El culo imposible de Iliena Lomonosova

Sin duda alguna, el trasero era la parte más singular de la notable anatomía de Iliena Tikhonovna Lomonosova.

Iliena Tikhonovna era delgada a la manera rusa. Quien tuviese la fuerza de voluntad suficiente para apartar la mirada de sus grandes y alargados ojos grises, cuyas pestañas -de puro largas- golpeaban, al abrirse los párpados, contra las cejas, que limitaban con dureza unas cuencas profundas; quien llegara, digo, a apartar la mirada de sus ojos, la dejaría resbalar después por unas mejillas de pómulos prominentes, una boca de labios carnosos y sonrisa agradable, un mentón regular, un cuello bien moldeado y un flaco esqueleto de estrechos hombros, busto escueto pero suficiente, cintura de avispa, caderas modélicas, vientre cóncavo y unas larguísimas piernas que se remataban, allí abajo, en unos pies de agraciada hechura. Así, vista de frente, Yeliena tenía un cuerpo de pasarela. Nada más y nada menos.
Pero era su perfil, un poco en escorzo trasero, el que nos descubría el paralizante relieve de su culo imposible: un culo prieto y turbador, de carnes turgentes, cuya inverosímil particularidad era que fuerzas imposibles, antigravitatorias, parecían tirar de él hacia arriba imprimiéndole, o confiriéndole, una curvatura tal que, de encontrarse la ecuación que la definiese, forzaría sin duda a una revisión de todos los modelos de la geometría. Un culo que, por sus aspiraciones astronáuticas, forzaba a la espalda a curvarse graciosamente hacia delante al tiempo que era, sin lugar a dudas, la causa principal de la sorprendente longitud de las piernas. Un culo que invitaba a la coyunda inmediata y urgente. Un culo sublime de magnéticas propiedades que inspiraría la brocha del pintor, el cincel del escultor y el cartabón del arquitecto, y por el que, de haber existido en el momento y lugar adecuados, se habrían erigido pirámides y efigies.

El culo Iliena era una tentación superior a cualquier voluntad: contemplarlo sin llegar a catarlo fue el accidente que me costó la cordura.

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Ir de putas

Ir de putas ya no es lo que era.

No lo es, porque las putas ya no son lo que eran. No hablo, claro, de Madrid, Barcelona o ninguna ciudad grande, donde seguramente siempre ha habido mucho más movimiento del personal -oferta o demanda- sino del ámbito provincial y rural.

Antes tenían las putas una historia asequible, una vida local y un paradero conocido; las saludaba uno al cruzarse por la calle y acudía a ellas en busca de sus servicios profesionales igual que se busca al técnico cuando se le necesita, oye, Leandro, que la tele perdió la imagen. Antes se podía ir de putas como quien iba a ver a la novia; al fin y al cabo, una y otra la misma cosa. Eran como una novia que no podía comprometerse, que tenía otros novios y que, en lugar de sacarnos el dinero, directamente nos lo pedía. Algunos clientes más asiduos incluso tenían crédito. La puta podía ser amiga, psicóloga, confidente, compañera y a veces igual que una madre. Como siempre eran las mismas, plaza fija durante años, con frecuencia se establecían con ellas relaciones afectuosas, de cariño. Incluso no era difícil que se encapricharan de uno y de vez en cuando le hiciesen alguna faena de balde. Cierto que los muchos años trabajando en el oficio las ajaban de forma prematura y era difícil encontrar una que conservara firmeza, belleza y frescura; pero su falta de atractivo físico quedaba compensada con su familiaridad casi entrañable, con su cierta ternura residual no fingida y su saber hacer profesional.

Pero desde el advenimiento de las extranjeras todo cambió. Donde antes reinaran la confianza y la tranquilidad, vinieron la desconfianza y las prisas. Ir de putas empezó a tornarse una actividad febril, casi estresante: en su atolondramiento de novatas y su prisa por pagar la deuda con los coyotes, la relación con el cliente se hace impersonal y fría; lo primero es pedirte la platita, luego el tiempo siempre apremia, aprisa, aprisa, y por último si pueden te roban la cartera. Y ya no se puede tener la seguridad de encontrar a ninguna conocida porque ahora las chicas en los burdeles se renuevan con rapidez; de lo que, por cierto, algunos puticlubes hacen triste gala, anunciando el cambio de personal como si se tratase del ganado que se merca en una feria o el género en una pescadería, Maruja, todo el pescado es fresco, todo se vende en el día. Cierto que los nuevos países proveedores nos suministran un material de primera, jovencísimas beldades que despiertan el incesto que cada hombre abriga, chiquillas que de otro modo jamás poseeríamos, esbeltas y prietas niñas con el pecado o el desprecio (a cual más excitante) pintado en el rostro y que encienden nuestra pasión como nunca lograron las otras. Pero las ventajas difícilmente superan a los inconvenientes. Las morenas promesas de deliquio con frecuencia se estrellan contra la frialdad o el mercantilismo de estas nuevas hetairas, o contra nuestros propios miedos; a la postre, termina uno echando de menos a las buenas, marchitas y entrañables putas de antes.

Desde que ir de putas no es lo que era, casi veo más interesante echarse novia.

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Soneto a Josefina

Escribir un soneto yo quisiera
que lograse ilustrar debidamente
qué es esta oscuridad intermitente
que alterna con la luz más placentera.

Pues si es bueno acercarse al que te cuida
al tiempo que alejarse del que hiere,
¿qué rumbo ha de tomar aquél que muere
por el ser que a la vez le da la vida?

Soy de muerte viviente prisionero
si el ser que, con ser, mi vida ilumina,
con su rechazo yo siento que muero.

Sea, pues, mi vida mil veces maldita,
si, dándome la vida Josefina,
la misma Josefina me la quita.

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La señorita Durán

Satisfecho, ufano en su flamante B&W descapotable del 87, Pedro Hernández va trazando con inigualable maestría, fruto de su destreza natural a dosis iguales con su práctica, las numerosas, enlazadas y ágiles curvas de la carretera local que separa, o tal vez une, los pueblos de Olivera y Arsa. El aire que por la ventanilla derecha, semiabierta, se cuela y arremolina en el habitáculo, trae restos de aromas de jara, lavanda y romero. Y si no fuese ya noche; si la tímida luz del cuarto creciente lunar alcanzase a sustituir la luminosidad del largo ocaso estival que acaba de morir, definitivamente, unos minutos atrás y nos permitiese distinguir el semblante de Pedro, podríamos alcanzar a ver cómo al cabo de cada curva, al extremo de cada recta, a la coronación de cada repecho, a cada hectómetro dejado bajo los anchos, demoledores neumáticos de su poderoso bólido, se torna más y más firme la resolución que su rostro expresa, reflejo de otra interior: “está decidido; son ya más de seis meses de trabajo, sin que los magros resultados justifiquen el esfuerzo invertido.”

La gráfica imaginaria, espacial, en que Pedro representa el progreso de su labor en función del tiempo apenas tiene, con sus altibajos, una leve pendiente global positiva sin que sobre ella influya significativamente el que en las abscisas figure, en lugar del tiempo, el esfuerzo, puesto que éste ha sido, a lo largo de aquél, tan constante como el jalonado métrico de la carretera que conduce al conductor a su destino: salvando los primeros días, en que se pusieron boca arriba tan rápida e inesperadamente las cartas, el resto del tiempo ha visto un trabajo regular, semana tras semana, de permanente presencia en el escenario, de palabras y sonrisas, de preguntas y respuestas. Esfuerzo y tiempo, tiempo y esfuerzo. De hecho, Pedro ni siquiera sabe dónde acaba uno y empieza otro o cuál es la frontera entre ambos. Puede que no haya hecho grandes derroches energéticos, lanzado dinámicas ofensivas ni desarrollado audaces maniobras, pero a cambio ha consumido considerables cantidades de ese valioso combustible, precioso, limitado e insustituible que es el tiempo. Su tiempo. ¿Acaso eso no supone ya un esfuerzo? ¿No se requiere, a veces, tanta o más voluntad para reprimirse que para actuar? Durante meses Pedro ha realizado, cuando menos, el esfuerzo de mantenerse allí constantemente disponible, absteniéndose de otras inversiones más rentables, reprimiéndose de buscar otras hogueras en que inmolar su tiempo; demostrando, en definitiva, que su disposición y voluntad hacia el negocio eran tantas como, en su particular visión de la vida, podían esperarse del más serio y honesto pretendiente.

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