Lunes, 17 de noviembre. San Cristóbal de las Casas (Chiapas, Méjico).
Por la mañana seguía lloviznando. Cuando acabé de recoger y me marché, ya habían abierto el parque y el guarda estaba en la caseta; pero tuve suerte de que no vio desde dónde me aproximaba, y para que no sospechase al verme alejarme, simulé que venía de la carretera a preguntarle cómo ir hasta el centro de Laredo. La maniobra funcionó, y el hombre me explicó dónde coger un bus al downtown. La parada quedaba a una milla, y aún me tocó esperar en ella un buen rato. Por cierto, la conductora de ese autobús hablaba el más perfecto spanglish que he escuchado hasta ahora, y estuvo todo el recorrido de charla con amigas y amantes por el manos libres del móvil.
Ya en el centro, fui a la terminal para preguntar por autocares a Méjico, D.F. La Greyhound vendía el billete a 67 $, pero como intermediaria: sólo te llevaba, cruzando la frontera, a la terminal de Nuevo Laredo, de donde sale el autocar mejicano que va a la capital. Así que me dije: “si cruzo la frontera por mi cuenta y compro el pasaje directamente en Nuevo Laredo, me ahorro la comisión o el sobreprecio de Greyhound.” Y eso hice. Pasé el puesto fronterizo (una vez más sin que nadie, al salir de EE.UU. o al entrar en Méjico, me controlase o pidiese un documento), cambié a pesos los dólares que me quedaban y cogí un bus urbano hasta la terminal, a nada menos que 8-10 km de distancia. Pero, una vez allí, resultó que el billete al D.F. costaba, al cambio, 68 $. O sea que por ir de listillo había incurrido en varias molestias adicionales y, al final, había pagado más.
Como el viaje a Méjico City es largo, escogí un servicio que salía a las 18:00 y llegaba de mañanita: así, al menos, me ahorraba el alojamiento de esa noche. No obstante, faltaban aún varias horas hasta la salida, y para matar el tiempo di una vuelta por aquel suburbio, estuve comprando algunas provisiones, intenté llamar a Toño (sin conseguirlo: maldito si sé cómo funcionan aquí los teléfonos) y busqué una casa de baño para ducharme; pero no me convenció la limpieza de las dos que encontré y tuve que quedarme sin ducha. De regreso a la terminal, estando en la sala de espera, mientras escribía el diario, un par de chavales con tatuajes de protodelincuente se sentaron junto a mí.
Martes, 18 de noviembre. Mismo lugar.
–¿A dónde vas?, me pregunta el más charlatán. –¿Y a dónde vas tú?, le digo. –A Méjico, contesta. –Pues yo también voy a Méjico, replico. De querer atracarme no tenían pinta, pero de nada bueno tampoco. Decidí hacerme el marchoso para intentar sondear de qué iban. Me contaron que acababan de ser deportados de EE.UU: y volvían a sus casas, en sendos pueblos no lejos de la capital. El charlatán se iba en un autocar a las cinco; el otro, más aindiado, a la una de la madrugada. El charlatán apestaba a alcohol. El indio, cada vez que pasaba una chica guapa, me decía: “mira esa; te la regalo”. Una gracia que no veas. Tan pronto se quedaban sentados junto a mí o me pedían ver mi mapa de carreteras, como se levantaban y evolucionaban por la estación ociosamente. Cuando me entró el hambre saqué las provisiones, me preparé un sánduche y les ofrecí uno a cada uno. El charlatán me dio las gracias, pero el moreno no: lo cogió como si se lo debiese. Más adelante le pregunté: –¿Y ya tienes el boleto para tu autobús? –Aún no. Tal vez mañana. –¡Ah! Creí que te ibas a la una. –Sí, me voy a la una. ¡Menudo imbécil! Cansado de ellos, me di por allí un rulo, y al volver ya no estaban; pero no me los había quitado de encima: regresaron al cabo de un rato. En un banco frente a nosotros había una nínfula guapa que nos miraba constantemente, pero como con indiferencia, y en cuanto percibía que alguna de nuestras miradas se dirigía hacia ella, desviaba enseguida la suya. El charlatán intentó ligársela, sin éxito. Ella dijo tener dieciocho añitos (aunque aparentaba trece) y estar casada. Probablemente ambas cosas eran mentira. Por fin se marchó el moreno, sin decirme adiós ni hacer gesto alguno que reconociese mi existencia. Repito: ¡menudo imbécil! El charlatán se quedó todavía un rato hablando conmigo, pero al fin me cansé de su incoherente cháchara y, con una disculpa cualquiera, me despedí. Estuve vagando por el barrio (que era de lo más guarro que pueda uno imaginar) hasta la salida del autocar.
Casi catorce horas de tranquilo viaje me dejaron a las siete de la mañana del sábado en Méjico, D.F. (o Ciudad de Méjico, aunque no sea lo mismo: la ciudad es, paradójicamente, más grande que el distrito federal). Como era aún demasiado temprano para llamar a Toño, hice algo de tiempo preguntando por los autocares a San Cristóbal y consiguiendo en información un plano de la ciudad. Seguía siendo demasiado temprano cuando finalmente lo llamé, y lo saqué de la cama. Me dio su dirección, que no era muy lejos, y me indicó que cogiera un taxi. No obstante, en parte para darle tiempo a despertarse y ponerse en orden de marcha, y en parte porque no me fío de los taxistas, y menos aún de los mejicanos, famosos por atracar a los clientes, decidí ir en transporte público.
Nada más salir de la estación, lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de “bochitos” (como llaman en Méjico al VW “escarabajo”) que hay por todas partes. Un gran número de taxis son bochitos. Según me enteré después, han estado fabricándolos hasta que, hace muy poco, sacaron una última serie y cerraron la factoría. Mi primera intentona de usar el transporte público fue fallida: cogí uno de esos minibuses o furgonetas privadas (y piratas) que, por un peso –de ahí que los llamen peseros–, te llevan (o no te llevan, como fue mi caso) a cualquier lugar por el que les preguntes; pero encima de no pasar por donde me dijo que pasaba, en lugar de un peso me cobró dos, por mi cara de tonto. A la segunda, cogí el metro, que es fiable, más o menos limpio, rápido y eficiente.
Toño me llevó a almorzar, con Sandra y su familia, a un restaurante bueno y barato; y por la noche a la zona del Zócalo. El domingo comimos, en un restaurante bueno y caro, con Eugenio -que casualmente andaba por allí esos días en viaje oficial- y otros funcionarios españoles, entre ellos el agregado policial del consulado, un tío que iba de cabecilla y que, de hecho, pagó toda la cuenta; aunque apuesto a que luego le giró la factura al Ministerio. Por cierto, los precios en el D.F. están casi al nivel de EE.UU., pero la ciudad es totalmente tercermundista, sucia, muy oscura por la noche (apagan la mitad de las farolas, dizque para ahorrar) y, por lo visto, extremadamente peligrosa. Además, salvo el centro histórico, ni siquiera es bonita; y eso que me llevaron por la mejor zona.
El domingo a las seis de la tarde me encaminé a la TAPO, de cuya terminal salía el bus a San Cristóbal. En este punto, hago una breve digresión: no sé qué tipo de sociedad me gusta menos, si la distante, hipócrita pero civilizada cultura anglo, en que los conductores se paran para que cruces la calle aunque tengas el muñeco en rojo, o la cálida pero incívica hispana, en que, aunque lo tengas en verde, te arrollan si te descuidas. Si los unos son fríos y guardan más las distancias en el trato, a cambio también son más respetuosos. Si la cordialidad de los otros acarrea el derecho a pasarte el coche por encima, que se la lleve el diablo, ¿no? ¿Quién es más individualista, el anglo que no quiere intromisiones en su vida, o el “latino” que, por rascar cuatro pesos, no repara en avasallar a quien sea? Si me gusta poco una sociedad de distantes y desdeñosos burgueses, una de espabilaos muertos de hambre acaso me guste menos. Si me fastidia el típico yanqui ricacho y antojadizo, carente de empatía por no haber conocido nunca tiempos difíciles, igual me fastidia el buscavidas hispano que arrolla a quien haga falta por un poco más de plata. En EE.UU. no temo hacer autostop porque allí es difícil que alguien vaya a atracar a un mochilero; pero aquí, no sé yo, no sé.
El viaje hasta San Cristóbal fue larguísimo: casi diecinueve horas; pero se me hizo entretenido y no me resultó incómodo (salvo al principio, que pasé frío porque el conductor no sabía desempañar el parabrisas y, para evitar la condensación, bajó la temperatura del habitáculo). La última etapa, pasado Tuxtla Gutiérrez, fue muy bonita: la altitud aumenta de manera constante, quizá hasta en 1000 m, y a medida que se asciende, el paisaje es cada vez más imponente. Algunos de los pueblitos del camino son encantadores, pequeñas comunidades indígenas donde la gente viste a lo maya. Uno de ellos, no recuerdo cuál, a la orilla de una laguna entre altas montañas, es el punto más elevado del trayecto. A partir de ahí la carretera desciende un poco.
Cuando llegué no vi ni rastro de Eladio, y en un ciberlocal comprobé que no tenía ningún correo suyo. Quizá no recibió los míos, o algo le impidió venir, o anda por la selva. Pero no me importó, porque me pareció que valía la pena quedarme un par de días en esta ciudad. Así que busqué un alojamiento barato y fui a comer. En una “Cocina Económica” de las infinitas que hay me sirvieron un caldo de lentejas y un miserable plato de carne guisada, pero como aquí todo se acompaña con una cesta de tortillas y un plato de arroz, que es lo que te llena, no me quedé con hambre. Y, la verdad, por 15 pesos (1’20 €) no se puede pedir mucho.
San Cristóbal de las Casas es una bonita ciudad de corte colonial y trazado cartesiano, con al menos una docena de iglesias (quizá alguna sea catedral), varias plazas, calzadas de adoquines o piedras, y aceras muy altas, supongo que por las fuertes tormentas. Abunda en pictóricos rincones y gratas vistas, sobre todo desde lo alto de los cerros sobre los que se extiende. Las casas, de una sola planta, son de piedra, ladrillo o adobe, tejado árabe y coloridas fachadas, con predominio del azul portugués, rosas y terracotas. Gracias a su altitud (2100 m), tiene un clima muy agradable incluso para esta latitud tropical. Su vida es bulliciosa y su población, folclórica. Un continuo enjambre de gente fluye por sus calles, de las cuales yo eliminaría a los coches y a los turistas, ambos en exceso. A los coches porque, viejos en su mayoría, usan nauseabundo butano (o GLP), surcan la calzada a velocidad temeraria, sin el menor respeto por los peatones, y atronan la ciudad, contaminándola también acústicamente. Esa eterna prisa de los conductores mejicanos (que van… ¿adónde?) y esa prioridad del auto sobre el peatón dicen muy poco de la fraternidad de este pueblo. Y a los turistas, porque son la gangrena de la hospitalidad: por su causa, el lucro se torna avaricia y cualquier actitud desinteresada se pervierte. Ningún extranjero es visto aquí de otro modo que como una fuente de ingresos. Toda amabilidad, toda curiosidad, se vuelven adulación o empalagosa zalamería.


