Inolvidable ruta hasta la decepcionante Arequipa

2 de agosto, Moquegua

El trayecto por la sierra desde Omate hasta Arequipa figurará entre los más inolvidables de mi vida. Algunos de los paisajes que pude contemplar son tan distintos a cualquier otra cosa que yo haya visto, que su descripción escapa a mis habilidades literarias. De hecho, ni siquiera las fotografías y vídeos que tomé desde el autobús le hacen justicia a la pintoresca, a veces fantasmal y casi siempre sobrecogedora naturaleza que esas lamentables carreteras atraviesan. Se trata de una ruta de tierra (salvo en los tramos primero y último) por toda la serranía, de la que el autobús (una tartana que no tendría menos de cuarenta o cincuenta años) sólo se desvía para dar servicio -por otro camino todavía más mísero- a Amata, una minúscula comunidad en mitad de la montaña.

Aparte, el viaje tuvo para mí todo el sabor folclórico de unos aldeanos cuyo rostro andino jamás refleja la fatiga y que van de un pueblucho a otro, a menudo cargados con fardos, subiéndose o apeándose en cruces de caminos perdidos. (Eso sí: pese al entorno tan rural, ni una sola de las mujeres que vi en esa región usaba falda. Quizá la costumbre femenina de vestir pantalones haya arraigado en Perú hace muchos años, pues hasta las viejas los llevan.)

La mayor parte de ese tramo discurre por altitudes superiores a tres mil metros (en el punto más elevado mi GPS midió 3625 m), de manera que, pese al sol vertical del mediodía, no pude mantener abierta la ventanilla porque hacía frío por esas crestas y cuerdas semidesérticas, en las que predomina una vegetación baja y resistente a la evaporación, cuando no cactus dispersos que parecen arraigar en la pura roca.

Sólo a partir de Puquina empiezan a menudear algunos valles más fértiles, donde todavía se conserva una llamativa agricultura en terrazas que deben de datar del tiempo de los incas y que confieren a esas vegas un aspecto único, con su miríada de estrechas pero alargadas terrazas que dibujan con precisión topográfica las curvas de nivel.

En Puquina, por cierto, hace el bus una parada de diez o quince minutos que todos los pasajeros, salvo un servidor (porque lo desconocía), aprovechan para aliviar la vejiga, estirar las piernas y comprar una apetitosa y apetecible papa rellena calentita; costumbre esta última que sí tuve tiempo, aunque por los pelos, de imitar cuando vi que casi todos los demás se habían agenciado una de ellas y comprendí el propósito de la parada.

La última hora y media, hasta Arequipa, se hace ya por carretera asfaltada y ante la permanente presencia, ora a babor, ora a estribor, de las nieves perpetuas en las cumbres de los volcanes Misti y Chachani. En ese tramo el cielo aparece medio nublado por los altostratos que se condensan sobre esas elevadas cimas, la humedad del terreno es mucho mayor y el campo se viste de un verde más brillante y lustroso que en nada envidia al de los alpes suizos.

Luego comienza el descenso gradual hacia Arequipa, a lo largo del cual se alternan, en fuerte contraste, zonas más o menos fértiles, y la carretera, de impresionante trazado, pasa por asombrosas gargantas y cañadas hasta que, por último, llega a la zona urbana de la amplia y llana vega en la confluencia de los ríos Chili y Socobaya, donde se ubica la ciudad (cuya área metropolitana empieza casi en Yarabamba, todavía a una hora del centro).

La villa natal de Vargas Llosa tiene en la actualidad más de 1.300.000 habitantes, o sea el décuplo de cuando el célebre escritor hacía por allí sus correrías de jovenzuelo. Y no me extraña, por cierto, que ahora viva en Barcelona, porque Arequipa es hoy día un pozo de suciedad, orines y mendigos, un adefesio urbanístico hipercontaminado de humos y ruidos, un caos vial y un nido de venecos (inmigrantes venezolanos, en su mayoría ilegales), a quienes he aprendido ya a identificar por su acento, su hortera indumentaria, sus llamativos cortes de pelo, tatuajes o piercings, y sobre todo por esa mirada insolente que me recuerda a la de los gitanos y que suele ser habitual entre los miembros de ciertos grupos sociales que se creen que todo les es debido y qie tienen derecho a hacer o exigir lo que les venga en gana. Lo poco que he podido ver de esta capital hervía de tales sujetos, y la verdad es que resulta un poco intimidante cruzarse con ellos.

A última hora, mi permanencia en la ciudad resultó ser muy breve. Tenía idea de quedarme dos o tres días y por lo menos conocer el centro, del que había visto bonitas imágenes, pero al final sólo pernocté una noche. El bus desde Omate tardó casi cinco horas en hacer el viaje (yo había calculado tres) y, además, no llegó a la “terminal terrestre”, cerca de a la cual yo había reservado habitación en el hotel Requiebro, con buenas referencias en internet, sino a un corralón particular en un barrio perdido; de modo que aún hube de coger un minibús que me acercase a la estación central y todavía caminar un ratito. Y creo que fue este tramo a pie lo que, en buena medida, me quitó las ganas de prolongar mi visita más de lo estrictamente necesario, pues las calles por las que anduve discurrían en buena parte junto a largos y nada excitantes vallados macizos, apestaban a meado, había en ellas pocos transeúntes pero de mal aspecto, me salieron al paso perros con muy malas pulgas y menudeaba el tráfico pesado. El Requiebro me pareció uno de esos hoteles donde paran los camioneros a dormir o donde los amantes apresurados calman unas horas su concupiscencia, y aunque la recepcionista me dio, como le solicité, un cuarto en el último piso y con ventana al foso interior, esta precaución me sirvió de poco, pues la estructura del edificio era tal que los ruidos de la calle -en realidad una carretera engullida por la creciente urbanización- llegaban por igual a cualquiera de sus habitaciones. La mía, al menos, parecía impia; pero ya llevaba yo un rato dándole vueltas a la idea de cambiar de alojamiento al día siguiente.

Dejado que hube mi mochila volví grupas hacia la terminal terrestre para buscar un lugar donde cenar y otro donde comprar unas provisiones, y también para preguntar por los horarios de buses a Moquegua, que era mi próximo destino y donde cerraría el círculo que originalmente había ideado para esta zona del Perú. Mi idea era cenar en algún restaurante del centro comercial (bastante nuevo) junto a la terminal, pero la visión de esas franquicias y locales de comida rápida, del todo ajenos a la cocina local, inmersos en el ambiente de música enlatada típica de los multicentros y frecuentados por la clientela más mediocre y pequeñoburguesa de la zona, me quitaron las pocas ganas de comer que tenía. El caso es que por un lateral de ese nuevo edificio corría una calle abarrotada de hostales y comedores mucho más auténticos, y los había en tal abundancia que ya iba resolviendo mentalmente cenar allí esa misma tarde, tras despachar la cuestión de los horarios, y mudarme a esa zona al día siguiente.

El alargado edificio de la terminal hervía de actividad: a un lado, las taquillas de todas las empresas de transporte y, al otro, infinidad de puestecillos que vendían el tipo de comida adecuada para llevar de viaje, o sea manjares a base de harina: panes, tortas, empanadas, dulces, tequeños, sanguches, hamburguesas, pasteles, perritos calientes y todos los hidratos de carbono que pueda uno imaginar, elaborados con abundancia de azúcares y grasas saturadas. Y fue en aquel pequeño zoco, mientras preguntaba por horarios y precios de los boletos, donde decidí cómo solucionar de un plumazo mis dudas respecto al día siguiente: no me quedaría ni tres ni dos noches en Arequipa, sino sólo aquélla, y compraría en el acto un pasaje a Moquegua para la mañana siguiente, procurando asegurarme un asiento en la fila “panorámica” del autobús. ¿Para qué andar dando tumbos y cambiando de hotel en una ciudad que me había causado una primera impresión tan pobre? Se me antojaba mucho más atractiva la idea de regresar lo antes posible a lo ya conocido y esperar en Moquegua a que quedase libre una habitación que ya había apalabrado alquilar en Torata durante un mes. Así que dicho y hecho; y con mi título de transporte en la mano sólo me restaba ir a cenar. Pero como, entre unas cosas y otras, pasaban ya de las cinco y el sol estaba para ponerse, comprendí que si me sentaba a comer por allí se me echaría encima la noche para cuando volviese al hotel por las inhóspitas calles de los orines, los venecos, los perros y los camiones; de manera que simplemente compré unas golosinas (leche, galletas y una cerveza) para consumirlas en mi habitación.

Veinte minutos más tarde estaba ya de regreso en el Requiebro con mis provisiones. Me eché al coleto la cerveza antes de que se calentase, me duché, me comí luego el refrigerio y me acosté con los tapones en los oídos, aunque al final esto no fue tan necesario porque, una vez pasada la hora punta, el tráfico disminuyó mucho, los huéspedes vecinos quedaron en silencio y se hizo una calma relativamente pasable en la habitación.

Capítulo siguiente

Publicado en Chile y Perú | Deja un comentario

Bebiendo chicha jora en una aldea peruana

Alrededores de Quinistacas

30 de julio, Omate

Conocí a Rodrigo dos días atrás, en mi segunda visita a Quinistacas. Es un hombre de ochenta años que vive en Arequipa con su mujer y parte de su familia, pero que gusta de volver con frecuencia por la aldea, donde conserva una chacra (como llaman en esta región a las alquerías) con una casilla. Manifiesta su humilde hospitalidad conmigo invitándome a entrar, ofreciéndome gaseosa y anís de Arequipa, regalándome una lima y una naranja de su chacra, para que pruebe lo que es fruta de verdad, y dándome un rato de conversación. “Mis hijos -me dice sin asomo de tristeza- venderán esto cuando yo muera, porque a ellos no les gusta el campo.” A seis hijos crió, dos varones y cuatro hembras, y a los seis les dio estudios, sin que hoy a ninguno le falte trabajo. Incluso dos de sus doce nietos tienen ya la carrera terminada y están bien colocados. Parece un hombre satisfecho con la vida que ha llevado, y habla de la muerte con total naturalidad: el dinero que ha ahorrado para el entierro, lo que quiere que sus hijos hagan con su cadáver, etcétera. Rodrigo no se muestra pesaroso por el hecho de ser el único en la familia al que le gusta venir al pueblo; al contrario, está ufano de que hijos y nietos tengan otra vida y mejores salarios. Parece interesarse por España, quizá porque allí vive un pariente suyo, y me hace algunas preguntas al respecto, aunque noto que apenas se entera de mis respuestas, no sé si porque no las comprende o por insuficiente atención. Me habla de otros parientes en el extranjero: uno en Italia y otro en Estados Unidos. De repente pienso que, posiblemente, él no tenga una idea nada clara de dónde está ninguno de esos países; quizá ni siquiera sepa ubicar el suyo en un mapamundi; pero tampoco le hace falta: sabe dónde están Lima, Arequipa y Quinistacas y con eso le basta.

El día que lo conocí estaba preparando chicha de jora, y me mostró el balde, hasta arriba de un líquido oscuro y borboteante, donde acababa de mezclar los ingredientes: maíz negro germinado, algunas frutas, azúcar y agua hirviendo. “Mañana es el cumpleaños de un buen amigo, viudo y sin hijos, y vamos a celebrarle una fiesta.” En esto apareció el susodicho por allí y se tomó un trago de anís conmigo (Rodrigo no bebe, por la tensión), pero casi no le entendí nada, pues vocalizaba poco; rasgo típico del acento peruano. La ele, la ene y la erre apenas se pronuncian.

Al marcharme de la chacra me pidió que lo visitase otro día, pues iba a quedarse en Quinistacas unos cuantos más, y así se lo prometí. En esa parte del valle ya iban cayendo las sombras tempranas de la montaña y, durante el descenso, sentí algo de fresco, pero llegando a Omate se abre la cañada y volvió a aparecer un ratito el sol antes de ponerse definitivamente tras los cerros del noroeste.

Ayer por la mañana ascendí de nuevo, desde Omate, los trabajosos dos quilómetros de pura cuesta hasta Quinistacas, donde, en lugar de al solitario Rodrigo, me encontré una reunión de diez o doce personas que habían acudido para celebrar el mentado cumpleaños. Había varios familiares suyos, más otros vecinos, y aunque se apresuraron a hacerme un hueco en la mesa no quise aceptar la invitación a comer. ¿Qué pintaba yo allí? No me habría encontrado cómodo entre tanto desconocido, ni iba mentalmente preparado para una comilona a tan pronta hora, ni me resultaron especialmente sugestivos los diversos manjares que vi sobre la mesa, así que me quedé sólo lo suficiente para no ser descortés, les acepté un par de vasos de la chicha  recién preparada (en realidad estaba aún fermentando, pero así la bebían, según me dijeron, para que no se vuelva muy alcohólica), estreché la mano a todo el mundo y me escurrí antes de que insistieran en que me quedase, pero no antes de que me sacaran una nueva promesa de volver otra vez. Y hoy a mediodía he cumplido gustoso mi palabra. No estaba Rodrigo solo, pero la reunión era bastante más reducida que el día anterior y, además, esta vez no me han dejado tiempo para escaparme, porque antes de que pudiera decir esta boca es mía ya me habían colocado en la mano un cuenco con chicharrón, maíz y papas que, vaya por Dios, estaban ya fríos; pero no era cuestión de hacer melindres y me lo comí todo como un buen chico, porque algo más de hambre sí traía y porque la comida, aun fría, estaba bastante rica. Aparte del propio Rodrigo, se encontraban allí su esposa Hilda, una hija, el homenajeado del día anterior y otro fulano al que no le hallé la filiación. En esta ocasión sí que compartí con ellos un par de horas, durante las que aprendí algunas cosas interesantes sobre el país, las zonas, la gastronomía, etc. En Perú, como en todas partes, los productos agrícolas y ganaderos ya no son lo que eran, y desde que llegaron los piensos y abonos artificiales todo ha bajado de calidad, aunque en el campo aún pueden encontrarse cosas buenas. De hecho, no conformes con el primer cuenco que me habían endilgado, al cabo de un rato me largaron otro con un guiso (esta vez medio caliente) de pollo, arroz y papas que hallé la mar de bueno. “Pollo de chacra”, me dijeron. Allá vinieron también otros dos vasos de chicha y luego apareció el vino del pueblo, que me pareció -como aquélla- a medio fermentar, muy casero, pero bebible, con esa frescura natural del pitarra. Aprendí que en Perú todo el azúcar es de caña (y sin refinar, como ya venía observando) y se asombraron mis anfitriones de que la nuestra, en España, fuese de remolacha (que ellos llaman betarraga o betarrata). El queso es generalmente de vaca, semifresco, muy natural pero algo grosero. Las patatas, salvo en el campo, han bajado de calidad: antes podía uno consumirlas al cabo de un año sin que se estreopeasen; pero aun así no son nada malas.

Me hablaron también de los indios del Puno, Juliaca y otras partes de la sierra como Cusco, Ayacucho, Abancay… Por lo visto los habitantes de esas regiones viven como en otro mundo y tienen su propia economía, con mucho trueque y en su mayor parte (un 80%) informal; o sea, sin control administrativo. El indio aimara es más “mosca” (es decir, más espabilado) que el quechua, gran negociante, difícil de engañar y muy emprendedor. La agricultura, cuando no la malogra ninguna desgracia, es buena y abundante, pese a que sólo hay dos estaciones: el verano, frío y lluvioso, y el invierno, gélido y seco. Las mujeres de la cordillera, a diferencia del resto del país, sí que visten la tradicional pollera, faldas a menudo tan repujadas y ornadas que valen un dineral, cosa de ochocientos soles; y a menudo llevan hasta tres de ellas superpuestas. El hombre sin filiación contó, no sin cierta gracia, que en una ocasión estuvo cortejando a una mujer de la sierra y ésta le preguntó: “¿Pero tú tienes dinero para vestirme?” Por lo visto, los serranos son tan gastosos como negociantes, no acostumbran acumular riqueza y les gusta comprar, de lo bueno, lo mejor.

También me contaron que nadie quiere a los venezolanos (los llaman “venecos”) ni a los colombianos, que al parecer sólo saben robar y delinquir, y que la criminalidad ha aumentado mucho desde que el gobierno les abrió las puertas a raíz de las barrabasadas de Nicolás Maduro. Ese tipo de inmigraciones forzosas, indiscriminadas y en masa nunca traen nada bueno.

Cuando la reunión empezó a decaer y vi que a alguno se le cerraban los ojillos por efecto de la chicha y el vino aproveché para despedirme. Esta vez ya no hubo promesas de volver: sabíamos que no habría un nuevo encuentro, así que nos dijimos adiós con las vagas fórmulas habituales, les di la espalda y comencé a bajar por la empinada calle, despacito, despacito.

Capítulo siguiente

Publicado en Chile y Perú | Deja un comentario

28 de julio en Omate

Las montañas que dominan Omate, con sus parches de piedra pómez que parecen sucios glaciares.

27 de julio, Omate

Omate está rodeado de montañas por sus cuatro costados: en primer y cercano término lo flanquea, en semicírculo, una alta sierra hasta cuya base llegan algunas de las casas del pueblo; en segundo, visibles donde estaría el proscenio de esa suerte de anfiteatro, aparecen los picos de otra sierra, a una distancia como de media hora caminando; y en tercer plano, a unos 15-20 km a vuelo de cóndor, se encuentran las elevadas cumbres volcánicas de la Cordillera Occidental, con altitudes de hasta 5000 m, cubiertas parcialmente por unos parches color gris blanquecino que parecen nieve sucia pero que -según me dice un paisano- son piedra pómez resultante de no sé qué erupción. Me cuenta también que esas cimas solían estar permanentemente nevadas pero que, desde hace un años, ya no lo están.

Me pregunto si esto tendrá algo que ver con el calentamiento global, ya que de cualquier forma las temperaturas a esa altura son lo bastante bajas casi todo el año como para que la nieve no llegara a derretirse.

Conté en el anterior capítulo que, a mitad del viaje hacia acá, pasamos por una aldea llamada Quinistaquillas. Pues bien: resulta que existe otra de cuyo nombre debe derivarse el anterior, a sólo veinte minutos de Omate, valle arriba. Se trata de Quinistacas. Y no es ni mucho menos la última que se encuentra en esa misma dirección: todavía hay todo un rosario de diminutas comunidades a lo largo de esta misma cuenca, aguas arriba, hasta los 3000 m de altitud: Tintín, Cohuacho, Carabaya, Chichillín (Bajo, Medio y Alto), Patapampa, Cogri y unas cuantas más. Me cuesta trabajo imaginar de qué viven esas aldeas, ya que, huertecillas familiares aparte, por aquí no se ve mucha agricultura o ganadería, y los árboles que hay no me parecen frutales. Además, y a diferencia de Torata, esto no es zona minera; pese a lo cual, y en llamativo contraste con dicho pueblo, hay aquí media docena de hostales, incluyendo uno municipal, muy básico pero ridículamente barato: 20 pesos la habitación individual con baño privado y 10 pesos la cama en habitación compartida. Estamos hablando de entre 2 y 5 euros. Me habría gustado -más que nada, por la curiosidad de una experiencia auténtica- tomar posada allí, pero la habitación que me ofrecieron me pareció excesivamente austera, el colchón muy duro y el edificio muy frío; así que me decidí por otro hostal algo mejorcito y al doble de precio que, pasada la primera noche, tampoco me ha gustado. De manera que hoy me he mudado a un tercero donde, por 60 pesos, tengo una habitación como Dios manda, soleada y con una espléndida vista, y en la que -si nada me estorba el sueño- me quedaré unos cuantos dias.

Plaza e iglesia de Quinistacas

Esta mañana tomé el empinado camino hasta Quinistacas para echar un vistazo. Su plano es, literalmente, el de una rejilla del tres en raya. En la bonita y soleada plaza central, medio ajardinada y con algunos árboles, hay una iglesia sin concluir que, imitando el estilo neocolonial, traiciona su moderna construcción porque la bóveda, aún no tejada, deja ver su estructura de hormigón (o a lo mejor el cuerpo es antiguo y sólo la bóveda es nueva). Lugar curioso esa aldea, con sus calles de tierra o guijarro por las que aún se ve pasar algún jinete a lomos de caballería. Lástima que esta gente sea tan poco dada a la conversación (no sé si por timidez o por indiferencia) y que los pocos dispuestos a hablar muestren un conocimiento tan limitado sobre los temas que yo querría abordar. Aparte, el aislamiento social que las -inadecuadamente- llamadas “redes sociales” están acarreando no ayuda, por desgracia, a trabar relaciones: hoy día la mayoría de la gente reduce su atención al teléfono móvil, y cuanto se salga de esa línea visual de 30 cm de longitud es como si no existiera.

28 de julio, mismo lugar

Si hubiese venido buscando efemérides adrede no las habría encontrado tan fácilmente. Resulta que el 28 de julio se celebra la transformación del Perú de virreinato en república bananera; es decir, su independencia política (que no económica). Se halla la plaza de Omate engalanada y llena de gente, y en derredor desfilan, con paso que quiere ser marcial pero más bien parece una parodia, pequeños grupos de trajeados ciudadanos en representación de vaya usted a saber qué colectivos: colegios, instituciones, empresas… En una de las esquinas de la plaza, una pequeña banda musical, a golpe de tambor y soplido de trompeta, va marcándoles el ritmo a los desfilantes para intentar ayudarlos a marchar coordinados, cosa que a duras penas consiguen. Digo yo que menos patético quedaría si caminasen cada uno a su paso normal. La marcha en orden y formación es una habilidad de orden marcial que precisa muchas horas de ensayo y, sobre todo, ser tomada en serio. ¿Para qué se meten en desfiles unos profanos que nada de eso entienden? Ni siquiera los músicos son capaces de llevar el compás como Dios manda.

Según escribo, desde la ventana de mi habitación y sin mover el culo de la silla, puedo contar hasta diecisiete banderas nacionales ondeando sobre tejados y azoteas. Y no están ahí por la efemérides de hoy, sino que son permanentes. En los países hispanoamericanos se suele hacer gala de gran patriotismo, y a base de pabellones y mucho aparato nacionalista sus sociedades se reafirman en el error de haberse dejado embaucar para desgajar un gran imperio. De algún modo han de consolarse, digo yo, por su fracaso como estados realmente soberanos.

Vega del río Omate

Dando esta mañana un paseo hasta Cogri, una especie de barrio a una milla de Omate, he caído en la cuenta de dos características comunes a toda la región de Perú que llevo vista: la ausencia de criterio urbanístico por un lado, y la carencia del sentido del gusto por otro. Las casas se disponen en total desorden, a juicio personal de cada propietario o arquitecto, sin más uniformidad que la impuesta por los materiales de construcción (bloque, ladrillo, chapa corrugada) ni más limitación que la impuesta por el terreno; y las construcciones quedan así semiacabadas (pero habitadas) para los restos, como si de pronto se hubiesen interrumpido los suministros de material en todo el país: ahí están los encofrados con las varillas al aire, ahí las paredes sin enlucir (no hablemos ya de pintura exterior), ahí los vanos desdentados, sin puertas ni ventanas, ahí los tejados de chapa sujeta con piedras, ahí las estructuras sin vestir… Pero, eso sí, crece con vigor un bosque de antenas prabólicas (cada una mirando hacia donde Dios le dio a entender) sobre altos y remates, porque esta gente podrá no tener presupuesto para un bote de pintura, pero la televisión que no les falte; de lo cual deduzco que la negligencia en los acabados no debe imputarse simplemente a una falta de peculio, sino a una indiferencia por la estética o, quizá peor, a la carencia de dicho sentido. No creo que Perú sea sustancialmente más pobre que muchos otros países en los que, sin embargo, nunca falta una tinaja de cal con la que blanquear las paredes.

Hay, además, muchos otros aspectos de una vivienda (el diseño, la disposición de los elementos, el mobiliario) en los que sale igual de caro hacer algo bonito que algo feo. Otro detalle que observo, por ejemplo, es que aquí nadie tiene flores. Abundan árboles y arbustos en las zonas húmedas de los valles (donde se ubican la mayoría de localidades), en los patios de las casas y en las plazas de los pueblos, pero flores no se ven por parte alguna. Salvo algunas veraneras y adelfas, ¿no hay ninguna especie que se adapte a este clima, o es que al peruano no le gustan las macetas? Al final va a resultar que los únicos que tienen sentido del gusto aquí son esas viejas aimaras que, aunque estrafalarias, dan al menos muestra de una sensibilidad estética. Ésta podrá o no podrá agradarle a uno, pero está claro que al menos a ellas les importa su aspecto externo. Quizá sea esta fealdad de todo lo que me rodea (salvo el grandioso paisaje, cuando no lo ha deteriorado la mano del hombre) lo que hace que no llegue a encontrarme cómodo en esta región del mundo: dentro de los cascos urbanos no hay donde descansar la vista.

Bueno, no es sólo la fealdad: también el ruido. En todo lo que llevo de viaje apenas he encontrado uno o dos alojamientos relativamente tranquilos. La habitación en la que estoy ahora, sin ir más lejos, aunque bonita y con una buena vista, ha resultado también ser ruidosa, y además desde primera hora de la madrugada.

El barrio de Cogri es otro de esos lugares un poco distópicos, cuya mera existencia o propósito no acabo de entender: diez calles de pura tierra, mal dispuestas y medio desiertas, sin apenas casas, puros solares y galpones, algún taller, una pollería, un “parque” desangelado, sin plantas y semienterrado en el polvo, un minimercado y una gasolinera. ¿Qué hace Cogri ahí? ¿A qué propósito sirve? Los pocos vecinos que allí vivan, ¿no podrían vivir igualmente en el pueblo? A Quinistacas sin ir más lejos, donde estuve ayer, le encuentro sentido: su trazado, sus calles, alguna de sus construcciones, hablan de una aldea bastante antigua y sin duda con una historia propia. Tiene cultivos y está en medio de un oasis. Pero… ¿Cogri? Sólo se me ocurre que sea un barrio nacido en torno a la gasolinera y a alguna pequeña industria que Omate, por la angostura en que se encuentra, no puede alojar. Pero es difícil encontrar a quien pueda darle a uno explicaciones. Como tengo ya repetido, esta gente es muy poco comunicativa y por de más ignorante. Aquellos a quienes he preguntado por algún dato básico que -piensa uno- ningún paisano puede desconocer (como, por ejemplo, ¿de qué vive este pueblo?), no han sabido darme una respuesta. Parece como si sus vidas se redujeran a un círculo social muy cercano y al inevitable teléfono móvil, desinteresándose absolutamente de todo lo demás. Casi echo de menos a los chilenos, que en comparación parecen todos doctores.

Capítulo siguiente

Publicado en Chile y Perú | Deja un comentario

Paisajística ruta desde Torata hasta Omate

26 de julio, Omate

Después de todo, mi dormida en el Complejo Turístico no estuvo nada mal. La calma fue tan completa que, en algún momento, el propio silencio me despertó, extrañado (supongo) mi subconsciente por no escuchar absolutamente nada; y además no pasé frío ninguno: la larga edificación de una sola planta, calentada por el sol a lo largo del día, se mantuvo templada durante la noche. Por la mañana me levanté con tiempo sobrado para bajar hasta el grifo (como llaman en Perú a las gasolineras) de Torata y esperar allí al bus de Omate, que vino con media hora de retraso y prácticamente lleno; pero gracias a Dios me habían respetado la plaza que reservé por teléfono la tarde anterior; si bien, para variar, me tocó ir al lado de un gordo, hecho que me veo inclinado a atribuir a alguna sobrenatural influencia diabólica, dado que hasta ahora he visto muy pocos gordos en Perú y es, por tanto, estadísticamente improbable que tan a menudo me toque sentarme junto a uno de ellos.

El viaje, de más de 100 km, no tuvo desperdicio. Durante el primer tramo la carretera asciende hasta casi 3000 m de altitud, y el pasajero que tenga la suerte de ir en el lado correcto del vehículo puede disfrutar de unas vistas impresionantes de las sierras, superpuestas unas a otras y que, perpendiculares al sentido del recorrido, discurren en dirección SO-NE. Después, pasado Otora, la ruta empieza a descender y el paisaje se hace más extraño, con caprichosas formaciones geológicas y variados colores del suelo: ya no presenta el monótono beige de los primeros quilómetros ni el predominante marrón parduzco de toda la región, sino que empieza a mostrar tonos rojizos, amarillos y cúpricos; a la vez que la orografía se hace más laberíntica, con abundancia de cañones e incluso desfiladeros que, de pronto, se abren en cañadas de asombrosa anchura.

No conociendo esa geología y sin haber puesto jamás el pie sobre ese suelo, me resultó a veces difícil –por no decir imposible– averiguar de qué estaba compuesto, a qué reino (vegetal o mineral) pertenecía la capa que lo cubre o a qué tipo de terreno corresponden los sucesivos estratos que lo forman, expuestos a la vista, aquí y allí, gracias a fallas naturales, a desprendimientos o a la acción de los ingenieros de caminos. En muchas partes era visible la roca firme, pero abundaban también los terrenos de aluvión y extensas laderas de piedras (acumuladas por sucesivas avalanchas que forman inverosímiles pendientes) que parecen querer derramarse en cualquier momento sobre el autobús para sepultarlo; cosa que, seguramente, debe de ocurrir con cierta frecuencia, pues a menudo se veían restos de desprendimientos sobre el camino. En algunos lugares, a pocos metros de la carretera, podía observarse cómo una parte del terreno había cedido (imitando a procesos geológicos de muchísima mayor envergadura pero similares en su esencia, pues la naturaleza parece imitarse a sí misma a diversas escalas, como los fractales) y creado un corte que exponía varias capas delgadas de distinta composición; y a veces una de éstas parecía como de una arena blanca, cuyas aristas brillaban, a la luz del sol, en una miríada de pequeños destellos, como polvo de diamante. En otras zonas la roca aparece, a parches, cubierta por una capa color pajizo que recuerda un pan churruscado untado con mantequilla o crema de cacahuete. Con todo, y pese a la extrema aridez de esta región, no dejan de verse cactus u otros arbustos bajos, así como extensas áreas con una suerte de vegetación seca (que debe de ser verde en otra época del año), más abundante en los valles y cañadas, donde incluso hay algunos sembrados; y tampoco es raro que las cuencas lleven agua. Es decir, un paisaje menos yermo que el visto en Chile, donde a veces durante centenares de quilómetros no se percibe ni un atisbo de vegetación.

Salvo las primeras leguas con buen pavimento, a medida que la carretera se adentra en zonas más inhóspitas y deshabitadas su calidad va degradándose poco a poco hasta que, sin darse uno cuenta bien del cuándo, se convierte en accidentado firme de tierra y piedras, por el que transitamos ya el resto del viaje hasta el mismo Omate. La ruta dibuja sobre el mapa un constante zigzag para salvar acusados desniveles o faldear laderas empinadas, a menudo al borde de vertiginosas caídas, y es a veces tan estrecha que sólo cabe un vehículo grande; si bien apenas nos cruzamos con ninguno, pues el camino está muy poco transitado: los únicos que vi eran de la minería, o bien maquinaria de construcción. Aquí es esta irregular línea de autobuses, en la que he venido, la encargada de llevar mercancías y paquetes, quizá también el correo y, si hace falta, algún animal.

Pese a lo remoto y pequeño que es Omate, hay en la zona lugares habitados que lo son aún más; y así nos desviamos de la carretera cosa de una legua, por un camino polvoriento, para dejar algunos pasajeros y bultos en Quinistaquillas, apenas un caserío en mitad de la nada; y aunque parezca mentira, ese camino sigue adentrándose bastantes leguas en la sierra para comunicar otras aldeas todaía más lueñes, que quedan ya en plena cordillera. Hubo quien se apeó, literalmente, en mitad del páramo, es de suponer que cerca de alguna granja aislada. Me resulta esperanzador ver que todavía el campo no ha quedado completamente abandonado, que hay quien habita y puebla estas regiones tan desoladas.

Quinistaquillas

Como las altitudes por las que discurre el trazado de la carretera oscilan entre 1500 y 3300 metros, el cambio térmico es grande, así que a veces hacía fresco y a veces un poco de calor. Lo único constante era la polvareda que levantaban las ruedas a su paso, sobre todo al cruzar el encañonado río Tambo (que ahí discurre entre dos paredes verticales de piedra) en el desvío a Quinistaquillas, donde había una zona de obras en la que el constante trajinar de la maquinaria había reducido la tierra a finísmo polvo, en medio del cual se erigía el campamento permanente de los operarios (ya que no hay ningún otro lugar cercano en el que puedan hacer noche).

Los últimos diez quilómetros antes de llegar a Omate transcurren cauce arriba del río homónimo, cuyas vegas son relativamente fértiles y permiten la presencia de numerosas huertas y no pocas arboledas. Curiosamente, el pueblo está más o menos a la misma altitud que Torata (2200 m) y las temperaturas en ambas localidades son muy similares. Supongo que los habitantes de todas estas regiones han ido buscando de modo natural, durante siglos, las mismas condiciones de habitabilidad para fijar sus asentamientos. En esta parte del continente, la franja de tierra que hay entre el océano y la cordillera de los Andes tiene, por término medio, unos 100 km de ancho, pero sólo la mitad de esa anchura ofrece temperaturas óptimas: más cerca del liboral soplan vientos fríos a causa de la corriente de Humboldt, y ahí son las frecuentes nieblas, los persistentes cielos nublos; mientras que por el lado de las montañas el terreno es demasiado árido y las temperaturas, por la altitud, excesivamente bajas.

Capítulo siguiente

Publicado en Chile y Perú | Deja un comentario

El Complejo Turístico de Torata

Algunas casas de Torata en primer plano. El Complejo Turístico a media altura, a la izquierda del todo.

25 de julio, Torata

Sigo en Torata, pero me he cambiado de alojamiento. La última habitación que ocupé era una verdadera caca: me la entregaron sin barrer ni fregar, con pelos por todas partes, lleno el cuarto de baño de churretes, fría por la noche y sin una mala barrera que oponer a los muchos ruidos a que estaba expuesta: voces y televisores de otros huéspedes, ladridos de perros nocturnos, música de los gamberretes locales, tráfico local, etc. Así que pasé en ella (procurando, eso sí, minimizar el contacto con sus puercas superficies) las dos noches que había cancelado (palabra que en Hispanoamérica significa “pagado”) de antemano, y me he venido al Complejo Turístico (de gestión municipal), situado en las afueras del pueblo, sobre la ladera opuesta de la quebrada y a quince minutos a pie por pendientes caminos; con lo cual he ganado infinitamente en tranquilidad (hoy soy el único huésped y, además, esto queda bastante alejado) y también en vistas (de las que, por desgracia, apenas he podido disfrutar), un poco en comodidad (tengo una silla como Dios manda, y el edificio está mejor aislado), muy poco en limpieza (que no parece ser el punto fuerte de los peruanos: la ducha está sucia, el suelo barrido pero no fregado), y he perdido en precio (60 soles, frente a los 40 de la otra). El lugar se resiente de los mismos problemas que la mayoría de los servicicios del mundo hispano gestionados por entes públicos: indolencia e ineficacia.

Como su nombre sugiere, se trata de un “complejo turístico”: además de alojamiento dispone de instalaciones como piscina, sauna, restaurante, etc; pero resulta que ninguna de ellas está en funcionamiento, y aún puedo dar gracias por que el “hotel” esté abierto. Los precios, además, son inflexibles: no hay regateo posible, ni rebaja por ocupación simple de una habitación doble, ni por indisponibilidad de los servicios publicitados. Los empleados y la dirección, al cobrar un sueldo del municipio, ganan lo mismo si hay huéspedes que si no los hay, de manera que no tienen incentivo alguno para atraer ni contentar a la clientela; y, de hecho, en ausencia de clientes han de trabajar menos, así que poco puede apetecerles que vengan turistas a pernoctar aquí. Aparte, como Torata vive por y para la minería (igual que El Salvador, en Chile, donde pasé una semana), dicho sector económico es el único que recibe las atenciones debidas: si currelas para la Southern Perú o alguna de sus subcontratas todo está a tu disposición y en abundancia: alojamientos, comedores, transportes, sanidad, etcétera; pero en caso contrario, ¡buena suerte! Según me ha dicho la encargada, hasta hace un par de semanas han tenido el Complejo lleno de mineros y a pleno funcionamiento, pero por lo visto Cuajone (la mina vecina) ha hecho no sé qué parada técnica, muchos curritos se han vuelto a sus hogares y esto se les ha quedado vacío.

Torata visto desde el Complejo Turístico

Encuentro, por cierto, otras similitudes entre Torata y El salvador. Por ejemplo, hay aquí -como allí- un par de comedores que ofrecen menús “obreros” a buen precio (9 soles) y de pasable calidad, que a las horas del almuerzo y la cena se llenan con animadas cuadrillas de sudorosos, polvorientos y dicharacheros trabajadores en traje de faena parcheado de franjas reflectantes, y tocados con el tradicional pañuelo de los mineros. También abundan (si es que no predominan), por las calles del pueblo, vehículos de empresa pick-up doble cabina, rotulados y equipados con focos altos, extintores, cabrestante, calzos, gato hidráulico, herramientas y demás. Del mismo modo, al igual que en El Salvador, no hay en Torata, pese a su innegable atractivo turístico, ni una sola hospedería medianamente aceptable. Aunque el municipio recibe regalías y está dotado con un “canon minero”, cuyo teórico fin es potenciar los sectores económicos distintos a la minería en previsión del día en que Cuajone deje de producir cobre, no hay aquí negocio que no se sustente en esta actividad. Esto es “coje el dinero y corre”, como se titulaba una famosa película de oportunistas. La diferencia es que El Salvador fue fundado por la propia sociedad explotadora de la mina del Indio Muerto para darle servicio a la misma y, por consiguiente, tiene lógica que lo desmantelen una vez aquélla pare su actividad, mientras que Torata ya existía como pueblo agrícola y, supuestamente, los poderes públicos desean que siga existiendo después de Cuajone; pero esto no tiene visos de ir a sueceder: cuando la mina se cierre, con toda probabilidad el pueblo quedará prácticamente muerto.

Oficinas de la Southern Perú, en un lugar privilegiado de la plaza de Torata.

Volviendo a lo mío, me alegro de haber dejado atrás la inhóspita habitación de la víspera y de haberme venido a este apacible hotelillo, aunque sea sólo por una noche: mañana me marcho a otro pueblo de estas mismas sierras llamado Omate. Por eso el día de hoy ha sido ajetreado y apenas he podido aprovechar las vistas que hay desde el Complejo Turístico. En primer lugar, tardaron casi una hora en prepararme la habitación, pese a que lo único que hicieron fue barrerla y vestir la cama. Luego hube de bajar hasta Moquegua para cambiar dinero e informarme sobre los buses a Omate, pero la góndola a la ciudad se demoró tres cuartos de hora en salir: era una Toyota nuevecita y el dueño, queriendo seguramente amortizarla lo antes posible, no arrancó hasta llenarla de pasajeros. Una vez en Moquegua, vendí parte de mis euros, aproveché para tomarme uno de esos generosos zumos de frutas que preparan en el mercado y, por último, tuve que dar bastantes vueltas hasta hallar el lugar del que salen los autobuses a mi destino de mañana; aunque, cuando por fin di con él, resultó estar cerrado. Tampoco me fue fácil encontrar el teléfono de la empresa, escrito como estaba a rotulador en un portalón metálico. Enterado finalmente del horario, regresé a Torata, pero era ya tarde y apenas tuve el tiempo necesario para cenar, comprar unas empanadas dulces a modo de postre y volver al Complejo justo antes de que se hiciera de noche: el camino que hasta aquí conduce pasa por medio del campo y no está iluminado, y aunque Torata no parece una localidad peligrosa los perros en la oscuridad sí que pueden llegar a serlo.

Estas góndolas que hacen el trayecto entre Moquegua y Torata se desvían de la carretera principal, a la altura del Cerro Baúl (llamado así porque su forma recuerda a ese objeto), para dar servicio también a Yacango, un pueblecito que me gustaría explorar si dentro de unos días me vuelvo otra vez para acá: las vistas desde allí son panorámicas y muy abiertas, pues se domina un valle bastante más amplio y profundo (confluyen en él dos o tres cuencas) que el relativamente estrecho y encajonado de Torata. Por otra parte, visto desde el vehículo, me parece un lugar muy auténtico, y los pasajeros que ahí suben o bajan, sobre todo las mujeres, tienen un aspecto muy campesino. Al pasar por Yacango es muy raro no ver, caminando al margen de la carretera, alguna de esas viejas incas de inconfundible perfil: siempre breves y encorvadas, ayudándose con un cayado en su bamboleante andar, sus anchas faldas y refajos oscilando en torno a las piernas como una campana que se moviera sobre el badajo, su cara apenas discernible bajo el sombrero de fieltro oscuro. Durante los diez días que llevo ya en Perú no he visto prácticamente ninguna mujer con menos de 60 años que use falda, y de las que sobrepasan esa edad sólo la llevan estas indígenas, más alguna que otra tendera del mercado. No es improbable que, de aquí a una década o como mucho dos, esa prenda llegue a desaparecer por completo en esta parte del mundo. Cuando veo a esas mujeres de aspecto centenario, última generación de una cultura que tiene los años contados, me pregunto qué pensarán, qué extraño no hallarán este mundo del siglo XXI, cómo se habrán criado y cómo habrá sido su vida.

Se me ocurre preguntarme también, ahora que escribo sobre esto, cómo piensan hacer los poderes públicos, una vez eliminen –como planean– el dinero en efectivo, para forzar a estos indígenas a utilizar la moneda digital. Algunos de ellos apenas hablan el español, y lo hacen usando infinitivos al estilo indio, como en los wéstern. (Por cierto que al resto de peruanos tampoco los entiendo muy bien: con harta frecuencia está ocurriéndome que, entre su bajo tono de voz, su acento y su registro semántico, apenas me entero de lo que dicen y me veo precisado de pedirles dos y hasta tres veces que me repitan algo. Incluso, en alguna rara ocasión, he tenido que desistir.)

Ahora mismo, desde la terraza aneja a mi habitación, no se ven más que las luces del pueblo, al otro lado de la quebrada, contra el negro de la ladera, y allá en lo alto, en el incierto límite entre las cumbres y el cielo nocturno, otra línea de luces, un poco fantasmales, que supongo pertenecerán a algún caserío cercano. No obstante, pese al aislamiento del Complejo Turístico, el sonido de los vehículos pesados es, si no molesto, sí incesante: desde este lado del valle se escuchan sus motores, en la distancia, afanándose trabajosamente en llevarlos cuesta arriba por las curvas de la carretera con dirección al puerto que marca el inicio del descenso hasta Moquegua (precisamente a la altura del Cerro Baúl) y mucho más allá, hasta Ilo junto al litoral. Torata está sobre la Interoceánica Sur, que une Puno –a orillas del Titicaca– con la costa Pacífica, y en el silencio de la noche llega nítido hasta mis oídos el bramido de los camiones que hacen esa ruta, apantallado por la roca desnuda predominante en estas montañas, si bien lo bastante amortiguado por la distancia como para no molestar. Y, en el intervalo entre un camión y el siguiente, se distinguen los latidos de los perros en la lejanía.

Capítulo siguiente

Publicado en Chile y Perú | Deja un comentario

Comidas y bebidas en Perú

23 de julio, Torata

Hoy se celebran las elecciones presidenciales en España, y, aunque tendría uno que ser muy ingenuo para creer, en vista del rumbo antidemocrático que viene siguiendo la nación desde hace bastantes años, que algo vaya a mejorar salga el gobierno que salga, no puedo evitar sentir cierta curiosidad por los resultados de los comicios de hoy –que conoceré dentro de muy poco– ni dejar de desear que las urnas logren, pese a las trampas electorales que probablemente se producirán, expulsar de su poltrona a Pedro Sánchez Pérez, el dirigente más infame que ha padecido España desde la Segunda República.


Por fin me he puesto al día con este cuaderno de bitácora, de modo que ya no llevo el retraso en su escritura que venía arrastrando desde casi el principio del viaje; cosa que he conseguido gracias a mi larga estancia (más de una semana) en Moquegua y a la falta de novedades que contar sobre las últimas jornadas. En esa ciudad apenas hice otra cosa –aparte de la mencionada escritura– que explorar las calles, seguir conociendo la gastronomía peruana, leer, escuchar las noticias internacionales y despachar mis habituales gestiones online. Y aprovecho esta relativa escasez de material narrativo para, entre otras cosas, corregir en parte lo que había escrito sobre Torata referente al canon minero y las regalías. Y es que, al informarme como es debido (cosa que tendría que haber hecho antes), me he enterado de que la minería en esta zona data de varias décadas atrás, de modo que no es –como apresuradamente dije en el referido capítulo– cosa futura, y ni siquiera reciente: la mina de cobre de Cuajone (a unos 6 km en línea recta desde aquí) se explota desde mediados del siglo XX. No obstante, me congratulo al saber que lo que escribí como pronóstico y sin mayor conocimiento de causa resulta ser una realidad. Puede decirse que adiviné el presente habiéndome situado, sin saberlo, en el pasado; así que, después de todo, mis aptitudes como analista y como augur no son del todo malas.

Pues he vuelto a Torata porque días después de mi primera visita, en la que no encontré alojamiento, me llamaron ofreciéndome una habitación en un hospedaje donde había dejado recado de mi interés, y como entonces me quedé con las ganas de pasar una temporadita en este pintoresco pueblo no dudé en aceptarla. De manera que, finalizada hoy la estancia que ya tenía apalabrada en el hotel Maison, en Moquegua, me he venido para acá. Tengo curiosidad por saber si la vida en Torata es tan idílica y tranquila como parece. De todas formas, por el momento he pagado sólo dos noches en la mentada habitación porque la dueña no me gusta nada. Ya desde la llamada que me hizo, y luego también en persona, se mostró ambigua respecto al alquiler por días en lugar de por meses, desconfiada (“piensa el ladrón…”), poco clara respecto a los términos de la reserva y las condiciones del alquiler, rácana en cuanto a los suministros (he tenido que pagar el jabón y el papel higiénico de mi bolsillo), disconforme con facilitarme una llave del portal y –eso sí– demasiado presta a cobrar por adelantado. Para los estándares españoles el precio (10 €/día) es barato, por supuesto, pero para la mala calidad y lo que se estila en esta región es mucho, teniendo en cuenta que el alquiler de una habitación decente para un mes cuesta unos 75 €. Así que durante estos dos días intentaré conseguir un cuarto algo mejorcito en otra pensión o similar, y si no encuentro nada me marcharé.

Esta pasada semana, en Moquegua, estuve visitando una bodega donde tenían degustación, y probé varios de los licores que elaboran. Además del vino –del que no ofrecían cata– vendían pisco, macerados y cremas. Pese a su curioso nombre, el pisco (llamado así por la ciudad de Pisco), uno de los productos más emblemáticos del Perú, no es ni más ni menos que aguardiente de uva, con un contenido alcohólico similar al que puedan tener el orujo, la caña o el vodka, igual de fuerte e insípido que ellos y con el mismo aspecto incoloro. El macerado, por su parte, podría ser un equivalente a nuestros licores de frutas, al de guindas o al pacharán, bastante menos alcohólico que el pisco y mucho más agradable al paladar. Lo venden en botes, y yo compré uno de damascos (que es como llaman por aquí a los albaricoques). Por último están las cremas, que son licores muy azucarados, demasiado empalagosos para mi gusto, y producidos en una gran variedad de colores y sabores que, a mí, me parecieron algo artificiales. Me dieron varias cremas a catar, pero ninguna me satisfizo.

En cuanto al alimento sólido, abundan las carnes (vacuno, porcino, pollo y camélido, incluyendo ovino) y, sobre todo, los hidratos de carbono. También se consume mucho pescado, sobre todo en el litoral, como es lógico.

Pese a la buena carne que tienen los peruanos, encuentro que en general son poco refinados al prepararla y servirla: lo más frecuente –incluso en los sitios más caros– es que se pasen en el punto, cuando no la chamuscan, y además que venga ya medio fría cuando llega a la mesa; lo cual es una verdadera lástima, porque punto y temperatura son los dos factores más importantes para disfrutar un buen bistec. En el cono sur (y me temo que en el resto de Iberoamérica no es muy diferente), los puntos más habituales que te ofrecen para la carne son “medio”, “tres cuartos” y “hecho”, pero yo encuentro que incluso el medio suelen hacerlo ya un poco pasado de punto. Echo de menos un “un cuarto”, o lo que aquí en algún restaurante he visto llamar “rojo inglés”, difícil de encontrar en los menús. Parecería que, en estos países, los chefs tuviesen una barrera mental que les impidiera servir una carne mínimamente jugosa. Por lo demás, las porciones suelen ser generosas, y la que llaman “simple” (o sea, una sola pieza de carne) es a menudo suficiente para dejarlo a uno satisfecho, porque además los platos normalmente incluyen un par de papas asadas y una guarnición vegetal, amén de las dos salsas imprescindibles, una de ellas tirando a picante. El precio medio de una tal porción oscilaría entre 20 y 25 soles en un restaurante, y la mitad en un comedor.

Típico plato de carne en un restaurante económico

El otro tipo de comidas populares en Perú, que son –al igual que en casi todos los países pobres– las preparadas a base de masa de uno u otro tipo, excesivamente ricas en carbohidratos, se encuentran bien en recetas saladas, como las empanadas (nuestra empanadilla pero en grande), pizzas, pasta, hamburguesas o “sanguches” (o sea, sándwiches), bien en forma de dulces, como pastelillos, tartas o bizcochos, de los que hay aquí una gran variedad, desde los más jugosos, elaborados y sabrosos hasta el puro mazacote, casi incomestible, con un mínimo relleno de crema artificial para darle algo de sabor.

Capítulo siguiente

Publicado en Chile y Perú | Deja un comentario

Dos pinceladas sobre Arica y una pincelada social

Ya he contado, en un capítulo anterior de este relato, mi llegada a Arica, última etapa antes de cruzar la frontera con Perú. A su vez, mis primeros pasos en este país los publiqué hace ya tiempo. Así que en el presente post, para no repetirme, contaré sólo lo referente a mi breve estancia en Arica.


Como llegué a Arica a última hora de la tarde y quería tener tiempo para planear lo mejor posible el cruce de la frontera y mi primera estancia en Perú, pasé allí dos noches. La mañana siguiente a mi llegada, después de desayunar en el hostal, salí a dar una vuelta para conocer un poco la ciudad, curiosear un poco, hacer mi cuota diaria de ejercicio y comprar el cuaderno en el que ahora escribo, que por cierto me costó Dios y ayuda encontrar, y aun así no era lo que buscaba: tras preguntar en ocho o diez papelerías no hubo manera de dar con un simple cuadernillo grapado y con hojas rayadas: los de papel rayado tenían todos espiral (muy incómoda para escribir), y los de grapas eran de papel cuadriculado (inservible para la escritura); al final, como mal menor, lo compré grapado pero con hojas blancas.

La tarde anterior había estado leyendo que el medio más cómodo –y el más bonito– de cruzar a Chile era coger un “tren” (en realidad, un tranvía monocoche) que salva el trayecto Arica-Tacna, pues al parecer el trámite fronterizo se realiza en el propio vagón y, además, se ahorra uno la larga espera que, según me dijo el recepcionista de mi hostal, había siempre en el punto fronterizo por carretera. Pero leí también que los boletos para ese tren se agotaban rápido porque sólo tenía cuarenta plazas y no había más que un servicio diario, y sólo de lunes a viernes; así que para encontrar asiento recomendaban presentarse en taquilla lo antes posible. Cuando yo llegué, media hora después de abrirse la venta de billetes, ya habían colgado el letrero de “No quedan boletos para hoy ni para mañana”. No tendría más remedio, pues, que ir en autobús. Había quien cruzaba la frontera en colectivo, pero me pareció que esto no ofrecía ninguna ventaja, pues, sobre ser más caro, tenía el inconveniente añadido de que, llegados al control migratorio, los colectivos hacen cola igual que el resto de turismos, mientras que los autobuses gozan de cierta prioridad. Me acerqué, pues, hasta la terminal para preguntar los horarios y me informaron de que salía un microbus cada poco tiempo, “a demanda”: bus que se llena de pasajeros, bus que se pone en marcha. El primero de la mañana salía a las seis. También me dijeron que, aunque el viaje hasta Tacna dura sólo una hora, el paso fronterizo, entre las largas colas y los correspondientes trámites oficiales, solía demorar otras dos horas; y que para tener cierta garantía de tardar poco era conveniente coger el primer minibús del día.

Estuve dándole varias vueltas, durante el resto de la mañana, a la idea de pegarme el madrugón, pero finalmente la deseché porque la ventaja de ahorrarme una larga espera en la frontera no me compensaba los inconvenientes: levantarme a las 5 de la madrugada significaba a) no dormir apenas esa noche, b) desperdiciar el desayuno incluido en el precio de mi habitación, c) tener que coger un taxi hasta la terminal (pues a esa hora aún no circulan colectivos) y d) llegar a Tacna antes de las 7 de la mañana (Perú tiene una hora menos que Chile), lo cual implicaba vagabundear por las calles durante cinco horas, equipaje al hombro, hasta que pudiese ocupar la habitación del hostal que tenía reservado. Así que decidí emprender esa jornada “sin prisa pero sin pausa”: levantarme a una hora prudente, disfrutar el desayuno, coger un colectivo a la terminal y subirme al primer bus que saliese. Llegaría a la hora que fuera, pero no sería después de media mañana. Y por una vez acerté.

Arica (foto del dominio público)

Despachado que hube esas gestiones, me entretuve paseando a lo largo de una hilera de puestecillos de pescadores que hay en el paseo marítimo de Arica y en los que, entre otras cosas, por poco dinero te venden pequeños táperes de marisco o pescado fresco, troceado, marinado y lilsto para comer. En dos puestos diferentes me tomé uno de ceviche y otro de erizo, el segundo más rico que el primero. Tenía buen ambientillo aquel pequeño mercado callejero, muy concurrido, donde los ariqueños compran productos del mar supuestamente recién capturados. Después pateé a conciencia casi todas las callejuelas del centro, muy animadas y abundantes en comercio: tiendas, restaurantes, puestos, pulperías, mercados… Y cuando me cansé de caminar di mi jornada turística por concluida. Para la “cena” me permití la golimbrada –como dicen en mi tierra- de comprar leche y un paquete de galletas para tomármelos en el hostal; y mientras tal hacía, sentado a una de las mesas del comedorcillo, reparé en otro de esos letreritos a que tan aficionados eran los propietarios del Jardín de Luz, muy colorido e historiado, en que la dirección decía ufanarse por su respeto al silencio y el descanso de sus huéspedes y “solicitaba la colaboración” del todos a tal fin, moderando el volumen de la voz y de los televisores y acatando el toque de queda a las 11:00 pm; encomiable voluntad que podría pasar por sincera si no fuese porque una dirección con tan buenas intenciones lo primero que haría es instalar puertas y ventanas que opongan un mínimo obstáculo al sonido, eliminar las celosías de obra en los tabiques de las habitaciones, no imponer el hilo musical a sus clientes y no ubicar el comedor inmediatamente a los cuartos.

Ya por la noche, para mi sorpresa, el recepcionista malaje me alabó mi decisión de no madrugar para ir a Perú, e incluso se quedó un rato charlando conmigo, o mejor dicho hablándome, pues era de esas personas que no saben escuchar. Un tipo escéptico que se las daba de medio filósofo e incluso un poco de cínico, pero que me aportó algunos datos intersantes sobre la política y la historia de Chile, temas sobre los que parecía más o menos enterado, un listo al estilo de los bonaerenses. Por ejemplo, me dijo que la tribu de desharrapados que habían compartido viaje conmigo desde Iquique eran con toda probabilidad venezolanos y de otras naciones “latinas” de más al norte, inmigrantes ilegales que, atraídos al parecer por la fama que tiene Chile de ser el país más rico de América del Sur, se colaban constante e inevitablemente por cualquier punto de la inacabable y no vigilada frontera estatal. “Antes –me contó– la inmigración venezolana daba gusto: gente educada, con cultura y estudios, trabajadora; pero ahora es un asco.” No sé a qué realidad me recuerda eso. También me habló sobre la vieja rivalidad entre los pinochistas y los anti-dictadura, que aunque ahora sólo los supervivientes –ya mayores– de aquella generación podían recordar haberla vivido, seguía siendo utilizada por los actuales gobiernos para mantener dividida a la población chilena. Tampoco sé de qué me suena esto. Está claro que la casta política es igual en todas partes, aunque no sé si habrá sido igual a lo largo de toda la historia; o a lo mejor es que los poderes supranacionales que de facto lo gobiernan todo hoy en día utilizan, allá donde les resulta viable, las mismas estrategias de división y debilitamiento de las sociedades. Cinco años hacía –me dijo el malaje– que llevaban los políticos de Chile liados con la redacción de una Constitución nueva que el pueblo chileno, sin embargo, no ha pedido en ningún momento; y a cuenta de esa polémica no hacen sino aumentar las desavenencias y las disensiones entre los ciudadanos en tanto que aquéllos se suben el sueldo y menoscaban la soberanía nacional, la independencia del poder judicial y la influencia del pueblo llano en la vida política y el gobierno del país. Pero yo, por mucho que lo intento, no consigo recordar dónde he visto ya todas estas cosas: sembrar la disputa, deteriorar las instituciones y la calidad democrática, idiotizar a la sociedad… ¿Será un dejá-vu?

Capítulo siguiente

Publicado en Chile y Perú | Deja un comentario

Las quebradas de Tarapacá

(Foto sacada de internet)

El tramo más septentrional de la ruta 5 (o Panamericana), que recorre Chile de norte a sur, atraviesa algunos de los más irreales parajes que yo haya visto nunca; parajes majestuosos que me recordaron al Columbia gorge (la garganta del río Columbia), en el estado de Washington, o al famoso cañón del río Colorado; sólo que en el caso de Atacama la desnudez de la tierra, su total falta de vegetación, introduce un elemento casi fantástico, como nos parecen esas imágenes –a menudo recreaciones ficticias– que circulan por ahí de la superficie marciana. Atacama proporciona al viajero, además, fascinantes lecciones de geología. Recuerdo que, cuando era joven y oía hablar de la altiplanicie de Nazca (muy de moda en los años setenta, con la fiebre extraterrestre inducida por la industria audiovisual estadounidense), no era capaz de imaginar cómo podía ser un altiplano, palabra que a mí me sonaba incoherente porque, en mi limitada experiencia, yo asociaba lo “alto” a las montañas y lo “plano” a llanuras y bajíos. ¿Qué eran las altiplanicies? Y aunque no ha sido ahora, en Chile, donde las he visto por primera vez, sí que he tenido aquí ocasión de entender el concepto con mayor claridad que nunca, pues prácticamente todo el norte del país es una inacabable sucesión de ellas, cuyas altitudes sobre el nivel del mar varían entre 1000 y hasta 3000 metros, más o menos.

De todos los altiplanos que he cruzado durante este mes, el que se extiende entre Huara (en el norte de Tarapacá) y Arica me ha parecido el más espectacular, no sólo por su especialmente nivelada superficie, sino porque ésta se ve interrumpida en varios lugares por el brusco tajo de anchas y profundísimas cañadas que ponen de relieve (valdría mejor decir “de declive”) la altitud a la que se encuentra la meseta; altitud que, de otro modo, sería imposible de percibir. A falta de un sentido biológico que registre diferencias de presión atmosférica, no se puede, sin referencias visuales o indicios de otro tipo, tener una idea de la altura a la que nos hallamos, y no hay manera, por tanto, de distinguir entre una pampa baja y una altiplanicie. Por eso estas cañadas son enormemente reveladoras.

Al principio, en la distancia, cuando nos aproximamos a una de ellas, lo único que percibe la vista es una discontinuidad en la meseta, una línea de distinto tono (más oscuro o más claro, según la luz del sol) que cruza de un lado a otro la vasta planicie por la que avanzamos. Por el momento es difícil distinguir su anchura, aunque no parece mucha, e imposible adivinar su profundidad. En cierto modo el efecto visual nos hace recordar, si bien a escala gigante, las grietas que se forman en el barro reseco y sediento de algunos terrenos arcillosos; grietas que un sol oblicuo llena de duras sombras, marcando su forma y relieve con total nitidez. Pero a medida que se acerca nuestro vehículo, va ensanchándose la hendidura y comienza su talud opuesto a asomar sobre el borde próximo, revelando metro a metro el interior y la pendiente del cañón, si bien no aún su calado: aunque a cada instante espera uno ver ya el fondo y cree estar a punto de contemplar la garganta en todas sus dimensiones, ésta no hace más que ensancharse ante la vista en tanto que aquél se resiste a aparecer. El tajo, cuyos bordes se hallan suavizados y redondeados por la erosión, es muy brusco. Apenas uno o dos hectómetros antes de llegar a él ya se advierte claramente que, lo que de lejos nos parecía una hendidura de quizá apenas cincuenta metros de ancho, mide en realidad diez o incluso cincuenta veces más (como el cañón del río Camarones). Vemos ya con nitidez la vertiente del otro lado, percibimos su forma y estructura geológica, sus colores, las sinuosidades del talud (no su detalle, todavía), pero la cuenca del río, riachuelo o cauce seco que haya en el fondo queda aún oculta a nuestros ojos, ¡tan grande es su hondura!

Al avanzar otros cien metros, el chaflán cercano del cañón parece que se traga la cinta de asfalto. El viajero tiene la sensación de estar dirigiéndose a toda velocidad hacia un abismo, y sólo cuando nos hallamos ya en su puro borde la carretera da un giro y comienza a descender (en un único tramo al sesgo, sin curvas de horquilla), apareciendo entonces a la vista, ya sí, casi mil metros por debajo de nosotros, el fondo de la cuenca. Desde semejante altura ni siquiera se aprecia aún si hay curso de agua o no: el cauce se ve manchado por una apagada y apretada vegetación que impide saber si por algún lugar entre los matorrales discurre un regatillo. La pendiente media de las laderas puede ser de unos cuarenta y pico grados, pero en algunos trechos el talud aparece, bajo las ruedas del autocar, en una vertiginosa caída que da angustia mirar. La pared opuesta del cañón se percibe, en la distancia, con la textura aterciopelada y beis de una duna que hubiese quedado vitrificada. Tan fina y ondulada se ve su superficie, tan suave y carente de aristas –como pulida por una mano sobrenatural–, que la creeríamos formada, en efecto, por finísima arena si no fuese porque nuestra razón rechaza tal espejismo.

Al alcanzar la ancha y llana base del valle verificamos que el cauce está seco, pero no exento de verdor. Aquí algunas partes de la ladera empiezan ya a quedar sumidas en la sombra que, adueñándose poco a poco de la depresión, proyecta el borde del altiplano, ahora allá en lo alto. Pasado el puente sobre un inexistente río emprende el autobús la trabajosa subida, al cabo de la cual emerge, un rato después, sobre el labio opuesto del cañón y, ya otra vez en la meseta, vamos dejándolo a nuestra espalda, y al mirar hacia atrás vemos cómo vuelve a cerrarse gradualmente la grieta hasta desaparecer del todo a la vista, como si la tierra nunca se hubiera abierto a nuestro paso. Era la Quebrada de Camiña. Dos leguas más adelante la Quebrada de Tana -con la que aquélla confluye hacia el oeste antes de llegar al litoral- nos ofrece un similar espectáculo: es más ancha y profunda que la anterior, y aunque tampoco corre el agua por su cuenca, sí que pueden verse algunos charcos aquí y allá, en el fondo -uno o dos metros más bajo- de una especie de “subcauce”, horadado en la cama -por lo demás perfectamente plana- del valle por las ocasionales lluvias o deshielos provenientes de la cordillera.

Mas estas impresiones, estos sublimes paisajes que lo hacen a uno contener la respiración de asombro, son poco en comparación con las espectaculares vistas, otras ocho leguas más adelante, que ofrece el larguísimo descenso de la Quebrada de Minimiñe hasta su confluencia con la del río Camarones, y el posterior ascenso por la ladera de este último valle.

La cañada del Minimiñe tiene unas dimensiones que no parecen propias del planeta Tierra. Igual que en el caso ya descrito, en la distancia se aprecia como una simple depresión del terreno, un delgado trazo que interrumpe, atravesándola de oeste a este, la pasmosa uniformidad de la llanura (a 1300 metros de altitud según mi GPS). También igual que antes, al aproximarnos a la grieta van revelándose tanto su verdadera magnitud, que en algunos lugares alcanza una anchura de 3 km, como su aspecto: esa misma desconcertante suavidad de curvas y superficies, como de un cuerpo pulido, materia sedosa o vidrio fundido, que no he sido capaz de averiguar en qué consiste. No tratándose de arena (pues este árido nunca forma pendientes tan inclinadas y, aunque pudiera hacerlo, habría sido arrastrado hacia el mar hace ya un millón de años), ¿de qué están compuestos esos taludes?

La carretera, al rebasar el borde del abismo, desciende en dirección oeste por la ladera en una única diagonal no demasiado pendiente, deslizándose por ella -al modo como los surfistas navegan al sesgo de la ola- durante la friolera de seis leguas. Mi altímetro indica una bajada de cuatro metros cada cien recorridos. Durante un rato el cauce, abajo del todo, no se aprecia bien. A trechos me parece distinguir el brillo del agua, pero igual podría tratarse del engañoso reflejo, al sol que ya declina, de un lecho arcilloso. Hay algo de calima en la atmósfera, las sombras se acentúan sobre el valle y, a veces, la luz se vuelve incierta. Cuando, por último, llegamos hasta el fondo, ya casi en la confluencia del Minimiñe con el Camarones, estamos a sólo ciento cincuenta metros sobre el nivel del mar. Aquí la cuenca, plana como las anteriores, tiene una anchura como de unos dos campos de fútbol, y aunque también presenta vegetación va completamente seca. Sólo un pequeño cauce, que serpea, horadado, dentro de este amplio lecho llevará algo de agua durante alguna breve época del año. El resto de la cañada, considerada en su sección transversal, quedó seguramente conformado hace eones tal como ahora se presenta, y no habrá vuelto a sufrir apenas erosión desde remotas eras geológicas.

El ascenso, ahora en dirección este, se efectúa ya por la ladera de la Quebrada de Camarones, que presenta una diferencia fundamental con la anterior: el río lleva un poco de agua. Eso, y el hecho de que la cama sea el doble de ancha, convierte a este valle en un verdadero oasis de cincuenta millas de longitud: desde la no lejana caleta de Camarones, sobre el litoral del Pacífico, hasta Ulapata, en las primeras estribaciones de la cordillera andina. A lo largo de él se asientan media docena de pequeñas poblaciones que viven de la agricultura, y cañón arriba, ya en plenos Andes, hay incluso un pequeño embalse. El contraste entre esta larga franja de verdor y el desierto circundante es asombroso.

La subida de regreso al altiplano es algo más corta que el descenso, pero para entonces la quebrada estaba ya envuelta en las sombras del atardecer y, cuando por fin remontamos la última cuesta antes de asomar de nuevo sobre la meseta, ya sólo alcanzamos a ver los últimos minutos de la puesta de sol. El resto del viaje hasta Arica, incluyendo el paso por una última garganta, transcurrió durante el ocaso y apenas pude ver nada, aunque muy asombroso tendría que haber sido ese último tramo para sorprenderme más que lo que ya había visto; o, mejor dicho, entrevisto, pues –como ya he contado– las circunstancias y el asiento en que viajaba apenas me permitieron disfrutar de semejantes paisajes.

Publicado en Chile y Perú | Deja un comentario

Devastados varios arsenales de munición en Rusia

Esta entrada es mi traducción del artículo publicado en The Slavland Chronicles como continuación a otro, también traducido en mi blog, en que su autor comenta la reciente destrucción de un arsenal de armas ruso por parte del ejército ucraniano. Ni suscribo ni niego lo que dice el autor (a menudo, meras conjeturas), pero en cualquier caso me parece interesante.


Tras el primer ataque, al parecer realizado con drones, parecería claro que Rusia habría tenido motivos y tiempo suficientes para guardarse y preparase bien contra posibles nuevos ataques del mismo estilo. No obstante, las nubes de champiñón hablan por sí solas (fuente):

Ucrania ha dicho que la pasada noche ha destruido dos depósitos [más] de munición mediante ataques que ilustran la creciente capacidad [de Kiev] para alcanzar objetivos en el interior del territorio ruso.

Según declaraciones del mando militar ucraniano, los depósitos estaban en Tikhoretsk, al sur de Rusia, y en Oktyabrsky, en Tver occidental. Dicho mando ha publicado en Telegram que “Las instalaciones [de Tikhoretsk] son uno de los tres mayores almacenes de munición del invasor, y uno de los puntos clave del sistema logístico militar ruso”.

Dijeron también que Ucrania tenía información de que en el momento de llevar a cabo su ataque había un tren con 2.000 toneladas de munición, en parte proveniente de Korea del Norte, en la zona del depósito.

Reuters no ha podido verificar este informe de manera independiente. Por su parte, Rusia no ha comentado nada al respecto.

Una fuente ucraniana de los servicios de seguridad que desea permanecer anónima ha declarado que los ataques se hicieron con drones.

Pregunta: ¿cómo es que esos enjambres de drones son capaces de a) evadir las defensas antiaéreas rusas y b) destruir unos búnkeres de última generación?

En el pasado artículo abordamos la segunda pregunta, y concluimos que la respuesta estaba probablemente en la escandalosa corrupción del anterior ministro de defensa y mano derecha de Putin, Sergei Shoigu.

En cuanto a la primera pregunta, hay tres posibles respuestas:

  1. La capacidad de defensa antiaérea rusa está seriamente deteriorada,
  2. Por la razón que sea, esas defensas son inoperantes contra enjambres de drones,
  3. El escudo antiaéreo fue desactivado para permitir que los drones lo traspasaran.

Muchos blogueros siguen intentando analizar esta guerra bajo la óptica de las capacidades técnicas y militares de ambas partes, como si éste hubiera sido el factor decisivo en algún momento y lugar. Yo creo que si esos drones han sido capaces de llegar al interior de Rusia es porque algún acuerdo ha habido para permitirlo. En cada paso de este conflicto el Kremlin ha venido ayudando a Kiev. A bote pronto, se me ocurren varios casos:

  • Al ordenar una retirada de Kiev como “gesto de buena voluntad”, Putin donó a Ucrania toda una columna de vehículos y suministros
  • No atacar infraestructuras clave, como los puentes sobre el Dniéper que Kiev usa para suministrar material al frente en Donbass
  • Abandono de la Isla de la Serpiente como “gesto humanitario y de buena voluntad”
  • No imponer de manera efectiva sobre Ucrania un bloqueo naval
  • Liberar a los prisioneros de Azov como un aco de buena voluntad humanitaria
  • No reforzar Lugansk pese a la evidente acumulación de fuerzas ucranianas, lo que supuso la pérdida de ese territorio
  • Mantener abierta la frontera de Kursk porque Washington había dado “garantías de buena voluntad”
  • “Caballerosos acuerdos” entre Kiev, Washington y Moscú respecto a los objetivos admisibles para los misiles rusos

La Rusia de Putin es una superpotencia moral, un verdadero Camelot, terrestre Reino de los Cielos, y el Kremlin considerará un nazi a quien lo niegue. Sin duda los historiadores del futuro dejarán bien claro en sus libros lo generoso y humanitario que Putin se mostró con sus estimados socios occidentales, y tratarán igual de bien al pueblo ruso; como hicieron con el pueblo alemán tras la SGM. Esta semana hemos sabido que los beneficios del dinero confiscado en las cuentas del gobierno ruso en el extranjero, cosa de unos 39 millardos de dólares, van a emplearse en financiar el esfuerzo bélico ucraniano. Reuters:

[…] Durante una visita a Kiev este viernes, Ursula von der Leyen ha anunciado un préstamo de hasta 35 millardos de euros a Ucrania, necesario para defender al país contra los ataques rusos y ayudarlo a afrontar el invierno.

Posando junto a ella en una conferencia de prensa conjunta, Zelenskiy ha dicho que el préstamo se usará para pagar energía, defensas aéreas y armas, y ha instado a los aliados a que aprueben, para fin de año, el “plan de la victoria” que él ha trazado.

[En su visita a Kiev], von der Leyen ha dicho que Ucrania necesita el constante apoyo de los 27 estados para hacer frente a Rusia.

El préstamo forma parte de un plan más amplio, entre los países del G7, para recaudar fondos usando los beneficios generados por los activos rusos confiscados como sanción a Moscú por [su invasión a Ucrania].

“Usaremos estos 35 millardos principalmente en energía, en defensa y en refugios anti-bomba para las escuelas, enfermerías y universidades, [gasto] que a nosotros nos supone un gran défici”, ha dicho Zelenskiy. “También en armas, sobre todo las de producción nacional, como drones y misiles. Hoy atacamos al enemigo con nuestros drones de largo alcance, más baratos que los de nuestros socios.”

El G7 congeló unos 300 millardos de dólares en activos financieros rusos poco después de que Moscú invadiese Ucrania en 2022. Se comprometieron a usar estos fondos para ayudar a su aliado, pero se han pasado meses discutiendo cómo implementar el mecanismo adecuado.

“Rusia sigue destruyendo de manera despiadada e indisimulada vuestra infraestructura civil de energía para intentar sumir a vuestro país en la oscuridad,” dijo von der Leyen. “Estoy aquí para deciros… que la Unión Europea va a ayudaros, frente a este desafío, a mantener la luz encendida.”

El martes dijo que usarían 160 millones de euros de los intereses de los activos rusos para hacer frente a las necesidades humanitarias de Ucrania de cara al invierno.

¿Por qué había dejado Putin todo ese dinero aparcado en Occidente? ¿Se trataba de alguna brillante estrategia contra los globalistas?

No. Lo dejó ahí porque sus socios/directores en Washington le habían dicho que no había problema con la llamada “Operación Militar Especial”. Recibió la luz verde de la Casa Blanca, que al principio dirigió la operación como cuando Saddam hizo su incursión en Kuwait, que también pidió permiso a los americanos para inciarla y acabó, ¡oh, sorpresa!, metiéndose de lleno en una trampa. Eso es exactamente lo que ha ocurrido con esta OME: a través del FSB, Putin recibió garantías de que Washington le permitiría llevarla a cabo. Pero una vez más sus estimados socios lo engañaron, como no se cansa de lloriquear en todas sus entrevistas.

Dejó ese dinero en Occidente porque ese dinero es, precisamente, en lo que consiste toda su función como presidente de Rusia.

Es un administrador colonial que almacena millardos y millardos de riqueza nacional rusa en instituciones financieras occidentales para apoyar al Imperio Globalista. Ése es, ni más ni menos, su trabajo. Para eso lo contrataron Jeffrey Sachs, Henry Kissinger y todos los demás en los años 90. El dinero sale de Rusia por varias vías, siendo la más notoria de ellas la riqueza que los políticos rusos bien relacionados guardan en Occidente en forma de propiedades e inversiones. Oímos hablar de esto en la prensa porque entre unos y otros se pelean y sacan a relucir sus respectivos trapos sucios. Pero hay un trasvase de riqueza mucho mayor, mucho más sistemático, que se produce de manera continua a nivel industrial y gubernamental. Y es que, pese a la llamada lucha existencial contra la satánica OTAN, la leche y la miel de la tierra rusa sigue fluyendo hacia el exterior en forma de recursos naturales vendidos muy por debajo de su precio.

Recuerde: La causa que Putin presenta a Occidente es que él continúa siendo un capacitado administrador colonial con el que pueden contar para seguir ordeñando a Rusia todo lo que ésta dé de sí y para mantener al nacionalismo [patriotismo] alejado del poder con ayuda de la red de matones de la policía secreta.

Si se entiende este contexto, empiezan a tener sentido todas sus promesas y las incesantes garantías que ofrecen los xenócratas de su gobierno. Están intentando demostrar a Washington que el coste de sacarlos del Kremlin sería demasiado grande (el palo) y que ellos son capaces de esquilar a Rusia con una eficiencia que nadie puede igualar (la zanahoria).

Así que si tenemos esto presente, y también casos anteriores, como cuando el Ministerio de Defensa desactivó el escudo antiaéreo para permitir a Washington bombardear a los soldados rusos en Siria, o cuando Shoigu derribó 19 aviones rusos sobre el mar de Azov, entonces la idea de que ahora también haya sido desactivada delibradamente la defensa antiaérea deja de parecer disparatada. Pero todavía no tengo ninguna prueba de esto. Todavía.

Lo único que tenemos, de momento, es un armazón conceptual para entender las maniobras de Putin. Él tiene el “palo”, que básicamente consiste en ponerle las cosas difíciles a Washington encareciendo el precio de ser derrocado como hicieron con Saddam, Milosevic, Noriega y docenas de otros dictadores puestos por el mafioso estado transnacional occidental, y muestra la “zanahoria”, que es recordarles lo obediente y leal que ha sido siempre. Algo así como decir: “¿Por qué queréis libraros de mí, con lo dulce que soy para vosotros? Amo, ¡he hecho todo lo que me pedías! ¿Por qué me rechazas?”

Por eso, para adivinar el curso que tomará la guerra, no hay más que averiguar cuánto “dulce” va a poner Putin en la receta para atemperar lo “picante”. ¿En qué mostrará firmeza y en qué obediencia? Los análisis estilo militar, centrados en medir el diámetro de los cañones de la OTAN frente a los soviéticos, los dejo para toda esa gente que lee artículos basados en la propaganda del FSB y escritos por IA.

Publicado en Mundo eslavo | Deja un comentario

El autobús de Humberstone a Arica

5 de julio. Tacna, Perú.

El hostal Majhu ocupa un edificio sin insonorización alguna ubicado en la ruidosa avenida 18 de agosto. Me cuesta entender cómo puede aquí la gente, por muy acostumbrada que esté, vivir con ese permanente nivel de decibeles. Por lo demás, el local es agradable: todo está nuevo, impecablemente limpio, y la recepcionista es un amor (aunque de todas formas ya acaba su turno y mañana, domingo, libra). Lástima que sea tan ruidoso, porque, de otro modo, quizá me plantearía quedarme una segunda noche.

Estoy en el área común del hostal, donde acabo de prepararme una manzanilla (lo único que he encontrado, buscando en los estantes del office) para entrar un poco en calor, ya que aquí hace frío, y ponerme a escribir el diario con el cuerpo un poco más entonado. Pero antes de entrar a describir mis primeras impresiones sobre Perú y el enorme contraste que percibo respecto a Chile, cumple acabar de contar lo que venía escribiendo en el anterior capítulo, que no es breve tarea.

Lo había dejado cuando estaba en el apeadero de Humberstone a punto de subirme al Pullman San Andrés con destino Arica. En tierra quedaban mis compañeros de espera, para quienes no hubo ni un hueco en el autobús porque íbamos –según expresión del auxiliar– “a máquina llena”. En efecto, no sólo estaban todas las plazas ocupadas sino que al fondo del pasillo, en el piso superior, iba gente sentada o tumbada en el suelo. Para mi disgusto, tampoco el asiento que yo había reservado (junto a la ventanilla) estaba libre: lo ocupaba una niña, aparentemente dormida, acompañada por un hombretón que no tenía la más mínima pinta de estar dispuesto a molestarla por cosa tan nimia como haberle quitado el sitio a su legítimo titular. En efecto, cuando le indiqué, señalando hacia la chica, que aquel era mi asiento, se limitó a decirme que podía ocupar el suyo (junto al pasillo, en la fila inmediatamente posterior) y, alargándome su propio boleto, dio el asunto por zanjado. “Pero, señor –le hice observar–, ese lugar que usted me dice también está ocupado”. “Ah, pues tendrás que hablar con el auxiliar –fue su última palabra.” Maldita la necesidad que tenía yo de hablar con el auxiliar, de quien –por otra parte– no sabía si obtendría auxilio alguno. A todo esto, el pasajero que se sentaba en el sitio que correspondía al invasor, un chele coloradote con un sombrero de cuero, se hacía el sueco, como quien no va con él la cosa; y en cierto modo así era, pues al fin y al cabo él no había usurpado mi asiento. No obstante, no debía de tenerlas todas consigo en aquella situación cuando, poniendo finalmente cara de resignación, se levantó y me cedió el sitio. Quiero suponer que lo habían dejado subir sin billete, provisionalmente, para el caso de que yo no me presentara en Humberstone. No sé a dónde fue a parar tras dejar el asiento libre, pues no había una sóla vacante. Quizá se apeó en la siguiente parada, porque no volví a verlo.

Mucho me jodió perder mi asiento junto a la ventanilla sólo porque al hombretón le había dado la gana de tomarlo para su hijita (o nietecita, que en esta cultura nunca se sabe quién es ya abuelo), y durante un momento consideré la posibilidad de apelar al auxiliar para intentar hacer valer mi derecho; pero descarté la idea por estimarla, en aquellas circunstancias, de dudoso éxito. Ya bastante suerte había tenido –me dije, justificando así mi pasividad– con abordar el bus y conseguir un sitio, que tal como iba de llena la máquina no era poca cosa. Lo que –eso sí– no dejé de reprocharme durante todo el camino fue el haberme equivocado al reservar asiento (mi idea era comprarlo para la primera fila) y el haber tenido la brillante ideíca de subir en Humberstone en lugar de ir hasta la terminal de Iquique. ¡Qué diferente habría podido ser para mí aquel trayecto! En vez de viajar casi hacinado en la mitad trasera de un autocar que parecía ocupado por una tribu de gitanos, donde apenas mirar podía por la ventanilla (me estorbaba la visión el hombre que estaba a mi lado, un inca grueso que pasó todo el tiempo encorvado sobre su móvil y apenas me dejaba un hueco por donde otear el exterior), habría ido como un pachá en una de las butacas panorámicas, sin apenas molestias ni sentirme un perdedor, disfrutando a placer de los espectaculares paisajes que esa carretera atraviesa. Más me valdrá planear y asegurar bien todo para cuando vuelva de regreso por esa misma ruta, última vez que pasaré por ahí en lo que me queda de vida, con toda probabilidad.

Perderme las vistas panorámicas no fue lo único malo del viaje, al cual bien puedo considerar como el más desagradable de todos los que he hecho desde que llegué a Chile. Hasta ahora siempre me había encontrado los autobuses medio vacíos –o medio llenos como mucho, si es que hay alguna diferencia– y un pasaje modélico en cuanto a respeto, discreción y educación. Pero la caterva que colmaba este San Andrés era de una naturaleza muy distinta: parleros, sucios, molestos… Por su acento y color de piel (un moreno distinto al andino; algunos negros) me parecieron caribeños. La mitad de ellos parecía conocerse entre sí: algunos viajaban en familia, otros quizá hubiesen trabado relación a bordo, ya que llevaban muchas horas juntos, quizá desde Copiapó o Antofagasta, o incluso Santiago; aunque me pareció que algo más los unía que el haber coincidido allí. Se habían enseñoreado de la cabina y, como zíngaros de las estepas del Don, la tenían hecha unos zorros, con mantas, prendas, zapatos, termos, vituallas, botellas, vasos, etc., esparcidos por ahí. Se movían de unos asientos a otros y se alternaban en la compañía de los niños. Aparte –y de esto ya no eran ellos responsables– los monitores de TV del autobús no cesaron de proyectar una tras otra, sin solución de continuidad, las producciones de Hollywood más infantiloides (todas de dibujos animados o realidad virtual), cuyos idiotizantes argumentos e inverosímiles protagonistas cumplían, eso sí, uno por uno con los requisitos de la agenda ideológica globalista: poliétnicos, multiculturales, ambiguos, ultrafeministas, sanitizados, resilientes y sostenibles. Pese a haberme incrustado unos tapones para los oídos no pude amortiguar el ruido de aquellos cuarenta altavoces sincronizados.

Nunca viaje que pudo haber sido tan grato se me hizo tan insoportable. Pasé todo el tiempo con la ansiedad por las nubes, sin poder relajarme un momento, no digamos echar una cabezada (y eso que había dormido muy poco la noche anterior en aquella gélida habitación del hotel Chachawarmi y tenía sueño). Ni siquiera los pasmosos paisajes que atravesamos sirviron para mitigar este malestar: no podía evitar pensar, a cada rato, en cuánto más podría haberlos disfrutado en otras circunstancias. Huelga decir que me fue imposible tomar ni una sóla fotografía con que ilustrar estas notas, así que tendré que confiar a la pluma su descripción; pero a eso dedicaré el próximo capítulo en exclusiva por no alargar demasiado el presente.

Empeorando aún las cosas, a mitad de camino uno de esos controles viarios de peso nos tuvo retenidos tres cuartos de hora: las caravanas que los agentes chilenos organizan en esos puntos son largas y tediosas; y para colmo nuestra máquina no pasó el control: pesaba demasiado. El conductor hizo un bucle, se puso de nuevo a la cola y pesarnos una segunda vez… obviamente con el mismo resultado. Cómo esta segunda pesada podría haber sido exitosa cuando no lo fue la primera es algo que excede mi comprensión. Aun así, ya estaba el conductor encaminándose otra vez a la cola para un nuevo bucle cuando se nos apareció la virgen en la forma de un clemente carabinero que se apiadó de nosotros y nos dejó continuar.

Era ya de noche cuando por fin llegamos a Arica. Un rato antes había pasado por la cabina el auxiliar del autobús recogiendo envases y otros desperdicios y metiéndolos en una bolsa de basura industrial, que acabó hasta arriba de botellas de plástico sin estrujar. Después pasó la escoba por todo el piso y llenó, con los desperdicios, un cubo entero: así de limpio y cívico era aquel pasaje. Me llamó la atención, por cierto, el buen humor con que ese empleado eliminaba los restos generados por una humanidad tan puerca. Más adelante me dijeron que la mayoría de aquella gente era inmigración venezolana, no necesariamente regular.

Cuando el autobús se estacionó, al fin, en el andén de la terminal, salí de él escopetado como atún que por milagro escapa de una almadraba.

Aunque la dueña del hostal que tenía reservado ya me había dicho que por su calle no pasaba ningún colectivo, tardé muy poco en encontrar uno que pudiera dejarme lo más cerca posible, a seis manzanas, y salvé andando esta última distancia. La señora me había recomendado tomar un taxi individual que me llevase hasta la misma puerta, pero la noche era agradable, me apetecía caminar y no me pareció que valiese la pena, por unas manzanas, arriesgarme a un fraude. Es curiosa la facilidad con que mucha gente te aconseja el uso del taxi, como si no fuera consciente de que se trata de uno de los gremios más universalmetne deshonestos. No sé si existe alguna otra profesión que se le iguale en falta de honradez.

Como ya dije en el capítulo anterior, el recepcionista nocturno de El Jardín de Sol era un malaje: un tipo seco, desconfiado y algo mal encarado que me recibió con poca amabilidad, rechazando –entre otras cosas– mi carné de conducir como documento de identificación, pese a que hasta ahora venía usándolo sin problema para registrarme en todos los hospedajes de Chile. Como me quedaban pocas energías y ninguna gana de negociar ese punto, ni eran horas para, en caso necesario, ponerme a buscar otro alojamiento, no vi mejor solución que presentarle el pasaporte. Luego me mostró mi reducida celda, que ya he descrito, y una vez me hube instalado y acomodado lo mejor posible en semejante cuchitril, lo último que hice antes de acostarme fue meterme un buen rato bajo la ducha purificadora (al menos había agua caliente), dejando escurrir desagüe abajo las angustias de ese día tan rico en emociones no precisamente gratas.

Capítulo siguiente

Publicado en Chile y Perú | Deja un comentario