Lo último de Francia

Vaison-la-Romaine, donde he pasado la última noche, pone fin al tramo de tierras bajas que he tenido que atravesar: el lado más oriental del Rosellón. A partir de ahí, y siguiendo hacia el sol naciente, la carretera va ganando altitud poco a poco, el terreno se ondula de nuevo y el paisaje se torna otra vez interesante. Estamos en la región que los franceses denominan Altos Alpes.

¡Y qué cordillera tan joven, esta de los Alpes! Bien se ve en la pronunciada V que hacen los valles y en la no menos pronunciada A de las cumbres, formando entre ambas escarpadísimas laderas, como se aprecia en esta foto.

Escarpadas laderas de los Alpes.

Escarpados valles y cumbres de los Alpes.

Pero no sólo en eso: también se nota en la acelerada erosión, que está en pleno proceso de limar los desniveles e igualar las diferencias de altitud, quitándole los elementos, inclementes, el suelo a la arboleda para arrojarlo a las cuencas de los tumultuosos arroyos. Poca vida les queda, por ejemplo, a estos árboles de la foto, que quizá en una o dos décadas -un pestañeo geológico- no tengan ya donde sostener sus raíces.

La fuerte y viva erosión dará muerte a estos árboles.

Muestra de la fuerte y viva erosión.

Los ojos del viajero no se cansan, en los Alpes, de mirar con curiosidad a su alrededor. Puede el cuerpo estar fatigado y la mente -o quizá el espíritu- perdida en tinieblas existenciales, pero la vista siempre está despierta, atenta, engullendo insaciable los paisajes.

Llega la tarde y refresca el ambiente. Abajo quedaron los calores del Rhône; aquí el aire se respira ya frío, y de alguna chimenea aún sale humo, pese a estar a las puertas mismas del verano. La frontera italiana queda muy cerca, pero quiero esta noche dormir aún en Francia y dejar las sorpresas -buenas o malas, no lo sé- para la mañana, con los sentidos bien despiertos.

Hay que buscar alojamiento, pero con mi afición por las carreteras de tercer orden no tengo claro que vaya a encontrar ningún hotel por este desvío perdido que he cogido hacia Briançon. ¡Espera!, sí: casi cuando ya he pasado el diminuto pueblo de Arvieux me doy cuenta de que he visto un letrero a la derecha, Chambres d’hôte. Pego un frenazo y doy la vuelta. “¿Tienen habitaciones?” Sí, son compartidas, pero están todas vacías. La mujer, muy simpática, me pregunta a qué hora quiero cenar. Da por sentado que cenaré allí. ¿Dónde, si no? Es el único lugar en treinta quilómetros a la redonda. Quedamos en que a las siete y, mientras tanto, me doy un largo paseo por la montaña. Desde lo alto del camino echo la vista atrás y veo el pueblo a mis pies, apenas un puñado de casas.

Arvieux, en los Altos Alpes franceses.

Arvieux, en los Altos Alpes franceses.

Cuando regreso me están esperando ya, ella y el marido. Me lo presenta; es un hombre grande, fuerte y feo, como deben ser los hombres. Él me sonríe tendiéndome su manaza para estrecharla. Va a ser quien cocine porque la mujer se marcha para casa. Atardece, y en unos minutos morirá el último rayo de sol sobre las mesas de la terraza, pero decido cenar fuera de todos modos, con la cazadora puesta. No es un buen cocinero este hombretón solícito y risueño, pero me prepara un postre exquisito, una especie de tarta de moras caliente en un cuenquito de barro.

Hablamos un poco mientras tanto. “¿Caen muchos clientes por aquí?”, le pregunto. Me dice que a esa hora ya no. Así que cuando acabo de cenar cierra el quiosco y se marcha. Me quedo solo por completo en la casona. Tarda aún largo rato en caer la noche, porque estamos en los días más largos del año, pero el silencio es ya absoluto en esa aldea perdida de los Alpes franceses.

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Perdido en el monte

Vaya por delante que lo de “perdido” va en sentido figurado, más que nada para darle atractivo al título; digamos que es un cebo. Pero algo de verdad hay.

Como decía en el capítulo anterior, el interior del Languedoc es una zona poco poblada, y durante mi segunda jornada cruzándolo tuve ocasión de ver hasta qué punto puede ser agreste; casi como algunas de las regiones más aisladas y perdidas de Extremadura, pasé por una vasta extensión de monte espeso y cerrado atravesada tan sólo por una carretera que apenas merece ese nombre, sino más bien el de camino asfaltado, ya que su anchura no era más que la imprescindible para el paso de un coche. Pero ya hablaré luego de esto.

Es curioso cómo a medida que van pasando los días de viaje y, sobre todo, los quilómetros, va uno sintiéndose más cómodo en la motocicleta, integrándose con ella, sintiéndola casi como parte del propio cuerpo, hasta hacerse uno solo, moderno centauro. Te acostumbras a sus sonidos, a sus vibraciones, al tacto del manillar y la horma del asiento, a sus posibilidades y sus limitaciones, sus vicios y sus trucos también. E incluso llega a cansarte menos la postura -pese a que, por supuesto, los músculos lo resienten al cabo del tiempo-. Igual sucede con un coche, cierto es, pero tal vez con la moto el efecto sea más acusado, la comunión más íntima. No sólo -supongo- porque la relación de masas entre jinete y montura es más cercana a la unidad, sino acaso porque, al requerir una mayor atención en la conducción, también se familiariza uno más estrechamente con la máquina de la que nuestra integridad depende. Por la cuenta que nos trae, como suele decirse.

Si hubiera de repetir hoy, pueblo por pueblo, la ruta que hice ese día, me resultaría imposible acertar con el mismo recorrido; y es que no sólo hay veinte combinaciones posibles para viajar desde Lodève a Vaison-la-Romaine por carreteras secundarias, sino que además esa mañana me perdí: me equivoqué en un cruce y tuve luego que rectificar el rumbo; que es por lo que vine a parar al camino asfaltado que he mencionado antes.

Al poco de salir de Lodève había un tramo de carretera flanqueada por árboles, de las que abundan muchísimo en Francia; pero no breves trechos de apenas un par de quilómetros, como podemos encontrarnos en España, sino que a veces todo el tramo entre varios pueblos está entero jalonado de árboles a ambos lados, lo que hace una conducción muy agradable y, para un día caluroso como aquel, también mucho más llevadera, ya que las hojas refrescan el aire y la sombra impide que se recaliente el asfalto.

Ejemplo de típica carretera secundaria francesa.

Ejemplo de típica carretera secundaria francesa.

Pero al abandonar esa carretera enseguida me metí en la espesura y quedé aislado de todo tráfico y casi de toda presencia humana. Primero la carretera ascendió un poco, tal vez cien o doscientos metros, pasé por unos altiplanos de viñedo,

Un viñedo plantado en un altiplano casi perfecto.

cambió la vegetación y llegué a una de las zonas de monte más agreste que he visto nunca: arbusto apretado y árboles más bien pequeños doquiera que dirigiese mi vista, tan densos que apenas permitían ver el suelo, cubriendo valles y lomas hasta la lontananza; la angosta carreterita descuidada y sin barrer, sobre la que en muchos lugares crecía la hierba y a lo largo de la cual no me crucé con un sólo vehículo. En más de una ocasión detuve el motor y me paré a escuchar: no se oía más que el breve canto de algún pájaro. Hube de cosultar con frecuencia el GPS para cerciorarme de que aquello llevaba a algún lado.

Rosaura en el camino asfaltado, en medio del espeso monte.

Rosaura en el camino asfaltado, en medio del espeso monte.

Por fin, al cabo de una hora larga por aquel camino -que me hizo trabajar los antebrazos como si, en lugar de sujetar un manillar, hubiese estado manejando un taladro neumático- en mitad del paisaje silvestre apareció, en lo alto de una pequeña colina, la minúscula villa de Arborás; la cual, lejos de estar medio desrruida y sus casas abandonadas, como habría ocurrido en España, tratándose de lugar tan remoto, se veía muy cuidada y conservada; una prueba más de cómo Francia quiere a sus pueblos.

Arborás entre la espesura.

Arborás entre la espesura.

Poco después de Arborás el camino asfaltado se incorporaba a una carretera más decentita que iba bajando lentamente a lo largo de un valle, y en la primera ocasión que encontré me detuve para tomarme una bien merecida cerveza. Eso fue en Saint-Jean-de-Buèges, sentado en una deliciosa terracita a la sombra de un ficus gigante, en un plaza medio umbría; uno de esos encantadores lugares que en Francia te encuentras a miles.

Terracita en Saint-Jean-de-Buèges.

Terracita en Saint-Jean-de-Buèges.

Me habría quedado gustoso a pasar la noche allí (no en la terraza, sino en el pueblo, se entiende), porque tras haber cruzado la espesura daba ya por cumplida mi jornada motera, pero no había alojamiento y, por otra parte, era aún muy pronto; así que continué.

Estaba haciendo el día más caluroso en lo que llevaba de viaje, y por la tarde, en plena canícula, cuando pasaba por Alès (otro pueblo lleno de moros), viendo que unos muchachos se bañaban en una pequeña playita que hacía el río, aparqué la moto en una calle cercana y, cogiendo la toalla y las chanclas, me pegué un baño muy refrescante y vivificador; e incluso pude nadar un poco, porque el río fluía manso en el ancho cauce.

Pese al baño, quince minutos después ya estaba sudando de nuevo.

Además de caluroso, fue un día largo de moto también. El tramo más o menos llano de tierras bajas que hay a partir de Alès, lo que viene a ser la vega del Rhône, no abunda en lugares de los que a mí me gustan para pernoctar; es demasiado rico y poblado, zona vinícola por excelencia, y también algo industrial, como puede predecirse sin más que mirar al mapa: los pueblos son muy grandes y están muy juntos, el entramado de carreteras muy tupido, con varias vías principales, y hay dos ciudades relativamente grandes en las cercanías: Aviñón y Montelimar. De modo que ya atardecía cuando encontré un sitio que plugo a mis sentidos y preferencias: Vaison-la-Romaine.

Vaison-la-Romaine

Vaison-la-Romaine

Esta localidad tiene dos partes: la villa baja, bastante extensa y más o menos moderna, y la villa alta, que es la parte antigua, encaramada en un otero, más pequeña (ya que no puede crecer, como le ocurre a Cádiz). Un sueño de sitio, con tres o cuatro calles estrechas que van paralelas a la falda del monte, conectadas entre sí por pasadizos y tramos de escaleras; impecablemente conservada, con casas bellas como palacios, románticos patios y ajardinados, arcos de piedra, fuentes y plazoletas; y con dos castillos: uno en la cima y otro, casa fortaleza, en la ladera oeste, ahora convertido en hotel, que es donde yo me quedé.

Aquel lugar, y la habitación que me dieron, valieron la pena el haber conducido más horas. En realidad no era una habitación, sino un apartamento, un dúplex a todo lujo, con su escalera de caracol en piedra y todo; los mismos aposentos donde hace cinco siglos vivieron probablemente sus propietarios, aunque una vida bien diferente a la nuestra. ¿Cómo sería? Me atrevo a apostar que no tenían minibar, ni habrían sabido qué hacer con uno. Lástima que esa tarde estaba bajo de ánimos (no todo son alegrías en la vida del viajero, bien lo tengo dicho ya) y casi no pude disfrutar de aquello que, en otro tiempo, me habría hecho aullar de entusiasmo.

Tenía también el hotel una pequeña piscinita, más bien una alberca, donde me di en solitario un segundo baño ese día y donde me quedé medio dormido mientras me secaba en el único lugar donde aún daban los rayos del sol poniente.

¿La cena? En un restaurante de la ciudad alta, en la terraza, uno de los lugares más bonitos del pueblo, todo alrededor piedra, plantas y vistas, tranquilo, atendido por un camarero marica, simpático como sólo los maricas saben serlo. Me regalé un helado de postre, para subir los ánimos, pero no sé si valió la pena, porque luego mi conciencia protestó. ¡La conciencia! ¿Para qué servirá eso?

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El puente del Diablo

La idea, más o menos, que había ido cuajando en mi cabeza durante las  jornadas anteriores era llegar hasta Italia por los Alpes evitando en lo posible, por demasiado transitado, el litoral mediterráneo; en realidad, tratando de atravesar en lo posible las regiones menos pobladas; o sea, cruzando el Rosellón (o Languedoc), por el interior, de un extremo a otro; y esto me llevó dos días (no el pensarlo, sino el hacerlo, se entiende).

Esta zona de Francia alberga una auténtica red de carreteras de tercer orden uniendo copia de pequeños pueblos que no distan entre sí, por término medio, quizá más de cinco quilómetros, pese a lo cual debe ser -a juzgar por los largos trechos de vegetación agreste que he recorrido- una de las zonas con menos densidad de población de este país donde tocan, hoy por hoy, justo a una hectárea por persona.

Y es una región de naturaleza familiar, en cuanto me recuerda mucho, en su geología y flora, a Sierra Morena, mi tierra natal. Los pueblos, en cambio, son muy diferentes, con ese aspecto casi puramente medieval que parece no haber cambiado desde hace cinco siglos. Por cierto que, en la poca prisa que tienen los habitantes del Languedoc por “arreglar” sus viejas casas, modernizar los estilos, sustituir las viejas puertas y ventanas, renovar el antiguo mobiliario, etc, a pesar de que no les falta poder adquisitivo para ello, me parece ver -y esto no pasa de ser mi conjetura- un país que ama su pasado, que no reniega de él; y también un país que ama la vida rural y no se avergüenza de ella. Al menos así lo interpreto al compararlo con los harakiris urbanísticos que se han perpetrado (y continúan) en los pueblos de España durante las últimas cuatro décadas.

Estaba, dicho sea de paso, el campo esplendoroso, cubierto a grandes parches por un matorral con flores de un amarillo intenso, rabioso, que le daban al paisaje verdioscuro un tono de alegría. En concreto, una zona del Languedoc llamada País Cátaro (Pays Cathare).

A través del Pays Cathare.

A través del País Cátaro.

Así, en mi ruta a lo largo del Rosellón, desde Rennes-les-Bains hasta Vaison-la-Romaine, me encontré por ejemplo sitios como Villerouge-Termenès, cuyo castillo del siglo XII, de arquitectura militar, maziza e imponente, fue erigido en símbolo del poder eclesiástico, y propiedad del arzobispado de Narbonne hasta nada menos que la revolución francesa, en que se vendió como bien nacional a una decena de vecinos, que lo poseyeron hasta muy recientemente.

Castillo de Villerouge-Termenès.

Castillo de Villerouge-Termenès.

Callejón en Villerouge-Termenés.

Callejón en Villerouge-Termenés.

O lugares o como Olargues, un pueblo tan genuinamente medieval -y algo laberíntico- que me resultaría imposible resumirlo en tres o cuatro fotografías; haría falta todo un reportaje para transmitir las imágenes que registró mi retina y la impresión que quedó grabada en mi memoria. Así que no voy ni a intentarlo. Baste una panorámica general del pueblo, su característico y esbelto puente romano, llamado del Diablo, y la torre de su castillo arruinado.

Panorámica de Olargues.

Panorámica de Olargues.

Y en verdad me parece que tiene, pese a su sencilla elegancia, un sí es no es de diabólico este puente. Resulta difícil a veces identificar por qué algo nos causa determinada impresión, pero en este caso el mote le cae que ni pintado, aunque vaya usted a saber de dónde le viene; igual de alguna leyenda local que no tiene nada que ver con su aspecto. Quizá en esta otra foto se aprecia mejor:

El Puente del Diablo.

El Puente del Diablo.

Había en Olargues, además, un pequeño museo en una enorme casa bajomedieval de extraña e intrincada arquitectura, dedicado a las artes y tradiciones populares para honrar la memoria de sus mayores, del que me llamaron la atención algunos objetos, como un cuaderno de ejercicios de una niña llamada Marie-Jeanne Poujade o un viejo periódico de Lyon, ambos de 1918, pronta a acabar la Primera Guerra Mundial.

No sé bien por qué me fijé especialmente en ellos; acaso porque me recordaron a otros similares que había en casa de mis abuelos, cuadernos escolares o periódicos de aquella misma época, pronto hará un siglo; no tan distintos, incluso, de los que aún se editaban cuando yo era pequeño.

Cuando Marie-Jeanne Poujade iba a la escuela.

Cuando Marie-Jeanne Poujade iba a la escuela.

La Broderie, editado en 1918.

La Broderie, editado en 1918.

Por cierto que la dicha casa tenía también algo de mefistofélico, de siniestro, con dos entradas que daban a distintas callejas a diferentes alturas, su estrecho patio interior de tapias altísimas, como un pozo cuadrangular, sus muros y plantas en muchos planos de corte, llena de recovecos, sus recias puertas, pequeños ventanucos y bajas bóvedas. No es que ninguno de estos elementos pertenezcca, de por sí, al Reino de la Oscuridad, pero el conjunto podía muy bien haberse llamado -como el puente- Casa del Diablo y nadie se habría extrañado de ello.

Una de las entradas a la casa-museo. Curiosa la arquitectura con muchos planos de corte.

Una de las entradas a la casa-museo. Curiosa la arquitectura con muchos planos de corte.

Más aún: tan sólo con darle un giro al enfoque con el que se mire, estoy seguro de que en una grisácea y tormentosa tarde otoñal la propia villa de Olargues, con sus calles estrechas y reviradas, sus empinadas cuestas y ese torreón puntiagudo en lo alto del monte adquiriría un aspecto verdaderamente satánico.

Pero no aquel día de cielos tan azules, a cuyo atardecer fui a dar con mis huesos a una habitación en un tranquilo hotel de Lodève, una pequeña ciudad llena de moros que, salvo por su arbolada ribera, me hizo poca impresión, sobre todo al compararla con los pueblos de que acababa de visitar. Además, estaba ya cansado de andar pateando calles y no tenía las neuronas muy receptivas, de modo que tras una hora de exploración y haber sacado apenas un par de fotos fui a recostarme en una de las tumbonas en la luminosa terraza del hotel para leer un poco antes de cenar; lo que hice al aire libre, en el jardincillo de un restaurante cercano que me habían recomendado. Y fue un acierto, porque por primera vez la cocina francesa estuvo, en mi experiencia, a la altura de su fama internacional.

Lodève.

Lodève.

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Sintiendo los contrastes

Para salir de Andorra a Francia no hay muchas alternativas: Pas de la Casa; así que en esta ocasión disfruté el lujazo de la falta de libertad (y que nadie me venga diciendo que la libertad no es un castigo). Bueno, en estricto rigor sí que hay una elección posible: se puede ir por el túnel o por el puerto; pero, siendo un motero al que gustan las alturas, las curvas y los espacios abiertos, no tuve ninguna duda.

Justo en Pas de La Casa, el pueblo, eché un buen rato mirando al nutrido tráfago de turistas y sobre todo moteros que acude allí para hacer compras, echar gasolina y quedarse a comer en algún restaurante. Brillaba el sol en un cielo sin nubes, poniendo vivos colores y reflejos de luz en los objetos. Me resultó entretenido simplemente curiosear entre las motos, ver la animación de aquel sitio, la gente, los grupos, la ropa, la variedad… Sobre todo había franceses, pero también catalanes y de otras partes de España. Aproveché para tomar mis últimas tapas de este viaje en una conocida franquicia vasca donde me atendieron con mucha simpatía, y tanto me entretuve que pasaba ya largo el mediodía cuando cogí a mi Rosaura de nuevo para seguir camino.

El cruce de la frontera es indoloro: hay una reducción de velocidad y unas cabinas, pero están vacías; supongo que los carriles están vigilados por monitor, como mucho.

Una vez en Francia, lo primero que llama la atención al conductor atento es el cambio de paisaje: en esa parte de los Pirineos el lado francés es sensiblemente más feo, pelado y sin árboles, y hay que bajar bastante hacia el valle para volver a encontrar bosque. Pero no me importó mucho, porque aquel día (y los siguientes) descubrí que las carreteras secundarias francesas son un paraíso para el motero: bien asfaltadas y llenas de curvas de esas divertidas, ni muy rápidas ni muy lentas, enlazadas, bien peraltadas, seguras y en número incontable. Desde luego, un país para gastar el neumático trasero como Dios manda: en curva (y nunca mejor dicho).

Aix-les-Thermes. El prepirineo francés.

Aix-les-Thermes. El prepirineo francés.

Por supuesto, en cuanto pude me desvié de la carretera única y demasiado transitada que sale de Andorra: en Ax-les-Thermes, donde cogí la de tercer orden que va hacia el este hasta Quillan, y de ahí una secundaria hasta Couiza, donde otra vez me desvié dándole la espalda al poniente.

Toca aquí decir que lo segundo que me llamó la atención de nuestro país vecino -pese a que ya lo sabía- fueron los precios: la gasolina pegó un doble salto mortal desde los 1’25 € de Andorra, pasándose los 1’40 € de España por el forro, hasta los 1’60 € el litro; y en un bareto perdido de pueblo, por un miserable vasito de Cocacola vertido de una litrona me cobraron 2’80 €. ¡Ya les vale! Bueno, eso me sirvió para mentalizarme de lo que encontraría durante los días siguientes, y a partir de ahí conseguí más o menos olvidarme de andar comparando precios.

Lo que en lo alto de los Pirineos era una mañana cálida se convirtió, a lo largo del día y al descender de altitud, en una tarde de calor pegajoso (Francia es, en general, bastante más húmedo que España) que me obligó a prescindir del tres cuartos y a conducir en mangas de camisa. Se acercaba el reloj a las cinco y aún no había encontrado un hotel que me pluguiese cuando, examinando un pequeño y abarrotado letrero informativo (típicos en Francia), uno de sus rótulos captó mi atención: aguas termales a 2 km. Eso podía estar bien como fin de jornada, así que me desvié por una estrecha carretera, que debía ser de cuarto orden, y enseguida llegué al encantador pueblecillo de Rennes-les-Bains, cuyas casas y calles me recordaron a alguna acuarela romántica que tengo vista de Colomer.

Rodeado de una espesa arboleda, el lugar no tenía desperdicio; parecía sacado de una película costumbrista del siglo pasado: calles estrechas bordeadas de casas altas, antiguas, con carpintería de madera vieja y vidrios desiguales; un río sin orillas sobre el que se asoman directamente las ventanas de los edificios, y varios puentecillos que lo vadean; una pequeña plazoleta, muy tranquila, con dos restaurantes y una panadería donde también sirven café por las mañanas, para el desayuno; y un escondido rincón donde un pequeño manantial vierte sus aguas termales en el río, tras ser aprovechadas en una pileta pública, donde los parroquianos suelen ir al atardecer y las parejas, seguramente, por la noche.

Rennes-les-Bains

Rennes-les-Bains

Pedí alojamiento en un vetusto hotel de clásico nombre, Hotel France, junto al río, que no desmerecía del cuadro; estaba regentado por una señora sonriente y escueta, tan vieja como el edificio. La recepción era una cabina de tamaño regular, acristalada hasta el techo, y las llaves colgaban de un tablero al alcance de cualquiera. El comedor, silencioso a esa hora, se abría sobre el mismo vestíbulo tras una puerta doble de cristales, con visillos. El piso y las escaleras eran de madera que crujía con los pasos. La habitación, de una sencillez pueblerina: un pequeño aseo, un camastro enorme de hierro, un armario y una mesilla. La puerta tenía una de esas cerraduras antiguas de llave grande y torturada. La ventana daba en vertical sobre el río, a considerable altura, y desde ella se dominaban los tejados de las casas de enfrente, los puentecillos y un pequeño parque olvidado. La decadencia de aquel sitio me enamoró.

Desde la ventana de mi habitación.

Desde la ventana de mi habitación.

Un hotel de los de antes.

Un hotel de los de antes.

Me chocó, por el fuerte contraste con el innegablemente policial Estado español, que no hubiese nada parecido a un registro de huéspedes; la señora no me pidió absolutamente nada: ni el dinero, ni un documento de identidad, ni tan siquiera mi nombre. Nada. Aquí tiene usted la llave y ya me pagará mañana cuando se marche. Y así fue también, más adelante, en todos los otros alojamientos donde me hospedé en Francia y en otros países civilizados europeos, con alguna rara excepción. Me resulta por tanto irrisorio -no puedo evitarlo- que anden los republicanos, en España, montando revuelo porque quieren presidente en lugar de rey, una fruslería, mientras que muestran una sumisión perruna a cuestiones de mucho más calado democrático y práctico, como esta del control policial, por ejemplo.

Pero acabemos mi historia de ese día.

Me di un baño, por supuesto, como tenía pensado; pero en la piscina municipal, que era también de aguas termales, no en la pequeña pileta que he descrito, pues ésta sólo la descubrí más tarde. Mientras me secaba tumbado al débil sol del ocaso me quedé dormido un rato, escuchando las voces ininteligibles de los otros bañistas, el acento dulce y arrullador del francés. Al despertar me sentí como nuevo, y con hambre. Cené una ensalada o algo así en una pizzería de la plaza. La gente me saludaba por la calle; los jóvenes también. Son educados estos franceses; y todo el mundo, desde luego, trata de usted a los desconocidos.

Aquella noche me fui a la cama con la cabeza llena de fantasías.

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Andorra: un enorme supermercado

Cuando se detiene uno a pensarlo, no hay más remedio que sorprenderse de la cantidad de erróneas certezas que cada uno de nosotros asume, sin modificar, a lo largo de lustros, décadas y, en muchos casos, toda nuestra vida. Unas de mayor relevancia que otras, por supuesto; muchas de ellas inofensivas, como la que voy a mencionar, pero otras muchas fatales para nuestra vida social o nuestro bienestar emocional.

Quizá porque alguien me lo enseñó así en mi infancia, o por haberlo leído en alguna parte entonces, yo siempre había creído que Andorra era un país social y culturalmente a medio camino entre Francia y España, que allí se hablaba indistintamente francés y español y que era visitado desde una y otra nación por igual. He tenido que viajar hasta Andorra por casualidad para darme cuenta de lo equivocado que estaba.

Valle pirenaico en Huesca.

Valle pirenaico en Huesca.

Ya en Huesca, como dije en el capítulo anterior, empieza a notarse la diferencia porque hay muchos catalanoparlantes en su mitad oriental; y si existe uno, sólo un factor que debiera destacarse a la hora de diferenciar a dos pueblos, dicho factor es el idioma. El idioma separa más que cualquier legislación o frontera, y casi tanto como la distancia. A veces, por ejemplo, me pregunto si las grandes diferencias culturales que hay entre España e Hispanoamérica se deben más a la distancia o a nuestro muy distinto modo de usar una lengua supuestamente común. En cualquier caso, los políticos han hecho una labor increíblemente eficaz en dividir España promoviendo el catalán como lengua vehicular prácticamente única en Cataluña, pues cualesquiera que fuesen las diferencias culturales (y los sentimientos) entre esta región y el resto del país hace cuarenta años, ahora se han multiplicado por diez.

Pero estoy divagando, como de costumbre.

Desde Sahún, donde había pasado la noche, regresé a Castejón de Sos para continuar por el Eje Pirenaico hasta Andorra. El primer lugar donde me paré esa mañana fue Noales, donde me llamó la atención el tono de la piedra de las casas y pude confirmar una vez más que, antiguamente, el color de los pueblos era casi idéntico al del paisaje sobre el que se levantan; y es que hasta tiempos no tan pretéritos los materiales de construcción aún se sacaban de la madre tierra en el lugar, o en sus cercanías y, por lo tanto, con la tierra se camuflaban: marrón o rojizo queda al secarse el adobe según las regiones, grises son los sillares de la sierra madrileña, sacados del granito, blanquecinos los muros de Cuéllar, ocres los del castillo de Olite, negruzcas las casas del Pirineo y rojizas las piedras con que está edificado Noales.

Casas en Noales (Huesca).

Casas en Noales (Huesca).

Al llegar a la provincia de Lérida la ruta pirenaica se bifurca, y yo, sin otro criterio que el de permanecer lo más cerca posible de las cumbres nevadas, tomé el ramal que va hacia el norte. Si acerté o no, no voy a saberlo, pero muy equivocado no pude andar porque los sitios por donde pasé eran paisajísticamente irreprochables.

Alto de la Bonagua.

Alto de la Bonagua.

Nunca había estado antes en el alto de la Bonagua, que yo recuerde, pero de todas formas me resultó curioso, al llegar allí, ver desiertas aquellas instalaciones de invierno, los teleféricos detenidos, las puertas del complejo de esquí cerradas, la maquinaria en silencio y ni un alma en todo el lugar. Me acerqué al borde de la ladera, donde el viento agitaba unas flores, y contemplé el valle. No me resultó fácil sostener la cámara con firmeza para hacer una foto, porque en aquel collado el aire se acelera y las rachas soplan con fuerza.

Fue un acierto traerme el casco jet para este viaje. Mientras hacía los preparativos estuve dudándolo mucho: el integral es más seguro, más visible (lo compré amarillo) y menos expuesto en caso de lluvia, pero el jet me proporciona un campo de visión mucho más amplio y claro, me da mayor libertad de movimientos, me facilita consultar el GPS en las paradas y me permite dirigirme a la gente sin ocultar el rostro. En cuanto a la seguridad, después de todo la velocidad media que estoy sacando en este viaje es de 52 km/h, así que tampoco estoy expuesto a choques demasiado violentos. Alguno pensará que un casco modular tiene las ventajas de ambos, y es cierto… si olvidamos el peso, que es para mí uno de los factores más importantes. Ya no soy ningún chaval y mis cervicales se resentirían mucho si tuviera que llevar casi dos quilos en la cabeza durante cinco horas al día. El casco modular pesa mucho; aparte de que no todos están homologados para conducir con la parte inferior alzada. Me alegro de haberme traído el jet, porque estoy disfrutando de lo lindo con los paisajes y la sensación de libertad.

Cuando por fin llegué a Andorra me dejó bastante frío: me pareció igual que el resto de los Pirineos, sólo que mucho más poblado. Es, en cierto modo, como un centro comercial gigante, un enorme supermercado pirenaico, donde la gente va a dejarse el dinero en compras y restaurantes no siempre más baratos que lo que puede encontrarse en el resto de la península. Es un país bonito, sin lugar a dudas, pero no más que cualquier otra zona de la misma cordillera. Y el tráfico en sus carreteras es incesante, lo cual le resta atractivo.

El por qué de la existencia de Andorra lo desconozco, pero imagino que tendrá mucho que ver con la fiscalidad y muy poco con la “identidad cultural”: en contra de lo que yo había tenido siempre por cierto (y aquí acabo lo que comencé al principio del capítulo), Andorra no está a medio camino entre los dos países que la bordean, sino que es España de pies a cabeza; más concretamente, Cataluña; y, de hecho, los franceses raramente llegan más allá de El Pas (justo tras su frontera), donde van para echar gasolina y hacer alguna compra. La gran mayoría del turismo es español, y el idioma predominante el catalán, aunque el francés es también cooficial. En lo que sí puede parecerse a Francia es en la riqueza; pero cualquier puerto franco la tiene.

Bueno, en realidad también se parecen a nuestros vecinos en otro aspecto social: la educación. Al contrario que en España, en Andorra (y, por supuesto, más adelante en Francia) me trataron en todo momento de usted, cosa que alguien con mis canas y mi mentalidad clásica agradece.

Igual que había hecho el día anterior, para buscar alojamiento me aparté de la ruta principal; y esta vez vine a recalar en Ordino, una pequeña localidad que -no hace falta decirlo- presenta la misma impecable estética y cuidado que la mayoría de los pueblos que he encontrado a lo largo de los Pirineos.

Ordino (Andorra)

Ordino (Andorra)

Estando allí, y por el placer de trepar un poco, seguí con la moto hasta el final de la carretera que sube por el valle, en lo alto de la cuenca, apenas a quinientos metros de las cimas montañosas y la cuerda que hace frontera con Francia, desde donde puede contemplarse una vista espectacular. Ahora, eso sí: me cansé de hacer curvas.

Rosaura en la cima de los Pirineos (Andorra)

Rosaura en la cima de los Pirineos (Andorra)

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El Eje Pirenaico

El Eje Pirenaico es la carretera estatal que, bajo diferentes números y atravesando distintas regiones, corre más o menos paralela al sur de los Pirineos; una magnífica ruta motera que discurre, con un buena cantidad de rápidas y entretenidas curvas, por imponentes paisajes que, en algunos lugares, casi quitan el aliento: valles llenos de vegetación, pantanos, frondosos bosques, caudalosos arroyos, asombrosas gargantas, montañas de picos nevados… así como profusión de pequeños y pintorescos pueblos, con casas de piedra desde los cimientos hasta los tejados, que son de lasca. A lo largo de esta carretera (y sus vecindades) nunca hay escasez de agua ni de lugares sombreados, y probablemente el único problema que se le va a presentar al motero es resolver el dilema entre disfrutar de la excitante conducción semi-deportiva a que la carretera invita, o de la naturaleza que lo asombrará detrás de cada curva; pero ambas cosas a la vez no pueden ser: o pones tus cinco sentidos en el asfalto o los pones en el paisaje; de lo contrario, lo que te dejarás en el asfalto será la piel.

Dicho esto, tengo que añadir que para mí el Pirineo es… como un parque de atracciones: entretenido, pero igual a cualquier otro. En su perfección paisajística y rural encuentro algo… casi de artificial, de poco auténtico, y la prosperidad y abundancia de riqueza se deja traslucir en muchos detalles. Es, para mi gusto, demasiado rico y turístico. Aquí, quienes tengan espíritu de exploradores verán un poco frustrada esa vena, al sentir que son el enésimo visitante, que nadie mira al forastero con verdadera curiosidad y que la foto más bonita que puedan encuadrar la han tomado ya miles de viajeros, ese mismo mes.

No quiero con esto decir, ni mucho menos, que no lo disfrutara, pero las impresiones que el Pirineo ha dejado en mi emoción no han estado a la altura de las que ha dejado en mi retina, ni se acercan a las que tuve al cruzar los bastante más genuinos parajes de Burgos o la sierra de la Demanda.

Una cosa, en cambio, sí he aprendido, y es que el Alto Aragón es muy poco Aragón. Me ha parecido percibir con cierta claridad que Huesca -perdónemne los oscenses- está dividida entre Navarra y Cataluña: la mitad oeste está conquistada por los vascones -que se delatan en los nombres de bares y comercios, o en los hábitos culinarios, el vino e incluso en el acento y el carácter- mientras que la oriental está invadida por Cataluña en el mismo sentido: tiendas, hoteles, restaurantes y, por supuesto, el habla. De modo que he visto poco de aragonés en esa parte de la Comunidad Autónoma, lo que ha supuesto una pequeña decepción para uno que esperaba descubrir una nueva provincia; no ha sido así: en Huesca he visto, principalmente, prolongaciones de Navarra y Lérida.

Un rincón en Yebra de Basa.

Un rincón en Yebra de Basa.

Desde Jaca, donde había pasado la noche en una habitación de hotel a precio de pensión por cortesía de su amable personal, seguí hacia el oeste el Eje Pirenaico, parándome en lugares como Yebra de Basa, donde me encontré por pura casualidad con una pequeña concentración de coches antiguos (si entendemos como tales modelos que estuvieron en auge durante los años 70): lo que más había eran Seat 600, el automóvil que acompañó a la despoblación de la España industrial, allá por los años 60; al éxodo masivo desde los pueblos a las ciudades, del que mi propia familia formó parte. Durante aquella década y la siguiente mi pequeña localidad natal vio sus habitantes reducidos a la cuarta parte; un fenómeno que, personalmente, no contemplo con benevolencia alguna.

Dos bonitas unidades del clásico Seat 600, el automóvil de los 60.

Dos cuidadas unidades del clásico Seat 600, el automóvil de los 60.

Paré también en Fiscal, a la vera de las impetuosas aguas pirenaicas del río Ara, con cuya cuenca  se empareja la carretera ofreciendo uno de los tramos más hermosos de la ruta hasta más allá de Boltaña, otro pueblo en piedra cuidado con esmero de coleccionista, o más bien de restaurador: impecable en su armonía.

Otro bonito y romántico rincón, esta vez en Fiscal.

Otro curioso y romántico rincón, esta vez en Fiscal.

Almorzando en una soleada terraza de Boltaña.

Tras el almuerzo en una soleada terraza de Boltaña.

Saliendo del valle del Ara, tras una cuesta, aparece a la izquierda Banastón, apenas una modesta y encantadora aldeíta al pie del monte y sobre los trigales, mirando hacia el mediodía, como casi todas las poblaciones de esta tierra de largos inviernos.

Al toparse con el río Esera gira la ruta bruscamente hacia el norte y aprovecha su estrecho cauce, que discurre a lo largo de una garganta de imponentes paredes, resultando uno de los tramos más fascinantes del Eje.

Garganta del río . Foto que por desgracia no hace justicia a la realidad.

Garganta del río Esera. Por desgracia, la foto no hace justicia a su belleza.

No obstante, siendo una preciosa ruta, tiene también un tráfico considerable, así que a la altura de Castejón de Sos me desvié siguiendo la cuenca del Esera un poco hacia arriba, hacia Benasque, para buscar un hotel algo apartado. Y lo encontré en Sahún, otro de los muchos pueblos meticulosamente conservados de la región, cuyas casas se disponen sobre una ladera, subiendo una empinada cuesta desde el cauce del río, de modo que gozan de unas espléndidas vistas. Y, como no era tarde, cuando acabé de acomodarme en la modesta habitación que me asignaron aproveché para mover las piernas -cosa que intento hacer por lo menos durante una hora cada día de viaje- a lo largo una de las varias pistas de senderismo locales, bordeando el pintoresco embalse de Linsoles.

Pequeño embalse de Linsoles.

Pequeño embalse de Linsoles.

Ya de regreso, la sombra de las montañas subía aprisa por la ladera opuesta, dejando al valle inmerso en una luz azulada y algo neblinosa que le daba un toque melancólico que se me comunicó al corazón; y de este humor volvía cuando apareció en mi camino el pequeño santuario de Guayente, en cuya silenciosa y desierta capilla -me sorprendió que estuviese abierta, pese a lo aislada- entré y, casi en absoluta oscuridad, me senté un rato a meditar.

Medité, como suelo, sobre la Iglesia y sus fieles, sobre la fe que no tuve la fortuna de encontrar en mi vida y sobre la casi heroica profesión de religioso en nuestros tiempos ateos. Hoy más que nunca admiro a los curas, en este mundo donde no hay lugar para la religión, y a su labor sin futuro ni esperanza razonable: leyendo sus inverosímiles sermones a una escasísima audiencia, cada vez más reducida. Me dan envidia sus creencias. Pienso que antaño, hasta no hace tanto tiempo, ser cura era no sólo fácil, sino para mucha gente una “tentación” que iba más allá de la fe, porque el poder de la Iglesia se hacía extensivo directamente a sus ministros: en cualquier comunidad, sobre todo en las pequeñas, el párroco era una personalidad no sólo respetada sino, con frecuencia, temida. Además, enlistarse en las filas del clero era una forma de tener acceso a una educación y una cultura que no todos podían adquirir. No había, por tanto, ningún crédito en ser cura por aquel entonces. Pero hoy, con la universalización de la cultura, el abandono en masa de la fe y, por último, el desprestigio de la Iglesia, creo que esa profesión exige unas cualidades poco comunes y, en cierto sentido, admirables.

Sobre esto pensé allí sentado en la penumbra de la capilla, y sobre otros aspectos de mi vida también, como este viaje a ninguna parte, a ratos tan carente de sentido, aparentemente como todo lo demás. Y por primera vez en mi vida saqué unas monedas del bolsillo y las puse en la caja de las limosnas -un gesto sin mérito, pero nuevo para mí-; y me sentí bien al hacerlo.

Por cierto, y para concluir este capítulo, diré que tiene Sahún uno de los cementerios más alegres que he visitado nunca: al pie de las altas montañas, cubierto de césped, adornado de flores y rodeado de árboles sobre la soleada ladera aneja a la iglesia, donde el permanente trinar de los pájaros pone la guinda a un lugar en el que -estoy seguro- el alma de aquellos que creyeron en su más allá descansa en verdadera paz. Difícilmente pudieron desear un lugar mejor para ser enterrados. (Pincha sobre la foto para ver el vídeo, que quizá transmita mejor las sensaciones del lugar.)

Cementerio de Sahún.

Cementerio de Sahún. HAZ CLIC PARA VER EL VÍDEO.

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Un lugar llamado Javier

No hay cereal más hermoso y noble que el trigo.

No hay cereal más hermoso y noble que el trigo.

Desde Olite hasta Jaca sólo hay ciento quince quilómetros, pero me llevó todo un día recorrerlos.  Viajo despacio y me detengo allá donde mis ojos y mi corazón me indican. O, bueno, más o menos: son tan hermosos los pueblos y rincones por los que voy pasando que cada uno merecería un capítulo aparte en mi cuaderno; me resultan un regalo para la vista y un verdadero bálsamo para el espíritu; y son, además, tantos estos lugares que, si me parase en cada uno hacia el que mi vista vuela, no me alcanzaría la vida para conocerlos ni describirlos.

A poco de alejarse el viajero hacia el nordeste desde Olite, empieza el terreno a ondularse, la moto se alegra con algunas curvas y cambios de rasante, y da comienzo el muestrario de pueblos navarros y aragoneses por los que he tenido la suerte o el tino de pasar.

Ahí está San Martín de Unx, lugar de fuerte herencia románica, construido en piedra sobre la piedra, en lo alto de un otero y dominando una vistosa campiña; con sus tres iglesias, sus escudos y sus fierros castellanos. Lugar de buenos vinos.

Hermosa vista desde la iglesia de San Martín.

Hermosa vista desde lo alto de San Martín de Unx.

Pórtico de la iglesia de San Martín

Pórtico de la iglesia de San Martín

Ahí está también Lerga, modesta aldea de la que poquísima gente habrá oído hablar aparte sus parroquianos, pero que puede rivalizar en atractivo con la mejor. Encantadora es su modesta iglesia, anchas y luminosas sus calles, recias sus casonas blasonadas y primorosa la plaza del ayuntamiento.

Casas en Lerga.

Casas en Lerga.

iglesia

Iglesia de Lerga.

plaza

Plaza de Lerga.

O Eslava, trepando por una colina y asomándose al sur.

Eslava

Eslava

Sangüesa es ya localidad más conocida, y con título de ciudad, por ende; municipio grande de la zona, bañado por el río Aragón y varias veces inundado por él. Ahí me detuve a tomar unas tapas y algún vino en uno de los muchos y atractivos bares que hay a lo largo de su animada calle Mayor, peatonal, así como en las calles aledañas, dentro del casco antiguo. Había ese día un mercadillo bajo los umbríos arcos del ayuntamiento que parecía un cuadro medieval.

Soberbia portada románica de Santa María la Real, en Sangüesa.

Soberbia portada románica de Santa María la Real, en Sangüesa.

Pero, con diferencia, el que me ha cautivado esta jornada ha sido uno de esos sitios que no vienen ni en los mapas: por una carretera de tercer orden, y aun así escondido y a trasmano, apenas sin señalizar, al tomar un desvío que pasaría desapercibido al conductor más atento, se encuentra un extraño lugar llamado Javier. En la ladera de un monte, frente a un delicioso valle arbolado, surge gallardo entre el verde del paisaje el castillo de Javier, llamado así porque fue la cuna de San Francisco Javier. En las proximidades, dos conventos, una basílica, un restaurante cerrado y un hotel. Eso es todo. Un conjunto llamativo y sorprendente, por lo bonito y perdido. Como una pequeña Arcadia divina, que lo mueve a uno preguntarse: ¿qué hace esto aquí? Quizá tenga su pequeño secreto… o quizá no, pero es mejor no saberlo porque así conservará en mi memoria el encanto de lo incógnito y remoto.

Castillo de Javier, cuna de San Francisco Javier.

Castillo e iglesia, cuna de San Francisco Javier.

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Patio de la basílica de Javier.

Al salir de aquel valle y volver a la “civilización” se desemboca a la altura de Yesa en la pintoresca carretera N-240, el llamado Eje pirenaico, que ahí empieza a bordear un embalse abundantísimo en preciosas vistas, de las que no tomé ni una foto porque me dediqué a juguetear con la moto en las curvas. Lo que sí hice fue apartarme por un camino y quitarme el pegajoso calor de ese día bochornoso dándome un baño en el agua del lago, que me dejó como nuevo.

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Rosaura, deseando darse un baño. Embalse de Yesa.

El vagabundo tras darse un baño en el embalse de Yesa.

El vagabundo tras darse un baño en el embalse de Yesa.

En un entorno ya más terrenal y prosaico, entre tierras de cultivo y al borde de la carretera, se yergue imponente sobre una cresta rocosa, que ha resistido a millones de años de erosión, la localidad de Berdún. Estamos ya en Aragón, provincia de Huesca (suponiendo que Huesca sea Aragón, por lo que ya diré en su momento). Berdún es otro de esos pueblos que no tienen desperdicio, bonito desde abajo y desde arriba, de frente y de perfil, por dentro y por fuera: con sus restos de la muralla medieval, sus casas haciendo balcón sobre la llanura, sus calles estrechas comunicadas por cantones y pasadizos, o su pequeña plaza recogida y discreta. Tiene, además, una pequeña colección de casas escogidas distribuidas en una sencilla ruta muy fácil y agradecida.

Berdún.

Berdún.

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Mirando hacia poniente.

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Casa palaciega en Berdún.

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Dominando la llanura.

Me demoré un buen rato descubriendo Berdún y haciendo fotos, y me habría quedado a dormir de no ser porque en la hospedería no quedaban habitaciones libres; así que hube de irme hasta Jaca, conduciendo entre dorados y esplendorosos campos de trigo, del que en alguna ocasión tengo dicho que no hay cereal más hermoso y noble.

Trigales llegando a Jaca.

Trigales llegando a Jaca.

Ya venía la tarde bochornosa y amenazando lluvia, y estaba yo entrando por la puerta del hotel donde me alojé en Jaca justo cuando descargaba la tormenta. Medio minuto más tarde y me calo. Después, cuando escampó, tuve ocasión de aprender lo bien que se tapea allí; un verdadero paraíso de los pinchos, y también del vino. Un final de jornada redondo. Regresé a la habitación del hotel bien satisfecho y, como diría mi madre, cantando baixiño.

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Disfrutando Olite

Plaza de San Martín, el centro social del pueblo, y castillo al fondo.

Plaza de San Martín, el centro social de Olite, y castillo al fondo.

Es común, escribiendo diarios de viaje, que en cuanto te descuidas un par de días se te empiezan a acumular los eventos, vuelan las jornadas, se amontonan los lugares, las impresiones, las experiencias, y al final pierdes el hilo y la cuenta. Y lo del diario online no lo hace más fácil; al contrario: con el diario tradicionale, de a cuaderno grapado y boli Bic, que lo mismo escribes tomando el desayuno que echando un vermú en una terraza o esperando al tren, en cualquier tiempo muerto de los muchos que tiene la jornada, es más raro que esto ocurra.

La calle San Martín, con sus varias terrazas donde, tanto por la mañana como al atardecer, se está en la gloria.

La calle San Martín, con sus varias terrazas donde, tanto por la mañana como al atardecer, se está en la gloria.

Venía diciendo en el capítulo anterior, creo, que toqué el cielo con las manos -paisajísticamente hablando- a lo largo del recorrido a través de la Sierra de la Demanda, de la cual salí por una impresionante puerta natural hacia el mucho más modesto valle de Ebro. Y dije también -o, si no, lo digo ahora- que Logroño, una de las capitales de provincia más bonitas y con mejor calidad de vida, no hizo -por comparación con la sierra- gran mella en mí esta vez. De modo que sólo pasé una noche allí, y a la mañana siguiente cogí la moto y continué viaje.

La muy castellana plaza del ayuntamiento.

La muy castellana plaza del ayuntamiento.

No obstante, esta etapa fue muy corta: apenas había hecho unas decenas de quilómetros (Lodosa, Andosilla, Peralta y Marcilla) cuando, por equivocarme en un cruce, tuve la suerte de ir a parar a la noble villa de Olite, donde (aunque sin comparación con Santo Domingo) el cuerpo me pidió quedarme tres días; y es que tras haber hecho un centenar de quilómetros por el desierto estético del sur de Navarra, Olite me pareció como un oasis de armonía. Aparqué la moto en la bonita plaza del ayuntamiento, escogí el hotel que más plugo a mis sentidos y, como me acogieron con la sencillez que me gusta, hice de él mi casa.

Pasé los tres días escribiendo el diario, paseando por las calles del casco viejo -restauradas con gusto irreprochable-, haciendo mil fotos de lugares hermosos (fotos que luego, al verlas en la pantalla, siempre te decepcionan) y decorando las maletas de Rosaura con papel verde fosforito para ser más visible en la carretera.

Este atrio exterior embellece y le da enorme gracia a la plaza de los Teobaldos.

Este atrio exterior embellece y le da enorme gracia a la plaza de los Teobaldos.

Una cosa, sin embargo, no me gustó del pueblo: Olite huele a porro. Cosa, por cierto, muy común en la España vascongada. Siento mucho decirlo, pero Olite es otro de esos municipios del “norte” cuyas autoridades parecen ver con buenos ojos que la gente fume canutos por la calle, en los parques y hasta en las terrazas de los bares; y a mí, que apenas tolero el humo del tabaco, el empalagoso del hachís me pone de los nervios. Eso de darle al canuto será muy progre y muy guays, pero yo no soy ni una cosa ni otra, así que ahí queda esta crítica.

La entrañable rúa Portillo, con su virgencita sobre el arco de la puerta.

La entrañable rúa Portillo, con su virgencita sobre el arco de la puerta.

Espero que estas fotos describan Olite mejor que yo. Quizá lo que más me ha gustado del casco antiguo es el curioso conjunto arquitectónico formado por el Castillo-Palacio real, el acceso al atrio, la iglesia de Santa María la Real, el atrio mismo -con pozo y todo- y el parador Nacional. Por cierto que el castillo de Olite es muy bonito pero, para mi gusto, demasiado perfecto; le falta algo. Autenticidad quizás. Me recuerda un poco, salvando las distancias, al alcázar de Segovia: rellena muy bien una postal pero no tiene alma. Es como un Exin-castillos.

Acceso al claustro

Acceso al atrio

Este conjunto que digo tiene una combinación casi perfecta de contrastes: fuertes luces y duras sombras, los colores de la piedra y el cielo, el juego de columnas y líneas de fuga, de esquinas y peldaños, de puertas insinuadas, y el atrio a cielo abierto con su desnudez casi erótica, sugiriendo intimidades desveladas.

Frente de la iglesia BlaBla a través de las columnas del atrio.

Frente de la iglesia Sta. María la Real a través de las columnas del atrio.

Y el pozo; ese pozo que nunca falta en las leyendas y que seguro guarda, como los pozos del sur, una mujer mora en las aguas del fondo que hipnotiza y cautiva a los niños que se asoman al brocal…

Pozo del atrio.

Pozo del atrio.

Me llamó la atención, por esa vena mística que a veces me susurra en el oído, y por esa España sin complejos de la que tanto estoy hablando, el lema que esta bodega se atreve aún a ostentar sobre el dintel de su puerta. Lamentablemente, tiene poco futuro una bodega con tal estética, en los tiempos que corren, con tanto descreído suelto que anda por ahí.

¡Bravo por Vega el Castillo!

¡Bravo por Vega el Castillo!

He dicho vena mística pero, en realidad, lo mío no es nada de eso. En el fondo, soy más ateo que Marx. Lo que ocurre es que me encuentro cómodo en un mundo con iglesias, campanas, curas, procesiones y los atributos típicos del catolicismo. Es lo que mamé desde la infancia y con lo que me alimenté hasta salir de la pubertad, y por eso la cultura de rezos y misas, la liturgia, las capillas, iconos y retablos, los dichos y expresiones, los refranes… muchos detalles de nuestra vida cotidiana que vienen de ese mundo -hoy agonizante pero que sigue vivo en mi memoria-, todo eso forma parte inseparable -e irrenunciable- de mí. Me devuelve tantísimos recuerdos de la niñez que me trae paz espiritual, seguridad, y me siento en mi elemento. Quizá ahora más que nunca lo valoro, cuando viajo por estos mundos de Dios sin Dios. Por eso, aunque no soy creyente, respeto a la Iglesia y la quiero; no podría ser de otro modo sin renunciar a lo que yo soy, a la información que guardan mis neuronas y que conforma la mente del que esto escribe. Amén.

Amapolas entre el trigo, cerca de Beire.

Amapolas entre el trigo, cerca de Beire.

Por último, aprovechando mi larga estancia en Olite, di un gran paseo hasta la vecina aldea de Beire y fotografié el trigo y las amapolas que tanto placer están dándome a la vista últimamente, y también una de esas enormes casas de la rancia nobleza, por supuesto blasonada, en alguno de cuyos salones ha de haber un oscuro y grave reloj de péndulo que aún funciona, y cuyas alcobas conocieron inconfesables historias de adulterios.

Old nobility house in Beire.

Vieja casa nobiliaria en Beire.

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Tocando el cielo

Santo Domingo de Silos ha sido inolvidable y difícilmente superable. Poco imaginaba yo, cuando decidí pernoctar ahí, cuán recompensado me vería. El pueblo recogido y entrañable, el entorno natural e inmaculado, el ambiente de sosiego y silencio, el vecindario campechano y noblote, el clima idóneo… No ha habido una sola nota discordante en la melodía.

Vista de Santo Domingo de Silos al atardecer.

Vista de Santo Domingo de Silos al atardecer.

La misma tarde de mi llegada, ya anocheciendo, salí a reconocer los bares y procurarme algo de cenar. Tanteé dos o tres, hasta que di con el restaurante. La señora estaba cenando sentada a una de las mesas y, nada más verme entrar, me preguntó: “¿qué quieres, hijo?” Le dije que quería cenar y me ofreció el menú por diez euros. Sin sacarme una carta ni nada me iba preguntando, al estilo madraza, qué me apetecía de primero y de segundo, qué de postre y de bebida; como en las pensiones antiguas o en los restaurantes de Galicia. Bueno, pues la sopa castellana y los huevos fritos con morcilla de Burgos, entonces. Me senté y, mientras ella fue a disponer lo necesario en la cocina, me alargó una botella de vino que -me dijo- habían dejado a medias los comensales anteriores. Me fascina esa España sin complejos ni remilgos, sin florituras a la francesa, que aún queda en algunas partes. Y cené como si estuviera en mi casa de cómodo y arropado. Imagino que yo no era el único en sentirse a gusto allí, porque el lugar estaba animado mientras que los otros restaurantes se veían medio vacíos. Había unos gabachos en una mesa vecina, y otros que debían ser holandeses o alemanes, por el acento. Había también alguna gente del pueblo o de las pedanías, porque conocían a la señora y a los camareros. Se respiraba una atmósfera cálida y familiar.

Al salir había refrescado bastante y, desde la calle, el restaurante se veía aún más acogedor, si cabe: como esas imágenes navideñas donde, en contraste con un paisaje nevado, se simboliza el calor de los hogares con la luz amarillenta que escapa de sus ventanas. El resto del pueblo estaba casi desierto; los otros bares cerraban ya sus puertas. La campana de la iglesia daba un cuarto cuando pasé junto al muro. Eran ya completas. Esa noche, arrullado por el borboteo del agua en las piedras del arroyo, dormí como un bendito. Mi último pensamiento antes de caer vencido por la fatiga fue la decisión de prolongar mi estancia un día más.

Y no muy lejos de donde reposaba yo mi cabeza debió reposar la suya, hace ya casi mil años, don Rodrigo Díaz de Vivar. Se dice que el Cid Campeador, en su destierro, pasó la primera noche en Silos; y según los documentos históricos parece ser también que conoció personalmente a Domingo Manso (el futuro Santo Domingo) cuando éste era abad del antiguo monasterio de San Sebastián de Silos. Si ambas cosas son ciertas o no, ahí lo decidan los historiadores, pero desde luego la leyenda contribuye mucho al misticismo del lugar.

En cualquier caso, está fuera de duda que Rodrigo Díaz poseyó heredades en lo que ahora es término de Peñacoba, una pedanía de Silos; y en busca de esa ruta, la del destierro del Cid, fui al día siguiente en peregrinación a Peñacoba por un antiguo y evocador camino que atraviesa un laberíntico paisaje calizo donde, a tramos, sólo crecen añosas y resistentes sabinas.

Por cierto que, al final, no pasé dos noches en Silos, sino tres. Estuve tan a mis anchas allí que no me decidía a marcharme. Los alrededores de Santo Domingo son tan pastoriles como el pueblo en sí, y al caminar por ellos parece como si eso que llaman progreso no hubiera llegado a este rincón de Burgos: construcciones de piedra, tejas de barro cocido, cercados con postes de madera, sendas de herradura, ganado bovino suelto. En algunos lugares, casi nada recuerda al visitante el siglo en el que vive… si no es por los coches.

Valle de Mirandilla.

Valle de Mirandilla.

En otra de esas rutas, al coronar un collado tras una prolongada y fatigosa subida, existe a un lado del camino, frente a la espléndida vista panorámica del escondido y puro valle de Mirandilla, una estela que tiene esta hermosa e inspiradora leyenda:

No hay paisaje castellano ni tierra más brava que esta. Gallardía hay en la cuesta y misticismo en el llano.

No hay paisaje castellano ni tierra más brava que esta. Gallardía hay en la cuesta y misticismo en el llano.

Y, hablando de tierra brava, resulta que en este valle de Mirandilla se rodó, hace ya nada menos que cuarenta y seis años, la película “El bueno, el feo y el malo”, todo un clásico del spaguetti protagonizado por otro clásico que estos días acaba de cumplir ochenta y cinco; así que Clint Eastwood andaba por entonces rondando los cuarenta. Un chavalín.

Por estos prados se rodó

Por estos prados se rodó “El bueno, el feo y el malo”.

Reemprendí mi viaje una preciosa mañana, alegre, soleada y fresca del mes de junio; no sin lástima de decirle adiós al restaurante donde cenaba como en casa y a las otras virtudes de Silos. Pero largo es el camino y muchas cosas habrá en él que disfrutaré igualmente.

De Santo Domingo fui a Salas de los Infantes, un pueblo por el que había pasado ya un cuarto de siglo atrás, cuando recorrí el camino de Santiago en bicicleta con otros cuatro compañeros en uno de los viajes más inolvidables de mi vida; una de esas hazañas que forman el carácter y dejan huella indeleble en el corazón y en la mente.

En Salas de los Infantes.

En Salas de los Infantes.

Esta vez, sin embargo, Salas me hizo poca impresión. Comparado con los pueblos de los que venía; comparado con Silos, sobre todo, apenas le vi atractivo. Hice un par de compras y continué por la ruta que atraviesa la Sierra de la Demanda, camino de Logroño. Esa carretera no tiene desperdicio: es uno de los recorridos más variados e impresionantes que puedan hacerse; no sólo por los paisajes, que en ocasiones quitan el aliento, sino sobre todo por su autenticidad (atributo vago -me consta- y difícil de expresar, pero fácil de aprehender cuando se pasa por allí). Y es que aquellas sierras, aquellos valles y aquellos pueblos tienen algo de genuino, de original, que parece haberse perdido ya en muchos lugares. Es una región con carácter, con una personalidad que, quizá, sólo puede apreciarse cuando se compara con otras zonas rurales.

Me resultaría casi imposible, e inaceptablemente premioso, tratar de reflejar aquí con palabras todas mis impresiones, así que me limitaré a hacer algunos comentarios sobre los pueblos y parajes que más llamaron mi atención.

Río Pedroso, a su paso por Barbadillo de Herreros.

Río Pedroso, a su paso por Barbadillo de Herreros.

Barbadillo de Herreros, noble villa encajada en paisaje de austera y ejemplar castellanía, fue cuna de Francisco Grandmontagne, uno de los grandes desconocidos de la Generación del 98, a quien Primo de Rivera ofreció la embajada española en Argentina. El pueblo lo conmemora con una bonita frase: el insigne escritor que supo dignamente llevar, hasta muy lueñes tierras, la cadencia y bellezas del habla castellana.

Palacete nobiliario a la entrada de Barbadillo de Herreros.

Palacete nobiliario a la entrada de Barbadillo de Herreros.

Ubicado en plena sierra de la Demanda, entre robledales, tierras de cultivo y de pastoreo, Barbadillo es uno de esos pueblos que yo llamo “de la España sin complejos“, como lo atestigua este viejo letrero publicitario que, no obstante sus años, aún no ha sido víctima de pintadas por parte de la intolerante progresía.

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En el “centro” del pueblo, a ambos lados de la carretera, se miran frente a frente dos edificios a cuál más hermoso: uno, el “Ayuntamiento y Escuelas”, que además de ambas funciones aloja también el único bar de la localidad; otro, la vieja iglesia, de la que destaco este curioso altorrelieve sobre su puerta lateral:

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A mitad de camino entre Barbadillo y Monterrubio de la Demanda tuve ocasión de admirar uno de los paisajes más puros y castellanos por los que he pasado en mi vida, un paisaje que reúne todos los elementos que definen aquella tierra: el matorral bajo, las verdes praderas, el ganado ovino, las arboledas, la sierra y, como nota que llamó mi atención, un parche de nieve en lo alto de la montaña que aún se resiste a los calores de princpios de junio. Es una vista que, pese a lo mudable de mi carácter, creo tardaría muchos años en llegar a aburrirme.

Entre Barbadillo de Herreros y Monterrubio de la Demanda.

Entre Barbadillo de Herreros y Monterrubio de la Demanda.

La noticia de la abdicación del rey Juan Carlos I a la corona de España me cogió justo cuando me tomaba una cerveza en Canales de la Sierra, otro de los varios pueblos impecablemente tradicionales de esta ruta olvidada, gracias a Dios, por el turismo; no digamos ya por la fiebre constructora.

Canales, con su peculiar ermita de San Cristóbal.

Canales, con su peculiar ermita de San Cristóbal.

El municipio de Canales está ya en Logroño, que sigue siendo provincia profundamente castellana por mucho que quieran insistir en diferenciarla administrativamente. El pueblo, con apenas cien vecinos en verano, se encuentra nada menos que a 1050 m sobre el nivel del mar.

Casa consistorial de Canales.

Casa consistorial de Canales.

Un paseo por los alrededores de Canales sitúa al caminante en mitad de una vida tan rural como pueda encontrarse en España.

Escena campestre en el municipio de Canales.

Escena campestre en el municipio de Canales.

Y la obligada visita a la iglesia de San Marcos, una magnífica muestra del románico, lo invitará a meditar unos instantes bajo el umbrío y bello pórtico.

Pórtico de la ermita de San Marcos, con columnas de mucho mérito.

Pórtico de la ermita de San Marcos, con columnas de mucho mérito.

Pero si hubo un pueblo en esta etapa que me dejó sin respiración, ese fue Anguiano; más concretamente Las Cuevas, uno de sus barrios. Surge de repente, sin esperarlo, tras una curva de la carretera, y se ubica justo bajo un impresionante corte en la roca de la montaña que sirve, por derecho propio, como puerta a la sierra de la Demanda. Puerta en ambos sentidos: en el más literal porque es una angostura que asemeja el vano de una puerta o, más bien, la entrada a una muralla; y en el más figurado porque, a uno y otro lado del muro de roca, el paisaje cambia drásticamente: allí acaba de sopetón la sierra y da comienzo el valle del Ebro, la vegetación varía, los bosques terminan y el clima se torna notablemente más cálido.

Cortado en la roca. Uno de los flancos de la entrada natural a la Demanda.

Cortado en la roca. Uno de los flancos de la entrada natural a la Demanda.

Y justo al pie de ese cortado, escondido y protegido en una garganta del Najerilla, cruzando el espectacular puente Madre de Dios, se encuentra el barrio de Las Cuevas. Pues bien, ahí la Iglesia Católica tuvo las narices de construir una iglesia, al pie mismo de la roca, que da vértigo sólo de mirar hacia arriba a lo alto de la torre.

Iglesia San Pedro de Cuevas.

Iglesia San Pedro de Cuevas.

Torre de la Iglesia de San Pedro de Cuevas, vista desde la base.

Torre de la Iglesia de San Pedro de Cuevas, vista desde la base.

El puente que da paso  al barrio de Las Cuevas es una obra de arte, no tanto por su arquitectura, de un solo arco, como por su ubicación, ya que se apoya sobre la roca natural en ambos lados de la garganta y nada menos que a treinta metros de altura sobre las aguas del Najerilla, que pasa por ese estrecho rugiente y salvaje. No fui capaz de hacer una foto que captase adecuadamente la impresión.

Y en la otra orilla de Las Cuevas, pasando la dicha puerta natural, está Anguiano, el último de los pueblos bonitos de la ruta desde Santo Domingo de Silos (que nos parece ya tan lejano).

Anguiano visto desde Las Cuevas.

Anguiano visto desde Las Cuevas.

Así que, recorridos estos dramáticos parajes, estos pueblos vistosos cargados de personalidad, ¿quién se deja impresionar por Baños del río Tobia, por Nájera o por Cenicero? Ni siquiera Logroño, esa encantadora capital del vino y del tapeo, pudo hacer mella en mis sentidos aquella tarde, como no fuese en el estómago; porque, eso sí, en Logroño no se perdonan unos riojas y unos pinchos, que los hacen tan sabrosos como los afamados de Vasconia, si no mejores. Si bien es cierto -y que me perdonen los logroñeses-, que su bonita ciudad está, económicamente, medio conquistada por los vascos, quienes poco menos que la consideran suya. Como no despabilen, en una de estas movidas políticas se la quitan.

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¿Vida monacal?

Atrás quedan Peñafiel, su castillo y sus afamadas bodegas; por delante la meseta, que va dulcificándose a medida que asciende hacia tierras más lueñes y hermosas. El cielo está poblado de cumulus humilis, el viento racheado acaricia las mieses, llenando de matices el verde y oro de los trigales; entre nube y nube, el sol brilla con suave dulzura y arranca a las flores, a los árboles, a las piedras, a los sembrados, al campo todo sus mejores colores. Ha quedado una tarde soberbia, gloriosa, capaz de contagiar al más desdichado alegría de vivir.

Momento de beatitud entre La Horra y Cabañes.

Momento de beatitud entre La Horra y Cabañes.

No sé si a estas alturas habrá algún lector que no esté al tanto de mi preferencia por lugares apartados y poco poblados, o por entornos naturales y rurales, así que nadie se sorprenderá al saber que, pasado el “bullicioso” Peñafiel, abandoné la carretera general (que se decía en mis tiempos) N-122 y cogí una local según mi rumbo nordeste, en dirección a Roa. No me detuve aquí, sin embargo: ya tenía bastante, por el momento, en cuanto a pueblos viticultores, así que continué hacia donde mi instinto me dirigía: camino de La Horra, Sotillo de la Ribera, Cabañes de Esgueva… Lo mejor -paísajísticamente hablando- de la jornada acababa de empezar, y en esos tramos del altiplano, sembrados de inacabables trigales, tuve la suerte de fotografiar algunos panoramas que -lástima- habrían merecido un mejor cámara que yo.

Trigales entre Sotillo de la Ribera y Cabañes de Esgueva.

Trigales entre Sotillo de la Ribera y Cabañes de Esgueva.

Entre uno y otro de estos pueblos el paisaje comienza poco a poco a cambiar: la árida llanura va quedando abajo, atrás, y, entre valles y lomas, la carretera asciende de manera casi imperceptible, pero cierta, hacia mayores alturas. A medida que me aproximo a las primeras estribaciones que rematarán en la sierra de la Demanda, empiezo a encontrarme con más zonas de arboleda. La carretera, casi desierta, me permite parar en cualquier momento y ensayar, por ejemplo, una fotografía de mí mismo, tal que esta:

“Selfie”, en algún lugar entre La Horra y Bahabón.

Estoy disfrutando tanto que, antes de darme cuenta, he llegado ya a la radial Asepsia-1 y, cruzando al otro lado, me veo consultando el mapa para saber a dónde quiero ir. Mientras estoy detenido al borde de la calzada un paisano se para y me pregunta: “¿todo bien, necesitas ayuda?”. Le agradezco, me sonríe y se marcha. Estoy en el buen camino -me digo. Hace muchos, muchos años, cuando yo era tan joven que el mundo no tenía límites ni espaciales ni temporales, tuve una novia con la que hice algunos de mis primeros viajes; en uno de ellos habíamos pasado por Santo Domingo de Silos; y de aquella visita, aparte una buena impresión general, me había quedado sólo una imagen en el recuerdo: un monasterio con un enorme abeto en el recinto frente a su entrada. De ese monasterio y de ese abeto, de ese lugar en mi pasado, quise hacer mi meta para hoy.

Y acerté. Pero, antes, ¿qué hermosos pueblos no habré cruzado? ¿Qué paisajes no me habrán regalado los dioses? A lo largo de una carretera de tercer orden, sin prisa sobre mi cabalgadura, ataviado con armadura blanca, voy admirando el campo a mi alrededor y pienso que me han hecho falta treinta años de viajar para venir a aprender ahora que la mejor manera de hacerlo -quizá la única auténtica- es despacio.

Me detengo en un lugar llamado Pinilla Trasmonte y aparco junto a la iglesia. Ya he expresado en algún otro lugar de este blog la admiración que no deja de causarme el frenesí constructor que ha mostrado la Iglesia Católica durante dos mil años. Aunque sólo sea por esto merece ya mi respeto. No hay aldea ni pueblo apartado, barrio ni pedanía, en región alguna española (de la España con mayúscula) donde la Iglesia no haya erigido una parroquia, una basílica, un monasterio, una catedral, una seo, una humilde ermita, una capilla. No puedo ocultar mi admiración e incluso mi envidia: ¿qué fe no habrá alimentado a ese ímpetu! Y es igual que se trate de una fe absurda y sin fundamento (¿acaso toda fe no lo es?) porque, quienes la hayan tenido, nunca pueden haberse sentido vacíos, como a menudo me siento yo. El párroco local, el obispo de turno, el cura, el prior, el abad, el simple monje… ninguno de ellos sintió -quiero pensar- la loca necesidad que a mí me empuja de viajar hacia Ninguna Parte: todos ellos supueron quiénes eran, todos creyeron -equivocados o no- en su labor, rara vez los inmovilizó la duda; vivieron y murieron donde pensaron que Dios los había puesto, y sus vidas significaron algo para ellos mismos.

Iglesia de Pinilla Trasmonte, bajo un sol que empieza a declinar.

Iglesia de Pinilla Trasmonte, bajo un sol que empieza a declinar.

Los rincones de los pueblos ejercen sobre mí un magnetismo con frecuencia irresistible, y allá donde atisbo una casa antigua, un techo de teja árabe, una pared de adobe, una puerta de madera, allá me encamino como hipnotizado. Tras la iglesia de Pinilla hay este romántico rincón, dos o tres casas que quizá no ha más de tres décadas estaban aún habitadas por viejos matrimonios que también supieron quienes eran, cuyos huesos reposan ya -sin duda- en algún descuidado cementerio rural invadido por las ortigas.

Rinconcito tras la iglesia de Pinilla Trasmonte.

Rinconcito tras la iglesia de Pinilla Trasmonte.

Y ahí está ella, mi “fiel” Rosaura, cual montura embridada que espera con paciencia a que su jinete acabe la breve visita al pueblo.

rosaura

Pero Pinilla no será más que una -y no la más bonita- de las varias aldehuelas que jalonan mi camino hasta Silos. Una legua hacia el este llego a Santa María del mercadillo, donde soy bien acogido: los paisanos son amables, serviciales, y se sienten honrados por la visita; hablan conmigo, me preguntan, me indican, me sugieren. Hay en una loma detrás del pueblo un antiguo cementerio, muy antiguo y pequeño, circundado por recio murete de piedra, en cuyo interior la hierba, muy crecida, cubre casi por completo la única cruz, herrumbrosa, que ha pervivido al paso de los siglos. Subo y allí me detengo un momento a meditar. Es una melancólica imagen la de esa cruz, olvidada y solitaria en su recinto sagrado, medio caída sobre la mies que el viento arremolina, aguardando aún el día del juicio final.

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Encuentro, además, otros pequeños detalles en este pueblo que me emocionan, que me transportan a mi más tierna infancia, vivida en una España profundamente -casi primitivamente- rural y sin complejos, cuando las escuelas no necesitaban instalaciones especiales, cuando los profesores se llamaban maestros y no precisaban, para enseñar, más que un encerado, un puñado de tizas y una recia regla de madera, y cuando a las calles podía aún ponerse el nombre de José Antonio sin que viniera ningún gilipollas a llamarte nazi.

Escuela vieja de chicos. en Sta María del Mercadillo.

Escuela vieja de chicos, en Sta María del Mercadillo.

Calle José Antonio, en Sta. María del Mercadillo.

Calle José Antonio, en Sta. María del Mercadillo.

Acabada mi visita (me habría quedado a pernoctar si hubiese habido hospedería) me despido de los hombres –vayan ustedes con Dios, les digo al estilo antiguo, y me miran algo extrañados-y, subiendo a la moto, arranco y continúo camino.

Estos sí que no tienen ya prisa alguna.

Estos sí que no tienen ya prisa alguna.

Los neumáticos de Rosaura han de cruzar aún las breves calles de Cieruelos y Brihongos (de Cervera); el aire refresca, las zonas de arboleda menudean, el paisaje se hace soberbio ya cuando enlazo con la panorámica ruta que lleva desde Aranda hasta Silos: doquiera que dirijo la mirada es un regalo para la vista; y, por fin, casi en llegando a mi destino, como un heraldo del recinto natural al que precede, se abre la puerta gigante y magnífica de La Yecla, el desfiladero que sirve de entrada meridional al valle del Mataviejas.

Las dos crestas rocosas que forman La Yecla, el desfiladero de entrada al valle del Mataviejas

Las dos crestas rocosas que forman La Yecla, el desfiladero de entrada al valle del Mataviejas

El paso entre ambas crestas rocosas es tan angosto que no da para el ancho de la carretera, que ha tenido que ser excavada en la piedra.

A medida que se aproxima uno a La Yecla, se adivina la angostura.

A medida que se aproxima uno a La Yecla, se adivina la angostura.

De hecho, el paso natural es en algunos puntos tan estrecho que puede tocarse cada lado con una mano sin apenas estirar los brazos. Sólo el agua, con su fuerza erosiva y por disolución, a lo largo de millones de años se ha abierto camino aprovechando una fractura en la piedra; pero un camino estrecho por donde no puede discurrir más que ella.

En esta foto se percibe el grado de angostura; por abajo discurre el arroyo

Detalle donde se percibe el grado de angostura; por abajo discurre el arroyo “Cauce”, de originalísimo nombre.

Una vez contemplada y recorrida -a pie- la pequeña maravilla de la naturaleza que es Yecla, sólo una legua me resta por hacer en esta completa jornada antes de llegar, por fin, a Santo Domingo de Silos.

Nada más entrar, a la derecha, está la valla del monasterio y, pasando su cancilla, me veo -treinta años más tarde- en el patio con el recordado abeto centenario.

Abeto centenario en el patio de entrada del monasterio de Silos.

Abeto centenario en el patio de entrada del monasterio de Silos.

Mi intuición, de la mano de mi instinto viajero, me hacen descartar los tres primeros hoteles de sugerente aspecto que, al borde de la carretera, abren sus puertas al turista. Sigo apenas cien metros y, doblando la esquina de la iglesia aneja al monasterio, a mi derecha, desciende una calle adoquinada que remata en un pequeño arco, al otro lado del cual y pasando el río se ve un hotel, al pie mismo de una verde loma a la que el sol de la tarde enciende con los colores más hermosos y relucientes que puedan desearse. El conjunto me enamora con un flechazo de amor verdadero: la calle empedrada, el pequeño hotel algo apartado, el arco de piedra, una acequia que vierte sus impacientes aguas al Mataviejas, la colina verdecida, la ermita de piedra ocre que se yergue en su ladera… todo, cada uno de esos elementos, parece haber sido puesto allí por encargo expreso de mi gusto.

Mi hotelillo, al pie de la ladera.

Mi hotelillo, al pie de la ladera.

En el hotel me atiende un hombre sencillo, que se conduce con naturalidad, tan sin pretensiones como el hotel que regenta. El precio de las habitaciones me cae bien al presupuesto. Le pido que me enseñe una de ellas y, al subir y mirar por la ventana, esto es lo que veo:

Iglesia del monasterio de Santo Domingo, desde la ventana de mi hotel.

Iglesia del monasterio de Santo Domingo, desde la ventana de mi hotel.

Pedir más sería un delito. Allí me quedo. Estoy feliz: he acertado en todo durante este día, que remato de manera intachable. Aparco la moto junto al hotel, subo las maletas, me cambio de calzado y lo primero que hago, libre ya de impedimenta, es subir por esa ladera con su ermita que están llamándome a gritos desde que les he echado el ojo. ¡Dios mío, qué bien se está! ¡Qué delicia de temperatura, qué silencio! Tan sólo se escuchan unas esquilas en la lejanía, las voces distantes de unos niños y, a ratos, una campana dando los cuartos sin alboroto.

Vista desde la ermita de Silos.

Vista desde la ermita de Silos.

Sobre la hierba de la ladera, al pie de la ermita, hay un via crucis de piedra que parece quiere decirme algo. Al mirar hacia atrás, el monasterio, el pueblo, el valle entero me sonríen, reflejando el sol en los tejados, en la piedra, en los árboles y en las mieses.

Santo Domingo de Silos y el valle del Mataviejas.

Santo Domingo de Silos y el valle del Mataviejas.

Me llego hasta la ermita, dedicada a la virgen del Camino; nombre muy adecuado, pues -casualidad o no- se sitúa junto al camino por donde pasó, yendo hacia su destierro, don Rodrigo Díaz de Vivar. Sólo contemplarla allí, en su ladera, con los ojos de sus ventanas mirando hacia el sol poniente, como llamando a la esperanza, es una vista que alegra el corazón.

Ermita de la virgen del Camino.

Ermita de la virgen del Camino.

En su flanco sur, a resguardo del vientecillo norte que sopla fresco, y asoleada por este día radiante, hay una piedra de tamaño regular, con la superficie algo cóncava de tantos miles de posaderas que allí han descansado. Ahí me acomodo, cierro los ojos y me dejo llevar un largo rato por el sueño y el ensueño, reposando la nutrida jornada…

alSolEnSilos

A medida que va el sol acercándose al horizonte la tarde refresca y, aunque estoy a sotavento, empiezo a sentir frío. Es hora de bajar y buscar algún sitio donde pueda cenar algo. Paso primero por la habitación para echarme una cazadora por los hombros y luego me encamino al “centro” del pueblo. Según voy llegando al flanco de la iglesia, mi vista se posa sobre un enorme mural que no advertí al llegar. Un mural devoto que, teniendo en cuenta mis pensamientos desde que di comienzo este viaje, entre todos los visitantes del pueblo parece estar hablándome exclusivamente a mí:

feQueVenceDuda

Sí, esa fe… ¡ah, quién la tuviera?

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