De Santiago de Chile a Coquimbo

Misma ciudad, el mediodía siguiente

El restaurante se llama Don Elías, y estoy sentado a una mesa de su amplia y sombreada terraza frontera a una calle cuyo tráfico, aunque constante, circula despacio y sin hacer demasiado ruido. La temperatura a esta hora y en esta época del año es aún tolerable, sobre todo si está uno en reposo y a la sombra. La música ambiente del local es suave, de ésas que acompañan pero no incordian. De lo cual resulta, en conjunto, una atmósfera bastante agradable. Vamos: que se está aquí la mar de bien, caramba. He pedido un jugo de mango, que en estas regiones norteñas lo hacen casi invariablemente a partir de pulpa congelada, pues la producción de fruta en esta estéril mitad del país es escasa o nula; pero –eso sí– lo he pagado a precio de zumo fresco y recién exprimido en una terraza de la Plaza Mayor de Madrid; con lo que todo queda dicho; y no exagero.

Frente a mí, semiocultas a la vista por los arbolillos de la terraza de don Elías, y sobre los tejados de uralita o lámina de las bajas construcciones de la acera opuesta,

se elevan las áridas, pedregosas y parduzcas montañas sin vegetación perceptible alguna que conforman el valle donde se asienta Copiapó. Desde que dejé atrás Santiago no he visto prácticamente paisaje otro que estos páramos arenosos o estos eriales rocosos, de vez en cuando salpicados con ralos arbustos bajos, este terreno de desnudos y dispersos serrijones, geológicamente todavía joven, poco erosionado, casi por completo desprovisto de agua y en el que predominan los tonos grises, férricos y beis. Las torrenteras son anchas y sus camas, secas, exponen tanto al sol diurno como al frío nocturno su pedregal de cantos rodados, material arrancado a la montaña a lo largo de milenios durante las escasas ocasiones en que alguna lluvia tempestuosa haya bendecido esta franja del planeta. Es Atacama un desierto escarpado de roca, piedra y arena, un inacabable e inhóspito yermo de extraña belleza: la de esos paisajes que fascinan por la engañosa cercanía y reveladora desnudez de sus lejanos relieves, por su variada fisionomía. En contraste con las frondas o los bosques de coníferas, de monótono y a veces empalagoso verdor, estos montes y pampas exponen a la vista cada palmo del terreno, cada una de sus facetas y aristas, cada sombra y cada ángulo, cada matiz del color, cada línea de su perfil. Hace muchos años, en un desierto parecido a este, me encontré con un viajero seducido, como yo, por esa tierra. Charlando con él, estuvimos intentando desentrañar el misterio de la atracción que sobre el espíritu ejerce ese tipo de paisaje. Se nos ocurrió que tal vez se debiese, al menos en parte, a la instintiva sensación de seguridad que un erial ofrece, ya que –al contrario que los bosques (y no digamos ya las selvas)– no oculta sus peligros: salvo los artrópodos y otros bichillos que puedan esconderse bajo las piedras, no hay víboras ni alimañas (ni potenciales enemigos) que no se vean a una distancia suficiente para precaverse contra ellos; no hay cenagales traicioneros, ni grietas invisibles; tampoco distancias que no puedan abarcarse con la mirada. El hombre que se enfrenta al desierto puede saber, porque lo ve, lo que tiene delante; no así quien se adentra en la espesura. Esta idea, en su día, me pareció un gran descubrimiento; hoy ya no estoy tan seguro; pero sigue pareciéndome interesante.

Apuros en el metro. Terminal bus San Borja

En las notas escritas ayer me quedé en la Plaza de Armas de la capital chilena, después de comprar divisa nacional, con el tiempo ya muy justo para llegar a la terminal y coger el autocar que me traería hacia el norte. Faltaba menos de media hora para la salida del Plusschile de las 11:45 hacia Coquimbo y, si lo perdía, ya no me valdría la pena esperar al siguiente: tendría que pasar esa noche en Santiago. Aprender cómo funcionaba el metro y comprar la tarjeta correspondiente me llevó unos preciosos minutos. Para llegar a la estación Central, vecina a la terminal San Borja, tenía que hacer dos paradas en una línea, transbordar a otra y bajarme cuatro o cinco paradas más adelante. En los letreros indicadores que hay por los pasillos del suburbano de Santiago no están indicados los nombres de las estaciones intermedias, sino sólo la primera y última de cada línea, de modo que el viajero debe conocer cuál es la estación fin de trayecto hacia la que debe dirigirse para llegar a la que desea; así que al hacer el trasbordo hube de preguntarle a un empleado. “Por ese pasillo de ahí”, me indicó. Y por ese pasillo fui y tomé el primer tren. Pero ya llevaba tres paradas recorridas cuando me di cuenta de que estaba alejándome de mi destino: el hombre se había equivocado al darme la indicación. Me bajé apresuradamente y comenzó entonces para mí una inexorable cuenta atrás de los minutos que faltaban para la salida de mi autocar: apenas veinte cuando me puse a cambiar de andén y coger un tren en sentido contrario; poco más de cinco cuando por fin emergí a la superficie por una de las bocas de la estación Central… en las proximidades de la terminal San Borja. ¿Pero dónde quedaba, exactamente? Un viandante me indicó que “más abajito”, hacia el oeste, pero dos manzanas más abajo, sin encontrarla, otro paisano me dijo que no, que “más arribita”, hacia el este. Para entonces ya había sustituido mi paso por un trote ligero, y preferí no consultar el reloj. Un tercer peatón me proporcionó el dato preciso: la estación de autocares San Borja está en los altos del Mall Plaza Avenida, o sea, precisamente allí donde, dos horas antes, había cambiado en EFEX los primeros euros y comprado la SIM; y donde no debería de haberme dejado seducir por la falsa esperanza de vender mis euros violáceos en Plaza de Armas. Sólo cuando entré de nuevo al centro comercial me atreví a mirar la hora: eran las 11:45 en punto. Mi autobús ya debía de estar saliendo, y yo, que pese al fresco que hace en Santiago por estas fechas había empezado a sudar, aún tenía que encontrar los susodichos “altos”; sólo que ese mall no parecía tener más que una planta, y no encontré la menor indicación ni referencia a ninguna terminal de autobuses.

Asumiendo con resignación la cruda realidad, recuperé el paso sosegado y predispuse mi mente a tener que quedarme ese día en Santiago. No obstante, por ese mínimo margen que a veces damos hasta al azar más improbable, le pregunté a un vigilante dónde (demonios) estaba la San Borja. Me contestó que justo sobre nuestras cabezas, por esa rampa de ahí. De cuatro saltos alcancé el piso superior y, ya fuera de horario, inquirí en la taquilla de Plusschile si el autobús de menos cuarto se había marchado. “Aún no ha salido –respondió la empleada–; todavía está en la plataforma, pero seguramente ya habrán cerrado la planilla de viajeros. Pregúntele al conductor.” Nada perdía con intentarlo, así que acerqueme al andén que me indicaron y preguntele al sobrecargo si me permitirían embarcar. “Sin problema -me dijo-, escoja un asiento vacío cualquiera y yo le cobraré el billete a bordo.” A esto lo llamé entonces “llegar en el último segundo”, aunque no era tanto así, pues, ignaro, estaba aún ayuno de los muy flexibles horarios y usos chilenos en lo atinente al transporte colectivo de viajeros por carretera.

En fin: después de todo llegaría a Coquimbo esa misma tarde.

Terminal de bus San Borja

La máquina –como en la jerga profesional llaman aquí a los autobuses– era de la categoría “salón semi-cama”; es decir, con tres filas de asientos (dos a la izquierda del pasillo, una a la derecha) bastante cómodos y relativamente espaciosos, reclinables en grado suficiente para un razonable descanso. Yo –desconociendo aún la práctica comercial de las compañías de bus chilenas– fui a sentarme en uno de los caros (los de la fila derecha) en el piso superior. Todavía se demoró el bus otros diez minutos en partir, y no bien salíamos de la terminal subió el sobrecargo a cobrarme el pasaje, pero a un precio menor de lo que costaban los asientos más económicos para aquel trayecto, si bien no me entregó billete ni recibo alguno. Tengo para mí que ese dinero se lo embolsaron a medias entre él y el conductor. Pero bastante agradecido les estaba por haberme dejado subir, como para andarme con exigencias y legalismos.

El tipo de autobuses que se gastan en estos grandes países iberoamericanos, sin infraestructura ferroviaria y con malas carreteras, me resultaba ya familiar por mi viaje a Argentina de hace veintitantos años: como las distancias son enormes y los viajes se eternizan (llegan a durar hasta día y medio), casi todo el transporte público se hace en cómodos autocares que, para compensar por los pocos asientos (a causa del mucho espacio que ocupan), tienen dos pisos. Incluso creo recordar que, en el país vecino, algunos de los servicios incluían, como los aviones, un catering en el precio del pasaje (aunque bien puede mi memoria engañarme y que esto fuese en Tailandia, donde también usan ese mismo tipo de carrocerías).

La deplorable política de reservas hoteleras en Chile

Para cuando logré despachar, a lugar secundario en mi mente, esa larga mañana de despropósitos y sosegarme un poco, estábamos ya fuera de la capital. Sentíame animado y en disposición de disfrutar del paisaje todo lo posible. La carretera discurría entre amplísimos valles de árido aspecto. Su trazado, visible con frecuencia en toda la extensión del horizonte, tenía largas y pronunciadas pendientes, curvas de enorme radio cuya línea acentuaba el relieve, la forma y el tamaño de los montes y gargantas por donde pasaba. Durante buena parte del trayecto el océano Pacífico nos acompañó a la siniestra mano, ora cerca, ora lejos, pero siempre allí como una referencia grisácea –plateada o plomiza según la luz o las corrientes marinas– bajo el cielo nuboso. Pese a esforzarme por mantener los ojos bien abiertos para no perderme ni un detalle de ese épico panorama estepario, al calorcillo de la calefacción y vencido por el cansancio acumulado no tardé en quedarme dormido en el cómodo sillón reclinable. Cuando me despabilé habíamos recorrido ya más de un tercio del camino hasta Coquimbo y el autobús acometía las rectas inacabables de Huentelanquén, cuya longitud aparece acentuada por las larguísimas pendientes del terreno, que realzan la distancia que lo separa a uno de su final, allá en la lejanía.

Aproveché que el viaje era largo para colocar la SIM en el móvil, configurar la red de datos, conectarme al mundo digitalizado de nuestra era y verificar el estado de mis reservas hoteleras. En casa, antes de partir, había hecho dos de ellas para mi primer día en Chile, por si acaso una me fallaba; lo cual resultó buena precaución, pues durante los días que pasé en Canadá uno de los hospedajes me había enviado un mensaje diciéndome que me anulaban la reserva “por políticas de Booking”, torpe y falsa excusa con la que querían esconder la verdad: que no se fiaban de mí porque no había hecho una transferencia bancaria previa para “garantizar la reserva” (deplorable costumbre del sector hotelero chileno), pese a que en mensajes anteriores, en que les explicaba que las transferencias intercontinentales eran excesivamente onerosas para el cliente, se habían mostrado conformes en pasar por alto, para mí, dicho requisito. Se conoce que el hecho de no poder yo informarles, un día más tarde, de la hora precisa en que llegaría al alojamiento disparó su desconfianza, se lo pensaron mejor y, con muy poca honestidad, procedieron a cancelarme la reserva sin decirme ni una palabra. Si no llega a ser porque recibí un mensaje automático de Booking informándome de la anulación me habría presentado en el hotel sin reserva.

Adviértase que hablo de una transferencia bancaria, no de un pago online con tarjeta; y es que muchos de los establecimientos de hospedería en Chile no admiten pago con tarjeta ni reserva de pago electrónico a través de Booking. En lugar de ello, una vez el sistema te ha mandado el mensaje automático de confirmación, lo que hace el establecimiento es enviarte otro mensajito con un número de cuenta chileno para que les ingreses ahí el pago, con aviso de que, caso de no recibirlo, cancelarán la reserva; práctica que se me antoja bastante deshonesta, habida cuenta, sobre todo, que nunca informan de esto último en las condiciones del hospedaje, antes de reservar.

Lo primero que vi ahora al tener ya conexión en el móvil fue que me habían anulado también otra reserva, no la “de seguridad” para esa noche en Coquimbo sino una que había hecho para la noche siguiente en Copiapó (la ciudad desde la que ahora escribo). La causa, empero, fue idéntica: un exceso de desconfianza. Tras haber acordado con el dueño (que también tenía la mencionada política de transferencia previa) el pago en efectivo, cambió de opinión cuando le pregunté si podía acogerme al beneficio fiscal establecido por la legislación chilena según el cual los extranjeros no residentes están exentos de pagar el IVA en los hoteles si abonan su alojamiento en divisa extarnjera (sea efectivo, sea tarjeta bancaria). Exta ley, pensada para atraer turismo y afluencia de divisas, gusta poco a los hoteleros, e intentan aprovecharla en su favor cobrando el IVA a sus clientes pero no declarándolo en sus cuentas con el fisco. Nunca antes me había ocurrido que en menos de 48 horas me cancelasen dos reservas de Booking; y esta empresa no está exenta de culpa, pues pese a conocer las malas prácticas chilenas no hacen nada por solucionar los trastornos que le originan al cliente.

Mas la decepción con el nefasto maridaje Booking/Chile no quedó ahí: al comprobar la mencionada reserva que, “por si acaso”, había hecho para esa misma noche en Coquimbo resultó que ¡también me la habían cancelado! Y ya iban tres. Quienquiera que fuese el encargado del hospedaje decía haber mantenido conmigo una conversación de voz a través de Whatsapp en la que, supuestamente, yo le había dicho que me encontraba tranquilamente en España y no tenía la menor intención de alojarme esa noche en la chilena ciudad de Coquimbo. Este malentendido tenía cierta explicación, que no obstante no justificaba la anulación: en mi perfil de Booking yo no tengo mi número de teléfono verdadero, sino uno inventado, de manera que si desde algún hospedaje intentan contactar conmigo usando dicho número, la persona que les responderá no seré yo, sino algún desconocido. No obstante, en toda mi larga y nutrida experiencia con Booking jamás me había ocurrido que un hotelero abandonase la segura y fiable herramienta de mensajería que dicha plataforma ofrece y se pusiese, por su cuenta y riesgo, a enviarme mensajitos o hacerme llamaditas por Whatsapp. En este caso concreto, ya había intercambiado con el hospedaje varios mensajes, a entera satisfacción de ambas partes, mediante la app de Booking y no había razón alguna para que, inopinadamente, decidieran “continuar” la conversación por otros medios ajenos a esa plataforma sin que nadie se lo mandara; y por otra parte, teniendo en cuenta la información, de todo punto inconsistente, que el hospedero había recibido por uno y otro canal, lo mínimo que debería haber hecho era retomar el chat de Booking para averiguar el porqué de esa aparente contradicción, en lugar de coger y cancelar unilateralmente la reserva sin intentar verificar nada y, sobre todo, contraviniendo la política de Booking, que encarece –tanto al alojamiento como al cliente– que usen con preferencia su herramienta de mensajería para, entre otras razones, evitar ese tipo de problemas.

Así, en apenas dos días he aprendido una dura lección que tendré muy presente para el resto de mi estancia en este país: En Chile es preferible no usar Booking, pero si no hay otro remedio, se debe evitar en lo posible reservar en hoteles que exijan transferencia previa. (Si bien, como digo, la mayoría de ellos no avisan de tal requisito hasta después de haber realizado la reserva.)

En vista de las circunstancias, no tuve más remedio que buscar sobre la marcha, desde mi asiento en el autobús, un nuevo alojamiento, eligiéndolo esta vez no en virtud de mis criterios habituales sino de la falible impresión que me causaran sus “condiciones” y su descripción. Por suerte, esta última reserva fue la definitiva.

 

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De Montreal a Santiago de Chile. Vuelos y cambio de divisa.

Copiapó, Chile, a 22 de junio de 2023

Estoy sentado a una mesa del restaurante El encuentro familiar, recomendado por mi posadera y, además, con buena puntuación en el sabelotodo de los mapas universales (Gúguel Maps), que por otra parte informa de unos precios por encima de la media (lo cual, mirando la carta, parece más que verosímil). A lo mejor por eso soy, en este momento, el único cliente: en comparación, el comedor más caro de mi pueblo pasaría por barato… y además por dar excelente servicio, pues acaba de decirme la camarera del Encuentro que no puedo pedir la carne muy poco hecha porque ése no es ninguno de los puntos a los que ellos la asan. Mal empezamos, jovencita. No obstante, a base de insistir he conseguido que me haga caso, y en cocina me han preparado el filete como lo quería. Delicioso, a decir verdad. Voy viendo que en Chile puede encontarse carne de vacuno de lo mejorcito, supongo que importada de Argentina.

Pero ¿qué accidentados pasos me han traído hasta este lugar?

El vuelo hasta Santiago de Chile

Empecé esta etapa del viaje volando a Montreal, donde pasé tres días visitando a un entrañable amigo con el que nunca me canso de hablar. Después, desde esa ciudad tomé el vuelo a Santiago, con escala en Nueva York y fletado por Latam, que es -al parecer- el equivalente chileno a Iberia. El primer tramo, operado por Delta, fue harto incómodo, pues nos enlataron en un avión bastante pequeño y viejo (así ocurren luego los accidentes) y me tocó un asiento junto al ruidosísimo motor, lo cual, pese a mis tapones en los oídos, a poco me levanta dolor de cabeza. El silbido de las turbinas era ensordecedor y duró todo el rato que estuvieron encendidas, o sea desde que se cerraron las escotillas hasta que, ya en destino, se apagaron las señales del cinturón de seguridad. Menos mal que ese trayecto sólo duró un par de horas.

Iba yo con un poco de aprehensión por si, al hacer la escala en EE.UU., el tiempo de la conexión (dos horas muy escasitas) no fuera a ser suficiente, teniendo en cuenta que debía pasar el control inmigración, el de seguridad, pasar luego emigración, perderme por algún pasillo, etc.; pero mis temores resultaron infundados: Usa y Canadá tienen montado un sistema de cooperación migratoria de tal modo que, al tomar un vuelo en Montreal hacia la ciudad de los rascacielos, cuando se accede a la puerta de embarque se despacha ahí mismo la inmigración estadounidense (que yo había tomado por un control de salida). Así que al llegar a Nueva York ya tenía evacuado ese trámite y lo único que hube de hacer fue caminar tranquilamente desde la puerta de llegada del primer vuelo a la de salida del segundo. Después de todo, me sobró tiempo.

Puede decirse que mi primer contacto con Chile (bastante engañoso, como se verá) fue la aeronave de Latam que me llevó hasta Santiago: al acceder a la cabina me pareció, sobre todo en comparación con el mínimo fuselaje del avión de Delta, que entraba en una catedral. Se trataba de un aparato gigantesco, de 6 ó 7 metros de manga y 2’5 de altura en cabina, con tres filas triples de asientos relativamente cómodos. El personal de vuelo era de lo más agradable, la selección de películas aceptable y el catering excelente: de entre las tres opciones del menú no dudé en pedir carne, y me sirvieron un pequeño filete de primera calidad guarnecido con patatas de verdad (no de ésas congeladas), que estaban para chuparse los dedos. Tuve, además, la suerte de disfrutar de cierto desahogo en el asiento, pues el contiguo iba vacío. La única nota negativa la puso un lactante, apenas a tres filas de la mía, que se pasó muy largo rato berreando a pleno pulmón, pero por fin se durmió, o al menos dejó de llorar. De modo que llevéme una buena impresión de Latam; nada que ver con la incomodidad de Delta ni –por comparar “buques insignia” nacionales– con la política austera de Iberia y la actitud arbitraria y funcionarial de sus azafatas.

La primera –y corta– etapa de mi viaje, desde la salida de España hasta que puse el pie en el aeropuerto internacional de Santiago, Arturo Merino Benítez, se desarrolló, pues, relativamente bien y de acuerdo con las más razonables espectativas.

El vuelo llegó con algo de retraso porque, debido al rutinario caos del neoyorquino aeródromo J. F. Kennedy, la salida se había demorado más de una hora; pero esto me importó bien poco, pues de todas formas habría llegado demasiado temprano para poder hacer nada de provecho: cuando, pasados los trámites de inmigración y aduanas chilenas, desemboqué en el vestíbulo de llegadas eran aún las seis y media o poco más. Tenía tiempo sobrado –o eso pensé– de hacer las gestiones necesarias para llegar ese mismo día, y todavía con luz solar, a Coquimbo, destino que me había fijado para mi primera noche en Chile. No soy amigo de grandes ciudades, así que no estaba en mis planes conocer Santiago y, caso de quedarme allí esa jornada, me habría visto obligado a deambular por las calles durante ocho horas, macuto al hombro, ya que el check-in en los hoteles y hospederías de Chile suele ser a partir de las 3 de la tarde como pronto. Creí preferible emplear ese tiempo muerto dándole otro empujón a mi viaje, hacia algún lugar que se encontrase en mi planeada ruta al desierto de Atacama; y Coquimbo, a unas seis horas de la capital y enlazado con ella por infinidad de líneas y servicios de autobus, me pareció más conveniente.

Las primeras gestiones que necesitaba hacer eran, por orden de importancia, las siguientes: conseguir dinero chileno, procurarme una tarjeta telefónica y comprar un pasaje hasta Coquimbo.

Del Arturo Merino a Santiago sin un peso en el bolsillo

Para el menester listado en primer lugar, el extranjero que se encuentre de visita en Chile y no lleve ya los pesos consigo tiene dos opciones: comprarlos en una oficina de cambio o sacarlos de un cajero automático. Las oficinas del Global Exchange, únicas que cambian divisa en el Arturo Merino, venden los pesos al usurero margen del 20% sobre el tipo oficial, y al 30% si se les compra poca cantidad, así que descarté por completo esta posibilidad. Por su parte, los dos o tres cajeros automáticos allí ubicados (del banco de Emilia Botín, curiosamente) aplican una simpática comisión de 10.000 pesos (unos 10 €) por operación; más lo que luego quiera cobrar tu entidad, que entre el margen de cambio y la tasa por usar un cajero de otra red supone un buen pico; pese a lo cual esta opción es –al menos, en el aeropuerto– menos mala que la anterior. No obstante, lo mejor para quien desee recortar sus gastos en lo posible es irse directamente a Santiago, donde puede sacar bastante mejor rendimiento a sus divisas… si se ha informado uno previamente sobre dónde, cómo y cuándo. Hay dos modos de llegar hasta la ciudad: o bien tomar un autobús que es posible pagar con tarjeta, o bien coger un taxi que sabe Dios lo que pueda cobrarle a uno, amén de que habrá que pagarlo con unos pesos que el turista, según hemos dicho, aún no tiene.

La parada de autobuses está a más de cinco minutos andando (único modo de ir) desde la terminal de llegadas, y algo escondida además (posiblemente en connivencia con el gremio del taxi, a fin de que el viajero se desanime y opte por este usualmente caro transporte), lo que en la práctica significa diez minutos para quien no conozca el aeropuerto. Yo hube de equivocarme un par de veces hasta dar con la parada.

El trayecto en bus hasta la ciudad lo relizan dos empresas diferentes, Centropuerto y Tur-bus, y el boleto anda en torno a dos mil pesos (o dos lucas, como llaman aquí al billete de mil), que vienen a ser un par de euros; y aunque ambas tienen aparato para pago electrónico, sólo el de Tur-bus admitía tarjetas de débito extranjeras, que eran las que yo llevaba. Quiso la casualidad que, en aquel momento, el autobús allí estacionado fuese de Centropuerto, de modo que al intentar comprar el boleto su datáfono me rechazó el pago con dos de mis plásticos. Tampoco aceptaban euros o dólares en metálico, y como no se me ocurrió preguntar en la vecina taquilla de Tur-bus, me vi caminando de regreso a la terminal aeroportuaria, resignado a dejarme violar por el cajero de doña Emilia. Y estaba ya frente a su pantalla, mirándola directamente a los ojos, cuando recordé que en el móvil llevaba una tarjeta “virtual” con la que no había probado a pagar el bus, así que di otra vez media vuelta y me dirigí de nuevo a la parada para hacer el tercer y último intento.

Sólo los tontos esperan diferentes resultados cuando repiten un experimento en iguales condiciones: mi tarjeta virtual, de débito como las otras dos, tampoco funcionó. Pero sí que hubo una diferencia: esta vez me atendió otra empleada, lo bastante amable como para indicarme que en Tur-bus probablemente podría usar mis tarjetas. Con efecto, en la taquilla de la competencia no tuve problema y compré por fin un boleto a Santiago. El primer obstáculo quedaba superado, si bien entre idas y venidas, indagaciones y esperas, había perdido ya una hora en el aeropuerto; y como el trayecto hasta la ciudad es largo, cuando finalmente llegué eran casi las nueve… y aún no estaba ni medio cerca de haber realizado la urgente tarea de conseguir un buen puñado de esas esquivas lucas.

En busca de divisa chilena. Sorpresas del calendario

En Chile, los cajeros automáticos –salvo los del Scotiabank– cobran sustanciosas comisiones al sacar efectivo con tarjetas foráneas, si bien el tipo que aplican suele ser más próximo al oficial que el ofrecido por las casas de cambio, de manera que para sacar bastante dinero tanto da una cosa como otra, pero para cantidades pequeñas las casas son más ventajosas, ya que los cajeros cargan una tasa fija ineludible. Mi banco en concreto establecía una franquicia de 500 € sin penalización por conversión, y a partir de ahí el 2% sobre el tipo oficial. Aparte, traía yo unos miles de euros en efectivo (parte en billetes pequeños y parte en grandes) y prefería –indpendientemente de los otros factores– comprar los pesos en algún exchange para ir aligerándome de esa siempre arriesgada carga.

La mayoría de los cambistas en el centro de Santiago, que es gigantesco, están por la calle Agustinas y en la Plaza de Armas, que quedaba a una larga tirada de la terminal donde me dejó el Tur-bus; pero como yo seguía sin tener pesos sólo podía ir andando. Según caminaba hacia allá, lo primero que me llamó la atención fue que, no siendo domingo, casi todo el comercio estaba cerrado, cosa de lo más extraña para un país iberoamericano a esa hora de la mañana. Le pregunté a un transeúnte por la hora de apertura de las tiendas y me dijo vagamente que “más tarde”, lo cual no me sacó de mi extrañeza: eran ya las nueve y media, ¿y el comercio en Santiago de Chile abría “más tarde”? ¿A qué hora esperaban para abrir, pues? Me dije que tal vez en el Cono Sur las cosas eran muy distintas a como son en Centroamérica, región con la que estoy mucho más familiarizado. El caso es que, llegado por fin a la larga calle Agustinas y tras una hora de caminata, no vi en toda ella ni un cierre subido, ni una oficina de cambio. Era evidente que me faltaba información o que la traía equivocada, así que, en vista de lo visto, antes de llegar a la Plaza de Armas abandoné la búsqueda y decidí regresar al lugar del que había partido (donde se ubican las estaciones de autocares interurbanos), probando suerte por el camino en alguno de los cajeros del Scotiabank. Encontré varios (no sólo de ese banco) sobre la principalísima arteria del Libertador Bernardo O’Higgins, pero a medida que pasaba por cada uno de ellos mis esperanzas veíanse frustradas al comprobar que todos se hallaban en el interior de sus respectias sucursales y que éstas se obstinaban en permanecer cerradas aun a las diez y pico, como eran ya. El misterio sólo se resolvió cuando un barrendero, al preguntarle yo a qué hora abrían los bancos en Chile, me respondió: “Hoy será difícil que abran, porque es feriado”. Resulta que Chile tiene un calendario de festivos muy generoso, y dio la casualidad de que llegué en uno de tales días. Si algún viajero lee esto, conviene que se informe de antemano para evitar estas sorpresas.

Esta nueva situación me planteaba un dilema: o renunciar a cambiar el metálico que traía (pues tenía leído que, fuera de Santiago, era difícil encontrar casas de cambio; dato que resultó ser falso) y depender siempre de las onerosas extracciones en cajeros, o esperar a que abriesen los cambistas al día siguiente y quedarme esa primera noche en la capital. En cualquiera de ambos casos necesitaba pesos con premura, pues Chile no es un país donde pueda dependerse sólo de la tarjeta bancaria, así que érame imprescindible encontrar un cajero automático accesible, aunque tuviera que asumir el coste de la comisión. Llegado que hube a la zona de la Estación Central vi que el Mall Plaza Alameda, un gran centro comercial, estaba abierto y entré a echar un vistazo por si la suerte me deparaba algún expendedor de billetes. Con efecto, encontré allí uno del Banco del Estado, que “sólo” cobraba una comisión de seis euros en lugar de los diez del Santander. Ni modo: agaché la cabeza, saqué doscientas lucas y recibí la estocada en plena cerviz.

Las casas de cambio

Un par de minutos más tarde, según buscaba en el propio centro comercial dónde comprar una tarjeta telefónica, sin comerlo ni beberlo me vi justo frente a una sucursal de AFEX (una casa de cambio) que estaba abierta. Esas cosas pasan: había pasado dos horas dando vueltas buscando sin éxito precisamente esto, y lo encuentro sólo minutos después de haberme sometido al sablazo de los cajeros automáticos, cuando ya no me era tan necesario. Aproveché, de todas formas, para comprar otra tanda de pesos, ya que el precio era bastante aceptable. Lo malo fue que no aceptaban billetes de 500 € (de esos que, tras el histórico atentado a las torres gemelas de Nueva York, a los españoles dio por llamar Bin Laden por aquello de que estaban muy bien escondidos), así que no tuve más remedio que desprenderme de algunos de cincuenta. No obstante, la dependiente que me atendió me dijo que no en Agustinas sino en la Plaza de Armas (precisamente hasta donde no había llegado antes, quedándome apenas a dos manzanas) encontraría oficinas de cambio donde seguramente comprarían los tales billetes grandes. “¿Pero están abiertas hoy?” — le pregunté. Contestó que sí. Buena noticia: aunque perdiese otra hora en ir y volver, por lo menos podría solucionar el problema del dinero para las próximas semanas y, a un tiempo, aligerarme de dos o tres Bin Laden.

Con esta idea me encaminé por segunda vez a dicha plaza, no sin antes dar cabal cumplimiento a la segunda de las gestiones prioritarias del día: conseguir una línea para el móvil; gestión que resultó infinitamente más fácil (todo lo es, con dinero) que la primera, ya que en el Mall Alameda hay muchas tiendas que venden tarjetas SIM; y en una cualquiera de ellas compré, por dos o tres lucas y sin mayor trámite, una prepago de Movistar con dos gigas, cien minutos y una semana de validez.

Como me sentía rico con el bolsillo repleto de lucas, podía darme el lujo de pagarme un boleto de metro hasta la Plaza de Armas. Pero dado que ésta quedaba -como me pareció al mirar el plano- a no más de tres estaciones de donde yo estaba, estimé que no merecía la pena el gasto. Resulta que el suburbano de Santiago ya no vende billetes sueltos; es preciso comprar antes una tarjeta de transporte vacía y “cargarle” luego los viajes que se quiera, de modo que, para quien sólo va a usarla un par de veces, le duplica o triplica el coste. Y dado que, aun sintiéndome rico, seguía siendo ahorrador, para tan poca utilidad preferí no malgastar esos tres mil pesos y opté por ir caminando. Sólo que, según resultó, había entendido mal el plano de metro y no eran dos las estaciones que me separaban de la dichosa plaza, sino cinco o seis. Vamos… que tardé tres cuartos de hora en llegar; y para colmo de contratiempos ninguna de las casas de cambio compraba billetes de más de cien euros. Mi gozo en un pozo: me había agotado caminando y había perdido otra larga hora en balde. De todas formas, el cambio en Plaza de Armas es algo mejor que el de EFEX, así que antes de volver hacia la estación de autobuses San Borja cambié otros pocos billetes de cincuenta.

El tiempo empezaba a apremiar: eran ya las once y el servicio de bus más tardío que podía coger para llegar a Coquimbo antes del crepúsculo salía a las 11:45, con la empresa Plusschile; pero aún tenía que regresar a San Borja (esta vez en metro, impepinablemente), que es desde donde salen la mayoría de autocares de larga distancia.

(Continúa aquí)

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La estructura del orden mundial

(Este artículo es traducción de un ensayo aparecido el 15-04-2024 en un blog de Substack. Ofrece puntos de vista interesantes y me ha parecido de valor informativo, aunque yo no suscriba todo lo que dice. He modificado algunas imprecisiones y, en lo posible, sustituido los enlaces originales en inglés por otros más o menos equivalentes en español. He dejado los esquemas tal cual por falta de tiempo para traducirlos.)


El orden mundial global está centralizado a un nivel por encima del estado-nación

El espejismo de la transición entre un orden “unipolar” USA a uno “multipolar” BRICS

En tanto no sepas quién le ha prestado cuánto a quién, no sabes nada de política, ni de historia, ni de disputas internacionales. – Ezra Pound

A lo largo de 2020 y 2021 la CIA intentó derrocar a Aleksandr Lukashenko, el presidente de Bielorrusia, tratando de repetir -sin éxito- lo que sí le funcionó con las revueltas de Maidan en 2014 contra el entonces presidente ucraniano elegido en las urnas.

En las elecciones presidenciales de Brasil de 2022, el “estado profundo” de este país amañó con éxito lоs resultados en perjuicio del populista Bolsonaro usando la misma estrategia desplegada contra Trump en EE.UU. Muchos manifestantes contra este fraude fueron encarcelados, y embargados los fondos de sus financiadores. Bolsonaro huyó del país tras entablarse una guerra legal contra él.

Ese mismo año, durante las protestas en Canadá del Convoy por la Libertad contra los mandatos de vacunación covid, Justin Trudeau y uno de sus principales ministros amenazaron con congelar las cuentas bancarias de los manifestantes. Al día siguiente Trudeau daría marcha atrás tras recibir una reprimenda desde arriba; aún no era el momento de desplegar esa medida. Mientras tanto, se trabaja en una legislación que obligue a que todos los vehículos nuevos incorporen un sistema de apagado remoto para, entre otros fines, evitar en el futuro ese tipo de manifestaciones.

Ese mismo año, en Pakistán, la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo derrocaron al líder populista Imran Khan por su neutralidad en el conflicto Rusia/Ucrania, y después emprendieron una guerra legal para encarcelarlo.

Ese mismo año, el gobierno rumano detuvo al bufón populista Andrew Tate porque estaba incomodando a globohomo [término importante en este ensayo y cuyo significado se explica aquí] con sus opiniones a favor de la masculinidad. Rumanía tenía más bien escaso interés en investigar o encarcelar a Tate, pero lo hizo por orden de arriba.

A mediados de 2023, durante la guerra en Ucrania (patrocinada por globohomo), las autoridades rusas detuvieron y encarcelaron a Igor Strelkov y a muchos otros nacionalistas rusos sin ofrecer apenas justificación.

Estos sólo son algunos ejemplos. La mayoría del público verá estos eventos como dispares, pero yo los entiendo como parte de una conjura orquestada por los propietarios de los bancos centrales mundiales utilizando a los actores políticos de sus naciones-estado súbditas para aplastar el populismo doquiera que aparezca.

Basta con observar la coordinación de las medidas políticas a nivel mundial durante la covid para darse cuenta de cuán global es este monstruo: salvo África y unos débiles intentos de resistencia por parte de Suecia, el resto de países del mundo marchó al unísono en los apagones económicos, supresión de derechos fundamentales e imposición de unas vacunas experimentales (y con frecuencia letales) sin que ninguno de los estados que normalmente creemos al margen del “poder global” (China, Rusia, Irán, Brasil, Arabia Saudita, etc.) se desmarcase de la uniformidad. A lo largo y ancho del orbe, todos los ciudadanos que disintieron del relato covidiano se vieron expulsados del espacio público, perdiendo muchos sus empleos, cuando no algo peor. Por otra parte, aunque el propio creador del test PCR (patrón dorado de las pruebas covid) había dicho que éste no era adecuado para detectar enfermedades infecciosas [afirmación fieramente disputada por los “verificadores” creados y financiados por globohomo], para la élite globalista eso suponía una ventaja, ya que con dichos tests podía obtener los resultados que quisiera sólo con aumentar o disminuir el número de ciclos de amplificación usados en la prueba (con más de 25 ciclos daría positiva en casi cualquier caso, y hay información de que en ciertos momentos y lugares llegaron a usarse hasta 40 ciclos). En otras palabras: podían crear, en función de las necesidades políticas, olas de virulencia covid a su antojo.

Iain Davis desglosa aún más ese argumento en uno de sus artículos:

Los gobiernos de las principales economías mundiales son grandes entusiastas de los ODS [objetivos de desarrollo sostenible], la bioseguridad, la digitalización, la tokenización, censurar la “desinformación”, las CBDC [dinero digital], la vigilancia de la población y, lo que es más importante, la gobernanza global bajo los auspicios de las Naciones Unidas […] Esto huele a control oligárquico externo de las relaciones y los conflictos internacionales. Hay pruebas de que, en este momento, una red global que opera más allá del alcance de los gobiernos nacionales ejerce una soberanía y una autoridad política supranacionales.

Es evidente que el amargo conflicto entre las algunas naciones es muy real, y causa de inmenso sufrimiento. De hecho, una de nuestras principales preocupaciones es que la transición a un [orden mundial multipolar] originará todavía más sufrimiento.

Lo que estamos diciendo es que no existe ningún desacuerdo entre [los bloques políticos en conflicto] respecto a los pilares básicos [de la “nueva normalidad” a la que quieren abocarnos]. Pero esto no significa que todos los gobiernos nacionales estén “juntos en el ajo”. Al contrario, el hecho de que haya conflicto y, al mismo tiempo, acuerdo global sobre lo esencial, apunta a una “realidad geopolítica” que ningún miembro del club de fans multipolar quiere discutir, por lo visto.

Un acuerdo respecto a dichos pilares no significa que todos los gobiernos nacionales compartan un único pensamiento-colmena. Indica que los gobiernos no controlan el sistema de gobernanza global. Están sujetos a él igual que el resto de nosotros. Lo más que pueden lograr es el “estatus de socio”.

Los pilares no los han planificado los gobiernos nacionales, sino unos laboratorios de ideas público-privados y unas organizaciones internacionales que sirven a los intereses de la oligarquía.

La estructura de la cábala suele representarse de la siguiente manera:

El BPI [Banco de Pagos Internacionales, BIS en el esquema] es la entidad que coordina, a nivel mundial, los bancos centrales de los estados. Su sede está en Basilea (Suiza), pero no está sujeto a la legislación suiza y tiene su propia fuerza policial. Es propiedad de un pequeño número de familias, aunque huelga decir que sus nombres, muy bien ocultos, no son del dominio público. En este enlace se explica cómo la mayoría de los niveles por encima de los súbditos políticos [Policy Subjects en el esquema] están exentos de pagar impuestos, o sea que tienen inmunidad fiscal. En otras palabras: es un sistema parasitario mundial que extrae riqueza del público para su propio consumo.

Los dueños particulares de los bancos centrales parecen animados de un malévolo espíritu demiúrgico que busca la total inversión de los valores humanos y, muy posiblemente, el fin de la propia humanidad, como Tree of woe señala aquí. Aunque es posible que no estén literalmente inspirados por un demonio de verdad, se comportan como si lo estuvieran. [El autor del ensayo es religioso y cree en el Demonio. Un servidor no ve claro cuál es, en último término y más allá del afán de poder, el espíritu que anima y cohesiona a esta cábala de banqueros, pero cree que haber, haylo.]

Como dijo Ezra Pound, “Antiguamente las guerras se hacían para conseguir esclavos. El instrumento moderno de esclavitud es la deuda.” Los bancos centrales crean dinero de la nada, simplemente imprimiéndolo, y luego lo prestan a los gobiernos con intereses. Si algún lector opina que ahora mismo la deuda federan [estadounidense] está fatal, que vea los pronósticos del Tesoro:

La deuda en manos del público es una medida de todo el dinero que el Gobierno Federal debe a cualquiera que no sea el propio Gobierno Federal. Incluye a ciudadanos, empresas, bancos, compañías de seguros, gobiernos regionales, fondos de pensiones, mutuas, el Banco de la Reserva Federal de los EE.UU., así como a gobiernos, empresas y particulares extranjeros. Un aumento en los préstamos que se conceden al gobierno disminuye la cantidad de dinero ofertado a otros prestatarios, presionando así al alza los tipos de interés y reduciendo la inversión privada.

El siquiente esquema representa esta estructura feudal neoliberal:

Uno de los últimos tuits que Julian Assange escribió antes de que lo silenciaran fue un subconjunto de dicha estructura.

Tal vez muchos de quienes lean esto hayan tenido una buena educación y habrán seguido los acontecimientos políticos. ¿Por qué, en cambio, tan poca gente conoce esta estructura jerárquica? La respuesta es que se hace todo lo posible por ocultarla al público. Incluso la extrema derecha se centra, básicamente, en el Foro Económico Mundial, la Reserva Federal o los judíos. Las sucursales de la propaganda [los Policy Propagandists del primer esquema] nunca sacarían a debate la verdadera estructura del poder mundial; tampoco los académicos ni nadie que se beneficie del sistema. Como en 1863 escribió la firma Rothschild de Londres a sus asociados en Nueva York:

“Los pocos que comprendan el sistema estarán tan interesados en sus beneficios, o dependerán tanto de sus favores, que no tendremos oposición por su parte, en tanto que la gran masa del pueblo, mentalmente incapaz de entender el enorme beneficio que el capital extrae del sistema, soportará la carga sin quejarse, y acaso sin sospechar siquiera que aquél es hostil a sus intereses.”

Una estructura así diseñada debe permanecer en la sombra y mantener a la población mundial centrada en otras distracciones. A lo que más se parece es a un parásito en el cuerpo de su huésped. Es un sistema de retroalimentación cerrada: con sus bancos centrales de propiedad privada imprime dinero ilimitado con el que luego alimenta a los medios de comunicación, académicos, agencias de inteligencia y sistemas políticos que a su vez impulsan valores y leyes que aumentan aún más el poder de esos bancos centrales, empobreciendo mientras tanto a la población (inmigración ilegal, aumento de la delincuencia, etc.) Al ser un circuito cerrado, la capacidad externa para atacarlo es muy pequeña (sólo puede influirse sobre él, en limitada medida, encontrando formas de disminuir su legitimidad, como las manifestaciones de los camioneros canadienses durante la covid), y la primera prioridad de quienes lo controlan es suprimir las amenazas políticas a su continua propagación; por eso aplasta brutalmente a cualquier oposición organizada. En esencia funciona como la mafia. Y esto es muy desalentador para quienes, situados fuera de esta estructura, quisieran modificarla: la energía y los fondos de los disidentes son bastante limitados si no tienen ningún apoyo institucional o extranjero, y cuando el sistema simplemente los ignora e insiste en medidas como el igualitarismo y las fronteras abiertas, los disidentes se debilitan y se dispersan…

Aun así, lo cierto es que ellos son pocos y nosotros, muchos; por eso el populismo es lo que más temen, ya que si un número suficiente de ciudadanos se diera cuenta de cómo funciona esto, podrían rebelarse y echarlo por tierra. También por eso la libertad de expresión está prohibida de facto, y cualquier intento de organización se ve inmediatamente infiltrado por provocadores y agentes de todo tipo.

Ahora bien, todo sistema tiene una inercia y, si no va dirigido hacia algo, podría descalabrar fácilmente entre disputas internas y descontrol, como un tren sin frenos. A esto es a lo que se refiere la presidente del BCE, Christine Lagarde, cuando dice que el euro digital es necesario porque, de lo contrario, los bancos centrales perderán el control de la humanidad: necesitan seguir adelante con su instauración de vigilancia poblacional absoluta y permanente mediante el esclavismo de las CBDC, no sea que su proyecto fracase. Necesitan debilitar aún más y destruir al huésped (aunque un huésped muerto podría matar al parásito) [podría no, sino que lo mataría, de modo que es difícil imaginar por qué Globohomo querría aniquilar por completo la sociedad de la que vive], pues no hacerlo conlleva cierta destrucción [no entiendo bien a qué destrucción se refiere el autor]. Por eso la UE quiere importar 75 millones más de inmigrantes ilegales [no he encontrado esta cifra corroborada en ningún sitio, pero no me parece improbable] en cumplimiento del plan Kalergi.

Como parte de esta estrategia, los dueños de los bancos centrales podrían facilitar una transición de un mundo unipolar a uno multipolar, tal como se viene insinuando públicamente por varias vías y como argumentan blogueros como The Dissident Writer en este análisis superficial; pero es importante subrayar que tal transición no modificaría la estructura de la jerarquía arriba ilustrada, especialmente sus capas superiores, y por consiguiente la transición es engañosa, si bien acabaría de hecho reduciendo drásticamente la calidad de vida en EE.UU. al desdolarizar los países BRICS y desplazar al petrodólar de su lugar hegemónico. Theodore Atkinson ha explicado en este artículo los efectos inflacionarios negativos de la impresión monetaria ilimitada, que empuja a más y más gente hacia la pobreza. Va a ser mucho peor.

Véase la intencionada demarcación entre Europa y Rusia en este “mundo pseudo-multipolar” según la notable Teoría Heartland de 1904.

¿Cómo surgió este sistema?

Todo empezó durante la edad media europea, cuando sólo las familias judías quedaron exentas de la prohibición respecto a la usura y podían prestar dinero con interés. Un grupo pequeño y muy exitoso comprendió que el dinero era el principal motivador para la mayoría de la gente y que, al controlar la oferta monetaria, podían manipular para sus propios fines el comportamiento humano. No tuvieron competencia; nadie más entendió lo que el dinero, en esencia, representaba realmente, que no era tanto la capacidad de comerciar, consumir o guerrear como la de moldear creencias. Normalmente esto no se hacía por el burdo método del soborno directo; más bien, el Banco de Inglaterra (fundado en 1694) creaba dinero de la nada que era luego canalizado hacia aquellas causas y organizaciones favorecidas que podían aumentar su poder y destruir a sus enemigos. En las famosas palabras de Mayer Amschel Rothschild, “Dadme el control del dinero de una nación, y no me importará quién haga sus leyes.” Se cuenta que su encantadora esposa dijo: “Si mis hijos no quisieran guerras, no las habría.”

La oposición a este sistema ha sido literalmente nula desde el final de la SGM (Gaddafi en Libia y Saddam en Irak quisieron salir de él pero rápidamente los destruyeron por ello), cuando los amos de las finanzas mundiales prepararon el fracaso de Alemania. Antes de eso, en 1913, los banqueros habían conquistado Usa al fundar la Reserva Federal, y Rusia al derrocar al zar (asesinándolo después junto a toda su familia). China pertenece a la banca internacional desde hace mucho tiempo, cuando concluyó el proyecto de su incorporación -apadrinada por Usa- a la Organización Mundial del Comercio, en tanto que Irán fue siempre un juguete de esa banca, que derribó primero a Mossadegh (1953) y le entregó luego el país a Jomeini (1979), quien hasta entonces vivía en Inglaterra (del mismo modo que los británicos le regalaron Rusia a los Bolcheviques; y Lenin también vivía antes en Occidente).

Otra razón por la que no hubo competencia importante es la de que reyes y emperadores operaban en un plano distinto, inferior: veían el uso del dinero de una forma incorrecta, que no les permitía explotar todo su potencial. Ellos tenían una estrategia de maximización del poder personal, y arriesgaban sus tronos e incluso sus vidas en guerras contra otros reyes por ganancias territoriales que engrandeciesen su reputación, gloria o memoria; pero siempre estuvieron controlados por la financiación de la que dependían, y los dueños de los bancos centrales podían, manejando el suministro de fondos, hacer y deshacer reyes en tanto preparaban los incentivos para grandes cambios sociales. No necesitaban arriesgar su propio cuello ni que el público los identificara como fuente del poder. Los propietarios de bancos centrales iban diez pasos por delante y su visión era mucho más amplia.

(Como, según el profesor Stuart Crane, relata Gary Allen: “Mirando todas las guerras en Europa durante el siglo XIX en retrospectiva se observa que siempre acabaron con el establecimiento de un ‘equilibrio de poder’. Con cada nueva ordenación política, el poder se equilibraba siempre en torno a la Casa Rothschild, fuese en Inglaterra, Francia o Austria. Agruparon a los gobiernos de modo que, si algún rey se salía del camino, estallase una guerra, que se decidiría según el rumbo que quisieran sus financiadores. Averiguando a quién adeudaban dinero las naciones en guerra se puede saber, generalmente, quién iba a ganarlas o perderlas.”)

Ilustración del equilibrio de poder en Europa

Entender la estructura globohomo es fundamental para comprender la guerra Rusia/Ucrania desde una perspectiva adecuada. De lo contrario, es fácil dejarse engañar por la propaganda gubernamental, mediática o supuestamente alternativa (personajes como Larry Johnson, Scott Ritter u otros, generalmente manejados por la CIA, o blogueros como Simplicius). Tanto Rusia como Ucrania son meros “ejecutores de políticas” [los Policy Enforcers de más arriba] en este sistema y ambos están endeudados con las fuerzas que ocupan los niveles superiores.

Esa es la razón por la que tanto el nacionalismo cívico izquierdoso como el nacionalismo blanco de extrema derecha son callejones sin salida: aparte de que Occidente está volviéndose rápidamente marrón y negra, de que la población mundial de raza blanca se ha reducido del 25% en 1900 (98% en la Alemania de la SGM) al 6.5% actual, estos nacionalismos no entienden que globohomo suprime cualquier nacionalismo en todas partes, y por tanto la resistencia debe realizarse desde enfoques populistas y patriotas en todas partes. Todo individuo (salvo las escasas familias poseedoras de bancos centrales, y sus subordinados) es un esclavo de este sistema, y por tanto todos deberíamos tener un incentivo para derrocarlo. Incluso si el objetivo final es un nacionalismo del tipo que sea, esto no puede lograrse mientras persista la estructura global vigente. Dado el alcance del problema, centrarse en la raza, la etnia, la orientación sexual, etc. supone una distracción (salvo en su importancia para entender la complicada relación entre los banqueros centrales y el pueblo judío). De hecho, alentar a la población mundial, con el argumento del igualitarismo, a luchar entre sí es uno de los principales métodos de control globohomo para evitar que la gente descubra el robo continuo de que es objeto. Cualquier objetivo de soberanía propia debe comenzar identificando la verdadera estructura de este sistema y luchando después denodadamente a nivel local y mundial con la convicción de que los “líderes” nacionales globohomo son meras figuras sin poder [manejadas por la banca internacional]. Para estudiar y entender los nuevos desarrollos políticos o sociales deberíamos orientar nuestra brújula teniendo en mente la estructura y las motivaciones de los propietarios de bancos centrales. Cuanto más se propague el conocimiento de la verdad, más débil se vuelve Globohomo.

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Anticatólico y españolista

A menudo me pregunto si puede un detractor de la Iglesia Católica ser honestamente españolista (en el sentido de “patriota español”).

Pero, antes de seguir adelante, definamos.

Según el DRAE (y a los efectos de este artículo), españolismo o españolía significa “amor o apego a lo español, a las cosas características o típicas de España”, mientras que María Moliner lo define como “afición o admiración hacia España o sus cosas”. Quizá la palabra patriota (quien ama a su patria, “nación a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos”) se acerca más a lo que quiero expresar, pero hoy en día se le ha dado una connotación negativa que prefiero evitar en el título.

Hechas estas precisiones, retomo la pregunta que me hago a mí mismo: ¿qué clase de españolía podrá sentir aquel que detesta o desprecia el catolicismo? Últimamente esta duda me asalta sobre todo -aunque no sólo- con respecto a un conciudadano muy concreto y al que escucho con relativa frecuencia: César Vidal.

Ahora bien: ¿qué son “lo español, lo característico o típico de España”, “sus cosas”, en la españolía definida más arriba? ¿Cuáles son esos vínculos que ligan con España al patriota?

El carácter de un pueblo es en gran parte el resultado de su historia (aunque ésta a su vez se vea en cierta medida determinada por aquél). Lo bueno, malo o regular de cada idiosincrasia nacional se forja generación tras generación -en una evolución paulatina y constante que nunca se detiene- a lo largo de los siglos, fruto del entorno económico, político y espiritual (también medioambiental) en que esa sociedad se desarrolla. Sus valores y aspiraciones predominantes, su temperamento, su moral e incluso su folclore van destilándose gota a gota de tal ambiente, impregnando desde la cuna lo más hondo en sus ciudadanos -casi siempre sin darse ellos cuenta- y formando así su cultura. Y creo que puede darse como cierto que, en todas las sociedades humanas desde tiempo inmemorial hasta la reciente muerte de los dioses, la religión (vale decir: creencias espirituales) ha jugado un papel fundamental a la hora de crear la atmósfera en la que aquéllas están inmersas. Me parece a mí que es la religión lo que, más que otro factor alguno, palpita no ya bajo un determinado modo de vida, sino tras el espíritu que lo impulsa: anhelos, objetivos, temores, prioridades, tabúes, leyes, relaciones sociales, instituciones, ética, filosofía, modo de hablar… No por casualidad todos los pueblos que comparten una misma religión (excepto, tal vez, algunos países islámicos del sudeste asiático) se parecen bastante entre sí, ni es por capricho que se hable del “mundo cristiano”, del “mundo musulmán”, del “mundo budista”, etc., como divisiones de la humanidad relativamente homogéneas. No digo, ni mucho menos, que la religión sea lo único que hace de un pueblo lo que es, pero sí que ocupa quizá el primer lugar entre los factores sin los cuales dicho pueblo no podría entenderse ni concebirse.

En el caso español, le tocó en suerte el catolicismo, que es además toda una cultura por derecho propio. Para bien o para mal, desde el tiempo de los godos lo que sobre toda otra cosa el pueblo ibérico ha mamado con la leche materna, lo que ha corrido por sus venas casi ininterrumpidamente durante más de quince siglos ha sido el catolicismo (los musulmanes ocuparon y dominaron largo tiempo la tierra pero no los espíritus, los corazones, las creencias del íbero, que siguió siendo cristiano), así como la monarquía ligada a él. La reconquista, el descubrimiento y colonización de las Américas, la exploración del Pacífico, la expansión del imperio, el dominio de los mares, los tercios de ejército, los insignes pintores y escritores y, en fin, todas esas glorias de aquel pueblo (tan distinto, ¡ay!, al de nuestros días) de las que, por cierto, mucho se envanecen bastantes españoles de hoy las protagonizaron hombres en su inmensa mayoría impulsados por la fe católica. Cada uno de ellos buscaba probablemente riquezas y fama personales, fines egoístas, sí, pero el motor último de sus voluntades era, en general, el afán de honra o prez inmortal, en no pocas ocasiones la evangelización; y, esto, era esa fe lo que lo informaba, la creencia religiosa en otra vida después de la muerte, los principios formales y espirituales del catolicismo.

Aun así, no son esas meritorias páginas de nuestra historia lo más relevante aquí: también los españoles han escrito, como todos los pueblos, muchas otras vergonzosas e infames. Lo importante es que España y catolicismo han sido indisociables desde los reinos godos hasta, quizá, el fin de la autocracia franquista; que durante quince siglos nuestra nación fue católica de la cabeza a los pies, la monarquía más tenazmente defensora de Roma; que tanto lo mejor como lo peor del carácter y del genio español, de nuestras costumbres, de “lo nuestro”, fueron fruto en muy buena medida de aquel credo; y que no veo yo cómo España puede ser entendida sin el catolicismo ni ser amada odiándolo o simplemente desdeñándolo. Si la Iglesia Católica no es parte fundamental de las “cosas características y típicas de España”, entonces no sé yo qué pueda serlo. Así, respondiendo a mi segunda pregunta, creo poder decir sin temor a equivocarme demasiado que “lo español”, lo que nos es “característico y típico”, nuestras “cosas”, nuestros “vínculos históricos”, en casi cualquier aspecto al que atendamos (sea el comportamiento, el carácter, los hábitos, las leyes, etc.), tienen de un modo u otro su origen o su manifestación actual (al menos hasta últimos del pasado milenio) en dicha iglesia.

El español que admire lo que siglos atrás hicieron sus ancestros ha de ponderar que, caso de haber sido -pongamos por caso- protestantes, musulmanes o budistas, con toda probabilidad no lo hubiesen hecho (y ahí está el caso de la pérfida Albión para comparar). A los pueblos, como a las personas, hay que aceptarlos tal como son, con lo que de ellos nos gusta y lo que nos desagrada; no puede pretenderse cambiar sólo un aspecto sin esperar que el conjunto se desequilibre y se desvirtúe; y mal españolista puede ser, creo yo, quien menosprecie una parte tan esencial de “lo suyo” como ha sido el catolicismo. Si al querer apreciar nuestra nación histórica desechamos su moral y valores católicos, la mojigatería y beatería, su bien o mal entendida fe, las vírgenes y santos, su fanatismo religioso a veces, su caridad o piedad, su liturgia y, en fin, todo aquello que deriva de dicha creencia, no sé yo si quedaría mucho más que el folclore: la cocina, los toros, el donjuanismo, los bares de tapas… la charanga y pandereta que decía Machado; cosas vistosas y atractivas pero bien superficiales; en una palabra: la españolería (que es al españolismo como la patriotería es al patriotismo). Y quién sabe si incluso detrás de la fiesta nacional (los toreros suelen ser devotos creyentes), el cante jondo, la jota aragonesa (¡que no les toquen a la Virgen del Pilar!) o incluso el gazpacho no palpita también algo católico, como lo hay tras las fiestas y celebraciones -siempre en honor a santos o por la expulsión del moro- por cualquier rincón de nuestra tierra. No es improbable que los curas y los párrocos hayan contribuido como ningún otro elemento, a lo largo de los pasados siglos, a formar nuestro carácter e idiosincrasia. ¿Qué España aman, pues, los anticatólicos, los que en general menosprecian no ya el credo en sí sino a quienes lo predican o lo observan? — me pregunto yo. Una España imaginaria que lleven ellos dentro de sí, supongo, pero no la histórica y verdadera. (Aunque esto último ya no reza, desde luego, para los tiempos actuales.)

El talentoso y controvertido teólogo español, doctor en historia y derecho César Vidal Manzanares (ahora nacionalizado norteamericano) tiene una popular web y un canal de Telegram en los que, entre otros asuntos, analiza las noticias internacionales y presenta su visión de la historia, la religión, la economía y la geopolítica. Nacido y educado católico (como todo español de aquelos días), en su adolescencia se unió a los Testigos de Jehová, que después abandonó para abrazar la protestante Iglesia Evangélica, de la que aún es prosélito y que promociona con el mismo fervor mesiánico con que denosta al papado). Inteligente, políglota, de gran erudición, bien informado, y afortunado poseedor de una memoria descomunal, ataca y rechaza sin descanso, con profundo y sentido desdén, las siguientes entre otras realidades: la monarquía española, la Iglesia Católica, la dominación musulmana, el franquismo, el comunismo republicano y por supuesto la España democrática contemporánea; en resumen: toda nuestra historia desde hace más de diez siglos hasta el presente. Pero el principal blanco de sus invectivas es sin lugar a dudas el catolicismo, al que embiste sin cuartel con enfermiza obsesión, aprovechando al vuelo, para ello, cualquier ocasión que se le presente o trayendo por los pelos el tema cuando no viene a cuento. Uno de las máximas de redacción de sus editoriales es la de incluir siempre alguna referencia desacreditadora o denigrante hacia el clero católico, un poco al modo como -según se dice- hacía Catón el Viejo al finalizar los debates en el senado romano con la famosa frase: Cartago delenda est. No es coincidencia que los dos países más vituperados por el señor Vidal sean Polonia y el Vaticano. Casi podría decirse que su proyecto vital consiste en acarrear al clero católico la mayor deshonra y menoscabo posibles; destruirlos, si en su mano estuviera.

Al mismo tiempo, empero (y de aquí mi perplejidad), ataca también con afilada lengua todo lo que considera hostil o perjudicial a su país natal y a sus compatriotas, hablando y comportándose como un verdadero adalid de España.

Por eso, cuando escucho su programa, no puedo evitar preguntarme: Pero entonces, ¿qué clase de patriotismo es el suyo? Al despreciar todo lo que España ha sido (más lo poco que ahora es), nuestro pasado y nuestro presente, el modo de vida católico que nos ha sido tan característico, el espíritu y aspiraciones del pueblo, muy poco queda de lo que enorgullecerse y por lo que sentir españolía. Con esas antipatías, ¿cómo puede César Vidal ser en modo alguno españolista? Cierto es que nunca lo he oído preciarse explícitamente de serlo; pero entonces ¿cómo interpretar sus frecuentes expresiones de apego y preocupación, sus protestas de fraternidad y cariño, el inequívoco enfoque proespañol de los contenidos de su canal? Cuando uno lo oye hablar, cree estar escuchando a un verdadero nacionalista. Pero ¿qué España tiene este hombre en la cabeza? ¿O es un fariseo?

Y esta confusión que me causa el señor Vidal me la causan también, por extensión, tantísimos españoles que dicen (o dijeron) amar nuestra historia pero reniegan de la Iglesia Católica y de la monarquía (y consecuentemente de todo lo que éstas han contribuido en la formación de “lo nuestro”). De hecho, si bien se piensa, todos aquellos españoles que, en los últimos dos siglos, intentan o intentaron, apoyan o apoyaron un radical cambio de nuestra sociedad y con cuyas ideas y beligerancia provocaron cruentos episodios civiles, rechazando entre otras cosas -en distinto grado pero indefectiblemente- el clericalismo católico (pienso en los afrancesados, la masonería, los “ilustrados”, los liberales y -sobre todo- el furibundo anticatolicismo o ateísmo de algunas izquierdas republicanas), podrían estar -no voy a negarlo- animados por las mejores intenciones, pero se me escapa su posible filiación patriótica, pues esa rotunda y revolucionaria transformación de la nación española que buscaban (y aún buscan algunos, no se sabe bien hacia qué) implica un rechazo frontal a la España del momento.

Si ser patriota es sentirse ligado a la patria por vínculos jurídicos, históricos y afectivos, pero es uno desafecto a lo más propio del país y quiere darle un brusco giro a su historia o subvertir las leyes nacionales; si la españolía es el amor o apego a las cosas características o típicas de España (de la del momento, obviamente, no de una futura e imaginaria) pero execra uno el característico catolicismo español, origen a su vez de tantos otros rasgos típicos de esta nación — bueno, entonces no entiendo cómo podría considerarse a sí mismo ni españolista ni patriota.

Llegados a este punto, siento la conveniencia de aclarar que no estoy tratando de defender aquí a la Iglesia Católica ni ese sentir de apego a la nación. Aunque sorprenda al lector, el que suscribe no es persona religiosa, ni siquiera creyente, ni tiene especial vínculo emocional con nuestra Iglesia, menos aún con la actual monarquía (que ha perdido ya casi toda su razón de ser -al haber perdido la sociedad el sentimiento de majestad- y que para colmo está al servicio de intereses supranacionales). Pero tampoco me considero patriota y quizá ni siquiera españolista. Lo que trato de defender, o al menos de buscar, es la coherencia en las actitudes. Un servidor admira la España histórica, la que durante cinco siglos creó un imperio sin precedentes que abarcaba la mitad del orbe, y que no tiene absolutamente nada que ver con la de hoy, ni como Estado ni como pueblo (por eso yo establezco una diferencia muy clara entre aquellos españoles y estos españoles, que sólo tienen en común el sustantivo. Aquellos desaparecieron para siempre como lo hicieron los neandertales). Pero, aun siendo un descreído, me parece que sin el espíritu del catolicismo no habrían sido posibles aquellas gestas ni aquellos genios, y aunque sólo sea por eso creo que la Iglesia Católica merece un respeto. Hasta hace medio siglo, en que sobrevino (de la mano de la falsa democracia) una pérdida acelerada y generalizada de la fe, un servidor podría -caso de haber tenido conciencia política en aquel tiempo- seguramente haberse considerado un patriota, un españolista, pues no habría sido imposible que sintiera amor, apego o admiración hacia la España de entonces y sus cosas (aunque venía ya muy diluida y disminuida tras siglo y medio de injerencias extranjeras, leyenda negra, complejos de culpa e inferioridad). Pero en la actualidad el españolismo me parecería algo incoherente en mi fuero interno. No así, por lo visto, para César Vidal, defensor de una España que jamás ha existido, ni para esos otros españoles que, al parecer, no ven o no vieron contradicción entre su patriotismo y su deseo de transformar de arriba a abajo esa misma patria presuntamente admirada.

Tal vez me faltan conocimientos o me sobran prejuicios para comprender a esos supuestos españolistas; tal vez carezco de la necesaria lucidez mental para ver dónde está mi error; pero mientras tanto, a falta de mejores razones, sólo se me ocurre que esos de quienes hablo no son del todo honestos consigo mismos, o bien hay algo de hipocresía en ellos.

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Una guerra cada día más falsa

El autor del artículo cuya traducción ofrezco aquí escribe bajo varios nombres con las iniciales R. S., aunque mantiene siempre su persona en el anonimato. Al tiempo de escribir esto, se hace llamar Rurik Skywalker. Cuando yo empecé a seguirlo, el nombre de turno era Rolo Slavskiy, que es como aún lo conocen e interpelan muchos de los lectores en su blog de Substack, donde casi a diario descarga en forma de largos artículos su furiosa e incontinente oratoria.

Rolo es un personaje excéntrico donde los haya, al que gusta jugar el papel de enfant terrible. De etnia eslava, nacionalidad rusa o ucraniana y autoexiliado -parece ser- en EE.UU., se considera a sí mismo un acérrimo patriota nacionalista ruso. Aparte de una vasta cultura general hace gala de profundos conocimientos en humanidades, lo cual le sirve, junto a su portentosa memoria, una fabulosa inteligencia -de la que constantemente alardea sin asomo alguno de modestia- y un cierto grado de autismo que no titubea en confesar, para expresar las opiniones más extremas e impopulares que uno imaginarse pueda; y lo hace con un colorido lenguaje, chocante mezcla entre los registros más cultos y la jerga más callejera, a los que añade con frecuencia palabras de su propio cuño que, en ocasiones, hacen bastante difícil -cuando no imposible- la traducción. Pero tal vez lo más llamativo de su estilo “periodístico” son un corrosivo y permanente sarcasmo (su herramienta didáctica, como él la llama) y la furibunda agresividad con la que acomete y vitupera sin cesar a la humanidad en general y a sus propios lectores en particular, por quienes -desde su altura intelectual- siente un infinito desprecio; ataques que me resultan poco comprensibles habida cuenta de que, a la vez, no deja de lamentarse por los pocos suscriptores de pago que tiene. Esta bilis que artículo tras artículo vierte sobre su audiencia -en especial, sobre quienes no pagamos suscripción- puede llegar a hacer insufrible su lectura si antes no se blinda uno con una coraza psicológica y acepta que tal es el precio a pagar por enterarse de los iniguales contenidos que publica. Al final, acaba uno por acostumbrarse y llega a obviar de manera casi inconsciente los párrafos de su deliberado y confeso terrorismo verbal.

Muy bien informado de casi todos los temas de actualidad, en particular de cualquier cosa que concierna a Rusia (para lo cual su conocimiento del idioma es imprescindible), la mayoría de sus contenidos versan sobre dicho país, y se precia de ser -acaso con justicia- el único informador contemporáneo, en inglés, de la realidad rusa más exhaustiva y profunda y del verdadero sentir de su nación. Sea como fuere, Rolo es un escritor único: podremos estar o no de acuerdo con su feroz e indiscriminada crítica, podrá parecernos sublime o aberrante, pero lo que él publica no he encontrado yo qué otra persona lo diga.

Sin más, paso a ofrecer mi traducción de su artículo del día 4-5-2024.


Esta guerra es cada día más falsa

Olvidé informar sobre una interesante noticia de principios de esta semana. EE.UU ha suavizado las sanciones a muchos oligarcas “rusos” [lo entrecomilla porque, aunque tengan pasaporte ruso, son hebreos en su mayoría]. Los grandes exportadores de recursos naturales encontrarán que ahora es más fácil hacer negocios con los satanistas de la OTAN; lo cual creo que es algo bueno.

Licencia autorizando importaciones energéticas

Cuando se vio que Rusia, pese a estar enviando decenas de miles de hombres a morir en las trincheras del Donbass, aún comerciaba con Ucrania, la UE y Usa, casi reviento del cabreo. Pero, como enseguida descubrí, no todo el mundo pensaba que esto tuviera importancia. Algunos decían que Rusia tenía que seguir vendiendo a Occidente para poder pagar el esfuerzo bélico, lo cual es una forma de lógica muy retorcida. Imaginaos intentar ofrecer ese argumento respecto a hacer negocios con el mismísimo Satán Reencarnado, Mr. Adolf Hitlerovich. ¡Joder!, creo que lo mandarían a uno a la cárcel sólo por sugerir una cosa así. Sería, literalmente, algo imposible de concebir, ¿verdad? ¿Pero y con los OTANistas? ¡Ah, no hay problema!

En general, si decís que esta guerra es falsa, aún os embrea y empluma la “buena gente” de ambos bandos, que ha invertido muchas emociones en todos los meta-relatos de esta matanza. Unos dicen que es una guerra por Derechos Humanos Libertad Democracia. Otros, que por Valores Cristianos Tradicionales Antifa. Ambos se enfadan mucho si les decís que no es más que el negocio de siempre.

Lo mismo ocurre con las actuales protestas Palestina-Israel.

Yo creo que los agentes israelíes están desacreditando deliberadamente a los manifestantes pro-Palestina, presentando su aspecto visual más negativo y algunas conductas antisociales. Las imágenes que nos llegan de estas universidades son casi repugnantes.

No podría uno sacar una panda de cretinos más deshonrosa que ésta para apoyar públicamente una causa. Eso hará que la América [se refiere a Usa] cristiana y blanca que aún queda se aparte con repulsa y apoye de nuevo a Israel, justo a tiempo para la campaña electoral y una escalada en la próxima guerra del desierto.

Pero podéis ver cómo mi opinión sobre esto es similar a la que sostengo sobre la guerra civil eslava. Creo que en esta historia hay más de lo que aparece a simple vista, aunque el resumen general del meta-relato es el mismo: los Elegidos de Dios manipulando a todos los demás para que nos peleemos unos contra otros en lugar de dirigir nuestra ira hacia ellos. En este sentido, mi explicación de las protestas del campus y de la guerra en Ucrania es prácticamente la misma.

Creo que la gente rechaza mi enfoque porque no le presenta una visión halagadora de sí misma, y sus inflados y frágiles egos no pueden aceptarlo. Y es que si acepta uno mi visión de las cosas, entonces la mayoría de nosotros estamos, sencillamente, siendo manipulados y guiados de la nariz, una y otra vez, por nuestros superiores teológicos.

Mi lógica puede extrapolarse para explicar también el último siglo de guerras y nefandos acontecimientos. Pero nadie quiere comprender que a sus ancestros los engañaron y los superaron en astucia, con el resultado de que vivimos bajo un gobierno globalista de ocupación.

Este punto de vista sobre la política, los acontecimientos actuales y la historia reciente no es muy compatible con una cosmovisión cristiana, o conservadora, o liberal, o libertaria, o comunista o progresista, la verdad. Las únicas personas que pueden aceptar tal perspectiva son, básicamente y sobre todo, “conspiranoicos”, en modo alguno “izquierdosos” ni “derechosos”, y por supuesto también los pesimistas metafísicos. En otras palabras: si alguien está muy interesado en pensar que es un “ganador” y que es mejor que los demás, no puede aceptar que ha estado viviendo bajo una ocupación teológica, económica, política y de todo tipo. Su mente se rebela contra el bajo estatus que implica habitar tal realidad.

Tener una mente abierta requiere cierto nivel de estabilidad emocional y fuerza de identidad. Las personas interiormente muy débiles no pueden darse el lujo de albergar alarmantes teorías conspiratorias respecto a la naturaleza de la guerra, de las manifestaciones o de la crisis de turno. Lo único que conocen, como animales de rebaño que son, es el sentimiento de seguridad que proviene de resistir hombro contra hombro junto a los de su “bando”.

Cuando tengáis dudas, escoged un bando; encontrad el rebaño.

Me pregunto cuántos años necesitó la gente, tras el final de la PGM, para poder mirar objetivamente la guerra y considerar la posibilidad de que fue un malaconsejado baño de sangre que sólo benefició a quienes no participaron en él, sino que lo alentaron y financiaron. Pues si aún estáis indecisos intentad pensar ahora como si fuese la PGM, que es lo que yo hago. Estoy seguro de que a los rusos de entonces se les contaron todo tipo de sandeces sobre cómo luchaban por grandes valores morales y por Jesús, o algo así. Sabemos que, en un momento dado, la indignación por la guerra llevó al motín, al colapso, al caos y a la otra guerra, la civil. Ahora hemos tenido ya un motín en Rusia, y no puedo evitar la sensación de que las cosas sólo pueden empeorar.

Por supuesto, incluso en el peor de los casos (una verdadera guerra interna en Rusia), la misma gente seguiría declarando que todo va bien y que sólo los traidores albergan dudas sobre la victoria total contra el mal dentro de dos meses. Pensábamos que, reunidos en torno a un mapa con tanquecitos y soldaditos de plástico, estábamos planificando una guerra; pero en realidad nos hallamos en la consulta del loquero intentando descubrir qué trauma interno padecemos que nos impide comprender que la Operación Militar Especial ha sido un fracaso y que Rusia nunca tomará Odesa, mucho menos aún Slaviansk o llegar hasta el río [el Dniéper].

La pequeña guerra especial de Putin es un test de Rorschach para la sociedad. Y resulta que muchos de nosotros estamos profundamente trastornados.

Esta incapacidad para percibir nada que se parezca a la realidad se refleja en prácticamente cualquier otro asunto del día. Ved lo que ocurrió con la covid. Y ved lo fácil que fue conducir a los estadounidenses a la guerra con Irak: el 93% pensaron que Saddam había perpetrado un bio-ataque nuclear contra el 9/11 en Nueva York, o algo así.

Para hablar de heurística útil, si quieres encontrar algo que se aproxime a la realidad debes buscar siempre una opinión compartida por no más del 10% de la población. Así que si la mayoría de la gente cree que Ucrania está luchando por Democracia Tolerancia y otra minoría significativa cree que Rusia lucha por Valores Tradiciones… bueno, me parece que ya lo vas pillando.

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Modelando percepciones con ayuda de la R.A.E.

Una de las cosas que más nos enorgullecen a los legisladores globales es la maestría de nuestros think-tanks para adulterar o viciar la semántica y el vocabulario con el fin confundir, condicionar y en última instancia moldear las mentes de la población, sus opiniones y actitudes. El lenguaje, al ser vehículo del pensamiento, es también el medio idóneo para perfilar la percepción que tiene el ser humano de la realidad; y de este potencial para modificar y alterar las ideas nos valemos.

Sin llegar a los extremos de la neolengua descrita por Orwell (no por imposible, sino porque la geopolítica aún no está madura para eso), hay muchos modos de aprovechar este casi inagotable recurso: acuñar términos nuevos, adscribir distintos significados a palabras ya existentes, desplazar o reemplazar conceptos, llevar a cabo sustituciones semánticas, etc. Aunque estas técnicas son muy antiguas y vienen utilizándose seguramente desde hace siglos, hoy en día la mayor parte de este lenguaje se fabrica en los susodichos think-tanks, si bien una parte del nuevo léxico sale espontáneamente de cualquiera de los infinitos talleres del activismo social, más o menos autónomos, a nivel local o nacional (llamados “chiringuitos de la izquierda” por los malintencionados), cuyos participantes a veces descubren o inventan verdaderas gemas verbales.

Una vez elaborado el nuevo producto, se lo pasamos a nuestro conglomerado propagandístico (los mass media generalistas, agencias de noticias, redes sociales, plataformas audiovisuales, editoriales, artistas, etc) para que lo distribuyan por todo el orbe, así como a la casta política para que lo incorpore a su vocabulario. Huelga decir que todo esto tiene una íntima relación con la corrección política y es casi inseparable de ella: primero presentamos al público lo que va saliendo de nuestros laboratorios de ideas, inundando con ellas la prensa, radio, televisión, cine, plataformas, redes y todo espacio social a donde llegue nuestra influencia (que es casi universal), y a continuación convencemos a la gente de que la forma anterior de expresarse o las ideas a reemplazar son ofensivas, peyorativas, insolidarias, supremacistas, etc., y por consiguiente inapropiadas para ser utilizadas en público y vergonzantes de sentir o pensar en el fuero interno de cada uno.

A veces un vocablo totalmente innovador puede ser muy efectivo (piénsese por ejemplo en nuestra exitosa invención del término conspiranoico), teniendo por objeto forzar al oyente a una reflexión delibarada sobre la idea propuesta con la esperanza de que la adopte sin reservas. No obstante, esta variedad tiene el inconveniente de que, al implicar un proceso mental consciente, esa parte de la audiencia (normalmente pequeña, por suerte) que es más crítica y suspicaz, que está más alerta a posibles lavados de cerebro, puede rechazar, desenmascarar o desafiar el invento. Así que, aprovechándonos del nivel subconsciente al que el lenguaje permea nuestro cerebro, lo habitual es que escojamos el léxico o la semántica más sutil posible (al modo como funcionan los mensajes subliminales en publicidad) con idea de que no se dispare ninguna alerta o mecanismo mental de autodefensa: el público nos compra el producto sin notarlo siquiera y la idea germina y florece en su cabeza sin que, en ocasiones, llegue nunca a darse cuenta del cambiazo.

Una de nuestras obras de arte más abrumadoramente exitosas en la última década ha sido la promoción de la palabra migrante a expensas de la -admitimos- más propia y precisa inmigrante; promoción que acometimos con el objetivo último de blanquear la entrada masiva de inmigrantes ilegales en el territorio de una nación. Las directices para fomentar dicha palabra en básicamente el planeta entero e impregnar con ella las mentes de todo el mundo las emitimos a mediados de la segunda década de este siglo, y no sólo los ejecutores políticos (gobiernos) y los propagandistas (medios de comunicación) siguieron con diligencia nuestras instrucciones, sino que también las autoridades académicas se prestaron amablemente a cooperar. Veamos unas cuantas definiciones que nos ayuden a comprender por qué y cómo lo hicimos.

Hasta la 22ª edición (inclusive) del DRAE, inmigrar significaba “llegar a un país para establecerse en él los naturales de otro, especialmente hablando de los que forman nuevas colonias o se domicilian en las ya formadas”. Inmigrante, por su parte, sólo significa “que inmigra”.

Definiciones hasta la 22ª edición DRAE

Según esta definición, el verbo inmigrar reflejaba con total precisión el fenómeno de esos millones de personas trasladándose desde sus intertropicales países de origen hacia el Munco Blanco. Pero esta semántica no nos gustaba, porque la imagen de hordas de naturales de otro país colonizando grandes áreas podía indisponer (y, de hecho, lo hacía) a muchísimas personas de la nación receptora contra tales invasores. Era necesario quitarle yerro a este verbo y suavizarlo en lo posible, así que le pedimos a la Real Academia Española que modificara su definición, a lo cual los eruditos de la lengua accedieron encantados, como no podía ser de otro modo, pues para algo los tenemos en nómina a través del IBEX35, su principal y mayor fuente de financiación. De este modo, a partir de la 23ª edición del DRAE, inmigrar (en la acepción que nos interesa) significa “llegar a un país extranjero para radicarse en él”. Nada de naturales de otra parte formando colonias, porque eso no convenía que resaltara.

Definición tras la 23ª edición DRAE

Para los países de habla inglesa, por cierto, hicimos otro tanto, pidiendo la correspondiente modificación de definiciones exactamente en el mismo sentido, o sea eliminando la mención de que los inmigrantes no son naturales del país de acogida.

Anterior definición
Nueva definición de immigrant

No obstante, éramos plenamente conscientes de que este ligero cambio no bastaba: era necesario volcar toda la atención del fenómeno inmigratorio hacia el migratorio aprovechando las connotaciones positivas del segundo. Al estar además ambos términos semántica y morfológicamente tan emparentados, el candidato a reemplazo era idóneo.

En efecto, migración tiene dos acepciones que nos interesan: por una parte, “viaje periódico de las aves, peces u otros animales migratorios”, y por otra, “desplazamiento geográfico de individuos o grupos, generalmente por causas económicas o sociales”.

Definiciones 22ª edición.

Bien se ve que esta palabra era mucho más útil a nuestra agenda ideológica. En cuanto al primer significado, ¿qué persona en su sano juicio podría percibir negativamente a criaturas de la naturaleza, aves, peces, indígenas, cambiando de hábitat? Respecto al segundo, ¿no es más fácil ser receptivo hacia vagos desplazamientos geográficos por causas económicas o sociales que hacia extranjeros radicándose en el país de uno? Era previsible, pues, que los matices positivos de la migración se traducirían, en la mente del blanco medio, a una actitud más positiva hacia los africanos, asiáticos e hispanoamericanos (perdón: latinoamericanos) que íbamos a enviarles a mansalva. Así que a tal efecto requerimos a la R.A.E. que hiciese dos enmiendas. El verbo migrar, que hasta la 22ª edición de su diccionario era tan sólo un sinónimo de emigrar y de inmigrar (con lo cual estábamos en las mismas), debía pasar a tener un significado más consonante con nuestro proyecto, y quedó fijado así: “trasladarse desde el lugar en que se habita a otro diferente”, para de este modo no asustarnos a la gente con definiciones que pudiesen sugerir la imagen de un reemplazo poblacional de blancos por morenos. El segundo cambio era aún más importante, absolutamente esencial, y consistía en la introducción en el DRAE de la palabra migrante, que -véase dos imágenes más arriba- hasta entonces no se había incluido en ninguna edición. Imperdonable carencia que nunca habría permitido a España equipararse a otros civilizados y más solidarios países.

Sin esta palabra los españoles no podían solidarios.

Todos estos cambios, pues, se llevaron a cabo tras la 23ª edición del DRAE, coincidiendo con la campaña de promoción que estamos analizando. La Academia no esperó, como es su proceder habitual, a que la popularización y consolidación de un uso lingüístico justificase la modificación del diccionario, sino que en esta ocasión (a insancias nuestras, que somos quienes pagamos) se anticipó a él.

Y así fue cómo lo dispusimos todo. Poca gente se percató del cambiazo, quien lo hizo no le dio la menor importancia o le pareció bien y, al cabo de unos años, muchos ya ni se acuerdan de que conocieron alguna vez la palabra inmigrante. Esto lo hicimos simultáneamente en toda la extensión del planeta hasta donde llega la influencia de nuestras organizaciones, y la eficacia de tal sustitución semántica fue sólo comparable a la que, años después, tuvo nuestra campaña del pánico covidiano. Quien esto escribe recuerda cómo se asombró, en su día, de nuestro propio éxito: en un abrir y cerrar de ojos, apenas dos semanas, la palabra inmigrante había desaparecido por completo de la esfera social. Ningún medio de comunicación, ninguna plataforma, ningún político volvió a usarla más.

Lo más fascinante -repetimos- de todo esto es el alcance, sutileza y persistencia con que el léxico opera en la mente del individuo. No sólo habíamos logrado desterrar extraoficialmente una palabra de la vida política y social mundial, sino que casi nadie dejó de morder el anzuelo, desde el ciudadano más desprevenido, cándido o políticamente correcto (con cuyo aplauso contábamos de antemano) hasta, en el otro extremo del espectro, el anti-globalista más crítico, el reaccionario más suspicaz o el erudito más alerta (cuya resistencia esperábamos fiera). Así de eficaz es la diseminación de vocabulario que organizamos y así de potente el mecanismo psicológico con que una idea sutilmente introducida en el lenguaje se implanta en nuestro cerebro. Resulta divertido, y nos llena de satisfacción, ver cómo los conservadores más contrarios a la inmigración ilegal utilizan -salvo en algún aislado nicho de trogloditas- constantemente la palabra migrante en lulgar de inmigrante, trabajando así sin darse cuenta para impulsar nuestro programa y promoviendo las mismas ideas contra las que creen estar luchando.

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Identificación biométrica en Rusia

Riley Waggaman ha publicado otro de sus irónicos artículos sobre la deriva hacia el control digital que, a semejanza del Occidente Colectivo, sigue Rusia. Ofrezco aquí su traducción al español.

Identificación biométrica: ¿es lo que Rusia anhela?

Nadie lo ha pedido, pero nos lo colocan igualmente

Las naciones del mundo están en una carrera por ver quién puede etiquetar a su respectivo ganado del modo más seguro, voluntario y práctico posible. Entretanto, el ganado riñe en internet con respecto a cuál granjero tiene el crotal más seguro y mejor.

Supongo que es cuestión de gustos. Al fin y al cabo, aún podemos decidir quién preferimos que nos etiquete. Más o menos.

En Rusia ha habido grandes avances hacia la puesta en marcha de un crotal biométrico, que es quizá el mejor tipo de crotal jamás imaginado, porque así el ganado ya no necesita ir cargando con un trozo de papel: su cara es su etiqueta. Si esto no es práctico, que venga Dios y lo vea.

Es un hecho probado que los crotales biométricos son seguros, prácticos y 100% voluntarios; y se están implementando gradualmente para no causar sospechas ni ansiedad entre el ganado.

Permíteme demostrarlo.

Es para tu comodidad

Espero que a estas alturas ya te hayas dado cuenta de que están privándote de tus libertades privilegios civiles porque tu gobierno se preocupa enormemente por tu seguridad y le quita el sueño la posibilidad de que sufras molestias.

Moscú también es una ciudad altruista y generosa:

A fines del pasado marzo el gobierno ruso anunció que los ciudadanos podrían registrarse en hoteles, spas, campings, centros turísticos y clínicas médicas usando los datos biométricos almacenados en el Sistema Biométrico Unificado “voluntario”.

Como es habitual, las autoridades insistieron en la “conveniencia” de los identificadores biométricos. El ministro para el desarrollo económico dijo a TASS que el check-in en hoteles y otras instituciones “permitirá a los huéspeces registrarse por sí mismos cuando les resulte más cómodo, sin colas ni esperas”.

Por supuesto los rusos siempre podrán seguir registrándose en hoteles y centros de tratamiendo sin que les escaneen la retina, al modo tradicional, pero ¿por qué iban a querer sufrir esa molestia?

Ahora bien, recuerda que la identificación biométrica es esencial para la comodidad y que sólo los ciudadanos que hayan incorporado sus datos al totalmente voluntario Sistema Biométrico Unificado podrán acceder a este practiquísimo método de check-in, según apuntó Rospotrebnadzor en una nota de prensa.

Y ya que estamos en ello, para finales de este año en varias regiones rusas los ciudadanos podrán relacionarse con sus burocracias locales sin presentar el pasaporte nacional [que, en Rusia, hace las veces de DNI]; bastará con que sonrían ante la cámara…

Pero para que quede absolutamente claro: los rusos nunca estarán obligados a usar la identificación biométrica; se trata de conveniencia, optimización y posibilidad de elección para los preciados ciudadanos.

También es por tu seguridad

La identificación biométrica no es sólo una forma muy sencilla y práctica de confirmar tu identidad ante tu granjero, sino también una forma ideal para que éste se cuide de ti mientras caminas por ahí pensando en tus cosas:

 

El granjero local de Moscú está siempre pensando en tu seguridad y comodidad:

“En los últimos años se han procesado en Moscú millardos de imágenes, tanto de vehículos como de personas, con una calidad de reconocimiento de hasta el 99’8%; es decir, casi un 100% de efectividad.”

Todo esto forma parte del sueño de Sergei Sobyanin, alcalde de Moscú, de crear una utopía biométrica en la que las compañías de seguros de salud puedan bonificar las primas según los datos obtenidos mediante dispositivos médicos implantados:

 

El reconocimiento facial ya no es un lujo, sino una necesidad, sobre todo teniendo en cuenta la aparición de nuevos riesgos.

Una vez más: esto es por tu seguridad. Según explicó mkset.ru:

“También conviene advertir que el sistema de reconocimiento facial no se presta en absoluto al abuso de las libertades civiles.”

Se trata de algo vital:

“Le pido que intensifique las labores de puesta en marcha del programa Región Segura. El presupuesto contiene los fondos necesarios; es necesario que la instalación de cámaras de circuito cerrado con reconocimiento facial finalice lo antes posible. Se trata de una medida vital”, según dijo Makhonin al ministro para seguridad territorial Viktor Batmazov.

… y además es completamente voluntario

Mira: si no quieres que te identifiquen facialmente, no tienes por qué aceptar. Es completamente voluntario. El Sistema Biométrico Unificado —a cargo de una sociedad anónima— presume de haber obtenido, hasta ahora, aproximadamente 50 millones de registros de datos biométricos voluntariamente suministrados:

 

… Salvo que quizá algunos de estos datos voluntariamente suministrados pueden haber sido suministrados sin consentimiento:

 

Cómo los bancos obtienen datos biométricos sin el consentimiento de los rusos

¿No es genial esto de los crotales? Tanto si son crotales estadounidenses como europeos, esquimales, ucranianos, brasileños o rusos, todo el ganado cívico está de acuerdo en que están volviéndose cada vez más prácticos, más seguros y más necesarios en estos tiempos turbulentos e inciertos que corren.

Y, desde luego, corren tiempos muy precarios para el ganado.

El primer crotal vino promocionado como un documento para vigilar a espías, desertores y refugiados de la era PGM. Después, este documento temporal para “tiempo de guerra” se convirtió por arte de magia en el sistema de pasaporte internacional que hoy todos conocemos y amamos.

En este enlace puedes familiarízarte con la historia del moderno etiquetado de ganado, porque es importante comprender que nos aproximamos al desenlace final de los crotales, un juego que comenzó hace cien años.

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¿Es El Ejido Shopping una estafa?

“Cometen estafa los que, con ánimo de lucro, utilizaren engaño bastante para producir error en otro, induciéndolo a realizar un acto de disposición en perjuicio propio o ajeno.”
Artículo 248 del Código Penal español

El Ejido Shopping (elejidoshopping.com) es una tienda online que ofrece precios muy económicos, a veces tan sorprendentemente bajos que, pese a las sospechas que inevitablemente le surgen a uno ante algunas de sus increíbles ofertas, pese al aspecto un poco chungo de su web y, sobre todo, pese a la abundancia de malas opiniones y puntuaciones que sus clientes/víctimas le han dedicado (por ejemplo aquí, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí), puede resultar difícil, en un momento dado, vencer la tentación de hacerles una compra.

Tal fue mi caso hace algunas semanas, cuando encontré en Elejidoshopping un ordenador portátil que llevaba días buscando y que la competencia vendía entre un 50% y un 80% más caro. El ahorro era tan grande que pensé que valía la pena arriesgarme. En última instancia -me dije-, si algo sale mal lo peor que puede ocurrir es que tenga que pasarme unos cuantos meses poniendo reclamaciones hasta recuperar mi dinero.

La web de El Ejido Shopping indicaba que tenían tres unidades de ese portátil en stock, lo cual me pareció que infundía cierta confianza: si detallaban el número exacto de unidades disponibles (en lugar de un vago “hay existencias” o un más vago aún “llámenos para consultar disponibilidad”) quería decir que llevaban un buen control de sus almacenes o una buena coordinación con sus proveedores. Así que me di de alta en su web, añadí el portátil al carrito de la compra y procedí a efectuar el pago.

Lamentablemente (aunque esto luego resultó ser providencial) no pude pagar con tarjeta bancaria, pese a intentarlo hasta cinco veces: en unas ocasiones la plataforma me devolvía un mensaje diciendo que mi banco había rechazado el pago; en otras, que lo había rechazado el comerciante. Pero tan buen precio tenía el portátil que hice un sexto y último intento, escogiendo esta vez la modalidad de pago por transferencia. Ahora todo pareció ir bien, y enseguida recibí un email confirmando el pedido e indicándome una cuenta bancaria a la que debía transferir el dinero. Además, a continuación, comprobé en su web que el número de unidades disponibles había bajado de tres a dos, lo cual parecía sugerir que, pese a todo, la plataforma funcionaba relativamente bien.

No obstante, algo escamado por los primeros intentos fallidos con el mensaje “Pago rechazado por el comerciante”, antes de hacer la transferencia creí prudente cerciorarme de que no habría ningún problema con la compra; así que les envié un mensaje a su correo de contacto para que me confirmasen tanto el precio como la efectiva disponibilidad del portátil.

Como al día siguiente por la tarde aún no había recibido respuesta, abrí un chat online, disponible en su web, para preguntárselo directamente. La persona que me atendió me dijo enseguida que no les quedaba ninguna unidad, no sólo de ese modelo sino tampoco de otro muy similar (e igualmente barato), del cual había visto, la tarde anterior, que tenían siete existencias. Como, obviamente, era muy improbable que los hubiesen vendido todos justo a lo largo de esa mañana, me quedó claro que la información sobre su stock era totalmente errónea.

Tener desactualizadas las existencias de productos que, en las webs de ventas, figuran como “en stock” (y no digamos ya hasta el punto de detallar el número de unidades disponibles) es una deplorable práctica comercial, especialmente frecuente en el sector dropshopping, que es al que -por lo que colijo- pertenece El Ejido Shopping. Dropshopping es una práctica de comercio electrónico consistente en ofrecer al comprador productos que la tienda no tiene físicamente en stock. De hecho, el comerciante puede incluso no tener almacén y ni siquiera oficinas, sino simplemente estar “conectado” online con sus proveedores (o directamente con el fabricante), a quienes les traslada los pedidos que sus clientes le hacen, ahorrándose así gravosos costes que le permiten ofrecer precios muy competitivos. Pero, precisamente por eso, en este tipo de negocio deberían extremar la fiabilidad respecto a la información que publican sobre “existencias” y jamás anunciar como disponibles productos de los que no tengan la seguridad que pueden ser enviados al cliente, ya que, de otro modo, éste puede estar pagando un artículo que jamás recibirá, con lo cual ya tiene garantizado el problema, pues a la hora de recuperar su dinero todo son trastornos, pegas, preocupaciones, demoras y, en el mejor de los casos, enojosas pérdidas de tiempo; en tanto que el vendedor engorda temporalmente sus cuentas con unos fondos que no le pertenecen, pues los ha recibido por “ventas” de unos productos que, en realidad, no podía suministrar y cuyo importe deberá (o debería) devolver tarde o temprano.

Volviendo a mi conversación de chat con El Ejido Shopping: al afearle esta práctica a la persona que me atendió (al parecer, el dueño y único responsable de la tienda, según algunos comentarios que he leído por internet), se apresuró a retirar de su web -silenciosamente y sin admitir negligencia alguna- todos los portátiles de la marca en cuestión que tenía anunciados, mientras intercambiábamos los siguientes mensajes:

ELEJIDO: Que hacemos si fujitsu los a retirado

FREELANDER: Pues tener actualizada la web. Esta madrugada había “en existencia” al menos siete Fujitsu que ahora mismo veo que ya no tenéis. Obviamente no los habéis vendido durante estas cinco horas, sino que acabáis de retirarlos. Si llego a hacer la transferencia, según me indicábais en el email que recibí, ya tenemos el lío montado.

ELEJIDO: Si lio llevamos 20 años. No robamos a nadie. Si haces transferencia se devuelve automatica. O pay pal o tarjeta o aqui en la tienda.

FREELANDER: ¿Y no es mejor actualizar la web para que nadie tenga que perder el tiempo y pasar el temor de perder también su dinero? Después de 20 años, si sois tan profesionales, ya tendríais que haber aprendido a no anunciar stocks que no tenéis.

ELEJIDO: La actualizan los fabricantes si retiran un producto. En 24 horas actualizan.

FREELANDER: ¿Y han retirado todos los Fujitsu justamente entre las 6 de la madrugada y la hora actual, justo después de haber chateado conmigo? ¡Qué casualidad! ¿O no será más bien que acabas de retirarlos tú?

ELEJIDO: Claro. No vamos a esperar al lunes. Acercate al shopping q tienes en Grana. Compralo.

FREELANDER: ¿Grana supongo que será Granada?

ELEJIDO: Claro.

Es decir -y sin entrar a comentar su gramática- que el hombre quería responsabilizar a Fujitsu de la errónea (por no decir “engañosa”) información en su web y hacerme creer que él no tenía ni arte ni parte en lo que anunciaba como “en stock”; refiriéndose, por lo demás, como argumento de peso en favor de su incuestionable reputación a sus 20 años de existencia; una existencia, por cierto, a mi parecer incomprensiblemente longeva, habida cuenta la mala praxis comercial, la falaz información y el impertinente trato al cliente, como se verá. Aparte de que ese “No robamos a nadie” era ya algo revelador de por sí: excusatio non petita, accusatio manifesta.

Sea como fuere, en vista de la negativa impresión que acababa de causarme decidí que ese vendedor era de nula confianza y le pedí que elminiara mi cuenta, que abrí para comprar el portátil, y que borrase mis datos de su fichero informatizado.

FREELANDER: Bueno. De todas formas quiero cerrar mi cuenta en la web y borrar mis datos según indica la Ley de Protección de Datos. Dime cómo tengo que hacer.

ELEJIDO: Q cuenta.

FREELANDER: Mi cuenta en elejidoshopping.com

ELEJIDO: Aqui solo tienen cuenta los profesionales.

Una nueva falsedad manifiesta. Ninguna información “profesional” se me solicitó a la hora de crear la cuenta, ni figuraba en parte alguna que sólo los profesionales pudiesen hacerlo. Este hombre no tenía el menor reparo en mentirle a uno a la cara y quedarse tan fresco.

FREELANDER (haciendo copia y pega de un apartado en la propia web de la tienda): “Solicitud de rectificación y supresión. Tiene derecho a modificar toda la información personal que se encuentra en la página “Mi cuenta”. Para cualquier otra solicitud que pueda tener con respecto a la rectificación y/o supresión de sus datos personales, contáctenos a través de nuestra página de contacto. Revisaremos su solicitud y le responderemos lo antes posible.”

ELEJIDO: No te preocupes se elimina solo.

FREELANDER: Ni de coña se elimina solo.

Confío en que, ante esa tercera mentira descarada (“No te preocupes, se elimina solo”), se comprenda mi impaciente respuesta. La información guardada en las bases de datos nunca se elimina sola. Ha de borrarla manualmente el responsable del fichero. Pero dicho responsable no se contentó con mentirme, sino que se sintió en la necesidad de mostrarse grosero:

ELEJIDO: A ver que quieres.

FREELANDER: Que canceles mi cuenta y borres mis datos de la base de datos informática en la cual se han grabado.

ELEJIDO: Darme la tabarra.

FREELANDER: Pues sí que voy a darte la tabarra como no me canceles la cuenta. Para empezar, una reclamación ante la Agencia de Protección de Datos. Encima el tío se pone borde.

ELEJIDO: Pues venga a reclamar.

FREELANDER: Muy bien.

Ahí acabó nuestra conversación. Por suerte no tuve que ponerme a redactar la reclamación porque, cinco minutos más tarde y pese a su última vacilada, mi cuenta ya había desaparecido de su web.

Así que el lector que haya llegado hasta este artículo tiene aquí otra experiencia más con la que valorar si le compensa arriesgarse a comprar en esa “tienda”. No puedo afirmar con seguridad que la práctica comercial de El Ejido Shopping encaje en el tipo penal de la estafa, sobre todo porque no tengo ciencia cierta sobre la intencionalidad (el animus lucrandi) de su propietario. Pero el modo de llevar ese negocio me parece, en el mejor de los casos, irresponsable, y los modales de ese sujeto demuestran un considerable desprecio hacia sus clientes.

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El Banco de España valida el secuestro de cuentas

Fernando Tejeda, director del Departamento de conducta de entidades del Banco de España

Según un reciente informe del Departamento de Conducta de Entidades del Banco de España, la arbitrariedad bancaria es perfectamente legítima aunque, como consecuencia, resulte de ella el secuestro efectivo de los fondos de los cuentacorrentistas.

El informe fue emitido a raíz de una reclamación interpuesta por un cliente contra su banco por negarse a atender una solicitud de cambio del número de teléfono asociado a su cuenta para recibir los SMS de validación de operaciones. Estos SMS (llamados “códigos OTP”) se han convertido hoy día en práctica bancaria común y, sin ellos, no sólo resulta endiabladamente difícil disponer de los propios fondos sino que son incluso necesarios para que el cliente bancario pueda acceder a su espacio personal en la web de la entidad y manejar sus cuentas a través de internet; de manera que la negativa de un banco a modificar la línea telefónica en la cual el cliente desea recibir el código OTP puede equivaler, de facto, a un secuestro de sus fondos.

Por cierto: a pocos lectores sorprenderá saber que el banco en cuestión (EVO Bank) es una filial de Bankinter, grupo financiero que ya nos tiene acostumbrados a prácticas de dudosísima honestidad (por decirlo suavemente), como las de sus aseguradoras Nuez y Línea Directa, las cuales, cuando no han sido tildadas de pura estafa, figuran entre las peor valoradas entre los consumidores.

En el caso que ahora nos ocupa, la solicitud de cambio de teléfono fue realizada mediante un escrito firmado por el cliente (medio válidamente aceptado por las leyes españolas para efectuar comuncaciones entre partes, como no podía ser menos en un Estado de Derecho) y oportunamente recibido por el banco, según la propia entidad admite. No obstante lo cual EVO, a la vista de esa inequívoca, válida, legítima y pertinente solicitud, se negó a atenderla sin aportar justificación válida alguna. No es que no adujeran ningún motivo, sino que la excusa utilizada para tal negativa no tenía validez legal ni contractual alguna. Y es que EVO impone a dicho tipo de solicitudes (cambio del número de teléfono) una condición caprichosa que no sólo no figura en el contrato de cuenta bancaria suscrito con el cuentacorrentista, sino que tampoco está avalada por ninguna ley o reglamento: a saber, que (so pretexto, eso sí, de la siempre vaga y jamás aclarada “seguridad”) para cambiar el teléfono asociado a una cuenta el cliente debe hacerse una foto “selfie” con el móvil.

Ocurre a menudo que las cosas más obvias son las más difíciles de razonar y, de puro evidente, sería largo de exponer por qué una “selfie” no acredita la identidad del solicitante en mejor grado que un escrito firmado por él; pero aun aceptando la tesis contraria, el hecho cierto es que una solicitud rubricada por el cliente tiene la validez jurídica necesaria y suficiente para que el banco no deba -en teoría- hacer otra cosa más que acceder a lo pedido sin rechistar; de manera que si, como consecuencia de la negativa, resulta que el cliente no puede disponer de sus fondos o se le vuelve considerablemente más difícil, el banco está de hecho secuestrándole su dinero.

Aun así, lo más alarmante en este caso no es que EVO ponga obstáculos arbitrarios al ejercicio de los derechos de sus clientes: al fin y al cabo un banco es una compañía privada que, por un lado, busca su mayor beneficio (¿y cómo dudar de que unos fondos secuestrados siempre son beneficiosos para la entidad?) y, por otro, no hace sino obedecer las pautas que la tecnocracia global viene imponiendo últimamente, desde instancias de poder supranacionales, en muchos ámbitos de nuestra vida cotidiana. (Probablemente todas estas medidas “de seguridad”, códigos QR, pasaportes digitales “de salud”, chip de identificación subcutáneo, moneda digital, etcétera, sean parte de un proceso de progresivo control sobre la ciudadanía y, muy en especial, sobre las economías personales.) Pero, con ser muy preocupante, lo más notable -digo- no es esto, sino que el Departamento de Conducta de Entidades del Banco de España (organismo sufragado por el exprimido ciudadano para que defienda -como su nombre parece indicar- nuestros intereses frente a las malas prácticas bancarias) haga exactamente lo contrario de lo que debería y avale conductas abusivas e injustificadas como la descrita.

En efecto, en su informe final sobre la mencionada reclamación, el director de dicho departamento, Fernando Tejeda, para hacerle el juego al sistema financiero, recurre a la táctica de soslayar el fondo del asunto (el desafuero consistente en desdeñar, mediante una exigencia arbitraria, una muy pertinente solicitud del cuentacorrentista) y abordar en cambio una cuestión que para nada se plantea en la denuncia, indicando al respecto que las entidades “no tienen obligación de ofrecer unos determinados productos bancarios con las condiciones que sus clientes requieran”, lo cual entraría -según el Sr. Tejeda- dentro de la “política comercial de la entidad” y no infringiría la normativa de disciplina bancaria. Afirma, además, que el banco reclamado “no se ha apartado de lo establecido por la normativa de protección del cliente ni de las buenas prácticas bancarias” y que el departamento que él dirige “nunca podría valorar negativamente un sistema de seguridad reforzada”. Es decir, vuelta la burra al trigo de la manoseada y nunca explicada seguridad, en tanto que a la necesidad del cliente de disponer legítima y libremente sobre sus fondos.. pues que le vayan dando. Desconozco en sus detalles la normativa de disciplina y buenas prácticas bancarias que en dicho informe se menciona, pero si bloquear a un cuentacorrentista, con medidas caprichosas (por muy seguras que digan ser), el manejo de sus cuentas y el acceso a sus fondos es una buena práctica bancaria que no infringe las normas de protección del cliente financiero, vamos aviados. Concluye, por último, el Sr. Tejeda diciendo que si el reclamante considera que sus intereses han resultado perjudicados puede acudir a los tribunales de justicia.

A la vista de dicho informe y sobre todo de este último punto sólo se le ocurre a uno pensar que para ese viaje no hacían falta alforjas y que si el sufrido españolito de a pie necesita acudir a los juzgados para defenderse de la prepotencia bancaria porque el Banco de España está más por pelotear a las entidades y someterse a los dictados de la tecnocracia digital incluso en casos -tan flagrantes como éste- de desprecio a la legítima voluntad del cliente y posible bloqueo efectivo de sus fondos, entonces el Departamento de Conducta de Entidades es perfectamente prescindible para el contribuyente, como también lo son las nóminas de todos sus empleados. Así, al menos, los ciudadanos no tendríamos que correr con los gastos de un organismo que vela celosamente por garantizar nuestra indefensión.

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Los crotales coadyuvan al aprendizaje

“Los crotales te ayudan a aprender mejor”, titula Riley Waggaman con ironía su artículo del 6 de septiembre. Se refiere a las medidas de etiquetado al estilo ganadero que Rusia está poniendo en marcha en sus escuelas. A continuación traduzco lo que el periodista nos cuenta.


Foto: Tornos desarrollados por la tecnología de “Escuela Digital” de Khabarovsk (en asociación con Sberbank y Microsoft)

El Día del Conocimiento (1 de septiembre) marca el comienzo del año escolar en Rusia. ¿Y qué clase de seguras y útiles herramientas de enseñanza están usándose para proporcionarles Conocimiento a los chavales rusos? En Pushkino, un sistema de reconocimiento facial muy chic protejerá a los alumnos de objetos no supervisados y de “mala salud”:

A la entrada del colegio, donde están los tornos, hay una pantalla de reconocimiento facial. Si el visitante no está registrado en la base de datos, el sistema no le dejará pasar por el torno.

Además, el edificio del centro está equipado con cámaras capaces dotadas de un sistema de inteligencia artificial capaz de reconocer objetos abandonados o no suervisados, así como situaciones que requieran la atención del servicio de seguridad. Por ejemplo una persona sospechosa o una inesperada aglomeración. De este modo el sistema permite una vigilancia en tiempo real de lo que ocurre en el colegio, así como casos de mala salud en alumnos o profesores.

Entretanto, los niños que viven cerca del círculo polar ártico disfrutan de un nuevo sistema de crotales que detecta osos polares y otras amenazas del Ártico:

Fuente: Sever-press.ru

En el colegio Cuarto del microdistrito de Obdorsky, en Salekhard, se ha estrenado el sistema de control de acceso. Se ha instalado en el vestíbulo un punto de control: ahora la entrada del colegio tiene tornos que sólo se abren abrirse con una tarjeta inteligente o usando datos biométricos. […]

Según la directora, Yulia Shmuratko, hay un dispositivo sobre el torno que mide la temperatura del sujeto: si es elevada, el niño será llevado inmediatamente a la enfermería. […]

Conviene señalar que hay unas 300 videocámaras instaladas dentro y fuera de las instalaciones para vigilar cada metro del interior y del área circundante.

En Yamal ya nunca más volverá a quedar sin detectar una temperatura elevada.

No puedo insistir lo suficiente en cuán seguro va a ser el año escolar 2023-2024. De cara a “garantizar la seguridad de los niños”, una recién renovada escuela en el oblast de Ryazan ha sido equipada con “sistemas de video-vigilancia” y un “punto de control electrónico”. Todos los docentes coinciden en que hace falta enseñarles a los niños, desde una temprana edad, la importancia de los puntos de control.

En Kursk, el nivel de amenaza terrorista está en amarillo, lo cual significa que es necesario un algoritmo que identifique tu cara en el colegio para asegurarse de que no eres un terrorista.

Fuente: Kursktv.ru

Pero esto es de aficionados en comparación con el muy prudente algoritmo que vigila varias escuelas en Tatarstan y que “puede servir para controlar las horas de trabajo de los profesores y para notificar a los padres de cuándo sus hijos llegan y salen del colegio”. Este sistema también evita el terrorismo y mantiene seguro a todo el mundo:

“El ayuntamiento confía en que las cámaras de última generación garantizarán la seguridad de los alumnos y controlarán cuándo entran y salen de un centro educativo.” (Fuente: Kazanfirst.ru)

Y tal y tal.

La transición a una escolarización segura y efectiva en Rusia data de diciembre de 2017, cuando el entonces primer ministro Medvedev introdujo el proyecto “Colegio Digital”, un programa federal encargado del noble fin de integrar “las tecnologías modernas en el proceso educativo”. La lista original de objetivos incluía conectar los colegios a internet y asegurarse de que en caso necesario podrían pasar al modo “enseñanza remota” (¡qué previsión!). Pero el programa “Colegio Digital” se ha vuelto aún más seguro y conveniente en 2021:

Fuente: TASS

Incluso algunas empresas que ofrecen diversos “servicios digitales” a los colegios están subiéndose al carro de este programa federal. Por ejemplo la empresa de Khabarovsk denominada -con gran imaginación- “Colegio Digital” ha venido seduciendo a los organismos de enseñanza rusos con promesas de “fácil modernización”:

La empresa se ha asociado con Microsoft y Sberbank — pero esto probablemente ya te lo habías imaginado.

Con amigos así…

Algún lector puede estar preguntándose: “¿Por qué Sberbank, que es un banco, está desarrollando sistemas de crotales especialmente diseñados para niños?”

Pobre corderito. Sberbank no es sólo un banco: es un “universo de servicios para la vida humana.” ¿No lo habías oído? Y uno de esos servicios comprende el reconocimiento facial de los niños (aunque lleven mascarilla) y tomarles la temperatura como medida de precaución:

Fuente: Rozetked.me

Es un poco preocupante que se etiquete, numere, monitorice y digitalice a los niños. Los colegios siempre han sido como cárceles para las influenciables mentes juveniles. ¿Pero qué pasa cuando el Omnisciente Algoritmo (GrefBot) trata a varias generaciones de niños como potenciales peligros terroristas? Pronto lo descubriremos.

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