Universidad de Cádiz, “sí que sí”

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Hace poco, un buen amigo, viejo compañero y antiguo alumno de la Universidad de Cádiz, para la que ahora precisamente trabaja como profesor asociado, me decía: «Aunque te parezca mentira, en Cái la universidad sí que sí. Informáticamente, estamos a nivel europeo». Siempre fue un tipo irónico.

En efecto, la Universidad de Cádiz -¡qué bien lo sabe mi amigo!- es un desastre informática, administrativa y, según él, también académicamente. A mí esto último no me consta, pero sí lo anterior. Su web es caótica y confusa, con tal maraña de menús y submenús, enlaces y subenlaces, ambiguos directorios, trámites duplicados o contradictorios, etc, que hasta el usuario más espabilado necesita al menos una hora de investigar, a base de ensayo y error, para dar con el remoto rincón donde se encuentra lo que quiera que esté buscando. Además, la plataforma software de para gestiones online es tan poco versátil que resulta casi hermética: en sus esfuerzos para hacerla inservible, los ingenieros informáticos de la UCA no han dejado más que un pequeño hueco por donde poder pillarla… esto, en el caso de que seas un usuario avanzado, porque, si no, lo llevas claro.

Y, así, para solicitar online un duplicado de mi título, me habría resultado más rápido, como mi amigo me sugirió sin ninguna exageración, ir andando desde mi pueblo hasta Cádiz y hacer la gestión en persona, porque, tras dos días de dificultades para superar por fin los obstáculos técnicos (que son al fin y al cabo, no lo olvidemos, también humanos) y enviar correctamente mi solicitud, resulta que ésta emerge al otro extremo del universo cibernético frente a un funcionario que me contesta con un breve correo donde se limita a decirme que esa gestión, mejor, la haga personalmente. Un puro despropósito: no sólo no se está atendiendo al ciudadano, sino que se le hace perder el tiempo infructuosamente.

Ahora, eso sí: seguro que alguien ha cobrado una millonada por diseñar el sistema. En eso se van nuestros impuestos.

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Pactando con el diablo

Que ETA haya anunciado el cese de la violencia justo un mes antes de las elecciones no es, por supuesto, ninguna casualidad; y nadie puede ser tan inocente como para ignorarlo. No estoy descubriendo la pólvora. Pero intentemos analizar el asunto en una mínima profundidad: de entre todas las posibles fechas en que, durante los últimos diez años, o los últimos diez meses (que tanto monta), podían haber anunciado el cese de hostilidades, ETA ha venido a elegir hacerlo, precisamente, cuando el gobierno PSOE está a punto de ser, según todos los pronósticos, desbancado por el PP. Y yo, como siempre en política, me hago la mágica pregunta: ¿Qui prod est? ¿A quién beneficia esto?

¿A ETA? Tal vez, pero sólo colateralmente: si bien es cierto que, en una posible negociación, les iría mejor con el PSOE, también lo es que, puestos a negociar, no tenían por qué haber esperado hasta ahora. No. El principal beneficiario de este anuncio es el PSOE, ya que muchos, muchísimos serán los votantes que, al conocerlo, cambien su intención de voto.

Así, el siguiente paso en el análisis es inmediato: si los del PSOE son los principales beneficiarios, ¿no serán también coautores? Por supuesto, ETA ha dado este paso en este momento para tratar de evitar un inevitable cambio de gobierno; pero aquí la mayor tajada puede sacarla el PSOE, que, en su proverbial mal perder, nunca ha titubeado en pactar con el mismísimo diablo.

Lo de siempre: propaganda preelectoral.

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El tres

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Navegando por internet, me encontré con esto en algún sitio. No es mío, sino de un tal “guerrero negro”. Lo reproduzcoo aquí, en vez de poner un enlace a la página, para evitar que se pierda y también por simplicidad.

Siempre me ha divertido observar las manías de muchas personas por lo que respecta a los números. Es muy fácil de ver si te pones cerca de un vendedor de lotería, y así puedes contemplar como alguien pide que le dé un número que termine en cuatro, “porque es el día que nació mi Yenifer o el día de la primera comunión de mi Kevin del Niño Jesús”. Otros se inclinan por fechas de la política, del fútbol o de otras mil cosas, sin faltar el que dice: “déme usted el número X que es un número cabalístico”, y según pude colegir de mi estudio de campo, los números cabalísticos deben ser infinitos o no saben de qué están hablando, lo cual no deja de ser algo natural en un país muy dado justamente a eso, a hablar de lo que no sabemos. Ya dijo un sociólogo belga, de cuyo nombre no quiero acordarme, que en la mayoría de las encuestas normalmente se dan tres posibles respuestas, si está de acuerdo, si no lo está o la muy socorrida de No sabe/no contesta, pero que, según él, en España debía ponerse una cuarta posibilidad que sería No Sabe pero SÍ contesta.

En fin, volvamos al tema, pues quiero hacer una defensa del número tres, número cabalístico (yo no voy a ser menos) y muy de moda últimamente. El tres es mágico, tres era el número de los cerditos del cuento, los Reyes Magos, La Bella Durmiente tenía tres madrinas, Rubens pintó las tres gracias, las carabelas de Colón era tres, el Movimiento Nacional se regía por los tercios, las corridas (en los toros me refiero) son normalmente de tres matadores, La Sagrada Familia son el padre, la madre y el hijo, en el carnaval de Cádiz, los cuartetos son de tres, Alberto Cortez hizo una hermosa canción llamada “Eran tres” dedicada a tres Pablos (Neruda, Picasso y Casal) , el triángulo de las Bermudas, la forma de gobierno en época de crisis en la antigua Roma era el triunvirato, existe Antena 3, el Trinaranjus, tres eran los títulos que el Madrid iba a ganar el año pasado, según el AS, otros tres este año, y , en fin, son tres el número de personas de la Santísima Trinidad (no Trinidad Jiménez, ya que ella, como diría Boris Izaguirre, es úuuuunicaaaaaa).

Hay muchos tríos famosos en diversos ámbitos de la vida tales como Los Panchos, el famoso trío de Las Azores, el trío Calavera y el trío de la bencina, la película de Wilhelm Thiele, así como se dice a la tercera va la vencida o no hay dos sin tres. ¿ Y qué decir de la más grande aportación francesa a las artes amatorias?: el famoso menage a trois.

Y en este terreno, tenemos ese famoso trío, el triángulo púbico, tres tetas tenía Ana Bolena y tres, eran tres las hijas de Elena, y ninguna era buena.

Llevado todo eso a la actualidad, tenemos un tripartido en Cataluña, otro en el País Vasco, un trío de hecho en el gobierno de España, ahora conversaciones tripartitas con Gran Bretaña y Gibraltar, y yo ya no puedo más con tanto tres, así que termino:

Tres letras tiene Pío,

tres letras tiene la SER

tres letras tiene Moa

tres letras, el ABC.

Tres letras tiene CiU

y otras tres, ICV

tres letras el PNV

que en euskera también tiene tres

tres letras tiene ERC

no cinco ni tampoco diez

¿oiste Carod? tres letras

lo mismo que el PSC.
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En fin, que si no quieres caldo, toma tres tazas. /em

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No llame a este número

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Es bien sabido que establecer contacto telefónico con algunos (que quizá sean muchos) servicios de las diversas administraciones públicas puede resultar tarea ingrata y difícil, cuando no “misión imposible”. ¿Quién no ha sufrido más de una vez la irritante experiencia de llamar repetidamente a uno, o a varios, teléfonos de tal o cual organismo público sin lograr que nadie descuelgue al otro lado?

Estos días atrás, por ejemplo, estuve llamando al Negociado de Acceso de la Universidad de Cáceres, pero no conseguí contactar con ellos, a pesar de que en su directorio hay nada menos que… ¡seis! números asociados a sendos funcionarios muy concretos, con nombre y apellidos; ni tampoco logré que me descolgaran, en la Universidad de Granada, ninguno de los tres teléfonos de la Oficina de Información General (es decir, la oficina que existe con el único y exclusivo fin de ofrecer información a quien la requiera).

Pues casos como éstos, a patadas.

Pero no se trata, ya, de pedir ni peras al olmo ni que ciertos empleados públicos contesten al teléfono. Esto, como el rey de Saint-Exupèry en su Principito, sería muy poco razonable. No, nada de eso. Se trata de algo bastante más elemental: si de los funcionarios no se espera (ni, mucho menos, se exige) que descuelguen el teléfono, ¿para qué estamos pagando con nuestros impuestos esos aparatos y esas líneas? ¿Para qué figuran esos números en los directorios? Bien podrían suprimirse, y ahorrarle así al contribuyente tan asimétrico gasto. Y digo asimétrico porque, por desdicha, muchos teléfonos de las administraciones públicas no parecen servir al pueblo que los costea, sino, si acaso, al funcionario de turno.

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Fantasía estival (fragmento)

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Tú que, irreverente, cruzas los silentes ámbitos de la noche: el eco de tus pisadas escudriña el cóncavo secreto de estancias que abren sus ventanas al reguero de tu estela juvenil. Tú que, viviendo la forzosa y difícil inocencia de un tiempo perdurable en un espacio limitado, ignoras tu propia dicha porque aún desconoces la tribulación… dime: ¿qué es ese tenue reflejo de ilusión que hoy luce en el fondo de tu pupila?

El aroma perdido de los jazmines y la ocasional fragancia de la dama, que guardan en las noches de verano tu rumbo cierto, han observado que llevas el andar más liviano, el gesto más desenfadado y el corazón más ligero. ¿Qué legión de desordenados pensamientos se atropellan hoy en tu cabeza embriagada de novedad?

Cada minuto de esta sofocante noche canicular, tierra caliente y aire enrarecido, reclama ahora un lugar exclusivo en tu bullente imaginación para condimento de los instantes más sabrosos a los que, ávida, retorna, recreándose en ellos con deleite de gourmet. Fue hace apenas unas horas, y no quieres orillar ni un detalle…

A un descanso de la orquesta, la pandilla -sudor en la piel y garbo en el ánimo- avanza por la carretera entre voces roncas, alegres chillidos y risas disonantes, adentrándose en la clandestina oscuridad sin luna que, insaciable, engulle sus figuras. Inconsciente búsqueda de un contraste reparador: silencio, tiniebla y comunicación frente a la frivolidad, la luz y el bullicio. Atrás van quedando las últimas lámparas del alumbrado, y el compás de la música se hace jirones con la distancia. Tras la curva, tan sólo el resplandor difuso del mercurio y el tungsteno; algunos débiles acordes de policarbonato a merced de un mudable, ocasional soplo de viento. Para ti, un paseo de tantos como en la temporada menudean.

La sangre fluye ágil por las venas encendidas. En la voz, crueles bromas sin maldad de nacientes amistades que crearán esos necesarios vínculos, eternos, en los que reflejar la vida propia; manoseados chistes que aún se ríen por cortesía, aunque hayan perdido su gracia con el tiempo como aja el comercio los billetes; ademanes de admiración, palabras que ensayan una alcahuetería endémica, precipitadas e inconscientes declaraciones de voluntad, imprudentes confidencias, y todo cuanto compone cada pequeño drama humano que se desarrolla -suprema soledad- en cada mente.

Escarceos en la charla. Al tenor de un comentario todos los rostros se dirigen al cielo estrellado, tan cerca y tan lejos. Hay una extraña armonía en el universo que vincula las siderales alturas con el efímero hinojo que se intuye en la cuneta.

Quisiste fijar la mirada en una estrella que titila, pero desapareció de tu vista.

Poco a poco, diverso el caminar, plural la conversación y dispares las aficiones, os distanciáis inadvertidamente unos de otros en tríos o en parejas, insoslayable dinámica de grupo. A tu lado, una voz. No es bonita ni fea, pero querrías que no cesara nunca porque acaricia tu oído con un timbre hasta ahora desconocido para ti, que se te antoja cargado de promesas. A una de sus palabras giras la vista. Ahí mismo, en la cercana calígine allende el arcén, se adivina una mancha blanca: es el amplio brocal del pozo Cayetano, del que las madres advierten a sus hijas que se guarden, como a César de los idus de marzo el adivino. ¡Pamplinas! Tú te ríes, acaso más ruidosamente de lo que impone la sinceridad, y desprecias las historias con un gesto de desdén.

¿Y al frente? Flotando en la distancia, despojadas de suelo y cielo, aparecen las fantasmales luces de A… como fingida nebulosa que flota en la negrura, imponiendo un límite lógico al firmamento y sirviendo, bajo la estrella polar, de norte al caminante.

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Tiempo y recuerdo (ser niño otra vez)

Sólo en la infancia las horas son inacabables y eternas, lo mismo en su duración como, sobre todo, en su número; cuando no se sabe aún lo que valen, o quizá precisamente por eso. Sólo en la infancia es posible, por ejemplo, dejar pasar la tarde tras los cristales, sin sentir cómo el tiempo se nos escapa.

Pero, ¿cuál es el secreto del tiempo? ¿Cómo sustraernos a su esclavitud? Tal vez sólo sea posible gozar plenamente de la vida cuando nos olvidamos de él, pero entonces será también cuando más rápido se nos escape. No se puede disfrutar del tiempo y, a la vez, aprehenderlo, pues la sola consciencia y observación de su transcurso inhibirá el disfrute; salvo quizá en la infancia, esa dorada, gloriosa época en que aún no sabemos el valor de las horas. Después, en cualquier momento posterior de la vida, para extraer en medida apreciable los tesoros que el tiempo contiene sería necesario, ante todo, tener la conciencia tranquila, aunque vigilante; adormecida la esperanza, que no yerta; y aligerada, pero no vacía, la cabeza de proyectos. Haría falta, pues, ser niño otra vez; poder ignorar u olvidar lo que sabemos. La impaciencia, el miedo a perder ese tiempo -tan valioso y despreciable a la vez- nos impide sacarle el mayor partido posible; y puede que la vanidad sea también un obstáculo.

Ha de registrar sus recuerdos quien no quiera perderlos, borrados poco a poco de su memoria personal por el tiempo, y definitivamente de la memoria colectiva por la muerte. Y si ésta nos sorprende antes de que podamos paladear el grato manjar de la evocación, ¿qué huella quedará entonces de nosotros? ¡Ah, qué vida inacabada -como una contabilidad sin cerrar- habremos tenido! Sentimos a veces la urgencia de escribir nuestras memorias, pero si cedemos a este deseo de conservar el pasado, dejaremos de vivir mientras escribimos, de tener otras experiencias enriquecedoras; ¿y vale la pena perder una parte de la vida recordando? Alto precio pagaríamos por ese placer. Sin embrgo, vivir sin recordar podría significar, tal vez, perder la vida entera.

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Sonetos a mi pueblo

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Una de cal

 


No dudéis que, quien haga los honores
de contar de este pueblo los haberes,
“las más guapas”, dirá de sus mujeres;
de sus hombres: “los más trabajadores”.

Sus productos no pueden ser mejores,
ni tampoco es el menor de los placeres,
bajo el cielo de sus atardeceres,
por el campo, pasear entre las flores.

No le teme el paisano al aguacero
ni a coger aceituna en el invierno.
Nunca falta en su casa un buen puchero

y, aunque es el malguisao hombre moderno,
mientras tenga la camilla un brasero
ya pueden las ciudades irse al cuerno.

 

… y otra de arena

Con las arcas de Europa bien cebado,
perdiste de los pobres la pureza;
mas no puedes, tampoco, de riqueza
ni progreso alardear, Malcocinado.

De la Campiña te quedas a un lado,
y, des que renunciaste a tu belleza,
sólo si viene a buscar una pieza
la Sierra Norte te pone cuidado.

Es, para el chisme, tu oído impecable,
y sin embargo no escuchas, parece,
de tus motos el ruido insoportable.

Pero, adelante, tú sigue en tus trece:
que aún cabe en las fachadas otro cable,
y en el campo… el cemento se agradece.

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Justicia y Guardia Civil: teatrillo en un sólo acto

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Hace un par de años denunciaba, en una carta que me publicó el Periódico de Extremadura (aunque actualmente la han quitado de la red), cierto atropello a la dignidad, del que me sentí víctima a manos de un grupo de Guardias Civiles durante uno de sus «controles rutinarios» de carretera. Y aun sabiendo que no los condenarían, pues era la palabra de dos viajeros (yo iba acompañado) contra la de cuatro guardias, los denuncié también en los Juzgados, guiado por cierto sentido de responsabilidad ciudadana: era mi granito de arena para tratar de inculcar las nociones de integridad y respeto a los caletres de la enquistada Benemérita.

Sin embargo, mi iniciativa sólo sirvió para ratificar la impunidad de los miembros de tan privilegiada institución: no volví a tener noticia alguna del proceso judicial hasta que, meses después, fui convocado al juicio que tendría lugar en Llerena; un juicio que -me temo- estaba resuelto antes de ser celebrado. Para empezar, durante la instrucción se había obviado por completo la existencia y mención de mi acompañante en la denuncia: bajo pretexto de que yo «no lo propuse como prueba», el Ministerio Fiscal, pasando por alto una de sus funciones, no le tomó declaración ni lo llamó a testificar; con lo cual el peso de mi denuncia quedaba ya, de entrada, reducido a la mitad. Pero es que, además, durante la vista oral, el fiscal no sólo comenzó pidiendo la total absolución de los guardias, sino que sus preguntas fueron mucho más encaminadas a menoscabar mi credibilidad que a esclarecer los hechos: allí no se presumía la inocencia de los encausados -pues se daba ya por supuesta-, sino más bien mi «culpabilidad». Me interrogaron como si hubiera sido yo el acusado.

La sentencia fue, por supuesto, absolutoria para los guardias, y aún me consideré afortunado de que no me condenaran a mí. De este modo, nuestro sistema judicial desperdició una vez más la oportunidad de acercarnos al ideal democrático de seguridad policial. Sin embargo, lo peor es que para ese viaje no hacían falta alforjas; es decir, que no hacía falta derrochar el dinero de nuestros impuestos con una innecesaria función teatral: si tan inverosímil consideraron nuestros Ilmos. magistrados mi denuncia, habría sido suficiente (y mucho más barato) con que no la aceptaran a trámite. Pero -¡claro!- mediaba ya una carta a los periódicos y había que dejar el nombre de la Guardia Civil tan inmaculado como fuera posible.

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Gastos de gestión Travelgenio (Travel2be): una estafa

Si alguna vez buscas, o has buscado, un billete de avión a través de Travelgenio (o Travel2be, que es lo mismo), sin duda te preguntarás a cuánto ascienden los gastos de gestión que te anuncian pero que no especifican en ningún lado. Y si te importa tu dinero, escrutarás con detenimiento toda su web para averiguarlo; pero será en vano: no los detallan en ninguna parte.

Bueno, pues yo te voy a contar lo que sé, por mí o por mucha gente que ha enriquecido este artículo con sus comentarios: los gastos de gestión de Travelgenio-Travel2be son variables (dependen de factores que sólo ellos conocen), pero en ningún caso inferiores a unos 15 €. Según el precio del billete, hay usuarios a quienes les han cobrado hasta 60 €.

Esta práctica de no especificar dichos gastos es ilegal, pues vulnera las ley de protección del consumidor; pero lo peor es que, para rematar la estafa, no son en ningún caso reembolsables, ni siquiera aunque la transacción no llegue a verificarse (por cualquier problema técnico, bancario, etc.), cosa que con muchísima frecuencia ocurre en la web de Travelgenio.

De modo que ya lo sabes y estás advertido: no te dejes tentar por los precios usualmente un poco más bajos que en otras webs, porque EN TRAVELGENIO SON PROFESIONALES DE LA ESTAFA. Bajo ningún concepto compres tus billetes con ellos. Sigue mi consejo; te ahorrarás muchos disgustos. Si no me crees, lee los numerosos comentarios a este artículo. Y si me crees léelos también. Aprenderás mucho.

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Los nuevos mesías

En esta España nuestra parece que siempre ha de haber alguien salvando a alguien. Durante siglos, se adjudicaron esta función la iglesia católica y sus fieles: devotos laicos y aplicados religiosos se han afanado durante décadas sin fin, aquí y allende los mares, por convertirnos a la fe o regresarnos a ella, siempre para guardarnos de las trampas del Maligno, alejarnos del pecado y salvarnos de la condenación eterna, amén.

Pero en estos albores del siglo veintiuno corren malos tiempos para los evangelios: la ciencia ha acorralado a la fe -si bien en menor medida de lo que se piensa- y, dejándonos desamparados frente al absurdo, le ha abierto de par en par las puertas al consumismo, ese nuevo opio que los tahúres de la mercadotecnia se han apresurado a explotar. Cuando ya no podemos creer en Dios, ni en la otra vida, tenemos que buscarle un nuevo sentido a esta.

Sin embargo, curiosamente, no nos hemos quedado huérfanos de salvadores; nuestro quijotesco carácter siempre empuja a algunos al histrionismo. Y ahora, proliferando como lo hacen, ante la presencia de un herbicida que elimine las especies dominantes, las plantas que han estado sometidas por ellas, ha venido a aparecer en nuestra sociedad una iluminada casta de salvadores: son los ociosos descreídos y los filisteos, los resentidos y los envidiosos, los que se dicen ateos y se erigen en paladines de la igualdad (sin saber que sólo aclaman al igualitarismo), en cruzados de una dudosa Constitución y una paupérrima democracia, quienes ahora han venido a salvarnos… ¡de la Fe!

 

Un hábil fotógrafo ha logrado reunir en una instantánea a varios manifestantes adultos.

 

Estos son los nuevos mesías. Bien los hemos visto con ocasión de la visita a Madrid del Papa Benedicto XVI, protestando y manifestándose, tras la tísica disculpa de un gasto desmesurado o una discriminación frente a otros credos, contra una mayoría aún religiosa y católica. Ahí estaban estos salvadores en plena función, elevando sus gritos y alzando sus pancartas hacia todos aquellos que aún tiene la bendita fortuna de poder creer en Algo.

 

¿Se trataba de derogar la ley del aborto?

 

Pero esta atolondrada oposición no buscaba, en realidad, salvaguardar nuestra economía en crisis, ya que sólo un necio puede pensar que el balance económico de la visita papal vaya a ser negativo para el país; ni buscaba tampoco defender (dando la espalda a la verdadera realidad de nuestra sociedad) el supuesto -y muy controvertido- laicismo oficial español, ya que estos mismos títeres que se manifiestan contra la acogida gubernamental para Benedicto XVI no se habrían atrevido a levantar una voz, a proferir un susurro, si el visitante hubiera sido el caudillo de cualquier otra religión; antes al contrario, habrían sido los primeros en declararse a favor y, de paso, colgarse las medallas de la tolerancia y de la pluralidad.

 

O cómo confundir la velocidad con el tocino.

 

No, nada de esto. Se ha tratado de algo mucho más tragicómico; mucho más carpetovetónico: estas protestas, reflejo de nuestra patria ignorancia, de nuestra secular intransigencia, en realidad no buscaban nada grande ni elevado, nada noble, sino que han brotado al son y al Sol del Madrid estival, abonadas por una varia casuística: muchos, para dar salida al resentimiento incubado durante generaciones; otros, por la envidia que siente el agnóstico del creyente; muchos, para desahogar frustraciones personales; quién, para alcanzar el dudoso crédito de «haber luchado contra el sistema», pero sin discriminar objetivos; no pocos, para amenizar el caluroso ocio de las noches veraniegas, o por simple esnobismo; algunos, por último, porque cualquier excusa les vale para reivindicar su homosexualidad o enseñarnos las tetas. En cualquier caso, la mayoría de estos confundidos progresistas, de estos eruditos a la violeta, se han cultivado en el caldo de la desinformación, el dogmatismo o el rencor.

 

¡Quién fuera bicicleta!

 

Pero son ellos, estos nuevos mesías que quieren salvarnos del catolicismo, los verdaderos intolerantes de esta incorregible España nuestra.

 

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