Aquarius

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Desde mi ventana, veo en el horizonte unas nubes teñidas de púrpura por un sol oblicuo, el mismo sol que arranca esquinas doradas a la nieve en los tejados y en la calle que se ve bajo mi alféizar. Ha estado nevando toda la mañana y ahora el cielo se ha abierto azul, espléndido y engañoso, dejándonos contemplar la fría gloria invernal. El líquido coloreado del termómetro se ha contraído varias rayas en la parte azul de la escala numerada.

Meto los cuatro avíos en una bolsa de plástico y salgo a la ciudad. Una bocanada de aire gélido inhalada con ímpetu me hace toser. Avanzo por la acera y la nieve saluda cada uno de mis pasos con ese crujido amistoso que, a un tiempo, encierra una muda advertencia, como si quisiera decirnos: no te confíes, este puede ser también el sonido de la muerte. En algunos tramos, la nieve se ha solidificado y endurecido en caprichosas esculturas que crepitan con un chasquido bajo la suela de mis botas, o se ha apelmazado en hielo y el hielo se ha pulido con el paso repetido de los viandantes en una costra resbaladiza y traicionera.

Mi taquilla habitual en los vestuarios está ocupada, así que elijo una vecina. Bajo la ducha, el agua caliente quema mis manos ateridas. Antes de salir al exterior me asomo al ventanal y estudio la piscina: hay una calle libre. Me dirijo a ella con premura y me zambullo sin pensarlo un segundo. El agua no está más que tibia, pero humea bajo la atmósfera subártica, fría y deshidratada. Mis brazos hienden la superficie líquida y me impulsan a través de ella con facilidad.

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Al acabar, me lo pienso un minuto mientras recobro el resuello y estudio el camino hasta la sauna: unos sesenta pasos. Miro de reojo las chanclas mojadas que dejé al borde: mientras nadaba, la humedad se ha congelado en ellas y aparecen cubiertas por una capa blanquecina y lechosa que me provoca un escalofrío. Salgo con presteza de la piscina, me las calzo y avanzo con dolorosa parsimonia hacia la siguiente etapa, acicateado por el frío pero venciendo el impulso instintivo de correr.

Se agradece el intenso calor de la sauna húmeda, con el familiar olor azufroso de las aguas termales volcánicas. Me siento y cierro los ojos, respiro despacio, pienso en lo que sea. Enseguida siento el sudor emanando de mis poros y derramándose a raudales piel abajo. Me gusta sentir el cosquilleo de las gotas en el cuero cabelludo, en la espalda, en los brazos. Oigo a otras personas que entran y salen o conversan en un idioma que por suerte desconozco.

Cuando ya no aguanto más, salgo a la intemperie y me siento sobre un banco escarchado. El viento seco evapora con salvaje crudeza la humedad de mi piel, haciéndome sentir un frío intenso. Estremece las carnes observar los carámbanos que, como guirnaldas navideñas, adornan el maderamen, las estructuras, los tejados. Pasados unos minutos empiezo a tiritar y, cuando me dirijo a la tina caliente, ya mis dientes castañetean.

Al principio, mi cuerpo aterido apenas acusa los cuarenta y cinco grados; repone calorías con avidez, absorbiendo energía por la superficie venosa, en especial por las manos. Pero pronto el balance térmico se restablece y, después, el calor empieza a hacerse sofocante; siento la tensión de las venas dilatadas en los antebrazos como si fuesen a reventar, y los saco parcialmente del agua para regular el equilibrio. Escaldado, emerjo por fin de la tina al frío de la tarde y comienzo un nuevo ciclo.

Y así voy templando el carácter como se templa el acero: con frío y calor.

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De nuevo en los vestuarios, me refocilo bajo una larga ducha final que saboreo casi con voluptuosidad. Me afeito y visto con parsimonia, poniendo atención en cada movimiento que hago. Por fin, al salir a la calle me parece ya levitar. He ahí la recompensa: notar cómo la sangre fluye por los vasos hasta el último rincón del sistema, una sensación de liviandad corporal y ligereza espiritual.

Por el camino, el frío muerde con saña mis mejillas y quiere con rabia llegar hasta mis orejas a través del gorro (como un mosquito que intentase picar atravesando el tejido de la ropa), pero cuando llego a casa aún conservo el calor y el bienestar de la sesión acuática.

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Un pulso con el nihilismo

Lo malo de la ciencia -y esto no es una idea nueva- es que nos ha dejado sin fe y -lo que es mucho peor- sin esperanza. El hombre es el único ser vivo que sabe que va a morir, y por si tal conocimiento no fuera desgracia suficiente, la ciencia nos ha enseñado también que nada hay detrás la muerte. Por no haber, ni siquiera hay nada detrás de la vida; es decir, nada que le proporcione un sentido, ningún principio supremo que la informe. Somos el resultado de una simple y casual causalidad, de una serie casi infinita de coincidencias. A la muerte de cada individuo seguirá la desaparición de su linaje (¿y para qué nos habremos afanado por nuestros hijos?), luego de la especie humana (¿y para qué habremos luchado por la sociedad?), más tarde, el planeta quedará calcinado y con él perecerán las especies (¿y de qué sirvió salvar a las ballenas o preocuparse por el medio ambiente?), a continuación el sisema solar quedará reducido a unas densas piedras… y así, uno tras otro, los eventos cósmicos tendrán lugar con total indiferencia de su propio destino en una grotesca danza -como la de una marioneta movida por un chimpancé- de absurdos fuegos siderales hasta muchos eones después de que no quedase rastro alguno de nosotros. Y cualquiera que sea el final de esa cadena, por último sólo habrá caos, entropía y ruido… ¡por toda la eternidad! Da vértigo pensarlo.

No obstante, lo verdaderamente trágico no es que seamos una insignificancia espacial, temporal o evolutiva, sino el total sinsentido de la existencia. Pero aunque -como creían los antiguos- no hubiese más “mundo” que el contenido en los límites de la Tierra y el hombre hubiera existido desde la aurora del tiempo y pudiera perpetuase por siempre jamás, nada cambiaría: cada uno de nosotros habrá vivido, gozado y padecido por nada y para nada, sin el menor objeto trascendental. De este absurdo de nuestras vidas se sigue necesariamente la falta de sentido de cualquier actividad o proyecto que podamos concebir: ¿para qué construir un barco, aprender un idioma, escribir este blog, conocer otros países..?

Llegados a este punto del razonamiento, ¿qué nos cabe? Si pensamos en el suicidio enseguida comprendemos que, para llevarlo a cabo, necesitamos actuar sobre nuestro propio destino; pero el mero hecho de actuar es inconsistente con el absurdo del que estoy hablando, pues ese mismo absurdo nos impone la inacción. Si todo es absurdo, actuar para matarse también lo es. Así que no es el instinto de supervivencia lo que nos impide quitarnos la vida, sino la propia pasividad que el nihilismo nos infunde y que sólo conduce a un punto muerto, no a la muerte voluntaria: nos dice que no hay razón para vivir, pero no nos da ninguna para morir. ¿Cómo, entonces, vencer esa pasividad y mantener la inercia vital? ¿Qué razón, qué enfoque existencial nos puede empujar a seguir avanzando en lugar de, un buen día, detenernos a mitad del camino, tumbarnos en el suelo y, abandonándonos a una permanente lasitud, no volver a dar un paso más?

¿Es el hedonismo, complemento casi inevitable del nihilismo, la respuesta? Buscar el placer, dar gozo a los sentidos, colmar nuestras apetencias, entregarnos a la voluptuosidad. Ya que hemos de ser una insignificancia cósmica, ¡seamos, al menos, una insificancia satisfecha! Pero seamos también una insignificancia acompañada. Pienso en la inexpresable plenitud que proporciona lo que yo llamo la comunión intelectual: ese sosiego, esa dicha tan íntima y callada que experimentamos cuando, en contadas ocasiones, logramos compartir con otra persona, en una suerte de dejá vu común de dos mentes que se superponen y coinciden, momentos y pensamientos a un nivel espiritual profundo. Tal vez sólo eso nos ayude a superar el escalofriante aislamiento del alma, infundiéndonos la sensación de que no estamos solos, proporcionándonos una tibia esperanza y la balsámica impresión de inmortalidad.


De mis autores un poeta, del poeta una poesía y de la poesía un verso:

-¿eres la sed, o el agua en mi camino?
Dime, virgen esquiva y compañera.

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Obsolescencia programada

La obsolescencia programada es una de las más flagrantes manifestaciones de la hipocresía de las naciones capitalistas.

El hecho de que la industria fabrique productos diseñados para fallar, estropearse u obsolescer en uno u otro sentido al cabo de determinado período de tiempo -nunca demasiado largo-, y que lo haga con todas las bendiciones de la ley (o, en el mejor de los casos, con su mudo beneplácito), pone en evidencia la indefensión a que los ciudadanos están expuestos como consumidores, eliminando además de raíz no ya la eficacia, sino el sentido mismo de todo el aparato de defensa del consumidor, con sus oficinas, sus funcionarios y todas las leyes pertinentes; aparato que, para colmo, costea el propio consumidor con sus impuestos. Es decir, que no sólo pagamos por productos legalizados para estropearse, sino que además soportamos los costes de un servicio falsamente destinado a protegernos de dicha obsolescencia. La defensa del consumidor, ¿no debería empezar por una normativa de calidad mínima? ¿y, en todo caso, no debería ser sufragada con los impuestos procedentes de quienes se lucran con el comercio?

La obsolescencia programada pone igualmente en evidencia el engaño al que estamos sometidos como miembros y participantes de una sociedad que se dice a sí misma popular, que se declara consagrada al individuo en cuerpo y alma, pero que no titubea en incurrir en la contradicción que supone, por un lado, declarar al ciudadano como último interés supremo y, por otro, permitir que constantemente se le vendan a éste productos deliberadamente perecederos.

Pero, por último, lo más sangrante de este fenómeno es la escandalosa hipocresía que supone la existencia de una cadena de producción que esquilma y derrocha sin titubear los escasos recursos del planeta, al tiempo que se promulga toda una pomposa política de ecología, energías renovables y reciclaje de basuras. ¡Qué soberana tomadura de pelo! Por cada tonelada de basura que llega al ciudadano, susceptible de ser reciclada, hay otras diez (es un decir) de materiales que se extraen sin piedad de las entrañas de la Tierra. La ecología bien entendida empieza por minimizar el consumo, no por fomentarlo para, luego, pedirnos que reciclemos las migajas. Pero, claro, esto último no complacería al gran dinero, a esas empresas que, al fin y al cabo, son las que mantienen el “crecimiento”, ese monumental error. Quizá algún día entre en nuestras cabezas la idea de que es imposible crecer infinitamente en un mundo finito. Pero, entonces, será ya demasiado tarde.

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Paseando por Kiev

Catedral de la Santa Sabiduría

Una serie de paseos por el centro de Kiev muestran una ciudad de arquitectura estalinista, con amplias avenidas flanqueadas por grandes edificios, no desprovistos de toda gracia, y con fastuosas iglesias o catedrales de llamativas cúpulas doradas (con lo que la iglesia ortodoxa quizá supere a la católica en el aspecto propagandístico, pues ¿quién no se siente deslumbrado por el color del oro?)

De la mano de un espabilado universitario de dieciocho años que hablaba un fluido español, recorrí las principales rutas y puntos de interés: el antiguo parlamento, las dos catedrales en la colina, San Miguel de las Cúpulas Doradas (demolida y posteriormente reconstruida) y Santa Sabiduría (salvada de la dinamita antirreligiosa por mediación de científicos internacionales), las puertas de oro, antiguas puertas de Kiev, el llamativo edificio bermellón de la universidad Taras Shevchenko con su cuidado y elegante parque universitario enfrente, y algún otro lugar que no recuerdo. Mi guía, Bogdan, se cobró el trabajo dejándose invitar a una cena.

Catedral San Miguel

Otra jornada de paseos bajo un espléndido cielo azul y un débil sol que apenas alcanzaba a calentar lo que sus rayos tocaban, me mostró uno de los sectores más bellos de la ciudad: toda la franja de parques, monumentos e iglesias que discurre junto a la orilla occidental del Dniéper, desde la gigantesca estatua conmemorativa de la “guerra patriótica”, pasando por el parque  Pecherski, el “lavra” (complejo monasterial) Kiev-Pechersk, el parque Dniprovski Kruchi, el memorial Vichnoi Stavi, el obelisco a la gloria eterna y aún dos parques más hasta llegar por fin al arco de la amistad, que devuelve al viandante al centro de la ciudad. Caben destacar las muchas e impresionantes vistas que pueden contemplarse desde varios puntos a este lado del Dniéper (flanqueada por una larga cresta orográfica que aloja los parques) hacia el río y sus múltiples isletas boscosas en primero y segundo plano, y hacia los abigarrados edificios, iluminados por el sol que declinaba, de la residencial orilla izquierda.

Lavra Kiev-Pecherska

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Colina Vladimir

En Kiev aún circulan trolebuses. El precio, 1’50 grivnas, unos 14 céntimos. El billete se adquiere a bordo, de manos de una empleada del transporte metropolitano que ni siquiera se cuidará de que lo validemos en uno de los taladros de accionamiento manual que hay en el interior del vehículo.

Al término del lento recorrido del trolebús 18 se llega al mismo centro de la ciudad, Maidan Nezalezhnosti, el distrito más comercial y también el más fastuoso. Y si, de aquí, se sube por cualquiera de las tres empinadas calles divergentes que escalan la colina Vladimir, se llega a la catedral ortodoxa Mijailivski Zolotoverhi (San Miguel de las cúpulas doradas), que se asienta sobre una explanada soberbiamente pavimentada.

Mijailovski Zolotoverhi

Desde ahí, entonces, puede descenderse de nuevo hacia el río cruzando el parque Colina Vladimir, por completo alfombrado con las hojas del otoño, amarillas y ocres. El contraste de estos colores con los oscuros marrones, ennegrecidos por la lluvia, la profusión de escalinatas y veredas que cruzan el parque, la asombrosa vista del río desde el mirador sobre la colina, y la atmósfera húmeda y tristona, ligeramente lluviosa del día, se combinan para formar escenas de un romanticismo insuperable mientras se desciende por las empinadas sendas de la ladera hacia, nuevamente, la ruidosa realidad de las ajetreadas calles más cercanas al río.

Río Dniéper

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El mapa del dolor

Es una fría y soleada mañana de noviembre en alguna capital eslava. Las manos enguantadas buscando refugio en las faltriqueras del ajado abrigo, el hombre camina sin rumbo por las amplias avenidas de grandiosa arquitectura estalinista: gacha la cabeza, el corazón contrito, demolido por los golpes incesantes e inmisericordes de la fortuna, abrumado por una pena mayor de lo que su debilitado espíritu pudo soportar. Es aún joven; quizá en sus treinta; pero las profundas arrugas que un destino cruelmente aciago ha grabado en su rostro lo hacen parecer diez años mayor. Está cansado; no de caminar, sino de padecer.

A mitad de la calle su paso parece vacilar; pero no se detiene; continúa, sabiendo acaso que si deja de avanzar puede que sea su última parada. Alza el rostro de famélicas mejillas sin afeitar y, al débil sol del otoño, hay un brillo de lágrimas en sus ojos. ¿Llora? Quizá sea sólo el frío.

Su caminar sin norte ni destino traza invisibles huellas en las aceras de la ciudad, siempre avanzando hacia ninguna parte, dibujando en su deriva un absurdo mapa del dolor.

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Andreievski

La ciudad es Kiev. La estación de metro, Kontraktova Ploshcha. Se trataba de explorar el barrio de Podil: una docena de amplias calles en trama cuadrangular, flanqueadas por edificios que en su día debieron ser elegantes y que ahora, salvo algunas excepciones, presentan un aspecto decadente que recuerda a La Habana.

Podil se encuentra a la orilla del Dniéper, si bien este río resulta inaccesible desde el barrio porque entre ambos se interpone una de las principales arterias de la ciudad, por completo hostil a los peatones. Kontraktova es un “intercambiador” de transportes, y en sus cercanías hay dos grandes plazas con una multitud de llamativos kioskos donde se pueden adquirir los servicios más esenciales y cotidianos en la vida urbana: café, desayunos, almuerzos de comida rápida, tabaco, alcohol, pastas, recargas de móviles, etc., y por donde merodean siempre una camada de perros en busca de sobras, en torno a viandantes y vagabundos.

De una de estas plazas, cruzando la ancha avenida principal, arranca la atractiva calle Andreievski, rústicamente empedrada, que asciende hasta el promontorio donde se asienta la iglesia del mismo nombre y que domina toda la margen oeste (o derecha) del río. La calle está flanqueada por puestecillos que van menudeando hacia la cima y en los que se ofrece a la venta todo tipo de souvenirs y otras mercaderías igualmente inservibles: muñecas matriuska, ropas folclóricas, uniformes militares, gorros, bufandas, guantes, abrigos, sellos, monedas, antiguallas e incluso unas improbables reproducciones en latón del mismísimo don Quijote. Hay también algunos cafés o pequeños restaurantes más o menos llamativos, de uno de los cuales provenían los acordes de una canción rusa tan triste que logró arrancarme las lágrimas.

The magic staircase in Andreievski

A medio camino de la pendiente, al pie de unos árboles y medio escondida entre sus bajas ramas, arranca una invitadora escalera en hierro forjado cuyos peldaños se pierden entre las amarillentas hojas otoñales; y al ascender por ella, desde lo alto, el viajero descubre, girando sobre sí mismo, una magnífica y sorprendente vista de Podil, del río con sus muchos canales y de los edificios de la mitad “izquierda” de la ciudad. La colina está arbolada, y aquí arriba vienen las parejas de enamorados a hacerse románticas fotografías entre los ocres de la naturaleza, en la escalera metálica o contra el paisaje del fondo. También un grupo de cuatro o cinco jovencitas llenan el aire con sus cristalinas carcajadas mientras posan en cómicas composiciones ante la cámara.

Barrio de Kozhumiatska

Y siguiendo un poco más hacia allá, salvando el collado, de repente aparece ante la vista otro distinto paisaje: es un estrecho y algo hondo valle que se abre casi en cortado entre dos colinas, y en cuyo fondo se erige un cúmulo de hermosas casitas perfectamente cuidadas que evocan un edén urbano, una aldea de cuento de hadas. La aparición es tan inesperada que el viajero se sorprendería sólo un poco más si viera salir volando, de alguna de las ventanas de estas casas, a Peter Pan acompañado de Wendy y sus hermanos, o quizá una calabaza convertida en carroza. Se trata de Kozhumiatska, un barrio construido en tiempos de bonanza que se halla no obstante medio vacío, a falta de quien pueda pagar las hipotecas o las rentas, y en espera de mejores tiempos.

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Decadencia ucraniana

Tranvía en Contractova

Enseguida Ucrania me recordó un poco, con esa característica semejanza de todos los países pobres, a Centroamérica; pero especialmente a Cuba, con el aire peculiar e inconfundible del abandono y la decadencia: no se trata de la pobreza natural, consustancial con el pueblo al que cualifica y que no necesariamente la sufre, sino sobrevenida, padecida, con abundancia de estructuras, inmuebles o semovientes que en su día funcionaron y resplandecieron pero que ahora decaen y renquean: el pavimento irregular de las calles y acerados, los alabeados raíles del tranvía, la red de catenarias que dibuja siempre contra el cielo una grasienta y celular tela de araña, los postes, los deteriorados edificios con sus trasnochados sistemas de evacuación de basuras que nadie mantiene ya, los viejos y cochambrosos trolebuses… Es el típico aspecto que presentan los países que han abandonado una ineficaz economía comunista, en la que el Estado se encarga de todo, para abrazar prematuramente el prometedor libre mercado, el capitalismo para el que, sin embargo, no estaban preparados: sin la legislación adecuada ni los entes necesarios, asociaciones de vecinos, comunidades de propietarios, empresas de servicios, mantenimiento; sin siquiera un buen sistema de recaudación de impuestos. Y este atolondrado cambio resulta en sociedades caóticas y muy poco eficientes, donde a veces las cosas funcionan sólo gracias a la inercia, otras veces de puro milagro, y las más de las veces no funcionan. La mentalidad de los habitantes no puede cambiarse en diez años; necesita generaciones; y por tanto la población no está preparada para hacerse cargo de lo que hasta entonces, aunque mal, se le había dado resuelto.

A cambio de esos problemas, aquí la gente parece que conserva aún esa inocencia o solidaridad de las sociedades en las que, participando todos de una misma pobreza, ayudarse unos a otros resulta algo habitual y casi cotidiano. Por ejemplo, para pagar el pasaje en los siempre abarrotados minibuses, aquí llamados marshrutki, los viajeros se pasan el dinero unos a otros hasta que llega al conductor, y el cambio regresa por el mismo camino al pagador sin que nadie se fije siquiera en los billetes que están transfiriéndose ni piense en apoderarse del dinero ajeno. De vez en cuando alguien no paga, y se asume que es porque no puede: rara vez el conductor reclama los pasajes no abonados.

Bajante para las basuras

El edificio donde vivía mi anfitriona no podía ser más lóbrego y deprimente: un paralelogramo de ladrillo que un día fue blanco, cuya puerta blindada se abre sobre un vestíbulo que parece siempre en construcción, y del que arrancan unas oscuras y maltrechas escaleras que no se han fregado probablemente en años, y que alojan un grueso, puerco y algo hediondo bajante con una trampilla en cada rellano por donde se arrojan las basuras, que irán a parar a un infierno de inmundicias en algún sótano que da escalofríos imaginar. Cada planta consta de un único, lúgubre y largo pasillo flanqueado por oscuras, macizas y hostiles puertas metálicas que serían, hoy día, inaceptables incluso en el centro penitenciario más anticuado de Europa Occidental; como también lo serían, por sus reducidas dimensiones, las auténticas celdas a que, con el pretencioso nombre de “apartamentos”, dichas puertas dan paso. Por suerte, el de mi anfitriona era un pequeño oasis de color y limpieza en aquel desierto gris, viejo y sucio.

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La llegada

Empecé Ucrania con buen pie: en el aeropuerto de Katowice, Polonia, conocí a una simpática y despabilada ucraniana, bastante mona, cuya compañía disfruté durante todo el vuelo y hasta que, ya en Kiev, nos separamos en la estación central. Me había proporcionado valiosa y práctica información para su país, y antes de despedirnos, me invitó a unos pastelillos en aquella estación de grandiosa arquitectura estalinista, con sus altísimos techos bellamente decorados en rojo y oro, sus vidrieras, sus amplias y majestuosas escaleras y sus enormes puertas de rica madera labrada. El comedor es inmenso, decorado más como un restaurante de lujo que como un buffet de estación, y da gusto sentarse a alguna de sus innumerables y casi siempre desiertas mesas, al amparo de la cálida iluminación y de la extraña pero innegable intimidad que otorga la propia amplitud del ámbito. Allí tuvimos nuestra última animada charla Katia y yo, para despedirnos poco después, poniendo cada uno rumbo a su destino. El mío era el número diez de la calle Popova.

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Allá se fue

Allá se fue mi madre en el más triste de los sueños.

Mi madre moría, y lo hacía como siempre había vivido: sin aspavientos ni artificio, sin afectación, sin graves discursos finales, sin dramatismo; sencilla y discretamente, casi como quien se esconde o disimula, como pidiendo perdón por las molestias; sin permitirse siquiera mostrar esa elegancia que nunca la abandonaba, acaso porque entendió que, en su hora póstuma, tal virtud no sería lo bastante discreta, que en ese momento, en que cada uno debe despojarse de todo lo que ha sido y tenido en este mundo, y en que lo artificial, lo superfluo, lo cultural, lo no exclusivamente físico, no tienen otro fin que llamar la atención de los que se quedan, la elegancia habría constituido un adorno gratuito e inútil, un lamentable intento por dejar una última huella en la memoria de los vivos, un no querer morirse del todo, un anhelo por prolongar la existencia más allá de la vida…

Nos hallábamos ella y yo solos en una habitación cualquiera, quizá la mía; una habitación que era, a su vez, todo cuanto existía: era el mundo y su confín. Y allí estábamos, únicos seres del universo, sin hacer nada salvo asistir -como actores esperando entrar en juego, como espectadores de nuestra propia representación- a lo que iba a suceder enseguida, a la escena que había de seguir y cuyo desarrollo, de algún modo, conocíamos de antemano; acaso también sintiendo ambos el pesar insoportable de saber que aquel acto de la obra teatral iba a ser, sin embargo, un episodio real, fatal, de nuestras vidas.

Pasado un momento, ella se inclinó un poco hacia la vieja cama de hierro y, apoyándose en los macizos barrotes, se sentó lenta y pesadamente sobre el borde, como si la agobiase la carga de un nuevo conocimiento, demasiado abrumador para poder soportarlo. Hizo entonces una pequeña mueca de dolor, reflejo tal vez del que le causaba un exceso de responsabilidad; y después, alargando apenas el brazo, me cogió la mano, la estrechó con una suave presión de la suya y me dirigió una breve mirada llena de amor y de pena, de ternura y de tristeza; tristeza no por ella, sino por mí. Y fue este el único momento en que, con el gesto o el semblante, delató sus sentimientos. Enseguida su rostro adquirió la serenidad habitual, esa paz emocional que la caracterizaba y una tranquila placidez, como quien no tiene deudas consigo ni con el mundo y tiene en paz la conciencia por haber vivido bondadosamente entre los hombres.

Por último, al par que se recostaba hasta apoyar la cabeza sobre la almohada, dijo “bueno, me voy”; cerró los ojos, y ya no era.

Acongojado, comprendí que en la fracción de un segundo la distancia entre nosotros se hacía insalvable, que ella partía, desde la vida hacia la nada, envuelta en una terrible, sobrecogedora soledad; y sentí el impulso, la necesidad de acompañarla, de gritarle desde mi alma “¡madre, espérame!”, de desnudarme del estorbo de mi cuerpo y, zambullendo mi ser en el océano de su no-ser, bucear en pos de su espíritu hacia esa misma nada en la que ella entraba. Habría desdeñado mi propia vida a cambio de acompañarla en su tránsito a ese otro mundo en el que ella creía. Pero la soledad de la muerte, ¡ay!, es insoslayable: no hay sitio para dos en el colapso que nos conduce a ella. Ese último instante, infinitesimal, único y supremo en que dejamos de existir, cada uno ha de cruzarlo solo.

¿Y qué pude leer en su rostro ya sin vida? Apenas sé describirlo. No era alegría ni zozobra, indiferencia ni seriedad, sino algo como una intrascendencia, límpida cual esos pequeños charquitos que quedan entre las rocas cuando la marea se retira; como la mirada vacía de un recién nacido o el gesto absorto de quien, perdido en pensamientos, nada piensa; sin una arruga en la frente ni una sombra de pesar en el semblante. Había muerto sin darle importancia, sin una palabra de más, sacrificándose en un heroico silencio sobre sí misma, como quien se muere todos los días o como quien ha de volver pasado un rato. “Bueno, me voy”, había dicho.

Allá se iba mi madre. Allá se fue.

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