Norteamérica 73. De nuevo con los Walter y una fascinante gira por Nueva York

Domingo, 14 de diciembre. Nueva York.

Apenas faltan doce horas para que salga mi avión con destino Madrid, así que estas serán las últimas impresiones del viaje. Un viaje que ha durado lo justo; y si los últimos días se me han hecho un poco pesados ha sido porque no he estado acertado al planificarlos y no he distribuido las estancias en proporción al interés de los lugares. Supongo que las últimas etapas de un viaje con fecha de caducidad son necesariamente así. Como permanecí bastante menos de lo previsto en Nueva Orleáns, y como Nueva York es demasiado cara para quedarme todo lo que me gustaría, mi estancia en casa de los Walter se ha alargado por ambos extremos, y me he quedado una semana con ellos, más de lo necesario e incluso de lo conveniente.

Del matrimonio Walter poco más tengo que comentar que no dijese ya al inicio de este diario. Sólo confirmar el mal futuro que les vaticino [en esto me equivoqué por completo: casi un cuarto de siglo después, siguen juntos] y señalar que he encontrado a Alice menos llorona pero más malhumorada, enfadada casi siempre, ejerciendo su despótico poder sobre la tolerante madre y el pusilánime padre. En cuanto a mis actividades durante esa semana, tampoco hay mucho que decir, pues apenas he hecho más que descansar y pasar el rato leyendo o chateando. Un día fuimos a comer a un mall unas 40 millas al noroeste, todo nevado. Hacía mucho frío y, expuesto a la trapacera descoordinación entre Santiago y Celine, me quedé arrecido. Otro día fuimos a cenar con la esquiva Jennifer (la reportera del Washington Post, madre soltera y sin valor para vivir la vida) y su encantadora, alegre y seráfica hija Ryan. Los Walter compraron el emblemático árbol de navidad, natural, que lucía encantador, de película.

Una noche vinieron a cenar la ejemplar pareja Gregg-Pam, de una perfección empalagosa, y el carismático soltero Roger, que desde nuestro primer encuentro, cinco meses atrás, ya me había invitado a conocer su casa a mi vuelta, y que ahora reiteró la invitación. Acudí uno de los últimos días. Diletante como yo, se autodefine escritor, es aficionado a las artes, toca el piano y vive en un modesto apartamento ubicado en Georgetown -una de las zonas más caras de Washington D.C.- repleto de libros y discos. Llegué sobre las once de la mañana. Un té de bienvenida dio paso al plan para el almuerzo: ¿comeríamos en un restaurante indio, o en su casa, donde tenía preparada una sopa de verduras? Para que no se viera obligado a invitarme fuera, opté por la comida casera, que no estuvo mal. Después dimos un paseo por la orilla del Potomac y, por último, hicimos una sesión de cine, también casera: vimos la película danesa Babette’s feast, que tampoco estuvo mal. Tenía el hombre el DVD sobre la mesa, como al descuido, quizá para alardear de sus gustos europeos. Estuvimos hablando de todo un poco y tuvimos un acalorado debate sobre la incoherencia de las actitudes solidarias que no van acompañadas de una conducta solidaria. Se mostró algo afligido por haberse definido como escritor cuando toda su obra se reducía a unas decenas de cuadernos mal rellenos; me elogió hasta la saciedad, puso gran atención a mis palabras y manifestó llevar esperando desde hacía tiempo nuestro encuentro. No obstante, toda esa calidez contrastó con el nerviosismo y urgencia con que me despidió por la tarde, claramente impaciente por mi marcha, no fuera que perdiese mi último autobús (que no era sino el coche de Celine) y él se viera obligado a llevarme a casa de Santiago. Al final no supe si todo había sido apariencia o si es que esperaba de mí algo que no hice o dije. [Siempre me quedó la duda de si ese tío era maricón.] En opinión de Santiago, esta sociedad estadounidense (o, al menos, la que frecuenta Celine) es así: una fachada muy cálida pero puro convencionalismo social, aparentar, cubrir el expediente de amistad y buena vecindad.

Más sincera y sentida fue mi despedida de los Walter. Santiago me acompañó a la estación y, como nos sobró mucho tiempo, nos metimos en un pub cercano a tomar unas birras que, generosamente, me permitió pagar. Había buen ambiente allí, y nos echamos unas risas a costa de una rubia que, pese a estar con su macizo, vino a pedirme fuego a mí, supongo que atraída su curiosidad por mi exótico y algo extemporal sombrero mejicano. Fue una pena tener que marcharnos, porque se estaba bien ahí.

De Washington D.C. a Nueva York en bus

Mi viaje a Nueva York no fue ninguna maravilla, e incluyó, para variar, una discusión con uno de los empleados de la Greyhound. Llegamos a la terminal a las cinco de la madrugada y allí estuve en un banco hasta las siete, intentando recuperar las horas de sueño que me faltaban. Luego me fui a un hostal en que había apalabrado una reserva por 28 $, pero el gilipollas de recepción me dijo, con muy malos modos, que el check-in no era hasta las once, y ese detalle me disuadió de quedarme. Fui entonces hasta Harlem, donde había otro albergue que costaba 20 $, pero no recordaba la dirección precisa y, después de buscarlo durante dos horas, no logré encontrarlo, así que por último acudí al de Hosteling International, que por 29 $ era una apuesta segura, con idea era quedarme sólo una noche y mudarme al día siguiente al barato, el de Harlem, para las dos noches restantes. Logré averiguar su dirección por Internet y a la tarde le hice una visita de inspección, pero no me convenció: era una casa sin más rótulo que un folio en la puerta donde ponía que, para que te abriesen, había que llamar por teléfono; de modo que acabé pagando los tres días en el de H.I., asumiendo el gasto extraordinaro de 18 $. Y me alegro, porque al final ha valido la pena.

Como el día de mi llegada, viernes, anduve pateando Harlem, encontré que, aunque es un vecindario de tercera clase lleno de negratas, no merece la fama de peligroso que se le atribuye. Los negros que allí viven son de muy distinto talante que los de Luisiana, menos escandalosos, más conscientes de que la calle -y con más razón la ciudad- no es suya por derecho propio, que hay que compartirla con los demás habitantes. Al parecer, el barrio ha cambiado mucho de diez años a esta parte: los negros ya no son tan pobres, han subido de categoría y ahora “la escoria” son los chicanos. De hecho, Harlem está repoblándose de blancos. También di un paseo por el midtown, desde Union Square hasta la famosa 42nd Street, pasando por la Fifth Avenue, Broadway y otros lugares conocidos por las películas. Aunque no llevaba más guía que mi travel book, esa caminata me sirvió para una primera toma de contacto con la famosa ciudad de los rascacielos, incluyendo el Empire State Building, Central Station y la fabulosa, lujosa y elegante biblioteca pública (abierta a todo el mundo: toma nota, Madrid), más el extremo norte de Central Park, con sus patos, ardillas y demás.

Pero sin duda alguna lo mejor fue el tour de ayer, gratis, de diecisiete horas, organizado por el hostal y a cargo de un entusiasta neoyorquino, muy simpático aunque patriota en exceso, que desde las 8:30 de la mañana hasta la 1:30 de la madrugada nos condujo a lo largo de un completo e interesante recorrido de 32 km que nos sirvió para hacernos una idea cabal de Nueva York, incluyendo la historia de sus inicios. Desde Brooklyn hasta South Central Park pateamos todo lo más típico y característico: el puente de Brooklyn, Battery Park, el ferry a Staten Island (desde el que se disfrutan bonitas y relativamente cercanas vistas a la estatua de la libertad), Wall Street, Broad Street, el financial district, el Ground Zero (donde estaban las torres gemelas del WTC), Broadway, la 5ª Avenida, el Palace, el Marriot (con su futurista imagen de los ascensores subiendo y bajando por el núcleo central), Times Square, Chinatown (donde paramos a cenar) y un montón de lugares que no recuerdo. Nos indicó las tiendas más de moda y las más baratas para comprar, los restaurantes más en boga y los más interesantes, lugares para perderse, galerías de arte, museos, parques, monumentos, dónde los neoyorquinos almuerzan, dónde tomarse un café junto a los millonarios, dónde va el dinero, sitios residenciales, etc. Toneladas de información utilísima para quedarse luego una semana más y completar el conocimiento de la ciudad explorándola en detalle. El único inconveniente fue el frío, tan hiriente que la última media hora resultó casi insoportable: ya no prestábamos atención a las indicaciones del guía y sólo pensábamos en volver al albergue. De hecho, a causa de las continuas deserciones, sólo seis de los quince o veinte que iniciamos el tour lo finalizamos. La temperatura había bajado ya hasta –6 °C. Lástima que una inglesa que también aguantó hasta el final, medio atractiva, en sus treinta y tantos, fuese (como Jennifer) de las que tienen miedo de vivir la vida.

Enumero lo más destacable de la gira: la vista del downtown desde Brooklyn; la que hay, fabulosa, desde el ferry hacia la ciudad; los rascacielos, cual fichas de dominó en batería, de la 6ª Avenida; la Estación Central, todo mármol, madera y bóvedas; el centro de Times Square con sus luminosos de neón; el Marriot, el puente de Brooklyn, otros rascacielos cuyo nombre no recuerdo, el Rockefeller Center con su árbol de navidad y pista de patinaje, una calle en el SoHo llena de antiguos cafés y restaurantes estilo europeo, con mucho ambiente, más una plétora de tiendas de todo tipo (dicen que en Nueva York puede comprarse cualquier cosa; no sé si tanto, pero es cierto que la variedad es sorprendente). La visita fue tan interesante que, al acabar, le entran a uno ganas de quedarse a vivir en Nueva York. Según nos aseguró el guía, “es una ciudad tan fascinante que cuanto más se la conoce, más atrae”. Puede ser; pero el alojamiento es demasiado caro y el transporte también: dos dólares cuesta un billete de autobús o de metro.

Hoy, para mi dicha, amaneció nevando y siguió hasta pasado el mediodía. Cinco pulgadas de nieve adornaron un Central Park navideño, y por él estuve dándome un paseo de casi cuatro horas, de norte a sur y vuelta, estrenando en muchos lugares el blanco e inmaculado manto y disfrutando con la visión de albas arboledas, lagos semihelados, lejanos rascacielos cuyas cimas se perdían entre los copos, silentes avenidas, vetustas escalinatas, chorreantes columnas, dinteles, peanas, pedestales y doseles; puentes, pasadizos, una boscosa colina meditando en la blancura, lentos quitanieves trabajando, mascotas paseando a sus amos, excéntricos turistas en calesas de caballos, sacrificados deportistas engullendo millas… La nieve me acompañó con su sedante crujido bajo los pies, con su suave toque sobre los hombros, apacible, pura, solitaria, solemne, grave, triste, adusta, amable, discreta, elegante, silenciosa. Una ardilla gris, de eléctricos movimientos, rompía a saltos la muelle alfombra recién tendida, dejando un ilógico rastro de pisadas. “No podría despedirme mejor la ciudad –le decía yo ayer a la inglesa– que con una buena nevada.” Y mira por dónde, cayó. Así que, gracias, Nueva York; no puedo pedir más. Mis expectativas se han visto sobrepasadas, y no me queda sino esperar en este albergue de 600 plazas, tan impersonal y bullicioso como una estación de tren, a que llegue mañana la hora de marcharme.

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