Martes, 25 de noviembre. Altamirano (Chiapas, Méjico).
Hace unas 48 horas que llegué a Altamirano. El viaje desde San Cristóbal fue bueno, no demasiado largo: dos horas y media a Ocosingo y otra media hasta aquí. Cuando pregunté en el hospital por Eladio (que en Méjico usa su verdadero nombre, Juan Manuel), no había llegado aún de su capacitación, pero las monjas me acogieron bien y, mientras lo esperaba, me alimentaron (estaba famélico) y estuvieron enseñándome aquello. Me atendió la mismísima sor Mayte, que debe de ser la superiora. Alguien, en determinado momento, me condujo hasta la casa de Juanma, pero estaba cerrada. Llegó al hospital rato después, ya oscurecido. Lo encontré más canoso de como yo lo conociera, y más hermosote, o sea con tripa. Fuimos a cenar unos tacos con Hermenegildo, un chaval que vive con él, y Will, un médico yanqui. En cuestión de media hora ya me había presentado a una docena de personas: monjas, médicos, empleados, amigos…

Altamirano no es una comunidad, como yo creía, sino un pueblo, pequeño para los estándares mejicanos: ocho mil gentes. Al ser zona zapatista, cerca hay un acuartelamiento de los regulares. El hospital se financia con fondos de una fundación holandesa y atiende prioritariamente a los indígenas, y luego a todo el que llega: si el paciente tiene medios, paga la atención; si no, no. Estos indígenas viven en las llamadas “comunidades autónomas”, que están en mitad de la selva, en plena montaña, a horas o días de camino, sumidas en una miseria casi absoluta y con un modo de vida muy tradicional, si no primitivo. Parece que, para mejorar esas comunidades, hay varios problemas concomitantes, entre los que destacan la desidia y desinterés del gobierno, la gran ignorancia y cerrazón de los indígenas, y su aislamiento físico. Una tríada fatídica y una situación difícil de resolver, la verdad. Todavía no sé qué mierda pintan los zapatistas en todo esto. Yo creí que coincidían con los indígenas, que eran una y la misma cosa; pero resulta que no, así que no sé muy bien qué intereses defienden; y las conversaciones con el compañero Eladio no me ayudan, amén de que su desmesurada “conciencia social” no es idónea para adoptar puntos de vista objetivos. Bueno, pues la cosa es que, según me ha contado, las mejoras son muy lentas, casi inexistentes. Los indígenas llevan una vida muy dura, la tierra apenas da nada, el café se lo pagan muy bajo, la fruta no se da, los productos hay que transportarlos a lomo de animal o humano, y las cooperativas no funcionan porque ellos mismos se engañan unos a otros (amén de que el gobierno, por lo visto, las boicotea). Los compas tienen el control semipacífico de la zona, lo cual no parece traducirse en ningún beneficio para sus habitantes. Además, hay muchos atracos y asaltos. Por su parte, la situación del hospital no es mucho más boyante: faltan medios, suministros y médicos; y de éstos, los asalariados trabajan poco. Curiosamente, los voluntarios o provenientes de oenegés son más formales; pero como hay mucha alternancia y cada pocas semanas se van unos y vienen otros, apenas los nuevos empiezan a acostumbrarse y ser eficientes ya les toca marcharse. Otro problema es el idioma: muchos indígenas sólo hablan tzental, tojolabal o chol, las lenguas nativas; en el mejor de los casos, cuatro palabras de “castilla” (como le dicen al español), lo que hace que se necesiten intérpretes, con la consiguiente pérdida de información y eficacia. Respecto a esos idiomas, fenómeno interesante es que, al carecer de preposiciones, sus hablantes las toman del español y las intercalan graciosamente en su parlamento. Eladio me ha colocado ordenando expedientes en el archivo del hospital, para echar una mano y ganarme la pitanza.
Domingo, 30. Tampico (Méjico).
Estoy escribiendo en la estación de Tampico, y veo a las limpiadoras escurrir la fregona con la mano, a falta de cestillo para el cubo. Así de pobre es esta gente.
Pero continúo el relato donde lo dejé hace cinco días. En el hospital conocí a la dulce Patricia, alias Pati, una indígena de 19 años con un aire que me resultaba familiar y que al tercer día identifiqué: tenía un ligero parecido con Cristi. Auxiliar de enfermería becada por las monjas y trabajando para ellas, actualmente se encargaba del archivo por ser la más espabilada de todas las empleadas y por ser bilingüe español-tzental, lo que hacía de ella una inestimable intérprete. Además de dulce, la dulce Pati era amable y servicial, comprensiva, sonriente y discreta. Tuvo mucha paciencia conmigo mientras aprendía a descifrar apellidos. Ancha de hombros y estrecha de caderas (¿de qué me suena esa complexión?), tenía unos característicos andares algo hombrunos, y su cara mongol de ojos rasgados hacia arriba, nada bonita al primer vistazo, tenía cierto atractivo. Respetando sus pocos añitos y considerando mi corta estancia, no le tiré los tejos, pero ganas no me faltaron; y en cualquier caso, como la joven desconocía por completo la coquetería, por ese lado tampoco daba pie. Mi vanidad se pregunta si se fijó en mí más allá de la novedad de un extranjero. Sean para ella mis pensamientos y mi recuerdo del hospital.
La novedad de un extranjero, de todas formas, no era tal, ya que la clínica está atendida por no pocos “gringos” de diversa nacionalidad: un matrimonio belga, una francesa creída, un yanqui, un mejicano gallego, un inglés y otros. Eso aparte de que, como digo, las frecuentes altas y bajas de médicos mantenían la plantilla en constante renovación. El más indígena era el propio Juan Manuel, aunque él se considera ladino, término que usan aquí para los mestizos. Las tres principales etnias de las comunidades autónomas coinciden con las tres lenguas: tzental, chol y tojolabal, y me resultaba muy curioso escuchar a Pati hablar tzental tirando de español para las palabras que les faltan: ahorita, entonces, para que, porque, a las doce, el día quince, resultados, análisis, radiografía, y muchas más.
Ahí, trabajando en el archivo, pasé mi estancia bastante ocupado. Empezaba a las siete y, salvo un descanso de dos a cuatro, no terminaba hasta las seis, ya de noche. Allí mismo hacía las tres comidas. Por cierto que, como a menudo me sucediera en los barcos, encontré mejor acogida en la cocina que en el comedor, donde los médicos me demostraron ser tan estirados, prepotentes y corporativistas como en España. La primera y única pregunta que varios me hicieron fue: “¿eres médico?”, a partir de cuya respuesta perdían todo interés y, lo que es peor, toda consideración, pues ya ni respondían a mis “buenos días” ni a mis “que aproveche”. Por eso en un par de ocasiones, a pesar de la oposición de las monjas, preferí la compañía de las cocineras y me colé en su territorio, dándoles palique, echándoles una mano y llevándome, de paso, los bocados mejores y más calentitos. He dicho “el comedor”, pero en realidad había dos, como corresponde a toda sociedad clasista: uno para médicos/gringos, sin racionamiento, y otro para empleadas varias, con la comida racionada. Éstas recogían su rancho al modo cuartelero (o presidiario); aquéllos, a mesa servida. Ignoro si esta segregación era iniciativa de las monjas, de los médicos o de ambos, aunque es probable que estuviese ya en la mente del arquitecto que diseñó el hospital. Por lo demás, como es normal, las monjas hacían vida aparte; pero, bueno, al menos realizan una labor social y humanitaria.
Un conmovedor ejemplo de la humildad campesina [esto me chocó tanto que aún lo recuerdo] fue el caso de aquel que vino por la mañana a pedir consulta para su esposa. Yo lo vi por allí de madrugada, así que sería de los primeros en llegar, si es que no llegó la noche anterior; pero se quedó el último en la cola. Con una voz que apenas le llegaba al cuello de la sucia camisa, me pidió el expediente de su señora. Me costó trabajo entenderlo, por su mal español y porque no estaba Pati. Tras atenderlo, se sentó en un banco y se quedó allí el resto de la mañana. Por la tarde, cuando volví de comer, seguía esperando en el mismo sitio, inmóvil. Me extrañó, ya que normalmente las consultas se evacúan por la mañana, pero, por la dificultad del idioma, no le dije nada, ni él me interpeló. Cuando, ya oscuro, cerraron las pocas consultas de la tarde y todos los pacientes se hubieron marchado, aún estaba él ahí, con su tímida mirada de ciervo acosado. Entonces le pregunté a qué esperaba, si todavía no lo habían atendido. Sí, me dice; es que quería que sacara de nuevo la espedencia de su mujer (“espedencia” que yo había vuelto a archivar horas atrás, anónima para mí entre los cientos de “Pérez Sántiz, María” que manejaba a diario) para que le dijéramos a cuánto ascendía su deuda, pues la primera vez que acudió apenas había aportado unos pesitos y ahora traía otros cien (me enseñó el arrugado billete en la mano) para cancelar una parte. ¡El hombre había estado esperando durante horas, sin decir una palabra, sólo para pagar! Sor Úrsula, la encargada de la operativa diaria, acertó a pasar por allí. Saqué el expediente: estaba en el temido papel azul, que significa tuberculosis. “No debe usted nada, hermano -le dijo-; a los enfermos de tuberculosis no se les cobra.” El alivio del hombrecillo fue patente. “Gracias, hermana. Este año en el incendio se nos quemó el cafetal y la casa, y fue difícil reunir dinero.” La monja le preguntó cuántos hijos tenía. Ocho. Así que ocho hijos, la esposa con tuberculosis, la casa hecha cenizas, cuatro días para venir hasta Altamirano (gracias a que alguien le prestó un caballo para cubrir parte del trayecto), otro tanto a la vuelta, y por toda pertenencia, el pantalón, la camisa, el gorro y un morralito con tortillas secas que mezclaba con agua para ablandarlas. Sor Úrsula le extendió un vale para el comedor y otro para que pasara la noche en “la pensión”, un edificio frontero habilitado para enfermos y familiares que han de pernoctar. A la mañana siguiente, cuando ya me marchaba del pueblo, me crucé con él por la calle. Me conmovió verlo, con la misma cara de animal asustado y el puño cerrado frente al pecho agarrando los cien pesos, asomándose a las tiendas de ropa femenina, imagino que para gastar aquel dinero, inesperadamente economizado, en comprarle alguna prenda a su vieja.
Esa es la vida del campesino de las selvas de Chiapas. La propia gente de Altamirano ya vive muy pobremente. Eladio apenas tiene muebles (Hermenegildo, su acogido, hubo de dormir en una colchoneta sobre el suelo durante mi estancia) y carece de agua caliente (factor que en cierto modo aceleró mi marcha). Por contraste, la bella doctora Enma, mejicana, no se cansaba de protestar por la mala comida y el exceso de trabajo… ¡cuando mucho antes de finalizar su jornada laboral ya no tenía más pacientes por atender! La bella y estupenda Enma era, con mucho, la más floja de los médicos, y me pregunto qué hacía en aquel hospital. Quizá es que no la contrataban en ningún otro.
Completada mi semana de trabajo allí, consideré oportuno marcharme ayer sábado. En resumen, Altamirano me ha parecido un lugar interesante para pasar una temporada algo más larga; digamos un mes. Me quedé con ganas de conocer una comunidad. Habría sido muy instructivo; aunque por otra parte esa región es muy poco segura: al propio Juanma lo habían asaltado días antes de mi llegada.
