Russia II: Raduzhniy, ciudad prohibida

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Iglesia rural de Raduzhniy

 

El suburbano de Moscú es complejo e intrincado; sus indicaciones, sobre todo para un forastero, no siempre están claras; y allá donde coinciden dos líneas, sus respectivas bocas de metro pueden, y suelen, distar mucho entre sí. Por eso, al confundirme de salida en la tarde que había de coger el tren para Raduzhniy, emergí en la terminal equivocada. Las vecinas estaciones de ferrocarril de Yaroslavskiy y Kazhanskiy forman el principal nudo de comunicaciones del Moscú oriental, y yo habia ido a parar a la primera en lugar de a la segunda, que es donde tenía que ir. Y como, ignorante de esta duplicidad y posible problema, había salido de casa sin mucha antelación, ahora el tiempo se me echaba encima, estaba totalmente desorientado y hubo Lyuda de venir a rescatarme a toda prisa desde Kazhanskiy, donde me esperaba hacía un rato; así que sólo tras una difícil y angustiosa carrera, siguiéndole los talones entre la abigarrada muchedumbre que a todas horas bulle entre las dos terminales, fuimos capaces de subir, apenas dos minutos antes de que partiera, al intercity para el que ya teníamos comprados los billetes.

Era un tren bastante aceptable, amplio y climatizado, que invirtió dos horas y media en salvar los doscientos quilómetros hacia oriente que dista Moscú de Vladimir. Pero no era éste nuestro destino, sino que aún teníamos que hacer otro tramo hacia el sur para llegar a la fea, extraña y desconocida localidad de Raduzhniy; no una ciudad propiamente dicha, aunque tampoco se pueda considerar un pueblo, sino más bien una especie de urbanización, pero con la peculiaridad de que no se halla a las afueras (entendido al modo español) de ningún otro núcleo urbano, sino aislada en mitad del campo; concretamente en un claro que, en su día, abrieron en el bosque a tal efecto. Su creación –casi podría decirse que su invención– fue totalmente artificial, ya que fue construida en los años de la guerra fría a base de deforestar quince o veinte hectáreas y desparramar allí, a la buena de Dios, unos cuantos bloques de apartamentos (de austera y notoria fealdad) para alojar a los trabajadores de unas instalaciones (coetáneas a la propia urbanización y, de algún modo, inherentes a ella) destinadas a investigar y desarrollar lentes, espejos y otros componentes ópticos con fines astronómicos y quién sabe si, también, militares. En la actualidad, constituyen Raduzhniy tres o cuatro amplias y desnudas calles que más bien son carreteras, las abandonadas y condenadas instalaciones que en su día le dieron sentido, los kwartel (distritos) Uno y Tres con sus feas viviendas, y algunas construcciones para dar servicio a la población: escuela, tiendas, polideportivo, iglesia, etc. Nada más. Alrededor, sólo leguas y leguas de bosque. No tiene industria ni riqueza alguna. El abandono de la carrera espacial por parte de las dos grandes potencias puso fin a la investigación telescópica y ahora Raduzhniy es tan sólo una ciudad dormitorio de Vladimir, separa de ésta por más de quince quilómetros de sembrados y bosque. (Por cierto: si algún lector se ha preguntado por la inexistencia del kwartel Dos, sepa que, al parecer, no se debió a ningún capricho urbanístico ni a una superstición de los responsables ni a desastre alguno que lo destruyese, sino que su construcción, planificada al mismo tiempo que la de los otros barrios, ni siquiera llegó a iniciarse, sin que nadie sepa a ciencia cierta el por qué.)

Conserva, sin embargo, Raduzhniy una peculiaridad anacrónica que, hoy en día, resulta tan absurda como inútil: y es que continúa siendo, tal como fue concebida (por razones, es de suponer, de seguridad y espionaje industrial), una “ciudad restringida”; es decir que, en teoría, sólo sus habitantes o personas debidamente autorizadas pueden entrar en ella y, a tal efecto, aún mantiene el gobierno una barrera con garita de control policial en la única carretera que le da acceso, aunque enseguida se verá por qué he calificado de “inútil” su existencia, y cómo es que yo pude burlar dicho punto de control.

A efectos prácticos, para llegar a Raduzhniy no hay más que dos posibles medios de transporte: autobuses o coches particulares. En cuanto a los primeros, todos los que entran son retenidos en la barrera, donde los viajeros han de mostrar sus autorizaciones… salvo que el autobús vaya tan lleno que haya pasajeros viajando de pie, en cuyo caso se ordena bajar a éstos últimos, se controla únicamente a los que van sentados y, tras volver a subir los otros, el vehículo continúa su ruta, ya “intramuros”, por así decirlo. Una de las maneras, pues, de acceder a la ciudad clandestinamente es coger un autobús en hora punta y subir el último para garantizarse la carencia de asiento (y, por consiguiente, la exención de ser controlado), si bien se corre el riesgo de que algunos viajeros se apeen en paradas intermedias y el autobús llegue a Raduzhniy con asientos libres. Bastante menos arriesgado es, por tanto, el otro medio: entrar en un vehículo particular, ya que éstos sólo son sometidos a control si no muestran en el parabrisas el pase pertinente, mientras que si lo llevan no tienen siquiera obligación de detenerse en la barrera: se les franquea el paso directamente, sin comprobación alguna.

Así que Lyuda y yo, tras apearnos del tren en la estación de Vladimir, nos dirigimos al arranque de la carretera que iba hacia Raduzhniy y probamos suerte primero con el autobús; pero, tras esperar el paso de un par de ellos, no cogimos ninguno porque no había pasajeros suficientes para asegurarnos que los guardias nos franquearan el paso al llegar a destino, de modo que luego intentamos tomar un coche particular. Existe en Rusia la bendita, confiada y popular costumbre, entre una gran proporción de los conductores, de hacer de taxistas eventuales; o, si se prefiere, es una especie de socorrido y frecuente autostop de pago: el aspirante a pasajero extiende la mano al borde de la acera y nunca transcurren más de dos o tres minutos sin que algún conductor se detenga junto a él y le pregunte su destino. Si le conviene, acuerdan un precio (que en ocasiones está ya casi “fijado” por la costumbre) y el transporte se lleva a cabo. De hecho, hay en Rusia quien se gana así la vida: recorriendo con su coche las principales avenidas de las ciudades grandes y dando pasaje a todo el que lo solicite. (Inciso: supongo que esta costumbre se basa en la solidaridad y confianza mutua derivadas del aún no lejano comunismo, en las leyes de la simbiosis y –sobre todo– en la escasez de vehículos; pero me temo que, al igual que el autostop, tiene sus días contados. En efecto, el llamado progreso, juto con el consiguiente individualismo de las sociedades “avanzadas”, se encargarán de generar la desconfianza suficiente para acabar con esta práctica; que, por otra parte, será además menos necesaria cada vez.)

Y tan popular es esta costumbre que, allí donde estábamos, existía una “parada” invisible, cercana a la del autobús y establecida por el uso, donde la gente hacía cola para diversos destinos y donde los conductores se detenían sin necesidad de que nadie extendiese la mano. Y a pesar de que sólo una parte de los vehículos que se prestaban a hacer de taxis mostraban en el parabrisas el pase para entrar en Raduzhniy (que Lyuda, por ser de allí, conocía a la perfección), no tardamos mucho en encontrar quien nos llevase. Era una mujer que volvía a su casa tras el trabajo; conducía un coche bastante nuevo y limpio, llevaba puesta una música agradable y durante el trayecto casi me quedé dormido. Veinte minutos más tarde, entrábamos sin el menor problema a la ciudad prohibida. Al bajarnos, le alargamos a la mujer un billete de cien rublos y ella protestó con sincera honestidad que aquello era más de lo acostumbrado para ese trayecto; pero nosotros insistimos más y por fin aceptó.

En realidad, la entrada clandestina a Raduzhniy era sólo necesaria por lo que a mí tocaba, ya que Lyuda era de allí y tenía autorización. Y esta es la respuesta a la pregunta que algún lector puede haberse planteado a estas alturas: ¿qué es lo que me llevaba a visitar un lugar tan carente de cualquier atractivo? Pues la pura curiosidad de conocer el lugar donde ella se había criado y de habitar el mismo apartamento familiar donde sus padres habían vivido desde su lejana llegada de Kyrguistán (en tiempos de la URSS) hasta su triste y reciente defunción, casi simultánea. Él había sido, precisamente, uno de los varios ingenieros ópticos que trabajaron en el diseño de las lentes para cuyo desarrollo las autoridades soviéticas “inventaron” Raduzhniy. Por estas novelescas connotaciones me resultó muy curioso quedarme unos días en aquel pequeño piso tan genuinamente socialista, del que el sabor a tradición eslava, a vida simple y modesta, aún no había desaparecido: el suelo de madera en el salón y el dormitorio, la cubierta de plástico en cocina y aseo, despegada en las esquinas; las manchas de humedad en el ajado papel de las paredes; madera maciza e hinchada en puertas y ventanas; tuberías de agua y gas a la vista, y enormes radiadores, repintados media docena de veces; los antiguos electrodomésticos, amarilleando de puro viejo; unos muebles forrados de formica con el feo diseño, algo cubista, de los años 70; baño y retrete en minúsculos habitáculos separados; baratos adornos de plástico en las pareces, unos iconos y cruces ortodoxas, algunas fotografías en sepia; varios estantes llenos de literatura rusa y abundantes libros de ingeniería; dos viejos sillones de brazos desgastados por el excesivo uso, un televisor de tubo y hasta una vieja radio de válvulas. Indicios de una vida monótona, rutinaria y sencilla, aunque probablemente feliz.

Fotos familiares

Lyuda se había quedado completamente huérfana estando aún en sus treinta y, como era hija única, no le quedaban más parientes que una indiferente abuela, malhumorada y mandona, que vivía en Ucrania, más un tío en la cercana Vladimir. Sin apenas amigos, su vida transcurría en la más gris, desamparada y estoica soledad. Durante mi breve estancia en Raduzhniy, dimos juntos un paseo por el bosque circundante, infestado de mosquitos hasta el punto de hacernos desistir de una segunda vez; fuimos, como en los cuentos, a por agua a un venero entre los árboles, del que manaba en un pequeño chorro debilitado por la sequía; y caminamos arriba y abajo, repetida y melancólicamente, por las feas, desoladas y austeras avenidas-carretera de la ciudad medio en descampado, sin aceras, sin ajardinar, sin un mal banco donde sentarse. Allí no había nada que hacer, ni un cine donde matar un par de horas al crepúsculo, ni una cafetería donde saborear tranquilamente una taza de té, ni un bar decente donde tomarse una cerveza. Sin embargo, conservo grato recuerdo de esos días.

Uno de ellos visitamos la cercana y milenaria ciudad de Vladimir, que tuvo su edad de oro durante el s. XII e incluso, pese a la invasión y destrucción tártaro-mongola que sufrió bajo las hordas de Batu Khan, gozó de cierta preeminencia hasta el s. XIV. En aquellos tiempos, fue una de las capitales de Rusia y también sede episcopal, pero en nuestros días tan sólo se caracteriza, aparte de por el turismo relacionado con sus edificios y su importancia histórica (es una de las ciudades que conforman el denominado “anillo dorado” de Moscú), por ser un centro industrial, energético y militar de mediana categoría. Y, aunque la afean las omnipresentes chimeneas de la central térmica, su centro histórico es bonito y más o menos acogedor: ubicado en una colina, abunda en majestuosos edificios, viejas iglesias, grandes y antiguas mansiones de madera, amplios parques y elegantes jardines. Desde su límite sur, el más elevado y despejado de altas edificaciones, se pueden divisar interminables leguas de bosque.

Aprovechamos nuestra estancia en Vladimir para llevar a cabo el trámite burocrático de mi registro, esa entelequia soviética que aún domina la vida y las gestiones administrativas de rusos y visitantes. Se trata de una gestión cuyo objeto es informar a las autoridades gubernativas del paradero oficial tanto de nacionales como de extranjeros, en teoría obligatoria, aunque en la práctica no pasa de ser una concesión que la ley hace a la arbitrariedad de los policías, quienes tienen ahí una disculpa para sobornar a la gente a su antojo so pena de conducción a una comisaría. Nosotros realizamos el papeleo en una vieja oficina de correos, un amplio local muy luminoso, de grandes ventanas, con suelo, mostradores, mobiliario y ventanillas de madera, y cuyas funcionarias holgazaneaban parloteando sin el menor pudor mientras los pacientes ciudadanos esperaban con resignación a que les concedieran el favor del turno. Yo me limité a pagar la tasa, sentarme en una silla y observar, porque la gestión corrió enteramente a cargo de Lyuda.

Finalizada nuestra breve estancia en aquellos pagos, nuestro regreso desde Raduzniy a Moscú fue algo accidentado e, igual que a la ida, subimos al tren por los pelos: primero, porque la mashrutka que cogimos para ir hasta la estación de Vladimir se estropeó a mitad de camino y tuvimos que esperar a la siguiente (por supuesto pagando un nuevo billete, ya que los conductores de esos pequeños autobuses semiprivados jamás devuelven un pasaje salvo que se les monte una trifulca que nosotros no podíamos permitirnos); y segundo porque luego nos encontramos con un largo atasco a la entrada de Vladimir, pues era hora punta, circunstancia que no habíamos valorado al calcular la hora a la que teníamos que salir de casa. De modo que, entre una cosa y otra, llegamos al andén con el tiempo justo.

El tren, en esta ocasión, era de menor categoría que a la ida: más sucio, sin aire acondicionado, con asientos más incómodos, más lento y con más paradas en su recorrido, así que tuvimos tres horas y media de largo, caluroso y cansado viaje. Pero al menos esta experiencia me sirvió para ser testigo de uno de los milagros de la ingeniería rusa: las ventanas anti-ventilación: pese a que, debido al calor de aquella tarde, todas las ventanillas del vagón iban abiertas, no entraba por ellas ni un soplo de aire, tanto estando parados como en marcha.

Por otra parte, ni que decir tiene que en este tren, por ser más barato, abundaban pasajeros de más dudosa catadura, sobre todo los típicos vagabundos sucios y borrachos, los característicos jovenzuelos descamisados e irrespetuosos, también borrachos, y alguna que otra mujer repintada, entrada en carnes y oliendo a alcohol. Mientras trataba en vano de descabezar un sueñecito, oigo justo a mi espalda una voz que, en inglés, preguntaba al aire algo así como: “disculpa, me ha parecido que hablabas inglés”. Quien sea –me dije–, no puede estar dirigiéndose más que a mí. Los asientos daban respaldo contra respaldo y, sin mover los hombros, medio giré la cabeza hacia atrás para encontrarme, a apenas unos centímetros de distancia, otra cabeza medio girada cuyos ojos miraban en una dirección que quería ser la mía, pero que no se esforzaban en enfocar mi cara ni en cruzarse con mi propia mirada. Respondí, como hablándole a la ventanilla, que, en efecto, hablaba inglés. La voz volvió a preguntar: “¿pero es el inglés tu lengua materna?”. No tenía yo muchas ganas de una charla a cabeza doblada con un tipo que me interpelaba de forma tan poco ortodoxa e incómoda, así que me alegré de responderle que no, y que además mi inglés era bastante pobre. Sin embargo, no pareció importarle; aquella pregunta había sido sólo una forma de romper el hielo y, a continuación, me hizo saber que sólo quería practicar su inglés, el cual tenía al parecer muy olvidado desde que, tiempo atrás, pasara dos años trabajando en Estados Unidos. “Un pelma”, pensé. Sin embargo, muy pronto me ganó la naturalidad que mostró cuando, tras preguntarle a mi vez de qué había trabajado allí, me respondió con un punto de humor: “fregando platos”. Esto me hizo bajar la guardia y decidí disfrutar de la experiencia.

Era un joven simpático y despabilado que andaría cerca de los treinta. Para no haber practicado inglés en mucho tiempo lo hablaba con bastante fluidez y un acento más que aceptable. Me habló un poco de su experiencia en Norteamérica: que había ido junto con un grupo de otros trabajadores, que se habían empleado en labores diversas con notable rendimiento, y que él se había quedado más tiempo que los demás. Quizá, no lo recuerdo, me contó también algunos otros detalles de su vida y, supongo, me preguntaría por mi oficio y por las razones de mi estancia en Rusia. Al cabo de un rato, casi con la misma desenfadada brusquedad con que me había interpelado, me agradeció la charla y dio la conversación por terminada. Unos minutos después, dos borrachos se sentaron a mi lado y Lyuda me conminó a que nos cambiásemos de asiento. Obedecí silencioso, pese a que no quería que mi nuevo amigo pensara que su iniciativa me hablía molestado hasta el punto de mudarme de sitio, pero mis temores se disiparon cuando unos minutos más tarde nuestras miradas se cruzaron y nos dirigimos una sonrisa mutua. Cuando se apeó del vagón, dos o tres estaciones antes que nosotros, nos dijimos adiós con la mano. ¡Qué lástima que el mundo nos haya hecho tan recelosos del prójimo que temamos incluso hablar con un desconocido compañero de viaje!

Por fin, sudorosos y cansados, llegamos Lyuda y yo a un Moscú vespertino, inmerso en una estática atmósfera que guardaba con celo el calor diurno recibido del ladrillo, el asfalto y el cemento. Aún había claridad en el cielo cuando traspasamos el umbral de nuestro caldeado apartamento. Abrimos las ventanas, pero no entró ni una brizna de aire.

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Álbum de fotos. Russia 2012

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He aquí una selección de fotos tomadas en Moscú, Vladimir y Raduzhniy. Haz clic sobre cualquier miniatura para ampliarla.

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Russia I. MOCKBA. La llegada

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Cuando el avión de la Czech Airlines aterrizó eran apenas las cuatro de la madrugada, pero las primeras luces del alba asomaban ya por el horizonte. El aeropuerto de Moscú Sheremetyevo apenas se desperezaba y el trámite fronterizo, para mi sorpresa, fue mucho más ágil de lo que mis anteriores experiencias rusas me habían permitido predecir. “Este país –pensé– ya no es lo que era: ni siquiera lo hacen esperar a uno en las cabinas de migración.” Mi maleta, eso sí, emergió del carrusel de equipajes en un estado bastante ruinoso, con tres patas de menos, el apoyo principal roto, la cincha suelta y unos cuantos rasguños. Suerte que no metí en ella las botellas de vino que había pensado traer, porque presentaba los síntomas de haber sido tratada no ya con total negligencia, sino incluso con saña. Lástima que no sea posible, siquiera por acotar el descrédito, determinar a quién ha de atribuirse el daño: si a los operarios de Barajas, a los de Praga, a los de Moscú… o a todos ellos por igual. Y no es que yo no comprenda que el oficio de estibador es, tal vez, uno de los menos apasionantes que puedan ejercerse en nuestra sociedad; pero digo yo que, para buscar entretenimiento y diversión esos tíos, o para desahogar sus frustraciones, en lugar de liarse a patadas con los equipajes, ¿no podían patearse los cojones unos a otros? En fin…

Como es normal, para llegar hasta la ciudad a esas  horas no hay más medio de transporte que el taxi, y enseguida se le hace patente al recién llegado que una buena mitad de las personas que se ven por la terminal no son ni pasajeros, ni trabajadores, ni empleados aeroportuarios, sino taxistas o, lo que es igual, buscavidas en busca de cliente, cuando no de víctima. Hay también, al parecer, unos trenes exprés que, desde una estación no lejana, enlazan el aeropuerto con la ciudad por 500 rublos. Pero yo, en mi insano afán por reducir al máximo los gastos de viaje, opté por un medio drásticamente más económico: los autobuses de línea normales (el 851 y el 817) que, por tan sólo 28 rublos, te llevan hasta el extremo de una u otra línea de metro desde donde, al mismo precio, puedes ya alcanzar, prácticamente, cualquier otro punto de la gran metrópolis.

El principal inconveniente, en mi caso, de dichos autobuses regulares era que no empezaban a circular hasta las seis, de manera que me tocó esperar casi dos horas en un banco a la intemperie, ya que dentro del aeropuerto no hay lugar alguno donde sentarse; ¡y aún puedo dar gracias a que hallé un lugar donce hacerlo!, pues quienes llegaron después hubieron de aguardar de pie. Por suerte, además, a causa del calentamiento global no pasé frío alguno durante la espera. Cuando al fin llegó el autobús, venía ya medio lleno de las otras terminales; y como para entonces nos habíamos juntado, en la parada, una buena cantidad de viajeros de los de bajo presupuesto, fue una gran suerte (o al menos eso creí al principio) que el conductor abriese las puertas justo frente a donde yo me situé, pues esto me permitió ocupar el único asiento vacío que quedaba: al final del todo, entre la caja recalentada de la maquinaria auxiliar y un fulano que no había visto una ducha en un mes y cuyas ropas, de un indiscutible color pardo, tenían el tenue brillo “ala de mosca” característico del tejido que, a medida que se manosea, ha ido haciendo cuerpo con la mugre. Y no es que esta falta de higiene del próximo prójimo me incomodase mucho, pero resultó que, con el calor que emanaba la maquinaria del autobús junto y bajo nuestros dos asientos contiguos, toda aquella mierdecilla alcanzaba el punto de fermentación y emanaba vapores nauseabundos que me tuvieron a punto del vómito durante la media hora larga que duró el trayecto. Además, por desgracia, no tuve escapatoria posible, ya que justo delante de mí un corpulento viajero había improvisado un asiento sobre su pesada maleta, formando entre ambos una infranqueable barrera que me imposibilitaba cualquier cambio de ubicación; de manera que resulté condenado a mi propia suerte hasta el final: la estación de metro Rechnoy Vokzal.

El metro de Moscú, profundo, intrincado y extenso, es una faraónica obra de ingeniería. Las escaleras mecánicas que bajan hasta los túneles se pierden allá al fondo en una perspectiva cónica de vertiginosa pendiente; y el tránsito en ellas se eterniza, casi angustioso, como por el pozo de una mina. Las estaciones, con andén central y vías laterales, son espaciosas, de altas bóvedas; a veces majestuosas; y largas, capaces para los trenes de ocho vagones que estrepitosos recorren, en una sucesión casi frenética, el subsuelo de Moscú. Sus líneas se ramifican y alargan como grietas en un muro, o como dendritas, cerca de cuyos extremos las paradas se alejan tanto entre sí que, en algunos casos, el tren puede tardar hasta cinco minutos en salvar la distancia que las separa. Yo, dormitando en el vagón medio vacío mientras avanzaba por las interminables galerías, me imaginaba a la ciudad desplazándose sobre mí a una velocidad sideral, como si fuera un fabuloso circuito cuyos nudos iba el tren conectando a su paso por los raíles, y calibraba mentalmente sus enormes dimensiones. Cuando por fin, doce estaciones y dos trasbordos más tarde, emergí de nuevo a la superficie, aún me hallaba en el tercero de los anillos de Moscú, a cinco kilómetros del centro según vuela el cuervo. Se trataba del ancho y ruidoso cruce a dos niveles de sendas arterias recorridas por un tráfico incesante.

El sol teñía ya de amarillo las fachadas laterales de los edificios. No me costó trabajo encontrar el mío: un bloque de pequeños apartamentos al estilo comunista, paralelepípedo, de ladrillo visto que algún día fue blanco y ahora aparecía sucio y gris por el humo de millones de vehículos. El minúsculo portal me da la bienvenida con su macabra sonrisa verde pálido de buzones  entreabiertos, que muestran sus huecos como la boca de un desdentado. El rellano es de terrazo amarillento y roto, los peldaños de piedra artificial aparecen sucios y gastados. Las puertas de los apartamentos son ciegas y blindadas, como las celdas de un penitenciario. Tras una de ellas aparece la sonrisa de Masha. Un largo abrazo, unos besos, una ducha y un merecido descanso…

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Tetas FEMEN

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Como varón sano, encuentro encantadoras estas protestas de las FEMEN ucranianas (o, para el caso, cualquier otra protesta del mismo estilo). Siempre es un placer contemplar unas bonitas tetas en movimiento. ¿Y habéis advertido que ningunas son pequeñas, arrugadas, caídas o feúchas? Pero yo me pregunto: al usar sus atributos sexuales para atraer, hacia su presunta causa, la atención de la gente (sobre todo la de los hombres), ¿no estarán reforzando su papel de mujeres-objeto y contribuyendo con ello al machismo, antes que lo contrario? Llamadme suspicaz, pero a veces parece como si ciertas mujeres estuvieran sólo buscando una excusa para exponer sus bonitos cuerpos a la admiración de los hombres.

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Sobrevolando amores

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Hace ya rato que oscureció, pero en una noche estival como esta, a 53º norte y 25.000 pies de altitud, aún persiste hacia el noroeste la franja rojo-anaranjada del ocaso con su verdosa claridad, delineando los límites de la Tierra e insinuando su redondez a la mente del aeronauta.

Segun la información en la pantalla frente a mí, hemos sobrevolado Varsovia y ahora pasamos justo a media distancia entre Bialystok y Brest, las tres ciudades de tres perdidos amores con iniciales I, J y K. Una rara y evocadora coincidencia de místicas conexiones algebraicas. Y al volar sobre esas ciudades; al ver en el mapa los tres puntos que el trazo rojo de nuestra trayectoria enlaza, no puedo evitar recordar con repentina nitidez aquellos tres amores, sus semblantes risueños, la particular expresión de sus rasgos y los momentos más gloriosos de cada una de aquellas tres aventuras, nunca suficientemente largas…

I lleva un vestido corto y ajustado, negro como la noche que nos acoge, y, siempre sedienta de mis besos, colgada de mi brazo, camina junto a mí por el parque solitario, cadera contra cadera, inmersos en la espesa niebla veraniega que emana del suelo como un vapor fantasmal, sólo rota por el halo incorpóreo de alguna farola perdida… J va desnuda bajo una holgada prenda roja en la tarde soñolienta, y repta concupiscente sobre la hierba junto a la ribera, bajo el zumbido de las abejas; sus prodigiosos ojos de un límpido azul se burlan, lanzándome traviesos dardos que, al fin, estallarán en una lluvia de cristalinas e infantiles carcajadas… K en su vestido blanco de fino algodón se ha tendido, voluptuosa, sobre un banco de la arboleda, brillante su pelo dorado bajo los rayos de sol que, tamizado por las hojas de un álamo temblón, dibujan sombras movedizas e inciertas sobre su seno, sobre su vientre, sobre sus enloquecedores muslos blancos y turgentes…

Y entonces, al cabo de mis recuerdos, al saberlas allí abajo en algún lugar de esas ciudades que sobrevuelo (tal vez sentadas a una terraza, dando un paseo o asomadas al balcón de sus hogares), me pregunto: si reparan en la pequeña estrella viajera sobre sus cabezas, en la luz blanca de mi avión cruzando el cielo oscuro; o si escuchan el distante bramido de los reactores al rasgar el firmamento… ¿elevarán su rostro a la noche y pensarán “ahí viaja él“? Sus corazones ya ajenos, ¿tendrán el presentimiento de mi pasajera presencia en ese punto brillante allá arriba? O, si duermen, ¿se agitarán, durante unos segundos, en sus lechos o me albergarán en sus sueños? Sus espíritus de mujer, ¿susurrarán mi nombre a sus durmientes oídos o dibujarán una dulce sonrisa en la curva de sus labios?

¡Oh!, ¿y es que acaso tendrán, alguna vez, un pensamiento para mí..?

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El tramicidio

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¿Sabrá alguien darme razón
si, en los tiempos en que andamos,
tienen sentido los tramos
o son una aberración?

Pago si gano cuarenta,
quedándome en treinta y cinco;
y doy en la silla un brinco
al ver que me restan treinta

sin la extra de Navidad,
y al quedar fuera del tramo
de beca-universidad.

!Qué sueldo tan puñetero!:
si ganara treinta y nueve
dispondría de más dinero.

Se cuestionan los recortes
y la ley electoral;
y pueden acabar mal
los diecisiete consortes.

Que si el IVA, que si el rey:
¡todo es injusto en España!,
pero nadie mete caña
a los tramos de la ley.

Entiendo que antiguamente
resultara más mollar,
por no saber calcular,
darles tramos a la gente.

Pero, en el siglo veintiuno,
es terrible negligencia
no poner remedio alguno.

Ante tamaña injusticia,
el legislador, parece,
quiere seguir en sus trece
por torpeza… o por nequicia;

pues idear una ecuación
que haga todo progresivo,
ni precisa ser muy vivo
ni una cara educación.

Gobernantes, yo os invoco:
Eliminando los tramos
ganaos lo que os pagamos
y mejorad esto un poco.

No os quedaréis sin subsidio
por cometer tramicidio.

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El Pacífico de Costa Rica en fotos

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Bien acompañado me puse en marcha a Costa Rica en junio del 2012, la época más caliente del año en su costa pacífica, para un viaje de exploración. Allí nos esperaba una compañía aún mejor. Nos albergó una anfitriona excepcional y nos ofreció lo mejor de sí misma (que es toda ella). Gracias de corazón a Peggy por toda la ayuda y el calor que nos proporcionó. Como compañeros de piso adicionales teníamos a una cerdita perezosa y a una nube de frenéticos mosquitos. Como compañía especial, la sonrisa sempiterna de Silvia decoraba nuestras tardes.

Viajes para un lado y otro en un cochambroso todoterreno, preparativos para la mudanza de Suso a su nuevo hogar, bonitos paisajes de jungla, un sol despiadado, bonitas playas paradisíacas, de arenas blancas o negras, demasiada humedad, deliciosos zumos de fruta bien fríos, el más cálido mar que haya probado nunca, con las olas más divertidas, sabrosa comida que nunca era demasiado picante, hoteles de lujo, demasiados mosquitos, comida cayendo de los árboles, un baño nocturno en el océano bajo una tempestad de lluvia, las piñas más dulces y tiernas que pueda uno imaginar y, en general, todos los ingredientes para una quincena inolvidable.

Pero, como suele decirse, una imagen vale más que mil palabras. Así que aquí están las 23000 palabras restantes de mi historia para vuestro disfrute…

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El Ramón y Cajal, paradigma del buen trato

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Hospital universitario Ramón y Cajal, Madrid.

Hace tiempo que, desde estas humildes páginas, quiero brindar un merecido homenaje al centro hospitalario Ramón y Cajal (Madrid), que es el que a mi familia y a mí nos corresponde gracias (y nunca mejor dicho) al reparto territorial del Servicio Madrileño de Salud. Y me estoy refiriendo ahora tan sólo al hospital en sí, no a la pléyade de centros de atención primaria ni de especialidades que de él dependen.

Acudir a un hospital nunca implica nada bueno, pues señal es de que nuestra salud, o la de algún ser querido, anda en entredicho. Con todo, acudir al Ramón y Cajal es la vivencia sanitaria menos traumática, cuando no la más agradable, que he podido experimentar a lo largo de mi historial médico. Desde el primer día que puse allí un pie, y cada vez que, más adelante, he tenido que volver, me ha cautivado la asombrosa amabilidad de todos los empleados con los que he podido tratar: desde el personal de la limpieza, pasando por enfermeros, auxiliares, administrativos y técnicos, hasta los médicos y profesionales de más mérito -como decimos en mi pueblo. Y esta misma impresión la comparten, en idéntico grado, cuantos familiares o conocidos han pasado también por allí: el Ramón y Cajal es, con diferencia, el hospital de mejor atención y más humano trato al público y a pacientes que he conocido; hasta el punto de que no parece de esta España nuestra, tan llena de funcionarios -y laborales- escurridizos  o malhumorados. Y este es, tal vez, el mejor elogio que pueda hacerle yo a alguien o a algo: que no parezca español. Cuando acudo al Ramón y Cajal, nada le envidio al más avanzado de los países escandinavos.

Claro que esta amabilidad no puede atribuirse a la casualidad. Es estadísticamente imposible que en un mismo centro laboral, con miles de empleados, trabajen sólo personas amables por pura coincidencia. Este fenómeno no puede deberse más que a la voluntad y excelencia de una Dirección. Ignoro quién pueda ser el reponsable, pero desde mi insignificancia quiero decirle, con admiración: muchas gracias y enhorabuena. Del mismo modo, mis más cálidas felicitaciones a todo el personal del Ramón y Cajal que, siguiendo las enseñanzas o recomendaciones -¿acaso las órdenes?- de tan meritorios responsables, hacen, con su amabilidad y buen trato, mucho más fácil el difícil tránsito de cada paciente por su individual rosario de enfermedades.

Aprovecho el artículo para hacer también honorable mención al servicio de reclamaciones del Ramón y Cajal. En dos ocasiones he considerado necesario (o me he visto obligado a) interponer sendas reclamaciones por mala atención o servicio no en el hospital, sino en alguno de sus centros periféricos (atención primaria, especialidades, gestión de citas, etc.), y en ambas ocasiones han atendido mis quejas con exquisita puntualidad y eficacia. Mi enhorabuena y agradecimiento también a los responsables de este servicio.

Sirva de ejemplo el hospital universitario Ramón y Cajal a otros centros hospitalarios españoles (sobre todo a la sanidad extremeña, aún inmersa en el más primitivo caciquismo) y, de paso, también de ejemplo para casi todas las demás administraciones españolas, cualquiera que sea su ámbito. Si hubiese más trabajadores como los del Ramón y Cajal, la vida cotidiana de los españoles transcurriría con notable mayor suavidad.

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Bajo el cielo de Tampere

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Ella iba un poco bebida, como solía. Yo andaba un poco disperso, como de costumbre. En la parada de taxis, nos fundimos en un largo, cálido y fuerte abrazo. Pude leer su emoción en el tacto de sus manos sobre mi espalda. “Me gustas –dijo–. Nunca desaparezcas de mi vida.” “Sabes que no lo haré”, fue mi respuesta.

Caminé de regreso a casa. Bajo el incierto color del cielo, no podría decir –como siempre en aquel lugar– si era aún el crepúsculo o apuntaba ya el alba. Ni siquiera podría decir si era la luz de un firmamento real o la de un gigantesco escenario. Sólo sé que la bóveda celeste añadía un tinte fresco y natural que contrastaba con el neón y el mercurio del alumbrado callejero, y que mis pisadas sobre el asfalto no hallaban eco alguno en las casas vecinas.

 

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Solaris

Dr. Snaut (Jüri Järvet) durante su monólogo en la biblioteca de la estación

“¿La ciencia? ¡Bobadas! En nuestras circunstancias, la mediocridad y el genio son igualmente inservibles. No estamos interesados en conquistar cosmos alguno: lo que queremos es extender la Tierra hasta los límites del cosmos. No sabemos qué hacer con otros mundos. No necesitamos otros mundos: lo que necesitamos es un espejo. Nos esforzamos por establecer contacto, pero nunca vamos a encontrarlo. Nos hallamos en el insensato dilema de buscar una meta a la que, sin embarrgo, tememos, y de la que no tenemos necesidad alguna. El hombre necesita al hombre.”

Este es probablemente el mejor discurso en la película de Andrei Tarkovsky Solaris (producción rusa que ganó el Gran Premio del Festival de Cannes en 1972), una adaptación libre de la novela de ciencia ficción del mismo nombre escrita en 1961 por el polaco Estanislao Lem).

Aunque más larga de lo necesario y más lenta de lo conveniente, esta inolvidable película postula la definitiva insuficiencia de cualquier comunicación entre la especie humana y cualquier posible inteligencia exterior. Sus brillantes diálogos y el cautivador tema musical, la fuerte personalidad de sus personajes y la excelente interpretación de sus actores (entre los que merece destacar Jüri Järvet, en el papel del doctor Snaut) me llamaron poderosamente la atención, y quedé hipnotizado no sólo por su elegante puesta en escena, sino sobre todo por la riqueza de los temas sobre los que nos propone meditar.

Solaris es un ensayo filosófico sobre las limitaciones antropomórficas del ser humano; un sesudo drama psicológico que apunta hacia la futilidad de intentar una comunicación con vida extraterrestre. La trama se desarrolla en su mayoría a bordo de una estación espacial que orbita alrededor del lejano planeta Solaris, cubierto en su totalidad por un océano que es un único organismo pensante. En tanto estudian esta superficie oceánica desde la estación orbital, sus científicos son a su vez observados por el planeta consciente, que sondea los pensamientos y la conciencia de los humanos y tiene la facultad de recrearlos y materializarlos en forma humana. Tras años de investigación, la misión se encuentra estancada porque todos los miembros de la tripulación han sufrido crisis emocionales; y de aquí que la Tierra envíe a un psicólogo para que estudie y evalué la situación, aunque no hará sino toparse con los mismos fenómenos misteriosos que el resto de científicos a bordo de la estación.

Para mí, esta película es un must; uno de tantos que, por desgracia, el oligopolio de la distribución en Occidente rarísima vez trae hasta nuestras pantallas.

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