En la iglesia

Cálida y algo ventosa, invitaba la tarde a pasear y saqué mi abatida osamenta para airearla por las calles del castizo barrio de Carabanchel. Me guiaba, en esta ocasión, la arisca desnudez de la tapia que, infranqueable, rodea el abandono de la finca Vista Alegre, cedida a beneficencia en el año de 1887 siendo rey Alfonso XIII y regente su madre, María Cristina. Al doblar uno de los recodos del perímetro desemboqué en el anacronismo de una pequeña plaza donde agonizan, asediados por el cemento y el asfalto, acaso los últimos restos del antiguo municipio: el viejo ayuntamiento, dos o tres casas centenarias y la secular parroquia de San Sebastián Mártir, junto a cuyos cimientos han desfilado ya más de quinientos años de historia.

¿Qué me indujo a entrar? No lo sé. Quizá la humilde placa que, deslucida y rota, conmemora su quinto centenario, o la búsqueda de un recogimiento que casi siempre encuentro en las iglesias. Al traspasar su puerta, me sorprendió un susurro de voces en el inmenso ámbito vacío y grave: allá al fondo, tras el altar, el cura oficiaba misa y, perdidos entre las hileras de bancos, cinco fieles otoñales, sólo cinco, asistían a la celebración, acompañando a aquél en los rezos. Me invadió una lasa tristeza: la nostalgia de una cultura que se extingue; quizá, también, el testimonio de mi propia vida. Permanecí unos minutos bajo la umbría nave, abrumado por el fragor de los recuerdos evocados al son, sempiterno y oscuro, de la letanía y a la vista de los celestes capiteles e iconos. Luego, espantando a los fantasmas con un imaginario ademán de la voluntad, salí de nuevo a la luz de la primavera.

El catolicismo no es, para mí, cuestión de creencias, sino de raíces.

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Crecimiento económico

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Es física y matemáticamente imposible crecer de forma indefinida en un sistema finito y aislado. Y el planeta Tierra lo es. Cualquier subconjunto de tal sistema sólo puede crecer a costa de los otros elementos. La expresión “crecimiento sostenible” es una falacia y una contradicción en los términos. Ningún modelo económico o social, ninguno, que no pase por abandonar el objetivo del crecimiento puede ser compatible con la igualdad, la solidaridad, la paz, la justicia social, la conservación de los recursos, el respeto a la naturaleza o a la vida, la libertad u otro ideal alguno de semejante índole que pretenda ser perdurable.

Y esto no es sociología, política ni filosofía. Es termodinámica.

Corolario: ya va siendo hora de dejarnos de tonterías.

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La cuasi estafa de tablondeanuncios.com

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Querido lector:

Si alguna vez piensas en vender algo a través del sitio web tablondeanuncios.com, piénsatelo dos veces. Su alegre página de incio te da la bienvenida con un simpático “Poner anuncios gratis”. Y, en fecto, así es: poner anuncios es gratis. Lo malo es quitarlos. Una vez que has vendido lo que querías, o si quieres retirarlo de la venta y eliminar tu anuncio del sitio web, te encuentras con que, para hacerlo, has de enviar uno de esos SMS especiales que cuestan 1,42 € (en el momento de escribir este artículo). De lo contrario, seguirán llamándote indefinidamente potenciales compradores y llegándote esporádicos emails para que destaques tu anuncio (pagando, claro) o con cualquier otro objeto comercial. Y lo peor es que tampoco hay manera de librarse de esos emails (a no ser que los marques como spam en tu servidor de correo), puesto que el sitio web no dispone de ninguna dirección email donde escribirles para darte de baja en sus comunicaciones. Tampocon tiene ningún teléfono fijo al que llamarlos para hablar con ellos, sino uno de esos 902 que, al final de la locución y la espera, te salen por un ojo de la cara.

En teoría, hay también otra posibilidad: registrarte en el sitio web, crear una cuenta con ellos y, una vez creada, acceder a tu “área personal” donde, en teoría, puedes eliminar tus anuncios. Sin embargo, no puedes acceder a los que insertaste antes de registrarte, así que sólo sirve, en realidad, para que te manden aún más correo no deseado.

Para colmo, es una página web poco visitada, así que en cualquier caso no te será de mucha ayuda en la venta que deseas realizar. Así que, lo dicho: si alguna vez piensas en usar ese sitio web, piénsatelo dos veces.

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La ofensiva Avanzabus (o La forja de un monopolio)

El denominado Grupo Avanza, o Avanzabus para los amigos, monopoliza, desde hace años, el transporte interurbano de viajeros que conecta, con Madrid, todo el oeste español -desde Pontevedra hasta Huelva- más lo que podríamos llamar el “Levante próximo”, o sea Valencia y alrededores.

Avanza es una de las asociaciones empresariales más agresivas del sector transportes, empezando por su presencia en internet, arrolladora como una invasión e ineludible como un asedio, y terminando por su codiciosa política expansionista, que el lector curioso puede comprobar en este enlace cuyo subtítulo debería ser La forja de un monopolio; un monopolio, en efecto, de concesiones que ha supuesto, como suele suceder, un paulatino e implacable empeoramiento de la oferta, la calidad, la frecuencia y el precio del transporte público para millones de usuarios (según datos del propio Grupo) que no tienen más opción que usar los servicios de Avanza.

Así, a medida que han ido desbancando a la competencia, han eliminado trayectos o rutas enteras, reducido horarios e incrementado los precios, que en ocasiones llegan al más completo absurdo; por ejemplo: el billete Madrid-Mérida cuesta en torno al doble que el Madrid-Zafra, a pesar de que esta última ruta, bastante más larga, pasa -¡qué cosas tiene la vida!- por Mérida y hace parada allí. ¿A quién le cabe esto en la cabeza? Desde luego, el viajero bien informado la dirá a la taquillera: “¿Me da usted, por favor, un billete a Zafra? Es que voy a Mérida, ¿sabe?” Pero no se preocupen: ya se encarga la empresa de que el viajero no esté bien informado.

Con todo, lo que resulta intolerable, un verdadero atentado contra la sufrida ciudadanía rural, es el último ataque de la ofensiva Avanzabus: y es que, desde hace unos meses, ya no pueden adquirirse los billetes a bordo. Por increíble que parezca, los conductores ya no despachan pasajes; así que, en las numerosas localidades del excesivo “territorio Avanza” cuya estación o parada de autobuses no tiene taquilla (o ésta está cerrada), todo usuario que quiera abordar el autocar tendrá que haber comprado el billete antes por internet; lo cual, encima de costar 2‘5 € extra por pasaje (como es la moda “online”), resulta poco menos que inviable para un gran sector de la población que ya no puede adaptarse a la “cultura internet”, o costearse ordenador y conexión.

De este modo, la España menos urbana se queda cada vez más incomunicada, a pesar de que el transporte de viajeros está millonariamente subvencionado justo para -en teoría- prestar dicho servicio esencial (que, de otro modo, resultaría deficitario). Por eso, de este empeoramiento yo culpo no sólo a Avanzabus (que, al fin y al cabo, no son más que unos accionistas tratando de rentabilizar su dinero) sino, sobre todo, a las Administraciones Públicas que recaudan y gestionan nuestros impuestos, que otorgan las concesiones de transporte, aprueban las subvenciones, y al mismo tiempo le permiten al Grupo Avanza hacer, de su capa, un sayo.

Como siempre, los perdedores de la monopolización salvaje son los usuarios más indefensos. Y, ahora, que me vengan con cuentos sobre medidas para fijar al campo a la población rural.

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En el charcutero (o El ansia viva)

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El pequeño comercio se queja de que los supermercados y grandes superficies les comen el terreno, que no pueden competir con ellos; y, en buena medida, así es. Pero, ¿no estarán siendo también víctimas, los pequeños comerciantes, de su propia ansia viva?

Hoy estuve en el charcutero a por un poco de jamón york.

–Buenas tardes. ¿Me pone cuarto de jamón en lonchas? Y, por favor, me destara el papel.
–¿Cómo?
–Sí, que me destare el papel. Que no me lo pese como si fuera jamón.
–¡Ah, no! Yo pongo el papel en el peso. Siempre lo hago así. ¿Traes tu propio papel, y te lo sirvo ahí?
–Desde luego que no. Pero si esas son sus condiciones, entonces lo compro en otro sitio…

El hombre negó con la cabeza y, entre protestas, empezó a servirme lo que le pedía.

–No estoy yo nada conforme con eso, pero bueno –me dice.
–¿Por qué? ¿Le parece injusto o poco razonable lo que le estoy pidiendo? ¿Cree que debería pagar papel como jamón?
–El papel también me cuesta dinero.
–Bien, entonces estoy dispuesto a pagárselo; pero aparte, a precio de papel.
–¿Pagármelo aparte? –negó otra vez con la cabeza, como diciendo “¡qué chalao!” Y volvió al ataque–: Me han pedido muchas otras cosas, pero esto es la primera vez que me lo piden. Me has dejado a cuadros. Si, además, cuatro céntimos no van a ningún lado, y menos con el papel tan fino que se usa hoy en día.
–No van a ningún lado cuando son a favor de usted. Y toda la resma, que pesa un kilo cuando no pesa tres, va a favor de usted.
–¡Pero si aquí vienen las señoras pidiéndome que les pese un trozo de salchichón, y una vez pesado me dicen que lo corte en cuatro pedazos y les haga cuatro envoltorios! Y yo tengo que aguantarme.
–Bien, pero yo no le he pedido eso. Lo único que quiero es pagar cada cosa a su precio. Ahora estamos hablando de jamón york a ocho el kilo, pero imagínese si fuese ibérico, a cuarenta el kilo: sólo el papel me estaría costando ya medio euro.
–¿Dices de jamón serrano? Precisamente yo limpio la pata y le quito casi todo el tocino de los lados, mientras que otros te lo venden tal cual.
–Eso lo hará usted porque le viene a cuenta. Considerará que le beneficia, que le trae más clientela. Pero al ponerle el precio, seguro que ya se encarga de no perderle.
–¡Bah! –despreció–. En todas partes te cobran el papel. Igual que en los supermercados ahora te cobran las bolsas.
–Cierto. Pero es muy diferente, porque ahí está pagando usted una bolsa a precio de bolsa, no de jamón. Y la compra si quiere. Si la lleva de su casa en el bolsillo, la cajera no protesta ni le anda discutiendo. Le propongo este otro ejemplo: al comprar una lata de atún, se fija en el peso neto y sabe exactamente lo que le está costando el contenido.El peso de la lata se destara.
–¡Hombre, claro! Pero ya te la cobran en el precio del atún; no te creas que te la regalan.
–Ya lo sé. Pues, entonces, súbale entonces usted el precio al jamón para incluir los costes del papel, igual que incluye los de la electricidad y el alquiler del local. Así, al menos, la competencia es transparente.
–Sí, sería una posibilidad –concedió–. Pero son formas de trabajar. Aquí no se trabaja así. No sé qué te dirán en otros sitios cuando les pides eso.
–Pues hay de todo. Depende del dependiente, y también de los países. En Europa es muy corriente, por ejemplo.
–¡Bueno, Europa!, ahí te cierran a las cinco y si llegas un minuto tarde ya no te atienden, mientras que aquí yo he servido a señoras que llegan cuando ya estoy cerrando.
–¡Hombre, ese es otro tema! Si usted atiende pasada la hora será porque le compensa. Imagino que la tienda es suya.
–En fin, por cuatro céntimos no vamos a discutir.
–Pues ya llevamos un rato discutiendo.
–No, yo no estoy discutiendo. Yo estoy conversando.

Terminó de cortar el jamón, que (para no dar su brazo a torcer) había pesado sobre una fina lámina de plástico y, como para demostrarme su argumento, me dijo:

–¿Te parecería correcto que yo ahora te sirviera el jamón así, sólo en el plástico? Porque el papel no quieres que te lo cobre, pero sí quieres que te lo ponga, ¿verdad?
–Pues, mire, sinceramente me importaría un bledo; aunque espero que me ofrezca ese servicio, sí, como minorista que es.
–Bueno, me dejas a cuadros. ¡Pero si el papel es lo que menos se usa hoy! Mira, las señoras me piden bandejas, que salen bastante más caras.
–Ya. También pesan bastante más, y tampoco las destara, ¿a que no?
–¡Claro que no!
–Pues a eso me refiero: a todo lo que sea envoltorio. Seguro que, cuando usted compra el papel o las bandejas, los pone en la báscula y piensa: “aquí me voy a sacar tantos euros limpios del ala”.
–Y te voy a decir una cosa: si llega a haber señoras delante, no te hago lo que te he hecho, porque no le voy a cobrar el papel a unos, y a otros no.
–Evidentemente, las señoras también querrían que no se lo cobrara. No será tan disparatada mi idea como para dejarle a cuadros cuando usted reconoce que cualquier otro cliente se apuntaría a ella. Además, acaba de darme la razón: si no está dispuesto a dejar de cobrar el papel a precio de embutido, eso es porque su beneficio está ahí precisamente. En fin, para concluir: la próxima vez que necesite jamón prefiere que no se lo compre a usted, ¿no es así? –El hombre no afirmó ni negó–. Pues nada, hasta luego.
–¡Adiós, artista!

Lo de “artista” sobraba, porque iba con retintín.

Yo deploro que cada vez compremos más productos envasados, que los vertidos municipales consistan sobre todo en envases vacíos y que las grandes superficies desplacen al pequeño comercio. Por eso voy al charcutero: para darle la oportunidad de conservar un hueco en el mercado; para que no desaparezca. Pero no me gusta la picaresca, que me den gato por liebre. Y, por desgracia, a muchos pequeños comerciantes les puede el ansia viva. Al final, por no discutir, les daré yo también la espalda e iré a hacer mi compra al súper. Por eso pienso que ellos son, en el fondo, tan responsables de su propia desaparición como las políticas de gran mercado.

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Self Bank insulta a sus clientes y vulnera la ley

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Los clientes del banco “online” Self Bank que han intentado recientemente acceder a sus cuentas se han encontrado con una sorpresa: tras introducir su usuario y contraseña, en lugar de aparecerles la consabida interfaz para realizar operaciones, el sitio web les ha dado la “bienvenida” con la siguiente pantalla:

Por si Vd, lector, no quiere pararse a leer lo que dice, yo se lo resumo: con objeto de “reforzar” la seguridad (cómo no), Self Bank “ofrece” al cliente que identifique el navegador desde el que está conectándose y “le recomienda” que lo haga enseguida.

Cosa que, para muchos, estará muy bien. Lo malo es que no hay forma alguna de eludir dicha pantalla o escapar de ella, ni de declinar la medida de seguridad propuesta. En otras palabras: si quiere volver a disponer de su dinero, tiene que hacer, quiera o no quiera, lo que el banco le “ofrece y recomienda”.

Por eso Self Bank –que se dice a sí mismo “transparente”– insulta a sus clientes. Y es que tratar de hacerles pasar por ofrecimiento y recomendación aquello que es forzoso, constituye un insulto en toda regla, pues equivale a llamarlos imbéciles.

No obstante, lo peor del caso es que, para llevar a cabo la medida “propuesta”, el cliente necesariamente ha de vincular a su cuenta un número de teléfono móvil. Se trata de una condición insoslayable, a pesar de que, a día de hoy, ninguna ley española obliga a los ciudadanos a tener teléfono móvil, ni la normativa bancaria condiciona el manejo de cuentas a la titularidad de teléfonos, ni código legal alguno permite tal cosa. Y como, además, el banco opera sólo online, carece por tanto de oficinas donde realizar gestiones.

Por eso Self Bank vulnera la ley: porque secuestra el patrimonio de sus clientes y los fuerza, si quieren recuperar el control, a hacer aquello a lo que no están en modo alguno obligados.

Se trata, en fin, de un abuso bancario más. Un abuso que USTED, lector, puede sin embargo ayudar a combatir denunciando conmigo esta noticia o difundiéndola por los medios que estén a su alcance. Si queremos un sistema más justo, tenemos que trabajar por él.

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La casa Rusia

 

Desde que la vi por primera vez, poco después de su estreno, en el año 91, sentí una inmediata fascinación por La Casa Rusia; una fascinación que, con el tiempo, se ha convertido en debilidad. He de admitir que, por aquel entonces, el atractivo físico que sentía por Michelle Pfeiffer casi me cortaba el aliento, de modo que es muy probable que mi incondicional adhesión a la película estuviese muy relacionada con este hecho; sin embargo, por supuesto, no era sólo eso. Hay algo en las buenas producciones que trasciende, de algún modo, a sus actores y que deja un poso de belleza en cualquier espíritu sensible; y La Casa Rusia tiene, desde luego, ese algo. Conste que no estoy diciendo que ahora ya no me sienta atraído por la Pfeiffer de entonces, sino que la película tiene bastantes más virtudes.

Desde aquel lejano día –veinte años largos ya– he tenido ocasión de verla varias veces más, tanto en su versión original como doblada, y nunca me ha defraudado. Creo, de hecho, que podría seguir viéndola esporádicamente hasta el fin de mis días sin arrepentirme nunca del rato invertido. Pero ¿qué es lo que tiene de tan especial para mí? No lo sé bien. Tal vez sea porque reúne buena parte de los valores que yo más aprecio. Es una historia de amor y de amistad, de fidelidades e idealismos; una historia que denuncia la mentira de los gobiernos, el sofisma de nuestras sociedades, y los enfrenta a las vidas de cada ciudadano. Transcurre, por otra parte, en dos de las ciudades que más me han asombrado a lo largo de mis viajes: San Petersburgo y Lisboa, representantes de los mundos luso y eslavo, espiritualmente tan similares. Además, a pesar de ser una ficción de espionaje, no resulta incomprensible: es fácil de seguir. Los diálogos son buenos, a veces brillantes, pero sin llegar a resultar inverosímiles. La fotografía es muy bonita, sin llegar a ostentosa; bella, mas sin distraer la atención del espectador. La interpretación de los actores quizá no es magnífica, pero sí, en cierto sentido, impecable.

Sin embargo, eso no es todo. Hay algo que ha estado ahí siempre, condicionando mi experiencia de verla, contribuyendo a complacerme, pero escondido; algo que sólo hoy creo haber descubierto. Y es que La Casa Rusia me resulta muy agradable de ver, me produce una especie de paz espiritual, porque en ella, a pesar de situarse durante la guerra fría, en un mundo de países enfrentados y potencias hostiles, ninguno de los personajes se me hace antipático. Todos resultan cálidos; todos están tratados desde un punto de vista muy humano, con todos soy capaz de identificarme. Dejando a un lado, obviamente, a los dos protagonistas, me hipnotiza la fuerza dramática del heroísmo de Dante, me conmueve la honestidad profesional de Russel, me cautiva el sentimentalismo de Ned y, en general, tanto los de un bando como los de otro se nos muestran desde un lado –como digo– humano; sin que por ello sea una de esas pretenciosas creaciones donde, a fuerza de querer ser objetivas, “no hay buenos ni malos”, sino más bien una donde sólo se nos muestra el lado bueno de cada personaje; enfoque que me parece mucho más honesto.

La Casa Rusia es en fin, para mí, un clásico. Una película equilibrada y redonda.

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“Si usted no ha solicitado esta llamada…”

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…pulse 7.”

Esta, o alguna muy parecida, es la fórmula que utilizan los inteligentes estafadores para hacernos cargos en nuestra factura del móvil.

En efecto. El enemigo, que jamás se casa de pensar cómo beneficiarse a costa de otros, ha ideado ahora esta astuta estrategia para impulsarnos a hacer lo que no queríamos. A estas alturas de la vida, todos estamos al tanto, quizá incluso escarmentados, de las nefandas llamadas a los famosos números ochocientos y hemos aprendido ya a no marcarlos… incluso aunque la voz más ardiente y cachonda nos espere al otro lado. Pero ¿quién está mentalmente preparado para rechazar una llamada de un número que no aparezca como “privado”? Yo, desde luego, no lo estaba, y menos aún si me pilla recién salido de la cama, todavía adormilado. Yo, en principio, descuelgo todas las llamadas de números no anónimos porque nunca sé quién puede estar llamándome. A lo mejor es un fulano que quiere comprarme el coche que estoy intentando vender, una vieja novia cuyo número he borrado de mi agenda o una cadena de radio para proponerme una entrevista acerca de mi último libro publicado. ¿Quién sabe?

Sin embargo, esta mañana, al descolgar esa llamada (que ni siquiera me he fijado en que se trataba de un número ochocientos) me han espetado la siguiente alocución automática: Si usted no ha solicitado esta llamada, pulse 7. ¿Y qué hace entonces hasta el consumidor más cauto o con más reflejos? Pues se le pone la mosca detrás de la oreja y piensa: “¡Ajá, aquí hay gato encerrado! Alguien está queriendo timarme, porque yo no he solicitado esta llamada, así que… pulsaré 7”.

Y aquí es cuando el consumidor la caga, porque al pulsar el 7 autoriza al cargo. Lo que debe Vd. hacer, amigo (o enemigo) mío, si alguna vez lo llaman con esta historia, no es pulsar 7, ni otro número alguno, sino, sencillamente, colgar la llamada. Vean qué bien pensado está el truco: el propio estafador induce a su víctima a perjudicarse a sí misma al generarle un reflejo movimiento de autodefensa.

¡Oh! Y, por supuesto, su proveedor de telefonía se desentiende de estas historias, así que, salvo que sea Vd. uno de los privilegiados españoles en íntimo contacto con el sistema judicial o tenga la cartera bien forrada para pagarse los mejores abogados, olvídese de reclamar. Este –no lo olvide– es el capitalismo que Vd. y yo estamos creando.

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Aérope

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Dioses de pies alados, cargados de metralla,
que hurgan mis entrañas y que enredan
las cintas de mis abarcas. La muralla
palidece y se licúa desvelando aherrojados horizontes
infestados de cadenas. Sobre el yunque una cizalla.
Una sandalia roja emerge de entre el barro
que huellan mis pies cansados.

Vibra el diapasón de mis oídos con el tono
agudo y sostenido de clarines, pendones y estandartes.
Vuela en el abismo una quimera y, en su trono,
el monarca sin cabeza satisface sus deseos imperiales
sobre campos sin arado y sin abono.
Un sentimiento aletea y posa sus grandes ojos mansos
justo en el hueco de mis manos.

Espadas con el fuego de San Telmo en cada arista
izan el manto de la noche atronadora; yelmos y azagayas
giran en confuso torbellino ante mi vista
cuajada de ideales, y un céfiro higroscópico
va trocando en momia cada grito de conquista.
Una lluvia de ceniza milenaria cubre el vaso
del que apuro el trago más amargo.

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José Mota nos sermonea

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Después de ver el especial Nochevieja 2011 he tenido la curiosidad, para sacar el mayor partido posible al humor de José Mota, que no acostumbra a dar puntada sin hilo, de ver la película Seven; película por la que hasta ahora, en buena parte a causa de la empalagosa (y algo estomagante) presencia de Brad “Cocky” Pitt en su reparto, no había sentido yo el menor interés. Y de sobra está decir que, tras verla, he podido confirmar su absoluta mediocridad: un filme pueril y completamente prescindible al que, en cierto paradójico modo, José Mota ha venido a dotar de sentido, rescatándola de su futilidad, en tanto le ha servido de base para elaborar su programa. Digamos que Seven ha sido la burda e insípida masa sobre la que el humorista manchego ha preparado y horneado una sabrosa pizza.

¡Y bien que lo ha hecho! Las dos horas de vida que he sacrificado a Andrew K. Walker (el guionista de la película) han valido la pena. Y es que, gracias a eso y a una segunda observación, posterior y minuciosa, del especial Nochevieja 2011, he podido sacarle a éste el doble de jugo, “pillar” sus más mínimos (aunque no menos divertidos) detalles y comprobar que una vez más, desde el púlpito de su agudo y comprometido humor, José Mota nos sermonea. ¡Ya lo creo que nos sermonea! Con la guinda que le ha puesto al año, ha llevado a cabo una crítica y una burla mordaces tanto de la película sobre la que construye sus chistes como de los políticos que le han servido de ingredientes, algunos de los cuales salen -por cierto- bastante peor parados que los otros.

Huelga abundar sobre los gags más notables o evidentes del programa, en los que cualquier espectador habrá reparado. Pero hay en aquél una serie de sutilezas que, al menos a mí, me pasaron por completo desapercibidas en una primera visión (sobre todo sin conocer Seven) y que, ahora, examinados con cuidado y bajo un mejor conocimiento de los antecedentes, han soltado toda su esencia, reanimado mi hilaridad, y me han hecho admirar más aún a su protagonista. Por esto, y por si acaso hay por ahí algún otro espectador despistado a quien ha ocurrido lo mismo que a mí, quiero dedicarles aquí unos párrafos.

Por ejemplo, puedo empezar mencionando cómo se ridiculiza el guión de Walker, llevando al terreno de lo abiertamente cómico lo que en Seven es sólo patético: lo ridículo, absurdo y disparatado de los crímenes que se describen, desde el manido e inverosímil móvil del asesino (elegido por un poder superior), hasta su elección de las víctimas y las peregrinas formas de matarlas… por no mencionar a los muertos que lo son sólo pa un rato. Aparte, Mota nos brinda la versión española de estos crímenes y de los siete pecados capitales (“de provincia”, que, como todos saben, son tres: Cuenca y Guadalajara; quede esto ahí para quien lo entienda), a saber: la usura de nuestros banqueros, el despilfarro y enchufismo de nuestros políticos, la prevaricación de nuestros jueces, la corruptela del ladrillo, más los dos pecados de propina, made in Mota: el ansia viva y -con toda su carga cómica- nada menos que el talante. Está claro que, poniendo el dedo en la llaga de los más graves defectos de nuestro sistema, con un guiño al problema del bipartidismo y lamentándose de que lo único que en España triunfa es el marujeo y el cotilleo, José Mota nos sermonea.

Pero no sólo en su estructura básica se ridiculiza el guión de Seven, sino también en dos detalles particulares. Uno es la rebuscada (amén de increíble, claro) forma en que los detectives se ponen tras la buena pista del asesino: a través de una improbabilísima conjetura y gracias a la base de datos que, presuntamente, tiene el FBI sobre la gente que lee en las bibliotecas. Esto, Mota lo transforma en el descubrimiento de una “bolangana” (descriptiva palabra de su propio cuño, nótese) en la escena del crimen, y en un “catastro” de butacones y sofás que tendría la policía. Otro es el peregrino argumento con que A. K. Walker quiere convencernos de que, tras la detención del confeso culpable, se le deja partir sin más compañía que la de los dos tenientes para brindarnos el -imagina Walker- apoteósico final. Tan peregrino es que, en la versión manchega, lo que en su lugar se ofrece es un par de explicaciones por parte del comisario Bono (más sobre éste, después), tan irónicas y cínicas que resultan dos de mis momentos favoritos del programa: “aparte de las pruebas y la confesión de todos sus pecados, no tenemos nada contra el sospechoso […] Nos ha pedido que lo llevemos a un siniejtro dejcampao, y lo ha hecho con tal respeto y educación que no hemos podido negarnos”. Genial.

Por último, en cuanto a la parodia que hace de la película, hay un momento en que José Mota me acierta de lleno en el gusto. Se trata de la deplorable interpretación en la escena final (esa del siniejtro dejcampao). Al principio, antes de ver Seven, lo achaqué a un fallo del propio cómico. Me dije: “qué mal está interpretando aquí el amigo Mota” (cosa que cabe dentro de lo posible, por supuesto, ya que por mucho que yo lo admire no estoy tan ciego como para no admitir que una buena parte de sus sketchs son regularzotes). Sin embargo, tras haber visto la película de David Fincher, comprendí que lo que había observado en el especial Nochevieja era nada menos que un remedo casi perfecto de la pésima interpretación de Brad Pitt en la escena original. Al menos, así lo interpreto yo: una vez más, Mota hace gala de su talento mímico, copiando una mala actuación con tal maestría que le permite brindarnos una actuación idénticamente mala, ce por be. ¡Qué torero!

Sólo un par de apuntes más.

En apariencia, en esta ocasión, J. M. ha situado a ambos líderes políticos españoles, Brad Zapatero y Morgan Rajoy, en cierto plano de igualdad: ambos son tenientes en la policía y trabajan juntos en una investigación a la que contribuyen como pares y en equivalente medida. Sin embargo, en la segunda lectura me di cuenta de que uno de ellos resultaba (como de hecho es) más patoso que el otro -por no decir directamente memo- y, peor aún, culpable él mismo de uno de los pecados que se castigan: el talante. En efecto: Brad no “comprende” cómo un cadáver puede estar muerto pa un rato, malinterpreta la palabra “concejal”, se le ilumina el espíritu santo al pillar el mensaje del “mazo y el cazo”, Rubalcaba le parece un lince y, en fin, resulta de una talla mental netamente inferior a la de Morgan. Aunque, desde luego, lo que de forma más significativa coloca al remedado Zapatero en una órbita muy distinta a la del remedado Rajoy es que a éste de nada se le acusa mientras que aquél resulta culpable de talante y castigado por ello, pese a que durante toda la “película” argumenta, convencido, que no es pecado sino virtud. ¡Ay, qué valor, quién pretende!

Sin embargo -y con esto ya acabo- el gran perdedor (o mejor dicho el gran denostado) aquí no es Zapatero, tampoco Rubalcaba o Rajoy, sino José Bono. Sus tres intervenciones en el papel de comisario en “Seven” (por no remontarme a varios otros gags del programa habitual de José Mota) parodian con gracia incomparable nada menos que el principal rasgo político del carácter del ex-presidente manchego: el fariseísmo. Bono es el hombre de las caras amables y la intención aviesa, del a Dios rogando y con el mazo dando. ¡Y qué bien, qué magistralmente calado lo tiene Mota! Será que, como también es manchego, ha sabido leer en su interior con particular agudeza. El caso es que, cada vez más y mejor, en sus programas lo radiografía y retrata con justicia, fidelidad y mucho buen humor.

Pues eso: está claro que Mota, desde su pequeño pero importante púlpito en la realidad social española, nos sermonea. ¡Ya lo creo que nos sermonea! Sobre todo a los políticos. Me pregunto cuánto tiempo seguirán permitiéndole la franqueza con la que les señala sus principales “pecados”.

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