Norteamérica 49. Una buena racha acaba en Corvallis; las mancilladas dunas de Florence

Martes, 14 de octubre. Gold Beach (Oregón).

El domingo no hubo almuerzo, y como la cena corría a mi cargo empecé a prepararla poco después de que la familia volviera de sus cosas eclesiásticas. (Me hizo gracia el castigo, tan de pedagogía yanqui, que recibieron las niñas por algo que habían hecho: tenían que permanecer un rato de cara a la pared y sin moverse.) Para ponerme a cocinar necesitaba comprar algunos ingredientes, a lo cual mis anfitriones dijeron: “¡Oh! Nosotros no compramos en domingo; nuestra religión lo prohíbe; pero no podemos impedirte que vayas tú y compres: no es tu religión.” Bueno, digamos que el razonamiento podía ser procesalmente válido. De todas formas, les hice notar un problema: “Bien, iré a comprar, pero el supermercado está muy lejos.” La salida que tuvieron, anunque quizá cayese aún dentro de los estrictos preceptos mormónicos, no dejó de parecerme un pelín tramposa: “No importa, Wayne te llevará.” Vamos, que siempre hay algún modo de esquivar una norma inconveniente; pero, en fin, era su religión, no la mía. Así que Wayne me llevó hasta el supermercado, se quedó en el coche mientras yo compraba, y me trajo de vuelta. Así no vulneraban, en estricto rigor, la letra de ningún precepto, aunque tal vez sí el espíritu; pero estoy seguro de que el Señor no se lo tuvo en cuenta.

Preparé dos platos: unos champiñones al ajillo y un pisto. El primero les encantó; el segundo, creo que menos. Después dimos un paseo para cansar a los niños y que se durmiesen pronto. De vuelta en casa, nos hicimos todos juntos una foto [creo que la conservo por algún lado, junto con otra de la familia salvadoreña en Maryland: las dos únicas que me traje de aquel periplo norteamericano] y los chavales se fueron a la cama, no sin darme, como la noche anterior, un abrazo y un beso de buenas noches. Aún no era tarde, y como Wayne tenía que seguir haciendo alguna labor en el mismo lugar donde el día anterior estuvimos trabajando en la puerta, lo acompañé a Albany para ayudarlo. Me extrañó que su religión no le prohibiese trabajar en domingo, mas era su fe, no la mía. Allí estuvimos poniendo entre los dos un suelo de gres adhesivo, pero nos faltaban unos componentes y tuvimos que ir al Fred Meyers a comprarlos… aunque era domingo. Mientras esperábamos a que la imprimación se secara, fuimos al Safeway a tomarnos unas cocacolas… pese a ser domingo. De vuelta en casa, Wayne y yo nos quedamos un rato de charla. Heidi ya estaba acostada. Esa noche me puse los tapones para que no me molestase mi anfitrión, que se quedó hasta tarde diseñando un anuncio (pero, ¿no era domingo?) y tenía la música puesta.

El lunes -o sea, ayer- tuve el despertar más dulce que recuerda mi memoria: de algún modo, una inefable sensación de placer, de naturaleza y procedencia desconocidas, había encontrado el modo de colarse dentro de mi sueño a través de una de mis manos; y esa beatífica sensación inundó mi espíritu con una ternura tan repentina e intensa que me hizo despertar. Al abrir los ojos, lo primero que vi, a muy corta distancia, fue la preciosa cara de Celinda. Resulta que yo estaba durmiendo con un brazo fuera del saco y ella había deslizado una de sus suaves manos en la mía, y se había quedado así esperando a que yo despertase. Le di un largo abrazo, conteniendo a duras penas unas lágrimas de emoción. ¡Bendita niña!

Heidi se había ido a trabajar, y yo me puse a empacar mis cosas. Había llegado el momento de marcharse de aquel encantador hogar. Los niños me abrazaron, uno por uno, antes de irse al colegio. Wayne no podía sacarme de la ciudad porque tenía que ir a currar, pero me preparó un almuerzo que metió con mucho esmero en una bolsa de papel, como habría hecho un amante padre. Nos abrazamos y nos dijimos adiós.

Y ahí terminó mi suerte. Entre ayer y hoy he tenido que rectificar la opinión, anteriormente manifestada, de que es más fácil hacer autostop en EE.UU. que en Canadá. Aquello fue una falsa percepción, sin datos suficientes que la avalasen estadísticamente. Y es que en estos dos últimos días apenas he avanzado doscientas millas. Ayer, para empezar, al poco de situarme sobre la carretera vino la policía a visitarme: algún cívico vecino, con la loable intención de pasar a la historia como el hombre que denunció la presencia del más peligroso terrorista después de Ben Laden, debió de telefonear para advertir a las fuerzas del orden de que un sospechoso mochilero rondaba el lugar. El poli empezó muy duramente, e incluso me ordenó que levantara los brazos; pero luego, al comprobar que no tenía antecedentes, y quizá también al ver mi absoluta tranquilidad (pues mientras él comprobaba mis datos por radio yo leía un libro), bajó mucho el tono. Aun así -acaso frustrado por aquella medalla que se le escapaba, o simplemente para evitar la disonancia psicológica- me amonestó, antes de marcharse, porque “no sé en el estado de Washington, pero aquí en Oregón, cuando se hace autostop, no se puede permanecer en el arcén: hay que ponerse fuera del asfalto.” Pocas veces he escuchado una imbecilidad de semejante calibre.

Tuve que esperar más de dos horas hasta conseguir el primer jalón, a cargo de un jipi en un truck hecho una mierda, que me llevó -a través de un bonito paisaje boscoso- hasta Waldport. Era un porreta bastante simpático que vivía en una casa alquilada en mitad del bosque, un lugar envidiable, con su chica y otra pareja. Supongo que una especie de comuna. Muchas horas de espera, dos jalones más y una larga caminata me llevaron hasta Florence, donde vi las dunas.

De Corvallis a Florence con un jipi y dos jalones más.

Florence está en la costa pacífica. El camping era bastante bonito, con muchos árboles grandes y altos. Tenía cientos de parcelas para RVs y una pequeña sección para mochileros, donde el terreno, bastante húmedo, era arenoso bajo la pinocha y permitía clavar los vientos de la tienda con la mano. No había nadie en la oficina, y el campista-anfitrión no estaba de servicio (en Norteamérica es costumbre que, pasada la temporada alta, uno de los clientes del camping haga de encargado a cambio de permanecer gratis), así que decidí ignorar los sobres y el buzón para las autoliquidaciones en tanto alguien no me reclamase el pago; cosa que nadie hizo. De hecho, en la sección de mochileros únicamente estaba yo.

El acceso a las dunas desde la carretera es de pago, pero para los residentes en el camping es gratis, así que, como aún me quedaban un par de horas de luz, me fui a visitarlas, aunque quedaban algo alejadas. Aparecieron al cabo de una senda a través de los pinos, donde el bosque se abría: enormes, impresionantes, formando verdaderas colinas entre las cuales algunos parches de arboleda trataban de sobrevivir resistiéndose al implacable avance de la arena. La vereda por donde yo había llegado desembocaba en una depresión rodeada por altas dunas y con el pinar a mis espaldas, así que desde allí no podía verse el asombroso paisaje de película que yo imaginaba y esperaba. Si quería ver algo, tenía que trepar hasta alguna de aquellas cimas. Elegí la más alta, y me costó un considerable esfuerzo, pues no es nada sencillo caminar sobre la arena cuando forma semejantes pendientes, en algunos lugares tan acusada que resulta casi impracticable. Cuando por fin llegué a lo alto, dos mares aparecieron ante mi vista: en primer plano uno de arena, muy ondulado, y al fondo otro de agua, mucho más llano en comparación. A la grisácea luz de aquel atardecer nublado las dunas presentaban un aspecto fantástico, como de otro planeta, y se extendían a lo largo de la costa en una larga franja de considerable anchura, tal vez una milla, todo lomas y senos de fuerte pendiente que hipnotizaban e invitaban a dejarse caer rodando -o deslizándose- hasta el fondo, como por una montaña rusa. (Comprobé, por cierto, que para nada tienen las dunas esa forma de luna en cuarto creciente que nos enseñaban los libros de geografía de la EGB.) A lo lejos, el océano gris y, en el cielo, algunas franjas de color atardecer. Pero algo echaba a perder toda esa bella armonía: por desgracia, el gobierno ha convertido esa zona en parque recreativo (Oregon Dunes National Recreational Area, se llama) para moteros y four wheelers [lo que ahora llamamos quads], y esa fauna no sólo rompía el silencio con el impertinente, agudo e incesante zumbido de sus vehículos, sino que mancillaba con sus rodadas la inmaculada superficie de arena, haciéndola parecer una cacerola fregada con estropajo de acero. Estos ricos, ociosos y caprichosos norteamericanos no tienen mejor cosa en qué divertirse, y llenan sus fáciles y vacías vidas con las extravagancias más destructivas.

Volví al camping antes de que se me echara la noche encima. A las siete, la oscuridad en mi pequeño refugio era casi total, pero como no tenía nada de sueño y Florence quedaba a tres millas de distancia me fui a los servicios, me senté en un banco y me puse a leer. Estuve allí más de dos horas, y durante ese rato llegó un tipo a ducharse que se pasó bajo el chorro veintitantos minutos, de esos minutos especiales que llaman “de reloj”. Cuando acabó, había tanto vapor que aquello parecía una sauna. Aquí todo es derrochar; especialmente cuando no lo paga uno.

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Norteamérica 48. El bendito Wayne y su encantadora familia

Domingo, 12 de octubre. Mismo lugar.

Tardé una hora en llegar andando, aquella tarde bonita y soleada, hasta donde pudiese ponerme a hacer dedo, y no bien me había descargado las mochilas, un simpático surfista en una camioneta se paró y me dió un lift hasta Corvallis, dejándome en el mismo camping. Enseguida trabé conversación con un hombre joven, tal vez de mi edad o menor, que recién llegaba y al que le pregunté cómo se pagaba allí, pues no había dependiente. Era un camping de “autoliquicación”: se suponía que los clientes metían el dinero en un sobre y lo depositaban en un buzón ad hoc. Luego llegaron dos o tres tipos más. Se trataba de un grupo de padres que iban a pasar una noche con sus respectivos hijos en plan Boy Scout. El primero con el que hablé, alto, rubio, seguro de sí mismo, con ademanes autoritarios, pronto delegó la función de relaciones sociales en Wayne mientras él cocinaba un pollo a la holandesa en dos grandes peroles sobre brasas, y con brasas también en las tapas. Wayne, de pelo negro, tez morena y cara de mejicano, era más amigable, simpático y charlatán. Cuando le pregunté por el supermercado más cercano, se ofreció a llevarme. Él no tenía ninguna necesidad de ir, así que le agradecí doblemente el lift. Luego me enseñó una cocinilla portátil que llevaba, una miniatura que no pesaría ni medio kilo, y también la esterilla que usaba, hinchable, delgada y muy ligera. ¿Cuánto puede costarme una de ésas? –le pregunté–. ¿Sabes? –me contestó–, yo quiero comprarme una nueva, así que mañana, cuando levantemos el campamento, puedes quedarte ésta. Te la regalo.

Fue muy generoso por su parte. Eran poco más de las siete cuando se hizo de noche, pero yo no tenía ni pizca de sueño y absolutamente nada que hacer, así que me quedé por allí alrededor, merodeando como perro al acecho de las sobras de un festín y calentándome de cuando en cuando las manos al triste calor de las brasas de mis vecinos. Wayne se acercó a ver cómo iban los peroles y a charlar conmigo mientras los otros, en una mesa algo distante, enseñaban nudos a los niños. Brandon, el hijo de Wayne, me había saludado rato antes con afecto, casi con entusiasmo. Muy rubio me pareció el niño para padre tan moreno. En la oscuridad de mi mesa me atiborré de leche con galletas, observando al alegre grupo alrededor de la luz que llevaban y escuchando sus voces indistintas. Ya iba a meterme en la tienda cuando, una vez que tuvieron el pollo preparado, el líder me invitó a unirme a ellos. “Cena con nosotros; tenemos más de lo que podemos comer.” A mí ya no me quedaba apetito, pero acepté gustoso la invitación por disfrutar de la compañía y hacer algo para engañar al tiempo. Servidos que estuvieron los platos, toda la actividad quedó unos momentos en suspenso en tanto uno de los niños rezaba la oración de gracias. Ya me parecía a mí que todo aquello era demasiado fraternal como para que no hubiese religión de por medio. De hecho, un rato antes creí escuchar a uno de ellos llamar a otro “hermano Nosequé”.

El pollo con patatas, cocido en una salsa a base de champiñones, estaba riquísimo. Cuando dimos cuenta de él, cocinaron en los mismos peroles (que habían “limpiado” con papel de cocina) sendos postres de melocotón y de frambuesa, tan empalagosos que casi reviento. Acabado el condumio, nueva acción de gracias. Entonces, uno de los scouts leyó un pasaje de una biblia -que apareció por arte de Birli y Birloque- y a partir del cual el líder extrajo cierta enseñanza trascendental que impartió al personal: “cada vez que sirves a una persona, estás sirviendo a tu Dios”. Se trataba, en suma, de un grupo de mormones. La amenaza religiosa en este país es omnipresente, y es raro encontrar a un blanco que no esté ligado, de un modo u otro, a alguna iglesia o secta protestante. Pero, bueno, pasé con ellos un rato entretenido.

La noche no fue muy fría y pude dormir bien, pero de madrugada empezó una lluvia que se prolongó toda la mañana, de manera que, como en esas condiciones era un engorro levantar el campamento, decidí quedarme un día más y aprovechar para dar un paseo, ver la ciudad, hacer alguna compra y mirar el correo. Cuando los mormones empacaron para marcharse, Wayne me ofreció llevarme hasta Corvallis. Por el camino le pregunté pícaramente que dónde podía darme una ducha, y la artimaña dio resultado: me dijo que podía hacerlo en su casa; así que allá fuimos. Me presentó a Heidi, su mujer, y a Celina y Adriana, sus dos guapas y morenas hijas. El único que étnicamente no encajaba en aquel grupo era el mayor, el rubio Brandon. Una vez que me hube duchado me invitaron a desayunar, pero yo no tenía hambre. Pasé, no obstante, un rato con ellos y, antes de despedirme, me ofrecieron volver por la tarde para compartir su cena. Se conoce que les caí en gracia.

Volví caminando hasta el camping (una buena tirada de dos o tres millas), hice algunas cosas y regresé de nuevo, también a pie, a la ciudad, donde pasé un buen rato en la biblioteca municipal mirando el correo y actualizando el diario. Llegado el momento, nueva caminata hasta la casa de Wayne. De paso compré, a modo de aportación solidaria, unas tarrinas de helado, ya que ellos no bebían vino por prescripción religiosa. Pasamos una velada muy agradable y Wayne me dijo que podía quedarme allí a pasar la noche: él me llevaría al camping para recoger mis cosas. Oferta que, por supuesto, acepté encantado. La cena consistió en tacos mejicanos, con los ingredientes sobre la mesa para que cada uno se preparase los tacos a su gusto: las tortillas, la carne picada (que Wayne, buen cocinero, había guisado de manera excelente), el encurtido, puré de frijoles, guacamole, queso en fibras, lechuga y algún otro ingrediente que olvido. Huelga decir que, antes de meterle mano a aquellas apetitosas viandas, se hicieron los preceptivos ruegos al Cielo, en los cuales me incluyeron tan generosamente que no pude, no me atreví, a negarles el amén final. (Más adelante se verá que aquella oración por mí no fue debidamente atendida por el Creador.) Como los niños se acostaban temprano, antes de salir hacia el camping les di las buenas noches, y Celina y Adriana no vacilaron un segundo en echarme los brazos al cuello y darme un abrazo cariñoso y tierno. ¡Angelicales criaturas!

Tras levantar la tienda con el auxilio de Wayne a la luz de los faros del coche, y antes de volver a la casa, me pidió que le ayudase a montar una puerta en cierto taller de Albany, pues por lo visto es carpintero (y diseñador gráfico publicitario). Le dije que con mucho gusto, así que allá nos fuimos. Estuvimos más de dos horas manos a la obra, pero no pudimos concluir por falta de materiales. Durante el viaje de vuelta me desveló el misterio: sus tres niños eran adoptados. A Brandon, hijo de padre desconocido y madre drogadicta y violenta, lo habían adoptado hacía tres años cuando el chaval tenía ya ocho. Las niñas, de sangre mejicana, eran hermanastras, hijas de una mujer también violenta y drogadicta. El padre de Celinda, la mayor de las dos, era un tipo peligroso y agresivo que estaba encarcelado para una buena temporada; el de Adriana era un hombre muy majo que, no obstante, decía no ser el mejor padre para ella. Los tres chavales habían sido rescatados de sus hogares por los servicios sociales porque eran maltratados activa y pasivamente. Celinda, al parecer, incluso había sufrido algún tipo de abuso sexual. De modo que he ahí la razón de la desemejanza física entre los cinco componentes de esa encantadora familia.

Llegados a casa, aún estuvimos hablando un buen rato y tomando algunas golimbradas de última hora. Antes de acostarnos (yo dormí en el sofá), Wayne me ofreció quedarme otro día más con ellos, pero yo demoré mi respuesta hasta la mañana siguiente. Al despertar, sólo él estaba levantado. Ninguno dijimos nada, pero quedó sobreentendido que aceptaba su oferta. Me permitió usar su lavadora y aproveché para lavar toda mi ropa como Dios manda. Para desayunar les preparé unas tostadas con aceite, ajo y tomate. Al acabar, se alistaron para ir a misa. ¿Nos acompañas? No mostré mucho entusiasmo, y ellos no insistieron. En ningún momento estuvieron pesados con el tema religioso: se limitaron a comportarse con generosidad. Para el sacramento de la misa y no sé qué celebraciones posteriores (que les llevarían tres horas, nada menos) se vistieron como para una boda. Yo dediqué todo ese tiempo a chatear por internet y a escribir todo esto. Amén.

[A esta familia la recuerdo bastante bien, aunque haya olvidado sus caras. En concreto, hay una frase que me dijo Wayne y que, pese a no tener la menor relevancia, se me quedó grabada hasta el día de hoy, quizá por coincidir al cien por cien con ella: If there’s something I can’t stand, that’s a dull knife. (Si hay algo que no puedo soportar es un cuchillo romo.) Tenía, en efecto, todos sus cuchillos perfectamente afilados.]

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Norteamérica 47. Bob el devoto y la sensacional garganta del río Columbia

Sábado, 11 de octubre. Corvallis (Oregón).

No puedo decir que descansara muy bien en aquel sofá, la verdad. Por una parte, había dormido bastante la noche anterior; por otra, aquel ilocalizable sonido de agua fluyendo me dificultaba el sueño; pero, sobre todo, los madrugadores habitantes de la casa me despertaron a deshora: el marido se levantó a las cuatro menos cuarto, nada menos; el viejo, a eso de las cinco, y estuvo haciendo no sé qué en una mesa cercana al sofá; ella, sobre las seis y pico. Así que desde las cuatro no pegué ojo y, al final, no tuve más remedio que desperezarme. Por cierto que soñé -no sé si por aquel sonidito del agua o porque llovió durante la noche- que estaba en una casa donde, si te asomabas a una ventana, llovía, y si te asomabas a otra, no. Cuando me levanté, el marido había salido ya, sabe Dios a dónde, tal vez a cazar, y me uní a la conversación que mantenían tío y sobrina. Charlamos más de una hora hasta que ella dijo tener que marchrse. Luego nos fuimos Bob y yo.

La mañana estaba algo nublada (digamos, BKN020, en argot aeronáutico), y hacía frío. Bob puso el motor en marcha y, con la misma torpeza que informaba casi todos sus actos, activó la fría calefacción, que me helaba los pies mientras que por su puerta abierta (no sé qué enredo de última hora estaba haciendo y la mantuvo así unos momentos) entraba un aire que me enfriaba el cogote y el resto del cuerpo. Por fin la cerró y nos pusimos en marcha. Al cabo de unas cuantas millas nos paramos a desayunar, y en tanto él esperaba su pedido (yo no tenía hambre) intenté hacer unas llamadas. Bob atacó su desayuno con tanta fruición que olvidó sus oraciones; o quizá las obvió, si es que el desayuno es pitanza de tan poca monta que no exige fervorosos agradecimientos. Superada la timidez, o acaso la cauta reserva, del primer día, mi amigo se reveló como un magnífico charlatán, hablador incansable y pobre escuchador; de modo que durante el resto del viaje se empeñó en estropearme el disfrute de los maravillosos paisajes con su inacabable y soporífera charla. Como apenas prestaba atención a lo que yo le decía, o no le interesaba, reduje primero mis comentarios a monosílabos de afirmación, y luego dejé de escucharlo. Aparte, como abría la ventanilla cada cuarto de hora para fumar un cigarro y luego se olvidaba de cerrarla, el ruido del aire se combinaba con su bajo volumen de voz y con el nulo esfuerzo que hacía para articular bien las palabras, resultando todo en que apenas le entendía lo que hablaba. Aun así, pude enterarme de toda la historia de su matrimonio: casado con una mujer divorciada, algo mayor que él, no había tenido hijos. Muerta ella, pocos meses después se amancebó con la hermana, que acababa de perder al marido; y cuando ésta pasó también a mejor vida (quizá a ambas, esposa y cuñada, las mató él de aburrimiento), su sobrina política (en cuya casa habíamos pasado la noche) vino a constituir su único consuelo y un gran apoyo tras la reciente muerte de su anciano padre, a cuyo entierro -o ceremonia de despedida- precisamente acudía ahora. Me enseñó las fotos de cada uno de ellos y me contó cuán contento estaba de que, con su padre, todo hubiese sucedido como sucedió: resulta que llamaba a su viejo por teléfono todos los días, y la última vez que hablaron, contra su costumbre, antes de colgar le dijo “I love you, dad”, a lo cual el padre respondió “I love you, son”. No dudaba de que Dios le había inspirado esa amorosa frase, y estaba muy contento de que fuera lo último que ambos se habían dicho en vida, y de que todo hubiese quedado perfectamente en orden entre ellos. Bob era un hombre profundamente creyente.

El paisaje, a lo largo de nuestro viaje, fue asombroso. Primero, a las lluviosas montañas de Cle Elum sucedió el vistoso desierto del Okanogan, con sus peladas lomas de amarillento pasto entre pedregales; después, grandes campos de rastrojos, que a su vez dieron paso a una zona semiárida, montes de roja tierra y ralos pinares moteados de un arbusto verdirrojo y de otros árboles que ya amarilleaban; tonos cálidos que le daban al paisaje un aspecto agradable, dramático y con carácter. Por último, tras coronar un collado, unos 200 metros bajo nuestros pies apareció una enorme extensión de bajas lomas doradas que se veía partida en dos, a media distancia del horizonte, por una marcada cicatriz, larga y quebrada: the Columbia gorge, el impresionante cañón del río Columbia, que a lo largo de casi 500 km hace frontera entre el estado de Washington y el de Oregón. Según bajábamos, lo que en un principio parecía estrecha garganta fue revelando ser una anchísima depresión (tal vez un cuarto de milla), por cuyo fondo fluían, rizadas de pequeñas olas, las aguas pardoverdosas del río. Desde el borde norte de aquel abismo, la carretera en el lado de Oregón aparecía como apenas una delgada línea que serpeaba por el fondo de la garganta, sólo delatada por los vehículos, diminutos como hormigas, que por ella circulaban. Pero, al acercarnos, aquella carretera resultó ser una ancha autopista (la Interestatal 54) con dos calzadas muy distanciadas y varios carriles por sentido, flanqueada al sur por la rojiza pared rocosa del cañón que semejaba una colosal obra de mampostería, y al norte por el río, atravesado por varios puentes de gran longitud. Paralela a esa autopista, en el lado de Washington pero por el borde superior del talud, serpentea la antigua carretera. Durante nuestro tránsito por esta garganta el paisaje cambió varias veces, siempre magnífico. Primero, el ancho, rojizo y ventoso cañón se estrechó, pasando entre cumbres más elevadas donde las frecuentes nubes que allí se acumulan proporcionan una precipitación abundante que, en ocasiones, da lugar a otra muy distinta: la de los arroyos precipitándose pared abajo en asombrosas cascadas. Nos paramos un momento en un mirador (donde había todo un complejo turístico) a ver una que tenía más de 150 metros de altura. Después, la garganta volvió a abrirse, el río se ensanchó, una isla apareció en el centro y el viento se calmó. Allí las montañas eran menos altas y la vegetación cambió a los clásicos tonos otoñales. Ya cerca de Portland (donde dejamos la 54 y cogimos la Interestatal 5 hacia el sur), todo esa maravilla se desdibuja y se pierde en un mar de urbanizaciones. A partir de esa ciudad, el paisaje fue mucho menos espectacular.

Y ahí me cayó el sermón religioso. ¡Qué peste de norteamericanos! ¿Cuántos tipos ya, a lo largo de este viaje, han creído ser los llamados a evangelizarme? Y todos con el mismo, idéntico rollo sobre que es imposible, al mirar a nuestro alrededor, no concluir que el mundo tiene un creador y que las cosas no suceden por casualidad. No fue casualidad que yo estuviese haciendo dedo cuando pasó Bob, ni que él me viese cuando se paró a comprar cigarrillos, ni que yo siguiese aún en el arcén cuando salió de la tienda, bla, bla, bla. Menos mal que tuvo, al menos, el detalle de no insistir en la cuestión al percatarse de mi total desinterés: yes, sure, of course.

De Cle Elum a Albany con Bob el devoto

Cuando finalmente llegamos a Albany, a sugerencia mía nos metimos en un Wendy’s a comer algo y a charlar un rato, pues él tenía tiempo antes de su cita con el médico, a las 16:30. Por fin encontré las famosas hamburguesas por un dólar que, según alguien me había dicho, existían en EE.UU., así que me pedí dos. Por cierto que, al volver de los aseos, según me acercaba a la mesa vi que mi benefactor oraba silenciosa y píamente ante sus alitas de pollo rebozadas, y cuando ya iba a erguirse, viendo por el rabillo del ojo que me acercaba, prolongó su oración lo suficiente para cerciorarse de que me percataba de su devoción y a lo mejor, con suerte, tomaba ejemplo. Allí pasamos la última media hora juntos, diciéndonos lo agradable que había sido nuestro encuentro. Con anterioridad yo le había soltado un par de indirectas acerca de mi desamparo en esa ciudad, pero no las pilló o prefirió no pillarlas, así que me tocaba seguir haciendo dedo como poco hasta Corvallis, pues en Albany no había hostal ni camping. Lástima que Bob, en vez de emplear los últimos diez minutos en sacarme del centro para poder hacer autostop, los pasó congratulándose por haberme recogido, diciéndome lo contento que estaba e intercambiando direcciones para que le enviase una postal desde España. Le agradecí infinito, para mis adentros, que en la despedida final no me transmitiera las bendiciones divinas.

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Norteamérica 46. Un hostal de recolectores clandestinos; inesperada pernocta en casa particular

Jueves, 9 de octubre. Cle Elum (Washington).

Mis movimientos por Penticton durante el martes y el miércoles fueron tan irrelevantes que no vale la pena intentar recordarlos. Salvo un par de paseos más o menos largos, pasé la mayor parte del tiempo leyendo o cocinando. Había comprado ingredientes bastantes como para una que otra convidada general, pero por último decidí obviarlas porque allí nadie apreciaba mi esfuerzo ni mi buena disposición, así que al final tuve que comérmelo yo casi todo. Y es que, aunque en ese hostal paraban entre quince y veinte personas, fue -hasta el momento- el que tenía peor ambiente; cosa que atribuyo a un exceso de huéspedes de prolongada estancia: entre ellos formaban una especie de club que resultaba de difícil acceso y hacía que cualquier nuevo viajero se sintiera un extraño. Tony, el primero con quien trabé conversación, me pareció el cabecilla; y de hecho vivía allí. Era un tipo alto y delgado, con un vestir entre elegante y bohemio (pantalones de pinzas, chaleco, chaqueta de pana, gorro inglés), jubilado, sociable pero distante. Había también una pareja de ardua clasificación: él, un gilipollas de pelo largo, rubio, rizado y con coleta, trabajaba recogiendo fruta y sólo saludaba a los de la camarilla; ella (la única que me saludaba siempre) era una chica simpática con una ambigua relación de pareja, pues aunque le daba a él acceso a sus labios, pasaba la mayor parte del tiempo con Tony, quien parecía ejercer sobre ella una especie de fascinación dimanante -supongo- de su madurez e innegable atractivo (pese a sus cincuenta y tantos años). Tuve la impresión de que a la chica le habría apetecido hablar más conmigo pero que la inhibían los lazos de grupo. Después, otra pareja sin personalidad alguna que tampoco se trataba con nadie más (ella de actitud acomplejada y voz mortecina, él un hombre sin rostro).

Aparte, cuatro recolectores de fruta que me parecieron de esos que, por trabajar sin permiso, creen estar viviendo una gran aventura, y que, celosos de su protagonismo, no querían compartirlo con nadie. Curiosamente, a partir del segundo día la actitud hacia mí de dos de ellos se cerró, en lugar de abrirse; tal vez porque llegara hasta sus oídos un comentario que hice respecto a que allí nadie hablaba claramente. Llegó una holandesa con mucho desparpajo que se presentó espontáneamente a todos, menos a mí; lo cual, por la noche, no le impidió pedirme -viendo que yo era el único que quedaba despierto- que le adelantara los cinco pavos de depósito por la llave, pues se marchaba temprano al día siguiente. Tampoco faltó la pareja de lesbis, suizas ellas (gorditas y no muy agraciadas, por cierto), que debían de creerse muy interesantes porque no le dirigieron ni una palabra A NADIE, así con mayúsculas. Uno de mis compañeros de habitación, ciclista, bajito, rubio, coleta larga, con un aparatito para liar pitillos, totalmente asocial y más raro que un perro verde, no respondía cuando le hablaban, ni siquiera a los buenos días (salvo a mí, por alguna extraña razón); pero puedo decir en su favor que no comulgó con el “club” ni por un momento. Después llegaron dos huéspedes más, en plan duro y asocial. Aparte, había un quebequense, tal vez el único majo de la partida, que había hecho de recoger fruta un estilo de vida, vagabundeando y recorriendo el país de pueblo en pueblo, de orchard en orchard, allá donde hubiese recolecta en la que trabajar; y sin embargo -o tal vez por eso mismo- no se daba la menor importancia: un hombre sencillo y muy sociable que se acostaba con las gallinas y madrugaba con los gallos. Vestido con un abrigo modelo “vagabundo”, y atusándose la extravagante perilla, me contaba con su marcado acento francés dónde había que “ir a la fruta” en cada época, qué labores había que hacer en los orchards, qué variedades de manzana se cultivaban, etc. Era el único de los ilegales que no hacía ningún secreto de la recogida; y estoy seguro de que, de habérselo pedido, me habría dado indicaciones concretas. Por último, tampoco encajaba allí para nada una india (de la India) bajita, feúcha, viejita, simpática y muy charlatana. Me cayó muy bien, a pesar de que, con ese fuerte acento de su país, apenas la entendía.

Pues bien: aunque me mostré abierto a todos y a menudo ofrecí a unos y otros compartir mis platos, nadie me convidó a una mala cerveza ni me brindaron unirme a ellos en ninguna de sus reuniones, juegos o francachelas. Ni siquiera se acercaron a pedirme consejo cuando intentaron hacer tortilla de patatas (me habían visto hacer una el día anterior), tal vez por temor a que si me involucraban en la preparación se verían obligados a compartir conmigo el resultado y -¡Dios no lo permita!- la sobremesa. De manera que, cuando ayer por la tarde llegó Jamie y se mostró como una persona normal, enseguida nos entendimos, quizá no tanto por compatibilidad de caracteres como porque allí nadie más parecía dispuesto a hacer amigos. Gustoso le ofrecí la mitad de mi cena, gustoso lo acompañé a tomar unas cervezas (invitación suya), gustoso compartí con él mi desayuno esta mañana y, más gustoso aún, acepté que me llevara hasta la frontera. Era un jubilado de casi setenta años que había trabajado para el gobierno y que ahora, más por afición que para ganar dinero, conducía un freight truck (camión no articulado) en semanas alternas. No tenía claros sus planes de viaje, y en cuanto se enteró de que yo quería cruzar la frontera y necesitaba un ride se ofreció a llevarme. Así que esta mañana, tras desayunar, nos pusimos en marcha. Sólo me despedí de Chu -uno de los dos japos que allí había, nada asocial, que se hizo una foto conmigo- y del perro verde, que pese a todo me cayó en gracia: al menos no era un hipócrita ni un vanidoso. ¡Con qué ganas me marché de ese hostal y su ambiente de mierda! Largos se me hicieron los tres días que allí pasé. Pero, aunque sólo fuera por haber conocido a Jamie, valieron la pena.

La carretera que discurre por el estrecho y fértil valle Okanagan al sur de Penticton es preciosa, siempre entre viñedos y orchards, todo el rato junto al río o bordeando algún lago, y flanqueada por sendas sierras casi desérticas donde, por toda vegetación, sólo crecía matorral bajo y algunos pinos dispersos. De hecho, según los lugareños, ése es el único desierto del Canadá. Como en el valle se cultiva la vid, pasamos por muchas pequeñas bodegas de gestión familiar, pero aunque quisimos visitar alguna, o estaban fuera de temporada o la hora de las visitas no nos convenía; de modo que enfilamos directamente para la frontera.

Yo pensaba [al escribir el diario no recogí la razón, y por supuesto ahora no la recuerdo] que aquella reentrada a USA me resultaría complicada, pero fue la más sencilla: ninguna pregunta, ninguna pega, ningún requisito: sólo rellenar una ficha y pagar 6 $. Desde allí, Jamie todavía me llevó a Tonasket, un pueblo unas millas más allá, donde él giraba hacia el este y yo continuaba hacia el sur. Al despedirse me dio una tarjeta de visita y prometí enviarle un correo. Había sido un compañero verdaderamente amable y generoso.

Tras situarme en posición, no tardó en cogerme un tipo bastante simpático y con una amena conversación que me llevó otras cuantas millas al sur, aunque me dejó en un lugar bastante malo. Mientras esperaba, un conductor me lanzó un bocata desde el coche; no sé si como penitencia por no haberme subido o en ademán de burla o desprecio; pero el bocata me sentó divinamente. En menos de una hora me recogió un vejete que, en principio, había pasado de largo pero que luego se arrepintió y dio media vuelta. Pese a todos los pronósticos, las agoreras y difamatorias palabras, los vituperios que los canadienses en general (y mi último roommate en particular) vierten hacia sus únicos vecinos, lo cierto es que me está resultando más fácil hacer dedo en EE.UU. que en Canadá.

De Penticton a Cle Elum con Jamie, Bob y dos más.

Mi último benefactor del día, Bob, viajaba hasta Oregón, y al enterarse de mis planes me ofreció llevarme hasta donde él iba y hacer noche juntos, a mitad de camino, en casa de una sobrina suya (cuyo nombre no se me ha quedado) en Cle Elum. Acepté encantado. Nuestra conversación ha sido todo el rato fluida e interesante. Bob lleva en el coche -un flamante Jeep rojo- una pegatina que dice “Praise for America” y es muy crítico con su gobierno, con el malgasto, el derroche y las subvenciones a tutiplén del welfare state. El viaje ha sido precioso: primero por el mismo valle del Okanagan (que aquí escriben Okanogan) y por último cruzando el Wenatchee National Forest, un parque nadional poblado de coníferas, poplar trees (álamos) y otras variedades. Al llegar Cle Elum, su sobrina me acogió muy bien (previa una breve entrevista con el tío para ponerla al tanto de la situación), mas no el marido, Rod, a quien no pareció entusiasmarle la idea. No obstante, todo ha ido bien. Antes de meter mano a la cena, mi religioso benefactor se marcó un minuto entero de silenciosa oración, humillada la pecadora cabeza, cerrados los contritos ojos y cruzadas las culpables manos. La típica americanada. Hemos cenado una carne de venado algo decepcionante: nada que ver con como la preparan en mi tierra, la verdad. No sé a qué se dedica este matrimonio: ella parece trabajar, y él (de unos 50 años) parece estar ya retirado, ya que cocina, hace la compra y es ama de casa. Me han ofrecido el sofá para dormir. Quizá no sea lo mejor que tenían disponible, pero es mucho mejor que dormir en un camping, sobre todo porque, aunque en este valle hace calor de día, en cuanto se pone el sol la temperatura baja de lo lindo. Aún no son las nueve, pero los otros se han ido ya a dormir. Así que aquí estoy, cómodamente hospedado en esta confortable casa y aprovechando, para escribir, el silencio de la noche, sólo turbado por un cercano pero ilocalizable sonido de agua que fluye, borbotea o cae (¿una fuente artificial?, ¿un albañal no soterrado?, ¿un curso de agua bajo el piso?, ¿un depósito que se llena?) Creo que he reentrado a EE.UU. con buen pie.

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Norteamérica 45. Consejos de un taxista y reflexiones sobre los youth hostels

Lunes, 6 de octubre. Penticton (Columbia Británica).

Ayer, tras hacer varios de los recorridos que ofrecía el parque, me puse a caminar carretera abajo con plena confianza en que alguien me llevaría hasta la ciudad. En efecto, unos alemanes me recogieron. Eran entusiastas de Canadá, fieles turistas que viajaban a Revelstoke una vez al año desde hacía seis. Muy simpáticos y abiertos, manifestaron ser yo el primer español con que se encontraban en este país. Entre otras cosas, hablamos del problema de la deforestación, que a ellos también se lo parecía: es -opinaban- la base de la economía canadiense, aparte del petróleo y la energía eléctrica; y si dejasen de deforestar, esa economía se resentirá mucho; pero, aunque saben que la madera se acabará algún día, no les importa: ese día está demasiado lejos para que afecte a políticos cortoplacistas; y la gente prefiere no ver el problema.

Ya en la ciudad, pasé el resto de la tarde leyendo, dando una vuelta y hablando con un nuevo compañero de dormitorio, un británico que lleva un año viajando y al que le quedan apenas ocho días para volver a su país. Era joven, culto y educado. Como había estado mucho tiempo en Asia (China, India, Corea del Sur), estaba muy habituado a los youth hostels y tenía, además, interesantes cosas que contar; pero se lo veía cansado de tanto viajar y parecía como si todo le resbalara. Hoy por la mañana nos levantamos a la par, pero yo me marché antes que él.

Llevaba media hora larga haciendo dedo cuando un taxista se detuvo a mi lado. “¿Gratis?”, le pregunté. Yes. Salvo porque llevaba a bordo un perro baboso, fue un ride muy afortunado, ya que el conductor se dirigía al mismo lugar que me había fijado como destino para hoy, de modo que no he tenido que volver a pedir jalón. Era un hombre grande y gordo que decía haber viajado mucho y que pudo darme muchos e interesantes consejos para EE.UU.: en Oregón puedes hacer dedo en las autopistas; en Louisiana, no puedes ni en carreteras normales; California es una locura; Las Vegas, en Nevada, vale la pena conocerla, pero ten cuidado: no les gustan los mochileros porque no traen dinero; en Tejas no infrinjas la ley, pues los polis son duros ahí, la gente lleva pistolones al cinto y, si se ven en la necesidad de usar el arma -o se les antoja hacerlo-, prefieren que no vivas para testificar, así que disparan a matar; procura hacer dedo en las paradas de camioneros y, si es posible, compra una emisora con su frecuencia para pedirles unride; no hables de política con los estadounidenses. Decía conocerse todos los trucos para cruzar la frontera. También fue explicándome las peculiaridades de la zona: dónde hay plantaciones de frutales o de viñas, dónde es bueno para esto o lo otro, dónde hay incendios forestales, dónde hace frío o calor… Estaba bastante comprometido con los movimientos ecologistas en la idea de reducir las emisiones de CO2 y evitar el efecto invernadero, y aseguraba que, al menos por su zona, el nivel de los lagos bajaba cada año. Opinaba que el principal problema de todo eso no sería tanto el deterioro medioambiental en sí como las guerras y conflictos que el pánico ante dicho impacto acarrearía. Me pareció algo alarmista, pero con fundamento. Fue un viaje bastante agradable, y el hombre me dejó en la misma puerta del albergue de Penticton, donde he pagado tres noches por adelantado. Según me dijo, esta ciudad (de unos 25000 habitantes) está llena de jubilados y es muy turística gracias a su buen clima y sus playas lacustres. Puedo confirmar que, al menos hoy, la temperatura es muy agradable. Ahora estoy en la biblioteca pública, escribiendo un rato tras comprobar el correo. A ver cómo se me dan los últimos tres o cuatro días por Canadá.

De Revelstoke a Penticton con el taxista

Martes, 7 de octubre. Mismo lugar.

No está pareciéndome Penticton la ciudad ideal para pasar estos últimos días; es, quizá, demasiado grande para mis gustos; pero no está mal. Lo que me ha resultado curioso es el secretismo imperante, en el albergue, respecto a trabajar recogiendo fruta (opción que consideré al llegar aquí). Ayer, tras hacer algunas averiguaciones, supe que al menos cinco de los huéspedes se dedican a eso, pero sólo uno me habló con claridad sobre cómo encontrar trabajo en la recolección; los demás salieron con evasivas o, simplemente, no contestaron; hasta me pareció que miraba al cielo y silbaba. Es como si temieran que vaya a quitarles el trabajo, o como si hacer los contactos precisos les hubiese costado tanto que no quieren compartir esa información. Al final, uno me dijo: “No te preocupes; es muy sencillo: sólo estate pendiente, pregunta aquí o allí, acércate a la oficina de empleo o llama a estos teléfonos, y encontrarás algo, seguro.” Pero oí a alguien mencionar que, para ir a recoger fruta, hay que levantarse a las seis de la mañana, y como yo soy mal madrugador se me han quitado las ganas de intentarlo; así que ya veremos. No estaría mal sacarme unos pavos, pero tampoco pasa nada si no lo hago.

Ahora estoy en un Tim Hortons, desayunando. El día ha amanecido nublado, pero parece que va a aclarar. Ayer tarde preparé la consabida tortilla de patatas, que me salió mejor que nunca y me granjeó entusiastas elogios de los dos a quienes les ofrecí. El resto de la tarde lo pasé en el albergue, charlando un poco, leyendo un mucho y estudiando al personal. Estoy empezando a hartarme del ambiente alberguil y a desarrollar cierta aversión hacia esta clase de alojamiento, en parte por la frivolidad imperante y en parte por mi habitual poco éxito entre el resto de huéspedes, en especial el elemento femenino. Empiezo a pensar que el tipo de persona que más abunda en estos lugares es el vanidoso y egocéntrico, gente cree saber mucho porque viaja, pero cuya experiencia al respecto se limita, en el fondo, a haberse apalancado durante semanas (meses, en ocasiones) en varios hostales, haciendo de éstos su hogar. Del simple hecho de fumarse un canuto, recoger manzanas en el Okanagan o pegarse una caminata de cuatro horas por el parque nacional de Banff, hacen toda una aventura. Por contraste, empiezo a admirar a los japoneses, con su incesante ritmo viajero, su autonomía social y su desapego, sin comportarse jamás en los hostales como Perico por su casa, sin el menor asomo de vanidad y sin concederse -al contrario que los occidentales- la más mínima importancia. Y, por último, también empieza a parecerme que las guías de viaje son un arma de doble filo: si por una parte facilitan mucha información, por otra te dirigen invariablemente a hospedajes llenos de extranjeros, donde poco del país o de la región puede aprenderse. Amén.

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Norteamérica 44. Más atractivos de las Rocosas; el paraíso Revelstoke; un israelí sociable

Sábado, 4 (continuación).

Esta mañana hacía tanto frío que me quedé en el saco hasta que el sol no empezase a calentar la tienda y pudiera también calentar mis primeros movimientos. Un rato más tarde, mientras desayunaba, se marchaba la pareja de Nueva Zelanda. ¿A dónde iban? Su acento austral no me permitió entender la respuesta. ¿Y tú? “Pues yo voy hacia el suroeste”, contesté vagamente para darles pie a que se ofreciesen a llevarme un trecho si ellos también llevaban esa dirección. Pero no coló.

Cuando me puse en camino eran ya más de las diez, y pasaban de las once cuando alcancé, por fin, el último semáforo de la ciudad, punto que estimé idóneo para hacer dedo. Unos segundos antes acababan de adelantarme los neozelandeses en su coche y supuse que, mientras yo me pegaba esa caminata, ellos habrían estado desayunando como señores en alguna cafetería de Golden. El caso es que unos cientos de metros más adelante los vi echarse al arcén: estaban esperando a que los alcanzase. ¿Entonces a dónde vas? A Revelstoke. Pues sube y vámonos. Cojonudo.

Por el camino -que no era menos majestuoso que la carretera Jasper-Banff- nos detuvimos en un par de sitios: uno de ellos, Rogers Pass, era un punto elevado desde donde se veía bien el icefield que alimenta los glaciares del Glacier National Park. Allí visitamos el pequeño museo y vimos un cortometraje bastante interesante sobre cómo combatían los aludes: provocándolos de manera controlada. El otro fue un pequeño mirador en mitad del bosque con una pasarela de madera a lo largo de la cual unos letreros mostraban la fauna y flora del lugar. Tal vez a eso lo llaman un “centro de interpretación”.

Por fin, Revelstoke. Ellos seguían hacia el sur en dirección a Nakusp, pero yo decidí tomarme el día libre aquí y continuar mañana (o tal vez pasado) a Sicamous, Kelowna y Osoyoos, en la frontera con EE.UU. Voy bien de tiempo: tengo seis días para hacer 336 kilómetros.

150 km con los neozelandeses, de Golden a Revelstoke

Como dice la guía, Revelstoke es el paraíso de cualquier montañero, pero yo diría que lo es de cualquier persona. Situada a las orillas del manso río Columbia, que discurre ahí entre arboledas -amarillo, ocre, verde- por un ancho y poco profundo cauce, y rodeada de montañas por los cuatro costados, esta bonita, limpia, asequible y tranquila ciudad, con su calle peatonal y sus curiosas tiendecitas, sus parques y sus soleados bancos, no va a gustarles sólo a los montañeros. A mí me encandiló desde el momento en que, aún antes de llegar, la vi asomar tras una colina, con las vías del ferrocarril brillando bajo el sol y, circulando por ellas, un largo tren de tres máquinas en cabeza y dos en el medio. No dudé un minuto en quedarme. El hostal es de tamaño mediano, bastante limpio y bien equipado, con cinco fogones, muchos cuartos de baño y otras facilities. Lo lleva un simpático japonés que está aquí temporalmente como working guest. Tras acomodarme, ducharme, comprar provisiones y mirar el correo electrónico, he dedicado las últimas horas de sol a actualizar el diario, aquí sentado a una mesa de terrazo sobre la orilla misma del Columbia, que -a quince metros bajo mis pies- fluye con lentitud de remanso. Ahora, diez minutos después del ocaso, el descenso de la temperatura ha sido instantáneo. Es hora de regresar al hostal.

Domingo, 5 de octubre. Mismo lugar.

Hay un sentimiento religioso detrás de las ideas de la dignidad humana, la civilización, la convivencia pacífica, la armonía social, etc. Suele decirse que la naturaleza hace su implacable trabajo indiferente a todo, pero quizá sea más acertado decir que la naturaleza es el resultado de un proceso implacable e indiferente a todo. Sea como fuere, tanto el choque entre especies como entre distintos grupos de una misma especie, e incluso distintos individuos de un mismo grupo, está dentro del orden natural de las cosas. Pretender que, para el caso humano, ese choque no es inevitable o incluso que -aun siéndolo- sería deseable evitarlo, entraña la hipótesis de que el hombre está en un orden superior de las cosas. Pero otorgarle semejante estatus, ¿no implica, acaso, que hay algo “divino” en él o que la existencia misma tiene un objeto? Y conferirle un sentido a la existencia, ¿no es ya religión?

Ayer tarde, al volver al hostal, había un nuevo huésped en el dormitorio (que por la mañana ocupaba sólo yo). Israelí, simpático, estaba haciendo en EE.UU. un máster sobre ecología y se había tomado diez días libres aprovechando su asistencia a no sé qué acto, curso o conferencia en cierta ciudad canadiense. Me ofreció echar unas partidas en la mesa de billar del albergue y allí estuvimos durante dos o tres horas dándole a los tacos y a las bolas mientras departíamos tranquilamente sobre temas varios: idiomas, gentes, países… El hombre sabía dialogar y, lo que es más raro, también escuchar. No estaba de acuerdo con mi opinión de que Canadá necesita más población para desarrollarse, y como argumento objetaba una sencilla pregunta: si el país necesita más gente, ¿por qué ponen trabas a la inmigración? Buena pregunta que no sé contestar. De hecho, ahí se centra precisamente mi mala opinión sobre la política canadiense. ¿Es cortedad de miras del gobierno? ¿Es egoísmo de una población que no quiere compartir sus enormes recursos? ¿Viene impuesto por EE.UU., que considera a Canadá su patio trasero, un coto privado cuyas riquezas quiere acaparar? Aparte, a mi afirmación de que el pueblo useño era muy inculto, objetó el israelí -cambiando el sentido en que yo había usado esta palabra y arrimando el ascua a su sardina- que se habían cometido muchas atrocidades en nombre de la cultura, y que ésta no bastaba a justificar ciertas cosas, como por ejemplo el exterminio nazi. Pasé un rato muy entretenido con él, y es una pena que se fuese hoy temprano, porque de haber partido más tarde habría aprovechado el ride que me ofrecía hasta Sicamous, que será mi último punto sobre la highway 1.

Esta mañana, domingo, he venido a visitar el parque natural Mount Revelstoke, que linda con el pueblo. Alguien me ha dado un lift hasta la cima de dicha montaña, desde donde se contemplan unas vistas espectaulares. Una vez aquí, puedes hacer varias caminatas interesantes. La más curiosa de ellas conduce hasta una sima que se abre en una grieta de la roca, y en cuyo fondo hay un gran bloque de hielo perpetuo que no se derrite ni en los días más calurosos del más tórrido verano. Esa grieta, aunque angosta, es practicable a pie y, al descender, se percibe con nítida claridad el progresivo y acentuado descenso de la temperatura, que en el fondo, a unos ocho o diez metros de profundidad, es -obviamente- igual o inferior a cero grados. O sea que, en un día como hoy, eso significa que con cada metro que se desciende, la temperatura baja un par de grados. Un auténtico frigorífico natural.

Ahora estoy sentado a una de las muchas mesas que hay en el área de picnic. Se está aquí de vicio. Las aves no parecen tener ningún miedo a la presencia humana, hasta el punto de que, si extiendes el brazo, no es difícil que algún pájaro se te pose en la mano, como en una rama. Ahora comeré algo y, cuando acabe, iniciaré el descenso.

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Norteamérica 43. Fascinantes Rocosas, un albergue montañero y arrullos del tren

Jueves, 2 de octubre (continuación).

Esta mañana, tras recoger mi tienda y marcharme del camping de Cache Creek, que estaba muy cerca de la carretera, en lugar de ponerme allí mismo a hacer dedo retrocedí un par de kilómetros hasta el cruce, que suelen ser mejores lugares para que alguien se pare; pero no sé si fue útil, porque de todas formas tardé más de una hora en conseguir jalón. Era un tío con un Ford pick up doble cabina (como el de la víspera, pero nuevecito), camionero de profesión y con una pinta rara: melena rubia, un ridículo bigote estilo “raya” y unos gestos amanerados que no podía -o no quería- disimular. En su incesante parloteo, algo me dijo sobre su exmujer y sus hijos que atenuó un poco mi aprensión de ser acosado. Era de esas personas -como tantas ya durante este viaje- que sólo se escuchan a sí mismas y no atienden a las respuestas de sus propias preguntas. Tanto así que, tomándome desde un principio por italiano, y pese a sacarlo yo de su error, no dejó de relacionarme con dicho país, preguntándome qué era típico de allá, cómo iban las cosas, y haciendo comparaciones entre Italia y Canadá. Pero era un tipo majo y, al término del ride (hasta Kamloops, por la garganta del río Thompson, cuyo paisaje es muy similar al del Fraser, aunque algo menos árido), se pasó por la estación de autobús para preguntar, por mí, si había algún servicio entre Jasper y Banff; y no conforme con eso, me acercó al mejor lugar para hacer autostop hacia Jasper. No le dio importancia a este favor porque -me dijo- tenía tiempo de sobra, pero cuando quise invitarlo a un café, le entraron las prisas y se marchó, aduciendo que tenía mucho que hacer.

Tras una buena espera a la salida de Kamloops me recogió un viejo muy rural que me dejó en un cruce tan sólo 12-14 km más adelante, en mitad de ninguna parte. Por el camino nos paró la policía porque no llevábamos puestos los cinturonres de seguridad, aunque -por suerte para mí- sólo lo multaron a él: 87 $ le costó la broma. No me pareció demasiado. Pero aquel cruce era un sitio pésimo y, para colmo, tras un rato de espera hice la cagada de ponerme a caminar hacia el siguiente pueblo (a unos 12 km según mi mapa). Sucedió que, mientras esperaba, llegó al mismo punto otro autostopista (quien, por esa norma no escrita del oficio, se puso un poco más adelante); pero la impaciencia me aconsejó ponerme a andar, y apenas lo había dejado atrás un centenar de metros oí que se detenía un vehículo: al girar la cabeza vi que estaba recogiéndolo a él. Si me hubiera quedado en mi sitio, ese lift habría sido para mí; así que se me quedó cara de tonto. Continué caminando tres horas bajo un sol de justicia, esperando encontrar “el punto idóneo”, hasta que por fin alguien paró. Conducía un coche nuevecito (lo cual siempre se agradece), de alquiler, y -lo más importante- iba hasta Edmonton, así que pudo dejarme en el mismo Jasper, que queda sobre esa ruta. Dijo llamarse Darwin y ser funcionario de correos-comercial privado (no sé cómo se come eso). Bastante más culto que el camionero marica, más entretenido y mejor escuchador, era -al igual que el jubilado de la víspera- un tipo mimado por la suerte, amigo de darse caprichos, divorciado y acostumbrado a lujos y mujeres. Venía -dijo- de tomarse unas vacaciones en Vancouver Island e iba a ver a sus mellizos (niño y niña) y a su ex, con la cual había viajado mucho.

Los tres jalones del día: a Kamloops con el marica, a Reyleigh con el viejo y a Jasper con Darwin

Ese trayecto fue precioso: a medida que nos acercábamos a las Rocosas iban quedando atrás las sequedades y arideces del río Thompson. Al principio, las montañas nos recibieron con una precordillera llena de contrastes foliares (amarillos, ocres, verdes) y luego nos ofrecieron asombrosos paisajes de ríos azul esmeralda y lagos de un verde azulado, oscuro e intenso, en cuyas pulidas superficies se reflejaban los cada vez menos lejanos riscos, desnudos y escarpados, con sus cimas coronadas por nieves perpetuas e iluminadas, en tonos rosáceos, por el sol poniente. Muy bonito. Darwin tuvo el detalle de dejarme en el hostal (a 7 km del pueblo, nada menos) y, cuando nos despedimos, era ya de noche y, además, tarde, pues al cruzar el límite provincial se adelantaba la hora local.

El hostal, bastante animado, sirve de centro y campamento base a decenas de montañeros que, incluso en el frío otoño, patean las Rocosas y el parque nacional. Y deben de ser muy madrugadores, pues ahora mismo (medianoche) no queda ni un alma en la sala común: está todo el mundo acostado. Me he preparado unos espagueti que encontré en el armario de comida común, luego he hecho la colada y ahora me voy a la cama.

Sábado, 4 de octubre. Revelstoke (Columbia Británica).

En efecto, la diana -en sentido figurado- se tocó en el hostal de Jasper a las siete y media. Su único dormitorio, que alberga treinta y pico literas, cobró a esa hora una bulliciosa actividad, como es lógico en un refugio lleno de montañeros, entusiastas de la naturaleza y aficionados a campestres caminatas, tan tempraneros todos ellos. Pese a tener puestos los tapones, este ajetreo me impidió seguir durmiendo. Pero me alegré, porque era buena hora para irme. Preparé mis cosas en un pispás y me largué de allí.

Al ver el paisaje a la luz de la mañana pude apreciar mejor que la noche anterior el magnífico emplazamiento de aquel hostal, rodeado por altos montes poblados de caducifolias y coníferas y sobre los que descollaban, más lejanos, agudos y desnudos picos nevados. El día había amanecido escarchado, y un fulano que quitaba el hielo de su parabrisas me dio un lift hasta el cruce principal, ahorrándome así una hora a pie. Eran las 8:30 cuando me puse a hacer dedo, y eran las 12:00 cuando desistí y me encaminé a Jasper: en todo ese tiempo, un único conductor me había ofrecido jalón, pero no lo acepté porque sólo podía llevarme hasta un punto indeterminado a medio camino de Lake Louise; y como en los 230 km que separan ambas localidades no hay ningún pueblo intermedio, temí quedarme tirado. Luego este temor resultó ser injustificado, pues el autobús (sólo uno al día) que salva ese trayecto hace parada precisamente en el lugar adonde el hombre ofreció llevarme, ya que hay allí un hotel de montaña y es conocido punto de mochileros y de fotógrafos a la caza de paisajes. Esto lo supe de primera mano cuando, en vista del poco éxito a dedo, acabé tomando, a las 13:30, aquel autobús para ir a Lake Louise.

Como me habían dicho, el viaje no tiene desperdicio. El paisaje es tan chulo que no puedes despegar la vista de la ventanilla un solo minuto a lo largo de esa carretera entre montañas, valles, ríos, glaciares, picos nevados, vida salvaje (vi unas cabras de montaña, blancas como la nieve, y una osa negra con sus cachorros), cascadas, lagos de un color verde intenso y arroyos de extrañas e hipnóticas aguas blanquecinas.

Cuatro horas más tarde estaba en Lake Louise, y cinco minutos después salía espantado del hostal, a causa de sus precios. Vale que es más bien un hotel, y de no haberme gastado un rato antes, fuera de presupuesto, los 42 pavos del autobús, quizá hasta lo habría pagado; pero, dado ese reciente dispendio, se me hizo demasiado caro. Decidí, por tanto, seguir haciendo dedo. Una pareja de chavales me dio un corto lift hasta Field: bonito, tranquilo e idílico pueblo ubicado en un vallecito entre montañas; pero no había camping, así que continué en la carretera. El siguiente ride, hasta Golden, me lo dio el más extraño matrimonio que he visto: él de unos cincuenta y tantos, ella de unos veintimuchos, más parecían padre e hija; y habría creído que lo eran de no ser porque mencionaron una hija común y, aparte, por algunos detalles típicos de una pareja. Él me pareció un hijo o nieto de la Gran Bretaña. Ella, muy guapa y simpática, medio morenita, tenía sangre puertorriqueña. Me contaron haber recorrido mucho mundo en autostop. Vivían en Golden hasta que -por razones que no capté bien- se habían mudado a Calgary; pero ella añoraba el pueblo… en algunas cosas. Me dejaron a la puerta del albergue (en las afueras del pueblo), pero resultó estar cerrado; y para ir al camping me tocó dar un enorme rodeo, pues tenía que cruzar la vía del tren, en la cual se encontraba detenido uno de esos infinitos convoyes. (Muchas localidades de este continente han nacido, y aún viven, en torno al ferrocarril.) Y el rodeo no fue aún mayor porque crucé por un lugar no autorizado. Al primer ser humano con el que me topé, una mujer, le pregunté por el camping. Estaba ubicado al otro lado del pueblo, pero ella se ofreció a llevarme. Menos mal, porque si no, habría tenido que andar un par de kilómetros más.

De Jasper a Lake Louise en bus, y dos jalones más hasta Golden

El camping no podía ser más “urbano”, ya que sus parcelas estaban alineadas a lo largo de una calle. Por las traseras discurría el río, con sus aguas blancoazuladas; y allende el río, el ferrocarril, por donde que estuvieron pasando trenes día y noche. Por suerte, el suelo no era duro y pude pinchar los clavos de los vientos sin problema. Más suerte aún fue que la encargada, al ver mi veraniego equipo, me prestara un saco de dormir; cosa que le agradecí infinito en el momento y doblemente por la mañana, pues la noche fue muy fría. En la parcela vecina había una simpática pareja de neozelandeses con los que hablé un ratillo. Después fui a comprar comida: fruta, leche, galletas y un queso de untar, con supuesto sabor a ajo, que resultó ser una basura. De vuelta a mi tienda estuve cenando esas viandas en la más fría, oscura y deprimente soledad: no dejaba de añorar a Mariko. El caso es que el sitio no era desagradable, y el ruido de los trenes no me incomodó tanto como temía, pues si bien al aproximarse me despertaban con el estrepitoso silbato de las locomotoras (esos convoyes suelen llevar dos máquinas en cabeza y otras dos en medio), el lento e interminable paso de los vagones (entre 80 y 100 por convoy) acababa por acunarme, de modo que volvía a quedarme dormido antes de que hubiesen acabado de pasar por completo.

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Norteamérica 42. Los sofismas de Jette y la engorrosa salida de Vancouver

Martes, 30 (continuación)

De regreso al hostal, me acosté un rato para refugiarme, en el sueño, de la pasajera tristeza de ver partir a Mariko. Después llamé a Jette. Quedamos donde sus clases de pintura, un instituto de arte ubicado en Granville Island, que no es isla sino península, ya que está unida a la orilla sur del río por una lengua de tierra, si bien desde la orilla norte se accede mediante una lancha (2 $ por pasajero, nada menos). Gracias, precisamente, a ese instituto -y pese a la fábrica de cemento vecina-, Granville es muy frecuentada por artistas, bohemios y turistas. Con abundancia de pequeños y encantadores restaurantes junto a sus muelles, más un mercado a la española, es un pintoresco lugar que lo reconcilia a uno con Vancouver. El ambiente en el instituto me pareció variado, informal y muy atractivo. Al verlo, pensé que si yo fuese alumno allí, no me importaría serlo toda la vida.

Me encontré con Jette en la cafetería y me llevó a donde estaba “trabajando”: esto hago, esto uso, esto pinto… Según retocaba un lienzo de arpillera, vertical y sin marco, que colgaba de la pared y en el que se distinguían unas figuras de barcos en blanco y negro, me decía que no le gustaba ajustarse a las reglas. “Pero ese no ajustarse a las reglas, ¿no es ya un tipo de regla?”, objeté. “Bueno, puedes ajustarte a ellas si quieres -respondió con agilidad-. Eso es lo bueno del arte: que no tiene reglas.” Se me ocurrió que aquello era algo contradictorio, pues si no había reglas ¿a cuáles no quería ella ajustarse? Le formulé una pregunta: “¿Pero quién dicta las reglas?” “¡Oh!, tú mismo; cada uno dicta las suyas.” Sin parar de hablar, daba ágiles brochazos sobre el lienzo. “¡Ah! Voy a enseñarte también mis dibujos.” Y cumplió su amenaza: eran desnudos bastante aceptables. A los modelos -me contó- les pagaba el instituto por posar. Al cabo de un rato fuimos a dar una vuelta y, luego, a tomar un café. Para llenar uno de esos repentinos “apagones” de su verborrea, me preguntó por mis planes para el resto de la tarde. “Ninguno. Como me voy mañana, me la tomaré de relax y prepararé las cosas.” En ese instante -el único desde que nos habíamos conocido- su autocontrol la traicionó: “¡Ah, sí? -dijo, dejando entrever una sorpresa genuina; pero en seguida corrigió esa momentánea debilidad-. Claro, es normal; continúas tu viaje.” A partir de ese punto, no obstante, me pareció notar un ligero cambio en su actitud. Cuando acabamos de tomar el café, balbució dos o tres cosas en un inglés tan rápido que apenas pude entenderla: algo como que me invitaría gustosa a salir si no fuese porque nunca salía, no conocía sitios y, de todas formas, “tú tendrás cosas que hacer”. Y sin darme tiempo a entender su frase o pedirle que la repitiera, estaba ya despidiéndose de mí. Cosa extraña: me pareció que, a la vez, tenía la expectativa de que le pidiese pasar juntos el resto de la tarde, pues dijo que ya no pensaba hacer nada más hoy. No sé si esperaba una reacción que no tuve o si, por el contrario, tenía prisa por deshacerse de mí. Tras un abrazo de despedida (¡vaya diferencia con la frialdad de Mariko!), aún insistió en darme su dirección por si quería contactar con ella. Yo, a mi vez, le ofrecí mi email para que me tuviese al corriente de cambios en su domicilio o teléfono; pero lo rechazó. Como a Jaime, que cuando partí de España no me pidió mi correo sino que me puso el suyo en la mano, a Jette no le interesaba ningún medio de contactar conmigo: sólo que yo pudiera hacerlo con ella. Y esa fue toda la historia. Ninguna tristeza me causó esa despedida: sólo echaba de menos a Mariko.

[Según transcribo esto, se me ocurren una serie de ideas sobre Jette. En aquel tiempo yo no había desarrollado aún una conciencia política, pero hoy comprendo que esa mujer era el epítome de la chica progre: vegetariana, feminista, ecológica, independiente, artista y supuestamente libre (gracias al dinero de mamá). Había comprado todos los tempranos postulados (hoy casi obligatorios) del “progresismo Siglo XXI” y se había construido con ellos una imagen propia en torno a la cual vivía; pero de aquella personalidad manufacturada disfrutaba no como realidad, sino precisamente como imagen; es decir, observándola ella misma desde fuera y en cuanto quedara expuesta a la vista y aprobación -si no admiración- de los demás; lo cual resulta algo patético. Por eso se esforzaba tanto en exhibir esa imagen: no sólo por egocentrismo sino por necesitar la validación popular; y canalizaba su inteligencia a perfeccionar ese personaje de ficción, así como a idear plausibles explicaciones a los aspectos menos lisonjeros de su vida. P. ej.: si no sabía hacer muebles, se justificaba con que “prefería no tenerlos”; si nadie la aguantaba como compañera, se decía que “le gustaba vivir sola”. Este autoengaño en que vivía, unido a que desdeñó en todo momento mis datos de contacto mientras insistía en que yo pudiera contactar con ella, me hablan de una persona que tasa su propio valor, o basa su autoestima, en la necesidad que otros puedan tener de ella, el número de llamadas o correos que recibe, o la insistencia que muestren los demás en buscar su compañía. En su día no me formulé estas consideraciones (que darían para un breve ensayo psicológico), pero por algo será que, en veintitrés años, no me haya vuelto a acordar de ella; y, de hecho, sigo sin recordarla: no conservo en la memoria imagen alguna de su persona y apenas he logrado, al transcribir este capítulo, evocar una vaguísima escena: la del lienzo de arpillera. En cambio, a menudo he pensado en Mariko, y aún recuerdo más o menos su cara.]

Volví al hostal a pie, dando todo el rodeo por el puente para ahorrarme la lancha y pasando por el centro para cambiar dinero. Veo en el mapa que se presenta difícil salir de Vancouver en autostop. A ver cómo me las ingenio mañana para iniciar la última fase de mi periplo por Canadá: las montañas Rocosas. Mi idea es ir por la ruta 7, antigua carretera hasta Hope, ya que la 1, más directa, es autovía, y hacer dedo no resulta.

Jueves, 2 de octubre. Jasper (Alberta)

Nada que contar de mis últimas horas en Vancouver, salvo que un compañero de dormitorio, coreano, se sentía hablador y nos enrollamos un rato. Había ido a Canadá para aprender inglés, conocimiento muy importante en Corea -por lo visto- para encontrar trabajo.

Ayer, miércoles, partí temprano, pero cometí varias torpezas que resultaron en un parvo avance en mi itinerario. Primera, mantener mi plan de la ruta 7 en vez de coger un bus directo hasta Hope y empezar a hacer dedo allí. Segunda, no haber cogido tampoco, al menos, el urban express hasta Mission, donde me habría sido más fácil conseguir jalón. Tercera, al tomar un bus urbano, no preguntarle al conductor qué parada me dejaba más cerca de dicha ruta. En lugar de hacer alguna de esas tres cosas, confié en mi orientación y en mi suerte (¡qué insensatez!) y cogí la combinación de buses urbanos que mejor me pareció. Consecuencia: acabé bastante lejos de donde quería ir y tuve que volver grupas un buen trecho; así que me puse a caminar a la vez que hacía dedo. Ya llevaba un par de kilómetros andando cuando un hombre me recogió. Iba hasta Chilliwack pasando por Mission, donde yo quería bajarme. Pero el tipo tenía ganas de compañía y me hizo un flaco favor: me convenció para seguir con él y dejarme en el cruce de Chilliwack, donde “tendrás más suerte y seguro que no tardas en conseguir otro ride“.

Aquí se ven bien las ubicaciones de las rutas 1 y 7, así como el trayecto que hice con el primer tipo. El punto de partida es aproximado.

Nada más lejos de la realidad, pues me dejó en un carril de acceso a la autovía que estaba en obras, apenas tenía tráfico y donde, para colmo, una señal decía: No hitchhiking. Picking up hitchhikers borbidden. No tuve más remedio que abandonar la 1 (por algo no quería yo salir de Vancouver por ahí) y cruzar a pie todo el puñetero Chilliwack -lo cual me llevó hora y cuarto- para ponerme a hacer dedo en el extremo este, dirección Agassiz, e intentar retomar allí la ruta 7. Tras esa larga caminata y un buen rato de espera en el arcén, me recogió un tipo que me dejó a la entrada de dicho pueblo, todavía a tomar por culo de la 7, así que me tocó andar otros 4-5 km por una circunvalación. Cuando por fin llegué, resultó que el tráfico, amén de escaso, pasaba demasiado deprisa por aquel punto para que los conductores se tomaran la molestia de parar. Pero Hope quedaba a 30 km y no había localidades intermedias, de modo que no tenía mucho sentido ponerme a caminar: podría acabar teniendo que dormir en descampado.

Finalmente, al cabo de ¡tres horas! me recogió un hombre que me llevó hasta Hope y me dejó junto al camping. Eran ya las 16:30, pero pensé que no perdía nada con seguir probando suerte (en el peor caso, podría dormir en el camping, que tenía muy buen aspecto). E hice bien, pues al cuarto de hora me cogió uno que viajaba a Prince George y que me llevó hasta Cache Creek, nada menos. Allí podría yo continuar hacia el este, a las Rocosas.

Dos caminatas y tres jalones más: el primero hasta Agassiz, el segundo hasta Hope y el tercero hasta Cache Creek.

A esa parte de la ruta 1 la llaman Fraser Canyon highway porque… ¡sí!, discurre a lo largo del cañón del río Fraser. El paisaje que ese tramo ofrece al viajero es extraño, feote, con algunas granjas estilo rancho y algunos ralos pinares en las cimas de los montes. El angosto cañón presenta un aspecto desolado y desértico: el terreno (consecuencia, quizá, de una prolongada deforestación) está erosionado y suelto, prácticamente yermo, escabroso y pedregoso; y es muy desconcertante porque el río, cuyo caudal es bastante más impetuoso de lo que hace esperar la pendiente del cauce, parece discurrir cuenca arriba, ya que la percepción visual de la pendiente es engañosa por completo. [No es un caso único: en otros lugares también he tenido ocasión de percibir este curioso efecto óptico].

El conductor que me dio ese ride era un jubilado. Me contó que había sido soldador especializado en tuberías de alta presión, ganado dinero a espuertas durante su vida laboral, conquistado mujeres en la misma medida (dos divorcios a sus espaldas), viajado por todas partes y dádose todos los caprichos del mundo. Por su cumpleaños, su esposa actual le regaló un curso de 10.000 $ para sacarse una licencia de piloto que luego no le sirvió de nada porque se dio cuenta de que no tenía pasta suficiente para comprar y mantener una avioneta. Eso sí: tenía varios coches, y en aquel momento conducía un Ford pick up doble cabina con una cilindrada del demonio y un aspecto reluciente, aunque algo pasado de moda.

Cache Creek (que más bien debería llamarse Garbage Creek, ya que allí se vertía toda la basura de Vancouver) era un pueblo tan desértico e inhóspito como el paisaje circundante. El jubilado me llevó hasta el camping, que estaba en las afueras: pequeño pero bonito, todo arbolado y con el suelo lleno de hojas recién caídas. La transacción con la encargada fue rápida: aquí está su sitio, aquí está su dinero. Oscurecía cuando puse la tienda, de modo que apenas veía nada mientras me tomaba una leche con galletas. Luego me preparé bien, y esa noche no pasé frío.

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Norteamérica 41. Entra Jette en escena y Mariko sale

Martes, 30 de septiembre. Mismo lugar.

Acabado aquel paseo por el parque Stanley, regresé al hostal y llamé a Jette para ver si mantenía la idea -que expresó el día anterior, en el ferri- de tomar un café en su casa. La encontré receptiva; me dijo que no problem, fijó una hora y me explicó cómo llegar. Me quedaba tiempo sobrado para comprarle una botella de vino e ir caminando a su casa, bastante alejada del albergue, en lo que llaman el West Side, un barrio de gente acomodada ubicado en South Vancouver. Atardecía cuando llegué, cosa de las seis y media. Su vivienda, una espaciosa habitación de alquiler, acondicionada como apartamento, en una casa unifamiliar, era básicamente un salón cocina con un colchón en el suelo a modo de dama. Durante mi visita, Jette mantuvo una actitud algo coqueta pero desprovista de verdadera intención, como si la hubiese automatizado a lo largo de su experiencia con el trato masculino; y aunque me miraba con insistencia a los ojos, su mente y su conversación estaban en otra parte. Es una de esas personas centradas en sí mismas que sólo te preguntan por tus cosas cuando, agotado por un momento el flujo de su propio discurso, precisa de un “iniciador” para reanudar su charla; y en cuanto tu respuesta les proporciona una idea a la que agarrarse, el cabo de una madeja cualquiera, retoman la primera persona del singular. No obstante, decía cosas bastante sensatas y me pareció inteligente.

Mientras preparaba el café, me habló de su hermana menor, que siempre le había envidiado a ella su guapura (modesta, la chamaca) y a la que ella, en cambio, le envidiaba la alegría. Jette era la lluvia y, la otra, el sol (éstas fueron sus palabras). Discutían a menudo, pero eso las ayudaba a conocerse, a encontrar un terreno común y a establecer una sólida dinámica de relación. La idea -pensé yo- no estaba mal traída, pero me pareció repetida, como si fuese lo que le contaba a todo el mundo. También me dijo que su madre era una mujer con personalidad y carácter, cosa que no me extrañó, pues ella también lo era. Luego, mientras componía una pizza, me contó cómo y dónde le gustaba vivir, lo bien que se sentía en aquel apartamento y sin tener que compartirlo con nadie, cuánto valoraba su independencia, la cantidad de amistades que tenía y la escasez, o ausencia, de amigos de verdad. Me habló sobre sus cuadros (decenas de ellos andaban por allí desperdigados), sobre sus ideas, sus aspiraciones artísticas, su afición por lo oscuro y lo semiabstracto, por lo original y lo diferente; sus inquietudes, sus pintores y escritores favoritos, sus gustos alumenticios: sólo productos naturales y orgánicos, frescos, vegetales, pescado y huevos -toma, prueba un poco de este salmón ahumado-, azúcar y pan morenos -recuerda que soy alemana-, manzanas de su propia cosecha, vino tinto -también lo elaboro yo misma- mejor que blanco, y nada de licores alcohólicos. Confeccionada la pizza, puso el horno a calentar, y mientras liaba un cigarrillo de picadura y se lo fumaba, me dijo que su exnovio la desconcentraba y le robaba un tiempo que prefería dedicar a la pintura. Luego se extendió explicando cómo el lugar, la escuela en la que pintas, influye sobre tu producción artística. Metió la pizza al horno y, en tanto se cocía, me dijo que los grandes paisajes, el mar, las praderas, abrían la mente y daban sensación de libertad; y que ella misma se preparaba los cuadros, los lienzos, los materiales y hasta los muebles (“más bien los no-muebles”, pensé yo, pues en aquella habitación no había casi ninguno).

Para todo tenía una respuesta inmediata, clara y rotunda. Era una mujer llena de certezas, con unas ideas muy bien definidas (que no es sinónimo de “sólidas”) y cuyos principios se resumían en uno: no tener principios, o sea gozar de absoluta libertad de pensamiento, obra y actitud sin cuidarse de la coherencia personal. La pizza no estaba mal, y yo tenía hambre. Descorchamos el vino que le traje (un cosecha de Argentina, bastante decente y suave) y tomamos unas copas. Aunque no me hacía falta, pues ya veía yo el percal, a eso de las ocho y media me previno -con esa sutileza protestante no exenta de hipocresía- de que no habría polvo: “A partir de las nueve quiero disponer de un par de horas para hacer algunas cosas antes de acostarme. Mañana puedes venir a mi estudio; llámame cuando quieras, estaré allí hasta las tres o las cuatro.” Me dio su nombre completo para que me resultase fácil encontrarla si algún día, en el futuro, quería ponerme en contacto con ella; y a ese mismo efecto me proveyó también del nombre de su madre y de una dirección fija que, supuestamente, no iba a cambiar con el tiempo. Me dio esos datos pero no me preguntó los míos. Era evidente que estaba acostumbrada a que los hombres la persiguiesen y deseaba que lo hicieran.

Cuando salí de allí, poco antes de las nueve, había anochecido y ya hacía fresco. Al llegar al hostal pasé un buen rato leyendo y, antes de recogerme, miré mi correo: Mariko me había dejado un mensaje apenas media hora antes pidiéndome que la llamase a tal número de teléfono. Así lo hice, y fue una alegría escuchar su voz. El día siguiente (o sea, ayer) lo tenía muy comprometido -me dijo- pero podíamos quedar pronto esta mañana. Me acosté de buen humor: después de todo, conseguiría verla antes de su regreso a Japón.

Según lo acordado, esta mañana se presentó en mi hostal a las ocho y media. Le di dos besos a la española, a los cuales no correspondió, no sé si turbada por semejante efusión, tan ajena a su cultura, o molesta por el exceso de confianza. Estuvimos juntos cuatro horas. Primero fuimos a tomar un café; luego a la biblioteca del barrio, para conectarnos a internet; y por último me invitó a comer a un restaurante japonés. Comimos sushi, que son una especie de bocaditos de pescado crudo envueltos en algas y arroz, y que se toman junto con un vegetal que sabe a colonia y una especie de pasta verde muy picante y amarga que se extrae de una raíz. [Al leer esta descripción no puedo evitar reírme para mis adentros: era la primera vez que probaba el sushi, el gengibre y el wasabi.] Pero aquella rareza foránea me gustó. Hablamos de los días que habíamos viajado juntos: ambos conservábamos un bonito recuerdo, pues, olvidadas las duras y descorazonadoras esperas haciendo dedo, permanecía sólo lo agradable, lo bonito y lo anecdótico. Durante aquella charla pensé que la quería; y a lo mejor así era. Al salir del restaurante aún nos demoramos un poco con las típicas frases de despedida. Para mí -le dije- había sido maravilloso conocerla, y le agradecí haberme acompañado durante una semana en mi viaje. Para ella también, contestó. Le propuse visitarla si algún día viajaba a Japón, a lo cual contestó -por supuesto- algo sin convencimiento. Como un rato antes le había hablado de Jette y de mi proyectada visita a su estudio de pintura, por dos veces me preguntó Mariko qué haría por la tarde, pero no sé si lo hizo por una punzada de celos o simplemente para romper los silencios, ya que se apresuró a decirme que tenía comprometido el esto del día y en cualquier caso no podría contar con ella. ¿Para qué me lo preguntas, entonces? -pensé. Por último, volví a darle dos besos que, de nuevo, tampoco fueron correspondidos. Cuando, en la parada del autobús, nos despedíamos por segunda vez, sentí que una tenue fibra se me deshilachaba por dentro, como una gasa que se rasga. Ella alargó sus cortos brazos y, prometiendo enviarme un email que no enviará, me hizo un adiós con ambas manos. Estaba guapita, con sus cejas a la japonesa, depiladas y pintadas; con su permanente sonrisa de Gioconda; con su raqueta de tenis al hombro. Yo di media vuelta y “me fui como quien se desangra” (por usar la frase de Güiraldes). Adiós, pequeña Mariko; no volveré a verte nunca, pero te recordaré siempre, siempre.

[Para no alargar demasiado este capítulo, continúo la historia con Jette en el siguiente.]

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Norteamérica 40. El bosque pluvial, adiós a Dani y llegada a Vancouver

Domingo, 28 de septiembre. Victoria (Columbia Británica).

El viernes, Dani llegó a Nanaimo después de lo previsto porque perdió un ferry en Vancouver y hubo de tomar el siguiente, así que, como ya era tarde, antes de regresar a Victoria nos metimos a cenar en un chiringuito cercano a la terminal. Pedimos unas alitas de pollo y un fish’n’chips que no estuvieron nada mal, y los regamos con una jarra de cerveza. Ese día no hubo más acontecimientos dignos de mención.

Ayer sábado, por la mañana, nos levantamos tarde, tomamos un café en un lugar cercano a su casa y fuimos a pasar el día por ahí, recorriendo la carretera que costea, hacia el oeste, el sur de la isla. Por el camino paramos a caminar un poco por un parque natural que me impresionó: era un rainforest, un bosque pluvial muy cerrado y oscuro de altísimas coníferas que albergaba tanta muerte como vida, pues tanto los árboles más canijos como las ramas bajas de los más crecidos, al no recibir suficiente luz a través de la tupida cobertura foliar, se deshojan y acaban pudriéndose y cayendo sobre el terreno poblado de helechos y alfombrado de pinocha y hojarasca, formando así un auténtico y caótico vertedero natural de materia muerta, una fronda tan impenetrable que sólo podía transitarse por las veredas, difícilmente mantenidas. Una de ellas nos condujo hasta la misma playa, donde el bosque acaba bruscamente y, desde la orilla del agua, se percibe como una barrera de troncos secos y pelados, blanqueados por el sol, en los que el salitre marino no ha dejado un rastro de vida parásita. En algunos lugares, el mar había socavado el terreno bajo el pie mismo de los árboles, ofreciendo una didáctica vista de la sección vertical del suelo, donde pueden distinguirse -tras la tenue cortina de gotas que rezuman de las raíces medio al aire y de las plantas que viven en el talud- las diferentes capas que lo componen.

Acabada aquella instructiva visita, volvimos al coche y continuamos hasta el final de la carretera, que muere en Port Renfrew, apenas un puñado de casas y un pequeño muelle de madera a cuyo arranque hay un chiringuito de pesacadores. Caminamos hasta el extremo y nos sentamos allí, al borde del entablado, contemplando el fiordo iluminado por el sol del atardecer, discutiendo sobre política y contándonos nuestras vidas. Luego dimos un paseo y jugamos un rato a arrojar “cucharillas” -aprovechando que había miles de ellas sobre la orilla en la desembocadura del río San Juan (así se llama, con nombre español)- a la tranquila y verdioscura superficie del agua. Según charlábamos se nos ocurrió una curiosa teoría: quizá la gente que se hipoteca de por vida para comprarse un piso en Madrid o Barcelona (en lugar de hacerlo en cualquier otro sitio muchísimo más barato) lo que está haciendo es proveerse a sí misma de una disculpa para justificar su inmovilismo y falta de decisión; es decir, su renuncia a la libertad. Esa cara hipoteca les proporciona la esclavitud necesaria y les sirve para tasar el valor de su autoestima.

Excursión con Dani al bosque pluvial y Port Renfrew

De regreso a Victoria nos detuvimos un momento al borde de la carretera para contemplar -e intentar fotografiar- unas nubes a las que el sol, ya escondiéndose tras el horizonte, iluminaba con el más intenso color púrpura que recuerdo haber visto. Una vez en casa, nos preparamos un arroz con tomate “de emergencia” mientras bebíamos cerveza y, junto con David, su compañero de piso, mantuvimos una interesante conversación sobre ecología, reciclaje y política. Al acabar, Dani se fue a una cita y nos quedamos David y yo hasta las 2 de la madrugada charlando de informática.

Esta mañana, al levantarme, Dani no había regresado aún. Volvió mientras yo me duchaba. “¿Cómo te ha ido?”, le pregunté. “Mal. Rollo quinceañero -respondió-. Pero después, en lugar de volver a casa, me fui a la playa a pensar y me quedé dormido en el coche.” Así que ahora está echándose una larga siesta y yo, mientras tanto, escribo. A las cinco de la tarde sale el ferry a Vancouver que pretendo coger.

Lunes, 29. Vancouver (Columbia Británica).

Cuando Dani despertó de su siesta dijo que me llevaría hasta Swartz Bay (a unos 35 km de aquí), que es de donde salen los ferris, y que allí nos tomaríamos algo mientras hacíamos tiempo hasta que zarpase el mío; pero al ir a coger el coche nos dimos cuenta de que se le habían ido las pastillas del freno, de modo que, entre ir a comprar unas nuevas y sustituirlas, nos entretuvimos varias horas con la reparación y acabamos pasadas las cinco. No tuve más remedio que coger el siguiente ferri. Llegados al puerto, echamos nuestro último rato de charla, acordamos mantenernos en contacto y hacer, a nuestro regreso a España (que sería más o menos simultáneo), un intercambio gastronómico-cultural. Al despedirnos, noté que el hombre lo lamentaba bastante; se ve que se quedaba colgado. [A este Dani volví a verlo, en efecto, dos o tres veces en Cataluña, meses después; pero aquella fraternidad del encuentro en el extranjero ya se había disipado y, aunque no tuvimos ningún mal rollo, la inevitable rivalidad Barcelona-Madrid acabó por distanciarnos.]

Durante el trayecto en ferri, una chica de origen alemán y educación canadiense, llamada Jette, me escogió para entretenerse. Llevaba un rollo artístico-hippy un poco tonto, pero tenía unos ojos preciosos. Con sus veintisiete años, y una madre que le sufraga todos los gastos, lleva viajando por América y Europa desde los diecinueve y, mientras tanto, estudia algo así como bellas artes, aunque todavía le faltan dos cursos para acabar. Quiere trabajar -dice- como profesora para ganarse la vida, y pintora para disfrutarla. Además de pintar, hace cerámica y otras chorradas menores. Llegados a Vancouver me ayudó a orientarme en la ciudad y, por último, me pasó su teléfono: –Si tienes algún problema, llámame. –¿Y si no tengo ninguno?, le contesté con una mirada que quería ser pícara pero que me quedó artificial. Después de pensarlo un momento, respondió: –Llámame igualmente.

Era bastante tarde cuando llegué al albergue, el más barato de la ciudad: una mierda de sitio en una mierda de distrito. Como había conseguido unos cupones, el encargado, a regañadientes, me hizo la correspondiente rebaja; pero a partir de ese momento –ignoro la causa– cambió su inicial actitud hosca, casi agresiva, por otra de total deferencia y amabilidad. Le pregunté por Mariko (ella me había dicho que se hospedaría allí) y, tras hacer una llamada de comprobación, me dijo que no estaba en ese edificio, sino en el anexo. El dormitorio que me tocó era de ocho camas, y los huéspedes que vi por allí me parecieron inquietantes: un tipo macilento y de piel blanquísima dormía, en calzoncillos, sobre el sofá del vestíbulo; otros dos, al extremo del corredor, fumaban aquende la puerta de la escalera de incendios. Cuando hube dejado mis cosas y me hube acomodado –si es que este verbo es compatible con ese lugar– me fui al anexo a ver si encontraba a Mariko, mas no estaba por las zonas comunes y, como era bastante tarde, no quise incordiar en los dormitorios, así que lo dejé para hoy. Pero esta mañana el encargado me dijo que el pájaro había volado ya; se había marchado temprano. ¡A saber! De manera que recogí mis cosas y me fui al albergue de Hostelling International, que por cuatro dólares más es mucho mejor: ubicación, edificio, servicio, instalaciones, encargados y huéspedes.

Estoy ahora sentado a una mesa de piedra en el gigantesco parque Stanley, a donde he venido caminando tras instalarme en el nuevo hostal. Tres horas a pie he tardado en llegar, nada menos, así que he aprovechado un descanso para escribir lo último. Ahora continuaré mi paseo. El día es soleado y templado; el parque, magnífico; Vancouver, enorme; el paisaje, precioso; la gente, más o menos amable. Una bandada de gansos migratorios acaba de sobrevolar el lugar, pero van en dirección norte. Es raro. Yo juraría que en esta época van hacia el sur. es tiempo de continuar con mi paseo.

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