Ucrania destruye un depósito ruso de misiles en Tver

Hace unos días The Slavland Chronicles ha publicado un artículo con las opiniones de su autor, R.S., respecto al exitoso bombardeo ucraniano sobre un gigantesco depósito de municiones y misiles que Rusia tenía en Tver. Me limito a traducirlo aquí al español, respetanto su esencia pero con mi propia redacción (y dejando a un lado las irrelevantes digresiones egolátricas de R.S.)


Los objetivos de esta predecible campaña de bombardeos sobre Rusia son, además de librar una guerra psicológica contra su población, demostrar que Putin es un cobarde que no tomará represalias aunque bombardeen toda Rusia, y degradar la capacidad defensiva del país hasta un punto irreversible. Podría compararse con la campaña contra Serbia, así que a nadie debería sorprender ver una nube de champiñón sobre el territorio ruso.

Informa Reuters:

Según los blogueros de guerra y algunos medios, este miércoles un ataque a gran escala de drones ucranianos sobre Rusia ha provocado una explosión de escala sísmica en un gran arsenal en la región de Tver, forzando a evacuar a la población de una localidad cercana.

En las redes sociales, grabaciones y fotos sin verificar mostraron una gigantesca bola de fuego contra el cielo nocturno y multitud de detonaciones tronando sobre un lago a unos 380 km al oeste de Moscú.

De madrugada, los satélites de la NASA recogieron intensas fuentes de calor emanando de un área de unos 14 kilómetros cuadrados en dicho lugar, donde también los sismógrafos registraron un ligero temblor de tierra.

Yuri Podolyaka, un bloguero ucraniano pro-ruso, ha contado: “El enemigo ha alcanzado un depósito de munición en la región de Toropets. Todo lo que puede arder está ya ardiendo (y explotando).”

[…] Zelenskiy, en su alocución nocturna, sin mencionar expresamente el objetivo elogió el resultado del ataque.

“Anoche logramos un importante resultado sobre el territorio ruso, y tales acciones debilitan al enemigo. Doy las gracias a quienes han participado en él. Semejante precisión es muy inspiradora.”

Dio las gracis al servicio de seguridad SBU, al servicio de inteligencia HUR y a las fuerzas de operaciones especiales.

Previamente, fuentes del SBU habían informado a Reuters de que el ataque con drones había destruido un almacén de misiles, bombas guiadas y munición de artillería.

Tiempo atrás la prensa estatal rusa había informado de que en el lugar [donde ahora han ocurrido] las explosiones había un gran arsenal de armas convencionales. Dicha prensa, actualmente sometida a censura militar, no ha dicho nada en sus noticias del miércoles.

Igor Rudenya, gobernador de la región de Tver, dijo que habían derribado unos drones ucranianos, que se había provocado un incendio y que hubo que evacuar a algunos residentes. No especificó qué estaba ardiendo.

Autoridades y prensa rusas tienen instrucciones de negar que nada haya sido destruido y de echarle la culpa de las explosiones a incendios accidentales. Todas las declaraciones oficiales hablan sólo de drones derribados con éxito y daños causados por incendios. Necesitan mentir sobre esto para que la gente no empiece a preguntar: “¿Y qué fue de nuestros sistemas antiaéreos?”

Pues vendidos como chatarra, por desgracia. De todas formas, estaban muy sobreestimados. El dominio del aire es esencial y la URSS no debería habérselo cedido sin oposición a USA para centrarse, en su lugar, en el desarrolo de misiles.

Esto ha aparecido en Telegram:

Construimos, construimos y finalmente acabamos de construir… un arsenal supermoderno para almacenar munición en Toropets, capaz de soportar un ataque nuclear pero que, de hecho, parece que ni siquiera aguanta el impacto de los fragmentos de un pequeño dron.

Construimos, construimos y por fin terminamos de levantar las estructuras de protección en la frontera de Kursk, que el ejército ucraniano se ha satado sin pestañear.

Construimos, construimos y logramos finalizar una presa en Orsk que luego los ratones royeron enterita.

Construimos, construimos y al fin acabamos la construcción de un hospital COVID de un billón de rublos en la región de Murmansk que no llegó a funcionar ni un sólo día y luego se vendió desguazado a trozos.

Esta lista puede seguir indefinidamente… ¿Pero qué relación hay entre todas estas obras? Que ninguno de los constructores y funcionarios responsables de ha sido encarcelado. Así es como vivimos…

En efecto, el Ministro de Defensa, general Dmitry Bulgakov había facilitado a la prensa, en su día, una noticia sobre las ahora destruidas instalaciones. El pueblo estaba acusándolo de malversación (que era cierto, y este verano Bulgakov fue despedido por una cuantiosa operación de desfalco), así que tuvieron que mostrar algo para justificar los trillones que desaparecían; y les dieron mucho bombo a esas instalaciones de última generación, supuestamente invulnerables.

Esta fue la noticia:

Según dijo el Ministro de Defensa, general Dmitry Bulgakov, el arsenal para almacenamiento integral de munición, misiles y explosivos que está construyéndose en la ciudad de Toropce, región de Tverskoy, cumple con los más altos estándares internacionales.

El arsenal -añadió- permitirá proteger a los misiles y munición de amenazas externas, garantizando una seguridad a prueba de explosiones. Bulgakov indicó que cada uno de los almacenes del arsenal tiene una capacidad de 240 toneladas.

Como muestran las recientes grabaciones de nubes de champiñón, la munición allí almacenada ha volado por los aires. Esto ocurre cuando la instalación no está bien construida o diseñada. La única finalidad de estos almacenes blindados es evitar que un sólo impacto pueda causar una explosión en cadena. Se supone que el material debe dividirse y guardarse en secciones estancas, como las de un buque de guerra. Se trata, básicamente, de no amontonar ahí toda la munición y cubrirla con una chapa de zinc.

Según el Ministro de Defensa, […] el arsenal posibilitará cobijar la munición en los almacenes de hormigón de un nuevo edificio. También ayudará a descongestionar otras instalaciones de almacenamiento.

Bulgakov añadió que se podrá minimizar la posibilidad de ataques terroristas al arsenal, incluso a prueba de explosiones nucleares, y mejorar la situación medioambiental de la zona.

Puso énfasis en que el sistema de almacenamiento de armas cumpliría con los estándares internacionales más estrictos.

Así pues, ¿debemos entender que este ataque fue realizado con una sofisticada arma de la OTAN, con un destructor de búnkeres que podía penetrar ese modernísimo almacén que el ministro había construido? ¿O es que Bulgakov y su jefe Shoigu robaron el material y no construyeron la instalación según los planos?

Si, como algunas fuentes informan, fue un enjambre de drones, es imposible que los impactos penetrasen semejante defensa. Eso significaría que Bulgakov y Shoigu no hicieron más que cavar un hueco en la tierra, ponerle un techo de latón, y facturar luego al pueblo ruso cientos de billones de rublos por semejante chapuza.

Si, por el contrario, la historia de los drones es falsa y el impacto lo causó, en efecto, una poderosa arma capaz de perforar un búnker, entonces este ataque supone un mensaje a Putin y su camarilla: no tenéis búnker lo bastante profundo para protegeros.

Aparte, otro de los objetos de toda esta campaña de bombardeos sobre Rusia es, como queda dicho, debilitar sus defensas antes de la siguiente fase de operaciones. Munición, armas y combustible han venido ardiendo en llamas durante el 2024 a un ritmo acelerado. El Kremlin dice que está derribando todos los drones y misiles lanzados por Ucrania y que son sus fragmentos los que acaban ocasionando desafortunados incendios, los cuales a su vez destruyen los objetivos que el enemigo se había propuesto destruir; pero que esto no debería contar como un éxito ucraniano.

Pero desde luego que cuenta. Da igual que sea un fuego originado por los fragmentos o un impacto directo: el objetivo ha quedado reducido a carbonilla.

Por supuesto Putin no hará nada en represalia salvo volver a lanzar una lluvia de caballerosos misiles sobre Ucrania, previo telefonazo —claro está— a Kiev para avisar a sus estimados socios de que se quiten de en medio mientras tanto, como ha hecho una docena de veces anteriormente.

Pero que Putin ya se haya rendido de facto —y, como conclusión, resulte que esta guerra ha sido falsa— no significa que las matanzas vayan a acabar en un futuro próximo. De hecho, el presente escenario es ideal para la OTAN. Esta organización podría incluso atacar Rusia con armas nucleares. De hecho, quizá sea ésta la razón por la cual Occidente necesita a Putin en el poder: porque él jamás va a contraatacar. Mejor aún: con sus asesinos chechenos y sus sádicos del FSB, Putin mantendrá encarcelado o sujeto a rienda corta, muy lejos del poder, a cualquier patriota ruso. Así la OTAN puede seguir haciendo dianas sobre los rusos y cuando éstos intententen devolver el golpe se encontrarán ahí a Putin para golpearlos a ellos aún más fuerte. Para la OTAN, este es el modo perfecto de librar una guerra.

Hay en verdad que quitarse el sombrero ante ese pueblo de la Zona de Asentamiento. Nosotros, la gente normal (no elegida por Yahvé), somos demasiado honestos y francos para siquiera imaginar semejante intriga; ni aun contra nuestros peores enemigos. Por eso la razón de que nadie lo crea a uno cuando les advierte del fraude que esta guerra supone (o del engaño del Cristianismo, esa religión que los elegidos inventaron para nosotros) es que los nuestros, incapaces de concebir jamás una estafa tal, concluyen erróneamente que tampoco otros podrían. De hecho, a quienes hacen sonar la alarma los llamamos haters y luego los odiamos por intentar alertarnos contra aquellos. Es Irónico -¿verdad?- que te odie la misma gente a la que tratas de avisar.

Publicado en Mundo eslavo | Deja un comentario

La cofradía de los viajeros sin billete

14 de julio, Arica

Escribo estas notas mientras me desayuno en el Jardín del Sol, un hostal agradable a la vista pero algo molesto al oído, porque en la zona donde están ubicadas las mesas suena permanentemente una musiquilla que, pretendiendo ser relajante, acaba perforándonos los temporales -si no excitando nuestras neuronas del estrés- a los huéspedes que ocupamos las habitaciones contiguas. Es paradójico, por no decir inconsecuente, que haga este hostal mucha gala de su respeto por el sueño de los huéspedes, exhibiendo al efecto vistosos letreros, tanto en los espacios comunes como en las alcobas, con apóstrofes moralizantes sobre las virtudes del silencio para la calidad del descanso, pidiendo a los clientes que sean considerados con el de los demás, etc., en tanto que los propios dueños no honran tales máximas y son ellos los primeros en imponer a la clientela una diana y un toque de queda cuartelarios y en mostrar, por lo demás, escaso respeto hacia el descanso fuera del horario “programado”, si bien esta limitación sólo reza para los huéspedes que, como yo, ocupamos alguna habitación junto a los altavoces del hilo musical.

En un bonito letrero enmarcado que cuelga en uno de los tabiques de mi cuarto leo lo siguiente: El hostal Jardín de Luz se preocupa por crear un ambiente familiar y de sociabilidad, para lo cual sacrifica el espacio de las habitaciones en favor de los espacios comunes, con objeto de ayudar a los viajeros a no permanecer siempre encerrados y fomentar su interacción con los demás huéspedes. Es un gran consuelo saber que la habitación es minúscula por mi propio bien, consuelo sólo comparable a la tranquilidad que me proporcionó, en su día, saber que también por mi bienestar me tuvieron meses encerrado en mi propia casa durante la epidemia de gripe china. En fin: ese letrero no es más que una forma hipócrita de esconder el verdadero y -por lo demás- obvio propósito de tal “sacrificio”: sacarle al negocio mayor rendimiento económico mediante una numerosa serie de alcobas diminutas. La que yo ocupo, en concreto, es la más pequeña en que haya dormido jamás, peor que celda monástica: en sus 6 m2 totales apenas hay espacio para la cama, un armarito empotrado, un lavatorio y un minúsculo aseo con ducha de suelo húmedo. La cama es un somier plano de 80 cm con un deteriorado colchón que tiene los muelles vencidos por el uso y al que he dado la vuelta para poner hacia arriba el otro lado, que tampoco está mucho mejor. Más que El Jardín del Sol debería este hostal llamarse El Jardín del Fariseo. Lo curioso, no obstante, es que las dos plataformas online más conocidas le dan una valoración muy elevada; y si bien las puntuaciones de Google son directamente falseables (cualquiera puede escribir una), las de Booking no lo son tanto (aunque me consta que también se manipulan); así que a lo mejor el raro soy yo.

No es imposible -dicho sea todo- que mi crítica percepción venga en parte determinada por mi pobre impresión inicial: llegué aquí anoche tras una larga y cansada jornada y, para empezar, el recepcionista nocturno no me gustó nada: un tipo con cara de pocos amigos que preguntaba mucho y explicaba poco, que quiso convencerme -pese a las claras evidencias que lo contradecían- de que mi habitación junto al comedor era de las más silenciosas “porque estaba al fondo del hostal, lejos de la recepción y la sala del televisor”, que me exigió escanear mi pasaporte (a lo cual no habría yo consentido en mejores circunstancias) y que, al preguntarle si tenían vacas de agua (lo habitual en Hispanoamérica, dada la mala calidad del agua corriente), me respondió: “La del grifo es potable”. “Sí, claro –repliqué–, ¿pero significa eso que no tienen agua de garrafa?”. “No tenemos agua de garrafa.” Era el primer alojamiento que me encontraba en Chile sin ese servicio tan básico. Por último, torció el morro (si bien luego accedió) cuando le pedí que bajase el volumen del hilo musical para que los impertinentes trinos agudos de piano no me estorbasen el descanso. Quien no me hizo caso alguno, en cambio, fue un perro del vecindario, cuyos ladridos siguieron escuchándose un par de horas más a través del patio interior al que daba mi “tranquila” alcoba, que para colmo tenía unas rendijas de obra hacia el patio imposibles de cerrar; así que no me quedó al final otro remedio, para alcanzar el sueño, que ponerme unos tapones para los oídos y echar mano de las drogas de mi botiquín. Pero conviene retroceder unas cuantas horas para entender por qué estaba yo tan cansado.

Interrumpí mi relato de ayer al encaminarme, a paso lento bajo el inclemente sol de Atacama, desde la salinera Humberstone hacia el apeadero del cruce. Faltaba todavía un rato para las dos de la tarde, que es cuando en condiciones óptimas debería pasar por allí el autocar Iquique-Arica de las 13:00; si bien estaba yo ya enterado de que ese día no iba a ser así: un poco antes había llamado a la empresa y me habían dicho que esa máquina (procedente, quiero suponer, de Santiago) llevaba bastante retraso y ni siquiera había llegado aún a Iquique, pero que no me apurase, ya que le habían pasado al conductor el encargo de recogerme en el apeadero. Así que me dispuse a echarle paciencia, aunque no pude apaciguar por completo la aprensión de que cualquier fallo o debilidad humana diese al traste con mi maniobra; y esa espera, que al final se prolongó más de lo razonable y, sobre todo, de lo deseable, me sirvió para familiarizarme con la cofradía de los pasajeros sin billete.

Hay en Chile una serie de viajeros que no pueden comprar su pasaje con antelación o no saben qué servicio, de los muchos que a veces pasan por determinado punto, les resultará más conveniente: tal vez algunas de esas personas ni siquera conocen de antemano la hora a la que podrán encaminarse a su destino; quizá otras, sabedoras de la escasa fiabilidad de los horarios de autobuses, buscan simplemente optimizar su tiempo cogiendo el primero que pase y lleve plazas libres, sin importarles mucho el precio o el tipo de asiento. El caso es que este gremio se limita a confiar en la providencia y en su propio conocimiento de rutas y horarios aproximados. Si el viajero se halla en una localidad donde hay terminal “rodoviaria” (como aquí le dicen), simplemente va allí y compra un billete en el primer servicio disponible; pero si se encuentra en localidad menor o en despoblado (a menudo, las proximidades de alguna explotación minera) lo que hace es acudir al apeadero más próximo, levantar la mano al paso de los autocares con su mismo destino y subirse al primero que se detenga.

En el cruce de Humberstone tuve ocasión de charlar con varios de estos sujetos. Cuando uno comparte con otros, bajo el agresivo sol del desierto, el mismo incierto y sediento destino, no es difícil hacer compañeros de fatigas. En aquel mísero apeadero no teníamos, para guarecernos, más sombra que la proyectada por una breve marquesina hacia su parte trasera, fuertemente aromatizada por los orines de tantos como a diario aliviaban allí sus vejigas; de manera que los esperadores sólo teníamos dos alternativas: o exponernos al sol, o hacerlo al hedor. Y allí, entre aquellos hombres, fui medio enterándome de cómo funcionaba la cosa; que no era muy diferente a la cortesía -o, a menudo, la picardía- habitual entre autopistas: según va parando tal o cual autobús, tiene prioridad para subirse a él, si le interesa el destino, quien más tiempo lleva aguardando, a no ser que viaje en grupo y necesite un número de plazas mayor de las que puede ofrecer el conductor, en cuyo caso pasa turno. No todos los que se encuentran en un determinado apeadero son, claro está, “vagabundos de la carretera”. En Humberstone había, por ejemplo, quien sólo iba a coger un transfer a Pica o La Tirana (que pasan con bastante frecuencia desde Iquique y van medio vacíos), o quien atendía la llegada de algún autobús privado de empresa. Sólo dos, a quienes más tarde se nos sumaron otros dos, esperábamos a que pasaran servicios públicos hacia Arica. En principio, yo tenía sobre ellos la ventaja de estar en posesión de un billete y tener, por consiguiente, garantizado un asiento; pero esto me planteaba un dilema personal del que los otros, al carecer de billete, no participaban: ¿qué hacer si, antes del Pullman San Andrés (que era el mío), paraba alguno de otra compañía? En ese caso, la estrategia “pájaro en mano” aconsejaba subirse a él aunque me tocara perder el pasaje ya abonado y pagar uno nuevo, pues sabe Dios qué retraso no llevaría mi autobús o si se acordaría el conductor de que debía recogerme, en tanto que la estrategia “ciento volando” recomendaba seguir aguardando y aprovechar mi billete a riesgo de llegar más tarde a Arica… o incluso de quedarme en tierra. De hecho, a ratos me veía ya regresando a Pozo Almonte, condenado a pasar otra noche en alguna de las pensiones de mala muerte de ese pueblo hecho con bloques de cemento, uralita, lámina de cinc y aglomerado de madera; y frente a esta disyuntiva, a medida que pasaba el tiempo iba convenciéndome de la conveniencia de hacer caso al viejo refrán castellano y que se fuesen al cuerno los 14.000 pesos de multa. Aunque uno que allí estaba me dijo que aquellos retrasos eran bastante habituales y que no debía preocuparme, mi yo prudente empezaba ya a reprocharme la ideíta de hacer experimentos: si hubiese ido directamente -me decía su voz- hasta Iquique para tomar allí el San Andrés en la terminal, aunque me hubiese tocado recorrer dos veces ese tramo en vano, al menos me habría ahorrado las presentes cuitas y, además, habría podido salvar la espera sentado tranquilamente y disfrutando -o eso me susurraba ese impertinente al oído- de una cerveza bien fría. Mi yo audaz, en cambio, opinaba que lo vano era mi preocupación y que, en el peor de los casos, almacenaría una experiencia nueva, una más para mi historial viajero, para ser anotada en mi diario, para contársela un día a los hijos que ya no tendré o a los nietos que nunca conoceré. No sé, la verdad, cuál de mis dos yoes merece algún respeto: si el cauto y burgués o el aventurero y osado; aunque en el caso presente, por una circunstancia que no podía yo haber previsto -y nada tenía que ver con el referido dilema-, se habría llevado la palma el primero.

En estos pensamientos estaba cuando advertí un curioso fenómeno: el aire, que hasta entonces había permanecido inmóvil, se levantó de pronto para gran alivio de los esperadores. Fue cosa de cinco minutos: primero dos soplos de brisa aislados, una pausa, luego otro soplo más duradero, de medio minuto, después otra pausa y, a la tercera intentona, se estableció ya un viento constante que agradecimos mucho. Un interesante y e instructivo caso práctico de cómo funcionan los vientos en el desierto y que me hizo recordar, una vez más, esa novela que Zane Grey dedica por completo a la vida de los vagabundos del páramo.

Se nos cansaban los ojos de mirar al punto del horizonte por donde asomaba, sobre la grisácea cinta de la carretara, el tráfico que subía desde el litoral y salvaba la última loma. Ante cada vehículo grande que aparecía, no resultaba difícil distinguir, a lo lejos, si se trataba de un transporte de pasajeros o de mercancías; pero para saber -en el primer caso- si era un autobús de línea o privado había que esperar a que estuviese ya casi encima de nosotros, y -entretanto- se producía una ligera agitación en el grupito, abandonábamos nuestras estáticas posiciones de espera, nos acercábamos al borde de la carretera para hacernos ver mejor del conductor e incluso algunos nos echábamos al hombro el petate. En sus ánimos igual que en el mío, supongo, se agitaba medio minuto el optimismo y quedábamos ese momento en suspenso, hasta que, inevitablemente decepcionados al comprobar que no deceleraba la velocidad el autobús ni se aproximaba al arcén, bajábamos la cabeza aceptando en silencio el nuevo chasco y librándonos cada uno a nuestras cábalas. O tal vez sólo yo las hacía, pues era el único allí para quien la experiencia resultaba novedosa y quedarse en tierra, un problema.

Pero todo llega y al fin, con dos horas de retraso sobre el horario previsto, apareció el Pullman San Andrés con destino Arica; y entonces empezó lo desagradable.

Capítulo siguiente

Publicado en Apuntes sueltos | Deja un comentario

El cruce de Humberstone y la anitgua salinera

13 de julio, cruce de Humberstone, Atacama

En todos los viajes hay jornadas buenas, jornadas malas y jornadas peores; y en este mío la presente me ha parecido de las terceras. Pero, antes, recapitulemos para ponernos al día. Ayer hablé de Pozo Almonte pero no conté cómo llegué hasta ahí desde Calama. Tras salir huyendo de aquella maloliente habitación donde me había hospedado, me fui a la estación de autobuses para comprar el boleto. Como no lo había reservado con antelación, hube de conformarme con un asiento en una fila media que, aunque junto a la ventanilla, no me permitió disfrutar de las panorámicas que ofrece la primera hilada. Una lástima, porque me habría gustado ver, en toda su extensión, los paisajes del inacabable altiplano. Salvo los primeros 40 ó 50 km, a lo largo de los cuales fuimos ascendiendo hasta cotas de unos 3000 m, el resto del viaje transcurrió por una extensísima llanura: cincuenta leguas de terreno llano, siempre con la lejana precordillera hacia levante y alguna pequeña sierra, más cercana, a poniente. El único cambio en la fantasmal monotonía de ese infinito yermo lo trajo el vado del río Loa, cuyo escaso caudal discurre por un ancho cauce que constituye, en sí mismo, un elongado oasis: por allí macizos de arbustos y enclenques arboledas, por allá algunas pequeñas granjas, y frente al autobús una caravana de vehículos de casi una hora: justo donde la carretera cruza el río está el límite regional entre Antofagasta y Tarapacá (o la IIIª y la IIª regiones, como las designa la nueva nomenclatura), y ahí los carabineros tienen montado un control permanente donde gustan de organizar largos atascos y obligar a quienes viajan en auto particular a evacuar no sé qué trámite administrativo para justificar su presencia y sus salarios (los de los guardias). A unos 40 km antes de llegar a Pozo Almonte atravesamos un extraño bosque (parque natural Pampa el Tamarugal), más bien ralo, de árboles chatos y follaje polvoroso, de un tono similar al de la encina y un aspecto mortecino que no sabe uno si es su color natural o se debe al polvo acumulado durante los muchos meses que transcurren entre unas lluvias y las siguientes. No me resulta fácil imaginar de dónde chupan esos tamarugos, que así se llaman, el agua para sobrevivir.

Mis impresiones de Pozo Almonte ya han quedado descritas. El hotel donde me alojé, Chachawarmi de nombre, era bonito y estaba decorado con buen gusto, pero al chapucero estilo “rústico espurio” de esos negociantes que quieren hacer creer a la clientela que “rural” es sinónimo de “cutre”: puertas y ventanas desvencijadas, cierres rotos, tapicerías sucias de rancia mugre, grifería descompuesta… ¡Y eso que era el segundo hotel más caro de la localidad! Mi habitación, un pegote sobre la azotea, tenía una vista bonita pero poco aprovechable, pues sólo un tablero fungía de ventana y era preciso dejarlo abierto para poder disfrutar del paisaje y de la luz natural; cosa que no supone problema alguno durante las horas de sol, ya que éste calienta el cubículo como un horno y se agradece el aire tibio del exterior, pero a partir del ocaso bajan bastante las temperaturas y hay que cerrar el tablero, quedándose uno sin vistas y a expensas de la luz artificial. Huelga decir que, según avanzaba la noche, la irradiación térmica por los cuatro costados enfrió el cuarto hasta convertirlo en una verdadera cámara frigorífica, al punto de que, antes de la aurora, me desperté aterido y ya no pude dormir más. Ni aun vistiéndome el forro polar logré arrancarme el frío ni conciliar el sueño. Por fin, al filo del amanecer, pareció que querían cerrárseme los ojos, pero en ésas llamó a la puerta la mucama con la colación -que yo había ordenado para dos horas más tarde- y acabó ya de desvelarme. Haciendo de la necesidad virtud desayuné lo que me trajo -que para colmo venía del tiempo, salvo el café- y me refugié luego otro rato bajo la manta hasta comprender, ya los ojos abiertos como platos, que el descanso de esta noche se me había arruinado irremisiblemente.

Ayer, por cierto, la recepcionista del hotel me contó la causa de que todo el alojamiento en esta zona, desde Pozo Almonte hasta Pica (a unos 50 km de aquí, hacia el interior), estuviese en máxima ocupación: resulta que esta semana se celebran, en La Tirana (camino de Pica), unas fiestas religiosas de fama nacional a las que acude gente de todo el país; así que no ha sido tanto la nueva explotación minera (que también habrá influido) como esto último lo que determinó que, tras realizar veinte llamadas, no encontrase más que la vacante del Chachawarmi. En una hospedería de Pica me dijeron que tal vez les quedase para hoy una plaza libre, a confirmar un rato más tarde, pero entonces me llamó Luis y estuvimos largo rato hablando por teléfono, y al finalizar la conferencia me había olvidado de ese hospedaje hasta tal punto que enseguida me puse a comprar el pasaje para hoy a Arica; con la mala suerte, además, de que sin darme cuenta, gracias a mi incorregible despiste, compré el asiento que no quería y, una vez más, me quedé sin butaca panorámica.

La guinda vino cuando esta mañana, al empacar mis cosas para marcharme, me di cuenta de que me faltaba el ebook: me lo había dejado ayer olvidado en el autocar. Una pérdida irreparable; no sólo porque ese modelo tan pequeño y práctico ya no se fabrica, sino porque en él tenía mis anotaciones y marcadores de los últimos quince años. Esta amarga jugarreta del destino, rematando la preiva racha de contratiempos, me ha descorazonado. Me cuesta trabajo asumir que jamás aprenderé a tener más cuidado e imponerme sobre mi falta de atención en lo que hago. Los libros que llevaba en el lector no me importan porque tengo una copia de seguridad, pero las notas y los marcadores se han extraviado para siempre. No puedo evitar sentir que se me ha chafado el día.

Legua y pico al norte de Pozo Almonte está el desolado cruce de Humberstone, donde la carretera de Iquique enlaza con la Longitudinal. Todos los autobuses que van a Arica, sin excepción, pasan por ese cruce y la mayoría de ellos -si no todos- salen del propio Iquique o, provenientes de lugares mucho más al sur, hacen parada esa ciudad. Esto significa que para ir desde Pozo Almonte hasta Arica hay dos opciones: o bien ir primero a Iquique para coger ahí el autobús, o bien esperarlo en el cruce de Humbestone para abordarlo… previo aviso al conductor. Las ventajas de esto último son un consierable ahorro en tiempo (ya que evita uno recorrer dos veces un tramo inútil) y un pequeño ahorro en los correspondientes pasajes. El inconveniente es el riesgo de que, por la circunstancia que sea, el conductor no pare en el cruce y se quede uno ahí tirado en mitad de la nada. Yo, no obstante, estimando en poco la magnitud de este riesgo y fiándome de la seguridad que al respecto me ha dado por teléfono la Pullman San Andrés, he optado por la segunda alternativa con idea de aprovechar así el tiempo, de otro modo malgastado, visitando el museo temático que hay en Humberstone en torno a una antigua explotación salinera, que es desde donde estoy escribiendo esto, a la sombra de un galpón bajo el que hay unas cuantas mesas. Pese a que el sol aprieta con fuerza, aquí se está divinamente.

Para salvar los 6 ó 7 km que hay desde Pozo Almonte hasta aquí he cogido un minibus de los llamados transfer, anglicismo que usan en Chile para los transportes que cubren distancias de hasta 100 km más o menos y conectan entre sí las localidades por las que no pasan las rutas de largo recorrido. Pues el caso es que, al final, no he podido ver por dentro la salinera porque la visita guiada -única que me habría interesado- termina después de la hora en que, supuestamente, pasa mi autobús con destino Arica; lo cual ocurrirá, D.m., dentro de tres cuartos de hora. Espero que la San Andrés cumpla con su palabra y haya avisado al conductor para que esté pendiente de mi abordaje, porque de lo contrario voy a tener un problema. Vi muy claro mi plan cuando lo elaboré, pero ahora que estoy en Humberstone ya no las tengo todas conmigo y empiezo a dudar de su prudencia.

Antigua salinera Humberstone, cerca de Pozo Almonte

Parece un lugar muy curioso esta salinera. Acaso a la vuelta, cuando pase de nuevo por aquí a mi regreso del Perú, venga con más tiempo y tenga ocasión de verla como es debido. De momento me he conformado con dar una vuelta por los desérticos alrededores y hacer algunas fotos; y en cuanto acabe de escribir esto me encaminaré a la parada del cruce, a cinco o diez minutos andando desde aquí. Aunque va a sobrarme tiempo, no quiero correr el menor riesgo de perder el bus por alguno de esos azares venturosos en los que el tráfico es inusualmente fluido y las distancias se recorren con más rapidez de lo habitual.

Todo este terreno está, en efecto, lleno de grandes terrones de sal cristalizada y mezclada con la tierra que sobresalen del suelo como gigantescas verrugas (no sé si naturales o causadas por la explotación) y conforman un paisaje casi extraterrestre. Añádanse a eso las vetustas edificaciones de la salitrera, algunos vallados de acero que acaban bruscamente y delimitan -por consiguiente- nada, y un tramo de ferrocarril que surge de las arenas como reptil subterráneo y, tras hacer una curva, vuelve a sumergirse en ellas trescientos metros más allá, y podrá tal vez el lector hacerse una idea de lo extraño y surreal de este paisaje.

Capítulo siguiente

Publicado en Chile y Perú | Deja un comentario

Tormenta de polvo en el altiplano

Mismo día por la tarde, Pozo Almonte

Si El Salvador es uno de esos lugares remotos cuya apacible existencia parece discurrir al margen del mundo, Pozo Almonte, por contraste, me evoca los pueblos que describió Zane Grey en alguna de sus novelas, surgidos de la noche a la mañana, en medio de la nada, a la sombra de la construcción del ferrocarril o del hallazgo de vetas auríferas: poblaciones temporáneas, sin ley ni orden, levantadas y habitadas por gente que no echa raíces y por desaconsejables sujetosde toda calaña llegados al olor del dinero o a la llamada del bullicio. Lugares que se construyeron y crecieron con rapidez y que un buen día, al agotarse el filón o cesar la actividad que les dio vida, quedaron abandonados y medio desmantelados con igual o mayor premura.

Sito en el cruce de la Longitudinal Norte con la carretera que lleva a la turística zona de Mamiña y Pica, a raíz de unas recientes concesiones mineras Pozo Almonte hierve hoy de actividad comercial y constructora, al llamado de las cuales acuden buscavidas de todo pelaje: pedigüeños, saltimbanquis, vendedores callejeros, prostitutas, rateros, músicos ambulantes… ¡yo qué sé! En sus apenas tres quilómetros cuadrados hay, sin contar los puestos del mercado, al menos medio centenar de tienduchas y arriba de veinte o treinta comedores. Las calles secundarias (es decir, todas salvo la carretera Longitudinal) están infestadas por nada amistosos canes vagabundos (una de las peores plagas de media Iberoamérica) así como domésticos, pues no parece haber vivienda que no tenga su perro guardián; lo cual da una idea de lo poco seguro que debe de ser este sitio. Si esperaba yo encontrar aquí algo remotamente parecido a lo que he dejado atrás, andaba muy equivocado. De hecho, el lugar no invita a quedarse una segunda noche, así que ya veremos qué hago mañana. Y es una lástima, porque su ubicación en el corazón de una inacabable planicie, limitada sólo por unas suaves colinas a poniente y, muy lejos hacia levante, por las montañas de los Andes, sería idónea para hacer de Pozo Almonte un lugar de película. Ahora mismo, desde la ventana de mi habitación, veo teñida de rojo la lejana muralla de la cordillera, sobre la que avanza, por momentos, la penumbra del ocaso difuminando las laderas más bajas en tanto que los últimos fulgores del sol iluminan aún las cumbres, acentuando con sus sombras los relieves y delatando la orografía de valles y quebradas. En lo que tardo en escribir esto, ya sólo el pico más alto refleja, en tonos carmesí, la luz horizontal antes de desdibujarse a toda prisa, con estas últimas palabras, en la bruma grisácea del altiplano.

Es hora de salir a dar una vuelta.

…Y de seguir escribiendo, ahora en una cafetería que, para lo que se estila por aquí, parece de lo más decente. Unas páginas atrás, al hablar sobre mi paso por Antofagasta y Calama, me dejé bastantes cosas en el tintero que paso a consignar ahora. El autobús que, desde Chañaral, me había llevado hasta Antofagasta me dejó en su terminal central, que queda a una buena tirada del centro. Una de las pocas cosas que resultan baratas en Chile son los colectivos, como llaman aquí a los taxis porque van recogiendo y dejando pasajeros a lo largo de la ruta que realizan, indicada por un número que llevan sobre el techo. El precio varía con la distancia que cada pasajero hace y oscila entre 800 y, a lo sumo, 2500 pesos, siendo de 1000 –o sea: un euro– la tarifa más habitual. Así que, desde la terminal, cogí uno de esos colectivos para que me llevase al hostal, por nombre La Ruca, donde había hecho mi reserva. El local estaba regentado por un tal don Pedro (mucho les gusta aquí eso del “don”), un hombre pasados los sesenta y muy amigo de hacer esa clase de chistes que no tienen gracia; como tampoco la tuvo el que, por su cuenta y riesgo, le hubiese asignado a otro huésped la habitación que había reservado yo, ofreciéndome a cambio una distinta, menos de mi gusto, que para compensar me dejaba a un precio más ventajoso. Me ahorré algunas lucas, sí, pero no dejó de parecerme una práctica muy poco profesional. Cuando, charlando con él, me contó que estaba empezando con este negocio no pude evitar pensar que mal le iría si se dedicaba a hacerles tales jugarretas a sus huéspedes.

Construcción y mobiliario tenían, cierto es, aspecto de nuevos; y hasta había en mi habitación una mesa escritorio, detalle no muy habitual en la hostelería chilena; pero vi pelos en la almohada y en el aseo y, además, el cuarto carecía de calefactor, lo que me obligó a ponerme la colcha doble pese a que, según don Pedro, en Antofagasta no hacía frío. Otro defecto no menor del hostal era que las ventanas de las habitaciones, ubicadas en la primera planta, daban sobre un foso interior que, en la planta baja, fungía de zona común con mesas, cocinilla, bebidas calientes, etc.; disposición muy integradora que, no obstante, tenía el serio inconveniente de que las voces reverberaban en las paredes desnudas, ascendían a la primera planta y se oían distintas en los cuartos, estorbando el descanso de los huéspedes. Así que La Ruca va a llevarse, de mi mano, la primera mala reseña de su joven existencia.

Por la noche fui a cenar adonde don Pedro me aconsejó; pero ni siquiera en esto acertó el hombre, pues el lugar resultó ser un centro comercial moderno que sólo tenía las conocidas franquicias internacionales de comida basura. Detesto esos shopping mall sin personalidad ninguna, frecuentados por catetos y pequeñoburgueses que llevan allí a sus hijos como si de un parque de atraciones se tratara, y en general muy pasados de decibelios, entre la música de fondo y los gritos de los chiquillos; pero como me había pegado una buena caminata para llegar desde el hostal hasta allí, como las calles estaban ya oscuras y no me apetecía desandar mis pasos y ponerme a buscar por el centro otro comedor más de mi agrado, me conformé. Tuve al menos la suerte de escoger un local, el único en su estilo, que tenía aspecto de ser franquicia nacional y que ofrecía platos combinados a un precio asequible. Pedí un filete de salmón con verduras acompañado de chimol que, la verdad, no estuvo nada mal, así que después de todo cené bien aunque no fuera ese el tipo de restaurante que yo habría preferido, ni mucho menos el tipo de ambiente. Lo que mis oídos descansaron al abandonar aquella jaula de grillos no es para descrito.

Ya de vuelta en La Ruca, me acosté y pude dormir más o menos bien gracias, en buena parte, al cansancio y a unos tapones para los oídos. Al levantarme a la mañana siguiente salí un momento a sacar dinero del cajero (por fin di con el único banco que no cobraba comisión: Scotiabank), volví al hostal e hice luego tiempo allí, tomándome un café en la zona común, hasta la hora de marcharme. En la mesa de al lado había tres personas trabajando en sus portátiles. Una de ellas, un español prototipo del progre, pontificaba y ponía a parir nuestra fiesta nacional porque él –decía– era vegetariano.

Llegado el momento, tomé un colectivo hasta la terminal, donde me tocó hacer una larga espera porque mi “máquina” venía con retraso; tanto que, de hecho, zarpamos más tarde que el siguiente bus de la misma empresa con el mismo destino; cosa que, según veo, no es nada infrecuente en Chile a causa de los muchos imprevistos que pueden surgir a lo largo de las enormes distancias que cubren las líneas.

Como había tenido la previsión de comprar asiento panorámico (los de la primera hilada en el piso superior) disfruté el viaje de lo lindo. No me canso de contemplar estos vastos horizontes, estas ilimitadas planicies entre montañas, majestuosas en su aridez, que muestran, desnudas de vegetación, toda la paleta de colores de las rocas y el suelo, con predominio del marrón tabaco y los tonos terracota. Hacía mucho viento y, por todo el páramo donde se asienta Calama, atravesamos una tormenta de polvo que, a tramos, reducía la visibilidad a la de una espesa niebla y que sacudía al autobús con rachas de hasta 35 nudos, obligando al conductor a moderar aún más la velocidad. En otros trechos, barrida la polvareda al capricho del viento, el aire se despejaba por completo y podía verse en la lejanía, nítida en altura y extensión, engullendo al horizonte, la siguiente lengua de polvo.

Ya describí mi llegada a Calama y el problema que tuve con mis tarjetas bancarias y las dos reservas fallidas, que me hizo perder, sobre el retraso que  traía el autobús, otra hora y media más, de manera que cuando por fin me vi alojado y asentado en aquel infumable hostal era casi la hora de cenar. Poco pude, pues, conocer de la ciudad, si bien tampoco me importó, pues con las caminatas que hube de pegarme entre unos lugares y otros tuve suficiente para hacerme una idea de cómo era. Me pareció una localidad de segunda categoría, algo mayor que Copiapó y notablemente más bulliciosa, sin el ambiente provincial de ésta. No obstante, pese a su contenido tamaño, es Calama ciudad importante porque sirve de nudo de transporte entre el eje norte-sur que cruza todo el país y el que, de oeste a este, une Antofagasta con Argentina. Es también paso obligado hacia varios destinos del interior, como la turística San Pedro de Atacama o algunas explotaciones mineras del altiplano, y por tal razón dispone de todos los servicios necesarios a esos fines, incluyendo algunos hoteles de mediana categoría, aceptables pero bastante caros (entre 60 y 100 dólares), donde suelen alojarse los ingenieros de las contratas y todo visitante al que la empresa le pague el alojamiento. El mero centro está abarrotado de comercios y restaurantes, sin que falten algunos pubs de aspecto infumable. Yo cené, bastante bien y por poco más de diez lucas, en un comedor tranquilo y de modesta apariencia en el que aprendí una nueva lección sobre la gastronomía chilena: a menos que seas un zampabollos, no pidas ningún plato que se apellide “a lo pobre”, porque te pondrán una fuente enorme, a rebosar del ingrediente principal (normalmente pescado, pollo o cerdo) más arroz, verduras y papas fritas, y coronada por un par de huevos fritos. Haciendo un esfuerzo y gracias a que traía bastante hambre fui capaz de comerme algo más de la mitad de aquel plato que, en condiciones normales, me habría dado para tres cenas. Después, como tenía sed, entré en dos de esos pubs que he mencionado, con la idea de tomarme una cerveza tranquilamente, pero no llegué a avanzar ni tres metros más allá de la puerta: oscuros, sórdidos, ruidosos y pululantes de hembras de dudosa apariencia, invitaban a cualquier cosa menos a relajarse; así que finalmente opté por comprarme una lata de Austral Hoppy (hop significa lúpulo) en una tienducha nocturna y bebérmela en la habitación.

Del hostal y la noche que pasé he dado debida cuenta en el capítulo anterior. Por la mañana, como salí tan temprano, me dio tiempo a cambiar otras pocas divisas y a escribir un rato mientras me tomaba un té infundido en leche en polvo (muy poco apetecible) en el mismo restaurante de la noche previa. Y eso fue Calama para mí: una parada en mi ruta hacia el norte sin nada que me la hiciese particularmente grata; aunque, la verdad, tampoco esperaba otra cosa, pues ya me tenían advertido que era ciudad poco recomendable. El caso es que tampoco me pareció sensiblemente más peligrosa que cualquier otra de las anteriormente vistas, pero de todas formas no invitaba a conocerla mejor.

Capítulo siguiente

Publicado en Chile y Perú | Deja un comentario

En ruta hacia el norte: Antofagasta y Calama

9 de julio, El Salvador

Hoy, por ser mi último día en este pueblo, he dado una caminata más larga que de costumbre, hasta allende la primera línea de colinas hacia el nordeste, allí donde las últimas lomas, en que la piedra cede a la roca, se asoman en empinados peñascales sobre el amplísimo valle, cien metros más abajo. El ancho y suave fondo de la cuenca se extiende aún una o dos leguas más, hasta el arranque de otras nuevas elevaciones, onduladas, no muy altas, formando un mar de montes que allá lejos, en el horizonte difuminado por la bruma, se confunde con el cielo. La tierra es toda de un color marrón apagado, herrumbroso, salvo algunas franjas de tonos crema con vetas azuladas que, supongo, delatan la presencia de mineral cuprífero.

Un detalle que pone de manifiesto, antes que la juventud geológica de estas formaciones montañosas, la falta de precipitaciones es el hecho de que las piedras, que cubren tal vez nueve décimas partes del suelo, sean de caras planas y aristas angulosas y cortantes: no ha erosionado sus bordes el agua, madre de la erosión, y se conservan aún en el mismo estado en que surgieron de las profundidades de la tierra hace millones de años, o quizá tal como se fracturaron y fragmentaron las rocas, sometidas a los acusados contrastes térmicos tan característicos de las zonas desérticas.

Las inmumerables sendas trazadas por la acción del hombre (veredas peatonales las más estrechas, rodadas de motos, quads o pequeños todoterreno las más anchas y polvorientas) sobre el terreno próximo a El Salvador, que van caprichosamente de loma en loma, de collado en collado, a menudo por la cuerda, otras veces faldeando las laderas, sin dirección ni destino concreto, son el testimonio de seis décadas de

ociosas batidas, el superfluo ir y venir (en los ratos libres, en los días feriados) de tres generaciones de pobladores que, seguramente, han ido creando sus propias romerías informales. No hay, en una milla a la redonda, una hectárea de terreno por donde no zigzagueen estos caminos, que no estén marcados por rimeritos de piedras o adornados con enormes letreros (TE AMO, AL PACINO, ROSITA), hechos amontonando cantos que, si luego se blanquean, pueden leerse a mucha distancia. Hoy me ha sorprendido comprobar lo lejos del pueblo que han llegado algunos para elaborar estos rótulos, y me pregunto si, en algún caso, su destinataria (siempre un nombre de mujer) habrá llegado a ver el que le fue dedicado, o a saber de su existencia. En cualquier caso, acabadas estas estribaciones de la sierra, todos esos testimonios de la vida vecinal desaparecen casi bruscamente: las manifestaciones de devoción se interrumpen y las pocas sendas que quedan tienen algún destino concreto. A partir de ahí el desierto se hace más auténtico, más grave, tal vez más amenazador.

Cuando llegué a una de las últimas rocas pasó sobre mí un cóndor. Un rato antes había visto a un grupo de ellos volando en círculos en la distancia. Al principio, despistado por la falta de referencias cuando mira uno hacia el cénit, pensé que sería algún azor o un águila pequeña, pero a medida que el ave descendía y se acercaba a mí (hasta me pareció llegar a escuchar el sonido de sus alas al planear, pero eso fue tal vez sugestión) me di cuenta de su gran envergadura, quizá de unos dos metros. Según me confirmó después don Mario, los cóndores abundan por la zona y, además, pueden llegar a ser peligrosos si uno se aproxima al nido, porque embisten para proteger a las crías.

Por cierto: sobre la ladera del monte más cercano al pueblo hay un lugarcito al que llaman “la Gruta”, una pequeña capilla-altar situada en la concavidad de una gran roca artificial, de hormigón. En sus proximidades la gente ha ido erigiendo espontáneamente, a título particular y al cabo de los años, cantidad de pequeños “santuarios” a modo de ex-votos u homenajes. Pues bien: dando una vueltecita por allí me encontré con que uno de los altarcillos más grandes estaba dedicado nada menos que a Bob Marley. No pude evitar poner los ojos en blanco. Con unos dos metros de largo, tenía en su interior algunas velas consumidas (apagadas), varias fotos del cantante, abalorios de todo tipo a modo de ofrendas, un par de mantas (¿alguien pernocta o se ama ahí, bajo la directa protección del espíritu de Robert?) y otros objetos varios. ¡Qué bien –me dije– viene aquí eso de: “Cuando se deja de creer en Dios, se empieza ya a creer en cualquier cosa”!

11 de julio, Antofagasta

Antofagasta es una bulliciosa localidad portuaria, geográficamente encajada entre la línea del litoral y el empinadísimo talud, paralelo a éste, que lo separa del altiplano. En tan estrecha franja la ciudad sólo puede crecer, racionalmente, en sentido longitudinal, pese a lo cual se extiende también, irracionalmente, en sentido transversal, como atestiguan los barrios que trepan talud arriba hasta una altura que da vértigo. Vistas desde abajo, en una ojeada poco atenta, esas hiladas de casas me dieron la impresión de viviendas marginales; pero bien puedo equivocarme y acaso fuesen –aunque no lo parecían– urbanizaciones de gente bien, pues las vistas que desde allí se gozan sobre la ciudad y el océano, las espectaculares puestas de sol, son cosa en verdad privilegiada.

No puedo decir que el tráfico en Antofagasta sea exagerado (al menos, en las horas que llevo aquí, no he visto ninguna aglomeración), pero no ha podido menos que parecerme bastante denso en comparación con El Salvador y Diego de Almagro. Por lo demás, la ciudad tiene el típico aspecto y características de tantas otras hispanoamericanas: caótica, mal aseada, rebosante de tiendas y comederos, sumergida en el permanente olor de las fritangas y el café soluble, asordada por el volumen de la ubicua y cargante música pachanguera con acento caribeño que los tenedores de negocios callejeros disfrutan imponiendo a los viandantes, transitada en fin por una densa y heterogénea población de razas y pigmentos varios, desde los cheles europeos que residen o viajan aquí por razones laborales (ahora mismo escucho, junto a mí, a uno con acento español) hasta los morenos caribeños venidos al “solidario” llamado del gobierno y que, al decir de los nacionales, han provocado un claro incremento de la delincuencia. Pero esto último no puede ser sino prejuicio, porque es sabido que ese tipo de inmigración se compone, en su inmensa mayoría, de ciudadanos ejemplares.

La única plaga que parece no afectar a Antofagasta es la polución, supongo que gracias a las brisas costeras, que a esta latitud deben de ser casi permanentes; como también ha de serlo, sin duda y por la misma razón, la capa de nubes que cubre la ciudad durante la primera mitad del día.

Aquí sólo estoy de paso en mi ruta hacia el norte (próxima etapa: Calama). Llegué ayer procedente de El Salvador al cabo de un viaje de más de ocho horas (con cambio de “máquina” en Chañaral), bastante cómodo en general, durante el que no vi por la ventanilla más que páramos desiertos o poco menos, pedregosos o arenosos, casi siempre llanos y flanqueados por sierras en la distancia, que es el paisaje más corriente en este altiplano de Atacama (cuya altitud, por cierto, varía entre los 1000 y los 2000 metros). Por la mañana me había despedido del amable personal del hotel Gogo y a las ocho en punto salía el autobús que me llevó a Chañaral, donde la conexión, que según el horario debería de haber sido de media hora, se retrasó casi tres cuartos más porque el bus al que debía transbordar –que seguramente procedía de muy al sur, tal vez Santiago, a juzgar por la bofetada que, al abordar, me dio en las narices el olor a pies y humanidad allí imperante– venía con bastante atraso; demora que, como es habitual en Chile, arrastramos luego durante el resto del viaje hasta Antofagasta debido a que el estricto control de velocidad impuesto a los conductores les impide aprovechar los larguísimos tramos de carreteras rectas y con poco tráfico para recuperar tiempo y compensar retrasos. Y eso que estos autobuses, como las distancias son tan largas, llevan urinario y nunca hacen paradas de descanso: sólo se detienen para tomar o dejar viajeros.

12 de julio, Calama

A Chile le ocurre lo que a mí: que no le gusta madrugar. Aquí el comercio no abre las persianas hasta las nueve, que son unas dos horas más tarde respecto a los horarios centroamericanos. Esta mañana, que me he caído de la cama, me ha tocado hacer tiempo paseando un rato hasta que abrieran los exchange (con unas tasas de cambio, por cierto, bastante desfavorables) y he podido ver cómo las tiendas, los bancos, los comedores iban uno a uno subiendo sus cierres. Me pregunto el porqué de esta costumbre tan diferente a la de la América hispana que yo más conozco, y si es una peculiaridad chilena o la comparten otros vecinos del Cono Sur. Pronto veré, en Perú, cómo son allí los horarios.

He dicho que me he caído de la cama, pero lo cierto es que me han sacado a patadas de ella. ¿Quién? El mal olor. Ya anoche mi pituitaria había detectado, en la habitación, el característico olor a desagüe, pero confiaba haberlo neutralizado cerrando la puerta del aseo. No obstante, se conoce que durante la noche los nauseabundos efluvios se concentraron tanto que acabaron derramándose por la rendija y anegando el dormitorio, el cual estaba ya, cuando desperté a eso de las ocho, sumergido en una atmósfera irrespirable.

¿Y cómo fue que acabé durmiendo en habitación tan inmunda? Pues porque los dos buenos hoteles en los que había reservado plaza para anoche (aquí he adquirio la costumbre de tener, en lo posible, una reserva “de emergencia”) me fallaron uno tras otro, ambos por la misma razón: sus sistemas de cobro en divisa se conjuraron, en contra mía, con el defectuoso funcionamiento de mi tarjeta de crédito de manera que no hubo forma, por mucho que los recepcionistas lo intentaran con su mejor voluntad, de pagar en ninguno de los dos hoteles. Podría –cierto es– haber abonado la factura en pesos, pero eso me habría supuesto un penalti del 20% extra sobre un precio ya de por sí bastante elevado y, además, no quise recompensar la mala praxis de ambas cadenas hoteleras; a saber: que, estando obligadas incluso a aceptar el pago en efectivo en euros o en dólares, no quisieron recibirme ninguna de esas monedas. Así que hube de ponerme a buscar, sobre la marcha, una tercera alternativa; y como eran ya las 16:30 y no me sobraba el tiempo, no quise arriesgarme a ser demasiado exquisito y apalabré una habitación (la última que tenían disponible) en el primer hostal al que llamé, que por cierto tenía referencias bastante buenas en internet. Y no digo yo que, en general, no fuese un buen alojamiento, pero la habitación que me dieron era de todo punto inadecuada para ponerla en alquiler: dejando a un lado el problema del desagüe, daba pared con pared con la recepción y adolecía, por tanto, de todos los ruidos inherentes a dicha oficina: conversaciones, teléfonos, el constante sonido del timbre al llamar los huéspedes para entrar, el frecuente golpe de la cancela al cerrarse, etc. Otra de las paredes daba a la cocina, también con el consiguiente ruido de las charlas y el trajín de tal espacio. Una tercera pared daba a la calle y, por el pésimo cierre de la ventana, se colaba día y noche todo el ruido del tráfago, especialmente a cargo de los vehículos de ese género de imbéciles que modifican el escape de sus motores para que suenen más broncos. Pues ahí me tocó dormir, y lo logré sólo a medias gracias a unos tapones bien embutidos y a la ingestión de un tranquilizante. Por lo menos la cama era cómoda y había un calefactor, así que frío no pasé. Pero contra lo que mis sentidos no tenían protección –ni todavía se ha inventado ninguna, que yo sepa– era el olor del desagüe; así que en cuanto me desperté empaqué mis cosas y, aunque aún faltaban dos horas largas para la salida de mi autobús en dirección a Pozo Almonte, que espero coger dentro de quince minutos, dejé muy gustoso aquel sitio de ingrato recuerdo.

Publicado en Chile y Perú | Deja un comentario

Un poblado de gestión privada

7 de julio, El Salvador

Un fastidioso airecillo de poniente, frío, ha soplado durante todo el día por estas altitudes, sin que el puro sol de invierno bastara, con su menguada fuerza, a calentarme el cuerpo. En parte para burlar a ese céfiro traidorzuelo, en parte también por variar la rutina de estos días y cenar algo decente, me he ido hoy a Diego de Almagro a pasar la tarde.

Hago un paréntesis para anotar que cada día comprendo menos los criterios que las empresas de transporte, en Chile, usan para establecer sus precios. De hecho, me tienen un poco perplejo. Según la web de Pullman, el billete desde El Salvador a Almagro cuesta 3600 pesos, pero el trayecto inverso sale por 6700 (ambos con el descuento aplicado del 10% por compra online), lo cual supone ya, de entrada, una asimetría difícil de entender. Pero luego, al comprar el pasaje de ida en la taquilla (donde pregunté por mera curiosidad), no sólo no perdí ese 10% de descuento, sino que me cobraron 100 pesos menos, o sea 3500. En vista de esto, parecía claro que, al volver, debería hacer lo mismo. Pero resultó que en la taquilla de Almagro no venden billetes a El Salvador (otra asimetría incomprensible), sino que el viajero debe comprárselo al conductor del bus. ¿Por cuánto? Por 3000 pesos. O sea que no sólo es falso ese descuento por compra online, sino que el pasaje pagado a bordo sale a menos de la mitad respecto al precio en la web. En cualquier caso, todo el sistema parece enormemente arbitrario, y el único elemento que por lo visto no falta es

la deshonestidad de los empleados; pero una deshonestidad muy curiosa, pues parece estar institucionalizada y ser tolerada por la propia empresa. Es probable que en Chile, igual que en España, las rutas deficitarias (como sin duda lo es el trayecto Almagro-El Salvador) estén subvencionadas, de modo que Pullman puede hacer la vista gorda con los chanchullos de sus trabajadores porque ya le llueven los fondos del Gobierno. O tal vez sea la propia Codelco (la concesionaria minera) quien costee ese servicio, habida cuenta de que, como luego contaré, El Salvador es en cierto modo un pueblo privado. Esto podría explicar las anomalías en las tarifas que observo en esta zona.

En Almagro la temperatura era sóĺo un par de grados más que en El Salvador, pero suficiente para que, al menos al sol, no hiciese frío. Allí estuve dando un corto paseo y luego me senté un buen rato a leer en un banco del parque. En comparación con este soñoliento pueblo minero, hoy Almagro me pareció hasta bullicioso, aunque en realidad sea también un lugar muy tranquilo. A la hora de cenar me fui en busca del comedor que había localizado durante mi estancia anterior y del que había tomado buena nota por su insuperable relación calidad/precio; y no me decepcionó: me pusieron unas albóndigas con arroz la mar de sabrosas, acompañadas con una ensalada que, para los bajos estándares chilenos, era bastante decente, más un postrecito sencillo pero casero. Además, como no quise la sopa que daban de entrante, me cobraron cinco lucas en lugar de seis. Cenar por 5000 pesos en Chile es una auténtica ganga, aunque la cena no sea copiosa. Normalmente, por ese precio lo más que se compra es una hamburguesa o un perrito caliente, alias “completo”. Lástima que en El Salvador no haya un comedor parecido. Si algo echo en falta en este pueblo es una oferta gastronómica medio decente: la calidad de los restoranes a los que  he ido (casi todos) es variable, baja en general y de precios caprichosos; sus menús, una monotonía que espanta. Tanto es así que no hallo el menor placer en salir por ahí a cenar, y un par de veces he optado por comprarme cuatro cosas en el supermercado y consumirlas en la habitación. El otro día compré una bolsa de aceitunas chilenas y me parecieron solamente pasables. No sabía yo que en esta parte del mundo se cultivase el olivo. También las vendían procedentes del Perú, más caras, pero preferí probar la variedad nacional. Ya tendré ocasión, cuando vaya al país vecino, de ver qué tal son las que allí producen.

Durante el trayecto de regreso pude disfrutar a mis anchas del paisaje que, tras los vidrios fuertemente tintados de la ventanilla, se mostraba ante mis ojos. Las sombras del atardecer fueron subiendo poco a poco por las colinas de oriente, primero las más cercanas, las más distantes después, hasta ir dejándolas una tras otra en la penumbra –como no fuese algún lejano pico de la cordillera, que conservó su tinte rosado unos minutos más– bajo un cielo rubricado, en dirección norte-sur, por una inusual franja de cirros. Hacia el poniente la vista era muy distinta: la serrada línea del horizonte se recortaba, oscura, contra el ardiente rojo carmesí del ocaso, garabateado por los trazos ora gris plomo, ora dorado brillante, de unas caóticas nubes altas. !Qué suerte –pensaba– haber venido a para aquí! Y todo por la casualidad de conocer, en el bus desde Copiapó, a un tipo que trabajaba para Codelco y que me habló de El Salvador. De no ser por esa conversación no habría tenido la curiosidad de desviarme a echarle un vistazo. Quién sabe si estos no van a ser los días mejores de todo el viaje. Pero aunque quisiera permanecer aquí bastante más tiempo no lo tendría fácil, porque la semana próxima, al parecer, se llena el hotel con una partida de mineros. De hecho, me dice don Mario que, en condiciones normales, ellos no dan alojamiento a pasajeros “particulares”, y que si me aceptaron fue porque en ese momento tenían vacantes de sobra. El Salvador, según voy comprendiendo por algunos detalles, es un caso muy curioso de “pueblo privado”, cuyo destino está en cierto modo de iure –y desde luego de facto— ligado al de Codelco y gestionado por ella. Sin ser pedanía, no tiene ayuntamiento propio, sino que está administrado por la empresa. Por ejemplo las licencias de construcción, el tendido y concesión de líneas telefónicas o de fibra, son cosa de Codelco; e igual ocurre con el resto de servicios. Quizá la palabra “poblado” lo describa mejor que “pueblo”.

8 de julio, mismo lugar

Otro día fresco en el altiplano, con ese airecillo que no lo deja a uno estar más que al sol, y aun así se necesita algún abrigo. He venido de nuevo a sentarme a una soleada mesa del quiosquillo Ahonde el Maruel, pero ni por ésas entro en calor. La luz de la tarde ilumina, frente a mí, la ladera oeste del Indio Muerto, confiriéndole un tono pastel, un tinte salmón descolorido, algo blanquecino incuso en sus zonas grisáceas, en nítido contraste con el pálido azul de un cielo límpido.

He estado varias horas intentando planificar mi próxima etapa, pero con muy poco éxito. No acabo de cuadrar el rompecabezas de rutas, horarios y alojamientos: las piezas no me encajan. Quiero acercarme a Perú, pero no por la costa, sino por el interior, lo cual es más difícil debido a la escasez de autobuses que van por esa carretera, los pocos sitios donde pernoctar y la mayor ocupación hotelera que la minería conlleva. En líneas muy generales, mis alternativas se reducen a dos: o hacer un rápido y económico viaje por el litoral, de una tirada, o emplear el doble de tiempo (y el triple de fondos) en un lento camino por el interior. Complica aún más la ecuación la circunstancia de hallarme en lugar tan apartado y a trasmano de todo como es El Salvador; pero eso es precisamente lo que le proporciona su encanto a este sitio. Ya veremos cómo consigo ensamblar el mecano.

Querría que mi próxima parada fuese Tarapacá o Pica, pero he hecho al menos quince llamadas a las muchas hospederías que hay por allí y no he encontrado ninguna vacante. Me pregunto qué clase de zona es esa. Por una parte, a juzgar por las fotografías, los nombres de los hoteles, las aguas  termales y las muchas cabañas de alquiler, diríase que es zona turística; pero, por otra, la alta ocupación y la publicidad de “trabajamos con empresas” que tienen bastantes alojamientos, parecería que son pueblos mineros, quizá no muy distintos de El Salvador. Por lo demás, Tarapacá y Calama son las únicas localidades en el altiplano que puedo encontrar antes de llegar a la frontera del Perú.

Capítulo siguiente

Publicado en Chile y Perú | Deja un comentario

Charlatanes, sociópatas y misántropos

Me cuenta un vecino que el supermercado del pueblo está subvencionado por Codelco, la explotadora estatal de la mina, que saca a concurso la concesión cada equis años con el fin de mantenerlo abierto a cambio de unos fondos, pues de lo contrario, por lo visto, el negocio trabajaría a pérdidas. Pero no sé yo lo cuantiosas que serán éstas y aquéllos, ni qué corruptelas habrá, porque, por lo que observo, la superficie (muy extensa, por cierto) tiene un movimiento considerable. Es el único lugar de El Salvador donde proveerse de comestibles y otros suministros, y todo el mundo acude ahí a llenar la despensa.

Esta mañana, en otra de mis charlas con don Mario (así lo interpelo yo porque le gusta al hombre que lo traten de don, y él me corresponde con igual deferencia), hemos hablado sobre el blanqueo y normalización social de la paidofilia que, poco a poco,

comienza a introducirse en el Occidente Colectivo con la tácita aquiescencia de la ONU. Confieso que este asunto de la sexualización temprana y la defensa –o como poco la justificacón– de la pederastia es uno de los aspectos de la ideología globohomo que más me desconcierta, porque no le veo una finalidad clara. Aunque obviamente no espontánea, ¿en qué beneficia esa tendencia a los intereses y fines de la élite financiera mundial? Me cuesta creer que sea un objetivo en sí mismo.

Anoche había en la esquina del parque un trío de charlatanes, dos hombres y una mujer, de alguna secta religiosa protestante que habían armado pabellones en torno a un potente altavoz. Al micrófono, la joven estuvo perorando apasionadamente durante no menos de quince minutos, soltando sin apenas tomar aliento un discurso que parecía improvisado pero no podía serlo, pues no creo que nadie sea capaz de encadenar semejante sarta de baboserías sin tener algún tipo de guión. Su vehemente voz, sus deshilvanadas frases, amplificadas por el altoparlante, se oían desde los confines del pueblo. Y cuando al fin se le acabó a la mujer la cuerda, el trío levantó el campamento, se echaron la vocinglera y ahora muda columna al hombro y se marcharon calle arriba, ellos repartiendo bendiciones, ella grabando en su móvil, presa de algún trance místico o poseída por el mismísimo Espíritu Santo, su incoherente delirio evangélico con el fin, quizá, de aprovechar para futuros sermones su presente inspiración divina. Este espectáculo me chocó porque, hasta ahora, estaba pareciéndome que la sociedad chilena era algo más ilustrada que la centroamericana, tierra que yo tenía por cuna de merolicos y carrileros; pero parece ser que me equivocaba y que toda Hispanoamérica está aquejada de ese mismo estigma. Sería interesante saber si esta engañapichanga también se da en el Brasil o si es sólo consecuencia de la dominación española; aunque, en el caso concreto de los predicadores religiosos, bien podría tratarse de la perniciosa influencia evangélica estadounidense. El caso es que los faranduleros de anoche no iban vendiendo nada; muy al contrario: regalaban salvación, si bien con la esperanza, acaso, de conseguir algunos adeptos entre esas personas que, ingenuas o desesperanzadas, tienen cierta predisposición a caer en manos de la primera secta que se cruce en su camino. Lo digo porque no parece verosímil que alguien despliegue tanta energía e incurra en no pocos gastos por puro altruismo. Estos apóstoles tienen que comer, pagar el combustible, procurarse el equipo de sonido, etc.

6 de julio, El Salvador

He perdido ya la cuenta de mis conversaciones con el recepcionista del hotel. Los primeros días intenté guardar memoria, con el fin de darles desarrollo en este cuaderno, de los temas que tratamos, pero por último he desistido, pues de otro modo apenas me quedaría tiempo para nada más. Aparte, a medida que conozco mejor a don Mario he aprendido a ponderar en su debido valor sus opiniones e ideas, así como la información que me proporciona. Se trata de un hombre bastante excéntrico, con un elevado concepto de sí mismo y un tipo de idealismo muy particular, casi mesiánico. Habla mucho más de lo que escucha y, habida cuenta de que nunca me pregunta nada, parece carecer de curiosidad alguna, como la persona que cree saberlo ya todo y no tiene, por tanto, ningún interés en conocer las ideas de los demás. Defiende las suyas, y las explica, como quien está convencido de la completa verdad de lo que dice; y si en algún punto doy muestras de discrepar me explica con paciencia –y cierta actitud indulgente– por qué estoy equivocado. Aunque tiene la honestidad de confesarse un asocial, me parece a mí que se queda un poco corto, que debería de haber dicho “sociópata”, si no “misántropo”, y que su personalidad tiene incluso ramalazos de psicopatía.

El caso es que él y yo estamos de acuerdo en muchos temas, entre ellos, por ejemplo, la idea de que en Occidente hemos llegado a tal punto de degradación, y la política a tal grado de corrupción, que ya no queda esperanza posible de recobrar una vida colectiva espiritual y moralmente sana. La diferencia conmigo es que él se manifiesta abiertamente a favor del terrorismo, con el fin de librar –dice– al país de la caterva de imbéciles que lo gobiernan, e incluso se ofrecería voluntario para ser la mano ejecutora. Su propuesta es aniquilar a toda la clase política actual y poner al mando a un dictador (¿pensaba en otro Pinochet?) que enderece los pasos de una nación que lleva muchos años siendo adoctrinada y pervertida; en tanto que yo, si bien no necesariamente discrepo en este punto, no estaría dispuesto a manchar de sangre mis manos para llevar a cabo tal designio; no ciertamente por virtud mía, sino acaso por miedo o por la convicción de que la sociedad no se merecería mi sacrificio: el hombre es en general bastante estúpido y la humanidad no tiene redención posible, como –por lo demás– mostró bien a las claras su óvido comportamiento durante la pasada “crisis” de la covid-19. Exponerme a la prisión, la tortura o la muerte en favor de una sociedad que condenó al ostracismo (algunos histéricos incluso pedían las cabezas de los “negacionistas”) a quienes rechazamos la “vacuna” y las desquiciadas normas de “higiene preventiva” o de “distanciamiento social” es algo a lo que no estaría yo dispuesto.

Punto de “vacunación” en una terminal de autobuses

Lástima que no sea factible reunir en un mismo territorio a todos los críticos, los disidentes que opinamos del mismo modo, y fundar para nosotros un país nuevo, una nueva comunidad regida por criterios un poquito más racionales. Pero aunque tal cosa fuera posible, tal vez tampoco serviría de nada, ya que los necios abundan en similar proporción dentro de cualquier grupo humano. Por ejemplo, hay entre “los nuestros” quienes afirman que los virus no existen, o que la temperatura media del planeta no está aumentando. No, probablemente no sería juicioso tomar por el camino de la selectividad social, pues esa vía sólo conduce, en último término, al aislamiento total y a su consecuencia más probable: la demencia. No hemos evolucionado para vivir en solitario. Así, pues, no queda más remedio que hacer de tripas corazón, escoger lo mejor que podamos a nuestras relaciones y procurar que a uno le afecten lo menos posible las manifestaciones de la idiotez colectiva.

Siguiente capítulo

Publicado en Chile y Perú, sociopolítica | Deja un comentario

Comienza el invierno en el sur de Atacama

4 de julio, misma localidad

Sólo me quedaré dos días más en El Salvador. Hoy es martes y tengo el hostal pagado hasta el jueves. Podría alargar la estancia otra semana, pero en esta región del planeta, a esta altitud y latitud, pasado el solsticio de invierno comienzan los días a refrescar; y yo no traigo ropa adecuada. Las máximas diarias por encima de los 20 grados han quedado atrás, y ahora se siente ya fresco desde antes del ocaso. El pronóstico meteorológico para la próxima semana mantiene una paulatina bajada de temperaturas, y si decidiera quedarme un poco más tendría que resignarme a no salir del hotel a partir de media tarde, desperdiciando así varias horas de luz. No obstante, aún no me he resuelto del todo a marcharme, porque me tira con fuerza esta vida perezosa y apacible.

En principio, mi idea es continuar viajando hacia el mediodía y pasar al Perú, donde, según me dicen, la vida es mucho más barata y considerablemente más segura. Por lo visto, la Tercera Región (antes llamada Antofagasta), que ahora debo atravesar en mi ruta hacia el norte, es algo peligrosa a causa del elevado número

de ilegales inmigrados durante los últimos años que se dedican a la delincuencia, atraídos por la platita de los turistas (en San Pedro de Atacama) y de los empleados de la minería (en Antofagasta y Calama). Me advierten también que es una región cara; y “caro” en boca de un chileno significa “muy caro” para un español. Así que, antes de decidir mis próximas etapas, tendré que comprobar la oferta hotelera y las combinaciones de autobús. Otras opciones son Colombia, donde no sé si aún piden test covid para entrar (y por ahí no trago), o el norte de Argentina, que aún goza de temperaturas suaves, aunque tiene el problema de la galopante e incontrolada inflación. El ciudadano de la FP2 me ha dicho que lo que hacen ellos para no perder dinero cuando viajan al país vecino es comprar dólares aquí y cambiarlos allí poco a poco, lo mínimo para los gastos de uno o dos días, pues la moneda argentina se devalúa a razón de un 1% cada 48 horas. En cualquier caso, esta alternativa me apetece menos porque me desvía bastante del itinerario que me había trazado.

Esta mañana, mientras me tomaba el café del desayuno, don Mario (que así se llama el recepcionista del tapabocas) ha estado otro rato hablando conmigo. En esta ocasión la charla versó sobre el deterioro del sistema educativo, que (al igual que en España) comenzó gradualmente hace unos veinte años, o poco más. Aquí, como allí, llegó la monserga de que los alumnos se traumatizan por las malas notas y hay que ahorrarles ese sufrimiento psicológico por el sencillo método del aprobado general. Es decir, las mismas consignas promovidas en muchos países del mundo, por unos gobernantes globales a quienes nadie ha votado y con unos fines que nadie conoce, cuya consecuencia indiscutible –si no deliberada– es el empobrecimiento cultural de las recientes generaciones de ciudadanos, la merma de su capacidad crítica y el refuerzo de su comportamiento ovino.

También hablamos sobre la ambigüedad del término “capitalismo”, y estuvimos de acuerdo en que se utiliza tanto para referirse simplemente a la economía de libre mercado como, en su aspecto más peyorativo, a la dirigida por las corporaciones y multinacionales, las cuales acaban siempre creando monopolios u oligopolios que perjudican, precisamente, a dicho libre mercado y suelen conducir al establecimiento de plutocracias. Palabra, pues, bastante ambigua que en gneral sería tal vez deseable evitar, pues se presta a confusión, malentendidos y también a mucha demagogia. Pero pedirle a cualquiera, sobre todo si se autodenomina “de izquierdas”, que elabore su discurso político sin usar la palabra “capitalismo” es pedirle peras al olmo. Quizá el marxismo sea, en cierto modo, una de esas doctrinas basadas en la antítesis, que no construyen nada per se sino que necesitan de una tesis previa a la que oponerse, como les ocurre a muchos regionalismos: el vasquismo consiste en no ser español, el nacionalismo ucraniano o irlandés en no ser rusófono o anglófono, y el marxismo en no ser capitalista. Pero ¿qué sé yo de política?

Anoche cené en otro de esos comedores para mineros; un local muy amplio, diáfano y con muchas mesas que, seǵun las horas, está vacio o abarrotado. Cuando fui yo apenas había clientes, pero aun así me hicieron esperar un buen rato por el menú, consistente en una sopa aguada que dejaba bastante que desear y cuya función parecía ser más bien la de calentar un poco el cuerpo, más un sabroso –este sí– costillar con arroz. Pese a su nombre, y a diferencia de España, en Chile el costillar lo sirven sin el hueso de la costilla; es decir, sólo la carne; de modo que tiene el cliente que creerse su procedencia. Por cierto que, mientras esperaba a ser servido, llegaron unos obreros que pidieron a las camareras juntar algunas mesas porque iban a ser varios. En seguida llegaron los demás, en total una docena, y no pude menos que sonreírme por aquello del “varios”, porque yo creo que ese número de comensales habría merecido en España, por lo menos, el adjetivo “bastantes”.

5 de julio, misma localidad

Si antes de ayer me habían servido una buena carne, ayer, en otro restaurante, me pasó todo lo contrario: una chuleta muy mediocre guarnecida con arroz (lo único pasable) y una montaña de patatas fritas de la peor calidad. No me extraña que ese lugar esté casi siempre tan escaso de clientela.

Hoy, para escribir mis notas de viaje, he variado de ubicación respecto a los días anteriores: la temperatura ha refrescado otro poco y en aquella mesa a la sombra ya no se está bien: la brisa, al cabo de un rato, se hace algo desagradable. Lo malo es que en el lugar donde estoy ahora, al sol, ocurre todo lo contrario. Es lo malo de este tipo de días invernales pero soleados: que no hay modo de encontrar el punto medio. “Ahonde el Maruel” (así, con esa gratuita hache intercalada que, contra lo que podría pensarse, no sustituye a la letra de, sino que es una mala ortografía del pretendido Aonde) es un quiosquillo que hay frente a la plaza y junto al supermercado, quizá el sitio más estratégico del pueblo, con unas impredecibles horas de apertura que dependen exclusivamente del capricho o del humor de su propietario. Ahora, por ejemplo, una y media de la tarde, está cerrado, así que he aprovechado para sentarme aquí a escribir en una de sus dos mesas. Completan el “mobiliario” exterior del quiosco un pequeño toldo que apenas da sombra y dos descoloridas banderas (naranja, blanco, verde) del Cobresal, que es el famoso equipo de fútbol de El Salvador. Escasos viandanes transitan por la calle y sólo algún que otro vehículo circula, con pereza, por el pavimento de la amplísima avenida. A mi derecha, allende las bajas edificaciones, recibe de plano el sol del mediodía la horadada montaña del Indio Muerto, de uno de cuyos picos veía ayer desprenderse, como a cámara lenta, tal si fuese la luna, una avalancha de tierra o piedras y elevarse con desgana una apática nube de polvo. Al no llegar hasta mí, debido a la distancia, el ruido del derrumbe, aumentaba mi impresión de estar en nuestro satélite sin atmósfera. La mina, según me cuentan, está dando poco rendimiento, y dentro de uno o dos años probablemente desmantelen el pueblo. Sin cobre, El Salvador no tiene sentido. Por otra parte, también se rumorea que, justo bajo él, hay una buena veta de mineral, lo cual sería una razón de mucho peso para evacuar a la población y demolerlo. Pero nada es seguro de momento. Según don Mario, ya desde mediados de los noventa se habla de lo mismo y en dos ocasiones han pospuesto el anunciado abandono.

Esta mañana subí hasta el vértice del cerro más elevado que hay en las inmediaciones del pueblo y que tiene, en su coronación, una estructura metálica en cruz sobre la que han instalado varias placas solares y una estrella de Belén, todo ello rodeado por una valla erizada de concertinas. Desde ese pico hay una vista impresionante que abarca una panorámica de muchos quilómetros a la redonda, si bien no alcanza a verse ninguna de las cimas de la cordillera porque lo estorba una sierra intermedia que, hacia el este, corre precisamente en dirección norte-sur. Pero mirando hacia cualquiera de los otros tres puntos cardinales se divisa un desolado mosaico de serrijones, valles y colinas que exponen al sol las sinuosidades y el veteado marrón, ocre y verdoso de su suelo desnudo. En dirección a Diego de Almagro se adivina la línea de la carretera (delatada por el paso de algún vehículo grande), que discurre por el amplísimo valle, casi totalmente llano, más bien altiplanicie, que se extiende hacia el sur y sobre la que pueden distinguirse, difuminadas por la atmósfera polvorienta, sumergidas en ella como en un turbio fluido, menguadas por la distancia, tres o cuatro extensísimas plantas fotovoltaicas.

Planta fotovoltaica al fondo a la izquierda

Lo difícil de subir a ese cerro no es tanto su altitud (a 240 m sobre el nivel del pueblo) sino lo empinado y pedregoso de algunos tramos de la vereda que hasta allí lleva, que obligan a andar con mil ojos en la subida y el doble de ellos en la bajada. Por lo demás, yendo a buen ritmo y sin hacer paradas, es posible completar la ascensión y el regreso en poco más de una hora. Durante estos pasados días, además, he debido de aclimatarme a la altitud (si es que esto era necesario) y a las caminatas (más probablemente), porque me ha costado menos subir hoy a la cruz que el primer día al Asta, pese a ser el segundo un poco más bajo. La cima del Indio Muerto serían ya palabras mayores: 3206 m sobre el nivel del mar es ya una altura muy respetable. En esa aventura no voy a meterme.

Siguiente capítulo

Publicado en Chile y Perú | Deja un comentario

Peculiaridades de la democracia chilena

3 de julio, mismo lugar y hora

Hoy hay más actividad por la calle. Ayer fue domingo y, en este país, se toman los festivos bastante en serio.

Acabo de regresar de mi caminata diaria por el campo. Abro paréntesis: ¿Se le puede llamar “campo” al desierto?, ¿a una sucesión inacabable de lomas y cerros pelados, sin el más mínimo vestigio de vegetación? Supongo que sí, aunque el vocablo latino campus significa “terreno llano” y, aparte, parece que en general asociamos el campo con las tierras de labor o productivas desde un punto de vista agrario. Pero aquí, obviamente, digo “campo” por oposición a “urbe”. Cierro paréntesis. Pues resulta que, según entraba al poblado, me ha llamado la atención (que no sorprendido) la cantidad de barberías que hay en El Salvador. Para ser un lugar tan poco habitado, el número de ellas me parece algo desproporcionado. Tal vez haya cerca de diez. Desde que, hace ya medio siglo, oí a mi padre decir

que no había mejor negocio que una peluquería porque la vanidad es una fuerza tan poderosa que la gente, antes de renunciar a acicalarse, estaba dispuesta a dejar de alimentarse, he venido corroborando en muchos de mis viajes cuán acertada era, para muchas culturas, aquella observación que, en su día, desdeñé por parecerme una más de las excentricidades que tenía mi progenitor. En efecto, no es este pueblo el primer lugar al que llego donde las peluquerías constituyen un notable porcentaje del comercio. Y un tópico que, a este respecto, los hechos me obligan a revisar es el de que las féminas son más coquetas que los hombres, pues en varios lugares he observado que hay tantas peluquerías de hombres como de mujeres; y El Salvador, una localidad donde la población femenina es más bien escasa, es claro ejemplo de esto.

Esta mañana, cuando ingería mi colación, me encontré con la grata sorpresa de que el cauteloso recepcionista del nasobuco dejaba a un lado su reserva para conmigo y se abría a la conversación. Resulta que es un interlocutor tan interesante como su compañero y me ha proporcionado bastantes datos sociales, económicos y políticos. Para empezar, me confirmó –aunque en realidad esto no precisaba confirmación– el desembarco en Chile, simultáneo al resto del mundo, de las iniciativas globalistas, y en particular del feminismo desorejado, el dogma transgénero, la cultura del aborto y de la eutanasia, o sea de la muerte. Pese a que él se declara agnóstico (y hace hincapié en que tal concepto no debería de confundirse con “ateo”, aunque no me ha parecido que tenga muy clara la diferencia), se manifiesta radicalmente en contra del aborto. “Desde la misma fecundación del óvulo –me dice– eso ya es un ser vivo diferente, al cual, por pertenecer a la especie humana, no debemos matar.” El razonamiento en sí, desde luego, es inobjetable, pero tal vez demasiado simplista, pues pasa por alto una serie de consideraciones que no deberíamos ignorar. En cualquier caso, ya tiene mérito para un no religioso (que es a lo que él se refiere cuando dice “ateo”, creo yo) oponerse al aborto. Del mismo modo se muestra en total desacuerdo con el adoctrinamiento sexual de los niños en el colegio; y denuncia también que a los padres se les esté privando poco a poco del derecho a educar a sus hijos.

Otra cosa que lo saca de sus casillas, dijo, era el lenguaje inclusivo, y me puso como primer ejemplo la palabra “presidenta”; lo cual no deja de sorprenderme gratamente, pues la trampa demagógica de feminizar los participios de presente activo les pasa desapercibida a muchas personas cultas; por no hablar de la masa de analfabetos funcionales que los sistemas “educativos” actuales están creando. La mayoría de la gente que es consciente del sinsentido que supone el mal llamado lenguaje inclusivo suele limitarse a condenar lo del “todos y todas”, pero rara vez llega a desaprobar las invenciones tipo “jueza” o “presidenta”, que o parecen muy bien o, en el mejor caso, le pasan desapercibidas. El caso es que en Chile hay, al parecer, una iniciativa para acabar oficialmente con el lenguaje inclusivo, pero eso tengo yo que verlo para creérmelo, porque no creo que este marxismo cultural que padecemos vaya a dejarse arrebatar fácilmente una herramienta tan valiosa; quizá, de hecho, su principal arma, pues esa tendencia ideológica siempre se ha caracterizado por su insuperable maestría en la instrumentalización del lenguaje y la retórica.

En general me ha parecido un tipo culto y bastante bien informado, pese a profesar algunas ideas poco corrientes, como por ejemplo su filiación ideológica “anarco-capitalista”, doctrina cuya existencia no todo el mundo conoce, su agnosticismo vitalista o su propuesta sobre la gestión de las prisiones con criterios de empresa privada: tanto trabaja el preso, tanto mejora sus condiciones en el talego; el que no trabaje, camastro y rancho de tropa. Otro detalle en el que da clara muestra de buen juicio es en su antipatía por los comunistas y por las izquierdas en general, a las cuales califica de insinceras y acusa de sentirse moralmente superiores o de querer siempre presumir de virtuosas. Parecióme que me leía el pensamiento.

Aparte, me ha facilitado algunos datos curiosos, como que aquí la mayoría de universidades son privadas, que él valora por encima de las estatales a causa de a) un mayor nivel educativo, b) estar libres de adoctrinamiento y c) no estar –supuestamente– en manos de la casta siniestra; aunque en realidad –y esto lo añado yo– los dos primeros puntos se derivan del tercero y pueden resumirse en él. No obstante, todo eso también querría verlo yo, pues lo cierto es que el Occidente Colectivo se halla, en su totalidad, bajo la dirección “espiritual” –léase ideológica— de las élites supranacionales (circuncisas en su mayoría), las cuales no dejan títere con cabeza. Lo que con más probabilidad sí sea cierto es que el adoctrinamiento, en la educación privada, sea menos burdo.

También me ha informado de que, en Chile, la inscripción en el censo electoral es voluntaria; con dos importantes consecuencias: sólo los inscritos tienen derecho a votar en las elecciones, y todo inscrito tiene obligación de hacerlo. Me parece un sistema muy curioso y bastante justo: quien no quiera participar en la vida política no puede votar, pero queda también exento de cualquier obligación electoral, como por ejemplo la de formar parte de las mesas. La forma de gobierno –me cuenta el hombre– es de república presidencialista y, como es normal en ese caso, el presidente tiene mucho poder ejecutivo. Por desgracia, la democracia chilena, en su opinión, ha ido degradándose poco a poco y ya apenas existe separación de poderes. O sea, al igual que la española. De esta tendencia parece que no se libra nadie en Occidente, aunque –al decir de mi informante– la democracia peruana es bastante buena.

Por último, y al igual que los otros dos chilenos con quienes he hablado de estos, también ha puesto como no quieran dueñas a la explotación estatal de la minería, tachándola de ineficaz y corrupta. Afirmaciones que no son poco mérito para una persona que, quieras o no, tiene un puesto de trabajo gracias a la empresa estatal Codelco, cuyos trabajadores forman el grueso de la clientela del hopedaje donde él está empleado.

Estanques para depurado de aguas en El Salvador

Continúa

Publicado en Chile y Perú | Deja un comentario

Aclimatándome al desierto

2 de julio, El Salvador

Poco a poco voy conociéndome los rincones de este pueblo (dicho sea rincón en sentido traslaticio, pues las anchas y espaciosas calles de El Salvador no esconden rincón alguno propiamente dicho). Sobre la avenida principal hay un pequeño restaurante en la acera suroeste, donde da la sombra de las fachadas casi todo el día; y, como por las mañanas está cerrado, sus mesas –que dejan siempre en la calle– me vienen de perlas para sentarme a escribir si no me apetece consumir nada, como suele ser el caso a estas horas, poco después de mi desayuno o colación (graciosa pero impropia palabra que usan mis recepcionistas para referirse a la bolsita con porquerías artificiales que me entregan cuando salgo de la habitación por la mañana). Según me explicó el mapuche, desde que se declaró la emergencia covidiana –y hasta la fecha, aunque hace tiempo que fue decretada su finalización– el hotel dejó de servir desayunos, sustituyéndolos por

esa aséptica colación que consiste en un yogur, una barrita de cereal, un paquetito de galletas minúsculas y un zumito de brik. El café o té nos lo autoservimos los clientes, con enorme peligro para nuestras vidas, de un termo común con agua caliente que hay sobre la mesa del espacioso y umbrío vestíbulo. Así que todos los días, antes de salir, me tomo esas viandas como un niño bueno y me doy por almorzado hasta media tarde, que es cuando voy en busca de la cena. En este país las horas habituales para cenar son entre las siete y las nueve, más o menos; pero yo estoy haciéndolas un poco antes.

Un detalle curioso (lo recojo aquí antes de que se me olvide) que me llama la atención en Chile es el escaso número de fumadores que hay (al menos, por la calle), así como la enconada lucha de las autoridades contra ese vicio, a juzgar por la abundancia de letreros, en casi todos los establecimientos públicos, recordando su prohibición.

Ayer, a primero de mes, se fue el locuaz recepcionista mapuche de mi hospedaje y vino su relevo (hacen turnos de medio mes seguido a jornada completa), que parece un ciudadano muy reservado y bastante traumatizado por el pánico covidiano, y con quien hasta ahora no he intercambiado más que saludos formales.

En mis últimas conversaciones con el saliente, me habló un poco sobre la inmigración. Yo le había preguntado por la procedencia, presumiblemente foránea, de algunas personas de tez más morena que lo habitual en esta región y con un aspecto –y, sobre todo, un acento– que, en algunos casos, he identificado sin lugar a dudas como cubano. Me dijo el mapuche que esos extranjeros eran en su mayoría haitianos y colombianos, más algunos cubanos o dominicanos. En el caso de los primeros, al parecer llegaron a raíz de sendas políticas “solidarias” de inmigración: cuando el famoso terremoto en el caso de Haití, y no recuerdo por qué motivo en el de Colombia. Pero acuden también desde otros países hispanoamericanos: las morenazas camareras del comedor que descubrí en Diego de Almagro, por ejemplo, eran dominicanas, según me dijo una de ellas. En cualquier caso, y en opinión de mi informador, muchos de esos inmigrantes viven de la caridad estatal y, además, no han venido a otra cosa; pero me cuesta mucho creerlo porque, como todo el mundo sabe, hoy día los inmigrantes no piensan sino en trabajar dura y legalmente para pagarles las pensiones a los nacionales del país de acogida.

Algunos días me doy una caminata por las desnudas lomas de los alrededores, en concreto por las del flanco norte, que comienzan a las mismas afueras del pueblo y son bastante accesibles, amén de estar rubricadas con un arabesco de caminos que llevan a todas partes sin dirigirse a ninguna; y es que los vecinos que se lo pueden permitir tienen aquí la costumbre de transitar por el monte con su moto, quad o todoterreno, básicamente haciendo el payaso y trazando así, con el paso de los neumáticos, esa maraña de pistas sin sentido. En el fondo, no puedo reprocharles del todo esta costumbre, ya que en El Salvador no hay muchas oportunidades de diversión y, con ese pueril entretenimiento, no hacen demasiado daño a nadie ni a nada, sobre todo habida cuenta de que el terreno, pedregoso y yermo, carece de naturaleza alguna que puedan deteriorar (dejando a un lado, claro está, la relativa fealdad que esas huellas confieren a las inmediaciones del pueblo). En mis paseos suelo aprovechar cualquiera de esas pistas para subir hasta donde tenga ganas: la coronación de un cerro si estoy más andador, o el remonte de un collado si la voluntad no me da para más. El primer día me costó no poco esfuerzo llegar hasta lo alto del cerro del Asta (la priera con hache, la segunda sin ella), haciendo paradas cada dos por tres, cosa que en principio atribuí a la hipoxia hipobárica pero que, bien pensado, debió tener causa simplemente en una baja forma física, el calor o alguna debilidad pasajera, pues dicha cima está apenas a 2400 m de altitud, insuficiente para que se note la falta de oxígeno en el aire. Con posterioridad he vuelto a subir un par de veces y me ha resultado menos fatigoso.

Montaña del Indio Muerto desde el cerro del Asta

Por el extremo diamentralmente opuesto de El Salvador, hacia el sur, si bien a mayor distancia del núcleo urbano, está la montaña del Indio Muerto, erosionada y deformada por la mina de cobre que lleva su nombre. Por esa zona hay una incesante –aunque no demasiado intensa– actividad laboral, áreas parcialmente valladas y con servicio de seguridad, lo cual no invita demasiado a pasear. Pero en lo alto de esa montaña debe de haber una vista magnífica y quizá hasta –colijo– se divise la cordillera andina desde los 3000 metros de su cima.

Un curioso efecto fisiológico de este clima, que nunca antes había experimentado y que viene incomodándome desde que llegué a Atacama, es cierta hipersensibilidad de las narinas o la membrana pituitaria que me causa una especie de ligero moqueo constante, casi siempre acompañado de un leve sangrado, y que me obliga a pasarme todo el rato sonándome la nariz. Supongo que vendrá causado por la inusitada sequedad ambiental, de las mayores del mundo, que hay en esta región, pues otra explicación no le hallo. No es nada que deba alarmarme, supongo, pero se me hace bastante molesto.

Microvegetación de la zona, lo único que crece aquí

Siguiente capítulo

Publicado en Chile y Perú | Deja un comentario