Habida cuenta los tiempos y vientos de ultrafeminismo que corren, me parece totalmente indefendible que Cataluña no le haya cambiado aún la denominación a su cuerpo policial autonómico: Mossos d’Esquadra. ¿Mossos? Y entonces, ¿dónde quedan ellas?
Veamos, porque aquí hay dos cuestiones. Primero está el tema del término a utilizar para referirnos a las mujeres de dicho cuerpo. En catalán, mosso es, en la mayoría de sus acepciones, una palabra masculina que describe varios conceptos: un niño grandullón, un soltero, un criado, un dependiente, etc. O sea, más o menos igual que el castellano mozo. La mossa catalana, en cambio, es básicamente una sirvienta. De modo que hay una clara asimetría de género en las acepciones, entre las cuales también figura mosso d’esquadra, que se define históricamente como un miembro de las fuerzas policiales de Cataluña, y hoy día como un miembro de la policía autonómica de esa región. Es de notar que esta última acepción, según el propio diccionario catalán, no existe en su versión femenina: mossa d’esquadra; lo cual, por lo demás, parece bastante natural, porque antaño las mujeres se dedicaban a otros menesteres y no se metían en cosas de hombres. De modo que cabe legítimamente preguntarse: ¿cómo nos referimos a ellas, a las mujeres que pertenecen a ese cuerpo? ¿Cómo las llamamos? Decirles “moza” suena algo burlón, pero decirles “mozo” es feministamente inaceptable.
Precisamente a esto mismo se refiere la segunda cuestión: a la paradoja de que, en una región que se precia de ser la más progresista de España, haya un cuerpo funcionarial con un nombre ostentosamente machista. Ellos argüirán, claro, que se denominan así por tradición; cosa que es muy cierta. Pero ese argumento no es de recibo, pues si hubiésemos de admitir la tradición como motivo suficiente para mantener usos o costumbres machistas entonces con la misma excusa podríamos justificar el mantener prácticamente cualquier otro rasgo social que suponga desigualdad de género, y tendríamos que volver a los tiempos del hombre al tajo y la mujer en casa; o sea, un verdadero atraso.
No vale, pues, escudarse tras la tradición para esquivar una obligación que nuestra sociedad en general, y la catalana en vanguardia, considera prioritaria, como es la igualdad entre hombres y mujeres. Cuando la vida era otra, lo de Mossos d´esquadra podía pasar, pero un nombre así ya no tiene ninguna cabida en esta Cataluña que tanto alardea de moderna y que se coloca siempre a la cabeza de la política identitaria.
De modo que, señores del gobierno catalán, sociedad catalana toda: toca ponerse las pilas y buscar una denominación nueva para su policía autonómica. Y, por cierto, las feministas, ¿dónde están? Esas convencidas ideólogas del igualitarismo, que no titubean en manifestarse y poner el grito en el cielo por asuntos gramaticales mucho más nimios, ¿a qué esperan para denunciar la discriminación que supone lo de Mossos d’esquadra?
Me temo que estamos en lo de siempre: en que el feminismo no es tanto una actitud frente a un fenómeno cultural y social como un posicionamiento político, generalmente izquierdoso y, por consiguiente, hispanófobo; y como Cataluña es sobre todo hispanófoba, la tolerancia del feminismo hacia las tradiciones machistas catalanas es mucho mayor.

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