Proteger a Rusia del globalismo

Esta entrada es la traducción de un artículo publicado el pasado 20 de mayo en el blog Edward Slavsquat.)


La “Plataforma unificada de vigilancia” protegerá a Rusia de los globalistas

Moscú lanza un revolucionario sistema de seguridad y convenientes “zonas de prueba” 5G

El nuevo gabinete de Mikhail Mishustin —que en realidad no es más que el viejo gabinete pero con un mandato para la transformción digital de Rusia—acaba de anunciar dos cosas que los medios de comunicación generalistas tratan de ocultarnos por todos los medios.

No quieren que sepamos que el juego está a punto de pasar de unipolar a multipolar. Se respira ese cambio y no quieren que nos demos cuenta.

El ministro de Desarrollo digital reveló el 18 de mayo que está avanzando en su plan de crear

una “plataforma unificada de videovigilancia”. El nudo logístico de vigilancia centralizada recogerá y analizará grabaciones de vigilancia de “Ciudad Segura” por toda la Federación Rusa.

Rusia planea crear una plataforma de videovigilancia que recogerá grabaciones de los sistemas Ciudad Segura regionales y municipales. Esto está previsto, según el viceministro para el Desarrollo digital, Dmitry Ugnivenko, en el borrador del programa nacional “Economía de Datos”. INTERFAX.RU

Cuidado, globalistas: Los algoritmos que vigilan vuestras caras pronto se conectarán con un Sistema Unificado de Vigilancia Facial. Y quien transgreda “el horario de vertido de la basura” será arrestado:

A mediados de marzo el cabeza del Ministerio para el Desarrollo digital, Maksut Shadayev, dijo que una de cada tres cámaras de videovigilancia, de las que se instalaron en Rusia más de un millón como parte del programa “Ciudad Segura”, está conectada a un sistema de identificación facial, y que todas las cámaras instaladas en las carreteras identifican matrículas automáticamente. Según Shadayev, para monitorear el mantenimiento de las instalaciones de mejora y limpieza en las ciudades, así como los horarios de vertido de basuras, se utilizan tecnologías de videovigilancia y seguridad.

En diciembre, el ministro de Desarrollo digital ya había dejado caer la idea de crear un enjambre de vigilancia centralizada.

Sí, ahora las cosas están avanzando deprisa. Como dijo la semana pasada el primer ministro Mishustin, “Acelerar el paso de la digitalización nos permite poner en práctica las ideas más progresistas en el menor tiempo posible.”

En realidad, esto ya lo había dicho en julio de 2021 durante la videoconferencia Cyber Polygon para Herman Gref y Klaus Schwab.

Buenos tiempos.

Mensaje de vídeo de Mikhail Mishustin para los participantes en la formación online internacional en ciberseguridad Cyber Polygon.

M. Mishustin: ¡Queridos colegas y amigos! Me alegra darles la bienvenida a la formación online internacional en ciberseguridad. Este evento sin igual tiene lugar por cuarto año consecutivo, atrayendo a millones de espectadores de todo el mundo. Lo siguen reconocidos expertos y especialistas altamente cualificados, así como líderes de corporaciones globales y organizaciones internacionales, representantes de gigantes de la informática como IBM y Microsoft, expertos del laboratorio Kaspersky, Rostelecom, Ozon y otras empresas muy conocidas.

La segunda buena noticia es que por todos los rincones de Rusia van a crearse “zonas de prueba” 5G. Interfax nos da los detalles, día 18 de mayo:

El viceministro de Desarrollo digital de la Federación Rusa, Dmitry Ugnivenko, dijo que antes de 2030 y según se prevé en el borrador del programa nacional “Economía de datos y Transformación digital del Estado” ya habrá en la Federación Rusa zonas de redes de comunicación móvil de quinta generación (5G).

El sábado, en un foro y exposición sobre Rusia, Ugnivenko dijo que “Antes de 2030 ya habrá zonas piloto en cada una de los estados de la Federación Rusa, así como en 16 ciudades con más de 1 millón de habitantes, creando redes comerciales que proporcionarán servicios de quinta generación”.

Además, dijo que se planea crear una red unificada de Internet de las Cosas (IoT) que permitirá controlar sensores a distancia y asegurar la recogida remota de datos sin intervención humana, reuniendo “datos masivos” en una única infraestructura…

Todo esto se lleva a cabo como parte del programa “Economía de datos y Transformación digital” ordenado por el Kremlin.

El presidente de la Federación Rusa ha encargado al gobierno desarrollar el proyecto nacional “Economía de datos y Transformación digital”, dotado con 700 millardos de rublos

La lista de instrucciones para llevar a cabo el mensaje del presidente a la Asamblea Federal el 29 de febrero de 2024 se ha publicado en el sitio seb del Kremlin.

En concreto, el presidente encargó al gobierno ruso desarrollar un proyecto nacional de “Economía de datos y Transformación digital del Estado”.

¿Recuerdan cuando la gente aseguraba que Putin conducía una secreta guerra en la sombra contra el 5G? Yo sí.

Pese a ello, creo que aún es pronto para saber cuál es el posicionamiento del gobierno ruso respecto a este tema. Quizá estén instalándose torres 5G por toda Rusia para que Putin pueda vigilar de cerca esta controvertida tecnología. Como suele decirse, “Mantén cerca a tus amigos y aún más cerca a tus enemigos”.

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Ideas de un mapuche

En primer término, residencias para mineros hechas con contenedores. Más lejos, una planta fotovoltaica.

1 de julio, El Salvador

Me hallo sentado a una soleada mesa (donde el calor empieza ya a incomodarme un poco) en un quiosquillo callejero donde sirven café, bebidas y snacks emplasticados. En otra mesa, cuatro trabajadores de Codelco despachan una refacción de media mañana. Al otro lado de la avenida unos jardineros riegan y cuidan con mimo el parque central: en esta tierra las zonas verdes sobreviven a duras penas y necesitan que se les prodiguen cariños de enfermera. Los columpios del parque bostezan de aburrimiento: como en casi todas partes, salvo en el mundo musulmán o el África negra, la tasa de natalidad en Chile no supera los 1’4 hijos por mujer (datos de 2022), de modo que apenas hay niños; menos aún en este pueblo, como bien se comprende, por ser básicamente un campamento minero.

Llega un momento en casi todos mis viajes en que los días empiezan a correr sin darme cuenta, como cuando estoy en casa. Al principio, la novedad y falta de familiaridad con el entorno y las costumbres

hacen que cada jornada parezca más plena de acontecimientos y que, por tanto, en virtud de un simple cálculo subconsciente, resulte un efecto (engañoso) de mayor duración. Luego, a medida que me aclimato al país y al funcionamiento de la vida en él, el día a día empieza a resultarme más sencillo, disminuye mi nivel de atención y alerta, mi mente se distiende y acabo por establecer las inevitables rutinas, verdaderas aniquiladoras del tiempo: cuando las actividades comienzan a repetirse, los días a asemejarse entre sí, es cuando la vida con más prisa se nos escapa de las manos.

¿En qué punto quedó, hace cuarenta y ocho horas, el hilo de mi relato? ¿Qué es lo último que consigné en este cuaderno? En realidad, poco importa. Baste anotar ahora, como resumen, que en este pueblo he tenido suerte y encontrado más o menos lo que venía buscando: una habitación aceptable y asequible, un lugar de rara tranquilidad y un clima muy grato: sin más que algún cirro ocasional sobre el puro azul del cielo, las máximas diurnas oscilan entre 20 y 22 grados y las mínimas nocturnas entre 5 y 10. La vida en El Salvador es sosegada, tienen escaso tráfico sus anchísimas avenidas y se respira aquí ese ambiente tan peculiar de los lugares lejanos y aislados, donde la gente camina sin prisa ni cuidado, cruzando la calle por cualquier sitio, con parsimonia, acude sin apuro a sus quehaceres diarios o toma el sol en un banco del parque. A las horas de comer, pequeños grupos de joviales mineros abarrotan la media docena de restaurantes del pueblo, saludándose o gastándose bromas entre ellos, que tales son las principales manifestaciones de expansión que observo en esta tierra.

El desierto. Una visión con tonos marcianos.

Hoy he apalabrado en el hotel quedarme cuatro días más, para redondear así la semana. Cansado de los estridentes y nada placenteros lugares donde me he alojado hasta ahora, me apetece alargar en lo posible –y dentro de lo razonable– la estancia ahora que me encuentro bien. Al fin y al cabo no tengo mejor cosa que hacer y me sobran días para estar en Chile, aunque, con toda probabilidad, a no mucho tardar me iré al Perú, donde el turismo es infinitamente más barato, si he de hacer caso al recepcionista del hotel. Un tipo peculiar, por cierto, y con el que estoy teniendo algunos largos ratos de interesante conversación. Es una de esas personas que tan pronto parecen tener algún tipo de daño cerebral como se descuelgan con ideas que revelan un pensamiento muy lúcido (salvo que se trate de ese mismo juego del azar que permite a un reloj parado dar la hora correcta dos veces al día).

Bastantes temas hemos tratado durante nuestras charlas. Por ejemplo, se alegra este joven –como la funcionaria de correos que conocí en Diego de Almagro– de que Chile fuese colonizado por españoles en lugar de por ingleses. Pese a ser descendiente de mapuches, se ríe del movimiento indigenista y destaca la incoherencia inherente al hecho de que, habiéndoseles otorgado a los indígenas la propiedad, gobierno y pleno dominio de vastas extensiones de tierra, y habiéndolas enajenado después según su libérrimo albedrío, vengan ahora quejándose y llorando tras haberse fundido el resultado monetario de tales ventas. Según él, lo que muchas de esas comunidades quieren es vivir a perpetuidad de la caridad del Estado (como los nativos de Canadá) a cuenta de los “agravios” de hace varios siglos. Y a nadie debería sorprender que la situación haya empeorado con los últimos presidentes, pues son aún más dependientes que sus predecesores del poder supranacional ejercido por las oligarquías financieras mundiales, siempre tan dispuestas a debilitar o desestabilizar estados para evitar cualquier gobierno fuerte que pueda oponerse a sus designios. Mi interlocutor sitúa en Allende el comienzo de la actual decadencia chilena. Yo, de eso, nada sé. Asimismo, como aquella funcionaria, también se manifiesta en contra de la ideología de género impulsada durante los últimos tiempos, si bien él admite la existencia de un tercer sexo, el hermafrodita, aberración genética tan real –cierto es– como excepcional. No obstante, creo yo que esto lo expresa movido por un impulso –tal vez subconsciente– de mostrarse tolerante y abierto de mente.

En otro ámbito de opiniones, dice sentirse orgulloso de su país en lo tocante al extremado respeto por las normas de tráfico. A este respecto, puedo atestiguar que, en efecto, durante los diez días que llevo aquí he observado que los conductores acatan a rajatabla las normas de circulación: basta, por ejemplo, con que haya un peatón junto a un paso de cebra para que se detengan por si quiere cruzar, aunque éste no haya hecho el menor movimiento que indique esa intención; o bien hacen la preceptiva parada en todos los stop, por mucho que el cruce esté en mitad de una inacabable llanura con perfecta visibilidad y sin asomo de otro vehículo alguno. Aparte, todos los autobuses llevan instalado, bien a la vista de los pasajeros, un panel digital en que éstos pueden leer, en tiempo real, el nombre del conductor, la velocidad a la que va y un teléfono al que llamar para denunciar cualquier infracción o exceso que vean. Y esos límites se cumplen puntualmente, pues vengo observando que los autobuseros jamás exceden ni en un 1% la velocidad máxima, que en todo el país es de 100 km/h, autovías inclusive. Uno diría que, en algún momento más o menos reciente, algún gobierno hubiese decidido poner coto de manera drástica a las estadísticas de siniestralidad vial, y que tal política la hubiesen mantenido sucesivos gobernantes.

Hablando de lo cual, el mapuche también me ha explicado, en síntesis, su visión sobre las líneas generales de la política chilena; la composición del senado por ideologías, así como la tendencia de los últimos presidentes. Pero confieso que no sé muy bien de qué hablaba. Lo que sí he entendido es que él, personalmente, no apoya a los socialistas; de donde infiero que muy tonto no puede ser.

Algo en lo que también coincide con la empleada de Correos es en su favorable parecer respecto a la explotación minera por parte de empresas extranjeras, aduciendo –como ella– que éstas la llevan a cabo de manera infinitamente más eficiente que las nacionales (léase: Codelco, empresa estatal a cargo de las minas de esta región). A mi objeción –ya expuesta– de que siempre será mejor una mala explotación cuyos frutos se queden en casa que una buena cuyos beneficios salgan del país, me ha contestado algo muy razonable y en lo que yo no había pensado: “Cierto; pero si la explotación estatal es tan ineficaz –como en el caso de Chile– que se hace necesario subvencionarla, eso acaba empobreciendo al contribuyente, que es quien en última instancia sufraga esa subvención.”

Montaña del Indio Muerto y mina del mismo nombre

Es decir, que, según él, Codelco trabaja a pérdidas; en cuyo caso resulta el suyo un argumento difícilmente refutable. Como mínimo, me obliga a repensar muy bien el tema para poder dilucidar si, al fin y al cabo, la explotación nacional beneficia o perjudica al pueblo en su conjunto. Se me ocurre, por un lado, que una explotación estatal, aunque sea ineficiente, conserva la riqueza dentro de la nación, lo cual siempre es positivo; pero, por contra, quizá el resultado final sea el de aumentar las desigualdades sociales, ya que es el grueso de los contribuyentes chilenos quienes pagan, con sus impuestos, los salarios del personal que vive de la minería, bien sean éstos trabajadores que, como empleados públicos, probablemente rendirán poco, bien gerentes y funcionarios con sueldos desproporcionados a sus servicios al país. Al fin y al cabo, quizá esa sea la causa del fracaso de los regímenes comunistas: que, por definición, no favorecen precisamente la eficacia productiva y, al tiempo, desincentivan la iniciativa privada. Ahí radica, dicho sea de paso, el yerro o el vicio –quizá la hipocresía– de muchos que se declaran socialistas: en que, considerándose moralmente superiores a los demás, y por tanto más virtuosos, resulta que siempre son precisamente los demás quienes deben soportar la mayor parte del coste material de esa virtud: Sí, legislemos el derecho a un salario universal, a un “ingreso mínimo vital”, pero que ese maná tan alegre y caritativamente otorgado por nosotros, los salvadores, lo sufraguen todos, tanto si están de acuerdo como si no; que lo sufraguen, en realidad, esos pocos que verdaderamente producen. Todavía estoy por conocer a un Juan Manuel Serrat o a un José Luis Bardem que acoja en su casa, de su propio peculio y a perpetuidad, a un inmigrante o un “desfavorecido” improductivo. Detrás de cada comunista de esa especie hay o bien un chupóptero que quiere vivir del sudor de los demás, o un burgués con complejo de mesías que desea hacerse perdonar su privilegiado estatus social. Pero éstas no son más que reflexiones mías, fruto sin duda de mis prejuicios.

Otra cosa que me explicó el mapuche fue el porqué de la bandera “italiana” del Cerro del Asta, mencionada en un capítulo anterior de este diario. Resulta que la tal bandera no es de Italia, sino del equipo de fútbol local (financiado por Codelco, o sea por el ciudadano de a pie), cuyos colores son muy parecidos: verde, blanco y naranja; sólo que en lugar de este último tono le han puesto una franja roja contando con que, muy pronto, la fuerte radiación ultravioleta que recibe este desierto apague ese color, dejándolo naranja. Muy previsores.

También me ha dicho el porqué de tantísmos perros callejeros como hay en Chile. Al parecer, cuando el poder global decretó el parón económico durante la covid-19, mucha gente perdió su empleo y empezó a abandonar a sus perros; sobre todo los grandes, más costosos de alimentar. Al mismo tiempo, el activismo de quienes se dicen protectores de los animales (que siempre están encantados de promover actividades piadosas a costa de la sociedad en su conjunto) dificulta que el gobierno adopte medidas eficaces (o sea, el sacrificio de esos perros) para acabar con el problema; y por eso –me dijo– las calles están llenas de ellos. No obstante, esta explicación me la creo yo sólo a medias, porque lo cierto es que en muchos países tercermundistas ocurre igual, con epidemia o sin ella. De mi viaje a Argentina, allá a principios del milenio, recuerdo idéntico panorama. Otro tanto ocurre en Centroamérica, y estoy seguro de que pronto lo veré también en el Perú. Mis impresiones de Tailandia y de Filipinas, ambas pre-epidemia, tampoco son muy diferentes en este sentido. En China no, porque los chinos se comen todo lo que se mueve y, además, su falta de sentimentalismo es proverbial.

Por cierto, y para concluir, en su antipatía por China coincidía nuevamente mi buen mapuche con la señora empleada de Correos: que si los chinos están comprando todo Chile, que si son tan imperialistas como Usa, que si tienen a muchos estados atrapados por los huevos con la compra de deuda soberana, etcétera. Pero, al menos en la comparación con el imperialismo yanqui, creo que debo discrepar y romper una lanza por la Nación del Centro, ya que hay una diferencia fundamental: para sus propósitos, China no utiliza, como EE.UU., medios bélicos ni la coacción del FMI, sino que se limita a comprar lo que está a la venta; y digo yo que si un país no quiere que otro lo compre lo único que debe hacer es no venderse. Punto. La compraventa es un contrato mercantil para el que se requiere el concurso y el acuerdo de ambas partes. Por lo demás, me resulta curioso que este hombre sepa que los pequeños negocios de los chinos en el extranjero hacen la función de informadores del PCC. Lo digo porque, al menos en España, gente que debería de estar mucho mejor informada que mi hostelero en el desierto de Atacama no conoce este interesante detalle, y muchos probablemente no querrían creerlo aunque alguien se lo contase de buena tinta.

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Putin admite que quiso ceder el Donbass a Kiev

Lo que sigue es mi traducción de este artículo publicado en el blog Slavland Chronicles.


Putin admite que quiso ceder el este de Ucrania a Kiev. Vuelve a suplicar a sus estimados socios occidentales un acuerdo de paz.

En anteriores artículos, especulando sobre el posible contenido del tratado de paz secreto que Moscú y Kiev firmaron en Estanbul, afirmé que, según la información que se había filtrado (gracias a Lukashenko, Arestovych y otros funcionarios de Kiev), estaba claro que Putin entregaba el Donbass y arrendaba Crimea al régimen de Zelensky. Retiró las tropas que parcialmente cercaban Kiev a cambio de garantías de que sus amigos oligarcas recuperarían sus activos y privilegios políticos en Ucrania, y de que se firmaría un nuevo acuerdo de limitación de armamento. La principal razón para la Operación Militar Especial (OME) fue la detención de su cercano amigo Medvedchuk, y el objetivo era colocar a la cabeza de Ucrania al muy impopular mafioso y criminal Yanukovich. Al fallar tal objetivo, acordaron el compromiso de paz de Estambul, que entusiasmó al equipo de negociación de Kiev hasta el punto de celebrarlo con champán.

Después, Boris Johnson y Occidente, envalentonados por la cobardía de Putin, exigieron a Zelensky romper el acuerdo y —ya que tenían un casus belli— emprender una guerra contra Rusia y Donbass. Putin parecía creer que podría restablecer el statu quo y luego retirar sus tropas como hiciera en Kazajstán sólo un mes antes para apuntalar a Tokayev (un producto antirruso del Nuevo Orden Mundial que forzó una acelerada “4ª Revolución Industrial” entre su propia gente). Al parecer, sus estimados socios occidentales le habían dicho que no interferirían en su OME en Ucrania, y él los creyó. Ahora ya no hay una vez que se ponga frente a las cámaras sin quejarse de cómo lo engañaron y de cómo él ha seguido las normas pero Occidente no.

Hace poco, Putin hizo una curiosa declaración

que parece indicar que no tenía interés en aferrarse a Kherson o a Zaporozhye. Esto no significa que entregase Donetsk y Lugansk, pero en cualquier caso es una admisión sorprendente, hecha como quien no quiere la cosa, para demostrar una vez más que —al parecer— él dirige una superpotencia moral, no un estado serio. Aquí:

El presidente Vladimir Putin declaró el viernes que, al inicio del conflicto en Ucrania, Rusia se abría a retirar sus tropas de Kherson y Zaporozhye a condición de que Kiev aceptara una conexión terrestre ininterrumpida entre Crimea y el continente.

En una reunión con los principales diplomáticos del país, reveló que a principios de marzo de 2022, mientras las tropas rusas avanzaban hacia el sur de Ucrania, un importante político extranjero que representaba a Occidente propuso mediar en el conflicto entre Moscú y Kiev. Si bien Putin no dijo el nombre de ese líder, el expresidente ruso Dmitry Medvedev lo identificó como el entonces primer ministro israelí Naftali Bennett.

Esto me coloca un paso más cerca de confirmar mi teoría conspiratoria original: ahora sabemos que Putin estaba dispuesto a rendir, al menos, Kherson y Zaporozhye. Incluso es posible que esperara que Zaporozhye cayese en manos ucranianas el verano pasado, pero el general Popov desafió algunas reglas y decidió conservar la región. No sería lo más extraño que hubiese ocurrido en esta guerra. Quizá por algo Popov está ahora encarcelado.

Otra revelación: Putin operaba conforme con los israelíes y les brindaba garantías de que iba a limitar sus operaciones y no atacar a ningún miembro del gobierno de Kiev, israelí en su totalidad. Desconocemos aún cómo exactamente mediaron y manejaron los israelíes este falso y controlado conflicto, pero confío en conocer nuevos detalles sobre los roles que jugaron y los obsequios que Putin les ofreció para que le consintieran emprender la OME. Él, igual que Zelensky, tiene muchos y poderosos amigos en Israel que presumen abiertamente de que Putin es el líder más filosemita que Rusia haya visto jamás. Son ellos quienes le elaboran sus principales discursos, sus repetidos temas de conversación y sus posiciones políticas, como espero demostrar pronto.

Según [Putin], Bennett había preguntado a los funcionarios de Moscú por qué, si el objetivo manifestado era ayudar a Donbass, las tropas rusas estaban operando en las regiones de Kherson y Zaporozhye.

Se le respondió —explicaba Putin— que la decisión se había tomado según los planes del Estado Mayor, buscando eludir las posiciones ucranianas fuertemente fortificadas en Donbass. Y cuando Bennett preguntó si esas tropas permanecerían en Kherson y Zaporozhye acabado el conflicto, Putin le dijo que estaba abierto a la idea de hacerlas regresar a sus bases.

“Respondí que, en principio, no descartaba que Ucrania conservsase su soberanía sobre esos territorios siempre que Rusia tuviera una conexión terrestre estable con Crimea.”

Putin señaló que, para consolidar la garantía, Moscú y Kiev tendrían que firmar un acuerdo de “servidumbre” legalmente vinculante, una ley que enlazase derechos y obligaciones con la propiedad o posesión de la tierra.

Varias cosas:

  • Putin y otros oficiales habían venido señalando abiertamente que atacar a las FFAA de Ucrania en Donbas era una locura, por lo fortificadas que estaban esas posiciones. Ahora resulta que lanzar oleadas de soldados a las picadoras de carne ucranianas es una genialidad militar.
  • No es sólo que Putin contemplase esta idea, sino que esto fue probablemente lo que motivó la retirada de Kherson: el Kremlin sólo veía ese territorio como moneda de cambio (igual que Donetsk y Lugansk, en realidad).
  • A pesar de que Occidente y Kiev lo han engañado en innumerables ocasiones —y él se queja sin cesar, en público, de que no son de fiar— vuelve a explicarnos otra vez que lo que quiere es un papel firmado (ya se sabe: como el tratado de paz de Estambul) y que está dispuesto a dar a sus enemigos otra oportunidad, porque él es así de condenadamente humanitario y fiable.

Después, el acuerdo tendría que cerrarse con la participación del Consejo de Seguridad de la ONU, la ciudadanía [de dichas regiones] y el pueblo ruso.

Sí; una vez consolidado el acuerdo, sin duda habrían falsificado un referéndum para que pareciese que los residentes locales preferían seguir formando parte de Ucrania.

Sin embargo, cuando Bennett viajó a Kiev para presentarle al gobierno ucraniano la propuesta de Moscú, se la rechazaron, tildándolo de simpatizante ruso —señaló Putin.

Él pensaba que los israelíes iban a ponerse de su parte en este conflicto. Parece sinceramente molesto y asombrado de que, por el contrario, apoyaran a Zelensky. Después ha manifestado su incredulidad en múltiples ocasiones, calificando a Zelensky como “mal judío” y señalando que el Kremlin ha sido mucho más duro con los gentiles que el líder ucraniano. Putin se jacta a menudo de hasta dónde ha llegado para favorecer los intereses de Israel en Rusia, incluidas las leyes contra la incitación al odio y las detenciones de personas críticas con los judíos.

Existe en ciertos círculos extranjeros pro-Putin un persistente mito según el cual el Kremlin tolera el antisionismo o el discurso judeocrítico, pero esto no es cierto. La represión viene por oleadas. Durante diez años los matones de Putin llevaron a cabo una represión generalizada que condujo a la detención de cientos, tal vez miles de ciudadanos acusados de nacionalismo ruso. Sólo después de esto se despenalizó la libertad de expresión, y las cosas parecían marchar positivamente hasta que estalló la OME, y ya nadie sabe qué vendrá después.

Ahora esta propuesta ha quedado descartada, toda vez que Kherson y Zaporozhye, más las dos repúblicas del Donbass, votaron a favor de unirse a Rusia en referendos públicos en el otoño del 2022 —afirmó Putin. “No cabe hablar de violar nuestra unidad nacional… Esa cuestión está cerrada para siempre y fuera de todo debate.”

Al mismo tiempo, Putin señaló que en Moscú están dispuestos a entablar conversaciones con Kiev a condición de que este gobierno retire por completo sus tropas de Donbass, Kherson y Zaporozhye y abandone el proyecto de unirse a la OTAN. Pero Kiev ha rechazado la propuesta e insiste en volver a las fronteras de 1991.

En efecto, no pasa un mes sin que Putin suplique a sus estimados socios occidentales que lo saquen de la metedura de pata que ha sido su nefasta incursión en Ucrania. Ahora ha ofrecido condiciones más conciliadoras que en anteriores ocasiones. Previamente solía hablar de que todo el territorio necesitaba ser “desnazificado” y “desmilitarizado”, pero ahora ya sólo pide que se acepten sus demandas sobre Kherson, Lugansk, Donetsk y Zaporozhye. Y ni siquiera esto es una verdadera condición. Él entregaría esos territorios en un abrir y cerrar de ojos si tal cosa supusiera poder volver al statu quo previo, que es lo que más ardientemente desea.

Pero Kiev nunca va a aceptar esos términos por la sencilla razón de que la OME es muy provechosa para la OTAN, que de momento lleva logrado lo siguiente:

  • cientos de miles de eslavos muertos
  • controles totalitarios, establecidos tanto en Rusia como en Ucrania, que han llevado al asesinato o desaparición de docenas de prominentes voces patrióticas
  • millardos en ganancias del complejo industrial militar por contratos de armas
  • millardos en dinero robado por los políticos que envían ayuda económica a Ucrania
  • millardos en deuda que, cuando acabe la guerra, se pagará con activos ucranianos, como tierras, agua, minerales…
  • más millardos en los contratos de reconstrucción que vendrán
  • Europa obligada a depender del gas estadounidense, lo que supone enormes ganancias para compañías propiedad de poderosos agentes y políticos
  • la Alianza revitalizada y la disidencia aplastada en los países europeos que intentaban escapar al control de EE.UU.
  • nuevos miembros entre países que hasta entonces eran neutrales

Pese a que la guerra es un negocio muy rentable, la gente parece olvidarlo de inmediato cada vez que comienza una nueva, porque ésta les parece de algún modo especial, distinta; más moral y humanitaria, estoy seguro.

En cuanto a las nuevas condiciones de Putin, bueno, casi parece que cree poder seducir a la OTAN. Aquí:

“Hacemos un llamado a pasar esta trágica página de la historia y restablecer gradualmente las relaciones con Ucrania y Europa.”

¿Qué pasó con la Guerra Total contra el satanismo globohomo?

Y aquí:

Respecto a las condiciones para la negociación:

El ejército ucraniano debe retirarse de los oblast de Lugansk, Donetsk, Kherson y Zaporozhye; Kiev debe declarar que no se unirá a la OTAN. La Federación Rusa está dispuesta a garantizar a las unidades y formaciones ucranianas la retirada segura del Donbass.

Otra firme promesa de caballero entre viejos amigos, ¿eh?

Todo esto es demasiado ridículo para tomarlo en serio ni por un momento. Pese a mostrarse más conciliador que nunca, Kiev y Washington rechazaron a Putin de inmediato. A menos que tenga algún as en la manga, no es fácil ver por qué cree que puede dictar sus términos a la OTAN. Aún así, y pese a sus bravatas, está bastante claro que ya empieza a dar marcha atrás en sus “demandas”; y eso que sólo conocemos las reveladas a las ignorantes masas; no sabemos cuántas concesiones está haciendo por canales ocultos, pero probablemente tendrá que firmar aún más medidas de renuncia a la soberanía rusa.

Por lo que parece, en realidad sólo quiere que le permitan gobernar hasta que muera, para que no puedan cargárselo como hicieron con Saddam, Gadafi y todos los demás. Après moi, le déluge.

Y probablemente no haga falta esperar mucho. Por alguna razón, el Ministerio de Defensa ruso no está rotando a los soldados, milicianos, contratados y prisioneros que luchan en la guerra. Esto es una locura; literalmente una tragedia. Los soldados no hacen turnos y se les dice que deben combatir hasta que mueran, so pena de ser fusilados por su propio bando. Esto está discutiéndose en los canales de Telegram, y circulan vídeos de soldados quejándose de que los están obligando a regresar al frente tras haber sido heridos, cuando aún están recuperándose o durante sus permisos. Este descanso es esencial: pasado cierto punto, la efectividad del soldado en combate cae a plomo porque a) comienzaa a rechazar órdenes y b) comienza a implicarse en motines.

Esto fue un serio problema durante la ocupación norteamericana de Irak, cuando el ejército se negó a la rotación de soldados por la grave escasez de ellos. Rusia tiene tan pocos efectivos en el frente que, simplemente, la rotación no es posible. O bien —peor aún— el gobierno prefiere que esos soldados no se reincorporen a la sociedad porque teme las consecuencias, que podrían ser las siguientes:

  • Trastorno de estrés post-traumático y mala reintegración
  • Aumento del sentimiento patriótico y nacionalista, que conduce al activismo antigubernamental
  • Historias de terror, extendiéndose por la sociedad, sobre la verdad de cómo se libró esta guerra
  • Temor a que se formen grupos paramilitares antigubernamentales

Parece que los problemas relacionados con el frente están llegando a un punto de ebullición. Esto puede deberse a que el cese de Shoigu demostró que había algo muy podrido en el Ministerio de Defensa, lo cual animó a más gente a comenzar a hablar.

Hace poco se discutieron abiertamente en Spets —un canal de TV y online de tendencia patriota— las terribles condiciones de los soldados rusos en el frente. No se les conceden permisos ni se les permite rescindir sus contratos temporales con el Ministerio de Defensa. El presentador, Iván Otrokovsky, comentaba que:

  • se trata de una guerra de autodestrucción; estamos aniquilándonos a nosotros mismos
  • nuestro gobierno está dirigido por gordos empresarios que odian al pueblo ruso
  • tenemos que deshacernos de este gobierno como sea; los rusos deben volver a entrar en la arena política de la que han sido expulsados
  • necesitamos comenzar a reunirnos por toda Rusia y articular una plataforma patriota para nacionalizar el gobierno y la economía
  • hace falta un gobierno popular que eche a los políticos; Rusia necesita elecciones de verdad en las que cualquier ciudadano pueda participar
  • como dice Simonyan: “si alguna vez toma el poder gente como tú, lo primero que harás será colgar a gente como ellos”
  • Rusia necesita un nuevo SMERSH que expulse a los traidores que hay en el poder
  • nuestros compatriotas se ven obligados a vivir con la cabeza gacha
  • mientras el gobierno mata y humilla a todos los rusos que puede, los burócratas y políticos se jactan abiertamente de poseer Rusia; no se ven a sí mismos como servidores públicos
  • el gobierno concibe a los ciudadanos como ganado
  • hay que abordar la situación migratoria; el principal problema es que un grupo de sórdidos mercaderes dirige Rusia y tiene el país en venta
  • ¿por qué no llegan al frente los suministros bélicos?
  • ¿por qué nadie tiene claro los objetivos militares?
  • “El mal ha triunfado [en Rusia]”
  • los rusos tienen el deber consigo mismos, y con su progenie, de resistir este mal

Son palabras de lucha. No mencionaron nombres ni etnias, pero, aun así, no he visto semejante andanada patriótica de derechas contra el Kremlin desde que asesinaron a Prigozhin y arrestaron a Strelkov. Habrá que estar atentos a cómo acaba este hombre.

Rusia está bajo presión. No puede seguir dependiendo de los restos de la oxidada industria soviética ni de estos combatientes presionados por bandidos de sádicos comisarios que les dicen que o mueren en el frente o los fusilarán.

Incluso China ha empezado a apretar la soga en torno al cuello de Rusia. Primero les cortaron los suministros; ahora, tras una conversación con Zelensky, se han comprometido a redoblar las sanciones contra Moscú:

Zelensky dice que Xi Jinping le prometó no vender armas a rusia

Rusia no recluta soldados porque, como podemos comprobar por nosotros mismos, Putin está intentando desesperadamente negociar su salida de este lío en lugar de tomar las medidas necesarias para librar una guerra seria contra Kiev y la OTAN.

Pero, aunque entregase toda Ucrania, no creo que haya paz. Pronto el conflicto se expandirá hacia el interior de Rusia.

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Una excursión de reconocimiento

30 de junio, Diego de Almagro

Misma cafetería que ayer a esta hora e idéntico propósito: coger el autobús a El Salvador. En mi excursión de la víspera a ese pueblo, apenas a una hora de distancia, tuve la ocasión de tomarle el pulso y tantear la posibilidad de pasar allí alguna noche. Tras preguntar en un par de alojamientos, encontré por fin un hotelillo no muy caro que pienso me podrá servir, pues aunque no tiene, ni mucho menos, las soleadas habitaciones del hostal donde me albergo ahora (al contrario, son bastante oscuras y apenas con un ventanuco alto), es a cambio infinitamente más tranquilo. El Salvador se encuentra al término de la carretera que lleva hasta allí; o sea, que no está de camino hacia ninguna otra localidad: o va uno exprofeso, o no va para nada, lo cual lo convierte en un remanso urbano de tranquilidad. Se trata de un pueblo artificial, construido según una planificación muy concreta, donde la mayoría de viviendas son prácticamente iguales, edificadas con bloque de cemento sobre una red de anchísimas calles cuyo trazado imita la planta de un teatro romano: vías radiales cruzadas por otras semicirculares, y los espacios principales (el parque, el supermercado, etc.) ocupando lo que sería el escenario del teatro. Se halla, muy a propósito, al pie del cerro del Indio Muerto, cuyas laderas se encuentran ya desfiguradas, erosionadas por los trabajos en la mina del mismo nombre y rodeadas

por hectómetros cúbicos de vertidos de tierra y piedras (supongo que hay una palabra específica para esto, pero la desconozco) sacadas del corazón de la montaña durante seis décadas de excavaciones. Cuenta el saber popular que, a mediados del siglo pasado, llegó a este lugar un prospector useño con el propósito de encontrar oro, y que estaba ya prácticamente arruinado cuando, en lugar de ese metal, dio con un filón de cobre, hallazgo que salvó su inversión; y por eso bautizó así al pueblo que fundó para darle servicio a la explotación.

El Salvador junto al cerro del Indio Muerto

Como toda esta región del país vive de la minería –casi su única riqueza en términos de economía capitalista– la mayoría del comercio y los servicios están dirigidos hacia dicho sector, y acaso sea esto, en muy buena parte, la causa del elevado nivel de precios; idea ésta que me ha confirmado algún que otro paisano. Por ejemplo, en Almagro como en El Salvador, uno de cada tres o cuatro coches que circulan (no así los que están aparcados, que no dan una pista tan clara sobre la actividad económica) son de la industria auxiliar minera; se los conoce porque –aunque pertenezcan a distintas empresas– están todos cortados por el mismo patrón (¿quizá una exigencia legal?): trocas de doble cabina, rojas, con una franja longitudinal amarilla en ambos costados, comúnmente equipadas con focos y luces prioritarias montadas sobre el puente, y también con extintores. Estas ubicuas camionetas son parte ineludible del parque móvil en la zona.

Mismo día. El Salvador.

He cambiado de escritorio. Me hallo ahora en el restaurante del Club Social La Rayuela, tomándome una sabrosa cerveza Austral Red Lager. De momento está pareciéndome que esta marca es –y tiene merecido serlo– el buque insignia de las cervezas chilenas, con sus cinco o seis variedades a cuál más rica. Eso sí: muy cara, para variar. Hoy me ha explicado uno que, en Chile, la cerveza tiene muchos impuestos; no así el vino, que por término medio cuesta, la botella, poco más que una birra. Quizá sería buena idea para mi economía, durante este viaje, cambiar de bebida; pero con este clima no apetece tanto el vino.

Pues el caso es que ayer, en mi expedición de reconocimiento, me gustó este pueblo y se me antojó quedarme un par de días. Como tuve cinco horas para explorarlo (el autobús de regreso a Almagro no salía hasta media tarde), y dado que su estructura y tamaño lo hacen muy asequible al paseante, pude hacerme una idea bastante clara de lo que da de si, y hasta me sobró tiempo para subir a “la gruta”, un pequeño santuario con capilla al aire libre en la ladera del cerro del Asta (llamado así porque hay una en su cima, erigida en tiempos, de la que ondea una gigantesca bandera italiana, lo cual guarda no sé qué relación con el trazado románico del pueblo), e incluso pude llegar a su misma cima (2430 m de altitud), desde donde pude gozar de una vista extraordinaria hasta el confín del horizonte: cerros yermos en todas las direcciones de la rosa, sin vegetación alguna salvo en el propio pueblo, que por contraste parece un oasis, y entre los que destaca la cercana montaña explotada del Indio Muerto y, allá hacia el este, en lontananza, un elevado pico tal vez de la cordillera andina. A la altitud de El Salvador empieza ya a notarse un poco la menor densidad del aire, que junto a mi baja forma física supuso que hubiera de hacer muy despacio, deteniéndome de cuando en cuando, la subida al mencionado cerro. Por cierto que, en lo alto, habida cuenta la absoluta soledad que allí reina, el aislamiento del lugar y la agradable brisa que corría, me entregué al voluptuoso placer de tomar un baño de sol tal como mi madre me echó al mundo; un lujo que el pudor y las normas de urbanidad rara vez le permiten a uno.

Vista desde el Asta hacia el norte

De modo que, cuando regresé de El Salvador ayer por la tarde, ya había apalabrado el hostal y trazado mi idea de quedarme allí un par de días.

Durante estas tres jornadas que he pasado en Diego de Almagro he hecho un importante descubrimiento: para comer en Chile sin que te arranquen la cabeza (como dicen los argentinos) no hay que ir a los restaurantes, sino a los comedores. Ese es el truco. Los restaurantes son para el turisteo y sus precios, hasta en el más popular, son desmedidos. Por un perrito caliente con una bebida te cobran lo que por un menú de día laborable en cualquier lugar de España. Los comedores, en cambio, son para los trabajadores (mineros, en esta región) y funcionan a base de menú, que, aunque no tan abundantes como los nuestros, cuestan la mitad. Uno de estos días atrás, errando por Almagro, di con uno de tales comedores, lleno de clientes hasta la bandera, y me dije tate, aquí está el tomate; así que a la hora de la cena me presenté allí y, en efecto, por siete lucas me dieron de comer aceptablemente bien. Enseñanza primordial si se quiere venir a Chile a turistear por una larga temporada.

Otra de las observaciones, ésta de tipo social, que he hecho durante mi semana larga de estancia en Chile se refiere a la popularidad –sí, aquí también– de tatuajes, piercings y toda suerte de estrafalarios ornamentos entre, sobre todo, la población femenina joven. Aunque en la sociedad que solemos llamar occidental esa costumbre ya no choca a nadie, me resulta muy llamativa aquí, en esta cultura y entre esta gente de rasgos aindiados. Admito que es sólo mi falta de costumbre y el contraste con mis imágenes preconcebidas sobre las sociedades amerindias, pero encuentro que estas chicas, con semejantes aderezos, tienen aún más aspecto de payaso que “las nuestras”.

En cualquier caso, este hecho me provoca la siguiente reflexión: ¿hasta qué punto es coherente esta moda con el indigenismo y la agenda identitaria promovidas por los gobiernos actuales, tan obedientes siempre a las directrices globalistas? Porque digo yo que o se fomenta la idea de una cultura autóctona, la reivindicación de una identidad grupal, de unos rasgos culturales y un floclore propio que fueron desplazados o incluso reprimidos por el colonizador europeo, o, por el contrario, se promueve el sentimiento de pertenencia a la “aldea global”, donde todos somos mansos “ciudadanos del mundo” (como si El Mundo fuese una ciudad) uniformados bajo las mismas consignas políticamente correctas que, de tan repetidas, mis lectores se sabrán ya de memoria: lo “inclusivo”, la “tolerancia”, lo transexual, la Nueva Normalidad®, el credo vegano, la economía digital, “salvemos al planeta”, etcétera; pero ambas cosas a un tiempo no tienen sentido. Se me antoja profundamente incompatible la defensa de valores “globales” con la del indigenismo y la cultura identitaria; aunque, por supuesto, es bien conocida la pericia de nuestros ideólogos para sostener una cosa y su contraria. Porque, vamos a ver: supongamos una costumbre autóctona consistente en que el hombre trae el sustento a la familia y la mujer se encarga de las labores del hogar; o en condenar o incluso apalear a los homosexuales; o en una economía de trueque o basada en fichas de plata como moneda de intercambio; o en castigar el adulterio con la muerte; o en vestir con taparrabos y adornarse con pigmentos en lugar de tatuajes… ¿Iban los gobiernos a fomentar, o siquiera tolerar, tales rasgos identitarios?

Huelga responder a esa pregunta retórica. Resulta que tanto las leyes como la nueva doctrina cultural prohíben y condenan todo eso, de manera que no dejan a lo verdaderamente étnico más que un estrecho margen de expresión que, en términos prácticos, lo vacía de contenido, pues lo más que se consiente (en realidad, se amplifica en lo posible) son algunas manifestaciones puramente folclóricas y sin mayores consecuencias: dibujos o adornos típicos, cierta música con resonancias tribales, algún idioma minoritario perfectamente inservible en el mundo moderno, etcétera. Es decir: paparruchas. En un mundo culturalmente colonizado por Occidente (para ser más precisos, por EE.UU.) y socialmente homogéneo, el indigenismo, la diversidad y el multuculturalismo no son más que delusiones, el inofensivo –para el sistema– sonajero con el que se distrae a la gente para hacerla olvidar su irremediable vulgaridad y la homogeneización de la que está siendo objeto; y también, de paso, una manera de fomentar el consumismo y activar artificialmente las economías de mercado, pues adviértase que la “reivindicación” de esos descafeinados rasgos culturales o étnicos siempre demanda una ostentación de objetos o una visible manifestación de actividades cuya producción y venta favorecen al capitalismo y, para colmo, en última instancia incrementan la presión sobre los recursos naturales del planeta al que tan hipócritamente se pretende querer “salvar”.

Y es a causa de esto por lo que, mientras aquí sentado me bebo mi cerveza Austral, me veo obligado a padecer la pavorosa visión de una camarera adornada con un multicultural piercing en el labio, embutida en una camiseta tres tallas más pequeña que la suya y en un inverosímil pantalón de plástico negro que hace destacar hasta el último pliegue adiposo, desde el ombligo hasta las rodillas. ¡Pobre muchacha! Y pobres clientes.

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Una charla en la estafeta postal

Panorámica de Almagro

28 de junio. Diego de Almagro

Escribo desde la primera planta (o la segunda para los habitantes de esta región del continente, influida por la cultura del Imperio Hegemónico, donde cuentan los pisos de un edificio empezando por la planta baja) de la misma cafetería en la que estuve ayer desayunando y luego anotando en este mismo cuaderno mis primeras impresiones sobre Almagro. El local se encuentra estratégica y convenientemente ubicado frente a la oficina de la Pullman Bus, la ubicua empresa de transporte de viajeros por carretera y la que más cobertura de rutas y horarios tiene en todo el país (o al menos en la mitad norte). Desde la cristalera, mientras escribo, vigilo

la llegada del autobús de las 11:00 procedente de Chañaral y que ha de llevarme hasta El Salvador, ese pueblo minero del que me habló el vecino de asiento que vino charlando conmigo ayer desde Copiapó. Se me ha antojado ver ese pueblo que, según me dijo el hombre y por las fotos que me enseñó, debe de ser muy original.

Anoche pasé algo de frío. Las temperaturas mínimas de estos días oscilan entre 13 y 15 grados, y como aquí las construcciones son de mala calidad, los tabiques delgados, los techos de chapa y el concepto de aislamiento térmico por completo desconocido, las casas se enfrían bastante por la noche; lo cual, sumado a que la mayoría de hostales (e incluso algunos hoteles) no tienen calefacción, hace que sea necesaria una ropa de cama abrigosa, de la que a menudo tampoco disponen. Tal es el caso del hostal Vicky, donde me albergo; y es una lástima, pues de lo contrario no me importaría nada permanecer en él varios días más pese a las fuentes de ruido ya mencionadas (clientela, tráfico, perros), ya que me gusta la atmósfera apacible y lenta de este solitario pueblo en mitad del desierto y en el que nadie parece tener prisa: con sus anchas y soleadas calles, su polvoriento bulevar, su ancha plaza pergolada y su general aspecto de abandono, como si hubiese vivido tiempos mejores, tiene Almagro ese romántico aspecto de far west que nos sugerían algunas películas “de vaqueros”.

Hablando, por cierto, de tiempos mejores, quizá la expresión venga a cuento también por otro motivo: Ayer pegué un rato la hebra con la encargada de la estafeta postal, a donde acudí para enviar al hostal Cactus, en Copipapó, la llave de la habitación que por descuido me había traído. Entre paréntesis, vale la pena anotar que, pese a franquear el envío como correo ordinario, hube de rellenar un prolijo impreso como los que usamos en España para el correo certificado; y es que en Chile no existe, por lo visto, la posibilidad de simplemente pegarle un sello a un sobre y meterlo en el buzón: para franquear una simple carta, según me dijo la señora, hay que pasar por la estafeta y depositarla allí. Pues bien: al trabar conversación con ella me sorprendió que me hablase en términos elogiosos de la dictadura de Pinochet (pese al sangriento régimen que se le atribuye), el cual -en su opinión- hizo más bien que mal al país. No es que yo sepa ni poco, ni mucho, ni nada sobre lo que hizo o dejó de hacer el –según opinión generalizada– infame militar, salvo que fue un dictador “de derechas”, pero me sorprendió porque muy poca gente tiene la entereza, hoy por hoy, de manifestar aprobación alguna hacia dictaduras que no sean “de izquierdas” (las cuales, por contraste, gozan de gran popularidad e incluso prestigio; pero, en fin, para algo es la siniestra quien controla las narrativas: por algo dijo mi tocayo Iglesias que, si llegaba a entrar en el Gobierno, se “conformaba” con que le dieran los medios de comunicación); y más teniendo en cuenta que mi interlocutora no pasaría tal vez de los cincuenta años; o sea, que no era una carroza de la que pudiera razonablemente suponerse que pertenecía a alguna vieja guardia militarista; pero quién sabe. Aun así, le atribuía al autócrata ni más ni menos que “la prosperidad que hoy existe en Chile” (sus propias palabras); aunque esto de la prosperidad habría que matizarlo bastante, en mi opinión: quizá el país esté algo por encima de sus vecinos del cono sur en calidad de vida, pero, habida cuenta lo que de momento estoy viendo, no me parece que sea como para tirar cohetes ni hacer muchos alardes.

Nuestra conversación empezó al transmitirle yo mi sorpresa por el precio del franqueo de una simple carta, que es cuatro o cinco veces lo que cuesta en España; y de ahí pasamos a hablar de otras cuestiones. Me contó, por ejemplo, que aquí las minas son todas propiedad del Estado, si bien su explotación corre a cargo de empresas privadas, alguna que otra nacional pero en su mayoría extranjeras. Habló de Estados Unidos, pero no mencionó a Reino Unido; cosa curiosa, porque me extrañaría mucho que la pérfida Albión no tuviese aquí bien hincadas sus garras. Frente a mi crítica de que fuesen terceros países quienes se llevaran la mayor tajada de la minería, ya que seguramente las concesiones dejan más bien poco al poseedor de los recursos, ella opinaba que era mejor así porque, en caso contrario, la corrupción política nacional se lo llevaría todo. No quise plantearle una nueva objeción a este argumento, pero pensé que, aunque fuera correcto en su esencia, ¿no sería mejor que todo el beneficio se quedase en las manos de corruptos propios que no en las de honrados ajenos… suponiendo que lo sean? Así, al menos, parte de ese capital se quedaría en Chile y en alguna medida, por pequeña que sea, redundaría en una mayor riqueza general para el país. No llego a entender ese punto de vista, tan extendido entre cierto tipo de mentalidad, según el cual, con tal de que “los nuestros” no se enriquezcan injustamente, es preferible que sean empresarios foráneos quienes exploten los recursos propios.

Un tema en el que estuvimos bastante más acordes fue el de la ideología de género. Se escandalizaba la buena mujer de que ahora les enseñaran a los jóvenes que hay más de dos géneros (palabra ésta del ideario transhumanista para soslayar el insalvable escollo científico que para los promotores y partidarios de esa agenda supondría decir sexos), idea que, por supuesto, no entra en cabeza sana alguna. Pero, claro, ¿qué joven que haya sido “instruido”, en el mejor caso, o –más comúnmente– adoctrinado durante las últimas dos décadas puede hacer gala de una cabeza sana?

Me habría gustado conversar más largo con ella, que por lo visto tenía cierto nivel cultural y no estaba del todo desinformada, pero el lugar y el momento no eran los más favorables para un extenso intercambio de opiniones. Quise llevar la charla hacia la universalidad de las nuevas tendencias ideológicas y culturales. Por ejemplo –le planteé– ¿no es extraordinaria casualidad que, en el transcurso de apenas una década, como mucho dos, la mayoría de las sociedades del mundo hayan adoptado idénticos puntos de vista respecto a determinados temas? La simultaneidad temporal y espacial, en apenas unos años y por todos los rincones del orbe, en el surgimiento de todas estas nuevas doctrinas (la identitaria, la de género, la vegana, la covidiana, la climática, la multicultural, la indigenista, la multiracial, etc.), ¿puede acaso haber sido espontánea, casual? De repente, un buen día, ¿se despertaron todos los habitantes de la Tierra –o al menos los gobiernos del mundo– interesados por los mismos temas, sensibles a las mismas inquietudes? ¿Estamos ante un “contagio cultural” de virulencia sin precedentes en la historia humana, y en virtud del cual sociedades y culturas muy distintas empiezan a pensar de idéntico modo al unísono? ¿O no será, más bien, que todas esas ideas han sido inoculadas universalmente a través de los gobiernos y de las infinitas terminales mediáticas que cierta élite global de inmenso poder financiero controla por encima de las soberanías nacionales? De hecho, es innegable –y ahí están las pruebas, al alcance de todo el que quiera verlas– que algunas de esas entidades supranacionales, con capacidad real para influir en el modo de pensar de billones de personas, están impulsando –por razones y con fines que no me resultan discernibles– cierta agenda ideológica en el mundo entero. Por supuesto, los débiles de espíritu, los políticamente comprometidos y las mentes menos despiertas califican esta idea de “conspiratoria”; pero es necesario carecer de todo espíritu crítico para que los acontecimientos de las últimas dos décadas no hagan saltar ninguna alarma en el ciudadano alerta.

Pero la funcionaria de correos, en la misma onda de pensamiento que yo, recogió mi invitación sólo parcialmente y llevó la charla hacia el tema concreto del indigenismo. Esta nueva corriente le parecía una solemne bobada. “Vamos a ver –me dijo–: yo considero que mi historia comienza con los españoles; mi pueblo es el que surgió tras la llegada y conquista de los españoles, y mi cultura es su cultura cristiana; lo que había aquí antes era bárbaro y, gracias a Dios, desapareció hace siglos. Pues, ¿qué deberían de haber hecho los españoles con los indígenas? ¿Matarlos a todos, como hicieron los ingleses en Norteamérica?” Tenía toda la razón; aunque, ay, no sé yo cuántos chilenos habrá que opinen como ella. Desde hace diez o quince años vienen  impulsándose mucho (a instancias foráneas, claro está) estas ideas indigenistas que, tras la máscara biensonante de la multiculturalidad y el identitarismo, sólo buscan fragmentar y debilitar las sociedades y los países. Y Chile es un candidato prioritario para tales designios porque en su subsuelo hay valiosísimos recursos minerales (necesarios –por lo demás– para llevar adelante esa otra agenda, la verde) que serán tanto más fáciles de exploiar cuanto más dividido y frágil sea el país.

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Diego de Almagro

Plaza central

26 de junio. Diego de Almagro.

Miro por la ventana del restaurante cómo la brisa mece las hojas de las plantas que, colgadas del pórtico en tiestos, sombrean la terraza, y más allá mueve también el ralo foliaje de los macilentos arbolillos que ornan el polvoroso bulevar al otro lado de la calle, transitada por algunos vehículos que circulan despacio, como si no fueran en realidad a parte alguna. Quizá tengan las gentes de aquí su propio Yukon time, esa noción del tiempo a la que no afectan las premuras o urgencias de la vida moderna. El sol del mediodía, en un cielo sin asomo de nubes, proyecta las sombras un semirrecto hacia el sur. Sobre mi mesa, una jarra de Austral Calafate fesca y amarga como es debido: con esta temperatura y sequedad no me apetece otra bebida. El equipo de sonido del local emite –a poco volumen, gracias a Dios– no sé qué música pachanguera con deje sudaca.

Estoy en Diego de Almagro, Atacama, a donde he llegado esta mañana –gracias a un golpe de suerte– procedente de Copiapó. Y digo que ha sido suerte porque compré ayer el billete online y, al presentarme hoy en la terminal de buses, resultó que me había equivocado de fecha y lo había cogido para mañana. Menos mal que quedaban varios asientos libres y pude comprarle otro pasaje directamente al conductor. Era un asiento más caro, pero me salió a menor precio; y es que –como no sé si he dicho ya– aquí en Chile, en los autobuses de larga distancia,

si no tienes billete y hay plazas libres para el trayecto, los conductores te lo venden más barato que en taquilla o por internet, y se reparten el dinero. Una costumbre, al parecer, muy generalizada en este país y con la que todos ganan salvo la empresa; pero es por la propia inflexibilidad de sus sistemas de venta, que no permiten comprar un pasaje en el último minuto. En cualquier caso, este uso es para el paisano medio una forma económica de viajar de un lado a otro, siempre y cuando esté dispuesto a asumir la eventualidad de que no haya plazas para el trayecto y horario que necesita.

Pese a venir con sueño y tener un asiento de salón cama (butaca reclinable en ángulo llano) no pude dormir, pues mi vecino se empeñó en pegar la hebra conmigo; pero en el fondo me alegré, ya que el hombre, trabajador en una empresa minera, me contó cosas interesantes sobre la zona. Por ejemplo que toda esta región, rica en oro y cobre, vive de la minería. Según me dijo, en los últimos años (debido, supongo yo, a las demandas que el engañoso fomento del coche eléctrico ha multiplicado) ha habido un enorme auge de dicha actividad, lo cual se traduce en un crecimiento acelerado de la población temporaria (en su mayoría mano de obra cualificada extranjera) por todas estas regiones y también, cómo no, en un aumento exorbitado de los precios.  Aparte de esto, me describió Diego de Almagro como una típica localidad minera, con unos 15.000 habitantes según los datos, si bien en el pueblo mismo quizá no viviera ni la mitad de esa gente, el resto esparcida por otros asentamientos de la zona, como por ejemplo El Salvador, una comunidad a sesenta quilómetros de aquí en dirección a la cordillera, fundada en 1960 para dar servicio a la minería y en la cual trabajaba él (mi vecino de asiento), empadronado sin embargo en este pueblo.

Estación abandonada

En medio de un inclemente páramo de arena y piedras, Almagro (como para abreviar lo llaman los chilenos) tiene poco más de una milla de diámetro, y su densidad urbanística es muy baja, pues entre sus anchas calles –con edificaciones de una planta– se intercalan varios parques, plazas, solares y descampados, instalaciones de minería y hasta una infraestructura ferroviaria abandonada. Más allá de sus vagos límites, el desierto parece querer ponerle sitio al pueblo por sus cuatro costados.

Puro y hermoso desierto, austero y sublime (si bien fecundo en codiciados minerales), son también las veinticinco leguas del trayecto desde Copiapó hasta aquí, por una carretera que discurre en sus cuatro quintas partes a lo largo de un valle casi totalmente plano faldeado por sendas sierras, más baja la de poniente, más escarpada la de oriente, que asciende buscando los Andes. Y a ambas manos de dicha carretera la supina e irremediable codicia humana ha destrozado, con la disculpa de proteger al planeta gracias al coche eléctrico, la bella armonía del planeta que venía permaneciendo inmutable desde hace millones de años; y es que por el camino conté no menos de seis plantas fotovoltaicas de monstruosa extensión: unas 400 hectáreas la más pequeña y unas 1200 la mayor. ¡Si Dismukes levantase la cabeza!

Una calle de Almagro

Caminando por las anchas y despejadas calles de Almagro se cruza uno a cada rato con hombres, solos o en grupos, vestidos con atuendo de trabajo y, a menudo, con el inconfundible chaleco reflectante. He encontrado varios comedores que, aunque no sean de empresa y sirvan a todo el mundo, viven sobre todo de los almuerzos para trabajadores del sector minero, entre quienes no es raro ver algunas caras agringadas: los ingenieros o directivos de las empresas e industria auxiliar del sector, cuyo capital es –me atrevo a apostar– en su mayoría británico, estadounidense o chino.

Hablando, por cierto, de chinos, me ha llamado la atención (iba a decir “sorprendido”, pero he rectificado a tiempo) la mucha presencia que sus comercios tienen en Chile. Será prque ambos se escriben con “chi”. Por doquier se ven restaurantes y tiendas de la Nación del Centro, que conforman — como sólo algunos sabemos– la red de información que el Partido Comunista de China suele desplegar allá donde se extienden –o planean extenderse– los intereses económicos de su país. Cada inofensiva “Tienda del chino” es una captadora y emisora de información para Pekín: la mayoría de ellas están respaldadas por –o como mínimo subordinadas a– su Gobierno, el cual les permite hacer sus negocios tranquila y libremente en el extranjero –si es que no se los financia directamente– siempre y cuando sean leales al Régimen y respondan cuando se les pregunte.

27 de junio. Mismo lugar.

Agoniza el mes de junio y comienza el invierno en el hemisferio sur, que en Atacama significa temperaturas muy agradables durante el día y bastante frescas durante la noche, con una oscilación en torno a 14 ó 15 grados. Salvo mis primeras treinta horas en Chile, entre Santiago y Coquimbo, donde estuvieron los cielos nublados a causa, supongo, de la mayor latitud o la influencia del mar, el resto de los días ha brillado el sol sin estorbo alguno.

Estoy escribiendo desde una cafetería del “centro” de Almagro, donde he venido a desayunarme. Un sabroso y ácido zumo de naranja natural (fruta procedente de la 4ª Región), un mediocre café de máquina automática y un breve pastelillo suman el módico precio de… el doble que en cualquier bar normal de España. ¡Qué Chile este!

El hostal donde he venido a alojarme en esta localidad queda fuera de su casco urbano, sobre “el cruce” por antonomasia, que es un lugar algo ruidoso debido a que por ahí no deja de pasar tráfico pesado casi las veinticuatro horas del día; aunque por suerte no resulta un ruido demasiado molesto, porque ni es muy escandaloso, ni constante (¿quizá uno o dos camiones al minuto, por término medio?) ni tampoco rítmico. Bastante más enojosos se me hacen los automóviles que transitan por allí de cuando en cuando, a manos del típico y ubicuo imbécil que lleva el silenciador trucado o va a escape libre. Por otra parte, como el Vicky es el alojamiento menos oneroso del pueblo, se albergan en él de manera semipermanente varios trabajadores que, como son habituales y se conocen, gustan de charlar o ver la tele por la noche, y sus voces o sonido atraviesan sin la menor dificultad los tabiques de la habitación. Pero dentro de esta misma categoría de precios no he encontrado ninguna alternativa en Almagro: el siguiente nivel salta dos o tres escalones y hablamos ya del equivalente en coste (que no en calidad, pues las valoraciones que leo por internet no son muy elogiosas) a los hoteles de cuatro estrellas en España. Por lo demás, me gusta mi habitación: le da el sol todo el día y me entretiene mirar, desde la ventana, el movimiento del cruce, o relajar la vista contemplando, más allá de las casas del pueblo, hacia el norte, los cerros de un pequeño sistema montañoso. Sólo echo en falta una mesa y una silla, si bien tal circunstancia (por buscarle el lado positivo) me sirve para no apalancarme allí todo el día y forzarme a dar una vuelta, a mover las piernas deambulando por los alrededores. El Vicky es, además, un hostal muy informal, casi familiar, donde todo es flexible y negociable, sin reglas ni horarios rígidos. La recepcionista aparece cuando le viene bien, pero si no está tengo libertad para llamarla a su teléfono personal. En el fondo, tal vez sean estas pequeñas cosas, esta mezcla de luces y sombras, lo que enriquece la experiencia de un viaje.

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Los Rothschild y el petróleo ruso

El blog Crónicas eslavas publica otro interesante artículo que vale la pena traducir y compartir. Dice así:


Oleg Tsarev hace algunos comentarios sobre una entrevista a Khodorkovsky respecto de Yukos Oil [una de las gigantes petroleras rusas] publicada recientemente.

Para quien no los conozca, los antecedentes del caso son los siguientes: [a inicio de la era Putin] Khodorkovsky había decidido comprar Yukos con la ayuda de Exxon, lo cual iba a permitirle controlar un cuasi monopolio del petróleo en Rusia. Sin embargo, la movida le costó el indisponerse contra Putin y su círculo de oligarcas y agentes secretos. Como Khodorkovsky y su amigo Berezovsky lo habían ayudado a llegar a la presidencia manipulando las elecciones y proporcionándole buena cobertura mediática, probablemente pensaron que era su hombre. Pero Putin y su entorno inmediato se volvieron en contra de ambos [les expropiaron la recién privatizada Yukos] y los enviaron a Londres con el rabo entre las patas. Desde entonces,

la facción de Khodorkovsky y Berezovsky ha venido financiando desde la capital británica varios proyectos de oposición permanente. El más conocido es el partido Yabloko, que no es más que un círculo de pederastia organizada disfrazado de partido político.

Entre paréntesis, es importante saber que sólo hay dos facciones políticas reales en Rusia: los convergentes “conservadores” y los convergentes “liberales”. Ambos bandos quieren unirse al Nuevo Orden Mundial, pero los conservadores aspiran a mejores condiciones para las élites de Moscú y están dispuestos a ponerse muy duros, usando vidas eslavas como carne de cañón, con objeto de forzar a Occidente a cumplir sus viejos compromisos con la élite soviética respecto a gobernar el mundo en pie de igualdad. Al principio, Putin comenzó su política como un convergente “liberal”, afanándose por reducir Rusia a una satrapía de Washington. Sin embargo, después cambió de sintonía y empezó a exigirles que cumplieran al menos algunas de las promesas originales hechas a la élite de la URSS.

Al final esto le ganó la ira de la prensa occidental, que decidió retratarlo como Textualmente Hitler®. Como es natural, usando el simple heurístico “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, muchos descontentos de Occidente decidieron que, en ese caso, para ellos Putin era lógicamente Nuestro Hombre®. En realidad, ninguno de esos dos retratos del líder ruso es verdadero. Pero ya me extenderé sobre eso en otro momento.

Baste decir por ahora que tanto los liberales como los algo menos liberales en Occidente utilizan la crisis Yukos Oil/Khodorkovsky para demostrar que Putin es o bien Textualmente Hitler® o bien Nuestro Hombre®.

Y acabado este preámbulo, he aquí lo que al respecto opina Oleg Tsarev:

El oligarca y agente extranjero [no ruso] Mikhail Khodorkovsky, expropietario de la compañía Yukos Oil, la mayor de Rusia al inicio del siglo XXI, ha revelado quién fue el verdadero mecenas del sistema de los siete banqueros en Rusia.

Aunque nadie lo crea, los llamados siete banqueros que dirigen la nueva Federación Rusa son todos banqueros étnicos. Hay quien dice que eran ocho en realidad.

Jacob Rothschild, muerto en febrero de este año, estuvo a la cabeza de la filial británica de la familia desde1990 a 2024, así que era él quien manejaba los negocios del clan durante la época en que los recursos y bienes de la URSS se privatizaron a precio de saldo.

Además, de las palabras de Khodorkovsky se sigue claramente que esa privatización se llevó a cabo bajo el control de los Rothschild.

En octubre de 2003 el diario estadounidense The Washington Post escribía alarmado, respecto al caso Yukos, que: “En términos de dólares, estamos siendo testigos de la mayor expropiación ilegal de patrimonio judío en Europa desde los pogromos nazis de los años 1930.”

Este fue más que nada el origen del punto central tras el relato “Putin es Textualmente Hitler®”.

Lo cierto es que cualquier cosa que este Putler pudiese hacer contra cualquiera que en aquella época tuviese un mínimo de riqueza o poder en Rusia habría constituido inevitablemente antisemitismo hitleriano. Estoy seguro de que, si hubiera podido, habría ido contra nacionales rusos [no semitas] que fuesen ricos e influyentes; pero es que, por desgracia, no había ninguno.

Por mi parte, he escrito muchas veces que las compraventas del delictivo programa de privatización deberían revisarse. Y hacerlo con mecanismos transparentes. Ofrecer, a quienes adquirieron las empresas privatizadas, la opción de abonar la diferencia respecto a su valor real, o bien que las devuelvan al patrimonio estatal a cambio de un reembolso por lo que en su día pagaron por ellas.

Si Tsarev está abogando aquí por nacionalizar esos activos en su día robados y ahora en manos de banqueros privados étnicos, que tenga cuidado, porque eso significa que ¡él también es Textualmente Hitler®!

En consecuencia, apoyo por completo la devolución de YUKOS a la propiedad estatal. La solución es correcta. Pero quería apuntar algo más.

Le pregunté a personas relacionadas con la política internacional por qué Gran Bretaña tiene tal odio irracional hacia Rusia. ¿Cuál es la causa? Es imposible explicarlo lógicamente. Dos países capitalistas sin contradicciones ideológicas pero con una obvia confrontación.

Los “anglosajones” que manejan la City de Londres (un pequeño Hong Kong autónomo en el corazón de la ciudad) odian a Rusia por resentimiento étnico. Odian a los eslavos, ni más ni menos. También odian a otros europeos, por ejemplo los alemanes, pero no tanto como a nosotros.

Este odio hacia los rusos se ve también en los escritos de los primeros Padres de la Iglesia. En aquella época se nos conocía como los hiperbóreos, y el autor de Origen escribe furibundo que él y su gente fueron en realidad los más antiguos, sabios y espiritualmente desarrollados, no nosotros. Por desgracia, los agentes de Jerusalén sobornaron y mezclaron su sangre con la nobleza de Kiev-Rus, tras lo que siguieron siglos de represión espiritual regresiva de la que no nos hemos recobrado.

Reino Unido estuvo tras la decisión de Zelensky de incumplir los acuerdos de Minsk, lo cual provocó la guerra. R.U. arruinó los acuerdos de Estambul que podrían haber finalizado el conflicto poco después de empezado. Gran Bretaña hace todo lo posible para asegurar que la guerra no acabe.

Me dijeron que tenía razón. Que detrás de todo esto hay algo personal entre las élites de Londres y Putin. Probablemente hay dinero en ello. No conozco la respuesta, pero quizá pueda encontrarse tras las palabras de Khodorkovsky respecto a la familia Rothschild. Tal vez no eso mismo, pero algo parecido.

Se refiere a la mencionada entrevista. Se puede encontrar otro resumen de ella aquí:

Mr. Khodorkovsky se entregó y confesó. Tras haber privatizdo una propiedad pública, le entregó su control a un hombre honrado, el oligarca useño Rothschild. Los oligarcas useños son ejemplos de honor, decencia e interés por la humanidad. Son inefables y sagrados, no como los oligarcas de otros países. 😄 Me pregunto si el idiota de Khodorkovsky de verdad cree eso, o si es un show para engañar a los bobos.

NOTA: Rothschild es téctnicamente británico, no useño, aunque, para ser precisos, es un fenicio étnico.

(…)

He visto otra vez este episodio de la entrevista de Khodorkovsky en el que admite que Yukos, de hecho, pertenecía al oligarca useño Rothschild.

Todos recordamos lo que ocurrió con Yukos. Resulta que Putin, torpemente, se la arrebató a Rothschild y metió a su hombre en la cárcel. A partir de esto se sigue naturalmente la conclusión de que la idea de algunos fervorosos patriotas según la cual los oligarcas useños telefonean a Putin para darle órdenes no es muy acertada. Una persona que recibe órdenes no puede arrebatar semejante bocado de riqueza a sus amos.

Correcto. Putin y la facción que lo respalda (los de Andropov, convergentes conservadores) quieren su porción de tarta. Creen que es a ellos a quienes corresponde efectuar el saqueo. Este es el principio informador de la “corrupción patriótica” de la que Dugin solía hablar. En otras palabras, las élites del shtetl [aldea judía en el este de Europa] oriental sienten que Rusia y partes de las anteriores repúblicas soviéticas son su patio, y pelearán hasta cierto punto para asegurarse de que sus primos en Nueva York y, aparentemente, en la City de Londres no interrumpen la operación de pillaje.

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Mis cuatro días en Copiapó

Peculiaridades chilenas de la comida china

El autobús en que vine hasta Copiapó salió de Coquimbo con bastante retraso, pero el viaje fue muy cómodo. Además, como compré un asiento de los llamados “salón cama” en la primera fila del piso superior, pude disfrutar a gusto del paisaje. La carretera se alejó en seguida del mar y transcurrió ya, para el resto del trayecto, por otro mar, cada vez más árido y seco: uno de eriales y cerros pedregosos, yermos, sin vegetación alguna (o tan diminuta que no pude apreciarla en la distancia). Total: seis horas de montañas peladas y parduzcas, enormes cuencas desnudas o llanuras arenosas salpicadas con algunas dunas. Al final, en el fondo de un amplísimo valle circundado por cordilleras,

desde la altura de la meseta vi Copiapó, extendiendo sus calles de noroeste a sudeste y formando, junto con el vecino pueblo de San Fernando sin solución de continuidad, un largo y único núcleo urbano de unos ocho o diez quilómetros de longitud.

La trampa turística de la exención del IVA en Chile

El asunto del alojamiento no fue un aterrizaje suave, aunque tampoco tan accidentado como el día anterior en Coquimbo. La cosa fue así:

Había reservado habitación en un hotel de la cadena internacional Ybis, que –aunque cara para lo que ofrece– es lo bastante seria como para respetar la exención del 19% de IVA a turistas extranjeros, lo cual supone un goloso ahorro; pero al pagar surgieron dos inconvenientes, uno salvable y el otro no. Resulta que, al objeto de beneficiarse de dicha exención, hay que pagar en divisa extranjera (los hoteles admiten casi exclusivamente dólares, rara vez euros y nunca otra moneda), pero los establecimientos no traducen el precio en pesos a divisas según el cambio oficial, sino según el que les parezca oportuno, por supuesto siempre desfavorable para el cliente. He ahí la trampa. No obstante, como la diferencia era poca, acepté pasar por el aro. El problema fue que, a la hora de realizar el pago, me ocurrió exactamente lo mismo que el día anterior con el bus desde el aeropuerto hasta Santiago: el datáfono no aceptaba mis tarjetas de débito (andando el tiempo aprendí que esto era igual en todo el país; importante información para el viajero extranjero en Chile); así que, como no llevaba tarjeta de crédito ni dólares frescos en cantidad suficiente, tendría que pagar en pesos –y por tanto sin descuento– o buscarme otro hotel. El lector que ya vaya conociéndome adivinará que opté por esto último, si bien valga decir en mi descargo que el precio del Ybis con IVA se me salía de presupuesto, máxime habida cuenta de que dicha cadena no es la octava maravilla.

De hospedaje en hospedaje

Como ya eran cerca de las siete y no estaba yo para andar con muchas exigencias me conformé con lo primero y más cercano que encontré, y que gozaba de aceptables referencias en internet: el Amaru, un pequeño hospedaje de seis u ocho habitaciones, limpias y con calefacción, más desayuno incluido. Aunque la calle era muy ruidosa, el cuarto vacante que les quedaba no tenía ventana al exterior, y como ya era de noche poco me importaba lo oscuro; así que me vino como un guante. Además el resto de huéspedes eran trabajadores, de modo que la quietud fue casi absoluta. Después de todo, la maniobra no me salió mal. Cuando le mencioné a la recepcionista o dueña la exención del IVA me puso una cara de “no, no” (ya empezaba yo a darme cuenta de que muy poco provecho iba a poder sacarle a ese reclamo turístico chileno), pero igualmente pude arrancarle una rebaja porque le insinué que, de otro modo, reservaría y pagaría través de Booking, con lo cual ella obtendría un menor beneficio.

Una vez duchado y mudado lavé alguna prenda de ropa y salí luego en busca de un lugar para cenar. De camino pude ver que la inmensa mayoría de las construcciones en Copiapó son de una sola planta, algunas de dos, salvo unos muy pocos edificios altos. Las calles, algo estrechas, son de un único sentido y soportan un tráfico constante pero fluido. La población de todo el término, según los datos que he encontrado, ronda los 150.000 habitantes, pero no sé cuántos de ellos vivirán en el conglomerado urbano. Cené en el restaurante El encuentro familiar, como ya describí en un anterior capítulo, y de regreso a mi pensión me dediqué a reservar otro alojamiento algo mejor y menos caro para los días siguientes.

Tras esa primera noche en la mencionada celda sin ventana exterior, donde por cierto dormí bastante bien, me mudé a otro hostal considerablemente más alegre y con abundante luz diurna. Era un pequeño negocio familiar, ya casi en las afueras, con seis o siete habitaciones generosamente bañadas por el sol y abiertas directamente a un despejado patio interior de tierra que fungía también como aparcamiento. Los cuartos eran espaciosos y limpios, con el suficiente mobiliario, mullidas camas y una mesa bajo la ventana, por la que entraba a raudales la luz directa del astro rey. Un lugar en el que me habría quedado una semana de no haber sido por dos problemas: uno, el constante ruido del tráfico e incesante ladrido de los perros; otro, la usurera actitud de la dueña, que me cobró más por la segunda noche (con una inverosímil disculpa que sería larga de relatar) que por la primera, pese a haberle pagado aquélla en mano en lugar de a través de Agoda, con lo cual ella se ahorró, además, la comisión que esa plataforma les cobra a los hoteleros por cada reserva.

Así que, no queriendo recompensar ese detalle avaricioso, me busqué para la siguiente –y última– noche en copiapó un tercer alojamiento. Este quedaba aún más alejado del centro que el anterior, y acabó costándome en incomomodidad más de lo que me ahorró en platita, que fue poco: el hostal Cactus, del que ya algo quedó dicho en el capítulo anterior. Allí, mientras duró el calor diurno, estuve la mar de bien, pero dos o tres horas después del crepúsculo empezó a derramarse, paredes abajo de mi cuarto, una corriente de aire frío procedente del techo que me obligó a dormir con la ropa puesta; y aun así me desperté de madrugada medio aterido. No llegué a descubrir por dónde se colaba aquella corriente fría, pues rendijas no vi ninguna. Quizá era simplemente culpa de la irradiación nocturna, que enfriaba el techo de fino contrachapado y éste, a su vez, el aire interior. Esto, sumado a los inevitables ladridos de los perros callejeros (de los que toda Iberoamérica parece tener inagotable suministro, como si los criaran en enormes granjas y luego los soltaran por todo lo largo y ancho del continente) y los no menos frecuentes ruidos de coches o motos a escape libre, determinó que esa última noche en Copiapó durmiese bastante regular. Tal fue el precio que pagué por aferrarme a mi sentido de la ética social.

Breve consideración sobre el consumo cívico

Y es que soy yo de la opinión de que al ciudadano, si desea mejorar su sociedad, le cabe tanta responsabilidad personal en intentar “educarla” como la que les corresponde a los poderes públicos o a los poíticos. No vale quejarse, creo yo, de las prácticas abusivas o usureras de los comerciantes si luego va uno y las recompensa –teniendo razonable ocasión de no hacerlo– reincidiendo en la compra de sus productos o servicios. Y quizá contribuya uno, con tales hábitos “educativos” y –desde mi punto de vista– cívicos de consumo, a combatir dichas malas artes del capitalismo mal entendido, más que tantos como a sí mismos se dicen anticapitalistas pero que luego, en su día a día, resultan ser los primeros aburguesados. Vamos, pienso yo.

Por lo demás, nada especial hice durante mis cuatro días de estancia en Copiapó; lo de siempre: escribir, pasear, leer, escuchar las noticias sobre la guerra en Ucrania y, llegada la hora, sentarme a comer o cenar en algún restaurante; el último de los cuales fue, por cierto, el primero donde, en Chile, me han puesto un plato intragable: un filete fibroso, correoso como suela de zapato y excesivamente asado, guarnecido con un insípido arroz y una rodaja de tomate seca y blanquecina. O sea, una basura que, para colmo, me costó diez o doce lucas. Pero son los gajes del viajero que no conoce los lugares y que, además, se pasa a veces de ahorrativo. Está costándome trabajo asumir el elevado nivel de precios en Chile, pero no me quedará más remedio si quiero mantener mis planes de pasar aquí los tres meses. Ya veremos qué acabo haciendo.

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La cobardía de Putin

Hace un par de semanas el blog de substack Crónicas eslavas publicó un artículo titulado ¡COBARDE! Putin ha alcanzado un nuevo mínimo con su reciente falta de respuesta al ataque de Kiev a las instalaciones nucleares. Me parece que el texto contiene interesante información respecto a ese y otros temas. He aquí mi traducción al epañol.


Creo que, llegados a este punto, la OTAN podría atacar a Rusia con armamento nuclear sin que Putin hiciera absolutamente nada, aduciendo sin duda que eso es lo moral y humanitario; y tendría razón, ¿no? Devolver el golpe cuando te golpean sería un poco… en fin, malvado, ¿verdad? Recuérdese que esta es una guerra humanitaria por la superioridad moral.

Estoy refiriéndome a los recientes atentados del ejército ucraniano a los radares rusos del sistema de alerta temprana contra misiles. Según la opinión de un informante,

dicho atentado no es iniciativa de Kiev, sino un encargo hecho por EE.UU y Gran Bretaña.

La estación atacada (Voronezh-DM) no tiene nada que ver con el Distrito Militar Norte en Ucrania. Es un componente de nuestra seguridad estratégica. Los estadounidenses, escondidos en este conflicto tras las manos de los ucranianos, han decidido privarnos de nuestros ojos en dirección sur. Quizá debamos esperar intentos de inutilizar el radar Voronezh-M en Lekhtusi (Región de Leningrado) para reducir la capacidad de defensa rusa en dirección norte.

Hay que insistir, porque es importante, en que los radares de alerta temprana no están en modo alguno involucrados en el conflicto ucraniano ni suponen amenaza para ellos. Los ángulos de visión de la estación apenas captan el centro del Mar Negro. Su función es advertir a Moscú de ataques con misiles nucleares por parte de un enemigo como la OTAN. Los intentos de inutilizar tales radares no pueden considerarse sólo como perpetrados por las FF.AA. ucranianas. Es un ataque de la OTAN.

Creo que la respuesta más adecuada a esta agresión sería prohibir e impedir que los aviones de reconocimiento de la Alianza operen sobre el Mar Negro. En otras palabras, destruir los aviones no tripulados tipo Global Hawk y “expulsar” con contundencia los aviones de reconocimiento estratégico tripulados, tipo Sentry y Rivet Joint.

La OTAN aumenta sin cesar tanto la intensidad del conflicto como su participación directa en él. Y esto no cambiará hasta que demostremos fuerza y voluntad para defender nuestra seguridad a toda costa.

La gente no está más alarmada por este reciente ataque porque no tiene memoria. No puede recordar lo que venía contándose hace un mes, así que no digamos hace medio año o un año. Hubo un tiempo en que el bombardeo de Crimea por parte de Kiev se consideraba una gran escalada. Ahora, en cambio, la atacan todos los meses con impunidad. La última vez, hace unos días:

Dos paseantes han muerto en el distrito Simferopol de Crimea como consecuencia de un ataque ucraniano.

Según el presidente de la república Sergey Aksenov, también se han registrado ataques en un almacén vacío del área Alushta. La zona está siendo auxiliada por empleados del Ministerio de Emergencias.

El canal de Telegram Mash informó sobre residentes de crimea que oyeron el sonido de las explosiones. Según información anterior, los sistemas de defensa antiaéreos registran un ataque masivo con drones.

Anteriormente el Ministerio de Defensa había informado sobre estos ataques a las FF.AA. en varias regiones del país y la efectiva inutilización de 51 drones sobre Crimea, 46 sobre Kuban, 6 sobre Belgorod y 1 sobre Kursk.

Pocos recuerdan los viejos tiempos, cuando se trazaron las líneas rojas orignales. La primera se refería a un posible ataque de Kiev sobre territorio ruso. Esa línea se cruzó hace años. Ahora dirigen sus misiles contra los sistemas de disuasión nuclear. Pero esto ya se ha olvidado, como tantas otras cosas.

En realidad, la pauta está bien clara:

Paso 1: Escalada de la OTAN y Kiev.

Paso 2: Moscú fanfarronea y a continuación recula.

No hay que ser muy listo para darse cuenta de que es una mala pauta. Y las oleadas rusas de misiles de castigo son ineficaces; sólo sirven para impresionar. ¿Acaso han logrado cortar los suministros militares a Kiev? ¿Siquiera entorpecerlos? ¿Qué efecto tienen esas oleadas si llevan haciéndose hace ya dos años y los frentes de batalla apenas se han movido?

Peor aún: Putin sigue suplicando de rodillas conversaciones de paz con la OTAN. Fuentes de información de Reuters confirman que Putin desea congelar el conflicto. Esto no es ninguna revelación. Hace meses ya dije que, para mí, lo único que encajaba con los hechos era que Moscú quería precisamente eso, y salvar las apariencias esperando conservar el territorio ganado. Después vendería eso como “misión cumplida” diciendo que sus objetivos eran desnazificar y desmilitarizar zonas, no toda Ucrania. Y es que si, como parece, para Putin y sus amigos “nazi” no significa más que “un recluta con un rifle”, entonces ahora hay más nazis que nunca en Ucrania; y si “desmilitarizar” significa menos armas y munición en Ucrania, resulta que ahora también hay más que nunca. Así que necesitan disfrazar el relato.

He aquí cómo lo cuenta Reuters:

Resumen

Según fuentes rusas, Putin:

  • está dispuesto a detener el conflicto en el frente
  • intentará ganar más territorio si es preciso para presionar a Kiev a negociar
  • no quiere realizar otra movilización nacional
  • no tiene intención de marchar sobre territorio OTAN
  • está preocupado por una escalada nuclear

MOSCÚ/LONDRES, 24 de mayo (Reuters) – Cuatro fuentes rusas han informado de que el presidente ruso Vladimir Putin está dispuesto a detener la guerra en Ucrania con un alto el fuego negociado que reconozca la línea actual del frente, y que está preparado para seguir luchando si Kiev y Occidente no responden.

Tres de tales fuentes, al tanto de las discusiones en el entorno de Putin, dijeron que éste ha expresado a un pequeño grupo de consejeros su frustración respecto a lo que percibe como intentos por parte de Occidente para obstaculizar las negociaciones, y a la decisión del presidente ucraniano de descartar cualquier conversación.

Poco después salió Peskov a negar esas afirmaciones. Pero Peskov es un mentiroso notorio. Aquí:

Peskov niega que Rusia esté dispuesta a negociar el asunto de las líneas actuales del frente ucraniano como se ha dicho en medios Occidentales (https://t.me/regnum_na/58010).

Hace notar que Putin ha dicho repetidas veces que está dispuesto a negociar la situación en Ucrania, pero con el fin de lograr los objetivos dentro del marco del Distrito Militar Norte de dicho país.

Según Peskov, dichos objetivos son claros y la realidad también lo es. La Constitución de la Federación Rusa precisa la composición de sus regiones.

Ah, sí, la Constitución.

En teoría, o mejor dicho en términos legales, actualmente Kiev ocupa territorio que Moscú ha reconocido como parte de Rusia. Por supuesto el bocado más grande es Kherson, y el ejército ruso lo abandonó sin oponer resistencia. Ahora bien, en Rusia NO está permitido hablar sobre Kherson. Punto. No se tolera la más mínima mención. Pero se puede hablar sobre tomar Odesa e incluso sobre marchar hacia Kharkov. Puede uno hablar sobre todos los nazis que va a fulminar. Toda esa fanfarronería y enseñar los puños para consumo de la prole es OK. Por eso lo que debemos preguntarnos es por qué.

¿Por qué no está permitido hablar sobre Kherson?

Sencillo. Porque Putin y sus amigos tienen planeado abandonarlo. Al menos, les gustaría abandonarlo a cambio de un alto el fuego. Pero la OTAN no tiene previsto de momento dejarle a Putin sacar la pata de la pifiada que hizo en Ucrania. Como de costumbre, al poco de pedir clmencia, Kiev y –por extensión– Washington lo rechazaron. Aquí:

Zelensky responde a la propuesta de alto el fuego de Putin

Volodymyr Zelensky no considera la opción de un acuerdo de alto el fuego con Rusia, que sólo tendría sentido si las tropas permanecieran en la línea fronteriza.

“El alto el fuego ahora… es muy, muy peligroso para nosotros”, – cita Kommersant de una entrevista a Zelensky para periodistas de Kazajstán, Kirguistán y Uzbekistán.

En una conferencia de prensa el 24 de mayo en Minsk, Vladimir Putin habló sobre reanudar las negociaciones sobre el conflicto en Ucrania.

“Creo que las conversaciones de paz deben reanudarse, no con la ayuda de ultimátums, sino del sentido común, y deben basarse en éste”, dijo Putin. “Es necesario comprender con quién se debe y se puede tratar para llegar a la firma de documentos legales vinculantes. Debemos estar completamente seguros de que tratamos con autoridades legítimas”.

Anteriormente había aparecido información sobre la disposición de Putin a poner fin al conflicto en Ucrania a través de un acuerdo de alto el fuego que reconociese las líneas del frente actuales. Al mismo tiempo, está dispuesto a seguir luchando si Kiev y Occidente no responden.

O sea, que Putin va a tener que dejarse los cuernos para conseguir la paz. A falta de eso, intentará mantener el conflicto cociendo a fuego lengo y hacer cuanto esté en su mano para no intensificarlo y llevar a cabo su desmilitarización poco a poco.

Por último, hay una buena noticia que vale la pena compartir.

Putin continúa despidiendo a los generales de la red de Shoigu –su ex ministro de defensa– desde que fue depuesto de su cargo. De momento no está claro cómo va a quedar todo una vez que se asiente el polvo, pero ya llevamos cinco generales despedidos por corrupción.

El patriotismo, según he comprobado, es sólo una cuestión de cuándo

Antes de tener un blog ya escribí varios artículos pidiendo purgas en el Ministerio de Defensa. Esto es lo que un optimista y esperanzado yo escribió a los pocos meses de empezar la operación militar especial:

Despedir a Shoigu daría mala imagen al Kremlin ahora, pero de cara a mejorar la capacidad militar de Rusia y continuar su distanciamiento del legado de los años 90 no es lo peor que podría ocurrir; de hecho los círculos militares se alegrarían con la noticia. También por esto, en parte, los expertos militares y los oficiales veteranos han sido tan críticos con el esfuerzo bélico hasta ahora. Los militares rusos creen que esta guerra está siendo dirigida por consideraciones políticas y no como una estricta operación militar. Es famosa la frase de Clausewitz: la guerra es sólo la continuación de la política por otros medios, y tal ha sido, ciertamente, el enfoque del Kremlin en esta operación. Pero ahora, una vez agotada la posibilidad de tomar Ucrania sin enorme derramamiento de sangre, mediante medios políticos, diplomáticos o subterfugio, el único camino es volver al viejo estilo de la fuerza militar. El ejército ruso ha abandonado Kiev y otras ciudades, y está concentrándose en Donbass para destruir las bien atrincheradas tropas ucranianas. Esto no es precisamente una buena noticia para la política exterior rusa y sus ambiciones políticas. Ahora van a morir decenas de miles de soldados ucranianos. También civiles. Las relaciones con Ucrania no volverán a ser las mismas.

Pero, internamente, este no es ni mucho menos el peor resultado, porque ahora la gente de guerra ha sido llamada a arreglar lo que los políticos han echado a perder; lo cual se traducirá en un aumento del poder y el prestigio del estamento militar ruso dentro del país.

Cuando dije eso me llamaron traidor y chaquetero. En cambio ahora, cuando otros se alegran de las actuales destituciones en el Ministerio de Defensa, se los llama patriotas y resulta que siempre tuvieron razón y yo siempre estuve equivocado. ¿Cómo es posible?

Básicamente, porque creen todo lo que a la autoridad se le antoja decirles que crean. Es lo único que tienen en sus cerebros. Que se consideren “patrióticos” o “conservadores” sólo significa que les cabrea que Occidente haya llevado la doctrina homosexual demasiado lejos. Así que simplemente se apiñan en torno a alguien, a cualquiera en realidad, que les diga que la cosa gay es “no, no”. Eso es todo. Putin no apoya la sodomía, luego ellos apoyan a Putin.

Vale, admito que no es la peor razón para apoyarlo, y el actual clon de Putin que entró en circulación política alrededor de 2018 le mete caña a lo LGTB. Me parece justo.

En fin, yo había empezado este artículo con algo referente a una inminente amenaza de guerra nuclear.

No debería admitirlo, pues el catastrofismo vende mucho, pero no creo que vaya a haber guerra nuclear. Estos ataques sólo tienen como propósito presionar a Putin, obligarlo a ceder y a aceptar los términos deWashington. Recordemos que este conflicto está amañado, y que el líder ruso y sus amigos están, simplemente, luchando con montañas de injustas normas en su contra a causa de su estatus no privilegiado en la jerarquía del Nuevo Orden Mundial. A Kiev se le permite hacer de todo, pero a quienes se les imponen líneas rojas infranqueables es a Putin y a sus amigos.

¿Me alegra que rueden cabezas de generales? Bueno, con la excepción del general Popov, sí me alegra. Pero veremos si a) sus sustitutos son mejor que la catatonia y b) hay alguna indicación de que van a tomarse la guerra en serio.

Una buena señal de esto serio sería que hiciesen más levas. Si al final de estas destituciones no hay una nueva mobilización, nada cambiará. Puede uno tener los mejores generales del mundo, pero, sin gente, lo único que puede uno hacer es esperar que le concedan unas generosas condiciones de rendición. Ucrania sigue reclutando en este mismo instante y tiene hombres de sobra para enviar a sus filas. Pronto la OTAN mandará soldados que cubran la retaguardia o la frontera con Bielorrusia para liberar aún más tropas ucranianas ahora acuarteladas por todo el país o junto a activos estratégicamente valiosos. Tales zonas se volverán intocables para Rusia en cuanto los soldados británicos o franceses aparezcan por ahí, ya que Putin jamás se arriesgaría a herir a un soldado OTAN. Así que Rusia va ahora contra el reloj para arañar alguna victoria antes de que Ucrania se haga inexpugnable.

Por desgracia, Putin y su equipo parecen más preocupados por engañar al campesinado doméstico y venderle sus abyectos fracasos como brillantes movidas maestras que por ponerse serios y moverse con rapidez. De él podemos esperar ahora un nuevo baño de sangre en Chasov Yar, una pequeña ciudad sin importancia por la que, en los próximos meses, probablemente morirán miles sin el menor objeto.

Pero si no consigue vender esto como una victoria no podrá seguir manteniendo la ilusión del apoyo popular en Rusia. Las guerras perdidas son catastróficas para la legitimidad de cualquier régimen político.

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Rumbo al desierto: Coquimbo y Copiapó

Cuidada playa de Coquimbo

Coquimbo junto al Pacífico

Copiapó, 25 de junio

El hostal se llama Cactus y la ciudad Copiapó, adonde vine hace tres días después de haber pernoctado en Coquimbo una sola noche, la primera de mi estancia en Chile, en una fría y chapucera habitación que reservé, sobre la marcha, entre la escasa oferta hotelera disponible cuando viajaba hacia allá desde Santiago. Arribé a esa ciudad al filo de las seis, poco después del ocaso y justo a tiempo para llegar aún con luz diurna al hostal (si así puede llamárselo), para lo cual tomé un colectivo (taxi compartido por varios viajeros) desde la terminal rodoviaria, como aquí llaman a las estaciones de autobús. El taxista tuvo que dar un rodeo porque la policía había cortado una calle en la que, según informaban por la radio, acababan de apuñalar a un hombre. Siniestra bienvenida. El dicho alojamiento, más albergue que hostal,

quedaba junto a la plaza del Cohete y no era más que una casa particular cuya dueña alquilaba en la planta de arriba tres habitaciones. Bastante inhóspita la que me tocó, tenía por todo mobiliario una cama, dos taburetes fungiendo de mesillas, un roperito descuajaringado y un entrepaño ocupado por un frigorífico minúsculo y un dispensador de agua. Daba al exterior un ventanuco que, a causa de un cable de antena, no cerraba bien y por la rendija entraban el frío de la noche y los ladridos de los perros del vecindario. Lo único decente era la cama, grande y cómoda. Mi “baño privado” estaba ubicado en la planta inferior y era aún más desapacible: estrecho, oscuro, húmedo, frío y poco limpio, no invitaba a usarlo para ninguna de sus funciones; pero no tuve más remedio que ducharme, pues desde que salí de Canadá no había tenido ocasión de hacerlo, y venía bastante necesitado. Por suerte, al menos, había agua caliente.

Este maravilloso alojamiento me costó lo mismo, al cambio, que una pensión en el centro de Madrid; con lo que queda todo dicho. No extrañará, pues, que a la mañana siguiente, antes de la hora del check out hubiese ya –en contra de mi costumbre– preparado la mochila y encaminado mis pasos a la estación de autobuses para continuar mi viaje hacia el norte

Limpias playas de Coquimbo

Di un rodeo por la curiosidad de pasar junto a la playa, que resultó de las más feas que haya visto nunca, llena de vertidos orgánicos e inorgánicos, sin que faltase algún electrodoméstico viejo. Medio centenar de barcas pesqueras se mecían fondeadas en la bahía y, en una calle paralela a la orilla, algunos puestecitos de pescadores vendían su mercancía fresca. La zona me pareció muy poco atractiva. Dejando el mar a mi espalda me dirigí al casco urbano, y en un tinglado callejero que me pilló de camino le compré a la tendera una empanada, por saber a qué le llamaban así en Chile (viene a ser una empanadilla enorme) y con idea de comerla durante el viaje. Antes de ir a la terminal rodoviaria me agencié un cuaderno en una librería y me refresqué después con un jugo de mango (también a base de pulpa congelada, como el de Don Elías) en un pequeño restaurante mientras, emborronando con el inicio de este diario las primeras hojas de la libreta, hacía tiempo hasta coger el bus.

Es Coquimbo una ciudad con acento marinero que ocupa casi toda la superficie del peñón sobre el que se asienta, el cual, más o menos del tamaño del de Gibraltar (antes de las ilegales ampliaciones), se adentra como éste en el mar a modo de península. Seguramente en su origen fue sólo el pueblo pesquero de la vecina y más principal ciudad de La Serena (fundada por un extremeño), que se encuentra en el centro de la amplia bahía, toda ésta una larguísima playa de 20 km de longitud. Ahí, orilla al Pacífico, es donde están los complejos turísticos y hoteleros, los bloques de apartamentos playeros, los bares y restaurantes chic; en resumidas cuentas: el dinero. Justo el ambiente que no me va, aunque el casco antiguo de La Serena es –según aprendería más tarde– muy diferente.

Copiapó en el páramo

El hostal Cactus es un alojamiento barato, montado en las traseras de una casa a base de habitaciones de madera entre las que discurre un corredor desigual, angosto y quebrado, bastante umbrío, que le da al conjunto un aspecto de judería. Este largo y estrecho patio está provisto aquí y allí de asientos y alguna que otra mesa, sentado a una de las cuales me hallo ahora, recibiendo sobre cabeza y hombros los últimos rayos de sol que hoy –pese a ser poco más de la una– van a incidir en este pequeño dédalo. Las habitaciones son frías y huelen demasiado a desinfectante industrial (del que muchos hoteles abusan sea por una neurosis higiénica, sea fruto del traumatismo colectivo ocasionado al mundo entero a raíz de la gripe covid), así que, mientras escribo, he dejado mi cuarto abierto de par en par para que se desodorice y se caliente un poco. La temperatura en Copiapó, durante los días que llevo aquí, está en unos ideales veinticinco grados de máxima, pero por las noches refresca considerablemente, y estimo que las mínimas andarán en torno a los diez Celsius, si no menos. Me gusta este clima continental seco, que aquí es superseco y, en esta época del año, no excesivamente caluroso. Si uno gusta de calentarse no tiene más que ponerse al sol, pues los cielos están siempre despejados. Estos días, además, hace algo de viento, que atempera los extremos. Es una lástima que la ciudad no sea muy agradable. Para mi gusto la encuentro bulliciosa, llena de ruidosos perros y bastante cara en comparación con España. La cerveza más barata, por ejemplo, cuesta tanto como la más cara en el mejor pub donde yo vivo; y sobre precios de restaurantes ya he hablado. El zulo donde hoy me alojo cuesta lo mismo que una habitación corriente allá en mi tierra.

Según me ha dicho la anfitriona del hostal donde he pasado las dos noches anteriores, Copiapó vive de la minería y por eso es tan caro; pero yo encuentro dudosa esta explicación, ya que aquí estoy viendo el mismo nivel de precios que en Coquimbo, Santiago u otras localidades donde he estado mirando alojamiento. Se nota, eso sí, que al país llega mucha divisa potente: euros, libras y sobre todo dólares useños; y se dejan sentir también los vicios del consumidor norteamericano, pues los restaurantes (hasta los más económicos) añaden en la cuenta una “propina sugerida” del 10 al 15 por ciento. Menos mal que aquí no es obligatoria para el cliente, como lo es por ley en Costa Rica.

Tempranas impresiones sobre Chile

De momento no están siendo especialmente favorables. Dejando a un lado los paisajes desérticos que tanto amo, la excelente red de transporte colectivo rodado y la calidad de la carne de vacuno, lo demás está decepcionándome un poco: las infraestructuras urbanas, las construcciones e instalaciones, los servicios, los espacios comunes así como privados, la hostelería y la restauración son, en general, los propios de cualquier país en vías de desarrollo; mejores, sí, que –por ejemplo- en El Salvador, pero no que en Costa Rica o Guatemala. Las calles están poco cuidadas y la seguridad deja mucho que desear. El índice de delincuencia es relativamente elevado. Leo bastantes comentarios en Booking de huéspedes a quienes les han robado. Y sin embargo, pese a esta cutrez, el nivel de precios es muy elevado, entre el doble y el triple que el español (para una calidad equivalente) en casi todo salvo quizá el transporte público y algunos productos nacionales. Tengo aquí la misma impresión que me ocasionó Costa Rica un año antes: la de un país donde el precio de bienes y servicios guarda una gran desproporción respecto a su verdadero valor.

En cuanto a los habitantes, por lo poco visto hasta ahora están pareciéndome más bien secos. En general parecen educados, sí, pero lo justo. Y en el particular sector de la hospedería, que a diario me afecta, los encuentro tal vez más peseteros que la media. Procuran, por ejemplo, en lo posible no proporcionar ni factura ni recibo del pago; tienden a olvidar compromisos anteriores y precios previamente acordados, tirando de éstos hacia arriba en cuanto pueden; son manifiestamente rehacios a cumplir la ley que exime a los extranjeros del IVA; desconfían bastante del cliente, cobrando siempre por adelantado, etc.

Por último, en el capítulo de la restauración, de momento la experiencia no es mucho mejor, con una atención en general poco profesional, y esa fea costumbre de poner mala cara si no se les deja la “propina propuesta”, que por defecto incluyen casi siempre en la cuenta.

No sé si en lo que me queda de estancia, que son dos meses largos, cambiarán todas o algunas de estas impresiones, pero por ahora esto es lo que hay.

Para concluir este capítulo, diré que observo –en comparación con otros países– una fuerte persistencia del trauma por la campaña del pánico covidiano: una perceptible proporción de la población –talvez en torno al 10-15%– lleva todavía el tapabocas por la calle, y especialmente en las tiendas. En cierto modo esto es comprensible, dado que el gobierno chileno ha sido uno de los últimos del mundo en declarar el final de la mal llamada pandemia, hace tan sólo uno o dos meses, y el pueblo, claro está, tiende a creer lo que su gobierno le dice.

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