Legitimidad para deslegitimar

Índice

 

1. Lo legal

Según los entendidos, la denominada “operación militar especial” rusa en Ucrania es ilegal porque, por lo visto, contraviene la legislación internacional; y aunque esto parece, en principio, bastante plausible, no faltan autorizadas voces que sostienen y argumentan lo contrario. De hecho quizá haya, en efecto, base para una sana controversia de carácter técnico legal, porque si el gobierno ruso -se me ocurre- ha reconocido formalmente a las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk, y éstas le piden luego que acuda a ellas con su ejército para ayudarlas a echar al ejército “extranjero” ucraniano, ¿existe en puridad invasión? Mas como no entiendo de esats cosas, para no meterme en camisas de once varas ni alargar esta exposición en demasía asumiré que sí, que se trata de una iniciativa bélica ilegal.

Aun así, quedarme en esa simple afirmación para condenar la acción de Rusia se me antoja sumamente simplista y casi hasta pueril, porque lo importante de las acciones humanas en sociedad, a mi modo de ver, no es tanto su legalidad como su legitimidad. Y aquí tropezamos con un escollo filosófico en el que no hay más remedio que detenerse.

Es ilegal, por definición, todo acto que vulnera las leyes. Pero bien sabemos que éstas, por mucho que sean el instrumento que las sociedades se otorgan a sí mismas para regular su funcionamiento más o menos ordenado y pacífico, están plagadas de injusticias y arbitrariedades. A lo largo de la historia se han dictado -y siguen dictándose- incontables leyes que resultan injustas en mayor o menor grado; y aunque el concepto de justicia sea tan relativo y escabroso que pueden escribirse varios tratados enciclopédicos sobre él sin llegar a concretarlo, conviene recordar que, desde que existen las normas, millones de personas han sido expoliadas, lesionadas, mutiladas, torturadas o ejecutadas de un modo perfectamente legal, aunque inequívocamente injusto. Cuenta el mito -y reconozco que nunca me he tomado la molestia de verificarlo- que todas las atrocidades que se cometieron en la Alemania de Hitler estuvieron respaldadas por la ley. ¿Era aquello justo? Pero no hace falta llegar a tan cruentos extremos. Por ejemplo, y para mencionar un caso muy actual, resulta bien injusto, se mire como se mire, que en algunas regiones de España un niño no pueda ser educado en español, y sin embargo es legal; como también lo es, e injusta al mismo tiempo, la discriminación por razón de sexo que introducen nuestras llamadas leyes “de violencia de género”. Con demasiada frecuencia las normas se dictan no para contribuir a que las sociedades sean justas y equitativas, sino para beneficio de las castas privilegiadas o prioritario contento de ciertos lobbies o esferas de influencia.

De modo que si queremos formarnos un juicio relativamente ecuánime sobre los actos de alguien, sin excluir los propios, es necesario dejarnos de gazmoñerías legales, pues tales códigos poco tienen que ver con la bondad, la justicia o la equidad. Esta falta de ecuanimidad que con demasiada frecuencia acompaña a una u otra legislación la percibimos todos (sea de modo consciente o inconsciente), y creo no equivocarme si digo que, por regla general, las incumplimos tanto más cuanto más arbitrarias o poco razonables se nos antojan. ¿Quién no ha infringido alguna vez un precepto legal a sabiendas? Parece difícil negar que casi todos lo hemos hecho, quizá incluso a menudo, sobre todo si nos parece justificado. El ejemplo prototípico -y basta con uno para validar mi argumento- es el de las normas de tráfico: saltarse un semáforo en naranja, rebasar en lo más mínimo el límite de velocidad o dejar de llevar un instante el cinturón de seguridad abrochado son actos tan ilegales, en esencia, como meter el ejército en el país del vecino, pues la categoría en estudio, a la que pertenecen tanto aquellas conductas como ésta, es de naturaleza binaria: sólo admite dos valores: cero o uno, legal o ilegal. Adviértase que no estoy comparando la gravedad de dos infracciones dadas, sino sólo determinando si existe infracción o no.

Hay un chiste que, pese a su dudosa elegancia, ilustra bastante bien lo que trato de exponer. Un hombre le pregunta a una mujer: “¿Pasarías la noche conmigo por diez millones de euros?”, a lo que ella responde, sorprendida: “¿Diez millones? ¿En serio? Pues… hombre, por diez millones supongo que sí”. Entonces él repregunta: “¿Y por diez euros?” “¡Diez euros! -exclama ella- ¿Pero quién te has creído que soy?” “No -concluye el hombre-, lo que eres ya ha quedado claro. Ahora sólo estamos discutiendo el precio”. Pues aquí es igual: quien admita haber vulnerado la ley ya está reconociendo el relativo respeto que le merece; lo demás es sólo discutir el precio.

Así, si lo que achacamos a Putin es la ilegalidad de la contienda en que se ha embarcado, deberíamos empezar por admitir que nosotros también hacemos a veces cosas ilegales, y a continuación preguntarnos qué bula tenemos entonces que a los demás les negamos. Porque una de dos: o aceptamos que se pueda actuar ilegalmente a criterio propio, o no lo aceptamos. De momento, es este punto el que me interesa dejar claro. La cuestión de la gravedad o consecuencias de cada infracción es  otra, viene después. Pero si la respuesta al dilema anterior es “sí” (¿y qué otra podría ser, ¡oh!, pecadores?), entonces tenemos un serio problema, pues la siguiente pregunta resulta insoslayable: ¿Con qué cánones determinamos cuándo deja de ser aceptable vulnerar la ley? O sea: ¿dónde ponemos la frontera? Unos dirán que en circular sin cinturón de seguridad y otros que en invadir Ucrania; y ambos podrán tener razón. ¿En qué grado de incumplimiento, pues, comienza lo intolerable? Para resolver esta cuestión no podemos llamar en nuestra ayuda al legislador: él ya hizo su trabajo al establecer los límites objetivos, medibles, a partir de los cuales la conducta es ilegal; si luego un ciudadano decide saltárselos a su propio criterio, él sabrá hasta dónde quiere llegar, pero tendrá que apencar con que otro ciudadano más atrevido tenga criterios distintos del suyo.

Se trata, en efecto, de una trampa que nos tiende nuestra naturaleza subjetiva: no tenemos más remedio que admitir que le concedemos a nuestro juicio y parecer el derecho a intervenir en conductas reguladas por la ley; pero, con dicha concesión -y confesión-, pierde su validez el infantil argumento de que “la invasión de Ucrania es ilegal”. A mí, por lo menos, no me sirve por sí solo para condenar a Vladimir Putin en mi fuero interno por su iniciativa bélica. Por eso creo indispensable, para saber qué pienso al respecto, enfocar la invasión desde el punto de vista de su posible legitimidad.

¿Pero cuál es la diferencia entre ambos conceptos?

2. Lo legítimo

De acuerdo con el DRAE, lo legítimo o lícito es lo que es justo, permitido, según justicia y razón. Una pobre definición, dicho sea de paso, del tipo tautológico a que tan acostumbrados nos tienen nuestros académicos, pues justo según justicia es una perogrullada que no aclara nada; pero al menos introduce dos elementos que, al ser subjetivos, establecen decisiva distancia con la legalidad: la justicia y la razón. Por su parte, María Moliner define lo lícito como aquello que es conforme a la moral, y lo legítimo como lo que es como debe ser y no puede ser censurado. Y estas definiciones son más interesantes aún, más útiles para tomar partido según nuestra conciencia en determinado asuno; que en el presente caso es el siguiente: ¿encuentro justa y razonable la intervención rusa en Ucrania?, ¿me parece moralmente censurable?

Como se ve, mientras que la legaliad no deja margen a la opinión, con la legitimidad no ocurre lo mismo, pues cada persona tiene su propia razón, moral y sentido de la justicia, necesariamente subjetivos. Pero esto no debe desanimarnos para resolver con sensatez la cuestión metafísica planteada, pues de otro modo correríamos el riesgo de juzgarla sólo de modo emocional, que es aún peor, puesto que las emociones son más manipulables que las opiniones. Y traigo a cuento la manipulación porque me temo que la mayoría de los ciudadanos occidentales estamos tomando partido contra Rusia, o al menos contra Vladimir Putin, dejándonos llevar por unas emociones astutamente provocadas (recuerde los edificios destrozados, el humo de los incendios, las rubias madres llorando, los churretosos niños de grandes ojos glaucos) por el eficacísimo aparato propagandístico del bloque atlántico, poniendo con sagaz maestría el foco del relato allí donde conviene a sus objetivos, desenfocando lo demás y censurando cualquier versión contrapuesta.

Así que, enfrentados ya con la subjetividad y siendo ésta distinta para cada individuo, quizá en el fondo todo se reduzca a una cuestión de coherencia personal, a guiar nuestro juicio para decidir si estamos, al menos, legitimados para deslegitimar. Y a tal fin no hay como tener la voluntad de informarse del contexto, conocer en lo posible todas las versiones y analizar el asunto con pensamiento crítico. Es absolutamente necesario sacudirse la pereza intelectual. En lo que a mí respecta, desde que comenzó este conflicto he aprendido algunas cosas que me hacen ser muy escéptico respecto a la monopolar narrativa oficial con que Occidente nos abruma; aunque obviamente me falta muchísimo por saber y bien puede ser que mañana un nuevo conocimiento me haga cambiar de opinión.

3. La posible legitimidad de Rusia

No tengo ni idea de qué pasará por la cabeza de Putin, pero se me ocurren algunas razones que podrían llegar a justificar la intervención militar que su gobierno ha ordenado en el Donbass.

Dado que Rusia encarna hoy, en buena medida, la continuación de la Unión Soviética en el tablero del poder mundial (aunque desde los años 90 abjuró del comunismo para abrazar la democracia capitalista), Estados Unidos sigue considerándola su principal enemigo. Obviamente, en Washington saben que el viejo coloso euroasiático no supone ya ningún riesgo para la seguridad de Occidente; pero EE.UU. necesita tener siempre algún terrible enemigo porque su prosperidad económica está basada en la guerra; por eso, para conservar su hegemonía mundial y su milimillonaria industria aramentística, nos presentan al resto de naciones una pavorosa imagen de Rusia y de Vladimir Putin como graves peligros a combatir. Pero la realidad es, me parece a mí, más bien la opuesta: son los EE.UU. y su organización bélica OTAN (injustificadamente mantenida tras la disolución de la URSS y continua y deslealmente expandida hacia el este desde entonces) quienes constituyen no un peligro potencial, sino una amenaza concreta, real, para la economía y existencia de Rusia, pues esta nación contiene, en sus inmensos territorios y costas, la mayor reserva de recursos naturales del planeta: valiosas materias primas, ubérrimas tierras agrícolas, gas, petróleo, oro, minerales raros, pesca, el dominio del Ártico…, y estas riquezas son ansiosamente codiciadas por las grandes multinacionales de la industria occidental, que sueñan con tenerlas a su disposición por cualquier medio. Así, en Occidente existe desde hace décadas el proyecto -o cuando menos el desiderátum- de fragmentar la Federación Rusa en varias repúblicas más pequeñas a las que poder luego controlar y explotar más fácilmente, para lo cual es preciso haber debilitado antes suficientemente al país, pues mientras Rusia sea una nación fuerte tal objetivo no puede llevarse a cabo. Sería muy conveniente, pues, sacar primero a Putin del Kremlin y provocar un cambio de régimen.

Súmese a lo anterior -¿y quién sabe si esto no es la clave última para entender lo que está ocurriendo?- la circunstancia de que la Rusia actual es el archienemigo del globalismo: su gobierno es conservador, apoya la religión, promueve valores tradicionales y es refractario a la agenda ideológica del “nuevo orden mundial” promovida por los poderes que ahora mismo deciden el destino de la mitad del planeta. Para ellos, Vladimir Putin es una china en el zapato, uno de los principales obstáculos para avanzar y llevar a buen término el programa global, abiertamente publicado por el Foro Económico Mundial de las élites financieras y las castas privilegiadas internacionales. Por eso les interesa acabar con su mandato.

Y es aquí donde Ucrania juega un papel esencial: un gobierno títere de Washington y dispuesto a cualquier hostilidad resulta una pieza clave, una palanca estratégica para ambos proyectos.

Desde la disolución de la URSS, Ucrania ha sido fuente de problemas para Moscú: su propia creación como Estado ex nihilo fue fruto de la polémica independencia de una república soviética étnicamente heterogénea cuyas diferencias regionales habían estado hasta entonces totalmente neutralizadas por su completo sometimiento al Soviet Supremo, pero que salieron a la luz y se convirtieron en un serio conflicto interno tras la independencia: mientras que las regiones del Donbass más Crimea eran mayormente rusófonas y generalmente rusófilas, el resto del país, con centro en Kiev (y más aún en Lviv), era muy eurófilo, algo rusófobo y con predominio del habla ucraniana (aunque la mayoría de la población es bilingüe y usa ambos idiomas indistintamente). Esta afinidad atlantista del centro-oeste ucraniano fue aprovechada durante años por los agentes del globalismo para agitar un sentimiento anti-ruso que culminaría en 2014 con un exitoso golpe de estado, promovido por EE.UU., para derrocar al gobierno democráticamente electo -y relativamente imparcial- que había y poner en su lugar a otro del gusto -por no decir títere- de Washington; momento desde el cual Ucrania se convirtió en elemento, o digamos herramienta, claramente desestabilizadora para Rusia y en un creciente peligro para su seguridad nacional. De hecho, no bien se impuso el nuevo gobierno, Kiev comenzó las hostilidades políticas, comerciales y sociales hacia su vecino, acompañadas del entrenamiento y armamento de su ejército por parte de la OTAN y seguidas de una sistemática represión hacia su propia población rusófila. No sin razón, la muy pro-rusa península de Crimea denunció la ilegalidad del nuevo gobierno y, con este argumento, realizó un referéndum regional para reincorporarse a la “madre patria”, que fue aprobado por la inmensa mayoría de los votantes. Huelga decir que Rusia acogió a sus antiguos hermanos con los brazos abiertos (quizá más por razones militares y estratégicas, fuerza es considerarlo, que por fraternidad).

Distinta suerte corrió el Donbass (los oblast de Donetsk y Lugansk), la otra región étnicamente rusa que también se rebeló contra el nuevo gobierno, pero en la cual el ejército ucraniano pudo impedir la secesión efectiva, empeñándose después a fondo en reprimir el levantamiento y en masacrar a la población civil, cuyas víctimas llegaron a superar la cifra de trece mil (sin que, desde luego, la prensa occidental les dedicara la menor atención). Y no piense el lector que se trataba de “víctimas colaterles”, no, sino que los civiles eran el objetivo directo de cañonazos y bombardeos. Existen en internet, para quien quiera buscarlas, abundantes imágenes y grabaciones de este horror. Para intentar dar solución política a esta contienda (más bien, matanza) se celebraron en 2014 y 2015 sendas rondas de negociaciones en Bielorrusia (con presencia internacional) de las que salieron los Acuerdos de Minsk I y II, en los que se pactaba el alto el fuego, Donetsk y Lugansk desistían de la secesión y Ucrania se comprometía a concederles un razonable grado de autonomía. Pero tales acuerdos no fueron respetados (hay versiones encontradas respecto a quién los rompió primero) y el asesinato de “simpatizantes de Rusia” por parte del ejército ucraniano continuó siete años más, hasta la actual “operación especial” del Kremlin. Y si bien durante todo este tiempo las dos autoproclamadas repúblicas (RPD y RPL) tuvieron sus ojos vueltos hacia Rusia en busca de apoyo político (que les fue concedido) y ayuda militar, ésta sólo les fue prestada de modo indirecto por Moscú, que prefería intentar una solución pactada con Kiev, o al menos eso parecía; y seguramente era verdad, porque, así como la “anexión” de Crimea se llevó a efecto sin disparar un solo cartucho, forzar manu militari la efectiva independencia de RPD y RPL implicaría entrar en guerra con Ucrania y, de rebote, quizá también con sus padrinos de la OTAN. Además, el gobierno ruso no ha mostrado en ningún momento interés en anexionarse el Donbass, como sí hiciera con Crimea. Pero, tras siete años de infructuosa política, decenas de miles de víctimas y terrible asolamiento en la región, el conflicto interno se había cronificado mientras que, por su parte, Kiev seguía incrementando su armamento y afianzando vínculos con la alianza atlántica, forzando así a Moscú, de modo indirecto aunque seguramente deliberado, a intervenir militarmente en favor de las repúblicas insumisas; que no otro era, seguramente, el propósito de Washington, pues todas sus actuaciones y decisiones al respecto durante los pasados años parecen apuntar a un intento de acorralar y provocar a Rusia para que diera el paso que Putin finalmente ha dado. En principio, el conflicto en Ucrania favorecía sobre todo a los intereses de EE.UU.

Piense uno lo que quiera, es innegable la creciente preparación de Ucrania por parte de la OTAN para convertirla en su aliado estratégico (si no en miembro de pleno derecho), con ejercicios militares y centros de mando conjuntos, entrenamiento de su ejército y envío de armamento bastante -sin descartar el nuclear- para poder intimidar a Rusia y condicionar su política; eso por no hablar de los laboratorios de guerra química y biológica que están saliendo a relucir (aunque este asunto está aún por aclarar). Moscú lleva muchos años intentando que Occidente atienda a sus repetidas y más que razonables exigencias sobre garantías de seguridad y advirtiendo de que no toleraría pasivamente nuevas expansiones atlantistas que pusieran en mayor peligro su soberanía e integridad; pero tales exigencias fueron siempre rechazadas -si no ignoradas- por “USEuropa”.

Por otra parte, en esta situación no deja de tener su peso la herencia fascistoide de decisivos cuadros del gobierno y ejército ucranianos: el famoso “regimiento Azov” (aunque hay otros dos de la misma índole). Vaya por delante que, para mí, este argumento es sólo una nota de color. y que yo no agito el espantajo del nazismo: nunca he creído en ese trillado fantasma, lugar común al que se acude desde hace décadas para calificar cualquier opción política contraria a la propia. Pero yo, claro, no soy ciudadano de una nación que puso veinticinco millones de muertos luchando contra Hitler. Los rusos, en cambio, sí, y parece comprensible que se agiten sus emociones y pongan todo su empeño en eliminar del país vecino el culto a uno de los más sádicos colaboradores nazis que hubo durante la SGM (Stepan Bandera) y al régimen que le costó a Rusia tan desorbitado derramamiento de sangre. La existencia en la Ucrania de nuestros días de un filo-nazismo formal resulta en principio muy poco plausible, y yo mismo me resistía a creerla; pero tras ver la abundante información audiovisual al respecto, de manifiesta verosimilitud, que circula por internet, he tenido que rendirme a la evidencia. Ahí está para quien quiera verla, pero no la busque el lector en Youtube.

4. Legitimidad para deslegitimar

Habida cuenta todo lo anterior, quizá no sea al fin y al cabo tan ilícita, tan injustificable, una operación militar encaminada a asegurar la supervivencia propia. Dudo mucho que el afán de Putin sea -como nos cuentan- el de extender los dominios rusos, recrear la URSS, reincorporar Ucrania a su territorio o siquiera anexionarse el Donbass. Rusia es el país más extenso del planeta: tiene territorios de sobra y no necesita más. Yo más bien me inclino a pensar que sus objetivos reales se alejan muy poco de los oficialmente manifestados: conservar la Crimea de los rusos para los rusos, neutralizar el creciente y amenazador potencial militar de su belicoso vecino como aliado de la OTAN, y acabar con la represión étnica de la población hermana en las repúblicas de Donetsk y Lugansk.

No bien he escrito “población hermana” ya estoy viéndolo a usted, lector, levantando una ceja y poniendo cara de escéptico, pues no sin fruto lleva lustros escuchando que Putin es la reencarnación de Satán, un corrupto y codicioso político que no piensa en su pueblo, disfruta sádicamente asesinando civiles y se come a los niños crudos. Es posible. Pero seamos pragmáticos: personalmente, en el fondo se me daría una higa que mi presidente fuese antipático o cínico, tuviese el alma negra o estuviese devorado por la avaricia; lo que más me importa son sus actos y las consecuencias que éstos tengan para mi nación primero, para las otras después. Intentemos ser realistas: un político de honestidad intachable es una utopía. En un mundo donde la corrupción institucional es la norma general, quizá deberíamos conformarnos si quien lleva las riendas de nuestro pueblo no es peor que sus rivales, e incluso aplaudirlo si, de sus actos, se deriva un tablero del poder mundial menos desequilibrado y monopolar. ¿Sería la Tierra un lugar mejor con EE.UU. como dueño único, indiscutible y eterno de ella? ¿Es Ucrania un país mejor con el títere Zelenski que con el derrocado Yanukovich? ¿Será Rusia más próspera cuando el globalismo le imponga un presidente de su cuerda?

Pero estoy divagando y toca ya concluir. Sean cuales fueren las intenciones verdaderas de Putin, la cuestión final es simple: ¿quién está legitimado para deslegitimar? Porque, de todos los países del mundo, EE.UU. es con diferencia el que menos solvencia moral tiene para condenr a Rusia o a su dirigente. Si esa condena -y las mil sanciones que la acompañan- viniera liderada por algún estado que no hubiera roto un plato en toda su existencia, seguramente me sentiría más inclinado a aceptarla; pero en modo alguno acepto la de EE.UU., acaso la nación más belicosa de la historia de la humanidad. El rol de países a los que el “Imperio de la Mentira” ha hecho la guerra o en los que ha intervenido con una excusa u otra (aunque sin más motivo real que una inagotable ambición económica ni más fin verdadero que la hegemonía financiera y mundial) es abrumador: Yemen, Libia, Siria, Irak, Uganda, Somalia, Pakistán, Afganistán, Golfo Pérsico, Bosnia, Kósovo, Haití, Panamá, Irán, Líbano, Camboya, Korea, Nicaragua, Vietnam… Sólo desde la Segunda Guerra Mundial, USA ha iniciado más del 80% de las contiendas que ha habido en el planeta; siempre, además, impunemente y lejos de sus fronteras, pues cuenta con una ubicación geográfica privilegiada que lo pone fuera del alcance de cualquier potencial ataque enemigo. Desde su misma fundación en 1776, sólo ha permanecido el 15% de su historia sin participar en ninguna guerra, y en ella se basa su prosperidad. Su matonismo pan-nacional es insufrible; su papel de “policía mundial” es auto-otorgado y cínico hasta la náusea. Así que, ¿quién es Estados Unidos para condenar a nadie por guerrear?

Tal vez alguien me diga: “Ya, pero es que yo no soy EE.UU., sino un pacífico ciudadano de a pie que nunca ha hecho daño a nadie, así que tengo solvencia moral para deslegitimar a Vladimir Putin.” Tal vez, tal vez; pero se da la circunstancia de que esa opinión de usted no proviene, seguramente, de su propio caletre, sino que le ha sido inducida por la abrumadora propaganda -a menudo inadvertida- en que Occidente, liderado por EE.UU., lo ha sumergido, impidiéndole además, mediante la más arrasadora y desvergonzada censura que ha conocido la tan cacareada “libertad de expresión”, acceder siquiera a fuentes de información alternativas donde pudiese encontrar otras razones y argumentos. Quizá va siendo hora de abandonar esa pereza intelectual a que me he referido y empezar a pensar por nosotros mismos.

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Valencia-Donbass connection

Mucho se ha comparado últimamente el caso del Donbass en Ucrania con el de Cataluña en España, equiparando a aquellos rusohablantes “separatistas” con nuestros secesionistas catalanoparlantes y asimilando Ucrania con España y el Donbass con Cataluña. Pero me parece a mí que tal comparación es bastante desacertada, pues los contextos y antecedentes en ambos casos son esencialmente distintos. En su lugar, yo defiendo una comparación alternativa, y para ilustrarla propongo al lector un pequeño ejercicio de imaginación.

Supongamos que Cataluña, en su ambición expansionista y aprovechando por enésima vez la patológica debilidad de los gobiernos centrales de España, consiguiera de uno de ellos, bajo cualquier pretexto histórico y con la indispensable palanca de nuestra ley electoral, que la Comunidad de Valencia pasara a formar parte de la autonomía catalana. Repito que es un suponer. Si tal evento llegara a darse, lo probable es que, vencidas las lógicas protestas y revuelos iniciales, a la larga se consolidaría el nuevo statu quo: una región habría crecido a costa de otra políticamente más débil, pero el territorio y la unidad española habrían quedado íntegros, que se supone es lo principal. Valencianos y catalanes seguirían siendo españoles, como antes, sólo que ahora formarían una única autonomía. Es probable incluso que muchos valencianos llegasen a encontrar ventajoso el cambio, al menos económicamente -pues ahora disfrutarían de todos los privilegios que tiene Cataluña- y se conformasen con él.

Imaginemos ahora que, unos años o lustros más tarde, por esos avatares históricos y revoluciones de color tan arteramente impulsadas por ciertos sospechosos filántropos, Cataluña lograse por fin su ansiada república independiente… llevándose consigo a lo que antes había sido Valencia; y que una de sus medidas como nación soberana fuese eliminar la oficialidad del español y el valenciano en todo su territorio, y que además enviase a su ejército a masacrar a los insurgentes que, con toda probabilidad, se sublevarían porque una cosa era ser español incorporado a la comunidad catalana y otra muy distinta dejar de ser español y adquirir, por tejemanejes políticos, una nueva nacionalidad.

Seguramente el lector avisado ya vislumbra por dónde voy, pero concluyo: Sigue leyendo →

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El país más saludable del planeta

Cuando escuché que Netflix iba a dejar de emitir en Rusia, lo primero que pensé fue: “¡Ah!, ¿pero es que el Kremlin permitía esa emisión? ¡Qué imprudencia!”

A ver: me considero un entusiasta de la libertad y enemigo de prohibiciones y censuras. Creo en el libre mercado y, en principio, soy partidario de que todo el mundo tenga acceso a los bienes y servicios que quiera y pueda; y esto pese a que, en general, la capacidad de la gente para elegir lo que más le conviene suele dejar mucho que desear. Para mí, lo ideal sería que la libertad de elección viniese acompañada de una adecuada educación o, al menos, información… Pero creo que estoy divagando y entrando en un debate muy complicado. De momento, básteme decir que, por mí, si alguien elige ver determinado canal o contenido online, pues que lo vea.

Ahora bien, cuando pienso en Netflix (o Amazon Video, HBO, Disney Channel, DW, etc.), confieso que mi creencia en la libertad flaquea un poco y dejo de estar seguro de hasta qué punto la antepongo a cualquier otra consideración. Y no es porque las producciones de esos proveedores sean peores que infinidad de otras que circulan por ahí,

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Buscando el casus belli

Vista la enorme superioridad militar del ejército ruso sobre el ucraniano, parece claro que, por mucho armamento y mercenarios que éste reciba de la OTAN, sin la intervención directa de las tropas atlánticas en el conflicto será totalmente inevitable que Vladimir Putin acabe imponiéndose sobre Volodimir Zelenski; es decir, sobre Joe Biden. Si esa intervención no se produce, de nada les servirá a los soldados ucranianos, con su regimiento Azov declaradamente neonazi, secuestrar a la población civil -por el procedimiento de impedir su pactada evacuación- para protegerse tras ella frente a las tropas rusas, que tienen órdenes rigurosas de minimizar las víctimas civiles; ni les servirá de nada, como no sea para aumentar las muertes y el sufrimiento de la población, las sucesivas remesas de munición y material bélico que tan hipócritamente les enviamos los países de la Alianza no para que tengan una posibilidad de vencer a su enemigo, sino para que resistan todo lo posible y el enfrentamiento se prolonge lo suficiente como para que el pueblo ruso, que es quien injustamente padece el embargo occidental, se levante contra Putin y reclame un cambio de régimen; pues este es, y no otro, el verdadero objetivo de sus verdaderos enemigos.

Pero la mencionada victoria rusa significaría, de hecho, nada menos que la derrota del imperialismo norteamericano y sus vasallos europeos, amén de un duro revés al globalismo, pues, no nos engañemos, lo que de verdad se dirime aquí no es una Ucrania de más o de menos, sino la supremacía occidental sobre Rusia, esa nación rebelde que no quiere doblegarse ante Usa, el Nuevo Orden Mundial, los designios del Foro de Davos o la Agenda 2030, que todo viene a ser lo mismo. Como ha dicho con gran acierto un analista político, “Estados Unidos va a luchar contra Rusia hasta el último soldado ucraniano”. Y es aquí donde residen mis más aciagos presagios, porque ¿cómo va a tolerar Usa tal derrota sin precedentes?; ¿cómo consentir que Putin le doble el brazo a Occidente? Que el dirigente eslavo se salga aquí con la suya equivale, literalmente, al principio del colapso de la dominación mundial useña, al fin del dólar como moneda de intercambio universal, a un cambio radical en el status quo de las relaciones comerciales internacionales, a la esterilidad de imponer sanciones económicas sobre un país con recursos propios y, en fin, al ridículo mundial más vergonzoso en la historia del arrogante supremacismo useño. ¿Como creer, pues, que el imperio con el ejército más poderoso del planeta vaya a permitir que tal cosa suceda? Porque Putin se saldrá con la suya si el imperio no lo impide; y eso: que se decida a impedirlo, es lo que más miedo me causa.

O mucho me equivoco -y sabe Dios cuánto deseo equivocarme-, o dentro de poco la OTAN se procurará cualquier casus belli para justificar su intervención militar en el presente conflicto, aunque para ello tenga que traspasar la peligrosa y frágil frontera de las hostilidades bélicas contra Rusia, probablemente realizando una operación de falsa bandera; lo cual significaría el inicio de una contienda en toda regla entre ambos ejércitos, es decir una guerra mundial que, por desgracia, puede escalar muy fácilmente a nuclear, con las devastadoras consecuencias que todos imaginamos. De hecho, mientras que ya algunas voces en Occidente empiezan a gritar: “¡Pero debemos hacer algo!” (y hacer algo sólo puede significar una escalada bélica), el ministro de defensa ruso ha alertado de un supuesto plan ucraniano para atentar sobre diplomáticos useños y europeos en Lviv y culpar de ello a Rusia, de cara a conseguir que la OTAN se involucre en la guerra.

Mi única esperanza de que este peligro se conjure y la situación no desemboque en el desastre atómico total reside en que la Agenda Globalista, la que profetiza -y procura- el final de Usa como primera potencia mundial para el año 2030, se imponga sobre la Agenda Hegemónica de ese mismo país, en cuyo caso bienvenido sea, por una vez, aquel proyecto. Pero mi ignorancia sobre los entresijos del poder no me permite imaginar cómo puede esto lograrse, habida cuenta de que, hasta donde creo saber, ambas agendas coinciden actualmente en uno de sus objetivos, que es acabar con Rusia, a quien tanto la una como la otra consideran un fuerte estorbo a sus respectivos proyectos. Y así las cosas, sólo puedo, glosando la letra de aquella canción de Sting, confiar en que los occidentales también amen a sus hijos.

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La Dirección General de Tráfico es ahora un agente comercial

Hace cosa de un año el fabricante de mi automóvil hizo una campaña para que los propietarios de cierto modelo, entre los que me hallo, pasáramos por alguno de sus talleres para que nos efectuaran en el vehículo una “actualización gratuita del software del motor” que, supuestamente, mejoraría su eficiencia. La carta que recibí (por correo ordinario) venía remitida no por la casa, sino por la Dirección General de Tráfico; y como no me pareció lo bastante importante para molestarme en ir al concesionario, la dejé pasar.

No obstante, meses después la DGT me envió la misma carta pero por correo certificado, con el correspondiente sobresalto por mi parte (pues es sabido que los certificados de Tráfico no suelen traer buenas noticias). Tras leerla, la tiré también a la papelera. Pero ahí no acabó la cosa, porque al cabo de un trimestre me llegó otra, también certificada; y otra más al trimestre siguiente, con el mismo tipo de envío. Todas con idéntico contenido, indicándome que me acerque por un taller-concesionario de la casa para la propuesta “actualización”. Y me parece que la broma pasa ya de castaño oscuro.

Y pasa ya de castaño oscuro porque, en primer lugar, me surge la siguiente pregunta: ¿Quién paga estos envíos? Mal está que la DGT se haya convertido en agente comercial de la industria automovilística y acose a los propietarios con envíos estacionales de cartas certificadas que, amén de hacernos perder el tiempo con su recogida (si no estábamos en casa cuando llegó el cartero y nos dejó el temido aviso amarillo), nos pegan un buen susto, pues aún no conozco a quien no se le encoja el corazón cada vez que recibe una notita de Tráfico. Con una única carta, y por correo ordinario, habría sido suficiente: muy bien, me doy por enterado y ya iré al concesionario si me interesa y tengo ganas. ¿Por qué mandarla repetidas veces? Peor aún si, como es el caso, ni siquiera se trata de una modificación o sustitución que afecte a la seguridad del coche.

Aun así, esta práctica comercial podría tener un pase si los envíos los pagase la marca, que es, al fin y al cabo, quien intenta quedar bien con sus clientes; pero mucho me malicio que no, que esto lo paga el contribuyente con sus impuestos, pues no veo yo a la DGT pasándole al fabricante la factura de Correos para que la abone. Además, ¿cuántas cartas están dispuestos a mandar a quienes, como yo, aún no hayamos pasado por el concesaionario? ¿No cesarán hasta conseguir que todos visitemos el taller?

Y en segundo lugar porque, precisamente debido a esa insistencia, me hago también esta otra pregunta: ¿Por qué tanto interés en que le hagamos al coche esa “actualización”? Ya me di por enterado con la primera carta y les puse una buena nota: ¡Qué estupenda marca es la de mi coche, que siguen trabajando para mejorar mi coche y me lo actualizan gratis! Pero tanta porfía ya me pone la mosca detrás de la oreja y me hace pensar mal: ¿En qué consistirá ese nuevo software para que le resulte tan importante a la casa?; ¿se trata sólo de mejorar el rendimiento del motor, o hay detrás algún fin más turbio? ¡Vaya usted a saber!

Sea como fuere, me parece muy inadecuado que la Dirección General de Tráfico se preste a estos jueguecitos. Vale que colaboren si se tratase de que el fabricante hubiera detectado, en cierto modelo, un problema que comprometa la seguridad vial, pero de ahí a hacerle el trabajo comercial a la industria del automóvil hay una gran diferencia. Creo que la función de la DGT no es esa; o no debería serlo.

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Cui prodest bellum

Cualquiera que sea el resultado de la “operación militar especial” rusa en Ucrania, esto podemos dar por seguro: el electorado de la Europa atlantista quedará persuadido de la absoluta necesidad de la OTAN y -relegando al olvido cualquier idea de disolver una alianza que, en puridad, perdió su razón de ser hace ya más de tres décadas- dará carta blanca a sus gobernantes para embarcarse en enormes incrementos del presupuesto militar en sus respectivos países. Con la disculpa de que necesitamos perentoriamente defendernos del oso ruso, los miembros europeos de la OTAN gastarán en material bélico fabulosas cantidades de dinero extra que saldrá, por supuesto, del bolsillo de los contribuyentes. Ya el canciller Shcolz ha anunciado su intención de aumentar el gasto militar de Alemania en unos cien mil millones de euros para el próximo año. Los demás países de la Alianza a este lado del Atlántico harán, en mayor o menor medida, otro tanto; e incluso el muy pacifista gobierno de Pedro Sánchez se verá presionado para aumentar nuestro presupuesto de defensa, mal que les pese -al menos de boquilla- a sus socios comunistas.

Y una buena mitad de la multimillonaria cifra que Europa puede llegar a gastar durante los próximos años en armamento, tecnología y material bélicos irá a parar a las arcas del Tío Sam, que será quien nos venda gran parte de los juguetes letales para indecible alegría de las élites financieras y el complejo militar-industrial estadounidense, el llamado Deep State; los mismos poderes, por cierto, que promovieron el golpe de estado en Kiev en 2014 (disfrazado de revuelta espontánea popular) para derrocar al presidente legítimo de Ucrania y colocar en su lugar títeres que, como el actual Volodimir Zelenski, siguen las directrices de Washington.

Hay, además, una segunda consecuencia que podemos dar también por segura: los futuros del gas y del petróleo (que determinan los precios presentes) se mantendrán en máximos históricos durante muchos meses (y esto pese a que, paradójicamente, la demanda mundial actual de dichas materias primas es menor que hace unas semanas), lo cual hace que vuelva a ser rentable para Estados Unidos poner en marcha otra vez -lo están haciendo ya- su contaminante industria de extracción de hidrocarburos por el costoso método del fracking, y cuya producción le compraremos los ingenuos europeos a precio de oro en detrimento del gas y petróleo que, bastante más baratos, pueda vendernos Rusia. Pero, como ha dicho doña Úrsula von der Leyen, “El sacrificio por la libertad y nuestros hermanos ucranianos tiene un precio también para Europa, y debemos estar dispuestos a pagarlo”. En resumidas cuentas: aún más mercado y beneficios para el coloso americano.

Así las cosas, si aplicamos ahora al conflicto armado en Ucrania la regla principal del análisis político: “¿qui prodest?” y vemos que el único ganador, o al menos el principal, es Estados Unidos, va de suyo sospechar -si no afirmar categóricamente- que, contra lo que los gobiernos de Occidente y sus asalariadas terminales mediáticas quieren hacernos creer, esta guerra ha venido gestándola desde hace tiempo el mencionado beneficiario. Gas, petróleo y armas (amén de otros turbios objetivos globalistas o hegemónicos que no me siento capaz de analizar) son poderosas y más que suficientes razones para que la Casa Blanca haya venido desdeñando desde hace años las razonables y legítimas exigencias del Kremlin respecto a la neutralidad de Ucrania, y para que, una vez colocada -con dudosa legalidad- en el despacho oval esa otra marioneta del Deep State que es Joseph Biden, vengan desde entonces empujando disimuladamente a Vladimir Putin hacia el temerario paso que finalmente ha dado. Paso que, por otra parte, no es más que una profecía autocumplida por parte de EE.UU: acosar al oso con un pelotón de cazadores y, cuando por fin el oso da un zarpazo, justificar el acoso. Quizá Rusia no suponga para Occidente más peligro que el que éste crea manteniendo la OTAN y sitiando con ella a Rusia.

Gas, petróleo y armas son poderosas razones también para que esta intervención en Ucrania se prolongue mucho más de lo imprescindible, pues asistimos a la absurda contradicción de que, en lugar de interponernos para que cesen las hostilidades entre dos que se pelean, o en lugar, incluso, de intervenir militarmente y sin hipocresías, arriesgando nuestro propio pellejo, a favor de aquél a quien percibimos como más débil y “justo”, lo que hacemos es suministrarle armas a punta pala y respaldarlo “moralmente” con sanciones a su enemigo de tal manera que nuestro favorito no deponga las armas ni salve la vida, sino que se desangre poco a poco durante el mayor tiempo posible, no porque lo queramos mal, sino porque beneficia inmensamente al Tío Sam, aunque perjudique a su protegido.

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Indefensión del paciente maltratado. V: La indefensión

(Viene de aquí)

Así, armado con esta confirmación judicial del maltrato recibido, el paciente hizo un nuevo intento para que dicha conducta fuese sancionada, dirigiéndose al efecto una vez más, mediante sendas cartas, a quienes tan poco crédito le habían otorgado hasta el momento: Antonio Sanz Marca, director del hospital Parque Vía de la Plata, y Pedro Hidalgo Fernández, presidente del Colegio de Médicos de Badajoz. En ellas, solicitaba la reapertura del expediente disciplinario contra el siquiatra. Pero ambos destinatarios, desentendiéndose de la insoslayable realidad que los hechos acreditados ponían de manifiesto, no se dignaron siquiera acusar recibo de esta nueva solicitud, pese a la responsabilidad que podría caberles si, dejando impune la conducta descrita en la sentencia, su autor la repitiese de modo semejante -o peor- con otros enfermos.

En vista de este silencio, el paciente acudió por último, en busca de amparo, a quienes estaban en condiciones de ofrecerle alguno, y presentó dos nuevas reclamaciones: una ante la compañía Segurcaixa Adeslas (como asegurado de la cual había acudido a tan malhadada consulta), responsable última de la calidad del servicio médico prestado a sus clientes, y otra ante la Consejería de sanidad y servicios sociales de la Junta de Extremadura, garante de los servicios sanitarios y derechos del paciente en dicha comunidad; pero nuevamente sus denuncias fueron desoídas, pues ambas instancias “echaron balones fuera” y se desentendieron del caso. Adeslas respondió con un incoherente escrito, firmado por Juan Romero Cadaval (jefe del Servicio de atención al cliente en Badajoz), en que venía a aducir que los centros y profesionales concertados trabajaban bajo su propia responsabilidad -lo cual es cierto-, sin someterse al control y los criterios de la aseguradora, lo cual es perfectamente absurdo, ya que Adeslas siempre puede eliminar de su cuadro a un médico del que tenga acreditada queja, y por tanto los profesionales concertados sí tienen que someterse, directa o indirectamente, a los criterios de la aseguradora; así que sostener lo contrario tiene poco sentido. Por su parte, Laureano Marín Lencero, médico jefe del Servicio de inspección sanitaria de la Junta de Extremadura, se lavó las manos mediante un argumento de escaso o nulo rigor jurídico, aduciendo que no procedía resolver ninguna actuación investigadora al respecto porque “la discrepancia” (sic) en la atención sanitaria dispensada por el siquiatra había sido “dilucidada a nivel judicial”, lo cual resulta falaz, toda vez que lo así “dilucidado” no fue discrepencia alguna, sino la posible comisión de un delito de coacciones contra el facultativo; asunto éste muy distinto -por mucho que hubiese una conexión- del elevado por el paciente al Servicio de inspección sanitaria: a saber, la acreditada falta de respeto del siquiatra para con él. Así que, mediante esa evasiva respuesta, el Sr. Martín Lencero dejaba de manifiesto su escasa voluntad de ocuparse de tan intolerable conducta médica, pese a que dentro de las competencias de su Consejería entra la supervisión de la calidad de los servicios médicos en los centros públicos y concertados.

Conclusión:

La indefensión en que se hallan los usuarios de los servicios médicos en España es total. Como se ve en el caso aquí relatado, ni el colegio profesional, ni la dirección del hospital, ni la compañía aseguradora, ni el gobierno autonómico tuvieron interés en corregir, o al menos tomar en consideración, el inaceptable trato deparado a un enfermo por parte de su propio siquiatra, aun tras haber quedado acreditado tal dato según descripción judicial. Pero la indefensión no quedó ahí, porque lo cierto es que, pese a ser la salud asunto tan absolultamente prioritario en la percepción popular y no cesar de confirmar su importancia todos nuestros políticos, ora para inflar o adornar sus discursos, ora para elogiar hasta el rubor las excelencias de un sistema sanitario cada vez más en entredicho, no hay en nuestras administraciones públicas un solo organismo, negociado, observatorio u oficina que tenga como misión específica la defensa del paciente.

Ahora, eso sí: desde los medios de comunicación no cesan de influir para que nos alineemos con la omnipotente corporación médica y sus plañidos por las agresiones que ellos sufren a manos de sus pacientes, mientras los poderes públicos no escatiman ninguna medida para “proteger” a los médicos de quienes, en realidad, se encuentran a merced de éstos, e infinitamente más indefensos. Y si ya es bastante deplorable -aunque en cierto modo coherente- que esto suceda con gobiernos de corte liberal, supuestamente más proclives a favorecer los intereses de castas privilegiadas aun en perjuicio del ciudadano de a pie, que suceda lo mismo con gobiernos de pretendido énfasis social que dicen defender a ultranza los intereses de “la gente” supone, además, una grosera burla.

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Indefensión del cliente maltratado. IV: La sentencia

(Viene de aquí)

Mientras el hospital Vía de la Plata y el Colegio de Médicos de Badajoz contribuían, con su inacción, a que el tiempo fuese borrando las huellas y el recuerdo del maltrato deparado por el siquiatra a su paciente, tuvo lugar la vista oral del juicio seguido contra éste a partir de la denuncia penal que -para mayor infamia- fue interpuesta contra él; y recayó la correspondiente sentencia, que fue absolutoria. La denuncia era tan poco digna de crédito que, pese a haberse presentado la acusación en juicio acompañada de un testigo para declarar contra el paciente -en tanto que éste no contaba con testimonio alguno a su favor-, el juzgador no pudo sino resolver su absolución. De hecho, el propio denunciante pudo haber contribuido a que recayese esta sentencia desestimatoria, pues en la vista oral dio muestras de su atrabiliario carácter enfrentándose con manifiesta hostilidad al defensor del denunciado.

Más aún: del propio tenor de la sentencia se desprendía, como derivada directa, la deplorable profesionalidad del médico, pues, entre otras cosas, en su texto el juez establecía como acreditado que existió “una falta de respeto recíproca entre ambas partes […] a todas luces reprochable moral y socialmente, a la par que inaceptable“; viniendo con esto a confirmar, en buena medida, la existencia del indigno trato originalmente denunciado por el paciente. Y el hecho de que un juez, en un pronunciamiento, calificase de ese modo la conducta del siquiatra debería haber sido de trascendencia decisiva para el Colegio de Médicos y Hospitales Parque, en tanto reforzaba, con valor jurídico y legal, lo que hasta entonces se habría podido considerar sólo como la mera palabra de un paciente -sin presunción de veracidad- contra un miembro de dicho colegio y empleado de dichos hospitales -con presunción de inocencia-; y si la conducta del especialista fue reprochable e inaceptable moral y socialmente, con más razón lo sería ética y profesionalmente. Bien es cierto que, careciendo -insistimos- de testimonios a favor del paciente, el juzgador afirmó de éste otro tanto (la falta de respeto -sentenció- fue recíproca); pero tal circunstancia, aunque fuese verdadera, no habría justificado ni excusado el inaceptable proceder del facultativo, pues cuando se produjo el incidente los roles de denunciante y denunciado no eran equiparables: no se trataba de dos ciudadanos cualquiera enzarzados en una disputa, sino de médico y paciente; y estando el segundo bajo los cuidados clínicos del primero, tenía éste la obligación laboral y profesional, no condicionada a reciprocidad, de procurar el bienestar de aquél y tratarlo con respeto y calidad humana, como dispone el código deontológico.

En concreto, al proferir ofensas y amenazas contra un enfermo, el colegiado estaba vulnerando no uno, sino varios preceptos del código que debe regir su conducta; a saber: el deber de anteponer la salud del paciente ante cualquier otra conveniencia (art. 5.3), el deber de no perjudicarlo jamás en modo alguno (art. 5.4), el deber de guardar las formas y observar una conducta adecuada (art. 8.1), el deber de tratar al enfermo con corrección y delicadeza (art. 9.2), la prohibición de estigmatizar al paciente psiquiátrico (art. 13.4), evitar que las quejas del paciente afecten a la relación o a la calidad de la atención prestada (17.2) y la obligación de prestar una atención de calidad humana (art. 21.2).

(Continúa…)

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Una media verdad es una mentira completa: La variante Ómicron, inmunidad cruzada y la inventada ilusión de un virus sin precedentes

(NOTA: esta entrada es la traducción literal de este artículo publicado por Julius Ruechel. Donde habla de “nuestras instituciones”, “nuestros funcionarios”, etc., se refiere a Canadá, salvo que del contexto se infiera otra cosa. El lector sabrá si es extrapolable a su propio país. Con la palabra “coronavirus” se refiere a toda esa familia de virus. Para especificar, utiliza “SARS-CoV-2”.)

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Un estudio publicado en medRxiv el 2 de diciembre de 2021 (preimpresión) encontró que: “los indicios a nivel poblacional sugieren que la variante ómicron lleva asociada una significativa habilidad para evadir la inmunidad adquirida tras una infección anterior”. A primera vista, esto parece en directa contradicción con el elevado número de estudios recientes que demuestran una inmunidad duradera al covid tras una infección natural (más de 141 estudios hasta la fecha). ¿Cómo pueden ambas cosas ser ciertas?

Entretanto, otro estudio publicado en medRxiv (preimpresión) el 8 del mismo mes confirmaba que la variante Ómicron está escapando a la vacuna, lo cual significa que la hornada actual de vacunas no es capaz de neutralizarla. Mala suerte para quienes llevan ya tres dosis del elixir mágico: de vuelta a la casilla de salida.

Pfizer ya ha asegurado al mundo que puede tener lista una vacuna Ómicron para marzo del 2022. El director de BioNTech ha confirmado que la vacuna Ómicron será de tres dosis. Y en una entrevista en el Wall Street Journal, cuando preguntaron al director de Pfizer si es una buena noticia que la variante ómicron se contagie más rápido pero sea menos nociva -y por tanto ofrezca una salida a la crisis vía inmunidad natural-, respondió que no sería buena noticia porque más contagios pueden significar más mutaciones (o sea, nuevas variantes). Sí: en efecto, le preguntaron a un fabricante de vacunas si la inmunidad natural podría proporcionar una solución alternativa para acabar con la pandemia (ahí no hay conflicto de intereses). Por supuesto dijo que no. Por supuesto la excusa es… el riesgo de más “variantes”. Y por supuesto la única solución que le parecía viable es… más vacunas. No dejemos que el espejismo de una crisis se desperdicie, ¿eh?

Y en el colmo de la demencia, la FDA ha pedido ahora a un juez federal que prolongue hasta 2096 el secreto de todos los datos e información que usó para autorizar la vacuna covid-19 de Pfizer (¡75 años!). Nuestro mundo está manejado por payasos.

Hay momentos en que los mensajes de la sanidad pública durante la covid me recuerdan a esa conocida parábola de los ciegos y el elefante, en que unos ciegos discuten sobre la esencia de un elefante basándose en los granos de verdad que podían tocar con sus manos, pese a no poder ver al animal completo que tenían enfrente. Pero no vivimos una inofensiva parábola. Nuestros funcionarios de sanidad, productores de vacunas y medios de comunicación están manipulando nuestra percepción de la realidad. Están intentando impedirnos ver el elefante mediante deliberadas simplificaciones, medias verdades y hechos fuera de contexto para crear (y explotar) el espejismo de un peligro sin precedentes. Las mentiras más dañinas se forjan sobre una distorsión de la verdad.

Así que es hora de darse otra zambullida en la evolución de las variantes y en las sutilezas de nuestro sistema inmunitario para adquirir cierta perspectiva…

Figura 1: Los ciegos y el elefante: el exceso de simplificación oculta el cuadro completo. Pero a diferencia de los ciegos de la parábola, las medias verdades dichas durante la covid provienen de quienes conocen la mentira completa pero quieren evitar que veas todo el elefante.

Índice

 

Despejando las contradicciones: ¿cómo puede la inmunidad natural ser duradera y no proteger contra la variante del próximo año?

Imaginemos que te infectaste con la cepa original del virus SARS-CoV-2 que salió de Wuhan. Ahora tu sistema ha aprendido a proporcionarte inmunidad natural… contra la cepa original de Wuhan. La presente hornada de vacunas también está basada en dicha cepa. La variante Alfa es genéticamente muy similar, así que tu sistema la reconocerá y neutralizará también. Pero a medida que se acumulan las mutaciones, a tu sistema le resulta más y más difícil reconocer y neutralizar las nuevas variantes, ya que se desvían cada vez más, genéticamente, de la que te infectó. Puede que tengas inmunidad duradera a la variante Alfa pero sólo inmunidad cruzada parcial a la variante Lambda, y así sucesivamente. Cuanto más deriven genéticamente las nuevas variantes respecto a la que tú has pillado, menos efectiva será tu respuesta adaptativa inmune para neutralizarlas.

Figura 2: La inmunidad previa se hace menos y menos efectiva según evolucionan las nuevas variantes.

Ojo: este es un problema distinto -y agravante- de la gradual atenuación de la inmunidad que discutí en mi último libro Autopsy of a pandemic. Para ser claro: hay dos cuestiones independientes que afectan a la capacidad de nuestro sistema inmunitario de protegernos contra una reinfección: 1) la atenuación de la inmunidad según el sistema olvida gradualmente su “aprendizaje” y 2) el asunto de la deriva genética, la cual permite a las variantes que vayan apareciendo con el tiempo escapar a nuestra inmunidad auque aún la conservemos respecto a una variante anterior.

Con un virus de mutación rápida como los coronavirus, es sólo cuestión de tiempo que alguna nueva variante sea capaz de empezar a reinfectar a las personas aunque hayan adquirido inmunidad duradera mediante una previa infección (o mediante la vacuna; trataré ese enredo en un momento). Esto se llama fuga inmune. Así que, a partir de cierto punto, dicha inmunidad duradera es irrelevante porque el virus se ha apartado de lo que tu sistema aprendió a hacer. La única forma de evitar que nuestro sistema inmunitario adaptativo se quede desfasado de la eterna correa sinfín de las nuevas variantes es actualizarlo periódicamente para que reconozca los cambios en la evolución del virus. Y no: NO me refiero a un régimen vitalicio de dosis de refuerzo, como enseguida verás.

Figura 3: Tu sistema inmunitario adaptativo ha aprendido a reconocer y neutralizar la variante concreta a la que estás expuesto. Las nuevas variantes llegarán a esquivarlo a menos que tu sistema se actualice periódicamente para reconocer al virus mutante.

A base de tiempo y sin puestas al día, la fuga inmune ocurre con TODOS los virus, incluyendo aquellos cuya deriva genética es mucho más lenta. Lo que pasa es que un virus que evolucione despacio, como el del sarampión, podría tardar toda una vida, o más, en acumular las mutaciones suficientes para empezar a eludir la protección de tu inmunidad natural (o inducida mediante vacuna). Pero si pudieras vivir unos pocos siglos extra, y aunque tu inmunidad a ese sarampión nunca prescribe, un nuevo sarampión evolucionado podría, en un momento dado, ser capaz de reinfectarte a menos que tu sistema adaptativo se actualice periódicamente para reconocer las nuevas variantes antes de que le resulten demasiado extrañas.

El siguiente gráfico muestra cuánto ha cambiado (y diversificado) el gen del sarampión respecto a la variante que circulaba en los años 30. Ningún virus permanece inalterado con el paso del tiempo: en tanto siga existiendo, nunca deja de mutar.

Figura 4: El sarampión con el tiempo. Muestra cuánto ha cambiado su genética desde la variante que circuló en los años 30. Imagen de nextstrain

Y este gráfico del árbol del sarampión muestra todas las ramificaciones genéticas que han aparecido desde los años 30.

Figura 5: El arbol de la familia sarampión (filogenético)The measles family tree (phylogenetic tree) muestra todas sus ramas genéticas que han evolucionado desde los años 30. Imagen de nextstrain

Para comparar, aquí va el árbol familiar de la rápidamente cambiante gripe A/N3N2 donde se muestran todas las ramas genéticas que han evolucionado sólo en los últimos 6 años. La evolución de un virus es incesante, y es normal; sólo que, antes de la covid, las coversaciones sobre variantes rara vez llegaban al telediario de las tres. Somos humanos; tememos a lo desconocido. Ojo al malicioso vocabulario covid: “variantes preocupantes”.

Figura 6: El árbol filogenético de la gripe A/H3N2 muestra las ramificaciones genéticas del H3N2 que han evolucionado desde 2015. Imagen de nextstrain

Con un virus de mutación rápida como la gripe o los coronaviruos, la fuga inmune tiene lugar con relativa rapidez. En el caso de Ómicron, parece que algunas personas con inmunidad natural (probablemente aquéllas que pillaron la cepa original de Wuhan) están pasando el umbral de la fuga inmune pese a tener una inmunidad duradera a esa variante anterior, según evidencian los susodichos 141 estudios que muestran una respuesta adaptativa inmune duradera tras la infección. Así que, después de todo, por causa de la rápida evolución del virus la inmunidad duradera no es contradictoria con la fuga inmune.

 

Si la fuga inmune es inevitable, ¿cómo creamos protección duradera contra un virus contagioso y de rápida evolución?

En el caso de los virus que evolucionan con rapidez, la reexposición frecuente soluciona el problema al actualizar nuestro sistema para reconocer y neutralizar variantes próximamente emparentadas antes de que hayamos perdido toda la inmunidad adquirida tras una infección previa: siempre que no sea muy largo el intervalo entre exposiciones, aún conservas inmunidad cruzada desde la última para protegerte con la próxima “puesta al día”. Reinfección no significa que forzosamente vayamos a enfermar: con tal de que ocurra mientras todavía tienes inmunidad cruzada parcial, tu “actualización” puede ser leve, o cursar sin síntoma alguno.

Figura 7: Para conservar inmunidad a un virus respiratorio, tu sistema necesita actualizaciones periódicas. Pero en tanto estés expuesto con la suficiente frecuencia, la mayoría de las reinfecciones serán leves o asintomáticas.

En otras palabras: tenemos que dejar de considerar a nuestros sistemas inmunitarios sólo como escudos protectores. Son mucho más que eso: debemos tener presente que son escudos protectores auto-mejorados, que necesitan ejercicio frecuente para mantener y actualizar sus habilidades frente a un enemigo que evoluciona. La propaganda durante la covid no ha negado este hecho; simplemente lo ha distorsionado hasta el punto de que mucha gente ha perdido la fe en sus sistemas inmunitarios, se ha aterrorizado por cada “variante preocupante” y se ha obsesionado con las vacunas como único camino de salvación. El miedo no sólo nos ciega frente a lo que tenemos frente a los ojos: también nos hace dudar de nuestros sentidos y olvidar la comprensión del mundo que hemos consolidado a lo largo del tiempo.

La reexposición frecuente es el refuerzo natural. Las dosis vacunales tienen más sentido para enfermedades a las que nos exponemos tan de ciento en viento que la inmunidad se agota por completo antes de que sea probable una actualización natural (más sobre esto luego).

Vale la pena recordar que, pese a haber más de 200 virus respiratorios causantes de resfriados y gripes circulando constantemente por nuestras comunidades, no pillamos docenas y docenas de resfriados y gripes cada año. Cierto es que estamos expuestos a cada uno de esos 200 virus todo el tiempo, pero muchos de ellos sí se cruzan en nuestro camino; y salvo que tengamos nuestro sistema inmunitario debilitado o suprimido por algún serio factor preexistente (obesidad, cáncer, SIDA, etc.) o por determinadas circunstancias (poco sueño, falta de ejercicio, deficiencias de vitamina C o D, estŕes, depresión, aislamiento, etc.), la mayoría de estas “puestas al día” serán sólo infecciones leves o asintomáticas porque nuestro sistema se topa con ellas muy a menudo. Por cada resfriado que te ha hecho necesitar un Paracetamol, probablemente tu sistema se ha actualizado, sin provocarte síntomas y sin darte siquiera cuenta, en docenas de virus más cada año.

Figura 8: Un breve recordatorio de que los resfriados asintomáticos no son nada nuevo.

 

Figuro 9: Otro breve recordatorio de que los resfriados asintomáticos no son nada nuevo.

Siempre habrá algunas cepas que le resulten tan poco familiares a nuestro sistema inmunitario, que nos causarán una gripe o un resfriado “como Dios manda”. Y siempre habrá personas cuyos sistemas estén temporal o crónicamente débilitados y tengan, por tanto, un mayor riesgo de consecuencias graves. Pero, para la mayoría de la gente, después de habernos expuesto por primera vez la inmunidad cruzada parcial nos protege de tales consecuencias durante esas periódicas “actualizaciones” de inmunidad. Para quienes ya se han infectado con una variante de la covid durante el pasado año y medio, es improbable que Ómicron pase de ser una “puesta al día” suave o asintomática.

Pero ¿y ese primer contacto con el temido virus covid? A finales de febrero de 2020 ya quedó claro, por los datos epidemiológicos de Italia y el brote en el crucero Diamond Princess, que incluso esa primera infección con el virus SARS-CoV-2 supone un riesgo mínimo para la abrumadora mayoría de la gente. Ahora ya sabemos por qué: entre el 90 y el 99% de la población ya tenía inmunidad cruzada parcial al SARS-CoV-2 gracias a haber estado previamente expuestos a otros coronavirus.

Para la mayoría de la gente, este virus no es ni más notable ni más peligroso que cualquiera de los otros muchos que causan resfriados y gripes cada año. Pero durante la covid los medios y la sanidad pública han hecho lo posible por restar importancia al elevado número de personas cuyos contagios detectados vía PCR son completamente asintomáticos (al menos el 40% de los casos de covid son asintomáticos, ¡y eso antes de que llegara esta débil Ómicron!) La inmunidad cruzada parcial es el héroe ignorado de la crisis covid. Pese a ser el concepto virológico más importante de esta pandemia, simplemente se lo ignora en los telediarios. Pero mirad… —> ¡vacunas!

 

La importancia de la exposición frecuente: lecciones de la malaria y el virus VSR.

Un gran ejemplo que ilustra cómo el sistema inmunitario se adiestra mediante las “actualizaciones” frecuentes (y, más importante aún, ilustra las fatales consecuencias para nuestro sistema si dejamos de actualizarlo) lo tenemos en una de las enfermedades más mortíferas del mundo: la malaria. La gente que vive en lugares donde es endémica (como en las proximidades del lago Victoria, en África) la cogerá con frecuencia. Los niños son quienes tienen mayor riesgo de morir porque sus sistemas inmunitarios no han tenido aún la ocasión de construir ninguna inmunidad de fondo. La primera vez es la más peligrosa. Pero tras unas cuantas infecciones el riesgo de morir de malaria se reduce gradualmente según va adquiriéndose dicha inmunidad.

Desarrollar una inmunidad contra los protozoos que causan la malaria es mucho más difícil que contra los virus respiratorios comunes como el coronavirus o la gripe. Se necesitan unos 20 años de exposición frecuente a ella para adiestrar al sistema para que elabore cierta inmunidad de fondo (¡es una enfermedad muy compleja!); y esta inmunidad nunca evita la infección (mi esposa keniana cuenta haber cogido la malaria muchas veces durante su niñez, siempre igual de horrible) ni elimina totalmente el riesgo de morir. Una vacuna segura para la malaria sería una bendición, si es que pudiera encontrarse. Pero al menos las infecciones de malaria previas reducen las posibilidades de muerte durante las reinfecciones sucesivas.

Ahora bien: si quienes han conseguido desarrollar esta inmunidad de fondo se mudan a algún lugar donde no haya malaria, aquélla empieza a atenuarse. O la usas, o la pierdes. Como nuestro médico de viaje le explicó a mi nujer, si ahora se expusiera a la enfermedad, muchas décadas después de su último episodio, lleva ya tanto tiempo lejos de Kenia que no puede confiar en conservar inmunidad de fondo. Las investigaciones muestran que se atenúa tras 3 a 5 años sin reexposición.

Este concepto de perder un nivel de inmunidad de fondo previamente adquirido se denomina deuda inmunitaria. Al faltarle la exposición repetida, la inmunidad de mi nujer a la malaria ha menguado, y puede que ahora sea casi tan susceptible a sufrirla con graves consecuencias como alguien que no haya crecido alrededor de esa enfermedad y nunca la haya contraído. En muchas enfermedades, la reexposición frecuente es esencial para mantener una inmunidad protectora.

Y esto también vale para los >200 virus respiratorios de rápida evolución que originan nuestros resfriados y gripes cada invierno. Y también vale para la covid. O la usas, o la pierdes.

Si interrumpimos la exposición habitual a cualquiera de esos virus respiratorios comunes, como por ejemplo mediante confinamientos y medidas de distanciamiento social extremas, impedimos a nuestros sistemas inmunitarios el entrenamiento necesario para enfrentarse a ellos. Lo esencial para mantener una vida saludable es no dejar nunca de llevar una vida normal.

La deuda inmunitaria respecto a nuestros virus respiratorios comunes puede darse tras un período sorprendentemente corto sin exposición habitual. La deuda causada por un año y medio de confinamientos y cierres escolares ya está haciendo que aparezcan, entre los niños, casos de RVS (otro virus respiratorio común) a niveles sin precedentes. Antes de la debacle covid, la mayoría de las infecciónes con RVS eran relativamente leves, con síntomas similares a los de un resfriado común (antes del 2021 probablemente ni siquiera habrás oído hablar de este virus a menos que trabajes en la medicina). Pero ahora, con la deuda inmunitaria, hay muchos más casos graves. Los hospitales de Nueva Zelanda estuvieron recientemente inundados con niños hospitalizados por RVS. Los hospitales infantiles de Canadá han informado del mismo resurgir reciente de casos de RVS originados por esta deuda inmunitaria.

Figura 10: 9 de noviembre de 2021. Artículo de CBC News: CHEO registra un número record de pacientes con virus respiratorios que no son covid.

Este es el fragmento más importante de dicho artículo del CBC News:

Figura 11: Extracto del artículo del CBC News de 9-11-2021: CHEO registra un número record de pacientes con virus respiratorios que no son covid.

En dicho artículo, se cita al doctor Pascal Lavoie, un pediatra y clínico en el Instituto de Investigaciones del hospital infantil de la Columbia Británica, en Vancouver: “Nuestra inmunidad contra algunos virus ha decaído simplemente porque, para algunos virus, nuestra protección depende de estar expuestos repetidamente a ellos”.

Un médico de urgencias en Nueva Escocia informó recientemente de que ¡hasta el 20% de los pacientes que llegaban a las urgencias de su hospital tenían el RVS! Parece que ahora estamos pagando las consecuencias de la deuda inmunitaria creada por los confinamientos y las medidas de distanciamiento social temerariamente impuestas por nuestros funcionarios y políticos.

Los expertos también están alertando de una temporada de gripe especialmente mala este invierno porque la deuda inmunitaria se produce respecto a todos los demás virus que causan resfriados y gripes. Gracias a esta deunda causada por nuestros políticos ajenos a la realidad, de repente todos estos >200 virus respiratorios están llegando al público. Pero no hay que dejar que se desperdicie una buena crisis: ahora se puede engañar a la población para que acepte vacunarse también contra ellos.

¿Te sorprendería saber que ahora Moderna ha empezado a trabajar en una vacuna contra el RVS que podría ir en un mismo pinchazo con la de covid? ¿Y que ya ha comenzado la caza de la “super-vacuna” que puede detener no sólo la variante Ómicron, sino también los otros cuatro coronavirus que causan el 15-30% de los resfriados y gripes cada invierno? ¿Y que además se está trabajando en una vacuna combinada covid-gripe? Estamos ante la más refinada corrupción gobierno-empresa: crear el problema y luego venderte la curación. Como reza el dicho, “nunca dejes que el Gobierno te ayude, porque a partir de entonces ya no te librarás de él”.

A muchos niveles, las descabelladas políticas actuales de salud pública están incrementando los riesgos que dicen querer prevenir. Estamos siendo rehenes del experimento de salud pública más destructivo, contraproducente y depredador de la historia.

Incluso si las vacunas covid funcionasen como nos anuncian (que no es cierto: más sobre esto enseguida), e incluso si no causaran peligrosos efectos adversos en mucha gente (y los causan: hasta la fecha, sólo en el sistema de prevención VAERS estadounidense se han comunicado más de 19.000 muertes y 1’7 millones de lesiones), estos refuerzos de la vacuna covid no son más que sustitutos artificiales que intentan replicar lo que los sistemas inmunitarios de las personas sanas hacen evolutivamente por sí mismos, de manera natural, mediante la exposición repetida. Nuestros funcionarios del sistema sanitario y los productores de vacunas están haciendo una montaña de un grano de arena al crear nuevas vulnerabilidades totalmente innecesarias para vendernos algo que la mayoría de la gente no necesita si le dejan llevar una vida normal.

2021: el año en que los hombres se transformaron en alfieteros (imagen de Dvortygirl, CC BY-SA 3.0)

Si la reexposición nos permite “actualizarnos” de forma natural, ¿por qué ponemos dosis de refuerzo para muchas otras enfermedades en los programas de vacunación infantil?

¡Ah! -puede uno decir- ¿y entonces por qué la estrategia habitual es recomendar dosis de refuerzo para protegernos contra muchas otras enfermedades? ¿Por qué no confiamos simplemente en que la frecuente exposición natural a enfermedades como el tétano, la rubeola, la tos ferina y el herpes zóster nos proteja tras nuestra primera inmunización a ellas?

Como expliqué en mi artículo Los vendedores de aceite de serpiente y el timo del covid-cero: un clásico cebo para las dosis de refuerzo vitalicias (la inmunidad como un servicio), la inmunidad natural que adquirimos mediante infecciones con los virus respiratorios de rápida evolución que causan nuestros resfriados y gripes comunes tiende a protegernos sólo durante unos pocos meses o unos pocos años antes de que seamos otra vez vulnerables a la reinfección. En consecuencia, casi todo el mundo volverá a coger (y extender), cada año, alguno de estos virus respiratorios. Así que, a menos que vivas en una isla desierta, no puedes pasar muchos años sin reexposición. Sólo con vivir una vida normal ya recibes “actualizaciones” semi-regulares.

Pero comparemos eso con algo como la varicela. La inmunidad a la varicela dura al menos entre 10 y 20 años; lo cual significa que, en un año cualquiera, el número máximo de personas que puede infectarse y propagar a los demás la varicela es muy muy pequeño. En consecuencia, es muy fácil que una persona pase décadas sin ser reexpuesta a ella ni una sola vez, incluso después de que haber perdido su inmunidad. En EEUU, antes de que empezaran los programas de vacunación contra la varicela, sólo había unos 4 millones de casos por año… entre 250 millones de habitantes (en 1990). Un tiempo muy largo entre exposiciones significa que, para cuando nuestro cuerpo se cruce otra vez con la enfermedad, nuestra inmuidad puede estar tan desfasada que podemos enfermar de modo grave en lugar de leve.

Desde que se introdujo la vacunación contra la varicela en los años 90, los casos sintomáticos en esa comunidad han descendido aún más (pese a que la población ha ascendido a 330 millones). Como la vacuna redujo el número de niños que pillaban en el colegio una varicela sintomática, ahora es incluso menos probable que alguien se reexponga a ella a intervalos lo bastante frecuentes como para actualizar su sistema inmunitario sin arriesgarse a padecerla con gravedad.

Tanto más es así cuanto que, mientras la mayoría de los virus respiratorios originan reinfecciones relativamente leves (excepto entre aquellos que tienen un sistema inmunitario débil o de riesgo), en cambio una reinfección con esas otras enfermedades supone un riesgo grave incluso para quienes tienen un fuerte sistema inmunitario. A un adulto, una reinfección con el virus de la varicela a menudo lo conduce a la versión zoster de la enfermedad, que aunque rara vez es mortal puede conllevar consecuencias graves de por vida, como la ceguera.

Así que la baja probabilidad de una reexposición frecuente más la peligrosa naturaleza de estas otras enfermedades hacen que los refuerzos sean una estrategia mucho menos arriesgada para actualizar nuestra inmunidad a ellas.

Sin embargo hay que decir que los conflictos de intereses, la falta de transparencia y debate, la propaganda incesante y la imprudente indiferencia hacia la seguridad y los derechos humanos que muestran nuestras instituciones sanitarias -factores que han quedado en cruda evidencia durante la debacle covid- hacen que sea preciso reformar con urgencia estas instituciones para que recobren la honradez en los procesos de vigilancia y certificación de las vacunas y otras drogas farmacéuticas. Estas pútridas instituciones sólo pueden culparse a sí mismas por el desmoronamiento de la confianza en sus servicios; y les queda un largo camino para recuperar la confianza pública en su papel como administradoras responsables de la sanidad. Todos tenemos mucho que perder si permitimos a estas instituciones continuar por el camino que han tomado.

El sucio truco de las “variantes”

El SARS-CoV-2 ha venido para quedarse. Es endémico. Desde febrero de 2020, esto le quedó claro a cualquiera que comprenda lo que implican las elevadas tasas de contagio de la covid y el elevado porcentaje de infecciones que producen casos leves o asintomáticos. No es posible volver a meter al genio dentro de la lámpara. Muchos de nuestros funcionarios de sanidad están empezando por fin a admitir este obvio hecho, pese a que siguen atizando el miedo sobre las variantes. He aquí al doctor Bonnie Henry, del servicio provincial de salud de la Columbia Británica, admitiendo que el SARS-CoV-2 es endémico.

Rochelle Wallensky, el director del CDC estadounidense, también ha admitido que es endémico. Incluso la OMS ha anunciado que denominará a las futuras variantes con nombres de constelaciones una vez que agoten las letras del alfabeto griego, lo que equivale a admitir que saben que este virus ha venido para quedarse y sumarse a los otros >200 virus endémicos que cada año causan resfriados y gripes. Las variantes son algo normal.

Lo único diferente respecto a la covid es la extraña obsesión por mencionar y seguirles la pista a las variantes en los noticiarios de las tres, aunque no hagamos lo mismo con ninguno de los otros >200 virus que, cada año, causan síntomas al estilo resfriado y gripe. Pero, puesto que nuestros funcionarios de sanidad y medios de comunicación están armando tanto revuelo con las variantes y amenazándonos con nuevos refuerzos, observemos más de cerca la cuestión en su totalidad, y no sólo la cola del elefante que nos agitan frente a las narices.

El gráfico inferior muestra cuánto ha cambiado el gen del SARS-CoV-2 desde que apareció en 2020. En azul oscuro está la variante Alfa. En celeste la Delta. Ómicron en rojo. Nunca dejará de evolulcionar y producir nuevas variantes.

Figura 13: Evolución del SARS-CoV-2 con el tiempo, mostrando cuánto ha cambiado su genética desde que apareció la cepa de Wuhan a principios de 2020. Imagen de nextstrain

Y este gráfico del árbol familiar del SARS-CoV-2 muestra todas las variantes que han evolucionado a lo largo del tiempo. En celeste está la variante Delta, dominante en todo el mundo hasta hace poco, mientras que la Ómicron se muestra en rojo oscuro.

Figura 14: El árbol familiar (filogenético) del SARS-CoV-2 muestra el surgimiento de las variantes de la covid en el tiempo. Imagen de nextstrain

Como puedes ver, el virus no sigue una evolución lineal en la que una mutación le pisa a otra los talones. En realidad, cada variante es más bien como un enjambre de partículas próximamente emparentadas, sin que ninguna de ellas sea calco de otra; y la mayoría de las ramas y sub-ramas del árbol acabarán en fracasos evolutivos. De vez en cuando, el enjambre de una variante desplaza al de otra exactamente igual que Alfa desplazó a la cepa original de Wuhan y fue a su vez desbancada por Delta, que ahora compite con Ómicron.

Cada “enjambre variante” actúa, en esencia, como una pandemia enteramente nueva y distinta -aunque pariente cercana- de la anterior, que sigue su estela. El virus original (de Wuhan) y la cepa Alfa han desaparecido y no volveremos a verlas. Se han extinguido como se extinguieron los mamuts lanudos. Tu inmunidad a estas variantes extintas sólo puede servirte ya para proporcionarte inmunidad cruzada a otras futuras que sean familia próxima de ellas, pero nunca volverá a verlas tu sistema inmunitario. Sólo subsisten sus descendientes y sus primos cercanos. La cepa Delta. La variante Mu. La variante Lambda. Ómicron.

Si esto fuera sobre salud pública, sólo estarían ofreciéndonos vacunas -y sin coerción- para los más vulnerables. Pero el Santo Grial de la maximización de las ganancias farmacéuticas y la financiación de la sanidad pública necesitaba convencer a la población (y a los políticos) de que hay algo inusual o amenazante en la interminable correa sinfín de las variantes producidas por un virus de rápida evolución y elevada transmisibilidad, y que confiar en la inmunidad natural podría llevarnos a más variantes aún (como el CEO de Pfizer sugirió al principio de este artículo). Es una manipulación magistral sustentada sobre infinidad de medias verdades.

La gripe y los coronavirus eran los candidatos perfectos para este tipo de inacabable estafa de la vacunación universal porque producen gran cantidad de “variantes” y porque la inmunidad a estos virus de rápida evolución nunca dura mucho (ya que se atenúa deprisa, y la rápida deriva genérica en seguida conduce al escape inmunitario si no hay una reexposición frecuente).

Así, es posible llegar a alcanzar el Santo Grial si se puede engatusar al público para que crea que está quedando desprotegido y que por tanto necesita refuerzos constantes para actualizarse con las variantes. Al bautizar a éstas, al usar tests PCR masivos en gente asintomática y leve, y al difundir constantemente y fuera de contexto, por la tele, el número de casos, hospitalizaciones y muertes, han aterrorizado a la sociedad hasta el punto de que mucha gente no está dispuesta en lo más mínimo a exponerse nunca, bajo nungún concepto y cueste lo que coste, a ninguna de esas variantes. De este modo, los refuerzos vacunales prporcionan una huida tecnológica de la siniestra sombra que han proyectado en la pared Big Pharma y la sanidad pública. Mantén a la población asustada y ella misma se encargará de volver a por más dosis en tanto el pánico siga intacto o hasta que se pueda convencer a los políticos de hacer obligatorios los refuerzos criminalizando a quienes los rechacen.

Antes de julio de 2008, la OMS definía así una pandemia de influenza: “Se produce cuando aparece un nuevo virus de influenza contra el que la población humana no tiene inmunidad y ocasiona varias epidemias simultáneas en el mundo con enormes cifras de muertos y enfermos…“ Pero en julio de 2008 actualizaron la definición y eliminaron lo de “con enormes cifras de muertos y enfermos” para así poder declarar una pandemia cuando haya una variante muy contagiosa de cualquier virus, independientemente de lo mortal que sea. Así fue como llegamos a la debacle de la fiebre porcina de 2009 y ahora a la covid.

Suprimir el requisito de “enormes cifras de muertos y enfermos” en la definición de pandemia fue la jugada ajedrecista que abrió la puerta a la crisis permanente. Ya no son las muertes las que proporcionan una medida objetiva del riesgo, sino sólo los tests PCR positivos, que se obligan a realizar masivamente en toda la población pese a su elevado índice de falsos positivos y al hecho de que la mayoría de la gente que se ve forzada a someterse a uno no está gravemente enferma y puede que ni siquiera llegue a padecer más que una infección leve o asintomática. Un virus con un extraño nombre alarmante que produce una interminable provisión de nuevas “variantes preocupantes” suministra la tapadera perfecta para mantener un interminable pánico sobre interminables olas pandémicas que requieren interminables refuerzos “para que estemos seguros”. Una multitud de grandes mentiras edificadas sobre la vasta arquitectura de las medias verdades.

Y por si acaso alguien pregunta por qué el mundo еstá de repente sepultado en esta inacabable serie de pandemias, ya tienen también una respuesta preparada para eso. Publica el USA Today: “Los científicos están observando una ‘aceleración de pandemias’: Apuntan al cambio climático.” Qué práctico.

Pero volvamos a la realidad. El gráfico siguiente muestra qué aspecto tienen estas sucesivas variantes “pandémicas” según compiten entre sí por los huéspedes hasta que una logra desbancar a las otras y hacerse dominante, aunque sólo para ser desplazada poco después por otra más competitiva. La mayoría de las veces, la variante más contagiosa pero menos peligrosa gana la carrera porque la propagación se maximiza si puede infectar al mayor número posible de personas sin que lleguen a necesitar reposo (un enfermo en la cama no se relaciona con tanta gente como otro que pueda salir a tomarse una caña). Por eso, en general, la mayoría de los virus suelen evolucionar hacia versiones más contagiosas pero menos peligrosas. Poner el foco en el número de casos (que aumenta a medida que un virus se hace menos peligroso) permite a los funcionarios de sanidad mantener vivo el pánico aunque el virus pierda su capacidad de causar tantas muertes. Mirad, hay contagios… —> ¡necesitamos vacunas!

En Reino Unido, la variante EU1 (en beis) desplazó a la cepa original de Wuhan (gris) a finales del verano de 2020. La variante Alfa (en rojo) desplazó a la EU1 durante el invierno 2020/21, y la variante Delta (en verde) reemplazó a la alfa durante el verano de 2021.

Figura 15: En Reino Unido, Delta se hizo dominante antes que en EEUU. https://covariants.org/per-country.

En este otro gráfico puedes ver la mezcla de variantes que han dominado en Sudáfrica. Allí no llegaron a tener las EU1 o Alfa. En su lugar, predominó la Beta (rojo brillante) hasta que Delta (verde) tomó el relevo. Y ahora la Ómicron (púrpura) casi ha desplazado por completo a Delta:

Figura 16: En Sudáfrica, la variante Ómicron apareció sólo muy recienteente, pero ya ha desplazado a Delta casi por completo. https://covariants.org/per-country.

En Sudáfrica los médicos están informando de que, pese al creciente número de infecciones por Ómicron (confirmadas por test PCR), las hospitalizaciones -como es de esperar cuando un virus evoluciona hacia una menor peligrosidad- no están aumentando, y eso que a día de hoy sólo el 25% de la población ha recibido dos dosis. Y entre el pequeño número de hospitalizados infectados con covid en Sudáfrica, nada menos que el 76% ingresaron por causas totalmente ajenas a la covid. La ausencia de hospitalizaciones causadas por Ómicron no debería sorprender a nadie: según las pruebas de anticuerpos, en agosto de 2021 alrededor del 80% de los sudafricanos ya estaban infectados con el virus SARS-CoV-2. Para la mayor parte de ellos, Ómicron no es más que una actualización.

Todo el alboroto con Ómicron es como tocar zafarrancho de combate porque una gigantesca bola de fuego va a elevarse mañana por el horizonte oriental y va a bombardear la frágil atmósfera de nuestro planeta con una riada de fotones y radiación ultravioleta, fenómeno al cual llaman Sol quienes son capaces de ver al elefante entero. Ya va siendo hora de permitir que la vida vuelva a su normalidad.

Los 141 estudios mencionados al principio de este artículo demuestran que la inmunidad natural dura lo bastante como para que, armados con buena provisión de inmunidad cruzada parcial, podamos superar las próximas olas de covid estacionales. La Ómicron está avanzando a paso firme, pero la gente no está cayendo fulminada en tropel, lo cual demuestra que la inmunidad cruzada parcial funciona como debe: nuestra inmunidad natural se actualizará sin apenas riesgo de que acabemos padeciendo ningún tipo de enfermedad grave; exactamente igual que pasa todos los años con los otros >200 virus que provocan resfriados y gripes, generalmente sin graves consecuencias para la mayoría; aunque debamos tomar todas las precauciones para proteger a los más ancianos y vulnerables.

Por el contrario, la inmunidad que ofrece la vacuna está resultando ser mucho menos adecuada para la función de las actualizaciones…

El trago amargo: ¿Cuánto dura la inmunidad tras la vacunación?

En anteriores artículos he escrito mucho sobre el elevado y creciente número de reacciones adversas y mortales a las vacunas covid, sobre la ausencia de datos a largo plazo, los peligros asociados a la inoculación masiva de una vacuna chapucera, el absurdo de ponérsela a quienes se han recuperado de la enfermedad, lo inapropiado de ofrecerla a quienes tienen poco o ningún riesgo personal que pueda compensarles, y el hecho de que hacerlas obligatorias atenta contra el derecho de disponer libremente sobre nuestro propio cuerpo. En mi reciente libro Autopsy of a pandemic están las más importantes de esas reflexiones, así que no las discutiré de nuevo aquí.

Y tampoco me extenderé sobre el hecho obvio de que no es posible proteger a los vulnerables inoculando a todo el mundo una vacuna “chapucera” que no impide que quienes la reciben se infecten ni que propaguen el virus a los demás. No sólo corren igual riesgo de contagio que los no vacunados, sino que, según muestran datos oficiales de Reino Unido, las tasas de infección entre los vacunados pueden incluso superar a las de aquéllos. Alguna vacuna. Esto se ha convertido en una pandemia de los vacunados. ¡Anda!

Figura 17: En Reino Unido, los vacunados superan a los no vacunados en tasa de infección en todos los adultos. UK Health Security Agency’s Week 41 Covid-19 Vaccine Surveillance Report, published October 14th, 2021

 

Los estudios científicos hasta han demostrado de manera concluyente que no hay diferencia significativa entre las cargas virales de los inoculados y los no inoculados que cogen el virus. En otras palabras: en cuanto a capacidad de contagio, no hay diferencia entre el vacunado y el no vacunado. Impedir a estos últimos una vida normal no reduce el riesgo de nadie en absoluto. Como tecnología, estas vacunas son un remedio imperfecto a más no poder.

Figura 18: No hay diferencia significativa en carga viral entre vacunados y no vacunados (Acharya et al)

 

Pero aparte de todos esos otros desastres que las descalifican, ¿cuánta protección individual proporcionan las vacunas a quienes se han remangado para recibir el elixir mágico? Pues incluso en este aspecto, fracasaron miserablemente como herramienta para proporcionar “actualizaciones” útiles contra el virus SARS-CoV-2 (y eso antes de haberse quedado obsoletas en países donde ahora domina la variante Ómicron resistente a ellas; o sea: Sudáfrica, Corea del Sur, Holanda, Finlanda, Ghana, Tailandia y Hong Kong, una lista que crece a diario; puedes ver cómo ómicron toma el relevo, país por país, en la web Covariantes).

Las infecciones con el SARS-CoV-2 llegan en olas de naturaleza fuertemente estacional, como todos los virus respiratorios de esa misma índole. En el hemisferio norte estamos ahora al comienzo de la temporada de gripe: si la pillas entre este invierno y la próxima primavera, probablemente no te expondrás de nuevo a ella hasta la siguiente ola estacional del invierno 2022/23, de 9 a 12 meses más tarde. En connscuencia, la inmunidad adquirida por una actualización debería durar como mínimo 12 meses para proveerte de inmunidad cruzada apreciable a las futuras variantes. Sería mejor entre 24 y 36 meses, ya que no es muy probable que vayamos a exponernos a la nueva variante de cada año: quizá pasen uno o dos años exposiciones sucesivas.

A los fabricantes de vacunas e instituciones sanitarias les tocó la lotería de los fondos públicos cuando convencieron a los políticos de que era necesario exigir que todo el mundo se pusiera dosis de refuerzo para reemplazar a las actualizaciones naturales que proporcionan las reinfecciones. Al principio parece que apuntaban a un refuerzo cada 12 meses; un sustituto anual artificial de lo que tu sistema inmunitario es capaz de hacer por sí mismo via reexposición frecuente.

Pero después ajustaron a 6 meses su programa de refuerzos. Ahora están revisándolo de nuevo para ofrecer los refuerzos a todos los adultos cada sólo 3 meses. Este es un enlace a un clip en que el Secretario para la Seguridad Social de Reino Unido, Sajid Javid, aboga por reducir el invervalo mínimo entre dosis de 6 a 3 meses y afirma que el programa de refuerzos debería incluir no sólo a los vulnerables sino a todos los mayores de 18 años.

¿Por qué esa repentina aceleración?

Las vacunas están fallando incluso antes de Ómicron. El siguiente gráfico, sacado de un informe publicado en el Lancet (preimpresión) muestra cuán rápido se atenúa la protección de las vacunas como método para prevenir las infecciones sintomáticas.

Figura 19: Efectividad de la vacuna covid para prevenir la infección sintomática. The Lancet preprint. (Hay que descargar todo el pdf del enlace al final del resumen e ir abajo para ver los gráficos.)

Hasta los primeros 90 días se mantiene relativamente constante, pero después la cosa empeora: tras 90 días, la protección comienza a disminuir rápidamente. A los 6 meses es casi nula. A los 9 meses ha caído por debajo de cero. Protección negativa. ¿Qué dices?

Protección negativa significa que el sujeto es más susceptible a una infección covid que si no se hubiese vacunado. Lo que empezó como una protección mengua lentamente hasta convertirse en una vulnerabilidad.

El mismo estudio muestra también cuán efectiva es la vacuna para impedir las consecuencias graves (hospitalizaciones y defunciones). Una vez más, los primeros 3 meses parecen color de rosa, para esfumarse después, cuando la parte inferior de las bandas de error cae por debajo de cero a los 6 meses:

Figura 20: Efectividad de la vacuna covid para prevenir infecciones graves The Lancet preprint. (Hay que descargar todo el pdf del enlace al final del resumen e ir abajo para ver los gráficos.)

Esto sugiere que para que la vacunación sirva como método para “actualizar” tu sistema inmunitario necesitas refuerzos cada 3 a 6 meses, para siempre; porque la inmunidad que proporcionan no dura ni siquiera lo bastante como para sacarte adelante hasta tu siguiente temporada de constipados y catarros. Y como la protección es negativa después de 6 meses (o sea que, de hecho, aumenta la tasa de infección y posiblemente incluso las consecuencias graves), los funcionarios de sanidad han atrapado a la población en un régimen de entre 2 y 4 refuerzos anuales simplemente para evitar que sea más vulnerable a la infección. Y así se convierte en una pandemia de los no reforzados. ¡Anda! O te remangas cada 3 a 6 meses, o sufre las consecuencias. Casi como el traficante que sabe que si el síndrome de abstinencia es lo bastante desagradable, habrá fidelizado a un cliente de por vida.

El hecho de que la proteccion se vuelva negativa después de desvanecerse sugiere que están cumpliéndose los temores más pesimistas que manifestaron personas como el Dr. Sucharit Bhakdi y el Dr. Geert Vanden Bosche: parece que las vacunas estarían disparando una especie de mejora dependiente de anticuerpos a medida que la protección se atenúa, facilitando al virus infectar a los inoculados (y haciendo más probable que la infección se grave) una vez que su inmunidad inducida comiemza a debilitarse. Lo que no se sabe es si dicha inmunidad negativa es temporal, y si este efecto empeora o se atenúa según vas rellenando tu tarjeta de cliente:

Aparte, está el pequeño problema que plantea el estudio mencionado al inicio del artículo, publicado en medRxiv el 8 de diciembre (preimpresión), que demuestra que la hornada actual de vacunas no está neutralizando adecuadamente a la variante Ómicron ni desde el mismo día de vacunarse. ¡Vaya!

La cosa se desmorona. Cuanto más fallan las vacunas, más se obstinan nuestros funcionarios de sanidad y los fabricantes de vacunas. Ahora tienen pocas alternativas. La Cruzada del Santo Grial de la Farmautopía los ha atrapado a ellos también: si la estafa se desbarata, la gente empezará a hacer preguntas y a pedir sus cabezas. Así, en menos de un año han ido desde las vacunas voluntarias para los vulerables, pasando por la coerción a la vacunación masiva a todo el mundo, hasta la vacunación obligatoria y forzosa de los ciudadanos renuentes (ahora en Austria y Alemania se introducen multas y prisión contra los ciudadanos que se nieguen; más detalles sobre la grotesca vacuna obligatoria en Austria aquí), y ahora hay en marcha iniciativas para hacer obligatoria la vacuna en toda la UE. Incluso el Dr. Fauci parece estar intentando animar a los EEUU a esa misma idea. la desesperación se hace palpable:

Variante a variante, están intentando convertirnos en acericos adictos. El conocimiento nos inmuniza contra su propaganda. Detener la locura es una cuestión de estadística, así que no te des por vencido en ayudar a tu familia y amigos a que vean el elefante completo que nuestras instituciones sanitarias, los medios y los fabricantes de vacunas tan afanosamente intentan que no veamos. Por favor comparte y expande este artículo. Si los que decimos “No” somos suficientes, la imposición de esta tiranía médica será imposible.

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Indefension del paciente maltratado. III: La infamia

(Viene de aquí)

Las denuncias que la víctima del mencionado maltrato interpuso ante ambas instancias contra el psiquiatra del Vía de la Plata no sólo cayeron en saco roto, sino que, tras incumplir Hospitales Parque su promesa de realizar una investigación del incidente, y decaer por parte del Colegio de Médicos el interés inicialmente expresado en preservar el buen ejercicio deontológico de la profesión, a aquel desdichado le esperaba una sorpresa aún peor: por toda respuesta a sus indignadas reclamaciones, recibió una notificación del Juzgado de Zafra comunicándole que se instruía proceso penal contra él por una denuncia que el psiquiatra había presentado acusándolo de un delito de coacciones. Es decir, que no contento con haber deparado un trato denigrante a su paciente (con ofensas, amenazas y revelación de datos personales en público), el médico, tras haber tenido conocimiento de las reclamaciones contra él interpuestas, no dudó en denunciarlo penalmente (a modo “defensivo”, y acaso también con ánimo vengativo) merced a una distorsión de los hechos; añadiendo con esto, al agravio, la infamia.

En la denuncia penal, entre falsedades e imprecisiones, venía a ofrecerse el siguiente relato (las cursivas son extractos del escrito de denuncia): el paciente habría instado al facultativo para que hiciera informe en el que glosara cuadro clínico de entidad suficiente para conseguir acelerar la jubilación, y como quiera que éste le participó su discrepancia con las oportunas explicaciones, el denunciado, contrariado por no conseguir su objetivo, al ver frustradas sus expectativas adoptó atrabiliaria actitud intimidando al denunciante en numerosas ocasiones en orden a doblegar su voluntad para conseguir el pretendido informe, exigiéndole su realización; y no obstante las aclaraciones por parte del facultativo, exteriorizó una agresividad verbal al dirigirse a él en términos despectivos, razón por la cual fue invitado a desalojar la consulta; tras lo cual, y una vez que ya se encontraba en zonas comunes del hospital, perseveró en su vehemente proceder al pronunciar en elevado tono de voz expresiones de menosprecio hacia el psiquiatra.

Independientemente de la deformada versión de lo sucedido, la imagen de un paciente de psiquiatría que acude a su médico con el propósito de coaccionarlo, mediante “agresividad verbal”, para conseguir que le facilite un informe clínico en determinado sentido es tan inverosímil (por no mencionar la ausencia de indicios de coacción), que no se comprende bien cómo el juez pudo siquiera admitir a trámite la denuncia; pero grande es el poder de los médicos en nuestra sociedad, y mucha la reverencia que el ciudadano medio siente hacia ellos; factores ambos que bien pueden haber influido en la decisión judicial. Además, antes de denunciar, el psiquiatra se había cuidado de recabar el apoyo de dos testigos que comparecerían en juicio para declarar en contra del denunciado, y es de suponer que tal apoyo podía reforzar la versión de aquél anteos ojos del juez que recibió el escrito de acusación.

Al serle notificada la acción penal, el paciente dio cuenta de ella a Hospitales Parque mediante una carta, pues el hecho de que uno de los facultativos del Vía de la Plata, sobre haberlo insultado y amenazado, se ensañara después con él denunciándolo falsamente y valiéndose de otros pacientes como testigos, agravaba la conducta del maltratador y hacía aún más perentoria una acción sancionadora. Pero dicha cadena hospitalaria ni siquiera quiso darse por enterada de esa carta, e hizo caso omiso. Parece evidente que habían optado por archivar la reclamación, confiando acaso en que sobre el deplorable episodio cayera el amable manto del olvido. De la anunciada investigación nunca más se supo, pese a que -como queda dicho- de haber tenido una verdadera voluntad de esclarecer el caso le habría resultado fácil a Antonio Sanz Marca, director del hospital, averiguar quiénes presenciaron los hechos y recabar todos sus testimonios. De hecho, no puede en absoluto descartarse que fueran los propios organismos ante quienes el paciente denunció el maltrato (el Colegio de Médicos de Badajoz o el hospital Vía de la Plata) quienes recomendaron o animaron al psiquiatra a interponer después una denuncia penal para guardarse las espaldas y no tener que responder de su propia conducta. Al fin y al cabo, bien es sabida la disposición de los médicos a cubrirse unos a otros.

(Continúa…)

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