Francisco

Viernes, 17 de octubre. Mismo lugar.

Esta mañana a las 8:15 ya estaba en la carretera. Casi dos horas esperé el primer jalón, que sólo me llevó hasta Fortuna. Era un vaquero agradable con un acento ininteligible y una curiosa actitud hacia el riesgo de coger a autostopistas. “Si alguno me agrede, allá él con su conciencia. Y, ¡qué diablos!, hoy es un bonito día para morir.” [Aún recuerdo perfectamente aquella frase.] Me dio lástima no seguir más tiempo con él, porque -con su sombrero cowboy adornado estilo indio- parecía una de esas personas que te pueden enseñar mucho de la vida. Al despedirnos me dijo que estaba seguro de que encontraría un super ride. Y acertó: treinta minutos más tarde encontré un super ride: era un locatis, estudiante de arte y danza, que conducía a toda leche su gran camioneta por aquel bonito paisaje que me recordaba a Extremadura: las mismas gastadas colinas, el mismo pasto seco, el mismo género de árboles que la encina (Quercus) aunque otra variedad. . Me llevó más de 200 millas, aunque por desgracia su incesante y desenfadada conversación era bastante superficial: paridas acerca de los calentones que se llevaba a causa de las clases de baile que impartía. Pero, en fin, muy simpático el amigo Louise. Sigue leyendo

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Norteamérica 51. Una pareja encantadora, un bosque encantado y un motelero imbécil

Viernes, 17 de octubre. San Francisco (California).

Paul y Sandy eran un matrimonio en torno a los cincuenta, de clase media acomodada; y no me explico cómo es que me recogieron. Quizá ellos tampoco, pues al principio pasaron de largo. Unos setenta metros más adelante se pararon y dieron marcha atrás. “Me dirijo a San Francisco”, les dije. “Bueno, no podemos llevarte a San Francisco hoy; tal vez otro día”, contestó Paul, graciosillo él. Ambos eran enfermeros de profesión y demócratas de opinión. Vivían en Seattle y, a la sazón, estaban parando temporalmente en Brookings, desde donde hacían excursiones de una jornada. Aquel día tocaba visitar el Redwoods National Park, que quedaba sobre la ruta que yo me había trazado. La simpatía fue instantánea y mutua. Cultos, simpáticos y habladores, enseguida entablamos animada charla sobre política, economía y sociedad. Habían estado en España, país que decían adorar (claro); viajaban mucho y detestaban a George Bush, por cuya mala imagen internacional –me dijeron– no era este el mejor momento para viajar fuera de los EE.UU.
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Norteamérica 50. Dos días con Steve; el falso ecologismo del Gobierno

Miércoles, 15 de Octubre. Mismo lugar.

Gracias a unos nublados, la noche que pasé en el camping de las dunas no fue fría, aunque cayeron unas gotas de madrugada. En cuanto desperté, recogí la tienda y me largué de allí. El día amaneció algo neblinoso, pero fue abriendo a lo largo de la mañana y al final se quedó muy bonito.

Resignado de antemano a una larga espera, me planté en la carretera con mi libro en la mano y un letrero que decía: FROM SPAIN TO S. FRANCISCO; un fracaso experimental que no me sirvió de nada; así que al cabo de dos horas doblé el letrero y me puse a caminar. Sólo entonces conseguí el primer lift, al que seguirían tres o cuatro más, de escasa relevancia salvo los dos últimos. Uno, por una pareja de jipis piojosos (y no pongo al tuntún este calificativo), ella al volante, él de copiloto, a bordo de una van en cuya parte trasera, amén de mucha mierda y cantidad de objetos desperdigados, había un mugriento colchón cubierto con una sucia manta sobre la que se revolvía el más detestable perro lamedor con el que me he peleado hasta el momento: durante diez minutos no cesó de intentar chupetearme la cara y, lo que es peor, de gruñir hostilmente cada vez que, con el brazo o la pierna, lo alejaba de mí. Sigue leyendo

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Norteamérica 49. Una buena racha acaba en Corvallis; las mancilladas dunas de Florence

Martes, 14 de octubre. Gold Beach (Oregón).

El domingo no hubo almuerzo, y como la cena corría a mi cargo empecé a prepararla poco después de que la familia volviera de sus cosas eclesiásticas. (Me hizo gracia el castigo, tan de pedagogía yanqui, que recibieron las niñas por algo que habían hecho: tenían que permanecer un rato de cara a la pared y sin moverse.) Para ponerme a cocinar necesitaba comprar algunos ingredientes, a lo cual mis anfitriones dijeron: “¡Oh! Nosotros no compramos en domingo; nuestra religión lo prohíbe; pero no podemos impedirte que vayas tú y compres: no es tu religión.” Bueno, digamos que el razonamiento podía ser procesalmente válido. De todas formas, les hice notar un problema: “Bien, iré a comprar, pero el supermercado está muy lejos.” La salida que tuvieron, anunque quizá cayese aún dentro de los estrictos preceptos mormónicos, no dejó de parecerme un pelín tramposa: “No importa, Wayne te llevará.” Vamos, que siempre hay algún modo de esquivar una norma inconveniente; pero, en fin, era su religión, no la mía. Así que Wayne me llevó hasta el supermercado, se quedó en el coche mientras yo compraba, y me trajo de vuelta. Así no vulneraban, en estricto rigor, la letra de ningún precepto, aunque tal vez sí el espíritu; pero estoy seguro de que el Señor no se lo tuvo en cuenta.
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Norteamérica 48. El bendito Wayne y su encantadora familia

Domingo, 12 de octubre. Mismo lugar.

Tardé una hora en llegar andando, aquella tarde bonita y soleada, hasta donde pudiese ponerme a hacer dedo, y no bien me había descargado las mochilas, un simpático surfista en una camioneta se paró y me dió un lift hasta Corvallis, dejándome en el mismo camping. Enseguida trabé conversación con un hombre joven, tal vez de mi edad o menor, que recién llegaba y al que le pregunté cómo se pagaba allí, pues no había dependiente. Era un camping de “autoliquicación”: se suponía que los clientes metían el dinero en un sobre y lo depositaban en un buzón ad hoc. Luego llegaron dos o tres tipos más. Se trataba de un grupo de padres que iban a pasar una noche con sus respectivos hijos en plan Boy Scout. El primero con el que hablé, alto, rubio, seguro de sí mismo, con ademanes autoritarios, pronto delegó la función de relaciones sociales en Wayne mientras él cocinaba un pollo a la holandesa en dos grandes peroles sobre brasas, y con brasas también en las tapas. Wayne, de pelo negro, tez morena y cara de mejicano, era más amigable, simpático y charlatán. Cuando le pregunté por el supermercado más cercano, se ofreció a llevarme. Él no tenía ninguna necesidad de ir, así que le agradecí doblemente el lift. Luego me enseñó una cocinilla portátil que llevaba, una miniatura que no pesaría ni medio kilo, y también la esterilla que usaba, hinchable, delgada y muy ligera. ¿Cuánto puede costarme una de ésas? –le pregunté–. ¿Sabes? –me contestó–, yo quiero comprarme una nueva, así que mañana, cuando levantemos el campamento, puedes quedarte ésta. Te la regalo. Sigue leyendo

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Norteamérica 47. Bob el devoto y la sensacional garganta del río Columbia

Sábado, 11 de octubre. Corvallis (Oregón).

No puedo decir que descansara muy bien en aquel sofá, la verdad. Por una parte, había dormido bastante la noche anterior; por otra, aquel ilocalizable sonido de agua fluyendo me dificultaba el sueño; pero, sobre todo, los madrugadores habitantes de la casa me despertaron a deshora: el marido se levantó a las cuatro menos cuarto, nada menos; el viejo, a eso de las cinco, y estuvo haciendo no sé qué en una mesa cercana al sofá; ella, sobre las seis y pico. Así que desde las cuatro no pegué ojo y, al final, no tuve más remedio que desperezarme. Por cierto que soñé -no sé si por aquel sonidito del agua o porque llovió durante la noche- que estaba en una casa donde, si te asomabas a una ventana, llovía, y si te asomabas a otra, no. Cuando me levanté, el marido había salido ya, sabe Dios a dónde, tal vez a cazar, y me uní a la conversación que mantenían tío y sobrina. Charlamos más de una hora hasta que ella dijo tener que marchrse. Luego nos fuimos Bob y yo.
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Norteamérica 46. Un hostal de recolectores clandestinos; inesperada pernocta en casa particular

Jueves, 9 de octubre. Cle Elum (Washington).

Mis movimientos por Penticton durante el martes y el miércoles fueron tan irrelevantes que no vale la pena intentar recordarlos. Salvo un par de paseos más o menos largos, pasé la mayor parte del tiempo leyendo o cocinando. Había comprado ingredientes bastantes como para una que otra convidada general, pero por último decidí obviarlas porque allí nadie apreciaba mi esfuerzo ni mi buena disposición, así que al final tuve que comérmelo yo casi todo. Y es que, aunque en ese hostal paraban entre quince y veinte personas, fue -hasta el momento- el que tenía peor ambiente; cosa que atribuyo a un exceso de huéspedes de prolongada estancia: entre ellos formaban una especie de club que resultaba de difícil acceso y hacía que cualquier nuevo viajero se sintiera un extraño. Tony, el primero con quien trabé conversación, me pareció el cabecilla; y de hecho vivía allí. Era un tipo alto y delgado, con un vestir entre elegante y bohemio (pantalones de pinzas, chaleco, chaqueta de pana, gorro inglés), jubilado, sociable pero distante. Había también una pareja de ardua clasificación: él, un gilipollas de pelo largo, rubio, rizado y con coleta, trabajaba recogiendo fruta y sólo saludaba a los de la camarilla; ella (la única que me saludaba siempre) era una chica simpática con una ambigua relación de pareja, pues aunque le daba a él acceso a sus labios, pasaba la mayor parte del tiempo con Tony, quien parecía ejercer sobre ella una especie de fascinación dimanante -supongo- de su madurez e innegable atractivo (pese a sus cincuenta y tantos años). Tuve la impresión de que a la chica le habría apetecido hablar más conmigo pero que la inhibían los lazos de grupo. Después, otra pareja sin personalidad alguna que tampoco se trataba con nadie más (ella de actitud acomplejada y voz mortecina, él un hombre sin rostro). Sigue leyendo

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Norteamérica 45. Consejos de un taxista y reflexiones sobre los youth hostels

Lunes, 6 de octubre. Penticton (Columbia Británica).

Ayer, tras hacer varios de los recorridos que ofrecía el parque, me puse a caminar carretera abajo con plena confianza en que alguien me llevaría hasta la ciudad. En efecto, unos alemanes me recogieron. Eran entusiastas de Canadá, fieles turistas que viajaban a Revelstoke una vez al año desde hacía seis. Muy simpáticos y abiertos, manifestaron ser yo el primer español con que se encontraban en este país. Entre otras cosas, hablamos del problema de la deforestación, que a ellos también se lo parecía: es -opinaban- la base de la economía canadiense, aparte del petróleo y la energía eléctrica; y si dejasen de deforestar, esa economía se resentirá mucho; pero, aunque saben que la madera se acabará algún día, no les importa: ese día está demasiado lejos para que afecte a políticos cortoplacistas; y la gente prefiere no ver el problema.
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