Suponiendo que existe el amor…
Claro que, ¿y si no existe? Pues ha de existir: lo necesito para esta tesis; sin él no puedo avanzar y tendría que renunciar a escribir este artículo. Así que, si es necesario, haré trampas ofreciendo una definición del amor que se adapte a dicha necesidad y trabajando después sobre esa definición, cierto ya de la existencia real de ese amor que acaso voy a inventarme. Y estoy hablando, por supuesto, del amor sexual.
Pero tampoco soy exigente. Mi necesidad no me impone un concepto especialmente restringido del amor, ni de una rigidez excesiva. Al contrario, más bien me inclinaré por algo abierto, poco concreto. Previamente he consultado los diccionarios para verificar que el modo en que definen esa palabra no supone ningún obstáculo a mi propósito. En cualquier caso, y aunque no pretendo enmendarles la plana a académicos y eruditos, les pido me perdonen la opinión de que las acepciones que ofrecen del amor adolecen de una falta de pasión y lirismo. Me siento, pues, enteramente libre para ofrecer la mía.
Así, entiendo que el amor, antes que un sentimiento, es un estado del espíritu, de la conciencia o del ánimo en virtud del cual hacemos depender nuestra felicidad, valga decir nuestro bienestar emocional, de las atenciones que nos preste la persona amada, del grado de importancia que ocupemos en su vida, los cuidados que nos otorgue, la consideración en que nos tenga, las caricias que nos propine, el sexo que nos proporcione, el apoyo que nos ofrezca, la comprensión que nos muestre y, en general, cualquier manifestación sincera que revele su disponibilidad o dedicación hacia nosotros. Nótese que, según esta definición, para que haya amor es necesario que nuestra felicidad dependa de tales elementos, no de que los obtengamos: saberme amado por María, saber que soy su razón de vivir o que suspira por mí, no basta por sí solo para que yo la ame; pero la inversa sí es cierta: si yo la amo, necesito que ese estado del ánimo sea recíproco. Claro está que, en la medida en que amamos, nos vemos obligados a retribuir en la misma moneda -de forma simultánea o no- a la parte contraria, pero solemos procurar -como en cualquier otra transacción- salir ganando en el intercambio, o al menos no salir perdiendo. Dicho en términos energéticos: que el amor anhelado nos dé el mejor rendimiento posible.
A partir de aquí se pueden hacer, de forma inmediata, tres proposiciones. La primera, que el amor no es unidireccional ni exclusivo, no es una de esas aplicaciones biunívocas de la teoría de conjuntos: podemos amar a, y ser amados por, varias personas a la vez, si bien por razones evolutivas y culturales lo habitual es que nuestro amor se dirija únicamente a una o, como mucho, a dos personas, casi nunca con igual intensidad en este último caso. La segunda proposición es que el amor, salvo desviadas aberraciones, no es altruista ni desinteresado: va siempre encaminado a nuestro propio bienestar. Amamos en la medida en que pretendemos primero ganar, y después conservar, una serie de prestaciones y servicios por parte de la persona amada. En el peor de los casos, amamos por el puro placer o martirio de sentirnos enamorados, de encauzar nuestra energía, enfocar nuestro pathos. Y la tercera -en realidad, un corolario de la segunda- es que el amor se merca por amor; o sea, que tiende a, o deriva de, la simetría en el intercambio del conjunto de prestaciones que comúnmente se admiten como de “curso legal” en los negocios de esa índole. Conjunto que, aunque bastante limitado, permite cierta flexibilidad en el canje; de modo que, en una pareja, uno de los contratantes puede aportar más tolerancia que humor, por ejemplo, mientras que el otro a lo mejor proporciona más sensualidad que sosiego emocional.
Así, pues, el amor no se compra con dinero ni con otros bienes materiales, pese a la dura ley de la vida. El enamorado puede, sí, ofrecer dinero, patrimonio o poder a la persona amada, pero eso no compra su amor sino, quizá, sólo sus favores, eso que he dado en llamar “prestaciones”. El amor es algo más espiritual, aunque en última instancia se manifieste en cosas prácticas y terrenales. Conviene, además, dejar clara una cosa: aunque el amor se traduzca, al final, en un intercambio, no puede procederse a la inversa y deducir, a la vista de éste, que exista aquél como causa primera. De hecho, muchas parejas (si no la mayoría) se mantienen sin que subyazga un amor, aunque al principio probablemente lo hubiera.
Son pocas, en efecto, las relaciones de pareja basadas en un amor así definido. Marcel Proust estaría de acuerdo en que el amor se siente con más intensidad cuando no es correspondido, bien porque haya dejado de serlo, bien porque se espere que lo sea; y cuando lo es, puede mantenerse ese estado anímico una temporada más o menos larga; pero es difícil que, con el tiempo, no dé paso a otra cosa tan diferente como es el cariño. Así, pues, para mí el amor casi un sinvivir, y el estado más habitual de quienes lo sienten es una conmistura de frustración, anhelo y esperanza. Cuanto más equilibradas están las fuerzas, cuanto más equivalentes y similares los servicios que se canjean, más probabilidades de que el amor sea duradero, aunque no esté yo diciendo con esto que esa durabilidad constituya un ideal. Pero estoy divagando. Lo que importante es que, con la definición ofrecida, puedo comenzar mi exposición con la seguridad de que nadie podrá venir a desmontar mi tinglado llamándome incauto y aduciendo que no hay altruismo ni desinterés en lugar alguno de la naturaleza.
De modo que recomienzo: suponiendo que existe el amor, creo que puede compararse con un río cuyo caudal contemplamos, y sentimos, subidos a una barca amarrada a la orilla (echo mano del símil fluvial por considerarlo alegoría universal de fácil comprensión, pero cualquier tipo de caudal que discurra por un cauce en régimen laminar satisfaría igualmente la metáfora). Del mismo modo que, mientras damos amarra, podemos observar el agua que fluye cauce abajo, y sentimos incluso el empuje de su fuerza sin que, gracias a la cuerda que nos asegura a tierra firme, perdamos el dominio de nuestra posición ni la libertad de movimientos, así también, gracias a un acto de la voluntad, solemos ver pasar por nuestra vida, sin de ellas enamorarnos, a las personas susceptibles de ser amadas. Pero, al igual que si soltamos nuestra amarra nos vemos enseguida arrastrados por la corriente en que estamos inmersos, tanto más cuanto más cerca del centro del río nos encontremos, de modo que si a unos pocos metros de la ribera todavía podríamos, con no demasiado esfuerzo del remo, acercarnos a ella y volver a la seguridad de la orilla, cuanto más nos alejemos de ella más a merced del agua nos encontraremos y más trabajo nos costará el regreso, de igual forma si al paso de alguien a quien amar aflojamos -por la causa que sea- la amarra de nuestra voluntad y nos dejamos llevar por el amor, nos encontraremos perdidos y atrapados en él tanto más cuanto más fuerte sea su corriente o más impulso hayamos tomado desde la orilla, de manera que nos supondrá un gran esfuerzo y mucho sufrimiento volver, cuando queramos hacerlo, a la seguridad y tranquilidad que en un principio no nos costaba apenas nada mantener.
Mi teoría presume, por tanto, en contra de otras opiniones, que enamorarse es un acto volitivo. Creo que el amor no es una fatalidad que llega impulsada por los vientos del destino y sobre la que no tenemos control alguno, sino que convive junto a nosotros siempre de forma latente, como un flujo que nos envuelve igual que una corriente de aire y del que nos dejamos llevar cuando así lo queremos. Más que enamorarnos, nos dejamos enamorar, lo toleramos, nos permitimos o concedemos impulsarnos al caudal del amor para que nos lleve. Y se trata de una corriente fuerte e impetuosa: en cuanto nos separamos un poco de la seguridad de tierra firme, ya estamos bajando vertiginosamente a su merced. Pero “voluntario” no significa consciente: podemos navegar en el amor sin darnos cuenta del proceso igual que nos sonamos la nariz de forma automática: no es un acto reflejo o incontrolable como el respirar o, menos aún, como el latir de nuestro corazón, y tampoco es una necesidad insalvable, pero sí puede -y suele- ser inconsciente. Cuanto más atentos estemos a este proceso, en mejores condiciones estaremos de manejarlo a voluntad, pero una vez en manos del amor, tan perdidos estamos en un caso como en otro.
De este modo, cada vez que nos encontramos con una persona “amadera” nos hacemos, a sabiendas o no, la siguiente pregunta: ¿me enamoro de esta persona o no lo hago? O, volviendo a mi símil: ¿deshago el nudo que me mantiene sujeto a la orilla, aflojo mi asidero, o permanezco con la mente y el corazón serenos, en equilibrio estable? En tales situaciones, la inmensa mayoría de las veces optamos por la inactividad, por permanecer como estábamos, ya que no somos tan locos de precipitarnos a un amor del que sepamos que no vamos a obtener nada, puesto que la mayor parte de los amores están llamados al fracaso: prohibidos entre hermanos, entre progenitores y descendientes, entre personas ya comprometidas (la famosa mujer del prójimo); desgraciados entre los de muy diferente condición social o riqueza; impensables hacia quien nos desdeña o desprecia; trágicos entre enemigos; insostenibles entre quienes viven lejos o apenas tienen ocasión de tratarse; inaceptados entre distintas razas o religiones; incompatibles entre diferentes caracteres. Hay mil razones por las que renunciar a enamorarse como hay mil formas de hacer mal las cosas y sólo una de hacerlas bien, sin que esto deba entenderse como una aproximación a la teoría de la media naranja, de la que estoy tan alejado como se pueda.
Así, una vez que nos hemos cruzado con esa persona amadera, la decisión de enamorarse, o no, es ya asunto de cada cual. Quién lo hará por mitigar su soledad, quién por necesidad de sexo, quién por querer fundar una familia, quién por alimentar su vanidad, quién por hallar estabilidad, quién por aburrimiento, quién por avidez de afecto, aunque la mayoría, seguramente, un poco por todo eso. En cualquier caso, las razones que tenga uno para querer o rechazar enamorarse se alejan del objeto de esta digresión, que no es otro que responder a la pregunta siguiente: ¿por qué es tan fácil enamorarse una vez que lo hemos decidido -siquiera haya sido a la ligera o por aburrimiento- y tan difícil desenamorarse por muy fuertemente que lo deseemos? Yo creo que la causa hay que buscarla en la entropía y el Segundo Principio de la Termodinámica.
En cualquier proceso térmico, la entropía de un sistema (función directa de su probabilidad de estado, o sea del número de formas microscópicas diferentes en que dicho sistema puede manifestarse) mide, de algún modo, su energía no aprovechable. Es clásico el ejemplo del pozo cuya profundidad es mayor que la longitud de la soga a la que atamos el cubo: aunque el agua esté ahí, hay una cantidad de ella que no podremos sacar porque la soga no nos alcanza. Eso sería la entropía. Y según la segunda ley de la termodinámica, la entropía total de cualquier sistema aislado tiende siempre a aumentar. Sólo se puede disminuir a costa de un trabajo exterior, trabajo que requiere siempre más energía de la que luego podremos extraer del sistema al que la aplicamos. Por eso la entropía total del universo, único sistema aislado que conocemos, va en aumento.
Quizá todo esto se comprenda mejor diciendo que la entropía es una medida del desorden, del caos. Vemos constantemente cómo el polvo y la suciedad se acumulan en los muebles y el suelo, cómo las tejas se caen y se rompen en pedazos, cómo la ropa se amontona y arruga sobre las sillas o la cama; pero jamás observaremos que esa camisa se pliegue espontáneamente, ni que mil pedazos de barro se junten formar una teja y luego ésta dé un brinquito para subir al tejado y colocarse en el hueco donde hacía falta, ni veremos nunca que el polvo del ropero se organice y dirija hacia la ventana por donde entró. No porque sea físicamente imposible, sino porque es prácticamente improbable. Para que ocurra cualquiera de estas cosas, necesitamos aplicar un trabajo, puesto que todos los procesos espontáneos que tienen lugar en la naturaleza son irreversibles y suceden únicamente en el sentido de aumentar el desorden y, por tanto, la entropía. Los estados ordenados de los sistemas necesitan, para obtener dicho orden, un consumo energético mayor que el que luego podemos obtener de ellos. Un árbol, por ejemplo, ha obtenido del sol, el aire y el suelo más energía de la que luego podremos obtener quemando su madera. Las olas del mar le han robado al viento más energía que el trabajo que de ellas puede obtenerse. Y así sucede con todo.
Volviendo al amor, el lector avisado ya verá venir el final de mi exposición: así como en el símil fluvial la barca amarrada supone un estado más ordenado de las cosas que cuando se halla en mitad de la corriente, de manera que para pasar del primero al segundo apenas se requiere un empujoncito mientras que para el proceso inverso tendremos que aplicar toda nuestra fuerza a los remos, así también cuando nos mantenemos expectantes frente al amor que pasa disfrutamos de un estado mental ordenado y seguro: con un mínimo esfuerzo, el de resistirnos al amor, nuestra tranquilidad emocional se mantiene bajo control y tenemos el espíritu sosegado, las ideas en orden; pero en el momento en que nos dejamos caer, con plena conciencia de lo que hacemos o porque hemos relajado la vigilancia, y nos incorporamos al torbellino del amor, entonces nuestra mente se sume en un caos del que ya no podremos salir sino a costa de ímprobos esfuerzos, a veces con graves pérdidas y hasta, en alguna ocasión, dejándonos la piel en el intento.
Así, pues, creo que la probabilidad de estado (por tomar prestado otro término físico) de un cerebro enamorado es mayor que cuando no lo está; se trata de un sistema con más alternativas microscópicas, con más desorden en las ideas, en las emociones, en las sensaciones, con la voluntad menos coordinada y el pensamiento más caótico. En resumen, quien se enamora aumenta la entropía de su espíritu. Este proceso, que se consigue sin trabajo por ser irreversible (en el sentido termodinámico), pero para desenamorarse hay que volver a estibar el contenido del cerebro, tomar de nuevo el mando sobre las ideas, hacer una colada y una limpieza mentales, arranchar los sentimientos, recuperar nuestro extraviado albedrío… y todo esto de disminución de la entropía necesita un gran aporte de trabajo “externo”, en este caso de la voluntad.
Cuando, a la luz de estas ideas, considero lo frágil que es la mente humana, lo estrecha que es la frontera de su desequilibrio, me parece milagroso que no haya más enajenados.