Norteamérica 39. Dani el barcelonés; idas y venidas entre Nanaimo y Victoria

Jueves, 25 de septiembre. Victoria (Columbia Británica).

La vida viene como viene: se esfuma un sueño y llega una alegría. La tarde de ayer, en Nanaimo, fue plácida: la pasé leyendo, escribiendo y charlando. La fauna que había por el albergue (salvo por una tipa más seca que una mojama y que me recordó a la camarera del Mambrú) era afable. Llevaba yo unas horas marcando a una japonesita -guapa la chica, como de unos treinta y pocos- que había aterrizado por allí esa mañana y, mira por dónde, al final del día trabamos conversación por pura casualidad. Lo de siempre: que si de dónde eres, que si qué haces… Se llama Hiromi, es de Nagasaki y pasa en Canadá seis meses para practicar su inglés, que por cierto es bastante pobre. Monitora de canotaje en Japón, lleva aquí ya un tiempo, y ha estado trabajando y viajando. Ayer era su único día en Nanaimo. Al cabo de un rato de charla se fue a acostar y yo me quedé, con otros dos huéspedes, viendo un programa sobre construcción de barcos; y después de conversación.

Mi noche fue tan placentra como la anterior, y también mi despertar en la cálida y soleada mañana. Con mucha calma, he ido recogiendo mis cosas hasta que me he encontrado de nuevo con Hiromi, que se iba. ¿Tenía tiempo para un café en el paseo marítimo? Sí, claro. Hemos dado un bonito garbeo y tomado un agradable café, intercambiando email y direcciones. -Tal vez algún día nos veamos en Japón o España. -Sí, tal vez; ojalá nos veamos. -Ojalá, así lo espero yo también. Al dejarla, me pasé por el thrift store del Ejército de Salvación y compré dos camisas y una gorra, todo por cinco pavos. Luego terminé de recoger mis cosas en el hostal y me despedí de los simpáticos compañeros que andaban por allí.

Fui andando hasta el extremo de la ciudad para hacer autostop, y no tardó en recogerme un tipo. -¿A Victoria? -Sí. -¿De dónde eres? -Español. -¡Coño, yo también! Eso sí que ha sido una coincidencia. Dani, que es de Barcelona, está aquí -como Hiromi- mejorando su inglés y buscándose la vida con un visado de estudiante. Ha vivido en Vancouver durante nueve meses y, cansado de la gran ciudad, se ha mudado a Victoria el mes pasado. Hemos tenido una trepidante charla que ha terminado en quedar esta noche para tomar unas birras. Pero ahí se ha acabado, al menos de momento, mi suerte en Victoria. El primer albergue que probé se me antojó caro, 19 $, aunque se veía con bastante ambiente. El segundo era más asequible, sólo 12 $, así que he pagado dos noches; pero ya estoy arrepintiéndome, porque es el sitio más inhospitalario, sucio y con la gente más desapacible, en todo lo que llevo de viaje. Como es barato, está lleno de “fijos”, que suelen contribuir al mal rollo porque se adueñan de todo, imponen el ambiente y se comportan como si estuvieran en su casa. La guinda al pastel la pone el encargado, uno de los fijos que, a cambio de ese “servicio”, se hospeda gratis. Aquí nadie te saluda. Sólo un chaval rubito y barbado, de nombre Andy, que ha llegado hace un rato me ha dicho un tímido hola. Y hasta ahí llegó su simpatía, porque al preguntarle, viéndolo poner un candado en su taquilla, si pensaba que era recomendable hacerlo, va y contesta: “la elección es libre”; y como quiera que, con la mirada, he insistido en una respuesta, me ha aclarado: “depende de ti”. ¡Macho, es la información más útil que me han dado nunca!

Una vez me hube establecido, Andy se me acercó y estuvo sondeándome. Con una voz que parecía hablarle sólo al cuello de la camisa, y con una mirada huidiza, sus extraviadas pupilas apartándose inmediatamente -a pequeños saltos, como quien, sentado en un sillón tras la sobremesa, se adormece un instante y se despierta al dar la cabezada- cada vez que se encontraban con las mías, me preguntó: “¿Y por dónde has estado?” De manera bastante sucinta le conté, a grandes rasgos, mis andanzas por Norteamérica, mientras él asentía como aprobando lo que escuchaba. “¿Y tú?”, le dije al terminar mi breve relación. “¡Oh! Yo he estado por esta zona, sí”, fue su vaga respuesta. “Eso no es -le indiqué- una información muy abundante.” Pero o no me entendió o fingió no entenderme, pues su cabeza parecía seguir asintiendo aún a mi relato. Entonces me preguntó si ya tenía planes para la noche. “Pues sí, he quedado con un amigo.” Pareció satisfecho. Pensé que tal vez habría querido, caso de estar yo libre, proponerme salir a tomar algo; pero luego se me ocurrió que quien pregunta tanto y responde tan poco no albergaba, a lo mejor, tan amistosas intenciones; así que, por si acaso, me lancé a la calle y compré un candado para mi taquilla; y una vez convenientemente cerrada salí otra vez para dar unas vueltas mientras hacía tiempo hasta la cita con Dani.

Encontré una ciudad bastante estética, de esas cuya vida transcurre de cara al mar, con muchos rincones agradables y llena de curiosos bares o restaurantes, variados edificios, escalinatas, plazoletas, tiendas, pequeños parques mirando a la bahía, el mamotreto del puente levadizo con su feo contrapeso de hormigón, el cielo del atardecer resaltando la naif iluminación del edificio de las Cortes “como una caricatura Disney de sí mismo” (según la descripción de mi Lonely Planet). Una ciudad bonita pero con una población nada friendly (no sé si porque lo es de suyo o porque en las últimas semanas me he acostumbrado a la afabilidad típica de las localidades pequeñas): irrespetuosos jovenzuelos en patinete, torvas miradas de hostiles punkis, vagos desharrapados con la guitarra al hombro, colgaos fumando marihuana… Según he escuchado, la Columbia Británica, y concretamente la isla de Vancouver, son la cuna canadiense del hachís; y debe de ser verdad, pues a menudo huele a porro en sus ciudades. Nadie saluda aquí por la calle y la gente rehúye dar indicaciones. Entre esto y el hostal, no veo la hora de largarme de aquí. ¡Vaya mierda! Intentaré pasar mañana el día entero fuera, deambulando, y el sábado me iré lo más temprano posible. Hasta estoy pensando en resignarme a perder lo que ya he pagado por el segundo día y marcharme mañana mismo. Ya veremos. Ahora procuraré refugiarme un rato en la lectura. Aparte, barrunto que esta noche tendré que usar los tapones para los oídos, ya que los dormitorios -con sucios y estrechos catres- son de ocho personas.

Viernes, 26. Nanaimo (Columbia Británica).

Victoria no me recibió con buena mano, o tal vez yo no entré en ella con buen pie, y por eso estoy de nuevo en Nanaimo, aunque no para quedarme aquí otra vez -como, de hecho, pensaba hacer- sino que, accidentalmente, he venido a recalar unas horas, como enseguida contaré. Parece mentira que sólo haga cinco días que Mariko y yo nos aprestábamos, en Moricetown, a emprender una larga jornada de autostop. Ahora, sentado en la misma tetería de Nanaimo (llamada Tea on the Quay) donde antier nos despedimos, y viendo ondear las banderolas en los mástiles de los yates bajo este débil sol de primeros de otoño, subrayada la quietud del día por el ocasional paso de un velero y el amerizaje o despegue de algún pequeño hidroavión, las cosas me parecen muy diferentes y bastante menos dramáticas.

Ayer por la noche Dani y yo estuvimos en un par de pubs, charlamos de todo durante cuatro horas y nos tomamos más pintas de la cuenta, así que volví al albergue algo mareado, si bien optimista al pensar que, al menos, me dormiría rápido. Y así fue. Pero de madrugada empezaron los ruidos de los desconsiderados huéspedes fijos que se levantaban, quizá para ir a currar, sin cuidarse lo más mínimo de guardar silencio o no dar golpes, y poco dormí ya hasta que, a las 9:30, tiré la toalla y me levanté. El día antereior, a medida que transcurrían las horas, la idea de irme hoy había ido abriéndose camino en mi cabeza cada vez con más fuerza, y los molestos ruidos de esta mañana acabaron de decidirme: como Dani tenía que ir hoy a coger, en Nanaimo, un ferry hasta el continente para no sé qué gestión, aprovecharía para venirme con él; así que lo llamé y se pasó a recogerme. Por el camino, sin embargo, me ofreció su piso alquilado en Victoria (el dueño está de viaje) y me convenció para quedarme allí esa noche. De modo que por eso estoy echando el día aquí en Nanaimo, esperando a que Dani regrese para volvernos a Victoria, donde quizá salgamos de nuevo. Me aguarda una larga espera, pero esta ciudad es muy agradable y, además, el recuerdo de los paseos que di con las japonesas -uno con Mariko y el otro con Hiromi- me hace el deambular más placentero.

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Norteamérica 38. Adiós a la pequeña, fría en incomprensible Mariko

Miércoles, 24 de septiembre. Nanaimo (Columbia Británica).

El resto del viaje en ferry transcurrió sin pena ni gloria, deambulando por el barco y hablando aquí y allá con algún que otro turista. Junto al sitio que ocupé la mayor parte del tiempo había un norteamericano con su mujer. El hombre, de voz sonora y grave, no paraba de hablarme cada vez que tenía ocasión. Al principio me agradó, pero en cierto momento empezó a echarme un sermón sobre Dios, la otra vida después de ésta, etcétera, que -por improcedente y absurdo- me descolocó y me hizo rehuir a ese predicador aficionado, aunque viajaba en un camper [en Norteamérica llaman así a los pick-ups acondicionados para acampar] y me había ofrecido un lift. También charlé un rato con un canadiense que decía detestar a los estadounidenses y aseguraba que lo que les hacía falta era una buena patada en el trasero. Este tipo era bastante más simpático y más listo que el yanqui, o al menos se hacía querer más, aunque los dos tenían buen humor. A Mariko, después de comer, casi no la vi. No parecía estar muy interesada en mi compañía, así que aproveché para leer y dormitar un poco.

Llegados a Port Hardy decidimos quedarnos en algún camping, y me las ingenié para sacarle un ride a un matrimonio alemán que viajaba también en un camper y estaba, a la sazón, en la bodega esperando para salir. Me contaron, entre otras cosas -y es la segunda vez que oigo eso de un alemán- que en su país no hay mucha gente contenta con la reunificación de las dos Alemanias: los del oeste, porque “absorber” a la otra parte está costándoles mucho dinero; los del este, porque el sistema capitalista los obliga a trabajar para vivir. Esta pareja nos llevó al mismo camping al que ellos iban. Al llegar, como era de noche y no estaba iluminado, tuvimos que poner la tienda en la oscuridad, sobre un terreno empapado y lodoso, sin césped, desigual, en la atmósfera húmeda y neblinosa de la fría noche, y bajo unos altos árboles que chorreaban gotas de rocío. Nos las arreglamos como mejor pudimos, iluminados por la débil luz de nuestras agotadas linternas, y nos echamos a dormir. No hacía mucho frío y yo pronto me quedé dormido, pero en la madrugada, tal vez sobre las cuatro o las cinco, oí que ella se rebullía en su sitio, se levantaba y se iba. –¿Qué sucede? –Nada; no puedo seguir aquí. –¿Frío? –Sí. –¿Y a dónde vas? –A los servicios, que tienen calefacción. –Si te acercas a mí, estarás más calentita. –¡Oh, no, no, no! Pues muy bien, por fin me quedaba clara la cosa. De todas formas, me extrañó que tuviese tanto frío en la noche menos fría de las que habíamos pasado juntos, y pensé que a lo mejor tenía fiebre. Me levanté al amanecer y la vi regresar a la tienda. Me dijo que no había dormido nada en toda la noche, ni ido a tomar un café, ni nada; pero que en su deambular de madrugada vio, muy de cerca, a un oso pescando salmones en el arroyo vecino. ¡Afortunada, la muchacha!

Esta mañana todo estaba empapado de humedad, así que, sin prisas, me puse a quitar la tienda y ponerla a secar. Mariko había estado preguntando, en recepción, por los horarios de autobuses, pero había perdido ya el único que viajaba hacia Victoria. Estaba claro que eso de hacer dedo y dormir en una tienda era demasiado duro para ella. “Vas a tener que dejarme –le dije–, porque esto de la tienda te está matando. Me temo que mi modo de viajar resulta perjudicial para tu salud.” No contestó. Encerrada en un mutismo absoluto estuvo ayudándome a secar la tienda. Mientras lo hacíamos, el débil sol del amanecer iba arrancando humeantes vapores a las hojas y la corteza de los árboles, al humus del suelo, al doble techo de la tienda; vapores que, al contraluz, brillaban y se hacían fantasmagóricamente visibles, como ánimas que abandonasen un cuerpo muerto. Dado que Mariko quería coger el bus y, por tanto, tenía que quedarse un día más en Port Hardy, mientras que yo iba a seguir haciendo dedo –lo cual significaba deshacer nuestra asociación–, me pregunté por qué no se había ido aún. Como si hubiese escuchado mi silenciosa pregunta, en cuanto acabamos de recoger todo y le hube hecho el último pliegue a la lona, me dijo: “Bueno, me voy. Muchas gracias por todo.” Me quedé perplejo por aquella despedida tan seca, pero lo disimulé: “de nada”, contesté; y antes de que hubiese terminado de cerrar mi mochila, antes de tener tiempo a procesar ese repentino adiós, se fue.

Dos minutos después me puse en marcha yo también. Cuando salí del camping vi su pequeña figura, apenas cien metros delante de mí, alejarse entre los árboles y hacia la carretera. ¿Adónde se dirigía? Tal vez al pueblo vecino para buscar alojamiento. Me intrigaba mucho saber qué le había hecho yo para merecer esa espantada. Como mi paso era más largo que el suyo, no tardé en llegar a su altura, y se lo pregunté: “What did I do wrong?” “No –contestó ella–, what did I do wrong?” Yo repetí mi pregunta y ella, por toda respuesta, repitió la suya. Insistí: “Are you not going to tell me? Well, whatever I did wrong, I am sorry. I have always tried to be kind to you. And I like you.” No me respondió, así que seguí caminando a mi ritmo y no tardé en dejarla atrás. Llegado al cruce de la carretera que iba al sur, me detuve y me puse a hacer dedo. Al poco llegó Mariko a donde yo estaba y me preguntó: “¿Vas a hacer dedo?” “Sí.” “¿Puedo ir contigo?” “Por supuesto que puedes.” Y entonces se puso a llorar. Le pregunté que qué le pasaba. “Me dijiste que tenía que dejarte, pero no entiendo qué es lo que he hecho mal.”

¿Cómo explicar mi estupor, mi incomprensión ante aquellos sentimientos así derramados? La barrera del lenguaje y la de la cultura se habían coligado para levantar un muro a nuestro mutuo entendimiento. Durante un rato tratamos de explicarnos el uno al otro: “yo no dije, yo hice, yo quise decir, yo no pretendo, yo pensaba que tú, como tú no me dijiste…” Acordamos tratar de decir lo que pensábamos y lo que queríamos, pero ya poco tiempo nos quedaba juntos para llevar a cabo ese acuerdo. Entretanto, no prestábamos ninguna atención al tráfico que pasaba ni levantábamos el pulgar; y aún estaba Mariko acabando de enjugar sus lágrimas cuando un coche se paró a nuestro lado: –¿No queréis un ride? Esto acabó con nuestra conversación, que tampoco pudimos –aunque quisimos– reanudar al bajarnos, pues en menos de tres minutos ya otro vehículo nos había recogido, y nos dio un jalón hasta Campbell River. Era un escocés, bastante mayor, que había emigrado desde Glasgow a los veintisiete años, allá por los 60, porque los astilleros del Reino Unido, con la presión del mercado japonés, estaban cerrando y despidiendo gente. No tenía familia propia y hacía mucho –dijo– que había dejado de echar de menos su país.

Nos depositó en un buen sitio, justo en el último semáforo de Campbell, al inicio de la autovía; pero hubieron de transcurrir dos horas hasta conseguir el siguiente lift. Por suerte, el día era soleado y cálido y aquella larga espera no fue dura. Pese a los buenos propósitos que nos habíamos hecho, Mariko no estaba nada conversadora, de modo que durante aquel rato apenas cruzamos una palabra. El hombre que nos llevó a Nanaimo –la meta que nos habíamos fijado– era un mestizo que usaba una gran coleta negra y tenía muy a gala su mitad de sangre india. Despreciaba al hombre blanco y, sobre todo, a los estadounidenses. En particular, odiaba a los cazadores, que llegaban con sus helicópteros y armados con AK-47 para matar alces a diestro y siniestro, sólo por el trofeo de la cornamenta. Y odiaba también a la gente que tiraba basura en el monte. “Hay que respetar la tierra, pero el hombre blanco no respeta nada.” Este tipo –pensé yo– no ha estado en su vida en una comunidad indígena ni ha visto cómo los indios respetan la tierra llenándola con todo tipo de basuras y desperdicios. Pero, en fin, ¡indio tenía que ser quien nos sacara de Campbell! Por lo demás, era un hombre muy desenfadado y simpático. Nos dejó cerca del hostal, donde yo alquilé un espacio para poner mi tienda y, Mariko, una cama, pues le hacía mucha falta un buen y largo descanso. Por primera vez en toda una semana llegábamos a algún lugar con tiempo suficiente para dar un paseo, conocer el sitio y hacer compras.

En ferry de Prince Rupert a Nanaimo, y a dedo hasta Nanaimo.

El albergue no está mal: es pequeño, asequible y tiene una buena ubicación. Los huéspedes no destacan ni por sociables ni por lo contrario. Al principio, sólo una me dirigió la palabra: Sandra, de Canadá, una ciclista que viaja sola. Hay un par de guapitas que, claro, no saludan, y otra que tampoco saluda pero además es fea, así que tiene doble problema. Pero, en general, el ambiente no es malo, los encargados son agradables y, salvo por un radiocasete en el patio que escupe rock duro, resulta bastante tranquilo. Como está en un lugar algo elevado, la vista desde el backyard, donde he puesto la tienda, es muy bonita: hacia abajo se ve el canal que separa la isla del continente, y éste se encuentra enfrente, a la altura de los ojos, con las montañas al fondo. Mariko y yo salimos de compras y trajimos comida y unas cervezas, para celebrar nuestra llegada. Así, entre las compras, un breve paseo por el downtown, una merienda-cena y las cervezas, se pasó la tarde. A eso de las diez Mariko desapareció -supongo que tendría sueño o estaría muy cansada- y yo me quedé un rato en la terraza, haciendo algo de vida social, hasta que el frío -y el ininteligible acento de un par de contertulios- me echó de allí. Pasé una noche agradable, y el despertar ha sido delicioso, ya que el sol templó la tienda desde primera hora y me levanté casi acalorado.

Como Nanaimo me pareció una ciudad agradable, pensé ayer en quedarme un par de días, y así se lo comuniqué a Mariko; pero ella -por mucho que me hubiese dicho, cuando se echó a llorar ayer mañana, que le gustaba viajar conmigo- no estaba dispuesta a pasar aquí más de una noche, de manera que hoy era el día de nuestra definitiva separación. Nada más levantarme salí a dar una caminata, bajo el dulce sol matutino, a lo largo del paseo marítimo, y fue tan agradable que se afianzó mi decisión de permanecer en Nanaimo al menos hoy también. Al regresar, Mariko se había levantado ya, tras doce horas de sueño. Mantenía sus planes de marcha y estaba preparando sus cosas. No me prestó mucha atención, así que me puse a escribir un rato el diario mientras esperaba a que acabase. Cuando ya lo tuvo todo listo, se acercó para despedirse. En verdad me apenaba su marcha, y al decirle que la echaría de menos se me saltaron unas lágrimas silenciosas que me avergonzaron un poco. Pero ella se rió, me pidió mi email y le dijo a alguien que nos hiciera una foto juntos. ¿Qué autobús cogerás? El de las cinco de la tarde. ¿Qué vas a hacer hasta entonces? Llevar la mochila a la estación de autobuses y luego ir a pasear. ¿Pasearemos juntos? Sí, claro. Así que quedamos, para más tarde, en el paseo marítimo.

Hace ya un par de horas que acabo de dejarla (¿o es ella quien me ha dejado a mí?), en una esquina, camino de la terminal de buses. Hemos estado casi tres horas paseando a lo largo de la orilla, viendo los barcos y los yates, charlando acerca de nosotros, la vida y los viajes, y tomando un té en una pequeña pero deliciosa tetería en lo mejor del puerto, junto al club náutico. Al deciirnos adiós, quedamos en vernos a mi paso por Vancouver, ya que en Victoria será imposible: ella sólo se quedará allí esta noche, o sea que se habrá marchado antes de que yo llegue. ¡La pequeña, fría e incomprensible Mariko!, enfadada consigo misma, que ha venido a Canadá por un año huyendo de su propio carácter. Como me dijo Cristina, la psicóloga [esa es otra historia que a lo mejor escribo algún día], tengo una especial afinidad por los casos difíciles, por los desafíos, un sexto sentido para escoger siempre a quien no me conviene. Por suerte, aquí, en el albergue, la intrascendente conversación de Sandra, la ciclista, me ayuda a despejar mi cabeza de obsesiones.

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Norteamérica 37. Mariko se desmoraliza; un ride en el momento crítico

Lunes, 22 de septiembre (continuación)

El último jalón de ese día, hasta Moricetown, corrió a cargo de un nativo que me recordó a Jacob (el de Chisasibi) y que viajaba en una van con un niño y un perro. Gustoso nos mostró fotos de sus hijos, los hijos de su novia, y algunos de sus familiares.

Moricetown es una reserva india bastante pequeña que no tiene ni un mal café, una gasolinera o una mísera tienda. Nada. Pero está ubicada en un lugar idílico, arbolado, con mucha agua, rocas entreveradas de hierba, empinadas colinas… Ahí el caudaloso río Bulkley se precipita por una pequeña cascada -donde los nativos han construido unos canales para atrapar peces- antes de estrecharse aguas abajo y pasar a través de un angosto y profundo cañón sobre el que un puente posibilita el paso de vehículos a la orilla este. (Por cierto, tuvimos ocasión de ver a una india, ya mayor, que se ataba una cuerda al cinto y que, para intentar coger algún pez, sumergía en los remolinos del río una red al extremo de una percha con un aro; pero se marchó sin haber pescado nada.) Aún no iba el día muy avanzado y podríamos haber intentado seguir adelante, pero como el lugar era encantador y la tarde templada, tranquila y luminosa, decidimos pernoctar allí.

Trepamos la empinada colina del lado este -en lo alto de la cual se erguía un tipi hecho de madera- y nos hallamos ante una pequeña meseta de césped que podía, o no, pertenecer al camping vecino. Ante la duda, y para ahorrarnos la tarifa, acampamos más bien alejados de la oficina; aunque resultó no ser necesario porque no había nadie en ella. De todas formas, nuestro lugar era excelente, ya que desde el borde de la meseta, apenas a veinte metros de la tienda, disfrutábamos de un bello paisaje: las montañas en torno a nosotros, algunas casas a lo lejos, sobre similares altiplanos, y a nuestros pies el cañón, el río y la reserva india. Usamos a nuestro antojo los baños del camping sin que nadie nos dijera una palabra. Los otros campistas (un grupo de alegres alemanes que viajaban en tres RV’s, unos norteamericanos en una motorhome, y alguno que otro más) estaban, igual que nosotros, sin saber a quién pagar; así que la estancia nos salió gratis a todos.

Por fortuna la noche fue más templada que las anteriores, gracias a que el cielo estaba nublo, pero a cambio cayó una fina lluvia y, por la mañana, tuvimos que plegar la tienda mojada. Eso fue ayer. Nos habíamos levantado temprano para intentar recuperar el tiempo “perdido” la tarde anterior, pero no caímos en la cuenta de que era domingo y, por tanto, día de escaso tráfico: tardamos hora y media en conseguir el primer jalón. Era un indio que nos había visto a primera hora en la carretera, cuando se dirigía a misa, y que al salir de la iglesia, viendo que aún seguíamos en el mismo punto, decidió hacer una buena obra y llevarnos hasta New Hazelton, donde -dijo- tendríamos mejores posibilidades. Lo más meritorio del caso era que él no tenía necesidad de ir hasta allá: fue sólo para hacernos el favor.

Lo malo es que, como la mañana estaba lluviosa, el ánimo de Mariko decaía por momentos a medida que iba calándose nuestra ropa: la hora y media de espera en Moricetown ya la había desmoralizado bastante, ahora la lluvia hacía otro tanto y, para colmo, el frío envidó más. Por suerte, tuvo razón el indio en eso de que New Hazelton nos ofrecía mejores oportunidades: en menos de una hora nos recogió un mulato de Fidji que volvía de su jornada nocturna de trabajo en un aserradero. Era un chaval que tal vez había sido un poco crápula pero que ahora se había moderado porque tenía una hijita de once meses. ¿Hacer dedo? Él lo odiaba. Recogía a los autostopistas porque él mismo se vio obligado a serlo durante una temporada; pero lo odiaba. Y la verdad es que lo comprendo, pues los días de escaso éxito -como ese domingo- lo hacen a uno cogerle cierta aversión a semejante modo de transporte.

Nos dejó en el cruce de Kitwanga, donde desemboca la Stuart Cassiar highway (ruta 97) que viene desde Watson Lake, unos 730 km más al norte. Al ver el tráfico afluente, que no era escaso, Mariko y yo nos acordamos del bueno de Karl, que nos había dicho que por esa carretera apenas circulaban vehículos; y pensamos que, casi con seguridad, yendo por ahí habríamos ahorrado uno o dos días de viaje, ya que la ruta que tomamos por consejo de Karl era de 1800 km, o sea 2’6 veces más larga; si bien, por supuesto, nunca tendré la certeza. ¿Cómo nos habría ido en caso de tomar la Cassiar highway? Imposible saberlo; como tampoco sabré, aunque hubiésemos ganado tiempo, cuáles habrían sido las condiciones de nuestro viaje (frío, lluvia, moral) y si habría valido la pena.

Sea como fuere, y pese al tráfico que desde la ruta 97 se incorporaba a la 16, en el cruce de Kitwanga tuvimos que esperar otra hora y media hasta que, con la moral de Mariko alcanzando niveles críticos y la mía decayendo, conseguimos un nuevo lift. Era un indio que iba a coger setas, una labor característica de aquella temporada: gente de todo tipo se dedica a buscarlas por el bosque, andando monte arriba y abajo, para venderlas -a razón de cinco o seis dólares la libra- a los compradores que se hallan por toda la zona, con lo cual pueden sacar más de 200 $ en una jornada de diez horas. Este hombre iba a Terrace y, amablemente, nos llevó hasta las afueras, que es donde se ponen los autoestopistas.

Terrace era el punto mínimo al que aspirábamos llegar ayer, si bien lo ideal era alcanzar Prince Rupert para tener la seguridad de coger esta mañana el ferry que va a Port Hardy (en la isla Vancouver), ya que sólo sale los días pares. De lo contrario, tendríamos que esperar hasta pasado mañana. A mí me daba igual: no tenía prisa y prefería no rendirme, seguir haciendo autostop, pero Mariko parecía decidida a llegar ayer mismo como fuera, a cuyo fin había tenido la previsión de preguntar por horarios de autobús para tomar uno en caso necesario. Al principio, cuando nos pusimos a hacer dedo en Terrace, parecía animada a aguantar conmigo hasta conseguir jalón, pero al cabo de más de una hora sin suerte se vino abajo y decidió ir en autobús. Así que, dejando mientra tanto su mochila a mi cargo, se acercó a la gasolinera vecina para que le confirmasen cuándo pasaba el próximo. Eso significaba nuestra separación.

Al verla alejarse, dos sentimientos opuestos brotaron en mí: pena, por un lado, de perder su compañía; alivio, por otro, de no tener que cuidarla ya ni comerme más el coco con su impenetrable conducta o la incertidumbre de un acercamiento. Pero, en aquel preciso momento, un coche se detuvo a mi lado: me daban jalón hasta Prince Rupert. Durante unos segundos sentí el mezquino impulso de cargar mi equipaje y dejar allí a Mariko, por desleal; pero no lo hice. Cargué también su mochila y, pidiéndole al conductor que esperara un momento, fui a buscarla a la gasolinera.

Varios rides de Smithers a Prince Rupert, haciendo noche en Moricetown

Nuestro agradable benefactor trabajaba instalando tendidos eléctricos para BC Hidro, la hidroeléctrica de la Columbia Británica, y era el padre de un tal Les McCarthy, conocido deportista, por lo visto, integrante del equipo nacional de snowboarding. Nos invitó a unas cervezas que llevaba en el coche y paró varias veces a lo largo del camino para que pudiésemos hacer fotografías del espléndido paisaje que nos rodeaba por los cuatro costados. Bajo un cielo gris blanquecino, bosques fantasmagóricos poblaban las laderas de las pinas y rocosas montañas, cuyas cimas quedaban ocultas por la bruma o las nubes, que todo lo invadían: subiendo por las gargantas, bajando desde los picos, inundando las quebradas; nubes bajas que rozaban el terreno, nubes a media montaña que se deshacían en jirones acá o allá; y altísimas cascadas, despeñándose montaña abajo, alimentaban los arroyos que llevaban hasta el Pacífico toda el agua que le sobraba a la tierra.

Una vez en Prince Rupert, el señor McCarthy, tras recomendarnos un par de sitios para cenar, nos dejó en la puerta misma del hostal. Resultó ser un lugar barato y agradable, aunque con poco ambiente. Quizá muchos de los huéspedes estaban allí, como nosotros, sólo para coger hoy el ferry; y, de hecho, al menos cinco lo hemos hecho. A mí no me habría importado esperar un par de días más y tomar el de pasado mañana, pero tampoco estaba seguro de que valiese la pena. Por su parte, Mariko estaba tan contenta que decidimos salir a cenar juntos, pero las muchas labores que teníamos pendientes (secar la tienda, hacer colada, organizar todo, llamar por teléfono, ir de compras…) llenaron todo nuestro tiempo y, cuando por fin acabamos, eran ya más de las once, así que no pudimos. Ni siquiera tuvimos ocasión de dormir mucho, pues hoy, a las seis de la mañana, ya estaban sonando los despertadores. Ayer habíamos acordado con otro huésped compartir un taxi hasta la terminal, y así lo hicimos. Llegamos a punto, le pagamos al taxista el precio acordado y embarcamos en el Queen of the North sin problema de reservas.

Ahora mismo estoy en el salón de la cubierta 6, oyendo hablar a los muchos alemanes que visitan esta provincia del Canadá. Mariko está en paradero desconocido, y ahora intentaré encontrarla para ver si comemos algo. De momento, nuestra única preocupación es dónde pasar esta noche, pues el ferry llega a las 22:30 y el alojamiento en Port Hardy parece estar todo ocupado. Hasta ahora la navegación está siendo muy agradable. Vamos por un canal de tranquilas aguas que discurre entre el continente y las islas, con montañas a ambos lados. Bonito, pero no asombroso. Tal vez este trayecto valga la pena si vives en Prince Rupert o ya estás ahí por cualquier otra razón, pero no sé si mis cinco últimos días de hacer autostop han valido la pena.

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Norteamérica 36. Una compañera de tienda, aves migratorias y deforestación salvaje

Lunes, 22 de septiembre. Motonave Queen of the North.

Es difícil escribir durante estas ajetreadas jornadas. Eventos y días se acumulan porque las ocasiones de recogerlos en el diario son escasas e inapropidas: un café rápido en un Tim Hortons, unos minutos de fría claridad en la húmeda mesa de un camping, etc. A ver si este trayecto en el ferry me provee del tiempo suficiente y adecuado para poner al día el cuaderno.

Tras depedirnos de Karl estuvimos un rato intentando conseguir jalón, pero en vista del fracaso -y de la hora- nos dirigimos al camping de la ciudad, llamado Mile 0 (como, por cierto, se llaman muchos otros lugares y negocios en Dawson Creek, ya que es el punto cero de la Alaska highway). Estaba convenientemente ubicado para nosotros, era bonito, limpio y barato. Cuando acabamos de poner la tienda nos metimos dentro y acomodamos nuestros cansados cuerpos como pudimos en el reducido espacio disponible. Pero no fue la estrechez, sino el frío de aquella noche despejada y el pudoroso espacio que dejamos entre los dos lo que hizo que ninguno durmiese bien. Espero que algún día llegue a saber [vana esperanza: hoy, cuando esto escribo, sigo sin tenerlo claro, pese a haber pensado a menudo sobre el tema durante estos últimos 23 años] si soy el tío más pusilánime e idiota que ha parido madre o, por el contrario, el más sensato, pero tanto mi ignorancia sobre lo que una japonesa espera del desconocido con quien duerme dentro de una pequeña tienda, como la total ausencia de señal o indicio, pista o gesto por su parte, inhibieron cualquier manifestación de lo que no sólo mi instinto, sino también el frío, me impulsaban a hacer; así que no me desplacé ni un centímetro, hacia crujía, de mi posición inicial, ni siquiera para evitar el lamentable desperdicio de nuestro calor corporal. Es posible que cualquier tentativa o tanteo -por no hablar de tiento- hubiese provocado su inmediato y quizá encendido rechazo, pero con estos japoneses nunca se sabe: esa cultura de la discreción, el mutismo y la inhibición de deseos, emociones o estados de ánimo tiene por fuerza que conducirlos, por no molestar u ofender, a privarse de lo que quieren. Cabe también dentro de lo posible, aunque tal vez no de lo probable, que la apatía de Mariko fuera sólo aparente y se debiese, precisamente, a las mismas consideraciones que me hacía yo. Sea como fuere, el resultado es que amanecimos arrecidos.

Entre unas cosas y otras yo apenas había dormido, así que cuando -ya de madrugada- la oí salir de la tienda, y viendo que tardaba en volver, eché su saco por encima del mío y conseguí entrar en calor, y hasta descabezar un buen sueñecito mañanero. Estaba desperezándome cuando Mariko regresó por fin: resulta que había ido a los aseos y, como tenían calefacción, se había quedado allí todo ese rato. Bueno está. Sin más demoras, levantamos el campamento en un pispás y nos fuimos a la carretera para empezar nuestra “jornada laboral”.

El primero en recogernos fue Jamie, un guapo joven que conducía una camioneta enorme, recién comprada de cuarta mano y arreglada para viaje el día anterior. Rubito él, travel mug en mano, con estéticos manchones de grasa por piel y ropa, su aspecto de casual descuido, su look “desastre”, me parecieron demasiado perfectos para ser involuntarios. Quizá quería parecerse a James Dean en Gigante, porque además trabajaba excavando pozos de petróleo para una empresa. Estaba divorciado y se dirigía a Prince George para visitar a su hijita, secuestrada por la celosa exmujer. Pero era simpático y a Mariko le gustó. Lo malo es que apenas se le entendía nada; como a Karl. Y lo peor fue que, a mitad del viaje, se jodió la camioneta: una zapata de freno trasera se había quedado bloqueada y se quemó, derritiendo la junta del diferencial y provocando una pérdida de aceite. Así que allí se quedó Jamie, en un taller mecánico, y nosotros nos quedamos sin un buen ride. Por suerte, al cabo de un rato levantando el pulgar nos recogió un hombre que también trabajaba para una petrolera, poco hablador pero la mar de atento. Nos invitó a café con donuts y nos llevó hasta la salida de Prince George, dejándonos junto al camping. El último jalón de ese día corrió a cargo de Pitt, un comerciante de maquinaria agrícola que nos llevó hasta Vanderhoof. Era rubio, usaba barba y llevaba un bonito sombrero de piel. Como Jamie, era divorciado y su hija vivía con la madre, lejos; pero la niña prefería al padre y dentro de un año, cuando cumpliese los doce, se mudaría a su casa por propia voluntad. A diferencia de Jamie, vocalizaba mejor y -sobre todo- no se quería tanto a sí mismo; claro que, ni era tan guapo, ni tenía una sonrisa tan cautivadora. Me gustó su rasgo de modestia cuando, hablando de que hay gente buena y mala en todas las razas, no se atribuyó la virtud, sino que dijo “yo intento ser de los buenos”.

De Dawson Creek a Vanderhoof con Jamie, Pitt y otro

El arbolado camping de Vanderhoof no estuvo mal y, aunque enfocado sobre todo a los RV’s, pudimos encontrar un lugarcito con césped -eso sí: muy húmedo- en que poner la tienda. Luego fuimos a comprar comida y, al pagar, la cajera del supermercado, que era bastante mona, se nos quedó mirando -sobre todo a mí- con una profunda curiosidad. Tuve el impulso de tirarle los tejos, pero me cohibió la presencia de una compañera suya. De todas formas, ¡vaya usted a saber!: tal como son las mujeres, si Mariko no hubiese estado conmigo quizá la cajera no me hubiese prestado la menor atención.

Volvimos al camping justo a tiempo para contemplar el ocaso. Más allá de los árboles, el sol se ponía sobre la lejana llanura conformando un bello paisaje, y por encima de nuestras cabezas el azul rosáceo del cielo boreal cobraba inusitada vida al poblarse de gansos que, migrando hacia el sur, lo surcaban en aflechadas, inacabables bandadas cuyos graznidos estuvimos escuchando durante varias horas hasta bien entrada la noche, al punto de que, por ratos, el ruido se volvía escandaloso. Calculo que pasaron decenas de miles.

Fue otra noche fría, pese a que unos nublados prometían hacerla templada; y además mi compañera de tienda se mostró igual de impasible que la noche anterior. Por la mañana fuimos capaces de encender un fuego y calentarnos así un poco antes de levantar el campamento.

El primer jalón nos lo dio una pareja de simpáticos chavales que nos llevaron hasta Fort Fraser, un diminuto pueblo. Al cabo de un buen rato de esperar allí, vimos que, desde el interior de un coche parado en una esquina, nos hacía señas un indio. Dejando nuestras mochilas en el arcén, nos acercamos para ver qué quería. Al llegar a su altura, el hombre nos preguntó: –¿Qué hacéis ahí? –Estamos hitchhiking hacia Prince Rupert. –Sí, pero ¿qué hacéis ahí? –Pues eso: hitchhiking. –¿Y no queréis un ride? –Claro. –Pues entonces, ¿qué hacéis ahí? Get the hell in! Me hizo gracia. Lo que el tipo nos preguntaba era que a qué esperábamos para subirnos al coche. Este hombre nos dio un buen lift hasta Burns Lake y, durante el trayecto, le hizo mil preguntas a Mariko sobre el posible interés que podría despertar entre el turismo japonés una empresa, que quería montar, dedicada a mostrar la vida y costumbres de la población nativa. Era un emprendedor que aspiraba a que los indios no recibiesen subvenciones del gobierno por no hacer nada, sino que tuvieran sus propias fuentes de ingresos. Nos dijo a qué etnia -de entre las decenas que aún quedan dispersas por Norteamérica- pertenecía él, pero no lo entendí bien. Lo que sí entendí fue algo sobre su modo de vida tradicional: salvo cuando salían a buscar alimentos, toda la tribu hacía vida social, cocinaba y dormía en una big house hecha de troncos. También nos dijo que los indios de aquella provincia (Columbia Británica) eran los únicos que no habían firmado tratados con el gobierno canadiense y que, por consiguiente, aún tenían reclamaciones de tierras pendientes de resolver.

Desde Burns Lake, el siguiente ride nos lo dio un chaval joven y simpático por cuyas venas corría –nos dijo– una mezcla de sangre checoslovaca, indoasiática e irlandesa. Era perito forestal, pero había pasado de trabajar por la naturaleza a trabajar contra ella, pues últimamente estaba empleado como leñador en el mayor aserradero del mundo: una compañía que aserraba árboles al escandaloso ritmo de sesenta hectáreas de bosque por día. Peleado con su gobierno, su país, su novia y hasta consigo mismo, quería “saltar del barco antes de que se hunda” y emigrar no sabía aún si a Japón o a Costa Rica. Nos pintó una imagen bastante negativa de Canadá: el 85% de su industria era propiedad estadounidense; se deforestaba a un ritmo mucho mayor del que se reforestaba (por lo que en quince años tal vez no quedase mucho por talar); y estaban arrasando el bosque con la excusa del escarabajo del pino, una enfermedad –introducida, sospechaba él, por las madereras o por el propio gobierno– que estaba matando árboles a gran ritmo; un país, además, que malgastaba sus recursos como un niño malcriado –fueron sus palabras– y que tenía un gobierno débil en manos del capital, si bien el sistema era más propio del comunismo, ya que las grandes empresas (hidroeléctricas y madereras, sobre todo) estaban coparticipadas por el gobierno federal o los provinciales. Era un hombre escéptico y decepcionado que, conociendo de primera mano los principales problemas de Canadá, pero carente de la energía o la iniciativa suficientes para tratar de hacer algo, prefería esconder la cabeza bajo tierra y emigrar. Vivía solitario en el campo, en un terreno de su propiedad que pensaba vender pronto por un buen precio. Quizá por esa soledad, en lugar de dejarnos en Houston, adonde se dirigía, nos llevó bastante más allá y, a mitad de camino, se desvió para darnos un tour por unas pistas forestales. Al llegar a Smithers, y antes de despedirnos, nos dio una vuelta por el pueblo, cuyo ayuntamiento estaba intentando –dado que la localidad carecía de una personalidad propia y definida– conferirle un aire suizo, aprovechando que en las montañas a cuyo pie se ubicaba había varias pistas de esquí. Y es cierto que la zona, gracias a la abundancia de ríos, lagos y unas empinadas montañas boscosas, a menudo coronadas por nubes de formación orográfica, tenía cierto parecido con Suiza. Esta parte del país es preciosa, y la estación del año acompaña mucho.

Tres jalones para ir de Vanderhoof a Smithers
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Norteamérica 35. 1400 km con el generoso y solitario Karl

Domingo, 21 de septiembre. Prince Rupert (Columbia Británica)

Pese a lo bien que me encontraba en Whitehorse, mientras permaneciese allí no estaba conociendo otros lugares, así que tenía que irme antes de que aquel sosiego me dejase clavado en el pueblo demasiado tiempo, dado que en esa región el otoño había acabado ya: cuando llegué, aún amarilleaban las hojas en los árboles; al marcharme, menos de una semana después, ya se habían quedado desnudos. Tras un día que estuvo nublado y frío, al siguiente amanecieron nevadas las crestas de las montañas, con un blanco grisáceo que se confundía con el de las nubes. Aunque aún había días claros, ya eran todos fríos o ventosos, y había que salir bien abrigado, con gorro y guantes. Apenas se veía gente por la calle, salvo los indios gorrones y borrachos, siempre prestos a pedirte unos centavos, holgazaneando cerca de las licorerías o junto a las barracas del Salvation Army, donde les dan comida y cama. Por cierto, la penúltima noche de mi estancia en el hostal vino un negro, con su mujer y dos hijos, pidiendo alojamiento fiado, a lo que los alemanes se negaron. Quizá hicieron bien, pero los encontré un poco estirados y bastante selectivos. Ella no me cayó bien: demasiado tiquismiquis para regentar un hostal. Aparte, había algo de falso en su rígida política “ecológica” y de reciclaje.

La noche anterior a mi marcha me despedí del albergue con una entretenida partida de Pictionary entre seis o siete huéspedes, que por último salimos a pasear para intentar ver la aurora boreal; pero apenas pudimos atisbar algunos débiles resplandores. (No obstante, la mañana siguiente, unos japoneses que se habían quedado hasta muy tarde contaron haberla visto fabulosa.) Y en la fría mañana del miércoles, tras los adioses de rigor, Mariko y yo nos situamos sobre la ruta 1 para emprender nuestra aventura con destino Prince Rupert, en la costa pacífica de Columbia Británica. Atrás quedaba, para siempre, el plácido y relajado Whitehorse.

Tras un primer y anónimo lift de pocos quilómetros, que nos dejó en un cruce bien situado, enseguida nos recogió Karl, un camionero que conducía un Western Star -el Rolls Royce de los camiones, nos dijo- de 600 CV, propiedad de una empresa que fletaba al estilo tramp, y que arrastraba un semirremolque doble, sin carga. Karl era de Alberta, se encontraba más solo que la una, sus hijos le habían salido ranas (incluso uno metido en la droga), estaba divorciado y hablaba un inglés muy difícil de entender, cosa que entorpecía mucho la comunicación pero que, por lo visto, no le impidió disfrutar de nuestra compañía. Tenía, sin ser huraño, ciertos detalles de poca sociabilidad (por ejemplo, no responder al saludo de los otros camioneros en ruta). Pero ese rasgo del carácter se veía sobrepasado, o por su necesidad de compañía, o por una innata bondad, pues la amabilidad y solicitud que nos mostró superaron todo lo previsible.

Aunque -como queda dicho- nuestra intención era viajar por la Cassiar highway (ruta 37), que se bifurca de la Alaska highway (ruta 1) apenas unas millas antes de Watson Lake, un rato antes de llegar a esa bifurcación Karl nos disuadió de hacer dedo allí, aduciendo que la 37 casi no tenía tráfico, estaba sin pavimentar en su mayor parte y, como mucho, conseguiríamos un ride hasta Dease Lake, a mitad del camino, donde podríamos quedarnos colgados una semana entera. Era mejor -nos dijo- seguir con él un poco más, hasta Watson Lake, donde esperaba encontrar alguna carga que transportar en dirección sur y donde, en cualquier caso, teníamos bastantes más oportunidades de encontrar jalón. No sé si toda esta información era objetiva o si nos la dio sobre todo para seguir teniendo compañía un rato más, pues otros conductores que -como se verá- nos recogieron los días sucesivos habrían de confirmarla sólo parcialmente: si bien la Cassiar highway -nos dijeron- tenía poco tráfico, quienes toman esa ruta están mejor dispuestos a coger autostopistas; y si por un lado se tarda más en conseguir un ride, probablemente será uno mucho más largo, ya que apenas hay localidades intermedias. Sea como fuere, seguimos su consejo. Nunca sabré qué tal nos habría ido por la 37, pero -por lo que más adelante contaré- creo que habríamos tardado uno o dos días menos en llegar a Prince Rupert.

Llegados a Watson Lake, Karl consiguió, en efecto, un flete para llevar a Dawson Creek; y como había que esperar largo rato su turno para recibir la carga, nos llevó, mientras tanto, a visitar el famoso Plate Forest, o bosque de matrículas, un curioso lugar inaugurado, al parecer, allá por los años 60. Consistía en una especie de bosque de estacas de unos 3 metros de altura, sobre las cuales había clavadas unas 50.000 placas (cálculo mío, grosso modo), en su mayoría matrículas de vehículos, pero también señales de tráfico, letreros de carretera y placas de todo tipo y procedencia, incluyendo algunas troqueladas exprofeso para ser expuestas allí. Sobre todo las había norteamericanas, pero también muchas de Alemania y Suiza. No vi inguna española. Entre esta visita y hacer otros recados se nos pasó un largo rato; y en vista de que la carga para el camión se retrasaba repetidas veces, pensamos Mariko y yo en tratar de aprovechar las dos o tres horas que quedaban de sol intentando conseguir otro jalón. No obstante, como esta “deserción” podría decepcionar a Karl y hacer que no quisiera volver a recogernos si, para cuando hubiese recibido ya el cargamento, no habíamos tenido suerte, se lo planteamos a él antes de tomar una decisión. Nuestro temor resultó infundado: nos dijo que, si no conseguíamos ride o si cambiábamos de opinión, podíamos ir a buscarlo al cargadero, o a tal restaurante, así como contar con su ayuda si volvía a vernos en la carretera; de manera que, con esta seguridad, probamos suerte durante hora y media. Pero sólo conseguimos pasar frío. El sol se acercaba al horizonte, el escaso tráfico raleaba y ningún camionero nos recogía, así que decidimos volver grupas en busca del ininteligible Karl, que era una apuesta segura.

Según nos acercábamos al cargadero, vimos su Western Star venir hacia nosotros. Nos extrañó que estuviese ya listo, pues sabíamos que había otros camioneros esperando antes que él; pero era que había llamado por radio al último camión despachado para preguntarle a su conductor si había visto a una pareja haciendo dedo y, como su carga estaba ya pronta, vino exprofeso a buscarnos y recogernos. De modo que allí estábamos de nuevo Mariko y yo, bien calentitos en la cabina tractora de nuestro amigo, y bien ahumados también, pues fumaba como un carretero y no abría la ventanilla ni un tantito así. Ya empezaba a oscurecer cuando, una vez estuvo listo el flete -que al final se dilató más de lo esperado- continuamos nuestro viaje hacia el sudeste por la bellísima Alkan (Alaska) highway. Al cabo de varias horas, sobre las once y media, Karl se detuvo a pernoctar en un área de descanso que reconocí de mi viaje de ida en autobús; y para mantener caliente la cabina dejó el motor en marcha toda la noche, atronando todo el mundo: a los otros viajeros que, aparcados allí, trataban de descansar, a los huéspedes del motel vecino, y a Mariko y a mí. Él se acostó en la cama de la cabina y, como era grande, nos ofreció un sitio a cualquiera de nosotros. Yo le cedí el honor a Mariko y me acosté sobre el piso en mi esterilla, pero ella, sin aceptar la cama, intentó dormir nada menos que en uno de los rígidos asientos.

Huelga decir que, entre el ruido, las vibraciones, el calor y la dureza del piso, apenas pude dormir. Nos “levantamos” a eso de las siete y estuvimos tomando un café en el restaurante del motel mientras, por la ventana, contemplábamos el manso caer de la nieve sobre los árboles, los coches y el asfalto. Reanudamos el viaje bajo la blanca precipitación y a través de las colinas nevadas durante millas y millas. Mariko y yo nos turnábamos entre el asiento del copiloto y la cama: en el uno, para disfrutar del paisaje y los animales que de vez en cuando se veían; en la otra, para echar una cabezada y compensar la falta de sueño. Con eso, además, también nos turnábamos el peso de atender a la “conversación” de Karl. Hicimos una parada para hacer fotografías, otra para almorzar y otra para tomar un café; y sobre las cuatro de la tarde llegamos por fin a Dawson Creek.

1400 km, de Whitehorse a Dawson Creek, con Karl

Conductor infatigable, Karl nos había llevado, en total, 1400 kilómetros. Pese a lo embarazoso de tener que asentir constantemente a frases que no entiendes -o, peor aún, pedir que te las repitan-, el viaje fue agradable, pues era un hombre tolerante y con él no hacía falta prestar una permanente atención, para no meter la pata, a cada pequeño movimiento que haces. Además, a lo largo de todo el viaje nos ofreció varias veces su casa en Rycroft -unos 90 km más al este- y llevarnos él mismo a Prince George al día siguiente si es que había carga que transportar hasta allí. Nos pareció muy bien, pero al telefonear a la oficina le echaron la bronca por coger autostopistas y le dijeron que había carga, pero sólo a Grand Prairie, apenas 70 km al sur de Rycroft. Entonces modificó su oferta en consecuencia: podríamos pasar el viernes en su casa mientras él hacía el viaje de ida y vuelta, y el sábado -que era su día libre- nos traería otra vez a Dawson Creek para que pudiésemos mantener nuestros planes. La propuesta era tentadora, pero Mariko tenía los días contados (antes de volar a Japón, se entiende) y la rechazamos. Para despedirnos, no obstante, estuvimos comiendo juntos y, como invité yo, Karl se quedó tan encantado que, para compensar, nos regaló a cada uno una cámara fotográfica de usar y tirar. “Sois unos autoestopistas de lo más entretenidos -dijo para mi asombro, pues me parecía que debía de haberse aburrido como una ostra con estos dos pánfilos que tan sólo asentíamos bobamente cuando nos hablaba y no añadíamos una réplica que hiciera pensar que habíamos comprendido- no como otros que no hablan nada y te aburren”. Tal vez se encontraba tan solo que su necesidad de escuchar voces humanas se satisfacía con lo mínimo. En cualquier caso, me alegro de que nosotros también le sirviésemos para algo. Prometí enviarle una postal desde España y le dijimos adiós al pobre y solitario Karl, tan ávido de compañía.

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Norteamérica 34. Un judío mentiroso, el grupito de Whitehorse y el “Yukon time”

Jueves, 11 de septiembre (continuación)

Todo el viaje transcurrió a lo largo de inacabables bosques de aspecto otoñal iluminados por el sol del atardecer y, en el horizonte, hacia uno u otro punto cardinal, siempre alguna cadena de altas montañas nevadas. Hasta pasamos muy cerca de un largo glaciar cuyo extremo, de un blanco muy puro, derritiéndose año tras año -lenta pero inexorablemente- en un yermo campo de montículos negros y lodosos, parecía una gaviota caída en un barrizal.

A veces, mientras Abe conducía incansable, yo dormitaba. Ya atardecía cuando llegamos a la frontera. Mi paso fue rápido, pero a él lo retuvieron más de media hora. Esperándolo en el coche, lo vi hablar largo rato con la oficial dentro del puesto. En cierto momento salió y vino a buscar algún documento en la guantera. Me dijo: “ya acabo; van a hacerme un pase.” Por fin regresó con unos papeles en la mano. –¿Todo resuelto? –Sí. –¿Y cuál era el condenado problema? –Bueno, hace unos veinte años tuve algunas condenas por peleas y tengo antecedentes penales. Pero desde hace quince estoy limpio; ni siquiera me han puesto una multa de tráfico; así que la agente ha accedido a hacerme un pase temporal de siete días para que pueda cruzar hasta los Lower 48; una vez allí, puedo solicitar del gobierno canadiense una rehabilitación permanente. Esto coincidía con lo que Hank, el exconvicto del albergue de Fairbanks, me había contado de cierta ocasión en que, en la frontera canadiense, le dijeron “we don’t want people like you in our country.” Tal vez Canadá se cuida mucho de ser el país receptor de toda la escoria yanqui. Pero significaba, también, que Abe me había mentido otra vez: ni era israelí, ni ignoraba por qué podía tener problemas en la frontera. ¿Un violento rehabilitado? Puede ser.

Nuestro viaje duró aún varias horas más hasta que, ya noche, llegamos a un lugar donde nos permitieron poner la tienda gratis. Para mi sorpresa, Abe sacó del maletero un saco de dormir, se metió en él sin desvestirse y se puso a dormir a la intemperie. Él dormía de cualquier manera -me dijo- y sólo se quedaba en hostales cuando necesitaba una ducha. Empezó a lloviznar al acabar de montar mi tienda, así que lo invité a compartirla. Cabíamos algo justos, pero bien. No obstante, al cabo de una hora lo oí moverse y vi que buscaba la cremallera del cierre. Dijo no sé qué sobre dormir dentro y salió a pernoctar fuera. Por un lado me alegré, porque me quedaba más holgado y, además, el hombre apestaba a tabaco; pero por otro lado lo lamenté, pues ahora tendría que calentar la tienda yo solo. Y, en efecto, pasé frío esa noche. Cuando me levanté, a eso de las 7:30, vi que el terreno estaba escarchado. Abraham llevaba ya una hora en pie, esperándome, y estuvo tomando un café mientras yo recogía mis cosas. Le pregunté si no había pasado frío. No, sólo un poco al final. Buen saco debía de tener, pensé. En cuanto me tomé mi café calentito, nos marchamos.

La mañana estaba preciosa: sobre la superficie del lago humeaba el vapor de agua, girando en lentas espirales ascendentes que acababan disipándose unos metros más arriba, y a media ladera de las montañas vecinas franjas delgadas de niebla imitaban las rayas de un pentagrama. Al cabo de dos o tres horas llegamos por fin a Whitehorse y paramos directamente en un McDonald’s, donde Abe quiso invitarme a desayunar; pero yo me había tomado un sándwich y tenía prisa por llegar al hostal y perderlo de vista: pese a agradecerle el largo jalón, lo último que me apetecía era pasar otro cuarto de hora con él, en silencio. Como no se orientaba bien con los mapas, tuve que indicarle qué ruta debía tomar para llegar a su destino, y en cuanto se lo hube explicado, dio media vuelta y, sin decir una palabra, se dirigió al restaurante. Yo me quedé allí pasmado, mochila al hombro, sin saber si seguirlo para despedirme o largarme sin más; pero cuando ya se había alejado unos pasos, se volvió de pronto y, como quien acaba de recordar algo, se acercó a mí, me dio la mano, dijo “nice to meet you” y se fue. Vaya un tipo extraño.

Último tramo con Abraham, de la frontera a Whitehorse

Sábado, 13 de septiembre. Whitehorse (Yukón).

A orillas del río Yukón, cuyas transparentes aguas tienen aquí un tono algo verdoso, Whitehorse es una localidad muy grata, con un ritmo de vida pausado y el tamaño suficiente (23000 almas) para tener de todo pero no tan grande como para resultar bulliciosa. Puede recorrerse fácilmente de punta a punta caminando, y sus calles son amplias y de buen aspecto. El hostal donde vine a parar hace ya dos días, regentado por un matrimonio alemán que entiende la aguja de marear, es muy agradable, más o menos asequible (20 CAD), bastante limpio y con buen ambiente. Hay gente maja con la que charlar y me siento a gusto, así que voy a quedarme hasta que me apetezca. He conocido a Pep Roig, Pepe para los amigos, un balear bastante simpático con quien he podido descansar de tanto inglés. Con sus 37 años, tiene un aspecto joven y un espíritu deportista. Fotógrafo de profesión, amante de la naturaleza y remero por afición, viaja por el Yukón y Alaska recorriendo caminos, montañas y ríos en busca de paisajes y vida salvaje. No entiende de filosofías y, cuando le hablas, no te escucha más allá de las cuatro o cinco primeras palabras, a las que asiente enérgicamente antes de que acabes la frase; pero está siempre de buen humor, tiene golpes chistosos y es agradecido, poco exigente y gran compañero de mesa.

Aparte de unos veinte japoneses que han venido con idea de ver la aurora boreal, los otros huéspedes son: un holandés, también simpático, que se ha ido hoy; Chris, de Toronto, que trabaja con ordenadores, charlatán y animado, muy friendly y bastante independiente; Katherine, una canadiense que podía ser mona pero se queda en pasable, aunque está buena de cuello para abajo; es lista, algo escandalosa y un poco vanidosa: dice que unos meses atrás se rapó el pelo para espantar a los hombres; y George, un inglés con buena pinta que acaba de llegar hoy.

Martes, 16 de septiembre. Mismo lugar.

Estos días he conocido un poco mejor a George. Es ingeniero de estructuras y se ha tomado una temporada sabática para viajar. Muy británico, de Birmingham, purista del inglés (y del té), perfeccionista de la pronunciación y con un acento cockney realmente encantador, distinguido y musical. Es uno de esos raros ingleses que toman lo mejor que su cultura puede ofrecer y que van por el mundo despreciando los vicios reaccionarios de su país a la vez que siembran britanismo con su flemática conducta. Su conversación es ágil, inteligente y burlona. Por cierto que, en cuanto llegó, Kate se encaprichó de su acento, se rió con él más alto que con nadie y se apresuró en presentarse: “By the way, my name is Katherine, and yours?”. Le gusta el muchacho y no ha perdido el tiempo con él: ayer por la tarde se fueron juntos a jugar al golf y no aparecieron hasta esta mañana. Así funcionan las cosas en los youth hostel: todos estamos de paso y sabemos que, quien quiera algo, o aparca los disimulos o se le escapa la ocasión.

Pepe, Chris, George y yo hemos formado un grupito bastante majo, y juntos hemos discutido sobre España e Inglaterra, Europa y Norteamérica, cocina, coches, bebidas, té, viajes, costumbres, cine y literatura. Cuando se da esa conjunción de personas con afinidad de carácter o actitud resulta penoso que se disuelva; pero hoy empezó la diáspora: Pepe ha tenido suerte, el jodío: tras pasar tres días planificando y preguntándose cómo iba a ir hasta Kluane -si en bus o a dedo- y cuándo -si ayer u hoy-, llega una chica de Ontario, monilla pero seca como un cardo, que va en la misma dirección y que le ha ofrecido llevarlo en su coche, así que se fueron juntos esta mañana. ¡Buena suerte, amigo! Ya estoy echándolo de menos, pues enseguida me habitué a su compañía alegre, desenfadada y algo superficial. George parte mañana a Dawson City, y yo me iré hacia Prince Rupert con Mariko, una japonesita cuya ruta y fechas coinciden con las mías y que se ha animado a hacer dedo juntos por la Cassiar highway. Chris se queda hasta el sábado y regresa a Toronto.

Hoy, de despedida, he preparado unas lentejas, “otra de mis extravagancias españolas”, según palabras de George. Me han quedado de rechupete. Mi estancia aquí ha estado marcada por la cocina y mis escasos platos me han conferido fama de gourmet. Una japo a la que he enseñado a hacer tortilla de patatas (y que tengo ahora mismo enfrente, viéndome escribir) se ha quedado asombrada –me ha dicho– de que dedique mucho más tiempo que la mayoría de la gente a cocinar. Quizá lo que para un español es la cosa más elemental, para esta fauna sea cosa de gastrónomos sibaritas. Desde luego, casi todos los platos que veo preparar en los albergues me parecen bastante cutres, sean del país que sean. Ni siquiera Pepe, cuando viaja, se prepara algo más elaborado que una sopa de noodles. Por cierto, la japo que me mira va a quedarse cinco meses trabajando en este hostal. Es muy simpática, pero no es mi tipo; y estos japos no te invitan a su país ni locos.

Así es que la estancia en este albergue, en esta ciudad, se me ha pasado volando; y ese insensible paso del tiempo me ha recordado mucho a La montaña mágica, de Mann: te levantas, desayunas tranquilamente, prolongas el café un largo rato charlando con alguien, te das una vuelta por el pueblo para hacer algún recado o comprar algo, y ya es llegado el momento de preparar el almuerzo. Cuando quieres darte cuenta, estás tomando un té de sobremesa con otros huéspedes. La tarde se te va en unas horas de lectura o conversación, conectarte a internet, ir al cine o darte un paseo cerca del río; y ya estás otra vez en la cocina, listo para hacer algo de cena. Una última cerveza en compañía llena el rato que falta para irte a la cama. Yukon time, el tiempo del Yukón, es como llaman aquí a esa tranquilidad, esa ausencia de prisa en la vida: igual que fluyen las aguas del río Yukón, suave y mansamente, sin rápidos, sin sentirlo. Tal vez sea el río lo que marca ese patrón temporal, esa pauta de vida; el omnipresente río Yukon, que según parece hizo esta tierra, la fiebre del oro y todo lo demás, y que vio nacer, a sus orillas, tantas localidades al norte del paralelo 60: Whitehorse, Dawson City, Eagle… Los barcos de grandes palas que estuvieron recorriéndolo hasta hace apenas medio siglo han quedado ya convertidos en museos dispersos por toda esta zona, varados en tierra como durante su vida activa los ponían, al llegar el invierno, para que el hielo no les destrozara el casco al congelarse el río. Por doquier se ven, en Whitehorse, viejas fotografías de barbados pioneros en roñosas cabañas de troncos, panning for gold.

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Norteamérica 33. Iluminados y trabajadores de Jesucristo

Jueves, 11 de septiembre (continuación).

Desde Soldotna (¡y venga a pasar coches!), un chaval encantado de haberse conocido, que me subió al coche para explicarme fáctica y empíricamente que él siempre recogía a los autoestopistas porque viajaba mucho, me llevó unas pocas millas hasta el siguiente pueblo. Pero luego pasé horas en el arcén sin éxito. A eso de las seis y media empecé a pensar que tendría que ponerme a buscar un lugar para acampar, pero entonces vi, alucinando, que se paraba un motorhome. ¿Será a mí, Señor? Sí, hijo mío, a ti es. ¿A dónde vas?, me preguntó el conductor. Intento llegar a Anchorage. Pues vámonos a Anchorage, dijo. Y subí. ¡Ah, amigo! ¡Eso es comodidad; eso es lujo! Mi nuevo benefactor era un nativo que vivía en Kodiak y llevaba su viejo motorhome hasta Fairbanks, donde uno de sus vástagos lo necesitaba. Cómo no, un imprevisible indio tenía que ser quien rompiese la regla inquebrantable de que los conductores de motorhomes nunca recogen a nadie. Steve de nombre, era un indio simpático, grande y orondo como un sol, exalcohólico rehabilitado y cristiano practicante, que había cambiado su profesión de mecánico diésel por la de carpintero-constructor. Viajaba a paso de caracol y en comitiva con un amigo, también de Kodiak, que conducía el vehículo precedente. “Es mi amigo Donald, que me ha enseñado todo lo que sé sobre carpintería.” Steve era de esos conductores que esperan a última hora para frenar en un semáforo o al doblar una esquina, y no por tendencia suicida, especial inclinación al riesgo o afición a los rallies, sino por una defectuosa apreciación de las distancias; y es que luego, los de este mismo género, titubean a la hora de adelantar en tramos suficientemente largos y con buena visibilidad.

Hasta Anchorage en el motorhome de Steve

El viaje fue precioso, bordeando el mágico río Kenai, de anchas y rápidas aguas azul turquesa, fabulosas para la pesca, pero a las que Steve no prestó la menor atención: sin duda la sensibilidad por la naturaleza no era su punto fuerte. Cuando le conté que pensaba pernoctar en Anchorage me dijo que podía dormir en su autocaravana. Llegados a la casa de su hija me presentó al mentado Donald, un vejete agradable, simpático y charlatán; y enseguida me invitaron a cenar en un restaurante, aunque en aquella ocasión -cosa rara- yo no tenía hambre. “Tenemos que alimentarte”, dijeron. Steve había quedado en el restaurante con su gordo hijo y su gorda nuera, una pareja recién salida de la adolescencia, consumistas inmersos de lleno en la muy “americana” dinámica de trabajo y gasto, encantados de tener cada uno dos curros y de poder pagar toneladas de facturas: el coche, el alquiler, el móvil con pantalla azul, el nuevo frigorífico tamaño ropero, el DVD, la pantalla de 32″, etc. Para no despreciarles la invitación, pedí un café con un postre gigante y empalagoso, typical USA, que me costó trabajo terminar. Al salir de allí nos volvimos a casa y cada uno se metió en su cubil. Compartí la caravana con Donald y, antes de echarnos a dormir, estuvimos hablando un buen rato. Fue entonces cuando me contó su experiencia mística, que no tenía desperdicio. Era así:

Cierta noche iba yo en un avión y tenía de compañero de asiento a un pequeño indio que estuvo hablándome un momento. (No he sido capaz de determinar la importancia de este detalle.) Entonces pensé para mí: “¡Oh, Lord!, sure this is the perfect moment to see a vision.” Entonces vi por la ventanilla del avión el inicio de la aurora boreal: era como un camino flamígero, serpenteante, que se aproximaba desde el infinito y se acercaba zigzagueante; la luz se convirtió -tan claro como te estoy viendo- en figuras humanas que empezaron a danzar en círculo, seis, siete u ocho figuras humanas -las conté tres veces, tantas como Pedro negó al Señor- que hacían un coro del que yo mismo formaba parte, entrándome las figuras por un costado y saliéndome por el otro. Y así siguieron un rato hasta que se desvanecieron. Al aterrizar, sin decirle al piloto nada de lo que había visto, éste me refirió que durante el vuelo la cabina se había iluminado con un brillante resplandor mágico. Todavía sin decir una palabra a nadie -pues me juré que nunca lo contaría- fui al día siguiente a la iglesia y, al tocar a otro feligrés, éste se desvaneció, cayendo al suelo; y lo mismo volvió a sucederme una segunda vez con otra persona.

Vamos, que el amigo Donald era todo un iluminado, y nunca mejor dicho: iluminado por la aurora boreal.

La mañana del miércoles, tras pegarnos una muy grata ducha en la casa de Steve’s daughter (que a esa hora ya estaba vacía), ambos caballeros me llevaron a desayunar a un McDonald’s y, después, a una tienda del Salvation Army para comprarme unos pantalones (¡por un dólar y medio!) que venía necesitando, y que también pagaron ellos. Además, me ofrecieron quedarme otro día en la caravana, a gastos pagados, pero yo tenía prisa por avanzar hacia el este y rehusé. Así que, como último -y no pequeño- favor, me condujeron a la salida de la ciudad, hasta un buen spot para hacer dedo. Durante unos momentos, antes de despedirnos, pensé que no iban a hacerlo, pero gracias a Dios lo hicieron: Donald me transmitió la bendición divina: God bless you, lo cual que me dejó extasiado y transido de bienaventuranza. Nos intercambiamos nuestras respectivas direcciones y me dijeron que les escribiera. También me invitaron a volver algún día a visitarlos a Kodiak y me aseguraron que, si iba, podrían conseguirme un trabajo allí. Gente más agradable no se puede encontrar. Estaban felices de haberme recogido, y Donald en particular disfrutó con mi compañía y conversación. Creo que Steve tenía otras preocupaciones.

Pese a todo, aquel spot no era tan bueno (ni los alaskeños tan humanitarios) y tardé bastante en conseguir el primer lift, a cargo de un vejete con un gran truck, aficionado al juego (cada año iba a Las Vegas) e inmerso en no sé qué turbios negocios “legales”, que me llevó hasta la bifurcación de la ruta 3. Allí no tardó en recogerme uno al que, a falta de mejor nombre, llamaré Abraham. Conducía un pequeño Kia de cuatro puertas y cambio manual. Parecía una especie de jipi: llevaba una gorra yanqui con el escudo de Harley Davidson, usaba largas barbas y bigotes, anticuadas gafas con montura de pasta y vidrios culo de vaso. Me dijo que iba a Tok, así que me venía fenomenal. Por desgracia, tenía puesto a todo trapo un CD de rock duro de la peor clase, con abundantes berridos y juego de distorsionador. Hechas las presentaciones (para lo cual bajó momentáneamente el volumen), al decirle mi nacionalidad me respondió que él era israelí. No sé por qué, nada en él encajaba con mi idea de los judíos. [Después he comprendido que aquella idea mía era errónea.] Tenía un acento muy dejado y hablaba bajo, sin apenas vocalizar y con frases escuetas que me costaba bastante entender, así que no llegué a saber (o tal vez no llegó a decírmelo) qué hacía. Sólo pillé que vivía en Alaska desde hacía años y que ahora se dirigía a Chicago. No obstante, había algo extraño en torno a él. No parecía muy comunicativo, y en pocos minutos ya nos habíamos quedado sin conversación, así que volvió a poner la música a toda pastilla, atronándome los oídos durante un buen rato, tanto que me impedía disfrutar del bonito paisaje. En contra de lo habitual, no parecían interesarle en absoluto mis andanzas ni lo que me traía por allí, pero sí quiso saber si tenía pensado cruzar la frontera. “En un par de días”, le dije. Más tarde, sin venir a cuento, añadió que él quizá tendría problemas, ya que en la última ocasión le habían puesto pegas. Le contesté que, aunque con los tiempos que corrían era normal, me parecía raro que con su pasaporte tuviese problemas en algún control. De hecho, el coche no era alquilado, sino propio, ya que los israelíes pueden ir por EE.UU. como Perico por su casa, igual que si fueran estadounidenses; no necesitan visado e incluso pueden quedarse allí cuanto tiempo se les antoje.

Por cierto, conducía bastante bien, pero estaba obsesionado con no quedarse sin combustible, de modo que en cuanto el depósito iba al 75% de capacidad paraba para repostar. Le ofrecí contribuir con los gastos, pero rehusó. Fumaba como un carretero, pitillo tras pitillo, y aunque abría la ventanilla cada vez que se encendía uno, las colillas del cenicero -que con frecuencia se olvidaba de cerrar- apestaban el coche y me apestaron la ropa. En el espacio entre dos “canciones”, y por sacar conversación, le pregunté en qué trabajaba. Well, I work for the Lord Jesus Christ. Vaya -pensé-, otro iluminado. A modo de prueba indudable de la existencia divina me contó que en cierta ocasión, haciendo dedo (a lo cual fue muy aficionado en otro tiempo), lo había llevado un cura católico que, pese a tener por principio no dar nunca rides a autostopistas, al verlo a él al borde de la carretera sintió que Jesús le ordenaba que lo recogiera. Buscando entre mis escasos conocimientos se me ocurrió que los judíos no creen en Jesucristo, y le hice un tímido comentraio al respecto. Abraham me corrigió: no todos los judíos descreían de Cristo. (En efecto, unos días más tarde, otro chaval al que le referí el caso me dijo que entre los hebreos hay una especie de secta o logia llamada “Judíos por Jesucristo”.) Pese a estos breves intercambios, hicimos la mayoría del trayecto en silencio, inmerso cada uno en sus preocupaciones. De cuando en cuando, Abe se peinaba la barba con la mano. Al cabo, volvió a la carga con el tema de la frontera, y como yo le comentara que también tenía mis dudas (llevaba conmigo un papel de cuya eficacia no estaba muy seguro), me preguntó si, en lugar de quedarme en Tok, intentaría pasar hoy a Canadá con él. “Pues sí, tal vez, y así salgo de dudas.” Después de todo, resultó que él tenía la nacionalidad estadounidense. ¿Y puede conservar su pasaporte israelí?, le pregunté. “Bueno, puedo solicitarlo.” ¿Cómo, solicitarlo?, ¿es que, siendo israelí, no tenía pasaporte de su país? No, es que él no era israelí, pero sí alguno de sus ascendientes. ¡Acabáramos! Entonces, al principio no me había dicho la verdad. En cualquier caso, yo entendía ahora menos aún por qué podían ponerle trabas para pasar al Canadá; así que se lo pregunté. “No sé por qué; la última vez, que fue hace años, tuve problemas.” Yo habría querido indagar más detalles, qué clase de pegas le pusieron, pero no me atreví a insistir.

Le gustaban las motocicletas y tenía una vieja Harley Davidson en su casa. En una de las paradas que hicimos (algunas de ellas repentinas, bruscas, para mear, tomar un café, comprar un sándwich, echar gasolina o simplemente buscar un disco entre los doscientos de su colección ambulante) advertí que, además de en la gorra, llevaba el escudo de esa marca en el coche y en la cazadora. Así que era un judío roquero-motero que trabajaba para Jesucristo. “Soy una especie de misionero -me dijo en determinado momento-. Transmito la fe en Cristo.” Conducía sin parar, incansable, impasible, silencioso, salvo algún comentario de vez en cuando que yo no entendía. Por suerte, finalmente puso otro tipo de música, menos estridente y a un volumen no tan alto. Cuando empezó a sonar Sultans of swing, de Dire Straits, le dije: “esta canción me encanta.” Toda su respuesta fue: “yes“. Parecía a disgusto conmigo, pero no; estaba sólo preocupado por el paso de la frontera: quería llegar esa misma tarde y, si tenía problemas, intentarlo de nuevo a la mañana siguiente durante el cambio de guardia porque, según me dijo, en ese momento los agentes están menos atentos.

De Anchorage hasta la frontera con Abraham
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Norteamérica 32. La cuesta de Homer, la vieja de los perros y santo Jamie

Lunes, 8 de septiembre (continuación)

Esta mañana me he levantado a eso de las nueve, tras dormir divinamente: cálido, cómodo y en un silencio casi total. Durante un buen rato no he sabido qué hacer hoy, así que al principio he ayudado a Kelly partiendo leña, encendiendo el fuego y preparando el desayuno. Ayer se habló algo sobre ir a pescar, así que he estado a la expectativa hasta que he comprendido que, de hacerse, será más bien tarde. También se habló de que Kelly me daría un ride hasta alguna parte dependiendo de hacia dónde me encamine. Pero a media mañana se fue de compras a Anchorage con doña Estupenda. ¿Podía ir con ellas para comprar un libro? No hace falta: nosotras te lo traemos. Y se marcharon sin tomar nota del libro. Así que ahí me quedé, y trabé conversación con Mike, el cocinero: otro outcast que trataba de abrirse camino en Alaska, buen chico aunque de dudosos antecedentes; la historia de siempre en esta región. Después de pensarlo un rato decidí largarme a Seward. Aquella gente era muy maja pero de un descontrol total, y yo no quería perder mis contados días en Alaska estando pendiente del imprevisible proceder de unos jipis. Mike se dolió de mi decisión, pero me dio un ride hasta la carretera principal. Antes de despedirnos me dijo que tenía tres días libres y que, de no haber estado su camioneta estropeada, se habría venido conmigo; y me encareció que, si yo volvía a Portage (era paso obligado) antes del miércoles, no dudara en pasarme por allí de nuevo.

Muchos jalones fueron precisos para ir de Portage a Homer.

Y fue mientras hacía dedo hacia Seward cuando se me unió Emiko, la japonesa; pero al final no acabamos en Seward, sino aquí en Homer. Renuncio a intentar recordar la incontable cantidad de gente que, a lo largo de hoy, nos ha recogido; y además los rides han sido tan cortos que resulta aún más difícil seguirles el rastro. Mencionaré sólo dos: una pareja de vejetes que se detuvo a llevarnos sin que les pusiéramos el pulgar (en ese momento mirábamos el mapa) y, horas más tarde, unos “coleguitas” que nos subieron a la parte trasera de su pick-up, donde nos quedamos ateridos. Al cabo de un rato, ese mismo coche volvió a recogernos en otro punto de la carretera, pero ya sólo iba el conductor y, además, estaba borracho perdido. Emiko, según me ha dicho, lleva quince meses seguidos viajando por su cuenta, aunque tiene novio. No te lo pierdas: un colombiano. ¿Cada cuánto se ven? ¿Qué mantiene el noviazgo? ¿Cuándo follan? Misterios insondables de la naturaleza humana. La chica, físicamente, no vale nada, pero es simpática y lista. No sé si su compañía ha entorpecido mi viaje o lo ha facilitado, pero al menos he estado entretenido. Eran ya más de las nueve cuando llegamos a Homer, donde nos hemos alojado en un hostal medio caro: ella porque lo tenía claro desde el principio, y yo porque no quería pasarme una hora buscando algo mejor. Luego se ha preparado una cena a base de arroz y noodles encontrados en el estante free food que hay en todos los albergues y los ha compartido conmigo, ya que yo me quedé sin víveres por el camino.

Hay aquí un gachó francés que parece simpático; pero ya veremos qué hago mañana. Ahora estoy muy cansado.

Jueves, 11 de septiembre. Whitehorse (Yukón)

En Homer sólo pasé la noche del lunes. El martes amaneció tan nublado como acabó el día anterior, y con la misma llovizna. Una vuelta por el pueblo me convenció de que no había ninguna alternativa económica a mi caro hostal, y consultar mi correo en la biblioteca fue todo lo que aquella pequeña y remota localidad turística, casi inaccesible al autostopista, podía ofrecerme; así que decidí marcharme.

Era media mañana cuando me puse a hacer dedo para salir de allí por la misma carretera por la que vinimos, ya que no había otra. Homer era uno de esos lugares “último rincón del mundo”; y por mucho que viva, no podré maldecir lo bastante al ingeniero que diseñó ese tramo: doble carril en cada sentido, con una acera en lugar de arcén, a lo largo de una fuerte pendiente de 4 ó 5 millas de largo. O sea, una maldición para los autostopistas, pues en toda esa distancia -o sea, hasta coronar la cuesta- no ofrece un maldito lugar donde un conductor bienintencionado pueda detenerse a recogerte. Para colmo, el día era cálido y lluvioso, combinación idónea para hacerle la vida imposible al caminante: si te quitas el impermeable, te calas por fuera, y si te lo dejas puesto, el sudor te empapa por dentro; sobre todo si llevas quince o veinte kilos a hombros. Y como subir la mil veces maldita cuesta me llevó dos horas, a la hora de comer apenas me había alejado del pueblo. Justo cincuenta metros antes de dejar atrás aquella acera anti-autostopistas, un jovenzuelo completamente insípido paró y me dio un corto jalón hasta Anchor Point; y aunque el muy canelo iba hasta el final de esa localidad, me dejó a la entrada, así que me tocó caminar de nuevo otro rato.

El segundo lift del día me lo dio, decenas de coches después, una vieja en un viejo Volvo lleno de vieja chatarra que viajaba con dos viejos, apestosos, babosos y besucones perros que, para colmo, despelechaban, y que no dejaron de restregar sus fétidos y bacterianos hocicos y sus salivosas lenguas por mi cara, pelo, gorra e impermeable; ¡mal rayo los parta! El caso es que la mujer -que pese a mis aspavientos no llegó a concebir siquiera la idea de que sus canes pudieran resultarme molestos- era bastante simpática. Fabricaba mariconadas artesanales para los turistas: pirograbados de osos, medallas con lobunas figuras, etc., y por se decía artista. Confesó no coger nunca a autostopistas y se apresuró a explicarme por qué me había recogido a mí: porque no era muy probable que alguien de aviesas intenciones se tomara la molestia de echarse 20 kg a las espaldas para cometer fechorías. Este jalón también fue bastante corto (cosa que agradecí por primera vez) y, al dejarme en Happy Valley, me regaló uno de los fetiches de su confección: un alce magnético para el frigorífico; ¡valiente ridiculez, con los colgantes tan monos de lobos y osos que tenía! Ni siquiera puedo prenderlo de mascota en la mochila. Encima, me pasó su dirección para que le enviase una postal desde España. ¿Pero qué se cree esta gente? Te dan un ride de mierda, limpias su asiento de pelos perrunos con tus pantalones, te quitan de un buen spot (donde hacer dedo) para dejarte en uno malo, y encima se sienten acreedores a una postal como si te hubieran hecho el favor del siglo.

El tercer lift, muchas decenas de coches después, me lo dio Jamie, el currelas más majo que ha parido madre: el típico bigotudo, melenudo, bebedor y buena gente que, como mi tía Cándida, va por la vida regalando el dinero que no tiene. Un hombre simpático y optimista que estaba encantado de haberme recogido, y desolado por no poder llevarme más lejos, ya que había quedado con unos amigos en el campo para tomar unas birras. En el ratillo que pasamos juntos tuvimos una animada y desenfadada conversación. Nos despedimos en los mejores términos, pero me dejó… ¿dónde?, sí: en mitad de la nada más absoluta y rectilínea: recta por un lado, recta por otro, sin arcén y con un tráfico que pasaba a toda leche. Me quedé allí un buen rato levantando el pulgar inútilmente, y acabé por ponerme a caminar. Llevaba ya otro buen rato andando (bueno por lo largo, claro, porque maldito lo que tuvo de bueno) cuando paró por fin un coche: era Jamie otra vez, que había terminado la reunión con sus amigotes e iba a Soldotna a hacer efectivo un cheque, ya que apenas tenía un dólar. “¿Y todo este rato has estado andando?” Pues sí, casi todo. “¿Y nadie te ha recogido desde entonces?” Nadie, amigo Jamie. El hombre estaba agobiado por su responsabilidad: se sentía mal por haberme dejado allí. Cuando llegamos a Soldotna se fue directo al banco, dejándome dentro del coche con las llaves puestas; y, al salir, me dio las gracias por no habérselo robado (¡así está la humanidad!) Luego me llevó hasta las afueras del pueblo y -¡no te lo pierdas!- me regaló veinte pavos. No quise aceptárselos, pero el tío insistió: “What goes through, comes through”, me dijo; así que tomé el billete con no poca vergüenza. ¡Bendito Jamie, sin apenas dinero, y regalándolo! Uno de los hombres más humildes que he conocido.

De Homer a Soldotna con la vieja de los perros y el santo de Jamie
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Hombres domesticados ante el estímulo sexual

Cómo el empoderamiento sexual de la mujer está creando sociedades de eunucos

Foto: macandmumble.com

El instinto de reproducción —o sexual, mejor dicho— empuja a los machos de homínidos (y de muchas más especies) a copular en toda ocasión que sea posible, siempre que las circunstancias lo permitan sin poner en riesgo la supervivencia; es decir, salvando la necesidad de satisfacer otras necesidades más básicas como eludir un grave riesgo físico, buscar y consumir alimento, descansar o atender a los cuidados propios o de la progenie, así como, en el caso de especies sociales, evitar ser expulsados del grupo. Homo sapiens no es ninguna excepción a ese instinto. Durante decenas de miles de años la conducta sexual de los varones ha venido dictada por el oportunismo: allá donde no hubiese peligro de daño o conflicto social, intentaban —presumiblemente, en cada buena oportunidad que se les presentara— acceder a las hembras en edad de concebir u otras aún apetecibles. Los frenos más eficaces a dicho intento eran básicamente de dos tipos: por un lado, el posible conflicto con otros machos, ya que entre ellos ejercen un control mutuo sobre el acceso a las hembras del grupo, recurriendo a menudo a jerarquías o alianzas que, viniendo en último término respaldadas por la violencia, obliga a una cuidadosa evaluación de costes, pues de lo contrario podría conducir a lesión o muerte. Por otro lado, las fuertes restricciones sociales, cooperativas y de parentesco, en especial con objeto de evitar el incesto, del que las distintas culturas han hecho un tabú en virtud de un mecanismo adaptativo innato. En ausencia de estos dos tipos de freno —o sea, en cualquier contexto sin restricciones internas— la agencia de las hembras para elegir o rechazar a un macho ha tenido siempre una efectividad muy limitada, dada la mayor fuerza física de éste: una hembra sola, sin respaldo de parientes varones ni alianzas femeninas, y sin un macho protector, difícilmente puede rechazar a un “pretendiente” que insiste. Pero, aun con tales restricciones, los varones tenían amplio margen de maniobra para, cuando menos, intentar acceder sin riesgo personal ni reproche social a las mujeres no sometidas a otra autoridad o vigilancia.

Los antropólogos opinan que, cuando homo sapiens empezó a vestirse, la influencia de las prendas corporales en la moderación del instinto sexual fue —contra lo que a veces se piensa— nula o muy limitada. Las culturas primitivas que viven en climas cálidos son parcas en indumentaria (de hecho, en muchos casos las prendas que llevan ni siquiera pueden considerarse “ropa” y su función es muy distinta), y en ellas el atuendo ni intensifica ni atenúa la manifestación de dicho instinto. A este respecto, esas culturas están insensibilizadas, en el sentido de que la visión de los genitales femeninos no produce en los varones el mismo estímulo sexual que en cualquiera de nosotros. Es, en cierto modo, parecido a cuando vamos a la playa o a la piscina: el cerebro se pone en “modo bañador” y los umbrales del estímulo aumentan.

En el mundo “civilizado”, por contra, las cosas son muy diferentes, ya que desde hace milenios toda la gente va vestida la mayor parte del tiempo; y esta mínima exposición de los órganos sexuales femeninos hace que, cuando en alguna ocasión quedan a la vista (parcial o totalmente), el varón experimente estímulos muy vigorosos: dilatación pupilar, aumento de la atención, activación del sistema nervioso simpático y respuesta genital. Por eso en la inmensa mayoría de las sociedades actuales la vestimenta sí que tiene una eficacia significativa como modulador del umbral de excitación, pues aumenta o disminuye de manera directa la probabilidad de que el impulso instintivo masculino se traduzca en intento activo: a mayor exposición de los pechos, muslos, nalgas o entrepierna, más poderoso es el disparador psicológico. En sociedades donde la inmensa mayoría de las mujeres cubren esas partes del cuerpo, el cerebro masculino procesa la desviación de lo habitual como una señal de mayor receptividad, activando mecanismos atencionales y motivacionales con más intensidad que donde la desnudez es cotidiana. Estudios en psicología social y evolutiva han medido que, ante imágenes de mujeres con vestimenta más reveladora de lo usual, la dilatación pupilar aumenta, la fijación visual se prolonga, se activan áreas cerebrales asociadas a la recompensa y al deseo, y se reporta mayor atracción. No es que esto, trasladado a situaciones reales, dispare automáticamente el intento de acceso carnal, pero sí aumenta el interés sexual y estimula el instinto; y el varón, para refrenarse (por contexto inapropiado, respeto a normas o para evitar conflictos), debe ejercer un control inhibitorio activo sobre su respuesta motivacional, lo cual exige un mayor autodominio conductual. Este esfuerzo se traduce en demanda de recursos y, a veces, en estrés o frustración: los estudios de supresión de pensamientos sexuales muestran que cuanto más vívido o atractivo es el estímulo más difícil es ignorarlo y antes se agota la capacidad de autocontrol en tareas posteriores (efecto “fatiga del ego”). Así pues, al combinar esporádicos estímulos altos con estrictas normas de inhibición, la sociedad contemporánea impone a los varones una carga de autorregulación que no tienen quienes viven en contextos de estímulo constante pero culturalmente débil, como las sociedades tribales con desnudez habitual. En cierto modo, esa es la razón por la cual en Occidente, durante siglos y hasta hace poco, cuando en casos de agresión sexual la víctima llevaba ropa escasa o directamente provocadora, tal circunstancia (en que la exigencia de inhibición es más difícil de satisfacer) solía estimarse como atenuante a la hora de apreciar la gravedad de la transgresión, y tanto los tribunales como la propia sociedad se sentían menos inclinados a condenar severamente al transgresor.

Durante las últimas décadas, no obstante, este panorama ha cambiado de manera radical. Gracias al gradual empoderamiento de la mujer promovido por los estados, su vestimenta ha ido volviéndose notablemente más provocativa: marcados escotes, notoria ausencia de sujetador, reveladoras transparencias, mallas que moldean o destacan nalgas y vulva, sostén como prenda exterior, etc. Para llegar a esta situación sin que se produzca un incremento de la conflictividad o de los intentos de agresión sexual ha sido imprescindible lograr lo que los psicólogos llamarían un “alto grado de control inhibitorio internalizado” del hombre, y que yo llamo domesticación. Este autocontrol sistemático ha sido producto de varios factores: educación prolongada, asunción de normas y reglas sociales, miedo a la desaprobación o exclusión social y, también con frecuencia, empatía y reconocimiento de la mujer como sujeto con derechos. El resultado ha sido la más extraordinaria domesticación del varón (medida en términos de separación entre estímulo visual intenso y respuesta conductual) que ha visto la historia humana; y el hombre que se resista a ella es carne de presidio.

Pues bien: mi tesis es que la general y creciente tendencia a usar en público prendas cada vez más próximas al erotismo (inconcebibles en sociedades con mayor tolerancia hacia la respuesta activa del instinto sexual masculino) puede muy bien interpretarse como una declaración muda pero inequívoca del empoderamiento sexual de la mujer occidental y del sometimiento que ejerce sobre el varón. Esta declaración es casi siempre inconsciente: no digo —aunque casos habrá— que la mujer que se pasea por la calle enseñando las nalgas esté pensando “¡qué domesticados estáis, cómo os domino!”; no. Más bien, con toda probabilidad, pensará algo así como “me siento libre, segura y atractiva”; pero esta seguridad y libertad son producto, por una parte, de la educación y las normas sociales, y por otra —en última instancia— de que el Estado ejerce, mediante su monopolio de la violencia legítima, una contención de la masculinidad. Esa libertad no existiría sin estos factores, y la asimetría del equilibrio así logrado es muy chocante: la ropa provocativa estimula el instinto masculino, pero la domesticación evita que éste se traduzca en actos. La mujer obtiene así validación sin coste, atención sin agresión.

No obstante, maticemos todo esto un poco. Por un lado, el riesgo no ha desaparecido por completo y aún cabe un mayor grado de domesticación: las mujeres que se visten de forma muy provocativa siguen estando estadísticamente más expuestas a intentos de acercamiento no del todo pacíficos y, en determinados contextos, incluso a agresiones. El sometimiento del hombre no ha eliminado su instinto; sólo lo ha inhibido gracias a un frágil equilibrio. De hecho, en períodos de ruptura del control social (saqueos de ciudades, colapsos de autoridad, situaciones de guerra) la vestimenta femenina provocativa desaparece inmediatamente porque, en tales situaciones, los varones dejan de aplicar ese autocontrol aprendido. Por otro lado, no sólo se ha domesticado al hombre, sino que se ha logrado relajar las normas de censura mutua de las propias mujeres. Y por último —punto éste de particular interés— existe un componente oculto de competencia femenina: vestirse de forma más provocadora no sólo sirve para atraer hombres, sino para desplazar a otras mujeres en la jerarquía de atención. Esto no es empoderamiento frente al varón, sino rivalidad entre ellas. Hay aquí una paradoja, ya que vestirse para atraer la mirada del hombre —aunque sin mayores consecuencias— significa que ellas continúan adaptándose a las preferencias de ellos.

En efecto, con enorme frecuencia —y a menudo de manera inconsciente— la elección de ropa más ajustada, escotada o reveladora tiene como función última (evolutiva) o próxima (psicológica) la de captar, gestionar o testear la atención de los varones. No es que esto sea una ley universal: muchas mujeres se visten así por comodidad, moda, presión grupal, autoexpresión o simplemente porque les gusta cómo se ven ante el espejo, sin mayor intención directa hacia el varón; pero es válida en el caso general. Entiéndase bien: normalmente la mujer no se dice a sí misma “voy a vestir estas mallas para ponérsela dura a Fulano”, sino que sigue una lógica de “me veo bien”, “estoy sexi”, “hoy me apetece esta ropa”; pero dicha sensación de “verse bien” ya incluye implícitamente la anticipación de la mirada masculina como validación. Es un comportamiento adaptativo calibrado finamente, aunque no sea estratégicamente explícito. Hay de esto clara evidencia empírica. Varios estudios de psicología evolutiva muestran que las mujeres aumentan el uso de su ropa más sexi durante los días de mayor fertilidad del ciclo ovulatorio, lo cual revela que hay una base biológica adaptativa: llamar la atención de posibles parejas cuando la probabilidad de embarazo es mayor. En contextos de búsqueda de “ligue” (citas, discotecas, Tinder…) la relación entre ropa provocadora e intención de atraer al hombre es directa y autoinformada. Y aunque muchos atuendos sexis son menos cómodos que alternativas más holgadas, la mujer tolera esa incomodidad como coste a pagar por condicionar la percepción y respuesta del hombre.

La paradoja consiste en que un empoderamiento completo debería llevar, en principio, a vestirse sin la menor atención a las preferencias estéticas del varón o a su posible excitación sexual, o sea atendiendo exclusivamente a criterios de comodidad, funcionalidad o gusto propio (sea ésto dicho con cierto escepticismo, pues ese “gusto” se ha forjado, casi siempre, anticipando la atención masculina). Así ocurre en algunos países —pienso, por ejemplo, en Finlandia— donde muchas mujeres tienden a vestirse con ropa “antilíbido” y, en ocasiones, casi estrafalaria. Ese vestuario eminentemente práctico o cómodo sería inoperante como ostentación del sometimiento masculino, y por tanto no puede ejercer esa función “declarativa de poder” que yo le atribuyo a la ropa sexi. Quizá en tales países la autonomía personal femenina se conquistó, interiorizó y asumió hace mucho tiempo, y ya han superado esa etapa. Ahora bien: esta paradoja, antes que desbaratar mi tesis, la refuerza, ya que en las sociedades donde la mujer se viste de forma provocativa y el hombre ha sido domesticado, el mensaje de fondo que puede captarse (de forma clara por el varón analítico, quizá sólo débilmente y de manera subliminal por los demás) es el siguiente: “mirad cómo me visto, cómo os provoco sexualmente sin que podáis mover un dedo ni mirarme siquiera al escote sin que caiga sobre vosotros todo el peso del reproche social y el poder coercitivo del Estado. Obligaros a inhibir de manera humillante vuestro instinto masculino es la prueba última del dominio que ejerzo sobre vosotros”. La psicología social define el poder como la capacidad de imponer costes a otros sin sufrirlos uno mismo. Pues bien: la impotencia ante la provocación es la prueba de ese poder, y en torno a la ropa provocativa hay un componente inconfundible de exhibición de inmunidad. Para un varón cuyo programa biológico incluye responder con deseo y aproximación frente ciertos estímulos, ser forzado a inhibirse ante ellos cuando se exhiben de manera intencional puede ser experimentado como una castración simbólica. La sociedad le dice “tu deseo sólo es válido cuando y donde nosotros permitimos; tú no eliges, nosotros controlamos tu respuesta”. Y esto, desde la óptica del instinto puro, es una humillación, lo admitamos o no.

He de hacer hincapié, para no suscitar paranoyas, en que la inmensa mayoría de las mujeres no formula mentalmente ese mensaje ni se le pasa por la imaginación. Sería muy raro —aunque puede ocurrir— que hubiese una intención deliberada de mortificar o envilecer. Quizá se trate sólo de un mensaje producido por el subconsciente colectivo femenino y que la mujer individual transmite sin darse cuenta.

Sea como fuere, bien puedo concluir diciendo que el empoderamiento sexual de la mujer produce sociedades de eunucos. Esta afirmación es, por supuesto, una exageración deliberada; pero contiene una verdad incómoda. “Eunuco” es aquí una metáfora del varón desactivado, no en sentido fisiológico sino conductual: aquél que, recibiendo estímulos que su biología interpreta como “cópula posible”, ha internalizado tan profundamente la prohibición de actuar que su respuesta externa se asemeja a la de un emasculado. Así, las sociedades occidentales han invertido la antigua asimetría: antes, la mujer cubría su cuerpo de arriba a abajo para no provocar el deseo del hombre; ahora, él debe cubrir su deseo en igual medida para no alterar la paz social o acabar en el calabozo. Y muchos varones pagan un precio real —bien como ansiedad, frustración o necesidad de entornos segregados (gimnasios, prostitución, pornografía)— por gestionar un impulso que el espacio público ya no permite expresar ni siquiera en formas suaves. De hecho, algunos jóvenes educados en este nuevo régimen desarrollan verdaderas dificultades para iniciar relaciones normales por miedo a transgredir. Quizá la mayoría de los hombres se adapten sin trauma y el grueso de la población masculina haya internalizado las nuevas reglas sin percibirlas como humillantes; pero eso es precisamente lo que hace más válida la metáfora: a efectos prácticos, se nos ha convertido en eunucos.

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Norteamérica 31. La sorprendente Alaska y una guarida de hippies

Domingo, 7 de septiembre. Mismo lugar.

¡Vaya puta mierda de albergue!, si se me permite decirlo. Encima de todas las restricciones que ya he mencionado, el personal es antipático y gilipollas. El único punto positivo es que se nos permite a los huéspedes hacer llamadas locales, gratis, si duran menos de tres minutos.

La jornada de ayer fue muy amena e interesante. Brillaba el sol, aunque hacía fresco, y Alex me llevó con él a visitar la bahía Turnagain, que es preciosa. La carretera discurre flanqueada por el mar (a 50 m) y por las montañas (a 100 m) en un bonito contraste. Tuvimos la suerte de coincidir con el momento de mayor intensidad de la merea entrante, tan grande en esta latitud del Pacífico (la diferencia de nivel entre bajamar y pleamar puede alcanzar el equivalente a cuatro pisos de altura) que producía un fenómeno curiosísimo e impresionante: el agua marina, al inundar el llano, negro y desnudo lecho de la bahía, lo hacía en una única ola que -como el correr de una cortina- avanzaba incesante playa adentro, desde mar abierto, a lo largo de varias milas, sepultando bajo diez pies de agua el lodo bituminoso del lecho, que en un instante desapareció de nuestra vista. Esa singular ola, que se formaba en la bocana de la bahía (donde, por cierto, vimos también unas cuantas de las pequeñas ballenas beluga) y no se detenía llegar a su extremo, iría seguida -es de suponer- por otras, pero mucho menos espectaculares, ya que avanzarían sobre el agua traída por esa primera, no directamente sobre la arena.

Continuamos por la carretera hasta el lago Portage, en el que morían dos glaciares y donde algunos arroyos venían a drenar sus aguas color azul grisáceo, tan frías que -por repetir las acertadas palabras de Alex- más que agua parecían hielo líquido. Y, de hecho, diríase que estaban más frías que el propio hielo. Aquí las llaman glaciar waters, y en efecto provienen -como claramente podía verse- del deshielo de los glaciares, que las destilan desde su extremo inferior en arroyos que se despeñan montaña abajo formando cascadas. También el agua del lago tenía ese color, pero perdía su oscuridad grisácea y adquiría un tono cobalto más claro.

Otro espectáculo digno de ver en aquella excursión fueron los centenares de salmones que, en sus últimos días de vida y con el lomo rojo y lleno de lamparones, trataban desesperadamente de hacerse camino hacia los desovaderos, aguas arriba de un cristalino arroyo. Tantos había y tan cerca nadaban de la superficie, que podrían cogerse fácilmente con las manos.

En un estand de por allí probé por primera vez un corn-dog, bocado antes muy popular y actualmente en declive, según Alex. Es como un hot-dog que, en vez de pan, va embutido en una masa de harina de maíz frita. Es barato y muy sabroso. Al regresar a Anchorage nos pasamos por el local donde trabajaba Sunny, una amiga suya (y no sé si algo más), y allí nos tomamos, on the spot, dos o tres pintas de cerveza y un shot de licor de manzana. La chica era maja y tuve una animada conversación con ella mientras Alex entrevistaba al cantante que actuaba allí esa tarde. Cuando me separé de ellos, quedamos en que llamaría más tarde a Alex para que viniese a recogerme al albergue y tomar unos últimos cacharros en otro local donde Sunny estaba de camarera, pero no fui capaz de dar con él: o tenía el móvil apagado, o no supe marcar bien el número; de modo que, tras dejarle un mensaje, y otro en casa de ella, me acosté.

Ahora son las 11:20 y el hostal está casi desierto. Se nota el final de la temporada alta. He pasado frío esta noche porque, encima de que el albergue no tiene la calefacción encendida, me han asignado un dormitorio en el sótano, que es el lugar más fresco; y además nos hemos quedado sólo dos huéspedes de los cinco que éramos el día anterior, por lo cual somos menos a calentar el espacio con nuestros cuerpos. Y me temo que pagué mi frustración con mi tímido vecino, un tipo bastante simpático de Arizona que estaba deseando hablar, pues cuando intentó trabar conversación yo me hice el sueco. Ahora, al pensar en sus ojillos tristes y avergonzados, me remuerde la conciencia; pero no tuve ocasión de reparar mi error porque esta mañana se fue muy temprano. Por cierto que he hecho un nuevo intento -fallido- de contactar con Alex y Sunny, así que lo intentaré más tarde. Según me dijeron, hoy me darían un lift en dirección a Homer, pero ya veremos.

Lunes, 8 de septiembre. Homer (Alaska)

Ayer, por fin, conseguí hablar con Alex. Todo fue con retraso y la salida de Anchorage se demoró hasta la una y media. Me dijo que sería cosa de un rato y al final fueron más de dos horas. Si me hubiese dicho cuánto iba a tardar habría tenido tiempo sobrado para salir a comprarme un libro. Se presentó con Sunny (no, no era su novia) y me dieron un jalón de unas 30 millas hacia el sureste. Luego me invitaron a un restaurante, y pasaban ya de las cuatro cuando terminamos de comer. Allí nos despedimos.

De Anchorage al camping de Kelly cerca de Portage. Al este, glaciares.

Apenas me puse en la carretera me recogió el primer conductor que pasó. Era una mujer que tenía un camping cerca de Portage, donde me ofreció lugar para la tienda por cinco pavos. Acepté, claro. Era un terreno bastante grande y, según entendí, lo llevaba a medias con su hermano. Todavía están construyendo algunas cabañas. Cuando ya me había instalado, cambió de opinión y, por el mismo precio, me ofreció quedarme en una de éstas, así que mientras yo desmontaba otra vez la tienda y me mudaba, ella preparó la cama, arregló el desorden y encendió la estufa. Los demás huéspedes eran, por lo visto, clientes fijos; a saber: una mujer de estupendo aspecto y cara curtida que parece rumiar aquí su amargura; una pareja de hippies en una roulotte; un joven que trabaja como cocinero en un restaurante cercano; el chulo de la jefa, que es un pelirrojo con un perro más crudo que el copón (el perro); y un amiguete que hace de electricista. Ayer estaban también su padre y su hermano, pero se fueron a la tarde.

Para retribuirles el buen trato preparé la consabida tortilla española, que -como siempre- fue un éxito a pesar de las precarias condiciones en que hube de hacerla: sin útiles de cocina adecuados y a la débil luz de una Coleman; eso, por no mencionar a los tres o cuatro babosos perros gigantes husmeando por allí, a todos los porretas estorbando, o al electricista -que padecía del mal de San Vito- dando brincos por todo el lugar. Con diferencia, la mejor de todos, la más atenta y menos excéntrica, era Kelly, la dueña. Como pronto comprendí, aquello era una guarida de jipis. Tres o cuatro veces, como poco, me ofrecieron un chute de marihuana. Por suerte, al menos tenían cervezas frías. El cobertizo, que hacía las veces de cocina, comedor y salón, no dejaba de ser pintoresco, con sus paredes de troncos y su techo de lámina. Dentro de un bidón ardía una candela. Mientras estuvimos allí llovió un par de veces, y otras tantas se despejó, apareciendo el cielo estrellado. Doña Estupenda apareció, cenó un poco y desapareció sin haber probado mi tortilla. El cocinero se fue con ella, juntos pero no revueltos; y como ocupaban distintas cabins, no supe a qué atenerme; y sigo sin saberlo, porque parecen ir cada uno a su rollo. Poco a poco los comensales fueron desfilando a sus habitáculos y, al cabo, me fui yo también, dejando allí a Kelly con su chulo y el electricista.

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