Norteamérica 66. Thomas Chavez, con destino a Houston, para servirte

Viernes, 14 de octubre. Nuevo Laredo (Méjico)

No han pasado cuarenta y ocho horas desde que escribí lo último y me parece que han sido el doble. ¿Qué ha sucedido? Nada especial, pero algunas jornadas de viaje pueden hacerse especialmente largas, y así están siendo las dos últimas.

La noche del miércoles fue también bastante buena. Ese viento que se levantó de pronto no me impidió dormir a gusto. Y demasiado a gusto dormí, porque me levanté algo tarde para lo que conviene a un autostopista en estos días que ya son cortos. Por cierto, soñé con Pachi. He olvidado ya la historia, pero como me desperté con lágrimas en los ojos supongo que se trataría de lo de siempre: estamos juntos y la pierdo. Creo que había un tercero por medio, y ella (como en la novela de John Irving que estoy leyendo) no se decidía entre los dos: decía querer a ambos. Pero, bueno, lo importante es que recordar los sueños por la mañana es señal de que estoy durmiendo bien.

Cuando acabé de recoger, me encaminé a la carretera, y tuve suerte: me recogió el segundo coche que pasó. Lo conducía un mejicano sencillo, naturalizado en EE.UU., que tenía una empresa de potabilización de aguas. Me llevó hasta Fort Stockton porque le caí bien, ya que él no iba exactamente allí. Ya lo digo yo siempre: no hay como ser simpático y buena gente para que le vayan a uno bien las cosas. Me soltó el rollo creyente (no todo puede ser perfecto), pero no en plan sermón, sino explicándome su fe. Aparte, ya muy escarmentado, esta vez no caí en el error de expresar mi descreimiento y le seguí la corriente, lo cual puso pronto fin al tema. Hablaba en spanglish, ese cambio constante entre español e inglés tan común en Nuevo Méjico y Tejas, sobre todo entre gente joven o algo snob. Me pareció un buen hombre. Se lamentaba de que hoy día ya nadie quería trabajar porque las nuevas generaciones habían tenido la vida muy fácil. Decía no temer coger a autostopistas porque había combatido en Vietnam, y si Dios no se lo llevó entonces, ¿por qué iba a llevárselo ahora? Creía que no podía pasarle nada peor que aquello. En ese momento, saqué la pistola y le pegué dos tiros.

Llegados a Fort Stockton, me dejó en el extremo opuesto al que me convenía, y hube de cruzar la ciudad entera. Fue un día desesperante. Me di cuenta de que, poco a poco, he ido aumentando mi tolerancia a no conseguir jalón hasta límites inaceptables: una cosa es pasarse la jornada haciendo dedo para avanzar apenas 150 millas con ocho rides, y otra cosa es hacerlo para no avanzar nada de nada. Éste fue el caso ayer. Primero me puse en una carretera estatal, la 285 dirección Sanderson, sin ningún éxito. El tráfico, quizá por ser día 13, era escasísimo. Luego me puse en un carril de acceso a la autopista (Interestate 10) en dirección Sonora, pero en los 15 minutos que estuve allí no pasó ni un coche, así que volví al punto anterior en la 285. Otra larga e infructuosa espera acabó con mi paciencia, y cambié por tercera vez de lugar, poniéndome en esta ocasión donde me había dejado horas atrás el mejicano, para lo cual hube de recorrer de nuevo las dos millas largas que medía la ciudad. Tenía la esperanza de que este otro acceso a la I-10 tuviese más tráfico, pero fue una caminata en vano, ya que no pasaba ni Cristo. De hecho, la propia I-10 apenas tenía tráfico; sólo se veían camiones. Sin saber ya qué hacer, me puse a andar a lo largo de la autopista, aunque está prohibido, con la vaga idea de alcanzar el más oriental de los accesos y recoger así todo el tráfico posible. Llevaba cerca de seis horas haciendo dedo y otras tantas millas caminadas cuando, de pronto, sucedió lo inaudito: sin siquiera levantarle el pulgar, un camionero se paró. Era Thomas Chavez, con destino a Houston, para servirme. ¿A dónde iba yo? A Sonora. Pues vámonos.

Este tipo también hablaba en spanglish, aunque el spa le costaba más que el nglish, y poco a poco, a medida que se olvidaba del primero, su acento se tornaba más incomprensible; sobre todo porque no tenía dientes. Gordo como una foca, diabético y ex cocainómano, sus genes eran una mezcla de indio, mejicano y anglo que había dado como resultado un ser deplorable en lo físico, pero no en lo moral. Como es habitual, aunque los conductores son casi todos unos gilipollas, los que te recogen se deshacen en amabilidades. El amigo Thomas estaba encantado -¡lo que son las cosas, madre mía!- de que el Señor le hubiese enviado un autostopista. Aburrido y cansado, desde hacía una hora rezaba por un hitchhiker, y mira por dónde aparecí yo. ¿No probaba eso la existencia de Dios más allá de cualquier duda razonable? Yo me preguntaba por qué no habría más conductores como él, y también por qué a estos creyentes les cuesta tanto concebir las casualidades. Pero, bueno, me salvó el día. Mira tú por dónde, iba a llegar a Sonora cuando ya no lo esperaba. Y más allá incluso, pues en vista de cómo estaba el percal de los rides, y escarmentado del que había rechazado a Odessa anteayer, decidí sobre la marcha seguir hasta San Antonio con Thomas; lo cual, como se verá, resultó providencial. Este desdentado era dicharachero, comilón y algo excéntrico. Prefería hablar a escuchar (lo cual me hizo preguntarme para qué pedía a Dios un hitchhiker, si un muñeco de cartón le habría servido igual), le encantaba utilizar la emisora de CB, ponía la música a todo volumen, adoraba a Eric Clapton y se tiraba unos pedos asfixiantes y vomitivos. En casi todo el viaje -más de cinco horas- no dejó de parlotear. Me habló de sus nueve hermanos, de su padre el pichabrava, que a los 72 había vuelto a casarse y engendrado dos hijos más, de sus amigos cerveceros, que al salir de gira dejaban el campo lleno de latas y botellas, de su novia (¡cómo!, ¿había una novia para ese adefesio?), del nuevo camión que iban a entregarle en un mes, del tipo aquel al que se le había jodido el coche en una truck stop y que, sin dinero para arreglarlo, se empleó allí y se quedó varios meses, de cómo no lo admitieron para combatir en Vietnam aunque todos sus hermanos habían ido… y regresado vivos, de lo buen presidente que era Bush padre (la primera persona a quien oigo hablar bien de Bush sin avergonzarse), de cómo había perdido la dentadura por tomar coca para conducir más horas, de sus irreprimibles ganas de comer, y de mil cosas más. Era una persona positiva, alegre, optimista y muy respetuosa para con los demás. Huelga decir que me invitó a cenar. ¡Y cómo disfrutó ese platazo! Durante la cena, compró varios boletos de lotería instantánea y, todo ilusionado, me regaló otros tantos. No tengo ninguna duda de que si me hubiese tocado un premio él habría respetado mi titularidad. Le dio una generosa propina a la camarera y, para concluir, me obsequió una cámara de fotos de usar y tirar que tenía por ahí. Así que fue un viaje bastante entretenido. Me dejó, adelantándose a mi preocupación, en una truck stop al sur del gigantesco San Antonio —sobre la autopista que va hacia el sur, a Laredo—, donde había unos cien camiones repostando, o descansando sus conductores antes de encaminarse a la frontera mejicana. Él seguía hasta Houston. Antes de despedirnos me dio algunos consejos para conseguir jalón y expresó su agradecimiento por mi compañía, pues —decía— en otro caso habría hecho una parada ya bastante atrás.

De Pecos a Laredo en tres rides, principalmente Thomas Chavez

Yo di unas vueltas por aquel lugar en busca de algún rincón donde poner la tienda, pero no encontré ninguno lo bastante escondido. Luego le pregunté a un empleado si había problema en acampar allí, y ya estaba el tío torciéndome el morro, diciéndome que no los autorizaban a que “ande gente por aquí” (tócate los huevos, en una parada de camioneros, ochenta de ellos durmiendo y otros veinte llegando o saliendo, repostando, paseando o comprando, el único que “anda por aquí” era yo), cuando un hombre que escuchó la conversación me preguntó si iba a Laredo y si quería ir ahora. Sí, quiero. Y a Laredo nos fuimos. Era un tipo joven que iba allá por negocios, tenía sueño y yo le venía bien para no dormirse. La simbiosis perfecta. El viaje fue normal; hablamos de temas varios, ni muy interesantes ni muy aburridos. Lo jodido fue al llegar: lloviznaba, era muy tarde y el camping —que como vi después, más que un camping en condiciones era un pequeño parque con una zona de acampada— estaba cerrado: no había nadie en la entrada, una barrera impedía el paso de vehículos y la zona de acampada quedaba dos kilómetros hacia dentro. Como no me apetecía andar esa distancia -y poner la tienda- bajo la lluvia, y como además era algo carito, decidí pasar la noche bajo un galpón con mesas que había cerca de la entrada y largarme antes de que abriesen el parque. Y pese a circunstancias tan precarias, habría sido una buena noche de no ser por los mosquitos: no me los esperaba a estas alturas del otoño y me cogieron desprevenido; en cinco minutos me pusieron a caldo, y me dieron la tabarra el resto de la noche. Con todo, acostado sobre una de las grandes mesas de pícnic, pude dormir algo.

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