Hace una soleada mañana, y la tarde amenaza ser calurosa. Ayer, en cambio, hizo un tiempo muy bueno, soleado pero con brisa, aunque tan fuerte que a veces molestaba un poco. Estuve visitando la biblioteca, y pasé toda la mañana deambulando entre los nativos y viendo las festivas actividades: lanzamiento de hacha y lanza, careras de niños y una regata de canoas, cuyo curso seguí con interés, en la que veintiún participantes de Canadá y EE.UU., principalmente, remaron durante casi tres horas río arriba y abajo. Luego, con idea de visitar el lago Clearwater, fui a una tienda de deportes para preguntar por una bici de alquiler. No problem: 10 bucks. Me pareció caro e intenté regatear el precio. El tipo, de nombre John, me preguntó que para qué la quería, y al saber que era para ver el lago me dijo que él mismo iba a ir allí esa tarde, y me ofreció llevarme en su coche. Quedamos para dos horas después, a las seis. Durante ese rato conocí a otro sujeto que paraba en el camping, un hombre de unos 35 años, cuyo nombre ya he olvidado, que había participado en la carrera de canoas y que tenía muchas ganas de hablar. Barbita y pelito rubios, simpático y jovial, dijo ser estadounidense y llevar poco tiempo haciendo canotaje.
A la hora acordada me fui al lago con John, su hijo y su baboso perro, que me obligió a hacer todo el viaje acorralado contra el bastidor del enorme truck para evitar sus lametones; y a pesar de todo consiguió darme algunos. En la cabañita de John junto al lago, su cabin, nos esperaba Gregg, un abogado que vive en Flin Flon y que hoy, se supone, me llevará hasta allí. Pasamos la tarde entre cervezas (muchas cervezas), conversación, baños en el lago (agua muy clara y a buena temperatura) y, más tarde, calentándonos al fuego, pues ya hacía fresco. Huelga decir que también tuve cena gratis: pollo frito del Kentucky y hamburguesas, muy ricas por cierto. Luego se unió a la partida un matrimonio vecino que pasaba por allí con sus dos hijos pequeños. John tenía una moto acuática y me dejó dar una vuelta. Lo que quisiera; todo a mi disposición. Me pregunto si esta gente es tan generosa con todo el mundo o si me prodigan tantas atenciones por ser extranjero. Más de uno me ha dicho ya que soy el primer español que conoce.
A la vuelta fue Gregg quien me trajo, quizá a iniciativa de John para que no tuviese que sufrir el acoso de su perro. Hemos quedado para hoy a eso de la una. Ojalá en Flin Flon, que está 200 km más al norte, haga menos calor, pero no cuento con ello.
Sábado, 17 de agosto. Lago Athapapuskow (Manitoba)
Acaba de dejarme Dallas junto a la autocaravana (o motorhome, como aquí le dicen), donde, tras contemplar un rato la noche, me siento para registrar lo ocurrido estas dos últimas jornadas.
Ayer a mediodía, tras decirle adiós a John, me recogió Gregg según lo previsto y me trajo hasta Flin Flon. Bueno: para ser exactos, hasta su casa de campo, a 15 km del pueblo. “¿Qué te parece –me dijo– si te quedas esta noche en mi casa de verano y te presento a alguna gente?” ¡Cojonudo!
Desde The Pas hasta Flin Flon en el coche de Gregg
La dicha casa está en un paradisíaco lugar junto al lago Athapapuskow: un sitio privilegiado, algo elevado, sobre un empinado talud que, unos metros más abajo, se resuelve en una breve pero suave playa. Todo alrededor son rocas, árboles, césped y arena. Gregg es un abogado dudosamente ético, dueño de un bufete donde trabajan seis curritos, de un hotel y de media orilla de un pequeño lago en la que piensa llevar a cabo ciertas “inversiones” urbanísticas. Posee además una casa en el pueblo y otra aquí, en el campo; tres barcas motorizadas, un jet-ski (moto acuática), un snowmobile (motonieve), dos trucks, un camión para escombros o vertidos, un motorhome y una casa transportable en camión. Pero no creo que sea feliz. Tiene mujer, hijo e hija, aunque parece que está a punto de separarse. Gran bebedor, me ayudó entre vino y vino a preparar una tortilla de patatas que luego nos comimos con Dallas Mymko, un hombre de origen ucraniano que se unió a la reunión. Pasamos toda la tarde hablando, bebiendo y, por lo que a este último respecta, maldiciendo como un renegado. Es inspector de minas, una profesión de irresistibles tentaciones; está algo así como divorciado y tiene una gran casa en el lago, construida por él mismo. Como me había dicho Gregg, es -en efecto- todo un carácter. Criado en los bajos fondos, ha sido fraile antes que cura y sostiene las más radicales opiniones que puedan oírse. Un tipo sin duda divertido, con una conversación inacabable, llena de juramentos, y una personalidad atractiva; un poco como Jaime pero más natural. Para contribuir a la cena preparó una trucha al horno, bastante rica. Cuando se fue, me quedé con Gregg –que no había dejado de tomar cubatas y tenía ya un medio pedo– hablando todavía unas horas, hasta que su cogorza fue tan grande como mi dolor de cabeza, pues también bebí mi cupo de vino. Dormí en el motorhome, cómoda, tranquila y profundamente.
Esta mañana me despertó mi anfitrión y, tras ducharme, en media hora ya estábamos en marcha hacia Flin Flon. Todo este paisaje, con sus decenas o centenares de lagos de agradables riberas y breves playas, es muy bonito. El pueblo, edificado sobre terreno granítico, tiene muchas cuestas; nada que ver con The Pas. Casi parece una localidad española, tal vez del norte. Nota característica de Flin Flon es una gran chimenea, de 250 metros de altura, perteneciente a una refinería de mineral, que es la riqueza de aquí: cobre y zinc. Salvo en el mero centro, las calles no están cortadas a cordel, como en casi todas las ciudades norteamericanas, sino que son irregulares y sinuosas.
Fuimos a la otra casa de Gregg y me presentó a su familia. La mujer, ni simpática ni antipática, parece inteligente y se conduce de una manera normal. También la niña, que con sus 15 años está la mar de buena (como casi cualquier niña de su edad, la verdad). En cambio el chaval, Aaron, con 12 años, es el típico niñato de las películas useñas, respondón, consentido y hosco. No me prestó ni puta atención al llegar y no dijo una sola palabra en todo el trayecto hasta la pista de hockey, que es adonde su padre lo llevó. Por cierto: desde ayer vengo preguntándome por qué Gregg vive en el campo y la familia en el pueblo; por eso pienso que se avecina un divorcio. Bueno, pues dejamos a Aaron en la pista y, para que yo conociese un poco la zona, el hombre me dio una vuelta en coche por un par de pequeñas localidades vecinas. Tuve ocasión de inscribirme para esta noche en el camping de Flin Flon, ya que mañana la mujer va a llevarme a Saskatoon (aprovechando que ella se muda allí para que la hija haga el bachillerato), pero al final preferí quedarme con Gregg y Dallas en el campo: así ahorro unos dólares y me aseguro la compañía.
Al regresar del tour fuimos a la pista para ver el partido amistoso de hockey en el que participaba Aaron. Me gustó mucho. El hockey sobre hielo es un deporte espectacular: rápido y trepidante, las evoluciones de los jugadores por la pista no tienen nada que envidiarle al patinaje artístico y son dignas de admiración. Allí se nos unieron la madre y la niña, y al acabar el partido llevamos al chaval a su casa. Gregg y yo nos volvimos al campo, y por el camino nos paramos a almorzar en un restaurante. Con la ayuda de Dallas, que al parecer es el espíritu de esta cuadrilla, hemos pasado la tarde arreglando las luces del remolque en el que mamá va a hacer la mudanza, y cargando en él algunas cosas. Luego se presentaron madre e hija y permanecieron durante unas horas. Aaron, por suerte, no asomó el hocico. Al marcharse se llevaron el remolque para terminar de cargar, en la casa del pueblo, el resto de los enseres. Y aquí nos quedamos de charla los tres varones. Yo me di un baño en el lago. Después hemos ido a cenar a casa de Dallas. Entre sus muchas habilidades, es aficionado a la cocina, y ha preparado unos filetes de cerdo (nada extraordinario) con guarnición de verduras y pasta (bastante rica). El vino chileno, en abundancia, ha sido cortesía de Gregg. Allí hemos estado, hablando y bebiendo, hasta hace un rato. A mitad de la conversación, Gregg se quedó dormido, y Dallas y yo seguimos dándole a la sin hueso hasta casi la medianoche. Entre otras cosas, me expuso su teoría del cangrejo (un cangrejo solo es capaz de salir de una cesta, pero si hay más de uno no puede, porque los otros se lo impiden) y me enseñó a sacar un corcho del interior de una botella, usando una servilleta, mediante un truco de lo más ingenioso. Lo hemos pasado bien. Al final me ha traído en su four wheeler hasta la casa de Gregg, dejándolo a él allí, dormido en el sillón.
La noche está templada; casi diría que cálida para esta latitud. Una brisa tibia que sopla del lago me acaricia a rachas y me trae los aromas de la orilla lejana. A la incompleta oscuridad de la noche septentrional, bajo un cielo despejado y escaso de estrellas, puedo discernir cuanto me rodea: la terraza de madera donde me hallo, la playa a mis pies, los árboles y casas vecinos, el lago, la orilla de enfrente, salpicada con algunas luces de viviendas. El único sonido, aparte del constante y rápido batir de las pequeñas olas en la arena, es el canto de unos pájaros que, en el otro extremo del lago, parecen lobos aullando. Me he quedado enganchado en la noche y no logro desprenderme. La paz es absoluta, el sonido, sedante y la brisa, balsámica. ¡Ay -me digo- si tan sólo tuviese algún amigo aquí con quien compartir todo esto! Me acuerdo de aquellas remotas, remotísimas noches en Naranjo, con el tío Cándido: mesa tocinera y quinqué, gazpacho y radionovela, grillos y el lejano ruido de las cosechadoras; asombro juvenil, aire tibio, la blanca fachada del cortijo reflejando la luz de la luna; también recuerdo aquellas otras en Cartagena, cuando Pachi y yo aprendíamos a conocernos bajo las palmeras del paseo –baldosines de colores, azulejos rotos– o sobre la arena de la playa. ¡Si tan sólo pudiera tenerla aquí unos minutos, sentir su mirada, el roce de unos brazos, de unos labios..! Nada más querría.
Mientras estuve en ese cruce hice dedo a varios coches, pero no paró ninguno hasta que, al cabo, vi acercarse una Ford F350 que arrastraba un enorme remolque de caballos; pero no me molesté en ponerle el dedo porque la conducía una mujer. Y sin embargo se detuvo y me ofreció llevarme hasta Swann River, lo cual le agradecí infinito. El aire acondicionado de la cabina fue como un oasis para mí; y más aún lo fue la parada intermedia que hicimos para cargar agua en un manantial junto a la carretera: agua purísima de la que me apipé, porque la Coca-cola no había hecho sino darme más sed. La mujer era granjera y tenía una enorme cantidad de tierras, cultivos, vacas y caballos (cuyos orines aprovechaban para no sé qué industria química). Le pregunté que por qué me había recogido. Me dijo que le di pena, bajo el sol, en tal día de calor (31 grados).
En Swann River, un indio impasible con un super-truck me llevó hasta el cruce de Birch River mientras me hacía una serie de preguntas encadenadas cuyas respuestas no parecieron merecerle ningún comentario.
El cruce era un lugar, literalmente, in the middle of nowhere, de modo que al cabo de un buen rato de inútil espera ya me veía acampando tras un viejo galpón cercano; pero un simpático fulano en una camioneta toda descojonada, que trabajaba de conductor para una empresa de reparto de combustible, me dio un ride hasta Mafeking, un pueblo de apenas 300 habitantes donde me sentí más o menos “a salvo” porque había un parquecillo en el que, según me dijo el hombre, podía acampar gratis. Sólo que no había duchas. En cualquier caso, como al día siguiente su jefe viajaba hasta The Pas, lo prevendría de mi probable presencia en la ruta y le diría que me llevase si me veía. Pero mi sensación de seguridad no tardó en esfumarse al ver el ganado que pululaba por allí. Primero, dos sujetos que parecían miembros de la mítica “tribu de los Indios Gorrones” me indicaron, en un pésimo inglés, que “theis a cap’l guys goin’ to d’Paa” (hay un par de tipos que van a The Pas), pero resultó ser falso. Luego, otro indio salió del lugar en que estaba encalomado, tras una construcción (y no sé cómo pudo verme desde allí), y me pidió dinero para un café; cosa que luego repitió con otros transeúntes. Más tarde vi a los tres indios juntos, todos lobos de la misma camada. Aparte, no dejaban de ir y venir, carretera arriba y abajo, los mismos coches de macarras en un hervor de actividades inciertas e inconcretas.
Antes de establecer mi campamento decidí pasar, junto a la carretera desierta, las dos últimas horas de mi “jornada laborable”, por si sonaba la flauta, pero con tan pocas esperanzas y tan escaso convencimiento que, en lugar de estar de pie, me senté en el arcén, limitándome a levantar mi cartelito –THE PAS, PLEASE– a algunos de los coches que pasaban. Cosa de una hora después se detuvo a mi lado un coche al que no le había mostrado siquiera el cartel, ya que era un todoterreno nuevecito (de los que, en mi clasificación, “nunca paran”). De él se bajó un hombre, abrió el portón trasero y me dijo: “Come on. Don’t you go to The Pas?” “How do you know?”. “I saw your sign a while ago”, me respondió. Yo, la verdad, no había reparado antes en ese coche, pero con el cansancio que tenía acumulado tampoco era de extrañar. Y hasta The Pas me trajo. El hombre tenía en torno a los 50 años, alardeaba de haber viajado mucho, tenía una conversación inteligente y ágil, una cultura considerable, unas opiniones de lo más razonables, amaba la naturaleza, era algo misántropo y, me temo, bastante superficial. Me pareció una de esas personas encantadas de haberse conocido. El viaje, de unas dos horas, fue muy agradable, aunque el tipo llevaba el aire acondicionado a tal potencia que casi pasé frío. Llegamos a las ocho de la tarde, la hora perfecta para poner mi campamento. ¿Le apetecería a mi benefactor tomar más tarde, o quizá mañana, una cerveza a mis expensas; o tal vez estaría muy ocupado? Sin duda estaré muy ocupado, me dijo. Pues nada, tú te lo pierdes – pensé. Nos dijimos adiós.
Del cruce de Garland hasta The Pas
Más de doce horas en la carretera y un total de siete conductores diferentes es el balance final para llegar hasta aquí. Ha sido uno de los días más largos de mi peregrinaje.
Vista general del recorrido total de hoy
El camping, bien cuidado, es muy pequeño, está en la misma ciudad y junto al río, en un lugar precioso; una gran parte de la vista es campo y agua: el ancho río Saskatchewan. En cuanto llegué, me saludó un matrimonio vecino. Eran poco mayores que yo, de unos 45 años, y -no te lo pierdas- tenían ya nietos. Aunque, a juzgar por el aspecto de ella, no me extrañó tanto, pues salvo algunas arrugas en la cara y un ligero deterioro de la piel, estaba cañón. Muy simpáticos, enseguida trabamos conversación y me cayeron dos cervezas gratis. Después de inscribirme en la oficina (cuyo encargado era un chaval simpatiquísimo) y quitarme, con una ducha, los dos litros de sudor que llevaba encima, me invitaron a cenar con ellos. Hablamos hasta el anochecer, hasta que los mosquitos salvajes desencadenaron su furia y no nos dejaron tregua, obligándonos a refugiarnos en nuestras tiendas. Eran de Ontario (el matrimonio, no los mosquitos), venían de vacaciones con intención de ir a Churchill, y tenían dos hijos. El mayor, casado con una hija de españoles que ya tenía un hijo, de soltera, esperaba ahora mellizos. La menor, quinceañera, había quedado embarazada por accidente y ya era madre. Si está como la abuela, se comprende.
The Pas es una ciudad dividida en dos partes por el río, y bien diferenciadas: en el norte, una comunidad de nativos Cree; en el sur, el hombre blanco. Una ciudad ideal para hacer un estudio sociológico comparativo de las dos razas. En la mitad norte las casas están dispuestas o agrupadas en clusters, como había visto en Chisasibi, donde sólo a duras penas puede discernirse algo parecido a una calle. Todo está sucio como la madre que lo parió, hay muchos de coches grandes, tienen un buen estadio de invierno y un mall completo. Se ve que circula el dinero del Gobierno. La mitad sur es convencional, como cualquier otra ciudad pequeña norteamericana, y con calles muy anchas, al estilo de Dauphin. El camping está en la zona blanca, claro. Estos días los indios celebran el Opaskwayak Indian days, que no sé en qué consiste; supongo que una especie de fiesta, pero no es un pow-wow ni un mamwido.
Esta mañana, tras levantarme y desayunar, me he acercado al mall para hacer colada (al cabo del tiempo la ropa “lavada” a mano necesita un lavado de verdad) y de camino he podido ver una especie de cabalgata festivo-comercial con trucks y tractores adornados con diversos motivos y publicidades; algo parecido a nuestras carrozas. Iba a intentar hacer dedo para visitar el parque Clearwater, a unos 30 km de aquí, pero hacía un sol de justicia y no me apetecía aguardar al borde de la carretera a que alguien se dignase en darme un jalón. Además tengo los brazos quemados por la solanera que me pegó ayer, así que tal vez lo deje para mañana morning. El resto del día lo he pasado sin hacer gran cosa, leyendo y viendo una peli en el cine.
Ayer por la tarde asistí, a escasos metros de las vías, al impresionante paso de un larguísimo tren de mercancías por el pueblo. Algo en verdad digno de contemplar. A la dudosa luz del atardecer se veían hacia oriente, desde muchos quilómetros de distancia y bajo una gigantesca luna roja, los focos de la locomotora reflejándose y repitiéndose en los raíles como dos rayos; y se escuchaban graves -nítidos pero lejanos- sus insistentes pitidos de aviso. Casi diez minutos después, el tren hizo su entrada en Dauphin y pasaba de largo. Dos locomotoras lo arrastraban: una en cabeza y otra a mitad de su longitud: ochenta vagones, nada menos. La tierra temblaba a su paso y yo sentía la vibración en los pies. Cuando aún no habían pasado las tres cuartas partes del tren, la bocina de la locomotora se oía ya débil hacia el oeste, donde el sol se había puesto un buen rato antes. La escena me dejó boquiabierto durante un buen rato: nunca antes había visto nada igual. A estos trenes, por lo visto, los llaman “de una milla” porque miden 1600 metros.
Un poco de lectura y unas vueltas por el pueblo trajeron la noche. Tardé más de media hora en encontrar un bar. Una Molson Canadian, la cerveza nacional, me sirvió para entablar conversación con el camarero. Tras preguntarme por las generales de la ley (de dónde era, qué hacía allí, adónde me dirigía), me invitó a la segunda cerveza. Pero el bar estaba vacío, así que al cabo de una hora ya me encontraba de vuelta en el camping, dispuesto a acostarme. La noche, silenciosa y templada, no pudo ser mejor.
Esta mañana me he levantado sin prisas, a eso de las nueve; he desayunado y he estado dudando durante dos o tres horas si continuar camino o seguir aquí algo más. Al final he decidido quedarme hasta mañana, entre otras cosas porque hace mucho calor y no me apetece ponerme en carretera con las dos mochilas al hombro.
Hay en Dauphin una iglesia ortodoxa con tres cúpulas de cebolla. Normal, dado que viven tantos ucranianos aquí. También hay una biblioteca, donde he podido conectarme a internet y ponerme al día con el correo. Además he aprovechado para enviar algunas postales.
No sé si he dicho que el camping, que es parque y área de picnic, está dentro de la ciudad, cosa poco frecuente y que me resulta la mar de cómoda, pues todo queda a mano. En Norteamérica el campismo está dirigido sobre todo a la gente mayor, y los campings están llenos de matrimonios jubilados con sus caravanas. Es raro ver tiendas pequeñas, como la mía. La poca gente joven que hay suelen ser niños, lo cual, desde mi punto de vista, no sé si es ventaja o inconveniente, por aquello del jaleo. Pero los reyes indiscutibles son las bus-caravans, el último grito en campismo. Mucha gente las tiene; y me alegro por ellos; pero para mí son una puñetera peste, porque como son difíciles de estacionar, cada vez que llega una no pasa inadvertida, con su aparato de ruido y maniobra. Verdaderos autobuses en forma y tamaño, a menudo se pueden “ensanchar” una vez estacionadas, proporcionando tanto espacio interior que hacen casi inútiles los esfuerzos de los diseñadores por aprovechar al máximo el espacio, tan limitado en las rulós convencionales. En esa competición, la fuerza bruta le ha ganado a la maestría. Hoy han llegado varias; entre ellas, dos procedentes de EE.UU., en comandita, que se han tirado media hora para ubicarse y aparcar. Estos mostrencos ya ni siquiera pueden llamarse RVs (recreational vehicle), sino que son auténticas casas rodantes. Muy buena opción, la verdad, para quien se lo pueda permitir.
En el otro extremo del estilo de acampada están los ciclistas solitarios, como el que estoy viendo establecerse desde donde escribo. “Canadá, un hombre y su bicicleta”, podría titularse la película. La bici me parece un medio de transporte interesante para hacer, a lo mejor, el camino de Santiago, 1000 km a lo sumo; pero cruzarse este vasto continente, que es lo que hacen estos ciclistas, me parece un sacrificio excesivo, más propio de una penitencia que de un espíritu viajero. Ahí anda el hombre, con su minúscula tienda monoplaza modelo torpedo, supongo que ultraligera, haciendo la colada y pegándose una saludable cena vegetariano-proteínica acompañada con agua. Y después de darse una ducha, va el tío y se embadurna entero con repelente para los mosquitos. Para eso no te hubieses duchado, amigo. ¡Ah, estos solitarios reñidos con la humanidad! Yo, por mi parte, voy a tomarme otro par de cervezas esta tarde en este pueblo de guapas e indiferentes ucranianas; pero intentaré acostarme pronto porque mañana me espera una dura jornada de autostop. ¿Quién sabe?, quizá la soledad esté afectándome a mí también.
Miércoles, 13 de agosto. The Pas (Manitoba)
Cuando anteayer escribí las palabras “dura jornada” no imaginaba hasta qué punto iba a serlo. Tras dejar a un lado el diario, salí a tomarme ese par de cervezas en un bar más solitario aún que el de la noche anterior. Esta vez no me cayó ninguna invitación, pero sí un rato de charla con los dueños. Me acosté a una hora más o menos razonable. Como el cielo estaba despejado, le quité a la tienda el doble techo y lo plegué con idea de ahorrar tiempo a la mañana siguiente; pero no conté con las leyes de Murphy: de madrugada vinieron a caer unas gotas que me hicieron salir y ponerlo de nuevo a toda prisa. Al terminar la tarea estaba amainando ya, y no volvió a llover, así que trabajo y sueño perdidos. De hecho, después de eso ya casi no pude dormir más, así que me levanté el campamento bien temprano y a las 7:20 ya estaba en la carretera.
A eso de las 9, dado que aún no me había recogido ninguno de los muchos vehículos que pasaban, fui andando unos kilómetros hasta el próximo cruce con idea de “filtrar” el tráfico favorable a mi ruta. Ese primer fracaso me hizo modificar ligeramente mi opinión sobre los “buenos campesinos”: no sé si su reticencia se debe a un miedo reverencial al autostopista, o a que nunca antes han visto uno y no saben qué significa el gesto de extender el pulgar. Al cabo de un buen rato paró un tipo con un viejo pick-up. Su aspecto me intimidó un poco: un hombre feo con ganas, bigotudo, picado de viruelas, sin afeitar, con un sombrero vaquero encajado hasta las cejas de un modo ridículo y, lo más significativo, una nariz gorda y colorada y una voz pastosa que le daban un inequívoco aspecto de borracho. Me ofreció un lift de apenas unos quilómetros. No obstante sus pintas, y teniendo en cuenta que un ride es un ride, en vista de lo jodida que se presentaba la mañana dejé a un lado todas las precauciones y acepté.
Fue un acierto. No sé si el hombre era un borracho, pero lo cierto es que en ese momento no lo estaba: es que el pobre tenía esa cara. Se trataba de un campesino de los alrededores que había ido a Dauphin a comprar una pieza para su trilladora. Al enterarse de que yo era español no salía de su asombro, profiriendo exclamaciones un poco cómicas. Me recordó a Santi. Tanto le divirtió mi procedencia que se desvió un poco de su camino para llevarme hasta Ashville, donde, de paso, recogería su correo. Al despedirnos me dio las gracias -¡él a mí!- por el rato tan enjoyable, y lo vi desaparecer en el interior de la gas-station/groceries/post-office de Ashville, exclamando todavía para sí: “Oh, Spanish! Oh!”
Ashville podía, tal vez, tener mucho de Ash (ceniza), pero tenía muy poco de ville, salvo que a un conjunto de exactamente tres viviendas, más la gasolinera, pueda llamársele villa cuando apenas merecería la calificación de aldea. La siguiente localidad en mi camino, Ethelbert, estaba a 40 km. Media hora de espera en el arcén, sin éxito y a razón de un “buen campesino” cada cinco minutos, activó mi impaciencia: me puse a caminar, diciéndome que en el peor de los casos podría llegar antes de la noche. Una bobada, la verdad, porque al final siempre hay alguien que te recoge, y entonces resulta que te has dado la caminata en balde; pero en circunstancias tales me resulta psicológicamente menos duro andar que estar parado en la cuneta, y además el caminar sirve como “seguro anti deserción”: cuando llevas avanzados a pie unos cuantos kilómetros es más difícil rendirte, cambiar de planes o volver al lugar de partida.
Llevaba ya un largo trecho recorrido bajo un sol de justicia cuando me recogió un estadounidense que decía haber servido en los marines y tener ahora un par de negocios por la zona: un taller de neumáticos y una tienda de alimentación. Hablaba algo de español porque, cuatro años atrás, había vivido un año y medio en Costa Rica, y se empeñó en desengrasar conmigo sus habilidades bilingües. Me llevó hasta Ethelbert y me prometió encontrar, entre sus muchos conocidos, alguien que me llevase más hacia el norte; pero no lo consiguió, o no le puso demasiadas ganas, así que, en lugar de cumplir, le endosó la tarea a las dependientes de dos tiendas junto a la gasolinera. Luego me tendió una tarjeta de visita para que lo llamara en caso de tener algún problema, y se marchó.
Aproveché para descansar un poco y tomarme una Coca-cola. Abordé a un par de camioneros que pararon a echar combustible, pero ninguno accedió a llevarme, de modo que me puse de nuevo a caminar por la carretera. Varios quilómetros más adelante, tras rematar una larguísima recta, paró otro tipo con una mierda de truck que había comprado dos semanas antes por 600 $, según me dijo. No me enteré del oficio ni las andanzas de este hombre porque apenas vocalizaba y, además, la turbulencia del viento en las ventanillas abiertas hacía mucho ruido. Me dio un jalón de apenas 10 km y me dejó cerca del cruce a Garland. Allí, unos operarios que trabajaban en los postes de la luz me informaron de que hasta Pine River me quedaban once millas y de que en Garland -pese a lo que decía mi mapa de carreteras- no había camping. Continué andando otro par de kilómetros y, en el cruce de Garland, me detuve y eché las mochilas al suelo: si tenía que achicharrarme bajo el sol, que fuese al menos sin pesos ni obstáculos adicionales.
De los dos albergues que hay en Winnipeg, he venido a caer en el más cutre y solitario. Apenas seremos media docena de huéspedes y el ambiente es muy aburrido, mientras que el otro, a una manzana de distancia, bulle de actividad. ¿Quién me mandaría quedarme aquí? Pues la impaciencia y el presupuesto: en el otro, donde estuve primero, no había recepcionista, y como no me apetecía esperar me vine a éste, que además es un dólar más barato. Como aspecto positivo, en cambio, estoy solo en el dormitorio, lo cual no es una ventaja menor.
El centro de Winnipeg queda a una media hora andando, y la ciudad me ha parecido, verdaderamente, una buena mierda: antiestética y sucia, de edificios roñosos y calles deterioradas que recuerdan a las urbes hispanoamericanas, llena de negratas, “indiatas” desvirtuados, chinos feos, sudacas y mendigos. El único lugar atractivo me ha parecido The Forks, la horquilla, donde el río Assiniboine desemboca en el Red. Ahí hay algunas zonas verdes, un centro comercial, un paseo fluvial bastante bonito y un puñado de “indios” haciendo el ídem, sacando cuartos al turismo local a base de vestirse al supuesto estilo primitivo y exhibirse en tipis, todo de lo más peliculero. Indios, por cierto, de mirada ofensiva y feroz, descarada, agresiva, como si por su sola existencia se les debiera algo. Pero hacía un calor de la hostia y los muchos enjambres de mosquitos no daban respiro (como me había advertido Harold), así que no disfruté mucho del largo y fatigoso paseo que me di. Desde entonces no dejo de dudar qué hacer mañana y, caso de irme, qué ruta tomar. Dejaré la decisión, como de costumbre, para el último momento, mañana por la mañana. Hoy estoy muy cansado y, en vista de la birria de ambiente que hay en el albergue, voy a acostarme.
Domingo, 10 de agosto. Dauphin (Manitoba)
Dauphin es una pintoresca ciudad en mitad de la vasta pradera de Manitoba. Entre dos zonas ligeramente montañosas y declaradas parques forestales, una meseta algo elevada pero totalmente plana acoge a una veintena de cities or towns (al parecer, la city es mayor que la town), una de las cuales es Dauphin, que por lo visto fue originalmente -al igual que muchas otras localidades de esta parte de la provincia- un asentamiento de ucranianos; y es cierto que buena parte de los habitantes tiene rasgos centroeuropeos y apellidos raros. Y he dicho “pintoresca” porque tiene un indisimulable aspecto de ciudad far west: llana por completo, con anchas calles trazadas a escuadra, alberga en su downtown una gasolinera, el city hall (ayuntamiento), el supermercado, el cine, los hoteles, Correos, la estación de bomberos y la escuela. El resto está formado por las típicas viviendas unifamiliares norteamericanas. Las fachadas de los bares y otros edificios públicos, aunque son de obra, muestran el característico estilo western: altas y con los letreros pintados directamente sobre el ladrillo. Pero el principal protagonista, atravesando la ciudad de este a oeste por su mero centro, de un sólo tajo longitudinal y rotundo, es el ferrocarril, cuya estación es un edificio digno de la más realista película de época y cuyos raíles se pierden a un lado y otro en la infinita lontananza.
De Winnipeg a Dauphin con cambio de chófer en Minnedosa.
No es difícil imaginar cómo he llegado aquí. Tras dudarlo hasta el último segundo (y esta expresión debe entenderse en su sentido más literal), decidí -o, más bien, el azar decidió por mí- aceptar el ride que me ofrecía Matt y que me llevó, a lo largo de dos horas de amena conversación, hasta Minnedosa, donde se cruzan las rutas 16 y 10. El lugar donde me dejó era pésimo para hacer dedo a la una de la tarde en un día caluroso, pero, por suerte, en menos de una hora me recogió un joven de lo más simpático, rubio él y muy guapo, ecologista por convicción y de estudios, que durante otras dos horas me amenizó con una de las mejores conversaciones que he tenido hasta ahora en Canadá, hablándome sobre medio ambiente, energía, política, racismo y antropología. El chaval sostenía el clásico punto de vista ecologista-ingenuo sobre los bosques, las centrales hidroeléctricas y los nativos, pero no era ningún adoctrinado y razonaba muy bien. Concluimos que en EE.UU. y Canadá se derrochaba mucho y se reciclaba muy poco, que por vía de la reutilización y de la reducción del consumo podría evitarse la necesidad de construir nuevas centrales, que la energía era aquí demasiado barata (aunque, claro, si la encareciesen, ¿cómo evitar que fuesen los pobres quienes pagasen el pato?) y que, si bien el deterioro del planeta era inevitable, nosotros no queríamos ser responsables de ello.
Me dejó a unos 5 km al sur de Dauphin, desde donde -tras hacer dedo apenas diez minutos- me trajo hasta la ciudad un simpático matrimonio de ucranianos que mostraron un gran interés por mi viaje y que, amablemente, me acercaron al camping, donde decidí quedarme a pasar la noche y no avanzar más hoy, ya que Dauphin me ha gustado al primer golpe de vista. En el camping me recibió una oficina cerrada y un hospitalario letrero que decía: “Camp now. Register later”. Un tipo que me vio mirando al letrero me sugirió que acampase donde me pareciera y me dijo que, si querían que pagase, ya vendrían a reclamarme la tarifa. Así que eso hice: acampé donde me dio la gana, en un adorable lugar a la sombra de altos árboles. Aún no he visto a nadie en la oficina. Ese mismo tipo, que ha venido al camping sólo para pasar una tarde de picnic dominguero, se acercó luego a pedirme fuego para encender su barbacoa, y más tarde me invitó a unirme a él y su familia. Perfecto. Todo lo que sea gratis es bienvenido.
Pasé con ellos un par de horas charlando y comiendo, hasta que se marcharon. También era de origen ucraniano, y dijo vivir en Pine River, un pueblo que se encuentra en la ruta que tengo planeada. Antes de despedirse me pidió mi dirección para enviarme una postal cualquier día del próximo invierno, y dijo que ya le contestaría si me apetecía. Es la primera persona que no me propone ser yo quien escriba en primer lugar, lo cual es de agradecer. [Al escribir esto ahora, me doy cuenta de que nunca recibí esa postal suya, a no ser que -una vez más- la memoria esté fallándome.]
Una ducha me ha dejado como nuevo, y una vuelta por el pueblo me ha hecho pensar en quedarme tal vez un par de noches en lugar de sólo una. Me alucina esta pradera: plana y extensa como un océano, salpicada de algunos grupos de árboles que delatan la presencia de granjas, casas o poblaciones. Como la campiña española; como Castilla, pero verde, multicolor y diríase que más grande a la vista, aunque esto sea absurdo: tal vez por un efecto de la luz, tal vez sólo fruto de la imaginación, el caso es que aquí la Tierra parece menos curva y, por tanto, los horizontes más lejanos. O a lo mejor es que en la meseta española siempre hay, en lontananza, alguna sierra que impone sus límites. Aquí los coches se ven venir desde tan lejos que parece que nunca llegan. Entre los canadienses circula un dicho para burlarse de las praderas: si a un granjero se le escapa el perro por la tarde, no necesita apresurarse en ir tras él, ya que al día siguiente todavía podrá verlo corriendo.
Son todavía las 8 y creo que acabaré la jornada leyendo un poco, y quizá salga luego a tomar una cerveza.
A la mañana siguiente -es decir, esta mañana- nos levantamos a eso de las 8 y nos pusimos en marcha una hora después. Ha hecho un día mucho mejor que ayer, que fue lluvioso hasta el último momento (no dejó de llover hasta después de cenar), y los paisajes han sido inolvidables. En concreto, el tramo entre Hearst y Nipigon parece una obra de arte pictórico: flanqueado por bosques, cruzado por magníficos ríos o arroyos, con decenas de maravillosos lagos de calmas y transparentes aguas, manchado de cuando en cuando por el color de idílicas y diminutas poblaciones cuyas dispersas casas ofrecen un aspecto legendario y casi salvaje… En fin, un paraíso.
Lo malo ha sido el mucho tráfico, en parte causado por varios tramos de carretera en obras que nos han retrasado 200 km sobre el avance previsto. En total, hoy hemos recorrido 900 km. La ruta 17, también llamada Transcanadiense, deja muchísimo que desear: para ser la única carretera que comunica las mitades este y oeste del país, entre Thunder Bay y Winnipeg, sólo tiene durante 300 km un carril por dirección, y éste en malas condiciones y, como digo, lleno de tramos en obras. Aun así, el hecho de que no haya retenciones da una pista sobre lo poco poblado que está el Canadá.
El camión que conduce Harold es un Volvo de puta madre, motor de 450 CV, cabina climatizada, todo lujo, cama doble… En comparación, el de Jacques era una birria. En este viaje, la cabeza tractora arrastra un doble remolque cargado con acero. Según me ha dicho, este truck no es su truck (el que la empresa le tiene asignado), sino uno de alquiler. El “suyo” es, por lo visto, mucho mejor: 100 CV más de motor, dos camas dobles, equipo cuadrafónico de sonido con 1500 W, reproductor de CD, televisión y vídeo. Me dice que, si todo va sobre lo previsto, mañana lo veré, porque en Winnipeg entrega éste (el “malo”) y continúa viaje con el otro.
Pero aparte del paisaje, la carretera y el camión, lo más destacable de este ride está siendo el propio Harold, o Errol. Es la típica persona que no escucha cuando le hablas, que te interrumpe a mitad de una frase, que se cabrea si la respuesta a una pregunta suya no es la adecuada… A veces, de repente, en un momento de silencio, pega un grito sin venir a cuento. Reniega todo el rato de la poca potencia de este truck, y se cabrea más cuando un adelantamiento fallido lo retrasa dos minutos que cuando un tramo en obras lo retrasa quince. Farda de conducir a toda hostia, de que su coche es full equipe y tiene 250 CV, y de todo lo que se pueda fardar. La sarta de tacos que suelta cada vez que se le frustra un adelantamiento (de lo cual, claro está, siempre culpa al adelantado) no tiene final. Pero luego va de gracioso (y he de admitir que tiene buenos golpes); tan “gracioso” que esta tarde, cuando paramos a repostar en una gasolinera, me gastó la bromita de hacer como que se iba y me dejaba allí tirado. Aparte, va tatuado de arriba a abajo. En fin, para ponerse a mear y no echar ni gota. El clásico camionero que piensa que la carretera es sólo para ellos, que acosa a los demás conductores aproximándose a distancias cortísimas y que, con repentinos cambios de humor, tan pronto se echa al arcén para facilitar un adelantamiento como se pone en el carril de la izquierda (si hay dos por dirección) para evitar que nadie lo adelante. Creo que ninguna expresión lo califica con más exactitud que la de “un perfecto gilipollas”. De hecho, semejante grado de gilipollez es difícil de describir, así que necesitaría varias páginas para hacerle honor a este espécimen. Un tipo que o está medio loco, o se lo hace; y no sé qué es peor. Según me ha dicho, está acompañado y es padre de dos mellizas de 4 años, única circunstancia que me hace pensar que no va a hacerme ninguna fea jugarreta. El caso es que, luego, el tío se preocupa por mí: si voy cómodo, si he comido bien… A lo mejor es maníaco-depresivo. No es que yo tema por mi seguridad, pero este tipo es muy capaz de levantarse mañana de mal humor y dejarme aquí, en esta gasolinera donde vamos a pasar la noche.
Hoy hemos comido en un lugar supuestamente “de puta madre”, según Errol, pero a mí la comida me ha parecido bastante corrientita, y encima me ha costado trece pavos. Menos mal que el transporte y el alojamiento están saliéndome baratos. La gasolinera en la que estamos ahora se encuentra junto a Dryden, y el lugar es perfecto para poner la tienda, ya que hay césped. Si ningún imbécil deja esta noche el motor de su camión en marcha puede que duerma bastante bien. Mañana por la mañana, con suerte, llegamos a Winnipeg. No veo la hora de decirle adiós a mi benefactor. Aun así, ¿me veré obligado a modificar mis conclusiones respecto a la disposición de los camioneros a coger autostopistas? Lo comprobaré en las próximas jornadas.
Sábado, 9 de agosto. Winnipeg (Manitoba)
Anoche dormí muy bien. Harold me recomendó el mejor lugar en la zona de césped y, como la noche anterior, me ayudó a poner la tienda. Me encajé bien los tapones y nada me disturbó hasta la mañana. Además no hizo nada de frío. Me desperté a eso de las 7, igual que Errol, y me ayudó a desmontar la tienda. Mientras él hacía sus propios preparativos camioneriles para marcharnos, yo fui a la gasolinera a tomarme un café.
La camarera pegó la hebra conmigo. Empezó preguntándome qué tal había dormido, de dónde era, etc. (En fin, “las generales de la Ley”.) Luego me contó que tenía dos hijos, niño y niña, y que ella era de Suecia; así que no sé qué cojones hacía allí ni qué quería de mí. No era ni guapa ni fea, sino todo lo contrario: una cara de lo más común, sin nada de particular. Cuando, al cabo, le dije que tenía que irme para continuar viaje, me dijo: “Pues yo estoy aquí todo el tiempo, todos los días.” Me pareció una invitación, y pensé que era una lástima que Harold estuviese ya esperándome en el camión y no pudiera yo hablar un poco más con la chica. De haber dispuesto de cinco minutos más, igual habría acabado quedándome allí con ella. Pero no tuve tiempo para descubrir qué quería: si un padre postizo para sus hijos (suponiendo que la plaza estuviese vacante), un polvo esporádico o sólo llenar su aburrida mañana con algo de conversación. No quiso cobrarme el café, y me pareció que se quedaba un poco pegada cuando me fui. ¿Por qué siempre le salen a uno las oportunidades cuando no puede aprovecharlas? ¡Un brindis por la sueca!
La mañana era soleada y la carretera estaba desierta. La primera hora de viaje sólo se vio perturbada por los extraños, repentinos gritos del conductor. Por cierto, que me reiteró su ofrecimiento de llevarme hasta Vancouver. La segunda hora, en cambio, con más tráfico, fue un estrés continuo. Varias veces me pareció que estaba a punto de comerse algún coche, o por lo menos morder el volante del camión. Las dos últimas horas, rodando por las llanas, amplias y bien pavimentadas carreteras de Manitoba, fueron más tranquilas. Atrás quedaba Ontario, la gran provincia que, con casi 2000 km de anchura, se tarda más de dos días en atravesar. Ontario la inacabable, la vasta, opulenta y variada. En comparación, los 600 km de manitoba son un paseo.
De Dryden (Ontario) a Winnipeg (Manitoba) con el camionero chiflado.
Al fin llegamos a Winnipeg; al fin cambió Errol -en un éxtasis de felicidad- su cabina tractora por la que conduce habitualmente (lo cual nos llevó más de dos horas); al fin me mostró las estridencias de su equipo de música y la potencia de su truck; y al fin me dejó en un lugar a tiro de autobús del centro, tras darme su dirección para que le envíe una postal. Me aseguró, con un fuerte y sentido apretón de manos, que si volviese a verme en la carretera me volvería a recoger. Al alejarse, hizo sonar la bocina largamente. Casi me dio pena ver partir al “bueno” de Harold. Adiós, mi excéntrico benefactor; pero creo que 48 horas contigo han sido suficientes.
¡Increíble, inverosímil! (O “inverso”, como decía aquél).
Pero, antes de pasar a contar el día de hoy, tengo que decir un par de cosas que se se me quedaron en el tintero respecto a estos días atrás. Una es que el agua del Grande Rivière es la más rica y fina que he probado nunca: tan fina, que enjuagarse las manos después de lavárselas –y ya no digamos aclarar la ropa tras la colada– se convierte en un verdadero problema, porque el jabón no acaba de irse. Otra se refiere a uno de los peores enojos de Chisasibi: las moscas negras, black flies, que se posan sobre la piel tan suavemente que no te enteras hasta un minuto después de que te han picado y han volado, dejándote una gruesa gota de sangre coagulada en la picadura; la cual molesta después durante tres o cuatro días. Además, se meten bajo la ropa y pican en los lugares más inverosímiles, como por ejemplo en tol medio del ombligo, como me ha pasado a mí. Algo verdaderamente repugnante.
Dicho lo cual puedo entrar ya a escribir los eventos de hoy. El día no comenzó siendo muy prometedor. Tras despedirme de Lawrence, a eso de las 8, me fui al extremo del asentamiento y me puse a hacer dedo. Hora y media más tarde estaba aún en el mismo sitio: me había fijado como destino Amos, pero ninguno de los vehículos que se pararon iba hasta allí; así que me dije que sería mejor intentar ir primero a Radisson, donde está la hidroeléctrica, porque seguramente desde allí habría más tráfico hacia el mundo civilizado. No tardaron en darme jalón unos tipos entrados en años, bastante estirados ellos y sin mucha conversación. Y ahí me tenéis ya en el cruce de Radisson: un lugar perfectamente desierto, in the middle of nowhere como quien dice, y haciendo autostop a ningún vehículo en absoluto, ya que no pasaba ni Dios. Aunque no era aún mediodía, me veía ya haciendo noche en mi tienda junto a la carretera, porque sin tráfico mis probabilidades eran exactamente cero. Pero al cabo de una hora, o algo menos, se detuvo a mi lado un camión. “¿Hasta Amos?”, le pregunté al conductor. “Hasta Amos”, me dijo. Era un camión grande, nuevecito, sin carga, y la cabina estaba muy limpia. El conductor era un hombre joven, alegre, simpático, y hablaba francés y un poco de inglés. El sueño de cualquier autopista; el ideal, lo insuperable.
De Chisasibi al cruce de Radisson con un par de viejos.
Era mediodía cuando me recogió, y el viaje ha durado casi nueve horas. Hemos venido todo el rato de lo más entretenidos, charlando sobre cien temas distintos. Estaba el hombre, además, encantado de que le enseñase algo de inglés. Nos detuvimos un rato en el 381, como en la región conocen a la única gasolinera que hay entre Radisson y Matagami por estar ubicada en ese poste kilométrico. Allí recogimos alguna mercancía y nos tomamos un café. Después, fuimos ya de un tirón hasta La Puerta. La mujer de la oficina se acordaba de mí, supongo que a causa de aquel incidente con la policía. Jacques, mi benefactor, el conductor del camión, me dijo que Susanne (la mujer) era la más amable y simpática de todo el personal en The Gate, lo cual disipa mis sospechas de que fuese ella quien llamó a la policía. [Pero, entonces, ¿quién fue?, sigo preguntándome hoy.] En llegando a Amos, y comoquiera que aquí, según Jacques, no hay ni camping ni motel alguno que baje de 45$, le pedí que me dejara poner la tienda en su jardín, a lo cual accedió sin problemas. Pero, una vez en su casa, no me ha dejado ponerla: me ha dicho que dormiría en su casa, ya que tiene sitio de sobra. De modo que me ha presentado a su familia, me ha prestado una toalla para ducharme, me ha dado de cenar (pasta con carne, no muy allá) y luego, al acostarme, sólo le ha faltado darme un beso de buenas noches. Ha insistido, además, en darme ropa de cama aunque le dije que podía dormir en el saco. Su hija, la pequeña, es encantadora. Su mujer no es especialmente guapa, pero tiene un tipazo, con unas piernas y un culo de locura. Me ha recibido con mucha simpatía y se ha mostrado bastante habladora. Pero como todo el mundo está bastante cansado, a las 11 de la noche nos hemos ido ya cada mochuelo a su olivo.
Mañana va a llevarme Jacques a Rivière-Héva porque él tiene que ir hasta Val-d’Or a arreglar algo del camión. Así que, macho, la cosa no ha podido ir mejor por hoy. La única pequeña pega es que su conexión a internet no funciona y no he podido comprobar el correo.
Del cruce de Radisson a Amos en el camión de Jacques
Viernes, 8 de agosto. Dryden (Ontario).
Pues así fue la cosa, ni más ni menos. Ayer mañana (¡Dios, parece que fue hace ya una semana!), mientras Jacques salía a correr con su hija, me di una vuelta por Amos en busca -iluso de mí- de una librería para proveerme de lectura, pero las dos que encontré eran demasiado pequeñas y sólo vendían basura sin valor literario. Basura, además, en francés, que no esprecisamente lo que ando buscando. Pero, en fin, paseé un poco por el pueblo y visité la catedral, que me pareció simplona a tope: cuadrada, con una bóveda central gigantesca, sin capillas laterales, sólo un añadido posterior para el altar, aunque -eso sí- con una interesante colección de fotografías no sólo del proceso de su construcción, sino de los primeros tiempos de Amos. También compré unos sellos y unas postales, que puse en el correo una vez escritas. Volví a casa de Jacques a tiempo para marcharnos, aunque no emprendimos el viaje directamente porque él tenía que recoger unas cargas y eso nos demoró bastante, de modo que a mediodía aún no habíamos salido. Entre unas cosas y otras, llegamos a Rivière-Héva sobre las 13:30. Aunque hay carretera directa desde Amos hasta Val-d’Or, Jacques cogió la ruta 109, que da un rodeo, para dejarme en el cruce con la 117.
De Amos a Rivière-Héva con Jacques
Si bien el mapa lo marca como una localidad, en realidad Rivière-Héva no es más que un cruce de carreteras, con dos docenas de casas y otras edificaciones. Allí no tuve que esperar mucho, quizá menos de una hora, para que me cogiese otro camionero. Un tipo con una pinta rara, pero simpático y bastante buena persona, que no hablaba bien el inglés pero se esforzó lo que pudo. El camión, más viejo que el carajo, llevaba una gran carga de madera. Me cayó bien ese tío. Al explicarle mi objetivo para aquel día (ir a Rouyn-Noranda, dormir allí y seguir luego hacia Kirkland Lake), me dijo que me traía más cuenta ir con él hasta New Liskeard, aunque supusiera un pequeño retroceso hacia el sur, porque (como, en efecto, ya tuve ocasión de comprobar una semana antes) por la ruta que yo pensaba tomar apenas tenía tráfico. Así que le hice caso.
De Rivière-Héva a New Liskeard en un camión con madera
Llegados a nuestro destino fue tan amable de llevarme hasta las afueras, a una parada de camioneros, e incluso se ofreció a hablar con algunos, por si se dirigían hacia el oeste y podían llevarme; pero este ofrecimiento no lo entendí hasta un cuarto de hora después -cuando ya se había marchado- porque su inglés era malo y tardé un rato en procesar sus palabras; de modo que allí me quedé, en el arcén de la ruta 11, contando los muchos coches que pasaban y perfeccionando mi estadística y estudio sociológico de los conductores. ¡Por Dios que casi prefiero las carreteras menos transitadas! Conté casi doscientos vehículos hasta que paró… sí, otro camionero. El tercero ya, uno detrás de otro, que me daba un lift. Paró porque un rato antes me había visto descender del otro camión. “¿Dónde vas?”, me preguntó no sé si Herald o Errol. “Tan lejos hacia el oeste como pueda llevarme”, le contesté. “Bueno, yo voy hasta Vancouver…” ¡Joder!, eso era demasiado lejos; nada menos que la otra punta del Canadá. Le dije que me conformaba con quedarme en Winnipeg. Aun así, todavía me pregunto si hice bien en subirme con él, porque ¡vaya un tío raro!, por no decir otra cosa.
Ayer, conduciendo por una bonita carretera, llegamos hasta Hearst, donde en una parada de camioneros hicimos noche. Él durmió en la cabina y yo en mi tienda, que puse detrás del remolque. Cenamos unas pizzas bastante buenas y se quedó alucinado -y muy agradecido- de que yo pagase las dos. Él aprovechó para hacer su colada en un laundromat (estos lugares para camioneros, ya se sabe, tienen de todo) y luego me ayudó a poner la tienda; e incluso me prestó un plástico para ponerle debajo, porque el terreno era arenoso y tenía algo de barro. El lugar era ruidoso porque estaba junto a un sawmill (un aserradero), pero la verdadera nota la dio un camionero cretino que tuvo toda la noche, toda la jodida noche, el motor arrancado, con un ruido de mil demonios que mis tapones para los oídos no amortiguaban lo suficiente; de modo que dormí bastante poco.
Primeras horas de la tarde. Anoche, después de escribir lo último, estuve un buen rato hablando con Henry y Violet. En la isla había baile, pero no me apetecía ir. Durante nuestra conversación salió el tema de la vida subsidiada y ociosa de los nativos. Cuando les dije que me parecía una manera de promover la pereza, me resultó curioso que Henry, de una forma casi apasionada, se mostrase totalmente de acuerdo.
Al levantarme esta mañana ya tenía prácticamente decidido quedarme por aquí un día más: en lugar de irme hoy, aprovecharé el ofrecimiento de Lawrence para dormir en su sótano, darme una buena ducha y despedirme tranquilamente de Barbara. Mañana partiré temprano hacia el sur. Hoy he tenido un delicioso desayuno junto a los Bates, a base de café y de los dulces que me sobraron en la cena de ayer tarde. Después recogí mis cosas, levanté la tienda y los ayudé a desmontar sus tipis. A eso del mediodía me he venido a Chisisasibi en el bote de Henry, dando un delicioso paseo por el río mientras, compungidos, mirábamos elevarse por encima del bosque, sobre la orilla norte, una columna de humo procedente de algún incendio lejano. Nos acompañaban también Violet y Anthony, el hijo de una atractiva divorciada que vive en la Columbia Británica y que pasa aquí sus vacaciones.
La casa de Lawrence es bastante buena; su sótano, fresco y espacioso; su hija y su sobrina, adolescentes y guapas; su sofá, cómodo; y todo estaba limpio. Una refrescante ducha después de tres días de campo me ha dejado como nuevo. Y aquí estoy, por fin con el diario actualizado.
Me han resultado curiosos algunos giros idiomáticos de esta gente. En lugar de my home dicen my place, quizá porque los indios no tenían “hogar” propiamente dicho. O, para decir que alguien ha muerto, en lugar de usar el verbo to die usan to pass away, lo que denuncia una creencia en la reencarnación o en una vida en continua fusión con la naturaleza. [Hoy mi nivel de inglés ha mejorado mucho con los años, y veo que estas conjeturas mías no tenían fundamento, ya que dichos giros son muy comunes.] Otro detalle de lo más curioso es que estos indios, al igual que los centroamericanos, señalan con los labios en lugar de con el dedo. Quizá se trate de algún rasgo ancestral.
Esta tarde hemos pasado un rato bastante entretenido, baldeando en el río la canoa de Henry, chapoteando en el agua -fría como el hielo- y haciendo bufonadas. Luego nos acercamos con el coche hasta un lugar destacado para observar la evolución de los incendios. Ya no hay dos columnas de humo, como a mediodía, sino tres. Después he estado un rato donde Barbara, donde me ha presentado a su hermana -una mujer simipática, más guapa y menos gorda que ella- y al novio. Ahora escribo en Lawrence’s place, donde quizá me quede unos días para ir de pesca el fin de semana, como me ofreció. Llevo horas intentando decidirme sobre esto.
Martes, 5 de agosto. Mismo lugar.
Pues al final no he tenido que decidir sobre la cuestión que me ha tenido dudando durante las últimas 24 horas, pues se ha resuelto por sí sola: no hay viaje a la pesca. Al parecer, James, el tío de Lawrence en cuyo bote íbamos a ir, no tiene espacio para llevarme. Bien podía haberlo dicho antes, pues de haberlo sabido me habría ahorrado este último día aquí, que ha sido de lo más aburrido. En fin, quizá este cambio de parecer de James, aunque me ha sonado extraño, me haya venido bien, porque creo que en el fondo me apetecía más marcharme ya. Además esta mañana me he enterado de que hay un tercer habitante en esta casa (o tal vez debería decir primer habitante, porque por lo visto es el dueño): se trata de Charlie, el hermano de Lawrence. Parece ser que no habla con nadie desde hace años. De hecho, esta mañana lo saludé tres veces (creyéndolo un poco sordo) y no me contestó. Una razón más para largarme de aquí, porque, así las cosas, no creo que a Charlie le haga mucha gracia mi presencia. Lo enigmático de todo este asunto es que Lawrence no me haya mencionado antes a su hermano para nada, ni me haya advertido de su rareza; aunque la verdad es que él también es un poco raro.
Me llevo una sensación un poco decepcionante de estos indios en lo que a limpieza se refiere: no ya respecto al desorden que reina en sus casas, sino que no cuidan nada ni su ciudad ni su tierra, y cualquier cosa que les estorbe en las manos (desperdicios, envoltorios, etc.) la arrojan a la calle o al campo, dejándolo todo hecho una verdadera guarrería. Desde mi punto de vista, esto le resta mucha fuerza a sus protestas contra las hidroeléctricas con el argumento de que “deterioran la tierra y el medio ambiente”. Los jóvenes, en especial, están muy mal educados; aunque tal vez debería decir, simplemente, que no están educados. Y, hablando de jóvenes, otra idea negativa que me llevo atañe a la hospitalidad: mientras que la gente mayor es bastante hospitalaria, la juventud tiene una actitud más bien hostil, o incluso despectiva, hacia los forasteros.
Ya me he despedido de todos. Primero, de Barbara, que ha sido la más generosa, la más desinteresada y afable de cuantos he tratado aquí. Un poco ingenua, quizá su gordura y el trato un poco humillante que su marido le prodiga sean las circunstancias que la hacen tan humilde, aunque puede que sea al revés, porque la verdad es que todas estas gentes son en general bastante humildes. Barbara también ha sido quien me ha prodigado la despedida más sentida y calurosa. Después dije adiós a Violet y Henry; el tranquilo y bienhumorado Henry, aunque bastante menos afectuoso; no sólo conmigo, sino en general. Por último me he despedido de Jacob, en cuya casa hemos estado Lawrence, Violet y yo cerca de dos horas viendo una peli, bromeando y proponiéndonos mutuamente problemas de lógica; como si no estuviésemos despidiéndonos para siempre. Jacob el gentleman, que cuando fuma en su propia casa sale fuera para no molestar. Me ha regalado un pin muy bonito que pone “Cree nation of Chisasibi” [acabo de darme cuenta de que hace muchos, muchos años que no he vuelto a ver ese pin por ningún lado, así que con toda seguridad lo habré perdido; una lástima]. Después, un nuevo adiós a Violet y eso ha sido todo… salvo que mañana no encuentre quien me devuelva a la civilización.
Tres son los pilares del poder: la coerción, el dominio económico y la persuasión ideológica; es decir: las armas, el dinero y los medios de difusión.
Creo que, objetivamente, este heurístico es una generalización bastante aceptable. La tríada esquematiza muy bien cómo la mayoría de las naciones, estados o imperios han consolidado históricamente su poder: las armas y el dinero representan el “poder duro”, estructural; los medios, que rara vez reciben el énfasis suficiente(1), son el “poder blando”, cuya tarea es fabricar consensos. Pero no debemos dejarnos engañar aquí por eso de blando, porque en realidad no lo es tanto: aunque la coerción se ejerce mediante ejércitos y armas, y la economía está dominada por el dinero fíat(2) y las instituciones financieras, el poder aún necesita persuadir a la sociedad para que acepte o respalde la coerción, para que idolatre el dinero o colabore con el pago de impuestos; y para eso precisa de los medios: imprenta, editoriales, cine, radio, televisión, internet, redes sociales, etc. Controlar los flujos de información, cualquiera que sea el medio utilizado, es crucial para que la coerción y el dominio económico funcionen.
Algún lector podría pensar que estoy pasando por alto otros pilares, como la ley, la ciencia, la tecnología, los recursos materiales, la religión, la burocracia… Pero no, no los he olvidado; es sólo que, aunque sean importantes para sostener la estructura del poder, dependen enteramente de alguno de los otros tres:
Para que la ley pueda mínimamente funcionar necesita la imposición policial (persecución del delito) o económica (imposición de sanciones); y eso significa o bien coerción o bien control monetario, sin los cuales la ley no es más que papel mojado. La confiscación de bienes por un lado y la policía, los tribunales, las prisiones y en última instancia el ejército por otro, son quienes garantizan el orden legal. Así que la ley no es un pilar del poder por derecho propio: es una expresión institucional de la coerción, respaldada por una reivindicación de legitimidad.
La tecnología y la investigación científica están, de un modo u otro, vinculadas al dinero: para su desarrollo requieren financiación, y para que el poder pueda usarlas después como arma es nuevamente necesario un respaldo económico.
Los recursos —el petróleo, el litio, la tierra cultivable, etc.— se protegen o se arrebatan con la fuerza, o bien se compran con dinero. Tampoco son, pues, un pilar esencial del poder.
La autoridad religiosa funciona mediante discursos, rituales, miedo a la condenación, promesas de salvación… Todos ellos ejemplos de persuasión ideológica, a menudo apoyada por la amenaza de la coerción(3).
Max Weber decía que la burocracia era una fuente de poder por sí misma(4), y argumentaba que, aunque a veces utilice la fuerza, el dinero o la persuasión, su efectividad diaria venía de la legalidad y del procedimiento administrativo; una especie de autoridad impersonal no reducible a ninguno de los tres pilares esenciales. Pero, si bien se mira, se comprende que la burocracia, al final, descansa sobre la coerción y la economía. Aparte de que, aunque la gente pague impuestos u obedezca las leyes porque todo el mundo lo hace o porque el no hacerlo tenga consecuencias, este gregarismo y este temor son, a su vez, productos de una persuasión anterior bien asentada en nuestras mentes.
Así que cualquier espina dorsal del poder que se nos pueda ocurrir descansa en última instancia en alguno de los tres pilares mencionados. Ahora bien: éstos no son mutuamente independientes, sino que en buena medida encajan unos con otros. A menudo la persuasión, es decir, los medios, están financiados por el poder económico y protegidos —o censurados— por las armas. Asimismo, para que se acepte el valor formal del dinero es necesaria, a fin de cuentas, la capacidad coercitiva del estado. Aun así, la persuasión es el pilar más primario. Sin una legitimación (factor mental), la fuerza no es más que bandidaje: no puede sostenerse por mucho tiempo ni crear una sociedad estable. Sin confianza ni conformidad con la moneda, la economía se limita al trueque o al mercado negro. Al fin y a la postre es la persuasión lo que hace que la gente consienta pagar impuestos, alistarse en el ejército, concederle valor al dinero fíat… La historia está llena de ejemplos de regímenes con grandes ejércitos y gruesas arcas públicas que cayeron porque perdieron la guerra del discurso ideológico (p.ej. la URSS en 1991).
Posibles objeciones
Desde luego alguien puede sostener que la recíproca es igualmente cierta: la persuasión depende del dinero y de la fuerza en la misma medida que lo contrario: al fin y al cabo —dirá— el relato sin la fuerza puede quedar reducido a mera conversación. Por ejemplo —continuará— un canal de comunicación que publique verdades contra un dictador puede acabar clausurado, o su director “suicidado”. Estoy de acuerdo; pero volvemos a lo mismo: ¿cómo obtuvo ese dictador la fuerza necesaria para amordazar a la verdad? A los medios de difusión se los puede silenciar mediante la fuerza, pero ésta hay que organizarla antes; y una organización a escala nacional precisa, por un lado, de gente dispuesta a hacer uso de la violencia en nombre del líder (soldados, policía, torturadores); por otro, que esa gente obedezca las órdenes en lugar de desertar, rebelarse o usar las armas contra el dictador; y por último un pueblo mayormente obediente, ya que no se puede vigilar a cada ciudadano las 24 horas del día. Nada de esto surge de la nada: las estructuras de poder siguen necesitando la persuasión para reclutar sicarios leales y para domesticar a la ciudadanía.
Del mismo modo podría objetarse contra la precedencia causal de la persuasión sobre el dinero señalando que aquélla no puede sosenerse o incrementarse sin éste: la prensa, las antenas de radiotelevisión, los servidores de internet, el salario de los influencers… todo eso cuesta dinero. En efecto, esta dependencia mutua parece llevarnos al dilema del huevo y la gallina, pero si escarbamos lo suficiente en la cadena de causalidad nos daremos cuenta de que, antes de que los poderosos obtuvieran su capacidad y poderío económico, en algún momento tuvieron que emplear el discurso persuasivo.
Un tercer reparo podría echar mano de ejemplos del pasado que —aparentemente— desmientan la precedencia de la persuasión: después de todo, aunque los reyes medievales —pongamos por caso— usaban la coerción (levas feudales), los medios económicos (tierra, tributos) y la persuasión (sermones religiosos), y aunque en general es verdad que la tríada que he expuesto resiste muy bien los cambios históricos, ha habido ejemplos que parecen desafiarla. Pongamos por caso a los imperios nómadas, como el de los mongoles, que con un mínimo de persuasión conquistaron vastos territorios mediante la movilidad, la caballería y los sistemas de tributos. Bien, casi todo eso es cierto salvo que la persuasión fuese mínima: Genghis Kan se presentaba como el elegido de Tengri (cielo eterno), sus conquistas se legitimaban como un mandato divino para la unificación bajo una “yurta plateada”, y los guerreros mongoles creían que perecer en la batalla les aseguraba un lugar en el paraíso (como la yihad islámica o las valkirias nórdicas); y todo esto es narrativa, discurso.
Veredicto
Como se ve, la persuasion esel talón de Aquiles de toda teoría del poder puramente materialista. Como nos enseñan los antropólogos, homo sapiens ha dominado porque somos capaces de cooperar con flexibilidad en sociedades grandes, y esa cooperación gira en torno a constructos y ficciones compartidas: relatos, mitos, ideologías… Ningún ejército, ni banco central ni policía secreta puede funcionar sin un relato que legitime su existencia o la haga necesaria, o como mínimo inevitable(5). Diez mil soldados no lucharán y morirán sólo por un salario, ni sólo bajo amenaza o porque estén encadenados (no se puede encadenar a diez mil personas y lograr que sean, a la vez, combatientes efectivos), sino porque creen en una historia: la nación, los dioses, la libertad, el comunismo, la civilización, la raza, o simplemente “nosotros contra ellos”. Incluso las policías secretas más conocidas de la historia se reclutaron entre un pueblo que ya creía en algo: lealtad al soberano (p.ej. la guardia pretoriana en Roma), una ideología (p.ej. la NKVD soviética), o una visión paranoica del enemigo (p.ej. el Mossad israelí).
La prioridad temporal y lógica le pertenece a la persuasión, que es condición necesaria para organizar y mantener tanto la coerción como el poderío económico. Quizá la persuasión, por sí sola, no baste para ejercer poder sobre grandes sociedades, pero sí que puede persistir sin ayuda de los otros dos pilares (pensemos en los profetas o los filósofos), mientras que, sin ella, no cabe imaginar una coerción duradera ni una economía funcional. La relación es asimétrica, pero si hay que escoger el pilar más esencial en términos de origen y pervivencia, la persuasión siempre va antes.
2. Los principios sociales se establecen gracias a los medios de difusión
Dado que el agente de la persuasión es el relato, y que éste se propaga mediante los medios de sifusión, quienes controlen los medios dirigen la sociedad. No es por capricho que los ideólogos de cualquier sistema siempre intentan hacerse, antes que nada, con la comunicación. No es tanto que quienes dirigen los medios tomen las riendas del gobierno —aunque algunos podrían hacerlo— ni que establezcan personalmente las directrices administrativas o legales, sino que, al moldear las mentes, determinan las líneas principales según las cuales el poder ejecutivo, el legislativo y el judicial ejercen su función, y consiguen que el pueblo consienta o confirme con su voto. La aprobación social mayoritaria —es decir, el consenso— es absolutamente clave para la viabilidad y la persistencia del liderazgo mediante la persuasión, dado que esa aquiescencia minimiza la posibilidad de que los políticos y legisladores se desvíen del discurso, y de que el pueblo rechace las reglas establecidas u opte por la desobediencia civil.
¿Quién controla los medios?
Desde hace décadas —y cada vez de forma más notable— la mayoría de las herramientas de persuasión (periódicos, editoriales, cine, televisión, radio, redes sociales…) están en manos de un número relativamente pequeño de personas e instituciones (tras las cuales, en última instancia, siempre hay personas).
Hoy día, seis estudios de Hollywood studios (Disney, Warner Bros., Universal, Paramount, Sony y Netflix) controlan la inmensa mayoría de la producción global de cine y televisión(6), así como —mucho más importante— de su distribución(7), que es la auténtica palanca del poder mediático. Las excepciones son China e India, cuyas audiencias nacionales son inmensas(8); pero, aun así, dependen de los seis gigantes estadounidenses para la distribución de sus contenidos allende sus propias fronteras. Por su parte, Europa tiene fuertes canales y productoras públicas(9), pero éstas a menudo coproducen sus contenidos con EE.UU. (aproximadamente el 40%), y para la difusión en el extranjero su dependencia de las seis grandes es absoluta.
Respecto a otros medios, unos 200 periódicos estadounidenses son propiedad de un puñado de fondos de cobertura; en Reino Unido, el control del 70% de la prensa nacional está en manos de sólo tres milmillonarios (Murdoch, Rothermere y los hermanos Barclay); el grupo Sinclair Broadcast, en EE.UU. llega al 40% de los hogares; iHeartMedia posee más de 850 estaciones de radio; las plataformas Meta, X/Twitter, TikTok y YouTube son también propiedad de apenas unos pocos directores corporativos milmillonarios…
Los medios de comunicación son, técnicamente hablando, un oligopolio.
Si la propiedad de los medios estuviese dispersa de forma más o menos homogénea entre muchos miles de personas o entidades en el mundo, estaríamos expuestos a la amplia variedad de prismas mentales que habrían emergido, de manera espontánea y natural, de lo que la gente normal y corriente piensa; y esto haría que la persuasión se acercase a la “neutralidad”: cada grupo, sociedad o nación tendría algo distinto que decir, y no habría un pensamiento dominante. Pero como los medios de persuasión están concentrados en unas pocas manos, el resultdo es que esa pequeña minoría tiene una desproporcionada capacidad para moldear lo que miles de millonas de personas creen, temen, desean, o aceptan como legítimo.
Un rayo de esperanza…
Sin embargo, por muy pequeña que sea esa minoría, su número no baja de unas pocas docenas (o un centenar, como mucho) que, con toda probabilidad, están hermanadas en varios “racimos” con sus propias metas e intereses; y habría que suponer que cada uno de esos racimos va a lo suyo, y por tanto que intenta imponer su propia visión del mundo y escala de valores, ofreciéndonos así al menos unas pocas alternativas entre las que optar, en lugar de sólo una. Este no es el panorama ideal, descrito en el párrafo anterior, de incontables mentalidades en oferta, pero es mucho mejor que el pensamiento único. Ahora bien, ¿ocurre esto, en realidad? Bueno, más bien no. La dinámica interna del mencionado oligopolio está llena de matices, pero el resultado es casi tan descorazonador como el panorama de una pensée unique.
…y una decepción
Aunque es cierto que esos “racimos” compiten ferozmente en la mayoría de aspectos (beneficios, cuota de mercado, propiedad intelectual…), la mala noticia es que están profundamente alineados respecto a un reducido número de creencias fundacionales que protegen su sistema compartido. Ellos jamás permiten que se desfíe la “legitimidad” de ese sistema: el capitalismo es bueno, la propiedad privada debe protegerse, el consumismo es natural y saludable, el liderazgo occidental (en concreto el de EE.UU.) es legítimo, la democracia es el mejor de los sistemas, la única economía realista es el libre mercado, la estructura de poder existente es en esencia justa… Estas son las asunciones de fondo, las “reglasd del juego” que ellos nunca rompen. Se trata de una armonía estructural de intereses sobre bases fundacionales. El oligopolio está de acuerdo en lo que no puede cuestionarse, aunque luche continuamente sobre lo que se puede debatir: el aborto, la inmigración, el cambio climático, la justicia racial… Al observador medio se le antoja que estos desacuerdos son una auténtica batalla por las ideas, pero para el ciudadano crítico son pequeñas desavenencias dentro de un armazón que jamás pone en duda sus premisas básicas.
Para que el lector español entienda mejor esta dinámica, piense en las tertulias televisadas (El Hormiguero, La Sexta Noche, El Objetivo) entre “rivales” de distintos partidos políticos. En una apariencia de enemistad feroz, los participantes (PSOE, PP, Vox) se asignan colores (rojo/azul/verde), se insultan, se acusan de fementidos, hablan de “mejorar España”, etc. Los promotores son siempre los grandes grupos de comunicación (Atresmedia, Mediaset, RTVE)(10), poseen el plató, pagan el espectáculo y no les importa quién “gane” el debate: sólo el show, la audiencia, la continuidad del sistema. Los espectadores (millones de televidentes, usted y yo) eligen bando, se implican emocionalmente, creen que el conflicto es real, tuitean, defienden a “su” político. Pero jamás vemos un programa en que los contertulios se alían contra el promotor para decir que, en realidad, ambos trabajan para los mismos “amos supremos” y que el debate es un montaje para que el público no pregunte por qué el 90% de la prensa pertenece a tres grupos empresariales; ni vemos un guión en que la audiencia se cuestione por qué está financiando una televisión que sólo emite peleas fingidas; nadie que se levante y diga que, en lugar de un bipartidismo de mentira, deberíamos tener democracia directa, sorteos de representantes o asambleas ciudadanas sin medios privados.
¿Coordinación o intereses compartidos?
Entonces, los dueños de los medios de comunicación ¿cómo coordinan —si es que lo hacen— la protección de sus intereses comunes? Pues hay pocos casos documentados de coordinación explícita(11), pero la armonización tácita y estructural es ubicua: quienes controlan los medios suelen seguir el mismo manual sin necesidad de un apretón de manos(12). La coordinación no se hace mediante llamadas telefónicas, sino que resulta de una cosmovisión compartida. Es, además, bastante común que una misma persona se siente en varias juntas directivas a la vez: Goldman Sachs, Disney, el Consejo de Relaciones Exteriores…
En cualquier caso, la verdad es que ni siquiera necesitan coordinarse: para ellos, el simple mecanismo de los intereses compartidos de clase funciona a la perfección, pues produce idénticos resultados sin que haga falta una reunión o un acuerdo. La mayor parte de las veces los participantes se conducen como consideren oportuno, pero bajo el acuerdo tácito, nunca discutido, de que nunca dirán (por seguir el ejemplo anterior): “Los debates están amañados y usted debería dejar de verlos”. Los dueños de medios de difusión no dejan de engañar a la ciudadanía para su propio beneficio. El engaño sistemático es una característica intrínseca de cómo opera el oligopolio de los medios: moldea la línea editorial, el modelo publicitario, las reglas de acceso al juego y los límites aceptables de opinión; y esto lo hace constantemente, aunque no en cada artículo o emisión. Basta con ver cómo toda la industria de la publicidad y, en muy gran medida, toda la propaganda política están edificadas sobre el fraude. La comunicación empresarial está plagada de lavado de imagen verde (falso ecologismo), de etiquetado ético que enmascara unas cadenas de suministro explotadoras. Toda la arquitectura de la estructura mediática, con tácticas que sirven a sus propios intereses, embauca sistemáticamente al público.
3. Entonces, ¿quién controla los medios de comunicación? Personas y corporaciones
El oligopolio mediático es un reducido círculo de élites interconectadas y, a menudo, superpuestas a través de a) conglomerados o grupos de propiedad compartida, b) juntas directivas entrelazadas, c) matrimonios, amistades, redes de clase, y d) inversores comunes. Es raro que unos mismos individuos sean los propietarios únicos de Hollywood + periódicos + TV + redes sociales, pero la unidad funcional entre estos sectores es muy real. He aquí una lista de los principales inculpados, con indicación de los medios que controlan o en los que tienen mucho peso. (Me centraré en el caso de EE.UU. porque globalmente son los más relevantes.)
Rupert Murdoch: Wall Street Journal, New York Post, Times of London, The Australian, Fox News, Fox TV.
John Malone: Warner Bros Discovery, CNN, TNT y otros canales de TV.
Jeff Bezos: Washington Post, Twitch (Amazon).
Mark Zuckerberg: Meta-Facebook.
Elon Musk: X-Twitter
Vanguard/BlackRock: Disney, Warner, Neflix, New York Times, WSJ, Comcast, iHeart, Meta, Alphabet.
Algunas familias, como los Redstone, los Roberts o los Smith, son también accionistas importantes de buen número de estudios y canales.
En concreto y muy especialmente, Vanguard and BlackRockson los jugadores clave en casi cualquier compañía mediática, del sector que sea; son la columna vertebral de todo el sistema. El poder financiero estructural en todo el Occidente Colectivo(13) está, en gran medida, en manos de esas dos corporaciones. Entre una y otra son los dos principales accionistas de: Apple, Microsoft, Amazon, Google (Alphabet), Meta, Nvidia, Tesla, JPMorgan Chase, Goldman Sachs, Citibank, Disney, Warner Bros Discovery, Netflix, Comcast, Fox, News Corp, ExxonMobil, Chevron, Pfizer, Moderna, Johnson & Johnson… Y lo más curioso: BlackRock y Vanguard sonlos mayores accionistas el uno del otro; una extraña y ofuscadora circularidad.
Y esto, ¿qué significa en la práctica? Pues que, aunque esas dos compañías no controlan el funcionamiento diario de los medios ni dirigen el mundo como un consejo de administración, son los cimientos financieros sobre los que descansa el orden empresarial occidental. Ninguna gran corporación en Norteamérica o en Europa puede ignorarlos. Mediante su concentrado poder de voto deciden los criterios de lo que pueden o no pueden hacer los presidentes de empresa, qué fusiones están “autorizadas” y qué actitudes políticas no entrañan riesgo para el sistema. En gran medida, tienen el poder en sus manos: no de forma absoluta ni dictatorial, sino estructural y sistémica. No es que usen su capacidad de voto (¡y de veto!) de manera maliciosa: es que podrían hacerlo si quisieran; y todos los demás lo saben. Esta latente amenaza moldea los comportamientos sin tener que dar una sóla orden. Son la élite del poder; y en la actualidad concentran ese poder a una escala que no tiene precedente histórico.
Pero, entonces, ¿quiénes son las personas de carne y hueso que hay tras esas dos corporaciones? Pues esta es, para mi análisis, la cuestión más importante de todas; y por desgracia la más oscura. La respuesta no es nada satisfactoria porque se esconde dentro de un laberinto diseñado, precisamente, para ocultar los individuos concretos que estamos buscando. Y esto es inquietante.
BlackRock es una sociedad anónima cuyos mayores accionistas son inversores institucionales (Vanguard, State Street, Fidelity). Por otra parte, como accionista menor (en número de títulos, pero no en importancia) está su fundador y presidente, Larry Fink. Es él quien ejerce el control, pero no mediante la propiedad de las acciones (apenas tiene una fracción) sino mediante su influencia. Lawrence D. Fink nació en 1952 en el seno de una familia judía (¡sorpresa!); fue cofundador de BlackRock en 1988 y ha sido su presidente desde el primer día. Personalmente posee 1-2% de la compañía, pero la controla gracias a su posición, reputación y relaciones (es frecuente que tenga reuniones personales con primeros ministros, presidentes de gobierno y directores de bancos centrales). Es, con diferencia, la persona más importante detrás de BlackRock.
Vanguard, en cambio, es algo más extraño. Está estructurada de forma única con un modelo de mutua, y sus dueños son los mismos fondos de inversión que tiene en su propia cartera de valores; fondos, a su vez, propiedad de los inversores individuales (gente normal como usted y como yo). Esto significa que el “dueño” de Vanguard —en el sentido tradicional— no una persona ni familia concreta. Como corporación mutualizada que es, la poseen todos y nadie a la vez; pero —y esto es lo esencial— la dirige un consejo de administración cuyos miembros son elegidos, en teoría, por los accionistas de los fondos: millones de inversores que, irónicamente, en realidad nunca votan. Así que, cuando buscamos a los hombres de carne y hueso que hay detrás de Vanguard, no encontramos a sus propietarios sino a sus administradores: personas que comparten origen de clase, círculos sociales e intereses con Larry Fink. Éstos son quienes toman las decisiones… sin rendir cuentas a nadie.
Vemos, en suma, que tras BlackRock y Vanguard —y por tanto tras los medios de persuasión de masas— lo que hay en realidad es una tela de araña en cuyo centro se encuentra Larry Fink como individuo más poderoso, rodeado por anteriores ejecutivos de BlackRock, por funcionarios de Hacienda y altos cargos de la Reserva Federal(14) que intercambian periódicamente sus puestos, y por consejeros de administración que dirigen simultáneamente —mediante cargos que se solapan(15)— BlackRock, Vanguard, JPMorgan y el Consejo de Relaciones Exteriores, entre otras instituciones.
Así que, aunque no haya una única persona o familia que sea dueña de esas dos corporaciones, ambas están dirigidas por gente de la misma clase: educados en la Ivy League, con formación financiera, e interconectados por juntas directivas y puestos gubernamentales. Son una red social con idénticos intereses y una cosmovisión compartida. Si quieren imponerle a la sociedad determinado relato, se lo imponen. Son ellos quienes, en última instancia, deciden lo que usted o yo pensamos, creemos, valoramos, anhelamos u odiamos.
4. Dirigiendo económicamente el mundo: otra vez la persuasión
Los principales actores de este drama no sólo pilotan sociedades mediante los medios de comunicación: también ejercen poder directo sobre la economía global gracias a sus empresas y a su influencia personal.
Dominio económico
Autoridad formal no es lo mismo que poder efectivo. En todo estado moderno las decisiones cotidianas las toma el gobierno (federal, regional, local…) En teoría, los gobiernos actúan de manera autónoma y sólo están limitados por las leyes. Mediante impuestos, normativas, presupuestos, emisión de deuda, etc., determinan casi todos los aspectos de nuestras vidas diarias. Legalmente no están en modo alguno bajo la autoridad de ninguna empresa, por muy grande o multinacional que sea. Ellos tienen la autoridad formal.
El poder efectivo, sin embargo, ya es otra cosa. Y la realidad es que el tipo de corporaciones que he expuesto ejercer un enorme poder sobre los gobiernos formales. Mediante mercados de bonos, puntuaciones crediticias, donaciones políticas, puertas giratorias, superposición de cargos, etc., influyen de manera efectiva en cómo los gobiernos conducen sus políticas; y esto hasta tal punto que, sin su aprobación, un cabeza de gobierno puede durar poco ocupando el cargo. Aunque ningún dirigente occidental ha sido nunca abiertamente depuesto por BlackRock o Vanguard, varios han visto frustrados sus programas a causa, quizá, de tal o cual comportamiento del mercado de bonos en el que esas empresas fueron principales actores. Por eso, aunque un primer ministro pueda ignorarlas tal vez un tiempo, si le retiran la confianza a su política fiscal se disparará el coste de los préstamos, la moneda se tambaleará y, pocos meses desepués, lo veremos dimitir de su cargo “por razones familiares”; y eso sin una sóla llamada de Larry Fink.
Con todo, no suele ser necesario llegar a nada de eso, ya que la forma más común y eficaz de control es la obediencia anticipada: los políticos interiorizan las preferencias de los administradores de activos (las grandes corporaciones de las que hablamos) sin haber recibido una amenaza o percibido un movimiento económico peligroso. Ningún nodo en la red del poder lo controla todo, pero esa élite de administradores de riqueza tiene el poder de veto más longevo: pueden decir que “no” a todas las decisiones políticas que quieran sin que nadie los desautorice ni los derroque, porque no están en el Gobierno. Quizá no puedan declarar una guerra, pero sí pavimentarle el camino, o hacerla prohibitiva si lo prefieren. Quizá no tengan autoridad para aprobar una ley, pero pueden hacer —según les convenga— que resulte necesaria o irrelevante. Para cualquier decisión financiera importante (emisión de deuda, reforma de las pensiones, política fiscal sobre el capital, etc.) se requiere que Vanguard y BlackRock den “luz verde”; y los políticos que se olvidan de esto se encuentran con que su margen de maniobra se ha reducido mucho de repente. Por eso todo primer ministro lo sabe; y es bueno que usted también lo sepa.
Por lo demás, el poder de Vanguard y BlackRock no sólo abarca al Occidente Colectivo, sino que se extiende a casi todo el orbe. Cualquier economía grande que desee acceder a los mercados globales de capital —es decir, que desee crecimiento, tecnología y comercio— debe aceptar a esas compañías como hechos estructurales. China es la única excepción notable, gracias al capitalismo de estado y a su control sobre los activos. Rusia también escapa en buena medida, pero a costa del aislamiento y, con frecuencia, la guerra. En cualquier otro lugar, desde Londres hasta Sao Paulo pasando por Tokio, esos dos administradores de activos se sientan a la cena como huéspedes permanentes e inamovibles. No dominan el mundo stricto sensu, pero han hecho de su estructura el único juego posible para la vida económica contemporánea. Y cuando alguien controla las reglas del juego (no ya los movimientos, sino el tablero, las piezas y el marcador), de hecho controla el mundo.
Impensables alternativas
No hay modelos alternativos porque han sido destruidos, marginados o desacreditados hasta el punto de que se han vuelto inasequibles o, literalmente, impensables: por una parte, cualquier intento de salirse del redil conlleva tales costes que sólo a los revolucionarios o a los locos se les ocurriría; y por otra, a casi toda la población mundial se le ha instilado tan cuidadosamente, desde hace mucho tiempo, el deseo de crecimiento, tecnología y comercio, que prácticamente nadie quiere otra cosa. El Occidente liderado por EE.UU. ha alcanzado su hegemonía no tanto obligando a la gente a obedecer (aunque lo haya hecho en numerosas ocasiones), sino consiguiendo que sea imposible imaginar ningún otro camino. Aunque China, Rusia o India eludan la penetración financiera de Occidente, difícilmente pueden eludir su penetración ideológica.
En efecto, los líderes globales se forman en las universidades occidentales(16) (sobre todo, estadounidenses) con libros de texto y currículos escritos por académicos occidentales (y principalmente en inglés; que es, por cierto, la lengua de facto para las publicaciones científicas en todo el mundo). Ya hemos visto el alcance global de las películas y las plataformas audiovisuales de Hollywood. La música de Occidente (pop, hip-hop, rock) se ha impuesto en la cultura juvenil por todos los rincones del mundo. Las agencias de noticias europeas o norteamericanas son las que definen “qué es noticia” en todas partes… Como resultado de todo esto, incluso los líderes antioccidentales piensan en categorías inventadas en Londres, París o Washington. Un quinceañero en Teherán, Moscú o Shangai sabe más sobre Spiderman o Hulk que sobre la poesía de su país. Los “valores liberales” han llegado a constituir la “radiación de fondo” del discurso contemporáneo hasta el punto de que incluso los regímenes autoritarios hablan ahora el lenguaje de los derechos humanos, el consumismo, la ideología de género, la sostenibilidad, el cambio climático, etc.
Y en última instancia esto ha sido posible gracias a la persuasión (entendida en su sentido más amplio), o lo que podemos denominar poder epistémico cultural: aunque en algunas regiones del mundo las herramientas de persuasión no estén en manos de Occidente, el relato ya ha sido implantado. Larry Fink y los de su calaña pueden controlar hoy día los hilos del dinero y de los medios, pero el “cuento”, la mentalidad, el sistema operativo que se ejecuta en el cerebro global, está controlado por una maquinaria mucho más amplia y difusa (desde hace siglos en manos, seamos francos, de las élites judeo-protestantes). Y esa maquinaria ya ha ganado la partida.
1 Si quiere hacerse una idea de hasta qué punto se le resta importancia a la persuasión como pilar del poder, intente encontrar en internet una imagen que ilustre los medios de comunicación junto al dinero y las armas. Mostrando tanques y fajos de dólares encontrará miles, pero que incluyan también a la prensa o a Hollywood, ninguna.
2 Se llama fíat al dinero sacado de la nada, sin una riqueza que lo respalde: simplemente poniendo en marcha la impresora de los billetes.
3 El infierno como coerción psíquica, la inquisición como física.
4 Una autoridad fiscal o un ministerio de salud pueden moldear el comportamiento sin ayuda de una coerción visible ni de una persuasión mediática: simplemente mediante la rutina, formularios o plazos.
6 Producen directamente en torno al 50-60% global, en términos de duración, de los contenidos audiovisuales. El otro 40-50% lo producen miles de pequeñas compañías.
7 Aquí es donde estos seis estudios tienen verdadero control global. Poseen las plataformas de streaming (Netflix, Disney+, Max, Paramount+) y las cadenas de distribución, y dictan los términos de las licencias. Cierto drama norcoreano muy popular fue distribuido globalmente por Netflix. Los seis gigantes financian y distribuyen muchas producciones “locales”.
8 La recaudación que hace China es la segunda mayor del mundo. Allí hay cuotas estrictas para la proyección de contenidos de Hollywood (unas 34 películas al año). A nivel nacional predominan las películas nacionales. India, por su parte, produce más películas que ningún otro país, y su mercado interno está controlado sobre todo por gigantes nacionales.
9 BBC, ARD, France Télévisions. Europa tiene también estudios independientes de gran éxito (p.ej. StudioCanal en Francia o Pathé y Nordisk Film en Escandinavia), pero las grandes películas comerciales y series de televisión provienen de Hollywood.
10 BlackRock no controla directamente a los dueños de las televisiones españolas, que son mayoritariamente familias europeas con empresas privadas (Lara, Berlusconi, Mohn, Bolloré), pero invierte en ellos cuando cotizan en bolsa, y sobre todo invierte en todo el ecosistema mediático y publicitario a la vez. No es el “jefe del partido” de fútbol, pero es dueño de varias gradas y del negocio de la cerveza que se vende en el estadio. Su interés no es quién gane, sino que nunca se cuestione por qué hay estadio.
11 En ocasiones los estudios de Hollywood han acordado listas negras con el Gobierno.
12 Por ejemplo, tras el 11-S casi todos los principales canales estadounidenses repitieron el mantra de Washington (“guerra al terrorismo”) sin que se lo ordenase ninguna circular.
13 Norteamérica, Europa occidental, Australia y Nueva Zelanda.
14 El banco privado estadounidense que emite los dólares.
15 Hay cientos de ejemplos de solape. Uno cualquiera es Mark Loughridge, presidente de Vanguard, que también es parte del consejo administrador de la empresa armamentística General Dynamics, y antes lo fue en el de BlackRock.
16 Las élites chinas, rusas, indias, nigerianas, etc., han hecho posgrados económicos en Harvard, en el London School of Economics, en el Institut Européen d’Administration des Affaires…
El viernes fui, como estaba planeado, a visitar la central hidroeléctrica de Radisson; aunque por poco no llego. Había cogido, temprano, el ferry al embarcadero y desde allí alguien me dio un jalón hasta Chisasibi, que está a unos buenos 8 km. Aún era pronto cuando llegué donde Barbara’s, pero ella no había encontrado medio de transporte para mi, y no parecía inclinada a aceptar la sugerencia que, días antes, le hizo Jeannette: prestarme su coche y conducir yo mismo. Se suponía que debía estar en la central a las 12:30, pero a las 11:50 aún no tenía cómo ir. Ya empezaba a renunciar a la visita -lo cual, la verdad, no me importaba demasiado- cuando Barbara me dijo que me llevaría ella, pero no en su coche sino en el de Jeannette, que no estaba en casa (se había ido con alguien unos días a Montreal). Sólo estaba Frederic, el marido. Me extrañó que Barbara, con lo ocupada que estaba, se ofreciera a llevarme, y supuse que sería en parte por no dejarme conducir a mí el coche, y en parte por ganas de compañía o cambiar de aires, ya que su marido se había ido el jueves a Toronto y se quedaría allí todo el fin de semana.
Entre unas cosas y otras, eran ya las 12:05 cuando salimos, y para colmo, al poco nos tocó detrás de un coche que Barbara no se atrevía a adelantar. A y media, cuando deberíamos haber estado ya en Radisson, aún nos faltaban 80 km por recorrer, así que le sugerí olvidarnos de la visita y dar media vuelta. Pero entonces tuvo la feliz idea (¡por fin!) de dejarme conducir a mí: tres cuartos de hora más tarde ya habíamos llegado; justo a tiempo para subirme al autobús que hacía la visita. Ésta valió la pena, desde luego. Todo muy interesante; y lo habría sido aún más si hubiese entendido bien a la guía, una mujer de lo más alegre y agradable pero que sólo hablaba en francés. La Grande-1 tiene tres elementos principales: por un lado, el muro de contención (la presa propiamente dicha); por otro, separadas de éste, las esclusas de vaciado; y por otro la planta generadora, donde ocho enormes turbinas verticales mueven otros tantos gigantescos generadores.
Imagen satélite de la presa La Grande-1
Al finalizar el tour encontré a Barbara en un restaurante cercano, jugando a las maquinitas; pero enseguida nos fuimos. Durante el viaje de regreso me entretuvo contándome historias sentimentales de su juventud. Llegados a Chisasibi le devolvimos el coche a Frederic, y éste me dijo que en una hora me daría un ride hasta el embarcadero en su vehículo, pues ellos también iban a Fort George, así que mientras tanto estuve dándome un largo paseo. La partida estaba formada por Fred, sus tres hijos, un tal Jean G., su mujer y su preciosa hijita. Los hijos de Frederic también eran muy guapos: el mayor se parecía a él y la menor era clavadita a Jeannette, la madre. Cuando le hice notar esto último al padre, me contestó: “¿La niña? No es mía, es de Jean G.” “No -le dije-, no ésa, sino la otra, la morena.” Puso cara de asombro: “¿Qué otra? Eso no es una niña, sino un niño.” Tierra, trágame. ¡Vaya metedura de pata! Pero, fuese niño o niña, se parecía a su madre.
Aún tardaron una hora más en estar preparados. Por fin nos subimos todos al coche, pero no sé qué detalles de última hora nos retrasaron otro cuarto de hora, durante el cual los hijos de Fred se dedicaron a jugar a entrar y salir del vehículo usando todas las vías posibles salvo las ortodoxas, saltando preferentemente por encima de asientos y pasajeros, y arreglándoselas para que en medio de sus entradas y salidas siempre estuviese yo. Cuando ya arrancábamos apareció una señora que se sumó a la partida: sólo teníamos que acercarnos a su casa para que recogiera sus cosas, labor que le llevó unos veinte minutos adicionales y que los niños aprovecharon para continuar con su diversión, a la que añadieron peleas dentro del coche y un concurso de brutalidad. Todavía hicimos una tercera parada en casa de Jean G., que también necesitaba recoger sus pertenencias. Por suerte fue más rápido que la otra señora, pero eso no impidió a los niños hacer varios ejercicios extra de salto al pasajero. Nueve personas sudorosas y sucias en una furgoneta con las ventanas cerradas, mientras tres de ellas evolucionan entre los demás sin el menor cuidado de dónde ponían sus zapatones, no es una experiencia que pueda soportarse más de media hora, el tiempo que -en total- tardamos en llegar hasta el ferry y el cuádruple de lo que habría tardado yo si me hubiera ido solo. Cuando por fin, ya en la otra orilla, pude separarme del grupo y meterme a descansar en la tienda, estaba de los nervios.
Ya me va quedando poco que contar sobre la estancia en Fort George.
Mientras hacía cola ayer sábado para conseguir un bistec en la comida comunal tuve ocasión de ver con toda claridad el desplazmiento de una tormenta cercana, desde la que algunas rachas de viento nos trajeron unas gotas dispersas. Me hallaba en la compañía de un grupito que llegó esa tarde, compuesto por tres estudiantes extranjeros de medicina que hacen aquí unas prácticas. Uno es ruso, Timor, otro es indio y la tercera es una griega esquelética (entiéndase esto en sentido literal). Este trío se pasea por la isla en una suerte de frenesí turístico, participando en todas y cada una de las actividades, aunque han salido ya dos veces a pescar y aún no han cogido un solo pez.
Timor es el inteligente del trío, habla cinco idiomas (ruso, inglés, francés, japonés y español), ha vivido en varios países y ahora estudia en Canadá. Tiene una conversación interesante, y como es de la cuerda progre-humanitaria le parece muy bien que el gobierno les regale la vida a los nativos, aunque aún le parece que los cuida poco. Tiene pinta de ser de los que vuelven locas a las chicas, porque además es guapo, divertido y está cachas. Lleva una camiseta con un logo de aikido, así que supongo que lo practica. Muy sociable, algo escéptico, muy crítico con EE.UU. y totalmente enamorado de Rusia. Tiene, además, el arte de saber dosificar su presencia a la perfección de modo que su compañía resulte siempre deseable. Hoy tuvimos una interesante conversación sobre literatura y nos intercambiamos autores y títulos.
El indio -llamémosle Haman- es eso: indio de India; con lo cual queda todo dicho. Raro como suelen ser sus compatriotas, dejó el país siendo niño, ha vivido en Emiratos durante quince años y lleva ya tres en Canadá, estudiando en Montreal (ciudad que dice adorar), donde se quedará otros cuatro hasta que se gradúe. Intenta ser simpático, pero no lo consigue.
El saco de huesos griego es caso aparte. Se cree atractiva aunque no lo es, y hasta esta mañana no se ha dignado siquiera mirarme. Es difícil saber de qué va, salvo que se las da de muy mediterránea. Al desayuno me hizo inopinadamente algunas preguntas cuya respuesta no acabó de escuchar, y cuando yo le pregunté alguna cosa para devolverle la “cortesía” se marchó a los dos minutos. Su inglés es bastante bueno, su figura, repelente, y su actitud, contradictoria y ambigua. Intenta, como sus compañeros de prácticas, ser servicial, pero a veces su fatuidad se lo impide. Violet parece coincidir conmigo en su opinión sobre esta griega: me ha dicho que la encuentra extraña y que no escucha a la gente.
This evening (domingo) colaboré un rato -hasta el aburrimiento- en la labor de asar unos gansos para la cena, a base de cocina tradicional india, que mis anfitriones han preparado: ganso, trucha, alce, puré de patatas, ensalada de pescado y arándanos azules, más tres dulces diferentes. Había una docena de gansos, nada menos, y los asaron dentro del tipi colgándolos de guitas alrededor del fuego y haciéndolos girar a golpecitos con un palo mientras caía sobre unos cuencos la grasilla que soltaban. Hubo tanta comida por cabeza que yo no pude acabarme mi parte. Además, cuando los platos llegaban a manos de los comensales estaban ya fríos y se me hicieron menos apetecibles.
Hoy, poco después del mediodía, se fue Jacob, y ya estoy echándolo de menos. He tenido con él muy buenos ratos de charla, por las noches, mientras veíamos los caprichosos y movedizos fulgores de la aurora boreal. Me hacía tantas preguntas que, sin haberle acabado de responder a una, ya estaba proponiéndome la siguiente. Ahora, en “nuestra” parcela, nos hemos quedado sólo Henry, un sujeto nuevo y yo. Este nuevo, Lawrence, es hermano de Violet y, desde hace cuatro horas, ha mostrado un interés por mí tan vivo que se me hace algo pesado. Es simpático, desde luego, y tiene una curiosidad insaciable (aunque muy distinta de la de Jacob): me ha pedido que le muestre cada pequeño objeto que hay en mi tienda. También me ha hecho una oferta tentadora que no sé si aceptar: ir con él y su tío a pescar en canoa a la orilla sur de la bahía el próximo fin de semana. Entretanto me quedaría en su casa, en Chisasibi.
El “evento Fort George” está prácticamente over. Hace rato que se puso el sol. El crepúsculo se prolonga mucho (hasta cosa de las 10:30 estos días) a causa de la latitud (unos 54º N: más o menos como Edimburgo) y bastante gente se ha marchado ya o está preparándose para irse, incluyendo el trío de estudiantes, así que esta noche promete ser muy tranquila. Los cuatro días que he pasado aquí han sido magníficos, y me dan ganas de quedarme. Quizá lo haga; al menos un par de días más, aprovechando parcialmente la oferta de Lawrence.
El marido de Barbara, Richard, era un mulato de Trinidad y Tobago que llevaba el pelo a lo afro y usaba perillita. Un hombre grave, de una afabilidad algo forzada, al que mi presencia allí parecía no hacerle ni puta gracia. Tenían dos hijos sin la menor mezcla aparente de sangre negra, pese a la raza del padre. La casa, muy desordenada y tirando a sucia, mostraba ese aspecto de los hogares donde a los niños se les permite saltar por los sofás y dejarlo todo por el suelo, sin la menor reprensión parental. Barbara, mujer amable, caritativa y un poco simple, cuidó muy bien de mí. El primer día me enseñó su restaurante, su trabajo (donde me dejó acceder a internet) y me llevó a visitar la bahía James, el río Chisasibi (que significa “gran río”) y la presa llamada LG1, o sea La Grande 1. También me presentó a una francesa (o quebequense), Jeannette, que hablaba algo de español y que, como quería practicarlo un poco, nos invitó a ir esa tarde a su tipi para tomar algo.
Cuando acudimos allí, la anfitriona nos ofreció té y café. En el tipi también estaba Jean Guillaume, un cineasta francés que vivía en Chisasibi desde hacía dos años y a cuya esposa, una francoparlante muy guapa, no sé si francesa o canadiense, conocí días después. Al cabo de un rato apareció por el tipi un indio que, en la conversación, dijo haberme visto haciendo dedo en la carretera. Le hice un comentario que pareció no sentarle nada bien: “¿Y no me recogió? Muchas gracias.” Me respondió que él no se fiaba de nadie. Durante esa reunión la charla -bastante interesante en general- versó sobre EE.UU., José María Aznar (al parecer es un tipo bastante popular, o quizá impopular, en Norteamérica) y Cuba. El debate estaba garantizado, ya que esta gente son de ideas izquierdistas y “humanitarias”. Por último llegó el marido de Jeannette, un francés bastante maduro que llevaba una coleta, tenía un hijo anterior al matrimonio y estaba enamorado de Cuba. Decía que le encantaría vivir en ese país, que los cubanos eran muy felices y que si no emigraban era porque no querían. [No sé en la actualidad, pero en la época en que yo hice este viaje los cubanos no podían salir de su país sin un permiso especial, lo cual hacía de Cuba algo parecido a una prisión.] Según él, todo lo que en Occidente se dice sobre Cuba no es más que propaganda; y criticaba a Aznar por alinearse con EE.UU. en ese tema. Ahí no creo que le faltara razón. Su esposa, viendo que el debate tomaba un cariz antiespañol, para evitar que yo pudiera molestarme propuso cambiar de tema; pero yo le dije que por mí no había problema en seguir hablando de eso, así que prolongamos la conversación durante un buen rato. A todo esto, el hijo de Barbara (que había venido con nosotros) no paró de jugar con -y tirar por el suelo- el azúcar, la leche, los vasos, los cubiertos, etc., para evidente desagrado de nuestra anfitriona y ante la total indiferencia de la madre. Ella y el niño fueron los primeros en irse, por suerte. Poco después también se marchó el indio gruñón, de repente, despidiéndose a la francesa. Al cabo de un rato se iba el cineasta, Jean Guillaume. Los demás nos quedamos hasta tarde.
Dado que, entre unas cosas y otras, la jornada se había pasado sin que nadie me dijera dónde podía poner la tienda, esa noche volví a dormir en el sofá de Barbara. Casi todo el día siguiente -hasta que me vine a la isla de Fort George, bien entrada la tarde- lo pasé en su casa, donde la buena mujer me dio de desayunar, comer y cenar (deliciosa carne de ternera, por cierto), y concertó para mí una visita, el viernes, a la central LG2 de Hydro-Québec, en Radisson. También estuve escribiendo un rato este diario y dando algún paseo; pero, en general, consideré el día un poco desperdiciado.
Isla de Fort George, en la desembocadura del Grande Rivière
Por fin me vine a la isla, a la que me trajo la pareja Bates: Violet y Henry. No están casados, así que no sé cuál de los dos lleva ese apellido. (Estos indios, por lo que estoy viendo, son promiscuos.) A la isla sólo puede llegarse por transporte fluvial. Hay un ferry, pero nosotros vinimos en el bote de Henry; y luego, desde la orilla, un autobús muy informal nos trajo, a un dólar por cabeza, hasta Barbara’s place. La pareja causa una primera impresión decididamente favorable, y los dos me han parecido estupendas personas. Violet, una mujer bastante gruesa y -por sus rasgos- quizá de pura raza india, tiene vitalidad y personalidad, es generosa, muy educada y respetuosa, está enamorada de la vida natural y se siente a las mil maravillas en este retiro de Fort George. Él, por su parte, tiene mezcla de sangre blanca y lleva un gran mostacho. Es un tipo afable que no se enoja por nada, charlatán, con una amena conversación, gran sentido del humor y un marcado espíritu práctico. Siempre está haciendo algo, pero no sé cómo se las arregla para que no lo parezca.
Barbara’s place es, en realidad, una parcela de terreno absolutamente indefinida -como todas aquí- en la que hay tres construcciones (casa, cochera-almacén, y letrina) y un tipi, por cierto de lo más acogedor: el suelo está alfombrado con ramas de abeto, hay un hogar en el centro y, sobre él, un tinglado de madera que lo mismo sirve para colgar un perol como para tender la ropa o ahumar pescado. Lo primero que hice al llegar fue plantar mi tienda junto a la casa, y luego estuve hablando un buen rato con la pareja. Esta parte de la isla, antiguo asentamiento del poblado, está llena de casas muy dispersas que los habitantes usan como chalés de recreo. Aparte, se yerguen un par de construcciones comunales, una iglesia católica y una suerte de anfiteatro. Estos días, de miércoles a domingo, está celebrándose aquí una especie de fiesta con motivo de no sé qué, tal vez de nada, durante la cual la gente hace vida campestre, con juegos, bailes y música. Son unos festejos de carácter muy local, y sólo una docena de turistas, o algo más, rompemos la homogeneidad étnica con nuestra llamativa presencia. En un principio pensé quedarme sólo hasta el viernes, pero he decidido prolongar mi estancia hasta el final. Mañana, lunes, me iré.
La noche de mi llegada fue la más fría de todas, y tuve que dormir con el abrigo de llama puesto. La experiencia me sirvió para comprobar que mi saco aguanta bien una temperatura moderadamente baja y que, siempre que no baje de cero grados, es viable pernoctar en la tienda si me pongo algo de abrigo extra. Por cierto: esa noche vi, por primera vez en mi vida, las indescriptibles “luces del norte” (northern lights), o sea, la aurora boreal. El principal inconveniente de este lugar, medio taiga y medio tundra, con altos arbustos y bajos pinos, son las miríadas de mosquitos suicidas (los califico así porque no hacen nada por evitar que los mates: su estrategia reproductiva se basa en el número), que han mermado de forma considerable la calidad de mi -por lo demás- placentera estancia. La falta de agua corriente y electricidad, en cambio, no me han supuesto ningún problema.
El jueves lo dediqué a la exploración, dándome algunos paseos para cogerle “la medida” a la isla -que es bastante grande- y al asentamiento. Volví a encontrarme con el guasón de Jacobs, el hijo de Zabeth, la familia que me trajo desde “La Puerta” hasta Chisasibi. Con él he tenido largos ratos de conversación todos estos días. En fin, como mis actividades aquí en la isla no merecen un relato cronológico -dado que el factor tiempo es irrelevante- escribiré las anécdotas que me hayan parecido más notables según se me vienen a la cabeza.
Un par de conversaciones con Henry (¿Bates?) me hicieron descubrir a un hombre relativamente culto, aparte de un manitas profesional, que entiende de carpintería y mecánica y que maneja todo tipo de recursos. Él me enseñó el significado de algunos topónimos canadienses que vienen del cree, como el ya mencionado chisabi (río grande), de donde vienen no sólo Chisasibi, sino también Chesapeake (una enorme bahía en Virginia, EE.UU., más conocida por la ciudad del mismo nombre). Manitoba, la provincia canadiense, procede de manitoo abu, que significa algo así como “el lugar donde se sientan los espíritus” (más exactamente, “la criatura está sentada”). Saskatchewan, otra provincia, tiene su etimología en saskayoon (“donde el río sube”), que describe una tierra llana o el final de un río. El propino nombre de Canadá, según Henry, también tiene origen indígena. Y la palabra inglesa squaw, que significa “esposa”, viene de sguoh, que en cree simplemente quiere decir “mujer”. Durante mis días aquí, tanto Henry como Jacobs han sido mis guías y maestros. También lo ha sido Violet un poco, pero como es un personaje importante en el pueblo ha estado muy ocupada recibiendo visitas. Jacobs, por su parte, es una bellísima persona, generosa y muy servicial, que está siempre tratando de ayudar a los demás. A gentleman, como simple y espontáneamente me lo definió Henry.
También hubo baile el jueves. Durante horas los intérpretes estuvieron tocando música escocesa, indiferentes a una pista vacía por completo. Nadie se lanzaba a bailar hasta que en un momento dado se decidió alguien y, entonces, se llenó de gente: era una danza que supongo sería conocida por todos, algo compleja, con constante intercambio de parejas formando grandes círculos. El programa de festejos incluía baile todos los días, pero el viernes murió una mujer vieja y se decretó una suerte de luto que implicaba la cancelación del baile. A la mujer la enterraron el sábado.
Otro día fuimos Henry, Violet y yo a dar una vuelta bastante larga en bote, hasta la orilla norte, a un precioso lugar donde Violet tenía una tienda “de campaña” que usaba muy rara vez. Por allí estuvimos buscando y recogiendo unas pequeñas bayas de sabor ácido pero dulce. Después nos acercamos, en la barca, hasta donde el río desemboca en la bahía. Esperaba yo que el agua fuera allí salada, pero no. Estaba, eso sí, muy fría, aunque como hacía calor daba gusto meter los pies en ella. La superficie estaba plana como un plato y el contraste de temperaturas creaba aquí y allá bolsas de aire frío que atravesábamos como quien de pronto entra a un lugar con aire acondicionado. Aquel paseo fue una gozada, muy relajador y refrescante.
Pese a que traje muy pocas provisiones a la isla, no he pasado hambre ninguna, ya que aquí la comida abunda y todo el mundo te ofrece. Además, los festejos incluyen algunos ágapes gratis para todo el mundo. Una tarde hubo bistec (delicioso) y mazorca de maíz, y a la mañana siguiente un completo desayuno a base de zumo, huevos revueltos, embutido, bacon y tostadas. Esta noche habrá ganso. Aparte, Jacobs no ha parado de ofrecerme café, leche, fruta, pollo, carne de alce y todo tipo de viandas, incluyendo sodas, pero ni cerveza ni alcohol, que está prohibido en Chisasibi, y especialmente en la isla.