Kjollefjord, un pueblo mirando a poniente

Kjollefjord mirando a poniente

Considerado a menudo el crucero más hermoso del mundo, Hurtigruten es una línea de recreo que enlaza diariamente 34 puertos a lo largo de la impresionante costa noruega, llena de fiordos y canales, desde Bergen hasta Kirkenesss. La línea tiene diez o doce motonaves equipadas con todos los lujos: spa, piscina, discoteca, tiendas, casino, restaurantes, pubs, etcétera; en otras palabras: una resort turístico flotante; pero uno que, gracias a su continuidad y buen hacer, forma ya parte del paisaje noruego igual que lo es su famoso litoral. Cuando viaja uno por este país es casi imposible no encontrarse alguna que otra vez con uno de los barcos de la Hurtigrutten. La línea empezó a funcionar en el s. XIX como un servicio subvencionado para proporcionar transporte a las localidades más inaccesibles o lejanas del litoral, pero a medida que mejoraron las carreteras y se hizo más presente el transporte aéreo, el ferry empezó a perder su utilidad inicial y, con ella, la financiación gubernamental; de modo que si Hurtigruten todavía existe es gracias a que ha sabido adaptar el negocio a tales cambios, y ahora está enfocado principalmente al turismo, aunque aún proporciona un valioso servicio como transporte de mercancías. Dado que los pasajes son bastante caros incluso para el bolsillo noruego, la mayoría de usuarios no hacen el viaje completo de once días, sino alguna etapa parcial, bien para disfrutar este lujoso crucero, bien para ahorrarse un largo rodeo en coche por las retorcidas carreteras del litoral.

La primera vez que me he topado con uno de estos barcos ha sido justo la tarde de mi tercer día en Noruega, horas después de haber visitado el faro de Slettnes; concretamente en Kjollefjord, una de las localidades más bonitas, apacibles e inspiradoras de este viaje. De hecho, el día de hoy quedará registrado en mi diario entre los mejores desde que me subí a la moto en Madrid, hace dos meses y medio. Tras dejar atrás Ifjord esta mañana, fui primero a Gamvik y a Slettnes (ya descritos en el capítulo anterior), y como —al igual que me ocurrió en Vadso hace dos días— sólo se puede salir de Slettnes por la misma carretera de entrada, el viajero que allí llega sólo tiene tres opciones: a) saltar al mar, b) quedarse a vivir, o c) dar media vuelta. No hace falta decir cuál he escogido.

Tomando una Arctic en el Arctic Hotel

Al pasar por Mehamn me doy cuenta de que aún no he comido nada, así que me acerco al Arctic Hotel, aparco a Rosaura junto a la puerta, subo al luminoso restaurante que hay en la primera planta y me siento a una mesa junto a un panorámico ventanal frente al pequeño puerto. Mientras espero a que me sirvan, voy bebiéndome una refrescante cerveza de nombre muy adecuado: Arctic. Fuera, la tarde es espléndida. Justo enfrente de este ventanal está la soleada y sugerente terraza del Panorama Café, donde hay algunos clientes sentados; pero no los envidio, porque el día es muy engañoso: pese al día tan claro y soleado, hace frío en la calle. Estoy mucho mejor aquí, calentado por los rayos solares que entran a raudales por el ventanal.

Continúo la ruta y, a 10 km al sur de Mehamn, una bifurcación de la carretera se dirige al oeste hacia Kjollefjord, donde ya anticipo que podré ver un estupendo atardecer gracias a que el pueblo se ubica al fondo de un fiordo con orientación noroeste. En cualquier caso, es el destino que me he fijado para hoy. A mitad de camino, donde la carretera pasa por otro fiordo, mi decisión se ve recompensada con una serie de magníficas vistas, de ésas que Noruega prodiga con generosidad.

A mitad de camino entre Mehamn y Kjolle

¡Vaya un país asombroso! Me habían contado maravillas sobre Noruega y había leído laudatorios comentarios: su fama no tiene mácula y todo el que ha venido elogia los fiordos y encarece la visita; pero no había imaginado la abundancia y variedad de llamativos paisajes que encontraría aquí.

Espléndida vista entre Mehamn y Kjolle

Además, para regocijo de los moteros, estas carreteras son cualquier cosa menos aburridas. Cierto es que, a menudo, el asfalto es desigual y bacheado, pero la experiencia de conducir por aquí no es mala, en general, y además todas esas curvas dan mucho juego para divertirse haciendo tumbadas. Justo tras una de esas curvas aparece, inesperadamente, el estuario del fiordo Kjolle.

La boca del fiordo Kjolle

Por cierto, encuentro muy interesante la estructura de las rocas en esta parte de la península Nordkinn. Estoy seguro de que cualquier geólogo disfrutaría estudiando de cerca esos estratos tan nítidos.

Estructura geológica abundante en el norte de Nordkinn

Ubicada en el vértice del estuario, iluminada por un sol que -a lo largo del año- nunca se eleva por encima de 40º sobre el horizonte, y reflejado en las calmas aguas del mar de Barents, Kjollefjord se me antoja un pueblecillo encantador.

Kjollefjord reflejado en las aguas de Barents

Y justo cuando estoy llegando, un Hurtigruten (barcos de los que nunca había oído hablar hasta hoy) hace su entrada en puerto. Como siempre me gusta ver un atraque, me acerco a observar la maniobra y a curiosear un poco. Hay unas cuantas personas en la esplanada, algunas esperando a alguien que llega, otras -a pie o en coche- aguardando para embarcar, los camioneros en sus cabinas, listos para subir por la rampa de la bodega; y, por supuesto, otros mirones como yo. Según estoy allí, se para a mi lado un motero en una GS con matrícula alemana. Sin la menor prisa se quita casco y guantes, se saca los tapones de los oídos, y me saluda. Hablamos un par de minutos, la típica charla cortés entre motoristas, según el barco abre escotillas, baja rampas y extiende escalas. Empieza el trajín. El alemán me dice que va a embarcar y siento el repentino impulso de comprarme un pasaje y embarcar también, adonde quiera que el barco se dirija. Pero enseguida descarto la idea. Mi viaje está yendo bien tal cual y Kjollefjord me ha transmitido buenas vibraciones: no quiero dejar de pasar aquí una noche al menos. Así que doy media vuelta y me acerco al pueblo a buscar alojamiento.

En el mejor lugar posible, junto a un gran parche de hierba donde hace siglos se levantaba una iglesia de madera, en el vértice mismo del fiordo y con la mejor puesta de sol en el pueblo, se ubica el edificio de dos plantas del hotel Nordkyn, que me cautiva al instante. Salvo que sea muy caro, un lugar como este bien va a valer la pena; así que me acerco a preguntar. El personal es gente joven y agradable, aunque algo inexperta. La habitación es costosa, pero aun así la tomo. Una vez establecido, veo algunos desperdicios en el cestillo de la basura, dejados por el huésped anterior. No lo han vaciado, y me pregunto si habrán cambiado las sábanas; así que se lo digo a los chavales de recepción, que inmediatamente se disculpan y, con toda amabilidad, me cambian a otra habitación mejor, sin cobrarme un sobrecargo. Muy generoso de su parte. Eso es un buen hacer.

Por cierto, todavía no he usado ni una corona en metálico desde que cambié dinero al llegar a Noruega. En los países nórdicos casi no circula el efectivo: aceptan tarjetas en todas partes y por cualquier monto, por pequeño que sea; de hecho, recuerdo una gasolinera en Islandia, hace un par de años, donde ni siquiera aceptaban billetes: sólo pago con tarjeta. Supongo que o bien los bancos no les cargan a los negocios las abusivas comisiones características en otros países europeos, o los comerciantes no son tan miserables como para aceptar tarjeta sólo a partir de un importe mínimo. Por otra parte, el dinero de plástico supone un ahorro no despreciable para el presupuesto estatal, ya que se ahorra la costosa acuñación de moneda.

Kjollefjord soñando con poniente

Lo siguiente que hago es pedir una cerveza y algo para picar, sentarme en la terraza del hotel y aprovechar los últimos rayos de sol. A mi izquierda, tres o cuatro hileras de casas alinean sus ventanas hacia poniente, como si de esa dirección viniesen todos los sueños y esperanzas de sus moradores, o tal vez como si hacia allá fuesen a zarpar, un día lejano, los últimos habitantes de Kjollefjord. De hecho, al otro lado de la terraza, sobre la hierba de un olvidado cementerio, junto a los cimientos en ruinas de una iglesia de madera desaparecida hace décadas, hay una elocuente escultura que parece simbolizar precisamente esta idea: una madre tiene a su hija junto a sí y, haciéndose sombra en los ojos con la mano, mira hacia el horizonte, hacia la boca del fiordo, como esperando o añorando algo.

Simbolismo de la mirada a poniente y a la boca del fiordo

En este mismo cementerio —que acaso nunca lo fue— hay una única losa solitaria, de bronce, que con el mate carmesí de su óxido le confiere al lugar una nota melancólica muy pertinente. Siempre me entristece leer las inscripciones de las lápidas porque no puedo evitar que mi imaginación me lleve hacia un pasado ignoto y me sitúe, por una instintiva empatía, junto al difunto, como si nos hubiésemos conocido, o incluso como si hubiera sido yo el finado. Después de todo, ¿acaso no es así? Todos los hombres somos uno de cara a la muerte.

Aquí descansa el polvo de Martha Margrethe Lund Fod Høiberg. Nació el 12 de junio de 1812 y murió el 12 de septiembre de 1856. Fred encontró allí el polvo.

Sólo tenía 44 años. ¡Qué corta era la vida hace dos siglos! Espero que, al menos, aquella gente viviese mucho más intensamente que nosotros ahora.

Según voy acabando mi cerveza, el barco de Hurtigruten ha finalizado su breve parada en Kjollefjord y navega ya hacia mar abierto. Es hora de darme mi rutinaria caminata y, de paso, hacer algunas fotos. Este pueblo confirma mi intuición y resulta ser un lugar de lo más pintoresco.

Hurtigruten saliendo de Kjollefjord

A la luz del ocaso, que durará hasta la aurora, el muelle donde ha atracado el barco aparece ahora sin vida, con su roja hilera de neumáticos dejándose besar por el último rayo de sol.

Muelle de Kjollefjord al atardecer

Una hora más tarde, de vuelta en el hotel, el largo espectáculo del crepúsculo no ha acabado aún. De hecho, sobre las bajas colinas de la península Nordkin, el anochecer enlazará con el amanecer sin solución de continuidad; y así el sol, haciendo círculos alrededor del horizonte —a veces más alto, otras más bajo— juega al tiovivo con los vecinos durante el inacabable día veraniego de los 71º de latitud norte.

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