Lunes, 15 de diciembre. Aeropuerto de Newark (New Jersey).
A Susan, la inglesa que tenía miedo de vivir la vida, la conocí el penúltimo día, en el tour del sábado. Era delgada, más o menos bonita y en edad aún núbil. Tenía esa idea, tan arraigada entre la mayoría de la población femenina (y buena parte de la masculina), y casi siempre tan errónea, de que se arreglaba y se vestía sólo para gustarse a sí misma, no a los demás. Como al final nos quedamos cuatro gatos acabando la gira, tuvimos ocasión de hablar un poco. Y aunque al día siguiente cada uno nos dedicamos a nuestras cosas, a la noche coincidimos en la cocina y hablamos otro rato. Vive en el condado de Essex y, con algunas ideas muy claras y algotras bastante confusas, ha hecho un viaje de tres meses para tratar de olvidar a su ex, con quien estuvo doce años. Me temo que difícilmente lo habrá logrado. También para ella el domingo era su último día en la ciudad: ambos volábamos hoy a Europa casi a la misma hora, si bien desde distintos aeropuertos. Vuelve a casa con sus gatos (beware of women with cats!) a replantearse la vida. Según me dijo, trabaja en cuestiones de oficina, de donde supongo que no debe de tener muchos estudios.
Permitió -al más conservador estilo- que yo tomase todas las iniciativas el rato que pasamos juntos: la de darnos un paseo por el parque central, la de tomarnos un café de despedida, la de intercambiarnos direcciones email y la de darle dos besos separarnos. A todo accedió pasivamente. (Por cierto, esos dos cafés, más un sanguche, le costaron a Sue poco más de tres dólares; lo que cobran en Starbucks sólo por un café.) Me preguntó varias cosas sobre mi vida privada y la deslumbré con mi original pero repetido y vacío discurso. Como casi todas ellas, se acobardó. Una más a quien mi encantadora sonrisa y apariencia de corderito engañan. Tal vez pensó que, en el fondo, a mí ella me daba igual; lo cual no era del todo cierto, puesto que se me ocurrió la atractiva y vengativa idea de que follarse a Susan sería un poco como una victoria nacional, como si España se follase al Imperio Británico, máxime cuando, aunque no lo dijo claramente, ella desprecia a España y a los españoles; desprecio que, en mi presencia, le causaba una evidente disonancia cognitiva. Me ha invitado a visitarla en una casa que no tiene. Quiere casarse y ser madre, pero no quiere que los embarazos le estropeen su lindo cuerpecito. Le gustaría que el amor fuese eterno, pero se teme que tengo razón: que no lo es. La verdad, no sé muy bien lo que quiere, pero ella tampoco. Cuando vuelva a casa va a plantearse qué hacer con su vida. No creo que emprenda otro viaje; más bien pienso que elegirá un mal novio y se casará para que no se le pase el arroz. En fin, fue bonito el paseo que nos dimos esta mañana, y me vino fenomenal para ayudarme a pasar la larga espera. Al acabar, se quedó todavía un rato rondando por el hotel, y como no quise ser perrillo faldero le dije adiós en el vestíbulo.
Durante mi trayecto al aeropuerto una venezolana muy simpática me orientó en el cercanías y, durante media hora, me entretuvo con su linda charla: tenía cinco hijos, todos en EE.UU., varones y casados. Sus papás viven en Venezuela, que está muy mal y hay mucha delincuencia. Ella vive en Ellis (Elizabeth Town) y había ido de compras a Nueva York.
Este es el final del viaje. He acortado un poco el relato de las últimas etapas para no empezar un tercer cuaderno. Ahora estoy en el aeropuerto esperando para embarcar, pues aún falta una hora. El tráfico aéreo está retrasado a causa del viento, y el país está entusiasmado por la reciente captura de Saddam Hussein. La venezolana sentía pena por Saddam; dijo que se lo veía humillado. Me gustó esa sinceridad. Sue opinaba que los neoyorquinos son secos en el trato, pero honestos, y que no hay hipocresía en su comportamiento. Ella sabrá.
De ese modo, bastante abrupto, finaliza mi segundo cuaderno de bitácora. Suele ocurrirme que, una vez acabado cualquiera de mis viajes, ya en casa, pierdo la motivación de completar el diario, siquiera sea para recoger las últimas impresiones. Creo que el hecho de “cambiar el chip” hace que varíe sustancialmente mi estado de ánimo; o tal vez sea que, al sumergirme en los quehaceres de la vida cotidiana -que además se acumulan debido a mi ausencia- ya no encuentre el momento adecuado para esos últimos renglones, en tanto que, mientras estoy viajando, suelo tener montones de tiempo libre para extenderme a voluntad sobre cualquier pequeño detalle, e incluso para filosofar. Por otra parte, desde la distancia también pierdo la perspectiva adecuada. De algún modo, me siento “ajeno” a las vicisitudes vividas y, además, me invade la sensación de que, si continuara escribiendo, sería algo impostado, falto de autenticidad: los cuadernos de bitácora (los de verdad, los que se llevan en los barcos) se escriben precisamente desde la bitácora o el cuarto de derrota, a bordo de la nave, no desde casa o la oficina del consignatario.
No obstante, finalizada esta transcripción, realizada dos largas décadas después, me quedan varias impresiones generales muy positivas, la más importante de las cuales es que aquello fue una odisea increíble; el viaje más fascinante y constructivo, desde el punto de vista de la personalidad y el carácter, que he hecho nunca; también el más desafiante. Seguramente -como digo en la introducción- si hubiera sido consciente de su dificultad no me habría sentido con fuerzas para hacerlo; y, sin embargo, las tuve. Creo que demostré un tesón y una entereza de ánimo que no sabía que poseía; o a lo mejor es que la adversidad hace que afloren en nosotros cualidades de las que no somos conscientes; lo cual no significa que siempre vayan a estar ahí a nuestra disposición: hoy soy casi un cuarto de siglo mayor y, objetivamente, me sé incapaz de repetir una aventura semejante. Si bien me alegro de corroborar aquella fortaleza que tuve, no puedo menos que lamentar haberla perdido en gran parte.
Otra de las impresiones, que me hace sonreír para mis adentros, se deriva de la rotundidad de mis opiniones de entonces, algunas de las cuales podrían granjearme hoy día, con las leyes progres en la mano, una condena penal; aunque de esto no debe deducirse que reniegue de esas opiniones ni que estuviesen equivocadas en lo esencial (no todas, al menos), sino sólo que tal vez las moderaría y, en algún caso, las corregiría. Sea como fuere, aquí queda este relato para “la posteridad”; para la poca posteridad que a mí pueda caberme.
Por último, unos datos: a lo largo del viaje, que duró exactamente 6 meses, me recogieron en autostop 192 conductores, con los que recorrí unos 22460 km (algo más de la mitad del perímetro de la Tierra), caminé con las mochilas a cuestas unos 220 km (que no son tantos, si bien se mira, pero cada uno de ellos lo sudé bien) e hice en autobús unos 10900 km, sobre todo durante el último tercio del recorrido total y a causa de dos factores principales: la premura de tiempo y, más que nada, la dificultad de hacer dedo en el sudeste useño.

Gracias Pablo ¡¡
He disfrutado mucho con estos relatos tan bien redactados que me han hecho incorporarme al viaje como si estuviera viendo un documental/película. También me ha sorprendido el valor que le pusiste para hacer tremendo viaje.
Gracias a ti por haberme seguido hasta el final. Creo que has sido el lector más fiel en esta serie.