Era alrededor de medianoche cuando, diciendo adiós a los otros moteros que conocí en el ferry, desembarqué en Vaasa, cuyas calles estaban, a esas horas, prácticamente vacias. Me llevó más de la cuenta encontrar el alojamiento que había reservado, porque el lugar no tenía letrero, estaba en un barrio sin iluminación ni nombres en las calles, y el GPS insistía en llevarme al sitio equivocado; de modo que, cuando por fin llegué, mi huésped estaba ya algo impaciente. Se trataba de una casa monofamiliar, vacía, que el dueño alquilaba por habitaciones, con derecho a baño, cocina y salón, aunque esa noche era yo el único inqilino. Como el hombre, bastante tiquismiquis, tenía prisa por irse a la cama, fue parco en explicaciones y rápido en solicitar el pago; sólo efectivo, por favor. No bien satisfice el importe, dejó sobre un mueble la ficha de hospedaje para que la rellenase luego, me dio una serie de instrucciones bastante restrictivas y se despidió. Sigue leyendo
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