El ciego sol se estrella…

Los inacabables llanos de Castilla

Los inacabables llanos de Castilla

Empieza el segundo día de mi viaje a ninguna parte con un pequeño susto: justo antes de subir a la moto me entra el pánico porque no encuentro el teléfono móvil. Vuelvo al hotel y remuevo Roma con Santiago; pongo a todo el mundo alerta a buscar mi travieso duendecillo, y así es como, pese a que muchas veces lo he intuido, comprendo en toda su magnitud hasta qué punto dependemos de esos pequeños instrumentos diabólicos. Me prometo tener más cuidado en el futuro y llevar a cabo un plan de copias de seguridad con lo más importante que el teléfono guarde; plan que pospondré un día tras otro en imperdonable procrastination. Rebusco en la habitación de arriba a abajo, en la sala de masajes, en el restaurante, pero en vano. Al final -cómo no- lo tenía en la mochila. Pido disculpas en recepción por el revuelo y, ya tranquilo, subo a lomos de Rosaura, donde empiezo a sentirme como en casa.

Es curioso: suelo ser crítico con quienes vuelcan sus sentimientos y afectos sobre animales porque no entiendo cómo pueden satisfacerse de modo tan simple las necesidades implicadas: con seres que no pueden entenderlas, no hablemos ya de corresponderlas; y de pronto me descubro a mí mismo sintiendo una especie de compenetración con la moto, que ni siquiera es un ser sino un objeto. Aunque, a decir verdad, tanto puede comprender y retribuir mis sentimientos un animal como una máquina, de modo que, en lo que a este absurdo respecta, no estoy mucho peor que otros: personificar objetos está sólo un paso más cerca de la locura que personalizar animales (algunos humanos inclusive). Pero, cuando sigo dándole vueltas al asunto, comprendo que en el fondo, al empatizar con moto, en realidad estoy haciendo comunión con quienes la diseñaron y fabricaron; si me dirijo verbal o mentalmente a ella, de un modo muy indirecto estoy hablando con todos los que intervinieron en su proceso productivo. Cuando “confío” en Rosaura, estoy confiando en ellos, y si me siento satisfecho con ella es porque lo estoy con sus creadores. No obstante -admito- no deja de ser un poco necio sentir que “allí estamos ella y yo, en mutua compañía, dispuestos a atravesar las tierras castellanas”.

Entre Olmedo y Pedrajas de San Esteban

Carretera de Olmedo a Pedrajas de San Esteban

Pues lo dicho: enfilamos Rosaura y yo con espíritu ligero los monótonos llanos de Castilla, yendo hacia el nordeste, buscando a Burgos y la sierra de la Demanda. Tenemos por delante una jornada a través de las míticas tierras del Cid; tierras moteadas de pueblos con nombres sonoros de cadencias históricas: Pedrajas, Íscar, Mata de Cuéllar, Vallelado, Torregutiérrez (donde no sé lo que quedará de Gutiérrez pero donde, de torre, no quedan ni los restos: un lugar llano como la palma de la mano, cuya casa más alta no levanta un piso). Pueblos calizos y polvorientos, feúchos, de ladrillo pobre, sin vida, que parecen dormitar en una siesta permanente.

Al cabo de un rato llegamos… quiero decir llego a Cuéllar, la del castillo habitado; una villa con cien casas blasonadas, por la que pasaron el moro Almanzor y José de Espronceda, cuna de descubridores como Diego Velázquez o Juan de Grijalba, donde desposó el rey Pedro I y murió la reina Leonor. No le faltan referencias para quien se interese por la historia; y para el viajero común, para mí, Cuéllar supone una ruptura de la monotonía castellana: aquí el llano se interrumpe, y el pueblo, que abunda en empinadas calles y revirados pasajes escalonados, se asienta sobre una abrupta ladera entre la planicie y el valle; geológicamente, hace decenas de millones de años estas tierras fueron fondos marinos.

Cuéllar parece que hubiese nacido de la piedra blanquecina y luminosa sobre la que se erige; la misma que forma sus cimientos; aquí cobran fuerza y significado los versos del poeta: el ciego sol se estrella sobre las duras aristas de las armas. Andando por sus calles, visitando su castillo, es fácil imaginarse al Cid (que nunca estuvo aquí) con doce de los suyos camino del destierro, sudor bajo los petos y espaldares, destellos en los yelmos y azagayas.

Castillo y murallas de Cuéllar, bajo el inclemente sol.

Castillo y murallas de Cuéllar, bajo el inclemente sol.

Entro a la villa por una de las puertas de la muralla y me imagino medieval caballero a lomos de brioso rocín. Aparco mi cabalgadura (¿cómo sería recorrer España a caballo?) junto al castillo y me acerco hasta su puerta; pero cerrado está el mesón a piedra y lodo, nadie responde. Los funcionarios locales guardan con celo la carpetovetónica tradición del escaqueo. Vislumbro otra puerta lateral, entornada, y me cuelo por ella (otra carpetovetónica costumbre, esto de colarse).

Castillo de Cuéllar. Puerta, y peldaños en voladizo que subían a las almenas.

Castillo de Cuéllar. Puerta, y peldaños en voladizo que subían a las almenas.

Asomo el hocico despreciando las amenazas de excomunión y hoguera que olvidados letreros anuncian para quien penetrare al recinto sin la bendición municipal, y me hallo en el amplio patio interior, bien conservado, con una bella columnata al fondo. Unas señoras de la limpieza trajinan ignorando mi presencia.

Patio interior del castillo de Cuéllar.

Patio interior del castillo de Cuéllar.

Cuando asumo que de allí no voy a sacar nada en limpio vuelvo sobre mis pasos, salgo del castillo y atravieso la gran explanada desierta que hay al otro lado del foso, sin agua desde hace siglos. La enorme muralla, rehabilitada, es visitable, pero el torno que da acceso a la subida funciona con fichas que se venden en las oficinas cerradas del castillo, así que doy la espalda a este fracaso y me encamino hacia el centro urbano.

Cuéllar es como un parque de recreo para una imaginación infantil cual la mía -pese a mis años-: disfruto recorriendo el laberinto de sus calles y cantones, pasando bajo arcos que me evocan misterios que acaso jamás existieron, subiendo por los peldaños que salvan las pinas cuestas, atravesando angostos pasajes, y me sorprendo, aún como un niño (pero, ¡ay!, sin la inocencia), con la vista que se me ofrece al doblar cada esquina.

Vista de la villa baja desde la mesetilla donde se ubica el castillo.

Vista de la villa baja desde la mesetilla donde se ubica el castillo.

De pronto, al subir una calleja y doblar un pasadizo, junto a un huerto me encuentro este solitario estanque donde vierte sus aguas una cantarina acequia; el lugar está en silencio, sólo unos pájaros trinan en los árboles vecinos, y el suave ruido del agua al fluir invita al ensueño y al olvido:

acequia

Me quedo allí unos momentos, absorto en pensamientos, fantasías y recuerdos. Luego continúo la visita. A medida que desciendo, voy encontrando más actividad y gente por las calles, algunas tiendas abiertas, algunos bares. Cerca del ayuntamiento se me ofrece una vista que me sugiere lo sabio del pueblo de Cuéllar, que ha desamortizado bienes eclesiásticos para el mejor uso que cabría darles:

Iglesia bar; la salvación y el pecado en un solo edificio.

Iglesia bar; la salvación y el pecado en un solo edificio.

Me cae bien este lugar. Pero entre unas cosas y otras se me ha pasado la hora de almorzar y corro el riesgo de que me cierren todos los bares. Entro primero en uno donde el camarero, que reparte pinchos con generosidad entre sus conocidos, no me pone ni una mala aceituna con el vino que le he pedido, así que lo apuro deprisa y busco otro donde, ahora sí, me atienden como es debido. Estamos en tierra de vinos y la enología local se inclina por los verdejos, así que en cualquier sitio te lo dan bueno. Mato la gazuza con un pincho de tortilla y unas croquetas caseras y, al acabar, encamino los pasos otra vez hacia el castillo, donde dejé a Rosaura. Queda aún mucho camino por delante, muchos pueblos por descubrir, muchos paisajes por admirar.

Miro el mapa y decido continuar el mismo rumbo que tomé por la mañana: hacia el nordeste. Por esta ruta continúa el rosario de pueblos con nombres sonoros: Campaspero, Fompedraza, Peñafiel, villa de las muchas bodegas.

El imponente -y bien conservado- castillo de Peñafiel.

El imponente -y bien conservado- castillo de Peñafiel.

El castillo de Peñafiel descuella sobre el llano desde muchas leguas a la distancia, haciendo un magnífico reclamo para el turismo. (¡Leguas! ¿Es necesario venir a Castilla en moto para comprender, e incluso añorar, el uso de esta medida? Es posible que ningún lugar de España como este para darse cuenta de la utilidad de semejante unidad.) Es un castillo con fuerza y carácter: una vez llegas al pueblo te atrae como un imán pese a estar en una loma a considerable altura sobre el casco urbano. Antes de acometer la subida a pie, hago un alto para descansar unos minutos a la sombra de una arboleda junto a la iglesia, cabe el arroyo cuyas aguas movían al viejo molino; iglesia, arroyo y molino forman un conjunto armonioso, evocador y romántico, uno de esos tripletes que, no sé por qué, me recuerdan siempre a Tess de los d’Urberville, de Hardy; la cuitadiña, la desdichada Tess.

Viejo molino en Peñafiel.

Viejo molino en Peñafiel.

Me tumbo en la hierba, bajo los árboles, escuchando el murmullo del agua y me quedo adormilado unos instantes. ¡Qué paz! Es un lugar tan idílico y fantástico, tan milagrosamente respetado por la turba moderna, que parece de cuento de hadas. Pero como, aunque llevo toda la mañana en danza, apenas he recorrido unos pocos quilómetros desde Olmedo, y hoy quiero avanzar algo más, me levanto y, tras darle una vueltecita a la iglesia y hacerle un par de fotos, emprendo por fin la subida al castillo.

Iglesia parroquia de Peafiel.

Iglesia parroquia de Peafiel.

Acometo la cuesta a pie. Podría subir en la moto, pero prefiero no dejarme llevar por la molicie; es conveniente mover las piernas también. Miro hacia arriba y, sólo con ver la altura a que hay que subir, parece que se cansa uno de antemano. La subida es fatigosa y no adecuada para peatones, ya que no hay caminito ni escaleras, de modo que hay que seguir el curso de la carretera. Me empujan las espléndidas vistas que presiento desde lo alto.

Vista del castillo desde el pie de la loma.

Vista del castillo desde el pie de la loma.

He olvidado cambiarme el calzado al dejar la moto abajo, así que voy con las botas de motorista que, como están nuevas, me van haciendo rozaduras; pero media hora más tarde mi pequeño esfuerzo se ve recompensado -tal como esperaba- con el magnífico paisaje que se vislumbra desde la loma: el sol ilumina en diagonal, medio a contraluz, la arboleda sacándole algunos brillos intensos; destaca el rojo de los tejados, y las nubes dibujan bonitos parches de sombra sobre los sembrados del valle.

Peñafiel desde la carretera que va al castillo.

Peñafiel desde la carretera que va al castillo.

Lástima que mi talento como fotógrafo no esté a la altura de lo que el paisaje se merece.

peñafielDesdeArriba2

Cuando por fin corono el otero encuentro un buen número de turistas esperando a que empiece la visita guiada, pero a mí no me ineteresa: tales visitas suelen ser más cortas y menos interesantes de lo que prometen, y por mi parte ya he hecho lo que vine a hacer aquí, que era superar el reto de subir, y tener el gusto de contemplar las leguas y leguas de llano que se divisan a la redonda. Ahora debo regresar, porque otros lugares me esperan -antes de que muera el día- que harán palidecer a Peñafiel: pueblos y paisajes que me quitarán el aliento.

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Viaje a ninguna parte. Olmedo

Mucha gente envidia a los viajeros, pero es porque desconocen su drama vital. Todo proceso en el universo, cada partícula en movimiento, cada cambio en la materia, nace de algún tipo de desequilibrio y tiende a anularlo. Sin desequilibrio, el mundo sería un caos homogéneo y entrópico de materia y energía; y de hecho, según algunos científicos, lo será tarde o temprano; y entonces el tiempo se acabará. Pero ésa es otra historia. Lo que pretendo decir es que lo de viajar no es ninguna excepción a la regla: el vagabundo, el peregrino, el nómada, todos ellos van de un lado a otro porque hay en su interior un desequilibrio, porque necesitan encontrar algo que no hallan en su alma: llámese paz, serenidad, fortaleza, sosiego… cualquier cosa. El hombre que sabe quién es y para qué es, rara vez consagra su vida a viajar y, como mucho, se limita a hacer un poco de turismo ocasional, más que nada inducido por la moda y lo que la sociedad espera de ti. Pero ese hombre trashumante, ese errante incansable, ese romántico viajero que solemos imaginar… es casi un mito. El trotamundos no lleva el cansancio en sus huesos, sino en su espíritu; maldice con frecuencia su soledad y raro es que a menudo no se haga, en mitad de sus viajes, la siguiente pregunta: ¿qué estoy haciendo aquí? Engaña a sus dudas existenciales con el conque de llegar hasta un determinado destino, y sustituye con esas falsas metas los objetivos reales de la gente normal: una familia, un hogar, una trabajo permanente… Y tal vez es por esto que, de entre todos los viajeros, el más desgraciado es aquél que ni siquiera sabe hacia dónde va, aquél que camina a la deriva.

Esta es la historia de un viaje a ninguna parte.

Yo suelo escribir diarios durante mis escapadas. Más que con fotografías, intento describir con palabras la belleza que encuentro a mi alrededor, los momentos que vivo, las emociones que siento, los lugares por donde paso. La fotografía puede ser un gran aliado, pero puede también convertirse en un rival de la palabra, en un aniquilador del verbo, y si no le ponemos límites llegará a empobrecernos. Nosotros, los estoicos, tenemos que flagelarnos la mente. Escribir mantiene ágil el cerebro, despierto el vocabulario y en forma la creatividad. Por suerte, hoy día no es necesario renunciar a ningún recurso y se puede -quizá incluso se debe- combinar las virtudes de uno y otro para alcanzar mejor el objetivo de describir experiencias y transmitir sentimientos. Así que aquí os ofrezco estas notas, mezcla de imagen y literatura. Haced con ellas lo que queráis.

* * * *

Es un día ventoso de mayo, parcialmente nublado. He estado preparando la moto durante la última semana: una revisión completa, cambio de aceite y filtro, un cofre más grande que pueda contener un mínimo equipaje; y he comprado algún equipamiento nuevo para mí: botas, pantalones con refuerzos, guantes… Es difícil -por no decir imposible- escoger la vestimenta adecuada cuando no sabes ni a dónde vas a ir, pero me he esforzado mucho en poder cubrir toda una variedad de climas y, aunque no vaya a conseguirlo, confío en que, llegado el momento, Dios proveerá.

Me pongo en marcha por la mañana. No especialmente temprano, la verdad, porque aunque no están las cosas para malgastar la vida, tampoco ando escaso de tiempo, si se entiende lo que quiero decir: el Tiempo y sus trucos traicioneros; ya se sabe. Pero esta vez él y yo hemos llegado a un acuerdo: yo lo dejo que pase, y él, a cambio, me deja pasar. Parece un buen trato.

Me parece relevante dejar claro que ni en el momento de la partida ni durante los días o semanas precedentes siento la menor emoción, el más mínimo entusiasmo por la travesía que ahora emprendo: ya he tratado de dar a entender que viajar es mi destino, no mi elección. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Sentar cabeza no se inventó para mí; o, mejor dicho y para ser honestos, nunca me atreví a hacerlo. Quizá soy un vagabundo de corazón, o un nómada, si queda más bonito, o un giróvago, que es más culto. El caso es que al arrancar el motor de Rosaura -que es como tontamente bauticé a mi moto- esta mañana de mayo, aún no estoy seguro de hacia dónde encaminarme. Tengo una idea aproximada del rumbo que quiero tomar, pero todavía no he escogido una ruta concreta. Los mapas van a jugar un papel esencial a lo largo de este indeterminado periplo, porque iré decidiendo el itinerario sobre la marcha basándome en el trazado de las carreteras y en los lugares a donde puedan llevarme; si bien, por encima de cualquier otro criterio, hay una guía que va a ser mi brújula: la temperatura. Buscaré aquellas latitudes y longitudes que más se adapten, en cada día, a los estrechos márgenes térmicos que permiten una conducción agradable, porque, yendo en moto, cinco grados de más y el motor te asará desde abajo mientras el sol te calcina desde arriba, pero cinco grados de menos y te quedarás pasmado por muy aislante que sea tu equipo. Estamos en mayo y el verano climatológico se cierne sobre España, así que más bien pondré rumbo norte.

Ahí lo tenéis al jinete blanco, tal como se fotografiaria dos días más tarde.

Ahí está el Jinete Blanco haciéndose un selfy.

Desde el mismo Madrid cojo la A-6, o sea.: la Nacional Seis de toda la vida, a la que esta sociedad moderna llena de complejos ha preferido rebautizar con esa A de Asepsia, para que ningún bobo se ofenda por la palabra nacional y le llame cosas feas al Gobierno de turno, como por ejemplo nazi o, como mínimo, franquista. Conste que no me gustan las autovías para la moto, pero con Madrid hay que hacer una excepción porque es importante alejarse de la gran ciudad lo antes posible y, además, las carreteras locales de los alrededores han prácticamente desaparecido, de modo que casi no queda alternativa. Cuando esté a treinta o cuarenta millas, ya tomaré una comarcal. En una ocasión me propuse regresar a Madrid sin hacer un sólo tramo por autovía y resultó un auténtico desastre: en treinta quilómetros a la redonda, todas las carreteras locales o comarcales se han convertido en inacabables calles flanqueadas de urbanizaciones o polígonos industriales, infestadas de glorietas y minadas de esa aberración europea que son los túmulos, las “bandas sonoras” o, en el mejor de los casos, los pasos sobreelevados; todas esas medidas anti-velocidad que ponen la guinda en el pastel de lo absurdo: nos gastamos miles de millones en pavimentar decentemente nuestras carreteras para que se pueda conducir suavemente por ellas, y a continuación nos gastamos decenas de millones más en llenarlas de obstáculos para que no se pueda conducir suavemente por ellas. ¡Políticos! Para ese viaje, no hacían falta alforjas: si el objetivo es que los conductores vayan despacio, no había ninguna necesidad de asfaltar primero: con dejar los caminos de grava, o adoquinados, habría sido suficiente. En fin, el caso es que fue lo que se dice un verdadero coñazo llegar a casa.

Dejo la autovía en Guadarrama y continúo por la nacional Durante unos quilómetros, sólo unos pocos, veo a mi izquierda el monasterio del Valle de los Caídos, esa colosal obra de arquitectura, impresionante y majestuosa, que alguna gente quiere derribar porque la erigió el vencedor de la guerra civil española. Genial. Derribemos también las pirámides mayas, construidas por los sanguinarios asesinos del Club de la Obsidiana. Tiene narices la bobada. En fin… Pese a lo divertidas que son, para un motorista, las curvas del Alto de los Leones, me veo obligado a conducir con redoblada cautela porque me doy cuenta de que no he estibado bien el equipaje entre las maletas laterales y el cofre: demasiado peso en este último, lo cual ha sido un error. Tendré que redistribuirlo todo en la primera ocasión.

Nada más pasar el puerto está San Rafael, un pueblo que me trae muchas memorias de la infancia y la adolescencia. Recuerdos de un chalé que olía siempre a rancio, de correteos por su jardín soleado y fresco, de largos paseos bajo los pinos del bosque vecino; también memorias proustianas sobre el pan con mantequilla del desayuno, ese olor tan evocador. Una infancia que percibo ahora tan distante como si no me hubiese pertenecido a mí, sino a la vida de algún antepasado que conociera por referencias. Pero en esta ocasión no me detengo aquí, como otras veces; quizá por miedo a que se me aparezcan, y me persigan, esos recuerdos de los que hablo. Además, hoy hace bastante fresco y San Rafael es el pueblo más frío en toda esta parte de la sierra.

Dejo atrás la radial y cojo en dirección Segovia por la N-603, a lo largo de la cual busco algún lugar donde tomarme un café caliente y, de paso, ponerme otra capa de ropa, la faja y los guantes gruesos. A la altura de Revenga encuentro un pequeño bar que me sirve para ambas cosas. Me encantan estos pueblos de montaña, pequeños y acogedores, de gente brusca pero amable, donde los camareros no desconfían y te tratan casi como a un viejo conocido.

Cruzo la ciudad de Segovia de puntillas, por así decirlo: monumental e histórica, si me detengo aquí cederé a la tentación de las sabrosas tapas que ofrece su gastronomía, y entonces perderé la tarde. Además, he dicho que quiero dejar atrás Madrid lo antes posible; y Segovia está tan cerca, tan plagada de madrileños, que casi podría considerarse un barrio de la capital (con perdón de los segovianos). Lo que me apetece de verdad es llegar al campo, a la zona más rural, de modo que me desvío en dirección a Garcillán y entonces sí que sí: mi elemento: trigo, amapolas y carreteras locales.

Campo de amapolas cerca de Coca.

Campo de amapolas cerca de Coca.

Por fin siento que he escapado al campo gravitatorio de Madrid, como la molécula de Nitrógeno que, tras una colisión, gana la energía suficiente para liberarse de la atracción terrestre hacia el universo exterior y vagar por la estratosfera durante una eternidad. Garcillán, Nava de la Asunción, Coca… Muchos de estos pueblos de la llanura castellana son feos hasta decir basta, víctimas de un “progreso” que nunca vino acompañado de una sensibilidad hacia la belleza ni de un aprecio por lo tradicional; al contrario: la mayoría de esos pueblos han despreciado el atractivo de su sencillez y humildad, y cada vecino, confundiendo progreso con rechazo de lo antiguo, en cuanto ahorró un poco de dinero metió los bulldozers y derribó su vieja casa familiar de piedra o adobe para construir un bodrio de ladrillo tan feo como le fue posible. Así, una buena parte de Castilla se ha deshecho y rehecho: rompiendo casa por casa, y aldea por aldea, lo que había de más bonito en esta tierra.

Pero el campo… ¡ah, el campo! Los campos de trigo son dorados como una bendición, y cuando las nubes cubren el sol y los chubascos dejan caer su cortina en lontananza, el día ofrece sus mejores fotografías. Habría que estar ciego para no verlas.

Margaritas entre los trigos, amapolas entre las avenas locas, y los chubascos haciendo cortina al fondo.

Margaritas entre el trigo, amapolas entre las avenas locas y chubascos en la lejanía.

Antes de darme cuenta he llegado a Coca, cuyo nombre me resulta ligeramente familiar aunque no sé por qué: quizá figuraba en algún libro de la EGB, o vaya usted a saber. Soy un ignorante geográfico e histórico. La carretera se dirige en derechura a las ruinas de sus murallas, donde el arco de una antiquísima puerta de piedra luce una placa con esta inscripción: Flavio Teodosio el Grande, emperador de los romanos, nació en Coca en el año 345. Murió en Milán en 395. Gran soldado, buen cristiano, sabio y justo legislador. Pero ahora el buen Teodosio lleva ya dieciséis siglos criando amapolas. ¡Qué insignificancia es la vida! Cincuenta años tenía cuando murió, ¡y ya era nada menos que emperador de Roma! A esa misma edad yo no soy más que un vagabundo de camino hacia ningún lugar. Pensamiento: si quieres ser algo en la vida, más te vale lograrlo antes de los cincuenta, porque a partir de esa edad cada año más que cumples va contra nuestra naturaleza.

Aparte de viejas murallas y una hermosa puerta arqueada, también tiene Coca un castillo; pero no me paro a visitarlo porque, por lo demás, la fealdad de este pueblo me espanta y espero encontrar otras cosas más interesantes por el camino. Casi me siento aliviado cuando, vista y fotografiada la puerta de piedra, vuelvo a montar en Rosaura y me pierdo entre los trigales, como quien dice.

Llegando a Olmedo. Paisajes que no han cambiado en milenios.

Un paisaje secular cerca de Olmedo.

Poco después llego a Olmedo, la conocida villa, y decido buscar alojamiento aquí: amén de pagar el debido tributo a Lope de Vega, he oído que hay unas termas en este pueblo, con un buen complejo hotelero. ¡Ah, Olmedo! Los versos de la coplilla popular, hechos famosos gracias al gran dramaturgo, se me vienen a la mente una y otra vez con toda su musicalidad, su belleza y la carga de nostalgia que llevan siempre esos estribillos antiguos:

Que de noche lo mataron
al caballero:
la gala de Medina,
la flor de Olmedo.

¡Qué grande fuiste, Don Lope, Fénix de los Ingenios, como justamente te apodaron! Aunque no llegaste a emperador de Roma, hay un lugar privilegiado para ti en mi corazón y en mi memoria. Formas parte de mí, señor de Vega y Carpio. Debería aprovechar esta ocasión para releer tu obra sobre Olmedo y reavivar las emociones de antaño, cuando la leí por primera vez, en aquellos tiempos del Instituto. Lástima que este pueblo que inmortalizaste no haya sabido conservar su encanto medieval y, al igual que sus vecinos, haya dado en afearse a sí mismo durante el devastador terremoto cultural de los años setenta. Y es que, aparte el balneario, Olmedo es tan fea como cualquier otra localidad de la región: lugares que nunca han tenido regulaciones urbanísticas ni ganas de ello, y donde cada vecino puede alegremente construir el horror definitivo ante la insensible mirada del alcalde (¿quizá incluso con su aplauso?) u otra autoridad cualquiera. Pero dije que pernoctaría aquí, y lo haré; a ver si el balneario puede ayudarme a tonificar mi cuerpo y relajar mi espíritu.

Este balneario es un oasis en doble sentido: agua en mitad del desierto y belleza en medio de la atrocidad. ¡Y ya le vale!, porque los precios no son para menos; aunque, teniendo en cuenta lo que ofrece, tampoco son excesivos: amplias y bien provistas habitaciones, bonitos jardines, vistas pasables, instalaciones bien cuidadas, música relajante, atmósfera espiritual, una piscina termal del tamaño adecuado, ni muy vacía ni muy abarrotada, donde todo funciona como debe; empleados agradables, desayuno copioso y menú de masajes surtido y asequible, con personal profesional pero sin ser estirado. Castilla, al fin y al cabo. Olmedo bien vale un fin de semana.

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Los tiempos mas dificiles para la humanidad

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Sin duda alguna, estamos siendo testigos — ¿qué digo?, estamos participando de los peores tiempos que la humanidad haya conocido jamás.

Porque, hasta donde sabemos -y no creo que haya nunca pruebas que indiquen lo contrario-, desde la aurora de nuestra especie, todo a lo largo de la historia humana, cada civilización o cultura, cada tribu o pueblo, cada sociedad o raza, pequeña o grande, débil o poderosa, sabia o ignorante, siempre ha creído en el más allá, de un modo u otro. Durante un millón de años no ha habido ciencia o conocimiento lo bastante avanzado para proporcionar respuestas a las cuestiones fundamentales de la vida, y la gente se volcó en la fe y las creencias. Creían en dioses, espíritus, animismo, naturaleza como un ente superior, reencarnaciones o cualquier recurso similar, todos ellos con el mismo factor en comun: una explicación para la vida, basada en otra vida tras la muerte. Cualquiera de estas creencias que analicemos apunta en la misma dirección: la vida no acaba totalmente cuando morimos.

Por tanto, para todos y cada uno de los humanos que han existido antes de nosotros (y han sido unos cuantos) la vida tenía sentido, de modo que en realidad no tenían que preocuparse por ese tema y podían así concentrarse en las rutinas diarias de “verdadera importancia” para no morir demsiado temprano: cazar, recolectar comida, reproducirse, cuidar a la prole, vestirse, ponerse bajo techo… Hasta nuestros días, lo unico de lo que teniamos que preocuparnos era, simplemente, de vivir; y esto de la mejor manera posible, sin poner cuidado a cuestiones relacionadas con el mas allá porque de esos asuntos se encargaban poderes superiores e inalcanzables para nosotros: el Sr. Trueno y el Sr. Rayo, el Sr. Sol y la Sra. Luna, Mr. Terremoto, Mr. Volcán, Madre Naturaleza, y por supuesto todo el elenco de dioses mayores y menores, espiritus, diablos, ángeles, musas de todas clases. ¿Que no habíamos podido cazar un búfalo para almorzar? Mala suerte, pero no un problema demasiado grave, porque esos hombres tenían un propósito y por tanto una fuerte motivación para seguir intentando la caza. ¿Que no se han podido recolectar raíces suficientes para la cena? Mala suerte, quizá lo hayan querido así los dioses; intentémoslo con más ahínco mañana. ¿Que un hijo murió de algunas fiebres? Otro tanto de lo mismo. Y así sucesivamente.

Pero hoy en día “sabemos mucho mejor” que antes. Llegaron los científicos, llegó ese mentado Darwin, doctores, sabios e investigadores de todo tipo llegaron que nos dejaron tan diáfanamente claro que no hay vida tras la muerte, y que la propia vida es tan absurda y por completo carente del menor sentido, que no podemos seguir ignorándolo durante mucho más tiempo. Y ahora es cuando tenemos un problema. Por primera vez en la historia de los hombres; fíjate, lector: por primerísima vez, tenemos que ocuparnos personalmente de un asunto que hasta ahora habíamos alegremente, y con éxito, delegado en criaturas imaginarias. Y no es un problema trivial, que se diga. De hecho, es el mas difícil con que cualquier persona podrá nunca enfrentarse, ya que atañe al resto de las facetas de su vida, hasta el día de su muerte.

Cierto que aún somos minoría y, a pesar de que la información está ahí para quien quiera echarle mano, todavía la mayor parte de la poblacion en la mayor parte de las sociedades escogen ignorarlo, y se aferran a las viejas creencias (por  mucho que algunos locos se crean ateos). Pero esa situacion no durará mucho. ¿Cuánto, uno o doscientos años quizá? Eso no es nada ¿Cuánto tardará la humanidad al completo en trabar conciencia de tan desastroso hecho: el absurdo de la vida? De momento, quizá la juventud sea la más expuesta, no sólo porque se ha librado de una educación religiosa en muchos casos, sino sobre todo porque los jóvenes son demasiado listos y no se les puede engañar tan facilmente respecto a esas cuestiones. Están en internet, dominan los ordenadores y pronto este conocimiento: cuando un ser vivo muere, es su final absoluto y definitivo. Punto. Nada de almas en pena vagabundeando por ahí, nada de espíritus cogiendo la lanzadera hacia el Purgatorio, nada de vírgenes esperando ser desfloradas en la otra vida si no las desfloraste en esta; nada de nada.

Y este es el peor drama que los humanos hayan podido jamás imaginar, y estoy seguro de que nunca pudieron predecirlo: el derrumbe de las creencias y los valores. Porque ahora que la vida no tiene ningún sentido, bueno… ¿pues qué sentido tiene ninguna otra cosa? ¿Para qué seguir viviendo, en primer lugar? Ningún valor consistente podrá perdurar porque los valores se arraigan en creencias más o menos persistentes; pero si no hay creencias, entonces ¿qué nos impide las conductas más grotescas? Estamos perdidos, terrible y patéticamente perdidos. Ahora sólo somos unos cuantos, pero creceremos en número y pronto todos los seres huanos estaran perdidos igualmente. Y entonces, ¿que? En nuestros días, nuestro único Dios parece ser el dinero. Y no es que antes a la gente no le importara el dinero, ni mucho menos; por supuesto les importaba; pero el dinero y el poder servían al mismo propósito que la vida misma: ad majorem gloriam de la memoria que aquí se dejaría, y para asegurarse una buena acogida allí. ¿Pero ahora? Es el dinero por el dinero, sin que sepamos realmente para qué. Pronto, estoy seguro, el dinero tampoco será suficiente a cubrir el enorme vacío dejado por el fin de las creencias.

Así, este nuevo conocimiento sobre nuestras vidas sin significado llevará, en el mejor de los casos, al hedonismo o al suicidio (sí, cuento al suicidio entre los mejores casos porque es indudable que resulta la manera más rápida y eficiente de acabar con el problema); y en el peor de los casos, nos abocará a una vida de absoluta e inevitable infelicidad.

Que Dios se apiade de nosotros, entonces.

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Orduña (2ª parte)

Campanario de Sta. María.

Detalle del campanario de Sta. María, en Orduña.

Juan de Garay, conquistador y colonizador, tercer adelantado del Río de la Plata, explorador del río Paraná y fundador de Santa Fe y Buenos Aires, nació en Orduña en el año de Nuestro Señor de 1528. Pero, antes de esta efeméride, la ciudad habría de conocer una de las historias más inacabables de pleitos y batallas librados por su tenencia.

Así dije al concluir la primera parte de este capítulo motero dedicado a Orduña y, al parecer, así fue. Con mi chuleta de historia en la mano, aparco a Rosaura en una sombra y me dedico a intentar evocar los momentos de un pasado muy remoto.

Orduña aparece mencionada por primera vez en las Crónicas de Alfonso III, como villa existente ya en el s. VIII. Se dice de ella que estuvo siempre poseída por sus propios habitantes, y que pudo haber tenido un origen altomedieval, quizá a partir de cristianos que huían de la invasión musulmana. De ser esto cierto, estaríamos ante una fundación eminentemente castellana, de modo que sólo muy tangencialmente estaría Orduña ligada a Navarra, por no mencionar a un País Vasco que, en estricto rigor, jamás ha existido (mal que les pese a muchos de sus ciudadanos contemporáneos). Sus primeras murallas eran tan gruesas que podían pasar dos carros de par en par.

Una de las calles más antiguas de Orduña, que desemboca en la primera muralla.

Una de las calles más antiguas de Orduña, que desemboca en la primera muralla.

Al traspasar el umbral de piedra de esta muralla, si se cierran los ojos y se orientan bien los sentidos, por un momento puede participarse de las sensaciones que tendrían sus primeros pobladores; puede incluso escucharse, con un poco de fantasía, el ajetreo de la villa: martillos machacando sobre los yunques de las herrerías, el rebuzno de las acémilas, el cacareo de las gallinas, el rodar metálico de los carros sobre el empedrado, hortelanos voceando sus mercancías en la plaza…

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Puerta abierta en la muralla original, que denota su anchura.

Pese a origen tan antiguo y -al parecer- autónomo, varios siglos tras su fundación Orduña habría de perder para siempre (hasta hace bien poco) su independencia, cuando en 1218 el rey Fernando III le concedió al Señor de Vizcaya, Lope Díaz II de Haro, la tenencia sobre la villa. La familia Haro, que no era pródiga en nombres, bautizaba a sus descendientes con el apellido de su padre y, para mayor confusión de la posteridad, los apellidaba con su nombre, creando una línea sucesoria digna de un sainete. Así, a la muerte de Lope Díaz pasó Orduña a su hijo, Diego López III de Haro, quien en 1229 le confirió el mismo fuero de Vitoria y quien, al llegar Alfonso X al trono, se desnaturó de la Corona y pasó a servir al rey de Navarra; y, queriendo a la fuerza conservar la ciudad que de gracia se le otorgara a su padre, las tropas castellanas hubieron de sofocar el levantamiento.

Una de las calles más antiguas de Orduña, que desemboca en la plaza.

Parte de la ampliación. La sierra al fondo.

Más tarde, a mediados del s. XIII, el propio Alfonso X concede a Orduña privilegio para una ampliación de seis nuevas calles, le otorga un fuero real distinto del señorial y le da el monopolio sobre el tráfico mercantil de la zona, recogiendo así y promoviendo el auge comercial y el crecimiento demográfico de la villa.

Pero aún no se veía acabar el siglo cuando los Señores de Vizcaya (a la sazón Lope Díaz III de Haro, que no debe confundirse con Diego López III, su padre) vuelven a la carga exponiendo al rey castellano sus quejas, quien responde que “e lo que decides que Orduña debe ser vuestra e que la dio el rey Fernando en donación a Don Lope e a Doña Urraca vuestros agüelos, verdad es; mas vos guerreastes desde ella e desde alli fecistes mucho mal en la tierra, e fuero es de Castilla que si de la donación que el rey da le facen guerra e mal en la tierra, que la pueda tomar con fuerza e con derecho”, negándole así el señorío que reclamaba Lope Díaz III, quien no obstante, a la muerte del rey, busca el apoyo de Sancho IV (que andaba pleiteando la Corona contra sus sobrinos) y afianza su poder en los dominios de Orduña, concediéndole carta de “amayorazgamiento de Vizcaya”.

Impresionante lateral de la iglesia-fortaleza de Sta. María.

Imponente lateral de la iglesia-fortaleza de Sta. María.

Desde luego, no habían de quedar así las cosas: fallecido este Lope Díaz, vuelve Orduña a manos reales y, para reafirmar dicha posesión y congraciarse con sus habitantes, Sancho IV le concede una feria anual de 15 días. Por ese tiempo también se construye otra muralla, quedando parte de la primera integrada en la iglesia-fortaleza de Santa María. Y es imponente recorrer el perímetro de ésta, y mirar hacia arriba a sus altos contrafuertes, a su guerrero paseo de ronda, a sus exiguas ventanas y a sus recios muros de aspecto impenetrable.

Detalle del guerrero paseo de ronda que flanquea la iglesia de Sta. María.

Detalle del guerrero paseo de ronda que flanquea la iglesia de Sta. María.

Los vaivenes guerreros de Orduña no han hecho más que empezar. Aprovechando la minoría de Fernando IV, un nuevo De Haro entra en escena: Diego López V, hermano del fallecido Lope Díaz III, que confirma el mayorazgo de los Señores de Vizcaya sobre Orduña; mas, al morir él y acabar su descendencia, de nuevo la villa se separa de Vizcaya y vuelve a la Corona, ya por cuarta vez; si bien que por breve tiempo en esta ocasión, pues en la lucha dinástica entre Pedro I y Enrique de Trastámara, éste la entrega a su hermano Tello, el Señor de Vizcaya de turno. Y aunque, muerto que hubo Tello en 1370, el propio Señorío de Vizcaya queda incorporado a la Corona en Juan I de Castilla, posteriormente Enrique IV confirma los privilegios de Orduña, la restituye a los Ayala (nuevos Señores de Vizcaya) y la exime de pagar alcabala a la merindad de Castilla, para finalmente otorgarle, en 1467, el título de ciudad, con lo que se convierte Orduña en la única población de Vizcaya que lo ostenta.

Ominosa leyenda bajo el pórtico lateral de Sta. María.

Ominosa leyenda bajo el pórtico lateral de Sta. María.

De modo que aquí tenemos otra vez a la ambiciosa casa de Ayala, a la que ya hemos visto señoreando villas en otros capítulos de esta serie. Primero le había pleiteado a Orduña algunas de sus aldeas, obteniendo el dictamen favorable de la Chancillería de Valladolid, y más tarde el mariscal García de Ayala obtiene de Enrique IV el oficio de Justicia de Orduña; nombramiento que sería revocado por los Reyes Católicos en 1476, no sin violencia, pues el de Ayala se negó y hubo de ser repelido. Cuatro años después, entre otras varias provisiones a su favor, los mismos reyes confirman a Orduña el privilegio de no poder ser apartada ni enajenada de la corona real, revocan cualquier merced que de ella o de sus términos se hubiese hecho a los Ayala y aseguran su defensa y la de sus aldeas frente al mariscal y su hijo, que continuaban con la alcaidía del castillo; y a éstos, si bien les otorgan perdón por los alborotos ocurridos al intentar apoderarse de Orduña, les exigen pagarle una elevada suma “por los males que recibió dellos”.

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Colorida calle de bares en la zona más moderna.

Mientras tanto, durante estos cambios entre el realengo, el mayorazgo y el señorío, Orduña había experimentado una segunda ampliación gracias a la coyuntura comercial derivada del aumento de la contratación mercantil entre Castilla y el Cantábrico, y nuevamente se amplió la muralla, abarcando la plaza del mercado; pero, cuando parecía que las batallas por su tenencia quedaban atrás y la prosperidad económica se asentaba sin alborotos, en 1535 parte de la ciudad fue destruida por un incendio, descendiendo así su importancia económica. Especial mención merece el edificio de la Aduana, notable por su arquitectura, solidez y situación; construido en 1793 costó tres millones de reales.

Este no es el edificio de la aduana, sino el ayuntamiento, que es más bonito, erigido contra la muralla fundacional.

Como puede verse, el pasado navarro o vascuence de Orduña es poco menos que nulo. Su vasconización reciente sólo obedece a intereses políticos (que son, en última instancia, económicos). Pero, lo que es más importante aún, puede comprenderse el absurdo de mantener en nuestros días la vigencia de unos fueros cuyo objeto ha desaparecido hace siglos: se decretaron con el fin de estimular la repoblación de ciertas regiones; una vez lograda ésta, los fueros pierden sentido; mantenerlos artificialmente hoy en día implica un agravio comparativo para el resto de la nación española.

Y si has aguantado hasta aquí, lector, siguiéndome por los meandros de la historia de Orduña, sus iteradas y confusas etapas, los incesantes cambios en su posesión, etc., seguro que te gustará si te guío ahora por algunos de sus evocadores rincones y, sobre todo, por sus alrededores, más que nada si eres un motero aficionado a las curvas y los paisajes; y es que Orduña goza de una ubicación paisajística privilegiada, en mitad de un amplio valle feraz y hermoso, como lo describió Madoz, entre altas y escarpadas montañas de belleza natural singular.

Vieja casa molino en las afueras.

Vieja casa molino en las afueras.

Callejeando por la ciudad podemos encontrarnos con este rincón que parece anclado en el pretérito, este enorme caserón medio destartalado que acaso fue un molino, por su ubicación junto a un riachuelo, o una casa de posta, y que ahora parece deshabitado; o quizá lo esté sólo por fantasmas del tiempo de nuestros bisabuelos.

Detalle de las ventanas abiertas en el muro de la casa.

Estas ventanas son un ejemplo de la arquitectura adusta y práctica de hace dos siglos, cuando se vivía al aire libre y cuando la luz en los interiores era más un estorbo que una ventaja: las alcobas eran tan sólo para dormir, o para folgar, y la luz no se hacía necesaria.

Colegio de la Compañía de María.

Colegio de la Compañía de María.

He aquí un detalle que me llena de nostalgia: un colegio de la Compañía de María, como al que iban mis hermanas cuando eran muy niñas, cuando el tiempo aún no existía y los cielos brillaban siempre luminosos y un poco blanquecinos, con esa claridad especial de las ciudades del sur, que me hacía siempre tener los párpados medio entornados.

Y ya fuera de la ciudad, siguiendo hacia el sur por la misma carretera por la que entramos, enseguida se enfilan las empinadas cuestas con sus curvas de horquilla que trepan y trepan por la ladera casi vertical de Sierra Salvada hasta llegar, en su cima, a lo que ya es Burgos. Desde arriba se contempla la vista más magnífica de todas: el hermoso y feraz valle oval del Nervión donde Orduña puso su cuna, tesoro ambiciado por reyes y señores, protegido, templado y fértil, donde se hacen esos chacolís que podrían sobrepujar a los de Francia…

Según avanza la tarde, queda el valle medio en sombra bajo las crestas de Sierra Salvad.

Según avanza la tarde, queda el valle medio en sombra bajo las crestas de Sierra Salvada.

Caída de agua al vacío, uno de los más bonitos espectáculos del parque natural que abarca Sierra Salvada. Burgos vierte sus aguas sobre Vizcaya, fecundándola.

Caída de agua al vacío, uno de los más bonitos espectáculos del parque natural que abarca Sierra Salvada. Burgos vierte sus aguas sobre Vizcaya, fecundándola.

¿Y qué me queda ya? Os he acompañado por lo mejor de Orduña: sus carreteras, sus paisajes, su historia, sus calles. Ahora sólo me resta despedirme como siempre en mis escapadas moteras por Vasconia: con unos buenos pinchitos, ganadores de algún concurso, regados con un buen chacolí.

Este pincho, elaborado en Orduña, fue galardonado en el concurso vasco del 2012.

Este pincho, elaborado en Orduña, fue galardonado en el concurso vasco del 2012.

¡Hasta la próxima, amigos!

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Final de trayecto

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Me costó un gran esfuerzo terminar de abrir los ojos: desde hacía un buen rato los párpados me pesaban como si fueran de plomo; y en la lucha contra el profundo sopor en que me hallaba iba intentando discernir y comprender mi realidad inmediata, recomponiéndola -igual que un puzzle- con las piezas del presente que, una a una, iban llegando a mi consciencia -no directamente, sino como por osmosis- a través de los sentidos, y con aquellas otras que -como relámpagos que iluminan la noche- lograba rescatar del otro lado de la memoria: antes de coger el autobús donde me había quedado dormido.

Supe que viajaba a través de la ciudad. En el asiento notaba el ronroneo del motor, que acentuaba mi modorra; percibía también los cambios de marcha, las paradas y los acelerones, las curvas, e incluso me parecía escuchar, como desde muy lejos, las voces de otros pasajeros. Durante un fugaz segundo que logré apenas despegar los párpados, vi el piso pardo y poco iluminado del ómnibus. Era uno de esos metropolitanos dobles, articulados, y yo iba junto al acordeón de goma negra que permite el giro.

No sabía a ciencia cierta desde cuándo, pero tenía la sensación de llevar ya muy largo rato viajando; no podía faltar mucho para el final del recorrido. Pero ¿cómo había llegado hasta allí? En pugna con la pesada somnolencia en que me hallaba inmerso, como si estuviera bajo el efecto de un potente somnífero al que iba ganando terreno con trabajosa lentitud, fui recordando que había escapado precipitadamente, empujado por un repentino desasosiego, de un piso donde se celebraba algo, quizá un cumpleaños; pero la memoria, entremezclada aún con el sueño, se negaba a proporcionarme más detalles, por el momento. Sí, había habido francachela en aquella casa, voces, comida y bebida; pero a mí me entró de pronto la angustia y sentí la necesidad imperiosa de huir… Fue entonces cuando salí del piso y, guiado por el instinto, alguna corazonada o quizá tan sólo las prisas, cogí este autobús con la idea, tan vaga como -ahora lo comprendía- infundada, de que tenía forzosamente que llevarme a casa. Mas ahora, pese al tardo razonamiento a que me limitaba esta especie de letargo en que había caído, me daba cuenta de que fue un impulso equivocado: aunque es difícil calcular el tiempo cuando se duerme, llevaba -pensé- quizá ya una hora de trayecto y era más que probable que me encontrase en algún extremo de la ciudad, tan alejado de mi destino como al principio.

He pensado: “la ciudad” Sí, pero… ¿qué ciudad? He sido viajero durante tantos años que con frecuencia, al inicio del despertar mañanero o tras alguna pesada siesta, me cuesta trabajo saber dónde me hallo, en qué ciudad o país. Y eso mismo estaba ocurriéndome entonces, mientras pugnaba por despertar del todo. De nuevo pude entreabrir un momento los ojos, venciendo el plúmbeo peso de los párpados, y aproveché para tantear alrededor en busca de mis pertenencias; aún no sabía cuáles, pero sí que llevaba algo conmigo. Durante un breve instante de alarma pensé no hallarlas, al notar vacío el asiento vecino; ¿acaso algún pasajero había aprovechado que estaba dormido para sustraérmelas? Pero enseguida me alivió sentir al tacto un macutillo; sí, ahí estaba. Vale. Pero la ciudad… aún no podía recordarla, de entre las muchas en las que he vivido. Intenté deducirlo a base de lógica: esos asientos de madera, ese autobús articulado y renqueante, esas ventanillas oscurecidas por la mugre de años… Debía de estar en Polonia, o quizás en Ucrania…

Y así mi consciencia, durante un buen rato, fue debatiéndose para intentar moverse a través del fluido extraordinariamente viscoso del sueño. ¿Quizá -me pregunté un momento- me habían puesto algún narcótico en la bebida? Mas en seguida deseché la idea: ¿quién haría eso, y para qué? Era absurdo. Pero, entonces, ¿de dónde me había caído aquella soñarrera? No podía recordarlo, así que seguí librando asaltos contra ella hasta que, tras un agónico y postrero esfuerzo de la voluntad, logré sacudirme ese pegajoso abrazo de Morfeo; ¡por fin! Me sentí libre. Abrí los ojos y miré a mi alrededor: ya no quedaba nadie en el autobús salvo el conductor y yo; era el último pasajero, así que -deduje- debíamos estar llegando al final de la ruta, fuera este cual fuere: casi con seguridad, a juzgar por lo largo del viaje, en el extrarradio. En cualquier caso, y en tanto no me recobrase de aquella extraña resaca, si ni siquera sabía qué ciudad era esa, ¿cómo podía pensar en hallar el modo de irme a  casa? Tenía que bajar del autobús, tomar el aire, acabar de despejarme…

Con notable torpeza recogí, uno a uno, los tres objetos que traía conmigo: una cajita de cartón con un disco duro de segunda mano, una pequeña bolsa transparente, sin asas, que contenía ocho o diez tappon de corcho, y mi macutillo negro. El disco duro y la mochila no planteaban ningún desafío a mi razón; pero, en cuanto a la bolsa con los corchos se refiere, aquello ya era otro cantarrr: esa pertenencia introducía en la escena un elemento surrealista que me llenó de perplejidad: sabía, sí, que eran míos, pero no recordaba en absoluto de dónde habían salido ni para qué los llevaba. Los miré primero un poco atónito y, luego, con una sonrisa de resignación, seguro de que el misterio se resolvería por sí solo en cuanto lograse recobrar por completo mi lucidez.

Me levanté del asiento y, sujetándome a las barras para no caer, porque en ese momento el conductor giraba hacia una bocacalle, me dirigí hasta la puerta delantera para a descender en la próxima parada. Hacía sol y, tras los vidrios sucios, se veía un pequeño parquecito con árboles. Y entonces sin esperarlo, según me preguntaba cómo haría para regresar a casa, en un repentino destello de clarividencia, como quien experimenta una revelación, tuve la certeza de que desde allí sería imposible regresar; y de que, aparte, jamás lo lograría en un transporte convencional; era una imposibilidad física a la vez que metafísica. Y acto seguido supe, con la sorpresa de quien, frente a una puerta de aspecto impenetrable, halla que cede a la mera presión del brazo porque no tiene el cerrojo echado, supe que no me separaba de mi casa más que una suerte de… ¿cómo describirlo..? una suerte de membrana imaginaria… Comprendí que yo era como una bacteria en el interior de una gota de agua aislada y que, para lograr salir de ella, me bastaba con… dar un paso mental para emerger, con inusitada facilidad, desde la dimensión onírica en que todo aquello había sucedido al verdadero mundo real de mi dormitorio.

¿Real? Bueno, quizá sólo un orden de magnitud inferior en una secuencia infinita de universos más allá de cuyas fronteras la palabra realidad pierde todo significado y, con ella, también nuestra existencia misma.

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El extraño mercado electrónico de Hua Qiang Bei

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Puede decirse que Hua Qiang Bei es el mercado electónico más grande del mundo y, desde luego, uno de los lugares más extraños y chocantes en los que he estado.

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Adentrándose en el pleno corazón de Shenzhen, en China, hay una calle llamada Hua Qiang Bei, que le presta su nombre al área circundante: un distrito de aproximadamente ciento cincuenta hectáreas, con un montón de grandes y desaliñados edificios de varias plantas, cada uno de ellos lleno, literalmente, de cientos de pequeñas tiendas, más bien como puestos de un mercado, que a su vez están repletos a rebosar de miles de componentes electrónicos, apilados en estantes o empaquetados en bolsas a reventar, bajo el usado vidrio de los mostradores, totalizando sin duda centenares de millones de unidades. Y todo esto compone una suerte de astroso mundo futurista, algo a mitad de camino entre Blade runner y Tron: una verdadera jungla enredada de silicio y germano, difícilmente descriptible tanto en su aspecto como en su atmósfera.

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Una vez que llegas a Hua Qiang Bei, probablemente tras viajar en metro durante varias leguas de inacabables túneles, enseguida tienes la sensación de que este es un sitio muy especial; y, si ya ha anochedido, puedes incluso pensarte como un Deckard siguiéndole a Zhora la pista de sus sintéticas escamas de serpiente, o quizá mejor un Roy sacándole información a algún chino diseñador de ojos: habrás de pasar junto a decenas de puestos con fluorescentes, donde se venden toda clase de comidas cuyos olores entremezclados se fusionan, a su vez, con el humo de los coches y de la descomunal maquinaria de obras; innumerables tiendas, una tras otra, atestadas con semiconductores NPN; una muchedumbre que entra o sale –como hormigas en un termitero– de cada uno de los grandes edificios que albergan el kernel Hua Qiang Bei: Segbuy, el gigante electrónico.

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Y, cuando tú mismo te conviertes en hormiga y entras, perderás toda noción del tiempo, de la orientación y quizá hasta de la realidad. Como si fuesen subterráneos, carentes de oquedad alguna que deje entrar la luz del exterior, cada edificio es un laberinto poco iluminado de compartimentos, estrechamente dispuestos, donde es teóricamente posible –si eres capaz de dirigirte al rincón adecuado– encontrar hasta el último componente de hardware que puedas necesitar; aunque mucho más probable será que te pierdas en este aparentemente caótico mundillo, entre humanoides que lo mismo están arreglando una placa con un soldador eléctrico que clasificando cables multicolores o ristras de diodos autoluminiscentes, o comprobando circuitos impresos con un polímetro; y todos ellos parecen por completo enfrascados en sus actividades, cuando no están almorzando noodles o soba en una esquina, echando un pitillo en un taburete o echando una cabezada sobre el mismo mostrador, en aparente indiferencia hacia cualquier cliente potencial e ignorando por completo lo que pueda estar ocurriendo a su alrededor.

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Este es, lector, el mercado electrónico de Hua Qiang Bei; algo entre desguace y fábrica; un lugar que puede superar la fantasía creativa de muchos guionistas de ciencia ficción. Lástima que mis torpes fotografías no puedan transmitir una idea de hasta qué punto este lugar puede parecer extraño. Espero que mis palabras lo hayan descrito mejor.

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Regatear en Kowloon

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tazaYa están hechas todas mis compras en Kowloon.

Para aquellos que no lo sepáis, Kowloon es uno de los barrios de compras y mercadeo más populares de Hong Kong y, aunque ahí puedes encontrar casi cualquier cosa, es sobre todo famoso por artículos de electrónica, móviles, cámaras (nuevos o usados), y por un gran mercadillo callejero con textiles, menage, complementos, adornos y otras chucherías.

Pues bien: aunque me tengo por un regateador implacable, por muy duramente que negocie cierto artículo con esos vendedores callejeros, una vez que llegamos a un trato no puedo evitar la sensación de que me han engañado; y, de hecho, no sería la primera vez que, tras regatear un buen precio para cualquier objeto, cuatro puestos más allá me encuentro ese mismo objeto puesto a la venta con un precio “de salida” 10% menor de lo que yo finalmente pagar por él…

Así que, si alguna vez vas de compras a Kowloon, sigue mi consejo: sé mucho peor que implacable: ¡sé inhumanamente cruel!

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Lamma: el sueño de Hong Kong

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Si una ciudad pudiese soñar, Hong Kong soñaría con Lamma.

Algunos rascacielos de Hong Kong vistos desde Lamma

Algunas de las torres de Hong Kong vistas desde Lamma

Apenas a dos kilómetros frente a sus costas y a poco más de diez minutos en ferry cruzando el canal, esta pequeña isla desdibuja su incierto perfil sumida en esa eterna bruma que habita el cálido mar del sur de China. Con su aletargada vida pesquera, sabia y discreta como el olvido, Lamma es el plácido yin con que el incesante ajetreo de Hong Kong contrasta su yang; el reposo y la calma de un lobulado reducto peatonal, antagónico al vertiginoso babel cartesiano de fugas y prisas; un enclave natural y selvático frente al imperio vertical del acero y el cemento; una economía modesta y sin pretensiones frente a la exigente tiranía del crecimiento, el consumo y las finanzas.

El tradicional barquito que hace de taxi local entre el dédalo de embarcaciones

El tradicional barquito que hace de taxi local entre el dédalo de embarcaciones

Cuatro líneas de ferry, a través del canal, enlazan el área metropolitana de Hong Kong con sendos pequeños y tranquilos puertos pesqueros de Lamma; y este mismo canal que los comunica es el que hace de frontera y barrera, invisible y difusa, entre el ajetreo de una parte y la paz de la otra. Así, lo primero que siente el pasajero recién desembarcdo al poner sus pies en la isla es el perenne sosiego que aquí reina, y el alivio por haber dejado atrás las urgencias y las prisas; y, si es su primera vez en Lamma, muy pronto advertirá otra grata circunstancia: la total ausencia de vehículos: salvo unos contados, minúsculos motocarros para el reparto local, aquí sólo bicicletas y peatones circulan por las estrechas y tranquilas calles, por los angostos y bien cuidados caminos. Lamma es, desde luego, una isla de reposo.

Uno de los barrios más curiosos y viejos de Yung Shue

Uno de los barrios más curiosos y viejos de Yung Shue

Viejos recuerdos de la China imperial, aún presentes en Lamma.

Viejos recuerdos de la China imperial, aún presentes en Lamma.

A lo largo de sus calles se alinean pequeñas tiendas y restaurantes, junto a los consabidos hospedajes familiares; y, aunque abundan los turistas y no faltan residentes expatriados, el lugar tiene su propia vida y sabor locales que poco necesitan al forastero: quien sepa mirar tras los comercios más vistosos, cuyos precios y letreros están dedicados a la clientela foránea, observará una población permanente, feliz y tranquila, de ciudadanos asiáticos que han preferido habitar este retiro, o que no han sucumbido aún al glamour de Hong Kong.

Arranque del camino a Sok Kwu

Arranque del camino a Sok Kwu

El camino a Sok Kwu se adentra en la espesura.

El camino a Sok Kwu se adentra en la espesura.

Desde Yung Shue, el principal pueblecillo de la isla, mi paseo favorito son los cuatro quilómetros de ondulante camino, vigorosas  pendientes y variado paisaje, que lleva hasta el pequeño puertecillo pesquero en la bahía de Sok Kwu, sobre el litoral opuesto, donde una docena o más de restaurantes se alinean sin solución de continuidad, ofreciendo al visitante su exposición de sugerentes peceras con marisco y pescado, o sus vitrinas repletas de cautivadoras botellas de cerveza bien fría.

Piscicultivos en Sok Kwu, tras un recodo del camino.

Piscicultivos en Sok Kwu, tras un recodo del camino.

Para dar gusto y cabida a los comensales más perezosos tiene Sok Kwu su propia terminal de ferry que enlaza directamente con la gran metrópoli, de  modo que puedan llegar, comer y marcharse en un rápido vini, vidi, vinci; pero yo prefiero, desde luego, el doble paseo desde Yung Shue, que me despierta la sed y el apetito a la ida, y me ayuda a bajar la digestión a la vuelta. Ya de regreso, me siento en cualquier terraza para beber un té despacioso mientras observo a la gente.

El pequeño puerto pesquero de Sok Kwu

El pequeño puerto pesquero de Sok Kwu

Y así vuelan en Lamma los días con paradójica lentitud de sus horas; y esta naturaleza dual del tiempo, esta montaña mágica de Mann, actúa sobre mí como un narcótico, haciéndome sentir que no soy real, sino como si Hong Kong, soñando con esta isla, me soñase a mí también.

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Pequeña playa soñolienta de Hung Shing Ye

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Sabores de Japón

(Pincha en cualquier foto para verla ampliada.)

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Fue de pura chiripa encontrar este restaurante japonés en el distrito Shekou de Shenzhen (China); ¡y vaya un descubrimiento! Se ajustaba al dedillo a mis preferencias: buffet libre de comida japonesa, de una exquisita calidad, experta cocina, todo preparado frente al cliente, en su misma mesa, con una limpieza extrema, una gran variedad de platos, batidos, zumos naturales, postres y lo que sea; todo lo que puedas beber y comer durante dos horas, por el ridículo precio de 20 €. ¡Dios mío!

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Cuando llegas, te sientan a una gran mesa con una docena de otros comensales, donde hay dos enormes planchas, cada una a cargo de un cocinero. Coges el menú y empiezas a pedirle todo lo que quieras a un camarero, que pasa tu orden a la cocina, donde a su vez preparan los ingredientes para los cocineros; y una vez éstos reciben las bandejas, cocinan, fríen, cuecen, hierven o hacen lo que cada plato requiera, sin más ayuda que dos espátulas grandes, una en cada mano. Todo se prepara en las planchas; incluso cocer huevos, a base de verter agua sobre la plancha caliente a su alrededor y cubriéndolos con una tapa semiesférica. ¡Impresionante!

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Muy pocas veces en la vida me he dado un festín semejante: sushi, sashimi, tenpura, carpaccio (o sea, sashimi de ternera), pescado fresco, la mejor carne de ternera asada con cebolla, batidos de mango y de plátano, zumo de sandía y de papaya, ensalada de frutas, ensalada de mango y foie-gras, ostras, vieiras, langostinos, vino… Incluso helado Haagen-Dazs de postre. En lugares y ocasiones como ésta, hay que dejar a un lado cualquier pensamiento de dieta, por supuesto.

Pero lo mejor de todo es ver a los cocineros, cómo lo hacen todo con sus espátulas, que manejan a la velocidad del rayo: desde extender el aceite hasta trocear la carne, desde mezclar los ingredientes hasta servir los platos, desde cortar la mantequilla hasta dejar la plancha limpia como una patena, todo hecho con una destreza y una ejecución impecables. Un verdadero espectáculo. Sólo contemplarlos vale bien el precio del buffet, así que bien puede uno considerar que el resto, o sea la comida, es gratis. ¡Chapó!

Lo que me pregunto es: ¿cómo le ganarán dinero a ese restaurante?

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El abandono

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Cuando ascendí al empleo de capitán en el ejército, me destinaron al archivo histórico central. Era un puesto que nadie quería, por tener la mayoría de mis compañeros de ascenso aún el espíritu guerrero y aspirar, por tanto, a destinos más operativos, con mando efectivo sobre tropa y, a ser posible, con oportunidades de intervención no ya en maniobras, sino en cualquiera de los conflictos reales repartidos por el mundo. A mí me habían asignado el archivo un poco a modo de castigo, por mi espíritu crítico y contestatario, pero lo que mis superiores ignoraban era que, con dicho castigo, me habían dado todo el gusto, pues yo habría solicitado ese destino de todas maneras.

De aquella enorme sala que ocupaba el archivo, más bien oscura, abarrotada de estanterías alineadas como soldados en perfecta formación y llenas hasta la última balda de libros y legajos, a mí me interesaba un único documento: se trataba de un grueso diario manuscrito, más bien una biografía, que narraba una buena parte de la vida de un soldado, más tarde llegado a comandante, que yo tenía fundadas razones para creer había sido mi padre. Entre las páginas de ese cuaderno había una única fotografía, en blanco y negro, en la que cuatro soldados se reían, en actitud de franca camaradería, recostados sobre la tierra pedregosa de un encinar. Por el envés, en una caligrafía antigua que no era la misma con la que estaba escrito el diario, sólo había una fecha: marzo 1936.

Como responsable del archivo, tenía absoluta facilidad para consultar aquel documento con el detenimiento y la extensión que me pluguiesen; y, por supuesto, lo leí entero más de una vez con verdadero interés no solamente histórico sino, huelga decir, personal. En cada nueva ocasión, me fijaba en detalles que me habían pasado desapercibidos en la anterior; escudriñaba fechas, nombres, topónimos y referencias que pudieran ayudarme a averiguar algo más de aquel personaje a quien, por razones que ya se verán, yo atribuía mi paternidad.

El diario comenzaba así:

“Si hay algo que no puedo soportar, es el abandono.

Al cumplir los dieciséis años salí de la casa de mis padres, dejé el pequeño pueblo en el que vivíamos y me fui de voluntario a la mili. Nunca tuve la intención de abandonar para siempre mi tierra querida, con sus áridos campos, sus pinares y sus robledos, con sus casas y aldeas del mismo color que el sustrato geológico de aquellos montes, con su centenar de inolvidables aromas y con alguna moza que me había hecho suspirar; pero quise conocer otros lugares y otra gente (aunque más tarde descubrí que la gente era igual en todas partes), escapar durante una larga temporada del abrazo protector de madre y de la ciega rutina campesina de padre, aprender quizá un oficio que no hubiera en el pueblo y, en suma, dar libertad a mis jóvenes energías.

Pero la guerra estalló poco después de haberme incorporado a filas y pasé los siguientes cuatro años luchando en el frente, al que sobreviví, ayudado por Fortuna, sin más que unos rasguños y una notable pérdida de audición en el oído izquierdo. No voy a contar los horrores de la guerra porque ya  muchos otros los han descrito sobradamente con mayor o menor acierto y porque, en el fondo, yo no lo pasé mal: a pesar del peligro a que estábamos expuestos cada día, o tal vez por eso mismo, había en el frente un sentido humano de la camaradería, de la amistad y la lealtad que jamás he vuelto a encontrar en parte alguna.

Al acabar la guerra, nos concedieron un largo permiso que aproveché para regresar a mi pueblo; fue un largo viaje, cambiando varias veces de autobús, haciendo largos trechos caminando, o bien pidiéndoles jalón a algunos coches particulares que pasaban. Por aquellos días, los militares viajábamos gratis a todas partes. Yo había emprendido este camino con otros compañeros que eran también de por allí, de lugares cercanos a mi pueblo, pero yo era el único que no descartaba la idea de quedarme. Los demás, decían, querían emigrar a alguna ciudad; yo sólo quería volver al campo, abrazar a padre, besar a madre y no separarme ya de ellos.

Pero cuando llegué a la aldea la hallé totalmente abandonada. El sol pegaba con fuerza en las fachadas de piedra y barro, acentuando la sensación de soledad. No quedaba un alma allí, nadie siquiera que pudiese darme razón del destino de sus pocos habitantes. Mi casa estaba cerrada. Fui hasta el pequeño cementerio tras la iglesia y encontré bajo una misma lápida las iniciales de mis padres, junto a un año: 1937. Pese a que nunca, durante los años de la guerra, tuve la sensación, el presentimiento o el temor de que pudiera pasarles algo, lo cierto es que no me sorprendió ni turbó mi ánimo ver aquella tumba. Quizá había visto ya tanta muerte que había dejado de impresionarme. Lo que, en cambio, sí me dolía en lo profundo del alma era el abandono del pueblo. Recé una oración, corté unas flores que puse junto a la pequeña cruz y luego, cabizbajo, comencé a caminar por la vereda polvorienta hacia el pueblo grande más cercano…”

(NOTA: Este fragmento ha sido, en su totalidad, fruto de un sueño; me he limitado a transcribirlo tal como lo recordaba al despertar; por eso, siendo mi imaginación mucho más pobre que mi fantasía onírica, nunca podré concluirlo, salvo que otra noche, a lo mejor, sueñe su continuación.)

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