El camelo del Green new deal

Como auténtico ecologista que me considero desde la adolescencia -es decir, cuatro décadas antes de empezar a interesarme la política-, no creo que mucha gente pueda darme lecciones sobre qué significa amar la naturaleza y respetar el planeta. Salvo mi pecadillo venial de juventud, que consistió en haber llevado durante un tiempo una chapita de “anti-nuclear” (la recuerdo muy bien: un sonriente y resplandeciente sol colorado sobre fondo amarillo, con la leyenda “¿Nuclear? No, gracias”), y que espero me sea perdonado -pues por entonces era aún más ingenuo y no sabía que, aunque peligrosa, la energía nuclear es una de las más limpias que ha desarrollado nuestra civilización-, el resto de mi vida he adoptado los hábitos más respetuosos con el medio ambiente compatibles con un decente bienestar personal. Además, habiendo estudiado una buena cantidad de química, física, termodinámica y meteorología, creo que tengo una idea bastante aceptable sobre qué es lo que contamina más o menos y qué contribuye al balance energético de la atmósfera lo bastante como para provocar su calientamiento general.

Mucho antes de que el movimiento “verde” adquiriese la popularidad de la que goza hoy en día, yo había desarrollado mi conciencia ecológica de modo espontáneo, motivado por mi propio romanticismo, afición por la naturaleza y una preferencia por la vida rural. De hecho, en mi temprana juventud era tan naíf que, durante muchos años, abrigué la idea de convertirme en un Jeremías Johnson redivivo… ¡Pobre diablo! Pero esa es otra historia. Lo que vengo a decir ahora es que cuando la Agenda verde irrumpió en nuestra realidad sociopolítica yo olí enseguida el engaño y empecé a despreciar a los que, sin serlo, se denominaban ambientalistas. Y no es que piense que el lema principal de dicha agenda sea falso: por razones puramente técnicas (que no desarrollaré aquí), resulta que el calentamiento global es un hecho medido e indisputado entre los científicos libres; y además tengo el convencimiento de que, en su mayor parte, trae causa en la humanidad; pero esto no quita para que la Agenda verde sea un camelo. ¿Por qué? Porque no aborda el problema principal y porque entraña insalvables contradicciones. Para no hacer este artículo excesivamente largo, mencionaré sólo tres de las deficiencias por donde asoma el engaño.

1.- Producción. Para empezar, la Agenda verde nos acosa desde hace lustros con el mantra del “reciclaje”. ¿Y por qué digo “mantra”? Porque, como sabe cualquier conservacionista que se haya tomado un mínimo de interés, el reciclaje es el último de los Tres mandamientos del consumo ecológico, que por orden de importancia son:

  1. – Reducir el consumo
  2. – Reutilizar los bienes
  3. – Reciclar los residuos

Así, de esas tres medidas, reducir el consumo es, con diferencia, la más importante para una economía sostenible. No adquirir servicios ni bienes innecesarios (y prolongar en lo posible la vida y el uso de los que ya tenemos). Cuanto menos compremos, menos producirá el mercado, menos energía se gastará y menos basura se generará; y esto en la relación 1 a 1, que es la mayor que puede alcanzarse. Junto con la extracción de recursos naturales (materia en la que no entraré aquí), los billones de toneladas de residuos no degradables que esparcimos por nuestro maltratado planeta cada año se encuentran entre las primeras causas -si no son la primera- de contaminación del suelo y de las aguas. Sin embargo, la Agenda verde nunca ha considerado prioritaria esta práctica del ahorro y, de hecho, muy rara vez la mencionan. Y es que no conviene desincentivar el consumo porque, como usted sabrá, el consumo genera beneficios.

Reutilizar las cosas ocupa sólo un segundo lugar en los Mandamientos debido a que, por mucho que reutilicemos, siempre harán falta productos nuevos. Aun así, es una práctica muy “eco-eficaz” (y, en parte, se solapa con la anterior). Arreglar o remendar una prenda, por ejemplo, sólo requiere una aguja y un poco de hilo como materiales nuevos; por no hablar de comprar ropa de segunda mano: en las tiendas de ropa usada pueden encontrarse prendas en muy buen estado (a menudo aún con la etiqueta puesta) a un precio ridículo y con un impacto medioambiental virtualmente nulo (el que genera el primer lavado). Pero los arquitectos del Green new deal tampoco nos proponen casi nunca la reutilización porque, al igual que ocurre con el primer mandamiento, redunda directamente en un menor consumo y, por tanto, en menores beneficios.

Y en último lugar, a mucha distancia de los anteriores hábitos, está el reciclaje de residuos, que es sin duda alguna el menos eficaz de los tres para contener el deterioro de la naturaleza; hasta el punto de que, a veces, puede resultar incluso más contaminante que la producción de nuevos bienes. De hecho, ¡constituye una industria en sí mismo!: se requieren plantas de reciclaje con su maquinaria, sus insumos de energía, combustible, electricidad, piezas, sus almacenes, puntos limpios, contenedores, mano de obra, productos químicos, transporte, legislación, inspecciones… todo un aparato industrial, además de social y administrativo. A menudo me pregunto, por ejemplo, si el papel reciclado no tendrá mayor huella medioambiental que el nuevo, pues de otro modo no se explica que sea más caro (a no ser que la industria del papel esté aprovechándose de nuestro “entusiasmo verde” para colocarnos, a mayor precio, lo que a ellos les cuesta menos). Nunca he estudiado el impacto ecológico del reciclaje, pero estimo que, dependiendo del producto, puede ser igual o incluso mayor que el de comprar uno nuevo. Y, sin embargo, pese a ser una práctica mucho menos eficiente que las otras dos, es casi la única que los predicadores de la cosa verde nos proponen, si es que no nos imponen. Y vaya una casualidad: el reciclaje genera beneficios.

2.- Emisiones de CO2. Después tenemos ese otro mantra del CO2, en torno al cual las contradicciones se apilan todavía más.

De cara a -supuestamente- reducir nuestras emisiones de CO2, la Agenda verde no escatima esfuerzos en imponernos la producción de energía “limpia” y, con ella, alterar de modo considerable -cuando no traumático- nuestros hábitos de vida; y sin embargo, mire usted por dónde, los apóstoles de lo verde, políticos, gobernantes y “empresaurios”, en lugar de usar los medios de transporte menos contaminantes posible que pregonan para el resto de nosotros, siempre viajan en jets privados (o, peor aún, pagados por el contribuyente), ¡incluso cuando acuden a sus “cumbres climáticas” con toda la cohorte de asesores! No sólo no predican con el ejemplo (que es lo que harían si creyesen en su propio evangelio), sino que además -y sobre todo- es muy discutible que el deterioro del planeta que produce esa supuesta energía limpia sea menor que el causado por los hidrocarburos. Todavía no he visto ni un sólo estudio serio que demuestre tal afirmación, y estaría encantado si mis lectores me ayudasen a encontrarlo.

Para empezar, las energías solar y eólica (que, salvo la nuclear, son las únicas alternativas dignas de tenerse en cuenta dada la técnica actual) precisan de placas y generadores cuya producción es, a su vez, lesiva para el medio ambiente y cuya eliminación -al final de su vida útil- es también contaminante y muy problemática. ¿Dónde acaba muriendo toda esa chatarra? Eso por no mencionar los millones de aves y murciélagos que matan las aspas de los aerogeneradores surcando el aire, o el deplorable deterioro paisajístico que éstos y las granjas solares ocasionan. No tengo nada claro que, en el plano ecológico, las ventajas de ambas fuentes de energía compensen los perjuicios. Pero ya ve usted: fabricar “molinos de viento” y placas genera beneficios.

Otro tanto ocurre con los tan elogiados coches eléctricos: al colocar desorbitados impuestos sobre los combustibles fósiles (y, con el tiempo, prohibirlos) para acelerar la renovación del parque automovilístico, nos obligan a comprarnos un coche nuevo quizá mucho antes de que el que tenemos alcance el final de su vida útil; lo cual conlleva un excedente de automóviles en el planeta, que a su vez se traduce en un incremento innecesario de la polución, ya que tanto producir los nuevos como “reciclar” los antiguos (¡aún útiles! Recuerde el primer mandamiento del consumo ecológico) son actividades muy contaminantes. Amén de que, dada su escasa autonomía y el tiempo que se tarda en “repostar” las baterías, no sirven para viajar, de manera que sólo los bolsillos pudientes se comprarán un coche eléctrico, y únicamente como segundo vehículo; así que donde antes había uno, ahora habrá dos. Otro lastre innecesario más para el medio ambiente. Y ya que he mencionado las baterías, está el problema aún no resuelto de su fabricación y eliminación o reciclaje, pues ambos procesos también contaminan mucho.

Pero, aun así, lo más insultante del cuento del coche “ecológico” es que, para propulsarlo, se requiere una electricidad que hay que generar de algún modo en alguna parte; y hasta que no seamos capaces de producirla por medios realmente limpios, ¡tenemos que quemar combustibles fósiles de todos modos! Dado que el lobby verde tampoco quiere energía nuclear, hoy por hoy el coche eléctrico sólo sirve para trasladar el lugar de polución desde las ciudades a las centrales térmicas; pero al final todo va a la atmósfera y contribuye de igual modo al calentamiento global. Así que es una falsedad perversa presentarnos el automóvil eléctrico como “respetuoso con el medio ambiente”. ¿Pero sabe usted qué? Que fabricar coches genera beneficios.

3.- Rutas comerciales. Las dos últimas contradicciones que voy a exponer se han puesto de manifiesto tras las sanciones económicas impuestas al régimen de Vladimir Putin con la excusa de la guerra en el Donbass.

Rusia proveía al occidente colectivo (principalmente a Europa, pero también a otros países) de una buena parte del gas natural (el hidrocarburo más limpio que existe) y las materias primas (sobre todo grano, minerales, fertilizantes y tierras raras) que necesitamos. Para compensar la pérdida de este proveedor, los ingenieros del Green new deal (los mismos, por cierto, que promovieron y prolongan esa guerra) nos vienen ahora con la más desvergonzada e insolente de las inconsistencias: “¡Quememos carbón para joder a Putin!” El carbón es la fuente de energía más sucia que hay; pero, al parecer, el que se quema para “apoyar” al régimen de Zelenski no emite CO2, azufre ni cenizas. ¿Qué tal si renombramos al programa como “Black new deal”?

Pero aún hay más: todas las materias que el bloque occidental, hasta ahora, importaba de Rusia y que eran transportadas a un coste medioambiental relativamente bajo (ya que venía o bien por tierra o bien por rutas marítimas razonablemente cortas) deben ahora transportarse en avión o en barco desde lugares del planeta mucho más alejados, aumentando así enormemente la polución. Habiendo trabajado de maquinista naval durante un año puedo afirmar de primera mano que un buque mercante es uno de los monstruos más contaminantes que ha creado el hombre: no sólo están propulsados por los combustibles más infames que salen de las entrañas de la tierra (a menudo puro alquitrán, cuando no carbón), sino que constantamente achican al mar sus asquerosas e inmundas sentinas, dejando un rastro nauseabundo de aceites y productos químicos de todo tipo. ¿Cuán ecológico y sostenible es duplicar o triplicar la distancia media de transporte de todos esos millones de toneladas de materias primas? Además, hay que construir nuevos barcos, otra actividad que poluciona y esquilma los recursos naturales. ¡Y los Señores de la guerra verde se han propuesto mantener estas nuevas e ineficientes rutas comerciales hasta que consigan, como planean, partir Rusia en quince micro estados! Que Dios nos asista.

Eso por no mencionar la guerra en sí, que no es despreciable fuente de polución: camiones, tanques, reactores y tropas que van de un lado a otro, explosiones, edificios, vehículos y depósitos de combustible en llamas, fabricación de nuevo armamento… todo muy sostenible, resiliente y seguro que también con perspectiva de género. Pero usted ya lo ha adivinado, ¿verdad?: la guerra genera beneficios… amén de coadyuvar a los verdaderos, diabólicos designios de otra agenda que nada tienen que ver con “salvar al planeta”.

Como último, y a modo de propina para el lector, voy a mencionar (sin extenderme) la tecnología de generación de energía más limpia y segura que se ha concebido hasta ahora: el reactor nuclear de sal fundida (MSRN), que usa torio (un elemento barato y ubicuo) como combustible. Este tipo de reactor fue desarrollado en Oak Ridge (¿recuerda?: el laboratorio de Los Álamos donde el amigo Openheimer desarrolló su juguete letal con el Proyecto Manhattan) durante la SGM más o menos al mismo tiempo que el reactor nuclear convencional de agua a presión, pero se abandonó porque no era útil para desarrollar la bomba atómica, ya que el torio no genera residuos radioactivos. Posteriormente el MSRN no se retomó, entre otras razones, porque habría proporcionado a la humanidad la fuente de energía más económica y accesible que nuestra civilización pueda imaginar; y los muchacos de la Agenda verde nunca nos hablan de él porque, como ya no necesito decirle, la energía barata no genera beneficios. (Por cierto: al parecer, China lleva ya varios años invirtiendo una buena cantidad de I+D en ese campo y tengo la esperanza de que algún día logren diseñar un MSRN totalmente operativo. Esa, y no otra, será la única revolución energética del siglo 21… Pero esto también es otra historia.)

Creo que el patrón ha quedado suficientemente claro: beneficios, beneficios y beneficios. Esta omnipresente conexión entre las pricipales “medidas para un desarrollo sostenible” y el BENEFICIO corporativo me lleva inevitablemente a concluir que la Agenda verde es un engaño colosal, y que sus propios creadores son los primeros que no se la tragan. Pero mientra usted, consumidor y votante, se la crea, todo marchará sobre ruedas para ellos.

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El tormento

Los habían hecho tumbarse boca abajo, en paños menores, en el centro de una ampla pieza redonda y vacía, sobre el frío suelo de marmol grisáceo. A pocos centímetros sobre sus cabezas una plataforma de madera les impedía incorporarse, y le recordó al modo en que transportaban a los esclavos en los barcos negreros rumbo hacia América. En torno a ellos y la tarima, un salvaje de tez oscura guiaba a un caballo del ronzal, dando vueltas a paso ligero. Al extremo de la cola, el caballo tenía atada una cuerda que arrastraba, tres o cuatro metros tras de sí, una pesa de tamaño regular, como la cabeza de un mazo, forrada en apretada gamuza. En su caminar, el caballo agitaba la cola incesantemente de un lado a otro, de modo que la pesa al extremo de la cuerda recorría en zigzag, como un látigo, a gran velocidad y casi sin rozamiento, el suelo de la pieza; como el disco en una pista de hockey sobre hielo o como en ese juego en el que dos contrincantes, a ambos extremos de una mesa totalmente lisa y limitada en su perímetro, intentan colar en la meta del oponente una ficha grande que se desliza y rebota con celeridad de vértigo al golpearla con un cilindro plano provisto de un asa. Por alguna extraña razón, entre sus cuerpos y el piso se interponía una escasa pieza de tela basta, pero la frialdad del suelo los atería igualmente.

A cada sacudida de la cola del caballo, la pesa viajaba por el suelo de un lado a otro, rebotando en las paredes y golpeándolos luego, bajo la plataforma, con redoblada inercia, lacerándoles la carne o machacándoles los huesos. Con mucha suerte, si tenían tiempo de verla venir y su escasa libertad de movimientos se lo permitía, podían intentar recibirla con daño menor en alguna parte blanda del cuerpo. En caso contrario, el golpe les arrancaba aullidos de dolor. El caballo y su guía daban vueltas y vueltas a la tarima de manera incansable. Como una especie de maldición eterna, aquel suplicio infernal parecía no tener fin; de hecho, él sabía perfectamente que no tenía fin, que era a perpetuidad, y se preguntaba si tenía sentido alguno seguir vivo. Lo mejor era recibir un golpe propicio en el cráneo y acabar en un instante; pero antes de recibir ese impacto definitivo -y acaso no llegara nunca-, su maltrecha anatomía habría de sufrir muchos otros, a cual más insoportable. Sus compañeros de infortunio le habían dicho, además, que le esperaban otros tormentos igualmente atroces que acabarían por quebrantarle el espíritu; que los salvajes le meterían los dedos en la boca para hacerlo vomitar hasta vaciarle por completo las entrañas; que habrían de infligirle torturas de manera inclemente hasta dejarlo exánime y todavía más, hasta privarlo de todo vestigio humano, hecho un despojo animal, un guiñapo envilecido y doliente. Y él sabía bien que no podría resistirlo. Su ánimo, apocado por naturaleza, estaba ya agotado tras una larga historia de angustia emocional, y en esta nueva situación se hallaba al borde del colapso. ¿Qué vida era aquella? Y sin más esperanza que la de seguir siendo torturado hora tras hora, día tras día hasta su total consunción, o durante un tiempo incontable, ¿para qué continuar existiendo ni un minuto maś? Quiso evadirse, esconderse de la realidad cerrando los ojos con fuerza…

Cuando los abrió, se encontró hacinado junto a los otros en un talud del terreno, sobre un parche de yerbajos. No podía más. La perspectiva de otra sesión bajo la tarima y todos los tormentos por venir acabó de derrumbarlo por completo. Se puso de rodillas y, con gran vergüenza de sí mismo (¿pero qué importaba ya?), imploró a sus compañeros que acabasen con él si tenían oportunidad, intentando explicarles las razones para pedirles aquella prerrogativa. Sabía que muchos de ellos, quizá todos, deseaban lo mismo que él, y temía que le reprocharan el mero hecho de solicitar ese privilegio: si alguno hallaba el modo de otorgar la muerte a otro, ¿por qué iban a favorecerlo a él antes que a los demás? Con lágrimas rodando por sus mejillas, ante un coro de ojos indignados, intentó despertar su compasión. Les habló de su completa soledad, de su desdichada existencia, de su total falta de esperanza, de sus interminables años de zozobra, y les suplicaba por favor, por favor, que acabasen con su vida. Algunas miradas mostraron cierta misericordia; otras permanecían inalterables, reprobadoras…

 * * * * * *

Se despertó sudoroso, boca abajo y sin almohada sobre la sábana algo húmeda, la cabeza torcida hacia un lado y el cuello entumecido. Esa postura -comprendió- y el dolor en el cuello explicaban el martirio bajo la plataforma y la dificultad de movimiento; pero la respuesta para todo lo demás no podría encontrarla en el mundo material: habría de buscarla necesariamente dentro de sí mismo.

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Slava Ukraini

(Imagen: pinterest.com)

Sí, yo también pronuncié esas palabras en una ocasión. Pero, antes de juzgarme a la ligera, permítanme explicar cómo sucedió.

Fue durante mi primer viaje a Ucrania. No sabía nada de ese país excepto que era una ex república socialista soviética, que casi todo el mundo hablaba ruso y que había guapas mujeres. Aprovechando que a los ciudadanos europeos no nos pedían visado para entrar, simplemente crucé la frontera desde Polonia, donde a la sazón me encontraba, y al cabo de un largo viaje en marshrutka me hallé en Lviv, la “capital occidental” del país. Ahí busqué alojamiento en un youth hostel que, como casi todos, estaba lleno de gente joven -nacionales en su mayoría, en este caso- más algún que otro viajero como yo, y que me acogieron con bastante agrado. Gracias a Couchsurfing (aquella extremadamente útil pero malhadada plataforma), no tardé en trabar contacto con un puñado de cordiales ucranianos deseosos de conocer forasteros (a quienes predicar su causa, según años más tarde comprendí), y en menos de una semana ya tenía una docena y media de personas con quienes juntarme para salir por ahí a tomar algo, charlar y conocer la ciudad. Empero, pronto empecé a percibir, entre esta gente -y, de un modo más vago, en general en Lviv-, cierta atmósfera que me resultaba familiar, por haber visto anteriormente algo parecido en otros dos lugares: Cataluña e Irlanda. Lo que hallé de común entre las tres sociedades fue ese impreciso pero inconfundible espíritu de oposición, de antagonismo y “rebeldía provinciana” -si se me admite la expresión- en virtud del cual la actitud de la gente se centra, antes que en fructífera creación o construcción material o intelectual, en estéril negación y descrédito de “los otros”.

En lugar de gastar sus energías principalmente en desarrollar cosas o ideas útiles y productivas, las malgastan en buena parte en tratar de demostrar su “peculiar identidad”, su distinción respecto a esos otros a los que durante siglos estuvieron unidos; más que interesarse por lo que son, estos pueblos parecen obsesionarse con lo que no son; y así, igual que los irlandeses no son británicos y los catalanes no son españoles, los ucranianos no son rusos. Estas sociedades, cuya existencia parece basarse no tanto en una tesis como en una antítesis y que dependen, por tanto, de la oposición a “los otros”, suelen estar bastante escasas de fundamento real. Cuando las contemplo, no puedo evitar pensar en que, si algún día esos otros desapareciesen de repente, ellas se encontrarían con que ya no tienen ninguna razón de ser, y su discurso, su estímulo y su fuerza vital probablemente se desmoronarían.

Así, pues, me encontré con que ninguna de las palabras rusas que yo había aprendido para la ocasión era bien vista por mis nuevos conocidos, aunque las entendieran perfectamente: en lugar de privet tenía que decir zdorov; en lugar de spasibo era dyakuyu; pozhaluista había de ser reemplazada por bud-laska, etcétera.

Un día esta joven cábala me llevó, con cierto desenfadado secretismo, a un pub underground en el que, para poder entrar, había que decirle al portero el santo y  seña. Mis amigos, por supuesto, ya me habían instruido al respecto: “slava ukraini” eran las palabras mágicas. Huelga decir que yo no tenía ni idea de lo que significaban; ni maldito lo que me importaba: ese tipo de bobadas me suenan a pueril masonería, y lo que allí me llevaba era el deseo de pasar un buen rato. Estaba yo, por aquel tiempo, totalmente in albis respecto a la situación política no ya de Ucrania, sino del mundo en general. Así que pronuncié el ábrete, sésamo y, en efecto, me fue franqueada la entrada a la guarida de supuestos rebeldes; donde, por cierto, pasé la velada muy alegremente.

Fue sólo cinco años más tarde cuando, siguiendo por las noticias la nefasta revuelta de la plaza Maidan de Kiev en 2014, me enteré del significado de la mentada contraseña (“gloria a Ucrania”) y aprendí algo del contexto y el trasfondo de esa historia. Entonces todo me encajó, y comprendí el porqué de aquella percepción que había tenido en Lviv de los ucranianos (occidentales) como un pueblo que, al igual que los catalanes y los irlandeses, estaba sobre todo motivado por el rechazo, si no el odio, hacia otro mayor y más grande.

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El orden internacional basado en reglas

La “comunidad internacional” que suscribe el orden “basado en reglas”. (Imagen: vk.com)

Durante los últimos meses, los líderes, periodistas, políticos y élites de todo occidente están repitiendo a menudo esta expresión: Un orden internacional basado en reglas.

Aunque el término se acuñó al acabar la Guerra Fría, ha saltado a la actualidad cotidiana tras el reconocimiento por parte de Moscú, el 21 de febrero de 2022, de las RR.PP. de Lugansk y Donetsk como estados independientes, llegando a todos los rincones del planeta y resonando a lo largo y ancho de todo el Occidente Colectivo desde Alaska hasta Nueva Zelanda. En particular, esta consigna la repiten con especial frecuencia tanto el dudosamente legítimo 46º presidente de los Estados Unidos de América, Joseph Bigmouth Robinette Biden, cada vez que se encuentra delante de un micrófono, hasta esa cyborg globalista y loro de la Casa Blanca que es la Sra. Úrsula Vonderleyen, actual presidente de la Comisión Europea. “Debemos congregarnos en torno a un orden internacional basado en reglas”, eruptan cada día los altavoces de nuestros televisores y dispositivos electrónicos; “Aspiramos a un orden mundial basado en reglas”, leemos en todas las terminales mediáticas propiedad de los heraldos de dicha divisa.

Y desde luego suena bien, como no podía ser de otro modo habida cuenta la habilidad de esa gente para idear y presentarnos bonitas frases que acarician el oído y encandilan la mente. El orden internacional basado en reglas… Hmm… A primera vista, uno sólo puede pensar: “Claro que sí; ¿por qué íbamos a desear nada diferente?” Siempre que pensamos en “orden”, subconscientemente contrastamos esa idea con su contraria: “caos”; ¿y quién quiere el caos? Luego está lo de “internacional”, que suena también la mar de justo: queremos el orden no sólo para nosotros, sino para todas las naciones del mundo. ¿No es generoso por nuestra parte, los occidentales? Aspiramos a traer el orden a todo el planeta; y no un orden cualquiera, no, sino uno basado en reglas…

Pero… espera un momento… ¿Reglas?

Conociendo como conozco a estas élites globales y la casta de políticos que padecemos, y crítico por naturaleza, la primera vez que escuché la mentada expresión lo que pensé fue: “¡Menudos farsantes! Ya nos vienen con otra muestra de su hipocresía.” Pero hace tan sólo unos días me di cuenta de lo equivocado que estaba esta ocasión. Y lo admito humildemente: por una vez, esta gente estaba diciendo la verdad. Así que les pido disculpas.

En efecto, tras escuchar a un sagaz analista político de la prensa censurada, comprendí de pronto el verdadero significado del grupo semántico “basado en reglas”: no basado en la justicia, la equidad o incluso la ley, como sería realmente deseable, sino en las reglas. ¿Se dan cuenta del detalle? Exacto: aunque en principio la idea suena muy agradable, en cuanto le damos un par de vueltas advertimos que, al contrario de lo que ocurre con la justicia (un concepto universal y natural que llevamos en los genes), ¡las reglas son totalmente arbitrarias! Este orden que quieren traer -o, mejor dicho, imponer- al mundo entero está basado en reglas, sí; pero ¿de qué reglas se trata? ¿Y quién las dicta? Pues evidentemente EE.UU., custodios únicos, por la gracia de Dios, de toda la verdad, justicia, equidad y legitimidad que haya o pueda haber no sólo en el planeta Tierra, sino en el universo entero y hasta más allá. (El mundo, ya ve usted, es de ellos.) Y a quien no le gusten esas reglas (que, por cierto, pueden cambiar -y de hecho cambian- cada vez que convenga a los intereses de los amos), pues mala suerte: todo el poder político, social, económico y militar que sea necesario recaerá sobre el disidente hasta que se atenga a ellas, cuyo único y verdadero objeto es el de conservar, en tanto nuestra civilización exista, la hegemonía global y única de los Estados Unidos de América, amén.

Este, y no otro, es el significado del “orden internacional basado en reglas”. No permita que la atractiva consigna lo engañe.

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Ejercicios de sociopolítica

Hoy voy a proponerle al lector algunos ejercicios (que espero encuentre entretenidos) relativos a una situación sociopolítica. Expondré un escenario ficticio, aunque verosímil, y haré algunas preguntas. Creo que esta puede ser una buena forma de razonar y desarrollar nuestros propios puntos de vista sin que el sesgo ideológico que cada uno de notros tiene nos estorbe demasiado.

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Érase una vez un joven país llamado República de Katlunya (RK); tan joven que aún estaba aprendiendo a conocerse y construirse a sí mismo. Pese a los anhelos, albergados durante décadas por gran parte de su población, de segregarse de Iberka (el reino del que había formado parte desde la noche de los tiempos), esta república se hizo por fin realidad aprovechando una época de fuerte declive de su madre patria más el apoyo de la Confederación de Uropia, una alianza de países ricos adversaria política y económica de Iberka.

Sin embargo, no todos los ciudadanos de la RK estaban tan contentos con su nuevo estatus, en parte por los desacuerdos internos respecto a su supuesta “especial identidad” -ya que muchos de ellos seguían considerándose iberkos- y en parte porque, años antes de la ruptura, el influyente y autónomo gobierno regional katlunyo había logrado ampliar sus límites territoriales a costa de la vecina Argos, otra región del reino en la que no había ningún anhelo de secesión y cuyos habitantes, por tanto, no acababan de conformarse con el nuevo país al que de pronto se vieron perteneciendo. Pero así estaban las cosas, y la joven república tuvo finalmente su deseado estado soberano, sus tres poderes nacionales y todas las instituciones de un país democrático; aunque bien se comprende que, como un buen tercio de la población no era separatista (sobre todo, aunque no sólo, los argoseños), desde la misma creación de Katlunya su electorado estuvo dividido en dos principales partidos políticos, el Exaltado y el Estoico, y las elecciones presidenciales eran bastante reñidas.

Ejercicio 1: Dado que una parte considerable de la ciudadanía de la RK no compartía el “hecho cultural diferencial” de la otra parte y su región había sido “anexionada” administrativamente cuando aún eran todos parte del reino de Iberka, ¿era sensata la secesión de Katlunya como un país inherentemente dividido? ¿Era justa para los argoseños? ¿Era prudente separarse sin restituir a Iberka el territorio de Argos?

Nos asomamos a este escenario en el momento en que el líder de la RK, elegido por una holgada mayoría, intentaba guardar el equilibrio entre estoicos y exaltados. En concreto, lo vemos sentado a su despacho presidencial rumiando acerca de dos documentos que Iberka y Uropia habían enviado respectivamente a su gobierno ofreciéndole sendos acuerdos comerciales. Y dado que ambos eran mutuamente excluyentes, nuestro atribulado presidente tenía delante suyo una difícil decisión, pues si, por un lado, la oferta de Iberka era claramente más favorable para las economías domésticas y nacional de su pueblo, por el otro temía que, si la firmaba, podría enfurecer a los exaltados, que -como su nombre indica- eran políticamente más activos y se sentían en deuda con la Confederación por haberlos apoyado en su creación de la república. Además, “fuera de contrato”, ambos competidores por la asociación comercial ejercieron sus respectivas influencias (y dejaron caer sus veladas amenazas) sobre el pueblo katlunyo: los iberkos apelaban a la fraternidad y mutuas raíces (recordándoles que dependían de sus suministros de bienes esenciales), mientras que los uropios les prometían la entrada en una esfera superior de ilustración, libertad y prosperidad (asustándolos con el espantajo de quedar a merced del reino imperialista y depredador del que acababan de salir).

Nuestro presidente escogió la propuesta de Iberka.

Ejercicio 2: ¿Fue razonable esta decisión? ¿Fue legal? ¿Podría decirse que el presidente traicionó su pueblo?

La Confederación, que no estaba dispuesta a dejar escapar la república que había promocionado (y que tan útil debía aún resultarle), no dudó en organizar en ella una revolución de color: maniobró para activar la reacción de los entusiastas y, mediante tácticas de agitación urbana, promovió una encendida revuelta “popular” con objeto de destituir a su legítimo presidente. La estrategia funcionó: la revuelta creció y se hizo sangrienta, los medios de comunicación internacionales (financiados por Uropia) culparon de las víctimas a la brutal represión y el ataque armado de la policía a los manifestantes, y el presidente, para salvar su pellejo, hubo de huir a Iberka en busca de asilo. Entonces las masas (en su inmensa mayoría del partido Exaltado) se hicieron provisionalmente con el poder, disolvieron al gobierno y convocaron nuevas elecciones, cuyo resultado -como era predecible- colocó en el sillón presidencial al candidato designado por Uropia, bastante más subordinado a sus intereses que su predecesor. En poco más de dos semanas revocó el acuerdo firmado con Iberka y lo sustituyó por el que habían presentado sus patrocinadores.

Pero los votantes del partido Estoico ni participaron en las elecciones ni las aceptaron (y, por consiguiente, tampoco la validez de acto político o jurídico alguno derivado de ellas), aduciendo que habían sido el fruto de una rebelión urdida desde el exterior y del ilícito desalojo de un presidente democráticamente electo, siendo por tanto nulas de pleno derecho.

Ejercicio 3: ¿Fue legítima la expulsión del presidente? ¿Lo fueron las nuevas elecciones y el subsiguiente gobierno? Para contestar a lo anterior, ¿sería esencial dirimir “quién empezó la escalada violenta en las manifestaciones”, o eso no cambiaría la respuesta?

A partir de estos acontecimientos, Katlunya se escindió más que nunca en dos grupos políticos -y territoriales- irreconciliables que se negaban mutua legitimidad: los exaltados, en su mayoría residentes en la parte oriental y bastante más extensa del país (lo que había sido la Katlunya de Iberka), y los estoicos en el extremo occidental (lo que fue Argos antes de la independencia). Y puesto que unos y otros creían tener a la razón y a la justicia de su lado, y estaban dispuestos a derramar la sangre por sus respectivas causas, estalló una guerra civil entre ellos, con el frente establecido bien dentro de Argos. Una guerra muy desigual, ya que, al ser los exaltados mayores en número y territorio, y dado que controlaban el poder, las instituciones y casi todo el ejército, los estoicos hubieron de recurrir a milicias apresuradamente reclutadas y a luchar en guerra de guerrillas. No obstante, comprendiendo enseguida que su manifiesta inferioridad no les permitiría nunca vencer al enemigo ni restaurar en toda Katlunya “el orden legal” (según su criterio), decidieron convocar un referéndum en Argos con objeto de independizarse de la república y conformar una nueva para ellos. Las urnas hablaron, ganó el SÍ (aunque con poca participación ciudadana) y quedó autoproclamada la República Popular de Argostán (RPA), renunciando al nombre Katlunya, que quedó para el lado occidental.

Pero esta escisión, por supuesto, no puso fin a la guerra (ahora ya internacional, según Argostán). Katlunya, que no estaba dispuesta a renunciar ni a un metro cuadrado de tierra, no reconoció dicha independencia y mantuvo a su ejército dentro del nuevo país, hostigando no sólo a las milicias argostanís sino también a su población civil, a la que sometieron a continuas masacres de tinte marcadamente étnico (pues, para entonces, los katlunyos ya habían dado un giro xenófobo sin disimulos hacia sus vecinos, a quienes calificaban de infrahumanos separatistas pro-iberkenses.)

Ejercicio 4: ¿Cuál de los dos bandos había sido en realidad más “leal” a la original República de Katlunya: el que defendía al régimen anterior a la revuelta inicial, o el que lo derrocó y cambió al gobierno con una rebelión? En las circunstancias descritas, ¿fue antijurídico o ilegítimo proclamar la independencia de Argostán? ¿Podríamos considerar a la RPA un país soberano?

Por otra parte, dado que los katlunyos habían conseguido -o, al menos, argumentado- su independencia de Iberka basándose en su “distinta identidad cultural e histórica”, ¿no deberían, por idénticas razones, estar más que dispuestos a otorgar el mismo derecho a cualquier región de su república que quisiera independizarse?

Una vez los argoseños hubieron proclamado su independencia, y conscientes de su propia debilidad y el antagonismo internacional (Uropia, igual que la RK, tampoco los reconoció como país), pidieron su reincorporación al reino de Iberka, pero esta solicitud fue rechazada: tras siglos de leyenda negra y propaganda anti-iberkense promovidas por Uropia, la situación del viejo reinado era algo precaria, y su jefe de estado temía una reacción antagónica por parte de la Confederación. De hecho, tampoco Iberka se aventuró a reconocer a Argostán como nación soberana ni accedió a su petición de socorrerlos militarmente para expulsar a las tropas katlunyas, aunque sí les prestó solapada colaboración logística y les envió algunas unidades de voluntarios. De modo que la guerra, siempre en territorio argostaní, se prolongó durante diez años, a lo largo de los cuales su población sufrió quince mil bajas, la mayoría civiles.

Pero, entretanto, Katlunya y Uropia habían acelerado un programa, acordado antes de la revuelta inicial, para crear una alianza militar con el declarado objeto de frenar -o al menos prevenir- el supuesto expansionismo de Iberka; y en vista de ello los dirigentes de este reino comprendieron finalmente que semejante proyecto bélico suponía una amenaza real para su propia existencia, lo cual los llevó por último a cambiar su política y a reconocer oficialmente la existencia y soberanía de la RPA. Como consecuencia de esta decisión, para Iberka el conflicto en curso dejaba de ser una guerra civil y pasaba a convertirse en una agresión exterior armada hacia Argostán, lo cual, a su vez, permitía legalmente -y requería políticamente- que les enviase sus tropas para expulsar de Argostán a las tropas enemigas katlunyas. Y así sucedió: el ejército de Iberka reforzó al argostaní y el curso de la guerra cambió de manera drástica, los katlunyos acabaron por retirarse (no sin presentar denodada resistencia) y, al cabo de varios meses, Argostán quedó completamente liberada de los “invasores”.

Ejercicio 5: ¿Constituía la intervención militar de Iberka una invasión a un país soberano (Katlunya) o, por el contrario, deberíamos considerarla una ayuda legal a un país soberano agredido (Argostan)? En otras palabras: ¿era legítima esa intervención?

Y si lo era, habida cuenta de que los argostanís venían siendo masacrados, desde el famoso derrocamiento, en una guerra de limpieza étnica, ¿no debería el gobierno de Iberka haber adoptado esa medida política mucho antes para ahorrarle miles de víctimas a la población de Argostán? ¿Era moralmente aceptable esperar una década para cambiar su posición oficial, y hacerlo sólo cuando Iberka misma sintió amenazada?

Preguntas finales: ¿Qué es un país soberano? ¿Quién ostenta la autoridad para dictaminar sobrer esa cuestión? Y en última instancia, ¿de dónde dimana dicha autoridad?


Eso es todo. Seguramente muchos lectores habrán visto claras analogías con, al menos, dos conflictos conocidos; pero antes de que se apresuren a objetar que “las cosas no fueron (o no son) así”, permítanme repetir que esto es una situación ficticia planteada para estimular un debate constructivo y ensanchar puntos de vista y percepciones de la realidad. Trate el lector de imaginarse siendo un katlunyo, argostaní, uropio e iberkense. Por supuesto que las analogías con realidades pasadas, presentes e incluso futuras son deliberadas. En última instancia, esa es mi intención. Pero en lo que respecta a generar opiniones, debe suponerse que la historia que he descrito es cierta en su totalidad. En cualquier caso, creo que vale la pena responder a las cuestiones que planteo.

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Agenda globalista y guerra en el Donbass

Klaus Schwab y Volodimir Zelenski. (Fuente: flickr.com)

Índice

Los varios canales de información que sigo habitualmente para enterarme del progreso de la guerra en el Donbass y de las vicisitudes políticas que lo rodean coinciden habitualmente en una idea que a mí, en cambio, no acaba de convencerme: la asombrosa estupidez o miopía de los gobiernos occidentales. Esta noción se deriva del desastroso fracaso de las sanciones económicas impuestas a Rusia, que no sólo no le han hecho apenas mella sino que le han servido para robustecer su moneda y desbordar, literalmente, sus arcas públicas con las divisas extranjeras provenientes del exorbitado precio que el gas y el petróleo han alcanzado a causa, precisamente, de esas mismas sanciones; las cuales, además, están resultando ruinosas, en términos económicos y de bienestar social, para los propios países que las han impuesto. Ya hemos comenzado a pader escaseces energéticas y de suministros (includos los alimentos), así como un deterioro de nuestra industria y agricultura, lo cual ha disparado la inflación a unos valores sin precedentes en las pasadas décadas y está provocando un estancamiento general de la economía. Han comenzado ha producirse ya convulsiones en varios estados europeos, con acerbas protestas sociales y debilitamiento de sus gobiernos.

A dichas consecuencias hay que sumar, además, el incremento en gastos de defensa que tendrán que acometer los países europeos de la OTAN, la necesidad de hacernos cargo de millones de refugiados ucranianos, una mayor inseguridad social, el frío que vamos a pasar este próximo invierno y, lo más peligroso de todo, el riesgo de provocar una guerra mundial de impredecibles consecuencias. ¿Y todo por qué? Por alinearnos y apoyar a un determinado bando en un conflicto bélico que ni nos va ni nos viene y que se desarrolla en un país donde nada se nos ha perdido. Y, para colmo, sin fruto alguno, porque Ucrania va a ser derrotada igualmente.

Es indudable -por volver a mi punto de partida- que todas estas repercusiones, acarreadas sobre nosotros mismos, pueden a primera vista sugerir una pasmosa imbecilidad por parte de nuestra clase política; y no digo que esto sea del todo falso: como poco, desde el más necio de nuestros gobernantes hasta el más espabilado, están todos demostrando ser una mancha de lacayos al servicio de unos intereses supranacionales que puentean la democracia y esquivan por completo la declarada soberanía de los pueblos. Pero precisamente por eso me pregunto si las sanciones económicas -y medidas políticas concomitantes- se han adoptado únicamente a dictado de la presunta estulticia de tales gobernantes; si sólo a una incompetencia supina se debe este sufrimiento autoimpuesto, o bien si obedece a otros designios de los que aquéllos son meros ejecutores. Y si se trata de esto último, como yo postulo, entonces hay que descartar la hipótesis de la torpeza, pues no cabría imputársela ni a nuestros subordinados políticos, que no harían más que seguir órdenes, ni a quienes se las dictan, que -es de suponer- saben bien lo que hacen y persiguen. A los poderes globalistas podrá llamárseles todo lo que se quiera: malvados, codiciosos, ambiciosos, faltos de escrúpulos o -en no pocos casos- iluminados mesiánicos con una extravagante y muy particular visión del mundo; pero no puede pensarse que sean tontos. Me niego a aceptar esta última suposición; entre otras cosas porque ningún tonto es capaz de amasar las fortunas y adquirir el poder que ellos detentan.

Por eso, basándome en la certidumbre de que esas castas privilegiadas son un puñado de inteligentes, refinados y maquiavélicos personajes, no puedo evitar formular la tesis de que gran parte de lo que está ocurriendo actualmente en torno al conflicto en el Donbass ha sido deliberadamente planificado y, en buena medida, previsto. Pero hay algo en todo ello que no me encaja. Sirvan estas notas para intentar poner en orden mis ideas, exponer mi visión del presente escenario y formular la aparente contradicción, la incógnita que me estorba una adecuada comprensión de lo que sucede y sus porqués.

1. La agenda globalista (o viva la conspiranoya)

Antes de continuar, un inciso: el término “conspiranoico” surgió para referirse burlonamente a las personas que creen ver conspiraciones donde no las hay… O donde sí, pues en realidad se emplea para tratar de descalificar a cualquiera que señale o sugiera la existencia de ciertos designios no evidentes cuya comprensión se le escapa al detractor o, simplemente, cuya aceptación le resulte incómoda por la razón que sea, incluida la pereza intelectual. Con frecuencia me califican de conspiranoico, pero quienes lo hacen no me proporcionan ninguna prueba suficiente de que determinado complot que yo haya apuntado no exista; y aunque yo tampoco haya sido capaz de demostrar esa existencia de modo irrefutable, tal circunstancia es insifuciente, por sí sola, para concluir que estoy equivocado. El argumento ad silentium es una falacia. Únicamente podría aseverarse con rigor que tal o cual conspiración no existe si quien la niega aportase, como mínimo, un hecho que la contradijera. De manera que los conspiranoicos estamos a menudo tan inermes para demostrar lo que denunciamos como lo están nuestros detractores para demostrar lo contrario. Y, por cierto, descalificar a alguien tampoco significa que no tenga razón. El argumento ad hominem es otra falacia. Viva, pues, la conspiranoya.

En cualquier caso, lo cierto es que los poderes globalistas a quienes atribuyo el presente conflicto (y sus consecuencias) no están actuando ahora en la sombra o entre bambalinas, sino bien a la luz; de modo que ni siquiera podría hablarse propiamente de conspiración, pues uno de sus elementos esenciales está aquí ausente: la ocultación o el secreto. En el presente caso el globalismo no conspira, sino que simplemente “trabaja” para llevar a cabo sus planes (llámense proyectos, objetivos o designios), los cuales están publicados, negro sobre blanco, en un programa; o, mejor dicho, en varios, cada uno con su propio nombre, aunque suele para resumirlos suele utilizarse la expresión “agenda globalista”.

¿Y en qué consiste esta agenda? Como digo está ahí, dispersa en una plétora de publicaciones a disposición de quien sienta la curiosidad de conocerla. El proyecto globalista no se encuentra compendiado en un único documento, entre otras razones (y una de ellas bien podría ser la deliberada intención de hacerlo menos evidente), porque quienes lo promueven trabajan a través de una infinidad de organismos: el Foro económico mundial (WEF), el Club Bilderberg, el Consejo para relaciones exteriores o la Comisión trilateral, por citar los principales; aunque no debemos pasar por alto a la ONU con sus varias terminales (incluida la OMS), ni tampoco multinacionales de todo tipo, como alimenticias (Monsanto), energéticas (Exxon, Shell), farmacéuticas, armamentísticas (el MIC), financieras (Black Rock, Vanguard, el FMI), mediáticas (Netflix, Disney), tecnológicas (Microsoft), digitales (Youtube, Meta, Instagram), académicas, etc. De hecho, si uno se entretiene en buscar quiénes son los dueños o los directores de esas empresas descubrirá que están mutuamente participadas y que, en última instancia, se hallan en manos de un centenar de personas o clanes familiares (Rockefeller, Du Pont, Bush, Rothschild…), que forman la esfera, eminentemente anglosajona, que decide los destinos de medio mundo.

De modo que para hacerse una idea de los contenidos de la agenda es suficiente, como digo, con navegar durante unas cuantas horas por las respectivas webs de sus promotores. Quien haga este ejercicio observará, al cabo, cómo los mismos temas se repiten de manera recurrente: el “cambio climático” con todas sus facetas (elemento central y ubicuo del designio globalista), el identitarismo, las ideologías de género (LGBT), la inmigración (welcome refugees), el animalismo (y su primo hermano el veganismo), la “ciberseguridad”, la “salud colectiva” (pandemias) y otra media docena de asuntos más. A través de este programa la humanidad llegará al archinombrado Nuevo Orden Mundial (¿recuerda Ud. la “nueva normalidad” post-covidiana?) que tanto preconizan y del que tanto oímos hablar. Pero la agenda es tan vasta que me haría falta un larguísimo artículo para exponerla en condiciones; y de todas formas ya otras personas han hecho ese trabajo; de modo que, en este punto, me limitaré aquí a los aspectos que son relevantes para lo que quiero argumentar. Baste citar, como su exponente quizá más característico, las 8 predicciones para 2030 contenidas en este video que publicó el WEF (también llamado Foro de Davos) y que desarrolló por escrito en esta página web. Nótese, por cierto, en esta última cómo aparece bien a las claras un enlace donde pone: “Agenda Global”. Lo digo, sobre todo, para los anti-conspiranoicos.

Pues bien: para lo que pretendo exponer, conviene destacar los siguientes puntos de dicha agenda:
– Cambio climático. Los hidrocarburos pasan a la historia. Impuestos mundiales a la emisión de CO2.
– Fin de la propiedad privada. En lugar de comprar bienes, los alquilaremos.
– Fin de la hegemonía mundial estadounidense. Surgen nuevos polos de poder: alianza Rusia-China.
– Emigración de mil millones de “refugiados” hacia Occidente.

Pero, antes de continuar, debo hacer dos precisiones. Por un lado, no todos los objetivos de la Agenda Global están consignados negro sobre blanco en las publicaciones de los “amos supremos”. En concreto, una de sus aspiraciones históricas (suficientemente documentada en diversos trabajos a cargo de solventes investigadores y analistas políticos) es el debilitamiento de Europa (en realidad, de todo poder que pueda oponerse al de la esfera angloamericana); y otra, más reciente, es la disminución de la población mundial. Por otro lado, aunque en ocasiones los puntos de esa agenda vienen expuestos como “pronósticos” (o incluso como “peligros”), me parece más que razonable, habida cuenta el poder que esa gente tiene para generar profecías autocumplidas, interpretarlos también como objetivos del mismo proyecto.

Y una última aclaración: que la agenda global manifieste que tiene tales o cuales metas no significa necesariamente que estas sean en realidad las que en última instancia quieren alcanzar. Los objetivos declarados son, todos, altruistas y en general atractivos para el gran público. ¿Quién no desea que se acabe la pobreza, que reinen la paz y la igualdad, que la Tierra no se desertice o que se trate bien a los animales? Pero, aun suponiendo que quienes detentan el poder global crean verdaderamente en algunos, o incluso en todos ellos, lo más probable es que su principal interés sea conservar su poder o incrementarlo.

2. La guerra en el Donbass.

Expansión de la OTAN hacia Rusia (Fuente: ashleyhaas.blogspot.com)

He introducido el presente artículo mencionando el “triunfalismo” dominante en los canales de comunicación alternativos que sigo a diario para estar al tanto de todo este asunto. Y, escuchándolos, cualquier crítico de la OTAN y del poder hegemónico estadounidense encontrará al menos dos buenas razones para sentirse anticipadamente victorioso: por un lado, las repúblicas del Donbass, apoyadas por Rusia, están ganando esta guerra de manera indiscutible; y por otro, las sanciones económicas impuestas sobre Rusia (y Bielorrusia) están dañando muchísimo más a los castigadores que a los castigados. De modo que si la guerra sigue su curso actual y la OTAN no llega a intervenir militarmente, bien puede predecirse que la coalición rusófona va a salir por completo vencedora en este conflicto, mientras que, con la total derrota de Ucrania (y su probable desaparición como Estado), las naciones de Occidente saldrán derrotadas y muy debilitadas tanto política como económicamente. Así, tamaño fracaso podría atribuirse directamente a la oceánica torpeza de nuestros líderes y a su inconcebible incapacidad tanto para asumir que sus medidas están explotándoles en las manos como para aceptar que, por el bien del mundo entero, empezando por el de la propia Ucrania a la que dicen apoyar sin fisuras, lo que deberían hacer es dar marcha atrás y tratar de llegar lo antes posible a un acuerdo de paz con el “bando enemigo”. Pero ¿es verosímil tal grado de incompetencia por parte de los gobernantes occidentales?

La cantidad y fiabilidad de la información existente (para quien esté interesado en buscarla) sobre los orígenes y las causas del presente conflicto permite afirmar que -como he expuesto ya en anteriores artículos- esta guerra viene siendo querida y provocada por el mundo anglosajón desde hace bastantes años. Los antecedentes hablan por sí solos: la expansión de la OTAN hacia el este, la Revolución Naranja de 2004, el golpe Euromaidan una década más tarde, el armamento y entrenamiento del ejército ucraniano, el rechazo -más bien, desprecio- de las exigencias de seguridad y advertencias de Rusia, la desestabilización de su frontera, la rusofobia promovida en Ucrania desde fuera, etc. Y después, a partir del 24 de febrero, siguen acumulándose las pruebas, pues el empeño de Estados Unidos e Inglaterra en prolongar el conflicto todo lo posible es manifiesto: pese a que, desde las primeras semanas, se  hizo evidente que Ucrania no tiene la menor oportunidad de vencer al Donbass apoyado por Rusia, el liderazgo de la OTAN ha ordenado al presidente títere Zelenski abortar los iniciales intentos de negociación y continúa instigándolo a continuar la lucha hasta la muerte de su último soldado. Más aún: dicho liderazgo no parece escatimar esfuerzos en intensificar las hostilidades, estirando la cuerda hasta su límite de ruptura; y buena muestra de esto último es el bloqueo, por parte de Lituania (instruida, obviamente, por sus amos), del suministro de mercancías a Kaliningrado, que supone de facto un sitio a dicha provincia y de iure un innegable casus belli que podría desembocar en un enfrentamiento mundial.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver esta guerra con la agenda globalista?

3. Acelerando el cumplimiento de objetivos.

Un planeta verde, sostenible, resiliente e inclusivo (Fuente: flooddoctor.co.uk)

Puesto que yo sostengo que todo lo relevante que ocurre desde hace bastantes años en este sector del hemisferio norte viene dirigido por el mencionado poder supranacional (que, insisto, tiene capacidad para imponer sus directrices -y llevar a cabo su agenda- sobre los gobiernos de los países a los que controla directamente), de dicha hipótesis se sigue que tanto la guerra en el Donbass como, al menos, sus principales consecuencias sobre el propio Occidente han sido también previstas y planificadas de antemano. Y, en efecto, no me faltan indicios en apoyo de esa tesis. Para examinarlos, volvamos a los puntos de la agenda globalista que mencioné en el apartado primero:

a) Cambio climático, desarrollo “sostenible” y el fin de los hidrocarburos como fuente principal de energía.

La consecuencia más directa y traumática de las sanciones impuestas a Rusia por los países de la OTAN es que Occidente en general y Europa en especial se ven obligados a disminuir drásticamente su dependencia del gas y el petróleo como fuentes de energía, y por consiguiente a hacer un esfuerzo extraordinario para potenciar otras fuentes alternativas y aparentemente limpias. El cambio climático es el principal mantra del globalismo, y esta guerra, que lo potencia en gran medida, servirá para acelerar las políticas medioambientalistas del primer mundo. Aunque algunos países europeos estén volviendo al carbón (muchísimo más contaminante que los hidrocarburos) para poder hacer frente a las demandas energéticas inmediatas del próximo invierno, me atrevo a predecir que ese “retroceso” (que de hecho el WEF y Cía. podrían utilizar para poner el grito en el cielo por el calentamiento planetario) se revertirá al cabo de un par de años y que el resultado final será una aceleración de las políticas “sostenibles y resilientes” que dice perseguir la Agenda 2030. Este es, en mi opinión, el núcleo primordial de todo este asunto.

b) “No poseerás nada y serás feliz”. El alquiler sustituye a la propiedad.

La crisis sin precedentes que las mencionadas sanciones están originando trae como resultado, via inflación galopante y otros desastres económicos, un rápido y notable empobrecimiento de la población occidental (en particular la europea), colocándonos un paso más cerca del objetivo globalista de “no poseer nada”. El ciudadano se verá cada vez más obligado a depender, para su subsistencia, de las ayudas y subvenciones estatales, con notable pérdida de su independencia, derechos y -sobre todo- libertades.

c) Fin de la hegemonía estadounidense y surgimiento de un nuevo polo asiático de poder: la coalición Rusia-China.

Creo que en este aspecto no puede haber lugar a dudas. El rublo se ha fortalecido, Rusia y China trabajan para potenciar y expandir el grupo BRICS, establecer nuevos canales financieros y diesñar sistemas de transferencia de dinero alternativos del SWIFT. Ha surgido el “petrorrublo”. De hecho, aunque aún a pequeña escala, esos sistemas ya están funcionando, y algunos países están empezando a comerciar entre sí en sus respectivas monedas y en detrimento del petrodólar, el cual no sólo ha dejado de ser la única divisa de intercambio global sino que, previsiblemente, lo será cada vez menos. Y a esto ha contribuido en no escasa medida la desquiciada impresión de billetes, durante los últimos años, por parte de la Reserva Federal (igual que el BCE hace con el euro), con la consiguiente disminución del valor real del dinero y empobreciendo -estafando, en realidad- a los cuentacorrentistas. Aparte, el robo de los activos rusos depositados en Occidente (un verdadero acto de piratería muy anglosajón) disminuye la confianza mundial en los países que lo perpetren, aumentando su desprestigio y provocando el alejamiento de otras naciones, cada vez más intersadas en hacer negocios con Rusia y China. Otra diana de la agenda globalista.

d) Welcome refugees.

El Foro de Davos preconiza el desplazamiento, para 2030, de nada menos que mil millones de emigrantes (hacia Occidente, se sobreentiende) huyendo de conflictos. El actual conflicto en el Donbass ha ocasionado ya, en apenas unas semanas, el desplazamiento de unos cinco millones de refugiados ucranianos. Una cifra aún muy lejos, cierto es, de los pronosticados mil, pero otro granito para el granero. La gran avalancha vendrá tal vez en los próximos meses o años, cuando las hambrunas que se producirán a causa de la escasez de cereales en Asia y África ocasionada por las sanciones económicas a Rusia empujen a los pueblos de dichos continentes a una masiva emigración hacia Europa, contribuyendo así además a su acelerado debilitamiento.

4. La pregunta

Foto de bmg-group.com

Estas cuatro “coincidencias” entre los designios de la agenda globalista y las consecuencias del actual conflicto en el Donbass apoyan mi tesis de que tanto este conflicto como -sobre todo- su forzado dilatamiento en el tiempo son eventos deliberados, si bien no puedo descartar que quienes mueven los hilos, sin ser los instigadores de la guerra, simplemente la hayan aprovechado (como hicieron con la covid) para intervenir con sus medidas y adelantar así el alcance de sus objetivos. Pero me cuesta creer en la no autoría, siquiera sea parcial, de los poderes globalistas, pues las pruebas de que Washington lleva años buscando y agitando esta situación me parecen muy sólidas.

Ahora bien: aquí es donde me topo con una aparente contradicción que aún no he sido capaz de resolver satisfactoriamente: dado el enorme deterioro que este enfrentamiento está causando no sólo en Europa, sino en las economías de -permítaseme el vocablo- la anglosfera (donde están asentadas las élites globalistas y desde donde ejercen su poder), y dado el previsible final de EE.UU. como única potencia hegemónica mundial, ¿cómo entender que dichas élites se perjudiquen de ese modo a sí mismas? Parece razonable suponer que lo que es malo para Angloamérica es malo para sus oligarcas. Como dije al principio: aunque puedo muy bien aceptar que los gobernantes occidentales sean un hatajo de necios al servicio de esas élites, de ellas mismas no puede decirse otro tanto, pues sus think-tanks están compuestos por la crême de la crême, lo más granado en conocimientos e inteligencia que sale de las universidades e instituciones norteamericanas. Cierto es que tales castas miran sólo por sus propios planes e intereses, que no profesan particular lealtad a ningún estado y que, por mucho que se derrumbe la economía y disminuya la calidad de vida para el resto del orbe, a ellos no les afecta gran cosa, pues viven en sus lujosas mansiones y burbujas de riqueza, disfrutando de todos los privilegios posibles y alejados del mundo y sus miserias; pero esta objeción tiene dos pegas.

Una es que, aunque ellos no vayan a padecer ninguna de las privaciones que de sus mesiánicos designios se derivarán para el resto de la humanidad, no veo que tengan ninguna necesidad de hacer colapsar a sus propios países, pues tal colapso redundaría en mayores inconvenientes para ellos mismos.

La otra es que la radioactividad no se detiene en la puerta de ningún ser vivo, por muy Du Pont, Rothschild o Rockefeller que sea. Si siguen echando combustible a la hoguera que arde ahora mismo en el Donbass no puede descartarse que la cosa desemboque en una guerra mundial, y ésta, a su vez, en termonuclear; y en ese juego no hay ganadores: todos pierden.

Por supuesto, siempre cabe llevar mi tesis conspiranoica hasta el punto de postular que, tal vez, esto último es precisamente lo que buscan, ya que así perecerían cientos -acaso miles- de millones de personas y se lograría el objetivo globalista de disminuir drásticamente la población mundial y “salvar al planeta”, en tanto que “ellos” podrían siempre refugiarse de la tormenta radioactiva en sus posesiones, situadas acaso en remotas islas paradisíacas o en países que no sufrirían bombardeos y provistas tal vez de búnkeres a prueba de rayos gamma. Pero esto se me antoja ya excesiva conspiranoya incluso para mí. ¿O no lo es?


Soy consciente de que este desarrollo puede tener serias grietas: puedo estar dando por ciertas cosas que no lo son, haciendo generalizaciones poco válidas, incurriendo en errores de concepto o -esto con total seguridad- pasando por alto factores que serían imprescindibles para comprender adecuadamente la realidad. Pero aun en la más sencilla y menos conspiranoica de las hipótesis, que es la de una guerra provocada y avivada por los gobiernos de Estados Unidos y Reino Unido, el interrogante que planteo sigue en pie: ¿por qué se perjudican a sí mismos? Esto es lo que no alcanzo a vislumbrar; y pido a cualquier lector que tenga mejores ideas que las mías que me ayude a resolver este enigma. Pero insisto: quienesquiera que estén tomando las decisiones y dando las órdenes en la Casa Blanca y en Downing Street no pueden ser tan estúpidos como para causar su propia desgracia por error; así que me resistiré a creer cualquier explicación basada en tal supuesta incompetencia.

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El sueño europeo de los ucranianos

Imagen de https://bluzz.org/eu-backs-ukraine-s-european-dream-as-russia-cuts-gas-supplies-3433471.html

Una vez más, la señora Úrsula Vonderleyen nos ha conmovido a todos con sus elocuentes palabras: “Sabemos que los ucranianos están dispuestos a morir por el enfoque europeo. Queremos que vivan con nosotros el sueño europeo.” Éstas fueron, a mi entender, las dos frases clave del discurso que, literalmente envuelta en los colores de la bandera ucraniana, espetó a los oyentes en una conferencia de prensa en Bruselas el pasado 17 de junio. Y ambas frases merecen, también a mi entender, una reflexión.

“Sabemos que los ucranianos están dispuestos a morir por el enfoque europeo”, dijo. Para empezar, me resulta curiosa y algo enigmática su elección de la palabra “enfoque” (si se me admite esta traducción del vocablo inglés perspective, que es el que usó). Este detalle me tiene algo intrigado. ¿Por qué “enfoque” (perspective) en lugar de, por ejemplo, “ideales” o “valores”? Tengo entendido que las palabras, en los discursos políticos, se escogen muy cuidadosamente para transmitir significados y matices muy concretos; de modo que si Úrsula dijo “enfoque”, eso quiso decir y no otra cosa. Pero la connotación, cualquiera que fuese, que quiso imprimir a su frase con esa palabra me parece tan sutil y difícil de adivinar que no me veo capaz de acometer la tarea con éxito; así que no lo intentaré.

En cualquier caso, lo que me parece importante destacar es que si nosotros, los europeos, “sabemos” que los ucranianos están dispuestos a morir por nuestro enfoque, me temo que ya sabemos mucho más de lo que saben ellos. Yo pensaba -y estoy seguro de que, conmigo, muchísima otra gente- que los ucranianos estaban muriendo para defender de una “invasión” ilegítima lo que consideran su territorio. Y muriendo, por cierto, bastante a regañadientes, pues me consta por fuentes directas que, salvo los elementos más ultranacionalistas, la mayoría de los soldados ucranianos no quieren luchar esta guerra fraticida (como, seguramente, tampoco quieren los rusos). Un elevado porcentaje de la población ucraniana tiene algún tipo de familia en Rusia, y matarse entre primos, sobrinos o hermanos no es del gusto de ninguno.

Mas, por retomar el hilo, no sé de dónde se saca la Vonderleyen que lo que impulsa a los ucranianos a morir con tanto entusiasmo es el “enfoque europeo” y no la defensa de su país. No puede, por supuesto, negarse que la Ucrania occidental es muy europeísta, pero de ahí a morir por Europa o su perspective va un trecho larguísimo, sobre todo teniendo en cuenta que la inclusión de Ucrania en la UE es un proceso que llevará años, si no décadas (suponiendo que llegue a ocurrir algún día). Por eso estoy seguro de que más de un ucraniano se ha sorprendido al enterarse de que ellos están combatiendo por Alemania, Francia o Italia, y no por Ucrania. En realidad, me parece a mí, lo que la mujer de azul y amarillo hizo fue decir una evidente pero hermosa mentira con objeto de animar a los estados de la unión a acoger con calor la candidatura ucraniana a integrarse en el club. Está claro que, para ella, el fin justifica la falsedad.

Y de la otra frase: “Queremos que vivan con nosotros el sueño europeo”, puede decirse otro tanto, pues ese “queremos” da a entender que los europeos estamos deseando acoger a Ucrania en nuestra unión, y eso dista mucho, creo yo, de ser una generalización aceptable. Todavía estoy por conocer una encuesta a nivel de la UE que muestre un mayoritario e inequívoco deseo de que tal cosa suceda. ¿Quién ha autorizado a Vonderleyen a hablar por boca de todos los demás? De hecho, cualquier persona medianamente informada sabe que, hoy por hoy, la entrada de Ucrania sería una carga económica desastrosa -si no insoportable- para los actuales miembros; y si nos preguntasen nuestra opinión en referéndum quizá alguna se llevaría una sorpresa… o no.

Aun así, lo irónico de esa frase es que, creyendo acaso doña Úrsula que enunciaba otra bella y memorable pieza retórica destinada a grabarse en nuestras conciencias, no sabía cuán cierto era en realidad lo que decía, aunque fuese lo opuesto de lo que pretendía decir. Por un lado porque Ucrania está tan lejos de pertenecer a la UE que bien pueden sus ciudadanos considerar esa pertenencia como un sueño inalcanzable. Y por otro porque la Unión Europea podrá ser, si se quiere, un proyecto bonito, edificante e incluso bienintencionado, podrá promover unos valores elevados y tener unas aspiraciones humanas y económicas todo lo ambiciosas que se diga (virtudes que yo, desde luego, estoy muy lejos de concederle), pero cada vez es más difícil no darse cuenta de que, en realidad, esa Europa no es más que un sueño; un sueño que, además, está convirtiéndose para algunos -y me incluyo entre éstos- en una auténtica pesadilla. Si esto es lo que queremos que vivan con nosotros los ucranianos, no les arriendo la ganancia.

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El nazismo es irrepetible

(Imagen de https://www.thetimes.co.uk/article/how-mi5-medals-duped-british-nazis-bj6v3rzcm)

Según yo lo entiendo, el nazismo fue la combinación única de un quién, un dónde y un cuándo: Adolf Hitler y la Alemania humillada y depauperada tras la PGM. Fuera del marco que formaron esos tres elementos, no puede haber nazismo ni, por consiguiente, tampoco nazis. De ningún modo. Leyendo el apartado que la Enciclopedia Británica dedica a ese término (y es la fuente más objetiva que he encontrado), no quedan dudas respecto a esta conclusión: el nazismo es irrepetible, pues acabó para siempre con la muerte de su líder y la desaparición de las circunstancias históricas en las que surgió. Ni siquiera en Alemania puede perdurar nazismo alguno, porque aunque la nación alemana sigue existiendo, Hitler y los años 1930 quedaron ya muy atrás. Así que hablar de nazis contemporáneos es tan absurdo como hablar de aztecas, güelfos o almorávides contemporáneos.

Ahora alguien podrá argumentar: “Pero el marxismo también fue el fruto de una persona, un lugar y un momento, y sin embargo sigue existiendo.” Bueno; me parece a mí que no. Primero porque el marxismo no estaba tan íntimamente ligado a Marx como el nazismo lo estuvo a Hitler. Segundo porque, básicamente, era una teoría económica enfocada no sólo a Rusia, sino susceptible y con aspiración de ser exportada, en su momento, a muchas otras naciones, mientras que el nazismo, por definición, se circunscribía prácticamente a Alemania y a la raza aria. Y tercero porque, en el mundo de hoy, el auténtico marxismo está obsoleto y es totalmente irrealizable (suponiendo que fuese realizable alguna vez); incluso en China o en Corea del Norte. Quienes hoy día se llaman a sí mismos marxistas, sobre todo en Occidente, probablemente no saben de lo que están hablando.

Y es por eso que soy contrario a usar el epíteto “nazi” para referirse a personas o ideologías actuales. A fuerza del obligatorio y trillado odio (justificado, sin duda, pero inducido) hacia el régimen de Hitler y las vilezas perpetradas durante el 3er Reich, la palabra “nazi” se ha convertido ya en un cliché para calificar -habitualmente con un tinte político- ideas de tipo supremacista, racista, anticomunista, xenófobo, antidemócrata, dictatorial, autocrático, etc.; cuando no en un puro y simple insulto que escupirle a alguien a la cara, como “hijoputa” o “cabrón”. Habida cuenta de que, a lo largo de las últimas décadas (y gracias, preciso es decirlo, a una de las más activas, extendidas y exitosas campañas propagandísticas de la historia), el tío Adolf ha llegado a personificar todo lo que es despreciable, inhumano, cruel, odioso y supremo exponente de la maldad, hoy en día es demasiado fácil y tentador coger la palabra “nazi” y arrojársela a cualquiera al que queramos ofender. Pero por muy despiadado, xenófobo, salvaje o brutal que sea alguien, eso no lo convierte en un nazi, ni mucho menos. La sobreutilización de esta palabra empobrece nuestro vocabulario, merma nuestra habilidad verbal, oscurece nuestro discurso y pone de manifiesto nuestro confuso pensamiento, si no es que nada en la pura ignorancia. A base de tanto usarla contra cualquiera que no comparta nuestra ideología (generalmente, pero no sólo, contra gente conservadora), ha quedado casi por completo desprovista de su significado original, hasta el punto de que algunos diccionarios, bajo esa entrada, incluyen acepciones del tipo: “Que tiene actitudes o ideas parecidas a las del nacionalsocialismo”, o incluso simplemente: “Persona muy dominante, dictatorial o intolerante”. Quizá en el futuro ésta se convierta en la acepción principal, si no única, de la palabra. Prepárese, lector, a ser llamado “nazi” más de una vez en su vida… si es que no se lo han dicho ya.

Y también es por eso que no llegué a comprar el pretexto de Putin respecto a que uno de los objetivos de su operación militar en Ucrania es el de “desnazificar” dicho país. Entiendo, desde luego -o al menos eso creo-, por qué ha dicho eso, pero aun así no lo apruebo. Teniendo en cuenta el colosal y nunca antes visto número de víctimas, la mayoría eslavos rusos, que la URSS hubo de sufrir luchando durante la SGM contra los (verdaderos) nazis, creo que Putin usa esa expresión para llegar a los sentimientos de su gente y obtener su apoyo incondicional. Pero, aun así, está mintiendo, porque actualmente no hay nazis en Ucrania (ni en parte alguna); y él lo sabe. A menos, claro está -y esta es una posibilidad que no deberíamos descartar por completo-, que lo que él quiere decir en realidad es “desneonazificar” Ucrania, purgarla de neonazis; en cuyo caso pienso que debería haberlo especificado así.

Pero, entonces, ¿hay neonazis en Ucrania? Bueno… en esta ocasión no podemos recurrir a la prestigiosa Enciclopedia Británica, ya que en ella no hay ninguna entrada para tal término. De hecho, ninguno de los varios recursos que he consultado en internet -salvo la histórica y políticamente sesgada Wikipedia- dice nada concluyente al respecto. El DRAE define al neonazismo como: “Movimiento político e ideológico […] que reivindica las doctrinas y prácticas del nazismo”. Es un punto de partida, aunque bastante incompleto. En cuanto a la Wiki, el concepto es prácticamente inabarcable: el neonazismo comprendería los “movimientos sociales o políticos de extrema derecha que buscan revivir e implementar la ideología del nazismo”; pero ya he explicado cómo, en realidad, el nazismo es irrepetible por ser inherente a una situación histórica que también lo es, así que esa definición tampoco nos ayuda mucho. Pero si continuamos leyendo esa fuente, encontraremos que dicho movimiento -dice- “toma prestados elementos de la doctrina nazi, incluyendo el ultranacionalismo, el ultraconservadurismo, el nacionalismo étnico, el racismo, la xenofobia, el antieslavismo, el capacitismo, la homofobia, la transfobia, el antiziganismo, la islamofobia, el antisemitismo, el anticomunismo y el antifeminismo”. Es decir, una incoherencia total, redactada además -resulta evidente- para poder condenar cualquier rasgo ideológico que no les guste a los siempre políticamente correctos redactores de la Wikipedia. Y digo incoherencia porque la doctrina nazi (cuyos elementos tomaría prestados el neonazismo) no incluía, por ejemplo, ni el ultraconservadurismo, ni el capacitismo, ni la transfobia, ni el antiziganismo ni el antifeminismo, según la correspondiente entrada en la propia Wiki para el nazismo. De hecho, se puede comprobar la escandalosa vastedad de esta definición sin más que observar la cantidad de países que albergan o han albergado organizaciones neonazis: 39, ni más ni menos. Entre ellos, por supuesto, Rusia y Ucrania. Huelga decir que no los he leído todos; pero he observado un detalle curioso: el apartado que le dedican al neonazismo ucraniano es el segundo más largo de todos. Cabría inferir, por tanto, que si hay un país con un movimiento neonazi, aparte de Alemania, ese país es Ucrania.

Aun así, esto no me hace preferir el epíteto “neonazi” sobre el de “nazi”. Si me apuran, casi es peor, a causa de su inabarcable amplitud. Desde luego el regimiento Azov ucraniano (junto con el Aidar y alguno que otro más) puede encajar perfectamente en la vasta definición de “neonazi”; pero eso significa muy poco: estoy seguro de que si yo mañana fundase un partido político, se me podría incluir también en la lista, porque sería un partido, como poco, ultraconservador, anticomunista y antiziganista.

No, no. En mi opinión, nada de esto es apropiado. Hay palabras más adecuadas para denominar esos conceptos. Si siente uno la imperiosa necesidad de recurrir al hombre del saco y evitar a la vez un anacronismo, puede usar derivados como “filonazi” o “nazistoide”, por ejemplo. Abordando el tema desde un punto de vista algo más honesto podría usarse la palabra “fascista”, que es menos anacrónica y denomina una ideología o movimiento no especialmente ligado a un personaje y país concretos (algo parecido a lo que ocurre con “marxista”). Pero, para darles nombre a las cosas, en realidad yo soy partidario de usar las palabras precisas que tenemos, y de las que en este caso no hay escasez. El regimiento Azov y otros grupos paramilitares ucranianos son unidades extremadamente radicalizadas -si no fanatizadas- en cuyas filas milita una gran cantidad de brutales, sádicos y desalmados torturadores y verdugos; descerebrados que probadamente han perpetrado, entre otros inenarrables crímenes, la quema de personas vivas, la masacre de ucranianos rusohablantes y el castrado sistemático de prisioneros de guerra rusos; y así es como debería llamárselos: no nazis, sino asesinos y carniceros. Apelar a los sentimientos históricos de los rusos es legítimo por parte de Putin, pero si aspiraba a sonar más creíble en el extranjero, creo que, en lugar de “desnazificar”, debería haber dicho “descriminalizar”. Ese sería, a mi entender, el punto sobre el que hacer hincapié y el que podría ayudar a justificar su operación especial.

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Las blancas abren y… ¿ganan?

Hace poco escuché un programa de radio en el que los participantes discutían una cuestión sobre la que yo, precisamente, venía pensando desde hacía una semana: ¿Cuál es el plan de Putin para cuando Rusia alcance sus objetivos militares en Ucrania? Vista la decidida voluntad de Biden & Asociados de seguir avivando el conflito hasta que no quede un soldado ucraniano vivo, ¿cuándo y cómo puede el Kremlin poner fin a las hostilidades?, ¿cómo salen de esta guerra?

Se me antojaba difícil papeleta; y esos analistas del programa de radio sacaban a colación las mismas razones y argumentos que yo venía barajando. Por supuesto, ninguno de nosotros está en la cabeza de Putin. En cuanto a cuáles eran sus objetivos cuando lanzó la operación militar en el Donbás, de sus propias declaraciones podemos sacar una idea aproximada: liberar a las repúblicas populares de Lugansk y Donetsk del acoso del ejército y milicias ucranianas, asegurar ambos territorios como “países colchón” favorables a Rusia y, de algún modo, forzar al gobierno de Kiev al compromiso de que Ucrania nunca será aliada de la OTAN. Pero Zelenski, al parecer, no tiene intención alguna de aceptar esos términos. Acaso Putin, subestimando el empuje del enemigo, contaba con una rápida ocupación de Lugansk y Donetsk y con que las tropas ucranianas capitulasen más o menos pronto; acaso también los analistas del Kremlin no contaban con el firme e ilimitado apoyo -económico y militar- de USEuropa al régimen de Kiev. Sea como sea, en vista de cómo se desarrollan los acontecimientos bélicos, es razonable asumir que, a lo largo de las pasadas semanas, los esquemas de la política rusa deben haber cambiado al respecto; pero sobre esto ya sólo podemos especular.

A tal fin, pongámonos en un supuesto relativamente ambicioso: imaginemos que, en este momento, el objetivo de Putin no es ya sólo liberar al Donbás, sino también ocupar la franja sur de Ucrania a lo largo del mar de Azov y el mar Negro (conectando así, por tierra, Rusia con Transnistria); e imaginemos que el ejército ruso lo logra, cosa que inevitablemente sucederá a menos que la OTAN se involucre directamente en la guerra. Muy bien: ¿y después, qué? La guerra es algo muy democrático, en el sentido de que el enemigo siempre tiene algo que decir. De manera que, aunque uno puede decidir unilateralmente cuándo comenzar una guerra, no puede tan fácilmente decidir cuándo concluirla (a no ser que el contrario se haya rendido incondicionalmente). Así que, ¿qué ocurre una vez que Rusia haya tomado las regiones que quiere (o creemos que quiere) tomar, si Ucrania decide seguir luchando? Putin no estará en disposición de decir simplemente: “¡Eh!, ya estoy servido. Esto se acabó. Retiro mis tropas. Démonos la mano por tu derrota y, a partir de ahora, pórtate bien”. No; esto no parece que vaya a suceder, ya que los belicistas mecenas de Zelenski siguen animándolo (por decirlo amablemente) a continuar la lucha hasta su último soldado, de modo que, en tanto le quede un palmo de tierra ucraniana y un recluta que pueda disparar, no habrá capitulación ni fin del conflicto. ¿Qué va a hacer entonces Moscú al respecto? ¿Seguir guerreando indefinidamente? Porque, por muy poderoso que sea el ejército ruso, la cantidad de armas y apoyo militar directo que Occidente puede proporcionar a Kiev son inagotables, y las hostilidades pueden continuar a perpetuidad pese a cualquier volundad de ponerles fin que pueda expresar el Kremlin. Y, mientras tanto, flanqueada Rusia por una jauría de perros rabiosos espoleados por Estados Unidos, cada vez más hostiles y siempre dispuestos a llevar a cabo ataques de falsa bandera o incluso a involucrarse osadamente en el combate, ¿cómo puede Putin evitar una escalada hacia la guerra con la OTAN?

En esta latente y creo que probable situación, Moscú se encontrará tarde o temprano en un serio apuro de difícil salida. ¿Es verosímil que no considerasen ni por un momento la probabilidad de que esto suceda? Es bien conocido que los rusos dominan el juego del ajedrez. Si un profano como yo puede ver el dilema que acabo de describir, ¿cómo es que el equipo de consumados profesionales del Kremlin, que sin duda tuvieron en cuenta con mucha antelación todos los posibles rumbos y resultados de su belicosa iniciativa, no fueron capaces de preverlo? No pueden ser tan tontos como para no haber anticipado la eventualidad de que una Ucrania apoyada por la OTAN no llegase a acceder a sus demandas. ¿O es que acaso se guardan un as en la manga?

Si sólo fuera yo quien se planteaba estas cuestiones, probablemente habría acabado por desistir de resolverlas, diciéndome que me falta demasiada información. Pero resulta, insisto, que bastantes analistas y periodistas están debatiendo sobre exactamente el mismo asunto y, pese a su mayor conocimiento, parecen estar tan in albis como yo al respecto.

Meditando sobre el tema, se me vino entonces a la mente esta idea: ¿Y si estoy centrándome en la pregunta equivodada? Quiero decir: ¿y si la cuestión no está en saber si Putin preparó un plan factible para finalizar la guerra en el momento oportuno, sino si le cabía mejor opción que asestar el primer golpe? ¿Qué otras alternativas menos arriesgadas tenía? Cuando la partida de ajedrez es inevitable, quizá lo único que puede uno decidir es elegir las blancas y abrir el juego, para así tener al menos la pequeña ventaja del primer movimiento. Pero… ¿era acaso inevitable la partida?

* * * * *

A lo largo de las últimas semanas una cosa ha quedado de manifiesto, creo, para cualquier ciudadano informado: esta es una guerra que libran los EE.UU. e Inglaterra (junto con sus subordinados europeos) contra Rusia por mediación de Ucrania. No sólo Joe Biden, sino otros políticos occidentales se han delatado en varias ocasiones al declarar abiertamente que el objetivo es debilitar a Rusia y derrocar a Putin. Aquí y allí vamos viendo cómo varios gobiernos e influyentes personajes han dejado de disimular y comienzan a revelar sin tapujos su fin de cambiar el régimen político de Moscú. Sin ir más lejos, por ejemplo, hace unos pocos días, en el Foro de Davos, George Soros manifestaba que “Ucrania está luchando nuestra guerra“. Con “nuestra”, desde luego, no se refiere a Ucrania.

Por otra parte, antes de que comenzaran las hostilidades la OTAN ya estaba enviando armas al gobierno de Kiev, concentrando tropas en el este europeo, realizando ejercicios junto a la frontera rusa y entrenando al ejército ucraniano para una “eventual” guerra con Rusia, junto con otras iniciativas poco amistosas -por decirlo suavemente- hacia este país (supuestamente en respuesta a las hipotéticas intenciones de Moscú). Recordemos también que, de manera bien oportuna y significativa, la tensión creció -y la “invasión” comenzó- justo cuando estaba a punto de inaugurase el gasoducto Nordstream 2, cuya puesta en marcha habría beneficiado enormemente tanto a Europa como a Rusia y reforzado sus relaciones, si bien en detrimento de las exportaciones de gas licuado del Tío Sam y para enorme disgusto de industria armamentística de este país. Todos fuimos testigos de cómo Biden sorprendió al canciller alemán Scholz cuando, en vivo y en directo, le hizo saber que el gasoducto (de propiedad eurorusa, no se olvide) no iba a abrirse, y de cómo Scholz, para su vergüenza, bajaba la cabeza y asentía en silencio.

Aparte, desde hace décadas existe un proyecto angloamericano (plan, designio, intención, llámese como se quiera excepto conspiración, pues está escrito negro sobre blanco) para dividir Rusia en varios estados más pequeños con el fin de hacerse con sus recursos naturales y explotar éstos por las grandes multinacionales. Y desde que Vladimir Putin llegó al poder y puso fin a la política de Boris Yeltsin de vender las riquezas rusas (época que los “empresarios” occidentales habían aprovechado para saquear y desangrar el país), las hostilidades de Occidente hacia Moscú no hicieron más que aumentar año tras año. La Alianza militar atlántica, cuya mera existencia dejó de tener justificación tras el colapso del régimen soviético y la disolución del Pacto de Varsovia, ha continuado, en cambio, expandiéndose hacia Rusia a pasos agigantados. El golpe de estado ucraniano del Euromaidan en 2014 estuvo patrocinado por EE.UU. y por la Agenda globalista con el fin de colocar en Kiev a obedientes peones que, con sus políticas, consiguieron radicalizar a la ciudadanía y desestabilizar la frontera oriental ucraniana. Si retrocedemos un poco más en el tiempo nos encontramos con la Revolución naranja de 2003, otro importante evento mediante el que EE.UU. se entrometía en el gobierno de Kiev. Hay que estar ciego para no comprender que el régimen de Putin viene siendo hostigado desde hace dos décadas; y no se requiere mucha sagacidad para adivinar con qué objeto: arrinconar al Oso ruso y provocar su reacción. Si Rusia invade, la machacamos, y si no invade le metemos la OTAN hasta la cocina. Incluso el políticamente correcto Papa Francisco, subordinado del globalismo, dijo recientemente que la OTAN era en buena medida responsable de la guerra por haber estado “ladrando a la puerta de Putin“. Actualmente hemos visto cómo, con el conque de la “invasión rusa”, Suecia y -sobre todo- Finlandia, países que durante décadas venían coexistiendo en paz con su vecino, han sido fuertemente presionados por EE.UU. para unirse a la Alianza aun en perjuicio y para peligro propios.

Cuando, al principio de este conflicto, escuché a Putin calificar su operación militar especial como un “ataque preventivo”, lo consideré una exageración propagandística destinada sobre todo a ganarse el apoyo de su pueblo. Pero ahora, tras informarme un poco mejor sobre la historia reciente, me pregunto si, después de todo, no estaría diciendo la verdad. Me parece bastante plausible que, tarde o temprano, la OTAN habría encontrado el modo de desencadenar una guerra contra Rusia o, cundo menos, derrocar su actual régimen político. A Putin estaban colocándole el tablero de ajedrez ante sus mismas narices y empujándolo hacia él. La partida era ineludible. En esas circunstancias, pues, quizá lo mejor que podía hacer era sentarse, elegir las blancas y abrir el juego para tener una mejor oportunidad de ganar.

* * * * *

Si todo lo que acabo de decir tiene algún sentido, entonces el acertijo con el que comencé este artículo resultaría una cuestión secundaria: ¿Qué plan preparó Putin -si es que lo hizo- para poder finalizar este conflicto sin sufrir una derrota? Pues… si se vio empujado a la guerra por las circunstancias, quizá simplemente pensó: Cuando lleguemos a ese río, cruzaremos ese puente.

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El asesinato como derecho legítimo

En cierta ocasión, durante un curso de psicología que atendí hace décadas, el profesor nos pidió que contestásemos -anónimamente- a la siguiente pregunta: ¿Serías capaz de matar a alguien si supieras con total certeza que jamás ibas a ser considerado responsable o sospechoso, ni sancionado en modo alguno por ello? Una porción no despreciable de alumnos respondimos que sí.

A lo largo de su vida, infinidad de gente llega a desear alguna vez la muerte de alguien, y muchos estarían, además, dispuestos a causar personalmente esa muerte si tuvieran la absoluta seguridad de no ser descubiertos.

El deseo de librarnos de Fulano o de Mengano es algo perfectamente natural. Tarde o temprano, siempre nos topamos con personas que nos causan padecimientos o trastornos, físicos o emocionales, muy difíciles de sobrellevar: el vecino que nos atormenta con incesantes molestias, el jefe que nos amarga la vida en el trabajo, el matón que nos humilla y agrede, el pandillero que tiene intimidado al barrio, el mafioso que nos extorsiona, el dictador que subyuga a toda una nación, el terrorista que mató a nuestro padre, el salvaje que violó a nuestra hija… La casuística es infinita, y a nadie se le puede reprochar que desee en algún momento la muerte del causante de sus problemas, o incluso que sienta el impulso de matarlo uno mismo. Pero ahí está el código penal castigando duramente el homicidio para disuadirnos de cometerlo; y de un modo u otro todos comprendemos que así debe ser, aunque acatar la ley nos obligue a reprimir nuestro instinto de protección, justicia o venganza. Parece un poco feo ir por ahí matando a la gente que hace el mal o nos estorba.

Ahora bien: entre la incontable cantidad de supuestos en los que querríamos deshacernos de otro ser humano hay un caso especial, una única excepción sobre la cual -y sin que sepamos muy bien por qué- muchas sociedades parecen coincidir. Se trata de aquellas situaciones en las que prevemos que ese otro ser humano, si bien inocente aún de toda culpa, va a suponernos un estorbo tan colosal en la vida, un obstáculo tal para nuestros proyectos y expectativas de futuro, que nos obligará a modificarlos drásticamente o a renunciar a ellos por completo. En tales casos, y si se da una circunstancia muy concreta, la ley nos permite asesinar al prójimo. Esa circunstancia es la de “llevar dentro al futuro enemigo”. Me estoy refiriendo, por supuesto, al aborto. Pienso en la revolución ética que supone establecer el derecho (no ya la despenalización, sino ¡el derecho!) a asesinar a alguien por la sencilla razón de que va a frustrar nuestras aspiraciones y a complicarnos la existencia.

Digo asesinato en lugar de homicidio y digo bien, pues según nuestro código penal es reo de asesinato quien matare a otro con alevosía; o sea, sin que la víctima tenga posibilidad alguna de defenderse, como es el caso de un recién nacido.

“Pero la mujer que aborta -objetará enseguida alguno- no está matando a un recién nacido, sino deshaciéndose del feto aún por nacer”. Cierto; pero resulta que estos días se dirime la cuestión de extender el aborto legal hasta el día del parto; y yo no veo diferencia esencial alguna entre una hora antes o una hora después: la criatura que muere es exactamente la misma. El argumento de que, mientras está dentro de la madre (o todavía unido a ella por el cordón umbilical), el feto no tiene “vida autónoma” no me convence en absoluto, pues en última instancia un bebé tampoco la tiene. Igualmente inaceptable encuentro ese otro argumento de que, en tanto no cumpla un día de vida, el neonato no es civilmente considerado persona, pues la ética no entiende de personas civiles, sino de seres humanos. ¿Y qué decir del peregrino argumento según el cual el feto sería una parte del cuerpo de la madre, como lo son el hígado o las orejas, y por tanto estaría igualmente sometido al soberano capricho de ésta? Cualquier embarazada de pocos meses que no sea una descerebrada o una fanática sabe perfectamente que lo que crece dentro de ella es un ser vivo distinto de ella misma.

No, no, no. Ninguna de esas “razones” me parece admisible. Ese vago y genérico “derecho a elegir”, que con tanta frecuencia se invoca últimamente respecto a una variedad de temas, a menudo no es más que un disfraz de bella apariencia (la connotación positiva de la palabra derecho) para ocultar una realidad antijurídica o inmoral. En el caso del aborto hasta el día del parto, derecho a elegir significa derecho a asesinar. Yo muchas veces me he cuestionado cuál es mi propia actitud frente al aborto; y sigo aún haciéndolo, porque la pregunta del millón de dólares continúa a día de hoy sin obtener una respuesta objetiva y determinante: ¿En qué momento deja el feto de ser un desdeñable conjunto de células que se dividen, o una piltrafa orgánica a la que podamos liquidar sin que nos quede cargo de conciencia? Todos los criterios que se han sugerido al respecto (el latido, el movimiento, la completa formación, etc.) me parecen en mayor o menor medida arbitrarios, y por tanto insuficientes, quizá porque ninguno de ellos tiene en cuenta la cuestión previa, aún más filosófica y tampoco resuelta, de qué es, en realidad, un ser humano.

Tal vez no llegue a encontrar nunca una respuesta satisfactoria a ambas preguntas; pero una cosa sí creo: cuando en nuestra civilización empiece a aceptarse el derecho legal al “asesinato del día antes” la humanidad habrá dado un salto trascendental hacia una novedosa ética de impredecibles secuelas, pues de ahí a una relativización absoluta del derecho a la vida habrá ya sólo un paso.

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