Norteamérica 59. Un pueblo que no lo es; el BLM; la hostilidad de Arizona

Domingo, 2 de noviembre (continuación).

Tan bien dormí que, al despertar esta mañana, ya había salido el sol; o sea, casi diez horas de sueño. Levanté el campamento y me aposté en el arcén. Un exmarine recién divorciado que iba a Yuma me dio jalón hasta Gila Bend (pronunciado hilabend) y de ahí una pareja mejicana me llevó hasta Ajo. Este último ride, como tantos otros, no fue gratis: me costó tener que escuchar el sermón religioso, el tedioso discurso cuyo plato principal es Quién ha creado todo esto sino Dios, con guarnición de El cielo y el infierno, aderezado con un insistente Recibe a Cristo en tu corazón. Tal como lo escribo. No me invento ni una coma. Pero por fin he aprendido la lección –¡mira que soy torpe!–: la próxima vez, lo único que tengo que hacer para que me dejen en paz es decir, cuando saquen el tema, que soy católico devoto, o budista.

La pareja de beatos seguía hasta Méjico, pero yo me bajé en Ajo creyendo que ahí había camping. Error. Tan sólo había dos RV parks. Uno costaba 18 $ y el otro no tenía sitios para poner tiendas –según su racista y seco gerente– ni sabía él decirme dónde podría acampar. Seguí haciendo dedo y, al rato, me cogió Sam, un hombre de unos cincuenta y pocos, con un truck todo viejo y una conversación muy inteligente. Demócrata él, había viajado mucho y tenía una visión bastante objetiva de las cosas. Me trajo hasta Why, y al decirle que buscaba un lugar para acampar me llevó tras millas más allá, hasta uno de esos terrenos que administra el Bureau of Land Management (BLM) y que son de uso gratuito. Ahí Sam apagó el motor y se quedó hablando conmigo un buen rato mientras liaba y se fumaba un cigarrillo. Antes, él vivía en otra parte, pero unos años atrás murió un pariente que le legó un pedazo de terreno y algunas propiedades en Why, así que se mudó al cercano Ajo, donde ahora dejaba pasar la vida leyendo.

Tres jalones para llegar de Buckeye a Why

No era aún mediodía cuando se marchó, dejándome solo en aquel terreno del BLM. Es un inmenso llano en el que sólo hay arbustos, cactus y algún árbol perdido. A lo lejos he visto tres o cuatro rulós, supongo que de bohemios y solitarios. Es un lugar interesante, desolado y vacío salvo por la carretera que lleva a Sonoyta, en Méjico, que soporta un tráfico bastante mayor del que uno pensaría a juzgar por su aspecto. He puesto la tienda donde me ha parecido y, confiando en que nadie me quite nada, me he venido a Why (un hombre que me vio caminar me dio un ride espontáneo), donde llevo dos horas vagabundeando. Gracioso nombre para un gracioso pueblo, aunque no sea ni pueblo ni gracioso. Quizá haya viviendas, pero yo no he visto ninguna. Lo único que he visto son dos gasolineras, cada una con su convenience store (uno de ellos llamado, chistosamente, Why-not); el café-burger-beer donde estoy ahora, con cuatro mesas, de aspecto poco recomendable; un camping que dice ser friendly & inexpensive; una “deli” y poco más. Junto al café hay otro edificio con aspecto de abandono que, por su letrero -o lo que queda de él- parece haber sido un saloon. Aunque en los mapas Why venga indicado como un pueblo, no es más que un cruce de carreteras: al este, una reserva india que por su otro extremo linda con Tucson; al oeste, nada; al sur, una biosfera de cactus que linda con Méjico; y al norte, Ajo. En la distancia hay unas montañas semipeladas y no muy altas. El café, llamado X-Y (y pronunciado ex-why, o sea otro juego de palabras), es territorio apache, frecuentado sólo por indios y ahora también por mí. Aquí estoy tomándome una cerveza entre nativos y viendo pasar este ventoso día. Si tengo suerte, esta noche podré escuchar el aullido de los coyotes.

Lunes, 3 de noviembre. Tucson (Arizona).

Después del rato que pasé en el X-Y volví a mi tienda y estuve unas horas leyendo, planificando las próximas etapas y poniendo orden en mis escasas pertenencias. A eso de las cinco y media me pegué otra vez la caminata hasta el “pueblo” para cenar en el mismo café. Por pocos dólares me tomé un burrito de frijoles con queso, un taco, una coca-cola y una cerveza. Pasé una hora larga viendo la tele y observando el ambiente (en su mayoría, indios gorrones que estaban cenando o bebiendo), con lo cual salvé la tarde.

Según caminaba de regreso al BLM tuve ocasión de comprobar lo gilipooollas que es la gente de por aquí: amparados por el anonimato que proporciona la oscuridad, los conductores pasaban deliberadamente a unos centímetros de mí y a toda pastilla. Imagino que serán mejicanos, puse es lo que más abunda en esta parte de Arizona. De pronto, un tipo dio un frenazo al pasar junto a mí, giró en U y se me vino directo para interrogarme. Tal vez era policía, pero más bien no, ya que iba en un coche normal y no parecía llevar uniforme (aunque con la oscuridad no puedo aseverarlo). Me preguntó qué hacía –voy al camping–, de dónde era –español– y si tenía mi pasaporte –sí, claro, ¿quería verlo?–; pero no quiso, lo cual me hace dudar aún más de que fuera un poli; quizá se tratara de algún salvapatrias con un sentido cívico hipertrofiado. Sin más preguntas, ni dar desde luego explicaciones, se marchó a la misma velocidad a la que apareció. [Ahora que leo esto, me doy clara cuenta de lo humillante de aquel interrogatorio y de lo poco gallarda que fue mi reacción. Como mínimo, para salvar la honrilla, tendría que haberle preguntado quién era él y qué autoridad tenía.] A partir de estos incidentes opté por caminar por la cuneta, a varios metros de distancia del asfalto.

Y no: de noche no oí a los coyotes; sólo el puto tráfico que estuvo pasando hasta las doce -hora en que cierra la frontera- y a partir de las seis -hora en que reabre-. Como digo, yo había supuesto que esa carretera, una mierdecilla en el mapa y de poca entidad material, sería muy tranquila; pero los factores clave que había omitido en mi estimación fueron, uno, la cercanía con Méjico, y dos, que ayer era domingo, cuando los chicanos vuelven a USA tras haber visitado durante el weekend a mi mamá y mi papá, que quedaron allá en Méjico y nunca quisieron venirse para los Yunáis Estéis. Con todo, y pese al tráfico, pude dormir más o menos bien.

Pero si ayer la gente me dio pruebas de su gilipollez, sólo hoy he tenido la evidencia irrefutable de la embotadura mental, la falta de espíritu crítico, la nula libertad de pensamiento, la escasa inteligencia, la ausencia de libre albedrío, el limitado alcance de ideas, la conducta cautiva y la carencia de solidaridad y empatía de los habitantes de Arizona.

El caso es que el día no empezó mal: me levanté al rayar el alba, a las cinco y poco; recogí la tienda y, antes del orto, ya estaba de camino a Why (la cuarta vez que salvaba a pie esas tres millas). El tráfico era mucho menos intenso que el domingo. Haciendo caso a una recomendación, la víspera, de la india que atendía el X-Y (¡y cómo habría de echar de menos, más tarde, ese trato familiar de la gente humilde!), desayuné en la gasolinera un burrito con bacon y huevo. Luego me puse sobre la poco transitada carretera que va hacia el este atravesando una reserva india. Pasada una hora y media me pilló un tipo llamado Lawrence, que me llevó a Tucson. (La verdad, no me habría importado pasar la noche en alguno de los pueblos de la reserva, para ver qué tal.) El viaje fue no sólo bonito, atravesando millas y millas de un desierto poblado de distintas variedades de cactus a cual más curiosa, sino también entretenido, gracias a la fácil y amena conversación de Lawrence. Me contó que, con ocasión de un reciente divorcio, había perdido todos sus bienes y que ahora vivía en su pequeño camper de confección casera, en el que viajaba un poco a la deriva. O sea que era otro espíritu libre, como Sam el día anterior y como tantos de los hombres que me han dado jalón durante estos meses. Llegados a Tucson, me llevó a un almacén donde podría comprar uno de esos resistentes pantalones de trabajo, marca Carhard, tan populares en este continente y que desde hace semanas se me habían antojado. 40 $ me costó la broma. Hecha esa compra, me dejó Lawrence a la puerta misma del hostal; pero Tucson no habría de ser conmigo tan amable como él.

Con Lawrence desde Why hasta Tucson

Para empezar, la puerta estaba cerrada y nadie contestaba al timbre, así que me fui en busca del otro hostal, donde me dijeron no disponer de sitio para mí porque de los dos dormitorios que tenían destinados a albergue (las demás habitaciones eran de hotel) uno estaba fuera de servicio y el otro tenía 3 de sus 4 plazas ocupadas por mujeres (quienes sin duda no aceptarían la compañía de un hombre). Estoy seguro de que lo del dormitorio “fuera de servicio” era mentira: más bien no les compensaba tener sólo a un huésped en él. Y luego, al intentarlo de nuevo en el primer hostal, el dueño me dijo que por menos de dos semanas no le valía la pena alquilar una cama. Bueno, al menos éste fue sincero. Pero como esos eran los dos únicos alojamientos baratos en la ciudad y el camping quedaba quince millas al norte, no me quedaba otra que largarme de Tucson, con tóos sus muertos.

Un autobús urbano me dejó en las afueras, hacia el este, sobre la autopista. El punto me pareció perfecto para hacer dedo: era un carril de acceso con buena visibilidad, arcén suficiente, y por donde pasaban coches con regularidad pero aún relativamente despacio, de manera que los conductores tenían tiempo para reaccionar y podían echarse a un lado sin estorbar. Vamos, el sitio idóneo. Pues bien: mil coches conté, ¡mil!, a lo largo de tres horas sin que ninguno se detuviera. Ya les vale a los de Arizona… Si por mí fuera, podían morirse todos. Aún seguía allí de pie cuando se puso el sol, y no me quedó otra que volver al centro de la ciudad.

Mi idea original era recorrer el suroeste del estado, pero en vista de cómo se presenta el percal he decidido comprar un pasaje de autobús para esta noche a El Paso, Tejas, con lo cual me ahorro pagar un albergue y, sobre todo, evito dormir en la puta calle. Ojalá Tejas me dé una bienvenida algo más amable. Aún faltan varias horas para que salga el autobús, así que, para llenar de algún modo el tiempo, me he metido en un café cercano a la estación y me he puesto a escribir. Me temo que lo de hacer dedo está volviéndose demasiado complicado en esta parte del país. Se me van las horas o incluso días enteros en el arcén sin avanzar ni una milla. Si esto sigue así, tendré que olvidarme del autostop para el mes y medio que me queda de viaje.

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Norteamérica 58. Viento y humo en el cañón del Colorado; la Arizona mejicana

Viernes, 31 de octubre. Flagstaff (Arizona).

Los últimos días han abundado en fiascos y cambios de plan. La noche del martes, aunque la pasé a la intemperie, no fue mala. Salvo un sobresalto que  un conductor perdido me dio al recalar un rato en el visitor center, y una fuerte brisa que se levantó de madrugada y me obligó a ponerme al socaire, dormí con relativa comodidad. Me levanté bastante temprano y, tras recoger mis cosas y aprovechar la diferencia horaria para llamar a España, me puse a hacer dedo frente a un casino cercano. Casi dos horas después me recogió un vaquero auténtico en su vieja camioneta. Tenía un acento de mil diablos e iba vestido al estilo cowboy, con sus botas, su zamarra sin mangas, su pañuelo al cuelo y su sombrero pajizo de ala ancha. Buena gente, rudo y sencillo. De camino, en mitad de una vasta meseta muy plana y una recta de 50 km de largo, nos pasamos un momento por su rancho: un par de construcciones de madera y unos corrales con caballos y vacas. Llegados a Kingman, me dejó sobre el cruce de la carretera hacia Peach Springs. Con ese único ride del día se agotó mi suerte para el miércoles: tras zamparme en un fast-food cercano dos hamburguesas de a dólar, estuve la friolera de seis horas en el arcén, primero en dirección Peach Springs, luego en la autopista que va hacia el este (Interestatal 40), sin conseguir un mal jalón. ¿Y por qué aguanté seis horas?

Porque no tenía otra opción, pues de Kingsman sólo salían dos autobuses hacia Flagstaff, uno de madrugada y otro a las siete de la tarde, así que hasta esa hora estaba allí atrapado. O sea que fue un día perdido. Eso sí, mientras esperaba vi algo muy interesante: el humo de unos incendios que había cerca de Los Ángeles (100 millas al SO) cubría el cielo de Kingman y velaba el sol de modo que se lo podía mirar directamente. Pues bien, en el centro del rosado círculo se distinguían muy bien dos manchas solares gris oscuro.

A las diez de la noche llegué en bus a Flagstaff, donde tuve la fortuna de coincidir con Shu, un malayo que había trabajado seis años en Rhode Island y ahora estaba recorriendo USA en coche antes de volver a su país. Me dijo que al día siguiente se iba al cañón del río Colorado y me propuso acompañarlo. Yo, de mil amores; y en eso empleamos el jueves. [En el diario no cuento dónde conocí a Shu y dónde pasé la noche, pero, por lo que escribo después, debió de ser en un hostal.] La carretera iba casi todo el rato por territorio indio y pasaba por un par de “pueblos” (almacén, gasolinera y restaurante) en mitad de una llanura infinita, azotados por un fuerte viento que le daba al paisaje un impresionante aspecto de desolación. Lo malo es que ese viento traía desde 300 millas de distancia el humo de los incendios en California, y la visibilidad en la región era muy reducida. Aun así, y pese a la clavada de 30 $ percápita, la visita al cañón valió la pena. Es espectacular. Tan ancho (12 millas) que, a causa del humo, apenas se veía el borde opuesto, y tan hondo (1 milla) que, desde el borde, no se ve el fondo. Ya me habían contado que su inmensidad hace que pierda uno la noción del espacio, lo cual vuelve más difícil apreciar cuán majestuoso es. Nuestra mala pata no se limitó a la turbia atmósfera de esos días: por un lado, la pobre indicación de los buses internos nos hizo perder dos horas; por otro, el viento era tan fuerte que no pudimos hacer, aunque lo intentamos, la bajada al fondo del cañón: llegados a un recodo donde la senda esquiva un risco, el viento se aceleraba de tal modo que temimos ser empujados hacia el abismo. Además el polvo nos cegaba. Así que, como alternativa, decidimos ir en coche hacia el este por la carretera que bordea el cañón y regresar luego por Cameron. Esto fue una buena idea, porque esa ruta tiene varios miradores desde los que, al atardecer, hay espléndidas vistas del desfiladero. A la vuelta pasamos junto al río Little Colorado, que también discurre por un cañón, pero bastante más estrecho. Todo el rato compartimos comida, agua, peso y gastos, y por la noche nos tomamos unas cervezas. Por cierto que en el cañón conocimos a dos polacas, Anna y Ewa, una guapa y la otra normalita, cuyo rollo no llegué a entender. Eran estudiantes y no tendrían más de 24 ó 25 años. Desde el principio la guapa pareció buscar mi compañía pero no querer nada más. Decía tener novio.

Ride a Kingman con el cowboy, bus a Flagstaff, y tour por el Gran Cañón con Shu

Esta mañana se fue Shu porque las condiciones atmosféricas no auguraban mejora de visibilidad. Me pareció un tipo inteligente y simpático. La polaca guapa me había contado ayer que hoy había una improvisada excursioncilla a Sedona, y me animó a unirme. El viajecito lo había propuesto una mujer que esta misma tarde regresa a su casa en Tucson (adonde ofreció darme un ride que lamento mucho no haber aprovechado). Fue entretenido y chulo, por una carretera muy vistosa que baja todo el rato por el cañón, de intenso color rojo, del río Oak Creek y desemboca en un ancho valle del que emergen altas mesas al estilo Monument Valley (el de las películas del oeste). A diferencia del semiárido cañón del Colorado, este tenía arboleda.

He ocupado el resto de la tarde en tareas varias. Mientras en el salón del hostal celebran Halloween, me he puesto a escribir. En lugar de unirse a la fiesta, la polaca guapa ha preferido arrimarse a mi mesa y charlar conmigo un rato; pero a la hora de marcharse (su tren a San Francisco sale a las 10 pm) se ha despedido sin darme una dirección ni pedirme la mía. Podía haber tomado yo la iniciativa, claro, pero estoy escarmentado de niñatas que no saben lo que quieren. Así que encantado de haberte conocido. En la habitación contigua están organizando un buen jaleo con el Halloween. ¡Qué buen día para haberlo pasado en el desierto en lugar de en un hostal! Y aún no sé adónde voy a dirigirme mañana, porque cualquier ruta que tome pasa necesariamente por hacer dedo en una autopista.

Domingo, 2 de noviembre. Cerca de Why (Arizona).

Ayer por la mañana, charlando plácidamente en el hostal con algunos huéspedes agradables mientras me tomaba el desayuno (incluido en el precio), apalabré un ride a Tucson para hoy en caso de no conseguir jalón. Después recogí mis cosas y me fui a la carretera a probar suerte, dándome a mí mismo un plazo de dos horas, tras las cuales volvería al hostal y esperaría hasta hoy para el prometido ride. La primera hora y media en la autopista a Fénix (o Phoenix, como la llaman ellos) fue un fracaso, así que me fui a la carretera secundaria que va por Sedona. Allí, quince minutos antes de expirar el plazo que me di, me recogieron tres mejicanos. Tras casi dos horas de viaje, durante las que la temperatura fue aumentando apreciablemente a medida que bajábamos en altitud y latitud, llegamos al laberinto de autovías de la enorme área metropolitana de Fénix, llamada el Valle del Sol. Por suerte, me dejaron en un lugar no del todo malo para mis fines. Primero fui lo más lejos posible hacia el oeste en un bus urbano; luego, una larga caminata haciendo dedo me proporcionó un ride a Avondale, a cargo de un negro café con leche (el primer negro que da un lift) con un acento terrible y que en todo el tiempo no hizo más que renegar de la policía porque le habían puesto una multa. Desde allí, sendos mejicanos me dieron dos rides más, y llegué a Buckeye media hora antes del ocaso. Pero ahí, contra lo que dice mi mapa, no había camping. Seguí andando hasta el cruce con la 85, adonde llegué a la puesta de sol.

Era ya algo tarde para hacer autostop, pero lo intenté un rato más. Mientras esperaba, una mejicana que acababa de cerrar su puestecillo de comidas se me acercó, acompañada por su hijita, y ésta me dio una botella de agua. Ninguna de las dos me dijo una sola palabra, como si fueran mudas, ni respondieron cuando les di las gracias; pero me hicieron adiós con la mano al subirse al coche. Cuando tuve claro que ya no iba a conseguir otro jalón, decidí acampar. En una gasolinera vecina compré un bocata de queso, un brik de leche y unos donuts. Puse la tienda entre unos arbustos cercanos, me comí las provisiones y me acosté “arrullado” por el incesante ruido -que mis tapones no filtraban- de los camiones en constante tránsito entre Fénix y Yuma, por el pitido de unas sirenas de no sé qué demonios y por el helicóptero que, durante larguísimo rato, estuvo sobrevolando Buckeye. A pesar de todo y gracias a que la noche fue cálida, pude dormir bien.

De Flagstaff a Buckeye con varios mejicanos y un negro.
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Norteamérica 57. Encuentros en la tercera fase; el agujero negro de Las Vegas

Lunes, 27 de octubre. Mismo lugar.

Pues nada; al final no hubo problema para salir de Tecopa; o mejor debería decir que no hubo solución, porque la cosa es que no he salido. Hoy me levanté tarde porque estaba muy cansado, y no era buena idea ponerme a hacer dedo a esa hora. En cuanto a los otros dos huéspedes, Caroline no iba en mi dirección, y Harris sólo podía darme un lift parcial que no me solucionaba gran cosa. En esto Aldine, la dueña, viene y me dice que me regala la estancia de hoy a cambio de quitarle la hierba junto a la entrada. No me lo pensé dos veces. El británico se mostró algo más comunicativo que el día anterior y estuvimos casi dos horas hablando de metafísica a la puerta del albergue, junto a su coche. Fue una interesante conversación tocante al por qué de viajar, la inquietud de conocer, la intrínseca infelicidad del viajero, el sentimiento religioso subyacente a muchas actitudes, la belleza inherente a las cosas, la llamada del desierto y la hostilidad del ser humano. Harris sugería que el atractivo del desierto tiene origen en la sensación de seguridad que inspira, ya que no esconde peligros ocultos, como sí hace el bosque: aquí, todo lo que pueda hacerte daño se ve a distancia. A sus veintisiete años y con sólo cinco de experiencia como profesor de instituto, Harris sugería muchas cosas; era todo un filósofo. Entre otras, asociaba la felicidad con el sexo y se declaraba poco sociable. Buscaba un sustituto para Dios, en el que no creía; aunque el desierto le hacía concebir dudas. Se preguntaba si tal vez la pureza de los colores del desierto tenía algo que ver con eso; pero ¿por qué precisamente la pureza? Pensaba que un deseo de diferenciarse de los demás lo empujaba a buscar gustos distintos a los de la mayoría, pero a fuerza de ello llegaba a apreciar de verdad lo poco común. Everything is about safety and survival —decía—. Le parecía plausible la idea de que los sonidos asociados al vientre materno sean los que más agradables nos resultan; o quizá el ritmo de unos pasos. Decía que sin desequilibrio de fuerzas no puede haber movimiento, y que por tanto en el alma de todo viajero había un desequilibrio: las personas felices o que están conformes con su vida no sienten el impulso constante de viajar. [Esta idea me pareció muy interesante y, desde aquel día, la tengo por una de mis certezas.] Expresó Harris muchas más opiniones que no tengo tiempo para recordar.

Pasé el resto de la mañana y una buena parte de la tarde quitando yerba en el jardín, más o menos hasta que llegó Roland, un alemán del este. Era bastante conversador, y estuvimos charlando, contemplando la puesta de sol desde la torre y cocinado una cena temprana hasta la llegada, ya anochecido, de un matrimonio de Illinois que volvía de acudir a la boda de un hijo. Entonces la conversación se animó aún más. Hablamos sobre sistemas educativos, el euro, el general descontento de los alemanes tras la caída del muro (aunque, si bien era compartido a un lado y al otro, nadie deseaba volver a la situación original, a decir de Roland), el ciclismo, el significado del porcentaje de participación en elecciones (que —de nuevo según Roland— era representativo de lo que un pueblo aprecia la democracia) y otras cosas más. Más tarde llegaron otros tres viajeros más, juntos: un inglés, un alemán y una española (como en los chistes) que se habían encontrado en San Francisco a través de una página web y que, como la mayoría aquí, venían a hacer una excursión por Death Valley. Curiosamente, ninguno de los presentes viaja en mi dirección, así que ya veré qué hago mañana. Con tanta gente, la charla se dispersó y yo me encontré hablando con la española, una barcelonesa que había venido por veinte días y parecía morirse de ganas por olvidarse un rato del idioma inglés. Poco a poco fue yéndose cada mochuelo a su olivo, me despedí de Roland —que salía temprano en la mañana— y Barcelona y yo nos quedamos los últimos.

Martes, 28. Cerca de Boulder City (Nevada).

No puedo decir que el día de hoy haya sido especialmente bonito ni exitoso. Por la mañana, tras un desayuno con cereales (¡maldición!: acabo de darme cuenta de que me he dejado un sándwich en el albergue; ¡con qué gusto me lo comería ahora!), recogí mis cosas y esperé a que alguno de los otros huéspedes saliera hacia Death Valley, con idea de bajarme en Shoshone y hacer dedo en la carretera principal.

Los primeros que zarparon —aunque se habían levantado los últimos— fueron los del trío multinacional. La oronda Ester (aunque apuesto a que ella lo escribe con hache intercalada) se hizo una foto conmigo porque —dijo— era muy divertido haberse econtrado a un extremeño en mitad del desierto californiano. [Creo que aún conservo esa foto por algún lado.] Estos jóvenes me llevaron a Shoshone, y allí me puse a hacer dedo en la dirección más improbable, hacia Amargosa Valley. No obstante, el quinto o sexto vehículo que pasó me recogió. Era un hombre gordo, desaliñado y simpático con quien atravesé el desierto, por unas rectas infinitas que se perdían en el horizonte, hasta la carretera que va a Las Vegas, adonde después me dio jalón un ex-policía de esa ciudad. Hacía el curioso pronóstico de que, en unos años, “Vegas” —como aquí la llaman— será una ciudad fantasma debido a la falta de agua; y entonces será un buen momento para comprar inmuebles, porque más tarde la vida volverá a Vegas; aunque no me explicó cómo, si el agua —según él— se habría acabado. Me dejó en el aeropuerto, que está dentro de la ciudad. Y ahí empezaron los retrasos que me han hecho lamentar no haber pasado la noche en Las Vegas, aunque la idea no me apetecía mucho y el ex-poli me desanimó diciendo que era una ciudad peligrosa. El caso es que, para llegar desde el aeropuerto a Boulder City, ya algo alejada del enorme núcleo urbano (con veinte millas de diámetro, Las Vegas es gigantesca), tuve que coger nada menos que cuatro autobuses distintos. Tardé en total cuatro horas para hacer sólo quince millas; aunque, eso sí, me salió barato. Pero en Boulder City me bajé en la parada equivocada y tuve que caminar media hora hasta llegar al visitor center, donde, de haber llegado veinte segundos antes, una pareja de canadienses que iban al camping podrían haberme dado un ride hasta allí. [Me pregunto cómo diablos pude saber esto, ya que no vuelvo a hacer ninguna referencia a esos canadienses en el diario.] No tuve más remedio que ponerme a caminar; pero el sol del atardecer me daba de frente, no veía bien a los coches que venían y la carretera no tenía arcén, así que una hora más tarde, pasado el ocaso, todavía no me había recogido nadie. Y aún me faltaban 4 km para el camping, así que, de seguir andando, no podría llegar allí con luz. Por otra parte, está en una carretera lateral, de manera que si dormía en él, mañana tendría que desandar lo andado; y además, según alguien me dijo, no tiene duchas. Así que finalmente he optado por no ir y ahorrarme, de paso, los 10 $ que cuesta.

Tres jalones de Tecopa a Las Vegas y cuatro autobuses hasta Boulder City

Pero, entonces, ¿dónde pasaré esta noche? Este suelo es pedregoso y no puedo poner la tienda en ningún lado. No me queda otra que dormir a la intemperie, aquí al abrigo de un centro de información turística que está cerrado hasta mañana; y que salga el sol por Antequera. Así no tendré que andar más de la cuenta. Por suerte la noche está templada, y además puedo leer y escribir a la luz de un foco que permanece encendido. Lo que espero es poder salir mañana pronto de esta olla, de este valle en cuyo centro está Vegas, que parece —cual enorme masa gravitatoria— no permitir a la materia alejarse de ella: la mayoría de los coches que pasan por la vecina carretera van hacia la famosa Ciudad del Juego, pero muy pocos salen. Me pregunto si en el centro de Las Vegas habrá un sumidero, un pozo sin fondo, un agujero negro que engulle todo lo que entra. En fin, no va a ser mi mejor noche, pero tampoco creo que llegue la sangre al río.

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Norteamérica 56. El infernal valle de la Muerte y un hostal en el culo del mundo

Domingo, 26 de octubre. Tecopa (California)

Aquel parche blanco en el lecho del valle, que resultó no ser de arena, sino de arcilla seca y resquebrajada, estaba bastante más lejos de lo que parecía. Anoche aprendí hasta qué punto engañan las distancias en el desierto: lo que desde el camping me parecieron un par de millas, eran el doble. Pero valió la pena la caminata. Cuando llegué allí, el silencio era sobrecogedor, y el cielo sublime: pese a la luna nueva, había tantas estrellas que se veía más o menos bien. La sensación de aislamiento y absoluta soledad no podía ser mayor; me parecía ser el único ser humano sobre la tierra. Corría una brisa suave, casi sensual, y para darme el gusto de sentirme un recién nacido, me desvestí y me tumbé un rato en el suelo, mirando la espléndida bóveda estrellada. Aunque la noche era muy templada, la arcilla estaba fresca al tacto.

Pasaba de la medianoche cuando volví al camping, y como las ocho millas me habían abierto el apetito, antes de acostarme me comí un bocata.

A las seis de la madrugada me despertó la claridad, ya que no le había puesto el doble techo a la tienda. Aun así, esa noche descansé perfectamente. Levanté con lentitud el campamento, y a las 7:30 estaba tomando el desayuno en el restaurante, que era bastante caro, tirando a mucho. Por cierto, tenían todo el complejo en venta, tampoco barato: restaurante, gasolinera y camping se vendían por 2’5 millones de dólares. El holandés y la italiana aparecieron cuando yo estaba terminando mi colación, y me puse a leer fuera mientras ellos desayunaban. Al poco de abrir el libro, oigo una voz que dice: Good morning, Pablo! Era Jake, el viajero solitario que me había traído el día anterior. Había acampado esa noche en Panamint Valley, a unas ocho millas, y venía a hacer no sé qué y comprar algo en la tienda. Me preguntó si todavía necesitaba un ride a Death Valley y le dije que iban a llevarme los europeos. “¡Ah!, muy bien; bueno, voy a comprar.” Al minuto salió del local con las manos vacías: no había tienda. Me deseó buen viaje y se fue con una sonrisa. Comprendí que se había sentido solo entre los coyotes y que había venido únicamente para buscarme, no para comprar. Lástima que ya tuviese el viaje comprometido, porque su compañía me apetecía más que la de los otros; pero, bueno, a fin de cuentas él tampoco me dijo nada el día anterior. Me quedé contemplando, con un punto de nostalgia, cómo su coche se perdía en la distancia, fundiéndose con la carretera durante lentos minutos.

La ruta por el famoso parque nacional Death Valley, a lo largo de unas 150 millas, pasaba por los puntos de más interés y me resultó fascinante: unas magníficas dunas amarillentas, surcadas por muchas huellas de pequeños animales (reptiles, roedores, arácnidos), hacían un bonito contraste con el marrón rojizo de las montañas circundantes; en la desoladora llanura, el engañoso espejismo del aire caliente se aparecía por todas partes; la impracticable, inhóspita y casi infernal cuenca del valle era un campo de formaciones salinas a modo de enormes tormos que parecían haber sido levantados por un arado gigante, y su punto más bajo, a 86 metros bajo el nivel del mar, era un lecho de salitre que brillaba con un resplandor blanquísimo y cegador, y donde, en algunos puntos, se veían charcos de salmuera que, increíblemente, albergaban vida; en unas lomas de roca amarilla (pero no sulfurosa) el agua de las muy ocasionales lluvias había erosionado barrancos profundos; en otros montes, periódicas avalanchas habían formado cañones. La atmósfera, totalmente deshidratada, nos obligaba a una continua y abundante ingestión de agua. Hicimos paradas frecuentes, pues mis compañeros se mostraron muy curiosos por todo lo que veíamos, y muy locuaces; pero por alguna alergia física, o por escrúpulo ético europeo, únicamente pusieron el aire acondicionado cinco minutos, al pasar por un camino polvoriento que nos obligó a cerrar las ventanillas. Y si hay un lugar en el planeta donde necesitas viajar con el aire acondicionado, ese lugar es sin duda Death Valley. Así que el tour fue calurosillo, y tal. Menos mal que estamos en octubre.

De Panamint Springs a Tecopa con los europeos, cruzando el parque nacional Death Valley

En saliendo del valle, a medida que subíamos y subíamos (hasta alcanzar los 1300 m de altitud), la temperatura se iba haciendo más soportable. Ya fuera de los límites del parque, el desierto continúa aún durante muchas millas. La pareja me trajo hasta Tecopa, un antiguo pueblo minero donde ahora sólo viven viejos, turistas raros, y enfermos que necesitan calor o sequedad. En realidad ni siquiera es un pueblo, sino una serie de casas móviles o prefabricadas, muy distantes unas de otras y esparcidas por una superficie de varias millas cuadradas con centro, más o menos, en una instalación de aguas termales. Pero ni tiendas, ni restaurantes, ni gasolinera; tan sólo una oficina de correos y un teléfono público de monedas. El entorno no es tan árido como el de Darwin, pues aquí y allá se ven algunos árboles y arbustos, pero el silencio, subrayado por la brisa, es el mismo.

Decidí quedarme en Tecopa porque hay un albergue. Es muy pequeño y algo caro para lo que ofrece. Cuando llegué no había nadie: ni huéspedes ni encargado; solamente un letrero diciendo que había habitaciones disponibles y que se instalase uno donde quisiera, que ya vendría el anfitrión. Me hizo gracia esa confianza. Como todas las puertas estaban abiertas, me acomodé donde me plugo y estuve descansando un rato. Al cabo llegó Aldine, la dueña, que aprobó mi instalación, me informó de los precios, me hizo la ficha y charló conmigo un ratito mientras me explicaba cómo funcionaba todo allí, cuáles eran las simples reglas, dónde y cómo disponer de los víveres: resulta que ella, sabiendo que muchos huéspedes llegan sin provisiones, ignorantes de que en Tecopa no hay tienda, tenía algunos comestibles y bebidas en un pequeño almacén. El sistema era sencillo: coges lo que necesites y depositas el precio indicado en un cestillo. Otra prueba de confianza social. Como me sobraba tiempo, a sugerencia de Aldine y para entretenerme estuve una hora aplastando latas de aluminio en una pequeña prensa fijada a un poste. Lo hace para que ocupen menos a la hora de reciclarlas.

Una ducha y unos sándwiches me dejaron como nuevo. El atardecer fue divino, y el crepúsculo muy relajante: vi la puesta de sol en una pequeña torreta de madera que hay junto al albergue y desde la que se goza de una vista privilegiada del lugar, la rocosa tierra circundante y la Sierra Amargosa hacia el oeste, cuyas montañas se veían ya oscuras bajo la azul claridad del cielo. Este lugar es ideal para una cura de estrés… siempre que disponga uno de vehículo para ir a Shoshone, el pueblo más cercano, y hacer de vez en cuando la colada y la compra. A todo esto, se habían dejado caer por allí otros dos viajeros, a cuál más seco. Harris, un británico que está recorriendo el país durante cuatro meses, y Caroline, una australiana (para variar) asentada en Washington, DC. Ésta ha dicho hola, soy Caroline, y no ha vuelto a abrir la boca hasta el final de la tarde. Harris ha contestado con monosílabos a mis preguntas y tampoco ha añadido nada; sólo al final hemos empezado un amago de conversación sobre el tema de por qué USA es un país tan poderoso; pero la intrusión de Caroline ha dado al traste con la charla, porque es de esas personas omniscientes con las que no se puede hablar.

Ahora es de noche y no tengo nada que hacer salvo leer. La única preocupación que se me presenta, no menor, es cómo salgo mañana de aquí. Porque llegar ha sido fácil, pero esto es el culo del mundo y por aquí no pasa ni Dios.

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Norteamérica 55. Darwin: donde la geografía y el alma se encuentran

Sábado, 25 de octubre. Panamint Springs (California)

La noche fue bastante más fresca de lo que aquel paisaje hacía predecir; pero resulta que Lee Vining está a unos 2000 m de altitud; lo cual también ayuda, en parte, a explicar por qué me cansó tantísimo subir la ladera del valle Yosemite. Esta mañana, tras levantar la tienda muerto de frío, me fui hasta el cruce para hacer dedo allí y recoger el posible tráfico de la 120.

En un principio Bob pasó de largo, pero debió de remorderle la conciencia y dio media vuelta; no a los 100 m, como otros, sino algunos kilómetros más allá, ya que hasta los diez minutos de haber pasado no volvió a por mí. Un arrepentimiento de efecto retardado. Este Bob se dedicaba a vender instalaciones contraincendios; y acababan de operarlo, contra todo pronóstico, de un tumor en la médula espinal. La homilía religiosa no se hizo esperar: me soltó un sermoncillo con pretendida base científica aunque, por suerte, poco insistente. Al comprender que el argumento de Laplace (“Dios es una hipótesis innecesaria”) que yo oponía a sus razones era muy difícilmente refutable, cortó el rollo. Con él recorrí bastantes millas a lo largo del valle elevado, increíblemente hermoso, que discurre entre Sierra Nevada al oeste (la columna vertebral de California), y otra sierra algo más humilde al este, allende la cual se encuentra Death Valley. El lecho de este valle por donde íbamos tiene unas tres millas de anchura, es casi plano, muy abierto y bastante árido, haciendo así un bonito y llamativo contraste en aquellos lugares, aquí y allá, donde algunos sembrados, parches de vegetación o arboledas de tonos otoñales interrumpían la monotonía parda y rojiza. Cada uno de esos oasis tenía su pequeña localidad.

En una de ellas, al sur de Bishop, paramos a tomar un desayuno en condiciones, con huevos, salchichas, tostadas y todo lo demás. Bob pagó la cuenta, dejando a mi cargo la propina. Nuestros caminos se separaban en el cruce de Lone Pine: el suyo hacia el sur, dirección Los Ángeles, y el mío hacia el este, para enfilar Death Valley. En aquel punto el paisaje se había vuelto aún más árido, el valle se ensanchaba, y la única vegetación (aparte de los árboles junto a las viviendas) que había en aquella superficie casi plana, hasta tan lejos como abarcaba la vista, eran unos arbustos espinosos de poca altura, y otros amarillo pálido.

Al borde de la poco transitada carretera a Death Valley me tocó hacer la espera más larga de todo el viaje: nada menos que cuatro horas estuve allí de plantón hasta que alguien me dio un ride. Jim, o Jake, era un hombre que viajaba por el placer de viajar, y que se disculpó ante mí por el Gobierno Bush. Al poco de ponernos en marcha comprendí por vez primera lo que era el desierto: montes, colinas y cerros de tierra, piedras o arena y moteados por escuálidos arbustos y cactus dispersos… La cinta de asfalto se abría paso ora en una interminable recta que cortaba por lo sano las lomas, ora serpenteando entre los cerros. Tuve la suerte de que Jake, o Jim, en lugar de ir directamente a Panamint Springs (un icónico punto, obligada parada en esa ruta), a mitad de camino tomase el rodeo para visitar Darwin. A partir del desvío la carretera empeora, pero tras ver el pueblo hasta me pareció demasiado buena, y llegué a preguntarme por qué las autoridades aún le daban mantenimiento en vez de dejar que los elementos acabasen con ella: o era un error administrativo que nadie se había tomado la molestia de corregir, o era una declaración de intenciones.

Semioculto entre las colinas, perdido en mitad de un lacerante pedregal, a poca distancia de unas viejas construcciones de madera que, en la falda de un monte, algún día lejano dieron vida a una actividad minera, silente y desolado como un pueblo fantasma se extiende Darwin, el más extraño e inexplicable lugar que yo haya pisado jamás. Disperso en una superficie de dos o tres hectáreas, es un heterogéneo grupo de moradas de la más diversa naturaleza y procedencia: casas y chabolas hechas con maderos o piedra, rulós y autocaravanas ajadas por el sol, refugios semiexcavados en la roca o en el suelo; y todo sin el menor orden ni concierto, sin nada que se parezca a una calle o tenga pretensión de serlo. Algunos de esos habitáculos desafiaban a cualquier posible descripción; por ejemplo una especie de domo semiesférico que lucía el rótulo de un instituto científico (¿traído hasta allá por algún excéntrico que lo compró en una subasta?) y a cuya puerta había colocado un cerdito-hucha enorme pintado en blanco, rosa y celeste. Y por si aquel aislamiento fuera poco, aún había un vecino que, ermitaño entre ermitaños o anacoreta de vocación, huyendo quizá del estresante bullicio del pueblo, había plantado su ruló a media milla de distancia.

Como a unos mil pies está el cementerio, limitado por una alambrada, azotado por el viento y donde, entre retamas, cien o doscientas cruces oxidadas clavadas en el suelo resisten el paso de los lustros. Tiene también Darwin un salón de baile clausurado, una polvorosa gasolinera en desuso, con dos de esos antiguos surtidores cilíndricos, y para guinda, como un acto de fe, una desierta barraca de correos, símbolo de la verdadera poesía de ese pueblo que, borrado del mapa, aún tiene una dirección en el servicio postal, persistencia absurda de los gestos civiles en medio de la geología hostil. Y desperdigados por todas partes, como caídos del cielo, o acaso como aberrantes efloraciones de los arbustos, tres o cuatro centenares de viejos coches desguazados dormían el sueño de los justos, naufragados desde tiempo inmemorial en aquel arrecife donde cualquier esperanza de reparación es ilusoria. No sólo un recambio difícilmente encontraría su camino hasta allí, sino todo tipo de suministros. Me pregunté cómo aquella gente obtenía lo más básico y cotidiano sin una sola tienda, almacén o gasolinera donde comprarlo. La localidad más cercana, Lone Pine, se halla a 40 millas; pero ¿acaso alguna de las chatarras que había por allí funcionaba? Ni siquiera parecía que hubiese agua. En cualquier caso, a lo mejor nadie la necesitaba, ya que -pese al censo de 100 ó 200 almas, según el letrero a la entrada- no vimos el menor signo de que estuviese habitado, como si una fuga radioactiva o un ángel exterminador hubiesen acabado con toda la población.

[Diez o quince años después volví a Darwin, precisamente con Phil, el que me había hospedado en su casa de Escalon; y en esa ocasión sí vi “gente”; en concreto dos personas: el empleado de correos, con el que hablamos un momento, y luego un tipo que, por esa ley de hospitalidad que dicta el desierto, nos invitó a unas cervezas en su casa, inesperadamente fresca bajo el calcinante sol.]

Dejando atrás el pueblo, continuamos camino -nunca mejor dicho- por una imposible carretera de grava y piedras que se adentraba en un paisaje de aspecto lunar, montes y roquedales tal vez de origen sísmico o volcánico donde predominaban los colores rojo herrumbre, blanco, beis y marrón oscuro. Pasamos por antiguas minas junto a las que aún se mantenían en pie, gracias a la extrema sequedad ambiente, viejas tolvas de madera; y por un pozo con una bomba y una roñosa tubería que quizá iba hasta Darwin. En mitad del camino vimos una tarántula de unos 10 ó 12 cm de diámetro, el cuerpo peludo en tensión, el espeluznante aguijón enhiesto, a la que estuvimos martirizando tirándole chinitas. Al coronar uno de los agrestes montes se abrió ante nosotros un valle en cuyo fondo se veía zigzaguear, sobre la arena y entre las dunas, la carretera principal. Ahí paramos el motor del jeep y nos detuvimos a escuchar: el silencio y la quietud eran absolutos. El sol poniente acentuaba aún más los tonos rojizos del paisaje y ponía un tinte sepia a la blanca arena del lecho del valle. Comprendí entonces, en todo su significado, lo que una novela leída durante mi juventud describía como la llamada del desierto. Y es que hay algo en él que lo hace fascinante e hipnótico.

De Lee Vining hasta Lone Pine con Bob, de ahí a Panamint Springs con Jake el solitario

Aquel camino se unía de nuevo a la carretera a la altura de Panamint Springs, y allí me despedí de Jim. Ese punto, aunque en los mapas viene marcado como una localidad, consta exactamente de tres instalaciones en medio de la nada: un hotel-restaurante, una gasolinera y un camping. Al poco de llegar me puse a charlar con una pareja de europeos (él holandés, ella italiana) que dijeron haberme visto hacer dedo este mediodía en el cruce, y me han ofrecido darme mañana el jalón que me negaron hoy. Ellos van a Las Vegas, donde acudirán a una convención tal vez sobre astronomía. Después de cenar (cada uno por su cuenta) nos dimos un largo paseo por la solitaria carretera bajo la bóveda celeste, hablando precisamente de astros y de átomos. Al volver me he puesto a escribir, más de una hora hace, teniendo por techo el magnífico cielo estrellado, por música los grillos (aparte de un maldito generador eléctrico) y por compañía un gato que hace guardia junto a mí. La temperatura es ideal. En todo el complejo no estaremos más de veinte o veinticinco personas, y la mayoría ya duermen a esta hora. Los últimos minutos de la tarde fueron espléndidos, con la luz del crepúsculo haciendo destacar, entre las sombras del valle, el parche blanco de tierra que es su lecho, e iluminando lejos, hacia el este, la cresta de las montañas tras las cuales se encuentra el valle de la Muerte. Ahora, en la oscuridad, se ve un resplandor por encima de esas montañas: es el demencial alumbrado de Las Vegas, a cien millas en línea recta. Quizá antes de echarme a dormir aún me dé un paseo hasta ese lecho de tierra blanca, que ejerce sobre mí un influjo magnético. Aunque las distancias en el desierto son engañosas, parece estar a unas dos millas de aquí. Este lugar es sencillamente mágico.

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Norteamérica 54. Al borde del colapso; el inenarrable Yosemite Park y el impactante Mono Lake

Viernes, 24 de octubre. Lee Vining (California)

La noche del miércoles, Phil llegó tarde y con ganas de acostarse, así que apenas hablamos. Aunque en mi habitación había una estupenda cama de matrimonio, preferí acostarme sobre la mullida moqueta que cubría el suelo para no usar las sábanas sólo por una noche. Y dormí perfectamente. Por la mañana me levanté pronto para charlar unos minutos con Phil, que era madrugador. Me acercó en coche hasta la carretera y, al despedirnos, me dijo: All the best, probably we’ll meet again in this life. Bueno, lo probable es que no volvamos a vernos, pero me gustó la frase. Le dije que mucha gente mencionaba con ligereza la idea, o incluso la promesa, de visitarme algún día en España, pero luego ni siquiera contestaban mis correos. I am different, fue lo último que me dijo. Ya lo veremos.

Como la mañana era bastante fresca y Oakdale, la siguiente town, estaba “sólo” a unas 9 millas, me puse a caminar. Ya llevaba más de la mitad de esa distancia cuando un tipo que iba a Sonora me dio jalón hasta Yosemite junction, unas millas al suroeste. El día se había quedado espléndido, soleado, con una temperatura ideal. En ese cruce no había más que una gasolinera y una tienda, pero el paisaje, muy similar al de mi tierra, era precioso: colinas no muy altas, pasto seco y wild oaks, un roble silvestre, pariente tan cercano de la encina que, de lejos, se confunde con ella. Poco después me recogió un vejete que iba con su hijo en un truck todo viejo donde llevaban unos tablones de madera. Imagen típica de las películas useñas. El viejo era alegre pero no muy charlatán, algo excéntrico, muy de campo y con un acento endiablado. El joven, como si tuviese tortícolis, me miraba de reojo pero sin disimulo: al dirigirse a mí, en lugar de girar la cabeza movía las pupilas en mi dirección. Tuve la sensación de que desconfiaban. Me dejaron en un pueblo pequeño y de aspecto turístico donde, al poco, me pilló un tipo cuya extraña actitud sólo se me ocurre atribuirla a cierta tara mental: hablaba bastante mal, levantaba el pulgar (en plan “a tope”) cada vez que se cruzaba con cualquier vehículo, pero de forma casi imperceptible, como si no quisiera que los otros conductores lo viesen. Pero lo más enervante era que, cada vez que un coche se acercaba por detrás, se echaba al arcén hasta casi detenerse para dejarlo pasar. Me dio un lift cortito, como él, y tras dejarme en mitad de la carretera se metió por un camino. Continué andando -¡qué remedio!- y, tras una hora o algo menos, me pilló un gabacho. Aún no serían las once, así que la mañana estaba dándome de sí. Es lo que tiene el madrugar. Este gabacho había ido a San Francisco por dos semanas para cosas de trabajo y se dirigía, como yo, a Yosemite (pronunciado yosémiti), así que cojonudo. Además, al entrar juntos, me ahorré pagar los 10 $ que cobran a los visitantes a pie.

De Escalon a Yosemite con el gabacho y dos más

Yosemite Park es comparable a Córdoba en extensión. Su parte más conocida, Yosemite Valley, está cerca del flanco oeste, por donde entramos. La carretera que va hacia allá tiene muchas curvas, que mi amigo la recorrió a una velocidad tan temeraria que llegué a asustarme. La garganta es preciosa, un perfecto valle glaciar en forma de U flanqueado por dos gigantescos macizos de roca granítica erosionada a lo largo de, imagino, decenas de millones de años. Desde ambos bordes se despeñan aquí y allá, incluso en esta época del año, varios saltos de agua en caída libre. Algo indescriptible, visualmente dramático. Las pinas laderas, a trechos verticales, casi no tienen vegetación, y todo el valle (quizá todo el parque) presenta testimonios de que la erosión continúa: colosales peñascos, caídos en recientes avalanchas, destrozan la arboleda de la zona baja y cambian el curso de los arroyos, lo que obliga a los empleados a un constante despejar sendas a base de motosierra: por doquier se ven árboles caídos y troceados en “lonchas” de hasta 2 m de diámetro. Pero, pese a los más de 4 millones de visitantes que recibe cada año, está muy bien cuidado. Nosotros elegimos un hike de unas tres horas, que hicimos sin dificultad gracias a que, sin saberlo, empezamos de modo que su tramo más duro, unos 200 ó 300 altos escalones en una pared vertical, nos pillaron de bajada. En el punto más alto de esa ruta el premio es contemplar la cascada Vernall, una de las pocas que no están secas en esta época. El agua, de un intenso verde esmeralda, rebosa de un lago en la parte superior y llena otro en la inferior. Desde allí la vista es sobrecogedora, aunque nada en comparación con lo que habría de ver hoy… El gabacho se volvió esa misma tarde a Stockton. Aunque seco como buen gabacho, que ni me dijo su nombre ni me preguntó el mío, se portó bien, compartió conmigo su agua y víveres, y en todo momento fue muy atento. Yo me quedé a pernoctar en uno de los campings del valle con idea de hacer al día siguiente otro hike, de unas ocho millas, que desembocaba a media altura de la carretera que cruza el parque, desde donde podría hacer dedo hasta el otro extremo. No había nadie en la oficina: tan sólo un letrero con un teléfono (50 ¢ la llamadita) para registrarse “a deshoras”, así que puse la tienda donde me pareció y no pagué. Como no había duchas, me lavé un poco en las gélidas aguas del río (al que le noté algo extraño, pero no comprendí lo que era hasta la mañana siguiente), y cuando oscureció hice un poco de tiempo y sueño paseando hasta Yosemite Village, un pequeño poblado donde, por un precio astronómico, compré unos bollos para acompañar el queso. Sin nada más que hacer, me acosté sobre las 9, y hoy a las 7 ya estaba en pie. No eran las 8 cuando me puse en marcha, venciendo el miedo de caminar a esa hora por una senda solitaria, pues se supone que el parque alberga osos y pumas en cantidad. Al pasar de nuevo junto al río comprendí qué era lo que me extrañó la tarde anterior: el agua no fluía; estaba estancada, pese a lo cual era clara como el cristal.

La primera media hora de caminata fue muy agradable, a lo largo del río, sin apenas pendiente, por un bosque de grandes coníferas (pinos y secuoyas) y árboles de hoja caduca, lleno de graciosas ardillas que, indiferentes a la presencia humana, brincaban por piedras y árboles: hasta vi, muy de cerca, cómo una desenterraba una bellota, la limpaba y se la comía. Lo malo empezó después. Yo sabía -y más en vista del sinuoso trazado que esa senda tenía en el plano- que para salir del valle tendría que subir. Pero no imaginaba cuánto, ni cuán pendiente: al emprender el ascenso, el camino se volvió todo escalones que zigzagueaban por la pared de roca. Al cabo de sólo media hora ya estaba fatigado y tuve que hacer una o dos paradas. Después, los descansos fueron haciéndose más frecuentes y necesarios. Tras otra media hora estaba agotado, ¡y aún no había subido más que un tercio del cañón! Por momentos mis pasos se hacían más cortos y tenía que detenerme cada tres o cuatro minutos, sentarme y tomar aliento. Sudaba, tenía sed y no había agua, ni yo llevaba encima. Tan derrengado estaba que, en dos o tres ocasiones, consideré regresar, pero dudaba si las piernas me responderían en la bajada. No; había que seguir, a riesgo de tener que hacer noche en mitad del monte, lo cual no me hacía pizca de gracia. A medida que la mochila se volvía más y más pesada, yo necesitaba hacer descansos cada vez más largos; pero tampoco podía prolongarlos mucho, no fuera que me diesen allí las tantas, así que los limitaba a cinco minutos… pero sólo para pararme cincuenta metros más allá. Eso sí: las vistas que, desde aquella altura, había hacia el valle eran espectaculares. Por fin el zigzag empezó a suavizarse, la pared perdía su verticalidad y, por último, el terreno se tornó mucho más amable. Había tardado unas tres horas en avanzar apenas una milla. Aún me quedaban otras siete hasta la carretera, pero ¡cuán diferentes!: por un camino con mucha menos pendiente, tardé sólo dos horas más en cubrirlas. Además encontré un arroyo de aguas límpidas y gélidas donde saciar la sed. Por si los parásitos, bebí sólo unos tragos, ¡pero qué vivificantes! Cuando llegué al asfalto, no me lo creía. Aún tuve suerte -me dije- de no tener que sumar, a mi apurada situación, el verme perdido en el monte o toparme con algún animal salvaje.

De Yosemite a Lee Vining con Jim y Patrice

Eran más de las dos. Apenas llevaba un minuto haciendo dedo cuando me cogieron Jim y Patrice, un matrimonio de New York city, en sus cincuenta, que estaba haciendo un safari fotográfico. Buena idea, pues el paisaje a lo largo de toda esa carretera es fantástico, soberbio, majestuoso: grandes macizos de rocas, lagos de transparentes aguas verde esmeralda, amarillos parches de bosque caducifolio entre las coníferas, gargantas profundísimas, cañones… Al acabarse el parque todo cambia de manera drástica, pero es igualmente bello: el desierto, que aparece de pronto al dar una curva: un hondo valle, seco y pelado, de enormes dimensiones. Por su ladera lejana discurre una carretera, y los coches que la transitan se ven como minúsculas hormigas. Al fondo, sólo colinas peladas, blancas y rojizas. Al pie de ese valle aparece el extraño y casi mágico Mono Lake, un lago salino de orillas blanquecinas y un agua azul de la que emergen unas formaciones rocosas únicas: la toba calcárea, que al parecer resulta del contraste de salinidad entre el agua del lago (triple que la del mar) y la dulce de los acuíferos subterráneos. El aspecto de estas acumulaciones de toba me recordó, en versión gigante, a esos pequeños montículos que, de niños, hacíamos en la playa dejando resbalar la arena húmeda entre las manos. La visita al lago es de pago, pero como entré con Jim y Patrice me ahorré el tiquet. A la rojiza luz del atardecer, en mitad de la inmensidad del desierto, con sus playas blanquecinas y rodeado por montañas desnudas en las que sólo crece un arbusto amarillento que el polvo desluce, Mono Lake ofrecía un aspecto irreal, como de otro planeta. Pasé casi una hora con ellos mientras tomaban fotos. Fueron muy simpáticos conmigo, y Patrice se comportó como una madre, ofreciéndome de todo, insistiendo en que me llevara esto y aquello. La pobre no se daba cuenta de que, para un mochilero, cualquier artículo extra es una carga, nunca mejor dicho. Me prometió enviarme una de las fotos que me hizo en el lago. Y allí se separaron nuestros caminos: ellos se fueron hacia el norte, con destino al lago Tahoe, y yo me quedé a pasar la noche en Lee Vining, donde he encontrado un camping no muy caro. Tras poner la tienda y pegarme una muy necesaria ducha, me he dado una vuelta disfrutando de las últimas tonalidades rojizas sobre el desierto. Ahora estoy escribiendo en un bar, y como ya llevo aquí una hora y media, me voy antes de que me echen. Bien puedo decir que hoy ha sido, física y mentalmente, una de las jornadas más duras de mi vida.

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Norteamérica 53. Descubriendo el sushi; your money is no good here

Martes, 21 de octubre. Mismo lugar.

El paseo de ayer también fue interesante. Empezando por Mission, el barrio hispano, con centenares de taquerías y alguna que otra iglesia (entre ellas la soberbia Mission Dolores, que no visité por vergüenza de no pagar la “donación sugerida” de 3 $), subiendo luego hacia el ayuntamiento con su enorme cúpula, y desviándome después hacia la limpia y pequeña Japantown, donde se me antojó almorzar en un caro pero original restaurante en el que los clientes se sentaban a una barra circular provista de un canal también circular por el que navegaba un carrusel de barquitas que transportaban unos platitos con algo así como nuestros pinchos. Al nomás tomar sitio, te ponen delante unos palillos, un té y tres complementos esenciales de la comida japonesa: una jarrita de salsa marrón, una bolita de una pasta verdosa extremadamente amarga y un cuenquito con unas hojitas de una verdura rosa que sabe talmente a colonia. Los dos primeros son para condimentar la comida (principalmente sushi) y el tercero para eliminar del paladar el sabor de los anteriores bocados. El cliente va eligiendo los que se le antojan de entre los pinchos que pasan frente a él, y al acabar le cobran en función de los platos que haya acumulado, cuyo precio depende del color. El sushi es, básicamente, un corte de pescado crudo sobre un taco de arroz y sujeto a él por una hojita de alga. Curioso. [Me hace gracia esta detallada descripción y esa genuina sorpresa por mi primer encuentro con el sushi, el wasabi, el gengibre y ese estilo de restaurante japo que ahora, en cambio, me resulta tan familiar.] Después seguí camino a través de las bonitas lomas de Russian Hill y de Pacific Heights, hasta llegar a The Marina, un parquecillo junto a la bahía en la parte norte de la ciudad –a unas dos millas de la Golden Gate y su puente– donde se congregaban deportistas, pescadores, solitarios y otros espíritus que aprecian la quietud, la belleza de la bahía, la luz del atardecer y el graznido de las gaviotas. El regreso lo hice por Columbus Street, que, discurriendo en diagonal a la cuadrícula principal N-S / E-O que forman las calles, atraviesa –entre las colinas Nob y Telegraph– por tol medio del animado y variado barrio “latino”, también llamado Little Italy o North Beach. Así llegué al financial district, pasando al pie mismo del rascacielos piramidal que se llama, cosa extraña, The Pyramid, hasta desembocar en el distrito comercial, donde están todas las tiendas. De allí, a la estación y a “casa”.

En conjunto, creo que la ciudad se merece una estancia más larga, una visita más detenida de al menos cuatro o cinco días completos; pero no tengo ni el tiempo ni el dinero. Los hostales son demasiado caros para demorarse más de dos noches y mi estancia con esta familia no es muy feliz. Mis anfitriones no muestran ningún agrado particular por mi compañía ni tampoco por mi presencia. A mi anuncio de que me voy mañana no han hecho la menor objeción, siquiera con la boca chica. Será por esa frialdad que la falta de simpatía ha sido mutua; aunque, de los dos, prefiero a Claire. Tampoco me caen bien los hijos, en especial Max el consentido, que es (¡sorpresa!) insoportable. Hoy no he ido a S. F. porque quería leer, pensar y decidir sobre mi ruta para mañana; y además les había prometido a mis anfitriones un plato español. Emil no ha dicho si le ha gustado y ni siquiera me lo ha agradecido. Así que mi tiempo aquí está finiquitado. Pese a lo acaudalada que es esta familia, no me han ofrecido pagarme los ingredientes, cervezas, etcétera, que he comprado. Sí, ya lo sé: ellos me han albergado y dado de cenar dos noches, y en términos puramente contables les quedo debiendo. Pero no es eso; es, sencillamente, que dados los criterios y las costumbres estadounidenses no me ha parecido lo habitual. Si invitas a un huésped, lo invitas, ¿no? Pero, bueno, no puedo quejarme. El fallo ha sido mío, por venir.

Un detalle divertido: cuando llegué, Claire me dijo que su mucama -a la que conocería hoy- hablaba español, así que asumí que era sudaca. Pero, al verla, resultó que ni tenía cara de hispana ni hablaba bien mi idioma: era una yanqui como otra cualquiera, que había aprendido algo de español. Por cierto que Claire, en cierto momento, me reveló no tenerle ninguna simpatía a Santiago. Afirmaba que era un machista inmaduro. Estoy de acuerdo en el adjetivo, no tanto en el sustantivo. De todas formas, aunque en el matrimonio de Santos los dos tienen mucha tela que cortar, Claire sólo ve los defectos del cuñado. Aparte, el señorito Max es claro ejemplo de deplorable educación: a raíz de cierto retraso en el habla (que quizá era cosa temporal) empezaron a llevarlo a médicos y logopedas, y a tratarlo como un enfermito. A mí me ha parecido que lo único que tiene es un mimo descomunal, y cada vez que quiere eludir o conseguir algo chantajea a sus padres -que se dejan- con la misma inverosímil afirmación: “no me encuentro bien”. Bueno, mañana más aventuras.

Miércoles 22. Escalon (California).

El tiempo pasa imparable. Las últimas veces que me han preguntado por cuánto más estaré en Norteamérica he contestado, para simplificar, que un par de meses; pero eso va siendo cada día más inexacto. Durante la próxima semana quizá pueda responder aún que “algo menos de dos meses”, pero muy pronto, antes de darme cuenta, tendré que decir “un mes y medio”, luego que un mes, y así… Cada día que paso así tan tontamente, tan insensiblemente, es un día menos que me queda para volver a España. Es curioso cómo el tiempo se percibe, en un viaje de medio año, con una escala distinta que en uno de dos meses, como cuando fui a Argentina. Las semanas que estuve allí me pareció mucha; pero son exactamente las mismas que me quedan aquí, y ahora se me antoja poco, como si estuviese ya en la etapa final. No digo que tenga la sensación de estar terminando este viaje, pero refuerza esa impresión del vertiginoso paso de los días y de que, en breve, me encontraré viendo transcurrir los últimos.

De Los Altos a Manteca en transporte público, de ahí a Escalon con Phil

Los eventos de hoy han sido escasos, pero con sustancia. Tras una nada cálida despedida de mis anfitriones, salí por la mañana de Los Altos haciendo una combinación de tren y autobús que me llevó hasta Manteca, donde llegué poco después del mediodía. Escogí esa localidad porque reunía las dos condiciones requeridas: 1) quedaba en mi camino, y 2) era lo bastante pequeña para poder salir de ella a dedo. Tuve suerte, ya que el autobús me dejó cerca del extremo este del pueblo; y luego tuve más suerte aún porque, algo más de media hora después, me cogió Phil. Conducía un truck muy antiguo (si bien totalmente renovado), viajaba solo, tenía cuarenta y siete años y se dirigía al próximo pueblo, Escalon, donde vive. Tan sólo once millas, pero algo era algo. ¡Y tan algo fue! Primero me dijo que podía ducharme en su casa. “No, gracias, pero estaré encantado de tomarme una cerveza contigo.” La cerveza se convirtió en un almuerzo (que pagó él) y éste en un ofrecimiento de pasar la noche en su habitación de invitados, que sí acepté. Desde el primer momento se abrió a mí sin reservas y, literalmente, puso a mi disposición su casa. Pasamos un rato haciendo limpieza mientras bebíamos unas cervezas más (también a su costa) y luego nos relajamos en el jardín tomando otras birras de su propio frigorífico. “Your money is no good here”, me dijo. Nos acercamos al río para bañarnos, pero iba crecido y sucio, así que volvimos a Escalon y allí, en su backyard, consumimos otros jugos de cebada, que esta vez, para variar, corrieron de su cuenta. Finalmente, como tenía que asistir esa tarde a una conferencia en Stockton y luego a una cita con cierta madre soltera y ligable, me dio la combinación de la puerta, me puso en la mano las llaves de su truck, me explicó cómo funcionaba y me otorgó la más amplia carta blanca. Por un momento dudé entre lo prudente (no coger el pick-up) y lo divertido (darme una vuelta en él); pero como probablemente jamás se me volvería a presentar otra ocasión de conducir un vehículo semejante, opté por lo segundo. Al regreso de mi paseo en auto estuve pegando una cabezada, me duché, y aquí me encuentro. Phil no ha vuelto ni es probable que lo haga pronto. Soltero, sin hijos ni más preocupación que cuidar de sí mismo, gasta su sueldo (es profesor en una penitenciaría) en mantener su casa (limpia como los chorros del oro) y en darse caprichos. Dice tener ascendencia suiza al 100% y haber estado en Europa, Asia, África y Sudamérica, así que conoce bien la aguja de marear. Conocerlo ha sido un nuevo golpe de suerte para mí, aunque signifique haber perdido varias horas de hacer dedo. Y lo mejor de todo es que es un forofo de los Beatles. Él podrá –dice– discrepar de los ingleses políticamente, pero siente que siempre ha de estarles agradecido por los Beatles.

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Norteamérica 52. Un bonito día para morir; la legandaria San Francisco

Viernes, 17 de octubre. Mismo lugar.

Esta mañana a las 8:15 ya estaba en la carretera. Casi dos horas esperé el primer jalón, que sólo me llevó hasta Fortuna. Era un vaquero agradable con un acento ininteligible y una curiosa actitud hacia el riesgo de coger a autostopistas. “Si alguno me agrede, allá él con su conciencia. Y, ¡qué diablos!, hoy es un bonito día para morir.” [Aún recuerdo perfectamente aquella frase.] Me dio lástima no seguir más tiempo con él, porque -con su sombrero cowboy adornado estilo indio- parecía una de esas personas que te pueden enseñar mucho de la vida. Al despedirnos me dijo que estaba seguro de que encontraría un super ride. Y acertó: treinta minutos más tarde encontré un super ride: era un locatis, estudiante de arte y danza, que conducía a toda leche su gran camioneta por aquel bonito paisaje que me recordaba a Extremadura: las mismas gastadas colinas, el mismo pasto seco, el mismo género de árboles que la encina (Quercus) aunque otra variedad. . Me llevó más de 200 millas, aunque por desgracia su incesante y desenfadada conversación era bastante superficial: paridas acerca de los calentones que se llevaba a causa de las clases de baile que impartía. Pero, en fin, muy simpático el amigo Louise.

De Eureka a Fortuna con el vaquero, a Petaluma con el locatis, y a San Francisco en bus

Serían cosa de las dos y media cuando me dejó en Petaluma, a 40 millas de “Frisco”. Y, en vista del nulo éxito tras una hora haciendo dedo, acabé por coger un autobús, que llegó sobre las seis a San Francisco, pasando por el mítico Golden Gate Bridge. Mi primera impresión fue la de una ciudad bastante limpia, luminosa, en cuyas viviendas y edificios predominaba el color blanco. Por sus calles -algunas de las cuales tienen una fuerte pendiente, como muestran las películas- circulan tranvías y trolebuses. Es animada, viva, diversa, europea y bastante cara. No me extraña que a la gente le guste tanto. El hostal en que me he alojado, donde ahora escribo, es de los más baratos (18 $). Tolerable, ni bueno ni malo, alberga a una multitud de gente que llena el pequeño salón común y donde predominan los indiferentes. El edificio está en el centro y es bastante viejo, pero las camas no son malas y están limpias, aunque los dormitorios, mixtos, tienen demasiadas literas. Pero, en fin, será sólo una noche, porque mañana me voy a casa de la hermana de Celine.

Sábado 18. Los Altos (California).

…y no sé cuánto duraré en ella. Los Altos está a una hora de Frisco y no resulta fácil ir y venir, así que no me va muy bien como base de operaciones, que es lo que yo planeaba. Además la acogida no ha sido muy entusiasta: Claire tardó tres cuartos de hora en ir a recogerme a la estación porque estaba en la peluquería, y Emil, su marido, “no podía” porque estaba haciendo cosas en el jardín. Aparte, no me hizo ningún caso cuando Claire me trajo. ¡Vaya bienvenida! Así que, con la primera disculpa que encuentre, me largo. Eso sí: la casa es una verdadera exageración, con 200 m² por planta, de diseño, formas cubistas, grandes cristaleras, galerías, habitaciones gigantes, tres salones como polideportivos, seis o siete cuartos de baño, chimenea tamaño cortijo, piscina que te cagas con jacuzzi caliente incorporado, jardín inmaculado, alarma, sistema eléctrico inteligente conmutado, un frigorífico como un armario, cuatro ordenadores, varios televisores, cochera de dos plazas… una pasada de lujo. Menos mal que son “demócratas”… Tienen, además, una camioneta de puta madre y un BMW que ni te cuento. Vamos, la releche. Y aquí he pasado el día holgazaneando, charlando con Claire, lamentando no haber ido a visitar San Francisco, y leyendo: he terminado The Cider House rules, de John Irving. Lo he encontrado muy emotivo, cargado de mensaje, casi inolvidable, con personajes de mucha fuerza y carácter. Una historia sobre héroes silenciosos e ignorados.

Lunes 20. Mismo lugar.

Ayer fue un día muy bien aprovechado. Me fui por la mañana a Frisco y no volví hasta anochecido, muy cansado de tanto andar, primero desde la estación hasta los muelles y luego recorriendo todos éstos -que son muchos y variados- hasta llegar al famoso Pier 39, rebosante de tiendas y restaurantes sin solución de continuidad, a cual con mejor vista, dispuestos en dos niveles (el segundo, una estructura de madera) a lo largo de todo su perímetro, uno de cuyos lados da sobre unas plataformas flotantes en las que se amontonan más de un centenar de focas tomando el sol. Después fui al también turístico Fisherman’s dwarf, un sector del puerto donde se concentran los restaurantes de marisco y que termina a la altura del muelle Hyde Street, donde está el parque marítimo: seis o siete barcos antiguos de madera (veleros y de palas) esperando a los visitantes. Me resultó interesante el paseo a lo largo de los muelles, todos perpendiculares a una calle que bordea el puerto y que se llama The Embarcadero, así como suena. Al fondo, siempre, una bonita vista de la bahía o de su bocana, llamada The Golden Gate, y de al menos uno de los puentes que unen la ciudad con “el continente”, que son el Golden Gate Bridge y el Bay Bridge; ambos magníficas y colosales obras de ingeniería.

Pero mi recorrido no se quedó ahí: visité la bonita plaza Levi’s, donde está la sede de la conocida marca de ropa vaquera; subí por los empinados escalones que llevan hasta la mítica colina Telegraph Hill, desde cuya Torre Coit se tiene una espléndida panorámica de la ciudad y la bahía; di un tranquilo paseo por el parque acuático (donde abordé a unos mejicanos tomándolos por españoles; y por cierto, una de las chicas no estaba nada mal y parecía asequible, pero estuve corto de reflejos); remonté la empinada y estética Hyde Street, que alberga una de las líneas del cable car, un tranvía casi sólo para turistas y halado por un cable embutido en el asfalto; recorrí la popular Lombard Street, que con sus ocho curvas presume de ser la calle más sinuosa del mundo; ascendí a Nob Hill, desde donde se gozan algunas de las vistas más típicas y espectaculares de Frisco (los rascacielos del distrito financiero a un lado, el G. G. Bridge al otro). No obstante, lo que más me impresionó de todo fue el barrio chino.

El Chinatown de San Francisco es, por lo visto, el mayor del país. Pese a ser domingo, una multitud de gente poblaba las calles en un apresurado y bullicioso ir y venir, entrar y salir de tiendas, restaurantes y mercados desde donde frenéticos vendedores voceaban sus productos o discutían precios con voces enojadas, y donde un mar de letreros, sólo en chino, anunciaban mercancías y ofertas. Tras los escaparates, o por las puertas y ventanas abiertas de par en par, cuando no directamente en la calle, se exhibían un millar de alimentos, condimentos y objetos que yo no había visto jamás y cuya naturaleza y utilidad me intrigaba. Chinatown es otro mundo, una ciudad dentro de otra, y tan asiática que un occidental llama la atención. Aquello, en verdad, no es apto para turistas; o al menos no está enfocado a ellos, salvo uno de sus barrios lleno de bazares con curiosos artículos y donde los letreros están en los dos idiomas. Por allí estuve siguiendo, durante tres cuartos de hora, a una folclórica marcha que, escoltada por dos estandartes y al mando de un chino con cara de gángster, gafas oscuras y gestos enérgicos, iba ejecutando una especie de danza de dragones al ritmo de un frenético e incansable repicar de bombo, y de una estridencia de platillos. Cada cierto tiempo, no sé si a modo de maldición o de bendición, de amenaza, advertencia o recompensa, se paraban a la entrada de alguna tienda y bailaban hacia su puerta a un ritmo más vivo y eléctrizante si cabe, finalizando el homenaje o anatema con una traca de petardos. Había algo en aquella música -cuya simple pauta se repetía sin cesar- que me hipnotizaba y me invitaba, me empujaba, a seguir a la procesión. Pero fue la fuerza de gravedad la que me sacó de aquel hechizo cuando la marcha embocó una de esas pinas calles, pues iba ya muerto de cansancio y no me sentía con energías para subirla; aparte de que no estaba en mi planeado itinerario.

Tras aquel largo recorrido, poco me quedaba por ver, de modo que volví a Los Altos. La impresión de San Francisco fue favorable: una ciudad muy cosmopolita, de ambiente laboral; y una de las pocas en EE.UU. (junto con Nueva York) donde en el centro hay viviendas: barrios de bonitas casas construidas principalmente sobre sus colinas y cuyos precios, por los letreros que vi, no son desorbitados -cosa curiosa- a pesar de las magníficas vistas que tienen y del prestigio de la ciudad. La razón es que muchas de ellas no tienen más acceso que por largas y reviradas escalinatas de madera, de modo que no puede uno llegar más que a pie.

Emil vino a recogerme a la estación y estuvo algo más comunicativo que el día anterior. Incluso se dignó a llevarme, para una corta visita nocturna, al campus de la afamada y elegante universidad de Stanford, en Palo Alto: bajos edificios estilo español con paredes color terracota y tejados de tejas. Y colorín, colorado, lo de ayer se ha acabado. Mi paseo de hoy, otro día.

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Norteamérica 51. Una pareja encantadora, un bosque encantado y un motelero imbécil

Viernes, 17 de octubre. San Francisco (California).

Paul y Sandy eran un matrimonio en torno a los cincuenta, de clase media acomodada; y no me explico cómo es que me recogieron. Quizá ellos tampoco, pues al principio pasaron de largo. Unos setenta metros más adelante se pararon y dieron marcha atrás. “Me dirijo a San Francisco”, les dije. “Bueno, no podemos llevarte a San Francisco hoy; tal vez otro día”, contestó Paul, graciosillo él. Ambos eran enfermeros de profesión y demócratas de opinión. Vivían en Seattle y, a la sazón, estaban parando temporalmente en Brookings, desde donde hacían excursiones de una jornada. Aquel día tocaba visitar el Redwoods National Park, que quedaba sobre la ruta que yo me había trazado. La simpatía fue instantánea y mutua. Cultos, simpáticos y habladores, enseguida entablamos animada charla sobre política, economía y sociedad. Habían estado en España, país que decían adorar (claro); viajaban mucho y detestaban a George Bush, por cuya mala imagen internacional –me dijeron– no era este el mejor momento para viajar fuera de los EE.UU.

Llegados a Redwoods me ofrecieron visitar el parque con ellos, prometiendo llevarme luego hasta Eureka para compensarme por la pérdida de tiempo que el paseo me supondría. Yo, desde luego, estaba encantado de haber conseguido un ride tan ameno, aunque no muy largo; y ellos lo estaban por la compañía de un español con quien intercambiar impresiones sobre los países respectivos. Aún seguimos un buen rato por la carretera, que atravesaba el parque de un extremo a otro, antes de dejar el coche en un parking para visitantes, junto a la playa, e iniciar nuestra ruta de senderismo. Elegimos un recorrido de unas seis o siete millas. El matrimonio venía bien equipado: antes de empezar a caminar se cambiaron de ropa y calzado, poniéndose el “uniforme” de Boy Scout y las botas de siete leguas. Me sorprendió, por cierto, el ritmo bastante vivo al que andaban los vejetes. [Tiene triste gracia que, en aquel momento, yo los viese como unos vejetes. ¡Ya quisiera hoy para mí su edad de entonces!]

Enseguida de ponernos en marcha entramos en pleno bosque, donde se espesaba la fronda y se hacía un silencio casi absoluto que invitaba a hablar en susurros o, mejor aún, a no hablar (aunque nosotros no estuvimos callados ni un momento). El redwood es un árbol pariente de la secuoya, menos grueso pero más alto e impresionante: el diámetro de algunos troncos sobrepasaba fácilmente los dos metros, y su altura podía alcanzar los cien. [Como una torre de 30 pisos.] Las copas estaban tan alejadas del suelo que apenas se oían los graznidos de los pájaros sobrevolándolas, y la cúpula que hacía el ramaje era tan espesa que la luz a duras penas llegaba hasta abajo. A esto se sumó que, poco después de empezar el hike, una niebla proveniente del Pacífico se enganchó en la parte superior de la espesura, como a treinta metros sobre nuestras cabezas, y entonces el silencio se volvió sepulcral; ni un mal bicho se oía, y la niebla le daba a la escena un aspecto fantasmagórico, casi espectral. Cuanto más nos adentrábamos hacia el interior, más sorprendente resultaba el bosque: pequeños regajos de agua clarísima, árboles de varias especies y tamaños, empinadas laderas cubiertas de musgo o helechos, profundas y estrechísimas quebradas (como de 20 m de hondo y 1’5 de ancho) por las que discurrían mínimos arroyuelos y cuyos taludes aparecían cubiertos de mohos, líquenes y unos diminutos helechos que destilaban un constante goteo de agua sobre la tierra. Con diferencia, el helecho era la planta predominante en aquel suelo. (Por cierto, aquel bosque no era del todo virgen: antaño ya fue parcialmente deforestado, y muchos árboles eran de segunda generación.) La senda pasaba por muchos puentecillos que vadeaban las gargantas de mayor anchura y profundidad, y desde los cuales podía verse, bastantes metros más abajo, el correspondiente arroyo, así como la infinidad de árboles muertos que, medio podridos y llenos de musgo, habían quedado tendidos de un lado al otro de la quebrada. A veces, en las vertientes, se abrían diminutos valles poblados de espesa e impenetrable vegetación. La última parte de la senda discurría mismamente –como dirían en mi tierra– por el cauce de un riachuelo, y no hubo otra que mojarse los pies; al menos, yo, que no llevaba botas, sino unas sandalias de goma modelo “subnormal”. Por suerte, el agua no estaba especialmente fría. Este riachuelo iba por una garganta de unos 5 m de ancho y 10 m de profundidad, de modo que avanzar por él era como caminar por una gruta de paredes húmedas, musgosas y rezumantes de agua. Con todo, quizá lo más fantástico de aquella caminata llegó al final del recorrido, poco antes de desembocar nuevamente en la playa, cuando ya empezaban a clarear los árboles muertos y la garganta se abría en un delta de cantos rodados: ahí la niebla espesó más, ocultando a nuestra vista el océano vecino -cuyas olas, no obstante, se oían romper en la arena sordamente- y dándole al bosque un aspecto verdaderamente irreal, como de lugar encantado o poblado de espíritus.

De Harbor a Eureka con Paul y Sandy

Eran más de las 16:30 cuando volvimos a donde habíamos dejado el coche, y continuamos viaje en cuanto Paul y Sandy volvieron a cambiarse de ropa. Como aún tardaríamos una hora en llegar a Eureka, ya no podría avanzar más ese día, de modo que tendría que buscarme algo allí. “No te preocupes -dijo Paul-, algo encontraremos”. Por el camino me entró el hambre y eché mano de los víveres que Steve me había preparado esa mañana. Al ofrecerle al matrimonio compartirlos, me dijeron que iban a invitarme a cenar en Eureka después de encontrar un camping para mí. Pero, llegado que hubimos, resultó que el único que había estaba a siete millas. Probamos entonces a buscar un motel barato, pero no encontramos tal cosa: lo menos caro costaba 32 $. “No pasa nada –les dije–; dormiré en el camping aunque quede lejos.” No quisieron oír hablar del asunto: “¡Oh, no! Buscaremos un motel que quede cerca del extremo sur, para que puedas hacer dedo mañana sin problema, y te lo pagaremos.” Con la boca pequeña protesté que me hacían sentir un mendigo, pero insistieron: “Déjate invitar por hoy, y ya harás tú algo igual por un autoestopista en España.”

El motel más meridional de la ciudad costaba 42 $, y el encargado, un indio impertinente, no estaba muy conforme con admitirme. En cuanto solté mis mochilas en el suelo y Paul le dijo que él pagaba mi alojamiento, el indio le preguntó si es que me conocía. –Sí. –¿Desde cuándo? –Desde hoy. –¿Y de qué? –De la carretera. Todas aquellas preguntas me parecieron estúpidas y un poco indignantes, así que le dije a Paul –fingiendo una indignación aún mayor– que nos fuésemos de allí, pues había otros moteles más baratos en la zona. Entonces el indio dio un bandazo: “¡Oh, no, quédese! –y a partir de ahí se dirigió a Paul, supongo que por ser quien pagaba– Yo soy un conocedor de personas, cincuenta años en el negocio, conozco a la gente, pero hoy no te puedes fiar de nadie. Es usted muy generoso por pagarle la habitación, gracias. Somos de la misma edad; conocemos a la gente; yo ya tengo 62 años.” Paul le hizo saber que él tenía 49. “¡Cómo! ¿Y por qué parece tan ajado? (Era todo un diplomático aquel tipo.) Yo tengo 62 y estoy como un chavalito.” Paul le preguntó si de verdad lo encontraba tan ajado. ¿No será la barba canosa, que me da aspecto de ser mayor? “Bueno, no tenemos la misma edad pero estamos en el mismo grupo de edad”. Claro, ese famoso grupo que abarca de los 49 a los 62. En fin, el caso es que cedió, Paul pagó, yo dejé mis cosas en la habitación (que tenía muy buen aspecto) y nos marchamos. Antes de abandonar el aparcamiento, el indio salió y nos interceptó para disculparse con Paul por su brusquedad inicial (nuevo error, pues la ofensa más bien recaía sobre mí) y repetirle que era muy generoso, que él (el indio) era un conocedor de gentes, y bla, bla. Parecía no querer dejarnos marchar.

En Eureka fuimos a un restaurante bastante bueno donde cenamos que te cagas de bien. Lo mío fue crema de nosequé, con algunos mariscos y un pescado exquisito, aunque la guarnición no me gustó demasiado. Entre los tres nos cargamos una botella de vino chardonnay chileno, buenísimo. Al terminar la cena me llevaron de regreso al motel y, antes de despedirnos, me recomendaron un par de lugares que visitar en Arizona. Aparte, al saber que pensaba pasar por San Diego, Paul me facilitó el teléfono de un hermano suyo que vivía allí y estaría encantado de recibirme, o incluso de acogerme unos días.

La pareja más jodidamente simpática, alegre y generosa que me he encontrado en este viaje. Ese día (es decir, ayer) se gastaron más de setenta dólares en mí. Y por la noche dormí de puta madre.

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Norteamérica 50. Dos días con Steve; el falso ecologismo del Gobierno

Miércoles, 15 de Octubre. Mismo lugar.

Gracias a unos nublados, la noche que pasé en el camping de las dunas no fue fría, aunque cayeron unas gotas de madrugada. En cuanto desperté, recogí la tienda y me largué de allí. El día amaneció algo neblinoso, pero fue abriendo a lo largo de la mañana y al final se quedó muy bonito.

Resignado de antemano a una larga espera, me planté en la carretera con mi libro en la mano y un letrero que decía: FROM SPAIN TO S. FRANCISCO; un fracaso experimental que no me sirvió de nada; así que al cabo de dos horas doblé el letrero y me puse a caminar. Sólo entonces conseguí el primer lift, al que seguirían tres o cuatro más, de escasa relevancia salvo los dos últimos. Uno, por una pareja de jipis piojosos (y no pongo al tuntún este calificativo), ella al volante, él de copiloto, a bordo de una van en cuya parte trasera, amén de mucha mierda y cantidad de objetos desperdigados, había un mugriento colchón cubierto con una sucia manta sobre la que se revolvía el más detestable perro lamedor con el que me he peleado hasta el momento: durante diez minutos no cesó de intentar chupetearme la cara y, lo que es peor, de gruñir hostilmente cada vez que, con el brazo o la pierna, lo alejaba de mí.

No llego a entender qué placer encuentran los amos en que sus perros les llenen la cara de saliva, pero así los educan. Esta pareja no se mostró muy conversadora, bien porque no me dejaba lamer por el can, bien porque no llevaba marihuana (en contra de lo que, por lo visto, esperan los jipis de un mochilero, ya que casi todos los que me han llevado me preguntan si tengo). Él, sobre todo, estuvo reservado. Pero no se portaron mal y me dejaron a la salida de Port Orford, en un precioso promontorio junto al océano. El último ride también se hizo esperar; un par de horas o más, que pasé leyendo mi libro apoyado en un poste. De hecho, cuando me recogió Steve, estaba ya a punto de rendirme y coger un autobús hasta Brookings. Reforestador y carpintero, Steve vive con su novia, de alquiler, en una casita en el campo a unas dos millas de Gold Beach. Enseguida conectamos, y no tardó en ofrecerme pasar la noche en su casa. Durante el viaje estuvimos charlando de la prevalente estupidez norteamericana y de la desconfianza -alimentada desde la escuela- hacia los autostopistas. La carretera, muy pintoresca, discurría casi todo el tiempo junto a una larguísima y desierta playa batida por las olas del mar abierto; y el sol poniente iluminaba de costado las negras rocas que acá y allá, como restos de meteoritos, motean esa franja del litoral.

Ahora estoy en la biblioteca y acaba de llevar Steve, así que mañana seguiré.

De Florence a Gold Beach con varios conductores

Jueves, 16 de octubre. Eureka (California).

Llegados a Gold Beach, mientras Steve hacía un par de recados yo me di un paseo por la playa, batida su arena gris por las olas del Pacífico, cargado el aire con la humedad de la brisa marina. Habíamos quedado media hora después en un centro comercial y, como llegué antes, aproveché para tomarme el más magnífico cono de helado que pueda uno adquirir en este continente por 1’50 $. La guapa dependiente, de grandes y bonitos ojos, reaccionó agradecida -pero con poca modestia- al piropo que le solté. Llegado Steve, estuvimos un buen rato hablando y viendo el atardecer, acodados en la baranda de un muelle sobre la desembocadura del río. Enfrente, un león marino tomaba plácidamente la siesta encaramado a un solitario embarcadero de madera. La tarde era muy apacible. Para contribuir a la cena compré unos champiñones y una botella de vino de Oregón. Ya en su casa, Steve me presentó su novia Janya, una pelirroja con buenas tetas y una sonrisa automática que, al verme, exclamó: “¡Así que eras tú! Yo te habría recogido, pero no sabía si estabas haciendo autostop o no.” Resulta que había pasado en coche junto a mí antes de que me recogiera Steve; pero, como no suelo levantar el pulgar cuando veo que el conductor es una mujer, lógicamente pasó de largo. Poco a poco voy aprendiendo a no enojarme cuando la gente no me da jalón. Ella no cenó con nosotros porque ya lo había hecho y, además, tenía que salir no sé adónde. Steve preparó un riquísimo salmón a la brasa y yo unos riquísimos champiñones al ajillo. La casa estaba en un bonito y arbolado lugar donde reinaba un silencio sedante, no perturbado por ninguno de los pocos vecinos. Y allí estuvimos largo rato de charla, cenando y tomándonos el vino. Entre otras cosas, hablamos del autostop y sus vicisitudes. Al volver Janya, quedó acordado que pasaría dos días con ellos.

El dormitorio para huéspedes era sencillo pero cómodo: un colchón sobre un bajísimo somier, vestido con limpias sábanas y cubierto con el edredón de plumas más grueso y abrigoso que yo haya visto; una mesita en la que apenas cabía una lámpara, y otra junto a la cabecera, aún más pequeña y baja; algunos trastos por medio, y una escalera al desván, cuya puerta no podía cerrarse y por donde se escapaba todo el calor que el pequeño radiador generaba. No obstante esa pérdida térmica, dormí como un bendito, viendo a través de las ventanas, cuando a ratos despertaba, las copas de los árboles iluminadas por la luna y recortadas contra el cielo sin estrellas.

A la mañana siguiente, Janya se levantó cuando Steve y yo desayunábamos, y se nos unió. Ahí constaté que ella, quizá por ser más lista que él, tenía bastante menos interés en mi conversación. Luego los varones nos fuimos a la ciudad, donde Steve me prestó una bici para que hiciera tiempo mientras trabajaba un rato. Pasé la mañana vagando por la playa, que a unos 2 km del pueblo estaba salpicada de enormes rocas que parecían llovidas del cielo (y entre las cuales, por cierto, dejé una memorable cagada), y luego en la biblioteca, despachando el correo y poniendo al día el cuaderno. Allí me recogió Steve y, como acordamos la tarde anterior, nos fuimos -parando en Port Orford para comprar pan italiano- hasta donde tenía otro de sus trabajos, un interesante proyecto estatal para intentar, mediante una cuidadosa replantación, bajar la temperatura -y evitar la evaporación- en un sector del río con objeto de crear un hábitat favorable al salmón, que por las talas indiscriminadas está en alarmante decadencia. La deforestación masiva no sólo hace que los lechos de los ríos, ya privados de sombra, se calienten, sino que la calidad del agua se deteriora por culpa de la mayor erosión del terreno, a la vez que aumenta la escorrentía y la fuerza del caudal debido a la ausencia de obstáculos naturales, como eran los árboles muertos por putrefacción. Pero ese proyecto -me dijo Steve- no tiene nada que ver con la sostenibilidad y el equilibrio del medio ambiente: su objetivo es devolver el salmón al río para que los pescadores puedan disfrutar de su “deporte”; aparte, su realización es muy dificultosa -pues exige convencer a los propietarios de los terrenos para que autoricen la plantación y cuiden los árboles- y muy cara, por los muchos salarios que hay que pagar, durante años, hasta que vuelva a crecer la arboleda. Además de ese proyecto, han instalado una piscifactoría (también la visitamos) para criar salmones y echarlos al río con idea de que, siguiendo su instinto, vuelvan para desovar en él; pero no vuelve ni uno, según demuestran las cifras, en continuo descenso, de la cabaña “salmonífera”. Así que, de momento, ninguno de los dos programas está dando resultado.

Lógicamente nuestra charla derivó hacia la ecología. Mi conclusión -con la que Steve estaba de acuerdo aunque prefería no pensar en ello- fue que seguiremos deteriorando irreversiblemente el planeta porque la ecología sale demasiado cara; y que sólo habrá un cambio radical (o bien un colapso civilizatorio) cuando la gente se dé cuenta de que no hay recursos suficientes para sostener nuestro nivel de vida y -como me dijo el taxista canadiense- la sociedad entre en pánico. Aparte, antes que renunciar a nuestros privilegios para que los países menos favorecidos puedan mejorar su nivel de vida, nuestra cegera y cortoplacismo siempre encontrará disculpas con las que justificarnos. Aun así, este tema no dejaba de plantear una cuestión ética: ¿quién es nadie para predicar una renuncia hoy en favor de un hipotético ciudadano de mañana? ¿Debe el hombre sacrificar, siquiera en parte, su presente actual y tangible para que, de manera previsible pero incierta, el hombre futuro pase menos privaciones? ¿No es legítimo decir: “el que venga detrás que arree”, como arrearon las últimas bacterias generadoras de oxígeno, los últimos dinosaurios o los últimos neandertales?

Por último, dimos un paseo por una bonita colina junto al mar, desde la que se divisaba un magnífico paisaje: el océano, las olas batiendo sobre la playa, los rociones de espuma transportados por la brisa, unos arrecifes que imitaban las vértebras de un monstruo, el sol que declinaba. De vuelta a casa nos pusimos con la cena: él preparó salmón al horno, muy rico pero menos que el del día anterior; yo, unas judías verdes con guisantes para chuparse los dedos. Janya trajo el vino y se encargó del postre: un pastel que, como estábamos ya llenos, dejamos para el día siguiente. (Estaba bueno, pero muy empalagoso, con tanto merengue que le pone esta gente a los postres.) Janya tendría unos 28 ó 30 años y decía que quería dedicarse a viajar por todo el mundo; pero al manifestarle mi opinión de que viajar por sistema era un síntoma de inadaptación, y acaso de infelicidad, me pareció que se le enfriaban de pronto las ganas. Quizá no tenía mucha personalidad. Por otra parte, me sorprendió su desdén hacia el “símbolo de identidad” de la basura reivindicativa del colectivo jipi.

Hoy de mañanita, cuando me levanté, Janya me aguardaba para una rápida -e inopinadamente cordial- despedida, y enseguida se marchó. Stevie me tenía lista una taza de té chai acompañada por un trozo del pastel de la noche anterior, y además me preparó (igual que Wayne días atrás) algunas viandas para el almuerzo. Luego me llevó hasta la parada del bus condal que, por 2 $, me llevaría hasta Brookings. Su despedida fue bastante más calurosa que la de Janya. Hasta prometió volver a la parada un rato después, por si yo había perdido el bus. Estoy seguro de que lo hizo. Cuarenta minutos más tarde llegué a Brookings, y una hora después -cuatro millas andando- al extremo sur de Harbor, donde me puse a hacer dedo. Tardé otras dos horas en conseguir el primer ride: eran Paul y Sandy, mis nuevos bienhechores. Cortesía suya, hoy será la primera vez en este viaje que duerma en un motel, con habitación individual propia. Pero esa historia la escribiré mañana.

De Gold Beach a Brookings en bus, de ahí a Harbor andando
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