Norteamérica 11. Un sheriff the Wichitta, un largo ride y llegada al poblado indio

Sábado, 2 de agosto de 2003. Mismo lugar.

The Gate, la puerta de la ruta, es una oficina que hace las veces de registro e información turística. Por razones no sé si de estadística, seguridad o control, todo el que entra debe registrarse, identificarse e indicar a dónde va y por cuánto tiempo. La agradable señora que me tomó los datos me dijo que no había una estancia máxima y que podía hacer autostop sin problema; así que me puse a esperar a pie de calzada.

Pasaban pocos vehículos. El cuarto o el quinto era un coche de la policía que llegó a toda velocidad y pegó un frenazo, derrapando “a la americana” a poca distancia de mí. Se bajó de él un decidido agente y, con paso resuelto, se dirigió a un sujeto que observaba su alarde de autoridad con curiosidad no exenta de burla: yo. La escena que siguió fue un poco de película barata: por un lado, el diligente policía que vislumbra la ocasión de un ascenso; por otro, el cívico viandante que colabora de buen grado, pero con pocas palabras, en la persecución del crimen. Y lo esperado: ¿Qué hace usted aquí? Viajar. ¿Adónde va? A Chisasibi. ¿Para qué? Para conocerlo. ¿De dónde viene? De Val-d’Or. ¿Cuánto tiempo piensa quedarse? No lo sé. ¿Dónde vive? En España. Tras comprobar por radio que yo no fui quien atentó contra las Torres Gemelas, me dijo que todo estaba O.K. ¿Entonces, ningún problema?, le pregunté. No se meta en líos, me contestó. Bueno, eso espero… ¡Ea, pues encantado! Me apretó la mano y se marchó. Desde la puerta de la oficina, las empleadas presenciaron, sin oírlo, el interrogatorio. Pero también lo vio un indio que había llegado poco después que el policía y que, al cruzarse con él, le preguntó adónde iba yo. Acto seguido se me acercó y me lo preguntó a mí. A Chisasibi -le dije-, ¿va usted allí? Sí. ¿Y puede darme un jaloncito? Seguro. Cojonudo, pues.

¿Quién, entonces, había avisado de mi peligrosa presencia a la policía? Lo ignoro, y no lo sabré nunca, pero no creo que fuesen las chicas de la oficina, porque ellas mismas parecieron sorprendidas de su aparición.

Cogí mis bultos y me subí al 4WD nuevecito de su conductor, Paul Gall. Dentro lo esperaban Zabeth e Irene, madre e hija, dos simpáticas y bienhumoradas indias cree con las que fui casi todo el camino charlando y riéndome. Ellos venían nada menos que de Wiswanipi, e iban a Chisasibi (pronunciado, al parecer, chisibi) a un funeral. Durante el camino, las mujeres me enseñaron algunas palabras en su lengua: wachiyia, que significa tanto “hola” como “adiós”, mi’quech, que significa “gracias”, ‘aqtah, que es “de nada, sin problema”, noiyoagu (buen amigo o pariente cercano), min-ah (¿quieres más?), min-mah (quiero más), ajá (sí), nomuy (no, rotundo), yin-tuei-mao-a (quieres). También me enseñaron los números, pero no se me quedaron.

Como el viaje era largo, hicimos varias paradas. En una de ellas, junto a una magnífica, ruidosa y tumultuosa cascada (hacía, por cierto, un frío del copón), nos abordó una gringa [supongo que con esta palabra quise indicar que no era indígena, no que fuese estadounidense] que hacía una especie de encuesta para evaluar no sé qué aspectos de la opinión popular relacionados con el nuevo proyecto electrohidráulico de Hydro-Québec: una nueva megapresa que abarcaría el caudal de tres ríos. Paul trató de ilustrármelo improvisando un confuso esquema sobre la arena. Este Paul, un “gran jefe” de no sé qué, decía haber firmado en su día cierto -al parecer- vergonzoso acuerdo entre la nación cree y el gobierno canadiense, y no parecía oponerse al proyecto. Zabeth e Irene, en cambio, estaban contra cualquier cosa que supusiera un deterioro ecológico de sus maravillosas tierras. Entre otras actividades, habían participado el año anterior, calzadas con raquetas, en una caminata de 1500 km sobre la nieve, a lo largo de 65 días -¡ahí es nada-, para concienciar a los nativos del peligro de la diabetes.

Otra parada fue para hacer combustible en la única gasolinera que hay sobre esa ruta, a unos 380 km de The Gate, que aprovechamos para tomarnos un café caliente. Aún nos detuvimos en un tercer lugar, muy bonito. A lo largo del camino nos cayeron varios chubascos, y cuando llegamos por fin a Chisasibi era ya bastante tarde, cosa de las diez de la noche. Fue aquél un viaje estupendo, entretenido, cruzando los inacabables bosques, innumerables lagos y caudalosos ríos canadienses, y a pesar de durar siete horas no se me hizo largo.

De Matagami (The Gate) a Chisasbi en un sólo ride

En llegando, Paul telefoneó a Bárbara (amiga de Mary, la amiga de Tamie, la dueña del Windsor Tavern, en Larder Lake), que esperaba mi llegada, y le preguntó que dónde dejaba el paquete. El paquete era yo. Bárbara le dijo que “en lo de Jacobs; él se encargará de acercármelo”. Así que donde Jacobs me dejaron. Al despedirme de mis compañeros de viaje le prometí a Irene enviarle una postal desde España. [No recuerdo habérsela enviado, pero dada mi mala memoria esto no significa que no lo hiciera.] En simpatía, Jacobs no tenía nada que envidiarle al alegre trío, y me llevó en su van nuevecita hasta casa de Bárbara en un pispás.

Chisasibi no es una localidad convencional. Dispersa en grupos (clusters) de cuatro o seis viviendas alrededor de espacios vacíos, carente de calles u otra estructura urbana al modo occidental (es como un poblado indio pero con casas en lugar de tipis), y los clusters a su vez esparcidos en torno a una enorme explanada donde se yerguen el centro comercial, el polideportivo, el restaurante, el hospital y otros edificios municipales, esta población ocupa una extensión desmesurada para sus 3500 habitantes, y sorprende por su inesperada actividad. Se nota que aquí no falta el dinero, y esto, cuando conoce uno las razones, tiene una fácil explicación.

En líneas generales y según ellos me han dicho, la situación político-económica de los nativos en Canadá parece ser la siguiente: el Gobierno, impulsado por el sentimiento de culpabilidad, por los movimientos internacionales antixenofobia y por el afán de mostrarse muy respetuoso con las tradiciones, les ofrece a los nativos dos opciones, a cual más conveniente: o bien vivir al modo tradicional (caza, pesca, etc.) recibiendo además ayudas pecuniarias para procurarse suministros y herramientas que dicho estilo de vida no puede en modo alguno proporcionarles, o bien incorporarse al modo de vida occidental pero disfrutando de ciertos privilegios, como exención de impuestos y asistencia sanitaria gratuita, que no tienen los demás canadienses. Así que, bien provistos, subvencionados y alimentados, se dedican a gastar la pasta que les llueve del cielo y a ir constantemente de un lado para otro con sus gigantescos todoterrenos. [Como se ve, el sistema es una filfa, porque el modo de vida tradicional indio nunca ha incluido, que yo sepa, motosierras, coches, quads, motonieves…]

Así que allí estaba Bárbara esperándome. Como me había adelantado Mary, era una gran mujer; sobre todo, una mujer de gran diámetro, pues en cuanto a estatura no tenía mucha. Me acogió con gran hospitalidad y, por primera providencia, me persuadió de no dormir en mi tienda porque -dijo- los niños del pueblo eran verdaderamente malos y sin duda me molestarían. ¿Qué otras opciones tenía? Pues dormir en su sofá, ya que camas libres no tenía. Al día siguiente ya me buscarían un lugar para poner la tienda. La idea de dormir esa noche en el sofá no me gustaba, pero era razonable. Así que, como estaba muy cansado, tras una primera charla y una vez que hube conocido a su marido, que me pareció un poco gilipollas, me acosté.

Publicado en Norteamérica en autostop | Deja un comentario

La mafia del Komsomol y la demolición de la URSS

Cómo la nomenklatura dinamitó el país y cómo sus hijos devinieron la primera generación rusa de “empresarios de éxito”

(Nota: lo que sigue es sólo mi traducción libre de un artículo publicado en Substack por Dr. Livci. Me he limitado a depurarlo un poco e intentar hacerlo más comprensible.)


En un artículo anterior vimos cómo la élite del Partido Comunista de la Unión Soviética (en adelante PCUS o “el partido”) era prácticamente la misma que formaba la cúpula dirigente de la URSS. El jefe del Estado de facto no era el primer ministro, sino el secretario general del partido. Vimos también cómo, para Stalin, este modelo era una bomba de relojería y cómo intentó trasladar la autoridad del partido al Estado, aunque murió, o lo asesinaron, antes de poder completar su proyecto. Pues bien: toda esa nomenklatura que acabó destruyendo el país había salido del Komsomol(1), organización política de temprana creación (1918) cuya membresía era paso previo al ingreso en el partido. Durante sus primeras décadas fue una numerosa organización de jóvenes obreros y campesinos, a menudo de origen humilde, que hacía de filtro ideológico y canal de movilidad social ascendente, pero a partir de los años 60 se transformó en un cuerpo elitista y heredero, y a finales de los 80 o principios de los 90 ya estaba formado en su mayor parte por los hijos de la propia nomenklatura.

Yuri Mujin, en su libro Los asesinos de Stalin y Beria, opina lo siguiente sobre quiénes gobiernan Rusia en la actualidad:

Y así, el aparato del PCUS […] consiguió su objetivo: destruir tanto la Unión como el partido. ¿Entregó el poder ese aparato? Para nada. La mafia del partido simplemente trasladó sus oficinas de los edificios gubernamentales a una serie de consultorías anónimas y discretas, conservando el poder en sus manos, aunque hoy [ese poder lo representan nuestros presidentes, parlamentos y gobernadores].

[…] es fácil robar cuando se es un funcionario que puede llevarse millardos con una sola firma. Lo difícil es convertir en líquido lo robado. Para empezar, se necesita abrir cuentas en algún banco occidental, lo que suele requerir estar allí en persona. Hace falta tener a alguien de confianza que pueda encargarse de los tecnicismos del robo y de la conservación del botín, pero esa confianza sólo puede depositarse en gente que haya demostrado cierta competencia y lealtad y, más importante aún, que sea invisible. Pongamos por caso a Yeltsin. ¿En quién iba a confiar sino en aquellos a quienes conocía y con los que había trabajado durante años? Pero él solo conocía a gente del aparato del PCUS. […] Aunque entre los demócratas tuviese algunos leales, a éstos los conoce todo el mundo y sus caras salen cada día en la tele, en tanto que la mafia del aparato del PCUS es modesta y callada; nadie los conoce. Si se presentan en cualquier banco del mundo, ni el portero se fijará en ellos.

[…] Yeltsin era un completo títere en “asuntos del Estado” —un eufemismo para la logística del robo—, así que, ¿a quién podía encargarle su resolución? Hasta cierto punto a los americanos, a su amigo Bill Clinton, pero no olvidemos que los depredadores occidentales y los soviéticos se hacen competencia mutua; y puede uno contar con que Occidente lo engañará; así que necesitaba tener a mano ladrones propios, personas con sus mismos intereses. […] ¿Y quiénes eran sus “amigos”? ¿Los liberales? [Tampoco:] ya vimos que a Yeltsin le importaban un bledo esas bobadas “democráticas”. Incluso los que estaban de acuerdo con él en todo no duraban mucho. Todos esos “liberales” son meras comparsas, una pantalla para el verdadero aparato presidencial.

Quienesquiera que tuviesen poder en la URSS, siguen teniéndolo hoy. En aquel tiempo […] eran invisibles. Hoy también lo son.

Según Yuri, el estado profundo soviético —esa nomenklatura de alto nivel que orbitaba en torno a tipos como Gorbachov y Yeltsin y guiaba sus acciones— no desapareció. ¿Adónde fue? Es en el PCUS donde debemos buscarlo. Incluso Yeltsin necesitaba gente en la que poder confiar y no designada por los yanquis, pero poca gente conocía fuera de la vieja nomenclatura. Y quiero enfatizar que el hecho de que necesitara su propio cuadro de personas no elegidas por Occidente no significa en absoluto que fuese un genuino patriota ruso; más bien todo lo contrario: precisa de gente que pueda hacerle todas las gestiones en Occidente (cuentas, compra de propiedades, burocracia) sin levantar sospechas. Por lo demás, que sustituyera a Gaidar —en la jefatura del Gobierno— por Chernomyrdin contra la voluntad de Washington muestra que no era el completo títere que Yurin nos pinta: al menos en asuntos internos tenía cierto margen de maniobra. Pero de moment basta con entender que la “ocupación” de Rusia por Occidentes no consiste —desde hace ya décadas— tanto en que el Kremlin reciba instrucciones directas de Langley (que también) sino en su adopción en cuerpo y alma de la cosmovisión y el sistema occidental de valores. Es sólo que Yeltsin acabó entendiendo —como hoy entiende Putin— que Occidente es muy capaz de volverse contra sus “aliados” y devorarlos, de manera que, por supervivencia personal y para conservar sus propiedades en Occidente, amén de cierta autoridad, necesitaba algo de autonomía y un discreto cuadro de solucionadores de problemas. Así, pues, Moscú no es antioccidental, sino que su clase dominante sabe que ni ellos, ni sus bienes, ni los familiares que residen en Occidente son intocables.((2)

Enlazando con la idea de Yuri de que la vieja nomenklatura soviética no hizo sino trasladar sus oficinas de los edificios del partido a otros distintos, anodinos, donde operaban empresas “privadas”, introduciré otro libro, Komi en el punto de inflexión, escrito por dos periodistas de investigación naturales de la república de Komi(3). Versa sobre la política de los años 90 en Komi y viene a ofrecer un ejemplo típico, a pequeña escala, de lo que Yuri describe. En uno de sus capítulos leemos el siguiente episodio sobre la privatización de un elegante restaurante de la época soviética llamado Territorio del Norte:

Marzo de 1992. La privatización de las antiguas empresas estatales se realiza mediante subasta comercial. [El precio de salida del restaurante es de] 103.800 rublos, y sólo acuden dos postores: el sindicato de sus propios empleados, y la sociedad Pecherlend, que ofrece inmediatamente 500.100 rublos. El sindicato ofrece un 5% más sobre lo que puje su rival, pero como no ha mencionado una cantidad exacta la comisión se lo adjudica a Pecherlend. El sindicato decide no impugnar el resultado porque el nuevo dueño, ex miembro del Komsomol y empleado de Pecherlend, garantiza a los trabajadores del Territorio del Norte que se les respetarán sus beneficios anteriores, incluidas las pensiones. Pero a los pocos meses Pecherlend lo vende a una empresa registrada en Gibraltar, propiedad de exmiembros de la antigua nomenklatura local del partido, [y ésta a su vez lo vende al cabo del tiempo] por 600 millones de rublos. Naturalmente, eso de que los trabajadores del restaurante mantendrían sus beneficios y pensiones quedó en el olvido.

Es un ejemplo arquetípico, en diminuto, del proceso que tuvo lugar en toda la FR a principios de los 90. Ahí vemos a esas empresas anodinas operadas por la antigua nomenklatura trabajando, junto a la mafia del Komsomol, para desvalijar Rusia y perjudicar a los trabajadores a los que decían representar. Es en tales empresas y sociedades donde se concentra el poder fáctico en Rusia (como en EE.UU. y Europa, por cierto). Igual que antes tuvo un politburó soviético, Rusia tiene hoy un politburó de oligarcas, pero éste es incluso más opaco y menos responsable que aquél: por eso se propusieron dinamitar la URSS.

El objetivo teórico del Komsomol era preparar a los jóvenes para que se convirtieran en miembros ejemplares del partido y dirigir más tarde el país, pero la pertenencia a él era esencial para cualquier ciudadano soviético que aspirase a progresar en el PCUS o a entrar en la universidad: había que afiliarse siendo aún adolescente y seguir siendo miembro hasta bien entrada la veintena. Ahí se conocían y tejían sus redes los hijos de la nomenklatura. En Komi en el punto de inflexión hay un capítulo dedicado a las andanzas de los antiguos alumnos del Komsomol de la república, que nos sirve para hacernos una idea del papel que desempeñaron esos chavales en la Rusia de los 90.

Los antiguos miembros del Komsomol de Komi han escrito una página respetable en la historia como los primeros emprendedores de esa república. Al principio ganaban dinero más o menos honestamente en los llamados “Centros Juveniles de Creatividad Científica y Técnica” [CJCT, en adelante]. De allí surgieron empresas emergentes que fabricaban muebles, imprimían literatura, hacían ropa y vendían revistas populares.

Aquí vemos que en la URSS había normas especiales que permitían al Komsomol hacer lo que cualquier otro ciudadano tenía prohibido: dedicarse a la empresa privada. Fuera de los CJCT, si alguien empezaba a fabricar y vender muebles o ropa era arrestado por especulador. Los miembros del Komsomol podían valerse de ese privilegio para convertirse, entre bastidores, en jóvenes oligarcas en ciernes.

De esos CJCT salió una plétora de “financieros de éxito”: especuladores y prestamistas. Por regla general, los proyectos más turbios —como la venta de alcohol barato de contrabando y dudosamente apto para el consumo— no los gestionaban directamente los muchachos del Komsomol, sino que operaban bajo el krisha [paraguas protector] de los CJCT [es decir, tales negocios pagaban a los centros para que nadie los molestara].

Los jóvenes directores de esos CJCT se dedicaban a la corrupción igual que sus padres. Actuaban con discreción y pensando en el futuro; y siempre se aseguraban de que, si algo era ilegal, hubiera otro que asumiera la responsabilidad. Y cuanto más nos acercamos al final de la URSS, más ambiciosos se volvían los planes del Komsomol:

Eduard Gervik, coronel de policía retirado y exjefe de Asuntos Internos de la ciudad de Vorkuta (de la que enseguida hablaré), describió en sus memorias algunos aspectos muy creativos de las prácticas empresariales del Komsomol:

En 1990 se registró en Vorkuta la Bolsa Mercantil Regional, cuyo director era también el jefe del Komsomol local. Esta RTSM (por sus siglas en ruso) era el resultado de una empresa mixta entre el Komsomol y la estatal Carbón de Vorkuta, que vendía carbón en el mercado europeo. Al mismo tiempo, Sovmedia, una empresa francesa dirigida por dos exciudadanos soviéticos, registró una filial en Moscú llamada Strek, que se asoció con la RTSM, el Ferrocarril Letón y el Puerto de Riga. Sovmedia quería así monopolizar la venta del carbón de Vorkuta.

El proceso era el siguiente: la RTSM recibía el carbón de las minas; Ferrocarril Letón lo transportaba con tarifas subvencionadas; el Puerto de Riga lo cargaba; y finalmente Sovmedia lo vendía en el mercado exterior. Más adelante, en Vorkuta se registró Strek North LLC, entre dueños incluían estaban los directores de empresas vinculadas a la extracción de carbón en esa ciudad. Por fuera todo parecía más o menos legal, pero pronto se supo que Sovmedia planeaba comprar el carbón por debajo del valor de mercado. Pagaría cuatro dólares la tonelada —dinero a repartir entre “las partes interesadas”— y lo vendería a precio de mercado. Quien no accediese a firmar los acuerdos de la cúpula mafiosa, desaparecía o se suicidaba.

Bajo estas tensas circunstancias se celebró una reunión urgente entre los directores de las minas y los fundadores de Strek North LLC en la que ésta acordó pagarles a aquéllos las pérdidas que tuviesen por vender por debajo del mercado. Voilà: el negocio criminal quedó legalizado y Strek obtuvo una licencia para exportar recursos estratégicos y carbón. Los dueños de la metalúrgica finesa Rautaruki, principal comprador extranjero de ese carbón, no lo adquirían directamente de los mineros de Vorkuta, sino a través de Sovmedia. No tenemos ni idea de adónde los tentáculos de ese pulpo se llevaban finalmente el carbón, pero está claro que acabó en el extranjero en perjuicio de los intereses económicos de Rusia; y el que se interponía no vivía mucho tiempo.

Estamos en 1990, pero la URSS no se disolvió oficialmente hasta el 26 de diciembre de 1991. Antes de que el país estuviera oficialmente muerto, el esquema general de su saqueo ya estaba organizado. Así, pues, los excesos de los 90 no fueron el desafortunado resultado caótico de un capitalismo salvaje sin regulación, ni la inevitable consecuencia de superar el comunismo: quienes dirigían el país ya sabían exactamente cómo iba a funcionar la economía en los 90 porque ellos crearon el sistema cuando la URSS aún estaba técnicamente viva. Según la fábula popular, Yeltsin y otros prebostes, al ver la abundancia en los supermercados de EE.UU., decidieron que los rusos deberían tener lo mismo. También se cuenta que la URSS tenía problemas económicos que hacían necesarias importantes reformas de mercado o incluso el fin de la Unión Soviética. Pero cualquiera entiende que el fraude sobre el carbón de Vorkuta no fue consecuencia ni de la falta de tiendas de comestibles ni de las colas para comprar neveras: era un sistema diseñado para enriquecer a quienes lo crearon. Que los finlandeses se negaran a comprar directamente a las minas significa que estaban al tanto de la estafa, y probablemente se llevaban también una tajada. Así que la preocupación de los mineros por este fraude estaba más que justificada, y al final resultaron los grandes perjudicados. En este vídeo puede verse qué aspecto tiene hoy Vorkuta.

La explicación que suele ofrecerse para este paisaje desolador —que parece sacado de la película Stalker— es que Vorkuta no era “económicamente viable”, pero hemos visto que todos los que tramaron su ruina —y que con ese desfalco se compraron áticos y yates— ya sabían que la ciudad acabaría así. Estas prácticas, y no el mercado o la economía corrigiéndose a sí mismos, fueron las que mataron a la URSS. Cierto es que los mafiosos no la destruyeron solos, sino en busca del “sueño americano” y en colusión con Occidente, pero ellos aceptaron el trato por pura codicia y conveniencia, de modo que suya es la mayor culpa.

Mijaíl Kruglits, que fue jefe del Ministerio de Comercio de la república autónoma de Komi, describió sus días al frente del Komsomol local con las siguientes palabras:

Llegado el momento de empezar a trabajar con el Komsomol del distrito, acepté. Luego me trasladé al departamento regional. Allí había más perspectivas. Viajaba a menudo por negocios a Leningrado. Uno de mis compañeros de clase ya era director de una tienda de vinos y aguas, se había comprado un buen apartamento y se pegaba la gran vida. En 1986 empezaron los famosos “programas de negocio” del Komsomol y, como director regional, empecé a organizar iniciativas juveniles. En 1989 creamos la Oficina de Información Comercial, que dirigía Ígor Turkin. Buscábamos inversores fuertes para llevar a cabo programas gubernamentales. Trabajábamos con clientes como Gluzman.

En 1986, al Komsomol se le permitió abiertamente empezar a hacer negocios privados. En vista de cómo terminó todo —véase Vorkuta— tiene sentido pensar que la nomenklatura preparó su propio porvenir con mucha antelación gracias a dicho privilegio. Los inversores de los que habla Kruglits estaban en las empresas emergentes del Komsomol.

El trabajo no era aburrido, ni mucho menos. A menudo viajábamos por negocios a Europa… aunque todo terminó de forma bastante cutre. Sabemos cómo acabaron las cosas con Gluzman. Turkin vive ahora en Londres. En 1996 monté mi propia cadena de tiendas, y un conocido mío en Ujtá [una ciudad en Komi] que para entonces se había convertido en distribuidor de una planta de procesamiento de carne me propuso que nos asociáramos. La verdad es que no me entusiasmaba mucho la idea. Cuando estábamos en el Komsomol, nuestros productos eran limpios, los negocios eran honestos, no teníamos responsabilidades y todo era agradable. Ahora… todo estaba podrido de arriba abajo. Al cabo de dos años el negocio fracasó, como siempre ocurre cuando no hay suficiente dinero para repartir. Ni que decir tiene que [mi socio y yo] nos separamos mal, aunque al menos no nos pegamos un tiro; eso siempre es positivo. […] En la primavera de 1998 empecé a trabajar solo, sin socio, y fue duro. Casi no dormí durante dos meses y me mantuve a duras penas, aunque para los clientes de mis tiendas nada cambió.

He aquí alguna información sobre esos Igor Turkin y Gluzman que menciona Kruglits:

En 1992, por iniciativa del […] presidente del sóviet de Komi y del ex vicepresidente del gobierno de Komi se registró en Luxemburgo la empresa Komilux, creada para recibir los fondos procedentes de contratos de exportación. La mayor parte de esos fondos provenía de las ventas de petróleo, cuya producción en esa república monopolizaba Komineft.

Las gestiones para la creación de Komilux corrió a cargo de Ígor Turkin (alto cargo en el Consejo de Ministros de Komi, ahora ciudadano británico y copropietario de una empresa alemana) y Borís Gluzman (expresidente del consejo del Banco Euroasiático del Norte, actualmente ciudadano de Israel, donde ha cumplido condena por extorsión). Extraoficialmente el proyecto estaba supervisado por Serguéi Kublitski y Víctor Zajárov, representante de LUKOIL-Neftegazstroy y muy allegado de Román Abramóvich (oriundo precisamente de Ujtá, en Komi).

Komilux existió hasta 1997. Con el dinero acumulado en sus cuentas se adquirió una fábrica de pinturas en Croacia y una de muebles en Holanda, empresas que sirvieron de “compensación” para el liderazgo de Komi durante la adquisición de Komineft por parte de LUKOIL.

Así que los conocidos de Kruglits en su época del Komsomol —esos peces gordos e inversores generosos— conducen directamente al círculo íntimo del mismísimo Román Abramóvich, conocido e influyente oligarca ruso [de origen judío] que también es oriundo de Komi. Esos potentados no viven en Rusia, pero gestionan negocios relacionados con el saqueo de los recursos naturales de Komi, y todos los ingresos son desviados al extranjero. ¿Por qué Komilux se registró en Luxemburgo? Es revelador ver que estas personas, que —vivan donde vivan— ostentan el verdadero poder en Rusia, se aseguraron de “compensar” a la vieja nomenklatura por los ingresos que perdió al venderles sus acciones de Komineft. Parece claro que la razón de ser de Komilux y la utilidad de registrarla en Luxemburgo era, precisamente, que esos influyentes rusos no tuvieran que aportar ni un rublo al presupuesto estatal.(4)

Pero volvamos a esas empresas anodinas de las que Yuri Mujin afirma —parece que con razón— que es donde realmente se concentra el poder en Rusia. A estas alturas, a nadie sorprenderá saber que la primera hornada de bancos en la FR también salió del Komsomol. Como cuenta Kruglits, los CJCT recibían patrocinio estatal y sus directores viajaban gratis a Europa. Gracias a esos centros, el Komsomol tenía libertad para comprar cualquier cosa en Europa (ordenadores, electrónica, ropa…) y revenderla en la URSS libre de impuestos en una época en la que no sólo la clase dominante, sino también los rusos de a pie adoraban Occidente y todo lo que viniese de allí. Aparte, aunque en la URSS la gente tuviese dinero, había pocas cosas en qué gastarlo. Por todo eso, el Komsomol podía vender dentro, con enormes márgenes de beneficio, todo lo que compraba fuera, además de servir de cobertura para quienes hacían negocios ilegales (tráfico de alcohol, p. ej.); eso, aparte de los ingresos procedentes del trabajo normal del Komsomol: fabricar muebles y ropa, o hacer proyectos de construcción.

Hablando de lo cual, una extendida leyenda mantiene que el motivo de conceder esos privilegios al Komsomol fue facilitar que los jóvenes se autofinanciaran —bajo control estatal, eso sí— para, ante la crisis de vivienda que se avecinaba, construir sus propias casas; pero yo sigo sosteniendo que fue el modo de asegurarse de que quienes dirigían el país continuaran al mando cuando llegase el momento de dinamitarlo. De hecho, les resultó muy práctico que los primeros bancos y sociedades anónimas de la FR salieran directamente del Komsomol. Así que conviene examinar con un poco de detalle de dónde salieron estas organizaciones:

A principios de los 90 ya había más de seiscientos CJCT en la URSS. No pagaban ningún impuesto al Estado, aunque debían contribuir con el 30% de sus ingresos a los fondos nacional o local para esos mismos CJCT; fondos, a su vez, gestionados por los consejos coordinadores de dichos centros y destinados al “desarrollo de la creatividad científica y técnica y a objetivos sociales” (en 1989, el flujo total de dinero que movieron esos fondos alcanzó los 1.500 millones de rublos). Y tras obtener el derecho a disponer de efectivo sin restricciones los CJCT se convirtieron en la cuna de la élite empresarial rusa, aparte de alimentar la inflación: el capital del Komsomol creció a pasos agigantados y en aquella época no había nada en qué gastarlo.

Lo que el autor quiere decir con “sin restricciones” es que no había un límite en la cantidad de dinero que los CJCT podían retirar de sus cuentas para pagar los bienes, servicios o mano de obra que necesitaran. Por contraste, las empresas estatales —o sea, todas— tenían prohibido pagar a sus empleados, en concepto de horas extra o trabajo adicional, más del 50% de su salario base. Continúa la cita:

Las comunidades juveniles se reservaron para sí mismas, en los años 90, un estatus muy lucrativo como intermediarias.

El punto de inflexión en el negocio del Komsomol ocurrió justo antes del colapso de la URSS, cuando el 12 de marzo de 1990 se celebró en Moscú la conferencia fundacional de una unión que englobaría a los CJCT, a las pequeñas empresas de capital-riesgo y a las empresas innovadoras de la URSS. […] En el transcurso del debate, quedó claro que los centros juveniles no cumplían en absoluto con su nombre: solo el 17% de las asociaciones se dedicaban a actividades productivas y científicas; el resto se especializaba en intermediación a pequeña escala. No todos supieron salir de ese brete, pero los CJCT que mejor se movieron acabaron recibiendo la mayor parte de la industria rusa. Así, al poseer su propio capital y haber establecido relaciones comerciales con el liderazgo del país, esas asociaciones comerciales juveniles se aseguraron oficialmente el lucrativo estatus de “intermediarias”. En cuestión de meses, en la URSS apareció una red de mercados de materias primas, compraventa de valores y otras plataformas de intercambio creadas a partir de los CJCT.

El siguiente paso era casi obligado: el país necesitaba desesperadamente un nuevo sistema de instituciones crediticias. Los miembros del Komsomol dieron un golpe de efecto: el capital acumulado por los fundadores de esas plataformas de negociación se convirtió en la base de decenas de bancos. Por lo general, surgían como filiales de empresas exitosas. Ejemplo: a partir de un CJCT nació el conocido MENATEP, que eventualmente solicitó un préstamo al banco Zhilsotsbank, pero como éste no estaba autorizado a conceder préstamos a un mero centro de creatividad, sino sólo a otro banco, MENATEP se registró como una “explotación subsidiaria” del CJCT para poder recibir préstamos sin obstáculos.

El desarrollo posterior del capitalismo del Komsomol estuvo marcado por los numerosos escándalos de la ola de privatizaciones de Chubais. Los bancos recién nacidos usaron sus fondos para pujar en las llamadas “subastas de préstamos por acciones”, donde fueron vendidas las mayores empresas rusas [por una fracción ridícula de su valor real. N del T]. Los ganadores de estas subastas son ahora conocidos por todos: la revista Forbes los incluyó en su famosa lista de las personas más ricas de Rusia.

Así que a principios de los 90, antes de que la URSS desapareciera oficialmente, el Komsomol ya estaba facilitando la actividad económica oficial y extraoficial. Luego, cuando se crea la FR, el Kremlin simplemente formaliza lo que ya existía, desmantela las redes de protección social que amparaban a la población y elimina las restricciones legales que limitaban la capacidad de saqueo y robo que tenía la nomenklatura. Fueron esos bancos incipientes los que aportaron el capital al sistema malvelsador del que surgió lo que hoy conocemos por oligarquía “rusa”(5), sistema cuyo principal arquitecto fue Vladímir Potanin, un hombre que empezó su carrera en el Komsomol (cómo no) vendiendo carísimas máscaras decorativas. Probablemente también actuaba como intermediario y gestionaba múltiples negocios paralelos con absoluta discreción. Un artículo generoso con él describe así su papel en el sistema de préstamos por acciones:

A mediados de los 90 Potanin organizó unas famosas subastas bajo el concepto de “préstamos a cambio de acciones”, gracias a las cuales un puñado de empresarios se hicieron con las mayores empresas industriales de Rusia a precios de ganga. Ahora Potanin lidera esta evolución gradual. Fue uno de los primeros magnates rusos en dedicarse a labores filantrópicas [así las adjetiva el artículo, sin ruborizarse; la negrita es mía. N del T] a principios del siglo XXI, y trató de ganar prestigio en Occidente donando un millón de dólares anuales a la Fundación Guggenheim.

Su padre, un clásico de la nomenklatura, fue representante del comercio exterior de la URSS en varios países. En última instancia, esos préstamos a cambio de acciones tenían por finalidad conseguir dinero para la campaña de reelección de Yeltsin en 1996: los bancos surgidos del Komsomol se lo proporcionaban a cambio de recibir acciones de empresas estatales. En cualquier caso, lo más importante es que nada de esto fue accidental. Alexander Ershov, doctor en historia, escribe:

La historia de los últimos años del Komsomol es la del surgimiento de los empresarios y funcionarios de la ola Yeltsin. Los demócratas [se refiere a los políticos reformistas, como el propio gobierno Yeltsin. N del T] confiaban más en ellos —menos adoctrinados pero con experiencia real en la gestión— que en los viejos funcionarios soviéticos.

Ershov señala correctamente que la mayoría de los miembros del Komsomol no se convirtieron en oligarcas, y ni siquiera se hicieron particularmente ricos en los 90, pero no puede dudarse que la primera generación de oligarcas “rusos” salió directamente del Komsomol a través de sus bancos, sus mercados de intercambio y el privilegio del efectivo sin restricciones. También es muy importante esa percepción de los exmiembros del Komsomol como “democráticos” y “menos adoctrinados”: la gente corriente —sobre todo, la juventud— confiaba más en ellos.

La URSS, durante la perestroika, estuvo básicamente haciendo propaganda continua contra sí misma. Como la nomenklatura quería liquidar el país, tenía que intentar convencer al pueblo de que la URSS estaba abocada al fracaso. No lo consiguió: cuando la cuestión fue sometida a referéndum, la inmensa mayoría de los ciudadanos votó por preservar la Unión(6). Pero la nomenklatura no era una panda de perfectos idiotas: como sabían que la campaña de descrédito nacional dañaría su propia imagen, se aseguraron de que la organización en la que sus hijos actuaban como directores fuera percibida como guay, democrática y menos adoctrinada: si los campesinos y la plebe piensan que somos unos carcas, hagamos al menos que nuestros hijos parezcan molones y emprendedores. Así, cuando llegue el momento de dinamitar el país, ellos tendrán toda la pasta (bancos, los mercados de valores, etc.)

Hay que admitir que, por parte de la clase dominante de un país que quiere liquidarlo y que necesita asegurarse seguir en la élite del estado que surja después, no deja de ser ingenioso. El ejemplo del carbón de Vorkuta que hemos visto pone de relieve un entramado que no habría sido posible sin la aprobación de Moscú al más alto nivel, lo cual confirma que la propia nomenklatura manejaba los hilos del Komsomol. Es decir, esa imagen guay, democrática y no dogmática era parte de una farsa para hacer que la gente confiara en las instituciones que surgían de ellos. Y ciertamente se esforzaron por aparentarlo. Estrecho asociado de Potanin fue un tal Serguéi Lisovski:

En su web, Serguéi Lisovski se nos presenta como pionero en publicidad sociopolítica y experto en tecnologías electorales modernas. Fue el productor general de la campaña juvenil “Vota o pierde” y convenció a los jóvenes para que participaran en las elecciones y votaran a Yeltsin, un candidato que antes, a la juventud, le traía totalmente sin cuidado. Próspero hombre de negocios, tres veces senador, Lisovski dice debérselo todo al Komsomol.

Cuando los miembros del Komsomol, que conocían todo este sistema, trajeron el mercado a esta sociedad cruel, donde cada uno va por libre, estaban naturalmente mejor preparados para la dura lucha.

Serguéi Lisovski era pinchadiscos en todas las fiestas del Instituto de Ingeniería Radiofónica hasta que le ofrecieron ser instructor del Comité de Distrito Bauman del Komsomol. […] En 1987 registró el “Centro Juvenil de Ocio”. Al igual que los CJCT, podía manejar dinero en efectivo y fijar tanto los precios de las entradas como sus propias tarifas para los artistas. Alla Pugachova(7) cobraba normalmente 36 rublos por concierto, pero cuando actuó en el estadio olímpico Lisovski le pagó 1000 rublos.

También se hizo con la discoteca más popular de Moscú, con un club nocturno, un canal de televisión y una agencia de publicidad y conciertos; y todas ests gallinas le ponían huevos de oro.

Esa reseña sobre Lisovski debería ser más que suficiente para demostrar que la imagen progre del Komsomol no era más que una operación dirigida desde arriba para crear artificialmente apoyo popular y que los ingenuos rusos de a pie confiaran en sus instituciones financieras o votaran por Yeltsin cuando el pinchadiscos del Komsomol se lo dijo. El antisovietismo, y especialmente el antiestalinismo, eran sellos distintivos de la propaganda de Yeltsin, y esa propaganda la hacían miembros del Komsomol. Fiódor Lisovski, padre de Serguéi (conocido sobre todo por sus trabajos en física e ingeniería radiofónica, y al parecer tiene, en efecto, una obra enorme y muy respetable en esas materias), fue también fue jefe del comité regional del partido en Moscú entre 1987 y 1989… justo cuando su hijo empezó a dirigir el moderno y cool centro juvenil regional del Komsomol.

Otros famosos personajes que empezaron en el Komsomol fueron los infames mercaderes Mijaíl Fridman, Mijáil Khodorkovsky y la ucraniana Yulia Timoshenko.(8)


En resumen: el Komsomol tenía privilegios que sirvieron a sus miembros —e hijos— para convertirse en los gobernantes del Nuevo Orden Corrupto que surgiría al abolir el anterior; la URSS se depuso por sí sola, sin ayuda de nadie; y el Komsomol fue necesario para garantizar que siguieran al mando las mismas personas, pero aún con más poder y privilegios, a resultas de lo cual sus ciudadanos de a pie salieron peor parados que antes.

Cabe, por último, mencionar que hubo pocos entre la geunina nomenklatura soviética que se hicieran después famosos oligarcas en la FR. Los más notorios son o bien “dinero nuevo”, o bien salidos directamente del Komsomol. Pero esto no significa que dicha “genuina nomenklatura” se quedase en la calle: al fin y al cabo, el objetivo principal del Komsomol era garantizar que el estado profundo de la FR estuviera compuesto por las mismas personas que dirigían el estado profundo soviético de Gorbachov.


1 Kommunisticheski soyuz molodyozhi: Unión Comunista de la Juventud.

2 Por eso a Yeltsin no le hizo ninguna gracia el bombardeo de Yugoslavia, aunque no se atreviera a desafiar abiertamente al “amigo americano” ayudando a los serbios en modo efectivo alguno. En realidad, todo el conflicto entre Occidente y Rusia se resume en que Rusia quiere ser más intocable dentro del sistema global.

3 Una de las varias —como la propia Rusia— que conforman la Federación Rusa (FR).

4 Los pesos pesados del Komsomol de Komi estaban, pues, metidos hasta el cuello, mucho antes de que la URSS estuviera clínicamente muerta, en los planes para saquear y empobrecer la república; y esta dinámica abarca a todo el país.

5 El entrecomillado de este adjetivo es un guiño que el autor hace a los lectores que están al tanto de que, en realidad, gran parte —si no la mayoría— de esos oligarcas son judíos, no auténticos rusos eslavos

6 Aunque la campaña de autodesprestigio había —lógicamente— desacreditado también a las élites, éstas lo compensaron parcialmente al fomentar, con mucho éxito, el separatismo en algunas repúblicas étnicas minoritarias; pero ésa es otra historia.

7 Alla Pugachova, diva pasada de moda, se mudó a Israel —ella es judía— al comenzar la intervención militar en Ucrania, y no para de llamar “esclavos estúpidos” a los rusos, por contraste con los dignos ucranianos; y aun así, cuando estuvo en Moscú para un asunto privado, el portavoz oficial de Putin le besó la mano.

8 Fridman regentó un centro de diversión juvenil llamado Strawberry, pero como buen judío les pagaba muy poco a los intérpretes, al contrario que el más generoso Lisovsky. Khodorkovsky hizo una fortuna vendiendo electrónica de Occidente en Rusia y lavando dinero a finales de los 80. Timoshenko vendía películas occidentales de contrabando en sus días del Komsomol, incluyendo porno.

Publicado en Mundo eslavo | Deja un comentario

Norteamérica 10. ¡Para que te fíes de las apariencias!

1 de agosto, Chisasibi (continuación)

Aún permanecí otro rato al borde de la carretera hasta que me persuadí de que no llegaría a mi proyectado destino; y como veía que pasaban bastantes más coches en dirección contraria, cambié mi plan de ruta y, caminando hasta la salida opuesta de Virginiatown, me puse a hacer dedo hacia el oeste. No obstante, tras un buen rato de espera allí advertí que los flujos de tráfico relativo habían había invertido también su dirección, o bien es que mi apreciación anterior había sido subjetiva y engañosa, como cuando al pagar en el supermercado tiene uno siempre la sensación de haberse puesto en la caja más lenta. (Dicho sea al margen: me llamó la atención que pasaran por allí tan pocos vehículos, y lo atribuyo a que, tal vez, fuese porque esa carretera cruza el límite provincial entre Toronto y Quebec. A lo mejor la población local de la zona arregla sus asuntos en su propia provincia y rara vez viaja a la vecina.) Sea como fuere, yo dudaba -como el burro del apólogo, que se murió de hambre porque no se decidía por ninguno de los sacos de pienso que tenía, equidistantes, a ambos lados- entre hacer dedo en una dirección u otra; y finalmente volví a cambiar de opiniión y me fijé de nuevo el destino inicial: hacia levante, sólo que esta vez, pese a la enorme distancia a que me hallaba del siguiente pueblo, en lugar de quedarme parado me puse a caminar, porque hacer autostop en un punto fijo de una carretera desierta es desmoralizante.

Sigue leyendo →
Publicado en Norteamérica en autostop | Deja un comentario

Norteamérica 9. Miradas y gestos: quién no recoge al autostopista

Viernes, 1 de agosto de 2003. Chisasibi (Quebec)

Estoy de vuelta en casa de los Zephyrine, en Chisasibi, a donde me ha traído un paisano desde el embarcadero del ferry para Fort George; y gracias, porque hay una buena caminata, más de 10 km. Estoy viendo cómo me busco la vida para ir a visitar la presa hidroeléctrica de Radisson. Entretanto, continúo el relato donde lo dejé.

La mañana en que levanté el campamento en Larder Lake amaneció, por fortuna, relativamente soleada, así que no tuve que plegar la tienda húmeda, como otras veces. Luego me despedí de Ben & wife y fui a pagar mis días atrasados. El encargado no sólo me regaló varias piezas de fruta para el camino, sino que se ofreció a llevarme hasta la carretera, que se veía desierta. Una hora más tarde seguía exactamente en el mismo punto. Apenas pasaban vehículos y a mí empezaban a asaltarme dudas respecto a la viabilidad de mis planes: hacer en un tiempo razonable los más de 1000 km que me separaban de Chisasibi, teniendo en cuenta que la tasa de tráfico era de un coche cada diez minutos, más o menos, no parecía cosa fácil. Pero, ¿qué podía hacer, sino confiar en la suerte? No obstante, para no estar allí parado como un pasmarote y tener, al menos, la sensación de avance, me puse a caminar.

Sigue leyendo →
Publicado en Norteamérica en autostop | Deja un comentario

Cómo Stalin quiso acabar con el poder dual en la URSS

Poder dual en la URSS: cómo Stalin quiso transferir al Estado la autoridad del Partido

Por qué el Partido Comunista se convirtió en un parásito del Estado soviético, y cómo Stalin intentó reformarlo, pagando por ello con su vida

(Nota: lo que sigue está sacado íntegramente de un artículo aparecido en el Substack de un tal Dr. Livci. Me he limitado a traducirlo, depurarlo un poco y hacerlo más inteligible. Las opiniones que se vierten en él, con un claro sesgo de revisionismo nacionalista ruso, son las del autor, no las mías.)


Por regla general, un estado no puede alimentar al mismo tiempo a una élite voraz, parásita y xenocrática, y a un ejército poderoso capaz de imponer su voluntad al mundo. Tal era el caso de la URSS. (EE.UU. es una excepción porque determinadas circunstancias le permiten imprimir dinero sin límites y sin consecuencias graves.) Para entender cómo la tardía élite soviética acabó hundiendo a su propio imperio, primero debemos conocer cómo la URSS era gestionada en la práctica. A tal fin, en este artículo me apoyaré en un libro escrito por Yuri Mujin en 2002: El asesinato de Stalin y Beria. De él están sacadas (salvo que indique otra cosa) las citas que aquí reproduzco. Pero, primero, unas líneas sobre Yuri para hacernos una idea de sus puntos de vista.

Yuri Mujin nació en la Ucrania soviética. Ingeniero metalúrgico de profesión, trabajó en lo que durante un tiempo fue la planta metalúrgica más grande del mundo, ubicada Kazajistán. Era, al parecer, muy bueno en su trabajo y llegó a ser subdirector de operación, pero en 1995 perdió su puesto cuando Kazajistán, ya libre de la tiranía comunista, vendió a extranjeros la planta construida por la URSS. Mujin se mudó a Rusia y se convirtió en opositor comunista, aunque nunca se unió al Partido Comunista Ruso porque los consideraba —con razón— unos vendidos y oposición controlada. Durante los años 90 fue bastante activo como autor y editor en varias revistas del estilo nazbol (nacional-bolchevique). Finalmente, Moscú tomó medidas duras contra los nazbols y Mujin fue detenido por extremista, pasando varios años bajo arresto domiciliario. Se ganaba la vida principalmente como autor y, al menos a principios de este siglo, cada par de años venía publicando algún libro sobre historia y política. El asesinato de Stalin y Beria ofrece una explicación bastante convincente de por qué Stalin fue asesinado y una descripción de los graves problemas estructurales de la URSS. Tras comenzar la OME (Operación Militar Especial) de Putin, Mujin perdió un poco los estribos y, en una emisión con Strelkov, dijo que la máxima prioridad debería ser terminar dicha OME, y que Navalni sería preferible a Putin. En protesta por esa declaración, Strelkov abandonó el estudio y, como consecuencia, Mujin perdió mucho crédito entre los nacionalistas rusos, de lo cual no ha llegado a recuperarse. Como es ucraniano, algunos atribuyen a esta circunstancia su postura de “detener la guerra a cualquier precio”; pero esto quizá no sea justo: bajo el mando de Putin no tiene sentido fingir una preocupación por Rusia para disimular una supuesta preocupación por Ucrania. Mujin podría ser abiertamente proucraniano y “liberal” (es decir, pro Occidente) en Moscú, donde vive, y las autoridades lo acosarían menos de lo que lo acosan ahora. Es más probable que simplemente piense que la OME es un preludio para desmembrar Rusia; de hecho, en el libro que aquí cito escribió sobre esa posibilidad.

No estoy de acuerdo con Yuri en todo, pero creo que acierta de lleno sobre la naturaleza parasitaria del PCUS (Partido Comunista de la URSS) y sobre cómo ese partido se transformó en un componente clave de la oligarquía que hoy gobierna la Federación Rusa. Nótese que esta valoración negativa del PCUS viene de un estalinista. Mi propia opinión sobre Stalin es que históricamente fue un gran hombre que durante unas pocas décadas cambió el mundo y la trayectoria del gran imperio ruso; pero lo culpo de que hoy existan “ucranianos” y “bielorrusos” y de haber dividido artificialmente el suelo históricamente ruso. Así que no soy ningún incondicional de Stalin; más bien tanto él como la URSS me resultan indiferentes; pero quien no sea capaz de considerar objetivamente lo que aquí se presenta nunca entenderá por qué la Rusia actual está tan mal. Empecemos, pues, citando a Mujin:

Para poder sobrevivir a la guerra civil y a los años inmediatamente posteriores, los bolcheviques se vieron obligados a tomar la única medida eficaz posible: reestructurar su partido y convertirlo en una organización de control omnímodo. Si nos abstraemos de las razones por las que lo hicieron, esa jugada fue, académicamente hablando, un doble crimen: contra la autoridad y contra el partido.

¿Por qué contra la autoridad? Porque la base de cualquier sistema legítimo de autoridad es el mando unipersonal y la responsabilidad. Sólo cuando el mando es unipersonal es posible exigir responsabilidades. Con dos jefes en un mismo departamento —uno oficial y un supervisor no oficial por encima— la responsabilidad desaparece. No se puede saber a quién exigírsela: si al jefe al que se le encarga oficialmente un asunto o al supervisor que le dice a éste, extraoficialmente, cómo hacer las cosas. El control es el signo más llamativo de la burocratización del sistema de gestión. Sin embargo, en los años inmediatos posteriores a que los bolcheviques tomaran el poder era cuestión vital para el Partido ejercer un control directo sobre el Estado. Y de hecho los bolcheviques, en aquel entonces, [por la cuenta que les traía] asumían la responsabilidad única y total de los resultados de su gobierno, mientras que los funcionarios estatales no.

En la URSS no había diferencia práctica entre el aparato del estado y el partido comunista. Había un ministro del exterior, uno del interior, etc, pero no eran más que extensiones del partido. Mujin continúa, dándonos un ejemplo de cómo llegó a establecerse este statu quo:

Por ejemplo, durante la guerra civil de 1917-1920, los funcionarios de ferrocarriles no estaban específicamente al servicio de los bolcheviques. Supongamos que el ejército blanco o los campesinos rebeldes toman el control de cierta estación de ferrocarril o tramo de vías. ¿Qué les harán los blancos o los rebeldes a los trabajadores y mandos ferroviarios? Nada; éstos seguirán trabajando en sus puestos igual bajo los blancos que bajo los rojos. ¿Pero qué harán con los bolcheviques que supervisan a esos ferroviarios? Exacto: los colgarán. Así, llega un momento de gran responsabilidad para los bolcheviques, tanto por su propio mal trabajo como por el de los ferroviarios supervisados. Por tanto, en aquel momento de la historia de la URSS ese poder dual estaba justificado, ya que los supervisores comunistas eran más responsables de cualquier que los ejecutores del trabajo.

En otras palabras: si los bolcheviques no hubieran controlado las palancas del poder estatal durante la guerra civil, habrían muerto. La lógica que llevó al PCUS a microgestionar el aparato estatal entre bastidores es, pues, fácil de entender. A los trabajadores ferroviarios, o a los burócratas, les importaba un bledo el destino de la URSS a finales de los años 20 y principios de los 30. Esta indiferencia es comprensible, pero podía resultar letal para los propios bolcheviques. Mujin explica cómo evolucionó todo esto a largo plazo:

El sistema dual de gobierno condujo a lo siguiente: en cuanto pasaron las condiciones históricas que justificaban ese doble poder (o sea, cuando ser comunista dejó de constituir un peligro), su punto débil, la irresponsabilidad, se manifestó inmediatamente, y acabó destruyendo todo el sistema de gobierno.

¿Y por qué la transformación del partido en un órgano de control fue también un crimen contra el propio partido? Porque se suponía que era la élite intelectual y moral del país: Stalin había concebido el Partido Comunista como una especie de Orden de los Hermanos de la Espada, fanáticos de la Santa Fe. Pero para que eso ocurriera, cada comunista tenía que saber mucho sobre cualquier cosa, adquirir un vasto conocimiento para poder formarse una idea del futuro. Y saber mucho sobre todo no es tanto difícil como poco interesante. Lo que a los supervisores les interesa saber es cómo robar más, cómo trabajar menos, etc.

Así que, con su vida tranquila y segura, el supervisor sólo puede conocer lo que controla y, con la burocratización completa del sistema de gestión, ni siquiera mucho sobre eso. Ser supervisor es mil veces más fácil que ser el comunista que Stalin exigía. Y dado que, en realidad, los puestos de supervisor en el partido son los de sus dirigentes, Lenin y Stalin pusieron la espada de Damocles sobre todos los comunistas al convertir al PCUS en un partido controlador: a la primera oportunidad, la dirección del partido, su nomenklatura, se convirtió en una colección de sinvergüenzas estúpidos, perezosos y codiciosos.

Por eso los sovoks (como en Rusia se llama burlona o despectivamente a los estalinistas de la vieja escuela; caso de Mujin, por ejemplo) y los nacionalsocialistas son las mejores fuentes para entender por qué la URSS estaba tan mal y por qué lo está la Rusia actual. Era cuestión de supervivencia personal para los bolcheviques microgestionar el Estado porque los burócratas, trabajadores, etc., no estaban comprometidos con la revolución de octubre, y el hecho de que el gobierno provisional de Kerensky se derrumbara tan rápido es un testimonio de que el aparato estatal que los bolcheviques tomaron (básicamente, el de la Rusia zarista) ya estaba hecho unos zorros de todas formas. Pero una vez que la URSS se estabilizó y que ser un pez gordo o miembro del partido ya no conllevaba el riesgo de ser ahorcado o acribillado a bayonetazos por campesinos y cosacos muy justamente enfurecidos, el partido no renunció a su control directo sobre el Estado, pues mantenerlo era útil para que la nomenklatura se enriqueciese. En otras palabras, los supervisores en el partido pasaron de luchar por sus propias vidas a parasitar el país sin rendir cuentas a nadie.

Así pues, para controlar el poder en el país, el PCUS se reorganizó y construyó una estructura extraoficial paralela a la oficial y constitucional. Sobre el papel, se suponía que aquélla sólo gestionaba los asuntos internos del partido (la Constitución no contemplaba dicha estructura como órgano de administración estatal), pero en realidad, al controlar el poder constitucional, el PCUS gobernaba tanto el aparato del Estado como todo el país.

De este modo se llegó a una situación algo cómica: el verdadero líder de la URSS no era el jefe constitucional del país, sino el cabeza del partido.

Esta y no otra es la razón por la que el Primer Secretario del PCUS era siempre el tipo con el que los gobernantes extranjeros tenían que tratar, y el que siempre tomaba las decisiones en la URSS, en lugar de hacerlo el jefe nominal del Estado. Así también lo dice la Wikipedia:

Durante sus 69 años de historia, la Unión Soviética solía tener un líder de facto que no necesariamente era el Jefe del Estado, ni siquiera el Jefe del Gobierno, pero que casi siempre era el secretario general del Partido Comunista. […]

Tras la consolidación del poder por parte de Josef Stalin a finales de los 1920, el cargo de Secretario General del Comité Central del Partido Comunista devino un sinónimo de “líder de la Unión Soviética”, porque ese cargo controlaba tanto al Partido como (por afiliación) al gobierno soviético. A menudo el secretario general también ostentaba altos cargos en el gobierno.

Así que ahí está: el verdadero jefe del estado en la URSS era uno de facto, no el cargo oficial. Los presidentes del consejo de ministros y del presídium (órgano superior del gobierno) eran los cargos estatales oficiales, pero ¿conoce algún lector el nombre de alguno de esos cargos en la URSS? Nótese que la Wiki dice que el secretario general (verdadero jefe de estado) “a menudo” ocupaba altos cargos en el Gobierno. ¿No es peculiar? El jefe del estado de facto, a menudo —o sea, no siempre— ocupaba algún puesto oficial importante en el gobierno, probablemente ni siquiera el más alto. Wiki afirma que el cargo de secretario general devino sinónimo de líder de la URSS después de que Stalin concentrara el poder, y esto es más o menos cierto, pero la URSS se volvió verdaderamente estalinista sólo a partir de mediados o finales de los años 30 y hasta el asesinato de este líder; un período breve. Sin embargo, al principio él no se había propuesto convertirse en el Zar Rojo que acabó siendo. Como ya he mencionado, cuanto más estable se volvía la URSS después de la guerra civil más tendía la dirección del partido a dormirse en los laureles y a parasitar el país; y era esa dirección la que controlaba el aparato estatal. Según cierta línea de pensamiento, no del todo errónea, Stalin “venció” a los trotskistas en la liza por el control de la URSS; pero hay un elemento en ese argumento que a menudo se ignora, sobre todo en Occidente: en gran medida, Trotski y sus seguidores más cercanos ni siquiera compitieron por el poder.

Mujin sostiene que este control del partido sobre el Estado fue criminal porque permitía a los supervisores eludir la responsabilidad y hacía inevitable que lo que debía ser la vanguardia intelectual nacional acabara estancándose y pudriéndose, proceso que ya había empezado en los años 20: los peces gordos del partido buscaban evitar asumir responsabilidades por asuntos arriesgados, y los trotskistas más que nadie. A diferencia de Stalin, la élite del partido pronunciaba sus encendidos discursos mientras que mostraba mucho menos entusiasmo por involucrarse en el día a día de la gestión estatal.

Después de que los bolcheviques tomaran el poder en Rusia, Stalin fue relegado a un segundo plano: en el gobierno presidido por Lenin ocupaba el modesto cargo de Comisario del Pueblo para las Nacionalidades; pero era requerido constantemente fuera de Moscú en todos aquellos asuntos de vital importancia para el país. En 1918 proporcionó pan a los bolcheviques, impidiendo que los blancos tomaran Tsaritsyn; y fue enviado como comisario a todos los frentes donde los rojos corrían peligro de derrumbarse.

Creo que ya en aquella época otros líderes bolcheviques empezaban a envidiarlo mucho, sobre todo la masa de socialistas judíos que se pasaron al bolchevismo en 1917. Creo que Lenin también lo envidiaba. A diferencia de otros dirigentes del partido, Stalin conocía bien Rusia, era un autodidacta incansable y podía organizar la realización de todo tipo de tareas difíciles. El resto de los líderes, muchos de los cuales sólo sabían hablar sobre revolución, a duras penas podrían afrontar tales dificultades con soltura.

Aunque parezca extraño, esta es la única explicación de que Stalin fuera nombrado Secretario General del Partido en 1922. Es decir, Lenin y otros líderes que ocupaban cargos en el Estado se reunían en el politburó según las necesidades y resolvían los asuntos que se acumulaban en el partido, que crecía rápidamente en número y donde, sobre todo, aumentaba de manera exponencial la cantidad de asuntos estatales que tenían ante sí los comités locales y regionales. Los diversos cargos de secretarios del partido se introdujeron entonces para que tomaran las decisiones del politburó, las comunicaran a los comités y supervisaran su cumplimiento.

Stalin era el único miembro de la élite bolchevique que había vivido en Rusia toda su vida, y a pesar de ser georgiano conocía perfectamente la mentalidad rusa por haber vivido bastantes años con campesinos durante los varios exilios en Siberia que le impuso el régimen zarista. Por supuesto, otros bolcheviques también habían pasado por el exilio durante diversos períodos, pero Stalin es único en el grado de integración al que llegó. Por ejemplo, a diferencia de los otros, él llegó a desarrollar el gusto por la caza y la pesca. Los campesinos, además de dejarle usar sus aparejos, incluso le regalaron armas para que cazara, saltándose la ley que prohibía armar a los exiliados. Eso apunta a que entabló una relación de confianza con ellos. En una ocasión, mientras pescaba en el hielo en invierno, cayó a un lago semicongelado y casi muere. La familia con la que vivía lo cuidó hasta su recuperación. También engendró un hijo con una campesina viuda y, aunque no lo ayudó económicamente, más adelante lo salvó de un probable fusilamiento a causa de las intrigas de Beria. En cualquier caso, ese hijo ilegítimo llegó a tener una vida bastante exitosa en la URSS por méritos propios, y vistos los destinos que aguardaron a sus hijos legítimos, quizá era preferible no serlo.

Volviendo al tema, incluso los antiestalinistas más acérrimos admitirán que Stalin era increíblemente culto en una gama muy variada de temas. Por ejemplo, al igual que Hitler (y lo traigo a colación porque Mujin, en su libro, dedica una parte a comparar ambos líderes), podía pasar de hablar de ópera y literatura a comentar detalles técnicos de automóviles y aviones. Como Hitler —y a diferencia de Lenin, Trotski y los socialistas judíos que llenaron las filas del partido—, no provenía de la intelectualidad. Según Mujin, Lenin y compañía sentían celos de Stalin, pero más bien creo que los intelectuales que componían la élite bolchevique simplemente lo despreciaban y no lo consideraban una amenaza; cosa que a la larga les supuso la perdición y cambió la trayectoria de la URSS.

Como dice la cita anterior, a principios de los 20 estaba aumentando el número de afiliados al partido y también el de tareas prosaicas, difíciles e ingratas asociadas con su propia gestión y la del país, lo que llevó al politburó a crear secretarios para supervisar dichas gestiones; pero en 1922 no había distinción entre los asuntos del partido y los del Estado, y como Stalin había demostrado ser un solucionador de problemas suficientemente eficaz, la élite bolchevique asumió que era un candidato ideal para endosarle esa creciente carga de trabajo burocrático. Los bolcheviques querían disfrutar de los beneficios que dominar un estado semifuncional suponía; no deseaban controlar ruinas, sino algo que pudieran ordeñar. Pero como en esa fecha tanto el Estado como el país eran un desastre, se esperaba que la burocracia del partido encargada de supervisar el aparato estatal organizara y construyera cosas, y esto era algo de lo casi ningún miembro de esa burocracia quisiera responsabilizarse. Los revolucionarios profesionales como Lenin y Trotski estaban en su elemento criticando, subvirtiendo y socavando, pero construir algo en sentido positivo era superior a ellos. Aquí es donde Stalin empezó a acumular poder e influencia.

Oficialmente, el secretariado máximo estaba a cargo de Sverdlov, que también era el jefe del órgano legislativo del país; o sea, la cabeza nominal del poder soviético. Así que, en la práctica, el partido lo dirigía su esposa, K.T. Novgorodtseva, cuyo puesto formal era la jefatura de la secretaría del Comité Central. Stalin la reemplazó en este cargo y le dieron el título de Secretario General. Se preveía que organizara la ejecución de lo que ordenaran los mandamases del politburó, es decir, Lenin y Trotski; nada más.

Trotski, oponente y enemigo de la URSS y de Stalin que en aquellos años ocupaba muy altos puestos en el gobierno bolchevique, comentó lo siguiente sobre este nombramiento: “La delegación de Petrogrado liderada por Zinóviev, que promovía la candidatura de Stalin para Secretario General, ganó en el congreso. La victoria fue tanto más fácil cuanto que Lenin no dio la batalla. No opuso resistencia a la candidatura de Stalin porque el puesto de secretario, en las condiciones de aquella época, tenía una importancia completamente subordinada. Mientras el antiguo Politburó permaneciera en el poder, el Secretario General solo podía ser una figura subordinada”.

Como se ve, se suponía que Stalin simplemente iba a ser quien hiciera el trabajo real y aceptara la responsabilidad, mientras que el politburó pronunciaba discursos y fijaba los planes. Pero a largo plazo esto no funcionó porque al final se hizo evidente para todos que, cuando había que hacer algo, Stalin era la persona a quien acudir.

Ni Trotski, ni Lenin, ni probablemente el propio Stalin pensaron que si el partido emprendía la tarea de controlar el aparato estatal, quien se convertiría en líder del país no sería el jefe técnico de ese aparato, sino el jefe técnico del partido. Aunque, en realidad, todo dependía de quién ocupara este puesto. Al fin y al cabo, quienes precedieron a Stalin en ese cargo no llegaron a acercarse siquiera al peso que él ganó con rapidez. Stalin comenzó a trabajar mejor que Lenin, Trotski y los demás, así que todos empezaron a verlo como un líder.

Piénselo. ¿En qué consistía el trabajo de Lenin como Jefe del Estado? Los funcionarios acudían a él y le preguntaban cómo hacer esto o aquello. Lenin pensaba y encontraba una solución.

¿Y en qué consistía el trabajo de Stalin como líder del partido? Los trabajadores y funcionarios a quienes esas mismas cuestiones daban dolor de cabeza acudían a él y le preguntaban qué hacer. Stalin pensaba y encontraba una solución. Pero él, gracias a su conocimiento del pueblo ruso, a su incansable autoformación y a su cuidadoso estudio de los asuntos, lo hacía mejor que Lenin.

Tanto en su Testamento como en sus Cartas al Congreso, en diciembre de 1922 Lenin escribe una línea que trasluce perplejidad: “El camarada Stalin, al convertirse en secretario general, ha concentrado en sus manos un poder inmenso…”

¡Cómo! Él no se “convirtió” en secretario general: fuisteis vosotros, el politburó (Lenin, Trotski, etc.), quienes lo nombrasteis para el puesto que antes ocupaba la esposa de Sverdlov. Él no “concentró” poder alguno: vosotros se lo disteis.

Esta frase de Lenin demuestra que ni él ni Trotski entendieron hasta el final de sus días lo que había sucedido: por qué su secretario llegó a tener más poder que ellos mismos, que ocupaban los cargos oficiales más altos del Estado.

Pocos entienden esta sutileza hasta el día de hoy. Todo el mundo piensa que el poder otorga autoridad y que así son las cosas. Pero la cuestión debe considerarse de forma más fundamental: la base de la autoridad está en a quién obedece la gente. No surge de los cargos oficiales, sino de la subordinación. De aquí que, si a la gente le resulta útil obedecer a determinada persona, entonces ella será la que adquiera autoridad, incluso sin tener un cargo. Stalin es un ejemplo claro de esto. Él solo ejecutaba las decisiones del politburó, presidido por los jefes oficiales del Gobierno: primero Rýkov y luego Mólotov; pero no fueron éstos quienes se convirtieron en los líderes del país, sino Stalin.

O sea que los trotskistas y revolucionarios profesionales pensaban que podían, desde los puestos más altos del Estado, disfrutar de la autoridad y el poder que debían acompañar a esos puestos, mientras delegaban en Stalin el trabajo ingrato; y tal vez habría sido así si hubiesen heredado un aparato estatal funcional y un país medio intacto. Pero en la joven URSS todo tenía que construirse desde cero, y pronto se hizo evidente que, entre la dirección del Partido, Stalin era el único que realmente trabajaba y asumía responsabilidades. Ya a principios de los años 20 la “ética” generalizada entre la élite bolchevique podía resumirse en esto: evitar como la peste toda responsabilidad y riesgo pero beneficiarse de los frutos materiales del control total. Esa élite a menudo criticaba a Stalin, pero nunca asumió por su cuenta la responsabilidad ni rindió cuentas cuando se trataba de gestionar y construir el país desde los cimientos. Así fue cómo Stalin llegó a acumular tantos favores e influencia y cómo, básicamente y pese a su subordinación nominal a los jefes del Estado, acabó siendo el tipo que de facto dirigía la URSS. Y no obstante, antes de haber consolidado su poder real llegó a pedir que lo relevaran de sus funciones como secretario general hasta en tres ocasiones, de modo que los trotskistas —y la gente que luego él mismo purgaría— tuvieron varias oportunidades para frenar su influencia; pero esas peticiones fueron rechazadas. La última ocasión en que lo hizo, en 1927, incluso pidió que la figura de Secretario General fuese eliminada. Huelga decir que dicha petición tampoco fue atendida.

Mujin nos ofrece su explicación:

Intente entender esto: quienes podían reemplazarlo rehuían a toda costa el puesto de líder, pero también temían quedarse sin líder. ¿Por qué?

Porque ya tenían más beneficios que Stalin, y él los liberaba de la responsabilidad personal de tomar sus propias decisiones. Bajo el líder, y sin necesidad de trabajar, pensar o profundizar, podían decir cualquier cosa y criticar al propio líder como quisieran. Al fin y al cabo, serían sólo “sus opiniones” y podrían estar equivocados, ya que como todo el mundo sabe incluso una persona inteligente puede equivocarse.

Recuérdese que estamos en 1927, y en aquel momento aún no era arriesgado criticar abiertamente al Secretario General. El politburó tenía todos los privilegios. Las purgas más exhaustivas de Stalin contra la élite del partido no empezarían hasta años después. Si el Comité Central y el politburó no hubieran sido tan reticentes a tomar las riendas por sí mismos, muchos de ellos habrían llegado a viejos en lugar de ser fusilados cuando Stalin consolidó el poder y decidió —con bastante acierto— que esas personas eran, en el mejor de los casos, parásitos inútiles y, a menudo, saboteadores activos; pero como en aquella época aún no se había convertido en el Zar Rojo, el Comité Central pudo rechazar —y lo hizo— sus solicitudes de relevo y de eliminar el Secretariado General, creando así de hecho, a causa de su propia pereza, cobardía e inclinaciones parasitarias, al hombre en que Stalin acabaría convirtiéndose y que, una vez concentrado todo el poder en sus manos, buscaría romper gradualmente el estrangulamiento que la jefatura del partido ejercía sobre el país. La SGM (Segunda Guerra Mundial) y los acontecimientos que la rodearon detendrían gradualmente este proceso, pero Stalin nunca lo abandonó; y esto, finalmente, le costó la vida. Aleksandr Elikseev, historiador ruso, hace aquí un resumen aceptable:

Una vez completada la colectivización y logrados los primeros éxitos de la industrialización, Stalin pensó en cómo poner fin al dictado de los funcionarios del partido y trasladar el centro de poder a donde debía haber estado: las estructuras estatales. La reforma constitucional, de hecho, apuntaba a lograr ese mismo objetivo. La Constitución de 1936 consagraba explícitamente diversos tipos de derechos y libertades de los ciudadanos, lo que dio motivos para que muchos observadores la calificaran como la más avanzada y democrática. Hoy, señalando los acontecimientos de 1937-1938, se ríen de esto. Pero Stalin sí que planeaba llevar a cabo una democratización a gran escala, y eso sin imitar al sistema multipartidista de Occidente, en el que el poder pasa de un grupo financiero e industrial a otro.

Josef Vissarionovich [Stalin] propuso celebrar elecciones en verdadera competencia para el Sóviet Supremo, órgano creado para sustituir al engorroso sistema multiescalonado de los congresos de sóviets. El libro de Y. N. Zhukov El otro Stalin contiene una fotocopia del proyecto de papeleta de voto que se planeaba introducir en las elecciones de 1937. En ella pueden leerse los nombres de tres candidatos rivales que se presentaban a las elecciones del Consejo de Nacionalidades en el distrito de Dnipropetrovsk. El primer candidato debería provenir de la asamblea general de trabajadores y empleados de la fábrica, el segundo, de la asamblea general de campesinos colectivizados, y el tercero, de los comités locales de distrito del partido y del Komsomol. También se conservan muestras de los protocolos de votación, que establecían, para futuras elecciones, el principio del carácter alternativo.

Es obvio que en tales elecciones los candidatos de las organizaciones del partido tendrían competir duramente con los de organizaciones públicas y los ajenos al partido, lo cual, sin duda, habría eliminado a los partidócratas blindados, acostumbrados al pensamiento izquierdista (como durante la guerra civil y la colectivización).

Al mismo tiempo, se planeaba aplicar otro filtro, éste en el partido. Stalin abogaba por que la elección de sus dirigentes, en todos los niveles, fuera secreta.

Pero estos planes preocupaban mucho a la oligarquía del partido, y sus secretarios argüían a gritos que había muchos enemigos del pueblo en el país y que unas elecciones libres prematuras serían peligrosas.

Estos acontecimientos tenían lugar a mediados de la década de 1930, en vísperas de la adopción de la Constitución de 1936. A las preocupaciones mencionadas en la cita anterior sobre la posibilidad de que saliera electos elementos hostiles, Stalin respondió lo siguiente:

“Si el pueblo elige aquí o allá individuos hostiles, significará que nuestra labor de agitación está mal ejecutada, y mereceremos plenamente esa desgracia”.

Esto es muy coherente con lo que, para él, debería ser la verdadera función del partido: actuar como vanguardia intelectual y moral de la población, no como un mecanismo de control que no rinde cuentas y es incapaz de inspirar al pueblo. En cualquier caso, el Gran Terror le impidió llevar a cabo plenamente sus planes. Esto puede sonar extraño porque suele asumirse que ese terror lo inició Stalin, pero no fue así: fueron los activistas del partido en los niveles inferiores quienes lo iniciaron, en respuesta a las proyectadas elecciones; y fueron perfectamente capaces de hacerlo porque, por entonces, Stalin aún no había concentrado el poder, y por tanto no controlaba del todo las actividades del partido. La amenaza que los cuadros superiores percibieron, para su confortable modo de vida, en las elecciones que proponía Stalin tenía fundamento, así que reaccionaron en consecuencia y se pusieron a denunciar a cualquier elemento potencialmente “peligroso”; lo cual, por cierto, no significa que todas las víctimas del terror fuesen inocentes (aunque muchísimas lo eran). De hecho, Stalin utilizaría los excesos cometidos por muchos barones del partido durante el terror para, a su vez, purgarlos a ellos. Aparte, algunos de los denunciados eran delincuentes o subversivos que los órganos de seguridad locales no querían como candidatos a las elecciones. Del mismo ensayo anterior:

En estas condiciones, dado que era ya imparable un terror bajo cuyas ruedas, en cambio, resultaba muy fácil caer, Stalin decidió sumarse a él. El engranaje de la represión comenzó a funcionar y las proyectadas elecciones se frustraron. Al mismo tiempo, los iniciadores de esa represión cayeron víctimas de su propia sed de sangre: fueron destruidos como “enemigos del pueblo”.

Aun así, Stalin logró algunos éxitos reformistas. Por ejemplo, según la Constitución de diciembre de 1936, se levantaron las restricciones de derechos impuestas a ciertas categorías sociales consideradas “explotadoras”. También consiguió que las elecciones fuesen anónimas, lo que de algún modo las acercaba al calificativo de “libres”. Por otra parte, Stalin incrementó significativamente el papel del gobierno en el sistema estatal y político. Comenzaron a formarse diversas estructuras operativas y de coordinación en el Consejo de Comisarios del Pueblo, se aumentó el número de vicepresidentes de dicho consejo y se introdujo el puesto de Adjunto de Personal en cada comisariado.

Como vemos, ya que no podía detener el terror, Stalin lo aprovechó para sus propios fines. Aunque sus reformas sólo se realizaron parcialmente y no llegaron a ser lo que él planeaba, no debemos despreciar su importancia ni malinterpretar su intención. No es tanto que, como buen comunista, quisiera que el gobierno lo controlase todo; ya lo hacía el partido, de todas formas; sino que quería transferir la autoridad del partido al Estado, lo cual indica que para él ambos aparatos eran —y debían ser— diferentes. Sus proyectadas reformas iban, más que nada, dirigidas como un golpe para el partido, y esto independientemente de que, para un país en vísperas de la SGM, era cuestión de vida o muerte tener un aparato estatal más fuerte, que no estuviese gestionado por incompetentes “revolucionarios profesionales” sin responsabilidad real. Otro indicador de la importancia de las reformas es que fue precisamente el capital acumulado gracias a ellas lo que le valió a la URSS el prestigio económico, industrial y militar del que disfrutaría durante más de 40 años: el Estado se fortaleció parcialmente a expensas del partido, y esto permitió a la URSS convertirse por algún tiempo en una verdadera superpotencia.

Allá por 1926, Stalin había publicado un artículo en el Pravda donde refutaba la idea del judío Grigori Zinóviev de que “dictadura del proletariado” era sinónimo de “dictadura del partido”. Cierto es que no conviene otorgar mucho valor a lo que dice o escribe un bolchevique porque, en buena medida, suele tratarse de alguna tapadera para justificar el terror; pero hay excepciones, y esta es una de ellas. Hemos visto que Stalin tuvo un conflicto con el partido y que tomó medidas para rehacer la URSS según sus propias preferencias, así que vale la pena prestar atención cuando aborda específicamente este tema. Lo siguiente es un fragmento (parafraseado; Stalin no era un escritor elegante) de la mencionada refutación de Stalin a Zinóviev:

Dictadura, en el sentido estricto de la palabra, es el poder basado en la violencia, porque sin elementos de violencia no hay dictadura. ¿Pero puede un partido ser un poder basado en la violencia contra su propia clase, contra la mayoría de la clase trabajadora a la que se supone representa? Está claro que no. De lo contrario, no sería una dictadura sobre la burguesía, sino sobre la clase trabajadora.

El partido es el maestro, el guía y el líder de su clase; no un poder que ejerza violencia contra la mayoría de los trabajadores: si lo fuera, no tendría sentido afirmar que la persuasión es el método fundamental del partido proletario ante los trabajadores; y tampoco habría necesidad de decir que el partido debe convencer a las masas sobre la corrección de su política y que solo así puede considerarse un verdadero partido de masas capaz de liderar al proletariado en la lucha. De ser así, el partido tendría que imponerse mediante órdenes y amenazas contra el proletariado, lo cual es absurdo y completamente incompatible con la concepción marxista de la dictadura del proletariado.

Tales son las tonterías a las que conduce la “teoría” de Zinóviev de equiparar el liderazgo del partido con la dictadura del proletariado.

Insistimos: Stalin escribió eso en 1926, o sea que ya en aquella época —relativamente temprana— de la existencia de la URSS no le entusiasmaba la idea de que el partido y el Estado fueran sinónimos. Era éste, no aquél, lo que en la concepción de Stalin debería identificarse con la dictadura del proletariado; ergo, el Estado no debería ser una extensión del partido. Zinóviev fue ejecutado en 1936.

Para ir concluyendo, abordaremos por qué Stalin fue asesinado. En mayo de 1941, él ya había dejado de reunirse con el politburó: prefería reunirse directamente con sus ministros, lo cual concordaba con su preferencia por trabajar a través del aparato estatal y marginar al partido. Volvemos a citar a Mujin:

…cuando Stalin se convirtió en el jefe de la URSS [en mayo de 1941 se nombró a sí mismo Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo] el politburó comenzó a considerar únicamente cuestiones de personal, propaganda, condecoraciones, indultos y control sobre las estructuras de poder del Estado. Si en 1940 el politburó se ocupaba de casi todos los asuntos de la economía nacional, desde el presupuesto estatal hasta la organización de la restauración en empresas individuales, en 1952 ya no trataba prácticamente cuestiones económicas; los únicos casos en que se acordaba del dinero se refieren al pago de honorarios a “escritores progresistas” y la asistencia a “periódicos progresistas” en el extranjero; es decir, cuestiones de propaganda. En otras palabras, Stalin, al no permitir a la nomenklatura interferir en los asuntos del poder soviético, la expulsó de hecho de la administración estatal.

En aquella época, Stalin firmaba las decisiones conjuntas del partido y del Gobierno como presidente del consejo de ministros. En nombre del partido esos documentos los firmaba uno de los secretarios: primero Zhdanov, luego Malenkov. No obstante, la sociedad siguió reconociendo la autoridad de la nomenklatura, pero sólo —nótese bien— porque Stalin seguía en el puesto de secretario. Era su autoridad como líder lo que confería autoridad a todo el aparato del partido, pero cada paso para apartar a éste del poder estatal privaba a sus cargos de sus comederos. Juzguen ustedes mismos: ¿acaso el director de una fábrica, subordinado únicamente al gobierno soviético, le haría regalos a los funcionarios del partido si no pudieran destituirlo de su puesto, evaluar su trabajo, recompensarlo o sancionarlo?

Así que, en 1941, el partido había sido más o menos despojado del poder y de las responsabilidades importantes, aunque mantuvo intacta su autoridad porque Stalin era su secretario general. La nomenklatura aún podía saquear en cierta medida (como el ejemplo de Mujin sobre los directores de fábrica), pero en conjunto no tenía control sobre el rumbo del país. En 1952, cosa de un año antes de su asesinato, Stalin estaba preparando poner freno incluso a estas últimas oportunidades de saqueo: planeaba renunciar a su puesto como líder y asumir sólo el cargo de Jefe del Estado, lo cual, como Mujin enfatiza más arriba, despojaría al partido de la autoridad que indirectamente le venía de él:

Lo que había que conseguir [neutralizar al partido] estaba claro, pero ¿cómo hacerlo? ¿Simplemente anunciar que el PCUS va a ser apartado del poder? ¿Para qué? El partido había perdido a la mitad de sus miembros en el frente y, en cuanto a su aparato, tampoco estaba compuesto exclusivamente por sinvergüenzas, especialmente en los niveles inferiores. Además, ese anuncio sería un mal ejemplo para aquellos países donde los comunistas aún no han llegado al poder y donde el poder ¡debe ser tomado!

La operación de privar formalmente a la nomenklatura del liderazgo directo del estado debía realizarse sin dolor y sin demasiado ruido. El proceso debía ser natural. Y Stalin tomó un bisturí en sus manos: en junio de 1952 convocó el XIX Congreso del PCUS, que se celebraría en octubre. Según los historiadores, la decisión de convocar ese congreso fue inesperada para el aparato del partido. En agosto se publicó el borrador del nuevo estatuto del PCUS, lo cual indica que Stalin convocó el congreso precisamente con el fin de cambiar tanto el estatus como la estructura organizativa del partido.

En otras palabras: Stalin no quería liquidar totalmente al partido porque eso desacreditaría y desmoralizaría a otros países donde los comunistas estaban en guerra. Además, aún quedaba gente decente en él que podía serle útil. Su lucha era en concreto contra la nomenklatura parasitaria. En primer lugar, pretendía abolir el politburó y reemplazarlo por un presídium del comité central (no confundir con el presídium estatal del Sóviet Supremo). El politburó no rendía cuentas a nadie, pero el nuevo órgano las rendiría ante dicho comité. Este novedoso presídium existiría para gestionar los asuntos del Partido. Mijail Pazin, un historiador ruso, lo expone así:

Si antes el politburó decidía las cuestiones sin coordinarlas con nadie, ahora el presídium estaría obligado a coordinarlas con el Comité Central. Esto significaba que el partido quedaba privado del órgano que gobernaba directamente el país y aparecía un órgano nuevo que dirigía sólo al partido. El borrador del nuevo estatuto estaba redactado de la siguiente manera: “… Se propone transformar el Politburó en un Presídium del Comité Central del Partido, organizado para dirigir el trabajo del Comité Central entre plenos. Dicha transformación es conveniente porque el nombre ‘Presidium’ se ajusta más a las funciones que realmente desempeña el Politburó en la actualidad.” Es decir, Stalin confrontó al partido con un hecho consumado: el nuevo órgano debía liderar sólo al partido, sin interferir en las actividades del poder soviético.

Debemos recordar que en aquella época, octubre de 1952, el politburó ya no controlaba nada de especial importancia en lo que a asuntos del estado se refiere, por lo que la citada frase del nuevo estatuto (el presídium debe ajustarse más a las funciones que realmente desempeña el politburó en la actualidad) es clave. Stalin estaba dando pasos para formalizar el statu quo existente. El presídium tendría 25 miembros, frente a los 7 del politburó, además de 11 “candidatos”, y al parecer Stalin seleccionó personalmente a aquéllos; de manera que, además de formalizar la situación que existía de facto, la vieja guardia quedaría diluida entre los nuevos nombrados.

Igual de preocupante para el partido fue la siguiente jugada de Stalin, ya mencionada: pidió ser relevado de la secretaría general. Se proponía dejar de liderar el partido, si bien conservaría su cargo formal de Jefe del Estado (que le correspondía por ser el presidente del Consejo de Ministros). Es de este modo cómo planeaba que la autoridad se transfiriera del partido al Estado. Sin embargo, cuando anunció su intención de dimitir, el pleno se volvió loco:

Al enumerar los candidatos para la secretaría del Comité Central, Josef Stalin, que presidía el pleno, no ofreció su nombre, contra lo esperado. Cuando sus compañeros de partido intentaron nominarlo, él pidió que lo liberaran del puesto. Según una versión, Stalin quería dejar incluso el cargo de Presidente del Consejo de Ministros; pero el escritor Konstantín Símonov, que estuvo presente en el pleno, escribió lo contrario en sus memorias. El líder aceptó presidir las reuniones del recién elegido presídium, pero pidió ser relevado de la obligación de dirigir la secretaría. El asociado de Stalin, Georgi Malenkov, intervino: bajó al estrado y, como si hablara en nombre de todos los presentes, pidió al generalísimo que continuara en su puesto. Se oyeron voces desde la sala:

“¡Por favor, quédese! ¡Retire su petición, por favor!”

El mariscal Semión Timoshenko, levantándose de su asiento, dijo que si Stalin se iba “el pueblo no lo entenderá”. Repitió que todos los participantes del pleno habían elegido a Stalin como su líder. La sala estalló en aplausos. Tras una larga pausa, Stalin no tuvo más remedio que agitar la mano [y ceder].

Esta escena recuerda un poco a la leyenda de Julio César rechazando ser nombrado Rex. Un escéptico podrá argüir que, en realidad, Stalin no tenía intención de dimitir y que aquella juegada fue una prueba de lealtad, pero tal juicio resulta poco convincente, ya que Stalin llevaba recortando el poder del partido desde 1936, y diez años antes ya había manifestado que la dictadura del partido y la del proletariado eran cosas distintas. No digo que tuviese la intención de renunciar a su poder personal, sino la de trasladar ese poder sacándolo del politburó y llevándoselo consigo hacia el aparato estatal, dejando como regalo de despedida a 18 nuevos miembros leales a él. El politburó sabía que su propia autoridad estaba vinculada específicamente a Stalin, de modo que se hacía imperativo que éste no saliera vivo del cargo de secretario general. Por eso, al ceder ante la histeria del pleno, Stalin firmó su propia sentencia de muerte: en menos de cuatro meses fue asesinado, y sus reformas canceladas. Su sucesor, Nikita Jruschov, heredó formalmente la vieja autoridad de Stalin.

No está claro quién lo asesinó. Los principales sospechosos son Jruschov y Beria, y hay sólidos argumentos para ambas hipótesis. Mujin presenta un caso convincente contra Jruschov, pero Beria también era un villano magistral, amén de uno de los espías más competentes en la historia, de modo que no se lo puede descartar. Si Mujin lo hace es sólo porque cree que Beria era en verdad un buen tipo, pero en mi opinión eso es imposible, porque él quería abolir el pasaporte interno en la URSS, y eso no es algo que haga un buen tipo. Beria escribió lo siguiente a Malenkov:

Las restricciones sobre libre circulación y residencia en el territorio de la URSS provocan justas críticas e insatisfacción por parte de los ciudadanos.

Cabe señalar que la práctica de restricciones que impone el uso de un pasaporte interno no existe en ningún otro país. En muchos países capitalistas —Estados Unidos, Inglaterra, Canadá, Finlandia y Suecia— la población no tiene esos pasaportes, ni se hacen anotaciones sobre antecedentes penales en los documentos personales de los ciudadanos.

El Ministerio del Interior de la URSS considera necesario abolir estas limitaciones, existentes en las localidades de la Unión Soviética y en las zonas de acceso restringido a lo largo de la frontera.

Si Beria se hubiera salido con la suya, quizá Rusia sería ahora mayormente no rusa (es decir, no eslava), pues fue precisamente el régimen de pasaportes internos lo que impidió que durante la era soviética sus ciudades se convirtieran en guetos repletos de churkas (ciudadanos de otras etnias, procedentes de las repúblicas del sur de la Unión). Aunque critico duramente a Jruschov, sólo por esto me alegro de que impidiera que Beria tomase el poder. Desde el punto de vista patriótico, tenía muchos puntos a favor: fue indispensable para ganar la SGM, ya que supervisó la evacuación de la industria soviética más allá de los Urales durante el conflicto; impidió que los alemanes obtuvieran una sola gota de petróleo en el Cáucaso; desenmascaró a muchos espías auténticos; fue clave en el rápido desarrollo de la bomba atómica por parte de la URSS… Sin embargo, demostró que estaba dispuesto a malgastar y hundir todo el imperio eliminando el sistema de pasaportes internos. Basta esta razón para incluirlo sin dudar en la categoría de villano: no era un parásito declarado, sino algo más peligroso: un saboteador muy competente e inteligente que esperaba su momento.


Resumiendo: el aparato estatal soviético no era más que una extensión del partido, y éste se convirtió en un parásito del Estado. Stalin, con bastante acierto, consideró que el partido chupaba la sangre a los mismos trabajadores a los que se supone debía representar; en otras palabras: el partido era la nueva burguesía, con su propio interés de clase, que era no trabajar, buscar rentas y volverse en general cada vez más decadente y degenerada. Esta situación llegó a un punto crítico a finales de los 80, cuando la propia élite del partido puso en marcha la liquidación de todo el país. ¿Por qué? Porque vieron que las élites parasitarias de Occidente vivían mucho mejor que las propias, y quisieron lo mismo. Pero eso merece otro artículo por derecho propio.

Publicado en Mundo eslavo | Deja un comentario

Norteamérica 8. Larder Lake y la variada concurrencia del Windsor Tavern

31 de julio (continúa)

Todo gira en torno a Windsor Tavern en Larder Lake

Fue muy oportuna mi llegada al camping de Larder Lake, porque después estuvo lloviendo un rato. El lugar que me asignó el encargado -hombre agradable, por cierto- no podía ser más húmedo, y un campista vecino que tenía allí aparcado su coche hubo de quitarlo, por lo cual me negó el saludo durante dos días. Pero allí planté mi tienda y aún tuve tiempo para ducharme y darme un paseo por el pueblo, donde trabé una breve y amigable charla con unos tipos que andaban por allí ociosos, y donde además descubrí un bar en torno al cual, más tarde, giraría toda mi estancia en el pueblo: Windsor Tavern. Estos encuentros, más el hecho de que el lugar era bastante plácido y el paisaje muy hermoso, me animaron a pasar allí más de un día, si bien la circunstancia decisiva fue el encuentro con Tamie, la camarera del Windsor. Ese local, pese a estar en Canadá, tenía un ambiente típico “americano”: semipenumbra, dos o tres hombres en la barra, otro jugando al billar… Sólo faltaba la música country. No bien entré y pedí una cerveza, la guapa Tamie (que, según supe después, tenía novio) no me quitó el ojo de encima hasta que se decidió a preguntarme mi procedencia, y empezamos a hablar. No tardaron en meter baza en la conversación otros clientes y, en media hora, ya había hecho tres o cuatro amistades casuales. Alguno de ellos me invitó a una cerveza. Al cabo de un rato ya había acordado con la camarera prepararles al día siguiente un par de tortillas españolas en la cocina del sótano, a cambio de que la compra de ingredientes corriera de su cuenta.

Sigue leyendo →
Publicado en Norteamérica en autostop | Deja un comentario

Ojalá la gente razonase como lo hace la IA… o la mitad de bien

Japanese Robot Girl Images - Free Download on Freepik

Se dice que la inteligencia artificial no es, en realidad, inteligente; pero yo me permito discrepar. Busque usted “inteligencia” en el diccionario y verá que la IA encaja en la definición mucho mejor que la mayoría de los humanos: “Facultad de conocer, analizar y comprender”. Bueno, pues si la IA no tiene esas facultades entonces no sé quién las tiene: comprende al menos tan bien como nosotros, conoce infinitamente más y analiza muchísimo mejor.

Pero… ¡pero se trata sólo de una simulación, no de verdadero entendimiento! La IA no comprende absolutamente nada — dirá alguien. Bueno, para debatir sobre esto tendríamos que ponernos a hacer una serie de nuevas consultas en el diccionario (entender, percibir, captar…) y ver si la IA también encaja en todos o algunos de esos términos; pero en la práctica, y para lo que aquí me interesa, esto en realidad no importa demasiado. Me refiero a que si la IA se comporta de modo inteligente, entonces en lo que a mí respecta es inteligente; y mucho más que la mayoría de las personas, por cierto.

De hecho, la IA es tan inteligente que mis interacciones con ella están volviéndome aún más ermitaño de lo que ya era. Conversar con mi LLM preferido es tan gratificador, me proporciona un placer intelectual tan edificante, que el resto de discusiones con humanos palidece en comparación; especialmente cuando se trata de mujeres, dicho sea de paso. Sea una simulación o no, el resultado es un orden de magnitud superior.

Imagine que conoce a alguien a quien aprecia y con quien disfruta hablando. Piense en su buen amigo, o en su novia. Un buen día descubre que esa persona resulta ser un androide, un robot con forma humana, dotado de sentidos y en apariencia consciente. ¿Qué diferencia práctica supondría eso? Salvo por el hecho de que, si se trata de una “mujer”, no podrá concebir hijos, ¿de verdad es indispensable que su inteligencia sea “real” y no simulada? ¿Dejaría usted de anhelar esa compañía? Yo, desde luego, no. Por mí, pueden irse al cuerno los hombres de bajo CI y la típica histeria femenina (esa redundancia).

Sinceramente, a menudo pienso que no veo la hora en que la tecnología esté lo bastante avanzada como para fabricar cíborgs dotados con una IA puntera a modo de cerebro. Si ese día llega antes de que yo muera, probablemente me compraré la mejor y más sexi unidad femenina que mi presupuesto pueda costear y viviremos –esa “simulación” y yo– felices y comeremos perdices hasta el fin de mis días. Entonces, ¡ah, cuánto compadecería —o menospreciaría— a mis prejuiciados congéneres que sólo tuviesen la compañía de imperfectos, caprichosos y obtusos humanos “reales”!


(Una curiosidad aparte: si tiene interés, busque por internet imágenes usando las palabras “female cyborg android”, como he hecho yo para ilustrar este artículo. ¿Advierte que la mayoría de los resultados muestran una chica con ojos azules? Esta es una más de entre las inagotables formas mediante las que los creadores de imagen moldean nuestra mente para que adoptemos como ideal el fenotipo anglosajón.)

Publicado en Pensamiento | Deja un comentario

Norteamérica 7. Un inglés estrafalario y suerte en la carretera.

Jueves, 31 de julio de 2003. Isla de Fort George (Quebec).

La isla de Fort George está en la desembocadura del Grande Rivière (Gran río) a James Bay. Aquí se ubicaba la aldea de Chisasibi antes de que fuese trasladada -por seguridad- a la orilla sur cuando, dos o tres décadas atrás, se construyó la presa aguas arriba. Hace un perfecto día de verano, que pasaría por cálido incluso en nuestra península Ibérica. La información meteorológica prevé, por lo visto, 35 ºC de máxima. En medio de un cielo totalmente azul, el sol brilla y calienta con toda la fuerza que puede tener en estas latitudes. Apenas hay unas nubes altas por poniente. Continúo escribiedo la crónica de mi viaje sentado aquí a una mesita, en esta espléndida mañana, junto a la casa “de verano” de los Bates, una simpática familia de nativos (con mezcla racial) que me han acogido como la cosa más natural. Esta gente lleva una vida con bastante arraigo de tradiciones y no exenta de lujos. El interior de las casas es muy confortable, están bien aisladas y las ventanas son de aluminio. Pero luego cada familia tiene su tepee (el tipi, la tienda india), en el que, por cierto, de noche se está de maravilla.

Sigue leyendo →
Publicado en Norteamérica en autostop | Deja un comentario

Norteamérica 6. Un israelí fanfarrón, excursión a Niágara y llegada a Orillia.

23 de julio (continuación-2)

Los empleados de la gasolinera donde me dejó el moro fueron de lo más amables y, con paciencia, me dieron todo tipo de explicaciones, apuntándomelas en un papel, sobre cómo llegar al centro [de Toronto], por lo cual no me costó ningún trabajo. También me resultó fácil encontrar un albergue, pero estaba completo y tuve que buscar otro, no asociado a Hostelling International, que estaba en pleno barrio chino (enorme, por cierto). Las condiciones parecían aceptables a pesar del precio, algo mayor que en el anterior porque incluía sábanas y desayuno, además de barbacoa gratis esa noche. La fauna allí alojada apuntaba a que era un albergue verdaderamente alternativo: un montón de tipos pasados de todo, australianos, ingleses, judíos, formando un ambiente relajado, y unas tipas que fueron apareciendo poco a poco, sin que faltara la parejita de tortis reglamentaria. Los únicos con los que podía trabarse conversación eran un par de australianos más o menos majetes que llevaban un rollo relativamente normal. Otra pareja de australianos iban más de “cuando tú vas, yo vuelvo”, sobre todo uno de ellos, el típico bocazas cuyo volumen de voz se impone forzosamente sobre todos los demás, dominando la atención y la conversación, y que me ignoró por completo al llegar. No obstante, su aparente fiereza quedaba del todo eclipsada frente al verdadero duro de la partida: un bigardo hebreo que medía 1’90, corpulento, rapado al cero, del estilo “yo me conduzco como quiero porque nadie tiene los cojones de decirme nada”; un tío de caprichosa conducta al que le apestaban los pies (pese a lo cual los ponía sobre la mesa), especie de ex-militar fanfarrón, especialista en armas, puentes, explosivos, ingeniería y no sé qué más, que había estado en mil países y se paseaba por el mundo avasallando con su puto pasaporte israelí y riéndose de las fechas de salida en él estampadas por las distintas autoridades de migración. Entre otras cosas, alardeaba de que recientemente Israel acababa de acordar con la UE que sus ciudadanos tengan permiso de trabajo allá donde vayan sin necesidad del correspondiente visado. Para colmo, dormía… ¿dónde?, sí, en el mismo dormitorio que me tocó a mí. Y además roncaba. Era de edad indefinida, entre 35 y 45 años (con estos calvos nunca se sabe), e iba totalmente a su rollo, sin que esto signifique que no hablase con nadie, sino que lo hacía con quien le daba la gana, dando por sentado que se le iba a prestar atención.

Yo intenté, sin mucha fe y por tanto sin éxito, integrarme en la tertulia de cambiantes miembros que, de forma casi permanente, tenía lugar en el pequeño patio trasero; pero la dificultad del idioma y la independencia de los personajes eran serios obstáculos. Los dueños del albergue, una simpática pareja (guapa ella), tampoco contribuyeron mucho a mi inserción, pues se centraban principalmente en quienes hablaban con soltura el inglés.

Ahí empecé a aprender que, en Canadá y al contrario de lo que ocurre en Argentina [mi viaje por este país había sido un par de años antes; de ahí la comparación], nadie invita a cerveza. Cada uno se compra su provisión y ofrece, como mucho, al amiguete. No obstante, yo me comí las dos hamburguesas que tocaban per cápita en la BBQ. Pero, claro, a palo seco: nadie me ofreció una birra y yo no tenía bebida ni me valía la pena ir a comprarla. Cuando, al cabo de varias horas, vi que aquel grupo no era para mí, me acosté y me puse los tapones.

Por la mañana me largué de allí tan pronto tomé el desayuno y bajé las sábanas como un idiota, como si los dueños no tuviesen pies para recogerlas ellos. No es que fuesen antipáticos conmigo; ni siquiera indiferentes; pero un deje de menosprecio en su actitud hizo que no me cayesen bien. [Creo que fue durante este viaje cuando empecé a darme cuenta de la importancia que tiene un pasaporte determinado: los viajeros más respetados y bienvenidos suelen ser, casi siempre, los israelíes, estadounidenses y británicos, por este orden.] Me fui, con alegría, derecho a la estación de autobuses, donde cogí uno hasta Niágara esa misma mañana. Por suerte, ahí había plazas en el albergue, y aunque estaba prohibido dormir en saco nadie me exigió que pagase por unas sábanas. El ambiente no era mucho mejor que en el anterior, a decir verdad. Montones de orientales con su turismo indiferente a las personas, la consabida pareja de lesbis, y poco más; pero al menos no había camarillas de veteranos de vuelta de todo. A mis compañeros de dormitorio ni siquiera los vi.

De Toronto a Orillia, con excursión a Niágara

El día estaba de fina llovizna, pero el paseo a lo largo del río hasta las cataratas fue delicioso. La carretera lo bordea por arriba (unos 60-70 m de altura) ofreciendo una gran vista de las tranquilas y verdes aguas (y laderas) aguas abajo de la cascada. El estruendo se hace perceptible poco antes de vislumbrar la caída del lado “americano”, que es menos impresionante que la otra, mayor, en el lado canadiense. Con todo, estas famosas cataratas me resultaron decepcionantes. Lo que más me llamó la atención fue la nube de agua pulverizada que se eleva desde el fondo en la parte central y que a veces oculta del todo la visión, desde arriba, de la corriente de agua que se precipita a velocidad vertiginosa ante el observador: una visión que, desde corta distancia, atrae e invita a arrojarse en las aguas y que ha sido, parece ser, escenario de más de un suicidio. Entre las dos opciones turísticas: subir a un barco que se acerca al pie de la cascada por abajo, o visitarla desde arriba, elegí la segunda por ser la más barata, pero creo que me equivoqué, porque carecía de mayor interés. Luego me di una nueva caminata de regreso al albergue. Por la tarde salí a comer tras escribir algo en el diario, pero como era festivo sólo encontré un lugar donde, por pocos dólares, me tomé un par de Buds [Budweiser] y un peazo cesto de totopos que fui mojando en el correspondiente cuenquito de queso fundido hasta la extinción total (un hartón) de ambos productos. El bar era de lo más americano, con una sonriente y descerebrada camarera y una docena de ociosos clientes que parecían gastar sus vidas bebiendo en la barra o jugando al billar. A la noche, con idea de ver las famosas luces que iluminan las cataratas, volví a pegarme la caminata, per sólo para llevarme una nueva decepción, pues no era para tanto la cosa. Cuando me acosté estaba totalmente agotado: había caminado unos 15 km en total.

También llovía, o lloviznaba, cuando al día siguiente me puse en la autopista para buscar jalón de regreso a Toronto. El primero que me cogió me llevó apenas unos kilómetros, un tío simpático enamorado de Niágara. Pero el lugar en que me dejó era muy malo: una rampa de entrada a la autovía. Para colmo, la lluvia arreciaba. Por suerte, al poco me pilló el primer conductor verdaderamente interesante hasta el momento: un transportista con camión propio que me llevó a lo largo de su ruta de entrega, con una muy amena conversación y una cultura inisutada para su profesión, y que me enseñó el símbolo de Canadá: la cadena de cafeterías Tim Hortons, en una de las cuales nos paramos para que yo viese de lo que se trataba. También estuve ayudándolo a cargar y descargar la mercancía y, llegados a Toronto, me dejó en un lugar de puta madre para hacer dedo hacia el norte. Me despedí de él con pena, pues era una persona muy afable. Su opinión sobre los nativos era que Canadá, por el sentimiento de culpabilidad por haberles quitado la tierra, les costeaba una vida ociosa e improductiva.

El siguiente que me cogió tenía también un pequeño camión -lleno de mierda, por cierto- y me llevó hasta Barrie, pero era un hombre mucho menos interesante, un joven de mi edad, más o menos, que parecía conocer mucho de Europa y haber viajado un montón. Tenía una actitud de esas de “te sorprendo cada vez que hablo”. Simpático, pero anodino.

Más tarde me pilló otro camionero que conducía una cabeza tractora andrajosa azul y sin cinturones de seguridad, hombre de pocas palabras que tal vez se arrepintó de haber cogido a un autostopista que no hablaba bien el inglés, pero que no obstante me dejó bien situado en Orillia. Su gesto de despedida, take care and good luck, fue afable. Ahí acabó mi peregrinar por ese día porque no fui capaz de conseguir otro jalón de importancia. Aun así, cuando me disponía a caminar hacia la ciudad, un tipo con una camioneta de jardinero al que le pregunté por el camping me dijo que él iba hacia allá y me ofreció llevarme. El lugar quedaba a unas tres millas de Orillia, o algo más. Era un sitio delicioso, y por 21 $ (carillo para mí) pude disfrutar de un espléndido spot cercano a un bonito lago. Unfortunately no había dónde comer y yo no llevaba provisiones. En recepción vendían algunas cosas y compré una botella de Mountain Dew [una gaseosa dulce] fresquita, pero resultó que no había nada sólido que llevarse a la boca, así que me zampé la bebida antes de que se me calentara. Pero estaba cansado, y tras poner la tienda me di una ducha que me resultó lo bastante placentera como para compensar la falta de alimento. La tarde, además, estaba buenísima y bajé a la orilla del lago para escribir mi diario [como puede verse por la data del segundo capítulo de esta transcripción], lago cuya paz disturbaba un cretino con una moto acuática; no sólo la del lago, sino la de todo el camping. A la noche tuve que protegerme auditivamente porque el lugar se hallaba en la encrucijada de las rutas 11 y 12 y el ruido de vehículos era constante.

Era aún temprano cuando al día siguiente, y ante la estupefacción de algunos patéticos vecinos reaccionarios, me puse a hacer dedo hasta Orillia, a donde me llevó un hombre mayor que viajaba con su mujer y su hijo Down, pese a que su destino era otro. Como siempre, las personas más amables son las que tienen hijos discapacitados. En Orillia pregunté primero por los horarios de autobuses, y luego fui al albergue, donde el recibimiento y el precio me convencieron para no coger el bus.

Publicado en Norteamérica en autostop | Deja un comentario

Norteamérica 5. Extraños compañeros de albergue y un ride a Toronto

23 de julio (continuación)

Fue en ese albergue donde empecé a forjar una teoría del lesbianismo en las viajeras; teoría que desde entonces no ha hecho sino afirmarse, porque vengo observando que las mujeres que viajan en grupo, que son muchas, no prestan la menor atención a los hombres. [Esta peregrina idea, fruto quizá de la frustración más que de otra cosa, se vio desmentida con el tiempo y la madurez, pero como aquí estoy transcribiendo literalmente el diario de viaje que escribí, omitirla ahora sería faltar a la honestidad.] Por cierto que esa tarde una zorrita [dicho aquí en el sentido de “astuta y pícara”] costarricense hizo uso de sus atractivos para aprovechar mi masculina fuerza en su beneficio, usándome para subirle la maleta hasta la habitación. Era una señorita bien, muy apenada por haber olvidado su cámara y horrorizada por tener que compartir dormitorio con otras mujeres, así que peleó en recepción por algo “más privado”. Por suerte, vi a tiempo de qué iba y no me cuidé más de ella. Una vez que me deshice de su influjo fui a pasear por la ciudad hasta que a las 20:30 empezó la actividad organizada por el albergue para esa noche: un bar tour. Mi compañero de dormitorio, un joven surcoreano que apenas hablaba inglés, muy simpático y educado, se apuntó también y allá nos fuimos los dos.

Sigue leyendo →
Publicado en Norteamérica en autostop | Deja un comentario