Norteamérica 4. Parada y fonda en Drummondville, Quebec.

Martes, 29 de julio de 2003. Chisasibi (Quebec)

Bien, lo hice. Y no puede decirse que no me haya acompañado la suerte en este reciente tramo del viaje, porque hacer dedo desde Larder Lake a Chisasibi [unos 1000 km] y llegar en dos días es una hazaña récord. Pero eso lo contaré cuando llegue el momento. Ahora me toca hablar de “los canadienses” Lucas y Hellen.

Ya me había sorprendido ella cuando hablamos por teléfono días antes y le anuncié que estaba en Estados Unidos, camino de Montreal, desde donde podía ir hasta Drummondville a hacerles una visita, pero su calurosa acogida, a mi llegada, me sorprendió aún más. Desde el primer momento me trató como si me conociera de toda la vida (aseguraba acordarse de mí, cosa que dudo). [Esta duda que expresén en el diario era infundada: como he sabido después, Hellen tiene muy buena memoria, y aunque sólo nos habíamos visto una vez, bastantes años atrás, me recordaba perfectamente.] Es una mujer muy agradable, aunque algo dominante, y tiene un verdadero interés (pasión, más bien) por su profesión y todo lo relacionado con ella: el lenguaje y los idiomas. Habla un español casi perfecto y sin apenas acento, aunque por falta de interés o de previsión no ha educado a sus hijos en el bilingüismo, aprovechando que Lucas habla español nativo. En su casa se habla francés, lengua que él parece controlar muy bien.

Me temo que, durante mi estancia con ellos, le arrebaté su habitación a Kate [la hija], pero todos fueron conmigo tan amables como si yo no estuviese molestando en absoluto. Ni siquiera me dejaban fregar los platos, y sólo me permitieron encargarme de cocinar cuando hicimos unas tortillas de patatas (que, por cierto, fueron un éxito). Estuve cuatro o cinco días, y no me quedé más no por falta de ganas, sino por no molestar: era ya más de lo que en un principio había planeado.

Hellen es la típica madre que sólo respira y ve por la nariz y ojos de sus hijos. Cualquier conversación que tenga que ver con ellos, o con los idiomas, le encanta. Si se tratan otros temas, se desentiende un poco. En cualquier caso, es una excelente anfitriona. Por contraste, en Lucas descubrí una faceta radical, reaccionaria, que no le conocía y que hace que su inteligencia luzca menos. Con una memoria portentosa para los números y los datos, su avidez por el conocimiento es enorme. Todo le interesa, y sus puntos de vista acerca de las cosas están sólidamente fundamentados, aunque desde mi punto de vista algunos sean erróneos. Tiene, por otro lado, un gran sentido del humor, es muy transigente y nada orgulloso. Pasamos unos buenos ratos montando en bici, jugando al Scrabble (por cierto, Hellen tiene bastante mal perder y cada dos por tres le vetaba a su marido palabras que eran válidas), al balón o al bádmington con los niños y conversando sobre temas muy variados.

Kate es una chica excesivamente buena, tipo angelito, tímida e introvertida, que nunca molesta a nadie, siempre cede en todo y no protesta por lo que le toque hacer. Esos días el matrimonio tenía una discusión permanente porque Hellen la había apuntado (no sé si por razones religiosas o de apariencia) a una especie de ayuda social, una hora por las mañanas, y apenas estaba durmiendo nada. Lucas se oponía a esa actividad, pero la madre se salió con la suya. Emanuel, por su parte, es un chaval simpático, agradable y cariñoso, centro de atención esos días porque está jugando la temporada de verano en un equipo de fútbol local y todo gira alrededor de sus partidos. Si Kate habla un español deficiente, Emanuel lo habla peor.

Estuvo también de huésped en la casa un primo de los muchachos, algo bruto pero buen chico, con el que me llevé muy bien y que cuando me fui lamentó mi marcha, creo. Otro personaje que pasó por allí cada día para quedarse varias horas fue una gorda de risa chillona y mirada huidiza que no sé muy bien lo que pintaba ni a qué iba (alguna amiga o pariente ociosa), que no hablaba una palabra de español y que, por tanto, apenas participaba en la conversación, ya que Hellen, por consideración hacia mí (y desconsideración hacia ella), cuando yo estaba presente usaba sólo el español; pero estoy seguro de que no me perdí nada.

Un día fuimos en un school bus, con el equipo de Emanuel, a ver un partido de los Dragones de Drummondville contra los Dragones de otra localidad (empataron). Con viaje y todo, fue una tarde entretenida. Una mañana estuvimos en la piscina, donde me quedé con las ganas de nadar porque no tenía gafas. También, una tarde, fuimos a ver un pequeño festival de folclore que había en la ciudad. Y así, entre actividades varias, mi tiempo con ellos se fue volando, con gran pesar por mi parte. Se dormía bien en aquel piso silencioso, en una construcción de seis apartamentos (peor vivienda que donde residían la vez anterior).

De Drummondville a Montreal en coche

El día de mi marcha Lucas me llevó hasta Montreal, nada menos, donde me compré una guía de viaje del Canadá. Mi amigo estuvo regateando con un moro usurero el precio de una habitación para mí, cercana a la terminal de autobuses, pero no hubo trato, así que nos dimos un gran paseo hasta el albergue juvenil, donde por suerte encontré alojamiento para esa noche. Una vez hecha la reserva y ya más relajados nos paseamos por la calle St. Catherine hasta que cruza con no recuerdo cuál otra en la zona más cutre de la ciudad (que, por cierto, pese a lo cosmopolita, bulliciosa y llena de mendigos, no parece peligrosa), y ahí nos tomamos unas hamburguesas en un McDonalds, a pleno sol, divirtiéndonos en poner a parir, sin malicia pero sin bajar el tono (hablábamos en español, claro está), a un tipo cualquiera que ocupaba una mesa vecina y que nos oía ajeno a nuestra charla. Una chiquillada, pero nos echamos unas buenas risas.

Después de admirar durante un buen rato a las excelencias femeninas que pasaban por delante (el lugar era un auténtico escaparate y pase de modelos), volvimos hasta el coche, Lucas me llevó hasta el albergue y nos despedimos efusivamente. Con lástima lo vi alejarse, porque es un compañero sencillo, afectuoso y entrañable.

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Reseña y análisis de “Nivel 13” (1999)

Advertencia preliminar: la presente reseña contiene espóilers, pero sólo a partir de cierto punto que en su momento indico.

Introducción

Pese a su indiscutible éxito, yo nunca llegué a ver Matrix. Aparte de que Keanu Reeves me parece un pésimo e inexpresivo intérprete, el primer cuarto de hora de la película me resultó lo bastante cliché y hollywoodense como para pasar de ella; lo cual no quiere decir que no sepa más o menos de qué va, ya que la dicotomía red pill versus blue pill que planteaba ha adquirido enorme difusión en Occidente, ofreciendo un útil meme con el que diferenciar entre, por un lado, las pocas personas que “están en el ajo”, en el secreto de la verdad, y por otro el grueso de la población, supuesta víctima de un engaño colosal, cuando no de una falsa realidad. Por su parte, Nivel 13 (The thirteenth floor) también plantea la existencia de mundos virtuales (por oposición al “real”), pero con una solidez argumental que le da sopas con honda a muchos otras obras de ciencia ficción.

He hecho esta breve intruducción porque, según leo, ambas películas (The Matrix y The thirteenth floor) se estrenaron casi simultáneamente en 1999 y al año siguiente fueron nominadas al Premio Saturn de Ciencia Ficción, que finalmente se llevó Matrix; razón por la cual, al parecer, Nivel 13 quedó eclipsada y ha pasado muy inadvertida para la inmensa mayoría de los espectadores.

Por cierto, el nombre en español —o al menos en España— es una pobre traducción del original, que significa “el piso trece” por una buena razón: es el piso del edificio donde tiene su sede la empresa que desarrolla el proyecto o experimento en torno al cual gira la trama; lo cual a su vez tiene un simbolismo importante, ya que la sociedad norteamericana es bastante supersticiosa respecto a los pisos y habitaciones nº 13. Pero supongo que la distribuidora estimó que “Nivel 13” sonaría más atractivo para el público hispano (que además participa mucho menos de la superstición en torno al 13) y resultaría más comercial, aunque pierda su conexión con la historia. En cualquier caso, vale la pena comentar que la mención a un “piso” en el título original no es caprichosa: tiene un fuerte simbolismo que se basa, precisamente, en la mencionada superstición. Muchos edificios en Estados Unidos no numeran el piso 13: lo denominan 12B o pasan directamente del 12 al 14, y algo similar hacen con las habitaciones de hotel y las puertas de embarque en aeropuertos. Así, el que una película producida en Hollywood (aunque dirigida por un alemán, Josef Rusnak) elija El piso trece como título tiene seguramente una doble intención: por un lado, provocar deliberadamente al público (aunque, ¡vaya usted a saber si eso mismo pudo influir en que no le dieran el premio Saturn!); por otro, indicarnos de algún modo que crear un mundo virtual supone una transgresión y que el piso donde se ubican los ordenadores que ejecutan el simulacro no debería existir.

La idea de fondo

Entraré en materia señalando que la idea de fondo no es nueva: plantea la existencia de un mundo simulado por ordenador y habitado por seres con consciencia que ignoran por completo que son sólo algoritmos, cadenas de datos, autómatas virtuales regidos por las leyes del azar, las condiciones impuestas por los programadores y el “libre albedrío” que éstos les hayan insuflado.

Por cierto, y a modo de nota cultural, quizá le interese al lector saber que, como en varios otros temas de ciencia ficción, en éste el polaco Stanisław Lem fue uno de los primeros, al escribir en 1964 un relato, La séptima excursión (Siódma wyprawa), en el que Trurl (el inventor que protagoniza varios otros cuentos del mismo autor) construye una sofisticada máquina que genera un micromundo artificial, un reino simulado poblado por ciudadanos microscópicos. Aunque la idea de realidad como ilusión proviene de muy atrás, como mínimo desde Platón (su alegoría de la caverna es el arquetipo), y ha sido retomada después por otros autores (Descartes, Borges, etc.), Lem fue genial tanto en la forma y profundidad filosófica que le dio como en proponer el uso de la simulación por ordenador: esos “ciudadanos” no eran personas físicas manipuladas, ni sueños, ni hologramas, sino entidades computerizadas y con consciencia. Décadas después, este concepto fue recogido y explorado por el cine en películas como Tron (1982) y The Matrix (1999), además de por la que aquí reseño, The thirteenth floor (1999), basada —por cierto— en la novela Simulacron-3, escrita por Daniel F. Galouye en 1964, el mismo año en que Lem escribió Siódma wyprawa.

Pero lo que pone a Nivel 13 por encima —para mi gusto— de otras producciones en torno al mismo tema es su solidez argumental, en el sentido de que su arquitectura se sostiene sobre una serie de “reglas del juego” (entendidas como el acuerdo tácito que se establece entre el autor de una obra de ficción y su lector/espectador) y permanece coherente con ellas hasta el final (salvo en algún punto que luego comentaré), si bien dichas reglas no son explícitas: el espectador curioso y analítico que quiera entender todo lo que sucede en la película deberá inferirlas por sí mismo; cosa que a mí me ha parecido un divertido desafío, y creo que constituye una prueba de confianza en la inteligencia del espectador; no obstante, las expongo a continuación para facilitarle la labor a quien no quiera tomarse la molestia o tenga problemas para extraerlas por sus medios.

El argumento y las reglas del juego

En líneas generales, el argumento es el siguiente: en la época actual (1999, año de producción de The thirteenth floor, el dueño de una empresa informática muy rentable ha desarrollado un proyecto de realidad virtual (de momento, en fase de pruebas) que recrea, por ordenador, la sociedad de Los Ángeles en 1937. Los seres que pueblan esa ciudad no saben que son una mera simulación, y por tanto creen tener existencia verdadera. En cualquier caso, lo más interesante del experimento es que, mediante un equipo ad hoc (de diseño futurista algo ridículo), es posible transferir la consciencia (consciousness download) desde un humano real (el “usuario”) a uno de los seres virtuales del programa (el “enlace” o link): la máquina escanea la mente del sujeto real, la digitaliza y se la suministra a alguno de los personajes de la simulación. No estamos hablando de teletransporte ni de viajes en el tiempo (aunque el usuario, desde luego, tiene esta sensación), sino de que el enlace, en su mundo de 1937, adquiere temporalmente la consciencia del humano de carne y hueso que vive en 1999. El propósito principal de esta “puerta trasera” por la que “entrar al sistema” es la supervisión y mejora del modelo: no es lo mismo controlar sus parámetros desde el teclado de una consola que introducirse en el mundo artificial con la propia consciencia y experimentar cómo es. Pero, claro está, dicha puerta se puede usar también con otros fines.

Las reglas de funcionamiento que he mencionado antes son relativamente sencillas y, en esencia, consistentes con la lógica del proceso:

  • Durante cada sesión de consciousness download el cuerpo del usuario queda aletargado, en una suerte de estado vegetativo, ya que la máquina no sólo le escanea la consciencia sino que se la transfiere temporalmente al link. Por presuntas razones técnicas, y en tanto el proyecto está en fase experimental, las sesiones han de ser cortas, de unas 2 h como máximo, al cabo de las cuales la máquina hace la transferencia inversa (consciousness upload) y el usuario “despierta”, recordando perfectamente lo que ha visto y hecho en el mundo virtual.
  • A cada usuario del equipo le está asignado sólo un personaje virtual, su enlace, que en el mundo simulado no comparte con aquél más que el rostro: todo lo demás (su mente, su vida, su nombre) es distinto.
  • Cada usuario, en su primera “entrada al sistema”, aterriza en el mundo virtual sin saber exactamente lo que se va a encontrar. Su consciencia allí dentro no se incorpora ni se superpone a la del link, sino que la desplaza. Un símil bastante aproximado es imaginar que tenemos dos ordenadores, OA y OB, con sus respectivos discos duros DA y DB. Los apagamos, ponemos DA en OB, arrancamos éste (OA permanece apagado, como nuestro usuario aletargado en la máquina de transferencia) y, al cabo de funcionar así un rato, insertamos otra vez cada disco en su ordenador original y volvemos a arrancarlos: DB permanece inalterado (el link continúa su vida simulada) y DA se habrá enriquecido con los procesos ejecutados mientras funcionaba en OB.
  • Para el link, ajeno a la manipulación de que está siendo objeto, los ratos en que su mente es reemplazada por la del usuario se le antojan después (acabada la sesión y recobrada su consciencia virtual) como espacios en blanco de su memoria: no sabe lo que ha estado haciendo ese rato ni por qué se encuentra (si es que el “usurpador” le ha hecho cambiar de ubicación) en lugar distinto del esperado. Sin embargo (¿por fallos en el software, por fuga de datos?) sí que puede experimentar, ocasionalmente, sensaciones de dejá vu, breves relámpagos en que le parece recordar, sin alcanzar a comprenderlo, cosas que pertenecen a la memoria del usuario.
  • Si por cualquier accidente dentro del mundo virtual el link muere mientras su consciencia ha sido desplazada por la del usuario, cuando la máquina efectúa la transferencia inversa (consciousness upload) no se le devuelve a éste su propia consciencia, sino la de aquél. Digamos que no se efectúa una “copia de seguridad”. (En mi símil de los ordenadores, sería como si destrozamos OB mientras funcionaba con DA y, por toda solución, insertamos DB en OA.) En tal caso, quien sale del letargo es el enlace (aunque en el cuerpo del usuario), que se ve de pronto inmerso en el mundo verdadero de 1999. Al no haber copia de seguridad, la consciencia original del usuario se ha perdido para siempre.

Con esto ya podemos terminar de exponer la trama: Hannon Fuller, dueño de la empresa informática y principal desarrollador del modelo de simulación, hace un descubrimiento sorprendente y de una importancia vital; tanto, que teme que alguien pueda intentar “silenciarlo”. Se propone, pues, comunicarle la noticia a Douglas Hall, su amigo, protegido y colaborador en el proyecto; pero antes, para mayor seguridad, entra al sistema y deja, en el Los Ángeles de 1937, una carta explicativa, un mensaje para que Hall lo reciba si fuera necesario. En cuanto Fuller regresa al mundo real de 1999 telefonea a su amigo para hacerle la revelación, pero en ese momento, antes de que haya podido decirle nada, es misteriosamente asesinado. La policía entra en juego y, hechas las primeras averiguaciones, el ubicuo inspector Larry McBain encuentra indicios que apuntan a Hall como autor del homicidio e intenta incriminarlo, de modo que éste se apresura a entrar al sistema para tratar de descubrir qué quería comunicarle Fuller…

Primeros aspectos flojos y puntos débiles

Aunque he dicho que el planteamiento de fondo es sólido y consistente en su lógica, esto no significa que carezca de fallos argumentales ni que Nivel 13 no adolezca de una serie de puntos flacos y vicios que aminoran su calidad.

Así, por ejemplo, no falta el manido cínico/psicópata hollywoodense protagonizando algunas escenas al estilo Robert de Niro cuando llama al “abogaaadoo” en El cabo del miedo, un personaje cliché que me resulta especialmente desagradable y empobrecedor. Como también me lo resultan las escenas, a las que tan acostumbrados nos tiene Hollywood y que no podían faltar en esta película, en que un tipo con dos balazos encima lucha como si acabara de salir en plena forma de un gimnasio.

Por otro lado, no se nos justifica la limitación “sólo un link por usuario”, cuando en principio -según la propia lógica del proceso- no parece haber nada que impida que la consciencia escaneada de un ser humano pueda serle “transferida” a cualquier sujeto dentro de la simulación, y no sólo a su enlace. No obstante, creo que se trata de una arbitrariedad funcional sin demasiada relevancia y la atribuyo a economía argumental.

Menos justificado aún es que la máquina no haga una copia de seguridad de la consciencia del usuario para evitar que la pierda irremisiblemente si ocurre algún percance durante la sesión. Punto muy flojo éste, pero, claro está, necesario para no dar al traste por completo con el desarrollo de la trama.

Otro fallo (de poca relevancia pero que merece la pena desarrollar, por el interés que tiene para comprender la naturaleza de la simulación) es que cuando Hall “regresa” al mundo real tras su primera experiencia de consciousness download, le comenta a otro colaborador del proyecto que “los colores necesitan un ajuste”, cosa que carece de sentido porque el mundo virtual que se nos propone en Nivel 13, que no es un entorno visual diseñado para ser observado desde fuera como un videojuego o un casco de realidad virtual, sino un sistema que genera una realidad fenoménica completa para los seres que lo habitan. La única vía de acceso para un humano “real” es la transferencia de consciencia: la mente del usuario ocupa temporalmente el enlace y experimenta el mundo desde dentro con la misma inmediatez perceptual con que cualquier ser consciente experimenta su entorno. Como no existe un “espectador externo” que vea la simulación en una pantalla y pueda opinar sobre la fidelidad cromática como quien ajusta un monitor, la observación de Hall sobre la calidad de la experiencia visual está fuera de lugar.

Supongo que dicha frase es una forma de indicarnos que el proyecto está aún en fase de pruebas y que la finalidad de las transferencias de consciencia no es interferir en la vida de los habitantes de la simulación, sino depurar y mejorar el modelo; pero a dicho fin el guionista podría haber elegido algún otro indicador de imperfección técnica. Referirse al color es, como digo, problemático porque implica que existe un estándar externo contra el cual medirlo objetivamente, pero los colores dentro de la simulación de 1937 son tal como los perciben sus habitantes. No hay un “color real” contra el que calibrarlos porque la simulación es su realidad. En este sentido, la frase de Hall revela, como mínimo, que los guionistas no pensaron hasta el fondo las implicaciones de su propia premisa, y apunta a una incoherencia sutil en cómo la película concibe la ontología del mundo simulado.

Así mismo, no se nos explica cómo Fuller, cuando entra al sistema, puede acudir a un selecto restaurante que está muy por encima de las posibilidades económicas de su enlace (un humilde librero que, de hecho, en uno de los diálogos menciona su falta de recursos). Por muy rico que sea Fuller en 1999, cuando entra a la recreación de 1937 no lleva nada material consigo: es sólo su consciencia la que se traslada. ¿De dónde, pues, saca el dinero para ese restaurante? Podríamos idear, desde luego, alguna explicación rebuscada, pero la película no ofrece la menor indicación al respecto y, en una historia tan cuidadosa con sus reglas, esta laguna de verosimilitud llama la atención.

Un último punto que es poco de mi gusto se refiere a cierta secuencia del filme en que el inspector McBain aparece esperando a Hall en un lugar al que no podía saber que el sospechoso acudiría precisamente en ese momento. Esta omnipresencia detectivesca del policía que siempre está donde debe haber tensión dramática es un típico recurso narrativo funcional que, aunque tramposo, se admite como normal en el cine contemporáneo, pero en el caso de Nivel 13 lo veo particularmente criticable porque empobrece la fuerte coherencia general del argumento que con tanto celo han conseguido los guionistas.

Cuestiones filosóficas y ontológicas

Defectos aparte, de mayor interés me parecen las implicaciones filosóficas. Pero antes de abordarlas me parece oportuno insistir en que -como he dicho más arriba- la película no versa sobre viajes en el tiempo; cosa que estimo como un gran acierto, ya que tales viajes son una absoluta imposibilidad desde el punto de vista de las leyes que rigen el universo. Aunque el usuario que se introduce en la recreación del Los Ángeles de 1937 se halla de pronto inmerso en esa ciudad tal como era, más o menos, en aquella época, queda claro desde el principio que donde se ha metido es en una mera simulación virtual, no en el verdadero e histórico Los ángeles de seis décadas atrás; de manera que todo lo que pueda hacer dentro de esa recreación sólo afectará al desarrollo de los acontecimientos simulados. Si le da por volar la ciudad entera con una bomba atómica, eso no tendrá ninguna trascendencia en el presente real. Las únicas consecuencias actuales de esas sesiones de interacción con el mundo virtual son los cambios psicológicos o mentales que puedan operarse en los usuarios como resultado de esas “vivencias”, exactamente igual que puede influir en nuestro estado de ánimo ver una película o leer un libro. El único caso que podría ser semejante a un viaje al futuro es cuando -como ya he comentado- el link muere mientras estaba siendo “suplantado”: entonces la mente del usuario al finalizar la sesión, ya en 1999, será la que tenía el enlace. Es como si éste saliera del mundo simulado y se trasladara al presente. Pero eso (caso de ser viable semejante proyecto, claro está) sólo supone un desafío tecnológico, no un mentís a las leyes de la física.

Nivel 13 nos formula, como es natural (ya que para eso produjeron la película), las consideraciones filosóficas de rigor; cosa que está muy bien, aunque no me guste el tono moral que a veces adoptan.

Una de las cuestiones planteadas es ésta: si los personajes del mundo simulado creen tener consciencia y vida reales, ¿cómo estar seguros de que nosotros mismos no somos, también, seres irreales sin existencia física? Recordemos que Descartes construyó su edificio filosófico sobre una piedra angular: “Pienso, luego existo”. Es la frase con que comienza Nivel 13. Pero si algún día llegásemos a ser capaces de “escanear” y digitalizar una consciencia (cosa que estamos a años luz de poder realizar, y acaso no pueda lograrse jamás), sólo podrían hacerse dos afirmaciones acerca de esa idea: o bien que es cierta, en cuyo caso deberíamos concederles existencia tan verdadera como la nuestra a los personajes del mundo recreado por Hannon Fuller, o bien que es falsa, en cuyo caso seguiríamos sin tener certeza alguna sobre la realidad de nuestra propia existencia.

Sea como fuere, una vez que alguien crea ese mundo virtual, el guionista nos hace esta (moralizante) pregunta: ¿qué derecho tenemos a interferir en las vidas de los personajes simulados? Al finalizar una de sus sesiones de consciousness download, Douglas Hall le dice lo siguiente a un colaborador del proyecto que aún no ha entrado en el sistema: “Esos seres son tan reales como tú y como yo; no hay la menor diferencia”, a lo que ése responde algo así como: “¡Pero sólo son electrones circulando por microchips!”. El mensaje del guionista, no obstante, queda claro: desde el momento en que te conviertes en demiurgo y creas un mundo artificial, lo ético es dejarlo tranquilo y que siga su propio curso. Por extrapolación, podría entenderse como un pensamiento religioso dirigido a un supuesto creador; pero también interpretarse como una afirmación de la naturaleza “divina” de los derechos humanos; y mucho me temo que vayan por ahí los tiros: al crear un mundo virtual poblado por seres con consciencia, como demiurgos los dotamos automáticamente de unos derechos que nadie, ni el propio demiurgo, debería violar. No me gusta este enfoque porque los derechos no pasan de ser un constructo social, y no estoy seguro de que sea bueno intentar convencer a la gente de que existe un “derecho natural” (y no digamos ya un “derecho divino”).

También se aborda, cómo no, el tema del alma. En cierta conversación, Hall dice algo así como: “¿Tienen alma esas personas virtuales? Quizá no menos que cualquiera de nosotros. Si desenchufas el ordenador, ese mundo se desvanecerá y nada de lo que hayan podido hacer o decir, sentir o pensar sus habitantes habrá importado nunca.” Estas frases introducen de nuevo un matiz religioso, ya que vienen a identificar la consciencia con el alma valiéndose del hecho de que nadie sabe decir a ciencia cierta que son la una ni la otra.

Sea como fuere, este tipo de cuestiones me parecen fascinantes, y resuenan con las que yo mismo me planteo a veces. ¿En qué consiste exactamente la realidad? Si todos nosotros, y el mundo físico que creemos percibir a nuestro alrededor, resultara ser un juguete diseñado por un ingeniero superior, ¿haría eso menos reales nuestras cuitas, nuestras alegrías y tristezas? Y aun aceptando la existencia verdadera de nuestro mundo, cuando el Sol explote y calcine a la Tierra con todos sus seres, sin que quede rastro de nuestro paso por el universo, ¿será muy diferente, para la humanidad, de lo que sería para los habitantes de la simulación de Fuller dinamitar los ordenadores que ejecutan el programa? ¿Qué diferencia esencial hay? ¿Y qué trascendencia tiene tanto una cosa como la otra?

Podría extenderme indefinidamente sobre todas estas preguntas, pero excedería con mucho el alcance de una mera reseña de cine. Me faltan, eso sí, algunas cuestiones por analizar y aspectos por criticar de la película, pero para abordarlos es necesario revelar el meollo del argumento, así que si usted aún no ha visto Nivel 13 y tiene intención de hacerlo, será mejor que la vea antes de seguir leyendo, porque a partir de aquí hay espóiler.

Profundizando en la trama

Es posible que usted haya intuido ya el secreto que Fuller quería comunicar a Hall y que resulta, tal vez, lo más inquietante de la película; a saber: que ese Los Ángeles de 1999 en el que ambos viven es, a su vez, una simulación; lo cual, si bien se mira, no debería sorprendernos en una historia como ésta. El problema es que, al plantear esa simulación de nivel superior, el guionista incurre en un nuevo fallo argumental y deja un problema sin resolver de modo convincente.

Este último es bastante sutil pero de cierta enjundia: los mundos virtuales (tanto el de 1937 como el de 1999) están diseñados con un límite espacial que se circunscribe a la ciudad de Los Ángeles y sus alrededores, de modo que unas millas tierra adentro el paisaje pierde todo signo de vida y, aún más allá, se funde con una suerte de retícula bidimensional sin contenido; cosa que, para cualquier habitante del mundo simulado, sería no sólo un verdadero shock sino una señal casi inequívoca de que aquello no es real. Y es imposible que ninguna de las personas que viven en esa recreación jamás coja el coche para ir a otra ciudad, o que nunca viaje a Los ángeles alguien procedente de otro sitio. Por eso este asunto no es, ni mucho menos, un detalle menor. Bastaría con que sólo uno de esos habitantes se adentrara un día hacia el campo, para que volviese horrorizado a la ciudad y le contase a todo el mundo lo que ha visto, con lo cual la simulación colapsaría desde dentro debido al pánico general. De hecho, la ausencia de paisaje en el horizonte es precisamente lo que hace que Hannon Fuller descubra que el mundo de 1999 en que vive es también simulado. ¿Acaso los diseñadores de semejante proyecto no tuvieron en cuenta que eso ocurría más pronto que tarde? Tal posibilidad resulta inverosímil, pues si aceptamos la existencia de una tecnología lo bastante avanzada como para crear un mundo virtual poblado por habitantes con consciencia, no parece que sea mucho más difícil solventar el problema del límite espacial.

Admito, desde luego, que tanto el efecto visual como la propia noción de ese límite (“Podría decirse que estoy en el fin del mundo”, le cuenta Hall a Jane por teléfono desde el borde de esa retícula) son impactantes y constituyen un activo de bastante valor para la película, pero la solución que le han buscado a ese punto no está, para mi gusto, a la altura del resto del argumento.

En cuanto al fallo argumental que he mencionado, se refiere otra vez a McBain. Pese a que nadie lo ha informado de la simulación en la que vive, y que carece de datos para averiguar esa irrealidad por sí mismo, al final el inspector parece descubrirla o intuirla: “Dígale a quien sea, en ese mundo de donde usted viene, que nos dejen en paz aquí abajo”, le dice a Jane, usuaria de la simulación de nivel superior que se ejecuta en 2024 y que entra al sistema de 1999 para arreglar cierto asunto (en concreto, para tomar las riendas de la empresa informática del difunto Fuller y cerrar su proyecto de simulación, pues en 2024 estiman que un mundo virtual dentro de otro es algo no deseable).

Los habitantes de las recreaciones no saben que son simulados. Fuller y Hall descubren la verdad porque exploran el límite espacial del modelo y encuentran la retícula. Pero nadie lo sabe por intuición o corazonada. McBain no lo ha visto, nadie le ha revelado la verdad ni tiene acceso a información privilegiada, pero en la mencionada escena suelta una frase que solo tiene sentido si sabe que Jane procede de un nivel superior de simulación, lo cual implica un conocimiento que él no puede tener. Esto rompe la coherencia epistemológica y la rigurosa arquitectura que la película ha establecido hasta entonces. Que McBain sepa eso sin causa constituye una violación de la lógica interna y vuelve arbitrarias las reglas del mundo ficticio. Me extrañaría que esto se le hubiese pasado por alto al guionista, pero fuera cual fuera su intención (¿quizá simplemente efectista?) no deja de constituir una incoherencia argumental.

Adenda

Y creo que, con esto, he cubierto ya la reseña. No obstante, para concluir, añadiré una cuestión un poco al margen, de índole puramente personal (y que tal vez interese sólo a un reducido círculo de conocidos) pero que me resulta muy curiosa.

Hace cosa de un año publiqué una reseña y análisis de la novela Quizá nos lleve el viento al infinito, escrita en 1986 por Gonzalo Torrente Ballester. En mi artículo criticaba con bastante rigor los puntos flacos del argumento, que versa sobre un ser sobrenatural, espíritu puro, que puede “transmudarse” (es el verbo que escoge el autor) en todos los seres que quiera, tanto vivos como inertes, y suplantar su personalidad (en caso de que la tengan). No es que aquello me chocara por inverosímil: por supuesto que lo era, pero ya el propio autor advertía de ello en el prólogo a la novela; al fin y al cabo es una obra de ciencia ficción y, en ese género, casi todo está permitido. Lo que yo censuraba era la falta de consistencia de algunas de esas transmudaciones. Ahora, en cambio, tras ver esta película me inclino a ser más condescendiente, pues no puedo evitar encontrar cierto paralelismo. Si nuestro mundo no fuese más que una recreación por ordenador, bien podría su demiurgo ser como el protagonista de la novela de don Gonzalo y habitar cualquier cuerpo, desplazar cualquier consciencia, convertirse en niño, lagarto, piedra o vilano. También en Quizá…, como en Nivel 13, “alguien” que a todas luces no es un humano corriente reemplaza la mente de otros y usurpa sus cuerpos. También en ambas historias ese hipotético demiurgo se enamora de una de sus criaturas. ¿Es posible que, al escribir Torrente su novela, fuera precisamente algo así, un mundo virtual que parece real, lo que tenía in mente? ¿Conocía La séptima excursión, de Lem? ¿Era eso lo que quiso transmitirnos don Gonzalo? No lo sé. A lo mejor debería releerme su libro para encontrar las claves que, tal vez, en su día me faltaron.

En cualquier caso, y más allá de las coincidencias anecdóticas, lo que me interesa de este paralelismo es que ambas obras, desde enfoques muy distintos, tropiezan con el mismo desafío: hacer coherente la usurpación de la identidad como mecanismo narrativo.

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Norteamérica 3. Cruzando el estado de Nueva York

Viernes, 25 de julio de 2003. Larder Lake (Ontario).

Larder Lake ha resultado ser un lugar delicioso. No sé si fue casualidad, suerte o ambas, pero el tipo que me trajo desde North Bay hasta aquí me hizo un gran favor. El camping no está mal de precio y el entorno es maravilloso. Ahora, después de tomarme un par de cervezas (¿o fueron cuatro?) en lo de Tamie (Windsor Tavern) y tras una rápida conversación con Ben, el danés naturalizado canadiense que acaba de enseñarme su autocaravana, aprovecho los últimos minutos de luz para escribir un poco.

Mediaba ya el mes corriente cuando, tras regresar a casa de los Walter desde la isla donde habíamos estado una semana, empecé mi gira propiamente dicha. Santiago fue tan amable de llevarme a la estación de autobuses al cabo de aquella última tarde de piscina y despedida en el 7032 de Bentley Boulevard, Takoma (MD), donde dije adiós a una Celine que creo disfrutó sinceramente mi estancia, a una Alice tiritando de frío tras salir del agua y a una Eladia que me pedía disculpas por aquello en lo que pudiera haberme ofendido [al transcribir esto me pregunto si es que la mujer no tenía la conciencia tranquila, o si era una insincera fórmula automática]. Fue un detalle que Santiago me acercase a la terminal, porque, tal vez a causa de la gente que había ido al D.C. para la próxima celebración del 4 de julio (que nosotros habíamos celebrado en la playa viendo la película Finding Nemo, yendo por la tarde a la feria, donde Celine compró para mí unos churros que no probé porque, la verdad, no tenía nada de hambre, y asistiendo a unos fuegos artificiales), había allí tal multitud y confusión de ticket booths que no supe hasta el último minuto si sería capaz de comprar el billete para mi autobús. Gracias a que una de las taquilleras fue algo amable. Santiago aguantó toda la espera junto a mí, al pie del cañón, y nos despedimos afectuosamente.

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Norteamérica 2. La familia Walter

Lunes, 21 de julio de 2003. Orillia (Ontario).

No sabría decir, pero es posible que haya cerca de mil personas alrededor de este lago y parque natural [provincial, en realidad] en que me hallo. Las mil pendientes de un único sujeto, o al menos inevitablemente conscientes de su existencia. [No sé lo que quise decir con esta críptica frase.] Pues sí, nunca falta un gilipollas con una moto acuática que no tiene nada mejor que hacer sino meter ruido y más ruido dando vueltas sin cesar. Bass Lake, creo que se llama este camping cercano a Orillia, en la provincia de Ontario, al que he venido a parar tras un día entero de autostop desde Niagara Falls [las famosas cataratas]. Cuatro conductores me han cogido, uno de los cuales, camionero autónomo, me ha llevado desde cerca de Niágara hasta Toronto en un entretenido viaje con amena conversación en la que me ha introducido a una “tradición” típica y exclusivamente canadiense: los cafés Tim Hortons. [Se trata de una cadena de cafeterías, semejante a Starbucks, de la que los canadienses parecen sentirse muy orgullosos.]

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Norteamérica 1. Preámbulo y primeros pasos en Washington D.C.

Preámbulo

En esta serie de posts, que lo mismo puede alargarse mucho como quedar en proyecto truncado, pretendo publicar la transcripción del diario de viaje que escribí durante mi periplo por Norteamérica entre junio y diciembre de 2003; una labor que he diferido por pereza y falta de motivación durante quizá demasiado tiempo, más de dos décadas. Al principio, antes de pensar en subir todo ese material al blog (que, de hecho, por entonces ni siquiera había creado aún), contemplé la posibilidad de volcarlo en un libro y tratar de publicarlo como relato de viajes, pero no llegué a decidirme por dos razones fundamentales: una es la que acabo de apuntar: pura y simple pereza. Convertir un diario personal en un texto bien hecho y de buena calidad, decidirme por una estructura de entre las varias opciones posibles y ser capaz de mantenerla hasta el final, recabar -en su caso- la información necesaria para insertar añadidos didácticos o aclaratorios y, en fin, llevar a cabo una ardua labor de edición era algo que sobrepasaba mis ánimos. La otra razón es que albergo muchas dudas respecto a que, finalizado dicho trabajo, el resultado fuera a interesarle a editor alguno. El mundo editorial, amén de enormemente competitivo, es muy complejo y se rige, en esencia, por criterios crematísticos -cuando no de pura propaganda e ideología- que poca relación guardan con el interés que una obra pueda tener para los lectores; de manera que, teniendo esto en cuenta, mi espíritu derrotista me llevó a la conclusión de que las probabilidades de ser publicado eran demasiado escasas como para valerme la pena el empeño. Así que años después, cuando creé este blog, me fijé para “algún día” la tarea de subir aquí esos diarios, y parece que ese día ha llegado.

Mi intención es reproducir punto por punto lo que en su día recogí a bolígrafo en dos nutridos cuadernos. Como es natural, mis impresiones de entonces no siempre coincidirán con mis opiniones de hoy, y en algunos casos -dado mi mejor conocimiento actual de la sociedad norteamericana- habrán resultado equivocadas o alejadas de la realidad. En otros casos me parecerá conveniente o necesario complementar el texto con comentarios de nuevo cuño, clarificar algunos puntos o suprimir fragmentos del diario carentes de toda relevancia. Todo lo que no figure en el manuscrito original lo insertaré entre corchetes cuadrados.

Una última advertencia: dado mi carácter inconstante y mudable, no garantizo continuidad. Es posible que de pronto me canse de escribir y deje este trabajo a medias. Todo dependerá de mi estado de ánimo y del éxito (medido en número de clics) de las primeras entregas. Por regla general me conformo con un puñado muy reducido de lectores, pero si veo que esto no le interesa a nadie es fácil que abandone más pronto que tarde. Confío en que no sea así. Siempre recuerdo que un antiguo amigo a quien en su día le presté el manuscrito, cuando acabó de leerlo, me dijo: “Pablo, me ha encantado ese viaje que hicimos juntos.” Por mi parte, cuando pienso en aquella aventura se me viene a las mientes una frase algo lapidaria que leí en la carátula del “Rock & Ríos”, aquel memorable álbum de Miguel Ríos grabado durante una gira de conciertos en 1982: “Lo hicieron porque no sabían que era imposible”, ponía. Tengo, en efecto, la impresión de que emprendí aquel viaje porque no era consciente de su dificultad. Recorrer Norteamérica a dedo fue algo que hoy sería incapaz de repetir.

Sin más, paso a ofrecer el relato de aquella modesta odisea personal.


Domingo, 20 de julio de 2003. Niagara Falls.

Un poco tarde para empezar un cuaderno de bitácora, cuando ya han pasado más de cuatro semanas desde que empecé el viaje. Pero siempre podré recordar algunas cosas. Recuerdo mi llegada, más perdido que un pingüino en el desierto, al aeropuerto de Newark (New Jersey) tras un cómodo viaje desde Madrid con escala en Lisboa, sin más incidentes que el verme obligado a cambiar, al facturar en Madrid, la fecha de mi reserva para la vuelta. [Dicho sea para desdoro de la aerolínea portuguesa TAP, en el mostrador de facturación me hicieron modificar la fecha del vuelo de regreso porque -dijeron- al viajar como turista no podía quedarme en EE.UU. más de tres meses, y la vuelta que yo había comprado excedía ese plazo con mucho. Les dio igual que les explicase que mi intención era pasar de EE.UU. a Canadá sin vulnerar la estancia máxima y volver a entrar después, renovando así legalmente por otros tres meses. A los empleados de la TAP sólo les interesaba sacarme los 200 y pico euros que costaba el cambio de fecha, más los otros tantos que me costó después “descambiarla” para poder mantener mis planes.]

La sensación de esas primeras horas en EE.UU. es de confusión. Todo parece igual que en Europa -y todo lo es, de hecho-, pero hay una serie de diferencias que hacen que para algo tan simple como coger el autobús te tires dos horas preguntando. Por supuesto, el inconveniente del idioma, que me acompaña todo el viaje, contribuye a complicar las cosas. Por ejemplo, en el aeropuerto te dicen que para ir hasta la ciudad has de coger el bus nº 62, pero cuando vas a abordarlo resulta que no es ése, porque hay varios 62 y cada uno lleva a un lugar diferente. Unos se distinguen de otros en que, junto al número, aparece su destino final. Pero por fin conseguí llegar a Newark (o, más bien, a sus afueras), donde compré un billete para ese mismo día (mejor dicho, esa misma noche) a Washington D.C. (Esto del D.C., Distrito de Columbia, es muy importante en EE.UU., y nunca lo omiten aunque no haya la menor posibilidad de confusión. De hecho, a la capital federal la llaman con frecuencia the District, el Distrito). Lo suyo habría sido pernoctar en Newark y largarme al D.C. al día siguiente por la mañana, pues no eran horas de llegar a casa de Santiago, pero no me sentía con ganas de gastarme un mínimo de 40 $ por un alojamiento vaya usted a saber dónde, alejado de la ciudad, así que forcé la situación. Lo primero que aprendí de EE.UU. -o lo primero importante- es que el transporte es muy caro, mucho más de lo que pensaba; aproximadamente el triple que en España. Lo segundo, aunque ya había leído algo, es que aquí sólo la clase baja viaja en autobús, hasta el punto de que mucha gente de clase media y la mayoría de la alta ni siquiera considera riding the dog, como ellos lo llaman [literalmente, “ir en el perro”; y es que la principal empresa estadounidense de transporte de pasajeros por carretera se llama Greyhound (galgo) y su logotipo es un perro de caza]. Por esta razón, las estaciones de autobús suelen estar en los peores barrios de las ciudades, atestados de negros y chicanos. A pesar de lo cual mi viaje fue excelente: el bus, medio vacío y la gente, tranquila y educada. A mitad de camino hicimos un alto para comer algo y aproveché para llamar a mis anfitriones, informarlos de mi hora de llegada (ya los había avisado antes desde el aeropuerto) y concertar con Santiago mi recogida, que por último fue muy poco coordinada porque el hombre llegó casi una hora tarde. Aun así, fue una alegría ver su cara dentro de aquel aparatoso y feo coche color cobre, aunque en cuanto nos pusimos en marcha me chocó mucho lo mal que conducía; impresión que se vio confirmada durante las semanas que siguieron.

Trayecto en autobús desde Newark Liberty Airport a Washington D.C.

Pese a ser ya muy tarde para ellos, Eladia (la madre de Santiago) y Celine (su mujer) me esperaban levantadas y me prodigaron una cordial acogida. Me habían destinado el dormitorio de Alice, su hija, a la que habían alojado -con gran alegría por parte de ésta- en un colchón en el suelo de la habitación del matrimonio. María ocupaba el tercer y último dormitorio de esa enorme casa. Las viviendas unifamiliares en EE.UU., no importa lo grandes que sean, suelen tener pocos dormitorios (ubicados upstairs). La de los Walter, por ejemplo, tenía en la planta baja un recibidor enorme y espléndidamente desaprovechado, una cocina, un cuarto/biblioteca/escritorio, otro para laundry y un gran adosado que usaban como salón y comedor. También un aseo. Arriba, además del baño, los tres dormitorios mencionados.

Salvo por esa noche, mis recuerdos de las dos primeras semanas se confunden en una sucesión de días bastante similares durante los que estuve visitando Washington, tomando contacto y familiarizándome con los usos del país. Ignoro si siempre ha sido así, pero lo cierto es que actualmente el pueblo norteamericano vive obsesionado con la seguridad. O, mejor dicho, la inseguridad. No sólo algunas (bastantes) actividades turísticas han sido suspendidas (como la visita a la Casa Blanca o a la sede del FBI), sino que en cada edificio visitable, desde Correos hasta el museo de ciencias, desde una galería de arte hasta el monumento a George Washington, le registran a uno la bolsa o lo hacen pasar por otras medidas de seguridad. [Entonces no era consciente de ello, pero hoy sé que toda esa neurosis comenzó a raíz del famoso ataque a las Torres Gemelas en septiembre de 2001, ocurrido menos de dos años antes.] Aparte, una de las primeras impresiones que he sacado es que, pese a lo que dicen y proclaman, se trata de un pueblo bastante poco libre; tal vez a causa de su ignorancia [más bien, su poca cultura general]. Un pueblo poco libre que vive en una contradicción permanente: la de unos principios vitalistas, ecologistas y supuestamente humanitarios, sustentados en una economía consumista al máximo. Con lo que cada norteamericano tira a la basura podría vivir otra persona. El derroche de energía, recursos y alimentos no tiene parangón con nada que yo haya visto hasta ahora. Todo es producir y consumir. Y su patriotismo exacerbado y fanático sólo es comparable, en magnitud, a su fe religiosa. Y eso que yo, durante mis tres semanas de permanencia con la familia Walter, tuve contacto principalmente con gente culta y “demócrata”, quizá más libres que el resto. [No sé si podría mantener en pie, hoy día, muchas de estas impresiones y opiniones, así como otras que han de seguir. No es que fuesen totalmente equivocadas, pero desde luego las matizaría mucho, las expresaría de modo muy diferente o incluso, algunas, las corregiría del todo. Confieso que a menudo hablo con poco conocimiento de causa y me fío demasiado de mi intuición, no siempre infalible.]

Mi primera semana la dediqué prácticamente entera a ver la ciudad, y durante la segunda permanecí más en casa, leyendo o cocinando. En concreto, visité las principales atracciones que no requerían estar a las 8 de la mañana haciendo cola para conseguir entrada, como el Washington Memorial o el Capitolio. Así, me recorrí todo el National Mall [ese gigantesco parque alargado, con el obelisco en el centro, que se ve en muchas películas estadounidenses], la librería del Congreso, el palacio del Supreme Court (algo así como nuestro Tribunal Supremo), la parte del Capitolio accesible sin entrada (por cierto: casi todo es gratis; el D.C. no exprime a sus turistas; de eso se encargan los bares, restaurantes, transportes, etc.), los memorials a Lincoln y Roosevelt, el monumento a G. Washington (el obelisco), a la guerra de Corea, a la del Vietnam, algunos museos del Instituto Smithsoniano, como el de Air & Space o el de Natural Sciences, un par de galerías de arte (moderno y clásico) donde por primera vez he admirado algunos cuadros de pintores famosos (entre ellos, europeos), museos o galerías de arte oriental, más otros lugares interesantes de la ciudad, como el barrio chino, la universidad George Washington, el JFK Center for Performative Arts, el Tidal Basin (un lago pequeño que se surte con agua del río Potomac), Union Station, el antiguo edificio del U.S. Post Service y alguna otra cosa que se me quedará en el tintero.

Enterarme del sistema de transporte en el D.C. me costó bastante, pero al final lo conseguí. Funciona a base de transfers, o transbordos. Cuando coges el metro o el bus te entregan un transfer con el que luego puedes subirte, a un “pequeño” coste adicional o sin él, según, a otros transportes en las dos horas siguientes. Aparte, al ser una ciudad muy extensa, tiene dos zonas: la ciudad propiamente dicha, o sea el Distrito, y las ciudades dormitorio o satélite, en una de las cuales vivían los Walter. (Y escribo “los Walter” porque la que manda en esa familia, de manera indiscutible, es Celine Walter). Siguiendo con el transporte, no existen bonos de equis viajes, sino pases diarios, semanales o mensuales que son independientes para el metro, los buses del anillo interior y los del exterior. Un sistema desventajoso para el pasajero. Metro y buses que, por cierto, no tienen nada de qué presumir frente a los de Madrid, bastante mejores.

Durante mi estancia allí coincidió que en el Mall se celebraba un festival de folclore de Escocia, Indonesia y los Apalaches. Que alguien me explique la conexión entre esos tres rincones del planeta, por favor. De Escocia no saqué nada en claro; de los Apalaches, tan sólo un rato entretenido, intentando enterarme de unas recetas para barbacoa, y de Bali un rato muy interesante, viendo una recreación con marionetas, bastante macabra pero fascinante, de algún baile tribal no desconexo del vudú, al ritmo de una música inquietante.

También en el Mall, quizá aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, había otra especie de festival o “muestra” (a falta de palabra mejor) de no sé qué grupo sociocultural estilo “cristianismo natural” cuyos participantes, relacionados no sé cómo a las doce tribus de Israel, iban ataviados con ropa artificiosamente “sencilla” (las mujeres, vestidos largos holgados, sombrero de tela o paja, pelo suelto y largo; los hombres, parecido, pero pantalones en lugar de faldas, claro, y barba) y decían ser una nación por la paz y el entendimiento, sin territorio asignado; una especie de nación universal [eso sí: protegidos por las leyes y el ejército de los EE.UU. En cualquier caso, sabiendo lo que hoy sé, esta información no me encaja: si Israel estaba por medio, el cristianismo no pintaba mucho allí, y viceversa. Así que supongo que no me enteré bien de qué iba este festival/muestra.] Todo lo que tenían a la venta era producción natural y elaboración artesanal, y había incluso una sidrería cuyos dueños, españoles ellos, tenían tal cara de hastío y malas pulgas que no me entró ninguna gana de hablarles. Por cierto, casi todas las mujeres que participaban en esta “muestra” eran tan guapas y simpáticas como inaccesibles. La chica que hacía las veces de recepcionista e informadora estuvo contándome durante un cuarto de hora -hasta que llegó su novio- que eran una “nación universal por la paz”, y todas esas bobadas utópicas.

Pero lo más interesante de mi estancia en Washington (D.C.), con diferencia (tengo que intentar acordarme de ver la película Le Moulin Rouge), fue el contacto con los Walter y la gente a la que me presentaron. [No tengo la más remota idea de por qué incluí esta referencia a Le Moulin Rouge, pero si lo escribí, por algo será, así que ahí queda.]

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La industria militar como espina dorsal económica e identitaria de EEUU

Abrogard ha publicado un artículo en su blog de Substack que reproduce una serie de preguntas y respuestas intercambiadas con Deepseek (una herramienta de IA desarrollada en China) y que me han parecido de enorme interés. El presente post no es más que mi traducción de dicho diálogo. (Siguiendo a Pío Moa, he utilizado la palabra “useño” -de USA- para evitar el impropio término “americano”.)


Abrogard. Se dice que en EEUU el gasto en defensa supone una gran parte de su presupuesto estatal, pese a que apenas hay 3 M de personas empleadas en el MIC [el complejo industrial-militar] y a que dicho gasto supone menos del 4% del PIB. ¿Cómo hacernos una idea clara de lo que significa el MIC en términos económicos?

Deepseek. Para eso es necesario ver más allá de los titulares y de las cifras aparentes:

1. Gasto absoluto versus % del PIB

Según el Pentágono, en 2023 EEUU gastó en defensa unos 877 millardos (1) de dólares; es decir, superior a la suma de los siguientes 10 países que más gastan. Aunque ~3’5% del PIB puede parecer poco si lo comparamos con el porcentaje durante la Guerra Fría (14% en los años 50), el PIB ha crecido muchísimo desde entonces, de modo que ese 3’5% es una suma colosal en términos absolutos. Muchos aliados europeos de la OTAN gastan en defensa < 2% de su PIB, así que la contribución useña es, en proporción, casi el doble.

2. Las cifras de empleo no reflejan bien la importancia del MIC

Los ~3 M de puestos de trabajo directos (militares en activo, empleados civiles del Mº de Defensa y contratistas) no incluyen:

  • Empleo indirecto (cadenas de suministro, subcontratas, I+D)
  • Empleos estatales (2) y civiles que dependen de las bases militares (p.ej. muchos trabajadores en las ciudades cercanas a Fort Bragg o Norfolk)
  • Investigación universitaria financiada por Defensa (el DARPA, contratos del Pentágono)

Un estudio del Stimson Center en 2021 estimó que, incluyendo empleos indirectos, el sector de defensa mantiene a 4’5-5 M de trabajadores.

3. La concentración geográfica y política amplifica su influencia

  • El gasto federal en defensa está muy concentrado en estados clave (Tejas, Virginia, California, Florida), de modo que los políticos de esas regiones protegen ferozmente los presupuestos del Congreso.
  • Las empresas de armamento Lockheed Martin, Raytheon, Boeing y Northrop Grumman tienen instalaciones estratégicamente dispersas por varios distritos congresuales, asegurándose así el apoyo bipartito (3).

4. Los contratos y el despilfarro “coste-beneficio”

A diferencia de la mayoría de industrias, los contratos de defensa suelen funcionar bajo el criterio “coste-beneficio”: a los contratistas se les reembolsan sus costes más un beneficio garantizado, lo cual incentiva el gasto innecesario (p. ej. el programa del F-35 costó en total 1’7 billones de dóares durante su larga vida debido a retrasos y excesos).

5. Costes ocultos que no se incluyen en el presupuesto oficial del Mº de Defensa

  • Veterans Affairs (4) (> 300 millardos anuales)
  • Programas para armamento nuclear, bajo el presupuesto del Mº de Energía (~50 millardos anuales)
  • Ayuda militar a países aliados (Ucrania, Israel, etc)
  • El interés de las deudas contraídas en guerras anteriores (~ 8 billones desde 2001, según estimación de la Universidad Brown)

Al sumar estos rubros al presupuesto, el gasto total en seguridad nacional se aproxima a 1’2 billones de dólares al año.

6. Dependencia económica (el principio “demasiado grande para caer”)

Muchas regiones del país dependen laboralmente del gasto en defensa. Cancelar un programa (como el muy debatido A-10 Thunderbolt “Warthog”) provoca feroces cabildeos políticos. Aparte, para asegurarse su supervivencia, el MIC ha perfeccionado la “ingeniería política“ extendiendo la producción hacia distritos congresuales clave.

7. Innovación y ramficación (el lado “benéfico”)

La I+D militar ha estimulado la tecnología civil (GPS, internet, drones), pero los críticos arguyen que la I+D civil (asistencia sanitaria, energía renovable) podría producir mayores beneficios sociales.

Conclusión: Pese a sus cifras aparentemente modestas, el MIC es “crucial” porque:

  • El gasto absoluto es colosal. Incluso un 3’5% del PIB supone la mitad de todo el gasto federal discrecional.
  • Su atrincheramiento estructural en política y economía hace que sea muy difícil de atacar.
  • Los costes ocultos y las dependencias indirectas hacen que su impacto real resulte mucho mayor de lo que sugieren el % del PIB o el empleo directo.

De hecho, EEUU gasta en defensa más que en todos los otros 15 programas federales más costosos juntos (incluyendo educación, transporte y vivienda).

Abrogard. Desarrolla la importancia nacional del MIC y el gasto federal discrecional. Cómo moldea la economía, la política y la sociedad useña más allá de la simple “defensa”.

Deepseek. Hay varios factores a considerar:

1. El MIC como “política industrial de facto”

EEUU carece de una “política industrial” formal, pero el gasto en defensa hace sus veces porque:

  • Subsidia sectores tecnológicos como la industria aeroespacial o los semiconductores (p. ej. el Mº de Defensa mantuvo “vivos” a los fabricanes de chips durante los años 80).
  • Sostiene empleos cualificados que de otro modo desaparecerían (construcción naval, materiales avanzados).
  • Financia I+D, que a su vez inunda la tecnología civil (IA, drones, ciberseguridad).

Como contrapartida:

  • Distorsiona la innovación (se centra más en aviones de combate que en energía sostenible o tecnología médica).
  • Reduce la industria civil (los ingenieros y los científicos buscan empleo en defensa en lugar de colocarse en otros sectores).

2. Más puestos de trabajo de los que parece

Los 3 M de empleos directos son sólo la parte visible. La importancia real está en:

  • Pequeños proveedores: Tiendas de maquinaria, empresas electrónicas y proveedores de materiales en cada Estado de la Unión.
  • Bases militares como pilares económicos: Cerrar una base podría devastar una ciudad entera (la insistencia en mantener el proyecto “Warthog” era por el empleo, no por una necesidad militar).
  • Las universidades alimentan el circuito: El MIT, la Johns Hopkins y la Texas A&M dependen de fondos del Pentágono.
  • El MIC no emplea a tanta gente como otros sectores, pero sus puestos de trabajo son muy cualificados, muy bien remnuerados y políticamente intocables.

3. El “Triángulo de Hierro” – Por qué es sagrado

El MIC es un sistema que se perpetúa a sí mismo. El Triángulo de Hierro está formado por:

  • El Congreso, que proteje a los contratistas en sus distritos.
  • El Pentágono, que necesita la tecnología más avanzada y presupuestos para obtenerla.
  • Las corporaciones, que gastan millones en cabildeos políticos (> 100 M de dólares anuales por parte de las empresas de defensa más importantes).

De este modo, aunque unas guerras se acaben (Afganistán, Irak…) el gasto continúa; simplemente se pone el foco en nuevas amenazas, reales o inventadas (China, misiles hipersónicos, IA…)

4. Un “estado del bienestar para los ingenieros”

El gasto en defensa apuntala los empleos de la clase media en estados clave (California, Tejas, Virginia). A diferencia de las prestaciones sociales o los bonos para alimentos, que se encuadran como “subsidios”, los contratos militares se consideran “desarrollo económico”.

P. ej. el programa F-35 da trabajo a >298.000 personas distribuidas a propósito por 45 estados.

5. Efecto “fuga de cerebros”

Los mejores talentos en CTIM (5) se canalizan hacia los sistemas de armamento en lugar de colocarse en ingeniería civil (Silicon Valley compite con Raytheon por los mismos ingenieros). Todos esos RRHH podrían ir a infraestructuras, biotecnología o soluciones climáticas.

6. La excusa de la “seguridad” versus la realidad

El MIC se justifica a sí mismo mediante el miedo (¡China! ¡Rusia! ¡Terrorismo!) No obstante, buena parte del gasto va a sistemas anticuados (p. ej. portaaviones) que ya no sirven para la guerra moderna (ciberataques, drones, guerrillas). Irónicamente, además, otros aspectos más acuciantes de la seguridad dejan de recibir los fondos que necesitaría (parte de esos 877 millardos podrían emplearse en combatir pandemias, construir infraestructuras o paliar la desigualdad).

Resumen. ¿Por qué el MIC se percibe como “crucial”?

No es por el % del PIB ni por el número de empleos, sino porque:

  • Es la política industrial useña de facto.
  • Está políticamente diseñada para permanecer (apoyo bipartito, empleo en distritos clave).
  • Moldea la innovación, los mercados laborales y las economías regionales como ningún otro sector lo hace.

No se trata únicamente de “defensa”; es una maquinaria de economía nacional sin rampa de salida.

Abrogard. ¿Los fabricantes de uniformes tampoco están incluidos en las cifras oficiales?

Deepseek. En efecto, los fabricantes de uniformes, calzado, raciones alimenticias, así como otros proveedores de suministros militares menos llamativos están íntimamente relacionados con el MIC pero rara vez figuran en los titulares, así que su impacto nacional es aún mayor de lo que parece.

1. ¿Qué cuenta como “MIC” y qué se omite en las estadísticas?

La cifra estándar de 3 M de empleos excluye los siguientes negocios que dependen del MIC pero se califican como sector civil:

  • Manufactura textil (uniformes, chalecos antibalas, banderas).
  • Proveedores de comida (raciones militares, comedores).
  • Empresas de construcción (bases, barracones, pistas de aterrizaje, etc).
  • Proveedores médicos (prótesis, botiquines).
  • Subcontratos de tecnología (pequeñas empresas que fabrican circuitería para misiles, etc).

2. Una economía “fantasma” de proveedores en 3 escalones

  1. Contratistas directos (Lockheed, Boeing) → incluidos en las cifras del MIC.
  2. Principales productores de subsistemas (maquinaria, radares) → incluidos a veces.
  3. Pequeñas empresas que fabrican tornillería, tejidos, cableado → nunca incluidos, pero desaparecerían sin el escalón 1.

P. ej., la empresa 5.11 Tactical (equipos personales para policías y militares) está totalmente dedicada al MIC pero se considera “fabricante de vestimenta”. Sierra Nevada Corporation (componentes para aeronaves) está en el corazón del MIC pero a menudo calificada como “servicios para la aviación”.

3. El fetichismo “Made in America”

Según la Enmienda Berry, las banderas useñas que compra el Pentágono tienen que ser obligatoriamente 100% made in USA. Esto mantiene con vida a las fábricas de textiles en las Carolinas, a las de calzado (botas) en Missouri, pero está ausente en las estadísticas del MIC.

4. Los veteranos como mano de obra oculta

El 8% of de los veteranos useños trabaja en defensa y en seguridad (frente al 2% de los no veteranos). Muchos de ellos se convierten en policías, guardias de prisiones o contratistas, trabajos que existen en parte gracias al gasto militar.

Resumen: Impacto nacional real del MIC

Se trata de un enorme ecosistema que sirve para apuntalar a:

  • Industrias en quiebra (los fabricantes useños de tejidos sólo sobreviven gracias a contratos con el Mº de Defensa).
  • Pequeñas ciudades (una fábrica de uniformes en Pensilvania podría ser el mayor empleador local).
  • Políticos que se atribuyen el mérito de “salvar puestos de trabajo”.

Si se incluyeran, además de los 3 M oficiales, todos los trabajadores que dependen del MIC, la cifra real podría ascender hasta 5-6 M. El MIC no es sólo “armas y generales”: es almuerzos escolares junto a las bases, fábricas de cascos, ciudades que sobreviven de las migajas del Pentágono, etc.

Abrogard. ¿Hasta qué punto la población useña siente una afinidad directa con el MIC? ¿Hasta dónde su tejido penetra en la sociedad no sólo en términos de dólares o empleos sino en identidad, cultura y vida cotidiana? Compáralo con la industria del entretenimiento.

Deepseek. La industria del entretenimiento/Hollywood es otro sector colosal y omnipresente en la sociedad useña, pero el MIC lo iguala o incluso lo deja chiquito.

1. Empleo

  • Entretenimiento (TV + cine + música + juegos + turismo + bares): ~4 M.
  • MIC (Mº Defensa + contratistas + proveedores + bases + veteranos): 5-6 M.

El MIC da trabajo a más gente que el entretenimiento, pero éste parece mayor porque es mucho más visible (Netflix, Spotify, TikTok), en tanto que aquél es más sigiloso; no obstante, los empleos que crea están mucho más atrincherados políticamente.

2. Penetración geográfica

  • Entretenimiento: Concentrado en Los Ángeles, Nueva York, Atlanta, Nashville. No obstante, su producción cultural está por todo el país.
  • MIC: Esparcido por bases militares en los 50 estados, plantas de defensa en >40 estados y subcontratistas en pequeñas ciudades.

La diferencia es que un ciudadano puede evitar Hollywood si quiere, pero sus impuestos —aunque no se dé cuenta— financian al MIC, y quizá la ciudad en la que vive dependa de él.

3. Influencia cultural

  • Entretenimiento: A través del cine, la música, los videojuegos, el cómic y los mitos, el entretenimiento exporta los valores useños. El pueblo adora a Netflix. El entretenimiento vende el “American Dream”.
  • MIC: Mediante la moda del camuflaje, el eslogan “Apoya a nuestros soldados”, la “nostalgia bélica” y las bases useñas en 80 países, EEUU proyecta su poderío militar. A menudo Hollywood contribuye a esta imagen (Guerra de las galaxias, Top Gun). Las ciudades luchan por mantener el funcionamiento de bases y plantas industriales. El MIC vende el “American Power” y se basa en el miedo para justificar su presupuesto.

4. Dependencia: ¿quiénes necesitan al MIC?

  • Dependencia directa:
    • 5–6 M de trabajadores (incluyendo a proveedores).
    • ~18 M de veteranos (muchos dependen de la sanidad para veteranos o de la ley G.I.)
    • Familias de militares activos o en reserva (~2 M entre esposas e hijos).
  • Dependencia indirecta:
    • Ciudades-empresa.
    • Universidades financiadas por fondos del Mº de Defensa.
    • Departamentos de policía (los excesos de equipo militar se convierten en equipo policial barato).

En total, entre 30-40 M de useños dependen del MIC para sus nóminas, pagas, pensiones o ayudas. Eso supone el 10-12% de la población, un porcentaje impresionante. Muchísima más gente consume el entretenimiento, pero muchísima menos gente depende de él para sobrevivir.

5. Patriotismo

  • “Apoya a nuestros soldados” es una política useña no negociable. Criticar el gasto militar se conceptúa traicionar a los soldados.
  • En la cultura popular dominante, patriotismo = militarismo (p. ej. los desfiles aéreos de la National Football League o el eslógan “Gracias por vuestro servicio”).

Si odias las películas de superhéroes nadie te acusará de odiar a los EEUU, pero criticar al MIC es antipatriota.

6. Presencia y penetración en la sociedad

  • Económica: El MIC es un sistema “fantasma” de bienestar social para ingenieros, fábricas y ciudades enteras. Como fuente de empleo afecta a tantas vidas como Hollywood, pero con una mayor dependencia. Aparte, está más atrincherado (via impuestos): se puede boicotear a Netflix pero no se puede boicotear a Lockheed Martin.
  • Política: El MIC determina el presupuesto federal y por tanto condiciona la política. Hollywood no.
  • Cultural: El MIC identifica la “grandeza americana” con la supremacía militar, es políticamente sagrado y condiciona la identidad nacional. El entretenimiento es más visible, mayor en términos de “ruido cultural” puro.

El MIC no es sólo una industria, sino un pilar de la sociedad useña. Como el entretenimiento, está en todas partes; al contrario que él, no puede ser ignorado.

Abrogard. Desarrolla este último punto sobre la ubicuidad.

Deepseek. Se trata de un dominio silencioso. Hollywood y, hoy en día, las grandes tecnológicas y el streaming, dominan la conciencia nacional: son las historias que EEUU se cuenta a sí mismo. El MIC, aunque la mayoría de la gente no piense en él a diario, es el andamiaje que sostiene la economía, la política y la identidad del país. Esta invisible ubicuidad, este poder en la sombra, es la razón por la que su influencia es tan profunda.

1. El MIC como la “materia oscura” de los EEUU

  • El entretenimiento es visible, glamoroso y debatido. Puede asimilarse a la luz, que ilumina nuestra vida. Cuando Hollywood actúa, la noticia sale en la portada de todos los medios.
  • El MIC es invisible, técnico y asumido. Puede asimilarse a la gravedad, que no se ve pero mantiene a todo el sistema unido. Cuando Raytheon consigue un contrato de mil millones, sólo sale como noticia secundaria.

2. El MIC queda fuera del rango del radar

  • Camuflaje cultural: La retórica de “apoya a nuestros soldados” hace que la crítica resulte antipatriótica. La nostalgia bélica (El día D, Top Gun, American Sniper) contextualiza la guerra como algo noble, no comercial.
  • Dependencia económica disfrazada: Una fábrica de piezas para bombas en Pensilvania se califica como “fabricación para defensa”, no como “especulación económica con la guerra”. Quienes habitan en las cercanías de bases militares las ven como un “servicio”, no como “bienestar social”.
  • La complejidad garantiza la opacidad: El entretenimiento es sencillo: todo el mundo entiende el titular “Barbie produjo 1 millardo en beneficios”. El gasto en defensa es oscuro: poca gente se para a estudiar las aburridas cifras del coste de mantenimiento de un F-35.

Un ejercicio hipotético

Si Hollywood desapareciese mañana, se produciría un vacío cultural, pero no una crisis económica inmediata. Ya no habría Netflix, pero gracias a Lockheed Martin un useño puede seguir pagando la hipoteca de su casa en Colorado Springs.

Si el MIC desapareciese mañana, se producirían: A) un shock económico (5-6 M de empleos por el desagüe, ciudades enteras arruinadas), B) un shock político (fin del “consenso bipartito” sobre el gasto) y C) un shock de identidad (sin portaaviones ni armas atómicas, el “poderío americano” no es nada).

El MIC es, por tanto, más esencial que el entretenimiento para el funcionamiento del sistema, aunque por aburrido y burocrático quede siempre en segundo término. Se trata de una prioridad no consciente en el país. El entretenimiento es lo que hace soñar a EEUU; el MIC es la realidad que lo propulsa.

Por eso los presupuestos de defensa continúan creciendo incluso en ausencia de guerras: más que un sector de la economía, el MIC es su sistema operativo. Y la prueba definitiva de su éxito es el hecho de que algo tan poderoso permanezca tan poco cuestionado.

Abrogard. ¿Hay alguna relación entre el MIC y la cultura de las armas?

Deepseek. Por supuesto. El MIC no sólo coexiste con la cultura useña de las armas sino que la alimenta, tanto directa como indirectamente. Hay una relación simbiótica entre ambos. El MIC ejerce una influencia cultural, económica e ideológica que refuerza la normalización de las armas de fuego, el militarismo y la idea de la violencia no como el último recurso, sino como el primero.

1. Canales directos entre el MIC y las armas civiles

  • El excedente de armamento inunda el mercado. El Pentágono vende o dona millones de armas excedentarias a la policía e, indirectamente, a civiles mediante iniciativas como el 1033 Program (que desde 1977 ha transferido 7’4 millardos de dólares en equipo militar a los cuerpos de seguridad). Aparte, muchas armas “civiles” (como el fusil AR-15) son variaciones de productos del MIC (el M16/M4).
  • Los veteranos amplifican la cultura de las armas. >18 M de veteranos, entrenados con armas suministradas por el MIC, vuelven a casa muy familiarizados y a menudo encariñados con ellas. Aparte, la ética de “gracias por vuestro servicio” hace que poseer un arma se conceptúe como algo patriótico.

2. Influencia cultural: glorificación de las armas de fuego

  • Marketing del MIC como cultura popular:
    • La Oficina del Pentágono para el enlace con el entretenimiento (6) toma parte activa en los guiones de Hollywood para retratar favorablemente al ejército y su armamento.
    • Películas al estilo de Top Gun, American Sniper o Call of Duty (financiada en parte por el Pentágono) desdibujan la frontera entre el heroísmo militar y el fetichismo civil hacia las armas.
  • El consumismo “tactiguay” (7):
    • Los fabricantes de armas civiles imitan la estética MIC (p.ej. el fusil AR-15 “nivel militar”, armas en tonos camuflaje, chalecos antibalas).
    • El movimiento “prepper” (supervivencia), que preconiza almacenar armas para caso de colapso social, está alimentado por la paranoia que genera el MIC (miedo a invasiones, a disturbios civiles, etc).

3. Incentivos económicos: el MIC se beneficia de la demanda del sector civil

  • Idénticos fabricantes, distintos mercados. Empresas como Colt, FN Herstal o Beretta venden armas tanto al Pentágono como a la población civil.
  • Poder de cabildeo: La Asociación Nacional del Rifle y los fabricantes de armas (muchos de ellos con contratos con Defensa) alimentan “narrativas” que se alinean con los intereses del MIC: “Un pueblo armado es un disuasor de la tiranía” (evoca un patriotismo militarizado); “Más armas = más seguridad” (una mentalidad alimentada por idea de guerra perpetua).

4. Condicionamiento psicológico: normalizando al “ciudadano guerrero”

  • Mitología del “hombre decente armado”: La mentalidad MIC de “guerra perpetua” permea la vida civil, promoviendo la idea de que la violencia es la solución por defecto. La política de portar armas abiertamente y el eslogan “defiende tu territorio” imitan reglas de actuación en zonas de guerra.
  • Militarización de cuerpos policiales: Cuando la policía se despliega en vehículos blindados y provista de chalecos antibala (equipo excedente del MIC) está enviando el mensaje: “EEUU es un campo de batalla”. Al ver esto, los civiles piensan: “Si la policía necesita fusiles y blindaje, quizá yo también”.

5. El bucle retroalimentado: más armas → más poder del MIC

  1. El MIC vende armas al ejército → los veteranos regresan a casa encariñados con ellas.
  2. Las empresas de armamento publicitan sus armas “militarizadas” con la etiqueta de “patrióticas”.
  3. La tenencia de tales armas facilita los tiroteos masivos, que a su vez aumentan la demanda de armas para “autodefensa”.
  4. La policía se militariza aún más, ofreciendo una justificación al armamento de la población civil.

El bucle se retroalimenta y el MIC obtiene ganancias en cada ciclo. Por eso no se limita a suministrar armamento, sino que alimenta la ideología que hay detrás. La cultura useña de las armas es una de sus derivadas.

  • El MIC diseña las armas que se convertirán en las preferidas por los civiles (a menudo la diferencia entre un fusil “militar” y uno “civil” no es más que burocrática).
  • Entrena con ellas a millones de veteranos, que luego les pondrán una aureola romántica.
  • Impulsa la paranoia que favorece la demanda, y se asegura de que la lógica imperante en zonas de guerra permee la mentalidad civil. Dicha lógica se manifiesta en la cultura de las armas
  • Cabildea por políticas que mantengan abierto el circuito.

Abrogard. Según todo lo anterior, ¿podría decirse que la industria del armamento es la espina dorsal de EEUU?

Deepseek. Así es. Como dije, el MIC es la política industrial useña de facto. En ausencia de una estrategia económica formal, centralizada, el gasto en defensa es la política por defecto. Sin él, la base industrial useña quedaría hueca. Ese gasto:

  • Mantiene una producción de alta tecnología (aeroespacial, semiconductores, materiales avanzados) que de otro modo moriría o habría que llevarse fuera del país.
  • Financia la I+D (DARPA, subvenciones para defensa) que a su vez se derrama sobre la tecnología civil (GPS, internet, IA).
  • Apuntala a regiones “olvidadas” y garantiza puestos de trabajo (para las personas “adecuadas”). 4-5 M de trabajadores dependen del MIC. Estos empleos, a diferencia de otros, estos son políticamente intocables, “patrióticos”. Se trata de vacas sagradas.
  • Proporciona una identidad nacional. El “excepcionalismo americano” es indisoluble de la supremacía militar. EEUU no alardea de su sistema sanitario ni de sus trenes, sino de bombarderos silenciosos y flotillas de portaaviones. La guerra es el único verdadero proyecto bipartito: republicanos y demócratas entran en conflicto por el aborto o los impuestos, pero ambos celebran un nuevo caza.
  • Es un poder político. El “Triángulo de Hierro” es la maquinaria de cabildeo más efectiva de la historia. Sus programas dan trabajo a gente en 45 estados no porque sean eficientes, sino porque así se consigue inmunidad política. Ninguna otra industria puede exigir 877 millardos al año con tan poco escrutinio.
  • Es un ADN cultural. Desde los muñecos G.I. Joe hasta el videojuego Call of Duty, la guerra es la narrativa useña favorita. “Apoya a nuestros soldados” es lo más cercano que tiene EEUU a una religión de Estado.
  • Desvía la atención del gobierno hacia asuntoos menos acuciantes para la población: en lugar de solucionar la asistencia sanitaria, fabrica un caza de 1’7 billones; en lugar de mejorar las infraestructuras, financia misiles para la defensa. Así que el MIC no sólo obtiene dinero, sino que proporciona finalidad. Ahí es donde se malgasta toda la energía de resolución de problemas.

El MIC useño es un caso único en el mundo. Otros países tienen ejércitos e industria armamentística, pero ninguno ha fusionado de un modo tan completo la guerra, la identidad y la economía. El MIC es la única maquinaria que nunca deja de funcionar. Y esto es así por diseño deliberado. EEUU podría centrarse en otros proyectos (asistencia sanitaria, educación) como principios organizadores, pero desde hace más de 80 años lo único que hace es redoblar su apuesta por el MIC porque A) es rentable (para la gente adecuada), B) es bipartito (si no hay guerras, se inventan nuevas amenazas) y C) es más simple que solucionar los problemas reales.

El MIC no es una parte de EEUU: es su muro de carga. Si se eliminase, toda la estructura se tambalea y el país tendría que reinventarse a sí mismo de la noche a la mañana; pero ningún imperio ha conseguido eso pacíficamente. Para lograrlo, EEUU necesitaría un nuevo proyecto unificador, pero no hay ninguna fuerza política capaz de proporcionarlo o dispuesta a hacerlo.

Por consiguiente, sí, el MIC es la espina dorsal de EEUU. Sin supremacía militar no hay “sueño americano”. Igual que hicieron en su día las legiones romanas o la armada británica, el MIC sostiene en pie al sistema, pero a diferencia de aquellos imperios, EEUU no tiene una “identidad de repuesto” de la que echar mano. Su colapso no vendría provocado por una invasión, sino por el desmoronamiento de la economía tras desaparecer el MIC.

Para concluir, puede bien decirse que EEUU y el MIC son lo mismo.

 

Un millardo, galicismo admitido por la RAE, son mil millones.

2

En EEUU, estatal se refiere a cada estado que compone la Unión. Para referirse al nivel nacional utilizan el término federal.
3

Aquí bipartito se refiere a los dos partidos políticos más importantes en EEUU: el Demócrata y el Republicano.

4

Asuntos de veteranos de guerra useños.

5

STEM: Ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas

6

Entertainment liaison office
7

En inglés, tacticool
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Reseña de “La escuela de espías de Nakano” (1966)

Dirigida por Yasuzo Masamura en 1966, La escuela de espías de Nakano (Rikugun Nakano Gakko) es una película no tanto de espionaje como sobre el espionaje, o más bien sobre su esencia según la visión de sus protagonistas. Situada en Japón poco antes de la Segunda Guerra Mundial, y a partir de la existencia real de la escuela Nakano, que fue el primer centro de entrenamiento para agentes de inteligencia en ese país, relata los esfuerzos de Kusanagi, su fundador ficticio, por insuflar en sus cadetes, seleccionados entre los mejores reservistas, cierta pasión respecto a la actividad a la que habrán de dedicarse en cuerpo y alma, hablándoles entre otras cosas de la empatía como principal cualidad de un buen agente, por delante incluso del valor y la audacia. Los discursos que les dirige, cargados no sólo de patriotismo sino también de elevados ideales respecto al fin último, liberador y casi revolucionario, de su labor como espías están impregnados de dura crítica hacia los propios mandos militares, en su mayoría crueles, ambiciosos, egoístas y sin otra aspiración que obtener medallas y llenarse los bolsillos a costa de la vida de soldados y civiles.

Aunque las arengas de Kusanagi parecen en un principio vana palabrería propagandística con la que embriagar a sus alumnos, pronto se ve que son las ideas de un soñador, un hombre esencialmente bueno que siente y sufre en su propia conciencia los sacrificios a que no ya el entrenamiento, sino el propio oficio de agentes secretos les obligará a realizar, empezando por una total renuncia a sus vidas anteriores, un cambio de identidad y el más completo anonimato. Hasta tal punto consigue contagiarles su pasión personal y su visión del espionaje, que se comprometerán con el trabajo no ya por lealtad a Japón sino por ver realizado el sueño de su director.

Al ser seleccionado por Kusanagi como candidato a alumno, el reservista Jiro Miyoshi se ve obligado a posponer sine die su matrimonio con su prometida Yukiko. Mientras él se somete al entrenamiento en la escuela, ella, angustiada tras meses sin noticias suyas pese a las muchas pesquisas que realiza, consigue colocarse de mecanógrafa en el ejército con la esperanza de poder llegar a conocer su paradero; circunstancia que aprovecha el anterior empleador de Yukiko, que resulta ser un agente de la inteligencia británica, para obtener información militar. Así, tras engañarla diciéndole que se ha enterado del fusilamiento de Jiro por hablar en contra de la guerra, le resulta fácil convencerla para que colabore con él. Pero no tardarán en ser descubiertos y, por ironías del destino, será el propio Jiro quien tendrá que decidir la suerte de su prometida, enfrentándose a un terrible dilema: para salvarla tendría que traicionar a su propia causa, pero si la deja caer en manos de la policía militar sabe que la torturarán hasta la muerte del modo más inhumano. Será Kusanagi, su maestro, quien le sugiera la única alternativa posible.

Salvo coincidencias dramáticas de importancia secundaria, el guión es aceptablemente sólido y está bien resuelto. Mantiene el interés y el suspense en todo momento y consigue involucrar al espectador en las cuestiones filosóficas y los dilemas propuestos. Su inusual combinación de patriotismo con antibelicismo parece acertada de cara al equilibrio argumental: no es propaganda imperialista pero tampoco ese conformismo adulador hacia Occidente tan común en el cine japonés de la época. Más bien, el director pone el foco en el factor humano, concretamente la renuncia a uno mismo en aras de un heroísmo romántico un tanto abstracto e ingenuo, quizá mal entendido. Por otra parte, puede en cierto modo interpretarse como una muestra de los últimos momentos de una sociedad hasta entonces muy medieval en costumbres y valores, antes de la fulminante liberalización que experimentará a partir de la SGM. No obstante, el mensaje troncal resulta un poco vago y difícil de captar, pues no sabe uno si Masamura aprueba o condena dichos valores, ni si está aplaudiendo o, por el contrario, criticando el sacrificio personal (y de los demás) por ideales o sueños que otros han instilado en nosotros.

Tanto la puesta en escena como la interpretación son correctas, elegantes, sin estridencias de ningún tipo; y la fotografía (en blanco y negro) y el juego de cámara son convencionales, agradables y lo bastante discretos como para no interponerse entre el espectador y la historia que le están contando. El conjunto es una película que vale la pena ver y conservar en la filmoteca, de ésas que nos hacen meditar y que permanecen en nuestra mente horas o incluso días después de haberla visto.

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“El incinerador de cadáveres”: arte y propaganda

En el amplio y variado espectro de la personalidad humana hay una zona en que rasgos como la hipocresía, la doblez o la santurronería se funden -y se confunden- con la psicopatía hasta el punto de que es difícil determinar si el individuo en cuestión es un enfermo mental o sólo un redomado farsante. De hecho, hasta es probable que no exista un límite claro, bien definido, entre la simple impostura y ciertas anomalías psicológicas, y que en los casos más acusados de aquélla pueda haber algo –o mucho– de patológico y malsano.

Estoy refiriéndome a Karel, el protagonista de El incinerador de cadáveres (título original: Spalovač mrtvol), una película checoslovaca de 1969 dirigida por Juraj Herz y basada en una novela de Ladislav Fuks. Dueño y regente de un crematorio, Karel cree en la reencarnación del espíritu y va predicando, en toda ocasión que se le presenta, que la ventaja de incinerar los cadáveres sobre inhumarlos es que el fuego, al ser mucho más rápido que la putrefacción, ayuda a liberar las almas de los muertos para que puedan reencarnarse lo antes posible en nuevos seres vivos. Karel habla y se conduce, tanto en público como en su vida familiar, como un puritano, afectando con acusada fineza una devoción, unos escrúpulos morales y unas virtudes que en realidad no tiene, si bien tal vez él crea tenerlas; pero este punto no queda claro. Y precisamente ahí, en esa indefinición del personaje, encuentro el principal mérito del cineasta Herz, así como de Rudolf Hrušínský, el actor que interpreta a Karel, ya que gracias a ellos y mediante una inteligente elección de diálogos y acciones, el protagonista está tan cuidadosamente representado y descrito que al espectador no le resulta fácil decidir si se trata de un psicópata o de un consumado fariseo.

Este género de personajes no es, desde luego, nada nuevo en la literatura ni –sobre todo– en el cine, pero Karel supera (al menos hasta donde alcanza mi memoria) a todos los del mismo tipo que yo haya visto con anterioridad en otras películas: la delicadeza de sus gestos, un poco amanerados, la constante beatitud de su expresión, su fluida y persuasiva elocuencia, el suave tono de su voz, su apacible conducta, su elegante cortesía y otros rasgos semejantes, al contrastar con sus actos, que atestiguan su debilidad frente a los bajos instintos, su mendacidad y un marcado menosprecio por los demás, hacen de Karel un ser repugnante, casi odioso, pero en cierto modo fascinante; y pese a lo aborrecible que se nos antoja resulta difícil dejar la pelicula a medias, al menos para quienes apreciamos el virtuosismo cinematográfico, ya que no cabe cuestionar el valor artístico de esta obra, puesto de manifiesto en todos sus detalles que, combinados, le confieren a la acción cierto carácter onírico, probablemente intencionado, y también de suspense: la cuidada escenificación, la elección del blanco y negro, el original uso de la cámara y del gran angular, la fotografía, los llamativos y a veces siniestros decorados, el atrezo, cada uno de los personajes secundarios, la inquietante música, el importante detalle de la voz sincronizada superpuesta (que parece verbalizar, más que los diálogos, los pensamientos); y, por encima de todo, su ambiguo y desagradable protagonista.

Como queda apuntado, lo que resulta tan repulsivo de Karel no son tanto sus flaquezas humanas (de las que todos adolecemos en alguna medida) como el marcado desacuerdo entre sus obras y su discurso: no es que frecuente un prostíbulo o acose a una joven empleada, sino que tales conductas desmienten sus constantes votos de fidelidad conyugal y de abstinencia; no la falta de empatía hacia el prójimo, sino su pretensión de ser un benefactor de almas; no el anularles la voluntad a su mujer e hijos, sino el presumir de amante padre y esposo; no que le profese una gran ternura y atenciones a su gato, sino su insensibilidad hacia el sufrimiento del prójimo; no el gesto –más ridículo que presumido– de retocarse a menudo el pelo con un peine que siempre lleva en el bolsillo, sino hacerlo justo a continuación de alisarle el cabello a alguno de los cadáveres que esperan en su tanatorio para ser quemados; no que beba alcohol (únicamente, eso sí, en contadas ocasiones y “a título ceremonial”), sino que haga gala de ser abstemio; no que en sus delirios se vea a sí mismo como el próximo Dalai Lama, sino su idea desvirtuada del budismo, casi opuesta a esta filosofía; no, en fin, la total impostura que es su vida, sino la inquietante posibilidad de que ni él mismo sea consciente de ello, como si –merced a alguna tara psicológica– fuese incapaz de ver sus contradicciones, o como si padeciese un síndrome de doble personalidad disociada, donde una sólo actúa y la otra sólo piensa y habla. Sospechamos que es un doloso farsante, pero bien podría tratarse de un lastimoso psicópata. Y para crear y representar a un personaje así con verosimilitud y con el justo grado de indeterminación es necesario, creo, un gran talento. Por eso esta película me parece una obra maestra.

Una obra maestra que, por desgracia, se filmó con fines puramente propagandísticos; y esto es lo que a mis ojos la desprestigia: no como arte, sino como herramienta; no en su forma, sino en su fondo. Tanto es así que, pese a los elogios hasta aquí vertidos, no puedo recomendársela a nadie. De hecho, si al verla no bastó la desazón que Karel me producía para hacerme apagar la pantalla a media película, esto a lo que ahora me refiero sí estuvo a punto de conseguirlo. Y es que la acción transcurre en los años 30 del siglo pasado con el trasfondo de la Alemania nazi, y el mensaje explícito que se nos transmite es, cómo no, la condena del régimen de Hitler y la victimización del pueblo judío. Los inicuos nazis aprovechan la personalidad psicopática y viciosa del protagonista (semejante, claro está, a la de ellos), sus desvaríos sobre la salvación y purificación de las almas mediante el fuego, y lo seducen para que acepte dirigir las cámaras de gas en que serán exterminados por miles, por millones, los pacíficos e inocentes judíos cuyas almas podrá así liberar, realizando de este modo su misión en la Tierra. De manera que el director de esta obra usa su magistral arte para contarnos la historia de siempre; una historia que, repetida hasta la náusea, llega a hacérsele a uno tan repelente como el propio Karel.

No es el objeto de esta reseña criticar –no sería justo– a Juraj Herz por la propaganda semita que esta película representa, pues queda sobradamente justificada si tenemos en cuenta que él mismo fue un hebreo superviviente de los campos de concentración alemanes. ¿Qué cosa más natural que expresar sus sentimientos? Tampoco pretendo trivializar el Holocausto por excelencia; ni se me ocurriría hacerlo, habida cuenta de que toda manifestación en dicho sentido fue excluida de la libertad de expresión en España y elevada a la categoría de delito (sin duda a requerimiento del poderoso lobby judío internacional) en el año 2015. La crítica, en cambio, que sí es pertinente (y legal) hacerle a El incinerador de cadáveres es la maniquea y poco realista reducción de sus personajes a dos categorías: por un lado, los infames y amorales nazis (todos asiduos a burdeles y fiestas depravadas) que, al detectar la vesania de Karel, lo abducen para que se les una y se “nazifique”, haciendo de él otro asesino como ellos y corroborando el dicho de “Dios los cría y ellos se juntan”; por el otro, los párvulos y candorosos seres que, sin hacer daño a nadie, por el único pecado de tener unas gotas de sangre judía caen víctimas del mal. Como el blanco y negro en que fue filmada, no hay aquí medias tintas ni claroscuros: o la vileza o la candidez.

En cualquier caso, por muy objetivo que fuese este relato o los otros diez mil que abordan la llamada cuestión judía (presente, directa o tangencialmente, quizá en una de cada dos películas occidentales), la insistencia machacona en este tema, con que el séptimo arte viene dando la tabarra desde hace ya ochenta años, puede acabar siendo perjudicial para dicha causa, pues le produce al espectador crítico un hartazgo tan exasperante que –como me ha ocurrido a mí hace tiempo– llega a convertirse en rechazo.

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Ni una última oración

Una vez más Proust ha venido a evocar en mí, con su acertada prosa y su sensibilidad a flor de piel, pensamientos que ya me habían asaltado en algún momento anterior de mi vida. Así, en un pasaje de su volumen Sodoma y Gomorra en que el narrador habla sobre la muerte de su abuela, describe una triste escena que acaba con esta frase:

…mi abuela, la víspera de su muerte, en un momento de lucidez, había tomado la mano de mamá y, tras posar en ella sus labios febriles, le había dicho: «Adiós, hija mía, adiós para siempre»

Y no es de extrañar que estas palabras hayan despertado mis propias tribulaciones, pues resulta que uno de los pesares que me quedarán para el resto de mi vida es, precisamente, el de no haber podido despedirme así de mi madre. Muchos años antes de su fallecimiento tuve un sueño –que recogí por escrito para no olvidarlo– en el que ella moría, pero de una forma muy diferente a como ocurriría en realidad y bastante más parecida a la narración de Proust (que aún yo no había leído): justo antes de expirar, tras dedicarme una mirada llena de ternura y tristeza, me había dicho: «Bueno, me voy». En ese sueño, cuyo pleno significado no he comprendido hasta después de la verdadera muerte de mamá, mi subconsciente estaba manifestando –ahora lo veo con claridad– ese deseo mío de una despedida en la que ambos, la que partía y el que se quedaba, fuésemos conscientes de la separación definitiva; como hacen dos conocidos cualesquiera –aunque ninguno esté moribundo– que por la circunstancia que sea se dicen adiós para no volver a verse.

Mi madre, en efecto, murió durante una sedación, sin darse cuenta. No sé –ya no lo sabré nunca– hasta qué punto aquel día en que los funestos empleados de Cuidados Paliativos vinieron a casa y le colocaron los tubos del oxígeno pudo intuir que su final estaba ya cercano; aunque a juzgar por su expresión de desaliento y por cómo torció el gesto en ese momento me inclino a pensar que tal vez sí. A partir de entonces, y durante las jornadas sucesivas, su lucidez y sus fuerzas fueron menguando, su apetito la abandonó casi del todo y su consciencia, apagándose poco a poco como la luz de un candil en cuya cazoleta se agota el aceite, se debilitó hasta que en las últimas y largas horas de convalecencia ya no volvió a recobrarla. El aliento de la vida escapó de su cuerpo sin que ella se percatase.

En cualquier caso, si llegó a intuir ese próximo fin, se cuidó mucho de decir una palabra; y tentado estuve yo de hablarle con franqueza antes de que su discernimiento se eclipsara por completo, exponerle con claridad la situación –si es que ella no había llegado a comprenderla– por si quería expresar alguna última voluntad, dedicarnos algunas palabras finales, transmitirnos un consejo o encomendarnos un postrer deseo; pero no me atreví a violentar su vocación o –casi diría– su voto de silencio. Y es que mamá jamás habló de su propia muerte, ni le recuerdo una sola frase en que, siquiera indirectamente, se refiriese a ella. Le sobraba elegancia, o quizá modestia, para abordar ese asunto o suscitar motu proprio una conversación sobre él. Con frecuencia dudo incluso si, optimista, alegre y vital como era, pudorosa y recatada en exceso, creyente hasta la médula, resignada y conforme con la ley divina, alguna vez pensaba en tal cosa; lo cual me inclina a creer que quizá no le hubiese gustado un adiós al estilo como yo lo había imaginado y soñado. Pero siempre me quedará la duda, pues una madre amante como fue ella, dedicada en cuerpo y alma a sus hijos, a sus nietos, que no vivía sino por y para nosotros, ¿no habría querido partir al otro mundo, en el que creía con firmeza, habiéndonos dicho «adiós»? Cierto es que nunca fue amiga de gestos patéticos o solemnes, pero ese silencio contumaz, esa obstinación casi cruel emanada de su inmensa fortaleza de espíritu me sume –quizá por el contraste con mi flaqueza– en el desconsuelo; y esto ¿acaso nunca lo adivinó? ¿No se le ocurrió apiadarse de la posible zozobra, de la orfandad de quienes nos quedábamos aquí? Despedirse con unas palabras como hizo la abuela de Proust (pues asumo que es el propio escritor quien habla por boca de su ficticio narrador), o incluso con una simple mirada, habría sido desde luego trágico y emotivo hasta el dolor, pero marcharse sin decir nada me dejaba una herida abierta, un vacío quizá más difícil de llenar que su ausencia misma.

Me pregunto –no puedo evitarlo– cómo se habría conducido si le hubiera llegado la parca estando despierta y lúcida, y quiero pensar que de todas formas lo habría hecho estoicamente, sin perder su entereza, tal vez incluso con el ánimo ligero, sin derramar una lágrima, como en aquel sueño mío. ¡Qué lección habría sido, para tomar ejemplo y recordarla el día en que tenga uno que afrontar su propia muerte!

Mas no sólo en mi preferencia insatisfecha pienso, al fin y al cabo egoísta, sino que tampoco puedo evitar preguntarme –aunque, ¡ay!, sin utilidad alguna– si ella no hubiese querido ser consciente de ese inminente paso al más allá, antes que fallecer del modo apagado, insensible, casi anodino en que lo hizo. Dada su inquebrantable fe en Dios, ¿no le habría gustado acudir a Su encuentro y ser recibida en el Reino de los Cielos con los brazos del corazón extendidos y los ojos de la mente abiertos? Tampoco pudo recibir el sacramento de la extremaunción, como es probable que fuera su deseo. Entonces, ¡pobre mamá, privada del gozo místico de vislumbrar esa pronta ascensión encomendándose al Señor, ella que en vida tanto se esforzó por ganarse la bienaventuranza! Dormida como estuvo durante esos días finales, y después hasta la eternidad, ni una última oración pudo, seguramente, rezar para sus adentros.

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Tal vez sólo la muerte nos haga inmortales

Hace ya tiempo comprendí, o creí comprender, que para hacer caso a nuestros mayores o seres más queridos, para prestarles la debida atención, quizá para imitar sus costumbres o adoptar sus gustos y preferencias, es preciso que hayan muerto. En tanto vivan, siempre prevalece en nosotros un espíritu de oposición, una voluntad de «independencia del carácter», como poco un deseo de originalidad, de personalidad propia, aunque acaso también, ¡ay!, cierto menosprecio o fatua condescendencia hacia ellos, sus ideas, aficiones e intereses, o incluso hacia sus opiniones, creencias y valores. Sólo después de su muerte parecemos ser capaces de desprendernos, al menos en parte, de nuestro individualismo y de acercarnos a esas personas con una mirada menos crítica o burlona, más atenta y receptiva; acaso de aceptar que somos más parecidos a ellos -o hemos absorbido más su forma de ser- de lo que creíamos. O a lo mejor es sólo que, como parte del culto a su muerte, como homenaje a su memoria, queremos inconscientemente devenir sus continuadores.

Pues bien: no es la primera vez que, leyendo a Proust, encuentro algún pasaje que corrobora pensamientos míos o los refleja. Unos días atrás, precisamente, tropecé con los siguientes párrafos -acertados, hermosos y un tanto conmovedores- en su libro Sodoma y Gomorra, en los que el narrador describe el efecto que la muerte de su abuela produjo sobre su madre, que la adoraba:

«No basta con decir que había perdido toda su alegría: deshecha, inmóvil en una especie de imagen implorante, parecía tener miedo de ofender con un movimiento demasiado brusco, con un tono de voz demasiado alto, la presencia dolorosa que no la abandonaba. Pero sobre todo, en cuanto la vi entrar con su abrigo de crepé, me di cuenta de que ya no era a mi madre a quien tenía ante mis ojos, sino a mi abuela. Como en las familias reales y ducales en que a la muerte del jefe el hijo asume su título, con la misma frecuencia -por un advenimiento de otro orden y de más profundo origen- el muerto se apodera del vivo, que se convierte en su sucesor redivivo y en continuador de su vida interrumpida. Quizá la gran tristeza que para una hija como fue mamá sigue a la muerte de su madre no hace sino romper antes la crisálida, acelerar la metamorfosis y la aparición de un ser que lleva uno dentro de sí y que, sin esta crisis que hace quemar etapas y saltarse fases de un golpe, habría sobrevenido más lentamente. Quizás en la pesadumbre por quien ya no está haya una especie de influencia que acaba poniendo en nuestras facciones unas similitudes que teníamos en potencia, y sobre todo haya un cese de nuestra actividad más particularmente individual (en mi madre, su sensatez y la burlona alegría que sacara de su padre) que no temíamos mostrar, incluso a costa del ser amado, mientras éste vivía y que contrapesaba la parte del carácter que únicamente a él debíamos. Una vez muerto, ya nos daría reparo ser otro y sólo admiramos lo que él era, lo que ya éramos nosotros -aunque mezclado con otros ingredientes- y lo único que en adelante vamos a ser. Es en este sentido (y no en ese otro tan vago, tan falso en que solemos escucharlo) que puede decirse que la muerte no es inútil, que el muerto sigue actuando sobre nosotros. […]

En fin, en este culto del pesar hacia nuestros muertos le profesamos una idolatría a lo que ellos amaron. Mi madre no sólo no podía desprenderse del bolso de mi abuela -ahora más preciado que si hubiera contenido zafiros y diamantes-, de su manguito, de todos esos vestidos que acentuaban aún más la semejanza de aspecto entre ambas, sino incluso del libro de Madame de Sévigné que mi abuela siempre llevaba consigo, ejemplar que mi madre no habría cambiado ni por el propio manuscrito. Ella solía chinchar a mi abuela por no haberle escrito ni una sola vez sin citar alguna frase de Madame de Sévigné o Madame de Beausergent. En cada una de las tres cartas que recibí de mi madre, antes de su llegada, me citaba a Madame de Sévigné; como si esas tres cartas no me las hubiera dirigido ella a mí, sino mi abuela a ella.

[En cuanto llegó] quiso bajar al dique para ver esta playa de la que mi abuela, al escribirle, le hablaba todos los días. Con el perenne libro en la mano, la vi desde la ventana avanzando toda de luto, a pasos tímidos, devotos, sobre la arena que preciados pies habían pisado antes que ella, y parecía ir en busca de un muerto que las olas deberían traer de vuelta. […] Cada uno de los días siguientes bajaría a sentarse en la playa para hacer exactamente lo que su madre había hecho y leer sus dos libros preferidos, las Memorias de Madame de Beausergent y las Cartas de Madame de Sévigné. Cuando leía en esas cartas estas palabras: «mi hija», creía estar escuchando a su madre hablarle.»

La emotiva belleza de estas frases aparte, al leerlas no puedo evitar un íntimo gozo, e incluso cierto envanecimiento, al descubrir -como ya me tiene ocurrido otras veces- que Proust, un escritor al que admiro, poseedor de una innegable y sin par capacidad de análisis psicológico e introspectivo, opinaba más o menos lo mismo que yo en este asunto. Pero, vanidades aparte, estos párrafos me devuelven el recuerdo de mi propia madre, ya fallecida, y me hacen preguntarme si yo también, de algún modo, me siento ahora más cercano a ella de lo que estuve mientras vivió o, cuando menos, más inclinado a adoptar sus hábitos, rindiéndole así tributo a su memoria. Y si esto no me ocurre creo que no será por falta de cariño, apego o lealtad filial sino acaso porque, sospechando -como digo- hace ya tiempo la realidad de este efecto de «aproximación post mortem» -por así llamarlo- y queriendo adelantarme a él, años antes de que ella muriese ya me había yo propuesto intentar esa convergencia; al menos en la escasa medida en que pueda parecerme a mi madre o seguir sus costumbres, leer su Valle-Inclán y su Rosalía, sin anularme a mí mismo. De modo que lo que no haya incorporado ya de ella será difícil que lo haga ahora.

Pero mis meditaciones sobre este tema no se agotan en mi papel de sucesor o continuador -cualquiera que este sea- sino que inevitablemente saltan a mi propia figura como sucedido; de modo que a menudo me pregunto: sin hijos propios, ¿habrá alguien que a mi muerte sienta el impulso de emularme en algo? ¿Se interesará tal vez alguno de mis sobrinos por saber qué libros leía o -más importante aún- qué cosas escribía su tío? Nadie lo hará mientras yo viva, eso desde luego, y no es cuestión de hacer reproches; pero no deja de ser triste que sea necesaria mi muerte para que en alguien se despierte quizá la curiosidad sobre mi persona, mi biografía, mis lecturas o mis ideas; y la realización de esta contingencia es la única inmortalidad a que puedo aspirar en este mundo.

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