Reseña analítica de “La guerra”, de Balabanov

Teñida del pesimismo habitual en el cine de Balabanov, La guerra (Война, 2002) es una entretenida e instructiva película que pretende mostrar con plausible realismo, a través del relato del protagonista durante su encarcelamiento a la espera de sentencia, el ambiente anárquico e inmerso en corrupción donde se desarrolló el conflicto armado entre el ejército ruso y los secesionistas chechenos. Mientras que el liderazgo político de Moscú no parece tener muy claros sus propios objetivos ni hacia dónde camina, y sus cuadros militares y servicios de inteligencia actúan a menudo de forma irregular o arbitraria, cuando no plenamente ilícita, en Chechenia intentan tomar el poder los caóticos señores de la guerra, con sus feudos, clanes y mafias que, además, controlan el crimen organizado de esa región (“allí todos son mafiosos”, dirá Ivan). Pero tanto en un bando como en el otro las motivaciones personales son más de índole económica que política o ideológica, y casi todos los agentes buscan, ante todo, llenarse los bolsillos con cada oportunidad que se les presente.

La trama

Año 2001. En el escenario del segundo conflicto bélico en Chechenia, Iván es un joven sargento del ejército ruso, con dos años de servicio en el frente, que lleva varias semanas preso en una base de los “terroristas” (así consideró Rusia a los secesionistas que habían tomado las armas) en las montañas del Cáucaso norte a cargo del cacique local Aslan Gugaev. Tratado como un esclavo, según la costumbre musulmana para con los prisioneros, Iván comparte cautiverio con otros militares y civiles en condiciones deplorables, malnutridos, obligados a trabajar para sus captores haciendo toda clase de faenas, golpeados a diario y, en ocasiones, mutilados o incluso decapitados a capricho del jefe.

Un día los guerrilleros traen a su campamento a una pareja de artistas británicos (John y Margaret) que han capturado en Georgia con la intención de obtener un fuerte rescate por ellos. Al cabo de un mes, Aslan decide quedarse a Margaret como rehén y soltar a John para que reúna en Londres el dinero, concediéndole un plazo de dos meses. Al mismo tiempo libera a Iván, que habla inglés, con idea de que le sirva de intérprete al londinense hasta su entrega a las autoridades rusas y, de paso, para que intente agilizar con el Gobierno el canje de un sobrino de Aslan, a la sazón condenado por terrorismo, a cambio de otro prisionero de los chechenos, el capitán Medvedev. La liberación de Iván no es económica, sino puramente instrumental, como contará el sargento a una periodista: “Soltar a un soldado no es rentable. Pagan muy poco. En Shatoi hay un mercado donde se fijan los precios. Allí se compran y se venden rehenes, se encargan asesinatos… Es una mafia controlada por los chechenos”.

A partir de ahí la película describe las peripecias de John -fructuosas sólo a medias- para intentar reunir el dinero, pidiéndoselo a familiares y autoridades, así como el regreso de Iván, ya desmobilizado, a su ciudad en Siberia, donde no le resultará fácil adaptarse porque, tras su vida en el frente, se encuentra ahora desubicado en el mundo civil y además le cierran las puertas del mercado laboral porque quienes han combatido en Chechenia son vistos con desconfianza. De vuelta en Rusia con parte del rescate, John irá hasta Siberia para para ofrecerle una golosa gratificación a Iván si lo acompaña a Vladikavkaz para ayudarlo a recuperar a Margaret. El joven accede y se ponen en marcha. Sin la colaboración de las autoridades, intentan al principio echar mano de siniestros contactos que trabajan al margen del cauce oficial, pero pronto comprenden que esa vía, controlada por mafiosos, los aboca a ser estafados o incluso asesinados, así que finalmente deciden intentarlo por sí mismos. En este punto el guión se hace un tanto inverosímil, puesto que las argucias y la destreza empleadas para salvar los obstáculos -y la distancia- interpuestos entre ellos y la aldea de Aslan, así como para sacar de allí a Margaret y Medvedev, sin más ayuda que la de Ruslan, un pastor checheno al que toman cautivo, parecen propias de una entrega de Rambo; pero, aunque por último consiguen su objetivo, no será sin penosas consecuencias para Iván, que acabará acusado de graves delitos por la justicia rusa.

Análisis (contiene spoilers)

Argumentalmente es un filme consistente: tanto los personajes como las situaciones son, en general, creíbles, y parecen tener un sólido respaldo histórico, político y social: la mentalidad y actitud de la gente, los modus operandi del ejército, musulmanes chechenos, gobiernos y autoridades implicadas (rusas y británicas), la idiosincrasia de unos y otros, etc., son fáciles de verificar en diversas fuentes periodísticas e históricas.

John es el típico anglosajón que habla a todos en inglés como si estuviera en su país, sin considerar que en Rusia nadie tiene obligación de conocer ese idioma (característico supremacismo wasp); y también el típico occidental que, escandalizado por las barbaridades de la guerra, invoca sin cesar unos derechos humanos que sólo provocan la hilaridad, cuando no la ira, de sus captores. Así se nos da a entender, con manifiesto escepticismo, que en el conflicto checheno (y probablemente en la mayoría de escenarios bélicos) los crímenes de guerra fueron lo habitual y el respeto a las leyes la excepción. Por otra parte, aunque el guión nos lo presenta como un hombre no carente de coraje, su egoísmo e ingratitud eclipsan dicha virtud, pues en varias ocasiones pone en peligro a quienes lo ayudan -e incluso el buen término de la empresa- a causa de su empeño en grabar, con una pequeña cámara, todo lo que va ocurriendo a su alrededor desde que regresa de Londres; y es que un productor británico le ha prometido una cuantiosa suma por el material gráfico obtenido. Peor aún: su puritanismo protestante y su gazmoñería humanista lo llevarán más tarde a testificar en juicio contra Iván, pese a deberle su vida y la de Margaret.

Por su parte, Iván es el paradigma del héroe de Balabanov, similar al representado por el personaje Danila Bagrov en la famosa película Hermano (Брат, 1997): un patriota ruso del común, noblote y osado, endurecido por la guerra pero que ha sabido conservar sus valores morales y los sentidos de la lealtad y la justicia. No obstante, tal vez lo menos consistente del personaje sea su decisión de regresar a la zona de guerra, ya que ni su amistad con John (simples compañeros de infortunio apenas durante un mes), ni la gratificación que éste le promete, ni un razonable afán de justicia parecen ofrecer justificación bastante para embarcarse motu proprio en esa aventura, sobre todo conociendo de primera mano los graves peligros que lo aguardan. La motivación de John se comprende, pues su novia quedó rehén y él prometió rescatarla, pero a Iván no se le ha perdido nada en el Cáucaso por lo que valga la pena arriesgar su vida de nuevo. Ni siquiera el proyecto de liberar al bravo capitán Medvedev (abandonado por el Kremlin) y ajustarle las cuentas a Aslan parecen razones suficientes para acometer una misión con escasas probabilidades de éxito.

En cuanto a Aslan, Balabanov lo presenta en términos relativamente elogiosos: aunque hombre cruel e implacable, al menos sabe bien por qué lucha. Para él no es sólo cuestión de enriquecerse, sino de religión, supervivencia histórica y sentimiento de pertenencia a su pueblo. Es un tipo lo bastante inteligente como para comprender los transfondos de la política y sacarle partido a las contradicciones inherentes al régimen de Moscú, sin que, por otra parte, la animadversión hacia sus enemigos le impida reconocer y honrar el valor de algunos de ellos. En una acertada y bien hilvanada perorara que le echa a Iván, le dice: “Entre los vuestros hay buenos elementos. Vi uno enjaulado en Vizkhayansk. Un recluso duro, fuerte como un checheno. Si gente como él dirigiera Rusia, podríais ganar esta guerra; pero de ésos tenéis muy pocos. Sois débiles y estúpidos, y vuestros dirigentes, imbéciles. Habéis perdido Ucrania y Kazajstán; habéis regalado la mitad del país; pronto los chinos se harán con el oriente. Mientras lucháis contra nosotros, poseo en Moscú un hotel y tres restaurantes; y aunque ordeñamos a los rusos como vacas, seguís pagándonos del presupuesto estatal. Te diré por qué lucháis tan mal: porque no lo hacéis por vuestra patria; os han arreado aquí como si fuérais ganado, pero yo conozco a mis ancestros desde hace siete generaciones. Ciento cincuenta años atrás ya estábamos cortándoos en pedazos. Esta es mi tierra y voy a limpiarla de perros infieles hasta que no quede un maldito ruso desde aquí hasta Volgogrado.” Estas palabras reflejan probablemente la opinión personal del director respecto a la Rusia de Putin.

Por último, el pastor checheno, Ruslan, cuya inestimable ayuda para llevar a buen término la aventura es obtenida por Iván mediante la fuerza, el chantaje y el engaño, resulta también un carácter perfectamente verosímil: un hombre no demasiado comprometido con la causa secesionista que espera obtener del ex sargento, a cambio de su colaboración (bien que forzosa), una ayuda para que su hijo entre en la universidad de Moscú; y que, por lo demás, ha sufrido en sus propias carnes el cacicazgo de Aslan, a quien profesa cierta inquina. Pero, aunque al final Iván -que en realidad no tiene ningún contacto en la capital- no sólo le respeta la vida sino que le entrega parte de su propia y bien ganada recompensa, Ruslan mostrará por último su ánimo rencoroso y desagradecido al presentarse también como testigo de cargo contra él.

Por lo demás, la representación de casi todos los actores es buena; a la altura -cuando no por encima- de la que vemos en muchas producciones de Hollywood o europeas. Se los percibe naturales, sin las muecas o aspavientos teatrales tan comunes en la escuela española y sin los ademanes estereotipados y sintéticos del cine norteamericano; si bien es cierto que las exigencias dramáticas del guión son bastante modestas: no se expresan sentimientos complejos que requieran gran pericia interpretativa.

Quizá el otro punto débil del guión, aparte la pobremente justificada decisión de Iván de emprender la aventura del rescate, sean las audaces y venturosas hombradas (en escenas equiparables, por lo demás, a las de cualquier buena película de guerra) que conllevan al éxito de la misión; pero al menos el director tiene el acierto de mantenerlas dentro de los límites de lo improbable, sin llegar a presentarnos ninguna que resulte del todo increíble.

De cualquier modo, aunque lo más entretenido de la película puede ser, precisamente, el desarrollo de tales aventuras, lo más interesante -a mi entender- es la pertinente descripción, desapasionada y veraz, del clima social y político en que transcurren los acontecimientos, así como el acierto con que se exponen las debilidades humanas: la general indiferencia por la suerte de combatientes y cautivos, las inevitables mafias que lo manejan todo, las paradojas del sistema legal y judicial, el dinero como principal motivador de unos y otros, y sobre todo -como amargo colofón- la profunda ingratitud del ser humano.

Así, por ejemplo, el gobierno ruso resulta no tener ningún interés en rescatar al valioso capitán Medvedev; y aunque al espectador no se le explica el por qué de ese abandono, quienes están un poco al tanto del transfondo de la política de Putin y conocen otros casos similares pueden suponer dos razones: por una parte, los patriotas nacionalistas de los llamados “a la derecha del Kremlin”, sobre todo si son militares, constituyen un problema para el gobierno, temeroso de un movimiento popular radical que se oponga al sometimiento de Moscú a las oligarquías nacionales y a las élites financieras internacionales; de modo que a la camarilla presidencial no le preocupa demasiado que tales hombres mueran o “desparezcan” en combate. Quizá Balabanov esté dándonos a entender que Medvedev es uno de tales patriotas. Por otra parte, en los conflictos bélicos de la Rusia actual, muchos de los intercambios o rescates de rehenes ni siquiera se hacen de manera oficial, sino privadamente por miembros del FSB (servicio de inteligencia ruso) o ex mandos del KGB, que se ganan una comisión con cada operación; y como en un canje como el propuesto no hay dinero de por medio, ya que la familia del capitán no es acaudalada, tampoco hay mucho interés en realizarlo.

Es importante saber también, para tener más claves con que entender la película, que según los rusos más críticos y fatalistas una de las causas de aquella guerra fue que el FSB y todo el aparato de corruptelas del Kremlin querían una tajada en la mafia de Chechenia (narcotráfico y otros negocios ilícitos), que la etnia local monopolizaba y se negaba a compartir. De acuerdo con esta versión, todo estaba podrido desde un principio.

Otro de los mensajes que parece transmitir este filme es cierta ponderación de la guerra, un poco al estilo de Valle-Inclán u otros autores clásicos, como actividad que convierte a los jóvenes en hombres y que, de algún modo, le da sentido a la vida. En un breve y emotivo monólogo, el avejentado padre de Iván, enfermo en un hospital, le dirá a su hijo: “Es bueno que hayas estado en la guerra porque eso te ha hecho un hombre, que es lo que debes ser. ¡Cómo me gustaría poder levantarme e ir yo también!” Quizá con esto Balabanov quiera remarcar el contraste entre los viejos tiempos, cuando se luchaba por algo con convencimiento, y la mentalidad individualista, hedonista y de enclenques valores imperante en nuestros días.

Pero quizá el aspecto más dramático y sobresaliente del guión, así como el menos halagador para el género humano, se pone de relieve cuando nos desvela cómo salen con bien los ingratos y caen en desgracia quienes actuaron con más altruismo. Así, John volverá a Londres, estrenará su película, escribirá un libro y se hará famoso; Ruslan logrará que su hijo entre en la universidad de Moscú; pero ambos van a testificar contra Iván cuando la justicia lo acusa. Sólo el capitán Medvedev dará la cara por él. De modo que únicamente sale malparado el protagonista, contra quien se dirige la maquinaria penal pese a ser sus motivaciones las menos egoístas. A este respecto, por cierto, el filme nos propone un interesante dilema: Iván, ante la inacción y desidia de su gobierno, decidió acometer de modo particular la empresa de liberar a un indefenso rehén civil y a un esforzado mando militar; pero en la refriega mueren a sus manos varios civiles chechenos — por consiguiente, rusos. La ley, desde luego, no está de su parte porque él ya no es un soldado y ninguna autoridad le ha encomendado esa misión, de manera que tales actos violentos constituyen un delito (por mucho que las víctimas civiles fueran, presumiblemente, cómplices o cooperadores en la lucha secesionista). Ahora bien: ¿es Iván moralmente condenable? Si el aparato represivo del sistema funcionase como debería y persiguiese, en proporción a su gravedad, todos los delitos de los que tiene conocimiento, quizá la respuesta a esa pregunta sería más sencilla; pero en un país donde la corrupción y las mafias, causantes de muchas y peores tragedias, campan a sus anchas con manifiesta impunidad, la justicia se desligitima y relativiza. También John, otro civil -y extranjero para más inri-, hirió o mató a varios chechenos sin que por eso nadie en Rusia o Reino Unido presente cargos contra él. Hay aquí una clara denuncia al sistema penal ruso, que se ensaña con un pobre diablo mientras deja tranquilos a los peces gordos.

A través de los ojos de Balabanov podemos percibir, no cabe duda, una seria crítica a Rusia tanto a nivel social como institucional: un gobierno vendido a los agentes económicos, un pueblo desorientado, laxitud de los valores éticos, cohecho a todos los niveles, etc. Lo que no tengo claro es si esa crítica se dirige especialmente contra el régimen post soviético como tal, es decir, si debemos entender que los sucesos (por lo demás imaginarios, pues ignoramos hasta qué grado se basan en hechos concretos) y el ambiente son consecuencia directa del derrumbe de la URSS (lugar común al que acuden los nostálgicos ideológicos del comunismo: “tras la Perestroika, la decadencia”), o si son simple manifestación de ciertas facetas negativas de la mentalidad rusa, cuando no de la naturaleza humana en general, que se ponen de relieve en situaciones propicias para ello. Muchas producciones de Hollywood tampoco ofrecen una favorable visión de nuestra especie y no por eso concluimos que la sociedad norteamericana esté degenerando. Conviene tener en cuenta que Alexei Balabanov gusta de cargar las tintas sobre los aspectos más oscuros de la personalidad, y que en su filmografía, deliberadamente sensacionalista (aunque no sea el caso de La guerra), tienen especial protagonismo los psicópatas.

Señalaré, por último, que la canción (Mi estrella, de Butusov) que cierra el film con los títulos de crédito es preciosa, de una tristeza conmovedora incluso para quienes no entiendan la letra. Sólo por escucharla vale la pena ver la película.

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Tú y usted, una novedosa jerarquía social

Hace poco tuve una interesante conversación con Mistral 8x7B (un modelo de inteligencia artificial) sobre los usos e implicaciones del tuteo y el usteo. La cuestión era la siguiente:

Muchas lenguas tienen una forma cortés y otra familiar para dirigirse a los demás. En España empleamos la segunda persona del singular y el pronombre tú con los niños o con quienes tenemos confianza bastante, y la tercera del singular y el pronombre usted para hablar con desconocidos, especialmente cuando son personas mayores, si bien para esto en muchos países hispanoamericanos (y antaño en el nuestro) se utiliza el vos en la segunda del plural, como es también el caso de otras lenguas romances (vous en francés, p.ej.) y de todas las eslavas. El inglés parece una excepción, pero quizá no lo sea tanto. Me referiré a él más abajo.

Estas dos fórmulas alternativas datan, como poco, de varios siglos atrás; y aunque el trato formal está cayendo -selectivamente, ¡ay!- en desuso, sobre todo en los últimos lustros (y España es pionera en este cambio, como en casi todo lo que suponga una degradación de los valores tradicionales), aún hay países, como Francia o Rusia, en que entre los jóvenes o incluso entre hijos y padres (así en algunas regiones de Hispanoamérica) sigue empleándose hoy en día con cierta frecuencia. Pero quienes tenemos edad suficiente hemos venido observando cómo, durante las dos o tres últimas décadas, el tuteo ha venido generalizándose hasta el punto de que, ahora, hasta los jóvenes lo usan casi siempre con los mayores, ancianos inclusive. Y esta “moda” se ha acelerado desde hace unos años, extendiéndose hasta los ámbitos más típicamente formales, como el trato entre empresas y clientes o entre Administración y administrados. Ahora los empleados de nuestro banco, de nuestro proveedor de internet e incluso de nuestros ministerios y consejerías nos tutean como si nos conocieran de toda la vida o hubiésemos sido alguna vez compañeros de borrachera.

Al plantearle estas cuestiones a Mistral 8x7B, quiso convencerme -reflejando, estoy seguro, el sentir general- de que dicho cambio se debe a un deseo popular de caminar hacia sociedades más “informales, igualitarias y respetuosas para todo el mundo”; pero fue del todo incapaz de explicarme por qué asociaba “informal” con “igualitario”, como si no pudiera haber igualdad sin informalidad. ¿Acaso una sociedad que apueste por conservar la fòrmula cortés no puede ser tan igualitaria como la que prefiere aplicar el tuteo a todo el mundo? ¿Por qué, si el objetivo es caminar hacia a un trato que muestre el mismo respeto para todos, en lugar de generalizar el respetuoso usteo, tenemos que abolirlo en favor del familiar y a veces zafio tuteo? Mistral no supo responderme de un modo mínimamente convincente. Por mucho que apeló, de modo iterativo, a tan vagas como políticamente correctas ideas sobre “amplios cambios sociales y culturales”, “promoción de una sociedad inclusiva”, “alejarse de jerarquías elitistas y discriminatorias”, “tratar a todos con la misma dignidad y respeto”, etcétera, la inteligencia artificial no pudo evitar caer en un desventurado razonamiento en bucle y plagado de inconsistencias.

Y es que, si de igualdad hablamos, creo yo que tanta mostraremos tuteando a toda la gente como usteándola, ¿no? Ambas opciones estarían, en este aspecto, empatadas en puntos. Ahora bien: si de lo que hablamos es de respeto, ¿no lo manifestaremos mejor con el usted, pronombre cortés por definición, que con el tú? Permítaseme invocar en defensa de este argumento el paradigmático ejemplo del inglés. Es bien sabido que en esta lengua, hoy día, no se utiliza más que una forma apelativa, you (engañosamente traducida al español como tú), que los angloparlantes emplean para dirigirse tanto al mismísimo rey de Inglaterra como al último de sus súbditos; y esta unicidad parece, en efecto, indicio o reflejo de una consagrada igualdad, al menos en principio. Pero lo que pocos saben es que ese you no equivale, en rigor, a nuestro tú, sino a nuestro usted. El inglés antiguo tenía dos pronombres de segunda persona, thou en singular y ye en plural, usado éste también como trato de cortesía. Así, antiguamente, “tú amas” era en inglés “thou lovest“, mientras que “vosotros/vos amáis” era “ye loveth“. Pues bien: fue este plural ye (y no el singular thou) el que, por evolución fonética, se convirtió en you, y más tarde empezó a usarse también para el singular, reemplazando paulatinamente al thou hasta hacerlo casi desaparecer. De manera que la actual universalidad del you es fruto de una evolución “igualitaria”, en el sentir de los angloparlantes, hacia el empleo de la forma más educada, no de la más familiar. Aquellos ingleseses que protagonizaron dicho cambio a lo largo de los pasados siglos tal vez sentían que todo el mundo merecía el trato cortés antes que el informal. De manera que, en inglés, no es que todos se tuteen, sino que todos se tratan de usted. Nuestro sentir, el de los hispanoparlantes, parece ser el inverso; pero… ¿lo es, en realidad? Pues resulta que no, porque a ciertos colectivos seguimos concediéndoles el vocativo de cortesía.

Como digo, estoy persuadido de que la mayoría de la gente en nuestras cambiantes sociedades occidentales piensa como los programadores de Mistral 8x7B, y de que casi cualquiera a quien le pregunte por esta cuestión me saldrá con las mismas monsergas sobre la igualdad, la inclusividad, la democracia (esta palabra que no falte, aunque no venga a cuento) o la abolición de las jerarquías. Pero aun suponiendo que, para todo ello, fuese mejor generalizar el tuteo que conservar el ustedeo… ¿de veras lo estamos logrando?

Cuando tratábamos de usted a casi todos nuestros interlocutores no lo hacíamos en función de su rango social (que a menudo desconocíamos), sino por educación, de modo que dicho trato no suponía discriminación o desigualdad alguna. Ojo: no digo que la sociedad careciera anteriormente de estas flaquezas; adolecía de ellas igual que ahora, pero no tenían su origen en el empleo “selectivo” de la segunda tercera persona verbal: ni el tuteo ni el usteo son causa de desigualdad social, sino más bien, en ocasiones, consecuencia de ella. Al hablar educadamente con desconocidos o personas mayores usábamos el usted lo mismo si se trataba de un fontanero que de un guardiacivil; todos eran acreedores a esa misma cortesía (y, dicho sea de paso, deudores de esa misma educación). Hoy, en cambio, y pese al -dizque igualitario- abandono del ustedeo, éste sí que implica cierto grado de sumisión: actualmente, sólo las personas más osadas (a quienes, en cierto modo, no puedo menos que admirar) se atreverían a tutear a aquellos que están en alguna posición de poder respecto a ellas: miembros de la casa real, altos cargos políticos, ejecutivos de corporaciones, jueces y fiscales, aristócratas, militares uniformados, médicos e incluso, a veces, cualquiera ataviado con chaqueta y corbata. Casi todo el mundo encuentra natural que a todos estos personajes sigamos concediéndoles la vieja y consagrada cortesía; ¿pero por qué lo vemos tan lógico, si de verdad pensamos que el tuteo es herramienta para abolir las jerarquías y conseguir una sociedad más igualitaria?

Mi impresión es que, muy al contrario, con la generalización del tuteo no sólo no hemos dejado atrás desigualdad alguna, sino que hemos creado una nueva donde antes no la había. Ahora que hasta nuestras Administraciones tienen el mal gusto -por no decir la impertinencia- de dirigirse a nosotros en segunda persona; ahora que incluso nuestros cargos públicos nos mandan de vez en cuando alguna carta tuteándonos (señal, al parecer, de que aprueban y se suman a la abolición del ustedeo), ¿nadie advierte que nuestros políticos y representantes en salas de cortes y asambleas, o la casta judicial en sus sesiones, por mencionar sólo dos ejemplos, siguen tratándose entre ellos de usted y esperando de nosotros otro tanto? ¿Por qué en sus apariciones televisivas o radiofónicas, en sus manifestaciones en prensa, los capitostes continúan deparándose mutuamente esa tradicional cortesía que a los demás nos niegan, que entre nosotros mismos nos negamos? El pueblo llano ha renunciado para sí a una norma elemental de educación hasta hace poco universal, pero se la mantiene como privilegio o forma de sometimiento a las élites y a quienes tienen cierto poder, de iure o de facto, sobre dicho pueblo. ¿Dónde queda esa dignidad de la que me hablaba Mistral 8x7B? Quisiera yo ver a un ciudadano corriente tuteando, por ejemplo, de primeras en un juicio al magistrado que puede condenarlo a prisión; y quisiera también ver a algún juez aceptando ese tuteo sin dirigirle una reprimenda al encausado. “Cuando se dirija a esta Autoridad haga el favor de mostrar el debido respeto” –exigiría con solemne seriedad.

Y lo que es aún peor: este cambio en nuestro modo de dirigirnos a los demás podría no ser, como pareciera, un “democrático” impulso natural de las masas, sino que quizá venga de algún modo promovido o alentado precisamente por los beneficiarios de la nueva categoría social que de dicha moda resulta. Se me ocurre (porque soy así de conspiranoico) que acaso ellos quieren consolidar esta novedosa jerarquía para que cuaje en nuestras dóciles testas la sensación… digo mal: la convicción de que hay -y está bien que haya- dos clases de ciudadanos: por un lado los poderosos y las castas privilegiadas acreedoras al usted, y por otro la plebe, entre la que debe cundir y a la que debe depararse el desenfadado tú. (Cierto es que, tal vez, la plebe no merezca otra cosa, pues ha sido la primera en abrazar este nuevo modo de desigualdad.) Y si bien admito que esta idea pueda resultar un poco disparatada, aduciré que, en mi opinión, es deber cívico de toda persona responsable y con mente crítica el otorgar credibilidad, salvo clara prueba en contrario, a cualquier teoría conspiratoria mínimamente plausible. Las conjuras existen; y el hecho de que las élites no titubeen en confabularse contra los pueblos para conservar sus privilegios es una innegable constante histórica. En el presente caso, sin ir más lejos, ¿no es significativo, o hasta sospechoso, que la generalización del tuteo esté dándose -como tantos otros cambios sociales de nuestro siglo- simultáneamente en bastantes países del mundo? De un tiempo a esta parte he observado ese mismo fenómeno en mi trato con personas en varios puntos distantes del globo, incluida Hispanoamérica, donde el usteo estaba incluso más arraigado que en España. Que una serie de pueblos, a veces sin apenas relación entre sí (como Chile y Rusia, pongamos por caso), decidan a la vez abandonar el uso habitual de la fórmula de cortesía debería cuando menos hacernos meditar un poco, porque no parece puramente casual.

Para concluir, creo necesario señalar que nada de lo anterior significa que esté yo de acuerdo con las ñoñas y a menudo rimbombantes fórmulas -ésas sí jerárquicas y clasistas- del tipo “Su Excelencia”, “Ilustrísimo”, etc., que se empleaban en la mayoría de instancias oficiales. Desde muy joven me reventaba su obligatoriedad por parecerme que tales fórmulas evidenciaban una gran desigualdad, de modo que -por esa rebeldía y acendrado sentido de la justicia que caracterizan a los adolescentes- siempre me resistí a usarlas. Pero si la teoría es que todos merecemos idéntico respeto, creo que el usted ejerce esta función mucho mejor que el tú. En cualquier caso, aunque soy un abierto defensor del ustedeo, estaría mucho más dispuesto a aceptar su desaparición si, al menos, ésta fuese total e incluso “oficial”; si todo el mundo hubiera de tratarse de tú: príncipes y campesinos, generales y reclutas, diputados y ciudadanos del común. Pero mientras eso no suceda seguiré desconfiando de la inocencia y espontaneidad de este “cambio cultural”.

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La Serena y el valle del Elqui, despedida y cierre

Misma fecha y lugar

Fue así cómo a media tarde de ese largo día, sin haberlo planeado, di con mis huesos en La Serena, una ciudad que tres meses antes, en mi camino hacia el norte, había evitado por suponerla muy turística. Y lo es, pero ahora estábamos ya en temporada baja y, además, resulta que la zona de mayor turismo es la costanera, a lo largo de la playa, donde se ubican las torres de apartamentos, los hoteles o bungalós caros y los restaurantes subiditos de precio. El casco urbano, mucho más antiguo, se halla dos quilómetros tierra adentro, al final de un recto y largo bulevar, de suerte que ambas zonas son relativamente independientes una de otra. Aquí es donde, salvo el faro, se encuentran todos los atractivos históricos, y tampoco escasea la oferta hotelera.

Valle del Elqui, cerca de La Serena

La primera noche, para no equivocarme, me quedé en un hostal con buenas referencias y cercano a la estación de autobuses; pero al día siguiente, como quiera que mi habitación resultó más bien fría, me mudé a un económico albergue bastante informal, situado prácticamente en el centro y con mejores referencias aún. Esta vez acerté de lleno, ya que no sólo me tocó una habitación muy acogedora y con calefacción, sino que el anfitrión, Víctor, resultó ser un tipo fenomenal: un soltero coetáneo mío que, tras haberse pasado la vida trabajando duramente como empleado, había decidido montar su propio hospedaje y le iba la mar de bien: alquilaba tres o cuatro sencillas pero bien equipadas habitaciones en su propia casa y atendidas por él mismo junto con su hermana, ambos extraordinariamente sociables. Su genuina capacidad para empatizar trascendía el aspecto puramente mercantil del negocio, haciendo de cada huésped un encuentro personal que en muchas ocasiones -según me contó- había derivado en largas amistades. Yo, que tras el fiasco de Vallenar ya me había resignado a dar prematuramente por concluido mi viaje al cono sur y a pasar de puntillas por La Serena para hacer unas últimas etapas en Vicuña u Ovalle, acabé renunciando a éstas y quedándome los tres días disfrutando de la hospitalidad y conversación de Víctor. Incansable hablador, me contó infinidad de cosas sobre su vida laboral en la logística del transporte, donde al servicio de un empresario alemán había aprendido a trabajar como Dios manda; o sobre historias que le habían contado sus clientes, a algunos de los cuales acabó yendo a visitar a Europa. Con cualquier cosa se entusiasmaba, y su capacidad para sorprenderse revelaba una cierta ingenuidad que lo hacía una de esas amables personas que cada vez encuentra uno con menos frecuencia. Al decirle que me quedaría con él varios días le faltó tiempo para rebajarme el precio, y una de esas tardes acabamos bebiéndonos mano a mano una botella de vino blanco (cortesía suya) y otra de macerado (por mi cuenta) mientras veíamos el partido de clasificación Uruguay-Chile. Generoso y desintersado, me aconsejó varias actividades que podía hacer por la zona, advirtiéndome de aquéllas que eran excesivamente turísticas.

El valle del Elqui

Así, siguiendo sus sugerencias, durante esos días visité Pisco Elqui, un pintoresco (aunque algo artificial) pueblecillo sobre el no menos pintoresco valle del Elqui, conocido por su buena uva (para vino, mesa y pisco), sus cuidados y estilizados viñedos cubiertos con mallas, sus limonares y naranjales y sus cielos despejados, buenos para observar las estrellas. Esta última circunstancia, junto al hecho de haber sido, antaño, lugar de avistamiento de cierto eclipse total de sol, le han conferido al pueblito un falso misticismo que ha disparado su popularidad entre jipis y un turismo particularmente sensible a esas bobadas, convirtiéndolo en un caro destino, frecuentado -e incluso habitado- por “artesanos”, saltimbanquis, porreros y perroflautas de todo pelaje.

Algunos viñedos cubiertos con mallas

Pero el recorrido valle arriba por las cuenca de los ríos Elqui y Claro bien vale la visita, porque se pasa por quebradas muy curiosas y pueden verse sus graciosamente dispuestos viñedos y huertos frutales, en contraste con las peladas y yermas laderas rocosas del valle. Me quedé con las ganas de visitar Vicuña, a mitad de camino por esa misma carretera: un pueblo más grande, más templado y -a decir de Víctor- mucho más interesante, y considerablemente menos caro que Pisco, pero me dio pereza dedicarle un día cuando, de todos modos, aún me faltaba por visitar la propia Serena, una de las pocas ciudades chilenas que conservan -y, al parecer, con orgullo- su aspecto colonial, con la característica cuadrícula de diez calles de lado, muy animadas por el comercio hasta las seis o siete de la tarde, hora a partir de la cual cierra casi todo y es difícil encontrar nada abierto, incluso los restaurantes. En una manzana del casco antiguo hay una particular concentración de pequeñas tiendas donde venden una enorme variedad de productos típicos, artesanías y souvenirs tan folclóricos que uno querría llevérselos todos a casa en un caminón; pero como mi equipaje es muy pequeño me limité a comprar algunas chucherías que ocupasen poco espacio. Aparte, me agencié una botella de macerado de papaya para no llegar con las manos vacías a la convidada de Víctor. Ese mismo día visité también la costanera, sobre una larguísima playa (catorce quilómetros) que ocupa toda la longitud de la bahía y cuya zona turística se extiende casi hasta Coquimbo, en la punta sur. Un lugar idóneo para darse largos paseos. Por desgracia, de tanto como he andado estos pasados meses, desde hace dos semanas está doliéndome un pie y últimamente he tenido que poner fin a mis caminatas.

Otra vista del valle del Elqui

Me apenó llegar al término de mi estancia con  el alegre y animado Víctor y despedirme de él. Aún podría haber arañado una noche más, pero no quise posponer mi regreso a Santiago hasta el mismo día de mi vuelo, por mucho que despegase a medianoche, por temor a que ocurriera cualquier percance por el camino; cautela que después comprendí innecesaria, pues desde La Serena hay decenas de autobuses diarios a la capital y, en caso de avería, no hay más que esperar media hora y subirse al siguiente que pase en dirección a Santiago; de modo que habría sido muy difícil perder el avión. Así que he tenido tiempo de reprocharme esa aprensión, ya que ese último día me habría aprovechado mucho mejor en La Serena, o visitando Vicuña, que no malgastando tiempo y dinero aquí en el aeropuerto, como hago ahora mismo. Felizmente, veo al mirar el reloj que han transcurrido ya casi cinco de las diez largas horas de espera.

De mi postrer día en Chile hay muy poco que contar. El viaje de La Serena a Santiago transcurrió sin novedades dignas de mención, a través de unos paisajes verdes como no había visto en tres meses, extrañamente similares a los de mi tierra cuando tenemos uno de esos raros otoños lluviosos. En la capital alquilé, para mi última noche, una habitación en un hotel de cuatro estrellas que no estaba a la altura de su categoría: la ventana de mi cuarto no cerraba bien y el aire acondicionado no calentaba lo suficiente; de los dos ascensores sólo funcionaba uno y se demoraba bastante; no había bar, sino sólo un enorme y desangelado comedor con mesas de cafetería universitaria. Pero así es el alojamiento en este país: precios europeos, calidad hispanoamericana.

Doy aquí por finalizado este cuaderno, el primero de mis diarios de viaje que acabo puntualmente sin tener que escribir las últimas etapas cuando ya todo ha concluido, desde casa, lo cual suele darme cierta impresión de impostura. Es como si el capitán de un barco escribiese el cuaderno de bitácora no en su camarote o el cuarto de derrota, sino en la habitación de un hotel, viendo por la ventana su nave atracada en el muelle o fondeada en la bahía.

Fin de mis aventuras y desventuras por Chile y Perú durante el invierno austral del año dos mil veintitrés.

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Iquique bajo una duna y frustrada estancia en Vallenar

Iquique, encajonada entre el Pacífico y el Cerro Dragón. (Foto: tourweek.ru)

10 de septiembre, Santiago de Chile

Aeropuerto internacional Arturo Merino Benítez, matando mis últimas horas en Chile. Me sorprende que ya haya transcurrido casi una semana desde que escribí el capítulo anterior; señal de que los eventos viajeros se han sucedido con rapidez, sin dejarme un momento para actualizar el diario. Ahora mismo, en cambio, no tengo nada que hacer durante las nueve horas que faltan para coger el avión, salvo poner mis notas al día y derrochar mi dinero pagando cervezas a diez dólares en cualquier restaurante aeroportuario; así que vamos a ello; a ambas cosas.

Dejé atrás Pica con algo de pena, ya que era mi última etapa en el desierto, lejos del mundanal ruido. Pero todo tiene su fin, y a mis días en ese pequeño pueblo les llegó el suyo. Era un lunes al mediodía cuando desalojé mi habitación, me despedí de mis hospitalarios anfitriones y me fui a paso tranquilo hacia el cruce del que salen los transportes a Iquique, la ciudad más cercana donde podía coger un bus con dirección sur.

Ya se iba un transfer cuando llegaba yo a la esquina, pero al hacerle señas se detuvo a esperarme. Aquí los conductores son pacientes y los horarios y paradas bastante informales, lo cual tiene ventajas e inconvenientes: por un lado, mayor flexibilidad; por otro, pésima puntualidad.

Pampa el Tamarugal, cerca de Pozo Almonte

El trayecto hasta Iquique (cinco lucas por barba) es largo y soñoliento: leguas y leguas de pampa, haciendo numerosas paradas junto a caminos perdidos que llevan a ignotas chacras, o bien en míseros poblados que han nacido sobre pequeños oasis: Matilla, La Huaica, Canchones, Chintahuay, La Tirana… En Pozo Almonte se demora el micro quince minutos por ser localidad más importante, cruce de carreteras y centro comercial; después para, a demanda, en Humberstone y ya no se detiene hasta Alto Hospicio, una fea población industrial y dormitorio al borde del altiplano, donde la carretera emprende su vertiginosa y tangencial bajada hacia el mar esquivando una larga, inverosímil e impresionante duna llamada Cerro Dragón, tan alta que su cresta llega a tres quintos la elevación del talud. Según la sensacionalista Wikipedia, se trata de la duna urbana más extensa del planeta.

Duna del Cerro Dragón sobre Iquique (foto: tourweek.ru)

Allá al fondo se veía la elongada Iquique, ribeteada por la espuma del Pacífico cuyas aguas relucían bajo los rayos del sol. La ciudad extiende sus calles entre la playa y la base misma de la duna, que parece a punto de querer sepultar los edificios derramando sobre ellos sus quilómetros cúbicos de arena, como amenazando con un ejemplarizante castigo bíblico.

Las amenazantes arenas de la duna (foto: youtube.com)

El transfer me dejó en el mercado, de donde fui al terminal de buses en un colectivo tal como me habían aconsejado, para evitar salvar la peligrosa zona intermedia; pero al pasar por ella me pareció que no era para tenerle miedo, al menos a plena luz del día. Quizá de noche fuese más arriesgado, no lo sé. Lo que sí me intimidó fue la propia terminal, que parecía convocar a toda la escoria de la población inmigrante: allí los jamaicanos con sus rastas pulgosas, allí los venecos con su pinta de chulos playa, allí los descalzos y mugrientos colombianos, unos y otros acampando en -y adueñándose de- los espacios comunes con sus puercas mantas y mochilas esparcidas por el suelo, fumando en prohibido, la mirada siempre desafiante…

El autobús de la Pullman para el que yo tenía billete venía de Arica e iba nada menos que hasta Santiago, en un recorrido de más de veinticuatro horas; pero yo me bajaría en Vallenar, a donde se suponía que debíamos llegar a las ocho y media de la mañana siguiente. Como me había presentado en Iquique con tiempo holgado y el Pullman venía, cómo no, con retraso, me tocó esperar en la estación más de dos horas intentando esquivar a toda aquella chusma. Habría podido buscar refugio temporal en algún local de los alrededores, pero aquel era un sector bastante deprimido de la ciudad y no me pareció prudente. En cualquier caso, mi principal aprensión era que alguno de esos grupos de gitanos amerindios abordase el mismo autobús que yo y me arruinase el viaje como me había pasado yendo hacia Arica dos meses antes. Por suerte no sucedió tal cosa, y aunque el largo trayecto distó de ser todo lo tranquilo que yo habría deseado -pues hubo mucho movimiento de pasajeros y no faltaron los de ese género que se empeña en que todos los demás escuchemos su música, películas, conversaciones telefónicas y cretinoides chistes de Whatsapp- la verdad es que pudo haber sido mucho peor. Lamentablemente, eso sí, casi no pude hacer fotos, porque los vidrios iban muy sucios y las tomas me pillaban a contraluz.

Mi asiento, en el lado derecho de la máquina, me permitió disfrutar todo el rato, hasta la noche, de los fantásticos paisajes del litoral chileno, que me recordaban en cierto modo a Islandia por su extraño aspecto lunar; en especial, me chocaron unas zonas arenosas llenas de enormes rocas que parecían haber llegado allí no rodando desde unas inexistentes alturas, sino caídas del espacio sideral o -con menor fantasía- vomitadas por algún lejano volcán durante violentas erupciones en otras eras geológicas. También me sorprendieron unas salitreras sobre la misma costa, donde se obtenía la sal no por evaporación del agua marina sino extrayéndola directamente de la tierra, como si hubiese estado allí depositada durante eones esperando sólo a que llegase el hombre a necesitarla y recogerla.

Unos buenos cien quilómetros de la carretera, si no más, estaben en obras, donde regulaban el tráfico unos semáforos de paso alterno cuya absurdamente larga cadencia llegó a durar, en una ocasión, hasta media hora. Esas obras retrasaron aún más nuestra marcha, y era ya medianoche cuando el bus paró en Antofagasta, apenas a dos quintos de la distancia hasta Vallenar. Aproveché la parada para bajar a comprar algo de comer, y cuando volví a subir tuve que cambiarme de asiento porque a mi lado se habían sentado dos bobas con sus móviles a todo volumen, perturbando la relativa calma de las horas anteriores. No obstante, como el viaje era tan largo y yo tenía déficit de sueño, en un par de ocasiones pude echar alguna breve cabezada. Cuando paramos en Copiapó había amanecido largo rato antes, y era ya la hora en que deberíamos haber llegado a Vallenar, de donde aún nos separaban más de ciento cincuenta quilómetros. Pero en esta ocasión me preocupaba muy poco el retraso, ya que no tenía prisa alguna: seguramente no podría hacer el check-in en ningún hotel antes del mediodía.

Cuando por fin me apeé en Vallenar eran cerca de las once. La ciudad me causó una buena impresión: no muy grande ni bulliciosa, agradable temparatura, calles animadas, bastante comercio y, lo principal, una aceptable oferta hotelera. Sin embargo, pocos alojamientos gozaban de una puntuación favorable en internet: la mayoría de comentarios destacaban el ruido, el frío en las habitaciones o la mala atención del personal. Los únicos bien valorados resultaron estar cerrados o tener unos precios abusivos, en torno a cien euros, tarifa imposible de justificar habida cuenta la poca calidad. Pronto supe la razón: Vallenar es otro de esos sitios cuya economía gira en torno a la industria minera, lo cual eleva los precios por las nubes y deja sin apenas opciones al viajero ocasional. Así que después de vagabundear durante dos horas buscando en vano un hospedaje aceptable decidí obviar esa ciudad y largarme de allí: cogería otro autobús y seguiría mi viaje hacia el sur, en concreto a La Serena, donde la oferta hotelera es muchísimo mayor y más económica por tratarse de una zona turística, en temporada baja por esas fechas. Volví, pues, a la estación y apenas hube de esperar media para subir al primer bus que pasó en dirección Santiago. Al acercarme a la taquilla para comprar un billete la propia dependiente me aconsejó que lo pagase a bordo porque me saldría más económico. Este fraude a las empresas de transporte por parte de sus propios empleados es práctica totalmente institucionalizada en Chile y por tanto -supongo- consentida por sus directores.

Último capítulo

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Oasis de Pica y un faro en el mar de arena

Cementerio de Pica

2 de septiembre, Pica

El lector curioso no tiene más que buscar Pica (región de Arica, Chile) en su herramienta preferida de fotos satélite para comprobar visualmente y con claridad cómo este sitio es un oasis: cien hectáreas verdes en medio del seco desierto. Según me explica el encargado del museo local, un tal Charli, o Ríchar, lo surte un acuífero de considerable caudal que proviene de la cordillera y aflora en dos o tres cochas que el pueblo utiliza a modo de albercas para el baño (de pago) y depósitos que lo abastecen tanto de agua potable como para el riego de sus limonares y naranjales, cuya producción es muy estimada en la comarca. Lo que no me explicó fue de dónde saca esta tierra los necesarios nutrientes para tales cultivos, pues no sólo de agua viven los frutales. Y lo que no acabé de creerme fue esa historia de que la canalización, desde la cordillera, no es natural, sino a través de galerías subterráneas que construyeron los españoles hace cinco siglos. Estando los salares más cercanos sesenta quilómetros al este, no me imagino a cuadrillas de desharrapados españoles empleándose durante décadas en la titánica empresa de perforar semejante acueducto. No sé de dónde el amigo Richarli puede haberse sacado esta idea que -a mi entender- tiene visos de invención o leyenda; pero tal fantasía me obliga, mal que me pese, a poner un poco en entredicho otras cosas que me contó sobre este oasis. Según él, hubo aquí asentamientos desde algunos siglos antes de nuestra era por constituir una idónea estación de paso y aprovisionamiento en la ruta entre la cordillera y el litoral; y más adelante también los españoles lo usaron con tales fines, además del estratégico y militar.

Los límites del oasis son nítidos, sin zona de transición

No obstante, pese a tales antecedentes, parece ser que se desconoce la fecha en que se fundó el municipio de Pica. Por lo visto, no hay ningún registro donde conste ni del que pueda deducirse tal dato. Pero el actual aspecto far west de sus casas y calles más antiguas, ese estilo urbano -por cierto muy estético- típico de las poblaciones de frontera en la Norteamérica del siglo XIX, me sugiere a mí un origen anglosajón para este pueblo, y por tanto -de ser así- no muy antiguo.

Un lateral de la plaza de Matilla

Dicho aspecto de película del oeste es aún más acentuado en la vecina aldea de Matilla (a menos de una legua hacia el este), donde vuelve a aflorar el acuífero en otro oasis. Situada en un altozano y con poco más de doscientos metros de diámetro actualmente, hubo otrora en esa aldea un curioso faro que, desde mediados del XIX a mediados del XX, sirvió de guía a las caravanas de ganaderos y mercaderes que cruzaban estas pampas, y aunque su armazón original de madera ya no se conserva, existe ahora en su lugar una réplica metálica desde cuya plataforma se domina, en efecto, una impresionante extensión: todo el altiplano desde la lejana cordillera occidental hasta la precordillera oriental; o sea, casi toda la anchura del país. Es curioso que siempre asociemos los faros al mar, sin que nos ocurra que puedan ser igualmente útiles en lugares tan inmensos y desprovistos de referencias como este, un mar al fin y al cabo, aunque de arena y no de agua.

Últimamente no sólo el turismo y los cítricos sostienen la economía de Pica, sino que ha entrado en juego la minería. Como en el Torata de mis ya lejanos días en Perú, varios de los alojamientos que hay aquí sólo ofrecen ahora hospedaje a trabajadores de empresas. Los siempre inquietos geólogos, que jamás descansan en su incesante búsqueda de preciados minerales, han encontrado algo por aquí, y ya se nota en estos pueblos la actividad precursora: equipos de científicos, ingenieros y operarios yendo y viniendo, acaparando hoteles y adentrándose por el desierto en sus todoterrenos rotulados; todo lo cual significa que el salvaje aspecto de estos páramos y la pureza de estos acuíferos tienen sus días contados, porque el hiperdesarrollo demanda perentoriamente mayor explotación de recursos naturales, desplazando al cultivo del limonar y a las albercas de aguas termales hacia un lugar muy secundario en la escala de prioridades del “progreso”. El cobre para la absurda electrificación del planeta (so capa de la inverosímil “sostenibilidad”) es impaciencte, no admite demoras ni respeta status quo anteriores. ¿Y qué es Chile sino otra colonia de las grandes finanzas multinacionales y supraestatales?

Matilla vista desde el faro

4 de septiembre, mismo lugar

Últimas horas en Pica. He estado a gusto estos cinco días aquí, y muy tranquilo salvo por los jaleíllos que el fin de semana, dos noches, trajeron una comunión y un bautizo que sendas familias de bolivianos vinieron a delebrar aquí, y que acabaron a las tantas. Es costumbre entre los indígenas de la cordillera celebrar las cosas a lo grande, con mucho relumbrón, mucha música y sobre todo mucha bebida: como ya había visto hacer en Torata, los invitados compran la cerveza por cajas y las ponen en la pista de baile para marcar su punto, en torno al cual bailan. En Pica hay algunos locales que se alquilan para estos eventos, y en tales casos todo el pueblo ha de aguantarse con el molesto ruido. Al decir de uno de los huéspedes del hotel donde estoy, “puro boliviano había”. En efecto, al pasar yo por ahí en la tarde, cuando el sarao comenzaba, vi gente vestida al estilo indígena; y al parecer hay bastantes bolivianos asentados en Chile. Una curiosidad de sus celebraciones es que, aunque particulares, no son privadas, de manera que todo el que lo desee puede tomar parte en ellas pagando una pequeña cantidad o comprando a los organizadores una caja de cervezas.

Pica linda bruscamente con el desierto. Al fondo asoman los picos de la cordillera.

Una buena mañana, en el hostal Parrón, me encontré con que el personal me había abierto las puertas al club de habituales: sin saber muy bien a cuento de qué (tal vez sólo por la familiaridad que nace del trato diario), me sentí acogido con mayor hospitalidad, tuve acceso a la cocina y a las tertulias y, lo más importante, fui agasajado con café gratis al desayuno, detalle éste muy de agradecer si tiene uno en cuenta que aquí no es nada fácil encontrar dónde tomar un café mañanero, porque ni es costumbre beberlo ni los pocos lugares donde lo sirven abren antes del mediodía. En Chile, las cafeterías se conciben como locales a frecuentar por la tarde, acompañando la bebida con una porción de tarta o algo dulce. Ignoro qué suele tomar esta gente por la mañana. En Perú a menudo desayunan con Coca-cola (¡sí, tío, los he visto hacerlo!), pero aquí ni siquiera eso.

También, esa mañana, llegó un grupito de jóvenes que venían a Pica para algún trabajo relacionado con la minería. Estuve hablando un buen rato con ellos y obtuve alguna información interesante. Por ejemplo, me dijeron que los extremos norte y sur de Chile, para compensar el encarecimiento de productos debido a la lejanía, tienen la consideración de zona franca; y me soplaron una forma bastante buena de aprovechar, para hacer turismo, esa exención de impuestos: comprarse un coche en una punta, recorrer el país entero con él y venderlo en la otra sin apenas perderle dinero, con la única condición de que el viaje dure menos de tres meses, período máximo que un vehículo comprado en zona franca puede circular por el resto del país. Me pareció una opción muy a tener en cuenta para un hipotético próximo viaje.

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Hacia Pica por la ruta de las quebradas

Fondo parcelado de una quebrada

Misma fecha y lugar

Estoy sentado a una mesa en un agradable restaurante de Pica, en mi segundo día de estancia aquí, valorando si quedarme otros tres o cuatro para matar la semana y pico que aún me falta hasta tomar el vuelo de regreso a España. En vista de lo ya conocido, no sé si encontraré mejor lugar para esta última etapa del viaje. Pero no adelantemos acontecimientos y prosigamos el relato donde lo dejé el capítulo anterior.

La Panamericana Norte faldea la quebrada de Vitor
Inicio del descenso a la espectacular quebrada de Camarones

Había comprado con bastante antelación el billete de Arica a Humberstone porque dicho trayecto es aquel que la tribu de inmigrantes que se adueñó del bus me había impedido disfrutar cuando lo recorrí a la ida, y tenía muy presente mi frustración por tal pérdida, en especial la de los paisajes que el paso por las quebradas ofrece. Ya entonces me impuse como ineludible objetivo el tener la ocasión de fotografiar a placer esas vistas a la vuelta, de modo que ahora me procuré el mejor asiento posible a tal fin, y tenía puestas muchas espectativas en esta nueva ocasión.

A mitad del descenso ya se distingue la vegetación

Cuando me senté en la plaza nº 1 del bus, piso superior, primera línea, justo tras el parabrisas panorámico, apresté la cámara para que no se me escapara ni una foto digna de ser tomada. Sin embargo, fuese porque me vencía la modorra, porque la iluminación solar no coadyuvó -como había hecho a la ida- a imprimir dramatismo a los paisajes, porque -como a menudo ocure- el aspecto o apariencia de un determinado lugar varía mucho según se lo mire desde un punto u otro, o simplemente porque para disfrutar de las cosas como debemos, lo mejor -en palabras de León Felipe- es “pasar por todo una vez, una vez sólo, y ligero”, el caso es que el viaje me decepcionó bastante. Pese a que, desde mi privilegiado asiento, gozaba de una visión sin obstrucciones, me pareció que, después de todo, aquellos parajes no eran para tanto. Resultado: apenas le di trabajo a la cámara.

Última legua del larguísimo descenso

El famoso trayecto de las quebradas de Tarapacá, que tanto me había impresonado y tan hondo se me grabó en la memoria cuando viajaba en las peores condiciones imaginables, se me presentaba ahora como algo corriente en Chile, tal vez un poco más llamativo que otros ya realizados en este país, pero que no justificaba haber condicionado mi programa de viaje; lo cual tampoco significa que me arrepienta de haberlo hecho así, porque la verdad es que no tenía otro plan mejor, salvo, tal vez, aquella salida en velero que me había ofrecido el marinero de Arica el día anterior. Sea como fuere, una persona como yo agradece la oportunidad de fijarse algún objetivo, aunque luego resulte decepcionante.

Un talud de la quebrada, de enigmática composición
Río Camarones al fondo de la quebrada

Otro de los objetivos que me había marcado semanas atrás era el de conocer Pica, este oasis “de libro” donde ahora estoy, en lo más pelado y llano del desierto, y que cuando iba de camino a Perú se encontraba saturado de turistas por coincidir las fechas con las fiestas de La Tirana, tanto que no hallé ni una plaza libre pese a haberlo intentado en más de veinte alojamientos. Por eso tuve que pasar de largo y conformarme con hacer noche en Pozo Almonte. Pero ya entonces, sólo con ver en los mapas ese pequeño punto aislado en el desierto, que prometía ser el colmo de la tranquilidad, se me antojó que tenía que conocerlo a mi regreso. Y ahora me ha llegado la ocasión.

Comienza el ascenso por la quebrada de Chiza

Fui el único viajero que se apeó del bus de Arica (que continuaba camino hasta Iquique) en Humberstone, ese cruce en mitad de la nada donde, dos meses antes, había pasado algunas horas de incierta espera. Allí tomaría el primer transfer que pasara con destino a Pica. Había en la parada cuatro o cinco hombres, entre los cuales destacaban dos que, por su actitud, enseguida identifiqué como venezolanos: sentados o recostados en el suelo, la música pachanguera a todo el volumen que daban sus teléfonos móviles, y acompañando el ritmo tamborileando sobre el bordillo con botellas vacías, todo en ellos era hacer el ganso y llamar la atención. El veneco mayor, al oírme preguntarle a un tercero por el transfer que yo esperaba, no titubeó en entrometerse: “¿De qué parte de España es usted?” (Como ya tengo dicho, a la gente de ciertos países le encanta presumir de su habilidad para adivinar procedencias.) “Del centro”, respondí vagamente. “¿De Castilla… León?”, dijo él entonces con algo menos de aplomo. “De ahí mismo.” Y no hubo más charla porque en ese momento pasaba una camioneta con el letrero “PICA”, levanté la mano, se detuvo, subime y marcheme.

Pampa que atraviese la carretera a Pica

Desde Humberstone hasta Pica hay media hora de carretera a través de una pura pampa, si bien el transfer tarda más en llegar porque hace parada en Pozo Almonte y en un par de pequeños oasis (con sus respectivos poblados) que hay por el camino. Nada más llegar me enamoré del lugar: un pueblo en cuadrícula rectangular de diez calles por lado, cuya actividad gira en torno a su pequeña plaza y a sus dos largas vías principales, al extremo de una de las cuales, ya “extramuros”, hay dos cochas (del quechua kocha, laguna) con aguas “semitermales” que constituyen su atractivo turístico y -quiero suponer- principal recurso económico, pues hay en Pica no menos de treinta hospederías y otros tantos comedores o restaurantes, número desproporcionado en un pueblo que tendrá dos o tres mil habitantes como mucho. Pero lo que a mí me atrajo no fue el lado turístico sino la atmósfera soñolienta, de vida -por así decir- “a cámara lenta”; y también el ambiente de far west, ya que las tres o cuatro calles más antiguas parecen apropiadas para un decorado de western, con fachadas de madera y aceras porticadas y pasamanadas que me cautivaron desde el primer instante. “He acertado”, me dije; y me propuse indagar en la historia de esta localidad, curiosidad que sólo he podido satisfacer esta mañana.

Calle principal de Pica

Pero mi primera necesidad fue, obviamente, alojarme. Tenía hecha con anterioridad una reserva en un hotelillo, pero cuando me encaminaba hacia él pasé por un edificio muy gracioso, con fachada de madera sobre la que colgaba un letrero del mismo material que rezaba “Hostal Parrón”. Abrí la puerta y eché un vistazo a su interior, que me sedujo al instante: un corredor umbrío, fresco y aseado, decorado con buen gusto, y al fondo un luminoso patio semi cubierto. Tenían habitaciones libres y, aunque pequeñas, considerablemente más baratas que la que yo tenía apalabrada. Aparte, la señora que me atendió (y a la que, por cierto, no volví a ver) me pareció tan agradable que decidí quedarme allí, no sin antes procurarme interiormente una coartada moral para cancelar mi habitación en el hotelillo (coartada que encontraría en “la general informalidad de las reservas hoteleras en esta parte del mundo”) y llamarlos excusándome tras una disculpa cualquiera.

Mi pieza era pequeña y oscura, ya que el pequeño ventanuco de cristales tintados daba al corredor, pero a cambio era tranquila y fresca, a diferencia de la otra que tenían libre, más espaciosa y luminosa pero más cercana a la calle y junto a un pequeño cuartito del que emanaba el constante zumbido de un motor eléctrico. En cualquier caso, se trataba de la habitación aceptable más barata que había encontrado en Chile hasta el momento: quince lucas.

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Feria agrícola de Tacna y regreso a Chile

Viejo edificio en el centro de Tacna

Chile, misma fecha y lugar

Mis dos últiimas noches en Perú antes de regresar a Chile las pasé en Tacna. Mediante el clásico sistema de patear las calles (es decir, prescindiendo de internet) encontré una pensión más o menos céntrica y de aceptable calidad donde me dieron una habitación amplia y muy soleada, cosa de agradecer en el clima más bien fresco de esa región, en la que los días, debido a la influencia del litoral, suelen amanecer nublados. Precisamente al llegar yo estaban celebrándose dos eventos en la ciudad: uno, el aniversario de su reincorporación al territorio peruano (durante un tiempo estuvo en disputa no sé si con Chile o con Bolivia), y el otro una feria anual agrícola, ganadera y de productos artesanales, cuyo recinto ocupaba una gran explanada en las afueras, y que me acerqué a visitar. Ahí pasé una mañana entera (cinco soles por entrar) curioseando todo lo que se exhibía, degustando chocolates y cafés y comprando algunos regalitos para traerme de vuelta a España. En una caseta que anunciaba “churros valencianos auténticos” me pedí, por curiosidad, una porción; pero no fui capaz de acabármela: estaban hechos con harina de maíz, fritos con sepa Dios qué aceite y, como era de esperar, no tenían nada que ver con nuestros churros, valencianos o no.

Entre las artesanías textiles encontré zamarras, bufandas, gorros, guantes, pañuelos, pantalones y hasta corbatas, pero no lo que yo habría querido comprar, que eran camisas. (Huelga decir que tampoco vendían faldas, prenda que ha quedado por completo obsoleta en Perú.) Entre los comestibles, todos los relacionados con la uva y la aceituna, cafés y derivados del cacao -incluyendo la cascarilla-, dulces varios y desconocidos para mí -como el empalagosísimo king kong-, hierbas supuestamente medicinales, hoja de coca pulverizada y otras cosas que no recuerdo. Había también un gran sector de comedores, con barbacoas, asadores, juguerías y un considerable repertorio de la gastronomía nacional. Tampoco faltaba un sector para muestras de ganado y otro para maquinaria agrícola.

Curiosamente, pese a que Perú produce bastante café (y de buena calidad, como pude comprobar en la feria), apenas hay cafeterías, y en la inmensa mayoría de restaurantes y comedores sólo ofrecen Nescafé soluble, lo cual me parece un indicio más de lo poco que este pueblo se quieren a sí mismo: a sus propios productos prefieren lo que las multinacionales anuncian por la tele.

Por cierto, ahora que he mencionado la caja tonta, quizá valga la pena contar un detalle de la idiosincrasia nacional: en casi todos los alojamientos donde me he hospedado, lo que más celosamente y con más veneración entregan al cliente junto con la llave de la habitación no son objetos valiosos o útiles como la toalla, el jabón o el papel higiénico, sino los mandos de la tele y el vídeo; pero como quiera que yo invariablemente rechazo ambas alhajas, los recepcionistas me miraban con expresión de incredulidad y, para cerciorarse de que no se trataba de un malentendido, me preguntaban: “¿No los quiere? ¿No ve la tele?” Esto no sifnigica, claro está, que aquí la población esté más embrujada por la programación audiovisual que en el resto del mundo; es sólo que la entrega formal de los controles remoto me ha hecho más aparente la dependencia televisiva.

Como en otras ciudades peruanas, también en Tacna venecos y colombianos deterioran, con su presencia, el aspecto de la ciudad. Por lo visto, muchos de esos inmigrantes ilegales mosconean por la zona fronteriza con el punto de mira puesto en Chile, donde al parecer gozan de más beneficios sociales y las oportunidades de robar, al haber mucho más dinero en circulación, son mayores; y aunque el gobierno chileno hace lo que puede para que no se le cuele esa gente, su frontera es demasiado larga, desértica e inhabitada para vigilarla como sería necesario.

El último día me di el lujo de comer en un restaurante “caro”, donde por cincuenta soles (doce y pico euros) me pusieron un guiso de ternera para chuparse los dedos. A la mañana siguiente troqué por pesos chilenos, en uno de los cambistas que hay en la terminal de autobuses, hasta el último centavo peruano que me quedaba; pero había olvidado que me faltaban por abonar los dos soles del “derecho de embarque” (tasa que ponen casi todos los municipios por el uso de la estación), de modo que a la hora de abordar el minibus me vi en un momentáneo apuro. Por suerte, el chófer me hizo el favor de pagarlo por mí a cambio de una cantidad equivalente en pesos. Nunca antes había abandonado un país sin que me quedase en el bolsillo un ochavo de la moneda nacional.

No iba yo holgado de tiempo, pues necesitaba sacar dinero en Chile antes de que cerrasen los bancos: por un lado, los cajeros automáticos no están en la calle, sino en el interior de las sucursales (e inaccesibles por tanto tras el cierre de éstas); por otro, al día siguiente la salida de mi autobús para continuar viaje era anterior a la apertura bancaria. Pero al final no tuve problema porque salí temprano de Tacna y el paso de la frontera fue bastante más rápido que a la ida, ya que no había cola ninguna en las “migras”. Con todo, el trayecto hasta Arica no se salva en menos de hora y media larga. Dicho sea de paso, al rellenar el formulario aduanero de declaración de importaciones temí que si marcaba “SÍ” en la casilla de los productos de origen vegetal pudiesen confiscarme el café y el cacao que había comprado la víspera en la feria; pero por otro lado no quería arriesgarme a una multa si marcaba “NO”, así que decidí hacer lo legalmente correcto. Por suerte, el funcionario no le prestó la menor atención a esa casilla y pude pasar mi mochila sin molestias.

Como ya estaba familiarizado con Arica, tomar un colectivo desde la terminal al centro fue cosa fácil y rápida, encontrar el cajero de Scotiabank (el único banco que, en Chile, no cobra comisión) tampoco resultó complicado, y extraer los preciados billetes sin regalarle ni un céntimo al sistema financiero fue un indescriptible placer.

Con los deberes hechos y el bolsillo bien repleto me dirigí ya con calma al alojamiento que tenía reservado por Booking, un hostal económico y cercano a la terminal; pero en conversación telefónica con el encargado me enteré de que, sobre el precio acordado, planeaban trasladarme a mí la comisión que dicha plataforma les cobra a ellos, lo cual, por poco dinero que fuera, me pareció inaceptable, de manera que decidí explorar otras opciones antes de personarme allí. Y quiso la suerte que, muy cerca de ese hostal, encontrase otro con mejores opiniones en internet y un precio muy similar, así que llamé, reservé, y en diez minutos ya estaba allí. La jugada me sallió redonda: era un lugar agradable, muy tranquilo, el personal amistoso, una habitación espaciosa y de pasable calidad, buen agua caliente, cama confortable y una ubicación óptima, a diez minutos de la estación de autobuses, otros tantos de la playa y al lado de un mercado, un patio de comidas y un centro comercial. Con barrios así, ¿quién necesita alojarse en el centro?

Playa de Arica

Una vez me hube establecido fui a dar un paseo por la playa, para llegar a la cual es necesario rebasar varias barreras urbanísticas (infranqueables calles, largos vallados, ferrocarril, etc.) cortesía de los responsables del diseño de la ciudad, acaso poco sensibles a la suerte que tienen los ariqueños por vivir junto al mar. Tras mojar mis canillas de pollo en las gélidas aguas del Pacífico Sur, me tomé una cerveza Austral Calafate (antojo por el que venía salivando desde hacía semanas) en un restaurante vecino mientras contemplaba el océano y la playa, resplandecientes bajo el sol apenas velado por unos cirros. Al estirado camarero, por cierto, no le gustó que declinase el honor de dejar la propina que, por mala costumbre, añaden casi siempre los chilenos a la cuenta bajo el calificativo de “sugerencia”. A mi vuelta al hostal pasé por el patio de comidas y almorcé en un restaurante, elegido al azar y con acierto (pues los callos picantes que me pusieron estaban muy ricos) entre los diez o quince que allí había. También aquí quisieron colocarme la propina sugerida y también aquí la decliné.

Bien bebido y bien comido, me acerqué hasta un supermercado para comprar otro par de cervezas que llevarme al hostal, y me sorprendió encontrar una gran variedad de ellas, de cuya existencia no tenía noticia alguna. Como después supe, el sur de Chile produce mucha cerveza artesanal, aunque pocas marcas encuentran el camino hasta el lejanísimo norte y, cuando lo hacen, llegan dobladas de precio.

Después regresé al hostal, de donde ya no salí hasta la mañana siguiente para coger el autobús. Esa tarde, mientras bebía mi tesoro de cebada en la cocina del hostal, trabé conversación con el tipo más curioso que he conocido en muchos años (y sólo ahora, al escribirlo, advierto que ni siquiera nos dijimos nuestros nombres). De unos setenta años, físicamente esperpéntico, anatómicamente asimétrico (aunque delgado, su protuberante tripa cargaba hacia el lado derecho), y vistiendo el pantalón más sucio que imaginar se pueda, presentaba la estampa de un adefesio. Pero sus ojos eran amables y su cándida sonrisa se hacía inevitatiblemente simpática. Mecánico y camionero de profesión, en los últimos tiempos le había dado por aprender a navegar, sacose el título de patrón de yate y comprose un viejo velero del año en que yo nací. Su aspiración era darle la vuelta al mundo, pero por su poca experiencia no se atrevía, y decía necesitar un piloto en condiciones. Mientras tanto, hacía alguna salida ocasional en compañía de Roth, o Ross, dueño del hostal y copropietario del barco. Al decirle que yo era marino y también tenía título de vela le faltó tiempo para ofrecerme hacer una salida al mar, pero mis planes estaban ya trazados y habría tenido que deshacerlos. Aparte, confieso que, por lo que me contó del velero, la idea no me pareció muy tentadora; y menos aún tras conocer al tal Roth, que asomó un momento por allí: un neozelandés que, pese a llevar veinte años viviendo en Chile, apenas chapurreaba el español; y no por falta de capacidad sino -según me dijo el camionero- por total desinterés; típica actitud anglosajona. Mi hombre sabía de todo un poquito, pero era la mar de modesto y a cada momento protestaba no saber nada. Expresaba una curiosidad enorme por cualquier cosa y me hacía constantes y variadas preguntas sobre temas históricos, políticos, geográficos o científicos, respecto a los que varias veces hube de admitir mi ignorancia. Como otros peruanos y chilenos, se lamentaba de la indiscriminada afluencia de colombianos y venezolanos. Por lo demás, se mostraba muy servicial y ofrecía ayuda para lo que fuese a cualquiera que veía. Era de esa gente buena que pulula por el mundo y con la que a veces tiene uno la dicha de encontrarse. Durante dos horas largas estuvimos hablando, hasta que llegó la hora de acostarse.

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Más sobre Ilo y última evaluación del Perú

Flotilla pesquera de Ilo desde la playa

31 de agosto, Pica (Chile)

Hace varios días que no actualizo el diario. Ya quedaron atrás Ilo y el Perú, país que me ha dejado una mezcla de impresiones positivas y negativas un poco desconcertante; y es que, puestos a calificar los rasgos de su sociedad, me resulta difícil establecer una clara distinción entre los favorables y los desfavorables; no sé cuáles debo considerar virtudes o defectos. De momento enumeraré algunos y dejaré para después un esbozo de análisis.

En general, me han parecido gente muy modesta, tirando a tímida, poco o nada expresiva, parca en palabras y directa al grano, como quien no tiene necesidad ni ganas de decir más que lo imprescindible. Aparte, como ya he repetido a lo largo de este relato, parecen carecer del sentido de la estética y desconocer la vanidad (quizá ambos rasgos tengan una íntima relación); más bien ignorantes, en el sentido menos negativo del término; poco cívicos, en referencia a su desprecio por el medio ambiente o  la contaminación acústica. Pero, en realidad, ¿son disociables esos rasgos? Es decir: ser presumido, por ejemplo, ¿es del todo independiente de tener buen gusto? O bien, ¿puede el respeto cívico casar con la ignorancia? Al fin y al cabo todo se aprende. En principio, uno tendería a creer que no empuercar las ciudades o el campo, no generar más ruido del necesario, son conductas instintivas que no requieren enseñanza, ¿pero es esto así, o es que a base de vivir en un entorno en el que tales pautas de comportamiento social son importantes las he interiorizado hasta el punto de que se me antojan naturales? O si hablamos de la timidez, ¿se trata de una virtud o de un defecto? ¿Y no estaré confundiéndola con cierta insociabilidad? Al fin y al cabo ambas son similares en su resultado externo, de modo que por una causa u otra es difícil entablar conversación con un peruano.

En el acatamiento a los mandatos del globalismo, Perú es tan obediente como el que más.

Otra de las cualidades que he creído advertir en esta sociedad es su baja conflictividad. En mis casi dos meses de estancia no he oído a nadie decir una palabra más alta que otra, ni he visto una sombra de pelea o confrontación. Pero este rasgo del carácter, si bien encomiable a nivel personal, puede en cambio ser perjudicial para un pueblo si, como resultado, lo deja más indefenso frente a un posible despotismo u opresión, o simplemente frente al abuso. Por ejemplo, me ha quedado claro que la inmigración venezolana y colombiana aflige bastante a los peruanos, pero no me ha parecido que le opongan ninguna resistencia, como si fuese un mal inevitable al que no queda más remedio que resignarse; actitud que, por supuesto, dicha inmigración aprovecha para conducirse como si fuese acreedora por derecho natural no sólo a la indulgencia que el Estado informalmente le muestra (el gobierno de Perú no considera ciudadanos a los inmigrantes ilegales, quienes por tanto no pueden trabajar legalmente ni acceder a otros servicios sociales), sino a unos beneficios que ella misma se arroga. En Ilo vi muchos más inmigrantes que por el interior, acaso por ese irresistible magnetismo, del que ya he hablado, que el litoral parece ejercer sobre buscavidas, titiriteros, mercachifles, maleantes y perroflautas de toda índole. Así, mientras que en Moquegua, por ejemplo, los únicos venecos que recuerdo eran unos malabaristas callejeros (pésimos) pidiendo dinero junto al semáforo de la plaza, en Ilo los había por doquiera, formando ociosos grupitos, siempre con la mano extendida y el “colabórame” en los labios, dando una pobre imagen de la ciudad y creando en el viandante una sensación de inseguridad.

Por cierto, allí conocí a Caleb, un venezolano de la vieja escuela, de “los buenos”, que había emigrado a Perú hacía años. Con una habilidad adquirida que también muestran los naturales de otros países como Cuba o Marruecos, sólo con verme y devolverle las buenas tardes adivinó mi nacionalidad. Lo mismo me había ocurrido unas semanas atrás, en Chile, cuando tras oírme pronunciar una breve frase (dirigida a un tercero), otro venezolano me interpeló con esta pregunta: “¿De qué parte de España es usted?” Aunque me asombra esta soltura para identificar apariencias y acentos, no puedo evitar sentir cierta antipatía ante quienes la exhiben con aire de listillos.

Litoral Pacífico en Ilo

Un sesentón con bastante educación y cultura, Caleb se ganaba la vida recorriendo incansablemente la ciudad con su gran termo (sobre ruedas) de mate cedrón, vendiendo el vaso a sol cincuenta. Agradable y conversador, fervoroso creyente, me habló -entre otros temas- de milagros, profecías y apariciones (como la de la -al parecer- famosa Virgen de Garabandal); no obstante, me pareció que tenía el hombre una idea bastante acertada de las cosas del mundo y del carácter satánico (él empleó esta palabra en sentido literal, pero yo la encontré acertada en sentido figurado) de los cambios sociales que el globalismo está promoviendo gracias -entre otras- a la entusiasta ayuda del Papa Francisco, a quien él calificaba de verdadero anticristo; y creo que en esto, desde el punto de vista de la fe católica, no le faltaba razón. Por otra parte, criticaba la pésima calidad de sus propios compatriotas emigrantes de los últimos tiempos, deterioro que explicaba diciendo: “Claro, el socialismo del siglo veintiuno ha hecho muy bien su trabajo.” También me habló de sus dos hijos, con sus respectivas carreras, felizmente colocados uno en Francia y otro en España. Pero Caleb parecía satisfecho con su modesta vida de vendedor ambulante en Ilo. No me habría importado hablar un poco más con este curioso e interesante individuo, pero su humilde ocupación no le permitía detenerse: tenía que seguir ganándose la vida honradamente con el mate de cedrón.

En Ilo cambié dos veces de alojamiento. En el primero me dieron una habitación luminosa y con buena vista, pero la ubicación del hostal era ruidosa y además tenían la puerta permanentemente cerrada con llave (costumbre no inusual por estos lares), de modo que había que llamar a la empleada incluso para salir, lo cual se me hacía incómodo. El segundo resultó ser más ruidoso aún, pues las ventanas daban a una calle bulliciosa y no cerraban bien; y por otro lado la limpieza dejaba mucho que desear. Finalmente me alojé en un hotelillo de mejor categoría y bastante más tranquilo (gracias sobre todo a su ubicación) que incluía el desayuno (pobretón) y tenía un bar restaurante en el último piso, con una vista agradable y atendido por un simpático camarero con el que eché varias charlas las noches que subí a tomarme un macerado de naranja con ginger-ale.

Ilo desde el puerto pesquero

Por lo demás, me gustó pasar una semana en esa relativamente tranquila e incluso bonita ciudad. No pude, lamentablemente, visitar los muelles porque eran de acceso restringido, pero Ilo ofrece otros atractivos, como el ajardinado paseo marítimo, espléndidas puestas de sol, la gran flotilla pesquera meciéndose, fondeada, frente al parque, una magnífica vista sobre el Pacífico desde el barrio alto y, cómo no, una gran variedad de opciones culinarias, con abrumadora abundancia de pescado y marisco, a disfrutar en una no menos variada gama de establecimientos. Por un lado, hay un largo rosario de restaurantes frente al mar, así como esparcidos por el interior de la ciudad, desde lo más tirado de precio hasta lo más chic, donde (en estos últimos) por menos de 100 soles puede uno darse un auténtico festín de la mejor calidad. Por otro -y ésta me parececió una experiencia bastante más auténtica- hay junto al muelle pesquero dos “patios de comidas”: uno inesperadamente amplio, luminoso y limpio en cuya veintena de puestos sirven exclusivamente menús del día en torno a 10 ó 15 soles, y otro que, pese a su orientación más turística, resulta menos atractivo por lo oscuro y abarrotado, y donde otras tantas cevicherías ofrecen “extras” a base de marisco -no siempre fresco- a precios entre 20 y 40 soles. En este segundo patio, por cierto, los encargados de los puestos se pelean la clientela con agresivas tácticas de venta (como salirte al paso plantándote el menú delante de las narices o tirarte de la manga y ponerte en la mesa, antes de que puedas rehusar, una taza de sabrosa sopa de pescado “de cortesía”), hasta el punto de resultar agobiante para el recién llegado. La oferta gastronómica es tan grande que haría falta como mínimo medio año, comiendo cada vez en un lugar diferente, para conocerlos todos.

Hay decenas de cevicherías como esta en Ilo

Como todas las localidades peruanas, tiene también su mercado o “feria”, no demasiado laberíntico. Ahí compré algunos productos exóticos, como plátano manzanita, mermelada de piña, macerado de damasco y queso de cabra a la tierra de sal, o curiosos como aceitunas negras aliñadas, que comprobé no tienen mucho que envidiarles a las españolas. Me extrañó que el macerado, siendo un licor típico de Moquegua capital, donde es ampliamente conocido, fuese en cambio una rareza en Ilo, pese a la cercanía de ambas ciudades y pertenecer a la misma provincia. Tuve que preguntar en varios lugares hasta dar con algún tendero que supiese a lo que me refería, e incluso el camarero de mi hotel desconocía su existencia. No sé muy bien qué conclusión sacar de esta ignorancia (o indiferencia) respecto a los productos propios. En cierto modo, me sugiere cierta falta de confianza del pueblo peruano en sí mismo, cierto desapego por lo suyo, y refuerza la impresión de apatía que ya venían causándome otros detalles. Si esta conjetura es acertada, confirmaría el desinterés general de los peruanos por la variada riqueza de su país; lo cual podría ser, a su vez, triste síntoma de otro problema más serio: una falta de energía y voluntad para salir del atraso económico sacándole todo el partido posible a esa gran riqueza. Un pueblo sin ambición que se conforma con su statu quo es quizá más susceptible de padecer la corrupción interna y el dominio foráneo, ya que otros vendrán a usurpar lo que Perú no aprovecha para sí. No es por casualidad que las empresas que explotan su minería sean extranjeras. Las cualidades humanas y sociales tienen su cara y su cruz, sus aspectos positivos y negativos; y así la resignación y el conformismo, que pueden ser manifestaciones de una loable sencillez o humildad, se vuelven fácilmente contra uno en la competitiva lucha por la existencia, tanto a nivel personal como de nación. Tienen los peruanos cualidades que los hacen amables (en el sentido etimológico de la palabra), pero quizá sus propias virtudes los aboquen a un pobre porvenir como sociedad política.

La red telefónica del Perú también es extranjera

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Ilo sobre el Pacífico

Atardecer en Ilo

20 de agosto, Ilo

Han pasado ya dos semanas largas desde que tomé alojamiento en el hostal torateño que pagué para un mes entero, si bien, como el cuarto que me dieron resultó ser bastante inhóspito (austero, sucio, frío, ruidoso y con poca luz) finalmente sólo me quedé allí el tiempo suficiente para considerar amortizado el alquiler; o sea, poco más de diez días. Tiempo de sobra, no obstante, para llegar a conocer Torata del derecho y del revés. Un pueblo tan pequeño tiene pocos secretos, y durante esos días pude recorrer todas sus calles y explorar todos sus caminos. Me habría gustado también entrar en todos sus comedores, pero sus horarios resultaron incompatibles con mi hábito de alimentarme sólo cuando tengo hambre (y no cuando “es la hora”), puesto que -salvo uno- abrían sólo para el almuerzo. No es que Torata tenga un desproporcionado número de restaurantes (como tales, sólo tres), pero hay bastantes casas particulares que, sin pauta fija, abren de ordinario sus puertas al público para ganarse un dinero ofreciendo comidas durante dos o tres horas, normalmente a mediodía. Conté unos diez de estos informales comedores, número sorprendente para pueblo tan pequeño. No sé si esta costumbre es habitual en Perú o es que, por la cercana mina de Cuajone, Torata debe alimentar a muchos trabajadores sin casa propia en las cercanías.

“Surtido” estándar de bebidas en Perú: Coca-cola, Inca-kola (comprada por Coca-cola) y agua embotellada

Al cuarto o quinto día de mi estancia descubrí que había una oficina de turismo, y en un par de ocasiones estuve hablando largo rato con dos empleados que -para mi agradable sorpresa- parecían bastante más interesados en escuchar lo que yo pudiera contarles que en facilitarme información turística. Me llamó la atención su insaciable curiosidad por mis impresiones viajeras, no sólo las del Perú sino en general, y fui yo quien llevó el peso de la conversación en esas charlas. No obstante, alguna información obtuve de ellos, así como sus ideas sobre ciertos temas; como por ejemplo su -para mí inesperada- actitud crítica respecto a la minería, o su simpatía hacia Rusia en el conflicto con Ucrania. También me confirmaron que el clima en Perú está cambiando: en las últimas décadas hace más calor que antes, y llueve menos. En el aspecto turístico, fueron ellos quienes me sugirieron que viniese a visitar la ciudad en la que estoy ahora, Ilo, sobre el Pacífico. En principio no me convenció mucho la idea, porque en los mapas sinópticos esta costa aparece siempre con unas temperaturas más bien frescas; pero ahora puedo decir que tales mapas han resultado ser bastante engañosos, pues lo cierto es que aquí el clima, al menos estos días, es mejor que en la sierra.

Por el camino de Moquegua a Ilo. Las montañas del fondo no están nevadas: es arena blanca.

Cuando me cansé de esa deprimente habitación en Torata me fui a Moquegua para pasar varios días y planear mis próximos pasos. No me habría importado quedarme en dicha ciudad hasta emprender el largo camino de vuelta a Santiago de Chile, pero la dificultad para encontrar un alojamiento medianamente tranquilo y agradable me desanimaba. Por pura casualidad di con un hotelillo que no estaba mal en cuanto a ubicación, luz y ruidos, así que lo tomé durante tres noches para valorar mientras tanto las posibilidades que andaba barajando: (a) consumir en Moquegua el resto del mes y marcharme luego, desde allí, directamente a Santiago de Chile, (b) empezar ya mi regreso, tomándomelo con calma y pasando tal vez una semana por Argentina, o (c) aceptar el consejo de quedarme unos días en Ilo. Y dado que esto está a poco más de una hora de Moquegua, consideré oportuno venir primero en visita diurna de inspección: una buena mañana me subí a uno de los económicos minivan (30 soles ida y vuelta) que salen constantemente hacia la costa y me presenté aquí para ver qué tal; y como el resultado fue favorable, al día siguiente dejé Moquegua a mi espalda definitivamente y volví a Ilo para varios días.

Panorámica de Ilo desde el altiplano a su espalda

Ahora que empiezo a conocer un poco esta ciudad costera me resulta inevitable establecer comparaciones con las del interior. El contraste entre una y otras me hace advertir lo provincianas que son las demás localidades del Perú que he conocido: Tacna, Moquegua, Torata, Otora, Omate… todos ellos lugares de interior, con un ambiente muy campesino y la población más modesta que concebir se pueda: gentes de aspecto muy andino que no muestran la más mínima preocupación por la estética ni por la apariencia física. Aquí, en cambio, el tono de piel predominante es menos aindiado y las mujeres van un poco más arregladas (hasta he contado dos de ellas con falda; todo un récord). Por lo demás, la vida es algo más cara, y en la actividad y el estilo de vida puede percibirse ese característico aunque indefinible ambiente de litoral que siempre, en toda sociedad, es algo más dinámico y “progresista” que el de tierra adentro, si bien no soy yo capaz de determinar cuál es la causa y cuál el efecto: ¿son las localidades costeras las que atraen a determinado tipo de personas, o las que las transforman?

Ilo. El parque junto al mar

Por desgracia, lo que sí parece haber atraído Ilo es una buena cantidad de venezolanos, con sus llamativos peinados y tatuajes, su ornamenta metálica, sus gafas oscuras de chuloplaya y su chabacana vestimenta; y siempre pidiendo, llamando la atención, molestando y -cómo no- delinquiendo, según los naturales del país me han comentado en varias ocasiones. Ahora bien, lo que no se les puede negar a estos venecos es que son muchísimo más guapos que los peruanos, más bonito su color de piel, con mejor gusto vestidas y adornadas las mujeres (que no los hombres), en acusado contraste con las andinas, que combinan las ropas más feas sin importarles un bledo su aspecto externo, poniendo así de manifiesto una sorprendente –y tal vez, en el fondo, encomiable– carencia de presunción.

Flota pesquera de Ilo

Sea como fuere, Ilo le lleva a Moquegua la ventaja de ser mucho más tranquila (o menos bulliciosa), así como la de tener cien restaurantes donde sirven pescado y marisco frescos y a buen precio; de modo que es un buen lugar para variar mi dieta de las últimas semanas. Una de las cosas que he descubierto hace poco en Perú es que la buena carne de vaca no es nacional, sino argentina; y además no es fácil encontrarla (a juzgar por los comentarios que me hizo el gerente de un restaurante); de manera que, a la hora de la verdad, quien quiera carne nacional de calidad deberá limitarse al cordero y la alpaca. También está el cerdo, claro, pero a mí siempre me parece mediocre, comparado con el que se produce en mi tierra. En cuanto al pollo, generalmente es de crianza industrial. Pollo con arroz es la comida nacional. La inmensa mayoría de los restaurantes y comedores lo incluyen a diario en sus menús, cuando no es lo único que ofrecen; y apuesto a que, en un día cualquiera, eso es lo que come más de la mitad del país.

Otra especialidad que he encontrado en Ilo son las “papitas arrebosadas” (que no es deformación de “a rebosar” sino de “rebozado”), básicamente una gran bola de puré de patata rellena de mantequilla o queso, rebozada en huevo y frita. La sirven con “ensalada”, engañoso nombre que le dan aquí a la lechuga picada, a menudo sin aliño alguno.

Típica “papita arrebosada”

He estado escribiendo este capítulo en la terraza elevada de un restaurante junto al mar que tiene quizá las mejores puestas de sol de Ilo; pero, por desgracia, la música que ponen es insufrible: ese hip-hop cubano, bachata o como se llame, cuyas canciones tienen siempre idéntico ritmo, todas la misma voz de chicharra sintética distorsionad y el mismo tipo de letra, a menudo de una vulgaridad que causa rubor. No puedo evitar preguntarme por qué nos torturan con semejante basura: si es que le gusta a la clientela o es al pinchadiscos a quien le gusta. De manera que, en cuanto acabe de tomarme la Cusqueña Doble Malta que he pedido, me largo de este local para no volver.

Puesta de sol desde el restaurante

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Vuelta a Torata desde Arequipa: la Panamericana

3 de agosto, Torata

El viaje de vuelta, antier, desde Arequipa hasta Moquegua, esta vez no por los caminos de la sierra sino por la Panamericana, tampoco tuvo desperdicio. Esta carretera atraviesa cañadas de desoladora belleza e inacabables llanuras, planas como una tabla y perfectamente desérticas, las llamadas pampas (no exclusivas de Argentina), donde la rectilínea cinta del asfalto se difumina en la lejana calima del horizonte. Alguno de esos tramos rectos mide hasta 25 km.

De cuando en cuando, una brusca bajada hacia una garganta pone de relieve los estratos del subsuelo, en los que la roca adquiere una asombrosa policromía con predominio de los tonos pastel (crema, ocre, rosa, amarillo, celeste, gris, terracota, verdoso), veteados a veces con otros colores más densos.

Una muestra más, en fin, de la extraña naturaleza de estas regiones transandinas. Me pregunto qué pensarían, qué fascinación no sentirían, al ver todo esto, aquellos españoles del imperio, quienes nunca antes habían tenido ocasión de imaginar nada semejante.

Por desgracia, una vez más tengo que hablar aquí de la basura en las carreteras: durante las varias horas que duró el trayecto no dejé de ver ni un solo instante desperdicios arrojados a las cunetas. Prácticamente no hubo un solo tramo del largo del autobús que estuviese libre de bolsas, botellas o latas; lo cual me resulta muy deprimente. Teniendo en cuenta que se trata de una carretera con poco tráfico, quizá no más de tres o cuatro vehículos por minuto, si esto es cuanto los peruanos respetan a su país… bueno, sobran los comentarios.

Llegando a la estación del SENASA

Me he quedado, de momento, con la curiosidad de saber qué son unas chozas que, de trecho en trecho, se ven en mitad de la pampa, no lejos de la carretera y agrupadas en extensiones de dos o tres hectáreas deslindadas en parcelas mediante piedras; y en cada una de estas suertes se yergue una mísera caseta hecha de tablas o lámina, o un simple cerrado con planchas flexibles de estera tejida. No se me ocurre qué sentido pueden tener estos “poblados”, situados en pleno desierto sin asomo de vegetación, completamente deshabitados y carentes de infraestructura, incluso de tendido eléctrico. Parece como si fueran proyectos de asentamientos, futuros o abandonados, para los que las autoridades hubiesen concedido un lote al primero que lo ocupe con una construcción del tipo que sea. ¿Pero qué localidad puede fundarse donde no hay una gota de agua en diez leguas a la redonda?

Digna también de un breve comentario es la presencia, pocas millas antes de llegar a Moquegua, de una estación del SENASA (Servicio Nacional de Seguridad Agraria) en la que unos funcionarios uniformados detienen a todos los vehículos, los registran de arriba a abajo y escanean los equipajes de cada viajero, sin excepción. Allí se demoró el autobús cerca de media hora. Y allí también alguien, quizá la propia Administración, ha aprovechado para sacar dinero poniendo, junto a la estación, unos “servicios higiénicos privados y ecológicos” (o sea, meaderos en cabinas de metal) por cuyo uso cobra dos soles. Hasta tal punto debe de ser lucrativo ese aparentemente humilde negocio (al fin y al cabo, cada día pasan por esa taquilla cientos o miles de viajeros) que casi estoy por pensar que es el verdadero objeto de la estación, y no el teórico fin de controlar -según explica un vídeo reproducido en bucle por una pantalla de TV dentro del edificio- la mosca de la fruta y lograr una agricultura libre de pesticidas. Éste sería un loable propósito si fuera cierto, pero es aconsejable dudar siempre de las honradas intenciones de los políticos.

Otra curiosidad es que una buena parte (si no la totalidad) de este desierto es propiedad privada. Imagino que el Estado se lo habrá vendido por cuatro perras a inversores que confían en hallar mineral algún día, o a especuladores que saben que lo hay.

Desierto de propiedad privada
Curiosas arenas grisáceas

En Moquegua me he quedado las dos úlitmas noches. Ayer entré al restaurante La Parrilla Loca (bar & grill) y, al ver que en la carta ponía “Infusiones”, le consulté a la dueña cuáles tenían. Me contestó: “Pregúntele a la camarera”, y se metió en la trastienda. Al dirigirme a la mesera con la misma cuestión, me responde: “No sé. ¿No le ha dicho la señora?” “A ver -replico yo-, ella me ha dicho que le pregunte a usted”; a lo cual la joven se zafa improvisando un: “Pues las que pone en la carta.” Entonces un servidor, que no posee la virtud de la paciencia, le replica: “Señorita, en la carta sólo pone ‘Infusiones’; alguien sabrá cuáles tienen, ¿no?” La chica, acorralada, mira la carta mientras piensa cómo salir del atolladero, y finalmente resuelve: “Espere que le pregunte a la señora.” Al momento vuelve y, señalando a una caja con las consabidas bolsitas, añade: “¡Ah!, ¿estas cositas? Sí, pues hay… a ver… anís y té.” ¡Acabáramos! Esa empleada ni siquiera sabía lo que es una infusión, pese a venir incluidas en la carta con esa misma palabra. Vaya nivel.

Y de Moquegua me he venido hoy a Torata, donde acabo de ocupar la habitación que había reservado la semana pasada para un mes, aunque no sé hasta cuándo me quedaré en ella. Dependerá de lo ruidosa que sea. No he encontrado aquí ningún otro hospedaje donde me renten algo por menos tiempo, pero me gusta este pueblo porque tiene muy buen clima, es tranquilo, queda a sólo 20 minutos de Moquegua (con todos sus servicios), los alrededores son idóneos para caminar y hay, además, dos o tres restaurantes con menús aceptables y a 10 soles, que es una ganga. Aparte, el alquiler me ha costado sólo 350 soles, de modo que poco pierdo si no me quedo el mes entero, sea porque me marche al Puno a pasar unos días, sea porque no me encuentre a gusto y decida largarme en cualquier momento.

El Puno está en plena cordillera de los Andes y queda a sólo unas cuantas horas de autobús desde Moquegua. Me gustaría conocerlo porque, por lo que  he leído, debe de ser un destino muy exótico. Lo malo es que en esta época del año las temperaturas allí son aún muy bajas y, habida cuenta la mala calidad de la hospedería en Perú y el tenor de los comentarios que leo por internet, las habitaciones son frías incluso en los hoteles más caros. A ver si tengo suerte y el clima mejora un poco a medida que pasa el invierno. Un hombre que trabaja en el Ayuntamiento de Torata me ha recomendado mejor Cuzco (que aquí llaman “El Cusco”), pero esa ciudad queda el triple de lejos y es mucho más turística que Puno.

En este momento estoy sentado a una mesa de un tranquilo y muy humilde restobar que tiene el piso de cemento pintado en rojo inglés, las paredes en blanco azulado y la carpintería en tonos crema y tabaco, colores que me evocan a mi tierra natal. Tal vez por la hora que es (16:30 en mi reloj), tarde para almorzar y pronto para cenar, soy ahora el único cliente. La dueña me ha servido una Cusqueña Trigo de a 620 ml (caprichosa medida) y, para bebérmela, me pone un vaso pequeño, hispanoamericana costumbre a la que no acabo de encontrarle la ventaja. A lo mejor es que a los bares no les llega el presupuesto para tener más que un tipo de vaso.

Como curiosa nota cultural contaré que en Perú llaman “extras” a los platos fuera del menú del día; o sea, lo que normalmente conocemos como “la carta”. Mientras que los menús constan de un primer plato (casi siempre caldo o sopa) y de varios segundos a elegir (más o menos variados a lo largo de la semana), en cambio los extras, pese a este nombre tan poco intuitivo, son siempre los mismos. Es decir, que no se trata de guisos extraordinarios que el cocinero prepare de vez en cuando. Suelen ser más elaborados y abundantes que el menú y, como es de esperar, salen bastante más caros, cosa del doble o el triple.

El cerro Baúl visto desde Torata Alta

Hoy he ido caminando hasta Torata Alta (hora y media entre la subida y la bajada; preciosas vistas panorámicas desde allí arriba), que es la aldeíta de donde proceden las luces que la semana pasada, desde el Complejo Turístico, no supe ubicar. Y al regresar al pueblo me he fijado en que, a la entrada, hay un letrero indicando que Torata tiene (o tenía entonces) unos 6000 habitantes, cosa que me sorprende mucho, habida cuenta su reducida extensión y el hecho de que sólo haya un colegio. Igual esa cifra se refiere al término distrital (o sea, municipal), que a lo mejor es grande y engloba a bastantes chacras, en las que aún viven muchos peruanos.

Por cierto que aquí infinidad de tiendas tienen un letrero anunciando “pollos de chacra”, es decir de campo; y aunque parece lógico suponer que muchos de ellos acaben siendo servidos en comedores y restaurantes (donde también con frecuencia los anuncian), el problema que se le presenta al cliente es el cómo asegurarse (al igual que con los “huevos de gallina libre” que anuncian en los supermercados) de la veracidad de tal publicidad. El pollo, por lo que llevo visto, es con mucha diferencia el plato más común en Perú, servido al almuerzo y a la cena en la mayoría de los hogares; así que por muchas alquerías que haya es imposible que su producción dé abasto para tantísimo consumo, ni siquiera en los pueblos. Ya sólo en los comedores de Torata seguramente se guisarán en conjunto no menos de dos o tres docenas diarias de pollos, y no sé si habrá por esta zona granjas capaces de satisfacer semejante demanda. De hecho, la señora Hilda, la esposa de Rodrigo (a quienes conocí en Quinistacas), me dijo que en general no había que hacer caso de tales letreros, y que buena parte de los regionalmente famosos “pollos omateños” (de Omate), supuestamente de corral, son criados en granjas industriales.

Una última imagen de Torata, tan reveladora como la de los desperdicios en la carretera, es la siguiente: un grupo de niños pequeños juguetea en el ajardinado del parque pisoteando y arruinando las flores como si allí no hubiese nada plantado, como si fueran simples yerbajos; y los adultos los contemplan con total pasividad sin que ninguno, ¡ni siquiera el propio jardinero!, les llame la atención; al contrario, los miran con ojos aprobadores, y pareciera que el objeto de esas flores fuese precisamente el ser holladas por los zapatos infantiles. Por cierto (y con esto finalizo el capítulo), el servicio municipal de vigilancia y seguridad pública en Perú, y sólo en Perú, se llama “serenazgo”. Bonita palabra que, aunque parezca castellano antiguo, es un invento muy reciente: en los tesauros del español no existe ninguna referencia a ella anterior al año 1996.

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