Una semana en Kiev

Después de haber pasado tres deliciosos días en mi querida Toruń y uno más en la caótica y colapsada Varsovia, inmersa en un frenesí de obras para mostrar una bonita apariencia de progreso, desarrollo y modernidad al mundo y a las hordas de turistas que vendrán para las finales de la UEFA, tomé un tren nocturno con destino a Kiev.

Podría haber viajado en avión por apenas unos euros más, pero preferí las diecisiete horas de ferrocarril al fácil vuelo de una hora. Me encantan los trenes, y además son más seguros, más cómodos y por supuesto menos contaminantes. Me permiten sentir que aún manejo el timón de mi vida y que el medio a través del cual me desplazo, la superficie de la tierra, es connatural al ser humano, disfrutar de los paisajes, comunicarme con una variedad de personas, caminar arriba y abajo por el pasillo, estirar las piernas… En un avión me siento como un intruso aéreo, sentado en un asiento que, suspendido en el cielo, desafía temerariamente la gravedad; y para colmo estoy sometido a la pericia y, peor aún, a los caprichos de extraños. En efecto, desde el momento en que ponemos un pie en la terminal de salidas del aeropuerto renunciamos a nuestra libertad durante las horas siguientes y se la entregamos al personal de facturación, a los rufianes de “seguridad”, a las azafatas, al sobrecargo, a las autoridades aduaneras y de migración… Cualquiera de ellos puede denegarnos el embarque sin razón alguna, rechazar nuestro equipaje, confiscarnos objetos sin más explicación, forzarnos a acatar una serie de instrucciones perfectamente ilegítimas y someternos a todo tipo de humillaciones.

[Bastantes años después de escribir este artículo escuché a Jordan Peterson, el famoso y controvertido psicólogo, decir algo parecido con su inigualable elocuencia: “Pero tras el 11-S, cada vez que voy a un aeropuerto pienso que están entrenando a todo el mundo para aceptar las doctrinas de un Estado totalitario. Tienes que ponerte en cola como una oveja y hacer estupideces sin sentido que crean una ilusión de seguridad, dictadas por autoritarios sin rostro y llevadas a cabo por subalternos sin poder.”]

Así que me compré un billete de tren a Kiev, me presenté en la poco frecuentada estación de Warszawa Gdańska y, sin tener que hacer colas ni facturación, ni recabar tarjetas de embarque, ni someterme a restricciones o condiciones, subí al vagón en el último momento por el solo placer de sentir esa libertad.

Billete de tren desde Varsovia hasta Kiev

El expreso Varsovia-Kiev es un tren combinado: todos los vagones son polacos salvo uno, en el que yo viajo, que es ucraniano. En cada compartimento hay tres camastros. De los dos compañeros que viajan conmigo, uno parece mudo, y el otro es un señor mayor, parlanchín, amable y servicial con el que puedo comunicarme gracias a mi escaso y olvidado polaco. La azafata del vagón, si se lo pides, te sirve té o café (gratis). El viaje es muy largo no tanto por la distancia, sino porque el cruce de la frontera supone una demora de tres horas. En parte porque Polonia y Ucrania utilizan distinto ancho de vía y es necesario cambiar los bujes; y en parte por el trámite migratorio. Los oficiales polacos suelen ser agradables; los ucranianos, no tanto: aún conservan la mentalidad de la época soviética. En cualquier caso, nada problemático: el campeonato de la UEFA se aproxima y Ucrania quiere mostrar un rostro amable hacia Europa.

Al día siguiente por la mañana nos acercamos, por fin, a la estación de pasajeros de Kiev (Kiev Pasazherski). La locomotora decelera y puedo tomar unas instantáneas.

Característico mar de vagones próximos a la estación
Cruces peatonales, sin prohibiciones absurdas
Curioso edificio ferroviario

Al detenerse el tren, veo a Masha esperándome, como me prometió. Me toma de la mano y me guía hacia el edificio de la estación, que -en mi ignorancia sobre el arte- califico de gótico. Su vestíbulo principal es espectacular.

Vestíbulo principal de Kiev Passazherski

Al salir por el lado de la calle buscamos algún lugar donde tomar una taza de té. Un té nunca es inoportuno.

Bonito juego de té, época soviética

Al acabar, nos dirigimos al centro de la ciudad, donde veo una infinidad de comercio informal, pequeñas tiendas, quioscos, tenderetes, puestecillos; y en los pasos subterráneos que llevan al metro se desarrolla toda una economía de dudosa fiscalidad.

Muchísimo comercio en la Kiev subterránea

Los túneles del metro, construidos para servir también como refugio antiaéreo, están tan profundos que, a menudo, es más lo que se tarda en llegar a ellos y salir luego a la superficie, que en el trayecto propiamente dicho. Descendemos y descendemos por larguísimas escaleras mecánicas como si nos encaminásemos al centro de la Tierra. Esos tramos de escalera tienen tal longitud que dan un poco de vértigo.

Escaleras abajo
Y escaleras arriba

Aprovecho la ocasión para soltarle al lector mi eslógan recurrente: ¡que se vayan al infierno el crecimiento, el progreso y el desarrollo! Lamento repetirme, pero es que cada vez que observo esos tres objetivos (que nadie parece discutir) desde cierta distancia, dejo de comprender por qué son tan importantes y universales. El ser humano ha vivido cientos de miles de años sin preocuparse lo más mínimo del crecimiento, el progreso y el desarrollo, y hasta donde yo sé no hay la menor prueba de que la humanidad sea, en su conjunto, más feliz ahora que antes. ¿De verdad necesitamos crecer económicamente? ¿”Desarrollar” nuestras sociedades? ¿”Progresar”? Aparte de que, para empezar, ¿qué significa eso del progreso? Todos estos términos, ¿no son, de algún modo, eufemismos para justificar las crecientes diferencias económicas entre los componentes de una sociedad? Eso por no mencionar que es físicamente imposible crecer de forma indefinida en un planeta finito; por tanto, el crecimiento permanente sólo puede lograrse a costa de los demás. Y por último, ¿qué hay de malo en los viejos modos de vida?

Pero, en fin, lo dejaré aquí para no aburrir a mis lectores. Sólo añadiré que, en esta ocasión, tales pensamientos me los ha evocado la comparación entre las viejas y las nuevas estaciones del metro de Kiev.

Una estación de las viejas
Y una de las nuevas

Al comparar estas dos estaciones, respóndase el lector a sí mismo cuánto hemos ganado con el desarrollo en este caso particular. Personalmente, las viejas me gustan diez veces más que las nuevas: la estética, decoración, significado, cálido sentido histórico e indiscutible carácter de aquéllas no tienen ni comparación con la frialdad y falta de personalidad de éstas.

Cuando emergemos de nuevo a la luz del día me encuentro con las ubicuas floristas callejeras, esas sufridas mujeres que pasan interminables horas intentando vender su mercancía a los indiferentes peatones.

Floristas

Poco a poco, durante una semana, Masha y yo estuvimos caminando sin descanso por Kiev, trazando con nuestros pasos el caprichoso dibujo de un tiempo ocioso.

Lo primero, por supuesto, fue el centro de la capital: la enorme plaza Maidan Nezalezhnosti [de triste memoria, añado ahora, ya que esto fue escrito antes de la infame revuelta atizada por Occidente].

Plaza Maidan Nezalezhnosti

A media hora andando desde Maidan, o a dos estaciones de metro, llegamos a la siempre bulliciosa y a veces atestada plaza Kontraktova Ploscha, uno de los principales nudos de comunicación de la ciudad.

¿Un tranvía demasiado viejo para los adoradores del progreso?

A otra media hora andando están, en la plaza Sofijska, las cúpulas doradas del monasterio Sankt Mikhail, sobresaliendo por encima del monumento a Bogdan Khmelnitskiy, el hetman polaco que lideró el levantamiento contra la Comunidad Polaco-Lituana, dando como resultado la creación del Estado Cosaco durante el siglo XVI, aunque más tarde él mismo concluyó un tratado con Rusia que condujo al sometimiento de dicho Estado a este imperio, y por tanto a la pérdida de la recién ganada independencia.

Bogdan Khmelnitskiy, con el monasterio Sankt Mikhail al fondo

Al otro lado de la plaza Sofijska, el campanario y los domos de la catedral Santa Sofía (Sofia Kiyvska) lanzan tenues brillos bajo el cielo tormentoso.

Catedral de Santa Sofía

Bien, paguemos la entrada para visitar este monumento, del que se dice que, con ocasión del frenesí soviético antirreligioso de los años 20, el Gobierno había decretado su demolición, la cual finalmente no se llevó a cabo gracias a la presión internacional, apoyada por muchos historiadores.

Sofia Kijvska, ticket de entrada
Entrada a la catedral propiamente dicha
La catedral por su parte trasera

¿Quién no se rendiría ante el brillo de estos soles? ¡Tienen que ser divinos!

El edificio de la hermandad
La invitadora posada monástica

De nuevo en la calle, vamos a una de las muchas zonas verdes en torno al centro histórico. Aquí empezó a llover y tuvimos que cobijarnos bajo el minúsculo paraguas de Masha, como la pareja de esta foto:

Un parque de Kiev bajo la lluvia

Entre dos de las siete colinas sobre las cuales, según la leyenda, se fundó la ciudad, hay una profunda y boscosa cañada que aparece por sorpresa ante la vista y en cuyo fondo se erige un barrio llamado Vodzvyzhenska, que parece sacado de un cuento de hadas.

Calle Vodzvyzhenska

Pero la principal “trampa para turistas” de Kiev es la encantadora cuesta Andreyevskij. Por suerte, a causa del chaparrón, ese día apenas había nadie. Por desgracia, esta foto no le hace mucha justicia.

La cuesta de Andreyevskij

Otro día estuvimos viendo una faceta muy distinta de la capital, que por doquier muestra un chocante contraste entre el decadente aspecto de algunos edificios y la opulencia atestiguada por la abundancia de coches de alta gama.

Caros coches junto a pobres edificios
Me pregunto si este edificio aguantaría un terremoto
En busca de edificios notables. Este en su día debió de ser suntuoso

Algunas de esas construcciones, en especial por el centro de la capital, aún se ven soberbias; con ayuda, claro está, de una buena mano de pintura, aplicada de cara a la ocasión especial de las finales de la UEFA.

Soberbio edificio en el centro de Kiev
Al inicio de la cuesta Andreyevska. Al fondo, domos de la catedral San Andrés

He aquí un bonito edificio en la plaza Ivan Franko, la cual toma su nombre de uno de los héroes del nacionalismo ucraniano: doctor en filosofía, poeta, escritor, crítico social y literario, periodista, economista y activista político radical. Fundó el movimiento socialista-nacionalista en Ucrania occidental.

Uno de los edificios de la plaza Ivan Franko

En la calle Bankova se encuentra la famosa Casa Quimera, de principios del s. XX, también conocida por el nombre de su arquitecto: Gorodetski. Diseñada como edificio de apartamentos de alto standing, cambió de propietario muchas veces y en la actualidad se usa como residencia presidencial para ceremonias oficiales y diplomáticas. El nombre de Quimera se refiere al estilo de su decoración arquitectónica, en la que se emplearon como elementos de ornato figuras de animales, esculpidos por el arquitecto italiano Emilio Sala.

Casa Quimera, o Casa Gorodetski
Otro de tantos edificios notables en Kiev
Aunque la realidad de sus proximidades es mucho menos romántica

Los últimos rayos de sol de nuestra jornada a la caza de edificios nos proporcionaron algunas bonitas instantáneas.

Otro día más, y encontramos uno de los lugares de obligada visita en Kiev: el complejo monasterial Lavra-Pecherska. Esta foto es sólo para atestiguar que estuvimos ahí, pues no puede compararse en calidad a los miles de imágenes que pueden encontrarse por internet.

Monasterio Lavra-Pecherska
Las armas del temible Filip Orlik
Junto a algunos personajes inquietantes

Una eslava muy aburrida y un poco enfadada, esperando a alguien que llega tarde. Por la expresión de su cara, juraría que es polaca.

¿A qué espera para venir?

He aquí otra evidencia de la ceguera (o la ambición) humana: se deforestaron 10.000 m2 en uno de los parques más bonitos y meritorios de Kiev, miles de árboles talados, para construir esta innecesaria chorrada; eso sí, en nombre del progreso, el crecimiento y el desarrollo. Hace un año, desde el mismo punto se habría visto todo verde hasta la otra margen del Diniéper.

Helipuerto muy progresista

Y esta ha sido la galería de fotos de mi primera visita a Kiev. Para acabar, un brindis desde una terraza en Volodimirskij, por haberme acompañado a lo largo de este diaporama.

¡Eso es todo, amigos!
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