Reseña analítica de “Quizá nos lleve el viento al infinito”

Introducción

Leí esta novela por primera vez hace una porrada de años, en 1986, o sea casi cuatro décadas atrás. Era yo entonces un joven ávido de cosas nuevas, así que el libro me cautivó por completo; también a mis amigos más cercanos, que lo leyeron poco después. Hasta tal punto nos gustó que se convirtió en una referencia en nuestro reducido círculo, objeto de conversaciones, fuente de frases e ideas que luego compartimos, tal vez hasta elemento de cimentación grupal, como esos acontecimientos que fortalecen la cohesión y hasta modelan un sentimiento común. También nos sirvió para elevar a Gonzalo Torrente Ballester (GTB), si no hasta el Olimpo mismo, al menos hasta el pedestal literario que bien merecía. De  hecho, a partir de entonces, sus obras empezaron a abundar en nuestros anaqueles.

Con posterioridad la releí en dos o tres ocasiones, por el mero placer de disfrutar la prosa de ‘don Gonzalo’ –como afectuosamente lo llamaba mi madre, que fue alumna suya– y para sumergirme, sin oponer reparos críticos, en las especulaciones filosóficas y, sobre todo, en las ensoñaciones románticas (¿quizá también en las sugerencias eróticas?) de la historia. Estos días atrás, en cambio, a raíz de una conversación sobre inteligencia artificial (IA) con alguien a quien recomendé el libro y que quedó bastante impresionado por él, se me ocurrió darle otra lectura –¿acaso la última?– con una mirada distinta a la de veces anteriores: una mirada a fondo, analítica y valorativa, que no sólo explorase con detenimiento y elucidase hasta el último rizo de su compleja trama (tarea que, antes, mi impaciencia lectora no me había permitido), sino que ahondase en las cuestones filosóficas planteadas por el autor (y en las que no planteó), proyectándolas hacia una probable realidad futura –y tal vez no muy lejana– que mucha gente empieza a tomarse ya en serio, dado que a ella parece encaminarnos la deriva tecnológica actual, si bien es dudoso que Torrente Ballester, en su día, considerase posible esta última.

Pensé, además, que el acusado cambio social y el acelerado avance de la genética y la informática ocurridos en la última década, por un lado, y mi propio desarrollo personal, por otro, al condicionar mis puntos de vista sobre el mundo, la vida y la humanidad, seguramente modificarían el modo como, hasta ahora, había entendido esta obra, que postula precisamente la existencia de un androide dotado de algo así como una IA; lo cual no deja de tener su mérito para un libro escrito en 1983, pues si bien es cierto que GTB no fue el primero en echar mano de una idea semejante, no podemos negarle el acierto profético –aunque acaso no buscado– de proponer una realización verosímil del mito de Pigmalión: insuflarle un espíritu, o al menos una consciencia, a un robot humanoide con un procesador heurístico. Quizá el antecedente más inmediato del que yo tenga noticia sea la fascinante obra Golem XIV, escrita un año antes por Estanislao Lem, salvo que su protagonista, también consciente, era un computador estático no antropoide. Otros autores y guionistas de cine también habían propuesto ideas similares, por ejemplo la computadora HAL 9000 en 2001, Odisea espacial, o los replicantes en Blade Runner, mas el primero no tiene consciencia propiamente dicha y los segundos son biológicamente humanos.

Pues bien: con tales mimbres me propongo confeccionar este cesto.

Argumento

La narración está escrita en primera persona, por su protagonista, a modo de apéndice a sus falsas Memorias Póstumas, libro cuya edición completa fue confiscada y destruida, salvo un ejemplar conservado en algún lugar muy escondido de alguna universidad norteamericana. En ese apéndice (es decir, la novela) el autobiógrafo nos cuenta su historia, que es la de un ser absolutamente irreal, imposible de todo punto, improbable incluso como metáfora, dotado de un milagroso poder de metamorfosis, y al que a falta de un nombre –pues carece de él– lo llaman, en ciertos círculos, “El maestro cuyas huellas se pierden en la niebla” (en adelante, Maestro, para abreviar); un ser que puede trasmudarse en cualquier otro con tal de que tenga vida (entendida ésta de un modo tan vago y –lamento decirlo– inconsistente, que conduce a GTB a numerosas y serias incoherencias). El relato transcurre durante la época de la guerra fría y está situado en el mundo del espionaje, por el cual pululan una serie de fantásticos –aunque, al menos, no del todo impensables– androides fungiendo de agentes secretos y construidos según el modelo James Bond I, un prototipo de robot ya superado por la técnica.

En algún momento de su existencia, y dadas sus milagrosas cualidades, Maestro decide dedicarse al espionaje, pero como juego y desafío, por el gusto de divertirse confundiendo a los servicios secretos (SS) de ambos bloques y sin preferencia por ninguno de ellos: carente de lealtades políticas y con una clara preferencia por el equilibrio, se limita a realizar, a iniciativa propia, operaciones que desconciertan o dejan perplejo a uno y otro bando. En una de tales operaciones conoce a Irina, poetisa soviética y espía ocasional para la KGB, “educada en el más riguroso marxismo-leninismo”, a quien han encomendado la difícil misión de desenmascarar y eliminar a Maestro. (Quien no haya leído la novela y tenga intención de hacerlo, es mejor que interrumpa aquí esta reseña si no quere que le estropee el desenlace.) Pero, en lugar de eliminarlo, resulta que se enamora de él; y él de ella. Antes, empero, de retirarse ambos del espionaje para ser felices y comer perdices juntos, deberán ayudarse mutuamente: ella tiene que proteger a la familia de un científico que se ha pasado al bloque del este, y Maestro debe defenderse de una espía robot norteamericana, el prototipo más avanzado hasta el momento, que llega a París con la orden de encontrarlo y matarlo; una orden programada por él mismo.

Tras una serie de complicadas peripecias, que transcurren entre París, Berlín y Moscú, ambos logran sus respectivos objetivos, pero en el último minuto a Irina la alcanza un disparo y muere. Entonces Maestro descubre, estupefacto, que ella era un androide.

El largo epílogo del libro cuenta cómo él incinera el “cadáver” de Irina y acomete la búsqueda de sus creadores, la cual lo lleva hasta el genio que fue capaz de insuflarle un espíritu –o algo muy parecido– a la muñeca. Por último, se retira a vivir a un lugar costero, cerca de un promontorio sobre el mar, desde el que se propone, algún día, esparcir al aire las cenizas de Irina y trasmudarse en vilano. “Si escojo bien el instante –dice– quizá nos lleve el viento al infinito”.

Personajes principales

Maestro, ser inverosímil, necesita ser explicado con cierto detalle. Su historia comienza en su segunda infancia: de la primera dice no conservar memoria alguna: “Carezco, pues, de la experiencia de la piel de mi madre, y no sé cómo mi padre me miraba. ¿Existieron?” Esto parece apuntar a un origen divino o artificial, pero no natural. Sus primeros recuerdos se remontan a cuando vivía en la selva como pupilo de Yajñavalkya “el santo”, un legendario sabio hindú que comprendió que el chaval había “recibido de los dioses el don divino de la metamorfosis” y podía cambiarse “en lo que quisiera, con sólo mirarlo, a condición de que tuviera vida”, bien entendido que, también según el gurú, “las mismas piedras están vivas, con esa vida propia de las piedras, y no digamos los seres transeúntes, como las nubes, los aires y las sombras” (aunque, al aire, ¿cómo se lo puede mirar?). Así pues, en teoría, casi no hay límite a su capacidad de transformación (pero es más exacto decir que esos límites los establece GTB en cada momento, tramposamente, según le convenga). Al cabo de su pupilaje con Yajñavalkya, éste lo envía a estudiar, y ya no volverán a verse. El muchacho le coge afición a las metamorfosis e inicia un larguísimo peregrinaje corporal (mejor dicho, material), pasando de un ser a otro hasta que, al inicio de esta historia, lo encontramos “instalado” en la persona del sargento Maxwell, agente secreto. Importa saber que, al trasmudarse en otra persona, la “original” queda arrugada “como la corteza de un árbol” y en una especie de coma profundo (GTB usa indistintamente las palabras “guiñapo” y “gurruño”).

Irina Chernova es una bella muñeca autónoma de producción soviética, modelo B3; la réplica de Moscú al proyecto James Bond; pero su programación, o quizá “educación”, la hizo tan humana e independiente que parece tener alma propia, por lo cual resultó no ser idónea para el servicio para el que fue creada. Desde hace un tiempo vive en París, escribe poesía y, ocasionalmente, la KGB le encarga misiones.

Eva Grudner es otra muñeca, modelo erótico con tendencias de mantis, culminación del proyecto norteamericano Andrómaca, dotada con la técnica más refinada, una programación heurística muy eficaz y un olfato excepcional que le permite identificar a sus “presas” por el olor.

Gastón De Blacas, francés de raza, elegante y distinguido caballero, es el jefe del servicio de inteligencia (SI) de la OTAN en París, con empleo de capitán de navío.

Peers, coronel norteamericano destacado en el SI en París, es el homólogo de De Blacas.

Yuri Etvuchenko, coronel del SS soviético, a la sazón enviado a París para adquirir la copia clandestina del Plan Estratégico elaborado por la OTAN. Es amante de Irina.

Max Maxwell, sargento norteamericano, alto gosco y concupiscente, espía también con destino en París.

Familia Fletcher. Él es un científico británico que trabaja en el desarrollo de la tecnología láser, huido al Berlín rojo para evitar que la OTAN lo fuerce a concluir peligrosas investigaciones. Ella ha quedado en Berlín Oeste, con su hijo: poseedora de una memoria prodigiosa, se sospecha que ha memorizado los planos y cálculos desarrollados por el marido. Está estrechamente vigilada por ambas potencias: la OTAN, para que no se reúna con el marido; el Pacto de Varsovia, para que no la eliminen los otros.

Ernst Von Bulov, profesor de historia que vive en la RFA, neutral, muy estimado en ambos bloques geopolíticos.

Gunter Wagner, profesor de historia, “uno de esos germanos a los que no ser ingleses les estorba la plena realización de sí mismos y se engañan recurriendo a la decoración”. Vive en Berlín Oeste y es amigo del profesor Fletcher, cuya esposa e hijo tiene acogidos en su casa.

Vladimir Siffel, judío ruso, marxista escéptico. El educador que logró realizar con Irina el milagro de Pigmalión.

James Bond III, la última y más avanzada serie de espías robot en circulación que, entre otras cualidades, se guían –como Eva– por el olfato.

Desarrollo y fallos argumentales

Esta sección es un extracto cronológico, a modo de guía de lectura, de los episodios más relevantes del relato, cuya complejidad es casi diabólica: a la dificultad inherente a las historias de espionaje se suma la milagrosa y errática naturaleza del protagonista. Allá donde procede, voy indicando en cursiva y entre paréntesis cuadrados los fallos argumentales que encuentro, precediendo a los más serios de uno o dos signos de admiración.

Antecedentes o planteamiento (el prólogo)

Última década de la guerra fría. Desde hace unos años Maestro ha venido realizando una docena de operaciones de espionaje en uno y otro bando que han dejado a todos perplejos, lo cual le ha ganado fama de agente excepcional, misterioso, ambiguo y con una sorprendente capacidad para desvanecerse. Nadie sabe quién es. Su última operación ha sido elaborar, desde el E.M. del Pacto de Varsovia, un Plan Estratégico (PE) de Defensa para (no contra) la OTAN, a modo de caballo de Troya.

Estamos en París. Es otoño (época de frecuentes nieblas, que riman con el apodo que le han dado a Maestro). Encontramos al protagonista encarnado en Maxwell, pero enseguida se metamorfosea en De Blacas para mejor completar la operación anterior. El guiñapo del verdadero De Blacas es enviado a un sanatorio mental y queda al cuidado de su hija, que, no teniendo muy claro cuál de los dos es su padre, se apiada del enajenado. El falso capitán de navío defiende ante el mando supremo la adopción del PE, que no obstante revela una vulnerabilidad estratégica del bloque atlantista. Como contramedida, Maestro sugiere que la OTAN elabore, a su vez, otro PE pensado para el Pacto de Varsovia; pero les queda tan perfecto que el mando se asusta ante la posibilidad de que caiga en manos del enemigo y lo adopte, lo cual lo haría invulnerable; así que deciden destruirlo. No obstante, De Blacas (Maestro) le ha hecho una copia clandestina y la ha ofrecido a los soviéticos.

Entretanto, Eva está a punto de viajar a Europa para encargarse de dos misiones: localizar y eliminar a Maestro, e impedir que Mrs Fletcher se reúna con su marido en Berlín Este y le pase los cálculos del láser que –según piensan– ha memorizado.

Trama y posterior desenlace

(La ocurrencia temporal de los hechos es de GTB, pero la numeración de los días es mía, para mayor claridad)

Día 1. El falso De Blacas ordena su propio secuestro, que se produce ante las barbas del general segundo jefe del cuartel general (CG) de la OTAN. Siguiendo, sin saberlo, sus instrucciones, los captores lo llevan a un chalet en las afueras de París y lo dejan allí sin maniatar. A ese mismo chalet, unas horas antes, alguien a sus órdenes había llevado también, maniatado, a Yuri Etvuchenko. Maestro lo desata y le roba la personalidad. Al apoderarse de sus recuerdos, se entera de que dentro de un rato tiene una cita con Irina, cuya misión sólo ella conoce. Ni Yuri ni Maestro saben que Irina pertenece al servicio secreto. Yuri, en cambio, no le ha ocultado a ella su condición de espía. Durante la cita, que es breve, en una cafetería, Maestro se ve atraído por ella en el aspecto personal.

Al separarse, él acude a una reunión en la embajada rusa, donde entre otros está Yussupov, un arrogante jefe del espionaje soviético (“pertenece a esa clase de genios cuya comprensión de la realidad es tan superior a la realidad misma, y sobre todo tan perfecta, que acostumbran a provocar toda clase de catástrofes”) que teme que Yuri le haga sombra si se encarga de la adquisición del PE, pero, tras mucho debate, éste consigue vencer la oposición de aquél y parte enseguida a concluir el intercambio: entrega el dinero, recoge los documentos y regresa con ellos a la embajada.

Allí, para su sorpresa, encuentra a Irina, dotada además de bastante autoridad. [No obstante, él no muestra ningún asombro, que es lo que habría esperado ella, pues sabe que Yuri ignora su vinculación con el servicio.] Al acabar la reunión, ambos van al apartamento de Irina. Al bajar del auto, alguien dispara a la joven, pero no acierta. Los amantes se ponen a salvo en el piso. Ella lo felicita por el éxito de la operación. Durante la conversación que mantienen en la cama, Maestro pronuncia la palabra “metáfora”, con lo cual se delata a ojos de Irina, pues el Yuri que ella conoce no entiende nada de metáforas, ni sabe siquiera lo que son. Por una [inverosímil] asociación de ideas hecha a velocidad de relámpago, ella comprende que ese hombre que está a su lado es, justamente, al que le han ordenado eliminar, así que inmediatamente intenta matarlo con un puñal, pero él se lo arrebata a tiempo. Maestro, entonces, le cuenta su increíble historia, y ella la cree sin mayor dificultad. [! Aunque el lector de una novela de ficción puede aceptar a un milagroso personaje, tal no es el caso de Irina. No es de recibo que se crea semejante disparate. Aparte, es my improbable que “alguien” que puede transformarse en viento y en sombra, en río y en nube, se interese sentimentalmente por una mujer normal.] Acuerdan la paz entre ellos e Irina lanza su puñal contra la pared, donde se queda clavado. [Esta floritura, pese a su innegable estética, es muy mejorable, pues un puñal lanzado desde la cama por una mano femenina, aunque sea muy diestra, no se queda clavado en una pared de obra. Lanzarlo contra un mueble o una viga de madera habría sido mucho más plausíble y no habría desmerecido. Esta falta de cuidado en los detalles parece sugerir ciertas prisas de don Gonzalo en concluir esta novela.]

Día 2. De madrugada, Maestro regresa al chalet y le devuelve su ser a Yuri, recuperando él la forma de De Blacas. Durante el “trasvase” va diciéndole al ruso lo que ha hecho el día anterior: la cita en la cafetería, la operación PE y la noche pasada con Irina (salvo los detalles de su conversación con ella, claro está). Cuando el ruso vuelve totalmente en sí, se halla frente a frente con De Blacas tal como lo vio al llegar el día anterior, por lo cual cree que se trata del mismo instante. Sin embargo, también cree recordar lo que Maestro acaba de soplarle al oído, de manera que ambas “realidades” no casan. Pregunta a Maestro: “¿No es de día? Me raptaron a las doce y no ha pasado tanto tiempo.” De Blacas responde que, cuando se despeje, “podrá reconstruir lo sucedido desde ese momento de ayer en que sitúa su rapto”, y acaba felicitándolo por el éxito de la operación PE. Es el tipo deconfusión en que quedan los personajes a los que Maestro suplanta, una vez los reintegra a su ser [cosa que no siempre hace, lo cual significa que va dejando por el mundo un reguero de gurruños babeantes en coma profundo].

Antes de tomar su vuelo de regreso a Moscú, el Yuri real, aún perplejo, se despide de Irina. Entretanto, el falso De Blacas vuelve a su despacho [!! y nadie se extraña de verlo allí, pese a que lo habían raptado ante los ojos del general 2º jefe. Este es uno de los fallos más inexcusables del argumento.] Hace una llamada para enterarse de quién está persiguiendo a Irina y por qué intentaron matarla: ha sido orden del mayor Clay, desde Washington. También recibe una llamada de su colaborador en Nueva York, para decirle que Eva vuela hacia París para interrogarlo. Eva ha identificado –correctamente– a De Blacas con el misterioso y hábil Maestro (aunque desconoce por completo su naturaleza) y además lo cree responsable –también correctamente– de la filtración del PE.

A las 11:00 acude a una reunión del consejo de seguridad. Antes, para asegurarse de que el mayor Clay deje de perseguir a Irina, ordena a sus agentes en EE.UU. que lo secuestren. Después va a una nueva cita con la joven, a quien resulta que un James Bond III está siguiendo los talones. Como estos JB III se orientan por el olfato, Irina y De Blacas logran despistarlo arrojando al suelo un frasco del mismo perfume que usa ella. [Este recurso literario, además de mediocre, resulta aquí poco acertado, pues si basta con ponerse una colonia para poder despistar el olfato de los perseguidores estallando luego un frasco contra el suelo, o pulverizando el perfume sobre un objeto cualquiera, resultaría muy fácil sustraerse al seguimiento de los sabuesos.]

Una vez le han dado esquinazo a JB III, se refugian en el apartamento-fortaleza permanente de Maestro. (En ese instante Eva llega al aeropuerto de París-Orly.) Maestro le explica a Irina que él, al metamorfosearse, adopta la forma y materia de los suplantados, pero que en el fondo siempre es él mismo. [! Si, al trasmudarse, lo único que conserva de sí mismo es su consciencia, su yo, ¿cómo puede ser detectado por el olor? Cada cuerpo huele diferente.] Almuerzan juntos y, después, De Blacas va a su despacho, donde lo espera una Eva plenipotenciaria para interrogarlo. Al final, ella le comunica que queda bajo arresto, pero él, sirviéndose de un fiel colaborador y mediante signos en clave, se las arregla para que traigan al gurruño del verdadero De Blacas (había quedado, recordemos, en un sanatorio mental). En cuanto llega, mediante otra estratagema consigue devolver a De Blacas su ser, recuperando él la forma de Maxwell, su anterior “huésped”; de modo que el auténtico De Blacas queda arrestado; pero Maestro no consigue engañar al olfato de Eva, y ésta grita a los guardias “¡Cojan a De Blacas!” mientras señala con el dedo a un Maxwell que, gracias a la confusión que se produce, logra escabullirse.

Maestro vuelve a su refugio, junto a Irina, a quien el nuevo aspecto físico de nuestro protagonista desagrada bastante. Al cabo de un rato, Eva logra llegar hasta allí, pero no encuentra la puerta, disimulada en la pared del corredor. Desde dentro, ellos están viéndola por las cámaras de seguridad que Maestro tiene instaladas. De pronto la androide empieza a tantear en busca de un enchufe [! Los ojos del muñeco Eva no son sólo adorno, sino auténticos dispositivos de visión, ergo es absurdo que busque a tientas un enchufe en un corredor iluminado. Al intentar subrayar, con este efecto dramático, la naturaleza mecánica de Eva, GTB incurre en evitables incoherencias] porque está quedándose sin batería; pero, como no encuentra ninguno, se le agota la energía y se queda sentada, “apagada”, a la espera de que cualquier JB III, al recibir el SOS automático que emite el robot inerte, venga a rescatarla. [No es creíble que un androide tan avanzado como Eva, o los JB III, carezcan de un algoritmo que los alerte de “batería baja” y les permita buscar recargarla sin riesgo de protagonizar ridículas escenas junto a un enchufe.] Maxwell e Irina, de momento a salvo, se acuestan, pero esta vez cada uno por su lado.

Día 3. Maxwell acompaña a Irina al piso de ella [! Al salir del refugio no hay ni rastro de Eva, que no obstante debería estar, desde hace horas, en pleno funcionamiento y acechando su salida] y luego se reúne, en el CG, con el coronel Peers, a quien suplanta momentáneamente para acudir como tal (y con el objeto no muy claro de alejar las sospechas que pesan sobre Maxwell) a una reunión de jefazos en el salón de la chimenea, donde –entre otros– se encuentra el verdadero De Blacas (Eva, al comprobar que no era Maestro, le había levantado el arresto), aún incapaz de salir de su turbación y de casar sus recuerdos con los acontecimientos de los pasados 80 días (el tiempo durante el cual Maestro ha usurpado su personalidad). También está el general segundo jefe. [Hay una notable y no deliberada confusión, en la novela, con los generales en jefe 1º y 2º: no se nos aclara cuál es cuál, quién fue el que dimitió, cómo se llaman… Otra muestra del descuido en los detalles.] El falso Peers les explica que está actuando últimamente un suplantador, nada menos que El maestro cuyas huellas se pierden en la niebla, lo cual da cuenta de las aparentes paradojas en los últimos días. Les dice tambéin que, al parecer, ese misterioso espía está ahora planeando ayudar a Mrs Fletcher a pasar al Berlín rojo, lo cual reestablecería el equlibrio de amenazas mutuas a ambos lados del Telón, y acaba informándolos de que él, Peers, va a ir a Berlín para encargarse del tema. Tras la reunión, Maestro restituye al coronel su ser, él recupera la forma de Maxwell y enseguida se escabulle otra vez.

Al regresar a su refugio, Irina se ha ido dejándole una carta y un curioso anillo con valor familiar. Maestro piensa –aunque la joven no le ha dicho nada– que quizá le han encomendado la misión de proteger a Mrs Fletcher, así que decide viajar a Berlín Oeste con la esperanza de encontrarla allí. A tal fin, y dado que ahora lo persiguen como Maxwell, se trasmuda en Paul, el portero de su edifidio. Mete al guiñapo resultante en una maleta [estas maletas con cuerpos dentro son un recurso peliculero muy pobre, pues un bulto de semejante volumen y peso se transporta con enorme dificultad y, además, no pasaría desapercibido a las autoridades fronterizas], lo factura a Berlín (con idea de devolverle allí su personalidad y reenviarlo a París) y, como falso Paul, toma un vuelo ese mismo día. Antes, ha estado deliberando sobre alguna persona idónea en quien transmudarse de manera permanente y que pueda gustarle a Irina: se ha decidido por el profesor de historia Von Bulov.

A su llegada a Berlín, tras alojarse en una pensión, Paul acude a echar un vistazo al domicilio donde residen Mrs Fletcher e hijo (y donde, por tanto, confía se halle Irina), pero no sabe cómo colarse en él. [! No resultan convincentes las explicaciones según las cuales no le serviría trasmudarse en viento (“las ventanas están cerradas”) ni en lluvia (“podría no haber ninguna gotera”), ya que bien podría hacerlo en hormiga que pasa bajo la puerta, por ejemplo. Casi habría sido mejor no tratar de explicarlo.] Tras algunas averiguaciones, se entera de que ese domicilio es de Gunter Wagner, el amigo del Sr. Fletcher que tiene acogida a su esposa e hijo. Luego recupera de consigna el gurruño del auténtico Paul, hace el trasvase de personalidades inverso y queda una vez más como Maxwell. Al portero, totalmente aturdido, le entrega un billete de vuelta a París y lo despacha.

Recurre entonces a Mathilde, una puta (la mítica puta de buen corazón, personaje frecuente en las novelas de GTB), vieja amiga de la que Max es cliente hace tiempo. Acude a su casa y ella le dice que lo andan buscando cien sabuesos. [! Casi imposible que ella lo sepa, más aún dado el poquísimo tiempo transcurrido. Tendría que habérselo escuchado, por casualidad, la noche previa, a algún otro militar cliente suyo. Esto no cuela.] Eva, en efecto, ha llegado ya a Berlín [no se nos dice cómo ha recuperado la pista de Maestro, que perdió al quedarse sin baterías junto al refugio-fortaleza] con su cohorte de cien JB III, y van pisándole los talones. Maestro llama a la pensión y confirma que sus perseguidores ya han estado allí, así que no puede volver. “Comprende” que ha subestimado a Eva y empieza a tener miedo de que lo maten. [!! Un ser que puede trasmudarse en niebla o en sombra es casi invulnerable. No puede temer a Eva. Él mismo, en otro pasaje, dice que “cambiarme en niebla es una bonita manera de escaparme a cualquier persecución.”] Maxwell y Matilde van a un bar y trazan un plan: para escapar del olfato de los sabuesos, él se meterá en un canal, nadará un tramo y emergerá en un punto donde ella estará esperándolo con ropa seca. [Esta escena barata copia C x B las películas de Hollywood en que un recluso huido se mete en un río para que los perros policía que lo persiguen pierdan su pista olfativa. Es tan mediocre que cuesta creer que a GTB no se le ocurriese nada mejor. Peor aún: al incidir con tanta insistencia en la idea de que están siguiéndolo casi sólo gracias a su olor corporal, se pone más de manifiesto el sinsentido de que conserve un olor propio a través de sus metamorfosis.]

La estratagema resulta exitosa. Mathilde lo lleva a una habitación en las traseras de un garito de confianza [esta abundancia de los garitos de confianza, conveniente deus ex machina de la literatura y el cine, resta calidad a cualquier obra de ficción], donde lo deja temporalmente a salvo. Se despiden. Ya es medianoche.

[Todo esto ha ocurrido en el transcurso de un sólo día. Sorprendente.]

Día 4. De madrugada, Maxwell toma un vuelo a la RFA para suplantar a Von Bulov. Tras buscarse un hotelillo, llama a casa de Mathilde, pero descuelga el teléfono Eva, que está interrogándola con modales de gángster. Le dice (a Eva) que deje a la puta en paz, que no sabe nada de Maestro, y cuelga. Luego llama a Von Bulov y, con una historia cualquiera, quedan para entrevistarse en la universidad. Lo hacen. Tras conocerse y charlar un rato, Max vuelve al hotel y llama otra vez a Mathilde, esta vez al cabaret donde trabaja. Ella le cuenta que Eva la dejó tranquila, y también que ha conseguido alguna información sobre Irina [¿otra vez?, ¿en sólo una noche, gracias a su profesión de puta con clientela del mundo militar?]: se ha colocado de niñera residente, en casa de Gunter, para cuidar del hijo de Fletcher. Maestro decide precipitar la suplantación de Von Bulov, lo llama de nuevo, le dice que tiene que marcharse inesperadamente y le pide que hablen otro rato esa misma noche. Metamorfosis y esconder el gurruño en el sótano. Luego, en lugar de tomar un avión, para más seguridad (ya que a sus perseguidores los detendrían en las fronteras) coge el auto de Von Bülov y conduce de vuelta a Berlín Oeste. Una vez llegado, se aloja en un hotelito. [GTB siempre tiene bajo la manga uno de estos hotelitos discretos y tranquilos, que quizá abundaran en sus tiempos pero que yo, viajero impenitente, nunca encuentro por ningún lado. ¿Existen?]

Día 5. Por la mañana temprano llama a Gunter y se entrevistan a las 10:00 en el despacho de éste. [!! En la conversación, Gunter se refiere a la nueva niñera del hijo de Fletcher (Irina) en términos de “suele hacer”, “siempre va”, los cuales indican una prolongada convivencia; pero ella lleva escasas 48 horas viviendo en esa casa. Fallo garrafal.] Tras asegurarse Gunter, en lo posible, de que Von Bulov es de fiar, lo invita a comer a su casa y van los dos para allá.

Cordial encuentro y amena sobremesa. Están Gunter y secretaria, la Fletcher e hijo, Irina y Von Bulov. Comida, música y canciones. Ambiente cálido y familiar. Al final, para que Irina lo reconozca, Von Bulov se pone el anillo que ella le regaló a Maestro. Con una disculpa cualquiera, acabada la reunión salen juntos los tortolitos, van a un café y allí se comprometen. [! Sólo han transcurrido cuatro días desde que se conocen, y se han visto apenas otras tantas veces, usurpando Maestro tres personalidades diferentes. Las probabilidades de que Irina se haya enamorado de él son nulas.] A todo esto ven llegar a Eva y, por los pelos, Von Bulov logra escabullirse a Berlín Este, dejando a la androide con dos palmos de narices junto a la barrera, manoteando, pero sin autorización para cruzar. Maestro busca alojamiento –nadie lo adivinaría– en un hotelito discreto y tranquilo del Berlín rojo.

Día 6. Por la mañana, a las 9:30, se entrevista con el coronel Herr Wieck, jefe del SS del Pacto de Varsovia en Berlín, y le dice que esa misma tarde Mrs. Fletcher e hijo se presentarán en la Puerta de Brandenburgo para pasar a este lado del Telón y reunirse con su marido, así que deberán estar prevenidos. Así mismo, le dice que va a entregarle a una espía norteamericana, la cual acudirá a la barrera en pos de los Fletcher, para lo cual necesita que le extienda un pase a nombre de Eva.

Regresa a Berlín Oeste y acude a una nueva cita con Irina, a mediodíá, en el parquecillo donde ella pasea con el niño de los Fletcher. Arrumacos y conversación sobre sí mismos, sobre su futuro. Pero cien sombras van emergiendo de la espesa niebla y acercándose lentamente a ellos, como el bosque de Sherwood, desde todos los rumbos de la rosa. Ante el peligro inminente, Irina y el niño vuelven a casa de Gunter mientras él, sin escapatoria [! pese a la niebla en la que podría haberse trasmudado, nunca mejor momento], es arrestado por Eva y conducido al CG. Allí, los mandos están esperando a que la agente les traiga por fin al famoso, astuto y misterioso Maestro cuyas huellas…

En un gran salón, ante el estupor de los altos oficiales, se presenta Eva escoltando a Von Bulov. Como el profesor es amigo de todos ellos, hay una protesta general y tiene lugar un grave debate. Allí está, por cierto, el coronel Peers. Maestro convence al Cotarro de que le permitan una breve entrevista privada con Eva en un cuartito adjunto, y aprovecha para suplantarla. La falsa Eva sale un momento del cuarto y, plenipotenciaria, ordena a los jefazos que suspendan inmediatamente la vigilancia de la Fletcher, pues de ese asunto va a encargarse ella en persona (por más señas, les muestra el pase que la autoriza a cruzar la barrera). Regresa al cuartito adjunto y, durante el proceso de devolución de vitalidad a la androide, Maestro (Von Bulov) la instruye para que vaya esa tarde a la Puerta de Brandenburgo y que, una vez al otro lado, pregunte por Wieck. De vuelta ambos en el gran salón, Von Bulov revela a los jefazos, y a la propia Eva, que ella es una muñeca. Para demostrarlo, pronuncia una frase mágica, especie de abracadabra, que dispara en la androide el “modo erótico”. En efecto, ésta les hace un striptease [! Ese abracadabra no podía de ningún modo conocerlo Von Bulov, pero a nadie parece extrañarle]. En mitad de la función, ya muy escasa de ropa, Eva se queda también, de nuevo, escasa de batería; se recarga, muy sexy, en un enchufe cercano, se viste y se marcha como si tal cosa. Los demás, perplejos, disuelven la reunión sin haber decidido nada sobre el arresto de Von Bulov, que queda libre. Sólo entonces, cuando ya camina por la calle charlando con Peers, Maestro se trasmuda en niebla y desaparece ante el estupor de aquél.

Tal como han planeado, a las 16:45, en la Puerta de Brandenburgo, Irina acude con Mrs. Fletcher e hijo para acompañarlos a cruzar la frontera. Unos minutos después llega Von Bulov y se reúne con Irina para ver cómo Eva cruza también, sin saberlo, hacia su propia perdición. A las 17:00 pasa Eva en el coche, pero ve a Maestro y le dispara. Irina se interpone, recibe el balazo y muere invocando a Dios. Unos cablecitos asoman por el orificio creado por el proyectil.

Epílogo

Maestro se queda atónito, incapaz de encajar el golpe. Cuando se recobra, comprende que lo más perentorio es decidir qué hacer con la muñeca que tiene en los brazos. Primero piensa en enterrarla, pero descarta la idea porque –dice– un día alguien podría encontrar esa maquinaria incorrupta bajo tierra y, entonces, “¡qué historias!” [! Esto es una bobada monumental. Por un lado, un robot enterrado en un lugar bien elegido no tiene por qué ser hallado en cien años. Por otro, caso de encontrarlo alguien un día, ¿qué podrían importarle a Maestro esas hipotéticas “historias”?] Piensa también en repararla, pues el fin y al cabo se trata de un mecanismo, pero lo descarta porque no tendría sentido estar casado, a sabiendas, con un robot. De momento, lo mete en el coche y, sin saber qué hacer, pasa la noche recorriendo las calles.

Día 7. De madrugada intenta que la incineren, pero el encargado del horno al que acude no está de acuerdo. [!! No hay razón por la que Maestro no pueda trasmudarse en ese encargado e incinerar a Irina él mismo.] Finalmente decide meterla en una maleta y facturarla a París, a nombre de Maxwell. [De nuevo una maleta con un cuerpo dentro viajando por los aires.] Conduce de regreso a casa de Von Bulov, en la RFA, y le devuelve su ser, tras lo cual –por enésima vez como Maxwell– coge un avión nocturno hasta Berlín Oeste y se presenta en casa de Mathilde (día 8), en cuyos brazos halla un magro consuelo la noche siguiente. [No sé muy bien el porqué de este viaje a Berlín, sin aparente valor ni utilidad para la historia.]

Día 9. Vuela a París, recupera la maleta con Irina y, sobornardo a un funcionario, consigue incinerarla. (“Un funcionario latino –explica Maestro– es siempre peor que su colega alemán, pero bastante más humano, aunque sólo sea con la humanidad de lo pecaminoso y lo venal.”) Después acude al apartamento de Irina, recoge su lencería y la mete en una caja, junto al cofre de las cenizas, que a continuación deja en custodia a un pope ruso en la catedral ortodoxa. Le escribe una carta a Peers explicándole absolutamente todo [¿para qué?] y regalándole todas sus pertenencias, tras lo cual se marcha de nuevo a Berlín Oeste, donde se despide de Mathilde para siempre.

A partir de ahí, comienza un largo periplo (espacial y corporal) en busca de los creadores de Irina. Al cabo, llega hasta Siffel, el judío que la educó (y tras lo cual fue internado en un sanatorio mental). Tienen una larga conversación pseudo-filosófica que, en resumidas cuentas, no saca a Maestro de su perplejidad. [Entre otras cosas, Siffel le cuenta que no le gustó el resultado de Irina, pero siendo ésta un robot nada habría impedido un vaciado de memoria y una reeducación desde cero. Distinto sería si en lugar de un robot se tratara de un replicante a lo Blade Runner.] Así que vuelve a París, recobra las cenizas y se trasmuda en un británico que estaba a punto de suicidarse (tira piadosamente al río al guiñapo resultante). Por último, se retira a Ibiza a meditar y a escribir este apéndice a sus Memorias. Incapaz de descartar la posibilidad de que él mismo sea también un androide, no se atreve a comprobarlo; pero sabe que algún día lo hará, y entonces se convertirá en vilano y se irá con Irina al infinito.

Fin.

Crítica, interpretación, paralelismos y especulaciones filosóficas

A la hora de abordar una crítica de esta novela, cabe en primer lugar preguntarse si GTB aspiró a algo más que contar una bonita historia de amor. Entre las muchas frases brillantes atribuidas a Salvador Dalí, una decía algo así como: “El hecho de que yo no entienda lo que significan mis cuadros no quiere decir que no tengan sentido.” ¡Cuánta tinta se ha derramado intentando encontrar sentidos ocultos, significados arcanos, en obras donde no los había! GTB era muy inclinado a divagaciones poéticas, equívocas, misteriosas, pero nunca estuve seguro de que, en general, tuviesen otro fin que el de jugar con la semántica y la gramática, lo vago y lo ambiguo. Es, pues, del todo posible que con esta novela no tratase de decir nada especial y que, por tanto, cualquier intento de interpretarla sea estéril o, peor aún, me conduzca a ideas que él no pretendió comunicar, que tal vez ni siquiera pensó. Aún así, la materia que este libro proporciona se presta a interesantes divagaciones y, fuese o no la finalidad de GTB, tampoco hay razón para renunciar a ellas.

Respecto a la naturaleza de Maestro

De todos los personajes que Torrente creó en su carrera, Maestro es quizá el más inconsistente desde un punto de vista literario, también el más inasible. De hecho, me cuesta trabajo imaginar por qué se complicó la vida con él de esta manera, es decir, por qué lo dotó de cualidades tan confusas y caprichosas. Para el desarrollo del relato, sobre todo teniendo en cuenta la dinámica de las metamorfosis, le habría bastado con que fuera capaz de trasmudarse en cualquier otro individuo del reino animal o –si se me apura– otro ser vivo. Pero lo de convertise también en viento, niebla o sombra, además de ser innecesario, conduce a serios sinsentidos. Ejemplo: al trasmudarse en otra persona tocándola y mirándola a los ojos, adquiere su figura y también sus pensamientos, al tiempo que el suplantado queda hecho un pelele vegetativo para los restos (a no ser que lo restituya después a su ser por el mismo procedimiento); bien; pero si se trasmuda en viento o en niebla, ¿qué ocurre con el viento o la niebla “verdaderoes”? ¿Y con qué cerebro o sistema nervioso actúa el Maestro hecho sombra? ¿Dónde se halla, empieza o acaba el aire? ¿Cuáles son sus límites? Para que tal cosa fuera aceptable (literariamente, claro está) Maestro tendría que ser no ya un ser humano con un don divino, sino la propia Divinidad. Y no es que haya ningún impedimento en aceptar a un dios como personaje literario que deambula por una novela en forma de hombre, árbol, arena o lluvia, pero este fuera aquí el caso, entonces ninguna de las peripecias que se narran en la novela, ninguno de los peligros que arrostra Maestro tendría el más mínimo sentido.

Otro ejemplo: dado que puede trasmudarse en cosas imperecederas, como las piedras o el viento, así como en cualquier otra persona, como por ejemplo un niño, ¿debemos entender que es inmortal? Si llegara a envejecer, ¿no le bastaría con suplantar a un joven? O a la inversa: si se trasmuda en una sombra y en ese momento el cielo se encapota, ¿desaparecería Maestro para siempre? Y si puede convertirse lo mismo en hombre que en mujer, ¿cuál es su sexo? ¿Lo tiene? ¿Es un ángel?

Por otra parte, la tesis de un origen artificial (otro androide) en lugar de divino tampoco resolvería ninguna de las incoherencias apuntadas. Cierto es que, siendo una novela de ciencia ficción en que los seres artificiales tienen especial protagonismo, y dado que Maestro no tiene recuerdo alguno de su primera infancia (como si lo hubiesen echado al mundo siendo ya un niño de 5 ó 6 años), eso podría apoyar la idea (planteada, además, por él mismo como duda en varios pasajes) de que sea una creación de la técnica, un “objeto” con capacidad para tomar la apariencia de otros, como ese hombre líquido en Terminator 2. Pero esto sigue sin explicar el absurdo de las metamorfosis en sombra o en nube. Irina, en una ocasión, le sugiere que, tal vez, él sólo ha imaginado dichas metamorfosis, o que le han programado creerlas, pero el relato nos cuenta lo contrario: que son “reales”, y no parte de unos recuerdos implantados.

En alguno de sus libros biográficos, no recuerdo cuál, Torrente Ballester escribe que lo importante de un relato de ficción no es tanto la verosimilitud del planteamiento como que, una vez establecido éste, por más fantasioso que sea, todo lo demás ocurra con arreglo a las leyes de la lógica y la coherencia. Él, por tanto, tenía que saber mejor que nadie que Maestro era un personaje mal definido y que su capacidad de metamorfosis estaba concebida con culpable descuido. De hecho, en cierto momento el protagonisa dice de sí mismo: “Sería inteligente que se me entendiera como un sistema de paradojas en equilibrio inestable del que no me siento autor”, y en otro pasaje le dice a Irina: “Tus poemas me parecieron los actos incoherentes de un personaje literario mal hecho; pero, aun incoherentes, pueden tener sentido”. Pienso que estas frases pueden ser una sutil confesión mediante la que GTB nos dice que es consciente de que también su protagonista, como los poemas de Irina, es un personaje literario mal elaborado. Acaso, por las razones que fuera, sencillamente no se tomó la molestia de redondearlo, de darle más consistencia.

Cuestión distinta es: ¿por qué esa negligencia? Para esto, sólo se me ocurren dos hipótesis, no necesariamente excluyentes. Una es que tuviese gran premura por escribir esta historia y no le importase que su falta de lógica, contra la que él mismo alertaba, redundase en una menor calidad del relato. Como ha quedado ya patente, la novela contiene numerosos fallos argumentales, y bastantes de sus episodios están elaborados con evidente incuria. La otra es que empezase a escribir esta novela por el final: es decir, por esa evocadora frase con la que el libro acaba, que además le da título –fruto acaso de un momento de especial inspiración– y a la que no estuviese dispuesto a renunciar, aunque para ello tuviera que sacrificar la solidez del protagonista; y es que sólo pudiendo convertirse en vilano era posible dejarse llevar por el aire, hasta el infinito, en compañía de las cenizas de Irina.

Interpretación del personaje

Una cosa es su naturaleza y otra es cómo interpretarlo. ¿Qué significa Maestro y qué quiere representar GTB con él? A don Gonzalo le obsesionaban las metáforas: fueron un concepto recurrente que impregnó toda su obra. No sé si habrá uno solo de sus libros en el que no aparezca esa palabra; así que tal vez convendría empezar por ahí. Aunque sólo sea por la curva de Gauss, lo más probable es que Maestro sea una metáfora. Ahora bien, ¿una metáfora de qué?

Dado su origen ex nihilo, su don milagroso, su capacidad de trasmudarse en casi cualquier cosa, ¿se trata de una divinidad, como apunté más arriba? Desde luego, bien podría serlo, aunque tal vez sólo una divinidad del politeísmo pagano; pero, aun así, me parece que no. No era su estilo. Cuando en sus novelas introducía GTB la idea de Dios, cosa que hacía con asiduidad, abordaba la cuestión o en serio o en un tono inequívocamente humorístico. Pero me parece claro que Maestro ni es una broma ni un dios medianamente serio. Dicho sea entre paréntesis, la verdad es que nunca supe si don Gonzalo era creyente o agnóstico. Aunque el tema teológico está, como las metáforas, en casi todos sus libros, no le recuerdo ninguna frase clara en un sentido u otro. Puede que fuera uno de esos creyentes que dudan, o bien un agnóstico con un fuerte sentido del misterio, lo insondable y lo espiritual, con especial atracción por lo mágico, gallego como era al fin y al cabo. Acaso lo más probable es que tuviese una idea de Dios que no se ajustara a los cánones establecidos, al dogma eclesiástico. Siffel, el educador de Irina, dice lo siguiente de los científicos que la fabricaron: “Son materialistas de la peor especie: lo son porque se creen en la necesidad de serlo. En el fondo, todos creen en Dios, pero le tienen miedo, no a Dios, sino a su propia creencia. Viven como si tuvieran en casa un huésped al que no quieren ver, y le cierran las puertas. Les da vergüenza y lo esconden.” Interesantes palabras, ¿no es cierto? A más de un ateo le convendría meditar sobre ellas.

En cualquier caso, me parece que no es esta una novela teológica, ni siquiera en forma de metáfora. El propio Maestro se pregunta por Dios en una de sus frases, lo cual resta fuerza a la idea de que él lo fuese: “¿Qué sabemos de Dios? Hay quienes lo entienden como Razón, pero también quienes lo temen y acatan como Capricho. Pero no debemos descartar la posibilidad de que Dios se haya manifestado como Azar. Quizás el azar infalible, cuyo secreto sólo conoce el que lo crea, puede servirnos de metáfora.”

Pero si descartamos la etiología divina, entonces ¿qué representa Maestro? Los pasajes donde se describe o refiere a sí mismo, como el siguiente, no ayudan gran cosa: “El que me hizo me lanzó al mundo como experiencia, como burla o como juego. No se le ocurrió pensar que me apeteciera ser feliz, como un hombre cualquiera. Me dio, en cambio, esta conciencia incansable que me pregunta ‘¿Quién eres?’ Aquí no tengo a nadie que, como Irina, me diga ‘eres tú’, de modo que estoy a punto de dejar de ser yo.” Aun así, esta frase quizá nos dé una pista.

Se me viene a las mientes, por ejemplo, una de las novelas de GTB que se titula, ni más ni menos, “Yo no soy yo, evidentemente”. Y es que otro de los elementos presentes a lo largo de su trayectoria literaria es el de las personalidades múltiples. En bastantes de sus relatos aparecen personajes con más de una personalidad (quizá el ejemplo más destacado sea La saga/fuga de J.B., en que el protagonista es siete J.B. diferentes), y él mismo “padecía” ese trastorno (aunque más bien habría que decir que se lo imaginaba), como cuenta en su libro autobiográfico Dafne y ensueños. Un mismo individuo en el que pugnan varias identidades, que pelean por prevalecer, por adueñarse del cuerpo y el pensamiento. Ésta fue, junto con las metáforas, otra de sus obsesiones. Por eso me parece verosímil que Maestro sea, simplemente, uno más entre sus protagonistas con este “síndrome”, el alter ego de don Gonzalo.

En efecto, hablando de alter ego, hay un par de datos más que parecen confirmarlo. Por una parte, acaso Maestro venía a expresar, en parte, lo mismo que ya dijo Saint-Exupéry en El Principito: que “no se ve bien sino con el corazón” y que “la verdadera belleza está en el interior”. Lo esencial del ser humano es su espíritu, la apariencia es lo de menos. GTB no tenía lo que se dice una estampa gallarda: era un hombre más bien feote, de gruesa nariz, miope, con gafas de culo de vaso y –a partir de cierta edad– además oscuras, a causa de su hipersensibilidad a la luz. Tal vez estas circunstancias lo hiciesen más proclive a desechar la apariencia física como medida de la belleza; por lo menos, de la propia. Por otro lado, Maestro es, también como él, un pacifista realista: las operaciones en las que interviene como espía revelan ambigüedad ideológica y van encaminadas, en general, a mantener el equilibrio de poder entre ambos bloques, sin tomar partido por ninguno. Tales inquietudes quedan de algún modo expresadas en este pasaje de la novela:

“¿Existe hoy alguien en el mundo capaz de resistir la tentación del poder universal y absoluto? El mundo está regido por hombres íntimamente menoscabados que sólo se sienten seguros y grandes si se asientan sobre infinitas, irresistibles armas. El equilibrio del terror, segunda solución, ofrecía las fáciles ventajas de cualquier equilibrio, siempre precario y con la tremenda amenaza del aniquilamiento mutuo como añadidura. La tercera solución, la paz, me parecía de momento utópica, y la esperanza de que surgiera una tercera fuerza con más poder que las actuales sumadas, capaz de imponerles el buen sentido, por mucho que fuese deseable, no dejaba de ser una esperanza estúpida.”

Por último, igual que a don Gonzalo, a Maestro le gusta el juego: para éste, rizar el rizo era lanzar a otro tras su propia persecución, que es lo que le programó a Eva en esta historia: que lo persiguiese a él. Le parecía que esto era, “de todos los juegos posibles, el más peligroso”; lo hizo “como jugador imaginativo, de gran clase, a quien no importa el triunfo sino los caminos que llevan a él.” Esto, por cierto, podría en parte explicar (aunque nada le habría costado a GTB decirlo abiertamente) por qué no quiere huir de Eva convirtiéndose en niebla: habría sido demasiado fácil, y a Maestro le gustan los desafíos. Su objeto es humillar a los creadores de Eva entregándola al Pacto de Varsovia.

Pese a todo lo dicho, me temo que debo dejar abierta la interpretación de este personaje, porque no alcanzo ninguna conclusión que me resulte del todo convincente.

Irina

Con todo, el personaje que más me fascina, el que más juego filosófico y especulativo da, el de más actualidad, el causante de que haya vuelto a releer esta novela precisamente ahora, en los tiempos que corren, es Irina. Una androide a quien se le inventa una infancia, se le implantan unos recuerdos, y llega a adquirir consciencia de sí misma o, cuando menos, se comporta como si tal. Pues, ¿qué separa la inteligencia humana de la artificial? Sabemos que la segunda está aún en pañales, pero seguramente se desarrollará mucho más, y ya no es impensable que algún día haya androides con un cerebro inorgánico cuyas respuestas intelectuales (y acaso emocionales), cuyas capacidades cognitivas y de aprendizaje, no desmerezcan frente a las nuestras, si es que no las superan. El llamado Test de Turing estudia precisamente esta proximidad: en él, un evaluador humano entra en conversación ciega, por escrito, con otro para que determine si está interactuando con una máquina o con otro ser humano. Los resultados son llamativos: algunas IA han logrado engañar al evaluador en el 33% de los casos. Es probable, o casi seguro, que este porcentaje de éxito vaya aumentando en los años venideros. Cuando esté cercano al 100%, ¿qué nos separará ya de la máquina? ¿La consciencia de existir? ¿Y cómo podemos estar seguros de que el programa de IA no la tiene? ¿Acaso sabemos lo que es la consciencia, o para qué sirve?

Este último es, precisamente, uno de los enigmas que más intrigan a los biólogos evolutivos. ¿Cuándo aparece la consciencia a lo largo de la evolución, por qué y para qué? De hecho, se cree que el ser humano podría haber sobrevivido perfectamente sin ella: no es necesaria para conseguir alimento, ni para procrear, defenderse de los depredadores, construir herramientas, guarecerse de la intemperie… Claro está que las sociedades actuales no habrían podido surgir si no tuviésemos consciencia, pero ésa no es la cuestión. La cuestión es que el homo sapiens existe desde hace medio millón de años y que las sociedades de entonces, pequeños grupos tribales, habrían sido viables sin que sus miembros tuviesen consciencia.

Aparte, si –como digo– tampoco sabemos exactamente lo que es, dónde reside o cómo se adquiere, ¿podemos afirmar categóricamente que la IA no la tiene, o que no la tendrá nunca? Si no me equivoco, hasta donde sabemos, los recién nacidos no tienen consciencia, sino sólo la capacidad para adquirirla. Y si se trata de algo indefinible que surge mediante la interacción con los demás, el lenguaje, los procesos intelectivos que van desarrollándose al crecer, la asociación de ideas adquiridas, etcétera, ¿no podría un androide adquirirla también? Maestro dice: “Los mismos que construyen los ordenadores imitando el cerebro humano intentan ahora explicar el cerebro humano por mera comparación con las computadoras, pero esto no es más que una prueba de estupidez.” Quizá –digo yo– fuese una prueba de estupidez en 1983, cuando don Gonzalo escribió esta novela, pero a lo mejor cada vez lo es menos.

Y aun si la IA no tiene consciencia, ni alma, ni espíritu, ¿de verdad importa? Imagínese el lector que un día descubre que su pareja, de la que está muy enamorado, con la que lleva viviendo bastante tiempo y con quien tiene una saludable, edificante y duradera relación en todos los aspectos, es un androide. ¿Se separaría de ella? Supongamos, para salvar la objeción inmediata que va usted a hacerme, que no tienen hijos ni quieren tenerlos. ¿Se separaría? ¿Pensaría: “Es un robot y ya no puedo seguir amándola”?

Cuando Maestro consigue dar con Siffel, éste compara a Irina con un personaje literario, y me parece algo de lo más acertado: “¿Qué más da una imagen viva en las palabras o una muñeca en acción? Yo inventé a Irina como a un personaje literario, eso es todo.” Si podemos empatizar con los personajes que los escritores inventan para sus novelas como si fueran personas reales, y sin duda lo hacemos, no parece haber impedimento para que veamos a un androide, siempre que esté lo bastante bien diseñado y “educado”, también como a una persona real. Al atormentado Maestro, no obstante, le importa mucho más el aspecto espiritual, porque no deja de preguntarse si la muñeca llegó a tener alma. Por eso le dice a Siffel: “Cuando Irina salió de sus manos, ¿sabía usted que acabaría escribiendo poemas, dejándose arrebatar por lo Inefable, y llamando a Dios al morir?”

La respuesta que obtiene, quizá un punto teatral, es sin embargo hermosa y solemne, filosófica y profunda; para mi gusto, la frase más bonita de la novela: “Cuando la tuve hecha, le soplé en la frente. ¿No lo había imaginado? Soplé en su frente y un alma le creció dentro. Cuando salga de aquí, llenaré el mundo de mujeres más grandes y más profundas que las de Shakespeare y les encomendaré la misión de engendrar una Humanidad distinta. ¿Qué más da que tenga sangre o alambres? Lo importante es el soplo, amigo mío.”

En efecto, lo importante es el soplo, amigos míos. Vale la pena preguntarse si Siffel es un orate que se cree Dios, un cuerdo que finge creerlo, o un auténtico demiurgo. Ya hemos inventado la IA. Cuando seamos capaces de soplarle un espíritu, cuando la IA nos dé muestras de haber adquirido una consciencia, ya nada nos diferenciará de los dioses. Por mal que me caiga Yuval Harari, me temo que bastantes cosas tiene razón. A menudo me pregunto hacia dónde nos lleva la tecnología y si los seres artificiales llegarán un día a sustituirnos, destino que me parece cada vez más posible. Casualmente, hace unas semanas, antes de releer esta novela, escribí un artículo titulado “¿Soñarán los androides con bebés eléctricos?“. En él formulaba exactamente la misma pregunta que Siffel le hace a Maestro.

Paralelismos

En cuanto a las similitudes de Quizá… con otras obras, según la leía se me vinieron dos a la mente. Una de ellas por pura asociación; la otra podría, al menos hipotéticamente, haber tenido alguna influencia en la concepción de esta novela.

La primera es La Casa Rusia, ficción de espionaje escrita por John Le Carré y publicada en 1989; es decir, posterior a Quizá… Como es impensable que un anglosajón, británico nada menos, se haya copiado de un latino, español para más inri, no hay más remedio que atribuir a la pura casualidad el parecido que pueda haber entre estas dos novelas; lo cual, por cierto, debería servirnos –cuando menos– para sospechar de las coincidencias que observemos en la vida y pensar si determinadas asociaciones no serán sólo un producto de nuestra imaginación, nuestro deseo o nuestros miedos: lo que creemos ver, más que lo que está ahí; aunque también podría servirnos para preguntarnos si no es que los personajes de ficción se ajustan a una serie limitada de patrones que se repiten en toda la literatura. Y quizá no sólo los de ficción: como dice Maestro en algún punto de esta historia: “En ruso o en francés, con diferencias meramente folclóricas y música de distintas claves, los hombres son de una insoportable monotonía.”

Aún más insoportablemente monótonas sean, tal vez, las tramas de espionaje, habida cuenta de las similitudes entre estas dos obras. Ambas tienen bastantes elementos en común: unos documentos estratégicos que un idealista desafecto de un bloque entrega al otro y respecto a los cuales (documentos) el servicio de inteligencia receptor alberga dudas sobre su valor real, la permanente coordinación entre el Cotarro norteamericano y el Cotarro europeo, un intelectual escéptico (Blair-Maestro) que se enamora de una guapa ciudadana soviética con ansias de libertad (Katya-Irina), un interrogatorio del que el mentado intelectual sale bien parado y hasta burla a sus interrogadores, una animada reunión en donde reina la armonía, se come y se toca música, un caballeroso agente europeo (Ned-De Blacas), un tosco agente norteamericano (Russel-Peers), cierta admiración por el alma rusa…

Es curioso –¿verdad?– comprobar cómo en dos novelas sin ninguna conexión entre sí puede encontrarse, con un poco de voluntad, un notable número de coincidencias.

La otra obra que se me vino a la mente, y que ya he apuntado, es Blade Runner, que sí podría haber servido como inspiración a GTB. La película de Ridley Scott se estrenó en 1982, un año antes de que se publicase Quizá…, y la obra de Philip K. Dick en que se basa es bastante anterior, del 1968. En este caso, los replicantes de Dick (en realidad, de Ridley Scott, pues Dick en su novela los llama “andrillos”) equivaldrían a los robots de Torrente, con la notable diferencia de que aquéllos son seres orgánicos y, éstos, mecánicos. Aun así, Irina sería claramente Rachel, la replicante “sin fecha de caducidad” a quien han implantado unos recuerdos y es indiferenciable de un ser humano. Eva sería quizá Zhora o Pris, muñeca erótica e implacable. Siffel podría ser Tyrell, el genio que les infunde un alma a sus criaturas. Los James Bond III equivaldrían a Roy y León, también incansables y certeros. Y Maestro, salvando las diferencias, hallaría su contraparte en Deckard, el cazador de androides que, pudiendo eliminar a Irina-Rachel, se enamora de ella, y que en ocasiones se pregunta también si no será él mismo un robot.

Aparte, el parecido entre ambas historias no se agota en a los personajes, ya que slas dos plantean la misma cuestión (aunque sus tramas sean por completo diferentes): una vez que hemos creado un ser a imagen y semejanza humana, ¿dónde está la frontera? ¿Por qué no enamorarse de un androide o de un replicante? Volviendo a la frase de Siffel: “¿Qué más da que tenga sangre o alambres?”

Citas

Aparte las muchas ya insertadas donde me han parecido relevantes en lo que va de este artículo, he entresacado otras pocas que considero valiosas en sí mismas o que reflejan ciertos aspectos del pensamiento de GTB. Seguramente me he dejado atrás algunas más, acaso mejores.

“Es asombrosa la perfección en la entrega de algunas mujeres inteligentes, porque ellas solas saben anular la inteligencia y meterla en la carne en el momento preciso. Aunque quizá en aquella sabiduría erótica de Irina interviniese la intuición musical que le decía el lugar donde poner a los verbos el acento.”

“Se convenció a las clases dominantes del Caribe de que el catolicismo tradicional favorecía al pueblo y de que convenía abandonarlo e inscribirse en cualquiera de las religiones exportables para países tercermundistas.”

“La intuición no es más que un camino abreviado, fulgurante, hasta una afirmación o un punto a los que también puede llegarse por el razonamiento.”

“La mayor parte de los hombres se sienten desgraciados porque los demás no actúan como a cada uno le hubiera gustado.”

Conclusión

Como dedicatoria en el ejemplar que yo guardo de la novela, la joven que me lo regaló escribió lo siguiente:

Un libro que hay que tener, ¿verdad? Inolvidable.

Pese a la endeblez lógica del protagonista y a los muchos fallos argumentales que el relato contiene, se trata de una novela en verdad inolvidable. Pocas he releído tantas veces en mi vida. Una novela además –como he dicho ya– profética, sin que esto quiera decir que le suponga yo a su autor la intención de profetizar nada. De hecho, en su día, la idea de un androide que cobraba humanidad como Pigmalión, o como Pinocho, me pareció simplemente un recurso literario válido y una bonita disculpa para proponer al lector otras elucubraciones metafísicas, pero no se me ocurrió pensar que pudiera convertirse en una realidad alcanzable. Ahora, en cambio, ya no estoy tan seguro.

Elogios aparte, me parece que vale la pena añadir una observación a las ya hechas: ese trepidante dinamismo que GTB le imprime a este relato, con cómputo de días e incluso de horas, es justamente lo que lo hace incurrir en muchos de los fallos argumentales. Si, en lugar de sucederse los acontecimientos con tanta precipitación (el grueso de la acción tiene lugar en el transcurso de apenas nueve días), su ritmo hubiera sido más lento, entonces el amor surgido entre Maestro e Irina habría sido mucho más creíble, como también lo habría sido que Mathilde se enterase de la información que necesitaba Maxwell, o que Gunter mencionase las costumbres de la niñera de los Fletcher. Ninguno de esos detalles habría resultado tan chocante y, a cambio, la novela no habría perdido ni un ápice de su encanto. Bastaba que Torrente no hubiese ido marcando con precisión de mecanismo suizo el paso de las horas y el de las hojas del calendario, que hubiese introducido la suficiente vaguedad (él, siempre tan aficionado a lo ambiguo) en el tiempo transcurrido entre un episodio y otro. ¿Por qué ese ritmo contrarreloj? No me lo explico.

Para concluir, sólo me queda volver un poco, a modo de resumen, sobre lo que ya he ido apuntando. A pesar de todos mis esfuerzos, no he sido capaz de desentrañar, con un grado de certeza mínimamente aceptable, cuál es la metáfora (o las metáforas) que representa esta novela. Don Gonzalo era un guasón y le gustaba tomarle el pelo a la gente. ¿Quién sabe? Tal vez la escribió, como Nabokov las suyas, porque sentía la necesidad de desprenderse de ella y dedicarse a otra cosa. Puedo buscar consuelo a mi torpeza con el pensamiento de que acaso, pese a invocar el autor la Metáfora en varias ocasiones del relato, Quizá nos lleve el viento al infinito no sea más que la trágica –y, por consiguiente, hermosa– historia de un amor imposible, mas sin recónditos significados. Trágica pero inevitable y, aunque vaya a contradecirme, hasta puede que dichosa. Me explico: ¿qué atormentado futuro habrían tenido Maestro e Irina, juntos? “Si Irina es inexplicable, yo también lo soy”, se dice él en cierta ocasión. A un robot que no envejece ni puede tener hijos, y a un ser milagroso que, para no envejecer, ha de trasmudarse cada pocos años en otra persona, tal vez no les esperase un futuro medianamente envidiable. En sus dispares naturalezas estaba inscrito el drama, la tragedia griega. Tal como ideó y describió a sus protagonistas, Torrente los condenó inevitablemente, a ella, a la muerte, a él, a la soledad; desde el mismo planteamiento, el autor se cerró las puertas a un final de cuento infantil. Si por lo menos hubiese creado a Irina como mujer de carne y hueso, aún. Pero, entonces, ¡ah, qué historias!

Publicado en Crítica | Deja un comentario

Del espionaje y sus tramas

Foto: www-prensaaldia.blogspot.com

La inherente dificultad para interpretar las actividades de espionaje

Un espía, según el diccionario y en la acepción que nos interesa, no es más que una persona al servicio de un Estado para averiguar informaciones secretas, generalmente de carácter militar. En principio, no hay mayor misterio en esto. Pero para poder hacer dichas averiguaciones lo más corriente es que el espía pretenda ser quien no es o realizar una actividad que —sin ser necesaria o enteramente fingida— le sirva para disimular lo que en realidad se propone; y esto ya supone un obstáculo desde la perspectiva de un hipotético espectador externo, ajeno a todo, que quiera evaluar lo que hace la gente a su alrededor. Este propósito de comprender e interpretar adecuadamente el comportamiento de los demás es trivial, o relativamente sencillo, en la inmensa mayoría de los casos, pero deja de serlo en cierta medida — mayor cuanto más “ascendamos de nivel” — cuando el objeto de nuestra atención es un espía.

Por ejemplo: si veo salir un camión del butano del cuartel de infantería, asumiré —por inferencia— que su conductor ha ido a entregar bombonas llenas y llevarse las vacías, sin ningún otro fin; y seguramente no me equivocaré, pues la inmensa mayoría de la gente está haciendo exactamente lo que aparenta hacer; pero si el butanero es un espía que ha ido a tomar nota de la disposición de las instalaciones militares, mi inferencia habrá sido errónea. No obstante, comprenderé la verdad sin mayor problema si alguien me la explica.

Así, las actividades de un agente del “primer escalón” (por así decirlo) son el nivel de disimulo más simple que un observador externo debe entender para interpretar correctamente los movimientos de aquél. Y del espía que no hace exactamente lo que aparenta hacer podemos decir que tiene, si no una doble vida, al menos una doble ocupación. A su vez, la misión de este agente podrá variar en grado de complejidad, desde hacerse pasar por un simple operario, por ejemplo, que se limita a anotar y transmitir todo lo que pueda ser de interés para sus mandantes, hasta infiltrarse en los cuadros o la estructura del Estado para intentar obtener información de más “valor añadido”. A estos últimos se los llama “topos” o “submarinos”.

[Aclaración: cuando hablo de niveles o escalones, no me refiero a jerarquías dentro de las agencias de inteligencia, sino a las ‘capas de disimulo’ o a los ‘peldaños lógicos’ que hay entre lo que alguien hace y sus fines últimos.]

El segundo nivel de dificultad supone un salto cualitativo importante respecto al anterior: se trata del contraespionaje, que es —tirando otra vez de diccionario— el servicio de defensa de un país contra el espionaje de potencias extranjeras. Su finalidad, pues, en el caso más sencillo es descubrir y en el más difícil espiar a los agentes del otro Estado. De manera que ahora, para que nuestro hipotético espectador pueda comprender las acciones del contraespía —lo cual supone un mayor desafío cognitivo— necesitará no sólo más información, sino más capacidad de abstracción.

El tercer nivel lo presenta el caso del topo infiltrado no en una estructura cualquiera del otro Estado —pongamos, el Ministerio de Defensa— sino en sus cuadros de inteligencia mismos, haciéndose pasar por uno de sus espías. Y aquí es donde la cosa empieza a embrollarse considerablemente, no sólo para nuestro espectador externo sino, en ocasiones, para el propio submarino, pues, trabajando para su gobierno, ha de simular que lo hace para el contrario; y simularlo además con el suficiente grado de verosimilitud —y por consiguiente de eficacia— como para, en la práctica, no diferenciarse de sus “colegas” ni resultar sospechoso. De hecho, no es raro que esta ocupación acabe por provocarle al contraespía una considerable confusión psíquica y emocional, producto de llevar no una doble vida, como los del primer escalón, sino triple: a) una pretendida actividad civil, b) un falso espionaje al servicio del gobierno extranjero y, por último, c) un verdadero contraespionaje en favor de su país. Pensemos, pues, que si dicho agente puede llegar a desorientarse respecto a quién es y a quién sirve en realidad, cuánto mayor no será el desconcierto del hipotético observador que intente desenmarañar y llegar a entender con claridad los movimientos, las maniobras, las lealtades y los objetivos últimos de aquél.

Pero lo alambicado de estos asuntos no se agota en el contraespionaje, ya que las distintas “capas de disimulo” pueden ir superponiéndose unas a otras en una sucesión sólo acotada, en la práctica, por los severos límites de la astucia humana. Así, por ejemplo, un agente extranjero particularmente audaz podría, con el conveniente apoyo y al cabo de un tiempo, hacerse pasar por un leal submarino de nuestro Estado que ha “logrado infiltrarse” en la agencia de inteligencia de su propio país, despistando de este modo a nuestro gobierno e impidiéndole que descubra —u obstaculizándolo al menos— a otros espías del bando de aquél. La comprensión del asunto, como vemos, se complica conceptualmente, en abstracto, de manera considerable a medida que “subimos niveles”. Y estas barreras tendrá que superarlas intelectualmente el observador externo que desee entender las actividades del espionaje.

Consideración aparte, pero no menor, merecen los llamados “agentes dobles”, que son espías al servicio simultáneo de dos potencias rivales, pero que no profesan lealtad a ninguna de ellas, o tal vez lo hacen a una tercera.

En fin, un auténtico lío, sin duda.

El espionaje de ficción

Pues bien: una vez expuesta la consustancial opacidad de todo lo relacionado con el espionaje y lo complicada que puede resultar la tarea de entender el meollo de algunas de sus tramas, el observador externo se encontrará con nuevos y mayores escollos al abordar la correspondiente literatura de ficción, ya que los escritores que se dedican a este género gustan, por regla general, de complicar artificialmente sus intrigas; de modo que si en ocasiones ya nos resulta difícil —aun disponiendo de todos los datos— deshacer el ovillo de un asunto real de espionaje para dejarlo al alcance de nuestra comprensión, ¿cuánto más arduo no será cuando el novelista nos escamotea información o, peor aún, nos ofrece otra engañosa para confundirnos deliberadamente?

Claro está que no todas las ficciones de este tipo son igual de indescifrables para el lector medio. Algunos novelistas nos proponen un desafío, a modo de juego honesto, para que ejercitemos el cacumen, a cuyo fin nos dosifican la información de modo que nos resulte más “divertido”, pero sin llegar en ningún momento a hacernos trampa. Otros, en cambio (sin duda los menos profesionales), no titubean en usar “malas artes” literarias con objeto de que nos resulte imposible descifrar la intriga hasta el final, y acaso ni siquiera entonces. De hecho, a veces pienso que este género de ficción es, en el fondo, una forma de onanismo intelectual por parte del escritor.

Con todo, en torno a los relatos de espionaje —sobre todo en el subgénero de contraespionaje— existe un grado máximo de complejidad expositiva, rayana en el sadismo, que nos llega de la mano de los cineastas. Y es que, sobre la dificultad inherente de tales tramas, y sobre el obstáculo añadido por los novelistas que nos ofrecen una información limitada o dosificada, el cine introduce a menudo —por no decir casi siempre— complicaciones adicionales mediante cualquiera de sus muchos trucos: escenas ambiguas o del todo incomprensibles, imágenes oscuras, tomas relámpago, alusiones en una clave que sólo el guionista conoce, medias palabras, referencias crípticas, equívocos flashbacks, rápida sucesión de nombres que el espectador no puede retener, etcétera. A diferencia de un libro, que siempre permite volver sobre lo leído cuantas veces haga falta, tomar notas, subrayar detalles, apuntar nombres, lugares y fechas, en una sesión de cine los datos que no captemos y retengamos en el momento serán —salvo que controlemos el mando del reproductor— información perdida, a detraer de la ya escasa e incompleta que el cineasta quiera ofrecernos. Por consiguiente, las películas de este tipo suponen en la práctica, con demasiada frecuencia, un ejercicio de comprensión estéril, un devanarse los sesos inútilmente, una contienda de antemano perdida contra un oponente —el guionista— que juega con las cartas marcadas; un reto que, personalmente, me acomplejaría si no fuese consciente de que el rival es un tahúr ventajista y fullero. La única excepción, para mi gusto, son aquellas pelis que me proporcionan al menos una gratificación audiovisual o emocional, ya que en tal caso no me importa verlas varias veces, si es preciso, para llegar a entender la trama en todos sus detalles.

En cualquier caso, confieso que nunca he llegado a dilucidar con suficiente convicción cuál es la finalidad última de este género cinematográfico. En principio, cabría pensar que es la misma que la de cualquier otro: ganar dinero; pero a continuación me pregunto si estas produccioness tienen un nicho de mercado lo bastante grande como para resultar rentables, dado que la gente con la que hablo suele mostrar poco interés en ellas, precisamente por lo incomprensibles que son. El sadismo intelectual de los cineastas del contraespionaje tendría que corresponderse con un equivalente masoquismo por parte del público, y no sé si hay suficiente público de esta clase para rentabilizar ese género. A menudo tiendo a atribuirles, a tales guionistas, el mismo pecado que a los novelistas en los que, por regla general, basan sus historias: la vanidad, el onanismo mental, el deseo íntimo de sentirse más listos que el resto de la gente; pero como el cine es muchísimo más caro que la literatura, no sé si las productoras están dispuestas a asumir riesgos financieros para satisfacer vicios ajenos.

Entonces, ¿tiene alguna otra finalidad el cine de contraespionaje?

Enfrentado a esta pregunta, mi hipertrofiada suspicacia me ha llevado a elaborar la siguiente teoría, quizá algo disparatada pero no del todo inadmisible, espero.

Desde su invención, el cine —en especial el de Hollywood, pero no sólo— ha jugado una papel propagandístico y de adoctrinamiento tan difícil de exagerar como imposible de negar. Los gobiernos y ciertos grupos de presión están dispuestos a financiar, sin reparar en pérdidas, películas que transmitan a la población determinados mensajes que ellos consideran importante o necesario hacernos llegar. No es necesario ser muy listo para pensar en varios ejemplos, el más evidente y repetido de los cuales es el famoso holocausto nazi, sobre el que no voy a extenderme; pero no sería imposible que el cine de contraespionaje cumpliera, al menos en parte, un cometido similar; en concreto, el de infundir al ciudadano una doble sensación — y, si es posible, convicción: por un lado, la de impotencia, indefensión e incluso temor ante el poder de los gobiernos, con toda su capacidad de vigilancia orwelliana; por el otro, la de nuestra propia mediocridad intelectual, nuestra inferioridad mental, que se derivaría del hecho de no poder entender la trama de una película.

Llámeme el lector conspiranoico, pero si esas dos impresiones que el cine de contraespionaje, al presentar esta actividad como aún más indescifrable de lo que es, nos crea en mayor o menor grado no son deliberadas, son al menos convenientes para gobiernos y poderes fácticos, que siempre nos quieren obedientes y sumisos. El fenómeno de la indefensión aprendida está de sobra estudiado por los psicólogos, y quien tenga interés en él puede encontrar abundante información en internet. De forma resumida, viene a decir que el individuo que se siente inferior e inerme es más fácil de controlar, dominar u oprimir que el que se sabe capaz y apto. No veo, pues, en principio por qué quienes tienen las riendas del poder —y también las de la industria cinematográfica— iban a querer desaprovechar las posibilidades de ese género de cine para inducir, en la percepción de los ciudadanos, dicha indefensión.

Pero esta tesis tiene al menos un fallo: si, según mis propias premisas, no hay mucha audiencia para este género de cine, entonces sus efectos sobre la población serán pequeños y por tanto la presunta finalidad de lavarnos en masa el cerebro fracasará. Así que o bien me equivoco al estimar que el contraespionaje tiene poco público, o bien mi teoría no se tiene en pie, a menos que nuestros amos sean capaces, mediante otras tácticas, de conseguir que veamos esas películas igualmente.

No obstante, como siempre, confío en el mejor criterio de mis lectores para que, poniendo sus comentarios a continuación, me saquen de mis errores.

Publicado en Pensamiento, sociopolítica | Deja un comentario

Sodoma y Gomorra: una aparente paradoja de la homosexualidad

Historia de SODOMA y GOMORRA - resumen corto!!

En un descriptivo —y bastante plañidero— pasaje del cuarto libro, Sodoma y Gomorra, de su obra magna En busca del tiempo perdido, Marcel Proust, que algo sabía de homosexuales —pues él era uno de ellos— escribía lo siguiente:

[El señor Charlus] Pertenecía a la raza de esos seres […] cuyo ideal es viril precisamente porque su temperamento es femenino. […] Amantes, en fin, [que] se enamoran precisamente de un hombre que no tiene nada de mujer, de un hombre que no es invertido y que, por consiguiente, no puede amarlos; de suerte que su deseo no se vería nunca satisfecho si el dinero no les proporcionara verdaderos hombres y si la imaginación no acabara por hacerlos tomar por hombres verdaderos a los invertidos con los que se han prostituido.

Cuando yo era jovencito, mucho antes de que se inventara lo woke, antes también de popularizarse lo LGBT, cuando el término “homosexual” se consideraba una cursilería, un eufemismo por “marica”, y el anglicismo “gay” aún no nos había llegado, me entretenía pensando que si a los sarasas les gustaban los hombres porque ellos se sentían mujeres, y si a las lesbianas les sucedía lo mismo pero a la inversa, ¿por qué no se juntaban los unos con las otras para formar parejas entre sí? Pues si a un marica —razonaba yo— le gustan los hombres “de verdad”, los que lo son no sólo biológicamente sino también en espíritu, en temperamento, y que por consiguiente aman a las mujeres “de verdad”, a las que lo son en cuerpo y alma, ¿cómo iba a encontrar aquel invertido uno de estos verdaderos hombres que lo quisiera? E idéntico razonamiento, pero al revés, cabía hacer respecto a los marimachos. El remedio me parecía evidente: que los hombres cuyo instinto es de mujer se emparejen con las mujeres cuyo instinto es de hombre. Así tanto los unos como las otras podrán satisfacer sus deseos, amarán y serán correspondidos por alguien que obedece a su ideal; al menos en la faceta psíquica, la que atañe al carácter, a la índole personal. La faceta física es, desde luego, una exigencia que mi remedio no solucionaba, pero, bien pensado, quizá sea menos importante que la anterior. Por un lado, los hombres de Sodoma suelen ser ahembrados en conducta y aspecto, como son viragos las mujeres de Gomorra, de suerte que unos y otras se aproximan relativamente al ideal de su contraparte. Y por otro lado, a la hora de mantener relaciones sexuales, ¿importa mucho, en realidad, quién tenga el órgano cóncavo y quién el convexo? Lo principal es estar con la persona amada y que el acoplamiento físico sea posible y placentero. Si mediante un hechizo fuera factible pegarles el cambiazo a dos personas cualesquiera durante la cópula, de modo que sus elementos reproductores se intercambiasen, es probable que, con la excitación del momento, no se diesen ni cuenta del fraude o, al menos, que les trajera sin cuidado. ¿Hay comunión emocional y sentimental? Sí. ¿Hay sexo? También. ¿Y orgasmo? Haylo. Pues entonces ya está.

Así conversaba yo conmigo mismo, de joven, por puro ejercicio intelectual. Pero como no soy homosexual, ni hablé jamás de tales temas con ninguno que lo fuese, nunca supe cómo piensan ellos al respecto; y pues veía además que muchos no cesaban de quejarse amargamente y de hacer cada vez más ruido para llamar la atención de la sociedad, acababa por convencerme de que algo erróneo tendría mi razonamiento, algo debía escapársele a mi apreciación del tema, para que maricas y tortilleras no adoptaran de manera universal mi propuesta de emparejamiento, la cual acaso fuera un despropósito. Sin embargo, muchos años después me dio por leer a Proust y, para mi sorpresa, en el mencionado libro encontré, aparte del pasaje ya citado, el siguiente, también referido a los invertidos:

Unos, sin duda los que tuvieron una infancia más tímida, no se preocupan apenas del tipo material de placer que reciben con tal de que puedan asociarlo a un rostro masculino. Mientras que otros, seguramente por tener más violentos los sentidos, asignan a su placer material localizaciones imperiosas […] Para ellos las mujeres no están del todo excluidas, [y] buscan a aquellas a quienes les gustan las mujeres, porque ésas pueden [ser para ellos como] un joven, aumentar el placer que sienten con él; más aún, [estos invertidos] pueden, de la misma manera, sentir con ellas el mismo placer que con un hombre. […] En las relaciones que tienen con ellas, representan, para la mujer que ama a la mujer, el papel de otra mujer, [en tanto que ella] es para él casi un hombre…

Pese a que en este párrafo (incluso abreviado, para dejar sólo lo esencial) la alambicada prosa de Marcel Proust no ayuda precisamente a exponer con claridad el meollo de la cuestión, creo que ésta se entiende de todas formas: en suma, el escritor viene a decirnos que —al menos para una parte de los habitantes de Sodoma, aquellos que tienen más violentos los sentidos— una habitante de Gomorra puede ser una compañera válida, y viceversa; lo cual confirma el acierto de aquellos pensamientos míos de juventud: no iba yo tan descaminado ni eran tan disparatadas mis ideas, visto que ya no es mi ignorancia quien habla, sino la autoridad de un experto.

Y una vez confirmado lo razonable de tal arreglo entre dos invertidos del sexo opuesto, si se lleva a cabo nos encontramos con una pareja mixta que, paradójicamente, en nada se diferencia de cualquier otra en muchas facetas de la vida y que puede, por tanto, pasar desapercibida de cara a la sociedad; amén de que, como varón y hembra que son, pueden tener hijos propios sin necesidad de adoptar los ajenos —cosa no siempre sencilla para compañeros del mismo sexo— e incluso casarse por la Iglesia si es su deseo. Es probable, por otra parte, que tales invertidos se ahorren la inevitable frustración que aguarda a esos otros que, según Proust, tuvieron una infancia más tímida, los cuales no hallarán con facilidad heterosexuales dispuestos a amarlos. Así mismo, cabe esperar que se sientan mucho menos inclinados a manifestar ese victimismo tan habitual entre los de su especie. Ahora bien: esta paradoja quizá sea, en el fondo, más aparente que verdadera, puesto que si para dar satisfacción a nuestra líbido lo natural es que busquemos a alguien con una orientación sexual no ya diferente sino complementaria a la nuestra, como hacen los heterosexuales y es también el caso de las parejas formadas entre un habitante de Sodoma y una de Gomorra, entonces nada debería tener de extraño, si bien se mira, que un hombre que se autopercibe como mujer y una hembra que se autopercibe como varón se atraigan mutuamente. De hecho, todos —heteros inclusive— tenemos un lado masculino y uno femenino, de suerte que tal vez la homosexualidad no sea más que una cuestión de grados. Con frecuencia ocurre —y así lo afirma también Proust en su obra— que los hombres de índole menos viril y las mujeres de temperamento menos femenino suelen ser del gusto mutuo. Lo que pasa es que sólo llamamos invertidos a quienes, en ese contínuo que va desde el carácter femenil hasta el varonil, se encuentran más hacia la zona que no corresponde a su sexo biológico.

De modo que, a fin de cuentas, quizá sea esa la única diferencia entre los considerados gays y el resto de la gente: cosa de estar ubicados en un punto u otro del espectro Marte-Venus, en el cual la “normalidad” no tiene unas fronteras nítidas. Y si esto es así, a lo mejor no es del todo acertada la metáfora proustiana que sitúa, a los homosexuales, bien en Sodoma o bien en Gomorra, pero aparte del resto de los mortales, como “raza” (por usar la palabra de Proust) diferenciada; y del mismo modo, también sería inoportuno considerarlos acreedores a una particular atención social: una vez que las leyes dejaron de penalizar la inversión y prohibieron, además, toda discriminación basada en la orientación sexual, paréceme que el asunto debería haberse zanjado políticamente. ¿A qué, pues, seguir dando la matraca con él? Es más: creo no equivocarme mucho al pensar que si hoy en día existe alguna animadversión hacia los homosexuales, en buena medida es culpa de la porfía institucional en mantener vivo un problema que se solventó legalmente, y con todas las garantías, hace décadas; una porfía que, lejos de normalizar las relaciones sexuales del tipo que sea, quizá sólo contribuya a perpetuar o incluso empeorar, so capa de erradicarlo, el estigma que ha marcado a los invertidos durante siglos, aunque ahora la causa sea diferente; a saber: la percepción por la sociedad —o al menos por la gente más racional— de la injusticia inherente a la “discriminación positiva” (¡qué cínico oxímoron!) de la que es objeto el mundo gay y que, además, le cuesta un dineral al contribuyente: recursos médicos asociados al tratamiento de las disforias de género y a los cambios aparentes de sexo, gastos acarreados por las jornadas del “orgullo” y las políticas LGBT, subvenciones y organismos públicos ad hoc, etcétera. Una insistencia, por último, acaso enojosa o incómoda para muchos homosexuales que sólo desean que políticos y medios de comunicación se olviden de ellos y no los expongan —y menos aún los exhiban— constantemente a la opinión pública para colgarse medallas a la tolerancia y la virtud.

Para justificar esta terquedad institucional se dice a menudo que es importante concienciar a la sociedad de que los homosexuales necesitan especial consideración; pero rara vez se nos explica con claridad el por qué. La inclinación sexual es una preferencia personal como cualquier otra. Y la “identidad de género” es una percepción puramente subjetiva, psíquica, a menudo inducida por una excesiva e innecesaria exposición, precisamente, a esos mismos mensajes LGBT, los cuales generan en niños y adolescentes una incertidumbre sobre su propia sexualidad que, de no ser por dicha exposición, quizá no sentirían jamás. Es cierto que en ocasiones la identidad de género produce una disforia, y ésta, como problema de salud mental, ya cae dentro de las necesidades básicas; pero la disforia de género no es necesariamente más angustiosa que cualquier otra, un problema a ser tratado por los profesionales cuando sea preciso, pero sin prioridad respecto a otros pacientes, sin tanta publicidad y, desde luego, sin consumir unos recursos que podrían destinarse a curar problemas de salud bastante más graves y objetivos. Aparte de que, siendo mucho mejor prevenir que curar, la aparición de la disforia de género podría prevenirse con relativa facilidad sin más que dejar de provocarla mediante la propaganda woke, cuyos verdaderos impulsores no son —me temo— precisamente los homosexuales y cuyo objetivo real dista mucho de ser ético o bienintencionado.

Aun así, quizá haya cierta inconsistencia en la retórica LGBT, pues por un lado insiste en que los invertidos no son enfermos mientras que, por el otro, cada vez exige más gasto público para su tratamiento psicológico, farmacológico o quirúrgico. Acaso deberían de aclararnos un poco esta contradicción. Marcel Proust, desde luego, nunca concibió —y he de estar de acuerdo con él— la homosexualidad como una enfermedad, sino como una inclinación natural, una querencia psíquicamente similar a otras aficiones y que no precisaba de la medicina, por mucho que le plantee al invertido problemas prácticos bastante peculiares y que —al menos en aquel tiempo— lo deshonre socialmente. Como queda dicho, él ya señaló un recurso bastante pragmático: el maridaje entre Sodoma y Gomorra.

Publicado en Pensamiento, sociopolítica | Deja un comentario

Del homicidio sin víctimas y el equívoco derecho a la vida

No temas; tú no verás caer la última gota que en la clepsidra tiembla.

Antonio Machado lo expresó con su admirable lirismo en aquel breve y bellísimo poema que siempre me ha embargado; si bien, creyente como él era, lo finalizó con estos versos:

Dormirás muchas horas todavía
sobre la orilla vieja,
y encontrarás una mañana pura
amarrada tu barca a otra ribera.

Machado pensaba que, aunque no podamos ser testigos de nuestro propio tránsito de la vida a la muerte, seguimos luego existiendo en el otro mundo. ¡Dichosos los que tienen fe! A los demás, la ciencia nos ha dejado indefensos ante la parca.

Reflexionar sobre la vida y la muerte nos lleva a veces a paradojas. Alguien expresó un pensamiento similar al del poeta, pero de una forma un poco diferente, algo así como (cito de memoria): “Mientras vivimos, la muerte no es, y cuando morimos, la vida ya no es; así que ¿para qué preocuparse?” Estoy de acuerdo con ese apotegma cuando hablamos en sentido abstracto, o sea, en cuanto la muerte significa “dejar de existir”, pasando por alto el dolor físico y el padecimiento moral que suelen acompañarla. Y es que, cuando sobreviene sin esperarla ni darse uno cuenta, no deberíamos considerarla ninguna tragedia, sino más bien al contrario; y, de hecho, tal es el tipo de final que muchísima gente desea para sí: indoloro y por sorpresa.

Imagine el lector el siguiente caso: al cabo de un día cualquiera de su vida, llegada la noche, se acuesta y, pensando en sus cuitas o alegrías, tal vez en la jornada del día siguiente, se queda profundamente dormido. Pero un inesperado escape de gas tóxico, por ejemplo el CO que desprende un brasero encendido, penetra en su dormitorio y lo mata durante el sueño, sin notar absolutamente nada. Ya no volverá a despertar jamás. No habrá para él una nueva mañana en la que pensar: “¡Qué putada! ¡Me he muerto! ¡Y yo que tenía hoy una cita romántica..!”

O supongamos que ha acudido al hospital para una operación de poca importancia que, no obstante, requiere sedación. Confiando plenamente en los médicos, se tumba despreocupado en la camilla del quirófano y se pone en manos del anestesista; pero éste se excede por error con la dosis del narcótico y el paciente ya no vuelve a levantarse.

Pensemos todavía en un tercer caso: vamos plácidamente caminando por la calle, sin sospechar nada, cuando un habil francotirador, apostado en un piso cercano, nos fulmina de un solo disparo en la nuca sin dejarnos siquiera un segundo para pensar: “¡Oh, esto es el fin!”

En cualquiera de estos ejemplos el inminente difunto no estaba especialmente preocupado por la muerte que lo acechaba; ni se acostó angustiado pensando que no habría para él un mañana, ni salió a pasear con la desazón de una muerte instantánea. Sabía, claro está, que todos morimos, pero, desconociendo de antemano el momento y el modo, se le antojaba un pensamiento con el que no valía la pena afligirse. Así, la muerte le sobrevino de modo inesperado, sin causarle dolor y sin tiempo siquiera para sentir el pesar de su inmediato fin. Y, una vez fallecido, ya no queda un “yo” que pueda lamentar no seguir viviendo, haber dejado cosas sin hacer, planes sin concluir o placeres por disfrutar, pues un difunto tiene tanta conciencia de haber dejado de existir como puede tenerla un cigoto malogrado de no llegar a nacer; es decir, ninguna.

Así, desde una perspectiva ontológica, los tres supuestos anteriores son equivalentes, aunque moralmente difieren en algo que convenimos en considerar importante: el grado de criminalidad. Se trata de una distinción meramente penal, y por tanto subjetiva, por muy generalizada que sea; y es que todas las sociedades del mundo actual coinciden en castigar severamente el homicidio, voluntario o no, por encima de casi cualquier otro crimen, olvidando que se trata de uno que, por paradójico que parezca, puede no tener víctima, como trataré de argumentar.

La cuestión de los llamados “delitos sin víctima” (por ejemplo, aquéllos contra la ordenación territorial, la Administración, la Constitución, etc.) ha sido objeto de debate, pues es lícito aducir que, si afirmamos que las leyes penales se crean para proteger a las personas, ¿por qué habríamos de castigar una acción que no perjudica a nadie en particular? No obstante, se trata en cierto modo de un falso debate, ya que ese perjuicio no necesariamente han de recibirlo personas concretas, sino que puede recaer sobre la sociedad en su conjunto o una parte de ella. A menudo tales delitos, como por ejemplo la tenencia ilícita de armas, se tipifican no porque de ellos se deriven necesariamente víctimas, sino -supuestamente- para disminuir el riesgo de que las haya. Enfoque muy discutible, ya que tener un revólver sin licencia, en tanto no lo utilicemos para delinquir, no perjudica a nadie en absoluto, y por eso algunos países, acaso con mejor criterio que otros, no lo criminalizan. Aún más discutible es el delito de conducir un vehículo sin tener carné, ya que aquí el Estado está presuponiendo culpabilidad (asume que el conductor carece de la pericia necesaria) sin evidencia alguna. No obstante, si como obedientes ciudadanos aceptamos la tesis de que tales preceptos del Código Penal existen no para favorecer oscuros o inconfesados intereses sino para “asegurar el orden público” o “protegernos de riesgos”, entonces no hay delitos sin víctima, ya que, en última instancia, siempre lo será la sociedad en su conjunto por su mayor exposición a tal o cual riesgo. Pero el crimen al que yo me refiero podría ser la excepción a ese corolario: se trata del homicidio cuando no produce ninguna víctima. ¿Cómo es posible tan aparente contradicción?

Intentaré explicarlo volviendo al tercer supuesto anterior, el del viandante fulminado por el francotirador. En este caso, ¿dónde está la víctima? El cadáver que yace en el suelo ya no es más que una masa de carne sin vida. Hasta justo antes de producirse el disparo el asesino no le causó el menor padecimiento, ni tan siquiera una inquietud; era un hombre inmerso en sus pensamientos, totalmente ajenos a su verdugo. Un efímero instante después de recibir el balazo, ese caminante ya no figura entre los vivos, ya no es alguien que pueda dolerse de que lo hayan privado del resto de su vida. Y es que, en puridad, los muertos no existen. Hay seres vivos, como una persona, y hay objetos inanimados, como un cadáver. Pero no hay “seres muertos”. Se me dirá que ese hombre tenía una familia que ahora quedará desamparada, un acreedor que no llegará a cobrar, un empleador para quien era insustituible, o conocidos que lo apreciaban y lo añoren. Es probable, sí; pero en ese caso el asesino debería ser castigado por el sufrimiento o penurias causadas a tales personas, no por el homicidio en sí. De no haber sido un francotirador tan certero, o si el ataque hubiera consistido en cuatro puñaladas traperas, de modo que el atacado hubiese padecido antes de morir, entonces sí podríamos considerarlo víctima e imputarle al homicida el daño físico y moral infligido, aunque haya durado breve tiempo. Pero si la muerte nos llega indolora e instantánea, o insensible como en el caso del hombre anestesiado en el quirófano, y además no dejamos amigos o parientes, ni nadie que pueda lamentar nuestra desaparición, ¿quién es el perjudicado?

La Declaración universal de los derechos humanos (DUDH) enumera, en primer lugar, el derecho a la vida: “Everyone has the right to life…” Sabiendo lo precisos que son los legisladores con el vocabulario, me pregunto por qué eligieron esta redacción tan equívoca. Everyone es lo mismo que every person, “toda persona”. En la versión en español se ha traducido como “todo individuo”. ¿Acaso quienes elaboraron la DUDH pasaron por alto que la vida, antes que un derecho, es un prerrequisito para cualquier derecho verdadero? Una persona, un individuo, tiene vida por definición. No es acertado ni necesario proclamarla como derecho porque, si hablamos de personas, constituye necesariamente un hecho, algo inherente a la definición de “persona”. O, dicho al revés: es de todo punto imposible que una persona no esté viva, ya que si no lo está, no es una persona. Así pues, tal y como lo enunciaron, se me antoja que ese artículo tiene poco contenido. Si hubiesen escrito: “Todo individuo tiene derecho a conservar la vida” (o mejor aún: “…a que no se atente contra su vida”), la cosa tendría un poco más de sentido. ¿Por qué no lo redactaron así? ¿Fue en aras de la brevedad, por sobreentendido? Puede ser, pero no parece que añadir tres o cuatro palabras más hubiese resultado en un texto excesivamente largo. ¿Fue por descuido? No parece probable. Cuesta creer que los autores de la DUDH no se dieran cuenta de la aparente simpleza enunciada en la frase que eligieron. Personalmente, al preguntarme qué casos no evidentes puede estar contemplando esa frase, sólo se me ocurre pensar en la interdicción del aborto, único “individuo” (si podemos considerarlo como tal) cuya vida no es aún una realidad completa y sea, por tanto, digna de protección.

Pero ésas son conjeturas mías. Es posible que la mencionada redacción fuese intencionadamente abierta para facilitar la adhesión del mayor número de países a la DUDH. En cualquier caso, sospecho que tras esa noción de la vida como bien supremo subyace un pensamiento de tipo religioso o espiritual, dado que resulta indistinguible de la creencia en un alma, sujeto último e inmortal, al cual la vida corporal acompañaría temporalmente en calidad de “bien” (definido éste como cosa con valor positivo y objeto de derecho), de forma que, fallecido el cuerpo, el alma aún puede conjugar el verbo “tener” y decir: “Ya no tengo vida.” Pero sabemos que ese alma independiente no existe, y por tanto no puede quedar “huérfana” cuando la vida acaba. Lo que llamamos alma no es más que la conciencia de estar vivos.

Ocurre que una buena parte de nuestras leyes, y del pensamiento contemporáneo en general, aún se fundamenta en la trasnochada idea de que la vida es algo que tenemos, y por eso la consideran un objeto de derecho, un bien jurídico, como lo es la libertad de expresión (o lo que nos queda de ella): un bien que se nos puede conceder, restringir o denegar; pero en realidad la vida es algo que somos, simplemente y sin predicado; el presupuesto imprescindible, como ya dije, para poder tener derecho o bien alguno. Cabe enunciar: Sum, ergo vivo; es decir que, en este contexto “vida” y “ser” coinciden, ambas son una y la misma cosa, la que constituye el sujeto (o sea el ser) poseedor de derechos; y es incoherente incluir entre éstos a la propia vida, que ni es objeto ni podría serlo a la vez que sujeto. (No intento hacer un juego semántico, sino usar la semántica para mostrar el absurdo al que conduce la doctrina tradicional.) Por eso, al contrario de lo que ocurre con cualquier verdadero bien, en estricto rigor no es posible “quitarle” a una persona la vida, pues jamás se ha conocido un caso de alguien que carezca de ella; lo que se puede es matarla, que no es lo mismo. Y una vez muerta, ya no hay persona de la cual predicar: “He ahí una víctima”.

Por eso creo que quizá vaya llegando la hora en que las sociedades, al menos las más laicas, se apronten a adaptar sus leyes al conocimiento que la ciencia nos aportó hace ya mucho tiempo, un conocimiento que empieza a requerir con urgencia un novedoso orden moral, más acorde con los presupuestos filosóficos contemporáneos, en que el bien jurídico supremo del ser humano no sea el propio ser, es decir la vida, sino quizá la felicidad, o el bienestar físico y emocional, y el delito más grave no sea matar, sino causar sufrimiento.

Podrá aducirse que esta tesis es un disparatado alegato en favor de que cualquiera pueda eliminar a quien le dé la gana, y que, si la aceptásemos, todos viviríamos mucho más angustiados, siempre temerosos de que el primero al que se le cruzen los cables nos pegue dos tiros. Mas yo no estoy postulando impunidad para el criminal, sino que la pena asignada a cualquier delito esté en consonancia con el daño o menoscabo total causado a la víctima durante o a consecuencia de aquél, pero sin contar como daño la muerte en sí; lo cual, en la práctica, dejaría pocos asesinatos sin penalizar, aunque sólo sea porque poca gente es tan hábil como para matar sin causar dolor ni angustia y sin dejar víctimas colaterales. Por un lado, en la mayoría de los homicidios el atacado sufre, por breve que sea el tiempo, hasta que exhala su último suspiro, y durante esos instantes (cuando no horas) el asesino, como ya queda dicho, sí le ha provocado un padecimiento. Por otro, lo común es que existan terceras personas a quienes el óbito perjudique. De modo que el homicida casi siempre merecerá un castigo por una u otra causa, o ambas. Pero hay muertes sin agonía ni desazón, y personas a quienes nadie echará de menos, que tal vez eran, además, profundamente infelices o enormemente dañinas; asesinatos que no sólo no aumentan el sufrimiento total sobre la Tierra sino que acaso lo disminuyen. ¿Estamos seguros de que deberíamos castigarlos? Incluso no deberíamos descartar del todo la posibilidad de que el cambio de paradigma propuesto supusiera -¿quién sabe?- un aliciente para no perjudicar al prójimo y hasta para obrar de manera altruista, ya que quien siempre actúa bien puede razonablemente esperar que haya menos personas inclinadas a mancharse las manos con su sangre. Si nuestro egoísmo, codicia u otras faltas morales que nos llevan a malas acciones hubieran de enfrentarse al riesgo de una represalia barata, en términos penales, por parte de aquellos a quienes tales acciones perjudican, acaso nos lo pensaríamos dos veces antes de quebrantar, con nuestros actos, los legítimos bienes o derechos del prójimo, su moral o su dignidad.

Publicado en Pensamiento | Deja un comentario

¿Sueñan los androides con bebés eléctricos? La píldora como mutación involutiva

La secuencia reproductiva de los mamíferos

El abecé del darwinismo es la supervivencia de los individuos mejor adaptados: a lo largo de las generaciones de cualquier especie se producen millones de mutaciones genéticas aleatorias, algunas de las cuales, de vez en cuando, resultan en individuos con una mayor probabilidad de transmitir su genoma. Pero la evolución en sí misma no busca ninguna clase de “perfección”, y los mecanismos adaptativos —mero fruto del azar— a los que la genética va llegando con el devenir del tiempo distan mucho de ser los óptimos para cada función. Si se perpetúan de una generación a otra no es por su idoneidad, sino porque resultan ser un poquito más útiles que otras mutaciones.

Así, la estrategia de reproducción con que la naturaleza ha dotado a todos los mamíferos (y muchos otros animales) se basa en una secuencia de causas y efectos cuyos eslabones esenciales son los siguientes: a) instinto de apareamiento –> b) fecundación/gestación/progenie –> c) instinto maternal. La continuidad y el correcto funcionamiento de esta cadena es el mínimo necesario para que haya transmisión genética. Pero no es una estrategia perfecta, ya que basta con que falle alguno de sus eslabones en una suficiente proporción de los individuos de una especie, para que ésta corra grave riesgo de extinguirse. Con todo, ha sido sumamente eficaz a lo largo de toda la historia evolutiva y hasta hace muy poco.

Es esencial comprender que la naturaleza no ha sido capaz de diseñar ningún instinto de “procreación” stricto sensu, es decir, una necesidad innata de tener descendencia. Lo que ha desarrollado son mecanismos varios que, combinados, conducen a dicho resultado. Así, en el mencionado caso de los mamíferos, éstos están provistos de un instinto sexual codificado en los genes —el innato impulso de aparearse— y “se conforman” con satisfacerlo. Tal conducta, en sí misma, no requiere que de la cópula resulte el nacimiento de una progenie, si bien ésta nace de todas formas como consecuencia puramente biológica de dicho apareamiento. En contra de lo que muchos creen, ni siquiera los seres humanos estamos dotados de un instinto de procreación; lo cual —dado que somos un mamífero más— era lógico y predecible; y de hecho algunos estudios así lo corroboran. El deseo de tener hijos no viene dictado por un instinto ad hoc, sino por un cúmulo de circunstancias, en su mayoría culturales y sociales. Así lo dice la ciencia y así parece estar confirmándolo, sin necesidad de tales estudios, la realidad contemporánea, visto que cada vez es mayor el número de personas que optan por no tener descendencia.

Examinemos con un poco más de detalle la mencionada cadena, precisa para la procreación. Sabemos que el instinto sexual es uno de los más poderosos del genoma animal. Los machos, permanentemente fértiles durante casi toda su vida adulta, siempre están deseosos de aparearse, no sólo por impulso natural sino porque, como en seguida aprenden, la cópula produce una descarga de señales nerviosas que el cerebro interpreta como muy placenteras (en ganadería, a estos machos a veces se los llama “picados”, porque han descubierto lo divertido que es el sexo y se vuelven más difíciles de controlar). Ése es el irresistible anzuelo que nos ha puesto la naturaleza para asegurarse de que lo morderemos, desencadenando así la secuencia reproductiva. Luego, como consecuencia del apareamiento —y no mediando causas de infertilidad— la hembra quedará preñada y al cabo de un tiempo, si la gestación no se ve interrumpida por cualquier problema espúreo, nacerá la nueva progenie. Entonces, en cuanto las crías ven la luz (en realidad, bastante antes, debido al cambio hormonal que produce la concepción), entra en juego el instinto maternal para alimentarlas y cuidarlas hasta que puedan desenvolverse por sí mismas; bien entendido —insisto— que esto último no debe interpretarse como un instinto de tener descendencia, sino de alimentarla y protegerla cuando nace.

El histórico y revolucionario evento anticonceptivo

La diferencia esencial entre el ser humano y el resto de animales respecto al proceso anterior es que sólo nosotros somos conscientes de él, y sólo nosotros tenemos la capacidad de cuestionarlo, desafiarlo y, por último, burlarlo sin coste individual. Como la evolución ni planifica ni prevé nada, sino que sólo parchea a posteriori, no era imposible que nuestra especie, gracias a la inteligencia (nuestra mejor ventaja adaptativa), llegase a idear o descubrir en algún momento el modo de romper la secuencia reproductiva de forma que todos sus individuos podamos evitar, a voluntad, las consecuencias del instinto sexual satisfecho. Y esto es un evento tan insólito que casi podría considerarse como una mutación involutiva, ya que puede abocar a un colapso poblacional sin precedentes, e incluso —aunque sea muy improbable— a la extinción total de la raza. La invención y universalización de los métodos anticonceptivos es, en efecto, un caso extraordinario —si no único— de cómo la naturaleza puede ponerse la zancadilla a sí misma, y por esto yo la considero el evento más transcendente de la historia. A partir de la píldora (digámoslo así por comodidad expositiva) la continuidad de Homo Sapiens queda ya sólo al albur de caprichos socioculturales, pues ahora únicamente tiene hijos quien quiere tenerlos, sin necesidad de reprimir su instinto sexual.

Los métodos anticonceptivos (y, no digamos, la “píldora del día después” o el aborto) son mucho más que una simple técnica de planificación familiar, aunque ésta sea una de sus aplicaciones, tal vez la original. En realidad, son la más poderosa e infalible herramienta de prevención de la natalidad jamás inventada, y su principal uso es el de permitir a la gente disfrutar del sexo sin consecuencias. Cierto es que las conductas encaminadas a limitar la progenie no son nada nuevo en el reino animal, y vienen practicándose desde la aurora de los tiempos. Por ejemplo, a menudo las gatas matan (e incluso se comen) a varias crías de su camada cuando el instinto les dice que no van a poder alimentarlas a todas; pero no lo hacen por “egoísta” comodidad o conveniencia, sino como una verdadera estrategia de supervivencia impuesta por la ley de la vida, ya que así aumentan las probabilidades de que al menos una cría pueda transmitir los genes. También la especie humana, con ese mismo fin, ha practicado el infanticidio (directo o indirecto, éste mediante la negligencia) en diferentes culturas y etapas de su historia. (Por cierto, y a riesgo de decir un disparate, no descarto la posibilidad de que los sacrificios rituales de niños pequeños que algunas civilizaciones han practicado en tiempos pretéritos tuviesen, en el fondo, esa función reguladora, con objeto de conseguir que determinada población no crezca más allá de lo que los recursos de que dispone pueden mantener.) De hecho, pienso que matar o dejar morir a las crías debe de ser una estrategia excepcional, a adoptar sólo en caso estrictamente necesario, ya que requiere vencer la fuerza del instinto que ordena a las madres cuidar de su descendencia. Pero en ninguno de estos dos ejemplos (u otros casos similares que sin duda habrá) actúa la evolución contra sus propios “fines”, sino por el bien último de la transmisión genética.

Los anticonceptivos, en cambio, nos permiten eludir por completo y con gran despreocupación el resultado de la conducta a la que el instinto sexual nos empuja, de modo que hacen posible darle jaque mate al mecanismo reproductivo que la evolución determinó hace ya millones de años. Por eso son algo tan extraordinario, una verdadera bomba en los cimientos mismos de la genética.

Que el advenimiento de la píldora vaya a suponer la extinción de Homo sapiens es algo que se me antoja muy improbable, por razones que al final diré, pero lo que me parece casi inevitable es que el número de seres humanos sobre la Tierra vaya a experimentar durante los próximos siglos un decrecimiento inusitado; y si esto no sucede antes no será gracias a nuestro instinto, sino por razones que sólo residen en nuestra psique.

El deseo de tener hijos

Nuestra especie es la más compleja que haya habitado este planeta, ya que a su dimensión biológica —connatural a todos los seres vivos— se superponen otras dos que le son exclusivas, a cuál más difícil de analizar y comprender: una sociocultural y otra psíquica. Miles de textos se han escrito sobre tales temas y yo soy el menos indicado para abordarlos, pero parece ser que nuestra inclinación ancestral (si bien cada vez menos frecuente) a fundar una familia —o, al menos, a tener descendencia— no es más que un fenómeno social y cultural, una “inercia” mental adquirida tras incontables generaciones que han venido haciendo eso mismo, sin cuestionárselo, desde tiempo inmemorial, pero que no debemos confundir con un instinto. Ancestral no equivale a instintivo.

La humanidad ha venido teniendo descendencia desde sus orígenes por la simple razón de que tal era el orden natural de las cosas. No resulta fácil imaginar al hombre medio del paleolítico planteándose ninguna alternativa. Naces, creces, te reproduces y mueres; así era la vida hasta anteayer, como quien dice, y no podía ser de otro modo. Incluso hoy en día una buena parte de la población mundial, aún piensa en esos mismos términos. Pero desde el invento de la píldora este panorama ha ido cambiando; muy lentamente al principio, aceleradamente después, a medida que tomamos conciencia de la bicoca que supone poder compatibilizar el sexo con el principio del mínimo esfuerzo, o sea, con vivir del modo más cómodo posible a costa del mínimo esfuerzo. Hasta hace poco, todo el que deseara aparearse (¿y quién no lo desea?) tenía que renunciar, salvo excepciones, a la vida muelle, despreocupada y sin ataduras que permite la soltería. Pero esta renuncia ya no es necesaria; ya no hace falta sacrificar una serie de placeres y ambiciones al cuidado de la progenie. De hecho, cada vez será más común preguntarse por qué mucha gente sigue queriendo tener hijos, en lugar de preguntarse por qué mucha otra gente ya prefiere no tenerlos.

Para no entrar en una digresión, que podría ser larguísima, sobre la historia de la institución familiar en las sociedades humanas, diré simplemente que, en la actualidad, las razones más comunes para fundar una familia o tener descendencia pueden encuadrarse en las siguientes clases:

  1. psicológico-afectivo-emocionales
  2. religioso-espirituales
  3. político-filosófico-tradicionales
  4. económicas

Bajo los del primer tipo subyace, en esencia, la idea de que los hijos cumplen una función afectiva; que sirven a nuestra necesidad de dar y recibir cariño y contribuyen a nuestra estabilidad emocional. Sin embargo, no hay estudios concluyentes que respalden tal idea. El balance final entre las alegrías y los disgustos que la familia nos causa arroja resultados dispares entre distintas sociedades o grupos de individuos; lo cual no es de extrañar, pues al fin y al cabo el amor paternofilial puede entenderse como un constructo psicosocial, fuertemente condicionado por costumbres y expectativas culturales. Cada persona y sociedad entienden ese amor de un modo diferente, y lo que en él pueda haber de connatural es más bien consecuencia del instinto maternal; es decir, que no se trata de un amor “preexistente”, latente, en espera de que nazca un hijo para “cristalizar” sobre él so pena de algún trauma, sino que surge como resultado de los cuidados que le prodigamos desde que nace. Pero si es cierto que tenemos una necesidad psíquica afectiva, nuestros vástagos no son los únicos que pueden satisfacerla, y hasta es probable que ni siquiera sean los idóneos. Con frecuencia, amigos, parejas u otros parientes cercanos sirven mejor a tal objeto. De hecho, si tan relevante fuera dicho papel de la descendencia, quizá no habría tantos matrimonios que se conformasen con exiguas familias del tipo postmoderno; en las que, por cierto, a menudo ese amor por el vástago único se vuelve obsesivo y perjudicial.

Algunos estudios relacionan la felicidad con tener descendencia, y otros con no tenerla. El factor determinante parece ser el entorno. Hay sociedades más volcadas sobre la institución familiar, y otras menos. Pero la tendencia reciente en casi todas las culturas es el individualismo, consecuencia tal vez del declinar de la espiritualidad al que la ciencia y el conocimiento nos conducen; y no me parece probable que este proceso sea reversible, dado que ciencia y conocimiento rara vez retroceden. La proporción de personas que nunca llegan a procrear o que sólo tienen un hijo (insuficiente para mantener la tasa de reposición) aumenta a marchas forzadas a nivel mundial.

En cuanto a los factores del segundo grupo, los religiosos, pueden resumirse en el mandato bíblico de tener progenie: “Creced y multiplicaos”. Según ciertas creencias monoteístas, tal es nuestra obligación porque así lo ordena el dios de turno, y pese al claro retroceso de la fe frente al ateísmo, sigue habiendo gente que aún obedece esa supuesta voluntad divina y no interpone obstáculos (químicos o físicos) a la fecundación. Pero esta motivación religiosa está cambiando con rapidez incluso en culturas muy creyentes, como la musulmana, donde las tasas de natalidad han decrecido ya de manera notable. Francamente, cada vez quedan menos “entusiastas” que se dediquen a procrear por mandato divino, y no han de faltar muchas décadas para que ese tipo de personas sean una mera anécdota. Más aún: los dioses, desterrados por la ciencia, serán un día considerados como una superstición trasnochada, cosa primitiva, igual que ya nadie en su sano juicio piensa que los relámpagos o los eclipses están provocados por la ira celestial.

La tercera clase de motivadores engloba las ideas de transcendencia personal y continuidad de los pueblos. En cuanto a la primera, me temo que esa noción de que los hijos son una forma de inmortalidad, una manera de dejar aquí algo nuestro cuando nos vayamos, de no desaparecer completamente tras la muerte, de continuar vivos en la sangre o en la memoria de nuestra progenie, está mucho más arraigada de lo que algunos ateos y agnósticos están dispuestos a reconocer, ya que encierra cierto “misticismo” que ellos rechazan y del que se piensan a salvo. Rechazo comprensible, por otra parte, porque es en verdad muy difícil —sobre todo para quienes, habiéndose educado en algún tipo de fe, han llegado a la incredulidad ya como adultos— asumir y aceptar por completo que más allá de la vida no hay absolutamente nada —por mucho que la razón así lo sostenga— y que la muerte es también el fin del mundo para el fallecido (ya que “el mundo” reside sólo en nuestra mente). Pero quizá, con el paso de los siglos, estas ideas de la transcendencia acabarán igualmente abandonadas. El conocimiento, inclemente, desplaza con fuerza a lo metafísico. Tal vez llegue el día en que casi toda la población del planeta viva en el más completo nihilismo existencial y pueda asomarse al abismo del absurdo (que explicaba Camus) sin pagar por ello con el desasosiego emocional; y entonces la transcendencia también dejará de ser un incentivo procreador.

Otro tanto puede decirse respecto a la continuidad de los pueblos, etnias o culturas, en nombre de la cual aún quedan muchos ciudadanos dispuestos a tener descendientes. Pero esta idea nacionalista ya ha comenzado a perder adeptos y seguirá haciéndolo gradualmente según el globalismo —pese a su falsa “multiculturalidad”— avanza. Me parece loable que haya quienes deseen preservar, para las futuras generaciones, sus costumbres e incluso su raza, pero debo admitir que se trata de una meta inviable a largo plazo (amén de un poco chovinista), puesto que caminamos de cabeza hacia una “aldea global”, un mundo homogéneo, cada vez más pequeño, donde apenas haya diferencias culturales entre unos lugares y otros. Igual que, durante cierto período de la historia humana, las migraciones y presiones demográficas significaron la mezcla de pueblos, razas y culturas a nivel regional o continental para dar como resultado unas nuevas, menos numerosas y variadas, ahora los medios de transporte y comunicación permiten que suceda lo mismo a nivel mundial, de modo que llegará el momento –del que acaso no estemos muy lejos– en que todos los humanos del planeta sean físicamente más parecidos entre sí, y muy semejantes en valores y conductas: una única civilización Pangea. Y entonces también la motivación individual para perpetuar la cultura propia a través de los hijos habrá desaparecido.

El cuarto incentivo, el económico, es aún relativamente frecuente en países menos desarrollados, donde se espera que los hijos, que durante su primera edad suponen para los progenitores una considerable inversión en recursos y energía, contribuyan después al mantenimiento y cuidado de sus padres. Pero esta motivación, claramente interesada por ende, va perdiendo peso según los gobiernos van estableciendo ayudas y subsidios, o creando residencias para ancianos. De hecho, estas “mejoras sociales” han jugado un papel crucial en los muy cristianos países occidentales, de suerte que cada vez menos gente cuida personalmente a sus mayores cuando envejecen; y no encuentro ninguna razón de peso por la que no vaya a suceder otro tanto en Iberoamérica, África u otras regiones del globo que aún no disponen de los recursos suficientes, pero que los tendrán, para implementar similares políticas.

Habrá quien aduzca, tras leer estos últimos párrafos, que me he dejado atrás una razón fundamental para tener hijos; a saber: la de que ayudan a darle sentido a nuestra vida. Pero dicha proposición es un poco vaga y, además, conduce a un razonamiento insoluble, cuando no a un dilema ético. Para resolver lo primero, su vaguedad, se impone contestar a una pregunta: ¿Cómo, de qué modo concreto contribuyen los hijos al sentido de la vida de sus padres? Y al buscar pisibles respuestas vemos que, de un modo u otro, éstas pertenecen a alguno de los grupos ya analizados. Pero el aspecto más débil, con mucho, de esa proposición es el segundo: si necesitamos hijos para darle sentido a nuestra vida, ¿qué le dará sentido a la suya? ¿Tendrán que ser, a su vez, padres cuando les llegue el turno? Por un lado, este argumento nos aboca a una infinita sucesión de generaciones sin más sentido que darse continuidad a sí misma, lo cual es del todo absurdo. Por otro, quien de verdad crea que los hijos son el principal sentido de su vida estará obligándolos a ellos a escoger, en su día y quizá a su pesar, entre convertirse en padres o vivir una vida sin sentido, lo cual no parece muy ético. En cualquier caso, es probable que la mera cuestión del sentido de la vida deje de tener relevancia en el futuro, pues como ya queda indicado —y cada vez más personas así lo entienden— la vida es una mera contingencia sin sentido propio (como lo es el propio Universo); y pienso que esta incontestable realidad puede acabar siendo, tarde o temprano, de general conocimiento. El hombre del futuro tendrá forzosamente que sucumbir a ella y aprender a aceptarla.

El hombre del futuro

Así, según mi análisis, las principales razones para fundar una familia irán poco a poco perdiendo pujanza frente a las de vivir conforme a la hedonista, epicúrea y sensual vida que la píldora ha puesto al alcance de nuestra especie, y que resultará en un extraordinario descenso de nuestra población sobre la Tierra.

Estas reflexiones mías no pretenden, ni mucho menos, ser proféticas. Mil acontecimientos diferentes en el decurso de los próximas eras pueden venir a anular o incluso revertir alguno de los factores aquí apuntados, de modo que la actual tendencia se lentifique o estanque. Puestos a imaginar, ya no es impensable, como lo era hasta hace poco, el surgimiento de ese Homo deus al que se refiere Yuval Harari, ni que la inteligencia artificial llegue a interferir en nuestro destino. Tampoco se puede descartar un cambio evolutivo que dé lugar a una nueva especie de homínido, un hipotético Homo procreator cuyos genes “corrijan” el fallo involutivo que ha supuesto la invención de esa auto-zancadilla llamada píldora. ¿Quién sabe? En cualquier caso, y aunque sólo sea por una razón puramente “mecánica”, es casi imposible que la pastilla mágica lleve a una extinción total de la humanidad: mucho tiempo antes de que en el mundo queden sólo un puñado de hombres, ya no habrá nadie que esté en disposición de fabrica anticonceptivos. Hay un umbral mínimo de población por debajo del cual la tecnología actual colapsaría, aunque quizá no pueda decirse lo mismo respecto a la tecnología del futuro, acaso dominada por autómatas, ya que si algún día éstos toman las riendas cualquier pronóstico presente sobre lo que pueda ocurrir después habrá resultado totalmente estéril; y si llega ese día, ¿soñarán los androides con bebés eléctricos?

(Para verificar la validez de algunas de las aseveraciones hechas aquí me he servido, por comodidad, de la IA. No obstante, yo mismo no me fío mucho de la IA, ya que está programada para favorecer ciertas ideas sobre otras. Agradezco al lector que me proporcione enlaces a información veraz que contradiga lo que he escrito, en todo o en parte.)
Publicado en Pensamiento | Deja un comentario

Los niños del paraíso. Una reseña.

(No contiene spoilers)

Los niños del paraíso (Les enfants du paradis) es una obra maestra del cine que, sin embargo, no estoy seguro de recomendar a todo el mundo.

Se trata de una película francesa del año 1945, en blanco y negro, dirigida por Marcel Carné, con guión del poeta Jacques Prévert y encuadrada, según los entendidos, dentro del “realismo poético”. Su título hace referencia a los pobres que ocupaban los asientos del paraíso (el gallinero) en las salas de teatro. La acción transcurre en el París de 1820 y hace alusión a algunos personas reales de aquella época, así como a compañías del mundo de la farándula, en torno al cual gira toda la historia, que no obstante es ficticia. En cierto modo, se trata de un homenaje al teatro, y las obras de las que se representan algunos fragmentos están ligadas a la narración.

El argumento es coherente y creíble, sin más que alguna coincidencia dramática, lícita –o incluso necesaria– en una película de este estilo.

Garance es una bella, inteligente y pragmática mujer de moral ligera y laxos escrúpulos, asociada ocasionalmente con Lacenaire (personaje histórico), un criminal que hace gala de un repugnante cinismo y que presume de orgulloso. Un día ella conoce a Frederick (histórico), un petulante, oportunista e insolente cómico al inicio de su brillante carrera artística, y a su compañero de pensión, el retraído y romántico Baptiste (histórico), un mimo de gran talento pero aún poco valorado. Ambos se sienten atraídos por Garance, cada uno a su modo, pero será el despierto Frederick quien se la lleve al huerto, mientras Baptiste queda rumiando su timidez, sumido en una duradera tristeza y despreciando el profundo, firme y patético amor de Nathalie, una actriz de segunda que trabaja en la misma compañía que él, Les Funambules (histórica). Poco después se nos presenta al conde de Montrey, un caballero algo frío que también se prenda de la protagonista y le promete una vida de lujos a cambio de desposarlo. Relacionándose con unos y otros aparece a menudo el ubicuo Jéricho, el de los mil motes, un repulsivo y grotesco receptador siempre dispuesto a ganarse una comisión por cualquier trabajo sucio o innoble.

Entre todos ellos reúnen un largo catálogo de vicios y defectos, como una obra de Shakespeare que compendiase pecados y flaquezas a tutiplén: iniquidad, envidia, celos, traición, desfachatez, resentimiento, soberbia… Y con estos ingredientes la película narra las vicisitudes y sinsabores de sus poco virtuosos personajes. Pese a las tres horas largas que dura la cinta, mantiene todo el tiempo la atención del espectador. Incluso las escenas de teatro, en las que algunos de los protagonistas ejercen su oficio de comediantes, están hábilmente integradas en el relato, del que forman parte simbólica.

Los diálogos son en su mayoría brillantes: ágiles, ingeniosos, profundos, metafóricos, lacerantes… Sin una palabra de más ni una de menos, son tan elaborados que resultan inverosímiles, ya que es casi imposible que tantas personas juntas hablen con tanta agudeza todo el tiempo; y aunque está claro que se trata de una licencia de dramaturgo, pueden llegar a resultar un poco irritantes.

La interpretación de los actores es, a mi juicio, muy buena, y aunque a veces pisan el terreno de la afectación, cabe pensar que no es por sobreactuación, sino por voluntad del director, dado que se trata de una historia sobre el teatro. De hecho, la actuación parece pensada para subrayar al máximo el lado más antipático de cada personaje, en especial la protagonista, Garance, cuya inexpresividad llega a hacérsele a uno impertinente. Aquí, no obstante, como en casi cualquier película, es lícito preguntarse cuánto el guión y el director condicionan a los actores y cuánto éstos imponen su carácter a los personajes. ¿Resulta Garance flemática y fría porque así se lo han indicado a la actriz, o porque ésta es incapaz de comunicar mayor calidez y viveza? Y otro tanto puede decirse de los demás. Esta es una cuestión que nunca me queda clara en las artes dramáticas. Tendría uno que ver varias obras de un mismo actor para saberlo, pero ninguno en esta película me es conocido.

En cuanto a la escenografía, tampoco se queda atrás. Es descriptiva y adecuada, los decorados y exteriores están dispuestos con buen gusto, contenidos pero gráficos, sin elementos que distraigan la atención. Además, no hay escenas de gratuitos desnudos, ese detestable recurso cinematográfico. Del vestuario no puedo hablar porque no sé qué ropas se usaban en aquella época y lugar, pero yo lo encuentro bastante apropiado, llamativo pero sin estridencias.

En resumidas cuentas, tengo la impresión de que se trata de una obra de arte; y, no obstante, resulta un poco turbadora, un sí es no es desagradable. Ningún protagonista se hace del todo simpático, y más bien causan franca repelencia, aquejados como están todos de alguna o varias desagradables flaquezas. La historia, además, pesimista más que realista, y dudosamente poética pese a lo que digan los entendidos, se empeña en mostrar los aspectos menos halagadores del ser humano. En cualquier caso, es sin duda una película inolvidable; redonda, desconcertante y magnética; tal vez un must para cinéfilos; pero de ella no puede decirse que sea bonita.

Publicado en Crítica | Deja un comentario

Probando el cine iraní, para variar

Los carteles de cine están pensados para ser muy descriptivos: en una única imagen tratan de mostrar lo mejor posible el tipo de historia que el espectador potencial puede esperar de la película.

En lo que respecta al cine iraní, mi plataforma online sólo ofrece 25 películas de ese país (todas ellas recientes), cuyos carteles muestran imágenes con los siguientes contenidos:

  • Niños (6)
  • Hombres + mujeres (7)
  • Sólo hombres (3)
  • Sólo mujeres (8)
  • Otros (1)

De manera que, simplemente mirando a la cartelera, ya se ve con claridad que hoy en día el acento se pone sobre relatos cuyo protagonista es una mujer; de hecho, la preponderancia de mujeres en los carteles de cine no se limita a Irán, sino que es generalizada; de lo cual pueden sacarse varias inferencias, no mutuamente excluyentes:

  1. Una mayoría de las películas está dirigida a un público femenino o, cuando menos, “sensibilizado” por el feminismo.
  2. Se intenta transmitir la idea de que las mujeres son más importantes que los hombres en la sociedad y en la historia, o de que sus vidas son más interesantes o relevantes.
  3. Los cineastas hacen postureo ético de su progresismo o tratan de “compensar” el -hasta finales del siglo pasado- tradicional protagonismo de los hombres en el cine.
  4. Sólo las películas con algún mensaje feminista o woke llegan a abrirse camino hasta los mercados occidentales.

Como digo, este panorama no es, ni mucho menos, exclusivo del cine persa; pero en este caso lo encuentro más revelador porque Irán se ha incorporado al wokismo sólo recientemente, de modo que uno esperaría -equivocadamente, al parecer- que sus cineastas mostraran una sociedad más conservadora. Pero, por desgracia, no es así: la financiación institucional y la maquinaria propagandística han logrado que la ideología liberal impregne casi todas las sociedades; y las musulmanas no son ninguna execepción.

De todas formas, en mi cruzada para encontrar cine exento de mensajes woke he pensado que valía la pena ver algunas pelis iraníes, así que escogí 7 de entre las 25 disponibles en mi plataforma. Ahora, después de verlas, me pregunto hasta qué punto la imagen del Irán actual que muestran se corresponde con la realidad. Por ejemplo, me ha llamado la atención el equiparable protagonismo de hombres y mujeres en la sociedad persa, que no sé si se acerca a la verdad, o la inevitable presencia, cómo no, de algún que otro homosexual.

He aquí una breve evaluación de las películas analizadas:

Las sombras persas (2022, Mani Haghighi)

https://m.media-amazon.com/images/M/MV5BNjU3ODEzZDgtYTE3Yy00ZDUyLWI1ZDgtMmQ3MzBlNTYxODc5XkEyXkFqcGdeQXVyMTAyNDg0Njk1._V1_.jpg

Es la historia de un matrimonio que, por casualidad, se cruza en su vida con otro matrimonio de clones mutuos: ambos maridos y ambas esposas son casi réplicas respectivas (pero no se trata de mellizos). La coincidencia es, desde luego, del todo inverosímil, por no decir casi imposible. Para hacerse una idea, piénsese en la natural improbabilidad de que exista nuestro clon, multiplicada por la de que exista el clon de nuestro cónyuge, por la de que ambos clones también hayan formado matrimonio entre sí, y por último la improbabilidad de que nos crucemos con ellos casualmente. Aparte, las reacciones de los cuatro protagonistas de la película, tras producirse este increíble azar, se me antojan también poco verosímiles, obviamente forzadas por el guión para justificar el argumento.

Pese a ello, es una peli entretenida y original.

Elementos woke: parejas igualitarias; estilos de vida occidentales.

Los hermanos de Leila (2022, Saeed Roustayi)

https://m.media-amazon.com/images/M/MV5BM2QzNDUxMTUtYWI1ZS00MWUxLTk1MGQtYjlmNWUyYjdhZDRmXkEyXkFqcGdeQXVyMTM5NTczMjkz._V1_FMjpg_UX1000_.jpg

Leila ha dedicado todas su vida a sus padres y sus cuatro hermanos. Tras una crisis económica nacional, la familia se ve abrumada por las deudas, y Leila será la unica en mostrar la iniciativa y el coraje de idear un plan para sobreponerse todos a su apurada situación.

Es una historia tierna, fraternal y humana, bastante agradable de ver, que subraya la cohesión familiar y el apoyo mutuo.

Elementos woke: uno de los hermanos es marica; se critica la ciega fe del padre en convertirse en el patriarca de su clan religioso; victimización de la mujer; visión desdeñosa de las tradiciones y valores conservadores en Irán; solamente Laila, la única mujer entre los hermanos, tiene el carácter necesario para enfrentarse y desafiar el status quo.

A dragon arrives! (2016, Mani Haghighi)

https://i.ytimg.com/vi/GTtzOFxmnTs/maxresdefault.jpg

Es un thriller fantasioso un tanto absurdo que, a modo de falso documental, reimagina el pasado de Irán a través de fantasmas, arqueología y leyendas. La película tiene poco sentido, para mi gusto. Los elementos woke pasan casi desapercibidos.

El viajante (2016, Asghar Farhadi)

https://i.ytimg.com/vi/WlKN5PBVLN8/maxresdefault.jpg

En este drama de suspense, Emad y Rana, un matrimonio “moderno” y amateurs de teatro, se ven obligados a mudarse de piso cuando el edificio donde viven es declarado en riesgo de derrumbe. Sus vidas cambiarán de forma drástica tras trágico incidente con la previa arrendataria del nuevo piso.

La historia tiene gancho, es intrigante, está bien interpretada, y el argumento es consistente, sin fallos lógicos apreciables. Así que, en general, resulta una película muy entretenida de ver.

Elementos woke: crítica del conservadurismo y los prejuicios persas; victimización de la mujer; pareja igualitaria.

Un hombre íntegro (2017, Mohammad Rasoulof)

https://m.media-amazon.com/images/M/MV5BODMwOTAxZWItNTI0Ny00OWFmLWE0Y2EtNGZkZDNlY2I5NTQyXkEyXkFqcGdeQXVyNjkxOTM4ODY@._V1_.jpg

Quizá la mejor de todas, para mi gusto. Denuncia la corrupción que, por lo visto, permea la mayoría de las instituciones en el país. Cuenta la historia de un matrimonio, dueño de un criadero de peces de colores en una pequeña localidad, que ve su negocio e incluso su vida amenazada por una empresa, con importantes contactos entre las autoridades, que le quiere “comprar” su terreno.

Elemento woke: énfasis en el papel social y familiar de la mujer.

El perdón (2021, Maryam Moghadam)

Picture background

La protagonista es una mujer cuyo esposo fue ejecutado por un crimen que, según más tarde admitieron las autoridades, no había cometido. A partir de ahí, ella comienza una infructuosa lucha contra el sistema judicial, exigiendo no sólo una disculpa oficial, sino hablar personalmente con los miembros del jurado que condenó a su marido.

Es una película pasable, pero nada del otro mundo.

Elementos woke: crítica de la atrasada e “incivilizada” pena de muerte en Irán, frente a la ilustrada Europa; crítica de los prejuicios persas; victimización de la mujer.

Nader y Simin, una separación (2011, Asghar Farhadi)

https://avatars.mds.yandex.net/get-kinopoisk-image/1600647/7f8b64b9-9a7b-4363-96ea-7f202dfe45d2/3840x

Una excelente mezcla entre el melodrama familiar y el thriller judicial. Un matrimonio en proceso de divorcio se ve inesperadamente inmerso en una maraña de mentiras cuando la asistente a la que contrata el marido lo acusa de ser el causante de su aborto accidental. Describe muy gráficamente algunos de los aspectos más interesantes (al menos, para un occidental) de la sociedad iraní, donde a menudo la mentira es más grave que el perjurio: cómo se dispensa la justicia y la enorme importancia que tienen las creencias religiosas. Los elementos woke pasan desapercibidos.


En general, mi experiencia con el cine iranio ha supuesto un soplo de aire fresco en casa. Pese a los inevitables mensajes progresistas, los argumentos me han resultado novedosos, sin las situaciones tópicas a las que Hollywood nos ha acostumbrado, ni ese sentimentalismo dulzón tan empalagoso; y las interpretaciones son bastante buenas, sin los patrones de conducta estereotipados típicos en los actores occidentales. Además, no hay ninguna escena con innecesarios desnudos, un señuelo barato que desprecio profundamente. Así que he disfrutado este estilo.

En cambio, como ya  he mencionado, la sobreabundancia de tramas que giran alrededor de la mujer (y eso que he dado prioridad a las películas cuya sinopsis no habla exclusivamente de mujeres) es un poco decepcionante, clara muestra de una política institucional que favorece a los cineastas de la cuerda feminista, ya que de otro modo sería difícil creer que, en el lapso de apenas unos pocos años, al público le haya dado espontáneamente por interesarse por las vidas femeninas más que las masculinas. Y aunque pueda argüirse que los guionistas se limitan a expresar los asuntos que más preocupan a la gente, y que ellos no tienen la culpa de que el feminismo esté ahora de moda en Irán, mucho me temo que el orden causal es justamente el contrario: el público sólo puede ver lo que la cartelera ofrece, y se encuentra sometido, le guste o no en principio, a la influencia de tales guiones. Así es como artificialmente se crea, dirige o manipula la opinión de una sociedad.

Y resulta que Irán, pese a ser supuestamente el Enemigo Público Nº 2 de Occidente, o quizá por esto mismo, es objetivo de los laboratorios de ideas del globalismo tanto como cualquier otro país del mundo (salvo por muy raras excepciones como Corea del Norte, Cuba y tal vez China).

Publicado en Crítica | Deja un comentario

Cómo encontrar películas digeribles: un somero repaso del cine universal

(Foto: dreamstime.com)

Durante los últimos meses he estado peinando mi plataforma de cine online en una incesante búsqueda de películas sin contenido woke; e incluso, en la medida de lo posible, desprovistas de toda ideologización. Pero el paisaje es bastante oscuro, por no decir descorazonador.

Desde luego, es comprensible que el cine —como la literatura— juegue un importante papel en la difusión de ideas. Nada que objetar a eso. Mi crítica deriva del marcado sesgo de tales ideas, producto de un cine monopolizado, controlado o canalizado por un pequeño grupo de poderes fácticos (en buena parte integrantes, por cierto, de determinada insidiosa minoría) que, normalmente con algún objetivo egoísta o visionario, financia o patrocina sólo ciertas perspectivas o actitudes y dificulta o excluye la expresión de sus alternativas, sobre todo cuando se le oponen.

Así, por una parte, las industrias cinematográficas en el mundo dominantes producen casi únicamente contenidos que se ajustan a la ideología globohomo; y, por otra, cualquier obra verdaderamente alternativa que salga al mercado desafiando -o simplemente ignorando- ciertas “directrices” difícilmente llegará a los países bajo control woke, ya que las principales compañías distribuidoras censuran filtran dicho cine.

En concreto, desde más o menos la vuelta del milenio la mayoría de las películas que se abren camino hasta nuestras pantallas en Occidente están contaminadas con -por no decir que apadrinan sin tapujos- la deplorable basura progresista que padecemos hoy en día. Prácticamente casi todo lo que nos ofrecen desde hace dos o tres décadas contiene al menos, en mayor o menor grado, alguno de los siguientes elementos:

  • Ideología de género; homosexualidad en cualquiera de sus variantes; globohomo.
  • Aplauso del feminismo; empoderamiento de la mujer; devaluación de la figura del ama de casa; descrédito de la masculinidad; inversión de los papeles familiares tradicionales; predominio de protagonistas femeninos; menosprecio del matrimonio convencional.
  • Cultura woke; discriminación racista “positiva”; sobreabundancia de personajes de piel oscura en sociedades eminentemente blancas; sesgo racial (como el poli bondadoso o el juez comprensivo, usualmente negros en las pelis norteamericanas); welcome immigrants refugees; parejas interraciales (en las que normalmente ella es blanca y él moreno, no al revés); indigenismo; minorías “oprimidas”; multiculturalismo.
  • Las maravillas de la tecnología digital, la videovigilancia (una especialidad china) y la inteligencia artificial.
  • Elogio del agnosticismo; paternalismo -cuando no menosprecio- hacia los creyentes; ataques directos y a veces despiadados a las religiones monoteístas.
  • Veganos/vegetarianos; derechos de los animales; sostenibilidad; cambio climático.

Aparte de estas tendencias ideológicas reletivamente recientes (unas 2 ó 3 décadas) que han permeado casi cualquier obra audiovisual (anuncios inclusive) que podamos ver en Occidente, Hollywood en concreto ha sido, durante casi un siglo y en lo que respecta al aleccionamiento cultural, político o social, la fragua de cierto conjunto de mitos y relatos históricos distorsionados que se han vuelto dominantes en el mundo entero: la industria cinematográfica de Los Ángeles, la más efectiva y extensa factoría de propaganda jamás creada desde la aurora de los tiempos, ha logrado diseminar por todo el planeta su contenido imperialista y su supremacismo wasp (white anglo-saxon protestant, protestante anglosajón blanco); y la mayoría de sus producciones han subrayado o puesto sobre el tapete, de un modo u otro, al menos una de las siguientes ideas (la lista no es exhaustiva):

  • Los “americanos” son siempre más astutos y derrotan a los estúpidos indios, hispanos, alemanes, soviéticos…
  • Indiscutible superioridad del sistema democrático estadounidense; el destino manifiesto de USA, la nación imprescindible, el país más grandioso del mundo, salvador de la humanidad, hipócrita abanderado del falaz constructo llamado Derechos Humanos.
  • Victimización del pueblo judío; el holocausto; envilecimiento o caricaturización tanto del fascismo como del comunismo.
  • …

Y aunque acaso sea defendible la legitimidad que tiene una nación para reafirmarse o reforzarse a sí misma incluso a expensas de la verdad o la objetividad, tras medio siglo de abrumadora preponderancia del cine hollywoodense en las pantallas españolas un servidor ha quedado más que harto de su estilo y sus prejuiciados enfoques.

Por tanto, teniendo en cuenta lo anterior y de cara a incrementar mis probabilidades de encontrar películas honestas y digeribles en una plataforma de cine online, normalmente filtro los resultados por país y año de producción. A grandes rasgos, el método que empleo es como sigue:

Regla obligatoria nº 1: Nada de Hollywood. Como digo, estoy cansado de sus trillados sesgos. Demasiado bien sé lo que puedo esperar de esa factoría, sobre todo considerando en manos de qué grupo étnico-religioso está.

Regla nº 2: Empezar por países lo más alejados posible de la esfera de influencia (cultural o política) occidental, tales como Rusia, Turquía, Irán, Serbia, Japón, China (excluyendo Hong-Kong), India… Lo malo es que, de estos lugares, a Europa llegan muy pocas obras, y la mayoría de ellas (salvo el caso de Japón) se han filmado durante las últimas décadas, de modo que están afectadas -o infectadas- por las susodichas directrices woke. Incluso el cine ruso contempráneo se ha dejado influir fuertemente por la escuela hollywoodense de filmación. Hong-Kong es un caso curioso, porque esta polis tiene un pie en China y otro en Occidente (como cualquiera que la haya visitado alguna vez habrá podido comprobar); pero el cine hongkonés, aunque tiene buenas películas policiales y de acción, en general no es de mi gusto: lo encuentro sensacionalista, sus guiones no me enganchan y, por lo demás, copia (e incluso exagera) el estilo norteamericano. Así que, de entre los países mencionados, Japón es sin duda alguna la mejor alternativa que he encontrado: directores de la talla de Akira Kurosawa o Kenji Mizoguchi nunca me decepcionan.

Una vez procesadas las dos reglas anteriores, no queda más que el cine europeo e hispanoamericano, cuyos títulos son, en conjunto, los más abundantes en mi plataforma online. Lamentablemente, más de la mitad de ellos son pura basura progre; lo cual me lleva a establecer la regla nº 3: ordenar los resultados por año de producción en orden cronológico descendente. Esta regla es, sin duda, la más efectiva, ya que muchos de los filmes hasta —digamos— los años 90 son bastante aceptables; salvo, claro está, que tengan algo que ver con Da Holocaust, directa o tangencialmente; y es que quien no se haya tomado la molestia de llevar la cuenta o, al menos, anotar mentalmente ese detalle no podrá ni imaginarse la exagerada proporción de películas que hay relacionadas con el nazismo, o que de algún modo lo mencionen. Es increíble hasta qué punto incluso el más insospechado guión contiene alguna que otra referencia, por muy breve que sea, a los pobres judíos o al pérfido III Reich. Y esto me pone enfermo, porque se trata del relato más trillado —y no por ello el más cierto— de los registros de la Historia.

Un inconveniente menor de esta regla nº 3 es que rara vez consigo interesarme por las películas previas a -más o menos- mediados del siglo XX, quizá porque me encuentro ya demasiado alejado de las ideas y preocupaciones sociales de aquella época, y los temas que abordan no suelen llamarme la atención; aparte de que la calidad de vídeo de esas copias suele ser pésima.

De modo que, al final, la principal cantera de la que poder extraer películas digeribles (según mis criterios) es el cine europeo (más el japonés) de la segunda mitad del siglo XX. En particular, el francés y el italiano son tal vez los que mejor se adapten a mis gustos, ya que durante varias décadas (hasta que llegó la progredumbre) han producido buenas obras y su escuela de actución ha sido impecable. También entre las españolas hay algunas excelentes, aunque escasas, realizadas antes del advenimiento de la llamada “democracia”, pero entre el destape y el revanchismo posfranquista se descojonó cualquier posibilidad de desarrollar esa calidad, y el posterior aterrizaje de lo woke acabó de rematar la creatividad u originalidad de mis compatriotas. Por último, no puedo dejar de mencionar a los casi desconocidos pero excelentes directores independientes Aki Kaurismaki (finés) y Costa Gavras (griego).

En conclusión, para un soplo de aire fresco en el hogar, sugiero a cualquier lector cuyos gustos -y desagrados- coincidan con los míos que tenga en cuenta mi sistema de selección y pruebe algunas de las entretenidas, interesantes, didácticas y agradables pelis europeas o japonesas previas al globalismo y alejadas del pensamiento único. Son demasiado numerosas para relacionarlas aquí y, de todas formas, no es ése el objeto de este artículo. Basta con tener presente que, cuanto más se acerque uno al cine actual, exponencialmente menores serán las probabilidades de encontrar cine más o menos honesto y libre.

Publicado en Crítica, sociopolítica, Usuario y consumidor | Deja un comentario

“El ruiseñor errante”, o cómo hacer buen teatro

Realizada en Japón en el año 2016, esta obra del director Hidenori Inoue, con guión de Yutaka Kuramochi -nombres que a la inmensa mayoría de occidentales no nos dirán absolutamente nada-, es una de las producciones teatrales más atractivas que he visto últimamente. No se trata de teatro llevado al cine, sino de la filmación cinematográfica de una representación real, donde las cámaras atraviesan con frecuencia la cuarta pared y nos permiten ver a los espectadores en la penumbra de la sala, los focos que iluminan el proscenio, u otros detalles más o menos secundarios del tinglado teatral, de modo que el televidente se convierte a su vez en privilegiado espectador de la obra.

En cuanto a su género, o subgénero, se me hace que este drama no encaja bien en ninguno de los habituales, ya que, aunque combina elementos trágicos con unos cuantos buenos golpes de humor y otras tantas escenas conmovedoras, no se trata de una tragicomedia al uso; pero tampoco es tragedia ni comedia pura. Si hubiese que acuñar una nueva expresión para definirla, quizá sirviese la de “tragedia de enredo y amor”.

La acción transcurre en el Japón medieval, a fineles del siglo XVIII, y el argumento es, en líneas generales, extremadamente simple: cuenta la clásica historia del bandido de corazón noble que, a partir de un robo del que sale muy malherido, promete al hombre que lo salva enderezar sus pasos y convertirse en una persona honrada. Ahora bien: a partir de ahí el guión se ramifica en varias tramas secundarias más o menos intrincadas, involucrando a una serie de interesantes coprotagonistas. Pero no es en absoluto un guión complicado: se sigue con facilidad y, además, tiene la rara virtud de no adolecer de ningún fallo argumental: una vez aceptamos la integridad moral del personaje principal, la fantasiosa -y mítica- destreza de los samurais con la katana y la licencia narrativa de un personaje de ultratumba (elementos, por lo demás, corrientes en la tradición nipona), todo sucede de manera perfectamente lógica y racional. En esta ocasión no voy a destriparle al lector el nudo ni el desenlace de la obra. Baste añadir que presenta otros ingredientes característicos de la cultura narrativa clásica del Japón, muy románticos todos ellos, como las deudas de honor, la lealtad o el cumplimiento de las promesas. Aparte, tiene la valiosa virtud de no contener desnudos, que son el recurso facilón con que el cine contemporáneo -y a veces también el teatro- suele intentar compensar, para atraer más audiencia, su falta de calidad.

Huelga decir, además, que la historia no contiene el menor asomo de basura woke: es 100% ‘antiguo Japón’, desprovista de cualquier mensaje ideológico progresista. Toda una delicia para quienes nos mantenemos en guardia contra la ubicua propaganda globohomo.

De la puesta en escena me han llamado especialmente la atención el original escenario en forma de L, la disposición y dinamismo de los cambiantes decorados, los “efectos especiales” (factibles sólo en una sala de teatro moderna y bien equipada) y la selectiva iluminación mediante un colorido juego de luces dispuestas con gran acierto, entre las que destacan, por ejemplo, los momentáneos destellos rojos que se proyectan sobre los actores alcanzados por un golpe de katana (una forma elegante, sencilla, llamativa y eficaz para representar la sangre), o el foco azulado con que, para transmitir una sensación de incorporeidad, es iluminado el fantasma. También el atrezo ha sido preparado con un cuidado exquisito.

En cuanto a la interpretación de los actores, la he encontrado bastante buena y muy en su sitio, teniendo presente que, por tratarse de teatro, la declamación, gestos y expresiones han de ser por fuerza más exagerados que en el cine.

Quizá la única prevención que me permito hacer al lector interesado en ver esta proyección sea la de no dejarse desanimar ni por su escena inicial, que parece anunciar una de esas increíbles y ridículas historias orientales de ninjas (y confieso que yo mismo, sin imaginar lo que me habría perdido, estuve a punto de desistir al cabo de los primeros minutos), ni por sus tres horas de duración, ya que la obra mantiene nuestra atención en todo momento gracias a su originalidad y atractivo, tanto argumental como visual, sin olvidar los ocasionales golpes cómicos. De hecho, me parece una opción ideal para una de esas tardes desapacibles en que no le apetece a uno salir de casa.

El ruiseñor errante es, en resumidas cuentas, una producción redonda y muy agradable de ver; impactante a su modo; y no creo ponderarla demasiado si la califico, además, de inolvidable, sobre todo por lo novedosa que resulta.

Publicado en Crítica | Deja un comentario

Lo ocurrido en Siria puede pasarle pronto a Rusia

En este artículo aparecido el día 11-12-2024 en el blog de Substack The Slavland Chronicles, su autor nos conmina a entender lo que ha sucedido en Siria como ejemplo de lo que podría ocurrirle también a Rusia. Ofrezco aquí su traducción, ligeramente resumida.


Comprender lo de Siria nos ayuda a entender lo que pronto le ocurrirá a Rusia

Putin va a compartir el mismo destino que Assad… aunque él puede que tenga que huir a Pionyang

Para empezar, he aquí algunas opiniones de los disidentes patrióticos en Rusia, una comunidad a la derecha del Kremlin con un buen historial de aciertos.

Moscú — Tercera Roma (ortodoxos cismáticos)

TRIUNFO DEL SULTÁN TURCO… Putin ha perdido contra Erdogan en toda ocasión y lugar.

El presidente de Turquía dijo en un encuentro con jóvenes en Gaziantep que quedan dos líderes en el mundo con una larga experiencia en política: él y Vladimir Putin:

“Ahora mismo somo los dos líderes mundiales. Ahora sólo quedamos Putin y yo. No lo digo por ser yo, pero llevo en el poder 22 años. Putin lleva casi otro tanto. De momento, por supuesto, el proceso diplomático continúa. Espero que podamos continuar con estos diálogos.”

Pues sí, debemos otorgarle reconocimiento al creador de planes astutos: durante su gobierno ha logrado perder frente a Turquía en todos los aspectos.

Con Erdogan, Turquía ha pasado de ser un subordinado miembro de la OTAN con problemas económicos eternos y una inacabable guerra con los curdos, a una potencia regional de primer orden.

Bajo la apariencia de colaboración y diálogo con Putin, Erdogan nos ha expulsado del sur del Cáucaso: tras el triunfo de Karabaj, Azerbayán ya es como otra provincia turca, Armenia le dijo adiós a Moscú y dejó la CSTO (Organización del Tratado de Seguridad Colectiva), y Georgia y Abjasia están bajo la vigilancia económica y geopolítica de Ankara. De Asia Central ya ni hablamos: ha caído por completo en la órbita de USA, Reino Unido y Turquía bajo el marco del proyecto “Gran Turán”.

Ahora el sultán turco nos ha expulsado de Siria, tiene en sus manos el destino de nuestro grupo sirio y se ha hecho con una efectiva palanca de influencia en Moscú.

Peor aún: el proyecto turco ya ha penetrado en suelo ruso y está reforzando sus posiciones en las regiones musulmanas de nuestra Madre Patria. A juzgar por lo abierta y agresivamente que avanza la islamización de Rusia, está claro que Moscú cuenta con unirse a este proyecto como socio menor y fuente de recursos naturales, cosa habitual para la “élite” rusa.

En su opinión, ya no queda nada para la Rusia liberal: Occidente le dio una patada en el trasero y cerró el abrevadero del gas, mientras China está retorciéndole el brazo al tirar por los suelos los precios de los recursos naturales rusos. Es posible que, al menos, le den un lugar en el “Gran Turán” y al mismo una puerta trasera hacia Occidente…

Este es el precio de la traición a la Primavera Rusa y la deliberada destrucción, en 2014, del proyecto ruso para el resurgir de una gran potencia independiente.

¡Señor Jesucristo, concédenos un zar victorioso, la liberación del yugo judío y la victoria sobre el ejército del diablo!

Katyusha (ortodoxos comunistas)

Ayer hubo un aaque terrorista en el centro mismo de Donetsk (https://t.me/regnum_na/66607). Volaron un coche en el que viajaba uno de los principales representantes de las fuerzas del orden. Él murió y su esposa perdió una pierna y está ahora en Cuidados Intensivos. Los terroristas habían colocado explosivos en los bajos del vehículo.

La cabeza de este hombre tenía puesto precio en Ucrania, donde lo acusaban de la muerte de “prisioneros de Azov” cuando éstos fueron bombardeados por misiles ucranianos. Ésa es su lógica. Y se han librado de él.

¿Y a quién puede asombrarle? Los agentes del enemigo matan tranquilamente a nuestras fuerzas de combate en ciudades rusas (https://t.me/putnik1lv/8973) y Zelenski amenaza abiertamente a Putin cuando dice que “…quizá Ucrania tenga que dejar vivo a alguien en Moscú para conseguir todos sus objetivos.”

No hay nada sorprendente en todo esto. Los banderitas (seguidores del nazi Stepan Bandera) circulan por ahí tranquilamente y no temen ser capturados.

Zergulio (veteranos Z)

Y he aquí, de hecho, una de las claras lecciones de Siria (https://t.me/rsotmdivision/23616). Miles de columnas de soldados del ejército sirio huyendo cobardemente tras abandonar sus posiciones, armas y equipos.

No son los terroristas los que han acabado con Siria, sino las inacabables mentiras a todos los niveles.

A Bashar al-Assad probablemente lo informaban las 24 horas de que el ejército estaba contento con todo y bien provisto, de que la población era feliz y de que el electorado lo apoyaba al 99%. Como resultado, se intensificó la persecución de los disatisfechos y aumentó el nivel de mentiras. Y así año tras año. Cada vez había menos disidentes que hablasen abiertamente sobre lo problemas.

Y así aparecieron dos Sirias: una virtual y una real. En la primera, todo iba bien, los terroristas eran derrotados, las perspectivas de desarrollo eran óptimas. En la segunda, todo estaba pudriéndose y tambaleándose, y bastó una patada para tirarla por los suelos.

Las autoridades sirias se mintueron demasiado a sí mismas y mutuamente. Como resultado, perdieron todo contacto con la realidad, con lo que estaba ocurriendo “sobre el terreno”.

Se trata de una lección importantísima para todo el mundo, no sólo para Rusia. Pero nosotros, dado nuestro enfrentamiento a USA y la OTAN, deberíamos erradicar tales males y mentiras con especial encono. Su existencia es real. Ahí están los proyectos nacionales “Recuperación del Volga” y “Protección de Baikal”, o los grupos ucranianos de reconocimiento y sabotaje “vencidos y expulsados” en la región de Kursk el 6 de agosto, ¿recuerdan?

Volviendo a Siria, en semejante situación, objetivamente, ni Rusia, ni Irán ni nadie podía hacer nada. El ejército sirio a principios del 2024 tenía supuestamente 130.000 efectivos, con equipamiento, artíllería, defensa aérea y aviación. En realidad había cero.

Estos foros trazan paralelismos entre el gobierno potemkin de Assad y el de Putin. ¿Se ve a dónde apuntan?

Esta guerra en Ucrania es muy parecida a la situación en Siria. En realidad, la guerra siria se perdió en 2016. El gobierno de Assad era débil y tenía poco apoyo popular. Carecía de verdaderos aliados, de verdadera voluntad de resistir a Occidente. Es una situación casi idéntica a la del Donbass y el gobierno de Putin. No se puede ver lo débil que es la posición de Putin porque no ha habido ningún golpe de estado exitoso en Moscú y porque se produce propaganda triunfalista en masa diciendo que Rusia está ganando. El Kremlin acaba de soltar este pedazo de trola que lo demuestra. Aquí:

Principales comentarios de Sergey Naryshkin, director del SVR (servicio de inteligencia exterior de Rusia):

◻ En el medio plazo, Occidente puede intentar desatar un conflicto armado global con su epicentro en Eurasia;

◻ Occidente está listo para tomar medidas extremas para conservar su dominio;

◻ USA está perdiendo la inciativa en todos los frentes, desde Oriente Próximo hasta Asia y África, y está sufriendo indiscutidos fracasos en la esfera post-soviética;

Hizo esta afirmación dos días después de haber perdido a Siria.

Entretanto, Transnistria se deja abandonada, se producen disturbios en Abjasia, los georgianos están replicando en Tibilisi lo de Maidan, un oficial ruso es asesinado con una bomba en la ciudad de Donetsk, llueven misiles de la OTAN sobre territorio ruso, las FAU (Fuerzas Armadas de Ucrania) han cruzado las fronteras rusas de 1991, Finlandia se ha unido a la OTAN, Kazajstán odia a Rusia y una buena parte de los cortadores de cabezas que hay en Siria proceden de Uzbekistán.

Pero, al parecer, Rusia tiene a los anglosajones bajo control.

◻ Los anglosajones han tenido que recurrir al terror y a la eliminación física de sus enemigos, como lo muestra el intento de asesinato del Primer Ministro eslovaco, Fico;

◻ En cuanto a las amenazas contra Vucic y Orban: los anglosajones están atacando a los dinámicos líderes del emergente mundo multipolar;

Esta afirmación no es seria: Vuvic vende a Ucrania armamento serbio y aspira a integrarse en la OTAN.

◻ Según el SVR, la esfera post-soviética continúa siendo un objetivo prioritario para las agencias de espionaje estadounidenses y británicas.

Respecto a la Operación Militar Especial de Putin:

➖ Las fuerzas ucranianas están al borde del colapso;

➖ Rusia está a punto de lograr sus objetivos, y el ejército ruso tiene la iniciativa estratégica en todos los frentes;

Los objetivos de Rusia eran desnazificar y desmilitarizar Ucrania. Ninguno se ha logrado. Pero en fin.

➖ El régimen de Zelenski ha perdido por completo su legitimidad y, por tanto, su capacidad de negociación;

➖ Occidente planea combatir a Rusia hasta el último ucraniano y después obligar a los países bálticos, europeos del este y alemanes a continuar la lucha;

➖ Las futuras escaladas no conducirán al agotamiento de Rusia, como creen Washington y Londres, sino que más bien culminarán en la derrota estratégica del propio Occidente.

Sin embargo, fue el propio Moscú quien, hace dos o tres años, fue objeto de una OME (Operación Militar Especial) por parte de Prigozhin. Recordémoslo:

En 48 horas un grupo de 4000 hombres armados llegó al límite regional de Moscú. Más o menos el mismo número de tropas que, en principio, tomaron Aleppo. ¿Pensaba Prigozhin que con eso podía conquistar la ciudad entera al estilo sitio de Estalingrado? No; en lo que confiaba era que sus aliados se sumaran a la acción y que sus enemigos cambiasen de bando, al igual que ha ocurrido en Siria con todas las ciudades que se han tomado sin efectuar un disparo. La situación pendió de un hilo: ¿se alinearían las élites de Moscú con Prigozhin, o con Putin?

A día de hoy seguimos sin saber cuál fue el cálculo decisivo dentro del Kremlin. Al final Prigozhin logró cerrar un buen trato y conservar Wagner en lugar de tener que cedérselo a Shoigu (que fue la disputa original que causó el motín), pero Putin lo traicionó, renegó del trato y ordenó que lo mataran.

A lo que voy es a que la posición de Putin ya era, por entonces, precaria. Un capitán mercenario llegó hasta Moscú sin ninguna resistencia militar. Los soldados se retrajeron, los generales rehusaron bloquear las carreteras y los ciudadanos salieron a las calles de Rostov dando vivas. Lo que digo es que cuando llegue el fin de Putin también será rápido.

Al igual que con Assad:

  • El ejército odia a Putin y a su gobierno de cleptócratas (lea los canales de Telegram rusos si no me cree)
  • Cualquiera que tenga la más mínima ideología política en Rusia (estalinistas, nacionalistas, monárquicos, liberales… ¡todos!) odia a putin y a su gobierno
  • Una buena porción de las élites de Moscú forman parte de una Oposición Permanente prooccidental que quiere que se levanten las sanciones y está dispuesta a entregar a Putin para lograrlo
  • Putin está perdiendo esta guerra, y la está perdiendo del modo más chapucero y sangriento posible, y muchos rusos así lo entienden (es innegable que las FAU están en Kursk)
  • La economía está tambaleándose y los precios de todo están por las nubes; el rublo casi ha colapsado
  • El gobierno de Putin está importando decenas de millones de cortadores de cabezas de morolandia que serán usados como janisarios por el mejor postor

Lo único que hace falta para deponer a Putin es convencer a ciertos agentes secretos, como el mencionado Naryshkin, para que se libren de él. El asidero al poder que tiene Putin es a través de su FSB, que controla vastos sectores de la economía, mass media, delincuencia, redes clientelares, etc. La otra facción son los oligarcas, que tienen el resto de las cuotas del control en Rusia; y ya sabemos que muchos, si no la mayoría de los oligarcas quieren que Putin se vaya. Para que este potencial golpe de estado se convierta en un hecho basta con alguien del ejército, el FSB, o la oligarquía actúe contra él.

Entonces, una vez Putin haya caído, empezará la guerra civil en Rusia, como está pasando ahora en Siria. Lo cual llevará a la partición de Rusia cuando la cantidad suficiente de sangre se haya derramado. Y llegado el momento nos lo venderán como determinación nacional, liberalismo, anti-colonialismo o lo que sea. La estrategia de Putin era la de hacerse útil para Washington, pero parece que sólo ha sido capaz de ganar algo de tiempo, y no un billete para el club de la élite interior. Continúa siendo prescindible, aunque ha hecho un magnífico trabajo al preparar a Rusia para la disolución y la desintegración, al igual que hizo su anterior jefe de la KGB, Andropov, seguido por Gorbachev y Yeltsin, claro está.

La única razón por la que aún no se ha perdido la guerra en el Donbass, en mi opinión, es porque quienes la están llevando a cabo son eslavos, no árabes.

La CIA, el MI6, el KGB y el Mossad han pasado décadas promoviendo el resurgir del islam a partir de su casi extinción a la vuelta del siglo XX. Lo han hecho porque saben que el abrahamismo es una poderosa arma contra el nacionalismo, a su vez un sistema muy superior, que permite a las naciones resistir al globalismo judeo-protestante. Ahora usarán a estos seguidores de Abraham contra Irán, que es un país seglar (los persas, al menos, lo son) que se hace pasar por islámico porque la CIA colocó en el poder a los mulás para romperlo desde dentro. Cuando hayan acabado, enfocarán su atención sobre Rusia.

Publicado en Mundo eslavo | Deja un comentario