Nunca pedirán perdón

Cualquier petición sincera de perdón exige como requisitio lógico previo el reconocimiento interno del mal causado: sin aceptar el hecho de haber cometido una injusticia o una equivocación que haya perjudicado al prójimo, difícilmente podremos pedirle sinceramente disculpas; como mucho, lo haremos de modo instrumental, por conveniencia o interés. Aunque en distinto grado, ambas cosas —aceptación y perdón— son difíciles.

Para llegar al convencimiento de la injusticia hay que salvar tres obstáculos importantes: 1) superar mecanismos de defensa, como minimizar el hecho o justificarlo, 2) allanarse a una imagen de uno mismo menos elogiosa que la que preferimos tener, y 3) soportar el malestar emocional de culpa o vergüenza. A su vez, para salvar dichos obstáculos se requieren tres cualidades importantes que no todo el mundo posee. En primer lugar, una disposición afectiva previa, una actitud emocional hacia uno mismo, que es la humildad. El orgullo actúa como un filtro al conocimiento que nos impide no ya ver, sino querer ver, con claridad. Al buscar atenuantes, minimizar o cambiar el foco, nuestra autoimagen funciona como sesgo de confirmación. Es la humildad la que nos habilita para recapacitar. En segundo lugar, valentía para acometer el ejercicio intelectual de revisar si nuestra conducta fue justa o no. Y por último, a fin de que dicho ejercicio dé frutos, es preciso tener la honestidad intelectual suficiente para llegar a comprender, en su caso, esa injusticia.

Una vez logrado esto, el siguiente paso es la expresión sincera de perdón. Para eso hacen falta dosis adicionales de humildad que nos permitan manifestar ese arrepentimiento. No basta con lamentar lo hecho y quedarse callado. Hay que superar el miedo a ser tomado por débil, y tener entereza para afrontar el posible reproche. Muchas personas, aun llegando en su fuero interno a aceptar que han sido injustas o se han equivocado, se quedan luego ahí, sin decidirse nunca a expresar una disculpa.

Así, pues, humildad, valentía y honestidad intelectual son las tres cualidades más importantes, si no imprescindibles, que posibilitan el pedir perdón sinceramente. Se comprende entonces que muy pocos lleguen a hacerlo, ya que esas cualidades escasean.

¿Pero a qué viene todo esto? Consideremos algunos datos fácilmente verificables:

  • Es ya de conocimiento público que las vacunas contra la covid no impedían la transmisión ni la infección, aunque disminuyeran algo el riesgo de contagio y favoreciesen la recuperación. Numerosos estudios, realizados por organismos y entidades nada sospechosos de oponerse a las vacunas, lo han demostrado sobradamente.
  • Un estudio británico de 2021 halló que la vacuna reducía la probabilidad de infectarse, pero no eliminaba la transmisión una vez producida la infección. Las tasas de transmisión eran similares entre quienes se vacunaban y quienes no.
  • En julio de 2021, en Massachussets, una investigación del CDC (centro para la prevención de enfermedades) encontró que aproximadamente 3/4 de los infectados por un brote estaban completamente vacunados. Sus cargas virales eran comparables a las de los no vacunados. El CDC concluyó que las vacunas no impedían la transmisión del virus.
  • La FDA (agencia estadounidense para alimentación y fármacos) va a establecer normas más estrictas para la aprobación de vacunas tras admitir que las actuales contra la covid-19 han causado la muerte a algunos niños.
  • El Justice Centre for Constitutional Freedoms, en Canadá, apunta en un informe a que las cifras de fallecidos a causa de la covid se exageraron mucho, a que los encierros forzosos causaron un aumento de la mortalidad por diversas causas secundarias, y a una preocupante correlación entre las vacunas covid y el creciente aumento de muertes inesperadas.
  • Un comité de científicos que incentivaron el uso del miedo para controlar el comportamiento de la población durante la epidemia covid admite ahora que esa labor fue totalitaria y poco ética.
  • Actualmente, un tribunal civil en Holanda instruye un caso contra Bill Gates, Albert Bourla (Pfizer), Mark Rutte (OTAN), el Gobierno holandés y otros acusados por infligir daño deliberado a la población mundial mediante el despliegue de las vacunas durante la epidemia covid.
  • En un concienzudo estudio del exceso de mortalidad en 93 países durante el período 2020-2022, el investigador Denis G. Rancourt concluyó que dicho exceso (apenas un 0’13% superior al habitual hasta entonces) no se puede atribuir principalmente a la propia covid, y más bien sugiere una posible relación con las vacunas.
  • Ya en octubre de 2020, un grupo de expertos en varias prestigiosas universidadess publicó la Great Barrington Declaration, que defendía con sólidos argumentos sustituir los confinamientos por una protección focalizada, con menos restricciones para las personas de menor riesgo.
  • Varias revisiones y evaluaciones de las medidas de prevención que se adoptaron durante la epidemia han cuestionado el beneficio —relativamente pequeño frente a los costes— de los confinamientos generales de cara a contener la mortalidad.
  • Varias críticas institucionales denuncian los daños colaterales causados por las draconianas medidas gubernamentales adoptadas frente a la covid: retrasos asistenciales, deterioro de la salud mental, pérdida educativa, pobreza, aislamiento de residentes en centros geriátricos y desigualdades. Entre esas críticas, una investigación pública del Gobierno británico está sometiendo a examen la conveniencia de los confinamientos masivos e indiscriminados.
  • La revisión Cochrane de 2023 cuestiona seriamente la supuesta certeza de la evidencia sobre la eficacia de las mascarillas.
  • Conforme aparecían nuevos datos sobre transmisión respiratoria, cepas y transmisión por personas vacunadas, la propia OMS y los CDC hicieron una modificación pública de las recomendaciones sobre mascarillas. Aparte, la Mayo Clinic ya explicó en 2021 que las personas vacunadas podían transmitir el virus.
  • Más de un centenar de sentencias de tribunales useños determinaron que las medidas de distanciamiento social, uso de mascarillas y vacunación estaban insuficientemente justificadas por las autoridades.
  • …..

La lista de estudios e investigaciones, así como de artículos y noticias que ponen en entredicho las medidas dizque sanitarias adoptadas durante la epidemia por los gobiernos y autoridades de casi todos los países es larguísima. Nótese que las noticias citadas traen causa de organismos o entidades como gobiernos, centros de prevención, universidades, la OMS, tribunales, investigadores, etc. Cualquier búsqueda cuidadosa en internet —que el lector valiente y humilde puede efectuar— ofrece muchos otros resultados similares, aun desdeñando las numerosas afirmaciones de tipo conspirativo que circulan por ahí. No se trata de prestar atención a desquiciados “terraplanistas” que aseguran que las vacunas covid contienen microchips o producen magnetismo corporal, o que esa enfermedad no existe, o que los globalistas quieren matarnos a todos; no. Se trata de que a estas alturas —en realidad, desde hace años— hay información veraz bastante para cuestionar muy seriamente —cuando no desacreditar— la eficacia, efectividad, conveniencia y necesidad de casi todo el despliegue de medidas —a menudo ilegales o autoritarias— restrictivas de derechos a las que fue sometida la población mundial durante dos o tres larguísimos años. Pero sobre todo —y para lo que conviene a este artículo— se trata de rehabilitar la reputación, el buen nombre, la legitimidad y la credibilidad que les fueron injustamente arrebatados a quienes se negaron a tomar las vacunas o se mostraron contrarios a confinamientos y mascarillas. Como mínimo, se trata de reconocer que no les faltaban razones para su escepticismo y que los insultos, el descrédito y la marginación que en infinidad de ocasiones sufrieron han resultado ser muy desproporcionados y, en general, bastante injustos. Idealmente, en fin, se trataría de pedirles perdón.

Familiares y amigos a quienes se negaba el beso o el abrazo, se excluía de las reuniones, se tachaba de inhumanos y de no importarles la muerte de su anciana madre, se acusaba de insolidarios, de “negacionistas”, de poner en peligro a la sociedad, de egoístas, para quienes se pedía la denegación de asistencia sanitaria si caían enfermos… Políticos y jueces valientes, periodistas y analistas que, manteniendo la calma frente al alocado pánico en que había caído la mayoría de sus conciudadanos, procuraron morigerar el rigor de unas medidas que tenían limitado fundamento o eran de dudosa eficacia… Todas esas personas, en fin, cuya única tacha moral era tener espíritu crítico y cuyo solo pecado social fue ejercer su derecho a no vacunarse y exigir el derecho de todos a no ser confinados ni amordazados indiscriminadamente sin la debida y sólida argumentación científica y jurídica; esas personas, digo, sólo obtuvieron reproches, insultos, discriminación, despidos, hostilidad y, a veces, incluso agresividad. Toda esa gente merece, creo yo, una disculpa, no ya política o institucional —que también—, sino en muchos casos personal. Pero nunca la obtendrá.

Nunca pedirán perdón los ofensores, los críticos, los marginadores, los hostiles; porque para pedir perdón se requieren las tres cualidades mencionadas, que por desgracia tanto escasean: valentía, honestidad intelectual y humildad. Las tres son necesarias para cuestionarse los planteamientos y convicciones propias y estar dispuesto a cambiar de opinión, a reconocer el error o la injusticia; para para ponerse al ordenador, preguntar, buscar y leer la información disponible; para dirigirse al amigo, al pariente, y decirle “pues al final llevabas razón: vacunarte tú, o llevar mascarilla, difícilmente nos habría protegido a mí o a la abuelita”; para escribir en la columna de opinión, o manifestar en el programa televisivo, una rectificación sincera de las diatribas incriminatorias y condenatorias hacia los mal llamados antivacunas, hacia quienes desde un principio mantuvieron un razonable —y, como ya se ve, acertado— escepticismo.

No se han disculpado aún, ni lo harán. Los más, porque siguen en sus trece, protegiendo su autoimagen, fortificados en sus posiciones mediante el sesgo de confirmación, sin valor para asumir —para concebir siquiera— que pudieron equivocarse; los menos porque, aunque poco a poco hayan ido tomando vaga conciencia de que todo aquello fue exagerado, prefieren dejar que sean el tiempo y el olvido quienes vayan cerrando las heridas, los cismas familiares y sociales. Pero toda herida deja una cicatriz, y las cicatrices de este tipo siempre se ven: ni la cirujía estética puede borrarlas. Sólo un perdón sincero podría lograrlo.

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