Los Óscar de Hollywood: requisitos para el galardón de mejor película

Full list of Oscars 2026 winners at 98th Academy Awards - Pakistan Observer

La Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de los EE.UU. —o sea, Hollywood— que convoca el famoso concurso anual para otorgar los Óscar establece una serie de criterios de eligibilidad para que una producción cinematográfica pueda aspirar al galardón de Mejor Película. Se trata de requisitos sine qua non, de modo que la Academia no tomará en consideración ningún filme que no los satisfaga. La finalidad declarada es “incentivar la representación equitativa, en pantalla y fuera de ella, para reflejar mejor la variada población global.”

Esos criterios (llamados RAISE, siglas de Representation and Inclusion Standards for Eligibility) se anunciaron en 2020, fueron voluntarios durante 2022-2023 y se convirtieron en requisito a partir de 2024. Están compuestos por cuatro estándares (A, B, C y D), y es indispensable que las películas aspirantes cumplan al menos DOS de ellos. Para ilustrarlos, me centraré en el Estándar A: intérpretes, temas y relatos. Dicho estándar establece que los filmes deben satisfacer como mínimo UNA de las siguientes condiciones:

A1. Al menos uno de los protagonistas o personajes principales debe estar interpretado por un actor que pertenezca un grupo racial o étnico minoritario en el país de producción. Esto incluye (aunque no está limitado a):

• Negros o caribeños
• Asiáticos del este (China, Japón, Corea y Mongolia inclusive)
• Hispanoamericanos
• Pueblos indígenas (incluidos indios y esquimales)
• Norteafricanos, gentes de Oriente Próximo y Medio
• Isleños del Pacífico
• Asiáticos del sur (Bangladesh, Bután, India, Nepal, Pakistán y Ceilán)
• Asiáticos del sudeste (Burma, Camboya, Filipinas, Indonesia, Laos, Malasia, Singapur, Tailandia y Vietnam)

Este listado revela sin tapujos un criterio racial. Teóricamente, aspira a incentivar la presencia en la pantalla de actores que pertenezcan a minorías étnicas dentro de su propio país. Así, por ejemplo, ninguna película producida en Occidente verificará este criterio si sus personajes principales son todos blancos, como tampoco los verificaría, teóricamente, una producción peruana cuyos personajes principales fuesen todos mestizos (mayoría étnica en Perú). Dejo como ejercicio al lector estimar la probabilidad de que la Academia validase este criterio para una hipotética película peruana cuyos protagonistas fuesen blancos, que constituyen minoría étnica en Perú.

A2. Al menos el 30% del resto del reparto pertenece como mínimo a dos grupos subrepresentados. Aquí (y en el A3) varía algo el criterio: se trata de “colectivos” (por así decir) con menor presencia en pantalla dentro o fuera del país de producción. Esto incluye:

• Mujeres
• Grupos raciales o étnicos (los del criterio A1)
• Invertidos o desviados sexuales de cualquier tipo
• Inválidos físicos o mentales

A3. El guión, tema o relato de la película se centra en un grupo subrepresentado.

• Mujeres
• Grupos raciales o étnicos (los del criterio A1)
• Invertidos o desviados sexuales de cualquier tipo
• Inválidos físicos o mentales

Los otros tres estándares (B, C y D) establecen exigencias prácticamente idénticas a las anteriores, si bien referidas al equipo de producción (B), al acceso a profesiones relacionadas con el cine (C) y a la promoción y desarrollo de audiencias (D).

Independientemente de lo que cada uno pueda opinar sobre los criterios RAISE, no parece que con ellos, y pese a su presunta finalidad, la Academia tenga especial voluntad de incentivar una representación equitativa de la “variada población global”, pues lo equitativo hace referencia a lo justo e imparcial, en tanto que los estándares van encaminados a una sobrerrepresentación de lo subrepresentado. Para aspirar a la declarada finalidad mediante la imposición de requisitos lo justo e imparcial sería, más bien, exigir una representación proporcional de los distintos colectivos o grupos étnicos en la sociedad. Si, por ejemplo, en la sociedad estadounidense hay una mayoría blanca, tres minorías étnicas (básicamente negros, hispanos y asiáticos), una pequeña minoría de invertidos, e igual número de mujeres y hombres, lo equitativo sería reflejar esa realidad en pantalla con similares proporciones; pero al exigir una proporción de esas minorías nítidamente superior a la real, lo que en verdad hace la Academia no es reflejar la variada población global, sino hacer que parezca otra, compensando el carácter minoritario de los grupos favorecidos por los RAISE y otorgándoles una relevancia superior a la que socialmente tienen.

Que una academia autodenominada como “de las Artes y Ciencias Cinematográficas” se dedique prioritariamente (el Óscar a la Mejor Película es su buque insignia) a contrarrestar realidades sociales es algo llamativo, pues la relación de dicho objetivo con el arte y la ciencia no es tan directa como para constituirlo en requisito. Por supuesto, cualquier artista (incluidos los cineastas) es libre de hacer destacar en sus obras, como le venga en gana, cualquier aspecto más o menos visible de una sociedad; pero esa es una decisión que —a mi entender— debería dejarse a su libre albedrío, no una que deba estipularse como cláusula para acceder a un galardón de índole artística, en especial al más famoso del mundo del cine. Al instaurar los RAISE, la Academia se pone de perfil al arte y la ciencia para constituirse en herramienta política y de ingeniería social, un rol autoasignado que en cierto modo niega la dedicación original, gracias a la cual —por cierto— está exenta de pagar impuestos; y dado que no tributar es una forma de subvención, quizá convendría preguntarles a los contribuyentes estadounidenses si están de acuerdo en subvencionar una entidad privada que persigue unos fines distintos de aquellos que la hicieron merecedora del privilegio de exención fiscal y con los que, sin duda, muchos ciudadanos no están alineados.

Por otra parte, dado que la Academia fue fundada, y está financiada y controlada por la industria cinematográfica de Hollywood, cuyo cuasimonopolio universal sobre la distribución audiovisual le otorga un papel preponderante a nivel mundial, cuando se mete a “incentivar la representación equitativa para reflejar mejor la variada población global” está en realidad aspirando a conformar el mundo según las preferencias de dicha industria, que son en última instancia las de sus propietarios. Esta priorizada función de la Academia parece tener menos que ver con las artes y las ciencias cinematográficas que con objetivos ideológicos o de transformación social. “¡De justicia social!”, exclamará alguno. Bueno, veamos si tal es el caso.

Si la Academia, desbordando los límites de su finalidad artístico-científica, quisiera hacer Justicia Social, así con mayúsculas, no intentaría incentivar sólo un mejor reflejo “de la variada población”, donde además por variada —diverse en el texto original— entiende, básicamente, tres tipos de minorías (étnicas, heterodoxia sexual y minusválidos), más —caso curioso— las mujeres. Omite incluir otros “colectivos” que también sufren, a veces con mucha más intensidad, alguna forma de injusticia social: marginados, “sin techo”, drogadictos, alcohólicos, campesinos depauperados, condenados injustamente, víctimas de delitos, deshauciados… (la lista es interminable). Al poner el foco en los grupos del estándar A, nos revela Hollywood que su preocupación por la justicia social, o su concepto de ella, son muy limitados, y que lo que de veras le interesa es modificar las sociedades según unas líneas ideologicas muy concretas: fomentar el feminismo, normalizar la homosexualidad y alcanzar la homogeneidad racial, étnica y cultural. He escrito “homogeneidad” adrede, en lugar de “pluralidad”, porque la referida mezcla, dentro de una misma sociedad, conduce tarde o temprano a una monorraza marrón claro y a una monocultura que es crisol de todos sus componentes originales; de modo que esa diversity que parece querer fomentarse es, como mucho, una etapa intermedia hacia la homogeneity. Si realmente es variedad lo que la Academia quería, habrá hecho un pan como unas hostias.

Nótese que he procurado no meterme a considerar si nada de eso es bueno o malo, cuestión que dejo al juicio y opinión de cada uno. Lo que me interesa destacar es la finalidad principalmente ideológica —o incluso política— de los RAISE; y además a costa del tesoro público, que se ve privado de los ingresos que obtendría sin la exención tributaria de la industria de Hollywood; unos ingresos que, de haber existido, quizá podrían haber contribuido a corregir injusticias sociales según criterios algo menos unilaterales. Interesante paradoja.

Llegados a este punto, cabe hacerse una última pregunta: dado que Hollywood está en manos de un limitado número de billonarios (hebreos en su mayoría, por cierto), ¿qué interés tienen ellos en esa transformación social? Obviamente no conozco la respuesta y tengo que contentarme con imperfectas conclusiones, meras conjeturas, a partir de los resultados reales o previsibles de las líneas ideológicas mencionadas.

Por un lado, el feminismo y la inversión sexual (por muchas virtudes que tengan, si las tienen) entorpecen la formación de familias y conducen a una menor natalidad. Esto es un hecho innegable. Así, la institución familiar —núcleo esencial, primario, con profundas raíces antropológicas, ordenador de toda sociedad— pierde peso, fuerza e importancia en las nuevas sociedades. El ciudadano sustituye a su familia por un Estado impersonal: es éste quien lo educa (al capricho de los gobernantes), quien lo “protege” y quien lo “apoya”, pero siempre desde la distancia, de una forma anónima y sin el menor asomo de cariño o de calor; de modo que cuando las cosas vienen mal dadas, o cuando uno envejece sin haber tenido descendencia, o cuando sufre la propia injusticia del Estado, se encuentra indefenso y sin nadie que lo ampare con verdadero interés y afecto. Su dependencia de las instituciones públicas se vuelve total, tornándolo mucho más manipulable.

Por otro, la multiculturalidad y la mezcla étnica producen primero inestabiliad y choques, a menudo violentos, que debilitan a las sociedades. Otro hecho innegable. Cada uno de los grupos, el mayoritario y los minoritarios, luchan por conservar su identidad e imponer su cultura y valores, características a menudo incompatibles entre distintos colectivos y etnias. Los musulmanes, por ejemplo, son más tolerantes con la poligamia y menos con la homosexualidad; los occidentales, al revés. Para unos la religión es existencial, para otros una superstición superada y desdeñable. Y así con todo. A la larga, no obstante, esas mezclas derivan en una pérdida de identidad por parte de todos ellos. Las costumbres, los valores seculares, se abandonan para dar paso a otros nuevos, espurios, ajenos a las raíces de unos y otros. El individuo desconecta de “lo suyo” y se diluye en la “sociedad global”. Las fronteras (el caso de Europa es paradigmático) se difuminan, los distintos países se homogeneizan gradualmente, el sentimiento de nación desaparece y de nuevo el Estado, cada vez más poderoso y reforzado, llena ese vacío. Al final queda una masa uniforme, semialienada, mermada su capacidad de defensa o resistencia y sometida, en un grado mayor que antes, a quienes manejan los hilos del poder.

Si este es el panorama buscado por la Academia, es decir por Hollywood, es decir por sus propietarios, ¿no será porque son ellos quienes manejan también dichos hilos? Esto, como digo, es una conjetura. Dejo su valoración a criterio del lector.

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