Miércoles, 19 de noviembre. Mismo lugar.
No tiene mucho sentido hacer un relato cronológico de mis movimientos en San Cristóbal. Desde que llegué, mis actividades se han limitado a una serie de paseos por las calles más céntricas y a frecuentes visitas al mercado, mercadillo y ciberlocales. También a una búsqueda continua de alojamiento. La primera noche me quedé en un hostal bien ubicado y de precio imbatible (35 pesos), pero con poco ambiente viajero y mínimo equipamiento; nada que ver con el resto de albergues durante este viaje. No había un espacio común agradable, y la cocina carecía de frigorífico y útiles. Aun así, lo que me decidió a irme fue (aparte la ausencia de mujeres ligables) que los servicios se quedaban sin agua desde las 22:00 hasta las 7:30. Ni para la cisterna había. Además en un local cercano ponían por la noche música bastante alta y se oía desde la habitación. La segunda noche la pasé, atraído por el agradable y soleado aspecto de su patio interior al mediodía, en un lugar llamado –no te lo pierdas– “LOS CAMELLOS”, así con mayúsculas. El logotipo consistía en un camello fumándose un porro, y en todas y cada una de las oes de todos y cada uno de los letreros y avisos habían encajado la A del símbolo ácrata. Sin comentarios. Lo regentaba una pareja de jipis extranjeros que hacían el amor y no la guerra (ella estaba embarazada y, como prescribe el manual del buen jipi, no usaba sujetador), y lo atendía un italiano alto, delgado y con perilla. Dibujos psicodélicos, pósters del Che (que, como todo el mundo sabe, también era jipi) y frases, poesías o pensamientos de corte revolussionario y pésima calidad, aportación espontánea de huéspedes que habían pasado por allí, adornaban las paredes. El caso es que el lugar, gracias a la encomiable labor de dos sirvientes mejicanas, estaba impecablemente limpio, y la cocina, ddlqc, no estaba mal. De allí me fui por dos cosas: las incómodas duchas, no aptas para sibaritas, y el “hilo musical” que el italiano ponía por la tarde, con música psicodélica a un volumen incompatible con la tranquilidad. Una mujer y yo, únicos huéspedes con capacidad auditiva (el tercero tenía la suerte de ser sordo), tuvimos que pedirle que apagara esa mierda porque queríamos dormir. Además, según me dijo ella, la noche anterior habían organizado una fiesta y no pudo conciliar el sueño hasta pasada la una. Justo cuando me largaba esta mañana, llegaba -¡ay!- una nueva viajerita al dormitorio. Hoy me he alojado en una pensión que me atrajo por la reseña que leí en una guía de viajes, por la aparente amigabilidad (que era sólo aparente lo he comprobado después) de su gerente o dueño y porque el precio incluye desayuno. Pero en cuanto me he mudado y pagado, ya estaba lamentándolo, pues resulta que no hay espacios comunes, la cocina no tiene útiles y en los servicios, bastante precarios, no hay lavabo (sólo una pileta en el patio interior) ni tienen tapa los váteres. Ni siquiera es un albergue propiamente dicho, sino una pensión: en lugar de dormitorios hay habitaciones individuales, que maldito de lo que me sirven. Si mañana no me voy de San Cristóbal, volveré a mudarme, esta vez a un hostal, algo mejor, que he visto y examinado detenidamente esta mañana.
Esta ciudad es un nido de insurgentes. El ambiente revolussionario y zapatista se hace patente en las calles, los nombres de las tiendas, las pintadas, las actividades e incluso en los colegios. Pobres chavales; menudo lavado de cerebro. Atraídos como moscas por la miel(da), algunos vascos han venido aquí a adornar las calles con pintadas de una causa que a esta gente ni le va ni le viene: “Libertad presos políticos del País Basco”, así con be. Supongo que creerán que el terrorismo es aquí visto con simpatía, y que su presencia refuerza y legitima el movimiento zapatista; o a lo mejor al revés. No es imposible que los zapatistas, en su ignorancia de lo que es ETA, o su conocimiento sesgado y monofoco, así lo crean también. Pero entre etarras y zapatistas, me quedo con los segundos. Al menos su ignorancia es involuntaria, inevitable, casi conmovedora. En una pequeña y alegre fiestecilla que vi ayer mañana en el cerro Guadalupe, al pie de una escalinata al cabo de la cual está la iglesia del mismo nombre, y desde donde se goza de una extraordinaria vista de la ciudad, unos párvulos (“alumnos y alumnas” del colegio de…) disfrazados de ejército Pancho Villa bailaban y representaban pequeñas escenas. No deja de ser significativo que el “traje regional” de esta gente sea el uniforme de revolucionario. ¡Vaya un folclore! Como tal nido de insurgentes, y en virtud de una asociación de ideas que aún no me he parado a analizar (aunque sería interesante hacerlo), esta zona atrae un buen número de piojosos, a.k.a. hippies; gente que no distingue la revolución de la anarquía -ya hay que ser zote- y a la que le parece bien todo lo que vaya en contra del poder establecido, a.k.a. “sistema”.
Otra cosa que, en Méjico, me ha llamado la atención desde el primer momento es la preferencia por los colores oscuros en el vestir. Predominan el gris, el azul oscuro y el negro (¿existe el negro oscuro?). Incluso entre los indígenas el negro es color (¿color?) dominante. También me ha llamado la atención lo morenos que son algunos de estos indios, tanto que en ocasiones parecen negros. Me temo que cualquier intento de “camuflarse” aquí, de pasar desapercibido, es inútil, ya que nosotros los “gringos”, con nuestra piel blanca y cara de europeo, destacamos como mosca en la leche. A lo más que puede uno aspirar es a no destacar más aún: obviar sandalias, pantalones cortos, bombachos y gorros de explorador. Claro es que la mayoría de turistas no están interesados, como yo, en disimular que lo son, lo cual me parece perfecto. Otros, por el contrario, lo intentan patéticamente: ya he visto a más de un rubio, alto, con coleta, ojos azules, cara de vikingo y pantalones blancos de colono en la India, llevar por encima un poncho maya. Por cierto, sería interesante analizar mi aversión a lo puramente turístico. Seguro que mi tacañería tiene algo que ver.
Durante mis paseos no tardé en encontrar la zona del mercado, que es enorme y tiene tres sectores. Uno es un mercado como nosotros lo entendemos (pero mucho más sucio): un edificio con puestos de obra donde principalmente se venden productos cárnicos. Ahí los olores (y la oscuridad) son tan fuertes que pocos turistas los resisten. Alrededor de este edificio hay un extenso barrio de puestecillos al aire libre, en disposición tan compacta que resulta difícil circular por los inacabables laberintos, y cuyos bajísimos toldos superpuestos impiden ver el cielo. Ahí se vende fruta, verduras, legumbres, gallinas, ropa, música y todo tipo de cosas. En alguno de sus puntos el olor es nauseabundo. Por este “barrio” se ven muchos extranjeros, sobre todo franceses, que es lo que más abunda. Me pregunto qué se les habrá perdido a los gabachos en Chiapas. Por último, ocupando manzana aparte, está el mercado de comedores, el de sabor local más auténtico y donde, por lo que veo, no hay más extranjero que yo. Es un pequeño laberinto de locales de madera o simples techados de zinc, las llamadas “cocinas económicas”, donde un plato de cualquier cosa (no muy nutritivo por cierto) cuesta sólo 15 pesos. La falta de higiene es flagrante. Ahí he comido varias veces, atraído no sólo por los precios sino por lo verdaderamente exótico del lugar; aunque a la primera estuve a punto de rendirme, porque servían la cocina unas indias que apenas hablaban español (cosa muy común aquí) y no lograban entender mis preguntas sobre cómo funcionaba eso. “¿Cuánto cuesta comer?
–Quince pesos.
–Y por quince pesos, ¿qué obtengo?
–Hay caldo de pollo, sopa de pasta, pollo mole, carne de res… (aquí, toda la retahíla de platos disponibles).
–Sí, pero el precio, ¿qué incluye?
–¿Incluye?
–Sí; por los quince pesos, ¿qué me das? ¿Cuántos platos, bebida, postre..?
–Hay caldo de pollo, sopa de pasta, pollo mole, carne de res…”
Si no es porque otro cliente me explicó la cosa, me habría ido sin enterarme… y sin comer. De todas formas, en estas cocinas la comida es tan aguada, tan poco consistente, que al poco de terminar ya tengo hambre; así que no son tan “económicas” como parecen. Una comida, además, que una vez asimilada genera muchos “residuos orgánicos”, por decirlo finamente; es decir, que en proporción a su volumen tiene poca sustancia limenticia. Por cierto, cuando estaba allí cayó una tormenta que inundó los pasadizos, ya que los canalones desaguan hacia dentro y, además, el entramado de tejados tiene infinitas goteras. Pues bien: me resultó muy curioso ver que esta gente aprovecha las tormentas para, en una actividad frenética, baldear todo el mercadillo: esa es, sin duda, la única limpieza que se efectúa en él.
Cercano a todo esto está otro mercadillo: el de artesanías, este sí atestado de turistas -aunque también paisanos- que acuden a comprar ropa, adornos, textiles y objetos de cuero, sobre todo; artículos, por cierto, no necesariamente más baratos allí que en las tiendas normales, sin duda porque la masiva afluencia de compradores (asumiendo erróneamente que las tiendas son más caras) desequilibra la balanza de oferta y demanda.
Estos días se está celebrando algo aquí. No sé si el 475º aniversario de la existencia del país, o algo similar. [Después he sabido que se trataba del aniversario de la revolución zapatista.] Todos los días hay actividades. Primero, la mencionada fiestecilla en el cerro Guadalupe. Luego, unos desfiles de niños con una banda musical. Anoche, una actuación -bastante mediocre- a cargo de cantantes populares, de la que lo más destacable fue la interpretación de la canción Divinas mujeres a cargo de un pseudomariachi, con lecturas intercaladas sobre la historia de la revolución de Zapata. Había un ambiente de baile bastante agradable, salvo que nadie bailaba. Hoy hay una especie de fiesta, un jubileo en el zócalo con puestos de churros y helados, banda de música y cohetes. Lástima que me he pillado el tercer resfriado del viaje, que va a retenerme aquí más tiempo del previsto porque no me apetece viajar constipado. Aparte, no tengo prisa, y además en este último albergue hay, por fin, chicas con las que charlar.
