Los próximos ecologistas serán nacionalistas

Lo que sigue a continuación es mi traducción de este artículo publicado por Cloven Kingdom en su blog de Substack. A menudo traduzco textos cuyo contenido me parece de especial relevancia o interés; pero en esta ocasión es un poco distinto, pues sobre haber despertado mi interés se añade que yo mismo, si hubiese tenido el talento necesario, podría haber sido el autor de este artículo, ya que no sólo suscribo por completo su contenido, sino que antes de leerlo ya se me habían ocurrido idénticas ideas a las que Cloven Kingdom expone.


Foto: Glengesh Pass, Ireland, by David Noble.

Irlanda proyecta construir unas 300.000 viviendas para el año 2030 con objeto de paliar la grave escasez de oferta inmobiliaria que ha puesto los precios por las nubes. Semejante proyecto significa, inevitablemente, que una mayor porción del bucólico campo irlandés será devorada por el desarrollo. Esta perspectiva, sin embargo, no parece molestar al Partido Verde de ese país, que ambiciona una “Irlanda próspera gracias a la vivienda asequible para cualquier comunidad”.

Por “cualquier comunidad” debemos entender “cualquier sujeto que aparezca por Irlanda con intención de quedarse a vivir.” Rara vez alguien pone el foco en cuánto contribuye la inmigración a la crisis de vivienda. En Irlanda, la tasa neta migratoria se ha doblado desde el 2022 y ahora está en una media de 72.000 nuevos habitantes por año. No obstante, los Verdes irlandeses no tienen intención de protestar contra este obvio factor de la escasez inmobiliaria, ni de hablar sobre el mayor impacto medioambiental que supone el aumento de la población y, por consiguiente, del urbanismo. Sigue leyendo

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Norteamérica 59. Un pueblo que no lo es; el BLM; la hostilidad de Arizona

Domingo, 2 de noviembre (continuación).

Tan bien dormí que, al despertar esta mañana, ya había salido el sol; o sea, casi diez horas de sueño. Levanté el campamento y me aposté en el arcén. Un exmarine recién divorciado que iba a Yuma me dio jalón hasta Gila Bend (pronunciado hilabend) y de ahí una pareja mejicana me llevó hasta Ajo. Este último ride, como tantos otros, no fue gratis: me costó tener que escuchar el sermón religioso, el tedioso discurso cuyo plato principal es Quién ha creado todo esto sino Dios, con guarnición de El cielo y el infierno, aderezado con un insistente Recibe a Cristo en tu corazón. Tal como lo escribo. No me invento ni una coma. Pero por fin he aprendido la lección –¡mira que soy torpe!–: la próxima vez, lo único que tengo que hacer para que me dejen en paz es decir, cuando saquen el tema, que soy católico devoto, o budista. Sigue leyendo

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Norteamérica 58. Viento y humo en el cañón del Colorado; la Arizona mejicana

Viernes, 31 de octubre. Flagstaff (Arizona).

Los últimos días han abundado en fiascos y cambios de plan. La noche del martes, aunque la pasé a la intemperie, no fue mala. Salvo un sobresalto que  un conductor perdido me dio al recalar un rato en el visitor center, y una fuerte brisa que se levantó de madrugada y me obligó a ponerme al socaire, dormí con relativa comodidad. Me levanté bastante temprano y, tras recoger mis cosas y aprovechar la diferencia horaria para llamar a España, me puse a hacer dedo frente a un casino cercano. Casi dos horas después me recogió un vaquero auténtico en su vieja camioneta. Tenía un acento de mil diablos e iba vestido al estilo cowboy, con sus botas, su zamarra sin mangas, su pañuelo al cuelo y su sombrero pajizo de ala ancha. Buena gente, rudo y sencillo. De camino, en mitad de una vasta meseta muy plana y una recta de 50 km de largo, nos pasamos un momento por su rancho: un par de construcciones de madera y unos corrales con caballos y vacas. Llegados a Kingman, me dejó sobre el cruce de la carretera hacia Peach Springs. Con ese único ride del día se agotó mi suerte para el miércoles: tras zamparme en un fast-food cercano dos hamburguesas de a dólar, estuve la friolera de seis horas en el arcén, primero en dirección Peach Springs, luego en la autopista que va hacia el este (Interestatal 40), sin conseguir un mal jalón. ¿Y por qué aguanté seis horas? Sigue leyendo

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Norteamérica 57. Encuentros en la tercera fase; el agujero negro de Las Vegas

Lunes, 27 de octubre. Mismo lugar.

Pues nada; al final no hubo problema para salir de Tecopa; o mejor debería decir que no hubo solución, porque la cosa es que no he salido. Hoy me levanté tarde porque estaba muy cansado, y no era buena idea ponerme a hacer dedo a esa hora. En cuanto a los otros dos huéspedes, Caroline no iba en mi dirección, y Harris sólo podía darme un lift parcial que no me solucionaba gran cosa. En esto Aldine, la dueña, viene y me dice que me regala la estancia de hoy a cambio de quitarle la hierba junto a la entrada. No me lo pensé dos veces. El británico se mostró algo más comunicativo que el día anterior y estuvimos casi dos horas hablando de metafísica a la puerta del albergue, junto a su coche. Fue una interesante conversación tocante al por qué de viajar, la inquietud de conocer, la intrínseca infelicidad del viajero, el sentimiento religioso subyacente a muchas actitudes, la belleza inherente a las cosas, la llamada del desierto y la hostilidad del ser humano. Harris sugería Sigue leyendo

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Norteamérica 56. El infernal valle de la Muerte y un hostal en el culo del mundo

Domingo, 26 de octubre. Tecopa (California)

Aquel parche blanco en el lecho del valle, que resultó no ser de arena, sino de arcilla seca y resquebrajada, estaba bastante más lejos de lo que parecía. Anoche aprendí hasta qué punto engañan las distancias en el desierto: lo que desde el camping me parecieron un par de millas, eran el doble. Pero valió la pena la caminata. Cuando llegué allí, el silencio era sobrecogedor, y el cielo sublime: pese a la luna nueva, había tantas estrellas que se veía más o menos bien. La sensación de aislamiento y absoluta soledad no podía ser mayor; me parecía ser el único ser humano sobre la tierra. Corría una brisa suave, casi sensual, y para darme el gusto de sentirme un recién nacido, me desvestí y me tumbé un rato en el suelo, mirando la espléndida bóveda estrellada. Aunque la noche era muy templada, la arcilla estaba fresca al tacto.
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Norteamérica 55. Darwin: donde la geografía y el alma se encuentran

Sábado, 25 de octubre. Panamint Springs (California)

La noche fue bastante más fresca de lo que aquel paisaje hacía predecir; pero resulta que Lee Vining está a unos 2000 m de altitud; lo cual también ayuda, en parte, a explicar por qué me cansó tantísimo subir la ladera del valle Yosemite. Esta mañana, tras levantar la tienda muerto de frío, me fui hasta el cruce para hacer dedo allí y recoger el posible tráfico de la 120.

En un principio Bob pasó de largo, pero debió de remorderle la conciencia y dio media vuelta; no a los 100 m, como otros, sino algunos kilómetros más allá, ya que hasta los diez minutos de haber pasado no volvió a por mí. Un arrepentimiento de efecto retardado. Este Bob se dedicaba a vender instalaciones contraincendios; y acababan de operarlo, contra todo pronóstico, de un tumor en la médula espinal. La homilía religiosa no se hizo esperar: me soltó un sermoncillo con pretendida base científica aunque, por suerte, poco insistente. Al comprender que el argumento de Laplace (“Dios es una hipótesis innecesaria”) que yo oponía a sus razones era muy difícilmente refutable, cortó el rollo. Con él recorrí bastantes millas a lo largo del valle elevado, increíblemente hermoso, que discurre entre Sierra Nevada al oeste (la columna vertebral de California), y otra sierra algo más humilde al este, allende la cual se encuentra Death Valley. El lecho de este valle por donde íbamos tiene unas tres millas de anchura, es casi plano, muy abierto y bastante árido, haciendo así un bonito y llamativo contraste en aquellos lugares, aquí y allá, donde algunos sembrados, parches de vegetación o arboledas de tonos otoñales interrumpían la monotonía parda y rojiza. Cada uno de esos oasis tenía su pequeña localidad.

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Norteamérica 54. Al borde del colapso; el inenarrable Yosemite Park y el impactante Mono Lake

Viernes, 24 de octubre. Lee Vining (California)

La noche del miércoles, Phil llegó tarde y con ganas de acostarse, así que apenas hablamos. Aunque en mi habitación había una estupenda cama de matrimonio, preferí acostarme sobre la mullida moqueta que cubría el suelo para no usar las sábanas sólo por una noche. Y dormí perfectamente. Por la mañana me levanté pronto para charlar unos minutos con Phil, que era madrugador. Me acercó en coche hasta la carretera y, al despedirnos, me dijo: All the best, probably we’ll meet again in this life. Bueno, lo probable es que no volvamos a vernos, pero me gustó la frase. Le dije que mucha gente mencionaba con ligereza la idea, o incluso la promesa, de visitarme algún día en España, pero luego ni siquiera contestaban mis correos. I am different, fue lo último que me dijo. Ya lo veremos.
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Norteamérica 53. Descubriendo el sushi; your money is no good here

Martes, 21 de octubre. Mismo lugar.

El paseo de ayer también fue interesante. Empezando por Mission, el barrio hispano, con centenares de taquerías y alguna que otra iglesia (entre ellas la soberbia Mission Dolores, que no visité por vergüenza de no pagar la “donación sugerida” de 3 $), subiendo luego hacia el ayuntamiento con su enorme cúpula, y desviándome después hacia la limpia y pequeña Japantown, donde se me antojó almorzar en un caro pero original restaurante en el que los clientes se sentaban a una barra circular provista de un canal también circular por el que navegaba un carrusel de barquitas que transportaban unos platitos con algo así como nuestros pinchos. Al nomás tomar sitio, te ponen delante unos palillos, un té y tres complementos esenciales de la comida japonesa: una jarrita de salsa marrón, una bolita de una pasta verdosa extremadamente amarga y un cuenquito con unas hojitas de una verdura rosa que sabe talmente a colonia. Los dos primeros son para condimentar la comida (principalmente sushi) y el tercero para eliminar del paladar el sabor de los anteriores bocados. El cliente va eligiendo los que se le antojan de entre los pinchos que pasan frente a él, y al acabar le cobran en función de los platos que haya acumulado, cuyo precio depende del color. El sushi es, básicamente, un corte de pescado crudo sobre un taco de arroz y sujeto a él por una hojita de alga. Curioso. [Me hace gracia esta detallada descripción y esa genuina sorpresa por mi primer encuentro con el sushi, el wasabi, el gengibre y ese estilo de restaurante japo que ahora, en cambio, me resulta tan familiar.] Después seguí camino a través de las bonitas lomas de Russian Hill y de Pacific Heights, hasta llegar a The Marina, un parquecillo junto a la bahía en la parte norte de la ciudad –a unas dos millas de la Golden Gate y su puente– donde se congregaban deportistas, pescadores, solitarios y otros espíritus que aprecian la quietud, la belleza de la bahía, la luz del atardecer y el graznido de las gaviotas. El regreso lo hice por Columbus Street, que, discurriendo en diagonal a la cuadrícula principal N-S / E-O que forman las calles, atraviesa –entre las colinas Nob y Telegraph– por tol medio del animado y variado barrio “latino”, también llamado Little Italy o North Beach. Así llegué al financial district, pasando al pie mismo del rascacielos piramidal que se llama, cosa extraña, The Pyramid, hasta desembocar en el distrito comercial, donde están todas las tiendas. De allí, a la estación y a “casa”.
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Norteamérica 52. Un bonito día para morir; la legandaria San Francisco

Viernes, 17 de octubre. Mismo lugar.

Esta mañana a las 8:15 ya estaba en la carretera. Casi dos horas esperé el primer jalón, que sólo me llevó hasta Fortuna. Era un vaquero agradable con un acento ininteligible y una curiosa actitud hacia el riesgo de coger a autostopistas. “Si alguno me agrede, allá él con su conciencia. Y, ¡qué diablos!, hoy es un bonito día para morir.” [Aún recuerdo perfectamente aquella frase.] Me dio lástima no seguir más tiempo con él, porque -con su sombrero cowboy adornado estilo indio- parecía una de esas personas que te pueden enseñar mucho de la vida. Al despedirnos me dijo que estaba seguro de que encontraría un super ride. Y acertó: treinta minutos más tarde encontré un super ride: era un locatis, estudiante de arte y danza, que conducía a toda leche su gran camioneta por aquel bonito paisaje que me recordaba a Extremadura: las mismas gastadas colinas, el mismo pasto seco, el mismo género de árboles que la encina (Quercus) aunque otra variedad. . Me llevó más de 200 millas, aunque por desgracia su incesante y desenfadada conversación era bastante superficial: paridas acerca de los calentones que se llevaba a causa de las clases de baile que impartía. Pero, en fin, muy simpático el amigo Louise. Sigue leyendo

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Norteamérica 51. Una pareja encantadora, un bosque encantado y un motelero imbécil

Viernes, 17 de octubre. San Francisco (California).

Paul y Sandy eran un matrimonio en torno a los cincuenta, de clase media acomodada; y no me explico cómo es que me recogieron. Quizá ellos tampoco, pues al principio pasaron de largo. Unos setenta metros más adelante se pararon y dieron marcha atrás. “Me dirijo a San Francisco”, les dije. “Bueno, no podemos llevarte a San Francisco hoy; tal vez otro día”, contestó Paul, graciosillo él. Ambos eran enfermeros de profesión y demócratas de opinión. Vivían en Seattle y, a la sazón, estaban parando temporalmente en Brookings, desde donde hacían excursiones de una jornada. Aquel día tocaba visitar el Redwoods National Park, que quedaba sobre la ruta que yo me había trazado. La simpatía fue instantánea y mutua. Cultos, simpáticos y habladores, enseguida entablamos animada charla sobre política, economía y sociedad. Habían estado en España, país que decían adorar (claro); viajaban mucho y detestaban a George Bush, por cuya mala imagen internacional –me dijeron– no era este el mejor momento para viajar fuera de los EE.UU.
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