Norteamérica 52. Un bonito día para morir; la legandaria San Francisco

Viernes, 17 de octubre. Mismo lugar.

Esta mañana a las 8:15 ya estaba en la carretera. Casi dos horas esperé el primer jalón, que sólo me llevó hasta Fortuna. Era un vaquero agradable con un acento ininteligible y una curiosa actitud hacia el riesgo de coger a autostopistas. “Si alguno me agrede, allá él con su conciencia. Y, ¡qué diablos!, hoy es un bonito día para morir.” [Aún recuerdo perfectamente aquella frase.] Me dio lástima no seguir más tiempo con él, porque -con su sombrero cowboy adornado estilo indio- parecía una de esas personas que te pueden enseñar mucho de la vida. Al despedirnos me dijo que estaba seguro de que encontraría un super ride. Y acertó: treinta minutos más tarde encontré un super ride: era un locatis, estudiante de arte y danza, que conducía a toda leche su gran camioneta por aquel bonito paisaje que me recordaba a Extremadura: las mismas gastadas colinas, el mismo pasto seco, el mismo género de árboles que la encina (Quercus) aunque otra variedad. . Me llevó más de 200 millas, aunque por desgracia su incesante y desenfadada conversación era bastante superficial: paridas acerca de los calentones que se llevaba a causa de las clases de baile que impartía. Pero, en fin, muy simpático el amigo Louise. Sigue leyendo

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Norteamérica 51. Una pareja encantadora, un bosque encantado y un motelero imbécil

Viernes, 17 de octubre. San Francisco (California).

Paul y Sandy eran un matrimonio en torno a los cincuenta, de clase media acomodada; y no me explico cómo es que me recogieron. Quizá ellos tampoco, pues al principio pasaron de largo. Unos setenta metros más adelante se pararon y dieron marcha atrás. “Me dirijo a San Francisco”, les dije. “Bueno, no podemos llevarte a San Francisco hoy; tal vez otro día”, contestó Paul, graciosillo él. Ambos eran enfermeros de profesión y demócratas de opinión. Vivían en Seattle y, a la sazón, estaban parando temporalmente en Brookings, desde donde hacían excursiones de una jornada. Aquel día tocaba visitar el Redwoods National Park, que quedaba sobre la ruta que yo me había trazado. La simpatía fue instantánea y mutua. Cultos, simpáticos y habladores, enseguida entablamos animada charla sobre política, economía y sociedad. Habían estado en España, país que decían adorar (claro); viajaban mucho y detestaban a George Bush, por cuya mala imagen internacional –me dijeron– no era este el mejor momento para viajar fuera de los EE.UU.
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Norteamérica 50. Dos días con Steve; el falso ecologismo del Gobierno

Miércoles, 15 de Octubre. Mismo lugar.

Gracias a unos nublados, la noche que pasé en el camping de las dunas no fue fría, aunque cayeron unas gotas de madrugada. En cuanto desperté, recogí la tienda y me largué de allí. El día amaneció algo neblinoso, pero fue abriendo a lo largo de la mañana y al final se quedó muy bonito.

Resignado de antemano a una larga espera, me planté en la carretera con mi libro en la mano y un letrero que decía: FROM SPAIN TO S. FRANCISCO; un fracaso experimental que no me sirvió de nada; así que al cabo de dos horas doblé el letrero y me puse a caminar. Sólo entonces conseguí el primer lift, al que seguirían tres o cuatro más, de escasa relevancia salvo los dos últimos. Uno, por una pareja de jipis piojosos (y no pongo al tuntún este calificativo), ella al volante, él de copiloto, a bordo de una van en cuya parte trasera, amén de mucha mierda y cantidad de objetos desperdigados, había un mugriento colchón cubierto con una sucia manta sobre la que se revolvía el más detestable perro lamedor con el que me he peleado hasta el momento: durante diez minutos no cesó de intentar chupetearme la cara y, lo que es peor, de gruñir hostilmente cada vez que, con el brazo o la pierna, lo alejaba de mí. Sigue leyendo

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Norteamérica 49. Una buena racha acaba en Corvallis; las mancilladas dunas de Florence

Martes, 14 de octubre. Gold Beach (Oregón).

El domingo no hubo almuerzo, y como la cena corría a mi cargo empecé a prepararla poco después de que la familia volviera de sus cosas eclesiásticas. (Me hizo gracia el castigo, tan de pedagogía yanqui, que recibieron las niñas por algo que habían hecho: tenían que permanecer un rato de cara a la pared y sin moverse.) Para ponerme a cocinar necesitaba comprar algunos ingredientes, a lo cual mis anfitriones dijeron: “¡Oh! Nosotros no compramos en domingo; nuestra religión lo prohíbe; pero no podemos impedirte que vayas tú y compres: no es tu religión.” Bueno, digamos que el razonamiento podía ser procesalmente válido. De todas formas, les hice notar un problema: “Bien, iré a comprar, pero el supermercado está muy lejos.” La salida que tuvieron, anunque quizá cayese aún dentro de los estrictos preceptos mormónicos, no dejó de parecerme un pelín tramposa: “No importa, Wayne te llevará.” Vamos, que siempre hay algún modo de esquivar una norma inconveniente; pero, en fin, era su religión, no la mía. Así que Wayne me llevó hasta el supermercado, se quedó en el coche mientras yo compraba, y me trajo de vuelta. Así no vulneraban, en estricto rigor, la letra de ningún precepto, aunque tal vez sí el espíritu; pero estoy seguro de que el Señor no se lo tuvo en cuenta.
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Norteamérica 48. El bendito Wayne y su encantadora familia

Domingo, 12 de octubre. Mismo lugar.

Tardé una hora en llegar andando, aquella tarde bonita y soleada, hasta donde pudiese ponerme a hacer dedo, y no bien me había descargado las mochilas, un simpático surfista en una camioneta se paró y me dió un lift hasta Corvallis, dejándome en el mismo camping. Enseguida trabé conversación con un hombre joven, tal vez de mi edad o menor, que recién llegaba y al que le pregunté cómo se pagaba allí, pues no había dependiente. Era un camping de “autoliquicación”: se suponía que los clientes metían el dinero en un sobre y lo depositaban en un buzón ad hoc. Luego llegaron dos o tres tipos más. Se trataba de un grupo de padres que iban a pasar una noche con sus respectivos hijos en plan Boy Scout. El primero con el que hablé, alto, rubio, seguro de sí mismo, con ademanes autoritarios, pronto delegó la función de relaciones sociales en Wayne mientras él cocinaba un pollo a la holandesa en dos grandes peroles sobre brasas, y con brasas también en las tapas. Wayne, de pelo negro, tez morena y cara de mejicano, era más amigable, simpático y charlatán. Cuando le pregunté por el supermercado más cercano, se ofreció a llevarme. Él no tenía ninguna necesidad de ir, así que le agradecí doblemente el lift. Luego me enseñó una cocinilla portátil que llevaba, una miniatura que no pesaría ni medio kilo, y también la esterilla que usaba, hinchable, delgada y muy ligera. ¿Cuánto puede costarme una de ésas? –le pregunté–. ¿Sabes? –me contestó–, yo quiero comprarme una nueva, así que mañana, cuando levantemos el campamento, puedes quedarte ésta. Te la regalo. Sigue leyendo

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Norteamérica 47. Bob el devoto y la sensacional garganta del río Columbia

Sábado, 11 de octubre. Corvallis (Oregón).

No puedo decir que descansara muy bien en aquel sofá, la verdad. Por una parte, había dormido bastante la noche anterior; por otra, aquel ilocalizable sonido de agua fluyendo me dificultaba el sueño; pero, sobre todo, los madrugadores habitantes de la casa me despertaron a deshora: el marido se levantó a las cuatro menos cuarto, nada menos; el viejo, a eso de las cinco, y estuvo haciendo no sé qué en una mesa cercana al sofá; ella, sobre las seis y pico. Así que desde las cuatro no pegué ojo y, al final, no tuve más remedio que desperezarme. Por cierto que soñé -no sé si por aquel sonidito del agua o porque llovió durante la noche- que estaba en una casa donde, si te asomabas a una ventana, llovía, y si te asomabas a otra, no. Cuando me levanté, el marido había salido ya, sabe Dios a dónde, tal vez a cazar, y me uní a la conversación que mantenían tío y sobrina. Charlamos más de una hora hasta que ella dijo tener que marchrse. Luego nos fuimos Bob y yo.
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Norteamérica 46. Un hostal de recolectores clandestinos; inesperada pernocta en casa particular

Jueves, 9 de octubre. Cle Elum (Washington).

Mis movimientos por Penticton durante el martes y el miércoles fueron tan irrelevantes que no vale la pena intentar recordarlos. Salvo un par de paseos más o menos largos, pasé la mayor parte del tiempo leyendo o cocinando. Había comprado ingredientes bastantes como para una que otra convidada general, pero por último decidí obviarlas porque allí nadie apreciaba mi esfuerzo ni mi buena disposición, así que al final tuve que comérmelo yo casi todo. Y es que, aunque en ese hostal paraban entre quince y veinte personas, fue -hasta el momento- el que tenía peor ambiente; cosa que atribuyo a un exceso de huéspedes de prolongada estancia: entre ellos formaban una especie de club que resultaba de difícil acceso y hacía que cualquier nuevo viajero se sintiera un extraño. Tony, el primero con quien trabé conversación, me pareció el cabecilla; y de hecho vivía allí. Era un tipo alto y delgado, con un vestir entre elegante y bohemio (pantalones de pinzas, chaleco, chaqueta de pana, gorro inglés), jubilado, sociable pero distante. Había también una pareja de ardua clasificación: él, un gilipollas de pelo largo, rubio, rizado y con coleta, trabajaba recogiendo fruta y sólo saludaba a los de la camarilla; ella (la única que me saludaba siempre) era una chica simpática con una ambigua relación de pareja, pues aunque le daba a él acceso a sus labios, pasaba la mayor parte del tiempo con Tony, quien parecía ejercer sobre ella una especie de fascinación dimanante -supongo- de su madurez e innegable atractivo (pese a sus cincuenta y tantos años). Tuve la impresión de que a la chica le habría apetecido hablar más conmigo pero que la inhibían los lazos de grupo. Después, otra pareja sin personalidad alguna que tampoco se trataba con nadie más (ella de actitud acomplejada y voz mortecina, él un hombre sin rostro).

Aparte, cuatro recolectores de fruta que me parecieron de esos que, por trabajar sin permiso, creen estar viviendo una gran aventura, y que, celosos de su protagonismo, no querían compartirlo con nadie. Curiosamente, a partir del segundo día la actitud hacia mí de dos de ellos se cerró, en lugar de abrirse; tal vez porque llegara hasta sus oídos un comentario que hice respecto a que allí nadie hablaba claramente. Llegó una holandesa con mucho desparpajo que se presentó espontáneamente a todos, menos a mí; lo cual, por la noche, no le impidió pedirme -viendo que yo era el único que quedaba despierto- que le adelantara los cinco pavos de depósito por la llave, pues se marchaba temprano al día siguiente. Tampoco faltó la pareja de lesbis, suizas ellas (gorditas y no muy agraciadas, por cierto), que debían de creerse muy interesantes porque no le dirigieron ni una palabra A NADIE, así con mayúsculas. Uno de mis compañeros de habitación, ciclista, bajito, rubio, coleta larga, con un aparatito para liar pitillos, totalmente asocial y más raro que un perro verde, no respondía cuando le hablaban, ni siquiera a los buenos días (salvo a mí, por alguna extraña razón); pero puedo decir en su favor que no comulgó con el “club” ni por un momento. Después llegaron dos huéspedes más, en plan duro y asocial. Aparte, había un quebequense, tal vez el único majo de la partida, que había hecho de recoger fruta un estilo de vida, vagabundeando y recorriendo el país de pueblo en pueblo, de orchard en orchard, allá donde hubiese recolecta en la que trabajar; y sin embargo -o tal vez por eso mismo- no se daba la menor importancia: un hombre sencillo y muy sociable que se acostaba con las gallinas y madrugaba con los gallos. Vestido con un abrigo modelo “vagabundo”, y atusándose la extravagante perilla, me contaba con su marcado acento francés dónde había que “ir a la fruta” en cada época, qué labores había que hacer en los orchards, qué variedades de manzana se cultivaban, etc. Era el único de los ilegales que no hacía ningún secreto de la recogida; y estoy seguro de que, de habérselo pedido, me habría dado indicaciones concretas. Por último, tampoco encajaba allí para nada una india (de la India) bajita, feúcha, viejita, simpática y muy charlatana. Me cayó muy bien, a pesar de que, con ese fuerte acento de su país, apenas la entendía.

Pues bien: aunque me mostré abierto a todos y a menudo ofrecí a unos y otros compartir mis platos, nadie me convidó a una mala cerveza ni me brindaron unirme a ellos en ninguna de sus reuniones, juegos o francachelas. Ni siquiera se acercaron a pedirme consejo cuando intentaron hacer tortilla de patatas (me habían visto hacer una el día anterior), tal vez por temor a que si me involucraban en la preparación se verían obligados a compartir conmigo el resultado y -¡Dios no lo permita!- la sobremesa. De manera que, cuando ayer por la tarde llegó Jamie y se mostró como una persona normal, enseguida nos entendimos, quizá no tanto por compatibilidad de caracteres como porque allí nadie más parecía dispuesto a hacer amigos. Gustoso le ofrecí la mitad de mi cena, gustoso lo acompañé a tomar unas cervezas (invitación suya), gustoso compartí con él mi desayuno esta mañana y, más gustoso aún, acepté que me llevara hasta la frontera. Era un jubilado de casi setenta años que había trabajado para el gobierno y que ahora, más por afición que para ganar dinero, conducía un freight truck (camión no articulado) en semanas alternas. No tenía claros sus planes de viaje, y en cuanto se enteró de que yo quería cruzar la frontera y necesitaba un ride se ofreció a llevarme. Así que esta mañana, tras desayunar, nos pusimos en marcha. Sólo me despedí de Chu -uno de los dos japos que allí había, nada asocial, que se hizo una foto conmigo- y del perro verde, que pese a todo me cayó en gracia: al menos no era un hipócrita ni un vanidoso. ¡Con qué ganas me marché de ese hostal y su ambiente de mierda! Largos se me hicieron los tres días que allí pasé. Pero, aunque sólo fuera por haber conocido a Jamie, valieron la pena.

La carretera que discurre por el estrecho y fértil valle Okanagan al sur de Penticton es preciosa, siempre entre viñedos y orchards, todo el rato junto al río o bordeando algún lago, y flanqueada por sendas sierras casi desérticas donde, por toda vegetación, sólo crecía matorral bajo y algunos pinos dispersos. De hecho, según los lugareños, ése es el único desierto del Canadá. Como en el valle se cultiva la vid, pasamos por muchas pequeñas bodegas de gestión familiar, pero aunque quisimos visitar alguna, o estaban fuera de temporada o la hora de las visitas no nos convenía; de modo que enfilamos directamente para la frontera.

Yo pensaba [al escribir el diario no recogí la razón, y por supuesto ahora no la recuerdo] que aquella reentrada a USA me resultaría complicada, pero fue la más sencilla: ninguna pregunta, ninguna pega, ningún requisito: sólo rellenar una ficha y pagar 6 $. Desde allí, Jamie todavía me llevó a Tonasket, un pueblo unas millas más allá, donde él giraba hacia el este y yo continuaba hacia el sur. Al despedirse me dio una tarjeta de visita y prometí enviarle un correo. Había sido un compañero verdaderamente amable y generoso.

Tras situarme en posición, no tardó en cogerme un tipo bastante simpático y con una amena conversación que me llevó otras cuantas millas al sur, aunque me dejó en un lugar bastante malo. Mientras esperaba, un conductor me lanzó un bocata desde el coche; no sé si como penitencia por no haberme subido o en ademán de burla o desprecio; pero el bocata me sentó divinamente. En menos de una hora me recogió un vejete que, en principio, había pasado de largo pero que luego se arrepintió y dio media vuelta. Pese a todos los pronósticos, las agoreras y difamatorias palabras, los vituperios que los canadienses en general (y mi último roommate en particular) vierten hacia sus únicos vecinos, lo cierto es que me está resultando más fácil hacer dedo en EE.UU. que en Canadá.

De Penticton a Cle Elum con Jamie, Bob y dos más.

Mi último benefactor del día, Bob, viajaba hasta Oregón, y al enterarse de mis planes me ofreció llevarme hasta donde él iba y hacer noche juntos, a mitad de camino, en casa de una sobrina suya (cuyo nombre no se me ha quedado) en Cle Elum. Acepté encantado. Nuestra conversación ha sido todo el rato fluida e interesante. Bob lleva en el coche -un flamante Jeep rojo- una pegatina que dice “Praise for America” y es muy crítico con su gobierno, con el malgasto, el derroche y las subvenciones a tutiplén del welfare state. El viaje ha sido precioso: primero por el mismo valle del Okanagan (que aquí escriben Okanogan) y por último cruzando el Wenatchee National Forest, un parque nadional poblado de coníferas, poplar trees (álamos) y otras variedades. Al llegar Cle Elum, su sobrina me acogió muy bien (previa una breve entrevista con el tío para ponerla al tanto de la situación), mas no el marido, Rod, a quien no pareció entusiasmarle la idea. No obstante, todo ha ido bien. Antes de meter mano a la cena, mi religioso benefactor se marcó un minuto entero de silenciosa oración, humillada la pecadora cabeza, cerrados los contritos ojos y cruzadas las culpables manos. La típica americanada. Hemos cenado una carne de venado algo decepcionante: nada que ver con como la preparan en mi tierra, la verdad. No sé a qué se dedica este matrimonio: ella parece trabajar, y él (de unos 50 años) parece estar ya retirado, ya que cocina, hace la compra y es ama de casa. Me han ofrecido el sofá para dormir. Quizá no sea lo mejor que tenían disponible, pero es mucho mejor que dormir en un camping, sobre todo porque, aunque en este valle hace calor de día, en cuanto se pone el sol la temperatura baja de lo lindo. Aún no son las nueve, pero los otros se han ido ya a dormir. Así que aquí estoy, cómodamente hospedado en esta confortable casa y aprovechando, para escribir, el silencio de la noche, sólo turbado por un cercano pero ilocalizable sonido de agua que fluye, borbotea o cae (¿una fuente artificial?, ¿un albañal no soterrado?, ¿un curso de agua bajo el piso?, ¿un depósito que se llena?) Creo que he reentrado a EE.UU. con buen pie.

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Norteamérica 45. Consejos de un taxista y reflexiones sobre los youth hostels

Lunes, 6 de octubre. Penticton (Columbia Británica).

Ayer, tras hacer varios de los recorridos que ofrecía el parque, me puse a caminar carretera abajo con plena confianza en que alguien me llevaría hasta la ciudad. En efecto, unos alemanes me recogieron. Eran entusiastas de Canadá, fieles turistas que viajaban a Revelstoke una vez al año desde hacía seis. Muy simpáticos y abiertos, manifestaron ser yo el primer español con que se encontraban en este país. Entre otras cosas, hablamos del problema de la deforestación, que a ellos también se lo parecía: es -opinaban- la base de la economía canadiense, aparte del petróleo y la energía eléctrica; y si dejasen de deforestar, esa economía se resentirá mucho; pero, aunque saben que la madera se acabará algún día, no les importa: ese día está demasiado lejos para que afecte a políticos cortoplacistas; y la gente prefiere no ver el problema.
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Norteamérica 44. Más atractivos de las Rocosas; el paraíso Revelstoke; un israelí sociable

Sábado, 4 (continuación).

Esta mañana hacía tanto frío que me quedé en el saco hasta que el sol no empezase a calentar la tienda y pudiera también calentar mis primeros movimientos. Un rato más tarde, mientras desayunaba, se marchaba la pareja de Nueva Zelanda. ¿A dónde iban? Su acento austral no me permitió entender la respuesta. ¿Y tú? “Pues yo voy hacia el suroeste”, contesté vagamente para darles pie a que se ofreciesen a llevarme un trecho si ellos también llevaban esa dirección. Pero no coló.

Cuando me puse en camino eran ya más de las diez, y pasaban de las once cuando alcancé, por fin, el último semáforo de la ciudad, punto que estimé idóneo para hacer dedo. Unos segundos antes acababan de adelantarme los neozelandeses en su coche y supuse que, mientras yo me pegaba esa caminata, ellos habrían estado desayunando como señores en alguna cafetería de Golden. El caso es que unos cientos de metros más adelante los vi echarse al arcén: estaban esperando a que los alcanzase. ¿Entonces a dónde vas? A Revelstoke. Pues sube y vámonos. Cojonudo.
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Norteamérica 43. Fascinantes Rocosas, un albergue montañero y arrullos del tren

Jueves, 2 de octubre (continuación).

Esta mañana, tras recoger mi tienda y marcharme del camping de Cache Creek, que estaba muy cerca de la carretera, en lugar de ponerme allí mismo a hacer dedo retrocedí un par de kilómetros hasta el cruce, que suelen ser mejores lugares para que alguien se pare; pero no sé si fue útil, porque de todas formas tardé más de una hora en conseguir jalón. Era un tío con un Ford pick up doble cabina (como el de la víspera, pero nuevecito), camionero de profesión y con una pinta rara: melena rubia, un ridículo bigote estilo “raya” y unos gestos amanerados que no podía -o no quería- disimular. En su incesante parloteo, algo me dijo sobre su exmujer y sus hijos que atenuó un poco mi aprensión de ser acosado. Era de esas personas -como tantas ya durante este viaje- que sólo se escuchan a sí mismas y no atienden a las respuestas de sus propias preguntas. Tanto así que, tomándome desde un principio por italiano, y pese a sacarlo yo de su error, no dejó de relacionarme con dicho país, preguntándome qué era típico de allá, cómo iban las cosas, y haciendo comparaciones entre Italia y Canadá. Pero era un tipo majo y, al término del ride (hasta Kamloops, por la garganta del río Thompson, cuyo paisaje es muy similar al del Fraser, aunque algo menos árido), se pasó por la estación de autobús para preguntar, por mí, si había algún servicio entre Jasper y Banff; y no conforme con eso, me acercó al mejor lugar para hacer autostop hacia Jasper. No le dio importancia a este favor porque -me dijo- tenía tiempo de sobra, pero cuando quise invitarlo a un café, le entraron las prisas y se marchó, aduciendo que tenía mucho que hacer.
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