Atardecer en Cracovia

Fue una de las tardes más tristes de mi vida, creo.

Paseábamos en silencio por el caduco parque Bernardskiego y, como quien se desangra, con cada paso que dábamos una mayor lasitud nos vaciaba. Era como un tácito adiós.

En la tarde anaranjada que moría, fuimos a sentarnos sobre las gradas de piedra, medio en ruinas e invadidas por la hierba, de un centenario campo deportivo. Allá, al otro extremo, unos hombres jugaban al balón y sus voces dispersas, indistintas, acentuaban el silencio y nos aislaban incluso de nosotros mismos.

La alegría de la víspera subrayaba aún más el aciago fracaso de aquella jornada: habíamos acordado pasar unos días juntos para volver a intentarlo por última vez; pero, como siempre, pasada la excitación y el entusiasmo de las primeras horas, aquella mañana habíamos discutido y durante todo el día un vacío elocuente y pertinaz, cargado de nostalgia e impotencia, se instaló entre nosotros dejándonos indefensos. Demos un paseo, había propuesto ella para escapar de aquel infierno de sentimientos muertos.

Amparados por las voces de los jugadores, perdidas en la nada nuestras miradas, veíamos caer los minutos como campanadas de duelo. Le dije te alejas de las personas que te quieren porque crees que no mereces ser feliz. Le dije pero no has de expiar ningún pecado, tienes tanto derecho a la felicidad como cualquiera. Ella me miró con una sonrisa llena de ternura pero tan triste como la vida, y entonces vi, con total desolación, cómo su amor se iba ocultando segundo a segundo (era el sol poniente de la tarde que nos amparaba) tras aquellos grandes ojos claros; cómo su cariño se me escapaba, cual pajarillo que huye de nuestra mano, sin sin poder hacer nada para detenerlo.

El silencio habló por nosotros aún algunos momentos, hasta el final del crepúsculo. Entonces, ella se inclinó para besarme en la mejilla: por las suyas, dos gruesas lágrimas, derramándose desde sus largas pestañas, dejaban el rastro brillante y salado del desamor.

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La edad de Ambrosio

Ambrosio Montalvo Galván tenía 33 años. Circunstancia que, en principio, a nadie tendría por qué extrañar, con tanta gente como hay en el mundo a la que le sucede lo mismo. Tener 33 años no es cosa nueva, nada que se haya inventado recientemente, ningún capricho del azar u objeto de la moda, ni resulta un hecho antológico o excepcional. Sin embargo, la particularidad del caso de Ambrosio Montalvo Galván, lo que lo convertía en extraordinario (si bien, como se verá enseguida, para él resultaba lo más ordinario de su vida), era que se trataba de una edad inmutable, permanente, ajena por completo a la existencia del calendario. Su edad no era una f(t), una variable función del tiempo, sino una C, una constante inalterable, aunque no eterna. Y es que Ambrosio Montalvo Galván, por asombroso e increíble que nos parezca, siempre tuvo 33 años.

Por supuesto, no faltarán quienes, depositando una confianza ciega en el progreso, traten de explicar tan incomprensible fenómeno apelando a la posibilidad, remotísima pero no descartada, de que los avances en la ingeniería genética, la bioquímica o cualquier otra rama afín de la ciencia hubiesen permitido la artificial prolongación indefinida de la vida humana. Pero no. Contra nuestro deseo, tendremos que privar a tan bienintencionados lectores del consuelo que una explicación racional proporciona, pues lo paradójico, lo absurdo, lo verdaderamente inconcebible del caso era que Ambrosio, que tenía siempre 33 años, envejecía sin embargo como cualquier otro mortal: el tiempo, que para nada influía en su edad, afectaba, no obstante, a sus células con normalidad.

Sí, amigos míos: Ambrosio Montalvo Galván ya tenía 33 años cuando nació, en lugar incierto y tiempo (obviamente) desconocido. Los tenía cuando su rostro impúber empezó a recibir las fastidiosas visitas del acné y sus crueles compañeros de clase hacían incesante burla de la edad que, con tímida reserva, manifestaba al ser preguntado. 33 años tenía cuando los aparentaba, y también antes y bastante después, cosa ésta que le granjeó cierta -e inmerecida- fama de mirliflor. Seguía teniéndolos cuando, a causa de las oscuras circunstancias de su nacimiento, hubo de pelear denodadamente, aunque sin éxito, contra una burocracia administrativa que se negó a concederle la pensión de jubilación; y aún los tenía, 33 años como 33 soles, cuando los achaques de la salud se lo llevaron de este mundo.

Sus seres queridos, sabedores de su pequeño drama personal, no vacilaron en escoger el epitafio:

Ambrosio Montalvo Galván.
Muerto a los 33 años de edad.
Dios lo acoja en su seno.

Y estos son hechos que, nos guste o no, debemos creer. Reputarlos inverosímiles o mirar hacia otro lado no nos servirá para alterar en lo más mínimo su verdad.

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El envés de las palabras

No es fácil aprehender el mensaje y, sin embargo, ahí está: claro, vibrante, sonoro, unívoco y rotundo:

Tin morín de dos pingués, cúcara mácara chúcara fue.

Pasamos rápidamente sobre estas palabras y, engañados por su aparente falta de sentido, no nos detenemos a entenderlas, casi apenas a escucharlas, como quien mira por encima una sopa de letras. Sin embargo, a poco que las observemos con algo de detenimiento, a poco que les prestemos una mínima atención, si somos capaces de abstraernos de su palabridad, mirarlas por el envés y escucharlas no con el intelecto sino con el bulbo raquídeo -como dicen que sucede con los olores- se nos revelará su innegable contenido y su nada despreciable valor. Pero hay que intentar comprenderlas con la herramienta adecuada, o si no fracasaremos. Hay que dejar que ellas se apoderen del ámbito cóncavo de nuestra conciencia, previamente desalojada de prejuicios semánticos; que su ritmo natural se acople, en perfecta resonancia, a la frecuencia de vibración de nuestras moléculas, o tal vez al latido de nuestro corazón; hay, por supuesto, que cerrar los ojos mientras se verbalizan. Forman un poema, una sinfonía en inequívoca rima asonante.

El primer verso expone el argumento, que no es sino una pregunta flexible, muda, poliédrica y vital:

Tin
morín
de dos
pingués

Hela aquí. Ya su esencia se ha fusionado con la nuestra, ya ha tomado posesión de la conciencia, se ha apoderado de los sentidos, ha desplazado toda otra idea del pensamiento, ha dejado en suspenso la atención y en vilo el alma. Por un instante la respiración se detiene, y el pulso se acelera ligeramente. En este momento lo ignoramos todo, tenemos la mente en blanco como recién nacidos. La cadencia sinuosa de las palabras nos hipnotiza, nos seduce, nos embruja, nos hechiza. Cualquier cosa puede suceder: la fin del mundo, una supernova, el colapso universal, la antimateria, la campanada trece de las doce, el llanto infantil de un gato en celo, el perdón de los pecados o la resurrección de los muertos.

Hacemos una breve pausa que dura un número capicúa de años y, entonces…

Entonces el segundo verso desgrana por etapas, en cascada, con claridad creciente, exponencial, hasta su final apoteósico, conclusión y obvia respuesta:

cúcara
mácara
chúcara
fue.

¡Qué simetría maravillosa! ¡Qué cadencia! Y no podía ser de otra forma: un desenlace sencillo, predecible y elegante. Es el traquido de una falla, el derrumbe de un castillo de naipes, el inverosímil chasquido de un glaciar, el desgarrón de la nube tormentosa, el diluvio, la distensión de una estructura cristalina conduciendo inexorable hacia ese final, que es solución finita, única, de un sistema infinito de ecuaciones; un remanso de paz, el descanso de todo nuestro cuerpo en tensión, un acorde de tono mayor, la resolución de un misterio, un suspiro de alivio, la vida volviendo a fluir, la armonía espiritual, la homogeneidad entrópica, la onda que una lágrima al caer provoca sobre la linfa serena de un estanque, una oscilación amortiguada que se pierde en el futuro.

Y, después, la nada.

Así entendido, resulta además obvio que dicho poema, anónimo y popular, sea complementario de este otro, de Machado:

Dijo Dios: “brote la nada”.
Y alzó su mano derecha
hasta ocultar su mirada.
Y quedó la nada hecha.

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Personas consumidoras

Antes había consumidores. Consumidores y usuarios. No parece probable que mucha gente se sintiera ofendida por ser consumidor, aunque por supuesto siempre habría quien, ignorando o despreciando las reglas del español, gritase aquello de: “¡Oiga, es que las mujeres no son consumidores, sino consumidoras!” Bueno, nunca falta gente que cree poder cambiar una sociedad mediante el simple método de cambiar las reglas gramaticales. En fin, para casos como ése, ya algunos políticamente correctos empezaron a utilizar la redundante fórmula de “los consumidores y usuarios y las consumidoras y usuarias”, e incluso algunos se adhirieron a la impronunciable -y punto menos que estúpida- fórmula de “l@s consumidor@s y usuari@s”. Todo ello bastante ridículo y poco práctico, amén de perfectamente incorrecto, habida cuenta que las normas del español no han cambiado.

Ahora, sin embargo, la Junta de Andalucía, en su afán por congraciarse con todos los progresistas del mundo, por darles satisfacción y por erigirse en números uno de la corrección política a costa de lo que sea, caiga quien caiga, han sacado el último grito en circunloquios feministoides: “las personas consumidoras y usuarias”. Bueno, esto ya roza la cretinez. Con tal de no utilizar el masculino (en su muy legítima e igualitaria función inclusiva), y probablemente con la “noble” intención de evitar la cacofónica repetición de los géneros, se han sacado de la manga este esperpento lingüístico, esta aberración de la palabra.

Personas consumidoras y usuarias, claro; muy bien traído a colación lo de “personas”, no vaya uno a confundirse, ¡faltaría más!, con las jirafas consumidoras y usuarias o con los escarabajos consumidores y usuarios; y eso por no mencionar a los jirafos y a las escarabajas. Eso sí: cuando les envías una consulta a través de su página de atención al cliente, tardan en responder, por término medio, un mes. O sea, la ineficacia al servicio de la corrección política.

Patético.

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Trafalgar Square: un intento de traducción

Es difícil traducir de un idioma a otro. Asumimos las traducciones como algo habitual y casi obvio sin pararnos a considerar la violencia que casi siempre hay que ejercer sobre la idea original para que permanezca inalterada tras la traducción; como si una lengua no fuese en buena parte el resultado de un modo de pensar, de sentir, de vivir; cosas éstas que no pueden trasladarse lindamente al receptor escogiendo una serie de palabras más o menos equivalentes que éste entienda sin que eso conlleve una pérdida de información, a menudo considerable y a veces fundamental.
Nos dicen con frecuencia que, cuando ya hablamos bien una lengua extranjera, empezamos a pensar directamente en ella. Yo, al revés, más bien creo que pensar en determinado idioma no es el resultado de hablarlo bien, sino su causa; o sea, que de algún modo sólo hablaremos bien una lengua cuando seamos ya un poco como las personas que la mamaron desde su nacimiento. Habremos tenido que volvernos un poco “extranjeros”, habremos tenido que incorporar en parte sus procesos mentales y sus valores, para que empecemos a pensar en otro idioma.

Un ejemplo: cualquier angloparlante que, sin pensar como nosotros, quiera traducir al español la frase “you have been warned”, dirá que su equivalente es “has sido advertido”; y cualquier hispanohablante lo entenderá a la primera, sin que nada pueda objetarse a esa traducción salvo el pequeño detalle de que nosotros no solemos ese giro, y más bien diremos “quedas advertido”. ¿Por qué? Pues quizá porque en nuestra idiosincrasia consideramos que cuando alguien advierte de algo a otro, lo importante, el elemento a destacar, es que el receptor tiene conocimiento de la advertencia, es el protagonista de la frase y sobre él recae la atención, mientras que el angloparlante tal vez concede mayor importancia a la acción de advertir y, de forma indirecta, al actor que la lleva a cabo. Ambas formas de decir una misma cosa son consecuencia de diferentes caracteres y modos de pensar, pues hay una serie de rasgos comunes del carácter que comparten de forma general los pertenecientes a un pueblo o cultura y que los diferencian de otros.

¿Cómo traducir, entonces, la frase sobre la que se erige la estatua de Nelson? England expects every man will do his job. “Inglaterra espera que cada hombre haga su trabajo” podría servir como primera aproximación; pero el mensaje que esta última frase nos transmite no es, sin duda, el que un inglés recibe al leer el original. No, porque expect no es simplemente “esperar que”, sino también “confiar en”, “contar con”, o incluso “prever” o “requerir”, lo cual ya no está demasiado lejos de “exigir”; de manera que lo que en principio parece la inocente manifestación de un deseo resulta tener, al final, casi la fuerza de un mandato: Inglaterra no sólo espera, sino que cree necesario y no aceptará otra cosa sino que cada hombre haga su trabajo. Bueno… ¿que lo haga? Aquí de nuevo encontramos lo intraducible, porque en inglés no existe el subjuntivo; no hay, en ese idioma, diferencia entre decir “que yo haga” y decir “que yo hago”. Pero es que, además, en esta frase se usa el verbo will, que se emplea no sólo para construir el futuro (lo cual, en realidad, es sólo una consecuencia de su significado original, primitivo), sino para indicar tantas cosas (aunque se deriven todas casi de un único concepto) como una resolución, una voluntad, una orden, una capacidad o una probabilidad. Por último, job, además de una ocupación (que no un oficio, como se traduce normalmente, puesto que un oficio es algo permanente, inherente a la persona e inalienable -el carpintero lo es por más que pase años sin trabajar la madera-, mientras la ocupación, que es el sentido de job, es algo que se caracteriza más bien por su carácter temporal), es, decimos, en primer lugar una tarea, pero también una obligación o una responsabilidad. Por todo lo cual me siento inclinado a creer que cuando un inglés pasea su vista por la inscripción al pie de Nelson lo que percibe, el mensaje que le llega, es más bien algo así como “Inglaterra espera, a la vez que requiere y confía en ello porque no concibe que pueda ser de otra manera, que todos y cada uno de sus hombres harán con toda probabilidad, porque pueden, saben y así se les ordena, harán resuelta y voluntariamente, cada uno, su tarea y obligación.”

Nada que ver, pues, con la sencilla frase que habíamos apuntado al principio.

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El ombligo del mundo

¿Tiene el hombre razones para considerarse el ombligo del mundo?

Desde luego no le faltan.

Me parece que fue Carl Sagan quien dijo lo de “a veces creo que hay vida en otros planetas y a veces creo que no; en cualquiera de los dos casos, la conclusión es asombrosa.”

No soy un creyente, ni mucho menos un crédulo, pero entiendo demasiado bien a quienes, con conocimiento de causa, hablan del “milagro” de la vida, y no puedo despreciar el tino accidental de quienes lo hacen por simple fe; porque, en efecto, el capricho de las fuerzas nucleares ha querido que los átomos con ocho protones -ni uno más ni uno menos- presenten un comportamiento inesperado, anómalo, dentro de los elementos de su grupo; una contingencia tan extraordinaria que resulta difícil considerarla fortuita (y quizá esos ocho protones sean “la firma del artista”, por usar palabras del propio Sagan), pues a partir de ella es posible la vida.

Posible -digo-, mas no necesaria aún; porque las condiciones prebióticas son tan particulares, tan precisas -mientras que las combinaciones son de un orden de magnitud inconcebible- que las probabilidades resultan infinitesimales. Una simple variación, respecto al nuestro, en las características del sistema solar que haya de albergarla, y la vida no existiría.

Así, pues, si el margen es tan estrecho que sólo hay vida, a pesar de la inmensidad del universo, sobre el planeta Tierra, se comprende el asombro de Carl Sagan y, con él, cualquier teísmo; mientras que si, por el contrario, la vida existe también en otros lugares del cosmos el asombro no es, desde luego, menor.

Pero en cualquiera de los dos casos, si tenemos en cuenta la inconmensurable cadena de causalidades que, desde las primeras protocélulas, han sido precisas para llegar a la inteligencia, me temo que el hombre tiene sobradas razones para considerarse el ombligo del mundo e incluso más aún: el objetivo último de un plan preconcebido, si bien maquiavélico y absurdo, ya que el equilibrio astronómico que nos mantiene es tan precario y frágil que nuestro final es inexorable: si no nos hemos encargado antes, personalmente, de convertir la tierra en un desierto inhóspito, cuando el combustible solar empiece a consumirse los planetas quedarán literalmente calcinados, de manera que el exterminio de toda vida en nuestro sistema está, de algún modo, codificado en la propia naturaleza.

Ahora bien: que el hombre tenga razones no significa, ni mucho menos, que esté en lo cierto. De hecho yo, a pesar de tanto indicio, me niego a creerlo.

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Aproximación entrópica al amor

Suponiendo que existe el amor…

Claro que, ¿y si no existe? Pues ha de existir: lo necesito para esta tesis; sin él no puedo avanzar y tendría que renunciar a escribir este artículo. Así que, si es necesario, haré trampas ofreciendo una definición del amor que se adapte a dicha necesidad y trabajando después sobre esa definición, cierto ya de la existencia real de ese amor que acaso voy a inventarme. Y estoy hablando, por supuesto, del amor sexual.

Pero tampoco soy exigente. Mi necesidad no me impone un concepto especialmente restringido del amor, ni de una rigidez excesiva. Al contrario, más bien me inclinaré por algo abierto, poco concreto. Previamente he consultado los diccionarios para verificar que el modo en que definen esa palabra no supone ningún obstáculo a mi propósito. En cualquier caso, y aunque no pretendo enmendarles la plana a académicos y eruditos, les pido me perdonen la opinión de que las acepciones que ofrecen del amor adolecen de una falta de pasión y lirismo. Me siento, pues, enteramente libre para ofrecer la mía.

Así, entiendo que el amor, antes que un sentimiento, es un estado del espíritu, de la conciencia o del ánimo en virtud del cual hacemos depender nuestra felicidad, valga decir nuestro bienestar emocional, de las atenciones que nos preste la persona amada, del grado de importancia que ocupemos en su vida, los cuidados que nos otorgue, la consideración en que nos tenga, las caricias que nos propine, el sexo que nos proporcione, el apoyo que nos ofrezca, la comprensión que nos muestre y, en general, cualquier manifestación sincera que revele su disponibilidad o dedicación hacia nosotros. Nótese que, según esta definición, para que haya amor es necesario que nuestra felicidad dependa de tales elementos, no de que los obtengamos: saberme amado por María, saber que soy su razón de vivir o que suspira por mí, no basta por sí solo para que yo la ame; pero la inversa sí es cierta: si yo la amo, necesito que ese estado del ánimo sea recíproco. Claro está que, en la medida en que amamos, nos vemos obligados a retribuir en la misma moneda -de forma simultánea o no- a la parte contraria, pero solemos procurar -como en cualquier otra transacción- salir ganando en el intercambio, o al menos no salir perdiendo. Dicho en términos energéticos: que el amor anhelado nos dé el mejor rendimiento posible.

A partir de aquí se pueden hacer, de forma inmediata, tres proposiciones. La primera, que el amor no es unidireccional ni exclusivo, no es una de esas aplicaciones biunívocas de la teoría de conjuntos: podemos amar a, y ser amados por, varias personas a la vez, si bien por razones evolutivas y culturales lo habitual es que nuestro amor se dirija únicamente a una o, como mucho, a dos personas, casi nunca con igual intensidad en este último caso. La segunda proposición es que el amor, salvo desviadas aberraciones, no es altruista ni desinteresado: va siempre encaminado a nuestro propio bienestar. Amamos en la medida en que pretendemos primero ganar, y después conservar, una serie de prestaciones y servicios por parte de la persona amada. En el peor de los casos, amamos por el puro placer o martirio de sentirnos enamorados, de encauzar nuestra energía, enfocar nuestro pathos. Y la tercera -en realidad, un corolario de la segunda- es que el amor se merca por amor; o sea, que tiende a, o deriva de, la simetría en el intercambio del conjunto de prestaciones que comúnmente se admiten como de “curso legal” en los negocios de esa índole. Conjunto que, aunque bastante limitado, permite cierta flexibilidad en el canje; de modo que, en una pareja, uno de los contratantes puede aportar más tolerancia que humor, por ejemplo, mientras que el otro a lo mejor proporciona más sensualidad que sosiego emocional.

Así, pues, el amor no se compra con dinero ni con otros bienes materiales, pese a la dura ley de la vida. El enamorado puede, sí, ofrecer dinero, patrimonio o poder a la persona amada, pero eso no compra su amor sino, quizá, sólo sus favores, eso que he dado en llamar “prestaciones”. El amor es algo más espiritual, aunque en última instancia se manifieste en cosas prácticas y terrenales. Conviene, además, dejar clara una cosa: aunque el amor se traduzca, al final, en un intercambio, no puede procederse a la inversa y deducir, a la vista de éste, que exista aquél como causa primera. De hecho, muchas parejas (si no la mayoría) se mantienen sin que subyazga un amor, aunque al principio probablemente lo hubiera.

Son pocas, en efecto, las relaciones de pareja basadas en un amor así definido. Marcel Proust estaría de acuerdo en que el amor se siente con más intensidad cuando no es correspondido, bien porque haya dejado de serlo, bien porque se espere que lo sea; y cuando lo es, puede mantenerse ese estado anímico una temporada más o menos larga; pero es difícil que, con el tiempo, no dé paso a otra cosa tan diferente como es el cariño. Así, pues, para mí el amor casi un sinvivir, y el estado más habitual de quienes lo sienten es una conmistura de frustración, anhelo y esperanza. Cuanto más equilibradas están las fuerzas, cuanto más equivalentes y similares los servicios que se canjean, más probabilidades de que el amor sea duradero, aunque no esté yo diciendo con esto que esa durabilidad constituya un ideal. Pero estoy divagando. Lo que importante es que, con la definición ofrecida, puedo comenzar mi exposición con la seguridad de que nadie podrá venir a desmontar mi tinglado llamándome incauto y aduciendo que no hay altruismo ni desinterés en lugar alguno de la naturaleza.

De modo que recomienzo: suponiendo que existe el amor, creo que puede compararse con un río cuyo caudal contemplamos, y sentimos, subidos a una barca amarrada a la orilla (echo mano del símil fluvial por considerarlo alegoría universal de fácil comprensión, pero cualquier tipo de caudal que discurra por un cauce en régimen laminar satisfaría igualmente la metáfora). Del mismo modo que, mientras damos amarra, podemos observar el agua que fluye cauce abajo, y sentimos incluso el empuje de su fuerza sin que, gracias a la cuerda que nos asegura a tierra firme, perdamos el dominio de nuestra posición ni la libertad de movimientos, así también, gracias a un acto de la voluntad, solemos ver pasar por nuestra vida, sin de ellas enamorarnos, a las personas susceptibles de ser amadas. Pero, al igual que si soltamos nuestra amarra nos vemos enseguida arrastrados por la corriente en que estamos inmersos, tanto más cuanto más cerca del centro del río nos encontremos, de modo que si a unos pocos metros de la ribera todavía podríamos, con no demasiado esfuerzo del remo, acercarnos a ella y volver a la seguridad de la orilla, cuanto más nos alejemos de ella más a merced del agua nos encontraremos y más trabajo nos costará el regreso, de igual forma si al paso de alguien a quien amar aflojamos -por la causa que sea- la amarra de nuestra voluntad y nos dejamos llevar por el amor, nos encontraremos perdidos y atrapados en él tanto más cuanto más fuerte sea su corriente o más impulso hayamos tomado desde la orilla, de manera que nos supondrá un gran esfuerzo y mucho sufrimiento volver, cuando queramos hacerlo, a la seguridad y tranquilidad que en un principio no nos costaba apenas nada mantener.

Mi teoría presume, por tanto, en contra de otras opiniones, que enamorarse es un acto volitivo. Creo que el amor no es una fatalidad que llega impulsada por los vientos del destino y sobre la que no tenemos control alguno, sino que convive junto a nosotros siempre de forma latente, como un flujo que nos envuelve igual que una corriente de aire y del que nos dejamos llevar cuando así lo queremos. Más que enamorarnos, nos dejamos enamorar, lo toleramos, nos permitimos o concedemos impulsarnos al caudal del amor para que nos lleve. Y se trata de una corriente fuerte e impetuosa: en cuanto nos separamos un poco de la seguridad de tierra firme, ya estamos bajando vertiginosamente a su merced. Pero “voluntario” no significa consciente: podemos navegar en el amor sin darnos cuenta del proceso igual que nos sonamos la nariz de forma automática: no es un acto reflejo o incontrolable como el respirar o, menos aún, como el latir de nuestro corazón, y tampoco es una necesidad insalvable, pero sí puede -y suele- ser inconsciente. Cuanto más atentos estemos a este proceso, en mejores condiciones estaremos de manejarlo a voluntad, pero una vez en manos del amor, tan perdidos estamos en un caso como en otro.

De este modo, cada vez que nos encontramos con una persona “amadera” nos hacemos, a sabiendas o no, la siguiente pregunta: ¿me enamoro de esta persona o no lo hago? O, volviendo a mi símil: ¿deshago el nudo que me mantiene sujeto a la orilla, aflojo mi asidero, o permanezco con la mente y el corazón serenos, en equilibrio estable? En tales situaciones, la inmensa mayoría de las veces optamos por la inactividad, por permanecer como estábamos, ya que no somos tan locos de precipitarnos a un amor del que sepamos que no vamos a obtener nada, puesto que la mayor parte de los amores están llamados al fracaso: prohibidos entre hermanos, entre progenitores y descendientes, entre personas ya comprometidas (la famosa mujer del prójimo); desgraciados entre los de muy diferente condición social o riqueza; impensables hacia quien nos desdeña o desprecia; trágicos entre enemigos; insostenibles entre quienes viven lejos o apenas tienen ocasión de tratarse; inaceptados entre distintas razas o religiones; incompatibles entre diferentes caracteres. Hay mil razones por las que renunciar a enamorarse como hay mil formas de hacer mal las cosas y sólo una de hacerlas bien, sin que esto deba entenderse como una aproximación a la teoría de la media naranja, de la que estoy tan alejado como se pueda.

Así, una vez que nos hemos cruzado con esa persona amadera, la decisión de enamorarse, o no, es ya asunto de cada cual. Quién lo hará por mitigar su soledad, quién por necesidad de sexo, quién por querer fundar una familia, quién por alimentar su vanidad, quién por hallar estabilidad, quién por aburrimiento, quién por avidez de afecto, aunque la mayoría, seguramente, un poco por todo eso. En cualquier caso, las razones que tenga uno para querer o rechazar enamorarse se alejan del objeto de esta digresión, que no es otro que responder a la pregunta siguiente: ¿por qué es tan fácil enamorarse una vez que lo hemos decidido -siquiera haya sido a la ligera o por aburrimiento- y tan difícil desenamorarse por muy fuertemente que lo deseemos? Yo creo que la causa hay que buscarla en la entropía y el Segundo Principio de la Termodinámica.

En cualquier proceso térmico, la entropía de un sistema (función directa de su probabilidad de estado, o sea del número de formas microscópicas diferentes en que dicho sistema puede manifestarse) mide, de algún modo, su energía no aprovechable. Es clásico el ejemplo del pozo cuya profundidad es mayor que la longitud de la soga a la que atamos el cubo: aunque el agua esté ahí, hay una cantidad de ella que no podremos sacar porque la soga no nos alcanza. Eso sería la entropía. Y según la segunda ley de la termodinámica, la entropía total de cualquier sistema aislado tiende siempre a aumentar. Sólo se puede disminuir a costa de un trabajo exterior, trabajo que requiere siempre más energía de la que luego podremos extraer del sistema al que la aplicamos. Por eso la entropía total del universo, único sistema aislado que conocemos, va en aumento.

Quizá todo esto se comprenda mejor diciendo que la entropía es una medida del desorden, del caos. Vemos constantemente cómo el polvo y la suciedad se acumulan en los muebles y el suelo, cómo las tejas se caen y se rompen en pedazos, cómo la ropa se amontona y arruga sobre las sillas o la cama; pero jamás observaremos que esa camisa se pliegue espontáneamente, ni que mil pedazos de barro se junten formar una teja y luego ésta dé un brinquito para subir al tejado y colocarse en el hueco donde hacía falta, ni veremos nunca que el polvo del ropero se organice y dirija hacia la ventana por donde entró. No porque sea físicamente imposible, sino porque es prácticamente improbable. Para que ocurra cualquiera de estas cosas, necesitamos aplicar un trabajo, puesto que todos los procesos espontáneos que tienen lugar en la naturaleza son irreversibles y suceden únicamente en el sentido de aumentar el desorden y, por tanto, la entropía. Los estados ordenados de los sistemas necesitan, para obtener dicho orden, un consumo energético mayor que el que luego podemos obtener de ellos. Un árbol, por ejemplo, ha obtenido del sol, el aire y el suelo más energía de la que luego podremos obtener quemando su madera. Las olas del mar le han robado al viento más energía que el trabajo que de ellas puede obtenerse. Y así sucede con todo.

Volviendo al amor, el lector avisado ya verá venir el final de mi exposición: así como en el símil fluvial la barca amarrada supone un estado más ordenado de las cosas que cuando se halla en mitad de la corriente, de manera que para pasar del primero al segundo apenas se requiere un empujoncito mientras que para el proceso inverso tendremos que aplicar toda nuestra fuerza a los remos, así también cuando nos mantenemos expectantes frente al amor que pasa disfrutamos de un estado mental ordenado y seguro: con un mínimo esfuerzo, el de resistirnos al amor, nuestra tranquilidad emocional se mantiene bajo control y tenemos el espíritu sosegado, las ideas en orden; pero en el momento en que nos dejamos caer, con plena conciencia de lo que hacemos o porque hemos relajado la vigilancia, y nos incorporamos al torbellino del amor, entonces nuestra mente se sume en un caos del que ya no podremos salir sino a costa de ímprobos esfuerzos, a veces con graves pérdidas y hasta, en alguna ocasión, dejándonos la piel en el intento.

Así, pues, creo que la probabilidad de estado (por tomar prestado otro término físico) de un cerebro enamorado es mayor que cuando no lo está; se trata de un sistema con más alternativas microscópicas, con más desorden en las ideas, en las emociones, en las sensaciones, con la voluntad menos coordinada y el pensamiento más caótico. En resumen, quien se enamora aumenta la entropía de su espíritu. Este proceso, que se consigue sin trabajo por ser irreversible (en el sentido termodinámico), pero para desenamorarse hay que volver a estibar el contenido del cerebro, tomar de nuevo el mando sobre las ideas, hacer una colada y una limpieza mentales, arranchar los sentimientos, recuperar nuestro extraviado albedrío… y todo esto de disminución de la entropía necesita un gran aporte de trabajo “externo”, en este caso de la voluntad.

Cuando, a la luz de estas ideas, considero lo frágil que es la mente humana, lo estrecha que es la frontera de su desequilibrio, me parece milagroso que no haya más enajenados.

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El ministerio de igualdad

Si no hubiera sido porque quien me lo contó era una persona de confianza, habría creído que se trataba de un chiste. Bueno, no exactamente. Podría haberlo creído si yo fuera ajeno a la idiosincrasia española y desconocedor del personaje de Zapatero. Pero la verdad es que, aunque puse los ojos en blanco al enterarme de la noticia, me la creí sin lugar a dudas.

Resulta que han creado el Ministerio de Igualdad.

¿Cuál es su objeto? No lo sé, pero puedo imaginarlo. Acúseme de hablar sin conocimiento de causa quien quiera, pero que me cuelguen si la función de este nuevo ministerio no es conseguir que las mujeres sean cada día un poco más iguales a los hombres, al tiempo que los hombres son cada día un poco menos iguales que las mujeres. Se trata de una correspondencia matemática, perfectamente conocida, llamada igualdad asimétrica. Que viene a ser, en términos semánticos, algo del mismo calibre que la famosa discriminación positiva, que también está muy relacionada con el ministerio de la igualdad.

Decir discriminación positiva es como decir bondad negativa, o llano ondulado, o ruido silencioso. Pero hay que admitir que los socialistas, en España, son unos verdaderos artistas de la semántica. No hay más que echar un vistazo al nombre de ese otro nuevo Ministerio, el de Ciencia e Innovación. ¡Caray! Innovación. Suena fenomenal. Con estos nombres, ¿quién puede decir que nuestro gobierno no es progresista?

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Por una España independiente

No nos engañemos: cualquiera que haya viajado lo suficiente habrá advertido, le guste o no, que los países catalán y vasco no son España. Por eso, tengo para mí que los españoles nos equivocamos de plano en nuestra actitud frente a los clamores independentistas y el rechazo por parte de dichos países: querer seguir unidos a pueblos que nos detestan o reniegan de nosotros es tan absurdo y erróneo como querer estar, a la fuerza, con un cónyuge que no nos quiere. Una nación grande pero desunida, cuyas partes ejercen esfuerzos divergentes, avanza menos que otra menor pero unida por voluntad. Así, con el conque de la represión y el sometimiento, Cataluña y Vasconia nos presionan para que accedamos a perjudiciales, denigrantes u obstaculizadoras concesiones económicas, sociales y lingüísticas, a la vez que nos colocan sus productos al abrigo de un desequilibrio comercial que les beneficia. Esta forzada unión supone un lastre para el progreso de España, un peligro para la integridad de sus ciudadanos, un menoscabo para su dignidad y una merma para su prestigio. Más acertado y mucho más digno sería separarse de ellos, para lo que propongo una nueva perspectiva que desenmascare el sofisma e invierta los términos, restituyendo la verdad: es España la víctima de una represión, mediante chantaje moral, por parte de Cataluña y Vasconia; es España quien debería independizarse. Escindámonos de esos países, suprimiendo los tratos comerciales de favor. Si su rechazo resulta ser sólo una pataleta independentista, ya rectificarán; si auténtico, mejor para todos. Sea como sea, se habrá eliminado un grave obstáculo para el progreso y la armonía en nuestra nación. Es hora de que España sea un país independiente y sin ataduras.

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Perros verdes fritos

Aunque parezca algo grotesco, lo siguiente es el extracto de una conversación real. Hablan una mujer y un hombre en un bar de alterne. La primera intervención es de ella.


-No comprendo cómo puede haber gente que maltrate a los perros.
-Seguramente es gente enferma, que no está mucho en sus cabales.
-He estado consultando una página de internet y he leído que tu país es uno de los peores en ese aspecto.
-Me lo creo. Hay gente muy mala por ahí.
-Pero es que no hay derecho a que se maltrate a perros inocentes.
-Tienes razón. Por supuesto que no lo hay. Ni siquiera a perros culpables.
-¿Qué tontería estás diciendo? No hay perros culpables. Todos los perros son inocentes.
-Ya. Bueno, en ese caso sobra lo de “inocentes”. Basta con decir “perros” para que la inocencia se dé por supuesta.
-Sí, claro. A eso me refería: a que no hay dereho a maltratar a los perros. De todas formas dije lo de “inocentes” para subrayar el hecho de que no tienen ninguna culpa.
-Comprendo. Y estoy de acuerdo: nadie debería maltratar a los perros; ni a los animales en general. Todos los animales son inocentes. Quien lo hace es un enfermo.
-Yo tengo dos mascotas en casa, y soy una defensora acérrima de los perros… y de los gatos.
-Me parece encomiable, aunque un poco restrictivo. ¿Por qué sólo perros y gatos? Nadie debería matar tampoco a otros animales… como las moscas, por ejemplo. No entiendo cómo alguien puede hacerlo.
-¿Te estás burlando de mí?
-Ni por asomo. Estoy únicamente abogando por las moscas inocentes. Yo tengo varias moscas en casa, todas ellas inocentes, y me parece increíble cómo alguien puede pensar en matarlas. ¿Y qué me dices de los conejos? También son inocentes. ¿No crees que, junto a perros y gatos, habría que incluir también, como mínimo, a los conejos?
-Oye, ¿eres marica?
-Yo he preguntado primero. Si me respondes, luego te contesto yo.
-Sí, eres marica. ¡Este tío es marica!
-Tal vez, pero aún espero tu respuesta.
-¡Que te jodan! -la mujer se levantó indignada-, ¡que te jodan!, ¡que te jodan! -y se alejó de la mesa ofreciendo erecto el dedo índice de su mano derecha al hombre, que estalló en carcajadas.


Lo que no llegué a comprender fue la relación entre el mariconismo y la defensa de moscas y conejos.

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