Viernes, 21 de noviembre. Mismo lugar.
Teniendo en cuenta el importante papel -unas veces de mi agrado y otras no- que los youth hostels están teniendo en mi viaje, hago aquí una breve digresión sobre ellos. Aunque su denominador común es el de estar enfocados a huéspedes de bajo presupuesto, esto no es condición necesaria para servirse de ellos: hay quien los prefiere simplemente por su ambiente viajero. Aparte, no deja de ser significativo que los hostales más populares (al menos en mi experiencia) sean aquellos cuyos lugares comunes (living, cocina, terraza..) son de paso obligado para llegar a los dormitorios. Dejando a un lado a las parejitas jóvenes que buscan un nido de amor barato, y a las parejotas mayores que aspiran a rejuvenecerse por proximidad (en física, a este fenómeno se lo llama simpatía), los albergues cumplen una función muy importante para el viajero: la de escaparate. Tanto los grupos como, sobre todo, los solitarios, vienen venimos aquí para exhibirnos. Cualquiera que sea la actividad que esté desarrollando cada huésped -si leyendo, escribiendo, tocando la guitarra, cocinando, haciendo manualidades, jugando a las cartas o tan sólo fumando en el jardín- en los youth hostels casi todo el mundo se exhibe. Exhibe su cultura quien finge leer pero que, a cada pesona que entra o sale, levanta -abiertamente o de reojo- la vista del libro para ver quién pasa; exhibe su indiferencia (¡qué paradoja!) aquél que verdaderamente lee, sin miraditas de soslayo, pero que siempre lee en lugar frecuentado y a la vista de los demás; exhibe su diligencia e inspiración el que concienzudamente escribe su diario; exhibe su feminismo, apertura de mente y habilidades el varón que cocina; su destreza el guitarrista; su originalidad el fumador de pipa; su hombría o rebeldía el coleccionista de botellas de cerveza sobre la mesa; su anarquismo y su desprecio por las normas el canutero; etcétera. En estos pintorescos escaparates, todos exhibimos algo, o lo intentamos. Y curiosamente, uno de los “méritos” más recurrentes en la exposición es el de quienes, a falta de cosa mejor, exhiben su soledad. Lo que pasa es que, claro, el solitario no es un viajero especialmente cotizado, pues a menudo su falta de otros méritos lo hace mostrarse huraño, rehuyendo a los demás y siendo retribuido con la misma moneda. Aun así, es elemento permanente en todo hostal que se precie. Para concluir este breve excurso: a diferencia de otra clase de hospedajes, en los youth hostels casi todos los huéspedes (salvo los japos y otras honrosas excepciones) comparten dos características comunes: la vanidad y la falta de naturalidad.
Sábado, 22 de noviembre. Mismo lugar.
Volaron las palomitas; Jane y Kate eran sus nombres. Jane, triponcilla y de una guapura insulsa muy gringa, era alegre, desordenada, descuidada, activa y muy sociable. Kate, de vientre plano, rostro que no deja huella y tetas que no se olvidan, era amargada, seca, asocial, pasiva, amargada, dominante, intransigente, meticulosa, amargada… Jane y Kate apenas hablaban español y no tenían más remedio que hablar entre sí, para regocijo de Kate, algo enamorada de Jane. La vida, pues, sonreía a Kate hasta que el hado trajo a la pensión a una serie de viajeros que también hablaban inglés, ahora para regocijo de Jane, la cual empezó a dedicarles parte de su tiempo en detrimento del dedicado a miss Bitter, que padeció así tres días de angustia, y que alcanzó el colmo de su desdicha y celos cuando anoche Jane llegó tarde al dormitorio, algo achispada (aunque no menos que su amiga, la verdad, porque se habían zampado casi una botella de vino por cabeza), haciendo ruido, tocando la guitarra y hablando alto, y delante de sus narices empezó a pegarse el lote con un apuesto español que ocupaba la cama vecina; lote que -¡ay!- no vino a más porque los bufidos de envidia de bitter Kate lograron inhibir la líbido de la mansa Jane. Así que hoy Kate conjuró con soltura tan ominoso peligro pretextando que su hermana se había quedado embarazada de repente y “la necesitaba”, y que por tanto debían irse enseguida. A pesar de la evidente manipulación, nada advirtió tame Jane del ardid o añagaza, y obediente siguió a Kate a la estación de autobuses tras un triste adiós a su atractivo cuasi amante, al cual la noticia de la marcha pilló tan de sorpresa que no tuvo tiempo de contrarrestar la maniobra mediante la reactancia psicológica adecuada para que mudara de aviso. En herencia, me dejó algo de comida y me pidió mi email para enviarme un correo que nunca escribiará.
Esta mañana hice una corta excursión a Zinacatán, un delicioso pueblecito, tranquilísimo, a apenas 10 km de aquí, digamos en un valle cercano, casi idílico, donde hacen algunas artesanías que venden in situ al doble del precio por el que pueden adquirirse en el mercadillo de San Cristóbal (llamado de Santo Domingo por ubicarse en esa plaza). En dicha trampa caí como un pardillo, y compré algunas chucherías con una pérdida relativa de 40 ó 50 pesos. Es lo malo de estos pueblos: hay que estar siempre alerta para que no te coloquen precios de turista en todo. De hecho, durante un rato, según paseaba por allí, me flanquearon dos lindas indígenas que parecían dedicarse a darles coba a los turistas, a cambio quizá de una propina. Pero a mí no me pidieron nada, de puro guapo que soy. En estando en Zinacatán comiendo, un par de simpáticos jóvenes, hermanos ellos, me conminaron a sentarme a su mesa. Uno era militar (aunque iba de paisano) y, según él, Altamirano (donde vive Eladio) es la “mera mata” del zapatismo. Va a ser interesante ir allí. Otra curiosidad de esa escapada fue que el viaje de ida me costó más caro que el de vuelta. Cosas de estos espabilaos oportunistas.
Estoy empezando a sentirme a gusto en San Cristóbal. Lástima que tenga que irme mañana y que me reste ya tan poco tiempo de viaje. Quizá Méjico se merezca una segunda visita. Apenas tres semanas faltan para coger el avión de regreso, y aún quiero pasar por Nueva Orleáns, Washington D.C. y Nueva York.
Domingo, 23 de noviembre. Mismo lugar.
Conforme a las leyes de Murphy, siempre se anima un lugar justo cuando uno tiene que marcharse. Hoy que me voy de este hostal, se alegra con nuevos viajeros de varia procedencia y catadura, incluyendo una tentadora gringuita solitaria y una simpática pareja de catalanes que piensan recorrer América durante al menos un año. Pues bien: estos catalanes (Pedro y ¿Sandra?) me han contado una muestra de la ineficacia y falta de voluntad del personal consular español en Méjico. Tras perder -o haberles sido substraídos- los pasaportes, tardaron veinte días en conseguir los nuevos, y eso sólo gracias a que montaron escándalos y amenazaron con acampar frente a la embajada con pancartas de protesta. De hecho, exhibieron pancartas en el consulado. ¿El problema? Como no se habían traído el DNI, no podían acreditar su identidad y no podían entregarles los pasaportes (aunque estaban ya confeccionados, con validez limitada a seis meses). ¿La solución? Enviar las huellas dactilares a través de Interpol; cuestión de una hora. ¿La tardanza? Durante veinte días el personal consular no hizo absolutamente nada hasta que recibieron la amenaza de escándalo. No me extraña que algunos catalanes quieran un país propio.
Estos días también he conocido a Gilbert, Gil para los amigos. Belga de nacionalidad, fotógrafo de profesión y piloto (de vela) de afición, anda haciendo un largo viaje por las Américas. Un chaval divertido, optimista y de animada charla, aunque demasiado adherido a los tópicos del manual del buen progre. Es de esos que dan por sentado que si eres viajero y te hospedas en albergues, entonces eres incoherente de izquierdas. Una tarde noche entramos en sintonía, y a la siguiente compartimos unas cervezas, la cena y acabamos con unos mezcales. Para el poco tiempo que pasamos juntos, hicimos buenas migas, y quedamos en que tal vez, un día, cuando ambos tengamos dinero, haremos un viaje en barco. Él ha navegado mucho (aunque no tiene título) en un velero 16 m de su padre. Yo, en cambio, aunque tengo el título, nunca he navegado a vela; así que sería una simbiosis. En fin, ensueños de viajero ocioso. Entre canuto y canuto, Gil me contaba sus planes de viaje, hoy acá y mañana alla, por Méjico y Guatemala.
Pregunta tipo test: ¿por qué la mayoría de los viajeros con los que me encuentro son de izquierdas? Marque la opción correcta. a) Porque mi estilo de viaje es de bajo presupuesto, y la gente de bajo presupuesto suele ser izquierdosa. b) Porque los izquierdosos, al tener más amplitud de miras y la mente más abierta, viajan más. c) Porque en general hay más gente de izquierdas en la sociedad. d) Las tres opciones anteriores son ciertas.
