España, líder absoluta en opacidad bursátil

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Hoy recibo de mi bróquer la siguiente información:

“Estimado cliente:

Actualmente el periodo de liquidación de las transacciones bursátiles en mercados europeos es: fecha de contratación + 3 días hábiles (D+3), excepto en Alemania, Eslovenia y Bulgaria, donde es D+2.

A partir del 6 de octubre de 2014, los siguientes países cambiarán a D+2 , lo que disminuirá la ineficacia de los mercados y mejorará la transparencia:

Austria, Bélgica, Croacia, Chipre, Chequia, Dinamarca, Estonia, Finlandia, Francia, Grecia, Hungría, Islandia, Irlanda, Italia, Letonia, Lituania, Luxemburgo, Malta, Holanda, Noruega, Polonia, Portugal, Eslovaquia, Suecia, Suiza y Reino Unido.”

¿Advierte el lector alguna ausencia?

Las autoridades españolas -continúa el comunicado- han anunciado que, si bien los valores de renta fija cambiarán a D+2 a partir del 6 de octubre, no se espera que las acciones realicen el cambio hasta finales de 2015.”

¡España tenía que ser la excepción! Siempre a la cabeza de Europa cuando se trata de evitar la transparencia y darles vidilla a los bancos a costa de los inversores. He estado a un tris de calificarlo como república bananera, pero ¡dónde va a parar! Esto es mucho peor.

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Rock me Amadeus!

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Pese al chaparrón que me cayó en Lago Como y a la llovizna intermitente de hoy, cada día estoy más contento por haber decidido traerme el casco jet para este viaje, ya que me proporciona una visibilidad sin límites y una sensación de libertad sin obstáculos. Ha sido un gran acierto.

Desde la tormenta de anoche el cielo no ha despejado, y la mañana amanece nublada, así que me pongo el pantalón impermeable por si las moscas. Como mi próximo destino es Viena, donde quiero visitar a una amiga y de paso cambiar el neumático trasero, escojo una ruta que, desde Breitenberg, va bordeando la frontera checa y cruzando bonitos pueblos de sierra. En uno de ellos adelanto a un curioso grupo motero estilo “nostalgia”: un puñado de jubilados, o prontos a serlo, que van haciendo una rutilla a horcajadas de sus peculiares ciclomotores, muchos de los cuales son pura y llamamente una bicicleta con un motorcito engrando a la cadena. Me detengo un poco más adelante para hacerles unas fotos y me agradecen el gesto con efusivos saludos. ¡Con cuánta frecuencia los moteros más humildes son los más apasionados! Algo que los conductores de moto grande tendemos quizá a olvidar.

Grupillo de ciclomoteros a la altura de Ulrichsberg, Austria.

Grupillo de ciclomoteros a la altura de Ulrichsberg, Austria.

En Freistadt hago una parada bastante larga, recorro sus calles adoquinadas, me tomo una cerveza en la apacible plaza central y, finalmente cautivado por el tranquilo y acogedor aspecto de su casco antiguo, decido buscar alojamiento para la noche aunque apenas haya recorrido poco más de un centenar de quilómetros hoy; pero resulta que la ocupación hotelera es bastante alta y no encuentro hospedería que me convenza, así que continúo por la ruta 38 hasta que llego a un pueblecillo llamado Langschlag, donde hay un hotel ajustado a mi gusto y presupuesto. Me llama la atención que en esta zona de Austria sea frecuente que los hoteles tengan sauna, así que aprovecho para regalarme una sesión de esta actividad, que se cuenta entre mis favoritas. Aprendí a disfrutar la sauna, junto con todos sus secretos, cuando estuve viviendo en Finlandia y, desde entonces, no desperdicio ocasión.

Según estoy cenando en la terraza acristalada -plagada de moscas hasta un punto casi insufrible- del restaurante, me fijo en un pequeño bar otro lado de la calle, con una bicicleta soldada sobre el tejado a modo de reclamo, y un letrero: Villa Kunterbunt, la versión alemana de Villa Villekulla, el hogar de Pippi Laungstrump en el original sueco. Un detalle sin importancia que me trae los recuerdos, no necesariamente plácidos, de aquella inquietante niña que siempre me inspiró una mezcla de atracción (pues vivía yo el despertar de la líbido) y repulsión, o quizá desconfianza, por tanto como la pecosa mocosa de pelirrojas coletas desencajaba con las pautas de conducta que me fueron enseñadas como aceptables, por no mencionar las deseables.

Por cierto, me ha sorprendido no poco el hecho de que, en el corazón de esta Europa normalizada, Austria sea un país tan permisivo con el tabaco: en todos los bares y restaurantes está permitido fumar y, a lo sumo, algunos de ellos tienen una zona para no fumadores. Nunca lo habría imaginado de nación tan avanzada; aunque… ¿lo es realmente? Mi primera impresión de Austria, diez días atrás, al cruzar desde Italia, fue la de que estaba por delante de Alemania; y tal vez así sea en su zona frontera con ambos países, la mitad occidental, en plenos Alpes. Pero en esta región junto a Chequia y Eslovaquia en cuanto se rasca un poco salta el esmalte y se advierte el país del este. Así me lo ha parecido, al menos, en Viena. No es imposible que estas diferencias entre el este y el oeste que yo percibo hoy sean aún la herencia de la ocupación soviética de Austria oriental tras la SGM o quizá -¿quién sabe?- de la mayor influencia que aquí tuvo el imperio Austro-Húngaro (frente al previo Romano-Germánico, centrado más al oeste). ¿Estaba, después de todo, en lo cierto Hitler cuando predicaba que Austria occidental debería ser parte de Alemania? Pero también es posible -o incluso probable- que no existan tales diferencias más que en mi percepción, o que -de ser ciertas- se deban a razones climáticas antes que sociales.

Después de pasar la noche en Langschlag, Viena ha sido mi siguiente etapa. La ciudad de los sueños y de la música, o de los cuatro poderes, como también se la llamó, escenario del inolvidable e irrepetible film El tercer hombre. Y aunque durante todo el camino hacia aquí no podía dejar de tararear la excelente canción de Falco, Rock me Amadeus, lo cierto es que Mozart no era austriaco (no podía haberlo sido, ya que Austria ni tan siquiera existía por aquella época), sino del Sacro Imperio Romano (del cual suele decirse que ni fue sagrado, ni era imperio, ni mucho menos romano); y su padre (el de Mozart, se entiende) era de Augsburgo, que he visitado unos días atrás. O sea, un alemanote.

En fin, no voy a meterme ahora a historiador. Zapatero, a tus zapatos. De hecho, y especialmente en Viena, ciudad monumental, artística e histórica donde las haya, me doy cuenta de lo mucho que dejo de entender y de las limitaciones que este desconocimiento impone a mi visita. Pero quien no lo ha hecho a su edad, de universitario, o acaso un poco más tarde, no puede (es un decir) a mis años ponerse a estudiar historia, disciplina que requiere toda una vida de dedicación. Así que paseo por las calles del casco antiguo un poco a ciegas, mirando pero sin ver, viendo pero sin comprender; y, perdida la componente cognitiva, sólo me queda la emotiva; pero aquí es donde Viena hace agua (por no decir que quien la hace soy yo): y es que sus edificios y monumentos, por mucho mérito y significado que tengan, no pueden sorprender demasiado -desde un punto de vista estético- a cualquier español que se haya dado una vuelta por su propio país. Es lo malo que tiene el mucho viajar: que se pierde la capacidad para sorprenderse con los lugares nuevos.

Y como no es cosa de poner aquí una galería de imágenes de Viena, voy a subir sólo lo que más llamativo me ha resultado, por la fuerza que transmite tanto su composición como las caras de sus personajes. Se trata de la fuente Die macht zur See (“El poder en el mar”), que al parecer se esculpió para simbolizar el poderío naval austriaco. Representa a una mujer joven (Austria) en una nave dominando a los poderes marinos.

El poder en el mar. Palacio de Hofburg. Viena.

El poder en el mar. Palacio de Hofburg. Viena.

Son de ver la extraordinaria expresión iracunda del dios Neptuno y el miedo reflejado en el rostro del anfibio al que parece estar sometiendo.

neptuno

anfibio

Mas no todo es gloria y esplendor en Viena, que también tiene su acento de ciudad este-europea: los viejos tranvías, a veces cochambrosos; el extrarradio de anchas avenidas flanqueadas por feos y uniformes edificios de cemento; las calles mal pavimentadas, llenas de baches y charcos, la mucha presencia policial y otros detalles más sutiles que a qiuen no haya vivido nunca en esta parte de Europa le costaría trabajo apreciar, como por ejemplo el estilo de conducir o el carácter arisco y peleón de cierta abundante clase social.

En una nota más desenfadada, y para alegrar la vista, he aquí una camioneta que pasea las calles de Viena sugiriendo un promisorio cargamento. Si alguno de mis amigos me dice que nunca ha soñado con algo así me costaría trabajo creerlo.

Seamos sinceros, muchachos: ¿quién no ha soñado nunca con algo por el estilo?

Seamos sinceros, muchachos: ¿quién no ha soñado nunca con algo por el estilo?

No es un mal colofón para este capítulo. En total, tres días en Viena. La goma trasera de la moto estaba ya muy gastada (14000 km) y he tenido que cambiarla aquí, pese al precio algo abusivo. Por cierto, nada más ponerla he notado la diferencia con la original: este Michelín Pilot se pega mucho mejor al asfalto que el Continental que traía de serie; ¡dónde va a parar! De hecho, lo que yo pensaba era un punto flaco de la F800GT (me culeaba con facilidad en las curvas) ha resultado ser sólo un problema del neumático. Siempre es una buena noticia.

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La buena tierra

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Decía un par de capítulos atrás que Alemania era un país aburrido, pero qué duda cabe de que no necesariamente ha de serlo. De hecho, una vez recargadas las pilas gracias a mi larga estancia en Bamberg, el día que finalmente continúo viaje me ha salido una de las rutas más amenas que haya podido hacer por este país: primero hacia el sudeste por la 470, una carretera encantadora, llena de curvas (sobre todo a partir de Wiesenttal) y de armoniosos y geológicamente peculiares paisajes.

Tuchersfeld ha sido, tal vez, el pueblo de entorno más singular que he encontrado por el camino, con sus hermosas y tradicionales casas embutidas entre unas peculiares formaciones rocosas que le dan una personalidad característica.

El peculiar entorno rocoso de Tuchersfeld

El peculiar entorno rocoso de Tuchersfeld.

Ahí, y tras subir a lo alto de la roca que se ve en la foto por un sendero más difícil y largo de lo que parece, he aprovechado la parada para tomarme una cerveza y pedir algo de almuerzo.

Después, con el mismo rumbo SE y siempre por carreteras secundarias (bastante aceptables para la moto), he continuado hasta que, con el sol empezando ya un poco a declinar, un pequeño letrero junto al arcén me ha guiado hasta un acogedor hotel (Panorama am See) en el pequeño pueblo de Gütenland, que supongo significa buena tierra.

Buena tierra, fértil tierra.

Buena tierra, fértil tierra.

Y en verdad que lo es, sobre todo a la luz de este maravilloso y templado atardecer, con sus graneros y cuidadas casas sobre una colina junto al embalse de Eixendorfer, el trigo resplandeciente bajo los rayos del sol, ciervos y gansos en una granja vecina…

En una granga de Gutenland.

En una granja de Gutenland.

Pese a lo pequeño y escondido del lugar hay bastantes clientes en la terraza, muy bien ubicada, del restaurante. Pido una ensalada con trozos de carne de ciervo y media botella de vino del país, blanco. Regalándome con la vista del embalse saboreo cada bocado del plato, muy bien cocinado, y cada sorbo del vino.

Vista desde la terraza-comedor del hotel Panorama am See

Vista desde la terraza-comedor del hotel Panorama am See

Por último, bien satisfecho el apetito, y por considerar que el caminar es un complemento casi obligatorio para el viajero motorizado, me he dado un largo paseo por las aldeas vecinas: Seebarn, Haslarn y Stetten. Y este paseo me inspira unos pensamientos del mismo género, tal vez, que los que exponía hace dos capítulos: siendo las casas de los pueblos alemanes todas preciosas, rodeadas por su linda parcela de césped y arbolitos, impecablemente limpias, con su jardín bien cuidado, sus bonitos quitaluces de madera, sus ventanas con visillos de encaje, sus arriates florecidos, sus cercados de tablas bien pintadas y una humeante chimenea, como esas casitas con las que jugábamos en nuestra infancia o las que recortábamos y pegábamos en manualidades, casas de ensueño, de fábula; siendo, por otra parte, toscas y pobres las de los pueblos mediterráneos, irregulares y dispares, con sus pequeños ventanucos abriéndose sobre las paredes medio desconchadas, sin jardín, carcomida la carpintería de sus fachadas, con piedras sujetando las tejas del alero o uralitas haciendo parche, sin árboles y con veinte otros defectos, tienen en cambio estos pueblos de España, Italia o Francia, de calles estrechas, arcos, pasadizos y misteriosos rincones, tienen un encanto y un duende que a los germánicos les falta. Quizá cada casa, considerada por separado, sea por término medio más bonita aquí que allí, pero el conjunto de allá resulta bastante más atractivo que este. O, al menos, así me lo parece. ¿Estamos de nuevo ante una paradoja, en este caso estética, de la perfección?

La mala hierba puede ser, por contraste, la más hermosa.

La mala hierba puede ser, por contraste, la más hermosa.

 

* * *

Y ya es otro día. Como estoy dirigiéndome de nuevo hacia Austria, continúo el mismo rumbo sureste de ayer, escogiendo las carreteras más alejadas del mundanal ruido, que son las más cercanas a la frontera checa y que pasan por pueblos perdidos como Waldmunchen, Lohberghunte, Frauenau, Freyung y, por último, Breitenberg, casi en la misma frontera. Todo son bosques aquí, en esta región de Alemania; enormes extensiones de floresta frondosa y umbría. Algún ignorante conozco yo que desprecia los bosques europeos porque son -según él- replantados. La ignorancia es atrevida, decía con frecuencia mi abuela.

La tormenta se ha venido de repente, casi con susto de sí misma. Cierto es que la tarde ha ido poblando de nubes el cielo hasta dejarlo por último cubierto, pero no oscuro ni amenazador. La cena en el gaststätte Pension Jagdhof (muy rica; ¿quién dice que los alemanes no tienen cocina?; de nuevo esa ignorancia) ha sido en el patio trasero, al aire libre, y aún he tenido tiempo para darme un atrevido paseo cruzando por medio de un pequeño bosquecillo, silencioso, húmedo y oscuro (tanto que, al salir, la luz de la tarde me ciega la vista) que iba a parar cerca del caserío de Ungarsteig.

Regreso, ya por la carretera, a la habitación del gaststätte. Empieza a hacerse de noche mientras preparo algunas cosas y, de pronto, oigo un rumor de algo intangible que se acerca. Salgo al balcón justo a tiempo para ver cómo el repentino golpe de viento, como el soplido de un dios, barre la calle y abate con fuerza árboles y arbustos. Ha pasado como en las películas nos cuentan que pasan los fantasmas: invisible, mas dejando tras sí un vacío que hiela las entrañas. Inmediatamente después, apenas a unos segundos, llega la tromba de agua, avanzando cuesta abajo como una cortina, y ya todo es diluvio. Llueve con fuerza, con rabia, a cántaros, en intensas rachas que dibujan latigazos de agua sobre el pavimento; espectacular. ¡Y casi no se ha escuchado ni un trueno! Yo miro embobado tras los cristales. Al fin amaina y queda una llovizna intermitente que aún persiste cuando, ya en la cama, el sueño me lleva consigo.

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El confín de Álava

En el último capítulo de la serie Vasconia en dos ruedas castigué al lector con una soporífera ración de historia, y hoy quiero regalarlo con un episodio más pictórico y digerible: vamos a viajar en moto por una de las rutas paisajísticamente más hermosas y variadas de Vascongadas hasta el mismísimo confín de Álava, a su rincón más escondido, olvidado y remoto. Buscando el ocaso, pasaremos por la singular Añana y el plácido Espejo, llegaremos hasta Bóveda, allende las tierras de Burgos, y aún recorreremos unos quilómetros más para pisar el límite provincial, “donde da la vuelta el aire”.

¿Preparados?

El día está medio nublado, pero no lluvioso, y la temperatura es agradable. Salgo con Rosaura del centro de Vitoria en dirección Madrid y a los pocos quilómetros, en Nanclares, me aparto de la autovía por una carretera que esconde sorprendentes parajes y hermosos pueblos, de los cuales el menos desconocido es quizá Añana, por su peculiar (y casi único en España) valle salado, de cuyos acuíferos subterráneos, que atraviesan sedimentos salinos, afloran a la superficie salmueras (¡de 240 gramos por litro!) que durante más de mil años, y hasta época muy reciente, se han explotado para extraer su “oro blanco” por evaporación. Junto al pueblo, miles de plataformas o eras, canales, pozos y almacenes conforman el singular paisaje de este valle, si bien el cese de toda explotación a mediados del siglo pasado ha supuesto el rápido deterioro de las maderas y estructuras.

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Valle salado de Añana

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Detalle de las salinas, en proceso de recuperación.

Añana, topónimo de puro origen romano (que ahora quieren euskaldunizar por decreto anteponiéndole la palabra gesaltza, salina en vascuence), es una de las poblaciones más antiguas de Álava, que floreció gracias al mercadeo de la sal, un condimento de gran valor durante toda la edad media; y fue localidad castellana desde sus orígenes hasta el s. XVII, en que se incorporó administrativamente a la provincia de Álava; dato que tal vez deberían tener presente quienes reclaman independencia para el País Vasco por razones históricas (con frecuencia, como es el caso, más imaginarias que reales).

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Añana desde la peña rocosa que la domina. Al fondo, los montes del confín de Álava.

Pero no han sido las salinas –por elevado que sea su valor etnográfico– lo que más me ha cautivado de este bonito pueblo, sino su entorno de pastos y arboledas, el caprichoso trazado de sus estrellas y pinas calles y, sobre todo, el romántico abandono de uno de sus más notables edificios, el palacio de los Zambrana-Herrán.

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Palacio de los Zambrana-Herrán, medio abandonado tras los muros de su huerto.

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Los tristes balcones del palacio, soñando con su juventud.

Son estas viejas construcciones de la añosa geografía rural española las que me invitan a la ensoñación y alimentan mi espíritu nostálgico, mi fantasía romántica, siempre mirando hacia atrás, hacia lo antiguo y pretérito. Tiene para mí el pasado un atractivo irresistible. El pasado digo, que no la historia.

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Armoniosas y cuidadas calles de Añana.

En cuanto al entorno del pueblo, si bien se mira, lo menos bonito son precisamente las salinas. Lo mejor es el campo, las peñas, la arboleda.

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Una franja de la carretera engullida por el paisaje.

Y por esa carretera que se pierde en el paisaje voy a seguir.

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La carretera hacia Castilla se zambulle en el paisaje.

Tras explorar a fondo Añana y sus alrededoes, continúo con la moto hasta Espejo, otro pueblo entrañable y encantador por su pequeñez, por el aire tradicional y el genuino sabor a viejo de sus casas, por la pequeña y anacrónica taberna, increíblemente estancada en el tiempo, que hay junto a la carretera, donde resulta imposible no detenerse a beber un chato de vino junto a los vecinos, ya entrados en años. En las paredes lucen antiguas fotografías y letreros enmarcados dignos de un museo.

fotografia

La Copa del Generalísimo 1954-1955. Toda una joya.

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Espejo. Hay una magia especial en la luz tras los cristales, un día gris y otoñal.

Not many things I enjoy so much as these outings back in time, that make me revive the days of my childhood, those bars in my home village with their wooden counters, the damp-dented walls, the old men playing cards on some wine-stained, vintaged table cloth…

Tomando un vino en el bar de Espejo.

Drinking a wine at Espejo’s bar.

But the best of this day is yet to come, when the road goes deeper into a groves landscape that brings forward to the eye the whole palette of autumn colours.

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Palette of autumn colours.

We’re here between Castile and Basque country, the latter shaping a kind of peninsula inside the former, whose limits we cross two times. Formally, the last villages along this valley are Basque, but this is no Basque at all.

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Tobillas village (Basque), under the pine woods and ridge bordering with Burgos province (Castile).

But before the hillock that makes the last geographical boundary, where Álava finally ends, we still find Bóveda, a village almost impeccable in its harmony with the country if it weren’t spoiled by some nonsensical, whimsical modern constructions.

 

Only five kilometres further, after crossing some quite peculiar rocky moorlands, the Basque country officially ends; from there on it’s Castile. This is the true outermost Álava, its remotest and most forgotten part. This is puerto de La Horca (Gallows pass), where the wind turns round.

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La soledad del giróvago

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Por mucho que sea patrimonio de la humanidad -y muy merecido que se lo tenga-, mi interés en Bamberg esta vez se centraba en encontrarme con un viejo amigo. Ya hice la visita turística en su día, años atrás, y saqué del centro histórico las típicas fotos, siempre mucho peores que las que pueda encontrar uno por internet o en las postales, de modo que no voy a subirlas aquí. Si acaso, una, para ilustrar el capítulo.

El viejo ayuntamiento.

Altes Rathaus, el viejo ayuntamiento de Bamberg.

Pero, como digo, he venido para reencontrar ni más ni menos que a Phil Marty, from Escalon, California, como a él le gusta decir; y este capítulo se lo dedico. La historia de cómo nos conocimos, que a Phil le encanta relatar en su estilo combativo (obsesionado como está con una imaginaria rivalidad USA vs Europa), daría para muchas páginas y no es cosa de contarla aquí. Baste decir que fue con ocasión del viaje quizá más épico de mi vida, cuando recorrí durante cinco meses, a dedo, las cuatro esquinas del continente norteamericano; viaje que, si Dios me da vida y ganas, espero escribir algún día.

En esta ocasión, después de varias semanas en la moto, me apetecía ya hacer una parada larga, tomarme unas pequeñas vacaciones en este duro oficio que es andar errante, dar un respiro a mi soledad y hablar con alguien hasta cansarme. Contar mis peripecias y escuchar las ajenas, intercambiar opiniones y emociones, olvidarme de la carretera, salir a comer y a beber en compañía, dejarme llevar, no tomar decisiones y, sobre todo, sentir el afecto de alguien y poder entregar el mío. Sin que esto suponga -extremo importantísimo para Phil- mariconadas de ningún tipo; ni siquiera unas pajillas, que habría propuesto Torrente.

Y aquí va esta foto de uno de esos momentos, compartiendo buenas y típicas viandas alemanas: bratwurstkartofelsalad y kellerbier. Aunque no imagino qué interés puede tener para el ocasional lector de estos capítulos, Phil me ha asegurado que, con sólo poner una foto suya, las lecturas a mi blog se extenderán y multiplicarán como un virus. Si él lo dice, ha de ser cierto.

Comer y beber en compañía del mismísimo Phl Marty.

Comer y beber en compañía del mismísimo Phl Marty.

He aprovechado, de paso, para llevar mi moto a la casa BMW en Bamberg, porque un ruido raro en el tren trasero está dándome la lata desde hace dos mil quilómetros, pero, como es natural, el ruido no ha dado la cara cuando ha estado en manos del mecánico.(Puedes leer aquí mi opinión y crítica a fondo sobre la F800GT.)

De este modo, entre charlas, breves excursiones, cervezas y comidas, lo que iban a ser tres o cuatro días de descanso se convirtieron en una semana larga. Mucho me ha ayudado la buena compañía y, si no para encontrar respuesta a las difíciles preguntas existenciales de un giróvago sin destino, siempre se saca algo en claro, y positivo, de observar las pautas de conducta y conversar con quien tiene firmes -aunque erróneas- convicciones. Ha sido una buena terapia, mi particular descanso del guerrero, que me ha dejado en forma para afrontar las próximas semanas. El ser humano, salvo casos patológicos, necesita compañía. De aquí talvez el principal dilema del trotamundos: sin soledad no hay verdadero viaje, pero sin compartir no hay verdadero disfrute.

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¿Es aburrido el orden?

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Austria y Alemania tienen tan asumida su identidad común que, para señalar el tránsito de una administración a la otra en la frontera, no hay más que un pequeño letrero (bajo la circunferencia estrellada sobre fondo azul) que pasa casi inadvertido. Pero si socialmente son naciones casi coincidentes (al menos en esta parte del Tirol) no ocurre así con el país (dicho sea en su sentido más próximo a pays, “tierra” en francés), porque Alemania supone el final de los Alpes y el comienzo del aburrimiento.

Y digo aburrimiento no sólo desde un punto de vista paisajístico (de nuevo la raíz francesa pays), sino también en lo que a experiencia de viaje se refiere. Aunque no es la primera vez que estoy en Alemania, ahora he entendido -por fin- a lo que un amigo mío (californiano él, pero forzado a vivir en Baviera a meses alternos) se refiere cuando me dice siempre: Oh!, Germany is a booooring country. Cualidad esta, la de aburrido, que adquiere de su propio perfeccionismo: todo funciona tan ajustado a como se espera y la gente se conduce tan como debe, que no hay lugar para las sorpresas. Alemania es, por decirlo de algún modo, un país muy predecible; y, por ende, social, urbanística y ruralmente homogéneo. Sus carreteras son casi perfectas, como lo es el cuidado de sus bosques y de sus pastos, la señalización vial (incluyendo los en tramos de obras), sus edificios, sus casas, su organización, el comportamiento de sus ciudadanos, el transporte público… Cada ruta es igual que su posible alternativa, cada pueblo igual que el anterior o el siguiente, cada casa igual que la vecina: todas preciosas, pero no más que variaciones sobre uno o dos modelos.

Ingenioso sistema para el aire comprimido, a encontrar en todas las gasolineras alemanas.

Ingenioso sistema de aire comprimido en las gasolineras alemanas.

Estoy -lo reconozco- exagerando un poco, pero hay bastante de cierto en este cliché. Y no quiero con él decir, ni mucho menos, que no me guste Alemania; antes al contrario: lo considero uno de los mejores países europeos donde vivir, por variadas e importantes razones; pero a la hora de viajar es, en más de un sentido, plano.

Tiene, por tanto, muy poco interés recordar o describir la ruta (por otra parte fácilmente imaginable) por la que me he aproximado desde Mittenwald a Bamberg. No por Munich, desde luego, pues nada me interesan las ciudades grandes en este viaje, sino por Augsburgo, la ciudad que al norte de los Alpes fundaron Druso y Tiberio como Augusta Vindelicorum por encargo del emperador Augusto en el año 15 a.C.

Estatua y fuente del emperador Augusto, junto al Ayuntamiento de la ciudad.

Fuente bajo la estatua del Augusto, frente al edificio del Ayuntamiento.

Augsburgo gozó un temprano desarrollo por su excelente situación militar y económica en la intersección de importantes rutas comerciales, y en la baja edad media fue ciudad imperial libre durante más de cinco siglos. Hoy en día su principal importancia es quizá la universidad.

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Fuente de Mercurio (una alegoría de la importancia de Augsburgo como centro comercial) junto al simbólico edificio Das Weberhaus.

Weberhaus (weber = tejer), el único edificio que me inspiró una foto, era la casa del gremio de los tejedores en Augsburgo, punto focal del comercio textil medieval en esta ciudad. El edificio original, de piedra y madera, se erigió a finales del s. XIV, pero el actual es ya, por avatares de la historia, la segunda o tercera reconstrucción.

Como nota al margen, tengo apuntado en mi cuaderno lo curioso que resulta el hecho de que, en un país que parece tan alejado de la religión como Alemania, donde las iglesias se ven melancólicamente desiertas, haya en cada habitación de cada hotel un ejemplar del Nuevo Testamento, cuando en España o en Polonia, donde la religión resiste todavía los embates del agnosticismo, no hay ni ha habido nunca tal costumbre. Igual es sólo una cuestión económica. Pero más curioso resulta aún ese dato si se tiene en cuenta que casi el setenta por ciento de la población en Baviera se declara, aunque no practicante, católica. ¿Por qué entonces el Nuevo Testamento y no la Biblia? Ahí queda esta reflexión.

Pero no puedo cerrar este capítulo sin relatar un detalle significativo del carácter alemán arriba apuntado, tan ordenado y respetuoso. Pasando yo la noche en Augsburgo, se jugaba uno de los más importantes partidos de la Copa del Mundo 2014, seguida muy de cerca y con gran fervor por la afición alemana; y, como quiera que el restultado del partido les fue favorable, al acabar el encuentro se formó en la calle el acostumbrado alboroto. Como mi habitación daba a una de las principales avenidas, me resigné a una noche de ruidos, gritos, himnos, acelerones, bocinas y otras demostraciones de entusiasmo, que se dieron. Sin embargo, muy al contrario de lo que habría ocurrido en España, a las once de la noche todo ruido cesó, los forofos plegaron sus banderas y se fueron pacíficamente a sus casas, quedando la calle, para mi sorpresa y alegría, en perfecto silencio.

Estas son, quizá, las dos caras de la naturaleza respetuosa y ordenada de los alemanes: deseable por una parte pero aburrida por la otra. ¿Cuál es tu preferida?

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Una instantánea de Austria (y un consejo viajero)

 

A la mañana del tercer día dejo Bormio y, tras superar por segunda vez las ochenta y seis curvas del puerto Stelvio, unos últimos quilómetros por tierra italiana me llevan hasta Austria, un país que no tardará en cautivarme: es avanzado, civilizado, pero al mismo tiempo con mucho encanto rural. Tiene buenas carreteras, cuidado urbanismo, la gente es educada y amable, y supera a Alemania con creces en el porcentaje de habitantes que pueden mantener una conversación en inglés; lo que no es de extrañar si tenemos en cuenta que su economía (una de las diez más ricas del mundo en renta per cápita) se basa, antes que en la industria o la agricultura, en el turismo internacional; sin que esto implique -por otra parte- renunciar al atractivo de su naturaleza y sus áreas menos urbanizadas. Algo que en España parecemos no haber entendido aún, como si lo moderno estuviese reñido con el agro.

Y, desde luego, Austria es paisajísticamente irreprochable, ocupando los Alpes el setenta por ciento de su territorio. Estoy en el Tirol, la zona alpina bilingüe que abarca una región italiana y otra de Austria. Por eso, tratándose de una unidad tradicional, al cruzar la frontera por aquí los contrastes en paisaje y costumbres no son bruscos; en realidad, apenas perceptibles.

Hace un día soleado, con temperaturas muy agradables, ideales para la moto. Se puede conducir con el tres cuartos sin forro interior, que es, para mi gusto, la combinación óptima: protegido de caídas pero sin estorbos ni incómodos calores.

Almuerzo en un gasthof de carretera, de esos que tantísimo abundan en Alemania y Austria. Excelentes lugares para una parada gastronómica: casi siempre decorados en madera, suelen resultar muy acogedores; sus menús son sencillos y fáciles de descifrar para un extranjero, los platos sabrosos y abundantes, buena cerveza de elaboración casi siempre casera (kellerbier); negocios que entienden muy bien al turismo, son moderados en precios y saben tratar al viajero.

Me siento en una mesa fuera, al sol, y ¡voto a Dios!, que sin el airecillo de la moto hace calor, incluso en mangas de camisa. Una bella y tímida camarera vestida de tirolesa me atiende. En otra mesa cercana, una francachela de moteros bávaros bromea con ella y la hacen ruborizarse de vez en cuando, pero la joven no pierde su sonrisa ni su aplomo. No entiendo lo que dicen, mas no advierto malicia en sus comentarios; quizá sólo picardía. Hay buen ambiente y los clientes, aunque desconocidos, se hablan de unas mesas a otras. Aún habrá quien diga que esa extroversión es patrimoinio exclusivo del carácter español…

Yo despacho mi almuerzo con una kartoffelsalat (ensaladilla de patata, uno de mis platos alemanes favoritos), una birra y un helado, y al acabar continúo mi camino, saludando a y saludado por los demás clientes.

Para buscar alojamiento esa tarde me aparto unos quilómetros de la ruta principal y, en un idílico pueblo llamado Ehrwald, digno de una viñeta de Heidi (la casa de cuyo abuelo, el Viejo de la Montaña, se situaba muy cerca de aquí), encuentro una variedad de hoteles y B&Bs. Escojo uno al azar y me recibe un matrimonio de mi edad, muy amables ambos. El hombre está ávido de conversación y nos enzarzamos en una larga charla. Como, por otra parte, soy el único huésped hoy, se permite invitarme a un paseo por la montaña, mostrándome el camino más bonito de los alrededores. Tras una subida considerable se disfruta de una vista como un paisaje de cuadro, todo verdor en distintos tonos: verde radiante abajo en el valle, moteado por los rojos tejados de las casas y las manchas canela de las vacas entre el pasto; verde ocre en las medias laderas, cubiertas de pinares e iluminadas por el sol que declina; verde oscuro, metálico, en las umbrías; y sólo las nevadas cimas rocosas, desprovistas de vegetación y envueltas en ligera calima, aparecen de un gris azulado.

Esta vez sólo me quedaré una noche en Austria, pues voy cruzando el país de sur a norte por su parte más estrecha y no da mucho de sí, pero la primera experiencia es tan positiva que me prometo regresar un poco más adelante. Así que a la mañana siguiente, tras apurar el variado desayuno que me ofrecen mis anfitriones y despedirme amistosamente de ellos, subo a horcajadas de Rosaura y continúo viaje hacia el norte.

* * *

Y como no hay foto de esta etapa (porque Italia opaca todas las impresiones) voy a compartir con quienes el azar lleve hasta esta página un pequeño consejo viajero que ojalá les sea de utilidad alguna vez.

Es muy probable que, pasando la noche en un hotel y andando escasos de equipaje, os hayáis visto en alguna ocasión en la necesidad de lavar a mano, en el lavabo, una prenda de vestir y os hayáis encontrado luego con el problema de que no tenéis tiempo para que se seque.

Pues bien, he aquí un sencillo modo de acelerar notablemente el secado, usando la misma toalla del hotel con la que te has duchado, que estará algo húmeda pero no mojada.

Primero extiendes la prenda sobre la toalla, así:

camiseta1

Luego, según lo que te sobre de toalla sobre el tamaño de la prenda, pliegas aquélla sobre ésta, de este modo:

camiseta2

Después la enrollas sobre sí misma como si fuera un canelón:

camiseta3

Y, por último, le “das garrote” al rollito y aprietas con todas tus fuerzas durante diez o quince segundos (cuidado: si eres muy forzudo y la toalla está medio vieja puedes romperla, pero lo más probable es que no lo seas, y tengas que ayudarte de otra persona o, si estás solo, sujetando un extremo del “canelón” entre las rodillas):

camiseta4

De este modo, cuando deshagas el rollo, la mayor parte de la humedad que había en la prenda habrá pasado a la toalla.

Yo utilizo este método a diario, y con excelentes resultados. Dependiendo de los tejidos, a veces saco la prenda casi seca. Si tienes mucha prisa y hay un secador de pelo en la habitación, puedes acabar de secarla con él, pero es un derroche de energía. También, para ser lo más respetuoso posible con el medio ambiente, prefiero emplear la toalla con la que me he duchado, puesto que, habiendo sido usada, el hotel va a lavarla de todas formas. Pero esto son ya mis manías de ecologista extremo. Seguro que tu caso es diferente.

¡Ah! Todo esto suponiendo, claro, que no te importan las arrugas que quedarán en la ropa…

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Stelvio y cierra Italia

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Por pura casualidad, sin conocer nada de esta zona ni haber oído hablar nunca antes del Stelvio, va a salirme una de las etapas más moteras del viaje, a lo largo de una ruta (de Cernobbio a Bormio), frecuentada por miles de motociclistas cada día; al menos en verano.

Estas carreteras alpinas se prestan, desde luego, a la conducción en moto; invitan a la diversión total y a sacarles el máximo partido a nuestras máquinas; de modo que a nadie puede extrañar que el tráfico en dos ruedas sea incesante, apabullante, casi excesivo. Moteros del más variado pelaje (sport, touring, off-road, custom, naked, scooters e incluso ciclomoteros) convergen en los Alpes, desde los cuatro rumbos de Europa, para darse cita final -entre otros- en el concurridísimo puerto del Stelvio.

¡Ahí está el tío Pablo!

¡Ahí está el tío Pablo, todo sonriente, él!

Pero no sólo ellos vienen aquí, sino también otros caprichosos conductores al volante, por ejemplo, de viejos coches de coleccionista, de deportivos diseño exclusivo e incluso de fórmula dos. Toda una fauna del caucho y el motor se junta en estas alpinas alturas, cercanas a los 3000 m, para hacer las ochenta y seis curvas de horquilla de este -ahora lo sé- famoso paso y merecer así la correspondiente pegatina; además, claro está, para echar el día, hacerse la foto, almorzar en alguno de los restaurantes o tomarse un hot dog en el popular stand junto al arcén.

En lo que a mí respecta, llego -como siempre- sin saber de rutas moteras ni sitios conocidos, decidiendo casi en cada cruce qué dirección tomar. No me trae aquí la popularidad del Passo, que antes ignoraba, sino la búsqueda de un itinerario que me lleve hacia el sur de Alemania sin tener que pasar por Suiza, porque no me apetece cambiar francos ni pagar peajes. Y es que en este rodar mío sin sentido, en esta romería hacia ninguna parte, hay no obstante un cierto rumbo incierto y algunos -muy pocos- lugares donde quiero recalar. Uno de ellos es Bamberg, en Babaria, donde un amigo me espera con los brazos abiertos.

Desde Cernobbio, he bordeado el lago Como por su orilla oeste y, girando luego hacia oriente, he venido por Sondrio y Tirano hasta Bormio, a donde llego a primera hora de la tarde. Y, como me gusta el pueblo, decido pasar aquí la noche. Hallo, con sorpresa, que algunos de los albergos y hospedajes, aunque abiertos, tienen sus puertas cerradas. ¿Se toman los italianos la siesta tan en serio como los españoles? En los hoteles más caros hay, por supuesto, alguien en recepción las 24 h del día, pero prefiero mantenerme en un presupuesto moderado; así que tras dar algunas vueltas encuentro un alojamiento a mi entera satisfacción (Meublè Dante): la señora es amable, el precio asequible y la habitación, cómoda y coqueta, tiene una vista magnífica a la plaza y a las montañas.

Torre campanario y tejados de Bormio junto a las cimas alpinas.

Torre campanario y tejados de Bormio junto a las cimas alpinas.

De hecho, lo encuentro tan agradable que, en el acto, decido quedarme dos noches en lugar de una y aprovechar la estancia para visitar con espacio el pueblo y hacer algún circuito no muy largo, con la moto, al día siguiente por los alrededores.

Así es como, preguntando a los lugareños, me entero de la existencia del puerto Stelvio y otros cercanos por donde salvar las cumbes más altas hacia la vertiente norte alpina. Mas, por hoy, 160 km de carretera han sido suficientes. El resto del día es para mí, para mover las piernas y adentrarme en las pinas calles de Bormio, fotografiar los bellos y antiguos frescos de sus fachadas -tan típicos en Italia-, pasar bajo los arcos de sus callejones, asombrarme con la imponente proximidad de las nevadas montañas y, cómo no, tomarme por ahí una cerveza.

Arcos, un elemento frecuente en la arquitectura urbana de Italia.

Arcos, un elemento frecuente en la arquitectura urbana de Italia.

Artísticos frescos en cualquier fachada. Algo muy corriente aquí.

Artísticos frescos en cualquier fachada. Algo muy corriente aquí.

¡Qué gran verdad!

¡Qué gran verdad!

Ahora, eso sí: esta gente a las nueve y media de la noche ya tienen todo cerrado, pese a que no falta el turismo. Más aún: como aquí no hay tiendas de los chinos ni nada que haga las veces, a partir de las cinco o seis, hora en que cierran los comercios, no hay forma de comprar nada; y si se descuida uno es fácil quedarse sin cenar. Como, de hecho, ha sido el caso.

La regenta del hotel me ha dicho que, para cruzar las montañas hacia Austria, es más bonito ir por Stelvio (el paso italiano) que por Santa Maria (el suizo), pero yo, atribuyendo esta opinión a un natural sentido patrio, he preferido comprobarlo por mí mismo. Así que a la mañana siguiente cojo a Rosaura (¡sin maletas!) y hago una ruta circular que disfruto como un crío. Desde Bormio a Prato Alto Stelvio, luego a Sluderno y, desde allí, regresar por Suiza, donde en Santa Maria Val Mustair sale a la izquierda una carretera estrecha y poco frecuentada que viene a desembocar, de nuevo, cerca de Bormio.

Pues bien: he de decir que, con patriotismo o sin él, la mujer tenía razón. No sólo Stelvio es bastante más bonito sino que, además, la carretera italiana está en mejor estado que la suiza. Se conoce que la riqueza que políticos, evasores de impuestos y otros estafadores del resto de Europa traen a Suiza en forma de depósitos bancarios no la emplea este gobierno para mejorar el pavimento.

El ambiente en Passo dello Stelvio ha quedado ya descrito: una verdadera exposición de motos y pirados de todas clases. Quizá la nota más curiosa del día la puso un grupo de cinco alemanes que conducían viejas Vespas con equipaje y todo.

Cinco moteros alemanes haciendo turismo en Vespa.

Cinco moteros alemanes haciendo turismo en Vespa.

El puerto del Stelvio, una permanente exposición de motos.

El puerto del Stelvio, una permanente exposición de motos.

Contadas cuidadosamente una a una, para salvar el puerto de valle a valle hay que tomar -como ya he dicho- nada más y nada menos que ochenta y seis curvas de horquilla, una tras otra, casi ininterrumpidas. Según he entendido, algunos grupitos de moteros van cronometrándose tiempos, pero con el tráfico que hay no veo cómo los resultados puedan ser significativos.

Bajada desde Stelvio hacia la vertiente norte.

Bajada desde Stelvio hacia la vertiente norte.

¡Y hace rasca en estas alturas! Son cumbres de nieves perpetuas y, pese a ser pleno mes de julio y brillar un sol magnífico, el frío hace mella y es cosa de abrigarse bien.

El otro puerto, cruzando por Suiza, es bastante menos popular e innegablemente más soso. Me ha llamado la atención, por cierto, que pese a no pertenecer Suiza a la UE las fronteras estén por aquí tan poco vigiladas. La que he cruzado por el norte, junto a Tubre, tiene un puesto de control desierto; pero la del sur (la que viene a desembocar cerca de Bormio) no tiene ni una mala garita; tan sólo una olvidada y roñosa barrera levadiza, más testimonial que otra cosa.

Y esto ha sido Italia, de momento. Una experiencia única y sorprendente. Una mezcla de lo moderno con lo antiguo, de lugares anclados en el pasado con otros de vanguardia, de anacronismos con futurismos, de valores tradicionales con otros contemporáneos. Un país artística, cultural y socialmente muy rico.

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Tormenta

 

El cielo amenaza lluvia desde poco después del mediodía y a nadie puedo culpar salvo a mí mismo por el remojón.

Pero no adelantemos acontecimientos.

Salgo de Chiomonte (donde he pasado la noche) sin prisa alguna por dejar atrás el Piamonte, esa región tan auténtica y original de Italia. Valle abajo del Dora -al que Google, testarudamente, se resiste a poner nombre en sus mapas- la carretera es estupenda para un motociclista y los paisajes espléndidos para cualquier viajero. Sólo un factor puede echar a perder -y en cierto modo lo hace- la conducción por esta parte de Italia: los conductores. Hace tiempo, un italiano al que conocí en Polonia  me dijo que, en su país, el coche venía a ser una prolongación del pene, cuando no un verdadero sustituto. Y mucho me estoy acordando de ese comentario al conducir por estas carreteras, si bien he de dejar constancia de una imprecisión: esa conducción estúpida e innecesariamente agresiva no se limita al sexo convexo, sino que vale también para el cóncavo. En cualquier caso, quiero escribirlo bien claro y remarcarlo en negrita: los italianos al volante son unos gilipollas (en general, claro). Hacen toda clase de piruetas, siendo sus favoritas las aceleraciones y frenazos bruscos, con especial predilección por los adelantamientos absurdos que no sirven para nada; por ejemplo, hacerlo temerariamente y a toda velocidad para, justo a continuación, decelerar y tomar una perpendicular sólo treinta metros más allá; o adelantar uno por uno a veinte vehículos en una cola que se ve claro va a deshacerse sólo un quilómetro más adelante, al abrirse un doble carril. Sí, ya sé que esto también se hace en España, pero ni comparación. Y tengo que admitir, aunque no quiera, que esta fea costumbre italiana me ha amargado un poco el tránsito por estas tierras.

Voy buscando cruzar hacia Austria y no tengo más remedio, por donde he venido, que pasar cerca de Turín; y aunque escojo las carreteras más secundarias que puedo encontrar, el tráfico en los alrededores es considerable, vaya uno por donde vaya. Es, además, una zona rica y turística todo este tramo entre Turín y Milán, lo que se traduce en más coches y más urbanismo. Estamos ya en Lombardía.

En un horizonte no demasiado lejano, a mi izquierda y frente a mí, van formándose y espesando con rapidez unas nubes grandes y oscuras. Por una ruta que sería del todo incapaz de reproducir me dirijo hacia Como, al sur del lago del mismo nombre, y así voy metiéndome en la boca del lobo, entrando en un paisaje de montañas que se presentan como moles negruzcas humeantes de vapor, montañas que evocan el reino de Mordor: sus cumbres están incrustadas en las nubes, grises como el plomo, y de sus laderas se desgajan mechones vaporosos, dando la impresión de que fuesen humeantes bocas de cráteres. Es una lástima que, con frecuencia, los paisajes más dramáticos e imponentes se den cuando las condiciones climatológicas son más hostiles para fotografiarlos. Tengo las manos frías, amenaza lluvia y lo último que me apetece es bajarme de la moto y ponerme a sacar instantáneas. Sin el menor fundamento, además, confío en que unos pocos quilómetros más adelante seguiré viendo el mismo teatral escenario y podré fotografiarlo entonces, quizá incluso más bonito.

Pero me equivoco y, cuando quiero darme cuenta, esas escenas dantescas se han convertido en otras, no menos amenazadoras pero no tan espectaculares. Esto es lo más parecido que pude captar con la cámara:

Tormenta en los Alpes.

Tormenta en los Alpes.

Aun viendo que me dirijo de cabeza a lo más oscuro del horizonte, no me detengo. Confío en mi chaquetón de cordura, en mis pantalones impermeables y en mi suerte de desafortunado en amores. Espero llegar a Como y encontrar un hotel antes de que descargue.

Y lo gracioso es que, en cierto modo, así es. Ya llueve un poco cuando paso junto a un motel a las afueras de Como; pero no acaba de convencerme. Es feo, sin el menor atractivo, situado en un polígono industrial y tan desatendido que ni siquiera está indicada la entrada. De hecho soy incapaz de encontrarla, así que paso de él y me encamino al centro de la ciudad. Pero entonces las nubes se desgajan, cae la tromba de agua y, en menos de cinco minutos, me encuentro irremisiblemente mojado. Cuando paro y me cobijo bajo el porche de un hotel, estoy ya calado -literalmente- hasta los huevos. Chaquetón e impermeable como si no los llevara, y hasta el casco ha hecho agua, pues descuidé obturar las ranuras de ventilación. No siempre, en fin, se puede salir airoso de las inclemencias meteorológicas.

Para colmo, no me resulta fácil encontrar alojamiento en Como, y la lluvia estorba mis pesquisas. Los hoteles más asequibles están al completo, y en los que tienen vacantes me piden precios astronómicos; así que, cuando escampa un poco, decido seguir hacia adelante y probar en alguna otra de las localidades que hay a lo largo de la orilla occidental del lago, por donde siglos atrás discurrió la romana Vía Regina. En Cernobbio encuentro un lugar que me gusta: un hotel bonito y cálido, en pleno centro. El recepcionista es un tipo resolutivo y agradable, con experiencia. En general, los italianos me parecen educados y simpáticos, siempre que no vayan al volante. Parece que, a pie, la agresividad se les evapora. Un pinche del restaurante que estaba fuera fumándose un cigarro, al verme descargar la moto, me indica con amable espontaneidad dónde puedo aparcarla a cubierto.

Cuando he puesto mis prendas a tender y vestido ropas secas, salgo a darme una vuelta y buscar algo de cena. Cernobbio es una villa hermosa y elegante a orillas del lago Como, llena de casas que parecen palacetes, con muchos y atractivos restaurantes, un pequeño puerto náutico con algunos veleros y motoras, un parque algo romántico, calles estrechas, atmósfera agradable. Es a todas luces un centro turístico, más bien de alto nivel y con buen ambiente. Me tomo por ahí unas tapas y un helado riquísimo. Con razón tiene esa fama Italia. Remato con una cerveza en un bar de alterne donde nadie parece estar dispuesto a alternar y luego, cansado, me vuelvo al hotel, bien enterado ya de los límites, algo decepcionantes, de mi impedimenta de viaje. Quien me dijo que la cordura es impermeable me engañó como a un chino.

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La gran foraleza

Cuando Napoleón ocupó Cherasco, tras haber infligido varias derrotas a los piamonteses, les puso como condición (entre otras) para el armisticio la demolición de la fortaleza de Exilles, un emplazamiento militar inexpugnable que estimó demasiado peligroso como para dejarlo en pie. Se cuenta que su desmantelamiento y destrucción duró nada menos que dos años a base de trabajos y dinamita, hasta que quedó reducido a escombros.  Sólo el pozo sobrevivió, una obra de mediados del s XVII, con sus sesenta metros de profundidad.

No obstante este esfuerzo destructor, dos décadas más tarde se emprenderían los trabajos para la reconstrucción del fuerte, precisamente -ironías de la historia- con los fondos de las sanciones que se impusieron a Francia para indemnizar los daños causados por la guerra; y de aquellas obras surgió la impresionante y sobrecogedora fortaleza que hoy en día podemos contemplar y admirar.

La imponente fortaleza de Exilles.

La imponente fortaleza de Exilles.

Con esta colosal edificación junto al encantador pueblo de Exilles, sobre un paisaje alpino espectacular, fueron recibidos mis primeros quilómetros en suelo italiano, causándome unas impresiones que van a dejarme huella indeleble. Pocas veces en la vida un conjunto de arquitectura y naturaleza me ha impactado tanto.

Es mi primera vez en Italia, pero me resulta difícil pensar que esta región por donde he entrado, el Piamonte, pueda dejar indiferente a algún turista; no sólo por su belleza y la chocante originalidad de sus pueblos, sino también por las costumbres y el carácter de sus habitantes.

Así, pues, siempre disfrutando de la amena conducción que ofrecen las carreteras alpinas, hice mi tránsito desde el racional y razonable ordeniamiento vial francés al absurdo e incomprensible caos de las carreteras italianas. Me refiero ahora a la nomenclatura: no voy a decir que no obedezca a lógica alguna, porque eso lo ignoro, pero desde luego jamás he conducido por ningún país donde resulte tan complicado seguir una determinada ruta: no hay carretera que preserve su nombre durante más de treinta quilómetros ni cruce en el que no cambien los números. Una verdadera confusión que dudo sea de utilidad a nadie.

Y eso por no extenderme hablando ahora sobre los hábitos de los italianos al volante, que dejo para mejor ocasión…

Si los Alpes en Francia -por comparación con mis domésticos Pirineos- ya me habían resultado majestuosos, en Italia me lo han parecido el doble. No sin motivo son tan turísticos, y tan frecuentadísimos por motociclistas. En esta parte de Europa conviene olvidarse de andar saludando a los moteros, pues resulta casi imposible compatibilizar la atención en la carretera con la fraternidad motorística; y no digamos si se quiere disfrutar del paisaje. El tráfico sobre dos ruedas es incesante. De modo que discúlpenme los cientos de moteros a cuyas “uves” no he prestado ninguna atención, pero mis prioridades han estado en otros aspectos de la ruta.

Casa consistorial en Exilles. Piamonte.

Casa consistorial en Exilles. Piamonte.

Y así llego al pintoresco y genuinamente piamontés Exilles, en el curso del alto valle del Dora, que me tiene todo el día con la boca abierta de sorpresa y admiración. Un verdadero hito en mi viaje. El pueblo, característico representante de los de esta zona, está todo construido en piedra y, cosa más curiosa, los tejados también: cubiertos por grandes y pesadas lascas de granito de dos o tres dedos de espesor que les dan un aspecto único.

Los tejados de piedra en el Piamonte.

Los tejados de piedra en el Piamonte.

Detalle de un tejado. Exilles.

Detalle de un tejado. Exilles.

El segundo elemento llamativo de este urbanismo rural es la disposición y la entrada a las casas desde las irregulares calles: a través de arcos (a veces verdaderos túneles) que pasan bajo otras casas y dan a patios o callejones interiores a los que, a su vez, se abren otros arcos, en una disposición final bastante laberíntica que, a veces, parece como si fuese una ciudad excavada en la roca.

Paso desde la calle a un callejón interior.

Paso desde la calle a un callejón interior…

...y desde el callejón a otras casas y patios.

…y desde el callejón a otras casas y patios.

Estas dos peculiaridades, junto con alguna otra singularidad urbanística, hace de estos pueblos del Piamonte lugares probablemente únicos en el mundo.

Curiosa habitación, sobre un arco, con balcones opuestos que dan a sendos patios-callejón.

Curiosa habitación, sobre un arco, con balcones opuestos que dan a sendos patios.

Entrada a una casa, sin que quepa saber si estamos en la vía pública o en un patio privado.

Aquí no se sabe dónde acaba la vía pública y dónde empieza el patio privado.

Otro elemento muy común en esta región son las fuentes-lavadero, de las que suele haber varias en cada pueblo, todas ellas construidas según idéntico patrón.

Típica fuente-lavadero en el Piamonte.

Típica fuente-lavadero en el Piamonte.

Mas la sorpresa que este estilo de pueblo, por completo nuevo para mí, me causó, quedó pronto oscurecida por la fortaleza que se yergue en sus afueras y con la que encabezo este capítulo.

Exilles, visto desde una línea de bastiones de la fortaleza.

Exilles en el valle del Dora, visto desde una línea de bastiones de la fortaleza.

Pocos sitios fortificados en el arco alpino occidental pueden preciarse de obras como la del relieve rocoso que domina el asentamiento de Exilles, construida y remodelada con un formidable soporte científico que fue desarrollándose, entre los ss XVI y XX, junto con las vicisitudes bélicas, recogiendo la evolución de las arquitecturas militares. Una fortificación condicionada por aspectos geográficos, orográficos y políticos en la frontera de los mayores bloques de poder, pues el valle del Dora siempre ha sido un pasillo territorial alpino fundamental, línea de conexión entre el norte y el sur de Europa, canal de ejércitos y, por tanto, tierra contendida entre las distintas naciones.

Los Alpes y el valle del Dora, desde una tronera del fuerte.

Los Alpes y el valle del Dora, desde una tronera del fuerte.

La aparición de los estados nacionales en el s XVI determinó una modificación de las obras de defensa en la proximidad de las fronteras. El valle del Dora, cruzado transversalmente por el límite entre las tierras de los Saboya y las del Delfinato, asistió al continuo aglomerarse de instalaciones fortificadas.

Vista de la explanada desde bajo el techado.

Vista de la explanada desde bajo el techado.

Entre 1562 y 1590 las milicias católicas y los franceses reformistas se enfrentan en cruentos combates religiosos, y la primera gran reforma militar de Exilles (entonces territorio francés) tuvo lugar en el siglo XVII: durante veinte años de obras el viejo castillo medieval se transforma en una fortaleza, reforzándose su frente con bastiones pentagonales e introduciéndose una completa revolución conceptual y estructural: se construye un pasaje cubierto para los fusileros, se profundizan los fosos, fortifícanse algunas puntas y cortinas, se racionalizan las cercas interiores y se erigen nuevas construcciones para la guarnición, alojamiento y bagajes.

El patio interior al que dan los alojamientos del mando.

El patio interior al que dan los alojamientos del mando.

Más adelante en el mismo siglo se acometen otras mejoras para acrecer el potencial logístico, como la de aumentar el espacio interior disponible aprovechando la gran plataforma rocosa frente a la explanada; pero en mitad de estas obras, a principios del s XVIII, el fuerte es sitiado, bombardeado y finalmente expugnado por los austro-piamonteses, concluyendo así la dominación francesa de esos territorios, que pasan a los Saboya en el tratado de Utretch.

El puente de entrada a la fortaleza.

El puente de entrada.

Los Saboya reparan inmediatamente el fuerte para uso propio, introduciendo a su vez nuevas y más modernas modificaciones; y aunque los franceses intentaron sitiarlo, fue en vano: para entonces su defensa estaba ya demasiado perfeccionada. En esta nueva reforma se pone especial énfasis en integrar al fuerte en su entorno natural de roca, de manea que parezca una extensión de la misma; y esa impresión es la que prevalece en nuestros días.

Estructura bajo el techado de la fortaleza.

Estructura bajo el techado.

Una obra colosal, única y diferente, que va más allá de los esquemas clásicos. La fortificación no se deja en manos de paredes y baluartes de piedra, sino que se confía a la roca misma, que se excava y moldea a conveniencia. Fosos, bastiones y cortinas no son otro que paredes de roca, donde sólo la cumbre es de albañilería.

Foso interior entre dos murallas, en el frente occidental.

Foso interior entre dos murallas, en el frente occidental.

Pero fue a finales del s XVIII cuando, como queda dicho, victorioso en otras batallas y habiendo apresado al príncipe de Saboya, Napoleón impuso, en el armisticio de Cherasco, la demolición del fuerte de Exilles. No necesitó conquistarlo, ni habría podido: estaba edificado casi a la perfección.

Baluarte cónico para desviar la trayectoria de los proyectiles.

Baluarte cónico para desviar la trayectoria de los proyectiles.

En la reconstrucción posterior al tratado de Viena se devolvió a su estado inmediatamente anterior, con las salvedades impuestas por los irreversibles daños sufridos en la roca. Pero, ¡ay!, perecedero destino el de las obras del hombre, a finales del s XIX las innovaciones tecnológicas determinan la progresiva obsolescencia de esta magnífica fortaleza. Los fuertes se revelan vulnerables a las nuevas armas, y el servicio de Exilles durante las guerras mundiales se limitó al de prisión, pues militarmente había perdido casi toda relevancia.

Patio de alojamientos para la tropa y, después, celdas de la prisión.

Patio de alojamientos para la tropa y, después, celdas de la prisión.

Creo que, tras estas explicaciones y fotos, puede comprenderse bien mi asombro. Para cuando logro pasar capítulo mental y emocional, ya casi se me ha ido el día. Encuentro alojamiento apenas cinco quilómetros valle abajo, en Chiomonte. Casi una réplica de Exilles. Los mismos tejados de granito, las mismas casas de enrevesada disposición, la misma fuente-lavadero de agua borbotante. No te pierdas este vídeo:

Según ando por sus calles en busca de un albergue, un hombre me pregunta: Cerca quelq’uno? ¿Busca a alguien? Es por si puedo serle de ayuda. La misma fórmula que emplearán luego conmigo en otros pueblos del Piamonte, y que no sé si nace de un sentimiento de hospitalidad o de la simple curiosidad; quizá de ambas.

Bonita cantina y albergue en Chiomonte.

Bonita cantina y albergue en Chiomonte.

Por cierto, y como última nota elogiosa, la “tapa” que te ponen en Italia con la cerveza de la tarde viene a ser prácticamente una merienda. Dos cervezas y ya te das por cenado.

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