Interludio ferroviario

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En la inverosímil Estación Central de Kiev, gótica y monumental, de altas bóvedas suntuosamente decoradas en colores crema y escarlata que acentúan el cromatismo de sus frescos espero, bajo el fastuoso brillo de las lámparas, la salida del tren nocturno que ha de llevarme a L’viv.

La megafonía recita su áspera y borrosa letanía de dulces cadencias eslavas.

Estamos a 1 de noviembre del año 2010; un año con nombre de ciencia ficción, de resonancias futuristas, en agrio contraste con la realidad histórica que me rodea: Ciudad de zurrientes tranvías y descoyuntados trolebuses, palpita Kiev anclada en una posguerra de antigua república soviética que el devenir de la historia parece haber olvidado, como si se hubiera caído de la alforja del mundo mientras éste continuaba su camino. Ficción, sí, pero sólo en cuanto un retorno al pasado puede serlo.

Llegué aquí hace dos semanas que parecen dos años y siento ya, cabalgando la hora de mi partida, la nostalgia de los últimos días y esas postreras horas en compañía de Sveta, Marina y los demás. Vergonzosos al principio, no tardaron sin embargo en abrirse a mí, superando la barrera de ese idioma común que aquí, en esta periferia de la civilización, tanto se enseña y tan poco se practica. Y fue quien peor lo hablaba el que antes se soltó, insistiendo en referirme, lleno de orgullo patrio, la historia de cada lugar, cada monumento y cada edificio pese a que su pobreza de vocabulario resultaba más incómoda que entretenidas sus explicaciones. Desconocía Román casi todas las palabras que necesitaba y a cada instante había de preguntar por ellas a sus amigos, quienes, con paciencia y fraternidad encomiables, no le escatimaban la ayuda. Era el hombre, además, de esos que al hablar requieren sin tregua, con la mirada y el gesto, reconocimiento de estar siendo escuchados; y yo, horma de sus palabras, me veía forzado a un constante asentir y emparentaba con esos perritos de cuello oscilante que, varias décadas atrás, estuvieron de moda como adorno en los parabrisas.

Con el trato de esta gente he podido confirmar la empatía del pueblo ucraniano, esa cordialidad sincera con que tratan de sus asuntos sentimentales e intercambian emociones, abriendo sin pudor ni dramatismo su corazón a los demás; y no es sino con el mío un poco encogido que dejo esta ciudad que tan contrastadas experiencias depara al viajero. Kiev puede enamorarte o repelerte, pero nunca te resultará indiferente.

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Inmerso en luenga nube de resoplos y chirridos se estaciona, taciturno y fosco, el tren junto a la plataforma, cortando el frío húmedo de la atmósfera otoñal. Con una interrogación enseño mi billete a un empleado, que señala con largo ademán del brazo hacia un punto impreciso y distante. Macuto a la espalda, camino el andén durante varios minutos junto a la hilera de inacabables vagones de cuyo flanco arrancan las luces de la estacicón mortecinos y azulados brillos metálicos. Palpitante y vivo, el tren parece el fuselaje discontinuo y vibrante de una fabulosa tarasca mecánica.

Al fin alcanzo mi carruaje de segunda y asciendo la pina escalerilla. El espacio, bien caldeado, está dividido en compartimentos abiertos, cada uno con ocho camas-litera tapizadas en felpa granate: tres por mampara y dos en el pasillo: bajo y sobre la ventana. Todo el piso es de moqueta ceniza, y las paredes están revestidas con formica gris platino. En lo alto, sobre tapescos junto al techo, esperan las colchonetas, almohadones y mantas. Pasa un empleado repartiendo las sábanas.

Me fascinan estos trenes soviéticos, con su atmósfera hospitalaria y protectora, casi maternal, que me hace desear que el viaje nunca acabe. Para cualquier destino u horario, todo pasajero tiene siempre asignado, incluso con el billete más económico, no ya un asiento sino una litera; y, una vez acomodado en ella, ninguna otra tarea le cabe, mientras dure el trayecto, que la de disfrutar del movimiento del vagón: su cabeceo suave, el arrullo acerado y opaco de su nana ferroviaria. Ajeno y distante a los raíles que lo sostienen y a la propia vida cuyos extremos comunica, se torna entonces el tren una isla que, no pudiendo ser abandonada, induce a cierto recogimiento espiritual, y el tiempo parece quedar suspendido en un interludio sin quehaceres ni apremios, donde no hay obligaciones que atender ni asuntos que intervenir. Así, no sólo las actividades sino las preocupaciones mismas quedan aletargadas: Cuando llegue a L’viv habré de patear sus calles, enfrentarme a los elementos y sortear los cien obstáculos que la vida opone a cada paso; pero, mientras tanto, me siento invulnerable a esas cuitas atemporales, que sólo pertenecen al mundo exterior: un mundo que pasa frente a mi ventanilla como la proyección de una película: irreal e inofensivo.

¡Que no acabe nunca el viaje! ¡Que no se acabe!

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Pero el viaje se acabó y el tren me dio a luz en el seno de L’viv, una ciudad de bellísimas sonrisas femeninas…

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¡Ahí me las den todas!

Hay en España dos tipos de ideologías -como hay dos tipos de personas- que, más que por el color de su credo, se distinguen por su actitud política: los que son pro algo, y los que son anti algo. Pues bien: el amigo Cayo Lara no es ninguna excepción: su ideario parece resumirse en ser anti PP y, si sus intenciones son buenas, lo serán entendiendo siempre que lo mejor para España ha de ser todo aquello que no convenga al PP. En consecuencia, se ha propuesto con firmeza evitar que este partido gobierne en Extremadura y presiona con sus declaraciones para que IU apoye la candidatura del PSOE en lugar de abstenerse y dejar que el PP gobierne en minoría, a pesar de que esto último sería lo más responsable para con sus electores y saludable para la democracia: dejar que la derecha despeje y renueve la rancia atmósfera que largos lustros de monopolio socialista han creado en la Junta, que ya habrá tiempo para promover una moción de censura si hace al caso.

Y, por su parte, Pedro Escobar, el coordinador de IU en Extremadura, no deja de marear la perdiz haciendo consultas no vinculantes a sus bases y demorando la decisión aduciendo falta de unanimidad entre sus filas, cuando no sólo el examen más elemental del resultado de las elecciones sugiere con fuerza que sus votos provienen mayoritariamente de socialistas que han querido dar un voto de castigo al PSOE, sino que además el clamor directo de las bases, según se ha filtrado a los medios, resuena alto y claro en contra de dicho pacto.

Pero, al final, Pedro Escobar defraudará a sus votantes y apoyará al PSOE. Y, si no, en unas semanas se verá; y se mostrará también una vez más la verdadera naturaleza de Izquierda Unida: salvando a una minoría permanente, algo arcaica e idealista, de votantes convencidos con ideología pro, en general IU no es más que un satélite al que de vez en cuando acude una facción de socialistas enrabietados para “castigar” a sus dirigentes, pero manteniendo su corazón anti; o sea, una marioneta a merced del PSOE.

Aunque, claro, frente a castigos como este, que garantizan la continuidad del gobierno socialista en Extremadura, el PSOE dirá: “¡pues ahí que me las den todas!”

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[Editado el 19-6-11 tras la noticia de la abstención de IU en la investidura parlamentaria]

He de confesar que, al escribir el artículo anterior, era la mía una apuesta segura: si mis pronósticos se verificaban, habría ganado crédito como pronosticador, y si fallaban, habría ganado en calidad democrática como español. Y confieso además que, puestos a elegir, prefiero lo que ha sucedido, aunque me cueste el descrédito.

En efecto, la noticia de que IU se ha abstenido en la votación a la investidura de presidente para la Comunidad de Extremadura me llena de alegría y optimismo. De alegría, por ver desbancado del gobierno extremeño a un grupo político que llevaba ya demasiado tiempo en el poder; y de optimismo, porque esta decisión de IU abre una puerta a la esperanza de que acaso haya una fuerza política de izquierdas que sea verdadera alternativa al PSOE. Así, y a pesar de que en estricta justicia y ética no podían hacer otra cosa (es decir: a pesar de que no han hecho más que cumplir con su obligación ética), me apresuro a dar la enhorabuena a todos aquellos dirigentes y responsables de IU que han hecho posible este gran paso para la democracia, y espero sepan comprender (y de paso excusar) el provocativo acicate que las palabras de mi artículo implicaban.

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Recuerdos gloriosos de bellas cortesanas

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Al cabo de los años mil he dado en leer de nuevo a los clásicos y me encuentro con joyas inesperadas, con escritores a quienes no tuve ocasión de apreciar a causa de mi excesiva juventud -si es que de tal riqueza puede tenerse en exceso- y con pasajes que, pasándome inadvertidos entonces (el lector novel rara vez repara en el continente), ahora encuentro orillando la perfección.

Hágame el honor, quien esto lea, de disfrutar conmigo este párrafo sublime con que el divino (e ignorado) Valle-Inclán da comienzo a su Sonata de estío. Un párrafo que, además y por razones que no hacen la caso, viene muy a propósito en esta hora de mi vida. (A veces pienso que la única posibiliad de aprehender, en su completa armonía, lo que otro dice es pasar por algunas circunstancias que nos afinen el entendimiento a la frecuencia necesaria para recibirla, y que para entender un escrito no basta con poner atención en la lectura, como no basta tener redondeado el cráneo para que nos siente bien un sombrero.)

Poniendo sus palabras en los labios apócrifos del Marqués de Bradomín, escribe don Ramón María así:

Quería olvidar unos amores desgraciados, y pensé recorrer el mundo en romántica peregrinación. ¡Aún suspiro al recordarlo! Aquella mujer tiene en la historia de mi vida un recuerdo galante, cruel y glorioso, como lo tienen en la historia de los pueblos Thais la de Grecia y Ninon la de Francia, esas dos cortesanas menos bellas que su destino. ¡Acaso el único destino que merece ser envidiado!

¿No es soberbio? Tiene la fuerza de un huracán y la solemnidad de un juramento. Es hermoso, rotundo y brillante.

La segunda mitad del mismo párrafo, menos terminante, es a cambio más audaz y un punto sarcástica:

Yo hubiéralo tenido igual [el destino], y quizá más grande, de haber nacido mujer: entonces lograría lo que jamás pude lograr. A las mujeres para ser felices les basta con no tener escrúpulos, y probablemente no los hubiera tenido esa quimérica Marquesa de Bradomín. Dios mediante, haría como las gentiles marquesas de mi tiempo, que ahora se confiesan todos los viernes después de haber pecado todos los días. Por cierto que algunas se han arrepentido todavía bellas y tentadoras, olvidando que basta un punto de contrición al sentir cercana la vejez.

¡Magnífico! ¡Ah!, saboreo cada palabra. Mas como, no pudiendo ni acercarme a esa maestría, cualquier cosa que añada a partir de aquí sólo servirá para poner de manifiesto mi impericia como crítico y mi inepcia como escritor, os dejo que disfrutéis por vosotros mismos de esta belleza y que sintonicéis, con la antena de vuestros propios sentidos, el eco de las frases que nos legó el duopontino.

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Democracia real ya

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Sentía cierta curiosidad por este movimiento desde que, en dos ocasiones recientes, pasé casualmente por la puerta del Sol en Madrid cuando los manifestantes andaban por allí. Además, algunos de mis amigos en Facebook parecen apoyar la iniciativa; así que me he dicho: echemos un vistazo a ver de qué va esto.

Pero ha sido “la primera y en la frente”, porque desde la frase inicial del comunicado de prensa que encabeza su página principal en la web, ya me han dicho lo que de esta plataforma puedo esperar. Cito:

“En más de 60 ciudades del Estado…”

No hacía falta leer más. Así que “el Estado”, ¿eh? ¿Qué Estado? No lo dicen. Puede ser el Estado angoleño, el Estado australiano o incluso el Estado de Wyoming (USA); aunque, por proximidad, imagino que se trata del Estado español. Pero, claro, eso de usar la palabra “España” o alguna de sus derivadas es demasiado comprometido. Lo de “España” está vedado a todo el que no se pronuncie de derechas; y la plataforma “Democracia real ya” no es ninguna excepción a esta regla. Por desgracia, uno de los mayores errores de casi todos los partidos españoles es el de adjudicar a las derechas el monopolio del uso de la palabra “España”, renegando así -de paso- de su propio país. Yo admito que el patriotismo a ultranza es síntoma de pobreza política y falta de autocrítica; pero el rechazo (o incluso la vergüenza) a pronunciar el nombre de tu país es -por contra- síntoma de pura estupidez.

No obstante -y volviendo al mencionado manifiesto-, yo seguí leyendo su comunicado de prensa hasta el final; pero sólo para encontrarme con un colofón que le hizo tanto daño a mi vista como lo del “Estado” a mis neuronas. Cito:

“…participación de trabajadores/as, parados/as, … jubilados/as, hipotecados/as…Unid@s, podemos.”

¡Vaya por Dios! Ya estamos con el desprecio al idioma en aras del populismo; con la redundancia, la cacofonía y la ilegibilidad al servicio de la causa política. Un desprecio -además- selectivo, oportunista, basado en la pura conveniencia; y es que sólo un párrafo más abajo la redacción continúa así:

“Nosotros los desempleados, los mal remunerados, los subcontratados, los precarios”

¡Hombre!, ¿y por qué aquí no escribieron “nosotros/as los/as desempleados/as, los/as mal remunerados/as, los/as subcontratados/as, los/as precarios/as”? ¿Por qué usar la enumeración “feminista” en una parte del discurso y no en todo él?
Pura inconsistencia. Simbolismo vacío. Y es una lástima, porque el movimiento tiene aspectos muy positivos.
No obstante, yo tengo fe. Tengo fe en que otros grupos, otras plataformas aún por venir, recojan las ideas más importantes de Democracia real ya y las mejoren, amplíen y reivindiquen de modo menos ofensivo para ciertas inteligencias. ¡Entonces sí; ahí sí que estaremos en el buen camino de un verdadero cambio sociopolítico en… “Estado”!

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How to login as root in Xfce

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Log in as root in the Xfce environment is disabled by default. When I tried to google how to change this behaviour, I got lots of results, but useless, because though dozens of people had posted that same question in dozens of forums, they all got the same kind of reply: “Log in as root in graphics mode is dangerous. You shouldn’t do it, and certainly I won’t tell you how to.” Bullshit. That’s a hypocritical reply, as coming from someone who refuse to help others under the weak grounds that “it’s dangerous”. I can’t help thinking that those “gurus” are simply enjoying their power at knowing something they don’t want to share.

Fortunately, I was lucky to find out the answer by myself. Here’s how you can do it (I’m talking about the Linux Mint Xfce and the gdm3 session manager):

Open a terminal and, as root, edit the file /etc/pam.d/gdm3. Comment out the line that says: “auth required pam_succeed_if.so user != root quiet success”.

There you are! That simple. Now you can log in as root in an Xfce session. 

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Ateos

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En principio, las declaraciones de ateísmo (¡y cuánto más sus manifestaciones!) me suscitan, como mínimo, una cauta desconfianza.

Y no es que sea yo ningún defensor de la idea divina ni, mucho menos, de cualquiera de las religiones que, reclamando -o no- para sí el monopolio de uno o varios dioses verdaderos, predican a sus feligreses -y a quienes quieran escucharlas- una moral, unas doctrinas, unos mandamientos o dogmas.

Nada de eso. Cierto es -bien Dios lo sabe- que ya no tiene Dios cabida alguna en el mundo que la ciencia ha sido capaz de explicar y que, en lo aún no explicado, resulta en el mejor de los casos apenas una hipótesis innecesaria (por citar la famosa expresión de Laplace). Los dioses, en efecto, no hacen maldita la falta… al menos en el cosmos inmediato y físico.

Sin embargo, hay aparentes realidades (y perdóneme el lector esta -también aparente- contradictio in terminis) contra las cuales nuestra razón (y digo bien: nuestra razón: mortal, finita y “tridimensional”) se opone con tal fuerza que apenas parece posible aceptarlas sin titubeos ni incoherencias, o vivir conforme a ellas con todo lo que conllevaría.

Cuando pienso, por ejemplo, en nuestro universo y el inexplicado Big Bang (al que se ha dado, tal vez, demasiada importancia a juzgar por las últimas teorías, que apuntan a que no fue sino el resultado de una colisión, no especialmente extraordinaria, entre cuerdas o membranas de otro universo mayor, multidimensional, de misterioso génesis y enigmático futuro); cuando pienso en el concepto de eternidad, tan incomprensible como inefable; o -ya un poco más cerca de casa- en el planeta Tierra, cuyas circunstancias tan casualmente particulares han favorecido la aparición de una vida capaz de ser consciente de su propia existencia y muerte, capaz de observar desde su microscópico y despreciable rincón al propio universo en su caótico devenir, capaz de comprenderlo como un fenómeno de doble naturaleza, cognitiva y real, interna y externa a un mismo tiempo (se extingue para cada ser humano con su muerte y, a la vez, existe indudablemente más acá y más allá de ella); cuando considero la dinámica terrestre, las placas tectónicas modificando la faz del planeta, creando y engullendo geografías tan distintas como diferentes estructuras pueden construirse con las piezas de un mecano, dejando siempre en evidencia lo insignificante y precario de nuestra especie (y de la vida en su totalidad) al compararla con los telúricos procesos… Cuando observo todo esto, me resulta casi imposible aceptar su inherente absurdo y, de paso, me cuesta creer que pueda afirmarse sin ligereza ni titubeos, con sincero convencimiento, que no existe ninguna Causa ni Fin (¿y hay acaso alguna otra forma auténtica de ateísmo?); me cuesta creer que pueda mantenerse con total certidumbre que la materia, la energía, el tiempo y el espacio están ahí, girando en un loco torbellino, en un fabuloso y eterno espectáculo cósmico de fuegos artificiales, desde siempre, hasta siempre y… ¡para nada!

Más aún: ¿cabe que, quien tal cosa afirme, albergue algún tipo de moral? Me explico: a la vista del descorazonador absurdo de nuestra existencia y ante la certeza de la muerte (tanto la individual y próxima como la colectiva, más lejana pero no menos cierta) como fin absoluto y último, no ya de cualquier posible espiritualidad sino también del universo (al menos en lo que a nosotros concierne), ¿qué lugar queda para la moral? Y no me refiero ahora a una moral “externa”, conductual, adoptada con cinismo por mor de lo social, sino a una verdadera moral íntima, a una creencia en ciertos valores y principios. A quien convencido esté de que no jugamos papel de relevancia alguna en el sideral teatro de la historia; más aún: a quien convencido esté de que ni siquiera existe tal teatro, sino que todo deviene por casualidad y sin sentido, siendo la humanidad no más que una ínfima y pasajera contingencia, ¿qué coño -con perdón- importa nada? ¿Para qué las energías renovables, las economías autosostenibles, la ecología? ¿Y no debería a nuestro ateo, por ejemplo, resbalarle la memoria que de él quede entre los hombres tras su muerte? ¿Qué le puede importar lo que aquí suceda, se haga, diga o piense entonces? Incluso hacia nuestros propios hijos, por mucho que los amemos, ¿no deberíamos adoptar una actitud algo más indiferente respecto a su futuro? Si, cada vez que un ateo muere, el universo todo muere con él (y pienso que esta es una forma aceptable de expresarlo), ¿qué más le da lo que suceda después? La memoria de un hombre rara vez sobrevive más de dos o tres generaciones; luego no queda nada. Como tampoco quedará ni rastro de la humanidad en un abrir y cerrar de ojos a escala geológica, no digamos galáctica. ¿Para qué, pues, preocuparse por el mundo que hayamos de dejar tras nuestra muerte? El perfecto ateo, ¿no debería ser un cínico, un hedonista? ¿Por qué, sin embargo, no lo es? ¿No subyace, al fin, bajo toda moral cierto sentimiento religioso?

Pero no se me malinterprete: mi intención está tan lejos de afirmar a Dios como lo está de negar el ateísmo. Admiro a los ateos. Lo que dudo es que haya tantos como dicen ser. Negar la existencia de cualquier Dios equivale, me parece a mí, a negar la de cualquier causa o razón última y, por tanto, a afirmar el terminante absurdo universal. Pero para sostener una afirmación de tal corte nihilista, para aceptar con serenidad y honrado convencimiento, antes que con teatro o dramatismo, el desconcertante absurdo de nuestra existencia; para, a la vista de este fabuloso y frenético espectáculo sideral en que estamos inmersos, vencer la irresistible sensación de que es imposible que nada de esto vaya con nosotros, hay que ser muy chulo; hay que estar hecho de una pasta que -siento decirlo- abunda en muchísima menor proporción que la cantidad de ateos que así se dicen.

Por esto; por dicha escasez que percibo en nuestra especie del temple necesario para ser un honesto ateo sin grietas ni inconsistencias, es por lo que en principio sospecho de quien tal se declara. Más aún: en la presteza con que muchos de ellos manifiestan su convicción, y en la vehemencia con que suelen arremeter contra los dioses o las religiones, creo más bien identificar un antiteísmo que un ateísmo; una rabia por no ver a Dios que una serenidad al saber que no existe; en el mejor de los casos, un agnosticismo.

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Translations

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Any of my frequent readers will already know that I find the idea fascinating of how closely connected to one another are language on the one hand, and ideas, concepts and cultures on the other. It’s patent that we can only say (or write) what we have previously thought of, thus making -apparently- the language a tool for expressing the ideas. However, it doesn’t seem so obvious, despite being equally true, that the language is also, at the same time, the vehicle for the ideas to take form; that it is a bidirectional process: we can only express what we think, but we can only think what we know how to express.

Effectively, language and thought are so akin that one can’t go without the other: we need the former to form the latter; without the language, we wouldn’t be able to have complex thoughts.

Therefore, how can we expect to properly translate anything? Of course, it’s always possible to put the main idea of a message into a new language; and the simpler the former, the more precise the translation; but we’ll always miss something in this process, because putting things in a different language (and being able to understand the result) would require us to be who we’re not: we can’t detach our personality -therefore our thoughts- from our mother tongue. People make the language, and language makes the people.

I’m sure I’ve already written things similar to this in some other post of this blog; and, for many years, my ideas upon the subject have remained the same: that when we switch to a foreign language, we assume a slightly different personality, or rather a modified version of the same. But this explanation didn’t fully satisfy me, because on one hand I couldn’t quite accept the idea of a changing personality, and on the other hand I had to face the case of bilingual people: do they have a double identity? That would be maddening, and doesn’t sound plausible. As a matter of fact, most of the bilingual people I’ve met seem to me to be quite clever, broadminded, and not suffering from any ambiguous nature.

So, recently I’ve modified my beliefs in this matter and now I’d rather say that learning a foreign language simply has the effect of broadening our mind, enriching us and making us somehow more complex. Thus, it would work basically (though in an amplified way) like getting to improve our own mother tongue: the better we learn another language, the more we get -added to our own selves- the treats of the folk who speak it since their cradles.

And a fine consequence, or reverse, of this theory would be a new idea: that, in turn, the broader our mind, and the richer or more flexible our personality, the easier should be for us to learn a new language.

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Of course all this are but my own thoughts. I’m sure there are well founded studies regarding the matter and thrusting trustworthy light upon it. If any of the readers here knows of some documentation about the subject, I’d love to hear of it.

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Cruzando fronteras

De entre las varias formas cómodas de viajar a Varsovia desde L’viv, ninguna de ellas es rápida ni económica.

Este es el problema con los romeros de alpargata: nos metemos en la aventura a la fuerza, no porque nos guste sino porque el presupuesto no nos da para otra cosa. Cuando se lleva un buen fajo en el bolsillo y algunas tarjetas de crédito respaldadas por sólidas cuentas bancarias que se reponen con alegría cada fin de mes, es fácil meterse a aventurero, estando cierto de que, si las cosas se ponen muy oscuras, en última instancia no hay más que tirar de billetes para que la mayor parte de las veces todo se solucione más o menos a satisfacción. De hecho, y forzando un poquillo los conceptos, desde este punto de vista la aventura podría considerarse casi como una actividad de lujo, un privilegio de acomodados; y tanto más aventureros nos podremos permitir ser (sin que esto quiera decir que necesariamente lo seamos) cuanto más abultado nuestro patrimonio disponible.

Y no se trata aquí de quitarle mérito a quien pudiendo quedarse apoltronado con indolencia en el sillón de su casa decide en cambio liar el petate y largarse en busca de andanzas a lugares más o menos arriesgados o remotos, exponiéndose a peripecias que, por mucha plata que lleve, no siempre tienen por qué acabar bien. Pero, sin duda, el enfoque con el que se aborda una empresa viajera es muy diferente cuando se tienen las espaldas bien cubiertas por una economía saludable y saneada que cuando andamos con los céntimos contados. El viajero acaudalado no sólo es más libre de aventurarse a contingencias varias, sino que además puede afrontarlas con un talante más temerario o, cuando menos, osado. Los vagabundos de sandalia, sin embargo, no tenemos muchas opciones; debemos ir por la vida midiendo con cautela nuestros pasos y gastos, careciendo con frecuencia del margen necesario para optar entre distintas alternativas.

Por eso entre las posibilidades de transporte yo escogí la más barata, que podía resultar también -salvo el avión- la más rápida si no se me presentaban mayores contratiempos.

Consistía esta alternativa en viajar en marshrutka desde L’viv hasta Shegyni, ya cerca de la frontera; luego cruzar ésta a pie, coger en el lado polaco un minibus al cercano Przemyśl y tomar allí el único tren directo a Varsovia. Si lo perdía, tendría que viajar dando un lento, incómodo y oneroso rodeo por Cracovia; así que era esencial llegar a tiempo para ese tren.

Por esta razón, la mañana de mi partida salí del albergue a eso de las nueve, con un margen de horas que estimé suficiente. Los marshrutkas salían de la estación del ferrocarril, así que hacia allí me encaminé, mochila a la espalda. Apenas llevaba moneda ucranianaencima, pues la noche anterior una dulce lagarta se había bebido, dejándose invitar con sonriente descaro, las pocas hrivnasque tenía yo reservadas para mis últimos gastos; de modo que al llegar a la estación tuve que cambiar, a una tasa tan abusiva que me dejó malhumorado, lo mínimo indispensable para llegar hasta Polonia.

No bien tuve los ajados billetes en el bolsillo, salí a la esplanada frente al edificio de la estación y, cuando me dirigía a la parada del mashrutka, de repente noté unos fuertes y dolorosos pinchazos en la canilla que me estorbaban el movimiento, como si hubiese metido el pie en un cepo dentado: Era un perro, que había hecho presa de mi pierna por encima del tobillo. Impedido como estaba por el peso y el bulto de la mochila, no pude sino desprenderme de sus mandíbulas de un tirón. El animal se alejó unos metros y yo sentí el impulso de apuñalarlo; pero ni tenía con qué, ni había a mi alrededor una maldita piedra que arrojarle en revancha, así que me conformé con la derrota. Algunos transeúntes alrededor miraban con expresión curiosa pero sin mostrar mucho asombro: sin duda no era una escena nueva para ellos. Por suerte no parecía rabioso; y al morder había apresado el calcetín y el pantalón, de modo que sólo me hizo unos rasguños que, no obstante, me tuvieron unos días receloso.

Mientras esperaba en la parada la salida del autobusillo entablé conversación con una señora que, junto a una gran maleta, se dirigía también a la frontera. Era la mujer una ucraniana que regresaba a Cracovia, donde llevaba trabajando de limpiadora muchos años; circunstancia por la que hablaba polaco con total fluidez y gracias a la cual podíamos entendernos. Me cayó simpática y yo debí parecérselo a ella también, de modo que poco a poco fuimos estableciendo tácitamente una sociedad que subsistió mientras nuestros caminos discurrieron paralelos: yo la ayudaba con la maleta y ella me servía de traductora y guía.

Cuando llegó el mashrutka lo abordamos, dejamos el gran maletón junto al conductor y tomamos asiento. Fuimos afortunados por cogerlo en su parada terminal, porque enseguida se llenó de gente y muy pronto estuvieron todos los asientos ocupados, teniendo el resto de viajeros que ir de pie; más y más apretujados en cada nueva parada hasta parecer, literalmente, sardinas en una lata. Durante un buen tramo del largo trayecto iba tan lleno que apenas podían subirse nuevos pasajeros. La mayoría de ellos hacían sólo un recorrido parcial, entre pueblos, pero en general entraban más de los que salían, e iban tan apretados que resultaban dignos de compasión. Sólo al final, durante el último cuarto de hora, los desdichados que no tenían asiento disfrutaron de alguna holgura.

Dos horas tardamos en llegar hasta Shegyni.

Nada más apearnos del mashrutka nos asaltaron los “agentes”, una horda de mafiosillos que se dedican a cobrarte una comisión a cambio de gestionarte un paso rápido de la frontera. Gracias a mi guía, que los despidió con un gesto de desdén, no me vi cautivo de sus tramposas palabras. La mujer sabía dónde dirigirse y yo la seguí con lealtad canina. A lo largo de una larga valla discurría un senderito encementado que conducía a las oficinas de la autoridad fronteriza ucraniana. Allí nos pusimos a la cola de la única ventanilla para el despacho de viajeros, donde no nos demoramos más de diez o quince minutos, a pesar de que cuando me llegó el turno la funcionaria se entretuvo con mi pasaporte el triple de lo que tardaba en despachar a sus compatriotas o a los polacos. Se conoce que o bien los pasaportes de la UE requerían un examen más concienzudo, o bien la tentación de conseguir una mordida dilataba el trámite durante irresistibles minutos. Por fin me dejó pasar, y luego le tocó el turno a mi compañera, a quien apenas tuve que espear durante un momento.

Estábamos ya en tierra de nadie. Ahora sólo quedaba pasar la frontera polaca. Pero, como el viaje hasta Shegyni había sido considerablemente más largo de lo que me habían dicho, una buena parte del margen con que salí de L’viv se había consumido ya. No me sobraba demasiado tiempo si quería coger aquel tren.

Pero mientras nos dirigíamos hacia el edificio fronterizo mis esperanzas sufrieron un duro golpe: junto a la valla que separaba ambos territorios había uno o dos centenares de personas agolpadas, esperando sin orden ni concierto a ser admitidas a las oficinas a través de un sistema de cancelas parecido a los que se usan en las explotaciones agropecuarias para clasificar, tratar o embarcar al ganado. No había cola; aquello funcionaba “al bulto”. La mayor parte eran mujeres mayores, ucranianas que esperaban ser admitidas a Polonia para conseguirse algún trabajo como chachas, o bien contrabandistas que intentaban pasar su pacotilla diaria de vodka y tabaco al otro lado.

En cuanto llegamos a la retaguardia del grupo me preparé mentalmente para perder el tren, pues si en el mejor de los casos no nos llegaría el turno hasta dos o tres horas más tarde, yo empezaba ya a andar apurado incluso aunque nos admitieran enseguida.

Sin embargo, en consonancia con esa especie de mansedumbre del pueblo ucraniano que ya me había parecido advertir durante las dos semanas anteriores, este tropel de emigrantes no resultaba ansioso, no se enzarzaban en enconados forcejeos por conseguir un lugar más avanzado en la masa ni la emprendían a gritos con quienes pretendían, con más o menos justificación o caradura, obtener alguna ventaja. Y de esta relativa candidez supo aprovecharse mi despabilada compañera y, de rebote, yo también. Alegando que este pobre viajero español, solitario y desvalido, perdería su único tren a Varsovia si no pasaba pronto, consiguió la instantánea aquiescencia de varias personas para saltarnos la difusa cola; si bien no faltaron las protestas -no muy enérgicas, cierto- de quienes preguntaban si yo tenía el billete ya comprado. Al parecer, dentro de las leyes no escritas de ese paso fronterizo, entre los emigrantes se había establecido la costumbre de dejar pasar a quien, invocando premura de horario, ostentara un billete de tren válido.

No, yo no lo tenía. Entonces alguien sugirió que decidiera sobre el asunto el suboficial polaco al cargo de la puerta, aunque para esto era necesario puentear primero a la dócil muchedumbre. Y así, entre que las más piadosas se habían ya hecho a un lado indicándonos que pasáramos, y que las más díscolas no opusieron ninguna resistencia activa para impedírnoslo, poco a poco nos fuimos abriendo camino hasta la verja; de modo que, como quien no quiere la cosa, nos quitamos de en medio a más de la mitad de la gente.

Al otro lado de los barrotes había un simpático soldado polaco que, de puro milagro, hablaba inglés y a quien, sin el menor convencimiento, expuse mi caso: “Varsovia… el único tren directo… poco dinero… usted me comprende…” El hombre me preguntó lo mismo que las mujeres más atrás: si tenía billete; y al contestarle que no, replicó sin desagrado que todos los que allí esperaban tenían la intención de coger algún tren, de ir a alguna parte, y que no había razón que justificara un trato privilegiado. Sobre lo cual estaba en lo cierto, por supuesto. No obstante, como al fin y al cabo lo que sucediese a este lado de la valla no era su guerra, no puso ninguna objeción a que, ya que habíamos avanzado hasta allí, allí nos quedásemos e intentáramos pasar con el siguiente grupo de admitidos. El sistema de entrada era bien sencillo y se basaba en la secular costumbre del rempujón: el soldado descorría el cerrojo de la cancela y el ganado humano se precipitaba hacia territorio polaco a fuerza de codos (aquí, en esta angostura, se comprende que la docilidad ucraniana cediese ante las poderosas leyes de la dinámica de fluidos) hasta que hubiesen pasado suficientes cabezas, aproximadamente unas treinta en cada partida, cerrándose entonces la puerta.

Así, cuando llegó el momento, nos dispusimos a pasar con el nuevo grupo; nos hallábamos bien situados junto a la cancela, así que la cosa estaba ya prácticamente hecha, sin necesidad de empujar a nadie. Cuando se descorrió el cerrojo, empezó a entrar gente a toda prisa pero, para mi sorpresa, la mujer que iba delante mía se quedó como estancada, sujeta a la valla firmemente. ¿A qué esperaba? Yo, que había para entonces recobrado alguna esperanza de coger mi tren, vi con cierto enojo que no podía hacer mucho: a mi izquierda, la valla me impedía avanzar; frente a mí, la mujer me bloqueaba el paso y a mi derecha el caudal humano me cerraba el camino. Pasaban los segundos veloces. Vi cómo mi compañera de viaje, a sólo medio metro de distancia, avanzaba sin dificultad con la corriente humana mientras yo seguía allí retenido por aquella pasmada que me precedía, sin comprender qué le pasaba pero también sin querer empujar, confiando aún en que al final entraríamos ambos. Por último se decidió, soltó el barrote y se precipitó adentro. ¡Menos mal! Pero justo en ese momento el soldado cerraba la puerta y yo me quedé fuera por un segundo, agarrando la cancela con ambas manos, el primero para la siguiente partida… que no entraría sin embargo hasta veinte minutos más tarde, según me informó el polaco; los veinte minutos decisivos que me separaban del tren directo a Varsovia.

La verdad, no supe por qué aquella mujer me había bloqueado el paso. Parecía como si lo hubiese hecho adrede, reteniéndonos a ambos y avanzando en el instante preciso que le permitiese pasar y dejarme a mí tras la valla; como si fuera su particular revancha, en nombre de los pueblos ucraniano y polaco allí congregados, por haberme saltado todo el grueso del tropel. Pero prefiero suponer que no, que se trataba de simple atolondramiento.

Lamenté, también, el perder de vista a mi guía; pero, para mi sorpresa, ésta me esperó con fidelidad al lado polaco de la valla, fuera de las oficinas, mientras el resto de los que habían compuesto la partida entraban para el despacho aduanero. Quizá, después de todo, estimaba mi ayuda con la maleta más que los veinte minutos que habría de perder; o quizá se sintió unida a mí por cierto compañerismo.

Cuando, un rato más tarde, se abrió de nuevo la cancela para el siguiente grupo, ya no tenía yo ninguna prisa. Una vez dentro de las oficinas, el trámite fue relativamente ágil: primero comprobaron nuestros equipajes, por si llevábamos contrabando, y luego nuestros pasaportes.

A pesar de que mi visita a Ucrania había sido fecunda, cuando por fin me vi en Polonia sentí la alegría, o el alivio, de quien consigue huir a un país neutral en mitad de una guerra. ¡Quién me iba a decir a mí, sólo unos meses atrás, que Polonia llegaría a parecerme un lugar civilizado! A pesar del tiempo perdido, ambos estábamos muy bien humorados y nos felicitamos mutuamente.

No lejos de las oficinas, junto algunas taquillas de cambio de moneda, unas tiendas de alimentación y algunos kioskos de zapiekanka y café que constituyen la miserable villa fronteriza de Medyka, esperaban los minibuses que iban a Przemyśl, a eso de quince kilómetros hacia el interior. Este último tramo del viaje lo hicimos sin mayores contratiempos, y media hora más tarde estábamos ya en la estación del ferrocarril. Acompañé a mi benefactora hasta las taquillas para comprar su billete a Cracovia y luego hasta el tren, donde la ayudé a subir la maleta y acomodarse en el compartimento. Nos despedimos entre parabienes y abrazos.

Yo tuve aún tiempo para descambiar las pocas hrivnas que me habían sobrado e incluso para meterme entre pecho y espalda mi primera comida de aquel día, una deliciosa y nutritiva sopa de callos, flaki wołowy, especialidad polaca que había aprendido a apreciar en mis primeras semanas de vida en ese país, más de dos años atrás. Después regresé a la estación, compré mi propio billete y me subí al tren directo que, siete horas más tarde, me dejaría sano y salvo en la estación central de Varsovia.

Si algún lector se pregunta cómo es que, pese a todo, pude cogerlo, la respuesta es sencilla: en mis cálculos horarios de la víspera para decidir a qué hora debía salir del albergue, había olvidado incluir la diferencia de una hora local entre Ucrania y Polonia. Fue esta diferencia, estos sesenta minutos que me regalaron los cielos, la que me permitió llegar a tiempo para subirme al famoso tren.

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Parada y fonda en L’viv

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Mi primera impresión de L’viv fue bastante agradable, en buena parte gracias a que el recepcionista del albergue en que había de hospedarme me recibió con acogedora simpatía, ofreciéndome de entrada un té acompañado de una amplia sonrisa; y sin mencionar, además, para nada el pago del hospedaje. “De eso -me dijo al yo preguntarle- no te preocupes: ya nos pagarás cuando te marches”. Todo esto me hizo sentir sinceramente bienvenido.

Mercadillo librero en la plaza Muzeina.

La zona más céntrica de la ciudad, bastante asequible al turista de a pie, me resultó muy agradable: mis pasos me llevaron desde el elegante y entrañable parque Iván Franco, de otoñal aspecto frente a la universidad que le da nombre, hasta el casco viejo de polaco urbanismo, con sus lámparas de gas, sus calles adoquinadas y sus caducos edificios, pasando por la pintoresca y romántica plaza Rynok, el barroquismo de la católica iglesia Sagrada Eucaristía o el mercadillo librero de la plaza Muzeina; pero, sobre todo, me llamó la atención el aspecto pueblerino de un barrio al pie de la colina y parque Vysoki Zamok, un barrio con calles de tierra y casas individuales que, ubicado en el centro mismo de L’viv, hacía un contraste formidable con la ciudad: el pueblo dentro de la urbe.

Plaza Rynok. Lviv.

Vieja en un balcón. Parque Vysoki Zamok. Lviv.

Calle Zamkova. Parque Vysoki Zamok. Lviv.

Calle Zamkova. Lviv.

El tráfico en L’viv es lento y pausado; no excesivo, pero suficiente para colapsar las estrechas calles que, atestadas de coches aparcados, no fueron diseñadas para tanto vehículo. Los conductores, por su parte, carecían de la agresividad a que yo me había acostumbrado después de vivir dos años en Polonia: en comparación, los ucranianos me parecieron, en general, más bien sosegados, sin dar muchas muestras de prisa, sin histerias circulatorias. De hecho, este pueblo se lamenta de su mansedad nacional y propia displicencia. Tal vez sea esta una de las razones por las que Ucrania parece estancada entre dos economías: la europea y la rusa, sin terminar de acercarse a ninguna de ellas; es como un país perdido, innortado, que no se dirije a ninguna parte. Sólo un pueblo así podía haber protagonizado la pacífica y abúlica revolución naranja.

Lviv. Petra Doroshenka.

Y poco más pude aprender y aprehender en aquella mi primera y corta visita a L’viv, ciudad de pacatos hombres y generosas mujeres. Contribuyó no poco a esta opinión algo que me acaeció la víspera de mi partida: la joven y jugosa recepcionista de turno en el albergue donde me alojaba aceptó mi invitación a unas cervezas cuando acabase su horario, así que por la noche me llevó a uno de los pubs más emblemáticos de la ciudad: Gasova Lampa (La lámpara de gas), donde estuvimos de charla hasta avanzada la noche; lo suficientemente avanzada como para que, al final, nos enganchásemos; y así, sabrosamente enganchaditos, pasamos largo rato y la acompañé todo el luengo camino hasta su casa, a cuya puerta -¡ay!- no me permitió más que decirle adiós, dejándome un agridulce sabor de boca.

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Epílogo: el Círculo dorado

 

Aquella mañana de nuestra quinta y última jornada de viaje estaba radiante: el sol brillaba sobre el manto de nieve que cubría el campo y acentuaba, por contraste, los demás colores del paisaje: el intenso azul de un lago cercano, la oscura línea gris del mar hacia el sudeste y el neblinoso azur del glaciar en las alturas del oeste. Probablemente tan buena ubicación y entorno fue lo que inspiró a los granjeros del albergue Hvoll para abrir un negocio que se les daba tan mal. Un buen lugar es, con frecuencia, el único recurso de un oportunista.

Gracias a Dios la nieve en la carretera estaba compacta y pudimos alejarnos de Hvoll sin preocupaciones. Y aún nos dio tiempo a hacer dos o tres paradas para sacar algunas fotos, y otra para almorzar algo, antes de que, ya en Vik (el último pueblo del solitario sur), el cielo se encapotara y empezasen los chubascos, ahora de agua, ahora de nieve.

Cascadas congeladas

Cuenta la leyenda que había en Vik tres trolls llamados Skessudrangur, Laddrangur y Langhamar, los cuales, habiendo encontrado en el mar un navío de tres mástiles, intentaron arrastrarlo hacia tierra firme durante la noche, pero antes de llegar asomó la aurora y un rayo de sol sorprendió a los trolls, convirtiéndolos en piedra; y allí permanecen hasta nuestros días, petrificados frente a las costas de Vik: son el grupo de peñascos llamado Reynisdrangur, y es la principal atracción turística que tiene el pueblo. Por cierto que esos peñascos ofrecen una vista muy llamativa desde la desolada playa: en primer término la nieve recién caída, de un blanco purísimo, luego la chocante franja de negra arena volcánica, más allá la espuma blanquecino-azulada que forman las precipitadas olas al romper, y por último la oscura silueta de Reynisdrangur recortándose contra el cielo gris.

Reynisdrangur

No fue tan sencillo como suponíamos encontrar una wifi abierta en Vik, para mirar el tiempo. En la tienda–uno de esos acogedores lugares, frecuentes en las regiones poco poblacas, que hacen de todo: centro social, gasolinera, bar de carretera, cafetería, souvenirs, sopa casera, trato cercano, ambiente relajado–en la tienda, digo, no había internet, y nos remitieron a la estafeta de correos; pero ahí cobraban caro por el servicio, así que fuimos al youth hostel, donde suponía que no tendrían inconveniente en ayudarnos. Y no me equivoqué: la recepcionista nos dejó muy amablemente que usáramos su wifi.

El pronóstico para el resto del día era de cielo nublado con chubascos de nieve ocasionales, y temperaturas algo más altas que la víspera. Nada que temer, salvo quizá hallar tramos de nieve húmeda en la carretera. De hecho, había una marcada como “intransitable” por el eficaz equipo de información vial islandés, pero no nos preocupó mucho, porque se trataba de una carretera en pleno Círculo Dorado –o Triángulo Dorado–, que como es muy turístico los quitanieves pasan con frecuencia.

Unas pocas leguas al oeste de Vik está la catarata Skógafoss, que con veinticinco metros de anchura y sesenta de altura (como un edificio de veinte pisos) resulta una de las mayores de Islandia, y a causa de la espuma que levanta, siempre que brilla el sol puede verse un arco iris frente a ella. Hace decenas de millones de años, el agua de esta cascada caía directamente sobre el océano, pero el fondo marino se ha elevado desde entonces en lo que ahora son las tierras bajas del sur de Islandia.

Skógarfoss con su perenne arco iris

Dice otra leyenda (el folclore islandés está lleno de ellas) que el primer colono vikingo de esa región ocultó un tesoro en una cueva tras la cascada, y que años después los habitantes encontraron el baúl que lo contenía, pero que apenas alcanzaron a agarrar su asa lateral, éste desapareció. El asa fue entonces engastada en la puerta de su iglesia, como picaporte. Una leyenda bastante sosa, la verdad. Yo creo que podría haberla inventado mejor.

Las últimas horas de nuestra vuelta a Islandia las empleamos en turistear el renombrado Círculo dorado, nombre con que llaman al conjunto de varios lugares de interés que, a un par de horas al este de Reykjavik, se agrupan en un perímetro relativamente pequeño. Primero visitamos Gulfoss, un salto de agua en dos etapas sobre el río Hvítá: primero cae en tres escalones longitudinales al eje del río y luego, abruptamente, se hunde en una grieta de veinte metros de anchura. treinta y dos de profundidad, y dos quilómetros de longitud. Cuando se aproxima uno a la catarata, la grieta no se ve, y da la sensación de que las caudalosas aguas del río son limpiamente tragadas por la tierra.

La poderosa Gulfoss

Junto al mirador de Gulfoss hay un pabellón que contiene, entre otros, una tienda de souvenirs y un espacioso restaurante donde se puede tomar la mejor sopa de cordero del país. Todo un clásico, muy recomendable, sobre todo teniendo en cuenta que, en el precio, va incluido repetir cuantas veces se quiera, así que por poco dinero se puede disfrutar de un almuerzo nutritivo, reconstituyente y sabroso.

Flores de algodón de nieve

Después le tocó el turno al géiser, palabra que viene de Geysir, que es el nombre propio de uno de ellos, ya que hay varios en la zona, cada uno bautizado con un nombre por la tradición; pero como Geysir fue el primero que apareció dibujado e impreso, y por tanto el que primero conocieron los europeos, adoptaron la palabra para denominarlos a todos en un claro ejemplo de metonimia, o acaso de sinécdoque, ¡vaya usted a saber! A su vez, Geysir quiere decir “borbotar, manar a chorros”. La mayor parte de los géiseres que hay en el Círculo dorado brotan sólo una vez cada varios años, cuando no décadas, y el único que lo hace cada pocos minutos es Strokkur, y por tal razón es, claro, el más fotografiado. Pero como es bastante doloroso tener que esperar, con las manos congeladas y la cámara aprestada, a que Strokkur suelte uno de sus borbotones y se le pueda sacar una buena foto, no nos tomamos muchas molestias al respecto. Pero creáme el lector: es todo un espectáculo.

El géiser Strokkur en reposo, entre erupciones

Lo que sí encontré, en cambio, muy interesante y más retributivo fue lo de asomarme al interior de estos agujeros, hacia lo profundo de estos calderos sin fondo, pozos que son de agua cristalina, humeante y azufrosa. Y al mirar hacia dentro de uno no pude evitar un escalofrío de vértigo al pensar que estaba, en realidad, viendo el borde de una sima a través de una lupa acuática, como si fuera un ojo de buey por el que el magma mostrase sus tripas. O acaso es el magma quien nos mira a nosotros a través de estos ojos. ¿Hasta qué profundidades llegará ese agua? ¿Alcanzará a besar los labios de la lava? ¿Cómo sería sumergirse por ahí hacia el corazón del volcán que hay debajo? Y aun otra pregunta me hice algo más metafísica: ¿cómo puede tanta vida caminar por esta frágil y delgada corteza que es la superficie terrestre, inconscientes u olvidados de la pavorosa bola de fuego sobre la que existimos? La propia Islandia no es sino una grieta en dicha corteza por la que el planeta nos muestra sus ígneas e incandescentes entrañas. Y es éste un pensamiento en verdad desconcertante.

Por último, visitamos el Thingvellir, el viejo parlamento, donde los primeros pobladores hacían sus consejos legislativos, o más bien reguladores, hasta que siglos después se sometieron, ya islandeses, voluntariamente a la Corona de Noruega; y aún antes de que se fuera del todo la luz pudimos bordear el escénico Thingvallavatn, el lago más grande del país, aunque para entonces ya los objetos nevados habían perdido su relieve.

Thingvallavatn

Paisaje cerca de Thingvellir

Y este fue el circular colofón de nuestro circular tour por Islandia, por su única y famosa carretera anular, Hring Vegur. Pero antes de terminar este capítulo contaré sobre un mandado que teníamos que hacer. Resulta que a Benito le habían confiado en España una botella de vino con el encargo de entregársela a una señora en un pueblo no lejos de Reykjavik, en el distrito de Selfoss; pero no le habían dado ninguna dirección, sólo el nombre de la mujer y el del pueblo, que en Islandia, al parecer, es información suficiente. El problema fue que el nombre del pueblo debía de estar mal escrito, porque no fuimos capaces de encontrarlo en los mapas ni en internet, y ni siquiera la gente a quien preguntamos supieron darnos razón. Lo más parecido que vimos sobre el mapa fue un sitio llamado Skálholt, y como era el único candidado, allí nos fuimos con la botella. Era un pueblecillo minúsculo, y las luces de todas las casas estaban apagadas, como si la gente se hubiera ido a misa; todas menos una, y a su puerta llamamos. Nos abrió una señora mayor que no hablaba inglés (cosa rarísima en Islandia), pero que no era, como es de suponer–la destinataria del paquete ni parecía conocer el pueblo que buscábamos; de manera que, no teniendo ya tiempo para nuevas averiguaciones, nos dimos por vencidos y nos bebimos el vino aquella noche.

Tengo que decir que, en el trecho desde el Círculo dorado hasta Reykjavik, aún nos topamos con algunos montículos de nieve en la carretera, casi invisibles en la oscuridad, y de hecho estuvimos de nuevo a punto de quedarnos atascados. Pero a estas alturas de la historia el lector se habrá familiarizado con esos impertinentes obstáculos tanto como nosotros lo estábamos entonces, y leer una vez más sobre eso tendrá ya tan poco interés para él como lo tiene para mí el escribirlo. Bástele, pues, como colofón saber que, una vez en Reykjavik, sanos y salvos tras este accidentado viaje, nos dimos el lujo de invitarnos a la original y auténtica, la única e inimitable sopa de langosta de Saegreifinn.

Benito y yo tomando sopa de langosta en Saegreifinn, Reykjavik

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