Desolada terminal del ferry en Umea

El gran contraste paisajístico entre Noruega y Suecia me ha hecho perezoso para la fotografía: después de dos semanas sin tener que esforzarme lo más mínimo para tomar una buena instantánea (al contrario: teniendo que contenerme para no tomar más), muy poco encuentro ahora que valga la pena la molestia. Suecia es, como el agua de sus innumerables ríos y lagos, incolora, inodora e insípida.

La experiencia del Park Hotel, donde he pasado la noche, no ayuda a mejorar esa impresión: la acogida del empleado, un inmigrante de Oriente Medio, fue fría por no decir hostil; como fría era también la habitación que me tocó, sin radiadores. El lugar estaba desatendido, sin recepcionista ni camarero. Luego, el desayuno fue una basura: la leche se había agriado en el cartón, no había té entre una variedad de infusiones herbales muy poco atractivas, ni más cosa sólida que unas lonchas de jamón york, una tarrina de queso para untar, pan de molde y cereales. Eso para que luego digan del nivel de vida en Escandinavia.

Lycksele to Umea and Holmsund
De Lycksele a Umea y Holmsund

Tras 130 km de monótonos bosques me encuentro en Umea, una ciudad para las bicicletas: las hay a miles, y las calles peatonales del centro están a reventar de ellas. Pero no a todo lo que vaya sobre dos ruedas da Umea su bienvenida: las motos no merecen aquí mejor trato que un coche, así que para aparcar a Rosaura me las veo y me las deseo. Todo el centro es de pago; ni una sóla plaza donde no haya que apoquinar. Al final la dejo en el parking, reservado al clero, de una iglesia algo escondida, dándoles una oportunidad para que muestren clemencia.

Para compensar, por fin he encontrado dónde viven las famosas suecas de las películas españolas del destape. ¡Aquí están, en Umea! Imagino que también en Estocolmo. Al parecer, esas despampanantes rubias altas, delgadas, guapas y de ojos azules tienen lugar sólo en las ciudades; el campo no las produce, y si por error nace allí alguna enseguida se mudará donde haya urbanitas que la merezcan y tiendas para vestirse a la moda.

Ahora necesito encontrar una conexión a internet para comprar el billete del ferry que sale esta tarde. Pruebo en la oficina de turismo, pero resulta que ahí no funciona ni el ordenador ni la wifi que tienen a disposición del público. Una vez más: esta es la avanzada Escandinavia. Así que, como no tengo otra cosa que hacer y Rosaura está mal aparcada, aunque aún sea muy pronto me voy hasta Holmsund, a 20 km, donde está la estación marítima. Al llegar allí, el lugar me transmite una sensación de abandono que impresiona: un aire frío barre la extensa y desierta explanada de la terminal; y las aspas giratorias de unos aerogeneradores cercanos acentúan el aspecto de desolación. No hay ni un alma.

Un único camión solitario espera para embarcar, aunque faltan más de dos horas. Y aislada en medio de la explanada hay una pequeña tienda de pescado. Me acerco y empujo la puerta, que cede a la presión; pero no hay nadie tras el mostrador. Doy una voz, y sale a despachar una mujer muy guapa y muy simpática. Según me explica, se trata de un negocio familiar y autosuficiente de pescadores y ahumadores que venden sus propios productos. Como no voy a encontrar mejor ocasión para probar algo auténtico y casero, pido lo que la mujer me sugiere: un pastel de queso y pescado con una ensaladilla, receta de la casa. Delicioso. Ha valido la pena entrar aquí. Aprovecho para comprar dos buenas piezas de salmón para Andrej, que será mi anfitrión en Vaasa, al otro lado del Golfo de Botnia.

Todavía me sobra mucho rato y, para hacer tiempo, me doy una vuelta con la moto por el vecino pueblo de Holmsund; pero es un lugar carente de atractivo: parece una urbanización al estilo town norteamericana, con unas pocas casas ajardinadas por manzana, calles muy anchas, un parquecillo donde juegan algunos niños y unas canchas donde los jóvenes se ejercitan en no sé qué deporte. Regreso a la terminal y me voy hasta el borde mismo del malecón. Según estoy allí contemplando el mar, un hombre ya mayor (la única persona que veo por los alrededores) se me acerca y me dice: “ahí está llegando ya el ferry”. Recorro con la mirada la superficie marina, pero no veo nada. Él insiste, sí, sí, allí. Esforzando mucho la vista hacia el horizonte donde me indica localizo por fin un punto apenas perceptible. Luego me dice: “he sido marinero y estoy acostumbrado a observar el mar”. Sí, recuerdo que, cuando trabajé en los barcos, siempre me sorprendía la destreza de los pilotos para ver otros navíos en la distancia.

Poco a poco empiezan a llegar más vehículos: coches, camiones, caravanas, alguna moto, y van llenando los carriles de espera. Caigo en la cuenta de que he pasado dos o tres días en Suecia sin haber necesitado cambiar moneda, sin perder dinero en comisiones ni en esos restos con los que no sabe uno qué hacer. Es una de las ventajas del dinero de plástico en estos países donde lo aceptan sin problema en todas partes.

La terminal va animándose, aunque veo poca agilidad. Media hora más tarde aún no han embarcado más que tres o cuatro camiones. Por fin, casi una hora después, les toca el turno a las motos. Los otros moteros son fineses que van también a Pietarsaari para lo mismo que me ha invitado Andrzej: se festeja, con hogueras y algunos fuegos artificiales, el último fin de semana en las casitas de verano, cerrando así la estación estival en Finlandia. A partir de ahí se supone que hace ya demasiado frío y la gente vuelve a sus trabajos, los estudiantes a sus estudios, y la vida continúa. Estos moteros son gente muy maja. En especial uno de ellos, un tipo mayor, tranquilo y experimentado que me ayuda a asegurar la moto con las trincas, a las que aún no les he cogido el truco.

Uno de los breves momentos que en ocasiones me es dado disfrutar es el desatraque de un barco observado desde la borda. Me gusta observar a los marineros en la cubierta de maniobra, cómo van soltando las amarras una a una, cómo el costado del buque va separándose del muelle, tomando distancia, alejándose de tierra firme. Quizá sea que ese momento de zarpar resume el encanto de viajar.

¡Y son tantos los viajes que he hecho en mi vida! A menudo ya no distingo unos de otros. Ahora, sin ir más lejos, estoy seguro de haber hecho este mismo trayecto alguna vez, aunque que en dirección contraria, hace muchos lustros, pero no recuerdo absolutamente nada de Umea, y mucho menos de Holmdsund. ¿Cómo salvé los 20 km que separan la terminal de la ciudad? Aquí no vienen autobuses urbanos, y con seguridad no cogí un taxi. Quizá alguien me acercó. Entonces yo era muy jovencito e inspiraba piedad.

Será ya muy tarde cuando llegue a Vaasa y aún tendré que buscar el hospedaje donde tengo reservada una habitación para esta primera noche, así que aquí va mi última reflexión de la jornada: me llama la atención el escaso número de pasajeros que vamos a bordo: tal vez menos de cien. Mantener esta ruta con ocho salidas semanales en cada dirección ha de ser ruinoso, y así parece que lo corrobora un letrero sobre cubierta según el cual se trata de un proyecto cofinanciado por la UE. Desde luego, esto sería inviable sin financiación a fondo perdido.

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0 respuestas a Desolada terminal del ferry en Umea

  1. Julio dijo:

    Muy chulo el travelling que te has marcado en el muelle de Holmsund, con el enfoque final en el cartelito de freelander

  2. Julio dijo:

    Lo que no me queda claro es, viendo el mapa, la ruta que hiciste: ¿sólo la azul oscura o también las azul claras? Ah, y no se ve dónde está Holmsund: ¿quizá detrás del ajedrezado que tapa Umea o junto a Normaling?

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